El encanto de la ‘flapper’: del escándalo a la tragedia

Mira con descaro a la cámara, se gusta, baila, es cínica pero también exhala frescura e ingenuidad, le gusta provocar, parece segura de sí misma pero camina sumida en un halo de inconsciencia y al mismo tiempo es escandalosamente vital en un mundo que, como ella, gira sin cesar. Es una flapper y, pese a su origen estadounidense, se convirtió en un modelo universal que no tardó en extenderse gracias al cine, las revistas ilustradas y los discos de jazz.

Con una intención claramente andrógina, se cortaba el pelo a lo bob, largo por delante hasta la barbilla y más corto en la nuca, teñido de negro azabache o rubio platino; utilizaba fajas y corsés para reducir curvas y dar una imagen de fragilidad infantil, acentuada por vestidos rectos con cinturones en la cadera y justo por encima de la rodilla para mostrar más allá de lo permitido, las medias de seda; se maquillaba sin complejos y sustituía el pellizco en las mejillas de sus abuelas por el colorete, única forma aceptable de ruborizarse en el ambiente que frecuentaba; abusaba del rouge de labios que no se perdía ni con los besos ni con la bebida y, al principio, los polvos de arroz que se extendía por el rostro le prestaban un aspecto enfermizo y diabólico.

Esta apariencia las delataba, pero también su forma de estar, de moverse y, sobre todo, de bailar. Interpretaban todo lo que estaba de moda, desde el foxtrot a ritmo de ragtime y su variante popular de la década de los veinte, el charlestón; el shimmy con su sincopado movimiento de hombros; el bunny hug importado de California o el black bottom, tradicional de los bailarines negros del sur. Ritmos y bailes de origen afroamericano que se popularizaron en la llamada ‘Era del Jazz’, en la que se ajustó el concepto de flapper, que pasó de aplicarse a cualquier jovencita alocada a definir la moda y el estilo de vida de las mujeres modernas de los años veinte, que se habían incorporado al mundo laboral y que, al menos durante unos años, experimentaron el sueño de ser independientes, sin ataduras familiares, ni a padres ni a esposos.

Son varias las aspirantes a ‘diosa de las flappers’. Algunos dicen que fue Clara Bow, la pelirroja de Brooklyn que encarnaba el modelo de mujer decidida e independiente que miles de espectadoras intentaban imitar; la del labio superior en forma de corazón y de las pestañas maquilladas a lo ‘babydoll’. Encarnaba la mujer moderna y emancipada que podía hacer lo que quisiera, cuando quisiera y con quien quisiera, adelantándose en cincuenta años a la revolución sexual. Bow era la chica que tenía “eso”, una cualidad que la hacía ser deseada por todos y que demostró en la película ‘It’ de 1927, basada en una novela de Elinor Glyn, escritora de historias atrevidas aunque ella tuviera el aspecto de una institutriz victoriana.

Scott Fitzgerald diría que fue su mujer, Zelda, la que encarnó la estética y la ética flapper, propia de esta ‘Era del Jazz’ que él describió y dio nombre en sus novelas y que mostraba todo lo que había cambiado tras la Gran Guerra y el hecho de que ya nunca nada podía ser como antes de 1914.

Aunque la ley Volstead, que prohibió las bebidas alcohólicas en los Estados Unidos entró en vigor el 16 de enero de 1914, su efecto se notó cuando finalizó la guerra, pero porque consiguió todo lo contrario de lo que pretendía: beber se convirtió en un acto de rebelión y de libertad y los locales ilegales, los ‘speakeasies’, florecieron en todas las ciudades americanas. Allí se reunía la juventud más divertida y más transgresora y en ellos se besaba, se bailaba y se perdía la cabeza por el jazz. Se bebía en los garitos ilegales y en las fiestas privadas, en Nueva York y en Hollywood, donde el alcoholismo se convirtió en una plaga, y se bebía sin ninguna restricción en Europa, adonde viajó el matrimonio Fitzgerald.

En París los conoció Hemingway, otro gran bebedor, que en su libro de supuestas memorias, ‘París era una fiesta’, cuenta que la primera vez que vio a Scott fue en el bar ‘Dingo’ de la rue Delambre y que le estuvo observando detenidamente mientras bebían champán hasta que de repente, escribe, la piel de su cara se le puso muy tirante y se le hundieron los ojos como una calavera y finalmente se quedó como muerto, lo que le ocurría habitualmente cuando se emborrachaba. Días después viajaron a Lyon por un asunto relacionado con un automóvil y su comportamiento, tras beber apenas un whisky con Perrier, fue el de un majadero por culpa del alcohol. Antes de todo esto, supo Hemingway, Scott y Zelda perdían el conocimiento cuando se pasaban en la bebida, pero habían perdido esta especie de defensa natural y el alcoholismo les dominaba todo el tiempo.

