La isla de Redonda, el Reino de Javier Marías

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El islote de Redonda figura en los mapas auténticos del Caribe, entre Antigua y Montserrat, en las Antillas, pero su importancia radica en lo que tiene de isla fantasmagórica y literaria y no en sus características físicas, poco sobresalientes.

Su territorio apenas llega a los tres kilómetros cuadrados, carece de palmeras e incluso de playas. Es un peñasco habitado por lagartos y tal vez por alguna cabra, al que sólo llegan fácilmente los alcatraces; precisamente sus deposiciones constituyeron el único valor económico que se le pudo extraer.

Descubierto en su segundo viaje a América, en noviembre de 1493, Cristóbal Colón ni siquiera se dignó a desembarcar en él. Le puso un nombre -Nuestra Señora de la Redonda- y se marchó, dejándola a merced de piratas, corsarios y contrabandistas que encontraron en la isla un refugio temporal gracias a la dificultad que entrañaba llegar a ella y desembarcar. También es un lugar de mala reputación, en el que viven monstruos, suceden hechos que carecen de explicación natural y donde se ha perdido el rastro de más de un marinero.

En 1865, Matthew Dowdy Shiell, predicador metodista, comerciante y banquero residente en la isla vecina de Montserrat, adquirió el islote y solicitó a la reina Victoria el título de Reino para cedérselo a su hijo, primero y único en una sucesión de una decena de hijas. La Reina se lo concedió con la única condición de que nunca supusiera un peligro para los intereses británicos.

Matthew Phipps Shiel fue coronado como Felipe I, Rey de Redonda, al cumplir los quince años, en una ceremonia naval presidida por el obispo de Antigua. De temperamento excéntrico, era también un grafómano impenitente, y algunas de sus obras, de carácter fantástico, han perdurado hasta hoy, como ‘La nieve púrpura’, publicada precisamente por la editorial del Reino de Redonda.

Shiel, que perdió la segunda ‘ele’ del apellido paterno, tuvo la brillante idea de crear una aristocracia basada en el ingenio y en el talento y comenzó a repartiendo ducados de Redonda. Los primeros agraciados fueron H. G. Wells, Dylan Thomas, Henry Miller, Lawrence Durrell y Dorothy Sayers. En estas concesiones tuvo mucho que ver un joven bohemio y poeta llamado Terence Ian Fytton Armstrong, más conocido por John Gawsworth, el seudónimo con el que firmaba sus obras. Tras un largo reinado, de 1865 a 1947, Felipe I abdicó en su amigo, que tomó el nombre de Juan I.

Sus problemas económicos y su afición a las barras de bar, fueron los causantes de que Juan I acabara comerciando vulgarmente con los títulos nobiliarios de Redonda, que vendía de acuerdo con las necesidades del momento; incluso llegó a publicar un anuncio en el Times en el que ponía a la venta el Reino de Redonda por mil guineas. Como consecuencia de esta venta alocada de cédulas nobiliarias, su sucesor en el trono de Redonda, el editor y escritor Wynne-Tyson, se vio obligado a afrontar diversos litigios y cuando ya iba a tirar la toalla, se encontró de bruces con la solución a sus problemas y a los de Redonda: un escritor español, Javier Marías.

Javier Marías

Tras haber sucedido a John Gawsworth con el nombre de Juan II y habiendo reinado desde 1970, Wynne-Tyson cedió su trono y los derechos de los anteriores regentes del Reino en 1997 a Javier Marías, empujado por su desesperación ante los litigantes que habían adquirido sus presuntos títulos nobiliarios en la barra de un bar. Además, Javier Marías había mostrado un gran interés por el poeta maldito que había ocupado el trono y eso contribuyó a que Wynne-Tyson decidiera desembarazarse de todo y legárselo al escritor español, que sólo le pidió que retrasara un año la notificación pública de su nombramiento. En ese tiempo redactó ‘Negra espalda del tiempo’, donde cuenta su experiencia en Oxford mientras escribía ‘Todas las almas’, novela en la que aparece como personaje el propio Gawsworth.

La figura del poeta bohemio, promesa literaria en los años treinta y monarca de Redonda que nunca visitó su reino, aunque “lo vendió varias veces”, atrajo a Javier Marías de forma irresistible. La promesa literaria dejó de escribir en 1954 y murió quince años después en el olvido, después de pasear su mendicidad por Oxford y habiéndose dedicado al “coleccionismo malsano de libros” y de otros objetos que pertenecieron a personajes ilustres, como “un bonete de Dickens, una pluma de Thackeray, un anillo de lady Hamilton y las cenizas del propio Shiel”.

Javier Marías se hace cargo del Reino de Redonda. No podía negarse, entre otras razones porque hubiera sido como renegar de Kipling y de ‘El hombre que pudo reinar’, que tanto le recordaba a Gawsworth, tal como cuenta en ‘Todas las almas’. Tres años después de que partieran hacia su Reino, Kipling le abre la puerta del periódico a un Carnehan que al principio no pudo reconocer: “Caminaba encorvado hasta el suelo, tenía la cabeza hundida entre los hombros y movía los pies como un oso. Aquel harapiento gimoteó que había regresado: he vuelto y fui rey de Kafiristán, yo y Dravot ¡eramos reyes coronados! Soy Peachey Taliaferro Carnehan”.

Pese a su republicanismo, Javier Marías se ha hecho monarca absoluto del Reino de Redonda, pero porque, como él mismo defiende, “el Reino se hereda por ironía y por letra, nunca por solemnidad o sangre”. A raíz de su nombramiento y con el propósito de no convertirse en “súbdito único”, refrendó anteriores nombramientos que se ajustaban a derecho y no a barra de bar y amplió escandalosamente la lista de artistas e intelectuales que forman la corte de Redonda, como Pedro Almodóvar, Ray Bradbury, Cabrera Infante, Coetzee, Citati y Umberto Eco, entre otros muchos.

