¨ El doble regreso de Martin Guerre

Martin Guerre

Cuando Ulises volvió a Ítaca tras diez años de guerra y otros diez de errancia, sólo Argos, su viejo perro, adivinó que era él. A Penélope tuvo que convencerla y superar la trampa que le tendió cuando ordenó que se sacara el lecho conyugal del dormitorio. Él lo había construido alrededor del tronco de un gigantesco olivo, lo que hacía imposible cumplir su mandato. Al recordárselo, ella se dio cuenta inmediatamente de que el hombre que estaba ante ella era el auténtico Ulises, el que había marchado a Troya veinte años antes.

A Bertrande de Rols, el supuesto impostor que se hizo pasar por su esposo después de ocho años de abandono también le dio múltiples pruebas, pero ella no le creyó y le llevó a juicio. Al principio lo acogió no sólo en su cama sino también en su corazón. Había vuelto cambiado de las guerras de España: ya no era un joven petulante, arisco y convencido de que debía ejercer la autoridad sin contemplaciones ni sentimentalismos y exigir obediencia a criados y a sus propios hijos y esposa cuando se convirtiera en el cap d’hostal, al morir su padre. Hacía ocho años que una discusión y una denuncia por robo de su progenitor, le hicieron abandonar la casa, a su mujer y a su hijo pequeño.

Ella le esperó pacientemente. Murieron los padres de él, las hermanas se casaron, Bertrande se quedó sola en la granja y, cuando ya creía que Martin no iba a regresar jamás, volvió y resultó ser una persona dulce, agradable, buen conversador, buen amante y mejor padre. Ella no dudó de él al principio, pero según pasaba el tiempo se le hacía más y más difícil entender su gran cambio. Y entonces se obsesionó con que era un impostor y, lo que es aún peor, que su alma sería condenada por toda la eternidad a las llamas del infierno porque había cometido y estaba cometiendo adulterio: ése no era su marido.

Y aunque todo el mundo la tomó por loca, excepto el tío Pierre, quien había sido jefe de la casa durante los últimos años de la ausencia de Martin, ella siguió insistiendo y llevó el caso a juicio, a pesar del disgusto de las hermanas y de los criados, la oposición del cura y la incomprensión de su hijo que había hecho un héroe de su padre recobrado. Una primera vista se celebró en Rieux y la segunda y definitiva en Toulouse. Ya estaba el caso juzgado y el acusado reconocido como Martin Guerre cuando de pronto se presentó el auténtico. La autora deja para el final la aparición dramática del esposo que, lejos de mostrarse cariñoso y respetuoso con su esposa, la acusa de traición y adulterio, el pecado al que tanto temía ella.

Martin Guerre.mujer

La historia es real y ocurrió en Artigue, un pequeño pueblo del sur de Francia que todos los inviernos quedaba aislado por las nieves. Martin Guerre desapareció en 1548, el falso apareció ocho años después y fue condenado a muerte tras un complicado juicio en 1560. Del auténtico Martin Guerre y de su esposa y familia no se supo más.

La versión que ofrece Janet Lewis sobre esta historia nos muestra que perseguir la verdad no siempre es lo más acertado y que una educación rígida que tiene como objetivo inculcar el sentimiento de culpa no es lo más saludable. El relato va encadenando los estados de ánimo de la propia Bertrande: al principio prima el sentimiento de humillación y abandono que le produce la marcha de su esposo, luego la angustia al comprobar que pasan las primaveras y no regresa, el rencor por el sufrimiento que provoca en ella su ausencia, la agonía de la incertidumbre y la ansiedad ante viajeros desconocidos que pudieran dar noticias de él.

Y de repente reaparece como en un sueño y ella siente que el corazón se le desboca y cree que es Martin, que se le parece, pero no del todo. Pasan los meses y ella aún no puede creer que se merezca esa felicidad, que el orgulloso y abrupto esposo que se marchó se haya convertido en un marido cariñoso, vital y enamorado. Las pruebas de que era él son innumerables, desde los detalles del pasado que ambos recuerdan a las señales físicas que muestra -dos dientes rotos, los lunares- pero, sobre todo, el reconocimiento de que es él por parte de los parientes y los criados.

Pero a fuerza de pensar que no se lo merece, que va a ser castigada, Bertrande se labra su propia desgracia y de haber podido disfrutar el resto de su vida con un hombre dulce y atento, que la quería y del que estaba enamorada, el impostor llamado Arnaud du Thil, pasó a ser la esposa despreciada y condenada por Martin Guerre, un hombre que la había abandonado sin ningún cargo de conciencia y que no tenía el más mínimo apego a su persona ni a su familia.

Janet Lewis, la autora, se basa en los comentarios de Étienne Pasquier, célebre jurista contemporáneo a los hechos, que a su vez recoge el testimonio del relator del proceso, Jean de Coras, para escribir esta corta recreación en un libro que se publicó en 1941.

Michel de Montaigne asistió al juicio y lo mencionó años después en sus ‘Ensayos’, mediante preguntas sin respuestas, para mostrar las dificultades de desentrañar la verdad, que huye y cojea, como el supuestamente auténtico Guerre, que perdió una pierna en la batalla de San Quintín. Se pregunta cómo Arnaud du Thil, un hombre enamorado de una mujer a la que nunca vio, pudo adoptar la identidad del marido con el consentimiento de parientes y vecinos, por qué lo aceptó ella y por que le denunció después, por qué se marchó Martin Guerre y por qué volvió y, sobre todo ¿quién era el auténtico impostor?

Janet Lewis, La mujer de Martin Guerre, Reino de Redonda, 2016

Nota biográfica

Janet Lewis (1899-1998) fue una novelista y poeta estadounidense. Escribió ‘La mujer de Martin Guerre’ (1941), ‘El juicio de Sören Qvist’ (1949) y ‘El fantasma de Monsieur Scarrow’ (1959), las tres novelas que integran la serie ‘Casos de pruebas circunstanciales’.

Anuncios

·· Penélope, la esposa fiel y el tiempo detenido

La que espera, la que recibe la noticia de que Troya, por fin, ha caído en poder de los aqueos y se dispone a recibir a su esposo, pero Ulises no llega. Se demorará otros diez años. Penélope espera.

La épica homérica entroniza a Penélope como el paradigma de la fidelidad y de la prudencia, frente a sus primas, la bella y casquivana Helena, y la adúltera y asesina Clitemnestra. Es también una mujer enamorada que, al recibir la noticia de que su esposo había muerto en la guerra, loca de desesperación, se arroja al mar, y una bandada de ánades la rescata y con sus picos la arrastran de nuevo a la playa. Su propio nombre delata su condición: ella misma es Penelops, término griego para denominar a estas aves que, en el imaginario clásico, se caracterizan por su fidelidad.

Tras la marcha de Ulises a la guerra, Penélope queda a cargo del palacio, como reina de Ítaca, con un niño de poca edad. Su suegro, Laertes, ha optado por marcharse a vivir al campo y ella tendrá que hacer frente al acoso de los pretendientes que, convencidos de que el rey ha muerto pues no ha vuelto de Troya con todos los demás, quieren ocupar su lecho y hacerse con el trono itacense. Es entonces cuando Penélope inventa la estratagema del telar: sólo tomará esposo cuando termine la mortaja que teje para su suegro. Durante el día teje y por la noche desteje y así la labor se convierte en una tarea inacabable. 

penelope2

Al igual que Ulises, Penélope posee una inteligencia astuta que le ayudará a librarse, al menos durante tres años, de los codiciosos pretendientes. La diosa Atenea le ha enseñado el arte del telar, que simbólicamente es, en alusión a la laboriosa urdimbre, el arte de narrar y la capacidad del pensamiento, de forma que la tejedora de hilos es también la urdidora de ingeniosas tramas.

