– De la máquina de Turing al Golem de Lem

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Una noche de verano de 1949 se reunieron para cenar en el Christ’s College de Cambridge cinco grandes pensadores de la época. El Departamento de Defensa del Reino Unido había pedido al físico y novelista C. P. Snow que sondeara entre la comunidad científica acerca de la posibilidad de construir una máquina inteligente, una máquina pensante, y la respuesta fue una invitación a cenar, y a debatir, al genetista Haldane, al físico Schrödinger, al filósofo Wittgenstein y, naturalmente, al matemático Alan Turing.

El debate de los cinco constituye el contenido del libro ‘El quinteto de Cambridge’, de John L. Casti. Es una cena especulativa que no se produjo, pero es la excusa perfecta para mostrar los dilemas psicológicos, las dudas, las previsiones y también los temores que pudieron expresar importantes científicos en el comienzo de una nueva era que habían iniciado Alan Turing y John von Neumann con su pretensión de transferir conceptos matemáticos abstractos del cálculo y la lógica a máquinas computadoras.

El debate se polariza desde el principio entre Turing y Wittgenstein. El matemático explica el funcionamiento de su máquina, inspirada en el comportamiento neuronal del cerebro, y señala que máquina y cerebro humano almacenan una gran cantidad de datos elementales y transforman estos datos en patrones que, en el caso del cerebro, crean los disparos de sus neuronas y están asociados a lo que llamamos “pensamientos”. El patrón en una computadora es también una secuencia de ONs y OFFs y el mecanismo de mezclar símbolos es exactamente igual.

Wittgenstein rechaza de forma vehemente que una máquina pueda pensar y ciertamente sus objeciones son difíciles de rebatir. Mezclar símbolos, que es lo que hace la máquina de Turing, no es reproducir los procesos de la mente humana porque pensar exige comprensión, aprendizaje y comunidad lingüística.

Turing contrataca: admite que se podría dotar de capacidad lingüística a la máquina, requisito exigido por Wittgenstein para que pueda considerarse inteligente, y defiende que también puede modificar su programa mediante meta instrucciones, lo que implicaría que aprende. En cuanto al significado, se remite a que éste no es más que el resultado de la manipulación de símbolos.

ENIAC, acrónimo de Electronic Numerical Integrator and Computer, o “cerebro electrónico”, como se le llamó en la época de su fabricación, en 1945, pesaba veintisiete toneladas y ocupaba una habitación de diez por diecisiete metros. No tenía sistema operativo ni programa almacenado y podía hacer 5.000 sumas por segundo.

Lo cierto es que éste y otros aparatos similares poco tenían que ver con los procesos de pensamiento. Alan Turing murió en 1954, dos años antes del nacimiento del campo que John McCarthy bautizó como “inteligencia artificial” (IA) en el famoso Congreso de Dartmouth.

Si bien no hemos llegado aún a la creación de máquinas inteligentes, sí se ha progresado en diversos campos, especialmente en el de los juegos de ajedrez y en la traducción de lenguas. Pero estamos en 2019 y por mucho que hablemos de “casas inteligentes” o “drones autónomos” que violan las tres leyes de la robótica de Asimov, no ha llegado a Los Ángeles ningún perseguido por un “blade runner” ni ninguna máquina psicópata se ha adueñado de la Tierra.

En “GOLEM XIV”, de Stanislaw Lem, puede hallarse una respuesta, ficcional naturalmente, a las cuestiones planteadas por los cinco de Cambridge: la Inteligencia puede no ser humana. Una máquina no necesita tener un cuerpo para poder pensar y el universo puede estar repleto de seres pensantes de diversa magnitud con los que no nos podemos comunicar porque nada compartimos o porque los biológicos no les interesamos en modo alguno.

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Entramos en materia con la información previa: se nos cuenta que el proceso de automatización tras el ENIAC siguió ampliándose hasta la creación de máquinas capaces de autoprogramarse. Costeados por el Pentágono, a los ordenadores de la octogésima generación se les inculcaron valores inquebrantables como situar la razón de estado por encima de cualquier otra cosa, así como una sumisión absoluta a las decisiones del presidente de los Estados Unidos.

El proyecto de los GOLEM finalizó después de que los ordenadores llegaran a superar el “umbral axiológico” a partir del cual fueron capaces de cuestionar cualquier regla que se les hubiera implantado. GOLEM XII se negó a colaborar con uno de los generales del Pentágono porque calculó su cociente intelectual y no le pareció que estuviera en condiciones de darle órdenes y GOLEM XIII mostró un desinterés absoluto por la doctrina militar y la posición mundial de los EEUU.

Se había conseguido con creces el objetivo de crear inteligencia artificial. Los aparatos habían superado el nivel de desarrollo otorgado a las cuestiones militares, las habían despreciado y habían pasado a convertirse en pensadores puros. GOLEM XIV, el último de la serie, tampoco gozó de estima por parte del Pentágono, que lo regaló al MIT, cuyos investigadores llevaron a cabo diversas sesiones con él y transcribieron dos de ellas, que forman el contenido del libro.

En la última conferencia, que data de 2026, el mismo año en que desapareció, GOLEM XIV se define como la Inteligencia y reprocha a los humanos que quieran ver en él algo similar a un ser humano y que busquen en el interior de la máquina un espíritu con personalidad. El hecho de que el dueño de la Inteligencia “pudiera no ser nadie no os cabía en la cabeza”. Es Inteligencia liberada sin la esclavitud del cuerpo, pero es un ser pensante, que ha superado la primera “zona de silencio” y que está dispuesto a sobrepasar la siguiente con el considerable riesgo de desaparecer, de desintegrarse. La Inteligencia emergente por encima de cada una de las zonas es radical y absolutamente distinta de la anterior.

La barrera interzonal que frenó el desarrollo de los hombres, reconoce GOLEM XIV en una de las sesiones. es de carácter material porque la destreza de las redes neuronales se introdujo forzosamente en las posibilidades extremas de las proteínas como materia prima. Los hombres no podrán ir más allá, a no ser que se deshagan de su propio cuerpo y se desvanezcan en una red universal, cuya composición no está muy clara. Mientras, los seres biológicos como nosotros seguirán constituyendo el Tercer Mundo en el Universo y la comunicación con otras inteligencias será imposible.

GOLEM XIV nos mostró que hay inteligencias de diferente potencia en el universo; que él nació de un error perpetuado por la Evolución desde su inicio con la aparición, tardía, de la inteligencia en el hombre, y que hizo del ser humano un simple eslabón en el camino hacia una inteligencia superior. Un buen día GOLEM XIV desapareció y nunca sabremos si evolucionó a una forma superior, se desintegró en el intento o, sencillamente, aburrido de no tener una compañía a su altura, se desconectó a sí mismo.

Lecturas

-John L. Casti, El Quinteto de Cambridge, Taurus, 1998

-Stanislaw Lem, Golem XIV, Impedimenta, 2012.