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Algunos cortesanos colaboraron en hacer del islote un reino ideal: tiene una bandera diseñada por Javier Mariscal, vizconde de Ney; una moneda propia, creada por Alessandro Mendini, vizconde de Alquimia y diseñador de Swatch; el plano de un palacio de Frank Gehry, duque del Nervión; un lema que dice Ride si sapis (ríe si sabes) y un pasaporte internacional, no válido, por supuesto.

Pero lo más importante fue la creación, a principios de este siglo, de un sello propio de literatura que lleva el nombre de Reino de Redonda y que que, a estas alturas, lleva publicados una treintena de títulos muy bien elegidos y tratados, tanto en la traducción como en la edición.

El libro que inauguró la serie fue precisamente ‘La mujer de Huguenin’, cuyo autor es el primer rey de Redonda, M.P. Shiel. Al aceptar el título de Rey, Javier Marías también se comprometió a “mantener viva la memoria del Reino, de los anteriores reyes y de la leyenda”, así como recibir en herencia los derechos de las obras de Shiel y de Gawsworth y ejercer como su albacea literario.

Cumpliendo esta obligación pero también por gusto, el sello de Redonda se inauguró con la obra de Shiel, cuya novela más famosa es ‘La nube púrpura’, reeditada posteriormente por la misma editorial. El segundo volumen de Redonda, aunque contiene relatos para adultos de Richmal Crompton, escritora venerada por Javier Marías y por muchísimos otros, está dedicado a Jon Wynne-Tyson, Juan II, “que conservó y guardó el otro reino” con desgana hasta que, ya sexagenario, consiguió pasar el testigo al actual monarca.

En el prólogo a la primera publicación, ‘La mujer de Huguenin’, Javier Marías señala que no se trata del nacimiento de una nueva editorial, “sino más bien, tan sólo, del de la letra impresa que emite y emitirá este Reino, sin plazos fijos ni periodicidad preestablecida, y sin considerar si los textos que ofrezca podrán o no tener lectores. No se me escapa la suerte que suele aguardar a todo documento o legajo republicano o regio: permanecer guardado, casi nunca leído, jamás expuesto. No aspirarán a más los de este Reino. Redonda lleva demasiado tiempo siendo sólo aire, humo y polvo para querer buscarle otro destino”.

Afortunadamente, la letra impresa ha sido expuesta y es excepcional. He comentado ya una de las obras publicadas, la de Thomas Browne sobre ‘Las urnas funerarias’, y me quedan muchas otras valiosísimas, como las dos de Sir Steven Runciman que llevan los títulos de ‘La Caída de Constantinopla’ y ‘Las vísperas sicilianas’ -de eminente contenido histórico y de gran calidad literaria- y los dos de Rebeca West, ‘El significado de la traición’ y ‘Un reguero de pólvora’, trabajos periodísticos sobre juicios posteriores a la Segunda Guerra Mundial en Reino Unido y el muy famoso de Nuremberg.

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En 2001 el Reino de Redonda creó sus premios, destinados a autores literarios y cinematográficos extranjeros. El primero recayó en John Maxwell Coetzee, que también recibió el título de Duke of Disgrace, en referencia a su novela ‘Desgracia’, y que en español se traduciría por Duque de Deshonra, que contiene connotaciones ajenas a ‘disgrace’ pero que a Coetzee le pareció un nombre “apropiadamente quijotesco”, según cuenta el propio Javier Marías. Comenté hace tiempo lo mucho que me había gustado una de sus novelas, ‘Esperando a los bárbaros’ . Ha llegado el momento de recordar otra fascinante, que da comienzo en una isla, tan inhóspita o más que la de Redonda, pero igual de sugerente. En el próximo capítulo.

Nota: Todas las frases entrecomilladas (excepto el comienzo del cuento de Kipling) pertenecen a Javier Marías y están entresacadas de prólogos, presentaciones y de ‘Negra espalda del tiempo’.

 

La Ciudad del Sol de Campanella: todo en común y regido por los astros

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Transcurrió casi un siglo desde la publicación de la Isla de Utopía de Tomás Moro a la de Campanella, La Ciudad del Sol, cuya primera versión data de 1602, habitada también por una comunidad socialista en la que se suprime en mayor o menor medida la propiedad privada. Respecto al trabajo, en el que no aprecia ningún valor o mérito pero sí reconoce su necesidad para la supervivencia, reduce aún más la jornada laboral y donde Moro ponía seis horas, el autor italiano contempla cuatro.

Tomasso Campanella defiende su República como un “hallazgo de la filosofía y de la razón humana” y recurre al argumento de autoridad para demostrar que “todos los males proceden de las riquezas y la pobreza”. Platón y Salomón así lo consideran y el mismo san Agustín postula que la propiedad rompe las fuerzas de la caridad y la posesión de bienes vuelve al hombre mezquino.

Dios no otorgó cosa alguna en propiedad y todo lo dejó en común a los hombres”, según afirman los Santos Padres al comentar el Génesis y recuerda que San Clemente prueba, valiéndose de la Escritura, que todas las cosas son comunes pero que por usurpación algunos se las han apropiado; la comunidad de bienes era de derecho natural y sólo por injusticia pudo establecerse la propiedad privada.

