La melancolía en tiempos revueltos

Melencolia_I_(Durero)

En el término melancolía se han dado cita toda las demencias, todas las alteraciones del alma y todas las variedades de la locura, desde la depresión al delirio. En las filas de melancólicos se han agrupado héroes y licántropos, genios y aburridos cortesanos, místicos y maníacos, sabios e idiotas, santos y endemoniados … y se ha relacionado la melancolía con el exceso de estudio, con los habitantes de lugares brumosos pero también con los judíos procedentes de Oriente y con tiempos de incertidumbre. Vinculada a logros artísticos y científicos, por su mediación se ha interpretado el mundo y se han definido épocas.

Desde la Antigüedad hasta bien entrado el siglo XIX, la medicina adoptó la teoría humoral de Hipócrates recogida después por Galeno, según la cual el cuerpo humano se compone de cuatro sustancias básicas que se corresponden con los cuatro elementos del universo -aire, fuego, agua y tierra. Son sangre, flema, bilis y atrábilis que conforman sus consecuentes temperamentos -sanguíneo, flemático, melancólico y colérico- y de cuyo perfecto equilibrio dependerá conservar la salud y evitar la enfermedad. La inestabilidad de uno de estos humores, la bilis negra, nos conducirá a la melancolía. No siempre se consideró una enfermedad.

Se atribuye a Aristóteles un texto en el que se afirma que, aunque su padecimiento puede llevar a la locura y al sufrimiento, no hay hombre excepcional que no sea melancólico, como si este carácter fuera un privilegio y no una maldición. La bilis negra, sigue diciendo, tiene el potencial de hacer a la persona extremadamente fría o extremadamente caliente, lo que brinda la oportunidad de no caer en la enfermedad y el desequilibrio y convertir la melancolía en una herramienta contra el desarraigo y la soledad. Esta apreciación sobre las posibilidades salvadoras de la melancolía abre un espacio que se ha mantenido hasta nuestros días. Pudiera ser que ayudara a expresar una condición existencial derivada del sufrimiento y la tristeza que emanan naturalmente de la vida misma; esa definición sería la de un budista y la expone Roger Bartra para defender que en Occidente la melancolía forma parte intrínseca de un conglomerado cultural y filosófico que recorre toda su historia. A través de la ella, señala el antropólogo mexicano, se ha hecho visible el sufrimiento y las consecuencias trágicas de la soledad, la incomunicación y la angustia, así como sus posibles remedios.

En la Edad Media la melancolía se asimiló a la acedia, un pecado capital que Agustín de Hipona define como la angustia que inmoviliza y que dio en extenderse fácilmente entre los monjes, instigada por el llamado ‘demonio de mediodía’. La teología cristiana hizo del abatimiento un pecado: Dante sitúa las “muchedumbres doloridas que han perdido el don del entendimiento” en el mismísimo Infierno, en castigo por su enfado con Dios y por la ausencia de esperanza en la que vivieron.

También se relacionó brujería y melancolía y así lo recoge Jean Wier en ‘De prestigiis daemonum’ al asegurar que el diablo induce fácilmente al sexo femenino, malicioso y melancólico, y en especial a las ancianas débiles y estúpidas, a las que impone males y visiones. Es en este siglo XVI cuando la melancolía resurge con fuerza en tratados y en personajes, no sólo de ficción. Hubo reyes a los que se consideró melancólicos, como Carlos V recluido en Yuste y Felipe II, a su vez, encerrado en El Escorial con todas sus penas, demonios y reliquias; hubo otros que no sólo se reconocieron como tales, sino que incluso redactaron consejos para melancólicos, como el efímero rey portugués Dom Duarte. Parece que el humor negro afectaba a los monarcas y sultanes, como ya advirtiera Maimónides varios siglos antes. En la ficción es Segismundo, prisionero del destino, y Hamlet, hundido en la desesperación por la corrupción del mundo y su falta de sentido.

La experiencia de no poder acceder a la divinidad se convierte en melancolía y afecta a místicos como Teresa de Ávila que, pese a los padecimientos interiores y delirios que relató en ‘Las Moradas’, recomendó que en los monasterios no fueran admitidas monjas que mostraran síntomas melancólicos. En la ficción, en cambio, dominaron los enamoramientos no concluidos, desde Tirso de Molina a Lope de Vega, así como el morbo erótico que aqueja a Calisto y a Melibea en su loco enamoramiento.

La melancolía estaba muy presente desde hacía ya tiempo, como resultado de una situación continua de convulsiones y temor. En el siglo XIV la peste vuelve a aparecer en Europa y alarga su presencia, las condiciones climáticas se degradan y las malas cosechas se multiplican, la amenaza del Gran Turco es cada vez más evidente y estalla el mundo cristiano, primero con el Gran Cisma y luego con la Reforma protestante. Las guerras de religión dejan un continente devastado y en alerta perpetua y la duda religiosa siembra el pánico en las conciencias al tiempo que con ímpetu inusitado se reproducen en libros, sermones y pinturas toda la escenografía del Apocalipsis y del Infierno y sus tormentos. No resulta extraño que los síntomas de la melancolía, como la desesperación, la angustia y el sentimiento de fatalidad se adueñasen de las gentes.

El gran tratado sobre este asunto fue publicado en 1621 por un erudito, clérigo, inglés y bibliotecario, además de melancólico, Robert Burton, bajo el título ‘Anatomía de la Melancolía’. En sus más de mil quinientas páginas en las que se incluyen más de cinco mil citas hace referencia a infinidad de temas desde la perspectiva melancólica. De la mayoría de los melancólicos dice que el temor y la tristeza son sus auténticos caracteres, aunque algunos “se distinguen por su buen talante, otros por su atrevimiento y los hay que no manifiestan ninguna forma de temor o pesadumbre”; los más predispuestos son los misántropos y los amantes de la vida contemplativa, aunque nadie en absoluto, ni el estoico ni el sabio ni el dichoso ni el sufrido ni el piadoso o el representante de Dios, está libre de esta afección; de las estaciones del año, la más propicia es el otoño y, en cuando a las edades, es la vejez la que “casi siempre tiene a la melancolía natural por inseparable compañera y accidente”. Después de los setenta años, sigue diciendo Burton parafraseando al Salmista, “todo es molestia y aflicción”.

La vida dedicada a los libros y al estudio, junto a la vejez, son los ingredientes de la melancolía al final de la existencia. Ambas circunstancias convierten al Quijote en un personaje melancólico. Al Caballero de la Triste Figura se le secó el cerebro de tanto leer novelas de caballerías y desvelarse meditando en sus obsesivos intentos por “entenderlas y desentrañarles el sentido” y llegado a los cincuenta, cuando ya ha comenzado para él la vejez, decide no resignarse y se inventa su propia aventura.

Bartra señala que El Quijote es un libro para divertir a melancólicos a través de un personaje artificialmente triste, que enseña a los lectores de su época la forma de disfrutar de la melancolía, que ya no es ni pecado ni obra del demonio, sino “una elección, un acto de voluntad y una afirmación de la libertad”.

Algunos consideran que emprende un viaje sin retorno hacia la locura, pero lo cierto es que Alonso Quijano sale al mundo, inventándoselo, dispuesto a combatir la injusticia y la maldad; es entonces cuando le encuentra un sentido y, de esta forma tan novedosa en aquellos tiempos revueltos y convulsos, consigue animar a los lectores a no dejarse invadir por la triste melancolía.

Lecturas

– Roger Bartra, ‘Cultura y melancolía. Las enfermedades del alma en la España del Siglo de Oro’, Anagrama, 2001

– Robert Burton, ‘Anatomía de la melancolía’, 1621 (primera edición)

Cervantes y Shakespeare, cuatrocientos años no es nada

Cuando calificamos como dantesca a una escena pavorosa o kafkiana a la que resulta absurda o llamamos Romeo a un enamorado, estamos demostrando que la vida imita a la ficción. Pero lo contrario también es cierto: ningún escritor puede ausentarse de su época en una inexpugnable torre de marfil. Vive, se alegra y sufre con sus contemporáneos, aunque para su escritura recurra a la imaginación y mediante ella encare, trate de entender o ponga en su sitio todo aquello que le preocupa y desea comunicar a sus lectores.

Si además, posee la condición de clásico, demuestra sin asomo de duda que ha superado las barreras de su tiempo, de su género, de su condición y de cualquier atadura y que sus personajes o sus temas han trascendido y se han convertido en universales. Por eso los lectores del siglo XXI podemos reconocer a Alonso Quijano o al rey Lear como a uno de nosotros y ser partícipes de sus pensamientos y de sus actos, aunque fueran imaginados hace más de cuatrocientos años.

El mundo en el que vivían Cervantes y Shakespeare a caballo entre los siglos XVI y XVII no se asemeja al que habitamos nosotros, pero tampoco es absolutamente diferente. Muchas obras del dramaturgo inglés se ocupan de la tiranía y de la traición y Alonso Quijano se esfuerza hasta la locura para no tener que lidiar con una época que no le gusta. No están tan lejos de nosotros.

La Inglaterra de Isabel I fue siempre una sociedad convulsa, pero a medida que se acerca el fin de su reinado la situación se complica cada vez más. Isabel ya no es la joven intrépida y prudente, tolerante y firme, indecisa y enérgica, cualidades contrapuestas que le permitieron sosegar los ánimos cuando sucedió en el trono a María ‘la sanguinaria’, culpable de haber enviado a la pira, al patíbulo y a las cárceles a quienes consideraba herejes por apartarse de la obediencia del pontífice.

Isabel simplemente dejó de perseguir herejes porque entendía que toda la cuestión se movía en torno a la liturgia, que no consistía más que en una bagatela. Su intrención era no descubrir simpatía alguna hacia uno u otro bando y se limitaba a cumplir con determinadas obligaciones, como asistir de forma irregular a la misa, en la que no permitía el alzamiento de la hostia para no verse obligada a arrodillarse. Durante doce años, desde 1558 a 1570, esquivó la excomunión papal gracias a que nadie pudo probar que fuera católica o protestante. Cuando finalmente llegó el reproche del pontífice, ya había consolidado su poder y obtenido la simpatía de sus súbditos y la mayoría ya no la consideraban una bastarda y una reina ilegítima, sino una de los suyos. La bula papal otorgaba carta blanca a sus súbditos para desobedecerla e incluso hacía un llamamiento al regicidio al darle el trato de hereje; diez años después, otro papa, Gregorio XIII, daba a entender que su asesinato no constituiría ningún acto pecaminoso, sino todo lo contrario, meritorio.

La actitud de la reina, que hasta entonces había hecho gala de una tolerancia religiosa inusual en la época, da un vuelco. Las conspiraciones y conjuras contra la reina se suceden y se investiga, sumaria y violentamente, todo tipo de rumor. Se castigan con dureza, no ya los panfletos, sino incluso los comentarios en voz alta contrarios a la reina. En 1586, el servicio de espionaje a cargo de sir Francis Walsingham, descubre que acaudalados caballeros católicos han conseguido llegar con sus intrigas hasta la propia María Estuardo. Aunque es ajusticiada, prosiguen los actos violentos mientras los libelos contra la reina circulan por todo Londres.

La situación era de una fragilidad extrema: Isabel ni había nombrado sucesor ni resuelto el problema religioso y además, se cernía la amenaza de invasión de los españoles. Ha cumplido sesenta años y la corte se ha convertido en un lugar peligroso, dominada por las rivalidades de los favoritos y de los consejeros. De todo esto se habla en los palacios, en las casas, en las calles, pero discretamente porque nada se puede traspasar a los escenarios, bajo peligro de muerte o tortura. No obstante a la gente le interesa y acude al teatro para escuchar qué es lo que puede estar pasando y cuál será el futuro de la reina y de Inglaterra.