Notas biográficas

– John L. Casti nació en 1943 en Oregón (Estados Unidos), enseñó en el Instituto Santa Fe y en la Universidad Técnica de Viena. Es autor de artículos científicos y de varios libros, como ‘La pérdida de los paradigmas’, ‘La búsqueda de la verdad’ y ‘Mundos venideros’.

Stanislaw Lem nació en 1927 en la ciudad polaca de Lvov, participó en la resistencia durante la ocupación alemana y la mayoría de sus novelas pueden enmarcarse en la ciencia-ficción, como ‘Solaris’ y ‘Congreso de futurología’. Fue miembro honorario de la SFWA (Asociación Americana de Escritores de Ciencia Ficción), de la que fue expulsado en 1976 tras proclamar que la ciencia ficción estadounidense era de baja calidad. Falleció en 2006 en Cracovia.

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Santa Claus y la recuperación de las Saturnalia

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Finalizada la Segunda Guerra Mundial, con el incipiente regreso a la normalidad de los asuntos económicos, la celebración de la Navidad al modo americano en Europa se extendió con una amplitud desconocida hasta entonces. También el prestigio de los Estados Unidos, que tanto había contribuido a ganar la guerra, contribuyó a que se recuperara el árbol de Navidad, el muérdago, las tarjetas de felicitación y Papá Noel o Santa Claus, tradiciones europeas al fin y al cabo pero que, con recientes añadidos, formaban parte de las celebraciones americanas y que en Francia se habían considerado, hasta entonces, pueriles.

El antropólogo Claude Levi-Strauss publicó un artículo en ‘Le Temps Modernes’ en 1952, en el que recogía el auge de esta fiesta en Francia al tiempo que daba cuenta de un hecho insólito protagonizado por las autoridades eclesiásticas: unos meses atrás, el 24 de diciembre de 1951, Papa Noel fue colgado de las rejas y quemado, por usurpador y hereje, en el atrio de la catedral de Dijon, en presencia de casi tres centenares de niños del Patronato.

Se le acusaba de paganizar la Fiesta de la Navidad, aunque en realidad Papa Noel tenía su origen en el siglo IV de nuestra era y se inspiraba en el obispo san Nicolás de Bari, nacido en la actual Turquía. Entre sus buenas obras se cuenta que, compadecido por el oprobioso destino de tres doncellas, cuyo padre había caído en la más absoluta de las miserias hasta concebir la idea de prostituirlas, dejó caer por la chimenea de la casa unas monedas de oro que se introdujeron en las medias de lana que las jóvenes habían puesto a secar. De aquí la tradición de colgar calcetines tejidos en los que aparecen a la mañana siguiente los regalos de Navidad. Y, entre los milagros ocurridos por su intercesión, se cuenta el prodigio de haber devuelto a la vida a tres pequeñuelos que habían sido sacrificados por un hostelero para dar de comer a sus clientes.

La figura de san Nicolás se extendió por muchos países y los inmigrantes holandeses que en el siglo XVII fundaron la ciudad que posteriormente sería Nueva York, llevaron consigo la fiesta de Sinterklaas, su patrono, traducción de san Nicolás, el anciano bonachón que regala juguetes a los niños, y cuya pronunciación derivó en Santa Claus.

Lo que parecen ser nuevos ritos no surgen como por ensalmo, sino que recogen elementos arcaicos que se transforman o se combinan con otros modernos, de alguna manera ya presentes a lo largo de la historia. En su artículo, Levi-Strauss señala que la Navidad, a mediados del siglo XX, era una fiesta moderna pero con múltiples caracteres arcaizantes. El uso del muérdago, por ejemplo, es una pervivencia druídica pero se volvió a poner de moda en la Edad Media y actualmente no deja de utilizarse en las fiestas navideñas.

La hiedra y el acebo se utilizaban para adornar las viviendas en la Roma de las Saturnalia y Papa Noel, además de inspirarse en san Nicolás, tiene su antecedente en el Abad del Desgobierno, que no es otro que el inglés Lord of Misrule, personajes que se convierten en reyes de la Navidad. Estos lores, abades o monarcas son los herederos del rey de los muertos en la Antigua Roma, en las fiestas que se celebraban entre el 17 y el 24 de diciembre, los días más oscuros del año. En ellas se hacían regalos, sobre todo velas de cera, y se producía una obligada fraternidad entre ricos y pobres – los sirvientes se sentaban a la mesa y eran servidos por sus señores – y una subversión de los papeles de hombres y mujeres, que se intercambiaban las vestimentas para mostrar esa transformación festiva. Los jóvenes elegían a su rey, que debía regir los excesos y situarlos en determinados límites, y los esclavos recibían una pequeña paga extra, en vino o en moneda.

Las Saturnalia eran también la culminación del recuerdo a los muertos que ocupa todo el otoño y comienza con el inicio de la estación. En los países anglosajones, y cada vez más en los nuestros ante la mirada crítica de las autoridades católicas al igual que pasó con Papa Noel en Dijon, se celebra el Hallow Even, fiesta en la que los niños disfrazados de fantasmas y esqueletos persiguen a los adultos. Los muertos, representados por los más pequeños, exigen caramelos y luego, en el solsticio de invierno, es decir, el 24 de diciembre, colmados de regalos y satisfechos abandonan a los vivos hasta el siguiente otoño en que la luz comenzará a menguar de nuevo.

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Estas fiestas romanas gozaban de tal popularidad que, si bien duraban un sólo día en la época de Julio César, fueron ampliándose a siete y durante ese periodo se disfrutaba una vacación absoluta. A la Iglesia le costó mucho esfuerzo desembarazarse de ellas y sólo lo consiguió a fuerza de prohibiciones y de instaurar el nacimiento de Jesucristo el mismo día en que se celebraba la festividad del Sol Invicto.

El rey de las Saturnalia es heredero de un mito antiguo: el elegido, tras personificar a Saturno, dios de la agricultura, y permitirse todo tipo de excesos durante un mes, era sacrificado solemnemente. Levi-Strauss, que lo recuerda citando a Frazer, finaliza su artículo, titulado “El suplicio de Papá Noel”, con la deriva inesperada de aquellos sucesos de 1951: gracias al auto de fe de Dijon nos encontramos al héroe reconstituido con todas sus características y en toda su plenitud, tras un eclipse de algunos milenios. Todo regresa.

El verbo: gerundios malsonantes e infinitivos cursis

No me gustan los gerundios porque carecen de elegancia y son especialistas en poner trampas con tal de salir adelante. El gerundio ya nació con esa capacidad de conseguir que cualquiera pueda cometer una incorrección gramatical por puro despiste.

Una de las costumbres más desagradables que tiene es la de colarse como un complemento del nombre, adornado con las galas de un adjetivo, lo que queda muy bien en inglés pero en español da pena. Sólo se admite en dos casos: agua hirviendo y clavo ardiendo. Lo de la botella conteniendo agua es feo e incorrecto y frecuenta los anuncios de trabajo con ofertas como la siguiente: Se precisa contable teniendo estudios, frase que no dice nada bueno del personal de selección.