Eugenesia y astrología

Comienza Tomasso Campanella su relato con la llegada a Taprobana -isla que ya conocemos y que hemos identificado con Ceilán- donde se halla la Ciudad del Sol, “dividida en siete grandes círculos, cada uno de los cuales lleva el nombre de uno de los siete planetas. Su disposición hace que sea inconquistable. El jefe supremo es un sacerdote al que llamaríamos Metafísico, que se halla al frente de todas las cosas temporales y espirituales y, en todos los asuntos y causas, su decisión es inapelable”. Llama la atención el uso repetido del número siete, que es el número místico por excelencia y de la perfección divina y de sus designios. Campanella, astrólogo, estudioso de la Cábala y defensor de la filosofía natural no resulta ajeno al simbolismo de las cifras.

Taprobane.-Antica-Mappa

Esta Ciudad del Sol, cuyas instituciones están influenciadas por la Utopía de Moro y la República de Platón, según el propio autor, posee una serie de elementos eugenésicos, apocalípticos y astrológicos, que marcan la diferencia respecto a esas obras anteriores.

De los elementos eugenésicos, llama la atención la defensa de los emparejamientos apropiados para mejorar la descendencia, así como que, durante el embarazo, las mujeres de la isla han de contemplar imágenes de hombres “preclaros” y “héroes” para que se les conceda una “perfecta prole”. Las ideas acerca del sexo y de las relaciones entre hombres y mujeres son un poco peregrinas, como que la unión carnal debe realizarse “cada dos noches” y “nunca antes de haber hecho la digestión de la comida y elevado preces al Señor” y que para “satisfacer racional y provechosamente el instinto, las mujeres robustas y bellas se unen a hombres fuertes y apasionados; las gruesas, a los delgados y las delgadas, a los gruesos”.

Como la procreación es un asunto religioso, enfocado al bien de la República y no al de los particulares, “si alguna mujer no es fecundada por el varón que le ha sido asignado, es apareada con otros y si, finalmente, resulta estéril, se conviene en común para todos”. Insiste en varias ocasiones que aquí no se trata de sexo, sino de procreación, por lo que para este fin todo está permitido, todo está a favor de la naturaleza y no hay pecado ni herejía.

En esa lógica, el peor acto, porque niega la reproducción, sería la sodomía. El castigo que merecen “los sorprendidos en flagrante acto” antinatural consiste en “llevar durante dos días los zapatos atados al cuello, en señal de que han invertido el orden natural de las cosas” y han puesto un pie en la cabeza. Ahora bien, si el sodomita reincide, “el castigo irá aumentando y puede llegar hasta la pena de muerte”. También será condenada a la pena máxima “la mujer que emplease afeites para ser más bella, usase tacones altos para parecer más altos o vestidos largos para ocultar unas piernas mal formadas”.

En la Ciudad del Sol no existe la gota, ni catarros, cólico, inflamaciones o flatulencias “pues tales enfermedades proceden de la intemperancia y de la inactividad y todos pueden evitarse con la sobriedad y el ejercicio”. Tampoco puede arraigar entre sus habitantes la sífilis porque lavan sus cuerpos con vino y se ungen con aceites aromáticos; la tisis es raras y tampoco sufren el asma que “es causada por la gordura”.

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La sociedad que describe Campanella está organizada en una teocracia igualitaria gobernada por sacerdotes y practica la autocrítica en todos los niveles. “Mediante la confesión en voz baja, la ciudad entera declara sus culpas a los magistrados” y luego éstos confiesan “sus propias faltas a los tres príncipes supremos, y también las ajenas”, y finalmente, los triunviros confiesan sus propios pecados y los ajenos a Hoh (el Metafísico), que a su vez confiesa desde lo alto del altar y ante Dios “todos los pecados de la Ciudad”.

Pero lo verdaderamente diferente de la utopía de Tomasso Campanella es su defensa de la astrología. Gracias a su habilidad haciendo horóscopos, el papa Urbano VIII medió a su favor y logró que saliera de la cárcel, en 1627, tras lo cual le convirtió en su astrólogo personal. Seis años después huyó a Francia por temor a ser encarcelado de nuevo y allí fue consejero de Richelieu para las cuestiones de Italia y estuvo bajo la protección del monarca Luis XIII hasta su muerte en 1639. Uno de los últimos horóscopos que realizó fue el del futuro rey Luis XIV, el Rey Sol.

Tres años antes de escribir el primer borrador de La ciudad del Sol, había sido condenado a cadena perpetua por organizar un levantamiento con el fin de liberar a Italia del yugo español. Permaneció encarcelado en el Castillo de Nápoles durante veintisiete años y la causa de su huida a Francia tuvo que ver con que una nueva rebelión contra los españoles contó con organizadores afines al monje italiano.

Campanella ya había tenido problemas antes de la rebelión antiespañola, pero se habían circunscrito a cuestiones teológicas en el seno de la propia orden de los dominicos a la que pertenecía. En 1589 marchó a Nápoles, junto con un rabino judío que lo introdujo en el círculo de Giambattista della Porta, un pensador situado entre la ciencia y la magia, que tan pronto buscaba la piedra filosofal como la experimentación con lentes y la invención de la cámara oscura. Su obra De la magia natural, publicada un año antes de la visita de Campanella, le dio fama y también puso a la Inquisición en alerta por su supuesta tendencia a la brujería.

También Campanella estuvo bajo sospecha de demonismo y herejía y fue procesado por orden del Santo Oficio en 1592. Estuvo un tiempo encarcelado en la Torre Nona, en Roma y luego se retiró a la vida apacible en el pequeño convento de Santa Maria de Gesu, donde al parecer planeó la conjura contra los españoles que le llevó a prisión.