La literatura posterior a Homero dibujará una Penélope menos ejemplarizante y más humana, que se verá empujada al asesinato por culpa de los celos, como ocurre en una tragedia perdida de Sófocles. Tradiciones diferentes que, como la expresada por Licofrón, poeta romano que recoge la supuesta genealogía troyana de los romanos a partir de Eneas, le lleva a difamar a los griegos y hacer de Ulises un individuo taimado y cruel y de Penélope, una ramera que malgastó la riqueza de Ítaca.

Pero la tradición homérica se ha impuesto y Penélope es el modelo de la buena esposa que ha seguido vigente hasta ayer mismo. Ella es la que espera en una perfecta armonía consigo misma, la que es fiel al esposo ausente y la que le anima, cuando vuelve, a proseguir su destino de héroe viajero. El premio a su conducta será recuperar a su esposo y vivir con él los últimos años de una vejez suave y tranquila. Es cierto que Ulises renunció a la inmortalidad y a la ninfa Calipso, más bella que Penélope y también enamorada, por volver junto a su esposa, a la que ama. Pero a él no sólo no se le exige continencia sexual sino que se ve como admirable su relación con Circe y, sobre todo con Calipso.

En las recreaciones que siguieron al mito, Penélope continuó siendo la perfecta esposa, más o menos fiel, pero también más humana. La más famosa, Molly Bloom, que juega un papel crepuscular en la novela de Joyce, revela en su monólogo que no le es fiel a su marido, que desea a otros hombres, pero que Leopold Bloom es el mejor de todos. Da rienda suelta, en este flujo de conciencia que escandalizó a la sociedad europea de principios del siglo XX, a un rosario de deseos y experiencias sexuales que nunca habían sido puestos en boca de una mujer. 

Penelope.Costello

Se dice que el de Molly Bloom fue el primer discurso de liberación femenina. No está de acuerdo Elisabeth Costello, personaje imaginario y central de la novela de Coetzee que lleva su nombre por título. Elisabeth es una escritora famosa, sobre todo por ‘La casa de Eccles Street’, lugar de residencia de la familia Bloom en Dublín. Es una hipotética novela en la que Costello retoma el personaje de Joyce y, en contraste con una Molly Bloom encerrada en casa con su marido y su amante, que “deja su rastro por las páginas del ‘Ulises igual que una perra en celo deja su olor” perseguida y husmeada por los hombres, crea otra Molly auténticamente feminista, una “leona que acecha por las calles, olisquea y otea el paisaje e incluso busca una presa”, liberándose de la casa, del dormitorio y de la cama. Lástima que ‘La casa de Eccles Street’ sea una novela imaginaria y no sepamos cómo se desarrollan las mencionadas actividades cinegéticas de la nueva Penélope.

Vuelvo a Homero y a la posterior recreación del mito. Puede que la Penélope primigenia haya tenido dudas, que se haya enamorado de otro durante los veinte años de viudedad forzosa, puede que se convenciera finalmente de que Ulises había muerto y no regresaría jamás. Pero superó los obstáculos y, a cambio de su espera, el mar le devolvió a su esposo. La Odisea, como todos los cuentos antiguos acaba bien: los dos amantes unidos en una larga noche de sexo y confidencias. Pero nada dice de cómo pudo soportar esos veinte años de soledad, qué mecanismos psicológicos utilizó para no volverse loca. O tal vez sí lo hizo.

Se cuentan historias de mujeres que esperan, en un puerto o en una estación de tren, al amor de su vida que un día se marchó. Y pasan los años, veinte y más aún. Y algunas siguen viviendo en el mismo día en que su amante se fue. Xuan Bello en su ‘Historia universal de Paniceiros’ hace referencia a una tal Ana Cabornu. Dice que era una “vieja loca, que había enloquecido de mal de amores, y que paseaba junto al río cogiendo flores de la orilla”. Preguntó quién era aquella mujer, de pelo “aún rojo y joven” que contrastaba con su rostro envejecido y nadie le supo o quiso dar detalles de su historia. “Estaba loca y eso bien se veía: bailaba sola, lloraba, llevaba plumas de milano en el pelo y pedía, a voces que el acordeonista tocara Suspiros de España”, un antiguo pasodoble nacido de la nostalgia de vivir en tierra extraña.

Luego supo que muchos años antes Ana Coburnu se había casado y que el día después de la boda, el joven, que no tenía tierras propias, había marchado a América, a Cuba o a Argentina y ella, “que esperó interminablemente la vuelta de su esposo, que iba hasta Luarca solo para ver los barcos y contemplar la línea del horizonte por ver si por si por allí aparecían noticias del amado, fue poco a poco trastornándose”. Y, cuando pasada media vida, volvió el marido tan pobre como había salido y cargado de años, Ana Cabornu no le reconoció o no quiso reconocerlo y siguió con su vida de vagabunda, esperando, siempre esperando.

penelope-ulises-final

Tampoco reconoció a su amado la Penélope de Joan Manuel Serrat, que todos los días desde hace años camina hasta a la estación y espera el tren que le devolverá a su Ulises. Dicen en el pueblo que un día de primavera el caminante que la había enamorado se marchó y ella se quedó para siempre en esa tarde plomiza de abril, en un tiempo detenido, congelado. Él le prometió que volvería y ella se fue marchitando mientras le esperaba, pero sin darse cuenta de que el tiempo había pasado. Cuando el caminante volvió, ella lo miró y no pudo reconocerle: “No era así su cara ni su piel: no eres quien yo espero”.

Fuentes

Homero, La Odisea, Anaya, 2012

– James Joyce, Ulises, Lumen, 2014

– J.M. Coetzee, Elizabeth Costello, Random House Mondadori, 2003

– Xuan Bello, ‘Historia universal de Paniceiros’, Random House Mondadori, 2002

– ‘Penélope’, letra de Joan Manuel Serrat y música de Augusto Algueró, 1969.

* Lejos de Ítaca

Ulissecopertina

¿Por qué has vuelto, Ulises? Todas las mañanas, nada más despertar, los labios de Penélope pronuncian la misma pregunta que resuena sin cesar en sus oídos hasta el anochecer. Regresó a Ítaca después de diez años de guerra con los troyanos y de otros tantos de vagabundeo por regiones inhóspitas y desconocidas: desde entonces, desde la matanza de los pretendientes, ya han transcurrido diez más.

El escenario está dispuesto y la obra va a comenzar. Franco Mimmi, el autor de ‘Lontano da Itaca’, recoge los versos de la Odisea de Homero, del Canto XXVI de la Comedia de Dante, del ‘Ulysses’ de Tennyson, del ‘Itaca’ de Kostantinos Kavafis, y ‘L’ultimo viaggio de Giovanni Pascoli’ y en un juego de “prestidigitación literaria”, en el que también aparecen las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides, consigue crear una historia que enlaza el mundo de hoy con la primera novela de Occidente. “Ítaca nos espera, ahora y siempre”, concluye en la presentación del apéndice de sus fuentes de inspiración arriba mencionadas.

Se han cumplido diez años desde su llegada a Ítaca. Para poder regresar, Ulises ha tenido que rechazar la droga de los lotófagos, que hace olvidar el deseo de volver; cegar al pavoroso Polifemo con una estaca ardiente; sobrevivir a los lestrigones y enamorar a Circe, “la de las lindas trenzas”; descender al Hades para conocer su destino; no dejarse embaucar por el canto de las sirenas que “conocen todo cuanto ocurre en la fértil tierra”; salir indemne entre las rocas de Escila y Caribdis; llorar por su regreso durante siete años en la isla de Ogigia, en brazos de la bella ninfa Calipso, hacer frente a la tempestad desatada por el dios Poseidón y olvidar a Nausicáa, “la de los níveos brazos”, cuyo padre, Alcinoo, le ayudará a volver.