La representación de las obras de Shakespeare coincide en el tiempo con el declive de Isabel I, cuando ya se habían consumido los primeros treinta años de reinado. Seguramente supo de las actividades, no siempre piadosas, de Walshingham, de las intrigas del agente jesuita Robert Parsons, del nido de espías de uno y otro bando en que se había convertirdo la Universidad de Cambridge y de la tendencia a un mayor sometimiento de los ciudadanos al control del poder. No es que Shakespeare pensara que Isabel lo usara de forma tiránica o arbitraria, pero todo parecía indicar que la situación se iría deslizando más y más por esa pendiente.

Y Shakespeare está allí para contarlo, de forma que no se note, convirtiéndose gradualmente en un maestro en el abordaje disimulado de las inquietudes de sus conciudadanos, incertidumbres que no pueden gritarse en la plaza pública. En 1597, el dramaturgo Ben Jonson fue encarcelado por la representación de una obra supuestamente sediciosa, ‘La isla de los perros’, y Christopher Marlowe murió apuñalado por un agente secreto al servicio de la reina ¿Cómo pudo Shakespeare sortear las denuncias y la censura?

Lo consigue, señala Stephen Greenblatt en su ensayo ‘El tirano’, utilizando un lenguaje figurado y evitando referirse al presente y a personajes destacados de la época. Recurre a hechos pasados y lugares lejanos, desde la Roma antigua con Julio César a la Gran Bretaña precristiana del rey Lear o la Escocia del siglo XI de Macbeth. Nunca a menos de un siglo de distancia de su época. Solamente una vez cometió un error que le pudo costar caro: en su obra ‘Enrique V’ el coro manifestaba su esperanza de que el recibimiento al duque de Essex tras su expedición a Irlanda fuera tan alegre y espectacular como el del ejército inglés victorioso en Francia. Meses después, el duque desobedeció a la reina y protagonizó una rebelión que acabaría con su condena a muerte.

Shakespeare narra hechos truculentos, en los que hay asesinatos, descuartizamientos, torturas y también reflexiones sobre la traición y la tiranía. Al mismo tiempo, en sus comedias históricas o políticas, hace un desarrollo muy complejo de la personalidad del tirano y de quienes le permiten serlo, de sus cómplices, así como de las dificultades para combatirlo. Ricardo III -asesino de todos aquellos que puedan interponerse en su camino, la quintaesencia del malvado, dueño de un egoísmo, una arrogancia y un afán de dominio sin límites- tiene muchos puntos en común con Coriolano, culpable de aporafobia, aspirante a tirano y traidor a Roma; Macbeth no puede resistirse a la tentación de convertirse en rey y es incapaz de echarse atrás incluso cuando ya es consciente de la ruina moral que conlleva y del espanto que ha creado, de lo que se da cuenta también el anciano rey Lear, cuya demencia, expresada en el deseo senil de ser adulado, ha provocado no sólo su ruina sino también la muerte de la única hija que le amaba.

Todas estas tragedias, dice Stephen Greenblatt, presentan “la incertidumbre, la confusión y la ceguera de la política (…) en una sociedad que no tenía protección constitucional para la libertad de palabra y que carecía de las normas más elementales de cualquier sociedad democrática”, así como el caos que se produce cuando el tirano, de natural inestable e irracional, se hace con el poder.

Si la libertad de expresión y la garantía de los derechos humanos no existen en Inglaterra, en España resultan del todo impensable, nada extraño porque lo comparten todas las incipientes naciones europeas y el régimen absolutista en el que se desenvuelven. Cervantes vive y escribe en la España de Felipe II (1556-1598) y de Felipe III (1598-1621), a caballo entre dos siglos, en el inicio del fin de la hegemonía de los Habsburgo. Felipe II ha perdido su Armada frente a una Inglaterra que a su parecer era irrelevante, un mosquito al que simplemente había que aplastar. Las costas gallegas, portuguesas y andaluzas son objetivos de los ataques de los corsarios ingleses. En el interior, las Cortes de Madrid protestan contra una política exterior agotadora que no ha dejado nunca de ser dinástica y ha tenido en muy poca consideración el bienestar del reino; se ve obligado a declarar una suspensión de pagos y hacer frente a una epidemia de peste que se prolonga hasta bien entrado el siglo XVII y causa en total la muerte de medio millón de personas.

Para conjurar todos estos males o quizá simplemente para desviar la atención, el duque de Lerma decide en 1609 expulsar a los moriscos, descendientes de los musulmanes. A la expulsión, se une la exaltación de los visionarios y de la milagrería, el bandolerismo catalán y el surgimiento del parasitismo castellano con la convicción de que sólo vivir de rentas es de nobles.

Miguel de Cervantes vive todos esos acontecimientos y, tanto en la victoria de Lepanto como en la derrota de la Invencible, lo vive personalmente, como arcabucero en la primera y como aprovisionador en la segunda. Su vida, contrariamente a la de William Sakespeare, no tiene un momento de reposo: huye a Roma con 21 años tras un desgraciado duelo, por el que es sentenciado a la amputación de la mano derecha y a una estadía de diez años en la cárcel; tras su alistamiento en los Tercios, las heridas recibidas en Lepanto harán de él un lisiado y cercenarán su carrera militar; es apresado tras el ataque de una flotilla de goletas berberiscas cuando se dirigía a Barcelona tras conseguir la licencia de su servicio militar; pasa cinco años como prisionero en Argel e intenta fugarse hasta cuatro veces con resultados catastróficos, aunque no mortales para él, y al final es rescatado. Después, tendrán lugar sus actividades de espionaje en el norte de África, el regreso a España, las peticiones en la Corte, las dificultades económicas, la cárcel y la escritura.

Cervantes refleja sus experiencias en sus obras y también el momento histórico que atraviesa España, dominada por una nobleza improductiva y ociosa, despilfarradora y privilegiada y una clase dirigente corrupta e inmoral; un fanatismo religioso que paraliza cualquier progreso; la limpieza de sangre, las guerras europeas, la expulsión de los moriscos, la amenaza turca en el Mediterráneo y el bandolerismo catalán y el parasitismo castellano, consecuencias ambos de la pobreza y la ausencia de futuro. De todo esto habla Cervantes y crea un personaje inolvidable, Alonso Quijano, un hombre que en la cincuentena pretende adaptar su vida a la realización de los valores vigentes en los tiempos ilusorios de la caballería medieval, en una época en la que no hay gloria que conquistar, sino recuerdos de guerras sangrientas, de amargura y de un escepticismo radical respecto al futuro de una España que empezaba a dejar de ser la dueña de los destinos del mundo.

P.S.

En las escasas líneas precedentes he intentado situar a ambos autores en su contexto histórico, no como guía de lectura ni explicación de sus ficciones, sino para proporcionar un elemento más que contribuya a un mejor entendimiento de las dificultades que arrostraron en su época y lo que les llevó a escribir. Sólo es una mínima aportación que lleva adherido un aviso: las obras de Shakespeare y de Cervantes no son solamente un espejo de la realidad. Son mucho más, son construcciones verbales de mundos personales y profundos, obras que leídas en la juventud aportan descubrimientos y releídas en la madurez, matices inesperados, significados deslumbrantes y pensamientos que aparentemente teníamos olvidados pero que han guiado nuestra vida, lo que constituye una de las razones por las que Italo Calvino nos induce a releer a los clásicos.

En esta semana en que se cumplen 405 años de la muerte de ambos escritores es un buen momento para leer, por ejemplo, el maravilloso episodio del descenso del Quijote a la Cueva de Montesinos, que contiene parte de la clave de la novela, o el magnífico monólogo de Hamlet.

Lecturas

Stephen Greenblatt, ‘El tirano, Shakespeare y la política’, Alfabeto Editorial, 2019

Gonzalo Torrente Ballester, ‘El Quijote como juego’, Ediciones Guadarrama, 1975

Virgilio, inmortal, falso profeta y señor de las moscas — Historias emergentes

‘Arma virumque cano’. Así comienza el segundo verso de la Eneida, con el canto a las terribles armas de Marte y al hombre que, huyendo de Troya prófugo del destino, vino el primero a Italia y a las costas lavinias. Eneas, aquel que anduvo errante por mar y tierra, arrastrado por el furor de la […]

Virgilio, inmortal, falso profeta y señor de las moscas — Historias emergentes

El encanto de la ‘flapper’: del escándalo a la tragedia

Mira con descaro a la cámara, se gusta, baila, es cínica pero también exhala frescura e ingenuidad, le gusta provocar, parece segura de sí misma pero camina sumida en un halo de inconsciencia y al mismo tiempo es escandalosamente vital en un mundo que, como ella, gira sin cesar. Es una flapper y, pese a su origen estadounidense, se convirtió en un modelo universal que no tardó en extenderse gracias al cine, las revistas ilustradas y los discos de jazz.

Con una intención claramente andrógina, se cortaba el pelo a lo bob, largo por delante hasta la barbilla y más corto en la nuca, teñido de negro azabache o rubio platino; utilizaba fajas y corsés para reducir curvas y dar una imagen de fragilidad infantil, acentuada por vestidos rectos con cinturones en la cadera y justo por encima de la rodilla para mostrar más allá de lo permitido, las medias de seda; se maquillaba sin complejos y sustituía el pellizco en las mejillas de sus abuelas por el colorete, única forma aceptable de ruborizarse en el ambiente que frecuentaba; abusaba del rouge de labios que no se perdía ni con los besos ni con la bebida y, al principio, los polvos de arroz que se extendía por el rostro le prestaban un aspecto enfermizo y diabólico.

Esta apariencia las delataba, pero también su forma de estar, de moverse y, sobre todo, de bailar. Interpretaban todo lo que estaba de moda, desde el foxtrot a ritmo de ragtime y su variante popular de la década de los veinte, el charlestón; el shimmy con su sincopado movimiento de hombros; el bunny hug importado de California o el black bottom, tradicional de los bailarines negros del sur. Ritmos y bailes de origen afroamericano que se popularizaron en la llamada ‘Era del Jazz’, en la que se ajustó el concepto de flapper, que pasó de aplicarse a cualquier jovencita alocada a definir la moda y el estilo de vida de las mujeres modernas de los años veinte, que se habían incorporado al mundo laboral y que, al menos durante unos años, experimentaron el sueño de ser independientes, sin ataduras familiares, ni a padres ni a esposos.

Son varias las aspirantes a ‘diosa de las flappers’. Algunos dicen que fue Clara Bow, la pelirroja de Brooklyn que encarnaba el modelo de mujer decidida e independiente que miles de espectadoras intentaban imitar; la del labio superior en forma de corazón y de las pestañas maquilladas a lo ‘babydoll’. Encarnaba la mujer moderna y emancipada que podía hacer lo que quisiera, cuando quisiera y con quien quisiera, adelantándose en cincuenta años a la revolución sexual. Bow era la chica que tenía “eso”, una cualidad que la hacía ser deseada por todos y que demostró en la película ‘It’ de 1927, basada en una novela de Elinor Glyn, escritora de historias atrevidas aunque ella tuviera el aspecto de una institutriz victoriana.

Scott Fitzgerald diría que fue su mujer, Zelda, la que encarnó la estética y la ética flapper, propia de esta ‘Era del Jazz’ que él describió y dio nombre en sus novelas y que mostraba todo lo que había cambiado tras la Gran Guerra y el hecho de que ya nunca nada podía ser como antes de 1914.