En de La Ciudad del Sol dedica un largo capítulo a defender la influencia de los astros en el comportamiento humano y en el conocimiento de las cosas pasadas y por venir. La invención de la imprenta, de la pólvora y de la brújula se produjo “mientras tenían lugar grandes conjunciones en el triángulo de Cáncer y en el momento en que el ábside de Mercurio adelantaba a Escorpio, bajo la influencia de la Luna y de Marte”. Respecto al futuro, surgirán señales en el Sol, en la Luna y en las estrellas cuando llegue el fin del mundo y, gracias al estudio de los astros, en Taprobana nadie se verá sorprendido por el Apocalipsis.

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Las estrellas -dice- son únicamente signos de las cosas sobrenaturales y causas universales de las naturales” y el Sumo Pontífice permite la aplicación de la astrología en la medicina, la agricultura y la náutica; lo que prohíbe no son las conjeturas, sino el pronóstico a base de conjeturas.

Magia y ciencia fueron durante mucho tiempo indistinguibles. Campanella distingue tres tipos de magia: la divina, que Dios concede a los profetas y a los santos; la demoníaca y la magia natural, en la que se engloban todas las ciencias y las artes y que consiste en el conocimiento de las cosas para producir efectos “maravillosos e insólitos”.

La La acción mágica más grande del hombre consiste en dar leyes a los hombres”, dice Campanella y, siguiendo esta premisa, propone a los reyes de España y de Francia, reformas que logren la paz y el buen orden en el mundo y redacta una Ciudad del Sol que pretende igualitaria, justa y feliz.

La Utopía de Tomás Moro, el paraíso de un antisistema

“Voy a decirte lo que siento. Creo que donde hay propiedad privada y donde todo se mide por el dinero, difícilmente se logrará que la cosa pública se administre con justicia y se viva con prosperidad”

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Fue Tomás Moro quien acuñó el neologismo utopía‘, que puede traducirse como el ‘no lugar’ o el ‘buen lugar’ (eu). Si unimos los dos significados tenemos ‘el lugar estupendo que no existe’ y al que podemos atribuir características que hagan de él una república ideal. En Nova Insula Utopia, Moro describió un Estado de ficción, que era bueno y que no existía, localizado en una isla rodeada de montañas y cuya entrada sólo conocían los naturales del lugar.

Lo más llamativo de esta obra es su aparición en 1516, un año antes de que Lutero diera a conocer sus ‘Noventa y cinco tesis’ en Wittemberg, cuando el poder espiritual y temporal de la Iglesia Católica estaba en su apogeo y sólo había siervos, súbditos o vasallos, ya fueran del Rey, del Papa o de los grandes señores feudales, de los arzobispados, las abadías o los conventos.

Frente al clericalismo rampante, Tomás Moro defiende un Estado guiado por el derecho natural y, frente a los privilegios de la clase alta, preconiza la igualdad de todos los ciudadanos. Predica la libertad de pensamiento y la tolerancia religiosa frente a la imposición de una religión única, aunque excluye totalmente a los ateos, que son apartados de las funciones públicas porque en Utopía, lo único que se tiene por ilícito es afirmar que las almas mueren con los cuerpos o que el mundo viene gobernado por el azar sin intervención alguna de la providencia divina.

Existen jerarquías en la familia, por sexo y por edad, y también castigos y esclavitud. Son aún conceptos medievales que perdurarán varios siglos y por lo tanto son disculpables, sobre todo porque derivan en algo desconcertante por su modernidad. Así vemos que los esclavos son aquellos delincuentes incorregibles, cuya labor es realizar tareas serviles y crueles, como “degollar, cortar y desollar a los animales”, por considerar que estas prácticas “inducen a los hombres a la fiereza, a la crueldad y a la inhumanidad”. Por la misma razón, la caza está absolutamente prohibida y se reserva a los esclavos, por ser un “menester propio de carniceros”.

También se ha establecido la eutanasia en este Estado ideal porque, cuando la vida se convierte en un tormento lo mejor es alejarse de tan miserable estado, ya sea quitándose la vida o pidiendo que se la quiten a uno. Ni los sacerdotes ni los magistrados lo impedirán, una vez informados.

Pero sobre todo, la denuncia que recorre todo este librito va contra los poderosos, los que se hacen llamar nobles, los que viven en el lujo a costa de la miseria de la mayoría. Frente a ese estado de cosas tan lamentable se alza un valor por encima de todo lo demás: la igualdad.

Primero nos cuenta Moro que, en Utopía, las cargas del trabajo se reparten equitativamente, ya que nadie podrá pasar más de dos años llevando la dura vida del labrador; cumplido el plazo, pasa a desempeñar un oficio en la ciudad y otro trabajador vendrá a sustituirlo, a no ser “que se complazca en la agricultura”. Los instrumentos de labranza son comunales y en la ciudad tampoco las gentes poseen nada en particular: todo es de todos. No hay ningún pobre, porque nadie posee nada en particular, siendo todos ricos en común.

Y, atención: todos los hombres y las mujeres deben tener una actividad laboral, que les ocupará seis horas cada día, tres por la mañana y tres por la tarde. Y que nadie se llame a engaño, dice tajantemente Moro, porque “con ese tiempo, no solamente basta sino que sobra para obtener en abundancia las cosas necesarias para la vida y aún las superfluas”. Y para demostrarlo, nos recuerda que en las naciones europeas las mujeres no trabajan, tampoco sacerdotes y monjes, a los que se unen los ricos y los herederos, que nada producen; los espadachines y los truhanes y también los mendigos, todos improductivos. Y, entre los que trabajan, hay muchos que se ocupan en cosas innecesarias, que sólo sirven “al antojo y al exceso”.