Itaca

Y todo para llegar a Ítaca, una isla pobre y pedregosa, tendida en una abrupta geografía, “áspera, pero buena criadora de hombres”, dice Homero. Sin embargo, no es la tierra la que le llama, sino los seres queridos que dejó en ella. Es la añoranza de ellos la que le hace volver. Supo que su madre había muerto porque se encontró con ella, con su sombra, en el Hades y supo también que su padre Laertes vivía en la miseria, que su mujer era acosada por los pretendientes y que Telémaco arriesgaba su vida por culpa de esos codiciosos. Y para saber más y estar con ellos abandona a Calipso y luego rechaza a Nausicáa. Volver es su destino y también contar lo que ha ocurrido.

Pero en estos últimos diez años en Ítaca, Telémaco, el hijo que salió a buscarlo por mar y tierra y que le ayudó a matar a los pretendientes, se ha convertido en un hombre de negocios y, de hecho en el auténtico gobernador de Ítaca, en tanto que él se ha vuelto “negligente” y ocioso. Y en los ojos de Penélope sólo ve odio: veinte años esperándolo y otros diez pensando por qué había vuelto si sus pensamientos estaban en otra parte. Ella había permanecido en el hogar, sola, esperando noticias. “Hasta tres veces me contaron que Ulises había muerto”. Sus heridas no eran menores que las de él, pero ella no tuvo el consuelo de “las manos de Circe, de los labios de Calipso y de los ojos de Nausicáa”. Ahora que Ulises ha vuelto no hay “nada, la misma soledad de antes, incluso peor porque tú estás aquí. Me paso el día contemplando el mar y la noche en tu compañía recordando los años en los que estabas lejos”.

También Ulises contempla el mar: todas las mañanas se sienta sobre una roca lisa, bajo un antiguo y frondoso roble, desde donde se divisa la bahía y mientras fija su mirada en el mar le vienen a la mente todos los recuerdos, desde la guerra de Troya en las riberas del Escamandro a la gruta del cruel cíclope y el horror del Hades, pero también “la nostalgia por las cálidas manos de Circe, por los labios de Calipso y por los ojos de Nausicáa”.

Sentado, con la espalda apoyada sobre el roble, Ulises se deja llevar por el mar y por el pasado sin disfrutar en absoluto del presente ni esperar nada bueno del futuro. Una mañana se le presenta la diosa Atenea para exigirle un último viaje, el que le profetizó Teresias, y que debe a Poseidón antes de poder descansar en una vejez dulce y tranquila. Ulises le reprocha a la diosa que le exija participar en una guerra de dioses en la que no se siente concernido y se niega a ponerse en viaje en busca de su destino. Se siente tan cansado.

Pero Telémaco, en connivencia con otros jóvenes itacenses, ha ideado un plan: hacerle contar sus aventuras y de esta manera conseguir que vuelva a hacerse a la mar, repetir las hazañas, sacarle de su embotamiento. Y lo consigue, pero no de la manera en que Atenea quiere. Serán ellos, los jóvenes itacenses, los que viajen a los confines del mundo, en busca de aventuras y conocimiento, ajenos a las guerras de los dioses y libres de cualquier culpa.

La repetición del viaje

El Ulises de Pascoli, una de las fuentes en las que se inspira Mimmi, sí realiza un viaje, no el vaticinado por Tiresias, sino un recorrido hacia el pasado, hacia los antiguos lugares que conoció en los diez años que estuvo ausente tras la guerra de Troya. Pero el tiempo ha transcurrido y la flecha no viaja en sentido contrario. Inicia el viaje, lleva consigo a sus viejos amigos y desembarca en la isla de los Cíclopes, donde ya no hay rastro de Polifemo y en Ea, donde no queda ninguna huella de Circe. Todo está dominado por la ausencia y Ulises les pregunta a las sirenas que quién es él. Y en ese momento si nave se estrella contra las rocas, que no eran otra cosa que las sirenas que creía ver en este último viaje. Su cadáver es transportado a la isla de Ogigia y Calipso le dirige las palabras que cierran el poema: “No ser nunca más, nada, menos que la muerte, no ser más”. Una muerte peor que la nada.

Kavafis

Ítaca es siempre el final del camino

Ulises mira al mar y recuerda el pasado y los brazos de Circe. Piensa que ni siquiera le importaría volver a pasar el terror del Hades o el horror de los cíclopes. Ahora tiene añoranza del viaje, como antes la tenía del regreso. Ítaca ya no le ofrece nada extraordinario; volvió por su padre Laertes, ya fallecido, por su esposa Penélope, que le detesta por sus infidelidades pasadas y presentes en la memoria y por Telémaco, que quiere convertirlo en “tabernero”. En este escenario se desarrolla la puesta en escena del Ulises de Mimmi.

Pascoli también se hace eco de la nostalgia del héroe y hace que retroceda al pasado y repita sus viejas aventuras pero ya no encuentra nada en ese viaje. Porque Ítaca está en el corazón y el viajero lleva su propio equipaje, como dice Kavafis.

Su poema ‘Ítaca’ nos enseña que Ulises no encontrará ni lestrigones ni cíclopes ni a Poseidón si no los lleva dentro de su alma, si su alma no los erige delante de él y es ilusorio y reprochable haber dejado su patria reputándola de mísera, de ser incapaz de ofrecerle nuevas aventuras y experiencias. Porque Ítaca es el destino y lo que importa es el viaje y llegar a la meta cargado de conocimientos y experiencias.

El poema comienza aconsejando que, al emprender tu retorno a Ítaca, ruegues para “que el viaje sea largo, lleno de peripecias y que sean muchos los días de verano” y “que te vean arribar con gozo, alegremente a puertos que tú desconocías”: debes conservar “en tu alma la idea de Ítaca” porque “llegar allí es tu destino”. Y termina con la misma petición de vivir despacio e intensamente, disfrutando cada instante:

No hagas con prisa tu camino

mejor será que dure muchos años

Y que llegues, ya viejo, a la pequeña isla

rico de cuanto habrás ganado en el camino

No has de esperar que Ítaca te enriquezca

Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje

Sin ella, jamás habrías partido

más no tiene otra cosa que ofrecerte.

Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado.

Y siendo ya tan viejo, con tanta experiencia,

sin duda sabrás ya qué significan la Ítacas”.

Lecturas

– Franco Mimmi, Lontano da Itaca, Aliberti editore, 2007

– Giovanni Pascoli, El último viaje

– Kostantinos Kavafis, Ítaca

* El último viaje de Ulises

homero

Es arrogante y sentimental, prudente y audaz, paciente y seductor; lucha contra la adversidad y no se rinde nunca y su afán por conocerlo todo le lleva a vivir situaciones peligrosas, como ocurre en sus encuentros con los cíclopes y con las sirenas, pero su deseo de regresar a Ítaca le da fuerzas para afrontar desventuras, naufragios y tempestades y también para renunciar a la inmortalidad que le ofrece Calipso. Pero, sobre todo, Ulises es el viajero.

La Odisea’, el poema homérico que cuenta las hazañas del rey de Ítaca en su viaje de regreso al hogar tras la victoria sobre Troya, es la obra de mayor influencia en la historia literaria de Occidente. Cada época ha dado su propia versión de Ulises, un arquetipo mítico, y con todas esas renovaciones y reinterpretaciones a cuestas ha llegado a nuestros días, de manera que ya no podemos ver únicamente al héroe dibujado por Homero, sino al que ha sido pensado, reinventado, rebatido o sacralizado por quienes lo escucharon o leyeron después.