Aunque la ley Volstead, que prohibió las bebidas alcohólicas en los Estados Unidos entró en vigor el 16 de enero de 1914, su efecto se notó cuando finalizó la guerra, pero porque consiguió todo lo contrario de lo que pretendía: beber se convirtió en un acto de rebelión y de libertad y los locales ilegales, los ‘speakeasies’, florecieron en todas las ciudades americanas. Allí se reunía la juventud más divertida y más transgresora y en ellos se besaba, se bailaba y se perdía la cabeza por el jazz. Se bebía en los garitos ilegales y en las fiestas privadas, en Nueva York y en Hollywood, donde el alcoholismo se convirtió en una plaga, y se bebía sin ninguna restricción en Europa, adonde viajó el matrimonio Fitzgerald.

En París los conoció Hemingway, otro gran bebedor, que en su libro de supuestas memorias, ‘París era una fiesta’, cuenta que la primera vez que vio a Scott fue en el bar ‘Dingo’ de la rue Delambre y que le estuvo observando detenidamente mientras bebían champán hasta que de repente, escribe, la piel de su cara se le puso muy tirante y se le hundieron los ojos como una calavera y finalmente se quedó como muerto, lo que le ocurría habitualmente cuando se emborrachaba. Días después viajaron a Lyon por un asunto relacionado con un automóvil y su comportamiento, tras beber apenas un whisky con Perrier, fue el de un majadero por culpa del alcohol. Antes de todo esto, supo Hemingway, Scott y Zelda perdían el conocimiento cuando se pasaban en la bebida, pero habían perdido esta especie de defensa natural y el alcoholismo les dominaba todo el tiempo.

Fitzgerald fue el escritor más afín a la joven generación de la década de 1920 y no sólo lo demostró con sus novelas, sino también con su modo de vida, de orgía perpetua y excesos alcohólicos. ‘A este lado del paraíso’ fue su primer libro y logró un éxito inmenso. Se trata de una novela poco coherente, que no trata realmente de nada, pero que supone un gesto indefinido de rebeldía. De él dijo Edmund Wilson que era el libro más iletrado y sin méritos que había sido publicado, no sólo por sus fallidas referencias literarias, sino también por las frases desconcertantes e incorrectas que no quieren decir nada. Y sin embargo, sigue diciendo el crítico en su reseña, “este absurdo fárrago está animado de vida”. Cien años después de su aparición puede considerárselo como un libro sin interés, que abunda en lugares comunes, pero para el propósito de este comentario me parece adecuado por ser la impresión de un ciudadano del Medio Oeste acerca de los jóvenes neoyorquinos, preocupados por las apariencias, por el deseo de magnificencia y la conciencia del tiempo malgastado, jóvenes entre los que se encontraban las alegres flappers y su obsesivo deseo de vivir con intensidad cada minuto.

En cambio, ‘El gran Gatsby’ es mucho mejor de lo que me esperaba, aunque también tiene frases absurdas y desconcertantes como cuando pretende mostrar la esperanza de su personaje en un futuro luminoso gracias a un “lugar secreto, donde estaría en condiciones de mamar de la ubre de la vida y beber de un trago la incomparable leche del asombro”. Como en todos sus relatos, Fitzgerald utiliza experiencias personales y en este caso su vecindad en Long Island, donde Gatsby, un hombre que ha conseguido superar su pobreza con el contrabando de alcohol y otras delincuencias, mantiene una impresionante mansión, en la que organiza fiestas diarias, para llamar la atención de Daisy, la mujer de la que está profundamente enamorado desde hace cinco años. Es una mujer casada con otro hombre al que eligió porque poseía “la aureola de una inapelable abundancia” a lo que no pudo resistirse dada su frivolidad y su egoísmo, aunque se revelara como un simple patán millonario. En todas sus apariciones, ella parece flotar entre vestidos y nubes blancas y orquídeas, lánguida, esbelta y adormilada. Evidentemente es una flapper, que disfruta flirteando, es ligera y desconsiderada, maldice sin rubor y se comporta como una vampiresa infantil. Con un añadido: es una mujer de mundo, que lo ha visto todo.

A Fitzgerald le volvía loco este tipo de mujer y nunca dudó en confesar sus preferencias: “Por eso me casé con la heroína de mis libros; no me interesa otra clase de mujer”. Y la misma Zelda nunca dejó de comportarse como una joven caprichosa y malcriada que hacía gala de su obsesión por el dinero y por actuar sin ninguna cortapisa moral o simplemente de educación. “No quiero ser respetable porque las chicas respetables no son atractivas y nadie las besa”, proclamó.

Algún tiempo después del viaje a Lyon con Scott, Hemingway conoció a Zelda, un día en el que ella tenía una resaca de espanto, y actuaba de una manera ausente como si estuviera más en la fiesta del día anterior que en el momento presente. De pronto parecía acordarse de algo divertido y se echaba a reír, sin explicación. Ernest y Zelda se cayeron mal desde el principio: él veía en ella un obstáculo a la creatividad y el trabajo de Scott y ella creía que ambos escritores mantenían un relación homosexual. En otra ocasión, un día en que Zelda parecía encontrarse excepcionalmente bien y mantenía una conversación fluida y coherente, de repente ella le susurró al oído con mucha reserva: “Ernest, ¿tú no piensas que Al Jolson es más grande que Jesús?”. Finalmente, Zelda fue ingresada en un manicomio y “Scott supo que lo de su mujer era locura”, concluye Hemingway.

Edmund Wilson, que conoció muy bien a Scott desde que ambos estudiaban en Princeton, y del que siempre esperó una gran obra, nos dejó una impresión interesante sobre él y Zelda. Fue en el año 1928, en la mansión de Ellerslie, en la que los Fitzgerald vivían como millonarios, aunque ya no lo fuesen, tras su regreso de Europa. Muchos amigos y conocidos habían sido convocados a la fiesta y Scott les mostraba la casa, deteniéndose en los corredores y preguntando misteriosamente si no escuchaban los gemidos del fantasma del viejo Ellerslie: había situado al mayordomo tras una puerta sollozando y sacudiendo una cadena, pero cuando la casa bullía de invitados, ninguna cadena ni sollozo podía escucharse mientras el infeliz mayordomo seguía cumpliendo el encargo. Por la noche, a Scott se le ocurrió vestirse de fantasma con una sábana y asustar a uno de sus huéspedes, ya que el truco del mayordomo había sido un fracaso, pero el huésped reaccionó dándole un puñetazo, lo que produjo un pequeño incendio porque Scott llevaba un cigarrillo encendido y con el golpe quemó la sábana.

Respecto a Zelda, Wilson no deja entrever en ningún momento que ella no estuviera en su sano juicio, sino todo lo contrario. Señala que “poseía la espontaneidad de una belleza sureña y la carencia de inhibiciones de un niño” y su conversación “giraba en una onda de libre asociación de ideas donde no era posible fijar ninguna”. Además de espontaneidad, Zelda era ciertamente ingeniosa. Cuando ya decaída la fiesta Zelda se dirigió a un invitado que no conocía y que mostraba un conspicuo amaneramiento, éste le dijo que estaba pensando y que ella se lo impedía por lo que le rogaba encarecidamente que le dejara en paz. Entonces, Zelda, no acostumbrada a tal insolencia, le dijo: “En realidad, usted no está pensando, simplemente es usted un homogéneo”. El joven, sabiendo perfectamente que había utilizado un eufemismo bastante creativo, se marchó majestuosamente dejando bien a las claras que había sido ofendido. Cuando Scott se enteró, removió cielos y tierra para ofrecerle las disculpas que Zelda no quiso darle.

Estas anécdotas sobre una noche en Ellerslie revelan el infantilismo del escritor, la espontaneidad insólita de Zelda y lo mucho que les gustaba a los dos tener sobre ellos el foco escénico y, en conclusión, el absurdo de una velada que Wilson describió en 1950, cuando de nuevo se volvieron a poner de moda los locos años veinte.

Dos años después de aquella fiesta, triunfó la versión de Hemingway sobre la de Wilson. Internada en 1930 en un hospital psiquiátrico, Zelda fue sometida a una serie de exámenes que determinaron que sufría esquizofrenia. A partir de entonces fue de hospital en hospital hasta que en uno de ellos, justo cuando iba a recibir un tratamiento de electroshok, las cocinas se incendiaron: su cadáver quedó carbonizado.

Clara Bow, la it girl más deseada en la década de los veinte, también tuvo problemas con las drogas y el alcohol, lo que unido a su inestabilidad emocional, la alejaron del apoyo de los estudios cinematográficos y poco a poco fue olvidada. Su destino fue muy similar al de Zelda: tras un intento de suicidio, se le diagnosticó esquizofrenia y fue sometida a duros tratamientos, incluyendo el electrohock. Los últimos veinte años de su vida, a partir de 1944, los vivió en total soledad, bajo el cuidado de una enfermera.

Un final muy similar para dos mujeres que fueron iconos de la rebelión femenina, con el diagnóstico o la enfermedad como castigo. Sus trayectorias vitales fueron muy diferentes: Clara nació en un hogar muy pobre de una ciudad cosmopolita y moderna como Nueva York y Zelda, en una familia acomodada y conservadora de Montgomery, en Alabama. Pero ambas representaron el aspecto más frívolo y divertido de los años veinte y coincidieron en la defensa de una incipiente revolución sexual. Ser flapper y, por consiguiente una mujer moderna y liberada, se convirtió en esos años en una moda universal: las revistas y el cine le dieron alas y se extendió por América y Europa, hasta que llegó la Gran Depresión y todas las fantasías se derrumbaron al mismo tiempo que la frivolidad dejó de ser un valor en alza. Y todo se volvió mucho más serio.

Lecturas

– Francis Scott Fitzgerald, ‘El Gran Gatsby’, Penguin Random House, 2019

– Ernest Hemingway, ‘París era una fiesta’, Penguin Random House, 2019

– Edmund Wilson, ‘Crónica Literaria’, Barral Editores, 1972

‘Ragtime’, de E.L. Doctorow: Nueva York siglo XX

F.Ragtime

Fue una época de vértigo y de transformación, no sólo en el aspecto técnico sino también en el de los derechos: surgieron con fuerza los movimientos que pedían igualdad y justicia para todos, incluidas las mujeres. Pero asimismo persistió la defensa de los valores tradicionales y de los privilegios por parte de los poderosos, la mirada a un pasado que consideraban inamovible y guía para evitar la incertidumbre de los nuevos tiempos. En Estados Unidos la reacción fue especialmente retrógrada, quizá debido a su aislamiento y a la concepción puritana que dominó la sociedad americana ya desde el desembarco de los peregrinos del Mayflower. Una oleada de decretos racistas negó formalmente los derechos civiles a la población negra y cuatro años antes de que acabara el siglo XIX el Tribunal Supremo dictaminó que la separación de los alojamientos entre negros y blancos respetaba la Constitución.

Aceleración es el término que mejor puede definir lo ocurrido en los años de transición al siglo XX y sus dos primeras décadas. Gracias al avance de la ciencia, hubo un progreso espectacular en los medios de comunicación; al automóvil le siguió el avión; a la fotografía, el cine, las imágenes en movimiento y así sucesivamente.

Pero las comunidades negras de los Estados Unidos guardaban un tesoro nacido de su propia historia: la música. Su sonido era extraordinario, consecuencia de las inflexiones y rupturas de las escalas diatónicas, la distorsión del timbre instrumental y la estratificación de ritmos. Era la expresión del sufrimiento de la esclavitud, de los linchamientos y de la discriminación; la herida abierta de par en par en la historia de la nación americana. Y era ragtime, jazz, blues o swing.