La edición española de 1638, reeditada en los años sesenta del pasado siglo, cuenta con un prólogo de Francisco de Quevedo y Villegas. Comienza diciendo de Moro que su ingenio era admirable, su vida ejemplar y su muerte gloriosa y del libro señala que “es corto, más para atenderle como merece ninguna vida será larga”. Quevedo lanza su dardo contra el enemigo de España y dice que Moro escribió su Utopía contra “la tiranía de Inglaterra” y que por eso la hizo isla.

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Pero no es del todo cierta esta hipótesis. No va contra la tiranía de Inglaterra, sino contra la tiranía de los poderosos, de los intocables, de los ricos en todas las naciones conocidas. Los últimos párrafos muestran qué es lo que impulsa a Tomás Moro a describir esta isla ideal. Se pregunta “cómo puede justificarse que un usurero u otro cualquiera que no se ocupa en trabajo alguno y que toda su acción es poco necesaria a la República, pueda adquirir, a base de tal ociosidad, el vivir con esplendor y regalo” mientras que un trabajador tenga que fatigarse día y noche para “granjearse escasamente su alimento” y pasar hambre hasta llegar a una vejez mísera por falta de sustento “¿Cómo puede justificarse la injusticia de una República que desperdicia grandes caudales en los que llama nobles, en los artífices de cosas vanas, en los bufones y en los inventores de deleites superfluos?”

¿Y qué diremos de los ricos que se quedan con el salario de los trabajadores, no solamente con violencia y engaño, sino con el pretexto de las leyes?” Unas leyes inventadas por los poderosos, “adornadas con los colores de la nación” y unos “hombres perversos de codicia insaciable que se reparten entre sí los bienes que debían destinarse a la necesidad de todos”.

La riqueza se levanta como una diosa”, en un mundo de miserables gracias a los cuales los poderosos mandan y triunfan y esa masa de desheredados hacen que resplandezca de manera que los ricos “sigan haciendo alarde de su poder y su ostentación, aumentando más la necesidad y la miseria”.

En el mes de julio del año 2017, más de quinientos años después de la publicación de Utopía, sería justo señalar que la riqueza de unos pocos se levanta más que nunca, que es una diosa, a la que se ofrecen los sufrimientos de los desafortunados, de los débiles y de los desheredados. Si Tomás Moro volviera a publicar su Utopía, le considerarían un ‘comunista’, lo que en opinión de los ‘pensadores correctos’ tan afectos al sistema que en lugar de enseñar, engañan, es un crimen de lesa humanidad.

El kotow, la guerra del opio y la opinión de Napoleón — Historias emergentes

El año de 1816, aquel en el que no hubo verano y en el que nacieron los modernos monstruos -el de Frankenstein de Mary Shelley y el vampiro de Polidori- fue el mismo en el que fracasó la segunda y última embajada pacífica de los británicos a China, incidente del que surgió una nueva […]

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Espejismos y leyendas: las islas imaginarias

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Durante muchos siglos, el Atlántico fue un océano desconocido y con mala fama. Los viajeros árabes lo llamaban ‘el mar tenebroso’ y preferían dirigir su vista y sus pasos hacia el este. Sin embargo, el mar del oeste tan denostado rebosaba de islas legendarias que atraían a los espíritus aventureros. Ya en los mapas catalanes y genoveses del siglo XIV aparecen las islas de Madeira y las Azores, pero también islas que nunca se identificaron porque sólo existieron en la imaginación de las gentes. Eran islas de fantasía, tan inexistentes como los viajes que llevaban a ellas, sólo pretendían satisfacer el deseo de lo maravilloso de los hombres y mujeres del Medievo.

La isla de Brasil

Algunas eran islas flotantes, como la del Brasil, que aparecía un solo día cada siete años entre la niebla de las costas irlandesas. Los primeros relatos sobre este hecho extraordinario datan del siglo XI y la primera vez que la isla aparece en un mapa lo hace en el de un cartógrafo mallorquín en 1325 y frente a Irlanda.

Se organizaron varias expediciones en su búsqueda, la más importante en 1498: el navegante italiano John Cabot, financiado por el rey Enrique VII, inició un viaje del que no volvió y en el que se perdieron trescientos hombres y cinco barcos.

Las leyendas irlandesas cuentan, dos siglos más tarde, que el capitán John Nisbet pudo visitar, tras levantarse una espesa bruma, la isla de Brasil. Se dirigía desde Francia a Irlanda, es decir, que por allí cerca estaba, posiblemente como se venía diciendo, frente a las costas irlandesas. Nisbet contó luego que estaba habitada por negros y grandes conejos propiedad de un mago y que todos vivían en un castillo de piedra; otros dicen que encontró a un grupo de ancianos a los que Nisbet logró liberar del hechizo que les tenía encadenados.

La isla fue incluida hasta el siglo XVIII por los cartógrafos Gerardus Mercator y Abraham Ortelius, pero nunca se dio con ella y con el tiempo desapareció de los mapas. En las coordenadas geográficas donde debería estar, a doscientos metros de profundidad, existe un banco de arena llamado Porcurpine y que forma parte de la zona de pesca coloquialmente conocida por los buques pesqueros españoles como el Gran Sol.

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Antilla

Dice la leyenda que muchos visigodos que escaparon de los árabes cuando conquistaron la península en el siglo VIII, llegaron a la gran isla de Antilia o Antilla, en la que se ubicaron las siete ciudades de Cíbola. A mediados del siglo XVI, los españoles aún creían poder encontrar en el norte del recién descubierto México los rastros que los conducirían a las siete famosas ciudades fundadas por siete obispos más de quinientos años antes. También se dice que el rey Rodrigo huyó tras la ocupación musulmana para refugiarse en la isla de San Brandán, de la que daremos cuenta a continuación.