La Odisea’ comienza pidiendo a la Musa que le hable de “aquel varón de multiforme ingenio que, después de destruir la sacra ciudad de Troya, anduvo peregrinando larguísimo tiempo, vio las poblaciones y conoció las costumbres de muchos hombres y padeció en su ánimo gran número de trabajos en su navegación por el ponto, en cuanto procuraba salvar su vida y la vuelta de sus compañeros a la patria” (1). Durante diez años, tras dejar Troya, Ulises ha de luchar contra las trampas de los dioses que le impiden regresar a su hogar y, como sucede en todos los cuentos tradicionales, la ‘Odisea’ tiene un final feliz y el héroe regresa a Ítaca, junto a su esposa, Penélope, y a su hijo Telémaco.

El último viaje que Ulises realizaría, de acuerdo con Homero, es el que le vaticinó Tiresias: un viaje hacia el norte hasta llegar a pueblos que no conocen el mar con un remo al hombro para dejarlo, allí donde sea confundido con un aventador, clavado en tierra como señal de que había llegado. Después regresaría a Ítaca, donde permanecería hasta su muerte, de la que nada sabemos porque, posiblemente, el aedo consideró de poco interés para sus oyentes relatar una vejez tranquila seguida por una desaparición natural. Tiresias, el adivino, le profetizó en su encuentro en el Hades que la muerte le llegaría del mar “y será muy tranquila, pues te alcanzará ya sometido a una suave vejez, y en tu entorno vivirán prósperas tus gentes”.

Pero versiones diferentes a los cantos de Homero fueron sucediéndose a lo largo de los siglos, algunas tan pintorescas como la del bizantino Proclo, que coincide con Apolodoro, en que Ulises murió asesinado por el hijo que tuvo con Circe, Telégono, quien viajó a Ítaca para conocer a su padre pero con tan mala fortuna que Ulises, al sorprenderle robando su ganado, intentó impedirlo; su hijo, que no lo había reconocido, lo mató con la espada que tenía en la mano. Tras el asesinato, Telégono se casó con Penélope y Circe les envió a la isla de los Bienaventurados (2).

dante
Dante. Piazza Santa Croce. Florencia

Habría que esperar diez siglos a la versión sobre la muerte de Ulises que más fortuna obtuvo. Hacia mediados del XIV, Dante descubre que no murió plácidamente en su cama en tranquila y suave vejez, sino en un último viaje cuyos detalles le reveló desde el Infierno, en cuyo círculo octavo, donde ardían los malos consejeros, cumplía su pena eterna compartida con Diomedes.

Dante no recoge el testigo de Homero, cuya ‘Odisea’ no conoció, sino el de de Virgilio, que presenta a Ulises como un marrullero astuto, y de Ovidio que, en ‘Las Metamorfosis’, nos cuenta historias poco halagüeñas del rey de los itacenses, como las sugerencias que deslizó al oído de Agamenón de que sacrificara a Ifigenia, su propia hija, y conseguir así el favor de los dioses, dueños de los vientos, para que permitieran a su flota poner rumbo a Troya.

El escritor florentino no utiliza esta historia para incluir a Ulises entre los malos consejeros, pero sí la de Aquiles disfrazado de mujer en la corte de Esciros y descubierto por el itacense; la del caballo hueco ideado por Ulises que los dánaos regalaron a los troyanos, y la del robo, junto con Diomedes, de la estatua de Palas que defendía Troya y que, al desaparecer, dejó indefensa a la ciudad y causó su destrucción.

Esa caracterización de Ulises como causante de la guerra y destrucción de Troya por sus malvados ardides y consejos es la que presenta Dante, pero más trascendente que su adscripción al octavo círculo del infierno es el relato que hace de su “último viaje” y de cómo, en pos del conocimiento, halló la muerte. El Ulises de Dante ya no es sólo el viajero que vive aventuras para poder contarlas, sino el que necesita conocer qué hay más allá. En ‘La Comedia’, Virgilio y el peregrino llegan al círculo infernal donde arde Ulises y le piden que les cuente cómo murió y el rey de Ítaca les relata una historia de la nadie había sabido nada: su último viaje.

Después de dejar a Circe, Ulises decide no regresar a Ítaca: Ni el halago de un hijo, ni la inquieta piedad de un padre anciano ni el amor que debía a la discreta Penélope, dentro de mí vencieron el ardor de conocer el mundo y enterarme de los vicios humanos y el valor”. Llega a las Columnas de Hércules, el límite impuesto por los dioses a los navegantes y Ulises se dirige a sus compañeros para convencerles de seguir adelante, de “ir tras el sol por ese mar sin gente”; para lograrlo, les pide que consideren su “ascendencia” porque “para vida animal no habéis nacido, sino para adquirir virtud y ciencia”(3)

Quinientos años después, el poeta Alfred Tennyson se hace eco de esta arenga que el Ulises dantesco dirige a sus compañeros para que le sigan y en su conocido poema le hace decir:

Es posible que las corrientes nos hundan y destruyan / es posible que demos con las Islas Venturosas / y veamos al gran Aquiles, a quien conocimos”.

Aquiles, a quien Ulises conoció en su viaje al Hades homérico, permanece en el mundo de las sombras. Se dirigen, por lo tanto, al reino de los muertos, su destino último, y la misma tripulación ha adquirido ya el estado fantasmal de los fallecidos, incluso antes de traspasar las Columnas de Hércules.

En ‘La Comedia’, los marineros dirigidos por Ulises atraviesan el Estrecho y durante cinco meses navegan hacia el sur en el océano Atlántico. Hasta que divisan una montaña oscura y extremadamente alta, que podría ser el Purgatorio. Entonces su alegría se convierte en llanto porque de ella surge un viento brutal que hace girar la nave sobre sí misma por tres veces, hasta ser cubierta “por la mar airada”. Y es entonces cuando muere Ulises, bien porque ha excedido los límites impuestos por los dioses, bien porque a ningún mortal, excepto a Dante, le es permitido traspasar el mundo de los vivos, al menos por dos veces, aunque posiblemente su primera visita al Hades no cuente para el teólogo medieval. La audacia del héroe griego es castigada por un dios que él desconoce y que le causa la muerte en un naufragio.

Jorge Luis Borges señala que Dante se atrevió a anticipar “los dictámenes del inescrutable Juicio Final” y juzgó y condenó almas, una labor de no le correspondía de ninguna manera, por lo que sugiere que “Dante fue Ulises y de algún modo pudo temer el castigo de Ulises”, por mucho que se amparara en que lo guiaban fuerzas más altas y que no lo hacía por soberbia y desmesura.

columnas hercules

El descenso a los infiernos

Este último viaje condena a Ulises a la muerte por haberse convertido en símbolo del deseo de conocimiento sin límites, pero no es el castigo que le impone Dante en el octavo círculo, adonde es llevado por sus malos consejos, aunque también podría interpretarse como un mal consejo la alocución que dirige a sus compañeros antes de traspasar las Columnas.

Boitani ve en el Ulises de Dante el deseo de conocer la experiencia de la muerte. El descenso a los infiernos, la katábasis, sigue unas normas que no deben infringirse. En su viaje al Hades en ‘La Odisea’, parece contar con el beneplácito de las potencias infernales y, en apariencia, sólo intenta obtener de Tiresias la respuesta a qué puede hacer para regresar a Ítaca. Pero es una excusa literaria de Homero para darnos noticia de los aqueos y los troyanos muertos y del destino tétrico que a todos nos espera tras la muerte.

En la Antigüedad clásica hubo quien no sentía demasiada simpatía por las tretas de Ulises. Fue Esquilo, entre otros, quien adscribió su paternidad al “miserable” Sísifo y no a Laertes porque antes de conocer a su esposo, Anticlea tuvo un desliz con el más astuto de los hombres, y de ahí la herencia que recibió su hijo (4). Se trata del mismo Sísifo que Ulises pudo ver en el Hades empujando una piedra enorme hasta la cima de una montaña, desde la que se deslizaba pendiente abajo una y otra vez, en un ciclo interminable, como castigo de los dioses por haber querido y logrado engañar a la muerte.