Proliferó un sinfín de estilos musicales pioneros, entre ellos el ragtime, que puede traducirse por ‘tiempo rasgado’ y cuya particularidad consiste en el énfasis impuesto en las notas que anticipan o aparecen después del acento, de manera que lo refuerzan produciendo un efecto “extraño e intoxicador”, como señaló su compositor más conocido, Scott Joplin. Este estilo musical tuvo su mayor auge en los primeros veinte años del siglo XX, el tiempo en que se desarrolla la novela de Doctorow.

Por ella discurren, además de personas reales que vivieron en esos años y fueron conocidos por todos, los personajes nacidos de su imaginación y que son los que dan forma a la trama de una historia de valor y dignidad, la del pianista de ragtime Coalhouse Walker, víctima de la estupidez de unos bomberos blancos que, movidos por la envidia, una educación perturbada y el aburrimiento, deciden gastar una broma pesada, que traerá desgracias a todos: bloquean su coche, el famoso modelo Ford T, exigiendo un peaje que no existe; Coalhouse va en busca de un policía, pero cuando regresa, el automóvil tiene la capota rasgada y en el asiento trasero hay excrementos humanos; pide que lo limpien y paguen los desperfectos pero es arrestado y cuando vuelve al día siguiente, el coche ha sido destrozado a conciencia y semihundido en el río.

Coalhouse conoce los riesgos, sabe que su automóvil y su forma de vestir de negro rico es una provocación para muchos blancos, pero se niega a adoptar la actitud servil que los blancos esperan de él. Se niega a ser como el ‘Tío Tom’, de la misma manera que desprecia los espectáculos minstrels, en los que los blancos interpretaban canciones de los esclavos con la cara embadurnada de negro. El padre de la familia protagonista de esta novela, un hombre culto que nada tiene que ver con el racismo violento de los bomberos ni de la policía, llega a pensar que Coalhouse Walker no sabe que es un negro y, por lo tanto, desconoce cuál es su lugar y cómo debe ser su comportamiento.

Es una actitud muy parecida a la que tiene el negro más famoso de esa época, Booker T. Washington, una antiguo esclavo de Virginia que forjó, desde la dirección del Tuskegee Intitute de Alabama, una generación de profesores negros y que incluso fue invitado a cenar por el presidente Roosevelt en la Casa Blanca, un individuo que no creía en los grandes cambios, un negro con el alma blanca, que pretendió controlar a quienes luchaban por la auténtica igualdad política y social y que exige a Coalhouse, cuando el desenlace es ya inevitable, que deje de dar un mal ejemplo a los jóvenes negros y que se entregue.

Booker T. Washington es uno de los personajes históricos que se asoman a las páginas de ‘Ragtime’. Todos ellos vivieron en el primer decenio del siglo XX y dan contexto a la historia del pianista negro y de la familia que acoge a su novia, Sarah, y a su hijo, y a la familia de inmigrantes, compuesta por Tateh y su hija de diez años. Pero también tienen la capacidad de ocupar su espacio e incluso de construir su propia vida con la aportación de los acontecimientos en los que intervinieron, algunos rigurosamente ciertos, como la primera expedición al Polo Norte, las hazañas de Houdini o el viaje de Pierpont Morgan a Egipto. Son personajes cuyas vidas transcurren de forma independiente, aunque momentáneamente se encuentran entre sí y con las inventadas, formando un todo complejo e indivisible como una tela de araña. Milos Forman, que dirigió la película basada en esta novela, afirmó en una entrevista que lo que más le llamó la atención fue la posibilidad de hacer, de acuerdo con los diferentes personajes, varias películas completamente distintas.

En los primeros capítulos se informa del ‘crimen del siglo’, aunque éste sólo había cumplido seis años: el asesinato del famoso arquitecto Stanford White por Harry K. Thaw, un psicópata heredero de una fortuna amasada con carbón de cok y compañías ferroviarias, autor de los disparos que acabaron con la vida del antiguo amante de su esposa, Evelyn Nesbit, antigua corista y modelo que aportó la inspiración que crearía el ‘star system’ cinematográfico y el modelo para todas las diosas del amor, a partir de Theda Bara. Los periódicos informaron exhaustivamente del caso y llenaron sus portadas con fotos y entrevistas: Evelyn vendía ejemplares de la misma forma que las “estrellas” vendían las películas de la incipiente cinematografía, que se convertiría en la gran industria nacional americana.

Durante el juicio a Thaw, Doctorow hace aparecer a Emma Goldmann, agitadora, propagandista y promotora de los métodos anticonceptivos y de la igualdad de género; considerada por los tribunales estadounidenses como una de las mujeres más peligrosas de la puritana América de estos años. Hablar en público sobre sexo y anticonceptivos se consideró una actividad ilegal. ‘Emma la Roja’ se convirtió en un hito de la historia del feminismo: “Puede que me arresten, me procesen y me metan en la cárcel, pero nunca me callaré; nunca asentiré o me someteré a la autoridad, nunca haré las paces con un sistema que degrada a la mujer a una mera incubadora y que se ceba con sus inocentes víctimas. Aquí y ahora declaro la guerra a este sistema y no descansaré hasta que sea liberado el camino para una libre maternidad y una saludable, alegre y feliz niñez”.

La anarquista Goldman introduce en la novela las inquietudes de los desheredados, de quienes no tienen nada, de aquellos que acaban de llegar a Ellis Island y que son machacados por la codicia y la barbarie de los poseedores del capital. Aparentemente, la sociedad americana parecía no tener negros y tampoco inmigrantes. Pero no era así: oleadas de inmigrantes procedentes del sur de Italia y del este de Europa, que huían de la pobreza o de los pogromos o de ambas cosas a la vez, querían establecerse en América y su principal entrada era Nueva York. Cuando conseguían pasar la aduana, empezaba una nueva vida, tampoco fácil y no sólo por la pobreza desoladora que les rodeaba, sino también por la actitud de los neoyorquinos, especialmente los de la segunda generación de irlandeses, que los despreciaban porque eran sucios y analfabetos, robaban, bebían, no tenían honor y trabajaban por cuatro perras, es decir, los mismo delitos de los que habían sido culpables sus padres.

Cuando Sigmund Freud visitó Estados Unidos para dar unas conferencias en una Universidad, junto a su discípulo Jung, quedó desconcertado ante la mezcla de una impresionante pobreza, al lado de una riqueza desmedida: “América es un error, un error gigantesco”. En la tierra de las oportunidades, millones de hombres carecían de trabajo y un sindicato era simplemente una afrenta a Dios. Sueldos de miseria y trabajo extenuante, incluso para los niños, que carecían de cualquier tipo de seguridad: “Un centenar de negros sufrían linchamientos cada año, un centenar de mineros morían quemados vivos, un centenar de niños sufrían mutilaciones…” Y los patronos se desentendían y contribuían para alimentar su codicia en esta nueva esclavitud que les hacía más ricos cada día.

Ford modelo t cadena

Como Henry Ford, el mismo que en 1908 consiguió, mediante el invento de la cadena de montaje, rebajar los costes del automóvil modelo T -propiedad de nuestro protagonista, Colhouse, y por el que perdió mucho más que la vida- fue siempre un indeseable y un patán, que se consideraba a sí mismo como el Leonardo da Vinci del siglo XX, pero que no sólo era un antisemita y un reaccionario, sin también un patrón que no dudó en contratar cuadrillas de antiguos presidiarios para mantener el control sobre los obreros de sus fábricas, víctimas no sólo de amenazas, sino de castigos físicos.

Para los inmigrantes recién llegados, debía resultar impresionante pasear por las avenidas de Nueva York, especialmente por la Madison, con las espectaculares mansiones de los ricos, algunas de ellas fantasiosas en extremo, productos del dinero nuevo. No lo eran las construcciones encargadas al estudio del arquitecto Stanford White por John Pierpont Morgan, el monarca del reino invisible de las transacciones del capital, al que pertenecían la bolsa, los bancos y las empresas; la encarnación del poder, con su enorme estatura, su impresionante nariz, sus rasgos brutales, su puro habano y su sombrero de copa. Sólo le salvaba del abismo su pasión por la belleza: pasaba seis meses al año en Europa, donde recolectaba colecciones de pintura, manuscritos únicos, primeras biblias y piezas antiguas de incalculable valor.

F._P._Morgan_beating_a_photographer_with_his_stick
J.P. Morgan

En cierta ocasión, nos cuenta Doctorow, invitó a su residencia en Madison Avenue, a los doce hombres más influyentes de América y descubrió que sólo decían sandeces. “Le aterraron y su corazón se estremeció ( ) Oyó en su cerebro los vientos eléctricos de un universo vacío”. Y entonces, se volvió hacia Henry Ford y aquí surge la conversación más surrealista, fantástica e imposible que ha podido inventarse Doctorow: un diálogo sobre metafísica entre el educado y melancólico Morgan y el pedestre provinciano Henry Ford. Le insinuó que podría formar parte de la tribu sagrada de héroes, proveniente de los dioses que, regularmente, nacen en cada época para prestar ayuda a la humanidad, según la sabiduría del gran Osiris. Incluso le dijo que haba visto en él la reencarnación del faraón Seti I, el padre de Ramsés y la momia egipcia mejor conservada, que él guardaba subrepticiamente en su sarcófago, y cuya copia, que todos creían auténtica, reposaba en el Museo de El Cairo.

Sigue diciéndole que su cadena de montaje no es sólo un rasgo de genio industrial, sino una proyección de la verdad orgánica, en línea con las pautas universales del orden y de la repetición que dan sentido a la actividad de este planeta. Le invita a pasar una noche en la gran pirámide. La respuesta de Henry Ford es que no hacía falta gastarse tanto dinero en viajes alrededor del mundo, en eruditos y en adquisición de momias y que él mismo cree en la reencarnación, epifanía que le vino de la lectura de un librito, ‘La sabiduría eterna de un faquir oriental”, por el que pagó veinticinco centavos y que dio respuestas a su mente inquieta.

Mientras todo esto ocurría en Nueva York, en París el cubismo fragmentaba las imágenes y se hacía dueño de la bidimensionalidad; en junio de 1914 el archiduque Francisco Fernando era asesinado, más de un año después de la muerte en Roma de John Pierpont Morgan; en 1915 un profesor judío de Zurich probó que el universo era curvo. La noticia del atentado contra el archiduque se conoció en Nueva York el mismo día en que Houdini protagonizaba su más impresionante hazaña: embutido en una camisa de fuerza y con los tobillos atados a un cable de acero fue elevado boca abajo hasta la mitad del edificio Times Tower, en Times Square, y pudo contemplar los edificios de Broadway y de la Séptima Avenida con su imagen invertida.

Estalló la guerra en Europa y luego terminó, pero en ese tiempo ya se había agotado la era del ragtime y comenzó la edad del jazz.

E.L. Doctorow, ‘Ragtime’, Grijalbo, Colección ‘El espejo de tinta’, 1976.

Los ‘Personajes desesperados’ de Paula Fox

Fox

El azar, que rige el destino del mundo, me puso por delante esta novela con una reseña que le favorecía mucho, con toda razón, porque es magnífica. Nunca la hubiera buscado porque su autora me era absolutamente desconocida y porque su título resulta muy poco atrayente, aunque responde perfectamente a su contenido.