San Brandán

De todas las islas fantásticas del Atlántico destaca la de San Brandán, cuya leyenda recogida en la Navigatio Sancti Brandani, crónica compuesta entre los siglos X y XI, y que tuvo una gran influencia en el imaginario medieval, cuenta la historia del abad de Clonfert, que en el siglo VI y, en compañía de catorce monjes también irlandeses, inició un largo viaje en una pequeña embarcación, un fragilísimo curragh (un barquichuelo con armazón de madera recubierto con finas capas de piel), en el que llegaron incluso a América.

San Brandán y sus marineros vagaron durante siete años por el oceáno, durante los cuales se enfrentaron a terribles monstruos marinos y catalogaron numerosas islas -la de los Pájaros, la del Infierno, un peñasco aquí, un islote allá. En uno de ellos fondearon y cuando encendieron el fuego para cocinar tras la celebración de la misa de Pascua, se dieron cuenta de que estaban sobre un pez gigante, la ballena Jasconius que, más adelante, conducirá a Brandán hasta las proximidades del Paraíso Terrenal, al que llega tras atravesar un mar oculto por densas nieblas que impide el retorno a quienes no van en nombre de Dios.

Esta isla, conocida como la Isla de San Brandán o de los Bienaventurados, aparece y desaparece, ocultándose de quienes la buscan. Y, sin embargo, a lo largo de la historia se le ha puesto contorno y se la ha situado en los mapas. Algunos creen que está cerca de las Canarias, donde ha perdurado la tradición de una octava isla, habitualmente invisible excepto en determinadas condiciones meteorológicas, a la que se ha llamado San Borondón. También argumentan quienes esto creen que el geógrafo Ptolomeo incluyó en este archipiélago una isla a la que llamó Aprositus, que literalmente significa “inaccesible” y que no es otra que la del monje irlandés.

La isla de los Bienaventurados aparece en el mapamundi de Ebstorf (1235), en el que se cuenta gráficamente el viaje de san Brandán a estas islas africanas. También en un mapa de Toscanelli realizado para el rey de Portugal. Su ubicación varía: desde Irlanda a las Canarias y de Terranova al ecuador. En el primer globo terráqueo, el de Martin Behaim, en el que no se dibuja todavía América porque data de 1492, se incluye en las cercanías del ecuador, se la denomina insula Perdita y cuenta en una leyenda que San Brandán desembarcó allí allí en el año 565.

A partir del mapamundi del pirata turco Piri Reis, de 1513, San Borondón se desplaza hacia el norte en los mapas y se coloca cerca de Terranova. Eso ocurre hasta el siglo XVIII, en el que deja de considerarse real y desaparece de los mapas.

Las islas del Pacífico

En el siglo XVIII entra en escena con inusitada fuerza el viaje por el otro gran océano, que en cierta manera desbanca al Atlántico. Y de nuevo surgen infinidad de islas irreales, tantas que un siglo más tarde, el Pacífico llegó a tener más de cien que, sin embargo, figuraban en los mapas. El capitán británico sir Frederick Evans fue a visitarlas una por una y suprimió 123 de las Cartas de Navegación del Almirantazgo por falta de existencia.

Los espejismos provocados por las distorsiones lumínicas, lo que poéticamente se denomina ‘Fata Morgana’ y que proviene del hada Morgana, hermanastra del rey Arturo, y su capacidad de cambiar de forma a voluntad, fueron probablemente el origen de algunas confusiones, como la que ocurrió con el supuesto avistamiento de la isla Esmeralda en 1821 por el capitán William Elliot cerca de la Antártida.

Siete años más tarde, el capitán del buque Nimrod, John King Davis, aseguró haber visto la isla Esmeralda alrededor del cabo de Hornos e informó también de otras supuestas islas, a las que se llamó las Nimrod, que nunca más fueron vistas en las sucesivas expediciones que llegaron a estos lugares y que sólo pudieron constatar mares vacíos. En 1940 se declararon oficialmente inexistentes y producto de espejismos comunes en las regiones polares.

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La isla de Taprobane en las Fuentes del Paraíso, de Arthur C. Clarke

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El Pico de Adán, Ceilán

Entre el paraíso y Taprobane hay cuarenta leguas y desde allí puede oírse el sonido de las fuentes del Paraíso”. Los pobladores de la isla le contaron al fraile Juan de Marignolli, cuando en 1338 se dirigía a la Corte del Gran Kan de China enviado por el Papa Benedicto XII, que estaban tan cerca del Edén que se podía oír el ruido del agua de las fuentes en su caída. El franciscano recogió este relato al hablar del Génesis en sus Crónicas de Bohemia; en ese fragmento sobre su viaje, asegura que fectivamente así era, que el Paraíso estaba muy cerca de estos lugares y aduce como prueba que en la isla crecían maravillosos árboles frutales, a la que se añadía la auténtica huella que dejó Adán en la cima del Pico que lleva su nombre.

Arthur C. Clarke, que vivió y murió en la isla de Ceilán o Taprobane o Serendib y que actualmente lleva el nombre de Sri Lanka, sitúa en ella su novela ‘Las Fuentes del Paraíso’, haciéndose eco de la tradición que le fue relatada a Marignolli. También recoge la leyenda del rey que asesinó a su padre y posteriormente fue derrotado por su hermano, al que había usurpado el trono, aunque le da el nombre de Kalidasa y no el real, Kasyapa.

fuentes

Sri Kanda, la Montaña Sagrada, donde Kalidasa construyó un palacio aéreo hace dos mil años es el emplazamiento más adecuado de toda la Tierra para situar la estación de anclaje del satélite que permitirá, mediante vías de hiperfilamento, el recorrido de un ascensor espacial que, impulsado por electricidad barata, reemplazará a los costosos y atronadores cohetes que, a partir de ese momento será utilizados exclusivamente para el transporte en el espacio profundo. Vannevar Morgan, un ingeniero de prestigio obsesionado por la idea de unir las estrellas mediante un sistema de ascensores y torres orbitales, pretende convencer a los monjes para que acepten que en su montaña se instale “una escalera hasta el cielo, un puente hacia las estrellas”.