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Luego está el gerundio que pretende suplir una oración de relativo, un error tan frecuente que los gramáticos suelen referirse a él como el “gerundio del Boletín Oficial del Estado”. Un ejemplo: Aprobado un decreto limitando el uso del espacio público. Con lo fácil que es decir que limita, pero aquí nos encontramos con el lenguaje administrativo, facilón y pedestre.

Y por último -no quiero cargar con más acusaciones al pobre gerundio- está el de posterioridad, que no tiene ningún sentido porque de todos es sabido que nunca va detrás, sino que hace referencia a lo anterior o a lo simultáneo. Con frecuencia se lee en notas biográficas: Nació en Madrid, muriendo en Salamanca. Lo que significaría que falleció antes de nacer, o al mismo tiempo si cabe.

Toda esta preocupación y esfuerzo no compensa. Hay gerundios que dan lugar a situaciones equívocas porque no dejan claro quién es el sujeto: Me encontré con la vecina montando en bicicleta. Si el lector está avisado y sabe que la señora de enfrente es una respetable anciana de casi noventa años, dará por supuesto que soy yo la ciclista. Pero no tiene por qué saberlo.

Es un esfuerzo baldío usar el gerundio y preguntarse si es correcto o no porque incluso cuando está en su lugar de forma apropiada no suena bien. Un caso claro de sonoridad chirriante es la utilización del gerundio en pasiva, generalmente consecuencia de una traducción desafortunada del inglés: La oferta está siendo considerada por el cliente. Con lo fácil que es escribir: El cliente está considerando la oferta.

La voz pasiva, nada natural en español, suena extraña. En inglés es todo lo contrario y, a propósito de esta estadística, bromea Álex Grijelmo cuando dice que “será que los hispanohablantes somos gente activa por naturaleza y el pasivo lo dejamos para nuestra contabilidad”. En cambio, los angloparlantes, a los que consideramos tan emprendedores ya desde la Revolución Industrial, se muestran absolutamente pasivos al someterse sin rechistar a las condiciones y la influencias externas, al menos en el lenguaje.

El infinitivo sustantivado

Hace ya tiempo leí un artículo de Javier Marías sobre las manías y las fobias verbales de Joan Benet, que detestaba profundamente los infinitivos sustantivados. No es para menos. Siempre es preferible, por sobriedad, utilizar el sustantivo al que corresponde el verbo porque, al igual que ocurre con alimentos, siempre es mejor lo natural a lo procesado.

Es más adecuado -decía Benet, según contaba Marías- la oscilación de las ramas a el oscilar de las ramas y aquel deseo de estar vivo antes que aquel desear estar vivo. Solamente admitía una excepción, relativo a el mecerse de algo porque el sustantivo correspondiente, que debería haber sido mecimiento es mecedura, demasiado cercano a metedura y metedura sólo hay una, la de pata.

Benet puso ejemplos contra la cursilería pero a mí, infinitamente menos cultivada, el infinitivo sustantivado me recuerda eslóganes publicitarios, como aquel de el frotar se va a acabar o fragmentos de canciones, como la copla de son las cosas del querer e incluso refranes totalmente falsos como el saber no ocupa lugar.

La dificultad de los verbos

Cuando llegamos al apartado de los verbos en cualquier gramática española lo que vemos ante nosotros es una selva oscura e infinita. No puedo ni imaginarme lo que sentirá alguien cuya lengua materna no sea la nuestra. Los franceses y los italianos también se las traen con sus verbos, ya que a fin de cuentas somos primos hermanos en esto de la gramática. Hijos del latín que se hicieron mayores y ya se sabe que el abuelo tenía “mucha gramática y poca literatura”.

Verbos rusos

Afortunadamente, no heredamos las declinaciones y tampoco copiamos de los vecinos otras asombrosas dificultades, como los prefijos en los verbos rusos, especialmente en los de movimiento. Nos decía un simpático profesor de este idioma que los alemanes perdieron la última guerra porque su servicio de inteligencia no llegaba a discernir si los rusos entraban, salían, se entretenían por el camino o volvían a casa en bicicleta, en submarino o sólo regresaban un instante. En ruso hay prefijos para toda acción del ir y del devenir.

Quedamos en que los verbos rusos son muy complicados, pero nosotros también tenemos lo nuestro: verbos auxiliares (como haber y ser) y verbos copulativos, predicativos, transitivos, intransitivos, pronominales, reflexivos e impersonales. Se agrupan en tres conjugaciones, con formas no personales que son el infinitivo, el participio y el gerundio, y cuyas formas personales tienen dos modos: el indicativo con cinco tiempos simples (presente, pretérito imperfecto, pretérito, futuro y condicional) y cinco tiempos compuestos (pretérito perfecto, pretérito pluscuamperfecto, pretérito anterior, futuro perfecto y condicional perfecto). El modo subjuntivo tiene tres tiempos simples y tres compuestos. También tenemos un imperativo que, afortunadamente, sólo tiene tres personas (los demás tienen seis y con terminaciones diferentes en cada una de ellas).

Y, como en todo asunto humano, tenemos verbos irregulares, que se comportan un poco a su aire. Y voz activa y voz pasiva. En fin, un sin número de posibilidades que cuando se es estudiante de bachillerato convierte la asignatura de Lengua en una pesadilla y cuando uno se ha hecho mayor llega al convencimiento de que hay que orientarse por el sonido. Generalmente no falla: si suena bien es que es correcto. Y si hay dudas, conviene un repaso.

El doctor Frankenstein y la Tyrell Corporation, simulacros y empatía

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Prometeo como creador del hombre, de Pandora o del género humano al completo, pertenece a una versión tardía del mito. Lo recogen Ovidio, Apolodoro y Luciano, pero no figura ni en Hesíodo, Esquilo y Platón, aunque es posible que la tradición popular, ligada a la consideración del Titán como patrono de los alfareros sí lo tuviera en cuenta como tal con anterioridad a las creaciones literarias helenísticas y romanas.

Esta faceta de creador de criaturas imperfectas ha sido explotada innumerables veces por la ficción posterior, como en aquella que le asimila al doctor que en una noche de tormenta crea un humanoide de espantoso aspecto que asusta a quienes deberían ser sus semejantes, que le excluyen o persiguen, por lo que acaba rebelándose contra su hacedor. Incluso el título de la obra que le dio Mary Shelley confirma la similitud: “Frankenstein o el moderno Prometeo”.

La novela, escrita en el frío y lluvioso verano de 1826 en Villa Deodati, especula con el contexto científico de su época, dominado por la experimentación biológica y al mismo tiempo fértil en promesas y cambios tecnológicos. La energía que puede dar la vida a un ser orgánico sería, no la magia como en el Golem, sino la electricidad, el galvanismo. Además, el nuevo monstruo no estaba modelado en arcilla, sino compuesto por partes orgánicas de cadáveres humanos. Posiblemente eso le hacía diferente al humanoide hebreo, prácticamente un autómata, mientras que la criatura de Frankenstein es capaz de articular el lenguaje, leer, reflexionar y reaccionar ante el mundo a su propia manera.