‘Personajes desesperados’ es de esas grandes novelas que cuentan una historia aparentemente trivial, al tiempo que lo relevante, lo que el autor quiere comunicar, va deslizándose de forma oculta, como un río subterráneo que de vez en cuando aflora con todo su ímpetu. Para descubrir todos los significados de la capa exterior se precisa una lectura atenta e incluso una relectura, aunque ésta debería ser obligatoria para todas las obras que merecen la pena; en la primera, el lector suele fijar su atención en el desarrollo de la trama, en el perfil de los personajes o en la expresión de los sentimientos y todo ello con cierta premura y marginando los detalles que son los postes en los que se fija una construcción sólida.

Durante tres días seguimos a Sophie en la visita a unos amigos, en su escapada nocturna, cuando acude a las urgencias del hospital o cuando espera en su casa la llamada del veterinario. Estamos dentro de ella en todos los instantes de esos tres días y por eso sabemos lo que hace, lo que le pasa y, sobre todo, lo que piensa y recuerda. Conocemos menos a Otto, su marido, con quien comparte una vida acomodada en una bonita vivienda de Brooklyn, sobria, acogedora y moderna, con el suelo de madera de cedro y alta literatura en los estantes, muy en consonancia con el estatus social de sus dueños.

Es un viernes a mediodía y ella ha preparado una de sus delicias gastronómicas, Cuando se disponen a comer, observan cómo un gato desgreñado y famélico se restriega contra la puerta de cristal que da al jardín. Y con el gato llega el primer aviso de que fuera de ese entorno delicado y culto, existe lo salvaje y lo grotesco, lo impúdico y lo impuro, encarnado en ese gato de “cabeza inmensa como una calabaza, con carrillos prominentes”, que implora comida y que, en lugar de dar las gracias cuando Sophie le pone un plato de leche e intenta acariciarlo, se revuelve y muerde su mano con inesperada furia.

En un primer momento Sophie se siente sorprendida y al mismo tiempo horrorizada ante un ataque al que no sabe cómo enfrentarse y que la paraliza. Además, la vergüenza por haberse comportado de forma tan tonta y tan confiada le impide en un primer momento contarle a Otto lo que ha ocurrido. E inmediatamente después, invadida por un dolor que cree inmerecido, se desencadena en ella el miedo, la angustia del contacto con el exterior y con él la posibilidad del contagio e incluso de la muerte.

Fuera no sólo están los gatos callejeros, las “bestias inmundas” en opinión de Otto, sino también las casuchas de los pobres del barrio contiguo y su basura, esparcida por todas partes y mezclada con excrementos de perro. La suciedad rodea y amenaza el oasis de seguridad que los Bentwood han hecho de su casa y de sus contadas relaciones; un cordón que los aísla del caos exterior y de cualquier contacto con aquello que no pertenece a un entorno controlado.

Pero la intrusión del exterior en sus vidas se sucede a lo largo de estos tres días: alguien lanza una piedra contra la ventana del dormitorio de sus amigos durante la fiesta; en el paseo nocturno por el centro de Brooklyn observa los edificios oficiales, “con el carácter peculiarmente amenazante de grandes carnívoros dormidos de forma transitoria”; un negro vomita en plena calle a primera hora de la mañana… Son las primeras llamadas de advertencia.

Cuando Sophie le enseña su herida, Otto le dice que lo único que quería el gato de ella era comida, no caricias, pero inmediatamente su mente pasa a ocuparse de lo que realmente le preocupa: la ruptura con su socio, un compañero de la universidad y del ejército con el que ha creado un exitoso bufete. Esta crisis es otra incursión en sus vidas de lo que sucede fuera y no pueden controlar.

Sophie se da cuenta de que la vida está pasando por delante de ella y de que hay algo que no va bien, que las “enfermedades hacen su trabajo en secreto y sus estragos restan ocultos”, que sus intentos de salir de sí misma, de aventurarse en el mundo acaban siempre en fracaso, como cuando tuvo una aventura de la que apenas obtuvo placer. Lo único que queda de la civilización -dice su amigo León Fisher- es la gastronomía porque transforma las materias primas, mientras que el amor físico es carne cruda. De vuelta a lo salvaje, a lo incontrolable. Realmente, Sophie no sabe qué hacer con su vida.

Otto le propone acudir al médico. No irán hasta un día después, pero sí le contará y le enseñará su herida al anfitrión de una fiesta a la que acuden horas después y que inevitablemente es psicoanalista. Una pista más de que la rabia que haya podido transmitir el gato es algo más profundo, más interior, como si hubiera sido “herida vitalmente”. Sophie siente miedo, pero al mismo tiempo le decepciona no haber sido contagiada y verse obligada a permanecer en un mundo privilegiado pero cerrado y asfixiante. “Su vida llevaba mucho tiempo siendo mullida, sin aristas y esponjosa y, ahora, con toda su banalidad palpable y su horror soterrado, estaba aquel absurdo incidente -cosa suya-, su indigna confrontación con la mortalidad”. Si estuviera infectada, piensa finalmente, si tuviera la rabia, entonces “soy igual que lo que hay fuera”. La ambigüedad es total: ¿siente alivio, se trata de una revelación, es una condena, un castigo?

Los Bentwood intentan eliminar de sus vidas todo lo que no les gusta. De viaje a su segunda vivienda, en Long Island, una pequeña casa de labranza victoriana reformada, se ven obligados a recorrer una carretera, flanqueada por una sucesión interminable de fábricas, almacenes, gasolineras, casas míseras y desvencijadas, todo de una fealdad absoluta. Ella lee en voz alta ‘Memorias de África’ para dejar a un lado el espectáculo de la miseria. Pero cuando llegan se encuentran con que unos vándalos han entrado en la casa, y han destrozado muebles, cuadros, alfombras …

Fox. Brooklin
Brooklyn

Personajes desesperados’ se publicó en 1970, tras un decenio que puede considerarse revolucionario y contradictorio en la historia de los Estados Unidos. Si en los años cincuenta los americanos se consideraban, en palabras de Arthur Schlesinger, “inconcebiblemente prósperos” y “merodeadores bajo el estupor de la grasa”, inmersos “en una atmósfera pesada, sin humor, santurrona y llena de estulticia”, los sesenta llegaron para cambiar ese clima tan deprimente y tan pacífico. No fue fácil aceptar los cambios, los buenos y los malos: fueron los años del movimiento hippy, pero también del asesinato de John F. Kennedy y de la guerra de Vietnam; del movimiento por los derechos civiles, pero también de la muerte de Martin Luther King, abatido por la bala de un fanático; de la lucha de las mujeres y de los homosexuales, pero también de los desórdenes violentos en las grandes ciudades; de la conciencia de que existía la pobreza en un país tan rico y de las campañas de asistencia social, pero también del miedo al comunismo y a una guerra nuclear.

Esta situación desborda a Sophie, que se pregunta: “¿Qué va a pasar? Se está yendo todo al garete”. No hay respuesta. Johnathan Franzen, que fue quien recuperó esta novela en los años noventa, cuando ya casi había sido olvidada, dice en el prólogo que, en una segunda lectura, buscó en ella explicaciones sobre cómo vivir y no las encontró porque no es ésa la función de la literatura, que ni es ideológica ni terapéutica. No se trata de una lección, reconoce el mismo Franzen, sino de una experiencia.

A medida que leía una y otra vez esta novela, que impuso como lectura obligatoria en un curso de escritura creativa, Franzen observa más y más detalles que revelan su estructura subyacente, eso que nos cuenta como anécdotas y que son andanadas sobre la civilización, el orden y el significado, el exceso de introspección en el mundo moderno, el caos de la infancia, las expectativas juveniles…

Vemos que Sophie se arriesga, sale al exterior, aunque resulte herida, que tiene una aventura sexual, de la que también sale dolorida, que intenta comprender a los veinteañeros que con su actitud y su jerga la insultan y la excluyen y cuya compasión le lleva a alimentar y acariciar a un gato de la calle que se revuelve contra ella y la muerde. Intenta hacer algo, aunque salga malparada, pero no ocurre lo mismo con Otto, tan distante y convencional, tan incapaz de ponerse en el lugar de los otros y tan rígido. Cada vez se encierra más en sí mismo y ni siquiera descuelga el teléfono cuando suena porque “ya no oigo nada en él que quiera oír”.

Nadie escapa al malestar, al no saber qué hacer con la vida, a la “silenciosa desesperación” en la que viven casi todas las personas -a la que se refirió Thoreau y que da título a la novela- y que puede convertirse en un infierno aún peor para aquellos que son conscientes de esa desesperación y poseen una cantidad infinita de mecanismos para explicársela a sí mismos, pero no para evitarla.

La vida no es lo que vosotros hacéis, les reprocha Charlie, el socio de Otto. Seguís estando esclavizados por la introspección mientras todo se desmorona, estáis desesperados. Sophie no sabe qué hacer, qué camino tomar. Tampoco Otto, que es consciente de que lo que llama civilización es tan mortífera e injusta como la anarquía a la que se opone y que, ante la perplejidad que le provoca el mundo, se dice a sí mismo en voz alta: “Ojalá alguien me dijera cómo hay que vivir”.

Adenda

Paula Fox nació el 22 de abril en Nueva York y murió en esta misma ciudad el 1 de marzo de 2017. Ejerció como corresponsal en París y Varsovia, ejerció la enseñanza y publicó varias novelas, sobre todo de corte juvenil. Contemporánea de John Updike, Philip Roth y Saul Below, como recuerda Franzen en el prólogo, ‘Personajes desesperados’ es claramente superior a cualquier libro de ellos. Se publicó originalmente en 1970 y un año después fue llevado al cine por Frank D. Gilroy. Su protagonista, Shirley MacLaine, y el guión obtuvieron sendos Osos de Oro en el Festival de Berlín de 1971.

Paula Fox, Personajes desesperados, Sexto Piso, 2020

Escritores ante la Guerra de 1914: incredulidad, entusiasmo y desengaño

atentadoayuntamiento_de_sarajevo

El asesinato del archiduque Francisco Fernando sorprendió a Stefan Zweig en Baden, una localidad cercana a Viena. Era el 29 de junio de 2014 y hacía un día espléndido. Mientras leía sentado en un banco, escuchaba la melodía que a oleadas llegaba a sus oídos procedente de la banda de música del parque, el susurro del viento entre los castaños y el canto estival de los pájaros. Y de pronto la música se interrumpió, la multitud se detuvo repentinamente, los músicos abandonaron el quiosco de la orquesta y la gente se agolpó alrededor de un comunicado: el anuncio de que el heredero del trono imperial y su esposa, de visita en Bosnia, habían sido víctimas de un atentado.

A decir verdad, constata Zweig, en los rostros no se apreciaba ninguna emoción o irritación especiales. El heredero del trono nunca había sido un personaje querido: carecía de encanto personal y de buenas maneras en el trato social; su principal ocupación era la caza, auténticos holocaustos preparados para su satisfacción, y su única preocupación consistía en suceder de una vez por todas al viejo emperador.

Apenas transcurridas unas horas de conocerse la noticia de su asesinato, la gente volvió a sus ocupaciones, a sus charlas y a sus risas, e incluso algunos respiraron aliviados por la eliminación de un futuro emperador al que no se estimaba. Al día siguiente ningún periódico se refirió a una posible represalia contra Serbia ni nada semejante y el único contratiempo que se originó fue un problema de protocolo en la casa imperial: la archiduquesa Sofía no tenía la prerrogativa de recibir sepultura en el panteón de los Habsburgo por lo que finalmente ambos cónyuges fueron enterrados discretamente en Arstetten, un villorrio austríaco de provincias.

Esta antipatía hacia el archiduque no se compadece en absoluto con lo que ocurrió después: el ultimátum de Austria a Serbia, los telegramas entre el emperador Guillermo y el zar, la declaración de guerra a Serbia por parte de Austria y, finalmente, una Europa en llamas.

