“El viaje nupcial”, el cumplimiento de una promesa, de Ismael Kadaré

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Una antigua leyenda cuenta que Doruntina, hija única de una familia de doce hermanos varones, fue pretendida por un hombre que vivía en un lugar muy lejano. La madre, disconforme con esta separación, consintió a cambio de la promesa del hijo más joven, Kostandin, de que iría a buscarla cuando ella la necesitara, fuera por boda o por duelo. Aceptó la madre y casóse la hija, que marchó a tan remoto lugar. Sobrevino un crudo invierno y se desató una terrible guerra; todos los hermanos murieron y la anciana se quedó sola.

La tumba de Kostandin permanecía empapada y cubierta de barro, despreciada por la madre por haber violado la promesa de honor, la ‘besa’. Un día, como de costumbre, al visitar las doce tumbas de sus hijos, dejó un cirio encendido sobre once de ellas, pero en la del más pequeño dejó dos. Tras encenderlos, le maldijo: “¿Qué fue de la promesa que me hiciste de traer a mi hija, ya fuera por boda o por duelo? ¡Que no te acoja la tierra por no haber cumplido lo que prometiste!

Cuando se hizo de noche y la luna iluminó el cementerio, se alzó la lápida y surgió, pálido y con la cabellera cubierta de barro, el muerto. Cabalgó hacia el lejano país donde vivía su hermana, la encontró en una fiesta y la subió a lomos del caballo para llevarla junto a la madre.

¿Por qué estás tan pálido, hermano mío, por qué tienes barro en el cabello?” Y él respondía: “Será el cansancio y el polvo del camino”. Y así viajaron a la grupa del caballo, el muerto con la viva, hasta llegar al pueblo de la madre. Descabalgó Kostandin y le dijo a la hermana: “Ve tú delante, yo tengo algo que hacer aquí”. Y empujando la puerta de hierro, entró en el cementerio para no volver a salir jamás.

En torno a esta antigua leyenda albanesa de Doruntina y Kostandin transcurre una primera novela de Ismail Kadaré, ‘El ocaso de los dioses de la estepa’, ambientada en el Instituto Gorki de Moscú, que en tiempos de la Unión Soviética acogía a estudiantes de literatura de todas las repúblicas socialistas y de países afines. Es justo entonces, en los años sesenta, cuando a Pasternak se le concede el Nobel de Literatura y se organiza una durísima campaña contra él, que al narrador, un estudiante albanés que no puede ser otro más que Kadaré, le recuerda el cuento ruso de la gigantesca cabeza que sopla en la estepa inflando sus carrillos para provocar tormentas de arena e impedir el paso a cualquiera, “mitologías de desmedrados dioses” de barro y de arena.

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En este mismo relato, el narrador cuenta una antigua costumbre que revela la gran pobreza de algunas comarcas montañosas de Albania, donde la única pertenencia era un trozo de tela que se enrollaba en la cabeza, a modo de turbante, y que no era más que la propia mortaja que los albaneses siempre llevaban consigo de manera que, si morían en medio del camino, cualquier desconocido pudiera darles sepultura.

Toda la obra de Kadaré está marcada por las leyendas, los mitos, las historias antiguas que son para los pueblos señas de identidad y formas de entender el mundo. Esta novela se publicó en 1978 y su versión definitiva data de veinte años después.

Más tarde, Kadaré escribió ‘El viaje nupcial’ publicada en 1979 como ‘Kush e solli Doruntinën (¿Quien trajo a Doruntina?), novela en la asistimos al momento mismo en que ocurren los hechos que dan lugar a la leyenda. Aumenta el número de detalles que dan verosimilitud al relato: hace ya tres años que murieron los hermanos Vranaj, cinco semanas después de que se hubieran celebrado los magníficos esponsales de la única hija de la casa, Doruntina, que marchó lejos, al país de su esposo. Un ejército normando atacó repentinamente el Principado y los hermanos marcharon a la guerra. Todos murieron, unos antes, en la batalla; los demás, uno tras otro, como consecuencia de las heridas y sobre todo por la peste que había traído consigo el ejército invasor.

La madre se queda sola; transcurren tres años sin noticias de Doruntina, pero una noche la hija llega a la casa y cuenta que la ha traído su hermano Kostandin, de cuya muerte nada sabía. Las dos mujeres, incapaces de aceptar lo ocurrido y presas de una angustiosa conmoción, mueren. Las gentes creen que Kostandin ha dejado su sepultura para cumplir la promesa que hizo a su madre; las plañideras lo repiten y la historia se reproduce de boca en boca por los pueblos.

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Todo esto ocurre en un momento de tensión entre la Iglesia de Roma y la de Constantinopla, después de que Príncipe de Arbería -nombre de la antigua Albania- se haya pasado al credo ortodoxo. No es oportuno -opina el arzobispo- que circule la abominable herejía de que hay otro resucitado que no es Jesucristo y se ponga en duda que sólo él resucitó de entre los muertos para cumplir su misión divina.

El Príncipe, presionado por el arzobispo, ordena al capitán Stres, responsable de la seguridad de la región, que busque al impostor que ha traído a Doruntina desde la lejana Bohemia. Para impedir los rumores, las murmuraciones, los lamentos de las plañideras y, sobre todo, para borrar de las mentes la creencia de que una promesa dada por un albanés obligue de tal manera que hasta los muertos se levanten de la tumba, hay que inventar una nueva trama, un engaño, una traición, cualquier historia que deje en paz a los muertos.

Stres consiguió de Doruntina que le contara, antes de morir, cómo transcurrió el viaje: ella sólo recordaba “cúmulos de estrellas cabalgando por el cielo” y un único e interminable trayecto nocturno. Stres visita el cementerio y observa que la tumba que alberga a Kostandin está removida. Y se lo imagina cabalgando a lomos de la negra lápida, en una vuelta de tuerca aún más pavorosa. Pero la razón de Estado se impone y aparece el supuesto impostor, que declara su culpa, aunque la duda persiste.

Ambas novelas, El ocaso de los dioses de la estepa’ y ‘El viaje nupcial’, giran en torno a la promesa que ha de cumplirse, la ‘besa’, que el estudiante albanés defiende ante sus compañeros del Instituto Gorki, como una institución jurídica popular no escrita pero sí inscrita en el alma de los albaneses. Tan ineludible es cumplir la promesa dada, que ni siquiera las fronteras de la muerte pueden contra ella. Lo contrario sería la ‘pabesa’, la ignominia de tiempos injustos y feroces, como los de Monastir, el lugar donde los turcos asesinaron a quinientos líderes albaneses, invitados a una fiesta para sellar un acuerdo de reconciliación, o la campaña oficial orquestada en la Unión Soviética contra la concesión del Premio Nobel de Literatura a Pasternak, un autor “reaccionario”.

Nota biográfica

Ismael Kadaré nació en 1936 en la ciudad albanesa de Gjirokastra, en el seno de una familia musulmana perteneciente a la secta de los bektashi, una escisión del islam muy tolerante, nacida en Turquía, y que practica el 20% de la población musulmana albanesa. El escritor no se considera religioso y muchas de sus obras muestran una gran dosis de amargura ante la ocupación otomana y contra las dictaduras, religiosas y políticas.