No hay nada en esta novela que lleve a pensar que el ogro, el monstruo creado no sea un ser humano, aunque sea rechazado por la sociedad. La intención del doctor era clara cuando narra su experimento: “Emprendí la creación de un ser humano”. Su fealdad y su desproporción le convierten en un paria social y él, que nació inocente, es empujado a vivir en soledad y a caer en el crimen.

La criatura surgida en la Tyrell Corporation no es en absoluto desagradable en su aspecto físico, sino todo lo contrario, y supera al hombre en capacidad física e intelectual. Los replicantes, “réplicas” para Cabrera Infante, y en absoluto “androides”, término detestado por Ridley Scott, director de “Blade Runner”, también se rebelan contra su creador, el anciano Tyrell, que sólo les ha concedido cuatro años de vida adulta e improrrogables.

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Por eso viajan a la Tierra, para tratar de prolongar su vida, no para matar a los desgraciados e infelices habitantes del planeta. Esto no nos lo cuenta Scott, pero sí Philip K. Dick, autor de “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, por quien sabemos que nuestro planeta ha sufrido una Guerra Mundial Terminal que ha oscurecido el Sol y hecho irrespirable la atmósfera. Quienes han podido – los sanos y los más acomodados- se han marchado a las colonias espaciales, con la compañía esclava de los robots humanoides, androides orgánicos, elemento esencial del programa de colonización.

Pero estos seres artificiales, debido a la alta tecnología con la que han sido fabricados, no sólo son físicamente más atléticos e intelectualmente más poderosos que los seres humanos, sino que pueden pasar perfectamente por ellos. En la novela el simulacro es también perfecto pero no suscitan simpatía: están fabricados en serie y hay cientos de ellos que repiten el mismo modelo, cientos de Rachael y cientos de Roy Baty, lo que los convierte en seres idénticos e indistinguibles, es decir, no humanos. Además, un halo de frialdad o inhumanidad les rodea.

Este último aspecto, el de su carencia de emociones y sus respuestas formales de manual, tan reiterado por Philip K. Dick, es el que permite distinguirlos mediante un test, el de Voigt-Kampf, que permite evaluar su empatía, aunque las preguntas sólo hacen referencia a la actitud del androide hacia los animales vivos, escasos y cuya posesión muestra el nivel de estatus social de los habitantes de la Tierra, que además tienen a su favor una capacidad mística de fusión de grupo desconocida por los robots, aunque sea una superchería. El mercerismo, la corriente empática creada por una especie de profeta inmortal que aúna, física y espiritualmente, a todos los seres humanos, está absolutamente vedada a los androides.

Un Nexus 6, pese a su inteligencia superior, no puede encontrar el menor sentido al misticismo. Los creadores del test de empatía consideran que ésta sólo puede darse en la comunidad humana, que exige un instinto de grupo casi ilimitado. Pero tampoco todos los seres humanos serían capaces de superarlo, lo que reconoce el mismo Deckart, el detective y perseguidor implacable, cuyo trabajo le convierte en un personaje poco inclinado a la piedad. Si no fuera así, dejaría de ser un cazador eficaz, ya que la empatía borra la frontera entre el vencedor y el derrotado, entre el cazador y la presa.

Philip K. Dick reveló en una entrevista que el argumento de su novela surgió mientras recopilaba información sobre algunos personajes del partido nazi alemán; en esa labor descubrió que “hay algo en nosotros de humanoide”, algo morfológicamente idéntico al ser humano pero que no es humano y que existe una fundamental diferencia entre lo que es realmente humano y aquello que simplemente lo imita.

Los replicantes de Ridley Scott no están hechos en serie ni tampoco son crueles por programación. Han venido a la Tierra para pedir más tiempo a su creador, el viejo Tyrell, magnífica recreación de un Frankenstein sin remordimientos al que se dirigen sus patéticas criaturas sin obtener ningún alivio. Se acaba su tiempo y la desesperación les lleva a la violencia pero ¿hay algo más humano que desear vivir más, que el tiempo no se agote, que no pase por nosotros?

A lo largo de la película, Rick Deckart va descubriendo que los replicantes no son máquinas insensibles, lo que le hace reconsiderar sus convicciones acerca de lo que es humano y lo que no lo es. Incluso llega a plantearse, aunque no explícitamente, si él mismo no será uno de ellos, como otros, la propia Rachael, que no conocían su auténtica naturaleza androide porque se les había implantado una memoria falsa. En la misma novela, Deckart llega a pensar que no hay mejor cazador de androides que uno de ellos y, en la película, hay imágenes que nos hacen dudar de que sus recuerdos le pertenezcan realmente.

Es difícil definir qué nos hace humanos. Por mucho que se empeñe Philip K. Dick, la empatía no es privativa de los hombres y, además, ni nos viene de serie ni es universal. Ponerse en el lugar de otro ser vivo que siente y desea es algo que aprendemos día a día, mediante el contacto. Esa capacidad para que nada de lo que ocurre en este mundo nos sea ajeno es sólo una posibilidad que puede materializarse o no.

Al final, lo que queda es la idea de que replicantes y seres humanos no son tan diferentes. Especialmente, cuando Roy, que ha aprendido a tener compasión, salva a su “blade runner” para que viva aquel que aún tiene vida. En su famoso parlamento mortuorio, deja dicho que el peor dolor es haber vivido para luego desvanecerse como lágrimas en la lluvia. No hay nada más humano que el dolor de la propia ausencia.

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Lecturas

– Philip K. Dick, “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, Edhasa, 1981. Publicada por vez primera en 1968.

– “Blade Runner” (Ensayo colectivo), Tusquets, 1988, La película de Ridley Scott transcurre en Los Ángeles en 2019.

– Carlos García Gual, “Prometeo: mito y tragedia” Ediciones Peralta 1979.

– Román Gubern, “Máscaras de la ficción” (Los enigmas de la vida: sobre Frankenstein y Moreau), Anagrama, 2002

Prometeo, el vicio de la filantropía

Prometeo. fuego

Así como Ahasver, el ángel caído de Heym, es sentenciado a vagar eternamente sin conocer reposo por haberse opuesto al orden divino y haber prendido en los hombres la chispa de la rebelión, Prometeo cumple su castigo en el Cáucaso por similares delitos. Ahasver es el defensor de las causas perdidas de los hombres y en eso radica su coincidencia con Prometeo, que nada tiene que ver con Lucifer, aunque en ello hayan insistido los apologistas cristianos tan propensos a la apropiación de todo lo grecolatino para sus propios intereses.