Una hipótesis señala que la guerra estalló por la propia inercia militar. Barbara W. Tuchman apunta en ‘Los cañones de agosto’ que el estado mayor alemán había diseñado unos planes teóricos de ataque tan milimétricos que hubiera sido una pena desperdiciarlos, pero había que actuar con premura, antes de que el enemigo se adelantara. Quizá pesara también la ‘necesidad’ de probar los nuevos armamentos antes de que quedaran obsoletos y arrinconados en depósitos militares. Después, ya durante la contienda, se siguieron inventando elementos a cual más mortífero y espeluznante, desde el lanzallamas a los gases tóxicos y la guerra se convirtió en un campo de pruebas, en el que todo valía.

Stefan Zweig, que había podido constatar la ocupación de Bélgica por el ejército del káiser Guillermo II, pudo llegar a territorio alemán en el tren expreso de Ostende, el último que circularía en mucho tiempo, y luego a Viena, inmersa en el delirio. Se formaban espontáneas manifestaciones en las calles, en las que flameaban banderas y se escuchaba la música al paso de reclutas que “desfilaban triunfantes, con los rostros iluminados, porque la gente les vitoreaba, a ellos, a quienes nadie había agasajado jamás”.

Y no solo ocurría en Viena; en Alemania las estaciones lucían carteles anunciando la movilización general mientras los trenes se llenaban de reclutas recién alistados, en medio de una barahúnda de despedidas y pañuelos, de música y de ondear de banderas. Se había declarado la guerra y una especie de encantamiento colectivo se había adueñado de hombres y mujeres que abarrotaban las calles con un entusiasmo inusitado y contagioso ante una tragedia cuyo alcance muy pocos pudieron advertir.

Los jóvenes alemanes, como los austríacos, los británicos y en cierta medida también los franceses, se inscribían en los regimientos y a toda prisa, no fuera a ser que la guerra acabara antes de que ellos llegaran. Erstn Jünger, que apenas tenía diecinueve años, relata su viaje en tren a Hannover para alistarse. De vez en cuando veía junto a los raíles unos peleles rellenos de paja que se bamboleaban al viento y que representaban al zar Nicolás. Llegó a la ciudad coincidiendo con el desfile de un regimiento que marchaba al frente: los soldados cantaban, entre sus filas se habían introducido señoras y muchachas y los adornaban con flores.

La causa de este delirio, de esta posesión, se explica por la escenificación de una comunión perfecta de aquellos que creían formar parte de una nación, unidos más allá de su clase, formación, género o condición. Creían que formaban parte de algo más grande que era digno de ser defendido hasta la muerte. O quizá fuera lo que llamó Freud el malestar de la cultura: el deseo de evadirse de leyes y normas, de liberar viejos instintos de sangre obedeciendo al llamamiento de fuerzas oscuras y primitivas.

Los mayores no se pararon a pensar en que esos jóvenes reclutas, a los que incluso sus padres invitaban a marchar al frente, se dirigían directamente a una matanza. En los albores del siglo XX aún se creía en la autoridad y si el emperador Guillermo les había dicho que para la Navidad ya estarían todos de vuelta en casa y coronados de laureles, es que era cierto. Porque no sabían nada de la guerra y porque creían que iba a convertirlos en héroes, “las víctimas de entonces iban alegres y embriagadas al matadero, coronadas de flores y con hojas de encina en los yelmos, y las calles retronaban y resplandecían como si se tratara de una fiesta” (Zweig).

Habían transcurrido casi cincuenta años de paz y la guerra se había convertido para muchos en una leyenda, en algo heroico y romántico. Francia no cayó del todo en esta falacia. En su novela ‘Los cuatro jinetes del Apocalipsis, publicada en 1916, Vicente Blasco Ibáñez afirma que los franceses recibieron la orden de movilización con sobriedad “en las palabras y en las manifestaciones de entusiasmo”, ya que no en vano dos generaciones habían nacido en ese medio siglo con el trágico presentimiento de que una guerra con Alemania llegaría forzosamente. Una guerra que nadie deseaba, impuesta por los adversarios, pero aceptada por la mayoría como un deber. En los primeros días del estallido de la guerra, sólo algunos grupos, a los que Blasco Ibáñez tacha de patriotas exaltados, pasaban por la plaza de la Concordia para dar vivas ante la estatua de Estrasburgo.

El sábado 1 de agosto de 1914 Francia ordenó la movilización general. Agustí Calvet, cuyo seudónimo es Gaziel, estudiante ampurdanés de Filosofía en la Sorbona y residente en una pensión de Saint-Germain-des-Près, da cuenta en una crónica de sus observaciones: el servicio público de autobuses, reservado por el Gobierno para el transporte de tropas, está totalmente suspendido y el enorme tráfico ciudadano de París, sólo puede hacerse utilizando el metropolitano. “La aglomeración es algo nunca visto, sobre todo por la extraña severidad y el mutismo de los que van y vienen; todo el mundo parece moverse con una fiebre obsesiva, aparentemente sin motivo, como hacen las hormigas en los hormigueros súbitamente desbaratados”.

Todo el Barrio Latino, prosigue Gaziel, está solitario y desierto, la gente se ha encerrado en casa. No hay oradores por ningún lado, ni agitadores ni videntes y es que “la gente, ante el hecho inesperado y brutal de la guerra inminente, no siente entusiasmo ni temor, sino que está, sin más, profundamente preocupada”. Los franceses irán a la guerra, pero a regañadientes. Gaziel sigue su paseo y al llegar al bulevar de Montmartre observa a un grupo de chiquillos, muchachos y mujeres que ondean media docena de banderas francesas, inglesas, rusas e incluso una italiana mientras lanzan imprecaciones belicosas. Un coro rompe a cantar La Marsellesa y el himno prende en los espectadores, que se descubren y aplauden al paso de las banderas aunque la mayoría, serios y conmovidos, observan. No hay alegría ni entusiasmo, como constata Blasco Ibáñez en su novela.

Gaziel envió su crónica a ‘La Vanguardia’, que la publicó un mes después, en septiembre. A primeros de diciembre se convirtió en corresponsal de guerra y recorrió los escenarios de las batallas del Marne y de Verdún, con la firme convicción de que las innumerables víctimas inocentes de todos los conflictos bélicos se han preguntado inútil y desesperadamente quién puede querer la guerra.

Algunos pensaron que se vivía demasiado bien, que la Belle Époque había afeminado las costumbres y desvirilizado a los hombres o algo peor: se había caído en la degeneración olvidando los valores fundamentales del orden, la patria y el sacrificio, que solo podrían restablecerse mediante una catarsis que purificara las pasiones. Existía la posibilidad de poner fin a la agitación social y a la disolución de Europa mediante una guerra que actuaría como antídoto contra la masiva podredumbre humana que reinaba en el continente. Harry Kessler, un aristócrata alemán, educado en Inglaterra y en Francia, creía que del conflicto transformaría la esencia de Alemania y con él nacería un hombre nuevo liberado de las cadenas de la modernidad.

También se planteó la guerra como una lucha ideológica entre las democracias y los regímenes totalitarios, lo que estaba muy lejos de la realidad, sobre todo si miramos hacia Rusia, cuyo zar se apuntó a la causa de la Entente. Sí es cierto que en Inglaterra se extendió una corriente de pensamiento justificatorio: Alemania era el mal por su tendencia al totalitarismo y al cesarismo.

Los ‘hombres de letras’ británicos pronto sumaron sus plumas al servicio de la causa de la guerra: Galsworthy, Bennet, Kipling, Wells, Conan Doyle, entre los más conocidos. G. K. Chesterton escribió a favor de la intervención en el conflicto y la justificó en que “el prusiano era insufrible” y que hubiera sido terrible que además se hubiera mostrado imbatible. La causa de las Potencias de la Entente era la defensa de la civilización frente a ‘La barbarie de Berlín’, que fue el título que dispensó a un panfleto que más tarde calificaría de excesivamente belicoso pero del que nunca se arrepintió.

En el frente ideológico contrario, el de las Potencias Centrales, militó Thomas Mann, cuyo contraataque denostaba la misma idea de la democracia. Durante los años que duró el conflicto redactó un ensayo, ‘Observaciones de un hombre apolítico’, en el que tachaba el parlamentarismo de plutocracia y de sistema caduco dominado por abogados y en el que oponía la nivelación total de los “democratismos civilizatorios” a la cultura de la vieja Alemania, que entendía la libertad en su mejor sentido, como el de la entrega del individuo a la sociedad basada en valores autoritarios típicamente prusianos: el cumplimiento del deber, el orden y la disciplina. Finalizada la guerra, Thomas Mann se convirtió en un defensor acérrimo del sistema democrático de la República de Weimar, pero nunca condenó de forma tajante esas ideas que formaron parte del ideario nacionalsocialista.

Ni todos acudieron a despedir entusiásticamente a los soldados que partían al frente ni todos quisieron alistarse. Campesinos y obreros de todos los países se opusieron a la guerra porque condenaba a sus familias a pasar hambre, en el primer caso, o porque la veían como una trampa capitalista en el segundo. Hubo manifestaciones pacifistas en todas las grandes ciudades e intelectuales que se opusieron al conflicto con sus palabras, como Jaurés, asesinado por un nacionalista fanático, o con silencios atronadores como los de Karl Kraus y Walter Benjamín.

Chesterton, que no estuvo en el frente, siguió defendiendo la Guerra del 14 -no lo hizo en absoluto con la de los boers- durante el resto de sus días, pero no todos siguieron su ejemplo: pasados los primeros tiempos de euforia y entusiasmo llegaron los fracasos en el frente y todo el horror de la guerra escenificado de una forma brutal en la batalla del Somme, que duró cuatro meses y causó más de un millón de bajas.

La guerra que, según algunos iba a crear a un hombre nuevo y libre, destrozó las vidas de miles de jóvenes, no sólo las de los que murieron, sino también las de quienes salieron de ella con el alma en pedazos. Wilfred Owen, el poeta de guerra que había animado a la lucha heroica, regresó a Escocia como víctima de la neurosis de guerra tras la muerte de todos sus compañeros en una trinchera y, en el hospital, mientras se recuperaba, plasmó su experiencia del infierno en los versos descarnados del ‘Himno a la juventud condenada’.

Coincidió en el hospital con otro poeta, Siegfried Sassoon, que también se alistó voluntario y al que incluso se le concedió la Cruz Militar por su valentía en el frente, pero que tras escribir a su comandante en jefe una carta para que se pusiera fin a los tormentos que padecían los soldados británicos al servicio de fines “perversos e injustos” fue diagnosticado de neurastenia y enviado junto a Owen para su recuperación.

Ambos se reincorporaron a la lucha en el frente occidental y Owen murió una semana antes de que se firmara el armisticio. Su muerte se convirtió en el símbolo del destino de su generación y de la locura de unos gobernantes que queriendo conseguir la libertad, llevaron a la muerte a millones de personas, con el visto bueno de intelectuales que no supieron o no quisieron adivinar la magnitud de la catástrofe.

Lecturas

Ernst Jünger, ‘Tempestades de acero’, Tusquets Editores, 1989

Philipp Blom, La fractura, Anagrama, 2016

Barbara W. Tuchman, ‘Los cañones de agosto’, RBA 2014

Thomas Mann, ‘Consideraciones de un apolítico’, Capitán Swing, 2011

Stefan Zweig, ‘El mundo de ayer’, Acantilado, 2001

G.K. Chesterton, ‘Autobiografía’, Acantilado, 2003

Gaziel, ‘París 1914-Diario de un estudiante’, Editorial Diéresis, 2013

‘Sin novedad en el frente’, sin héroes ni victorias

trincheras

Lo que más me sorprendió en mi primer viaje por Francia fueron sus preciosos pueblecitos de balcones cuajados de flores pero más aún que cada uno de ellos tuviera un memorial por los soldados muertos en la Gran Guerra: hasta el más pequeño mostraba una lista de nombres, más o menos larga, de aquellos que murieron en los campos del norte del país. Desde entonces tengo la impresión de que aquella fue la guerra más cruel y más triste.