Fitzgerald fue el escritor más afín a la joven generación de la década de 1920 y no sólo lo demostró con sus novelas, sino también con su modo de vida, de orgía perpetua y excesos alcohólicos. ‘A este lado del paraíso’ fue su primer libro y logró un éxito inmenso. Se trata de una novela poco coherente, que no trata realmente de nada, pero que supone un gesto indefinido de rebeldía. De él dijo Edmund Wilson que era el libro más iletrado y sin méritos que había sido publicado, no sólo por sus fallidas referencias literarias, sino también por las frases desconcertantes e incorrectas que no quieren decir nada. Y sin embargo, sigue diciendo el crítico en su reseña, “este absurdo fárrago está animado de vida”. Cien años después de su aparición puede considerárselo como un libro sin interés, que abunda en lugares comunes, pero para el propósito de este comentario me parece adecuado por ser la impresión de un ciudadano del Medio Oeste acerca de los jóvenes neoyorquinos, preocupados por las apariencias, por el deseo de magnificencia y la conciencia del tiempo malgastado, jóvenes entre los que se encontraban las alegres flappers y su obsesivo deseo de vivir con intensidad cada minuto.

En cambio, ‘El gran Gatsby’ es mucho mejor de lo que me esperaba, aunque también tiene frases absurdas y desconcertantes como cuando pretende mostrar la esperanza de su personaje en un futuro luminoso gracias a un “lugar secreto, donde estaría en condiciones de mamar de la ubre de la vida y beber de un trago la incomparable leche del asombro”. Como en todos sus relatos, Fitzgerald utiliza experiencias personales y en este caso su vecindad en Long Island, donde Gatsby, un hombre que ha conseguido superar su pobreza con el contrabando de alcohol y otras delincuencias, mantiene una impresionante mansión, en la que organiza fiestas diarias, para llamar la atención de Daisy, la mujer de la que está profundamente enamorado desde hace cinco años. Es una mujer casada con otro hombre al que eligió porque poseía “la aureola de una inapelable abundancia” a lo que no pudo resistirse dada su frivolidad y su egoísmo, aunque se revelara como un simple patán millonario. En todas sus apariciones, ella parece flotar entre vestidos y nubes blancas y orquídeas, lánguida, esbelta y adormilada. Evidentemente es una flapper, que disfruta flirteando, es ligera y desconsiderada, maldice sin rubor y se comporta como una vampiresa infantil. Con un añadido: es una mujer de mundo, que lo ha visto todo.

A Fitzgerald le volvía loco este tipo de mujer y nunca dudó en confesar sus preferencias: “Por eso me casé con la heroína de mis libros; no me interesa otra clase de mujer”. Y la misma Zelda nunca dejó de comportarse como una joven caprichosa y malcriada que hacía gala de su obsesión por el dinero y por actuar sin ninguna cortapisa moral o simplemente de educación. “No quiero ser respetable porque las chicas respetables no son atractivas y nadie las besa”, proclamó.

Algún tiempo después del viaje a Lyon con Scott, Hemingway conoció a Zelda, un día en el que ella tenía una resaca de espanto, y actuaba de una manera ausente como si estuviera más en la fiesta del día anterior que en el momento presente. De pronto parecía acordarse de algo divertido y se echaba a reír, sin explicación. Ernest y Zelda se cayeron mal desde el principio: él veía en ella un obstáculo a la creatividad y el trabajo de Scott y ella creía que ambos escritores mantenían un relación homosexual. En otra ocasión, un día en que Zelda parecía encontrarse excepcionalmente bien y mantenía una conversación fluida y coherente, de repente ella le susurró al oído con mucha reserva: “Ernest, ¿tú no piensas que Al Jolson es más grande que Jesús?”. Finalmente, Zelda fue ingresada en un manicomio y “Scott supo que lo de su mujer era locura”, concluye Hemingway.