Sísifo era un charlatán y se fue de la lengua al relatar una aventura sentimental de Zeus, que quiso castigarlo y le envió a Thánatos, la muerte, pero el mortal logró apresarla y encadenarla. Durante ese tiempo nadie moría y, ante las quejas, Zeus decidió liberar a Thánatos y enviar a Sísifo al Hades, pero éste antes de morir dejó dicho a su esposa que no le hiciera honras fúnebres. Cuando llegó al mundo de los muertos, denunció tal impiedad y pidió regresar para castigarla, con la promesa de que volvería después de los ritos funerarios para descansar entre los muertos, pero era una treta: volvió a su casa y su alma se reintegró a su cuerpo. Al final murió de viejo, pero los dioses infernales le tenían guardado el castigo de empujar la roca eternamente.

Un mundo nuevo

Boitani también menciona el último viaje de Ulises de Vespucci y de Tasso, que consideran al héroe griego un quimérico precursor de los navegantes hacia un nuevo continente porque atraviesa las Columnas de Hércules y surca el Atlántico. Por una parte está el Hades, el reino de la muerte, pero también el nuevo mundo y Ulises se hará a la vela hacia él, como primera luz de quienes pusieron rumbo a los confines atlánticos del mundo. De esta forma prefigurará a Colón y su descubrimiento de las Indias.

Pero Boitani reconoce que Ulises no es un colonizador, sino un viajero, y su descendiente no es ni Colón ni Robinson Crusoe, sino Magallanes, en cuya nave, la Victoria, campea el lema “Para mí son alas las velas”, con el que retoma orgullosamente la semejanza homérico-dantesca del viaje al Hades (5).

La idea de Ulises como precursor de Colón y de los ‘conquistadores’ no le gustó mucho a Borges, gran admirador de ‘La Comedia’. En una posdata de 1981 al ensayo dantesco que lleva por título ‘El último viaje de Ulises’, el escritor argentino escribe: Se ha dicho que el Ulises de Dante prefigura a los famosos exploradores que llegarían, siglos después, a las costas de América y de la India. Siglos antes de la escritura de la Comedia, ese tipo humano ya se había dado. Erico el Rojo descubrió la isla de Groenlandia hacia el año 985 y su hijo Leif, a principios del siglo XI, desembarcó en el Canadá”, aunque Dante no pudo saber estas cosas (6).

Notas

(1) Homero, La Odisea,Traducción de Luis Segalá y Estalella, Espasa Calpe, 1991

(2) Carlos García Gual, La muerte de los héroes, Turner, 2016

(3) Dante Alighieri, Comedia, Traducción de Ángel Crespo, Seix Barral, 2004

(4) Esquilo, El juicio de las armas (mencionado por William B. Stanford, El tema de Ulises, Editorial Dykinson, 2014)

(5) Piero Boitani, La sombra de Ulises, Imágenes de un mito en la literatura occidental, Península, 2002

(6) Jorge Luis Borges, Nueve ensayos dantescos, Alianza Editorial, 1999

* Los múltiples viajes de ‘Los pasos perdidos’, de Alejo Carpentier

los pasos perdidos

La literatura está llena de viajes, exilios, regresos, expediciones, peregrinaciones, periplos míticos, cruzadas, odiseas, conquistas, huidas y búsquedas. Todo esto cabe en las novelas y en los cuentos porque el viaje, entendido como cambio en el tiempo o en el espacio, es la materia de la que está hecha la propia vida, que no es más que un trayecto desde el nacimiento a la muerte. Y en su transcurso también hay puro cambio, puro viaje.

Los pasos perdidos’, la novela que Carpentier escribió en 1953, reúne las dos dimensiones fundamentales del viaje, el geográfico y el temporal, pero también la catarsis interior, los rituales de paso y la búsqueda del paraíso o la utopía.

El viajero anónimo de esta narración es un hombre que lleva en una vida poco satisfactoria en una ciudad cosmopolita, con un empleo “nutricio”, una esposa con la que poco tiene en común, una amante que le entretiene y una vida social que empieza a cansarle porque sus conocidos acababan repitiéndose en un desaforado ir y venir de ideas y de proyectos, que van de lo trascendental a lo estúpido, aunque siempre insólito y a la moda, conformando un juego acrobático de insensateces artificiales que no conduce a nada.

Un día recibe el encargo de buscar instrumentos primitivos de los nativos de la selva americana, lo que remueve en su interior la antigua pasión por conocer y registrar el origen de la música, el nacimiento de la expresión rítmica primordial. Decide partir a la selva, en parte por aburrimiento, para olvidar ciertas ideas muy en boga en los ambientes intelectuales de las ciudades modernas que “me cansaban ahora, de tanto haberlas llevado” y en parte por el deseo de encontrar el origen del sonido musical en las culturas más primitivas.

Llega a una ciudad que no puede ser otra que Caracas, pero lo hace acompañado por Mouche, su amante, una mujer moderna, superficial y absolutamente urbana y superficial, por lo que el viajero no terminará de romper con el ambiente que le aliena hasta que rompan la relación y él se interne en la selva junto a Rosario, una mujer de la tierra, mestiza y primordial, que simboliza la autenticidad, de la que carecen tanto su esposa como su amante.

Comienza el viaje por el Alto Orinoco, guiado por un hombre, el Adelantado, hacia la ciudad que ha fundado en el corazón de esos territorios inmensos, que encierran “montañas, abismos, tesoros, pueblos errantes, vestigios de civilizaciones desaparecidas”, selva que era “un mundo compacto entero, que alimentaba su fauna y sus hombres, modelaba sus propias nubes, armaba sus meteoros y elaboraba sus lluvias”. Atraviesan una vegetación de bambusales, la maleza del río dificulta la navegación, se escuchan chasquidos inesperados, súbitas ondulaciones, “fuga de seres invisibles que dejaban tras de sí una estela de turbias podredumbres”. La descripción de los paisajes que atraviesan es fascinante de forma que se convierten en un personaje más y así ocurre en todas las novelas de Carpentier.

selva

Para llegar al Paraíso que, según Carlos Fuentes, es el tiempo anterior y feliz en el que se conjuga la empresa utópica y la narrativa para vencer al espacio, el viajero debe someterse a los ritos de un itinerario místico, en el que hay que vencer en primer lugar los obstáculos que se presentan al neófito: en esta navegación por un río repleto de frutos podridos y simientes velludas y coronado por árboles que impiden ver el cielo, al cabo de un tiempo el viajero de Carpentier reconoce que “se pierde la noción de verticalidad y surge una suerte de desorientación, de mareo de los ojos”, se trastorna la apariencia y se confunde lo que está arriba con lo que hay abajo. “Era como si me hicieran dar vueltas sobre mí mismo para atolondrarme, antes de situarme en los umbrales de una morada secreta”. Una especie de juego de la gallina ciega. “Cuando fue la luz otra vez, comprendí que había pasado la primera prueba”.

A este viaje geográfico se añade el regreso en el tiempo. Aparece, remoto, el espejismo de El Dorado y Felipe de Hutten, el Utre de los castellanos quien, una tarde memorable, desde lo alto de un cerro contempló alucinado la gran ciudad de Manoa y sus portentosos alcázares”. De la selva maya “surgían escalinatas, atracaderos, monumentos, templos llenos de pinturas portentosas que representaban ritos de sacerdotes peces y de sacerdotes langostas” y “largas avenidas de dioses, erguidos frente a frente, lado a lado, cuyos nombres quedarían por siempre ignorados”.