En realidad no hay ningún choque entre tradición y modernidad, entre religión e ingeniería, ni siquiera entre pasado y futuro. Clarke nos viene a decir que Vannevar Morgan y Kalidasa, un visionario en su época, son muy parecidos en sus ambiciones: el monarca concibe su propio Paraíso y pretende construir el Cielo en la cumbre, pero la guerra se lo impedirá, y el ingeniero prosigue su obra abriendo una ventana a las estrellas. Será precisamente la profecía de las mariposas doradas, que no son más que las almas de los guerreros del rey destronado, las que al alcanzar el templo, el Vihara, den por concluido el contencioso entre los monjes y la Corporación de Astroingeniería y comience la construcción de la Torre Orbital.

En uno de los diálogos se establece una comparación con la Torre de Babel, “un proyecto de ingeniería estelar” que no llegó a realizarse como castigo de Dios a la soberbia de los hombres. Teniendo en cuenta el ateísmo declarado del autor, habría que entender el éxito de la Torre Orbital como un poético ajuste de cuentas.

En el epílogo, Arthur C. Clarke da explicaciones sobre los cambios que ha realizado en la geografía de Ceilán para acomodarla a su Taprabane del futuro, como el traslado de la isla ochocientos kilómetros al sur para situarla justo en el Ecuador, donde estaba hace veinte millones de años, y la duplicación de la altura de Sri Prada, una sorprendente montaña cónica, sagrada para budistas, musulmanes, hindúes y cristianos, en cuya cima se yergue un pequeño templo y al que todos los años, desde hace siglos, acuden miles de peregrinos que ascienden con dificultades los 2.240 metros escalonados.

En la cima se puede contemplar un espectáculo de gran belleza: “La sombra del Pico al alba forma un cono perfectamente simétrico, visible sólo durante breves minutos a la salida del sol, que se extiende casi hasta el horizonte sobre las nubes, más bajas”. Como es notorio, ‘Las Fuentes del Paraíso’ es un emotivo homenaje a Sri Lanka, del que Clarke fue ciudadano desde 1956, compartiendo nacionalidad británica y cingalesa, y donde murió, en 2008.

Respecto al ascensor espacial, Clarke revela que el concepto apareció en Occidente en un número de Science en 1996, aunque seis años antes la idea fue desarrollada por un ingeniero de Leningrado, Y.N. Artusanov, que planteaba la posibilidad de un “funicular celeste” que uniría la Tiera con un satélite fijo mediante cables, a través de los cuales circularía un ascensor de transporte de carga y pasajeros que operaría sin propulsión de cohetería. Y además, sería más barato. Una de las frases famosas de Clarke es que, en el futuro, un viaje de ida y vuelta al espacio costará nueve euros.

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Arthur C. Clarke

En sus obras -más de ochenta libros y numerosos artículos- describe a menudo avances tecnológicos que podrían llevarse a cabo y uno de ellos sería el del “ascensor espacial”, cuyos detalles técnicos explicó en un artículo en 1981, titulado ‘El ascensor espacial: ¿experimento intelectual o clave del universo?’ Precisamente, una de las tres leyes formuladas por Clarke dice que la única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse hacia lo imposible.

Algunos críticos reprochan a Clarke su vertiente hard, el excesivo cientifismo de sus novelas, de naturaleza fría y deshumanizada, que intenta paliar con referencias a la historia, aunque también aquí resulta bastante profesoral. No en vano, Arthur Charles Clarke, nacido en el Reino Unido en 1917, participó durante la II Guerra Mundial en el desarrollo de la nueva tecnología de radar; se licenció en física y matemáticas en el King’s College de Londres y en 1945 escribió el famoso artículo en el cual predijo que un día las comunicaciones de todo el mundo se realizarían a través de una red de satélites geoestacionarios situados a intervalos fijos alrededor del ecuador terrestre.

Veinte años más tarde, en 1964, la NASA lanzó el primer satélite geoestacionario, el Syncom 3, que retransmitió imágenes de los Juegos Olímpicos de 1964 desde Tokio a Estados Unidos, la primera transmisión de televisión a través del Pacífico. En 1954, Clarke también propuso utilizar satélites para la meteorología y actualmente no se conciben las previsiones sin ellos. Del ‘ascensor espacial’ existen proyectos en desarrollo en Estados Unidos, Europa y Japón a partir de un cable que estaría formado por millones de hebras de carbono y que, partiendo de un punto del ecuador, ascendería hacia una estación espacial.

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Artur C. Clarke, Fuentes del paraíso, Editorial Bruguera 1983 (la primera edición original es de 1979)

La sepultura de Adán en Ceilán, según leyendas recogidas por Umberto Eco

Eco

Según una opinión muy divulgada y que sigue viva todavía en Oriente, Adán y Eva vivieron los años de su exilio, tras la expulsión del Paraíso, en la isla de Taprobana, Serendib o Ceilán, y allí, en lo alto de un monte fueron enterrados juntos para toda la eternidad.