Edmund Wilson, que conoció muy bien a Scott desde que ambos estudiaban en Princeton, y del que siempre esperó una gran obra, nos dejó una impresión interesante sobre él y Zelda. Fue en el año 1928, en la mansión de Ellerslie, en la que los Fitzgerald vivían como millonarios, aunque ya no lo fuesen, tras su regreso de Europa. Muchos amigos y conocidos habían sido convocados a la fiesta y Scott les mostraba la casa, deteniéndose en los corredores y preguntando misteriosamente si no escuchaban los gemidos del fantasma del viejo Ellerslie: había situado al mayordomo tras una puerta sollozando y sacudiendo una cadena, pero cuando la casa bullía de invitados, ninguna cadena ni sollozo podía escucharse mientras el infeliz mayordomo seguía cumpliendo el encargo. Por la noche, a Scott se le ocurrió vestirse de fantasma con una sábana y asustar a uno de sus huéspedes, ya que el truco del mayordomo había sido un fracaso, pero el huésped reaccionó dándole un puñetazo, lo que produjo un pequeño incendio porque Scott llevaba un cigarrillo encendido y con el golpe quemó la sábana.

Respecto a Zelda, Wilson no deja entrever en ningún momento que ella no estuviera en su sano juicio, sino todo lo contrario. Señala que “poseía la espontaneidad de una belleza sureña y la carencia de inhibiciones de un niño” y su conversación “giraba en una onda de libre asociación de ideas donde no era posible fijar ninguna”. Además de espontaneidad, Zelda era ciertamente ingeniosa. Cuando ya decaída la fiesta Zelda se dirigió a un invitado que no conocía y que mostraba un conspicuo amaneramiento, éste le dijo que estaba pensando y que ella se lo impedía por lo que le rogaba encarecidamente que le dejara en paz. Entonces, Zelda, no acostumbrada a tal insolencia, le dijo: “En realidad, usted no está pensando, simplemente es usted un homogéneo”. El joven, sabiendo perfectamente que había utilizado un eufemismo bastante creativo, se marchó majestuosamente dejando bien a las claras que había sido ofendido. Cuando Scott se enteró, removió cielos y tierra para ofrecerle las disculpas que Zelda no quiso darle.

Estas anécdotas sobre una noche en Ellerslie revelan el infantilismo del escritor, la espontaneidad insólita de Zelda y lo mucho que les gustaba a los dos tener sobre ellos el foco escénico y, en conclusión, el absurdo de una velada que Wilson describió en 1950, cuando de nuevo se volvieron a poner de moda los locos años veinte.

Dos años después de aquella fiesta, triunfó la versión de Hemingway sobre la de Wilson. Internada en 1930 en un hospital psiquiátrico, Zelda fue sometida a una serie de exámenes que determinaron que sufría esquizofrenia. A partir de entonces fue de hospital en hospital hasta que en uno de ellos, justo cuando iba a recibir un tratamiento de electroshok, las cocinas se incendiaron: su cadáver quedó carbonizado.

Clara Bow, la it girl más deseada en la década de los veinte, también tuvo problemas con las drogas y el alcohol, lo que unido a su inestabilidad emocional, la alejaron del apoyo de los estudios cinematográficos y poco a poco fue olvidada. Su destino fue muy similar al de Zelda: tras un intento de suicidio, se le diagnosticó esquizofrenia y fue sometida a duros tratamientos, incluyendo el electrohock. Los últimos veinte años de su vida, a partir de 1944, los vivió en total soledad, bajo el cuidado de una enfermera.

Un final muy similar para dos mujeres que fueron iconos de la rebelión femenina, con el diagnóstico o la enfermedad como castigo. Sus trayectorias vitales fueron muy diferentes: Clara nació en un hogar muy pobre de una ciudad cosmopolita y moderna como Nueva York y Zelda, en una familia acomodada y conservadora de Montgomery, en Alabama. Pero ambas representaron el aspecto más frívolo y divertido de los años veinte y coincidieron en la defensa de una incipiente revolución sexual. Ser flapper y, por consiguiente una mujer moderna y liberada, se convirtió en esos años en una moda universal: las revistas y el cine le dieron alas y se extendió por América y Europa, hasta que llegó la Gran Depresión y todas las fantasías se derrumbaron al mismo tiempo que la frivolidad dejó de ser un valor en alza. Y todo se volvió mucho más serio.