Su primera novela, El general del ejército muerto’ tuvo un gran éxito en el extranjero e incluso fue llevada al cine e interpretada por Mastroianni. Esa admiración universal hacia Kadaré fue motivo de orgullo para el país gobernado entonces por Enver Hoxha, que le protegió personalmente, a pesar de no ser un escritor afecto al régimen, aunque sí formó parte de instituciones comunistas (fue diputado y dirigió la Unión de Escritores). Permaneció en Albania hasta que en 1990, tras una transición caótica, se exilió a Francia. Recibió el premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2009 y es uno de los eternos candidatos al Nobel.

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“El Expreso de Oriente”, el tiempo irrecuperable, de G. Von Rezzori

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El presentimiento de la cercanía de la muerte más que la edad, sesenta y cinco años, le lleva a abandonar sus negocios, su casa en Nueva York, a su mujer y a sus amigos, para replantearse, como en una “novela barata” el sentido de la vida. Realiza un viaje alrededor del mundo para reflexionar sobre su existencia, o la existencia en general, y al final encontrarse consigo mismo. Como en la mala literatura, “se le habían abierto los ojos acerca de la indiferencia vergonzosa con que había aceptado vivir una existencia absurda” y por eso se había embarcado en un viaje más absurdo todavía, un viaje para revivir un tiempo irrecuperable.

Tras cuatro semanas de viaje por otros continentes, recala en Europa, su lugar de origen, donde empezó todo al menos para él y donde transcurrieron su niñez y su juventud. En el hotel de Venecia donde se hospeda recoge un folleto turístico sobre la inauguración del legendario Expreso de Simplón en el tramo de Londres a Venecia, con el nombre del antiguo Expreso de Oriente. El tren de lujo más famoso del mundo, que ofrecía un viaje de ensueño, el tren de monarcas coronados y sin coronar de los Balcanes, el de los aristócratas y los burgueses podridos de dinero y el de los aventureros.

Sus días de gloria transcurrieron en los años treinta, justo cuando el protagonista y narrador de esta historia era estudiante en Oxford y hacía el viaje entre Londres y su localidad natal, Braila, a orillas del Mar Negro, varias veces todos los años. Con la guerra y aún después, el tren fue perdiendo trayectos y su espíritu se fue desvaneciendo, pese a los intentos de reanimación, como éste, en los años ochenta, cuyo reclamo aparecía en el folleto del hotel veneciano. Nuestro pasajero, así le llamaremos a partir de ahora, decide embarcarse en esta nueva versión del Expreso de Oriente con la idea de resucitar el espíritu de una época desaparecida, que en su recuerdo era una época de fábula, posiblemente porque entonces era joven, no porque los años de entreguerras fueran los más felices de la historia.

Era una época de contrastes, de fanatismo y apatía, de expectación ante un futuro prometedor y la amenaza apocalíptica, a la que finalmente se cedió. Y el pasajero, en aquellos tiempos de desidia y de frenética actividad, se aferró a lo estético, al hedonismo, simulando un afectado cansancio de la vida y un afán de autodestrucción, propio de la juventud de esa época, que quedó en mera apariencia. Después se dedicó a los negocios y, aunque cierta conciencia de culpa asomaba de vez en cuando a la superficie, pudo continuar sin mayores sobresaltos una vida que, ahora, ante la obsesión de una fulminante desaparición, le parecía errada de raíz.

Alberga un sentimiento de culpa que va más allá de lo individual: de la materialización del mundo y de la impiedad de occidente. Se le revela un contraste inmenso entre la dignidad y la perfección del pasado y la fría barbarie de la civilización actual, que él llama americanismo. Y, por encima de toda esta técnica sin alma, el reconocimiento de que algo fundamental ha desaparecido del mundo: la creencia de que existe todavía un futuro mejor que el presente.

Pero el viaje desde Venecia a Calais en el “tren de ensueño” no le trae un recuerdo amable de aquel pasado que había sido la época de su juventud y cuyo estilo reciclado se había puesto de moda en el presente. Recuerda, por la noche, en la litera de su compartimiento, a la mujer del turbante de seda que lo había seducido cincuenta años atrás en el vagón restaurante del Expreso de Oriente de antaño y cómo le asaltó un auténtico terror ante el cuerpo semidesnudo de una mujer que, en aquel momento, le pareció “vieja como las Moiras y repulsiva” por su sexualidad desbocada y “sus besos caníbales”.

En los acolchados del Expreso de Oriente anidaban ya las chinches. Los privilegiados, los nobles, los estilos de vida exquisitos tocaban a su fin. Ya no viajaban príncipes auténticos en los vagones lujosos y sobre Europa se cernía una catástrofe inconmensurable y una pérdida irreparable: la inocencia, que todos y no sólo él, habían echado a perder.

Pero no es sólo la desaparición de una época, que tampoco fue tan gloriosa, lo que inquieta al pasajero, sino la pérdida de la juventud, la conciencia de que ya no puede volver a tener por delante todas las oportunidades y que posiblemente las haya desperdiciado. Ahora, pasados los sesenta, hace balance y concluye que su vida no ha tenido el sentido que él esperaba, aunque el sentido de una vida sea simplemente vivirla. Y ahora sabe también que nunca el tiempo pasado fue mejor.

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El Expreso de Oriente” no es una novela muy conocida de Gregor von Rezzori, pero en ella están presentes las inquietudes y la actitud ante la vida de este escritor de lengua alemana que siempre se ha sentido como un extranjero. Es una de sus últimas obras, publicada en 1986, y en ella se aprecia menos ironía, un pesimismo existencial y un mayor escepticismo ante el arte que en las anteriores. Siendo como es, un autor que mezcla biografía e imaginación, no podía dejar de traslucir, con más de setenta años, que la vejez conlleva un extrañamiento del propio cuerpo y, sobre todo, de los recuerdos y de la nostalgia. Von Rezzori nació en 1914 en la Bucovina, justo en la vigilia del fin de un mundo, el del imperio habsbúrgico; se convirtió en ciudadano rumano a los cuatro años y después, apátrida, siempre extranjero.

Elige el Expreso de Oriente como símbolo de una época, medio grotesca medio heroica, y su deriva a la inanidad. Recordemos que en 2009 (Rezzori ya no estaba entre los vivos) el Orient Express realizó su último viaje porque no podía competir con los vuelos baratos y los trenes de alta velocidad. No hay metáfora más lúcida para describir la angustia de Rezzori y su pesimismo ante lo que llama invasión americanista, mezcla de conocimiento técnico, vulgaridad cultural y prisas.

– Gregor von Rezzori, El Expreso de Oriente, Ediciones B, 1992.