Quizá Francia fuera el país que más bajas sufrió con la pérdida del 17% de sus soldados, pero Alemania no se quedó atrás: dos millones de soldados murieron en suelo ajeno y allí quedaron muchos de ellos, sepultados en lo que se llamó el frente occidental, en el que se vivió lo más espantoso de esa guerra.

Finalizada la contienda, volvieron a Alemania seis millones de soldados, una buena parte de ellos lisiados y desfigurados: un recordatorio diario de la matanza insensata de la Primera Guerra Mundial. Y aunque en muchas ocasiones se denostara la guerra, el pacifismo no fue un movimiento generalizado; el revulsivo se produjo en 1928, cuando un antiguo veterano escribió la crónica de un grupo de jóvenes que se alistaron alegremente y murieron de las formas más terribles que uno pueda imaginar.

En ‘Sin novedad en el frente’, Erich Maria Remarque narra a través de Päul Baumer las experiencias de Kropp, Müller y Leer, sus compañeros de aula, y la de otros camaradas que conoció durante el periodo de instrucción y en el frente. Tenían apenas diecinueve años y les dijeron que la guerra iba a ser corta y heroica, que no intervenir en ella era propio de cobardes y que el conflicto les convertiría en hombres y les moldearía como al acero.

El entusiasmo y el deseo de combatir se generalizó en los países beligerantes. En Berlín, cuando se anunció la movilización, la multitud cantó himnos y en el Reino Unido se apuntaron como voluntarios medio millón de hombres solamente en el primer mes. Stefan Zweig, uno de los pocos que no se dejaron llevar por el canto guerrero de las walkirias, describió el ambiente de Viena el 28 de julio de 1914: “Sólo se conocía la guerra por los libros y de repente estaba ahí y nadie intuía lo cruel y lo criminal que llegaría a ser”; se vivía la declaración de guerra como el comienzo de una romántica novela de héroes y de grandes hazañas mientras “los jóvenes se apelotonaban delante de las oficinas de reclutamiento, no fuera a ser que llegaran demasiado tarde y se perdieran la gran aventura”.

A Baumer, el alter ego de Remarque, y a sus tres compañeros de pupitre su maestro les llenó la cabeza de consignas patrióticas y no dejó de soltarles discursos hasta que la clase entera, bajo su mando, se dirigió a la comandancia del distrito para alistarse. Había miles de maestros como Kantorek, que representaban la autoridad y, por tanto, la perspicacia y el sentido común, pero “el primero de nosotros que murió echó por los suelos esa convicción; el primer bombardeo nos reveló nuestro error y con él se derrumbó la visión del mundo que nos habían enseñado”. En los primeros meses de la guerra, de un total de veinte compañeros de la escuela, siete han muerto, cuatro están heridos y otro en el manicomio; quedan doce.

La experiencia en primera línea es devastadora. Se dirigen a fortificar las trincheras y por primera vez escuchan las detonaciones y observan el espectáculo de luces que les acompañarán el resto de su días en el frente: “Una claridad incierta, rojiza, se extiende de un extremo al otro del horizonte, en constante movimiento, atravesado por los fogonazos de las baterías. Las esferas luminosas se elevan por encima, círculos rojos y plateados, que estallan y caen como lluvia en forma de estrellas rojas, verdes, blancas. Las bengalas francesas salen disparadas, despliegan en el aire un paracaídas de seda y descienden lentamente iluminándolo todo como si fuera de día y vemos nuestra sombra claramente perfilada en el suelo”.

Es entonces cuando “el fragor de la artillería aumenta hasta convertirse en un único estampido sordo y se deshace de nuevo en explosiones aisladas”, cuando “rechinan las descargas cerradas de las ametralladoras y, encima de nosotros el aire está lleno de hostigamientos invisibles, aullidos, silbidos y siseos; son proyectiles de poco calibre, pero de vez en cuando entre ellos resuenan en la noche los obuses de la artillería pesada, que van a caer lejos a nuestras espaldas y profieren un aullido ronco y lejano, como de ciervos en celo y se oyen por encima de los aullidos y silbidos de los pequeños proyectiles”.

El progreso de las técnicas de artillería permitieron en esta guerra contar con cañones de precisión que lanzaban proyectiles cargados de explosivos, metralla o gas a muchos kilómetros de distancia del frente durante días enteros. Es la primera guerra tecnológica a escala industrial en la que los soldados cuando ocupaban las trincheras eran blancos inmóviles detectados por los aviones de reconocimiento y luego bombardeados a conciencia y blancos móviles y fáciles para las ametralladoras y el fuego de la artillería en las ofensivas a campo abierto.

Como si una mente sobresaliente en sadismo las diseñara se fabricaron nuevas formas de herir y de matar, inventos cada vez más mortíferos. Los proyectiles cargados con bolas de plomo y pólvora que explotan antes de caer al suelo y atraviesan escudos y cascos de metal; los lanzaminas que envían los cadáveres sin piernas de los soldados a las ramas de los árboles; las bayonetas con sierra incorporada; los lanzallamas que manejan dos hombres, depósito y manga y los terribles tanques que “representan todo el horror de la guerra, la viva imagen del exterminio mientras descienden implacables al fondo de los cráteres y vuelven a asomar, irresistibles, verdadera flota de acorazados, aullando y escupiendo fuego, invulnerables bestias de acero que aplastan a muertos y heridos”.

Baumer relata este horror y también el provocado por la utilización del gas, el arma más impactante de esta guerra, que buscaba hacer salir a los soldados enemigos de las trincheras para poder bombardearlos a placer. El peligro les obliga a refugiarse en un cráter donde la explosión sorda de las granadas de gas se mezcla con el estallido de los proyectiles: “El gas se arrastra por el suelo y penetra en todas las cavidades, como una blanca y ancha medusa se extiende por nuestro cráter, llenándolo”. Hay que ser prudentes y no retirarse la máscara antigás hasta estar a salvo, fuera del agujero. Pero los reclutas recién llegados no lo saben todavía y morirán asfixiados tras una agonía interminable.

Baumer ingresa en un hospital al resultar herido en la pierna y hace recuento de los heridos: en el vientre, en la cabeza y amputados en el piso de abajo; maxilares, nariz, orejas, garganta y afectados por los gases en el ala derecha; ciegos, heridos en el pulmón, pelvis, articulaciones, riñones, testículos y estómago, en el ala izquierda. Todo está dispuesto para martirizar “el diminuto y quebradizo cuerpo humano” del que habla Walter Benjamin. “Cárceles de dolor y sufrimiento, sólo un hospital muestra verdaderamente lo que es la guerra”, dice Remarque .

La guerra de trincheras es especialmente cruel. “Los obuses despedazan el parapeto y levantan por los aires el terraplén. Al amanecer la explosión de minas se mezcla con el fuego de la artillería y allí donde caen, abren una fosa común. Se elevan surtidores de barro y metralla. Casi no nos queda trinchera. Una granada estalla delante de nuestra galería y se hace la oscuridad: hemos quedado sepultados y debemos desenterrarnos ( ) Son tres días en la trinchera. Estamos sentados como en el interior de nuestra tumba y únicamente aguardamos a recibir sepultura”.

Y cuando la orden consiste en avanzar aún es peor. Los cadáveres se amontonan en la tierra de nadie, entre ambas trincheras, y no siempre se puede recoger a los heridos. Sufrimos muchas bajas, sobre todo de reclutas inexpertos que, “heridos no se atreven a quejarse en voz alta y con el vientre, el pecho, los brazos o las piernas destrozados, gimen débilmente llamando a sus madres y callan cuando los miras”. Kemmerich ha muerto, Westhus está agonizando, Kramer ha desparecido alcanzado de lleno por una granada, Martens ya no tiene piernas… “Sólo hemos cedido unos centenares de metros, pero en cada metro hay un cadáver; de los 150 hombres de la segunda compañía, quedan treinta y dos”.

Nunca como en esta guerra se hicieron trizas los mitos, absurdas las previsiones y cínicas las frases grandilocuentes. El verso de Horacio que adornaba el frontispicio de academias militares –Dulce et decorum est pro patria mori (Dulce y honroso es morir por la patria)se revolvió contra sí mismo y desde entonces es más burla que máxima.

Fue una guerra sin héroes, un torrente de sufrimiento y ¿para qué? Al comienzo de la novela, el narrador asegura que no pretende hacer una denuncia ni una confesión, sino simplemente mostrar cómo una generación fue destruida por la guerra aunque escapara de las granadas. Eran demasiado jóvenes para haber echado raíces en la vida y tras el horror no existe ninguna explicación para ellos; estaban llenos de ideas inciertas que daban a la vida e incluso a la guerra un carácter idealizado y casi romántico, pero “la guerra nos ha echado a perder para cualquier cosa”; “estamos abandonados como niños y somos experimentados como ancianos … creo que estamos perdidos” y cuando la guerra termine emergerá “todo lo que ahora mientras combatimos se hunde en nuestro interior como una piedra”, entonces será cuando empiece “el conflicto a vida o muerte” y “marcharemos al lado de nuestros compañeros muertos, con los años del frente a nuestra espalda ¿Contra quien marcharemos?”

remarque
Erich Maria Remarque

Sin novedad en el frente’ no sólo mostró la inhumanidad de la guerra y su sinsentido, sino también que fue una guerra sin héroes, si acaso supervivientes, algunos mutilados y otros enloquecidos de por vida, cínicos e indispuestos con la autoridad y el patrioterismo que les había conducido al frente. Eso era más de lo que podía soportar el nacionalsocialismo incipiente de un relato que, además, se había convertido en el éxito editorial más importante hasta entonces, con un millón de ejemplares vendidos en un año desde que se publicara en enero de 1929 en forma de libro.

Además, desmontaba la tesis de la “puñalada por la espalda”: los dos bandos llegaron a un armisticio por agotamiento. El material del enemigo, señala Baumer, parecía no acabarse nunca y su superioridad numérica nos han obligado a retroceder. La ultraderecha consideró que la novela amenazaba el patriotismo de la juventud y reforzaba el pacifismo y acusó a Remarque de frívolo gacetillero de deportes, de embustero que apenas había pisado el frente y de francófilo vividor y charlatán. Pero el movimiento antimilitarista y los partidos de izquierda recibieron con entusiasmo la novela.

Joseph Goebbels la calificó de “libro infame, corrosivo y peligroso”, un insulto al pueblo alemán. Llegó tarde para montar un escándalo en su publicación, pero sí consiguió que se prohibiera la proyección de la película: él y unos cuantos agitadores más comenzaron a chillar en el mismo momento en que aparecía la primera escena bélica en el segundo día de exhibición y el propio Goebbels se dirigió al público gritando que lo que aparecía en la pantalla era una vergüenza. Varios miembros de las SA soltaron cientos de ratones blancos en la sala y la confusión fue tal que se suspendió la proyección. Uzcanga cuenta que dos miembros del comando nazi se dirigieron a las taquillas, rompieron los cristales, amenazaron a las cajeras y se llevaron la recaudación.