Lecturas

– Francis Scott Fitzgerald, ‘El Gran Gatsby’, Penguin Random House, 2019

– Ernest Hemingway, ‘París era una fiesta’, Penguin Random House, 2019

– Edmund Wilson, ‘Crónica Literaria’, Barral Editores, 1972

‘Ragtime’, de E.L. Doctorow: Nueva York siglo XX

F.Ragtime

Fue una época de vértigo y de transformación, no sólo en el aspecto técnico sino también en el de los derechos: surgieron con fuerza los movimientos que pedían igualdad y justicia para todos, incluidas las mujeres. Pero asimismo persistió la defensa de los valores tradicionales y de los privilegios por parte de los poderosos, la mirada a un pasado que consideraban inamovible y guía para evitar la incertidumbre de los nuevos tiempos. En Estados Unidos la reacción fue especialmente retrógrada, quizá debido a su aislamiento y a la concepción puritana que dominó la sociedad americana ya desde el desembarco de los peregrinos del Mayflower. Una oleada de decretos racistas negó formalmente los derechos civiles a la población negra y cuatro años antes de que acabara el siglo XIX el Tribunal Supremo dictaminó que la separación de los alojamientos entre negros y blancos respetaba la Constitución.

Aceleración es el término que mejor puede definir lo ocurrido en los años de transición al siglo XX y sus dos primeras décadas. Gracias al avance de la ciencia, hubo un progreso espectacular en los medios de comunicación; al automóvil le siguió el avión; a la fotografía, el cine, las imágenes en movimiento y así sucesivamente.

Pero las comunidades negras de los Estados Unidos guardaban un tesoro nacido de su propia historia: la música. Su sonido era extraordinario, consecuencia de las inflexiones y rupturas de las escalas diatónicas, la distorsión del timbre instrumental y la estratificación de ritmos. Era la expresión del sufrimiento de la esclavitud, de los linchamientos y de la discriminación; la herida abierta de par en par en la historia de la nación americana. Y era ragtime, jazz, blues o swing.

Proliferó un sinfín de estilos musicales pioneros, entre ellos el ragtime, que puede traducirse por ‘tiempo rasgado’ y cuya particularidad consiste en el énfasis impuesto en las notas que anticipan o aparecen después del acento, de manera que lo refuerzan produciendo un efecto “extraño e intoxicador”, como señaló su compositor más conocido, Scott Joplin. Este estilo musical tuvo su mayor auge en los primeros veinte años del siglo XX, el tiempo en que se desarrolla la novela de Doctorow.

Por ella discurren, además de personas reales que vivieron en esos años y fueron conocidos por todos, los personajes nacidos de su imaginación y que son los que dan forma a la trama de una historia de valor y dignidad, la del pianista de ragtime Coalhouse Walker, víctima de la estupidez de unos bomberos blancos que, movidos por la envidia, una educación perturbada y el aburrimiento, deciden gastar una broma pesada, que traerá desgracias a todos: bloquean su coche, el famoso modelo Ford T, exigiendo un peaje que no existe; Coalhouse va en busca de un policía, pero cuando regresa, el automóvil tiene la capota rasgada y en el asiento trasero hay excrementos humanos; pide que lo limpien y paguen los desperfectos pero es arrestado y cuando vuelve al día siguiente, el coche ha sido destrozado a conciencia y semihundido en el río.

Coalhouse conoce los riesgos, sabe que su automóvil y su forma de vestir de negro rico es una provocación para muchos blancos, pero se niega a adoptar la actitud servil que los blancos esperan de él. Se niega a ser como el ‘Tío Tom’, de la misma manera que desprecia los espectáculos minstrels, en los que los blancos interpretaban canciones de los esclavos con la cara embadurnada de negro. El padre de la familia protagonista de esta novela, un hombre culto que nada tiene que ver con el racismo violento de los bomberos ni de la policía, llega a pensar que Coalhouse Walker no sabe que es un negro y, por lo tanto, desconoce cuál es su lugar y cómo debe ser su comportamiento.

Es una actitud muy parecida a la que tiene el negro más famoso de esa época, Booker T. Washington, una antiguo esclavo de Virginia que forjó, desde la dirección del Tuskegee Intitute de Alabama, una generación de profesores negros y que incluso fue invitado a cenar por el presidente Roosevelt en la Casa Blanca, un individuo que no creía en los grandes cambios, un negro con el alma blanca, que pretendió controlar a quienes luchaban por la auténtica igualdad política y social y que exige a Coalhouse, cuando el desenlace es ya inevitable, que deje de dar un mal ejemplo a los jóvenes negros y que se entregue.