Sumeria: las primeras ciudades — Historias emergentes

La civilización nació en Eridu, una ciudad situada en el extremo sur de Mesopotamia, aunque primero fue la agricultura, introducida lentamente entre el décimo y el séptimo milenio a.e.c. en una amplia franja de tierra en forma de media luna que recibe el nombre de Creciente Fértil y cuyos cuernos están constituidos por el Levante […]

a través de Sumeria: las primeras ciudades — Historias emergentes

Los dos viajes del Argos

Apolonio de rodas las argonáuticas

La leyenda cuenta cómo Jasón, hijo de Esón, partió con una tripulación de cincuenta héroes en una embarcación de cincuenta remos llamada Argos para hacerse con el vellocino de oro de la Cólquide, región situada en el extremo oriental del Mar Negro, y volvió navegando por los largos ríos de Europa, bordeando Italia y Libia hasta regresar a Yolcos, la tierra en que quería reinar, situada en la costa de Tesalia.

Se trata de una historia muy antigua que fue modificándose a lo largo de los siglos. Sobre una base de cuentos populares, en los que tradicionalmente existen madrastras sin sentimientos, crueles reyezuelos, princesas que han de ser salvadas, dragones que vigilan el tesoro y nunca duermen, compañeros de viaje leales y extraordinarios y héroes en busca de gloria, se crearon diferentes versiones de un mito surgido en la Edad del Bronce.

La narración de Apolonio de Rodas pertenece al siglo III a.e.c., quinientos años después de la composición escrita de la obra homérica, con elementos nuevos de los que carecen las historias más antiguas y un conocimiento menos extravagante de la geografía cercana: la Cólquide aparece en la epopeya helenística del director de la Biblioteca de Alejandría como una tierra real, reemplazando la región del nunca jamás cuyo nombre se desconoce, como destino de la búsqueda del vellocino. Era, simplemente, “el país de Eetes”, el nombre del tirano.

El Argo es la primera nave que tiene un nombre propio y el poder del habla porque Atenea la proveyó de un madero oracular en su proa, procedente del roble sagrado de Zeus en Dodona. Construida con madera del cercano monte Pelión en el puerto de Págasas, era el mayor barco que surcara los mares griegos y su prestigio era tal que el mismo Homero habla de ella en estos términos por boca de Circe: La surcadora del alto mar … la celebrada por todos en sus cantos”.

Jasón convocó a los principales héroes de toda Grecia para que le acompañaran en el viaje, remeros que fueron los padres de los otros héroes que intervinieron después en la guerra de Troya. Ulises los conoce, no hace falta que Circe se lo recuerde. Con ellos comienza la expedición por tierras de los tiempos prehoméricos que Apolonio de Rodas recupera a través de extensas lecturas que avalan su narración.

El viaje de ida de los argonautas sigue una ruta conocida y demostrable. Tras dejar el puerto de Yolco y bordear el cabo Sépia, costearon el norte de Tesalia y la Calcídica y pusieron proa al mar abierto, hacia la isla de Lemnos, en la que no vivía ningún hombre porque todos habían sido asesinados a manos de sus mujeres que, despreciadas y expulsadas de sus casas, malvivían mendigando porque ellos las habían sustituido en sus lechos y en sus afectos por cautivas de Tracia. Se rebelaron y mataron a todos los varones de Lemnos pero Hipsípila, su reina, propuso que los argonautas vivieran con ellas para protegerlas de los tracios o de otros invasores.

Los argonautas no se negaron y vivieron con ellas un año -Jasón tuvo dos hijos con Hipsípila- hasta que Heracles, que había permanecido en el barco, perdió la paciencia y les obligó a reemprender el viaje. Cruzaron el estrecho del Helesponto (allí donde cayó Heles cuando viajaba a lomos del carnero de oro y que hoy recibe el nombre de Dardanelos), que comunica el mar Egeo con el de Mármara. Hicieron una parada en la orilla asiática de la Propóntide (mar de Mármara) y disfrutaron de la hospitalidad del rey de los doliones, Cícico, episodio que acabó en tragedia por una confusión guerrera en una oscura noche en la que los argonautas confundieron a los anfitriones con los Hijos de la Tierra, gigantes de seis brazos que vivían en la montaña.

Argonautas viaje

Más allá de la orilla sur de la Propóntide, el Argos recaló en la tierra de los misios y es aquí donde el compañero inseparable de Heracles, Hilas, fue raptado por la ninfa de un manantial que quedó tan prendada de él que le arrastró al agua para retenerlo. Heracles y Polifemo fueron a buscarlo y aquí se acaba la intervención de ambos en las aventuras del vellocino porque el barco partió sin ellos. Nunca encontraron a Hilas y, desde entonces, las gentes de la región cumplen el juramento que hicieron a Heracles y todos los años, durante el festival, ofrecen sacrificios en el manantial de la desaparición y recorren las montañas gritando el nombre del amante de la ninfa y amigo del héroe sin esperanza de hallarle.

Antes de dejar la Propóntide, los argonautas visitaron la tierra de los bébrices, que vivían en la región de Calcedón, cerca de la entrada sur al Bósforo. Su dirigente, Amico, era una persona violenta y agresiva que obligaba a los extranjeros de paso a boxear contra él y los mataba en la pelea. Polideuces, uno de los Dioscuros, tripulante del Argos, era un experimentado púgil y en la lucha le destrozó el cráneo. Los bébrices, nada deportivos, se abalanzaron sobre los argonautas con garrotes y lanzas pero todos ellos fueron aniquilados.

Una tempestad llevó al Argos a la orilla europea del estrecho, donde residía el adivino Fineo, ciego y sumido en la inanición por la persecución de las Harpías, aves carroñeras con rostro de mujer que se lanzaban en picado sobre su comida y dejaban tras ellas un olor nauseabundo que le impedían ingerir los restos. Los alados hijos de Bóreas, que viajaban como tripulantes del barco, vencen a las Harpías, que regresan a su cubil en Creta, y a cambio Fineo les aconseja cómo sobrevivir a las Simplégades, dos inmensas rocas que se elevaban en el extremo norte del Bósforo y chocaban entre sí con tal violencia que aplastaban cualquier cosa que pillaran en medio. Los argonautas consiguen escabullirse por el hueco, gracias al adivino y, naturalmente, a la diosa Atenea que les protege.

Navegaron más allá del país de las amazonas y del de los cálibes, forjadores de hierro. Ante los argonautas se alzó la cordillera del Cáucaso y entraron en la desembocadura del río Fasis, que riega la Cólquide, en el extremo oriental del Mar Negro y que hoy recibe el nombre de Georgia. Es aquí donde tiene lugar el encuentro con Medea que, enamorada hasta la locura de Jasón le ayuda a robar el vellocino de oro que vigilan dos dragones. El problema está en la huida de la corte de Eetes porque la flota cólquida se empeña en cortarles el paso y no pueden regresar por donde han venido. Además, el adivino Fineo les aconsejó vivamente que no tomaran la misma ruta.

Argo reproduccion barco

El camino de regreso no tiene la precisión del viaje de ida. Existía una larga tradición que hacía volver a los argonautas por rutas fluviales de la Europa interior, en gran parte míticas, y por el Océano, entendido a la manera homérica, es decir, como un gran río que circundaba la tierra, una geografía totalmente fantasiosa. Los nuevos conocimientos trajeron nuevas soluciones, aunque no fueran las acertadas: rutas nórdicas por el río Don y por el Danubio con extravagantes conexiones entre el Danubio y el Adriático y entre el Po y el Ródano.