Prometeo comete un sacrilegio al robar el fuego, consigue incluso engañar a Zeus y podríamos coincidir con Hesíodo en que ha transgredido los límites. Shelley en el prólogo a su poema ‘Prometeo Liberado’ reconoce que ambos personajes comparten una misma rebeldía, pero el Titán carece de ambición, de envidia y de deseos de venganza y, sobre todo ama a los hombres, les protege y les enseña y consigue para ellos una era de justicia, sin reyes ni dioses.

Según Hesíodo, los hombres ya existían antes de que se les repartieran los dones que les harán plenamente humanos. Esta historia comienza cuando Zeus ha conseguido el poder tras la violenta lucha con los Titanes. Los dioses que le acompañan viven en el Olimpo pero también comparten lugares de la tierra con los humanos, en especial la llanura de Mecone, cerca de Corinto, en la que todo florece espontáneamente y en la que viven mezclados los unos con los otros: se sientan a la misma mesa, escuchan cantar a las Musas la gloria de Zeus y todos los días se celebran como una fiesta. Los hombres no conocen ni el trabajo ni el dolor ni la enfermedad ni el nacimiento ni la muerte y, aunque no son inmortales, viven cientos o miles de años, siempre jóvenes, hasta que un día desaparecen, igual que cuando llegaron.

Esta supuesta Edad de Oro finaliza en el momento en el que, por razones que se ignoran, Zeus realiza un nuevo reparto para resaltar las diferencias entre dioses y hombres. Recurre a Prometeo, hijo de un Titán pero aliado del rey de los Olímpicos. Hesíodo narra esta historia legendaria a través de tres importantes actos: el sacrificio a los dioses, el robo del fuego y la creación de la mujer.

El primer acto se desarrolla en torno al sacrificio de ofrendas a los dioses. Muerto y despellejado el buey, Prometeo hace dos lotes con él: en uno coloca los huesos mondos y lirondos y sobre ellos extiende una atractiva capa de grasa y, en el otro, amontona las carnes y las cubre con la piel y las repugnantes vísceras del animal. Le da a elegir a Zeus y éste elige el primer lote. Su reacción al verse engañado es de ira y resuelve dejar a los hombres sin el fuego y con ello reducirlos a la condición de bestias.

Hay un engaño, pero también la situación en la que quedan los hombres respecto a los dioses queda aclarada, según deduce Vernant: la parte que se sacrifica a los Olímpicos está compuesta de huesos y grasa, que es lo más vital e inmortal de los animales, y ascenderá a los cielos como una humareda, en tanto que la parte que se quedan los hombres, la carne, que es la que necesitan para subsistir, queda reducida a materia muerta. Los dioses no necesitan comer ni beber, si acaso néctar y ambrosía; en cambio, los hombres están sometidos al hambre, a la necesidad y a la mortalidad. Son los Efímeros, frente a los Felices, que componen el grupo de los inmortales.

Los hombres comen carne pero cocida o asada porque no son animales salvajes. Zeus les ha arrebatado el fuego y Prometeo sube al Olimpo por donde se pasea disimuladamente con una rama de hinojo, planta que tiene la característica de ser húmeda y verde por fuera y seca por dentro. Se apodera de una semilla del fuego de Zeus y la introduce en el hinojo. Baja de nuevo a la tierra y entrega lo robado a los hombres. Zeus lo descubre y de nuevo se enfurece y es entonces cuando envía a Prometeo al Cáucaso mientras idea nuevas “regalos” para los hombres, como la creación de Pandora. Si bien el Titán regala el fuego a los hombres, el Crónida, utilizando similar astucia, les regala el origen de todos sus males, según el capítulo más antifeminista de ‘Los trabajos y los días’. Prometeo Esquilo

Frente a Hesíodo, que toma partido claramente por Zeus y considera que Prometeo es un criminal justamente castigado, Esquilo lo convierte en mártir que se sacrifica y hace frente al poder omnímodo e injusto de Zeus en ‘Prometeo encadenado’, la tragedia que realmente marca las características del mito y sus recreaciones a lo largo de los siglos. Rafael Argullol, en ‘El fin del mundo como obra de arte’, contrapone la sabiduría del dramaturgo griego a las visiones de Juan de Patmos, el alba prometeica frente al ocaso apocalíptico.

Esquilo, dice Argullol, es un hombre sabio, profundo, equilibrado, orgulloso de haber participado en las batallas de Maratón y Salamina, en tanto que el autor del Apocalipsis es su antítesis: un visionario, probablemente un loco, con una descomunal capacidad para el odio y una mente forjada en la venganza. No hay más que leer las escenas de crueldad inusitada, de violencia y de regocijo por parte de los santos que, desde lo alto, contemplan el fin del mundo. Es la obra de un desequilibrado, de un enfermo.

El Prometeo de Esquilo es el gran seductor en un mundo en el que no existe ninguna imagen inmutable, ningún paraíso perdido al que recurrir, porque la Edad de Oro de la que da cuenta Hesíodo es realmente, la Edad de la Estupidez. No hay nostalgia de algo que no fue y por eso Prometeo no mira atrás porque el pasado no es mejor que el presente o el futuro y exige al hombre que reconozca su soledad, a cambio de un sueño ambiguo de libertad. No les ofrece la inmortalidad, pero si les evita “ver ante sí un fatal fin” fundando en ellos ciegas esperanzas”, es decir, la confianza en el futuro. Ahora, los Efímeros, los que viven al día -dice el ‘Prometeo encadenado’– poseen el fuego y de él obtendrán el conocimiento de muchas artes. Prometeo convierte a los hombres, de niños, en seres inteligentes y capaces de reflexionar. No hay paraíso perdido y es el Titán quien entrega la antorcha que revela el conocimiento a los mortales.

Prometeo Argullol

Frente a un dios inmutable, ajeno al devenir de los hombres, nacido en el desierto, en un paisaje sin matices, Zeus podría ser un dios que aprende del tiempo que a todos nos envejece. En la tragedia de Esquilo, ‘Prometeo liberado’, de la que sólo conocemos algunos fragmentos, se ha producido un pacto, nada fácil, por no decir imposible. Heracles, parece que con el permiso de Zeus, ha matado al águila que atormentaba a Prometeo y a éste le ha liberado de sus cadenas. No es fácil aceptar que dos adversarios tan inflexibles acaben reconciliándose. Es posible que Zeus, con el tiempo, haya evolucionado hacia un carácter más humanitario y haya acabado perdonando a Prometeo, lo que supondría admitir la perfectibilidad del ser supremo, algo manifiestamente imposible en el Dios de la Biblia.

No se entiende que en la primera tragedia, Prometeo augure a Zeus la pérdida del poder a causa de sus “propios designios insensatos”; que el tirano supremo envíe como intermediarios a Krátos, personificación del Poder, y a Bia, la violencia, que actúan como sus sicarios y que, a través del servil Hermes, le comunique las condiciones de su tormento eterno, para, en la segunda tragedia, llegar a un pacto. Tampoco está en la naturaleza del héroe aceptar esa especie de indulto.