Goebbels ganó la partida al conseguir con sus escándalos que se prohibiera la exhibición de la película. Escribió en Der Angriff el 12 de diciembre: “Remarque está acabado. Podemos certificar que por primera vez hemos logrado que la democracia de asfalto doblegue las rodillas en Berlín”.

Si el tiempo es el juez de la historia, la conclusión del jefe de propaganda de Hitler no es correcta. Las vívidas imágenes del horror de la guerra que nos dejó Remarque hace casi cien años son más ciertas y más verdad que la vana justificación patriótica de un conflicto sangriento y sin sentido.

Lecturas

-Erich Maria Remarque, Sin novedad en el frente, Edhasa 2009

-Francisco Uzcanga Meinecke, El café sobre el volcán, Libros del K.O, 2018

Pasear, tesoro de los pobres y vicio de los solitarios

hessel-500x606
Franz Hessel

Pasear, desplazarse sobre dos extremidades, es un placer singular que debería estar exento de toda finalidad moral, salubre o pecunaria. Nada que ver con el footing ni con acercarse a comprar alguna cosa o ir de visita, porque el paseo no debe ser ni provechoso ni higiénico. Y vale cualquier ciudad, si es la propia mejor, y cualquier estación, si las condiciones meteorológicas no lo impiden, y cualquier hora, desde la madrugada a la madrugada siguiente.

Son los principios que debe seguir un paseante o flâneur, redactados por Franz Hessel tres años después de publicar ‘Paseos por Berlín’ (1929), su ciudad natal, a la que trasladó su experiencia de paseante en París y después de haber convencido a Walter Benjamin de la excelencia del pasaje urbano.

A Hessel se le conoce no sólo por su tendencia a vagabundear, si es que se puede traducir por este verbo el malsonante ‘flanear’. Se le reconoció tardíamente, allá por los años ochenta, como maestro de Walter Benjamin en el arte de la flânerie, como reconoce el filósofo alemán al revelar que tuvo cuatro guías: las niñeras, las prostitutas, el extravío y la obra de Franz Hessel. Se le consideró durante mucho tiempo como un escritor menor y parte de su fama le venía por ser el marido de la explosiva y liberada periodista Helen Grund, la protagonista del triángulo amoroso ‘Jules y Jim’ que llevó Roché a la novela y Truffaut al cine; también por ser el padre de Stephane, resistente de la Francia Libre, detenido por la Gestapo, redactor de la Declaración de los Derechos Humanos, mediador en situaciones extremas desde Indochina a Burundi y, con noventa y tres años, autor del panfleto ‘Indignaos’ a favor de la insurrección pacífica.

En este artículo titulado ‘Sobre el difícil arte de pasear’, Franz Hessel describe lo que debe adornar la figura del paseante y, aunque impone criterios rígidos respecto a la ausencia de objetivos y eliminación de las prisas, se muestra más abierto a permitir licencias en cuanto al lugar del paseo: no sólo puede ser cualquier ciudad, sino que también se puede incluir los suburbios, con el límite del campo, en el que el paseo se convertiría en excursión. En tiempos anteriores al siglo XX, el paseo se relacionaba con la naturaleza y no con la ciudad: el caminante romántico se abría camino por entre las apariencias hacia la revelación. Nuestro flâneur no es en absoluto amante del campo ni presa del misticismo: el paisaje desde Zola y Balzac es el de la ciudad y Baudelaire es su profeta.

Franz Hessel se estableció en París en 1906 hasta que fue llamado a filas en 1914. Finalizada la guerra volvió a Berlín y entabló una estrecha amistad con Walter Benjamín, al que le unían criterios estéticos y coincidencias biográficas como que ambos pertenecían a familias judías asimiladas y prósperas, habían nacido en la capital prusiana y sentían una indomable pasión por la literatura. Franz le llevaba doce años de ventaja y quizá en razón de la edad y la experiencia, Benjamín le consideraba su maestro, pero luego lo superó al convertir el paseo y los pasajes en la clave de bóveda de su filosofía. En 1926 se ponen a traducir juntos a Marcel Proust, autor rompedor que en 1919 había recibido el Premio Goncourt y revolucionado el mundo literario, y durante unos días, en el transcurso de la traducción, se sumergieron en el mundo de los matices y los detalles urbanos de París descritos en ‘La recherche’ y que tan bien conocía Franz.

Pasear “es el más asequible de los placeres y nada tiene que ver con los deleites específicamente burgueses y capitalistas: es el tesoro de los pobres, hoy en día ya casi su privilegio exclusivo”. París y Berlín son ciudades para deambular por ellas, con mirada ociosa y despreocupada aunque los berlineses imbuidos por la ética del trabajo y del esfuerzo, subraya Hessel, no conciben esta clase de placer e incluso lo consideran una amenaza o cuando menos tildan de sospechosos a quienes invaden las calles de su ciudad sin rumbo fijo ni actividad aparente. El paseo es júbilo, pero no se circunscribe a los jubilados o desocupados del trabajo cotidiano: cualquiera puede pasear cuando se dirige de vuelta a casa tras una jornada laboriosa y aburrida, despreciando atajos y encarando con generosidad la pérdida de tiempo que supone bajar del autobús unas paradas antes.

La indeterminación del objetivo es también uno de los principios de la flânerie. Es preciso abandonarse a las sorpresas del azar, a aventurarse. Pero tampoco conviene abandonarse al caos. Fijar un destino para traicionarlo después y desviarse del rumbo es otra estrategia más porque solamente estableciendo una meta, aunque sea poco fiable, se pueden cometer desvíos. Elijamos un tramo de la ciudad: podemos detenernos, entrar en un teatro o en un cine, o quizá seguir más adelante, lo que ese día nos sugiera el ánimo.

No son necesarios parajes exóticos ni atracciones turísticas. El flâneur no es un turista y por eso se recomienda que para ejercer esta actividad se elija la propia ciudad de nacimiento. Benjamin deja bien claro que la ‘flânerie’ es incompatible con la visita apresurada porque requiere calma, detenimiento, regresar una y otra vez para descubrir lo que se nos ha quedado oculto, los detalles que no se han apreciado antes, los matices que en una primera mirada no nos parecieron importantes. “Visita tu propia ciudad, pasea por tu barrio”, nos aconseja Hessel, y “observa cómo transita la vida de una a otra calle” y “cómo alternan en ellas el silencio y el alboroto, cómo se vuelven más elegantes o humildes, febriles o somnolientas”; escucha las voces de la ciudad que “tratan de llamar tu atención, de seducirte” y sumérgete durante tu paseo en la historia de las tiendas y tabernas, cuyas mercaderías vaticinan su futuro destino.

La calle se puede leer como un libro y, al igual que una historia ajena, nos libera de una vida privada más o menos aburrida que conocemos de sobra. Pasear, dice Hessel, “es una forma de lectura de la calle en la que las caras de las personas, los acristalamientos, los escaparates, las terrazas-café, los ferrocarriles, los automóviles y los árboles se convierten en letras con el mismo derecho, que juntas dan lugar a palabras, oraciones y páginas de un libro que es siempre nuevo”. Pero hay que aprender a leer: Hessel y Benjamin aconsejan reeducar la atención para poder desplazarla de lo aparente a lo apenas perceptible, a los múltiples detalles que conforman la vida urbana.

Es sobre todo Benjamín quien vincula con más voluntad la ciudad con la lectura. París es una ciudad íntimamente ligada a los libros; la contempla como texto y al mismo tiempo como resultado de la literatura; relaciona Notre-Dame con Víctor Hugo y la Torre Eiffel con Cocteau y concibe la ciudad como “un gran salón de biblioteca atravesado por el río”.

El secreto está en los detalles y la mirada debe dirigirse a lo que puede parecer insignificante a los ojos del inexperto caminante. La ciudad habla bajito, al oído -dice Benjamin- y si ponemos atención se nos revelan historias del pasado aparentemente superficiales y también pensamientos profundos. Para el paseante, los escaparates dejan de ser reclamos y se convierten en paisaje; la oscuridad en la que nos sumerge el atardecer será una reflexión sobre la fugacidad de la vida, en tanto que el alba nos avisará de que todo vuelve y el fin no ha llegado.

hessel-500x606
Walter Benjamin

Pasear es un vicio solitario que no conjuga con lo colectivo. “No es fácil pasear acompañado” porque los acompañantes te distraen, te demoran o aceleran, en una palabra: te importunan. Ir al lado de un aficionado a la fotografía es un despropósito porque se detiene en cualquier momento, busca el ángulo, el encuadre y te deja como un pasmarote en medio de la calle, esperando a que termine de lanzar fogonazos interminables. “El verdadero paseante es como un lector que sólo lee para su disfrute personal” y lo hace en silencio y sin compañía.

Para Hessel y para Benjamin París y Berlín son las ciudades emblemáticas del flâneur, aunque la primera siempre se considere primordial e iniciática. Hessel volvió a Berlín, su otra ciudad amada, la que, dice, se encuentra “en el camino que lleva de Roma a Moscú”. En 1929 publicó ‘Paseos por Berlín’, la ciudad de su infancia. Benjamin escribió el prólogo con un título muy sugerente: ‘El regreso del flâneur’.

Hessel regresó tras la guerra a su hermoso piso cerca del Tiergarten, pero siempre echó de menos París. Cuentan que un amigo de Berlín un día de sol lo vio con un paraguas abierto. Ante su extrañeza, le explicó: “Está lloviendo en París”. Volvió exiliado a su ciudad de acogida en 1938, cuando a Berlín la convirtieron en una ciudad sin presente ni futuro para los judíos, pero en 1940 el ejército alemán invadió el norte de Francia y Franz fue detenido.

Hessel y Benjamin tuvieron unas vidas coincidentes, casi paralelas, y dejaron la flânerie para siempre casi al mismo tiempo. Franz Hessel fue internado en el campo de Les Milles junto a Max Ernst, Benjamín y otros. Después fue trasladado a Burdeos y luego a otro campo cerca de Nimes. Los dos fueron liberados a los pocos meses y ambos murieron muy poco después, con un intervalo de apenas cuatro meses. Benjamin murió en septiembre de 1940 en una pensión de Portbou cuando pretendía llegar a Portugal y embarcar hacia los Estados Unidos pero fue interceptado por la policía y, antes de caer en manos de la Gestapo, se suicidó con una sobredosis de morfina. Hessel, tras ser liberado del campo, se instaló con Helen en Sanary-sur-Mer, refugio para muchos exiliados alemanes, pero poco después, un día de enero de 1941 se apoderó de él un cansancio infinito, se tumbó y murió dulcemente.

Lecturas

– Franz Hessel, ‘El difícil arte de pasear’, publicado en revista berlinesa ‘Die Literarishe Welt’ el 27 de mayo de 1932 y traducido y editado por Francisco Uzcanga en el recopilatorio ‘La eternidad de un día’, Acantilado, 2016.

– Walter Benjamin, ‘El regreso del flâneur’, reseña del libro de Franz Hessel, ‘Paseos por Berlín’, publicada en ‘Die Literarishe Welt’ el 4 de octubre de 1929, recogida en ‘La tarea del crítico’, una selección de textos de Benjamin de la Editorial Hueders, 2017.

Periodistas españoles en la República de Weimar: Chaves Nogales y Xammar — Historias emergentes

Chaves Nogales, redactor jefe del ‘Heraldo de Madrid’, realizó un viaje en avión por Europa camino de Bakú, algo más de dieciséis mil kilómetros, en 1928. La primera escala la hizo en París y, aunque el objetivo de sus crónicas era contar cómo les iba a los soviéticos diez años después de su revolución, hizo […]

Periodistas españoles en la República de Weimar: Chaves Nogales y Xammar — Historias emergentes