Según Apolonio de Rodas, después de dejar el río Fasis, los Argonautas navegaron hacia el oeste, pero la flota de los colcos se interpuso y se produjo el asesinato del hermano de Medea, Apsirto, mediante engaños. La madera parlante del Argos les avisó del enfado de Zeus y les aconsejó que purgaran sus delitos ante Circe, que habitaba una isla frente a la costa oeste de Italia. Para llegar a ella, subieron por un afluente lateral del Danubio, remontaron el Po (Erídano) y descendieron por el Ródano. Consiguieron llegar al Mediterráneo y recalaron en las Estoicades (al oeste de Toulon) y después en Aitalia (Elba) y, finalmente, se sometieron a los ritos de purificación en Eea, la isla de Circe, abuela de Medea.

Desde la visita a Circe, Jasón sigue un itinerario parecido al de Ulises y se enfrenta a peligros similares: las sirenas que arrastran con su canto a los marineros; la “escarpada peña” de Escila, la ruidosa violencia” de Caribdis, en el estrecho de Mesina; las Rocas Errantes (una modalidad diferente de las Simplégades); la visita a los feacios que ya tenían por rey a Alcínoo, el mismo que recibió a Ulises una generación más tarde, en la isla de Corcira (Corfú), y que apuesta por salvar a Medea de los colcos que aún persiguen al Argos.

Después de dejar la isla al séptimo día, los argonautas se dispusieron a entrar en el Peloponeso pero una violenta tempestad les llevó a embarrancar en la costa desierta de Libia. Levantaron el barco sobre sus hombros y lo cargaron durante doce días y doce noches hasta que llegaron al lago Tritónide. En el camino, vencieron a las serpientes venenosas que surgieron de la sangre que goteó de la cabeza de la Gorgona mientras Perseo sobrevolaba con ella el norte de África.

Llegaron por fin a mar abierto y prosiguieron la ruta hacia el este de la costa africana. Divisaron Creta, donde Talo, un enorme hombre de bronce que Hefesto había construido y regalado a Minos, vigilaba la isla corriendo por sus orillas tres veces al día y repelía a los visitantes arrojando rocas a sus barcos. Continuaron hacia el norte hacia las islas del Egeo; cruzaron los estrechos entre Eubea y la Grecia central y alcanzaron el puerto de Pagasas, en Yolcos. Habían regresado.

Si la Iliada recoge arcaicos temores de la época, entre 1.400 y 1.200 a.e.c, en que Cnossos fui destruida, así como Pilos y Yolcos, Micenas y Troya, la Odisea refleja el mundo de los supervivientes, que “vagan por la faz de la tierra como piratas o mendigos” tras las invasiones dorias, como señala Steiner, los argonautas pertenecerían a un momento anterior, en el que barcos micénicos comerciaban con lujosos productos, como alfarería y espadas, a cambio de pescado secado al sol del ubérrimo mar Negro, antes de que comenzara el sitio de Ilión. Los argonautas, en el comienzo de su viaje, tuvieron que navegar de noche para eludir la vigilancia del rey Laomedonte de Troya, que guardaba la entrada del Helesponto y no permitía a las naves griegas que cruzaran el estrecho y pudieran comerciar en su zona de influencia.

Cuando desaparecieron los reinos micénicos y en su lugar se formaron pequeñas ciudades estado, los barcos volvieron y hacia el siglo VIII a.e.c. los griegos de Jonia fundaron colonias costeras todo el litoral del mar Negro. Su principal negocio seguía siendo el pescado y después se amplió al comercio del trigo de los escitas que habitaban las estepas. En los tiempos homéricos, cuenta Estrabón en su ‘Geografía’, el mar no era navegable y se denominaba “Axenos”, es decir, inhóspito, a causa de su fuertes tormentas y la ferocidad de las tribus que habitaban sus costas, pero después, cuando los jonios fundaron ciudades en ellas, se denominó “Euxinos”, que significa bueno, hospitalario.

Roma heredó estas colonias y también la idea de que sus habitantes eran bárbaros, rudos y salvajes. Allí, en Tomis, donde se supone que murió Apsirto a manos de Jasón y Medea y fue destruida la flota cólquida, llegó como exiliado el poeta Ovidio, que cantó su desesperación y su soledad en lugares que, si no lo eran, se acercaban bastante a los confines de la tierra.

Lecturas

– Apolonio de Rodas, ‘Las Argonáuticas’, Edición y traducción de Máximo Brioso, Ediciones Cátedra, 1986

– Neal Ascherson, ‘El mar Negro’, Tusquets, 2001

– Robert Graves, ‘Los mitos griegos’, RBA, 2005

– George Steiner, ‘Homero y los eruditos’, 1962

– Robin Hard, ‘La gesta de los héroes’, La Esfera de los Libros, 2008

“El peregrino”, observación apasionada del vuelo del halcón

Halcon libro
J.A.Baker, “El peregrino”

Ave viajera y cosmopolita, la más veloz y letal de las rapaces, fue durante diez años la obsesión de J.A. Baker, un habitante del condado de Essex (Inglaterra), aficionado a la observación de los pájaros y fascinado por la potencia y la gracia del vuelo del halcón. Un día de diciembre vio su primer peregrino en el estuario. De su presencia le avisaron correlimos, que echaron a volar, pinzones que huían espantados y zorzales que gritaban su alarma y, durante diez inviernos anduvo buscando “esa brillantez efusiva, la pasión y la violencia súbitas que los peregrinos arrebatan al cielo”.

Diez años en busca del grial condensados en uno solo constituyen la materia del libro, en el que registra en forma de diario las observaciones realizadas en el periodo de migración de la especie, que va de octubre a abril. Publicado en 1967, cuando el peregrino se había convertido en una especie en peligro de extinción debido a los pesticidas y a la ausencia de presas, castigadas por la caza del hombre, es además de un relato de extrema belleza, una llamada de auxilio para librar a esta maravillosa criatura de la aniquilación total.

El área de observación del autor mide unos treinta kilómetros de este a oeste y quince de norte a sur y, formado por un valle y el estuario del río, era el territorio de caza de al menos dos peregrinos cada invierno, a veces de tres o cuatro, procedentes de Escandinavia. Baker los observó a pie, en bicicleta, saltando vallas y zigzagueando caminos, provisto de unos prismáticos y, probablemente, de un cuaderno de notas.

Apasionado por la majestuosidad de su vuelo y la eficacia de su caza, el autor no pretende justificar su sangrienta actividad por innecesario: el mundo de la naturaleza está gobernado por la ananké, la inevitabilidad, la compulsión y la necesidad. La matanza es cruel, pero también la del zorzal devorador de gusanos y verdugo de caracoles. La muerte les sustenta”, aunque es el hombre quien la lleva encima como escarcha imposible de arrancar. Nada hay peor que el miedo al hombre para una criatura salvaje, ni siquiera el dolor ni tampoco la muerte. El peregrino nunca caza en territorio del hombre y es capaz de distinguir si va armado o no. Muchos han muerto por los disparos de sus escopetas.