Booker T. Washington es uno de los personajes históricos que se asoman a las páginas de ‘Ragtime’. Todos ellos vivieron en el primer decenio del siglo XX y dan contexto a la historia del pianista negro y de la familia que acoge a su novia, Sarah, y a su hijo, y a la familia de inmigrantes, compuesta por Tateh y su hija de diez años. Pero también tienen la capacidad de ocupar su espacio e incluso de construir su propia vida con la aportación de los acontecimientos en los que intervinieron, algunos rigurosamente ciertos, como la primera expedición al Polo Norte, las hazañas de Houdini o el viaje de Pierpont Morgan a Egipto. Son personajes cuyas vidas transcurren de forma independiente, aunque momentáneamente se encuentran entre sí y con las inventadas, formando un todo complejo e indivisible como una tela de araña. Milos Forman, que dirigió la película basada en esta novela, afirmó en una entrevista que lo que más le llamó la atención fue la posibilidad de hacer, de acuerdo con los diferentes personajes, varias películas completamente distintas.

En los primeros capítulos se informa del ‘crimen del siglo’, aunque éste sólo había cumplido seis años: el asesinato del famoso arquitecto Stanford White por Harry K. Thaw, un psicópata heredero de una fortuna amasada con carbón de cok y compañías ferroviarias, autor de los disparos que acabaron con la vida del antiguo amante de su esposa, Evelyn Nesbit, antigua corista y modelo que aportó la inspiración que crearía el ‘star system’ cinematográfico y el modelo para todas las diosas del amor, a partir de Theda Bara. Los periódicos informaron exhaustivamente del caso y llenaron sus portadas con fotos y entrevistas: Evelyn vendía ejemplares de la misma forma que las “estrellas” vendían las películas de la incipiente cinematografía, que se convertiría en la gran industria nacional americana.

Durante el juicio a Thaw, Doctorow hace aparecer a Emma Goldmann, agitadora, propagandista y promotora de los métodos anticonceptivos y de la igualdad de género; considerada por los tribunales estadounidenses como una de las mujeres más peligrosas de la puritana América de estos años. Hablar en público sobre sexo y anticonceptivos se consideró una actividad ilegal. ‘Emma la Roja’ se convirtió en un hito de la historia del feminismo: “Puede que me arresten, me procesen y me metan en la cárcel, pero nunca me callaré; nunca asentiré o me someteré a la autoridad, nunca haré las paces con un sistema que degrada a la mujer a una mera incubadora y que se ceba con sus inocentes víctimas. Aquí y ahora declaro la guerra a este sistema y no descansaré hasta que sea liberado el camino para una libre maternidad y una saludable, alegre y feliz niñez”.

La anarquista Goldman introduce en la novela las inquietudes de los desheredados, de quienes no tienen nada, de aquellos que acaban de llegar a Ellis Island y que son machacados por la codicia y la barbarie de los poseedores del capital. Aparentemente, la sociedad americana parecía no tener negros y tampoco inmigrantes. Pero no era así: oleadas de inmigrantes procedentes del sur de Italia y del este de Europa, que huían de la pobreza o de los pogromos o de ambas cosas a la vez, querían establecerse en América y su principal entrada era Nueva York. Cuando conseguían pasar la aduana, empezaba una nueva vida, tampoco fácil y no sólo por la pobreza desoladora que les rodeaba, sino también por la actitud de los neoyorquinos, especialmente los de la segunda generación de irlandeses, que los despreciaban porque eran sucios y analfabetos, robaban, bebían, no tenían honor y trabajaban por cuatro perras, es decir, los mismo delitos de los que habían sido culpables sus padres.

Cuando Sigmund Freud visitó Estados Unidos para dar unas conferencias en una Universidad, junto a su discípulo Jung, quedó desconcertado ante la mezcla de una impresionante pobreza, al lado de una riqueza desmedida: “América es un error, un error gigantesco”. En la tierra de las oportunidades, millones de hombres carecían de trabajo y un sindicato era simplemente una afrenta a Dios. Sueldos de miseria y trabajo extenuante, incluso para los niños, que carecían de cualquier tipo de seguridad: “Un centenar de negros sufrían linchamientos cada año, un centenar de mineros morían quemados vivos, un centenar de niños sufrían mutilaciones…” Y los patronos se desentendían y contribuían para alimentar su codicia en esta nueva esclavitud que les hacía más ricos cada día.

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Como Henry Ford, el mismo que en 1908 consiguió, mediante el invento de la cadena de montaje, rebajar los costes del automóvil modelo T -propiedad de nuestro protagonista, Colhouse, y por el que perdió mucho más que la vida- fue siempre un indeseable y un patán, que se consideraba a sí mismo como el Leonardo da Vinci del siglo XX, pero que no sólo era un antisemita y un reaccionario, sin también un patrón que no dudó en contratar cuadrillas de antiguos presidiarios para mantener el control sobre los obreros de sus fábricas, víctimas no sólo de amenazas, sino de castigos físicos.