Fray Pedro, un sacerdote que les acompaña en el viaje, oficia una misa y de súbito, el viajero se da cuenta de que no hay ninguna diferencia entre esta misa y las que escucharon los Conquistadores de El Dorado y comprende que el tiempo ha retrocedido cuatro siglos, que tal vez transcurra el año 1540. Y sigue vislumbrando el pasado: los juegos medievales de diablos y tarascas, las danzas de Pares de Francia y los romances de Carlomagno. Y sigue retrocediendo aún más: pasa el año cero y tornan a crecer las fechas del otro lado hasta llegar al hombre que hace ensayos de primitiva agricultura y abandona la errancia del nómada y llora a sus muertos haciendo bramar un ánfora de barro.

Sale del paleolítico para entrar en la más profunda noche de las edades en el encuentro “con una tribu de indios que disputan la comida a los monos, que apenas conocen los recursos del fuego, que devoran larvas de avispas y termes, triscan hormigas y liendres, escarban la tierra y traban los gusanos y las lombrices, antes de amasar al tierra con los dedos y comerse la tierra misma. Sus perros son como lobos y zorros, anteriores a los perros”. Y el viajero siente una especie de vértigo ante la posibilidad de otros escalafones de retroceso, pero es en esa tribu, en el rito que despide a un muerto, donde escucha el sonido que va más allá del lenguaje pero lejos aún del canto, un jadeo a contratiempo, un vibrar de la lengua. Es el treno, un canto mágico destinado a hacer volver a un muerto a la vida, y el viajero comprende que acaba de asistir a la repetición de un acto atávico, el mismo que dio lugar al nacimiento de la música.

La tormenta, los indios que son como larvas, la desorientación y el terror que experimenta el viajero anónimo recuerda el viaje de Marlow en busca del agente Kurtz, en El corazón de las tinieblas de Conrad. Remontar el río a través de la selva era “penetrar más y más en el corazón de la oscuridad, era regresar a los más tempranos orígenes del mundo, cuando la vegetación se agolpaba sobre la tierra y los grandes árboles eran los reyes”. Pero los colonizadores, como Kurtz y el propio capitán del vapor que ha salido en su búsqueda, soñaban con que eran los primeros hombres “que tomaban posesión de una herencia maldita que debía ser sometida al precio de una profunda angustia y de un enorme esfuerzo”; soñaban con dominar la naturaleza y civilizarla. Por el contrario, el viajero anónimo de Carpentier y el grupo con el que se adentra en la selva van en busca del origen, del tiempo utópico y maravilloso, con la intención de integrarse en el mundo salvaje y primigenio en un viaje que señala una dirección opuesta a la modernidad y el progreso.

Pasado, presente y futuro cohabitan en la selva, donde pueden darse todos los tiempos. Lo había afirmado Carpentier unos años antes de la aparición de esta novela, en una crónica sobre la Gran Sabana venezolana: “El tiempo estaba detenido allí ( ) desposeído de todo sentido ontológico para el hombre de Occidente ( ) No era el tiempo que miden nuestros relojes ni nuestros calendarios. Era el tiempo de la gran Sabana. Era tiempo de la tierra en los días del Génesis”.

Pico Bolívar1

En ‘Los pasos perdidos’, prosiguen el camino por lugares de rocas y planicies lunares, un mundo que podía ser el del Génesis en el cuarto día de la Creación, una tierra vacía y aún desordenada al borde del abismo de la nada, hasta llegar a la ciudad buscada, Santa Mónica de los Venados, fundada por el Adelantado. Y el viajero decide no regresar a la civilización que ha abandonado porque en ese lugar, que pertenece a las Tierras del Ave, está el lugar soñado, el Paraíso.

El viajero ha conseguido los instrumentos primitivos, ha averiguado el origen de la música, se ha reencontrado consigo mismo y ha descubierto el Edén, pero el dios maléfico que le ha concedido el don de la creatividad al penetrar en la selva y por el que ha conseguido escribir -a duras penas por falta de papel- una gran obra musical, un treno que menciona a Ulises y las libaciones a los muertos, le obliga a volver a la civilización para poder acabarla. Allí solucionará algunas cuestiones prácticas y regresará a Santa Mónica. Pero todo se complica y cuando intenta volver ya no conoce el camino, no tiene las llaves de secretas entradas y todo lo pierde.

El viajero ha cometido el irreparable error de desandar lo andado, “creyendo que lo excepcional puede serlo dos veces, y al regresar encuentra los paisajes trastocados, los puntos de referencia barridos”. Ya nunca accederá al Paraíso; sólo podrá cantar las excelencias de la tierra prometida.

Lecturas

– Alejo Carpentier, Los pasos perdidos, 1953

– Carlos Fuentes, Valiente mundo nuevo, 1990

– Josep Conrad, El corazón de las tinieblas, 1899

* La “verdad” de García Márquez y “la desdicha del hacer” de Abel Posse

Facsímil-del-Diario-de-Cristóbal-Colón

No quedan testimonios de lo que pensaron o sintieron los habitantes de las Antillas cuando vieron aparecer las carabelas y los hombres que en ellas viajaban, tan distintos, tan vestidos, tan extraños, pero podemos imaginar su asombro ante seres que parecían de otro mundo, hoy diríamos que de otro planeta, que desembarcaban de unas enormes naves nodrizas y que, al llegar a tierra, hincando en ella una rodilla y un estandarte, pronunciaban un incomprensible parlamento de posesión.

Cristóbal Colón cuenta en su Diario del Primer Viaje que los indios con los que tuvieron los primeros encuentros eran amistosos, hermosos de cuerpo y generosos en extremo pues, aunque parecían muy pobres, entregaban todas sus posesiones a cambio de cualquier cosa que los marineros les ofrecieran, desde cuentecillas de vidrio a cascabeles e incluso platos rotos.

Si las tornas hubieran sido otras y si los nativos de estas islas hubieran podido expresar sus impresiones, sus palabras no habrían sido muy diferentes de las utilizadas por García Márquez en el capítulo de ‘El otoño del patriarca’ que muestra el primer encuentro entre españoles e indígenas y pone en solfa conceptos aparentemente enemigos como civilización y barbarie.

El patriarca recuerda un histórico viernes de octubre en que salió del cuarto al amanecer y se encontró con que “todo el mundo en la casa presidencial tenía puesto un bonete colorado”, desde las concubinas a los ordeñadores, los centinelas, los paralíticos y los leprosos. Tan extraño resultaba que intentó averiguar qué había pasado hasta que por fin encontró a uno que le contó “la verdad”: que habían llegado “unos forasteros que parloteaban en lengua ladina pues no decían el mar sino la mar y llamaban papagayos a las guacamayas, almadías a los cayucos y azagayas a los arpones, y que habiendo visto que salíamos a recibirlos nadando entorno de sus naves se encarapitaron en los palos de la arboladura y se gritaban unos a otros que mirad qué bien hechos, de muy fermosos cuerpos y muy buenas caras”, que es lo que escribió textualmente Cristóbal Colón en el Diario de su primer viaje, cuando desembarcó en Guanahaní.

otono-patriarca-garcia-marquez

Sigue contando el relator de “la verdad” que nosotros no entendíamos por qué carajo nos hacían tanta burla mi general si estábamos tan naturales como nuestras madres nos parieron y en cambio ellos estaban vestidos como la sota de bastos a pesar del calor” y “gritaban que no entendíamos en lengua de cristianos cuando eran ellos los que no entendían lo que gritábamos” nosotros y después vinieron en sus cayucos y “nos cambiaban todo lo que teníamos por estos bonetes colorados y estas sartas de pepitas de vidrio que nos colgábamos en el pescuezo por hacerles gracia” y “como vimos que eran buenos servidores y de buen ingenio nos los fuimos llevando hacia la playa sin que se dieran cuenta, pero la vaina fue que entre el cámbieme esto por aquello y le cambio esto por esto otro se formó un cambalache de la puta madre y al cabo del rato todo el mundo estaba cambalachando sus loros, su tabaco, sus bolas de chocolate, sus huevos de iguana, cuanto Dios crió, pues de todo tomaban y daban de aquello que tenían de buena voluntad, y hasta querían cambiar a uno de nosotros por un jubón de terciopelo para mostrarnos en las Europas, imagínese usted mi general, qué despelote”.