El halcón peregrino persigue y mata pájaros en vuelo. Su forma aerodinámica -de cabeza pequeña, ancho pecho y estrecha cola en cuña- le permite alcanzar velocidades que superan los 300 kilómetros por hora en picado. Sus patas, gruesas y musculosas, y sus fuertes garras le permiten transportar víctimas que igualan e incluso superan su propio peso. En la mandíbula superior posee un diente que encaja con una muesca de la inferior y que puede insertar en las vértebras cervicales de un pájaro y procurarle así una muerte piadosa por su inmediatez.

Halcón bosque

Hieráticos y heráldicos miran desde arriba el mundo de sus presas y escudriñan sin cesar el cielo y la tierra con rápidos y abruptos giros de cabeza. Detectan todo lo que hay en movimiento y, cuando vuelan, todos esos puntos móviles se dilatan y se contraen sucesivamente favoreciendo un escenario de pulsaciones incesantes. En las ramas de los árboles, rígidos y erguidos, se confunden con el tronco nudoso del que parecen brotar.

En las páginas de su diario, Baker anota las impresiones que le produce el vuelo del peregrino, sus giros y desvíos, sus alas de plata relampagueando en el cielo y su ascenso errático de ciento cincuenta metros en apenas un minuto y aparentemente sin esfuerzo. Vistas desde la tierra, las alas parecen plegarse y estirarse con un ritmo ininterrumpido e hipnótico; acelera pero el aleteo es tan débil que da la impresión de planear; después empieza a trazar círculos a gran velocidad dibujando intrincados ochos; cobra altura y vuelve a bajar; encuentra una térmica y asciende en espiral hasta una altura tan remota que apenas se le ve; sobrevuela hacia el horizonte y de golpe se lo traga la distancia.

Antes de la caza, está el juego: finta con perdices, acosa a grajillas y avefrías o entabla persecuciones con cuervos. Zorzales, gaviotas reidoras y chorlitos dorados se dispersan azuzados por el pánico cuando son conscientes de la presencia del peregrino. Las bandadas se alzan al cielo, apretadas y en círculos, hacia la cresta de la colina. Y el halcón se lanza en picado sobre el campo, planea veloz sobre las sendas y circula por entre los árboles, “barriendo el borde del cielo con una sierra de clavadas, rebotes y ascensos”. De repente, el juego se suspende y, sin aviso previo, mata. Sube rápido, traza un arco y se lanza entre grupos de palomas. Una de ellas cae muerta, “atónita como un hombre que cae de un árbol”. En unos instantes todo se ha resuelto.

El ataque es tan rápido que el ojo humano apenas distingue. Ve una sombra borrosa detrás del arrendajo que vacila, se tambalea en el aire y cae desequilibrado. Ya en tierra se aprecia el cuerpo de la víctima, inmóvil, y al peregrino que se la lleva entre sus garras o se la come allí mismo, tras desplumarla. Baker, el observador de aves, lo ve en ocasiones abatirse sobre la presa, pero muchas veces sólo llega a apreciar los restos de sus presas, de las que sólo cabeza y alas dejan constancia. “La carnicería está hecha con primor”, comenta.

Levantar la caza, ésa es una de las técnicas del halcón. Aunque el observador no le distinga todavía, sabe que está ahí por la inquietud de los chorlitos, los remolinos de las gaviotas, por el vuelo perturbado de las palomas, el crescendo de graznidos de grajillas en fuga y la expectación en los ojos de cientos de pájaros que miran atentos al cielo. Cunde el pánico y se forma un laberinto de aves en ascenso y sobre todas ellas, el peregrino, cuyo vuelo hace “revivir la tierra quieta conjurando bandadas enteras de aves”.

halcon ancho

El peregrino pesa entre setecientos y mil doscientos gramos. A los pájaros pequeños y ligeros los aferra con las garras extendidas y sobre los más grandes y pesados se abate desde arriba y a menudo los golpea contra el suelo. El picado sirve para aumentar la velocidad con que se hace el contacto y faisanes y gaviotas pueden sucumbir a ataques con 150 metros de caída. Pero también caza en el suelo, planeando casi a ras, sin apenas movimiento de las alas, en silencio, para atacar a la presa sorprendida, que apenas tiene tiempo para alzar el vuelo.

Baker, el observador de aves, sigue al peregrino, para “compartir el miedo, la exaltación y el aburrimiento de la vida de caza”. Busca observar el ataque del halcón para experimentar el “goce vicario del cazador sin culpa que sólo mata a través de un criado y deja que se alimente”, un goce que nace del entusiasmo por la libertad que transmite el halcón cuando vuela y cuando mata, dueño de su destino y ajeno a cualquier atadura o imposición por parte del hombre.

También hace referencia al pánico de las aves y reflexiona sobre el miedo en los hombres: Tal vez el hombre sería más tolerante, menos irritable y engreído, si tuviera más miedo. No digo miedo a lo intangible, la asfixia del introvertido, sino miedo físico, el sudor frío de miedo por la propia vida, miedo a la amenaza de la bestia oculta, inminente, erizada, de fauces atroces, ávida de nuestra sangre salada y caliente”.

La observación del peregrino comenzó en octubre: llega diciembre y el frío tras la puesta de sol y el silencio. Los animales vuelan o corren sobre los campos helados y sus “corazones frágiles se ahogan en la garra implacable de la escarcha”. Ha llegado la nieve y es difícil esconderse. Nada se oculta a la vista implacable del peregrino pero cada vez hay menos piezas que cobrar. Las presas se han reducido y no hay correlimos de quitina dorada ni archibebes gritones y vehementes ni lánguidas garzas ni zorzales de ojos vivaces y rostros feroces; ya no se escucha el reclamo triste del chorlito gris ni la tosca queja de la agachadiza. Solo quedan dos de las cientos de alondras que habitaban el valle en el otoño, una cincuentena de palomas torcaces y la mitad de las ruidosas grajillas que alborotaban en taludes y árboles huecos.

El peregrino sigue cazando y el observador descubre restos de algunas presas: “No hay nada más hermosa, más abundantemente rojo que la sangre que fluye sobre la nieve. Qué raro que el ojo pueda amar lo que la mente y el cuerpo odian”.

Halcon y presa

Los meses se suceden: la nieve comienza a retroceder en febrero y regresan los arrendajos, los zorzales reales se multiplican y trinan gorriones y alondras. Vuelven a correr los arroyos. Y llega abril y el halcón siente la llamada del norte. El observador tiene que despedirse. Aunque nunca es suficiente, ha podido observar la gloria del peregrino volando en el viento y la borrasca, lanzándose en picado sobre una presa en la nieve y planeando en un cielo tibio de primavera. En abril, el último peregrino deja el valle, en posesión de la libertad.