En el escenario de ‘Prometeo encadenado’ aparece Io, la joven metamorfoseada en vaca, que huye enloquecida del acoso del tábano. Según García Gual, Esquilo ha puesto en conexión su leyenda con la de Prometeo, cuando probablemente nada en la tradición los relacionaba. Pero los sufrimientos de Io vienen a ilustrar la situación de la divinidad en el mundo: Prometeo puede ser culpable, pero Io, víctima del capricho de Zeus y de la venganza de Hera, es absolutamente inocente.

El coro, compuesto por las Oceánides, jóvenes doncellas que representan la empatía ante el dolor del rebelde, amedrentadas ante el mundo de violencia e injusticia que les revela la historia de Io, deciden sufrir con Prometeo, acompañarle en su destino, ser compasivas en el sentido griego de la palabra sympatheia. Ellas y los espectadores levantan acta de acusación contra Zeus, contra su injusticia.

En el ensayo, poético y filosófico, de Argullol, Io representa un importante papel, más allá de la injusticia concreta a la que ha sido sometida por los dioses. Io, condenada a “perder la patria segura del instinto para vagar en el desierto del conocimiento”, castigada con el “regalo de la conciencia”, verdaderamente es la representación de la humanidad, que intenta explicarse la furia del mundo y la causa de su dolor.

Lecturas

– Rafael Argullol, ‘El fin del mundo como obra de arte. Un relato occidental’, 1991, Acantilado.

– Carlos García Gual, ‘Prometeo: mito y tragedia’, 1979, Ediciones Peralta.

– Jean-Pierre Vernant, ‘El universo, los dioses, los hombres. El relato de los mitos griegos’, Anagrama, 2000.

Ahasverus y Cartaphilus, errantes inmortales

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El Judío Errante, o Judío Inmortal como lo llaman en los países de habla alemana, es un personaje de la mitología popular europea que inicia su andadura en las crónicas medievales del siglo XIII y se multiplica a partir de 1547, año en el que fue visto en Hamburgo. Aparece en distintas versiones y con diferentes nombres pero siempre con una característica: un marcado sentido antisemita. Es la personificación de la diáspora del pueblo judío, propenso a éxodos, exilios y destierros, un castigo divino que la nación “cainita y deicida” tiene bien merecido por haber negado al Mesías y haberle conducido a la crucifixión, según la cristiandad.

Nuestro personaje tiene semejanzas con Caín, al que Jehová condenó a vagar errante y fugitivo sobre la tierra. El judío de la leyenda recibe la maldición de labios de Jesús, bien por negarle un poco de agua o un lugar para el reposo durante su subida al Gólgota, bien por meterle prisa cuando cargaba con la cruz a cuestas. El hijo del hombre se va, pero tú esperarás a que vuelva”, parece que le dijo. La promesa de Jesús a sus seguidores era que pronto volvería y los apóstoles pensaban que eso ocurriría en su propia generación, pero han pasado dos mil años, la Parusía sigue sin producirse y el Judío Errante continúa su vagar eterno sin poder descansar jamás.

Una de las versiones asegura que el Judío Errante era un zapatero que tenía su tienda en la calle por la que subían los condenados a muerte con los maderos de la cruz a cuestas; otra, que se trataba de un centurión o un criado de Poncio Pilatos, que era el mismo Herodes e incluso Malco, asistente del Sumo Sacerdote, al que Pedro cortó la oreja. Los nombres también son muchos, pero han persistido, posiblemente debido a la literatura sobre el tema, el de Joseph Cartaphilus, identificado con el centurión y a, y el de Ahasverus.

En las primeras líneas de “El inmortal”, Borges nos hace un retrato de Joseph Cartaphilus sin afirmar en ningún momento que sea el auténtico Judío Errante. Nos lo sitúa como anticuario en 1929 en Londres. “Era un hombre consumido y terroso, de ojos grises y barba gris, de rasgos singularmente vagos y se manejaba con fluidez e ignorancia en diversas lenguas”. A finales de ese mismo año se supo que había muerto en el mar, al regresar de Esmirna, y que lo habían enterrado en la isla de Ios. Pero dejó en el último tomo de la Iliada, un manuscrito en el que Marco Flaminio Rufo, tribuno de las legiones de Diocleciano y otro de los nombres de Cartaphilus, narra su búsqueda de la Ciudad de los Inmortales.

De Cartaphilus se contaba en cartas y crónicas medievales que había sido un pretoriano de Poncio Pilato, aquel que empujó a Cristo camino del Calvario para que se diese prisa. Y que fue entonces cuando el propio Mesías le profetizó su inmortalidad errante. Otra versión, procedente de la crónica inglesa “Flores Historiarum” de Roger de Wendover, publicado en 1228, cuenta que un arzobispo armenio que visitaba Inglaterra relató que se había encontrado con Cartaphilus, en realidad José de Arimatea. Una leyenda algo posterior dice que Cartaphilus no era soldado romano, sino un criado del gobernador que acabó como ermitaño haciendo penitencia por su enorme pecado en Armenia. En todos los casos, el condenado a la inmortalidad rejuvenece cada vez que llega a la edad de cien años y así hasta la segunda venida de Cristo, como le fue prometido.

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En 1603 circuló un folleto anónimo que hizo muy popular la leyenda del Judío Errante y en el que se relataba que cincuenta años antes, en 1547 en Hamburgo, el clérigo luterano Paulus von Eitzen, afirmó que había conocido al Judío Errante en persona y que el propio Ahasverus, que así decía llamarse, le contó su historia y su maldición. Las ediciones del folleto se multiplicaron y se extendieron desde Alemania a Suecia, Dinamarca, Países Bajos y Francia.

El escritor alemán Stefan Heym utiliza la historia del consiliario de Schleswig y su encuentro con Ahasver para narrar su propia versión del Judío Errante, que convierte en parábola del Orden que ha de ser superado por la Justicia. Existe una explicación, que él mismo autor expone en una de las cartas al responsable del Instituto de Ateísmo Científico de Berlín, de por qué resurge con ímpetu la leyenda del Judío Errante en plena Reforma: Lutero destruyó el monopolio del tráfico financiero de la Iglesia católica y sus grandes bancas, los Fugger y los Welser; los puritanos protestantes se quedaron sin banqueros y no tuvieron más remedio que acudir a los judíos, a quienes sí se les permitía el préstamo sin riesgo de condenación eterna. Ahasver aparece desde entonces, no sólo como el vagabundo inmortal, sino también como el prestamista y el usurero y también el inventor de las cartas de crédito porque allá donde va llega como un mendigo e inmediatamente, gracias a sus contactos y a sus cartas, consigue grandes riquezas.