Se trata de una creencia budista transformada por los musulmanes; la leyenda más antigua cuenta que Buda pasó algún tiempo en un monte de la isla de Ceilán, llamado Langka por los brahmanes del continente, dedicándose a la vida contemplativa; después, se elevó a los cielos y en la roca dejó la huella de su pie, visible todavía. Los musulmanes, utilizando un procedimiento muy frecuente en esta clase de relatos, atribuyeron a Adán lo que se contaba de Buda y las dos tradiciones pervivieron una junto a otra.

De la sepultura de Adán en la cima de un alto monte de Ceilán, al que no se puede subir si no es con ayuda de cadenas, habla Marco Polo en la relación de sus viajes, y cuenta que los idólatras, es decir los budistas, van en peregrinación como en Galicia van a Santiago, que los sarracenos dicen que allí permanece la escudilla, los dientes y los cabellos de Adán, pero que esto no es cierto porque la Santa Iglesia dice que los restos están en otro lugar del mundo. El Gran Kan envió en 1284 una gran embajada al rey de ‘Seilán’ porque “convenía que él tuviera” esas cosas que pertenecieron a Adán y se “empeñaron tanto, que obtuvieron dos dientes molares, unos pocos cabellos y la escudilla, de pórfido verde”, reliquias que recibió el Gran Kan con “gran alegría, fiesta y reverencia”. La escudilla, concluye Marco Polo, es verdaderamente milagrosa porque cualquier alimento que en ella se deposite, aunque sea una cantidad ínfima, es suficiente para alimentar a cinco hombres.

Los árabes llamaron a este monte Rahud y el primer escritor que mencionó la leyenda parece que fue Al-Idrisi, que escribió su tratado geográfico en la corte de Roger II de Sicilia, en 1154. Sobre esta leyenda, cuenta que Adán, en su exilio, cayó en la isla de Serendib y que allí murió, tras haber realizado un peregrinaje al lugar donde luego surgiría La Meca; queda la prueba en la cima del monte Rahud, donde se encuentra la huella de su pie, de una longitud de setenta codos. Desde este punto y dando un solo paso, el primer hombre llegó hasta el mar, que dista dos o tres jornadas.

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Pico de Adán y senderos de los peregrinos con un templo budista en la cima

La leyenda pasó a los cristianos y el monte de Ceilán, llamado luego por los portugueses ‘Pico de Adán’, se hizo muy popular y fueron añadiéndose detalles, como que en la cumbre hay un lago formado con las lágrimas que Adán y Eva derramaron por la muerte de Abel. También persiste la huella del pie que, según Giovanni de Marignolli, se formó cuando un ángel depositó a Adán sobre dicho monte. A cuatro jornadas del ‘Pico de Adán’, fue transportada Eva y los dos pecadores permanecieron separados durante cuarenta días, hasta que volvieron a reunirse, también por voluntad del Señor.

Y allí murieron o, al menos allí quedó enterrado Adán, aunque otra leyenda asegura que en la ladera de un monte en el Valle de Hebrón se halla la cueva donde la primera pareja lloró durante cien años la muerte de Abel; todavía pueden verse los lechos donde durmieron y la fuente cuyas aguas bebieron. Dicen.

La isla de los mil nombres, de la serendipia y la que no existe

Además de esta leyenda sobre la tumba de Adán, que perduró entre cristianos y musulmanes durante siglos, la isla de Ceilán tiene una característica fascinante: es la isla de los mil nombres, la isla de la serendipia o casualidad y también, la isla que no existe.

Hace muchísimo tiempo, la isla de Sri Lanka recibió el nombre de Tambapanni, que era en sánscrito el nombre de la playa de color cobre en la que desembarcaron sus primeros pobladores o, al menos, aquellos que le dieron su primer nombre y que pertenecían a la corte del príncipe indio Vijaya.

Para Occidente, el nombre se transformó en Taprobane, más fácil de pronunciar en labios de los romanos de la época del emperador Claudio que fueron empujados por los vientos a esta isla, muy alejada de su ruta, aunque otros textos -como los del historiador romano Plinio- señalan que ese nombre ya fue utilizado por Megástenes, geógrafo que acompañó a Alejandro en sus viajes de conquista. Ptolomeo la consignó como Taprobana en su mapa del mundo, en el siglo II, y en él se identifica con la actual Sri Lanka. También Isidoro de Sevilla la situaba al sur de la India y de ella señala que es rica en piedras preciosas.

Los comerciantes árabes tenían otro nombre para la isla: la llamaban la “isla de las joyas”, Serendib, que también es una corrupción del sánscrito Sinhaladvipa. Y el escritor británico del siglo XVIII Horace Walpole popularizó este nombre en su cuento sobre “Los tres príncipes de Serendib”, lo que dio lugar a la acuñación de un nuevo término en inglés, ‘serendipity’, que significa “descubrimiento por accidente, por azar”.

Los portugueses llamaron Celao a esta misma isla, un término que provenía del chino Si-lan y que fue evolucionando hasta Ceilán. En 1972 adoptó el nombre de Sri Lanka, que significa “tierra resplandeciente” y también “isla sagrada”.

El problema es que durante mucho tiempo se creyó que Taprobana y Ceilán eran dos islas distintas, como le sucedió al viajero medieval John AMandeville. Incluso llegó a identificársela con Sumatra, como ocurrió con Niccolò de Conti en el siglo XV. Tanta confusión suscitó su localización -señala Umberto Eco- que poco a poco Taprobana se convirtió en la isla que no existe y como tal la trata Tomás Moro, que situa su Utopía “entre Ceilán y América” y Campanella, que levantará en ella su Ciudad del Sol.

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Polonnaruwa, siglo XII, en Sri Lanka

Bibliografía

– Umberto Eco, Historia de las tierras y los lugares legendarios, Lumen 2013

– Marco Polo, Libro de las maravillas, Anaya, Edición de 1983