Reseña del libro de  John Alec Baker, El peregrino, Sigilo, 2016



 

 

 

Moby Dick, viaje al infierno blanco

Moby Dick libro

Llamadme Ismael”. Estas dos palabras forman el comienzo literario más genial de todos los tiempos. No sólo inicia el acercamiento con el lector, sino que certifica la autenticidad de las historias que nos va a contar y su papel en ellas. Me podéis llamar Ismael, o Fernando o Federico. En el fondo no importa, cualquier nombre podría servirme porque no soy yo quien tiene importancia en esta historia; sólo soy el testigo, quien os la relata y la traslada.

Ismael tiene muchas semejanzas con el autor de la novela: al igual que Melville fue profesor en una escuela rural, se embarcó en la marina mercante y, por último, en balleneros. Pero en la novela prefiere que no se sepa su auténtico nombre para que su historia sea más creíble y porque ha visto demasiadas cosas y lleva sobre su espalda una carga que le obliga a ser precavido y ocultar su identidad. Es un superviviente y está aquí para contarlo.

Y a pesar de todo lo dicho anteriormente, el nombre de Ismael no está elegido al azar. Es el que llevó el hijo de Abraham y de su esclava Agar y significa “Dios escucha”. Simbólico es también el del capitán Ahab que, educado en la fe cuáquera, propensa de por sí a los patronímicos bíblicos, lleva el de un rey malvado, enemigo de los profetas y que, junto con su esposa Jezabel, forman una de las parejas más espeluznantes de la Biblia, un libro que no es que carezca de espantos.

Los armadores del ‘Pequod’, Bildad y Peleg, profesan, como casi todos los habitantes de Nantucket, la fe cuáquera debido a que la isla fue colonizada originariamente por esta secta, la Sociedad Religiosa de los Amigos, de premisas pacifistas y puritanismo extremo, lo que no les impide ser los marinos más sanguinarios en la caza de la ballena. Y el barco en el que se embarca Ismael lleva el nombre de una célebre tribu de indios de Massachussets, ahora tan extinguidos como los antiguos medas”. El ‘Pequod’, compendio multicultural, entre cuyos tripulantes figuran pieles rojas como Tashtego, negros como Dagoo, polinesios como Quiqueg y gentes venidas de todas partes del mundo, como si de un augurio tratará su propio nombre, correrá la misma suerte que esa tribu desaparecida.

Ismael comienza su relato presentándose con grandes dosis de ironía. Nos enteramos de que no posee más que unas pocas monedas en el bolsillo y que ha decidido hacerse a la mar en un barco como marinero porque como pasajero no sólo no le pagarían, sino que tendría que abonar su pasaje. Se embarca para echar fuera la melancolía, como ya ha hecho en otras ocasiones, “atormentado por el perenne prurito de las cosas remotas” y para “navegar por mares prohibidos y abordar costas bárbaras”. En esta ocasión ha elegido que sea en un barco ballenero donde se empeñen en pagarle por la molestia y así poder cumplir el sueño de presenciar “interminables procesiones de cetáceos y, en medio de todos, un gran fantasma encapuchado, como un monte nevado en el aire”. De esta forma asoma en este capítulo, aún de presentación, el otro gran protagonista del libro: el gran Leviatán, la ballena blanca.

Ismael es un hombre tranquilo, abierto a costumbres extrañas y, pese a su religiosidad presbiteriana, detesta el ayuno y la tristeza de algunos ritos. Este relato amable de sus opiniones y de sus compañeros va aminorándose desde el momento en que Ahab hace acto real de presencia en el barco (hacia la página 153 en mi edición de 633), cuando ya se habían cumplido más de quince días desde que salieron de Nantucket. Ismael había oído hablar de él a quienes lo habían conocido, y también sufrido, y todos coincidían en que el capitán del ‘Pequod’ nunca había sido muy alegre pero que tras la pérdida de su pierna por el mordisco de una maldita ballena está un poco raro, como fuera de quicio, tal vez desesperado.

Pero ni siquiera las advertencias aparentemente disparatadas de un mendigo, que les alerta acerca del “Viejo Trueno”, de su muerte y renacimiento a los tres días, de la calavera de plata y de la pérdida de su pierna, frases inconexas que les dirige justo antes de embarcarse, podían augurar la impresión que deja la visión de Ahab en el alcázar del barco: mostraba una cicatriz blanquecina como la huella de un rayo, que surcaba la parte derecha de su rostro desde el nacimiento del pelo y bajaba por el cuello, donde desaparecía oculta en la ropa. Pero su aire sombrío se debía más a la pierna blanca sobre la que se apoyaba y que no era otra cosa que una mandíbula de cachalote, un hueso marfileño adaptado a servirle de prótesis siniestra que sustituía a la pierna que un día le arrancara uno de su especie. La pierna artificial se apoyaba en un agujero taladrado al efecto en un lado del alcázar, cerca de un obenque al que Ahab se agarraba con un brazo elevado y allí, erguido, con su capote y el sombrero ladeado, silencioso e imponente, retaba con su mirada al horizonte y mantenía a su tripulación en un estado de terror y zozobra permanente.

El capitán Ahab en la película de John Huston

Ya les ha informado de su propósito, que no es otro que perseguir a la ballena blanca que le arrancó la pierna y, una vez localizada, matarla. Sólo Starbuck, el primer oficial, se opone, y no sólo porque es un objetivo suicida y una venganza contra un animal estúpido que actúa guiado por su instinto, sino porque el ballenero es una empresa de la que todos esperan, en mayor o menor grado, un beneficio económico y la captura de un único cachalote no resultaría rentable. Pero Ahab compra el alma de la tripulación cuando clava en el mástil una onza de oro español, equivalente a dieciséis dólares, que pertenecerá a quien primero dé la señal de avistamiento de “esa ballena de cabeza blanca, con tres agujeros perforados en la aleta de cola, a estribor” y de “mandíbula torcida” como la Muerte.

Todos juraron violencia y venganza y elevaron sus gritos de ¡muerte a la ballena! La treintena de tripulantes del ‘Pequod’ se fundió en un loco sentimiento místico antes de comenzar la búsqueda del “monstruo asesino” por “los dos lados de la costa y por todos los lados de la tierra” y al “otro lado del cabo de Buena Esperanza y del cabo de Hornos y del Mäelstrom noruego y de las llamas de la condenación”, para no dejarle escapar.

A lo largo de la travesía los marineros del ‘Pequod’ oyeron rumores acerca de los poderes sobrenaturales de Moby Dick, como su ubicuidad en el tiempo y en el espacio, su inteligente malignidad, su descomunal tamaño y su palidez de sudario, que se sumaron a terrores antiguos. Cuando, tras recorrer todas las zonas de pesquería ballenera, se acercaban a las coordenadas en el ecuador del Pacífico donde Ahab sufrió su grave herida, escucharon historias verídicas de auténtico pavor: al menos dos barcos balleneros con los que se encontraron habían perdido hombres y lanchas en un enfrentamiento con la ballena blanca que, con demoníaca indiferencia, destrozaba a sus perseguidores.