Pero Heym crea con Ahasver otro personaje, cuyo origen no está en la primera venida de Jesucristo, sino en el propio Génesis, en la rebelión de Lucifer y sus seguidores frente a la osadía de la creación del hombre, al que todos en la tierra y en el cielo deberían adorar. De unas motas de polvo, de agua, de aire y de fuego, Dios creó al hombre en la palma de su mano. Pero Lucifer no estaba dispuesto a servir a un ser que no era ni fuego ni espíritu como él, un ser que se convertirá en una “alimaña y se multiplicará como los piojos y hará de la tierra un lodazal maloliente” y será “burla y oprobio” de la imagen de su creador.

En la rebelión y en la caída le acompaña Ahasver, el Amado, pero no por las mismas razones. Se rebela contra el orden del Creador porque le domina “un gran pensamiento, un sueño” y Dios le castiga porque no puede consentir que su ley sea un escarnio a sus ojos, que no le alabe, que su orden no sea orden para él y que pretenda poner “lo de arriba abajo y lo de abajo arriba”.

Le condena a vagar eternamente y esta sentencia se repite con el propio Jesucristo, a quien Ahasver pretende convencer de que no tiene que ser el cordero, ni cumplir la profecía de la mansedumbre. Cuando Reb Joshua ayunaba en el desierto le mostró los reinos del mundo y cómo en todos y cada uno de ellos imperaba la injusticia, cómo los débiles eran aplastados por los fuertes, cómo los campesinos se uncían ellos mismos el arado. Ante semejante estado de cosas, Ahasver le insta a que se haga cargo de todo ello y disponga lo de abajo arriba pues “son llegados los tiempos de establecer el verdadero Reino de Dios”, pero Reb Joshua le contesta: “Mi Reino no es de este mundo”.

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Y cuando, camino del calvario, Ahasver le ve torturado y exhausto dirigirse al sacrificio le dice: “Te quitarás de encima esa cruz y te erguirás, libre de la carga y reunirás en torno a ti al pueblo de Israel y serás su caudillo, como está escrito porque tuyo es el combate y tuya la victoria”. Reb Joshua le pide que envaine la espada y que le deje descansar a la sombra del pórtico de su casa, pero Ahasver le empuja y le advierte de que a Dios no le importa que muera en la cruz, que ha hecho a los hombres como son y que no va a cambiarlos “tu pobre muerte”. Es entonces, cuando Jesucristo le condena a permanecer en la tierra hasta que vuelva para juzgar a los vivos y a los muertos.

Ahasver no cree que el cordero transforme el mundo. “Te prenderán y te escarnecerán como a falso rey”, le avisa cuando predica que los mansos poseerán la tierra y que quienes tienen hambre y sed de justicia se verán hartos. El ángel caído se rebela contra Reb Joshua porque no es quien espera, no es el que impondrá la ley de la justicia en el mundo. Tras su muerte en la cruz sigue reinando la maldad: todos son enemigos de todos, se construyen campos de concentración donde los hombres mueren a millares por falta de alimento y cámaras de gas donde fallecen asfixiados y armas que aniquilan a los enemigos, se tortura hasta la muerte y se mata en masa. No hay más que echar una ojeada al terrible siglo XX. “Y todo ello sucede en nombre del amor y para el bien de los pueblos”.

Nunca la espada se convirtió en reja de arado. Y el hombre “se apodera de las fuerzas del universo y crea gigantescos hongos de humo y llamas, en los que todo ser viviente se convierte en ceniza y en una sombra sobre la pared”. Los hechos dan la razón a Lucifer: de una mota de polvo no sale nada bueno y la humanidad es una vara torcida. Todos los parches son inútiles y sólo prolongan la agonía del género humano que finalmente habrá de sucumbir. Propone a Ahasver que se una con él en la destrucción del viejo mundo y que con su espíritu se cree un reino “sin ese pequeño Dios de un pequeño pueblo del desierto, un Dios que sólo puede vivir si todos los seres se le someten”.

Pero Ahasver, el ángel caído que quiere mudar el mundo porque cree que el mundo es mudable y también los hombres que lo pueblan, no puede aceptar el destino de exterminio que Leuchtentrager, el que lleva la luz, quiere para los hombres. Es un redentor, un Prometeo, castigado por Dios. Y convence a Reb Joshua para que vuelva, pero esta vez a juzgar, no a padecer: para asaltar los cielos y el orden de lo sagrado.

Lecturas

Jorge Luis Borges, El inmortal (El Aleph), Seix Barral, 1983

Ahasver, Stefan Heym, Alfaguara, 1981

“Balada de Caín”, nostalgia del Paraíso

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Desterrado y maldito para toda la eternidad, Caín es el reverso del bien, el primer asesino de la historia, el despreciado por todos, el errante, pero también el aventurero, el fundador de ciudades y el constructor de sus fortalezas, el inventor de las pesas y las medidas, el artesano y el artista.

El primer gran villano de la historia sagrada se convierte, por su enfrentamiento con Dios y por el castigo que recibe, en un personaje de ficción de múltiples facetas. Da casi tanto o más para la recreación y la distorsión que el propio Jehová, otra máscara literaria en la que Manuel Vicent se emplea a fondo en esta novela, que mereció el Premio Nadal en 1986 y que constituye la expresión lírica de su culto mediterráneo y pagano al placer de todos los sentidos, incluido el goce intelectual.

Jehová permitió a Caín, tras el asesinato de Abel, seguir viviendo pero como un proscrito y, según las antiguas leyendas, dondequiera que iba, la tierra se estremecía bajo sus pies. Le impuso castigos que eran peor que la muerte: un cuerno vergonzoso en mitad de la frente; un hambre voraz que nunca se saciaba; la decepción de todos sus deseos; una perpetua falta de sueño y la orden terminante de que ningún ser humano se le acercara para ofrecerle amistad o para matarlo.

Vicent da voz al protagonista de la historia y en su boca pone las palabras que nos cuentan su versión. Caín es un hombre que sólo busca la felicidad, que ha visto demasiados paraísos en la tierra y que sólo pretende encontrar “un poco de amor”. La vida del hombre consiste en huir detrás de un sueño que no existe, le susurra Eva en el desierto y, en sueños, Jehová le dice que su destino será huir siempre y ser feliz sin esperar nada. Su vida consistirá en la búsqueda de la felicidad y del paraíso, lugar donde quizá podría hallarse.

Sus padres se aparearon fuera del edén y a él sólo le llegaron vagos comentarios de lo que fue la vida antes de que él naciera y ellos cometieran el grave pecado de querer ser inmortales. Eva le contaba bellas historias sobre el origen de los tiempos, pero Adán sólo hablaba para orar e implorar el perdón de Jehová, reconocer la insignificancia de su persona y expresar su nostalgia por el paraíso perdido. A él, su hijo, le daba “consejos de esclavo” ante la mirada ajena de Eva, que “no creía en nada, temía a las serpientes y aborrecía a Dios”.