García Márquez consigue, en esta simulación que aparenta una sencilla broma, poner en entredicho que la versión de Colón sea la única posible y revelar una verdad profunda: que el juicio que hacemos del desconocido puede que no sea acertado, que seguro que no lo es; que nuestra lengua no es más “cristiana”, más civilizada, que la del otro y que posiblemente nuestras costumbres sean menos pertinentes que las suyas, más acordes con su entorno. Andar encorazado y encasquetado por lugares tan cálidos debió ser una penitencia para los que llegaron con sus bonetes rojos y sus ristras de cascabeles para cambiarlos por oro.

No son más bárbaros porque anden vestidos o desnudos o porque utilicen una u otra lengua; son bárbaros aquellos que marcan una ruptura entre sí mismos y los demás hombres y niegan la plena humanidad de los otros. Colón lo hace y García Márquez lo denuncia, cuando dice que querían “mostrar a uno de nosotros en las Europas”. Colón ordena detener a seis “mancebos”, como relata en su Diario, para llevarlos a España y que allí los vean los Reyes; se lo piensa mejor y manda añadir al paquete siete mujeres y tres niños “porque mejor se comportan los hombres habiendo mujeres de su tierra que sin ellas”. Que no existiera ningún grado de parentesco entre los secuestrados, a los que evidentemente Colón no aprecia como hombres iguales a él, lo atestigua el que por la noche “vino a bordo el marido de una de estas mujeres y padre de tres hijos y dijo que yo le dejase venir con ellos”.

Trilogía americana, de Abel Posse

El 12 de octubre de 1492 “fue descubierta Europa y los europeos por los animales y hombres de los reinos selváticos y desde entonces fueron de desilusión en desilusión ante el paso de estos seres blanquísimos, más fuertes por astucia que por don”.

Es la voz de Abel Posse en su trilogía sobre la Conquista: los indios veían en los conquistadores una “peligrosa congregación de expulsados del Paraíso, de la Unidad primordial de la que ningún hombre o animal tiene porqué alejarse”, que organizaba su delirante visión del tiempo “bajo el nombre Historia, una especie de metafísica pista de carreras”. Padecían y hacían padecer porque sus dioses les habían enseñado la negación de la vida hasta el punto de convertirles en seres incapaces de comprender el equilibrio y el orden natural de las cosas.

Para los nativos, el Descubrimiento supuso entrar en contacto con “la trágica naturaleza de los tristes conquistadores”. Los “blanquiñosos”, apelativo poco caritativo que utilizan los conquistados en ‘Daimon’, eran valientes hasta la inconsciencia, pero carecían de alegría, eran unos “desdichados del hacer” y sólo respetaban la eficacia.

Daimon

Abel Posse en ‘Los perros del Paraíso’ y en ‘Daimon’ aplica las categorías hegelianas del ser y el estar: el hombre del ser es el blanco, el europeo, el colonizador, que vive sin raíces y está obsesionado con el actuar, con el calcular, con el hacer, frente al indígena, que se limita a “estar” y a contemplar la magnificencia del mundo. Alguien, alguna vez, en sus tierras de constructividad y de desdicha, les había dicho a los hombres blancos que no era posible ser sin hacer. “Esta barbaridad o filosofía, cuyos sombríos detalles los jefes indios no podían todavía comprender, se ponía de manifiesto en cada acto de los invasores”.

Inclinados a sembrar la muerte preventiva y general, todo lo convertían en un valle de lágrimas. “Pronto los despreciaron los jaguares y las confederaciones de monos” y al final casi todos los animales, excepto los eternos traidores: “los zopilotes y otros interesados comedores de carroña”.

El hombre blanco es incapaz de vivir de forma tranquila según los ciclos naturales. Ni siquiera el mismo Álvar Núñez Cabeza de Vaca es capaz de hacerlo después de haber convivido con los indios casi ocho años; cuando consigue llegar a Nueva España ya está pensando en volver como gobernador. Al Colón de ‘Los perros del paraíso’ las fuerzas vivas del Estado y de la Iglesia le impiden conservar su Edén y Lope de Aguirre, en ‘Daimon’, no puede olvidar que es voluntad de poder en estado puro, de dominio y de “ser”, incompatible con una existencia apacible.

En los tres protagonistas de la trilogía posseana se produce un intento de cambio de estado, un abrirse al mundo natural y a las experiencias que van más allá de la conciencia. El Cristóbal Colón de Abel Posse no precisaba de incentivos externos, ni peyote ni ayahuasca, porque estaba dotado con una “capacidad interna de secreción de delirio perfecta” con la que conseguía eludir el embrutecimiento racionalista europeo. Encontró el Paraíso en las Indias, pero lo devolvieron a España, con cadenas, por eso mismo.

Álvar Núñez Cabeza de Vaca en ‘El caminante al atardecer’ tiene al cacique Dulján como guía. Es quien le enseña que “en el hombre está el pájaro y la serpiente y el águila y el pez” y el español aprende a correr venados y a guiarse por los vientos y las estrellas. Conoció a hombres que hablan con las plantas y los animales y que, mediante un éxtasis de alcoholes sagrados y de humo, pierden los sentidos naturales y realizan grandes vuelos, visitan el país de los muertos e incluso se acercan a las regiones del dios misterioso.

Y por último, Lope de Aguirre, en su regreso con los marañones del reino de los muertos encuentra en Huaman al amauta que le lleva al Tawantinsuyu, donde se une la tierra y el cielo, el cuerpo y el espíritu, la noche y el día. Bebió té de coca, polvo de vilca y ayahuasca y consiguió entrar en un mundo colorido y vibrante, llegó a Lo Abierto y por fin cayó en el estar, de forma que tuvo que morir para poder olvidar el ser y despreciar el dominio del mundo que tan mala vida le dio.

Lecturas

– Gabriel García Márquez, El otoño del patriarca, Plaza y Janés, 1975

– Cristóbal Colón, El primer viaje a las Indias (Relación compendiada por Fray Bartolomé de las Casas)

– Abel Posse, Daimon, 1981

– Abel Posse, Los perros del paraíso. 1983

– Abel Posse, El largo atardecer del caminante en el atardecer, 1992

* Los perros del Paraíso o las Indias como un Edén malogrado, de Abel Posse

los-perros-del-paraiso-abel-posseLos elementos aristotélicos dividen la novela en cuatro capítulos. En un principio fue el Aire, cuando el joven Cristóbal intuye su destino en Génova, donde los marinos que repostaban “mentían con magnitud” y referían la historia de San Brandán y cómo encontró el Paraíso en el Océano Atlántico; relataban las fábulas de homéricos combates con el Octopus gigante y la Orca asesina o exageraban con el Maelström que arrastraba al abismo a las naves con su tripulación. Escuchando y leyendo novelas de caballería marinera, Cristóbal Colón aprendió que “el mar era un dios atrabiliario, iracundo y amoral”.

Los perros del Paraíso’ presenta una versión personal y simbólica del llamado Descubrimiento, una historia urdida con datos reales y elementos mágicos y maravillosos que se insertan en un tiempo distorsionado, con el uso de un lenguaje que, según el propio autor, quiere desacralizar la historia, jugar con ella y ofrecer una visión surrealista desde lo auténticamente real. “Los saltos -dice- son como de un trampolín hacia el delirio literario, pero retornan a una lógica profunda, a veces hasta ideológica que es como el alma de la novela”.