Por fin encuentran a Moby Dick, solemne en el horizonte del mar, y durante tres días el capitán ordena su caza inexorable y la tripulación, a la que el destino había arrebatado el alma, le sigue en su locura como un solo hombre. El tercer día la ballena blanca arremete contra el mismo ‘Pequod’ que desaparece entre las aguas. “Todo se desplomó y el gran sudario del mar siguió meciéndose como se mecía hace cinco mil años”.

El viaje de Ahab en búsqueda de la ballena blanca, con la que identifica todos su males corporales y espirituales, encarnación de su propia cólera interior, no sólo es un delirio absurdo. Lo peor es que el dolor, la violencia y la muerte que ha entrañado ese viaje al abismo no sirve para nada. Consumido por su deseo incumplido de venganza es un Prometeo que crea su propio buitre devorador y la desgracia de todos los que le acompañan.

Moby Dick” es una novela de aventuras y de viajes, un reportaje sobre la cacería de los grandes mamíferos marinos, una reflexión sobre el compañerismo y la amistad, así como una denuncia del fanatismo y de la tiranía de la sinrazón. Es un libro total y esa pretensión se aprecia en la amplísima información que ofrece Melville. En la novela se añaden a unas cincuenta citas de la Biblia, científicas y literarias, un capítulo de cetología en el que se repasan los diferentes tipos de ballenas que surcan los mares, de acuerdo con los tratados de Beale y Bennet, ambos médicos balleneros británicos que realizaron su labor en el mar del sur. También hace un recorrido de la imagen de la ballena en la pintura, los grabados y la escultura; nos informa de que su alimento es el brit, de sus míticos enfrentamientos con los pulpos gigantes, del ámbar gris, de las peculiaridades de la caza de la ballena, como es el uso de las estachas, de la profesión de arponero y, naturalmente, del descuartizamiento del cachalote a bordo del buque y del uso que se da a su aceite de calidad única.

Se ha querido ver, en lecturas posteriores de “Moby Dick”, una metáfora ecológica. Melville dedica un capítulo a defender que la ballena, al contrario que el búfalo, no se extinguirá jamás porque está en los mares mucho antes de que llegáramos nosotros. No parece un argumento serio y, el tiempo no le está dando la razón: en trescientos años el número de cachalotes ha pasado de tres millones a unos diez mil. Sin embargo, hay una reflexión significativa sobre el abuso que hacen los hombres de las bestias: tras el relato de la muerte especialmente cruel de un cachalote anciano, Ismael comenta que este pobre animal “debía ser asesinado para iluminar las alegres bodas y los demás festivales del hombre y asimismo para alumbrar las solemnes fiestas que predican que todos han de ser incondicionalmente inofensivos para con todos”. En definitiva, un uso frívolo de la muerte de un imponente animal.

Ahab es también la personificación del tirano. Como Moby Dick, tiene o aparenta poderes sobrenaturales: consigue apagar el fuego de San Telmo y reimantar una brújula descontrolada. Representa el poder absoluto de un tirano sobre sus súbditos, a los que dirige hacia el abismo. Su personalidad arrolladora consigue unir a una tripulación para que le acompañen al mismísimo infierno y con alegría. Los oficiales podrían haber hecho algo, pero se resignan ante el poder e incluso Starbuck, el más cerebral, se rinde y acepta que la ballena blanca es un ser sobrenatural provista de una inteligencia maligna y vengativa.

La ballena asesina de Melville se inspiró en un caso real que el mismo escritor se encarga de mencionar. El ‘Essex’, un barco ballenero de Nantucket, naufragó en 1820 en mitad del Pacífico cuando un enorme cachalote se separó de la manada que las lanchas perseguían con sus arpones y, en lugar de huir, se lanzó de cabeza contra el buque e hizo que se estremecieran los mástiles; a continuación, se sumergió en el agua y salió disparado de las profundidades, muy cerca del ‘Essex’ y lo golpeó con tal fuerza que hizo saltar la proa en pedazos. En muy poco tiempo, se inclinó y desapareció bajo el mar.

Después de grandes penalidades, parte de la tripulación consiguió llegar a tierra. En Moby Dick sólo se salva “un huérfano” en un ataúd gracias al ballenero ‘Raquel’ que aún seguía buscando a sus hijos allí donde desaparecieron, en el dominio de la ballena blanca.

Herman Melville, Moby Dick, Editorial Bruguera 1979. Traducción y notas de José M.ª Valverde.

Gilgamesh, el primer viaje

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El babilonio Gilgamesh protagoniza la primera epopeya conocida y, como todos los héroes que le siguieron, emprende viajes para demostrar su valor y dejar grabado su nombre y sus hazañas para la posteridad.

La narración de las aventuras de este rey de Uruk se compuso en acadio a principios del II milenio a.e.c. y en ella se refleja el mundo de los sumerios que para entonces había dejado de existir. Llegaron a Mesopotamia hace 7.000 años y, en sucesivas migraciones fueron avanzando por las llanuras de los cursos del Tigris y del Éufrates, hasta alcanzar el estuario de ambos ríos, donde fundaron las primeras ciudades conocidas: Eridú (hacia el año 5000 a.e.c.), Uruk, Sippar y otras que con el tiempo formaron reinos que se pierden en la leyenda.

El Poema de Gilgamesh no se conserva completo y fue redescubierto en 1853, impreso en unas tablillas de arcilla enterradas entre las ruinas de la biblioteca que perteneciera al rey asirio Asurbanipal, en Nínive. Son un total de once tablillas escritas en acadio, fragmentarias, las últimas copias de un texto que fue primero recopilado por un escriba llamado Sin-Leqi-Unninni, alrededor del año 1200 a.e.c, que a su vez trabajaba con material de unos ochocientos años antes.

Se supuso durante mucho tiempo que Gilgamesh era un personaje legendario, hijo de la diosa Ninsun y de un sacerdote de su templo en Uruk, pero hallazgos arqueológicos muestran que probablemente fuera el quinto rey de la Primera Dinastía de esta ciudad, que vivió hacia el año 2650 a.e.c. y que construyó canales, una muralla reforzada por novecientas torres circulares en Uruk y un gran templo a Enlil en la ciudad de Nippur.

Por las tablillas y los fragmentos de esta epopeya que han llegado a nuestros días, sabemos que Gilgamesh, “gigantesco y terrible”, se comporta mal con sus súbditos, por lo que la diosa madre Aururu modela con barro a Enkidu y luego le insufla la vida para que se enfrente al orgulloso rey. Tras una colosal pelea se hacen amigos y comparten viajes y aventuras.

Lo primero que hacen Gilgamesh y Enkidu es viajar al país de los cedros, del que los sumerios recibían la madera más apreciada para la construcción de sus templos y palacios. Al igual que los héroes homéricos, el rey de Uruk busca la fama y que se hable de él: “Yo no he establecido mi nombre en ladrillos como mi destino ha decretado. Por lo tanto, iré al país donde se corta el cedro e inscribiré mi nombre donde se inscriben los nombres de los hombres famosos; y allí donde no se ha inscrito el nombre de hombre alguno, alzaré un monumento a los dioses”.