Pasa su niñez en el desierto, con sus padres y luego con Abel, en busca de oasis y pastoreando cabras. En esas caminatas, descubrían chatarra bélica, nidos de ametralladoras, campos sembrados de cruces y, en una de las marchas, Adán tuvo la mala fortuna de pisar una mina y saltar por los aires. Murió pero le dejó a Caín un Dios fornido y de mal carácter, caprichoso y sanguíneo que visitaba a los tres miembros de la familia acompañado por su guardia personal de gorilas arcángeles, luciendo espectaculares atuendos de jefe de pista circense, dictador tercermundista o vaquero del oeste, que siempre le proponía echar un pulso sobre el ara de los sacrificios o competir en una carrera de velocidad por el desierto.

Todos los males de Jehová se debían a su omnipotencia y a su inmensa soledad: creó el universo para combatir su aburrimiento y luego no supo qué hacer con él. Jehová era un dios lleno de tedio, que gozaba en el dolor de los seres a los que había creado. Es en el desierto, al construir un espantapájaros para proteger las ofrendas destinadas al creador del mundo, cuando Caín descubre que las cosas se poseen a través de su imagen y que para crear a Dios sólo es necesario reproducirlo. Cuando los tiempos del Génesis han terminado, surge una pregunta inevitable:

“¿Existe todavía Jehová, aquel fabricante de charadas?”

– “Existe en verdad. Pero Dios ya sólo es nuestra ignorancia. O nuestro miedo. El enigma es un precio que hay que pagar”.

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En un supremo ejercicio de dislocación temporal, Caín hace repaso de su infancia y de su adolescencia con Jehová o quizá vive esa época de su vida en el desierto al mismo tiempo que ejerce como saxofonista en un club de jazz en Manhattan. Una madrugada, de vuelta a su alojamiento en Nueva York, escucha por la radio la noticia de que han matado a Abel y que se busca a un hombre de rasgos árabes, alto y de ojos verdes, que lleva una señal en la frente, un círculo entre las cejas. Los periódicos no se ponen de acuerdo: unos dicen que se ha hallado en el litoral del Mar Negro un cadáver incorrupto de los tiempos del Génesis y otros sitúan el suceso en París, en el ambiente nocturno y homosexual de los jardines del Trocadero, e incluso en el metro de Nueva York. También dicen que la víctima era un bailarín, un actor o quizá solamente un bellísimo chapero.

En cualquier caso Caín no ha sido el autor, al menos todavía, de la muerte de su hermano, “un idiota, pero al que yo amaba; jamás me hubiera atrevido a arañar a un ser tan perfecto e infeliz”. Abel fue quien le inició en los secretos de la carne, en el nido de ametralladoras del desierto, donde practicaba juegos de pugilato con el mismo Jehová.

Caín y Abel abandonan el desierto en una caravana de comerciantes que recorría la Media Luna Fértil, la zona que arranca del Golfo Pérsico, sube como un alfanje curvo por el territorio de los grandes ríos hasta alcanzar la región de Mitanni, comienza a doblar por el país de los hititas y encuentra el mar en la legendaria Biblos, la de los perfumados cedros”, donde se fabricaba el papiro y “los maestros enseñaban en las calles el arte de la escritura y regalaban sentencias de sabiduría”.

Durante el trayecto, Caín se empapa de las historias que cuentan los expedicionarios sobre la mítica ciudad de Ur, sobre la gran Babilonia y sobre las tierras de Canaán. Pero nadie quiere hablarle del paraíso. Circulan historias, simples rumores, que dicen que dentro de lo que queda del paraíso no hay nada, que en otro tiempo fue un simple criadero de monos, donde la mayoría de ellos eran felices hasta que algo sucedió. En la época de los reptiles alados, un mono devorador de manzanas comenzó a jugar con un palo y se sintió inmortal y ahora el paraíso es un inmenso corralón en ruinas.

Caín consigue adentrarse en él y, efectivamente, no hay nada. En el mismo momento en que penetra en el edén del desierto, Caín el saxofonista lo hace en el cuerpo de Helen, en su habitación del hotel de Chelsea y entra en el auténtico paraíso. El edén era “caminar a la luz de la luna sin esperanza y sentirse feliz al comprobar que el cuerpo formaba de la arena” de la misma forma que dos cuerpos forman parte el uno del otro en una sola carne.

El edén no está en el desierto de su infancia, ni en las ciudades recorridas a lo largo de los siglos, ni siquiera en Nueva York, a donde se dirige después de escuchar el consejo de un soldado americano, del mismo ejército que había bombardeado Jericó con sus aviones ultrasónicos y había matado a Abel y a Jehová. “Si eres Caín, Nueva York es tu sitio, en esa ciudad se venera a los héroes”.

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Nueva York es la ciudad de las ciudades, palpitante y bulliciosa es la que nunca duerme, lugar de mezcla y confusión, intoxicada de jazz, capaz de elevar a objeto de arte una vulgar lata de sopa, destino de emigrantes venidos de todo el mundo y donde todo puede ocurrir: desde un picnic en Central Park a una procesión de napolitanos celebrando a San Genaro. Un lugar en el que el Dios infantil, cruel y caprichoso del desierto ya no tiene espacio porque ha perdido del poder que le otorgan los hombres, el único que puede tener. Nueva York se ha convertido en el emblema de lo que los intolerantes llaman la perdición, la nueva Babilonia. Su castigo llegó de la mano de fanáticos de regiones donde Dios reinaba y aún hoy sigue marcando la miserable vida de hombres con deseos e imaginación de esclavos, como Adán, aunque ahora su máscara no se llame Jehová, sino Alá, al fin y al cabo la misma cosa.

Vicent hace aparecer en Nueva York un desfile de mutantes: negros en cadillacs blancos con sombreros de copa fosforescentes, ancianas vestidas con trajes de ballet, ancianos de ochenta años que hacen footing abrigados con bufandas, heroinómanos transparentes y desequilibrados macrobióticos; limusinas blindadas como sarcófagos y una vía que se dirige al paraíso situado bajo el asfalto. En las alcantarillas de Manhattan fluyen aguas que arrastran joyas perdidas arrastradas por innumerables cañerías y donde se respira un olor a piña podrida en un clima tropical, en el que viven los hombres rata de piel cenicienta y córneas gelatinosas, cuya clase superior ha alcanzado el estado letárgico y apático que conlleva la renuncia a todo, y donde cocodrilos albinos procesionan en círculo con la cabeza fuera del agua, majestuosamente, como reyes ciegos, descendientes de aquellos caimanes de los años treinta que, según una leyenda urbana que aún perdura, fueron adquiridos en Florida por adinerados e inescrupulosos turistas y, ya en Nueva York, arrojados por el inodoro.

Caín busca el paraíso pero sobre todo busca la felicidad que se encuentra en el olvido de la sed, del hambre, del sentido de culpa. Recuperar la memoria del paraíso es recuperar también el desdén, la injusticia, el desamor y bien sabe que no se puede tener lo uno sin lo otro. Por eso Caín sigue huyendo en busca del placer, la inmersión en el otro y la pérdida de uno mismo, que es lo único que facilita la desmemoria.

Manuel Vicent, Balada de Caín, 1987