En esta historia en la que confluyen la secreta intimidad de los hechos y una intensa labor de imaginación que pretende cubrir inevitables lagunas desconocidas e irrecuperables del pasado, intervienen, además de Colón -un superhombre, palmípedo, anfibio y resplandeciente como una luciérnaga- los reyes Isabel y Fernando ahítos de voluntad de poder, con sus modos renacentistas y su estado medieval; aztecas convencidos de la necesidad de una hecatombe que fortifique el sol, el dios anémico, hasta el fin del ciclo de los tiempos; incas escépticos, geométricos y racionales, defensores de la idea de que “los hombres son una broma de los dioses para mortificar a los animales”; compañeros de navegación, caribes y personajes extemporáneos, como los lansquenetes Swedenborg, visitante asiduo del Cielo y del Infierno, y Ulrico Nietz, visionario y predicador del eterno retorno al que parece condenado el Nuevo Mundo y acusado de bestialismo por besar a un caballo en Génova.

El Cristóbal Colón de Abel Posse es un místico con una “capacidad interna de secreción de delirio perfecta”, que no necesita ni peyote ni ayahuasca para eludir el embrutecimiento racionalista europeo, según dictaminan los hechiceros taínos. Contagiado por la pasión, la pena y la nostalgia del Paraíso, poseído por la divinidad, se convierte en un iluminado, que cree en las profecías y en su destino: es un elegido.

El Fuego sigue al Aire. Un vikingo de la Última Thule le cuenta a Cristóbal Colón cómo era la costa de Vineland y le revela un secreto que tenía que ver con el Paraíso Terrenal. En Tenochtitlán, el Supremo Sacerdote bendice la bondad y la pureza de la doctrina cristiana de los barbudos que llegarán por el Gran Mar. Los mandó Quetzalcoatl, que los predijo: son maravillosos, hijos de la mutación, generosos, de infinita bondad, su dios humano manda amar al otro como a sí mismo, detestan la guerra y respetarán a nuestras mujeres porque su dios se lo manda.

Mientras, en los reinos de Castilla y Aragón, amancebados en las personas de sus monarcas, nacía la ideología imperial y católica: el poder adornado por la esvástica se había echado a rodar e Isabel y Fernando irían encontrando a su héroes y a sus superhombres, sin piedad y sin grandeza, como Gonzalo de Córdoba o el chanchero Pizarro, el amoral genovés o Torquemada, “hijo de la noche y de la niebla”, redactor del edicto de expulsión de los judíos que, en el mismo año de 1492, conformó el mayor progrom de la historia hasta ese momento.

Comienza la travesía en el Agua y la misión, secretísima e inefable, de Colón: hallar la apertura del océano que permitirá el paso del iniciado a la dimensión perdida del Edén, el lugar sin muerte, la mutación esencial. “Yo creo que soy el único que busca el Paraíso y tierras para los injustamente perseguidos”, dice Colón acerca de su destino secreto, en el que la reina Isabel hace de cómplice secreta. En cambio, Fernando “retacón, robusto y abaturrado”, se negaba a lo imaginario.

Las tres carabelas avanzan hacia Occidente por la ruta de los iniciados. “Ingresan en una región espacio-temporal no visitada antes” por los hombres y el almirante comprende que es natural que en esta “zona intermedia entre la nada y el ser, entre lo conocido y el misterio”, hagan su irrupción -a veces con verdadero descaro- los muertos, que se mezclan con los vivos durante el día sin ser vistos, pero que se definen al anochecer con su color lechoso. Se les presiente, “sentados en las jarcias, con las piernas al aire, sardónicos, exigentes, malintencionados, explotadores impúdicos del prestigio sombrío de la muerte”.

queen-mary-2-1170x780

Finales de septiembre de 1492: se divisa una enorme nao, de varias hileras superpuestas de luces horizontales en movimiento, en cuya popa se puede leer ‘Queen Victory’. Barcos sin velas transportan innumerables pasajeros que bailan música sincopada; el Mayflower va cargado de puritanos terribles camino de Vineland; se suceden piratas ingleses amantes de la Reina Virgen, barcos holandeses dedicados al tráfico de negros y naves sombrías cargadas de emigrantes sicilianos, genoveses, extremeños e irlandeses, “gente de labor, mestizaje y bastardía, movida por modestos sueños subsistenciales”. Colón comprende que este propósito suyo de llegar al Paraíso rompe el orden espacio-temporal establecido: el horizonte se quiebra por la proa de la Santa María, que rasga el velo y avanza entre visiones de otros tiempos.

La aparición de naves extemporáneas la utiliza García Márquez en el cierre del primer capítulo de ‘El otoño del patriarca, pero en una torsión hacia el pasado, al origen, a la llegada de los españoles. El general se asomó a la ventana del mar como tantas otras noches “y vio el acorazado de siempre que los infantes de marina habían abandonado en el muelle, y más allá del acorazado, fondeadas en el mar tenebroso, vio las carabelas”. Esta imagen inquietante presenta el mismo mar tenebroso que alberga las embarcaciones del dominio en dos épocas distintas: la de los extranjeros en un acorazado vislumbrado por el dictador de turno, por el patriarca, y la de los conquistadores de hace cuatrocientos años.

Es una imagen del pasado que llega al futuro y se observa desde la tierra subyugada y domada a lo largo de los siglos, la que iba a contener el Paraíso de Colón. Abel Posse ya lo sitúa muy cerca de las carabelas que surcan el mar y que están a punto de encenderse en llamaradas. El Almirante está avisado de que en el punto cósmico de apertura que han alcanzado, el tremendo calor es un signo positivo porque proviene del fuego de las espadas flamígeras que guardan las Puertas del Paraíso.

Por fin las carabelas llegan a la Tierra, el cuarto y último elemento. Allí son y están las indias Anacaona y Siboney y la desnudez paradisíaca, el fin de la culpa y la evidencia del dios ausente. Pero Fernando se irrita porque si, como dice el Almirante, es posible la existencia del Paraíso Terrenal se acabó el negocio; el Jardín del Edén ni se puede labrar ni expropiar ni explotar.

Cristóbal Colón se establece en total desnudez en una isla, entre papagayos y aves del paraíso, y anuncia que ha cesado la muerte y que los indios son ángeles y desconocen la caída, la culpa y el pecado. Y el Almirante condena y prohíbe el trabajo, “orgullo babélico y demoníaco”. Pero los suyos no aceptan los bienes del Paraíso, detestan el no hacer y el no medrar, en tanto que los clérigos solo admiten el Cielo tras una vida de obediencia y sacrificio. Roldán, el hombre fuerte del momento, da un golpe de estado y los hombres pierden de nuevo el Jardín del Edén. Y cuando el Almirante, esposado, regresó a España comprendió que el Paraíso “quedaba en manos de milicos y corregidores”.

chihuahua_0_600Abel Posse ve a Colón como “la síntesis de todo el universo europeo colonizador: es judío cristianizado, místico y esclavista, empresario y poeta, ambicioso y capaz del mayor delirio, como creer en el Paraíso Terrenal”. Colón fracasó al ofrecer a sus contemporáneos la visión paradisíaca de las Indias, donde los perros, mencionados en el Diario de su primer viaje, no ladraban porque no concebían que hubiera cosa alguna que se pudiera robar. Según los toltecas, estos perrillos contenían cada uno de ellos una desdichada alma humana y tras el fracaso lo invadieron todo, insignificantes y siempre ninguneados”, pero como no tenían “el orgullo de los jaguares ni las altas ramas de los quetzales” se retiraron.

El descubrimiento y la conquista es un drama en el que todos pierden. “He querido plasmar -dice Abel Posse en una entrevista- un encuentro de civilizaciones que comenzó con un intercambio de regalos y terminó con un genocidio y una guerra de dioses. Traté de narrar cómo esas dignidades barbadas llegadas en carabelas, terminan por saquear ese paraíso que los había impresionado los primeros días. Sólo quedan esos perros vagabundos que andan por los caminos de América como esperando la recreación del jardín arruinado”.