Los consejeros del reino advierten a Gilgamesh del peligro que corre, le avisan de que el guardián del bosque de los cedros es aterrador, de que “el rugido de Humbaba es el diluvio, sus fauces son el fuego, su aliento es la muerte” y quien entra en sus dominios sufre una parálisis inevitable. Pero el deseo de honor y de gloria son más fuertes y, desatendiendo consejos, decide “emprender un camino que ignora y un combate que desconoce”. Los dos amigos ascienden a la cumbre de siete montañas y en la cima Gilgamesh tiene sueños que Enkidu interpreta favorablemente. Cuando llegan al bosque de los cedros, el dios Shamash envía contra el ogro todas las tempestades y los trece vientos del mundo para dificultarle la visión. Tras matar al terrible Humbaba, Gilgamesh tala el gran cedro que atraviesa los cielos, fabrica con él un puerta gigantesca y la transporta como si fuera una balsa aguas abajo del río Éufrates.

Regresa el héroe a su ciudad, pero los dioses no están contentos con sus actos y mucho menos la diosa Ishtar, que ha sido rechazada por Gilgamesh. Una versión hitita, medio milenio anterior a la de Nínive, cuenta que Enkidu ha visto en sueños una reunión de los dioses en la que se decreta su muerte y la de Gilgamesh por haber matado a Humbaba y al toro celeste. El dios Shamash vota en contra pero el dios Enlil impone su voto de calidad y determina que sólo muera Enkidu, sobre el que se abate una fiebre mortal.

Hay otra versión en la que Enkidu baja al inframundo para recuperar la pelota y la pala maravillosas de su amigo, fracasa por no seguir las instrucciones y queda preso en el infierno. Tras la katábasis fallida de Enkidu, su alma consigue salir por una rendija para contar a Gilgamesh lo que ocurre en el inframundo. También aquí se aprecia un paralelismo entre la casa de las tinieblas de la epopeya babilónica y el Hades visitado por Ulises. Otra semejanza se observa en la Iliada: así como al rey de Uruk se le presenta su amigo ya muerto, Aquiles recibe la visita del espíritu de Patroclo en un sueño.

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La vida de ultratumba para los sumerios era tan poco atractiva como para los griegos. Enkidu desciende a la casa oscura, la morada de Irkalla”. Su nombre no figura en la tablilla de Belet-seri, la escriba del inframundo, pero el héroe se queda atrapado en un tiempo sin tiempo, en la casa de la que nadie que haya entrado vuelve a salir, la ruta por cuyo trazado nadie regresa, la casa cuyos moradores están sumidos en las tinieblas, donde el polvo es su manjar y el barro su alimento, cuyo vestido es el de los pájaros, emplumados, y en la que sobre las puertas y cerrojos se esparce el polvo”.

La tablilla VIII de la versión ninivita contiene el lamento de Gilgamesh por la muerte de su amigo y su deseo de sustraerse al destino que los dioses han deparado a todos los hombres y que no es otro que la muerte, por lo que decide ir en busca de la pócima, el conjuro o la planta de la eterna juventud y viaja para consultar a Utanapitsi, el único hombre que sobrevivió al Diluvio y se incorporó a la asamblea de los dioses. Él le revelará el secreto de la muerte y de la vida.

Gilgamesh llega a las Montañas Gemelas y emprende el camino hacia el oeste que lleva al fin de mundo, la misma ruta que recorre el sol, pero lo hace en la oscuridad de la noche, se adelanta al mismo sol para no ser abrasado por él; consigue cruzar el océano con ayuda del barquero Ursanabi y, por fin, llega hasta Utanapitsi que le hace un relato de cómo el dios Enlil decidió ahogar a todos los hombres en el Diluvio porque su ruido le molestaba y no le dejaban dormir y cómo él construyó un arca y la llenó de las semillas de todos los seres vivos. Finalmente le revela el secreto de los dioses: una planta espinosa que crece en el fondo del Apzú y que proporciona la eterna juventud. Gilgamesh consigue arrancar la planta pero en un descuido una serpiente se la arrebata, tal vez el mismo demonio que en el Paraíso Terrenal con su engaño robó la inmortalidad a Adán, a Eva y a todos sus descendientes y que, tras probar la planta, “al volverse, arrojó su piel vieja”.

Shamash ya le advirtió a Gilgamesh que los dioses establecieron la muerte para la humanidad y reservaron la vida para ellos y que él no hallará la vida que busca. Su viaje en busca de la inmortalidad fracasa, como ha fracasado el viaje de Enkidu a los infiernos. La epopeya babilónica, dice el crítico inventado por Stanislaw Lem en “Vacío perfecto” para reseñar un libro inexistente, ‘Gigamesh’, escrito por un autor imaginario, es la tragedia de una lucha coronada por la derrota que Homero plagia en la Odisea pero reduciéndola a un viaje turístico por el Mediterráneo con final feliz muy del gusto de los griegos.

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Sólo un crítico, un libro y un autor apócrifos pueden decir que la obra de Homero es un comic de la antigüedad en el que Ulises hace de supermán y todos acaban comiendo perdices. ‘Gigamesh’ es una sátira sobre el personaje de Joyce: el héroe babilónico se ha transformado en un gánster profesional y toda la acción se desarrolla en 36 minutos. El autor irlandés ya auguró que su obra daría trabajo a los críticos durante trescientos años y el autor imaginario de Lem, Patrick Hannahan, decide colaborar en la tarea y a su narración, de 395 páginas, le endosa una introducción de 847 en la que se dedica a explicar la multiplicidad de conceptos que surgen de cada término que ha utilizado en el texto, empezando por el propio título que, al omitir la letra L, sugiere a Lucifer, al Logos y otras 97 conexiones más.

El poema de Gilgamesh es la historia de un fracaso del intento de conseguir la eterna juventud. Pero comparte con Aquiles el deseo de dejar un recuerdo perdurable y con Ulises, la búsqueda del conocimiento. Es posible que el héroe babilónico, de regreso a su reino, se convirtiera en un gobernador sabio, justo y honorable, el quinto rey de la Primera Dinastía de Uruk.

Adenda

He utilizado para el comentario del “Poema de Gilgamesh” la traducción de la versión ninivita realizada por Eduardo Gil Bera, que aparece en su libro “No hallarás la vida que buscas” y en el que sugiere que el sumerio podría ser la lengua de la sociedad más desarrollada, tecnificada y civilizada del mundo durante los milenios IV y III a.e.c, que se extendió por todo el orbe conocido y que no hay practicamente lengua en el mundo que no incluya alguno de sus préstamos o se emparente en un grado u otro con ella, bien por comercio, bien por emigración de los primeros habitantes civilizados de Mesopotamia. La compara con la lengua ibérica, que se habló desde los Alpes al norte de África y en toda la península y que dieron lugar al itálico y al aquitano, que se habló desde el Loira hasta el golfo de Vizcaya.

Lecturas

Stanislaw Lem, Vacío perfecto, Bruguera, 1981

Eduardo Gil Bera, No hallarás la vida que buscas, Editorial Dioptrías, 2017