Para los inmigrantes recién llegados, debía resultar impresionante pasear por las avenidas de Nueva York, especialmente por la Madison, con las espectaculares mansiones de los ricos, algunas de ellas fantasiosas en extremo, productos del dinero nuevo. No lo eran las construcciones encargadas al estudio del arquitecto Stanford White por John Pierpont Morgan, el monarca del reino invisible de las transacciones del capital, al que pertenecían la bolsa, los bancos y las empresas; la encarnación del poder, con su enorme estatura, su impresionante nariz, sus rasgos brutales, su puro habano y su sombrero de copa. Sólo le salvaba del abismo su pasión por la belleza: pasaba seis meses al año en Europa, donde recolectaba colecciones de pintura, manuscritos únicos, primeras biblias y piezas antiguas de incalculable valor.

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J.P. Morgan

En cierta ocasión, nos cuenta Doctorow, invitó a su residencia en Madison Avenue, a los doce hombres más influyentes de América y descubrió que sólo decían sandeces. “Le aterraron y su corazón se estremeció ( ) Oyó en su cerebro los vientos eléctricos de un universo vacío”. Y entonces, se volvió hacia Henry Ford y aquí surge la conversación más surrealista, fantástica e imposible que ha podido inventarse Doctorow: un diálogo sobre metafísica entre el educado y melancólico Morgan y el pedestre provinciano Henry Ford. Le insinuó que podría formar parte de la tribu sagrada de héroes, proveniente de los dioses que, regularmente, nacen en cada época para prestar ayuda a la humanidad, según la sabiduría del gran Osiris. Incluso le dijo que haba visto en él la reencarnación del faraón Seti I, el padre de Ramsés y la momia egipcia mejor conservada, que él guardaba subrepticiamente en su sarcófago, y cuya copia, que todos creían auténtica, reposaba en el Museo de El Cairo.

Sigue diciéndole que su cadena de montaje no es sólo un rasgo de genio industrial, sino una proyección de la verdad orgánica, en línea con las pautas universales del orden y de la repetición que dan sentido a la actividad de este planeta. Le invita a pasar una noche en la gran pirámide. La respuesta de Henry Ford es que no hacía falta gastarse tanto dinero en viajes alrededor del mundo, en eruditos y en adquisición de momias y que él mismo cree en la reencarnación, epifanía que le vino de la lectura de un librito, ‘La sabiduría eterna de un faquir oriental”, por el que pagó veinticinco centavos y que dio respuestas a su mente inquieta.

Mientras todo esto ocurría en Nueva York, en París el cubismo fragmentaba las imágenes y se hacía dueño de la bidimensionalidad; en junio de 1914 el archiduque Francisco Fernando era asesinado, más de un año después de la muerte en Roma de John Pierpont Morgan; en 1915 un profesor judío de Zurich probó que el universo era curvo. La noticia del atentado contra el archiduque se conoció en Nueva York el mismo día en que Houdini protagonizaba su más impresionante hazaña: embutido en una camisa de fuerza y con los tobillos atados a un cable de acero fue elevado boca abajo hasta la mitad del edificio Times Tower, en Times Square, y pudo contemplar los edificios de Broadway y de la Séptima Avenida con su imagen invertida.

Estalló la guerra en Europa y luego terminó, pero en ese tiempo ya se había agotado la era del ragtime y comenzó la edad del jazz.

E.L. Doctorow, ‘Ragtime’, Grijalbo, Colección ‘El espejo de tinta’, 1976.

Los ‘Personajes desesperados’ de Paula Fox

Fox

El azar, que rige el destino del mundo, me puso por delante esta novela con una reseña que le favorecía mucho, con toda razón, porque es magnífica. Nunca la hubiera buscado porque su autora me era absolutamente desconocida y porque su título resulta muy poco atrayente, aunque responde perfectamente a su contenido.

‘Personajes desesperados’ es de esas grandes novelas que cuentan una historia aparentemente trivial, al tiempo que lo relevante, lo que el autor quiere comunicar, va deslizándose de forma oculta, como un río subterráneo que de vez en cuando aflora con todo su ímpetu. Para descubrir todos los significados de la capa exterior se precisa una lectura atenta e incluso una relectura, aunque ésta debería ser obligatoria para todas las obras que merecen la pena; en la primera, el lector suele fijar su atención en el desarrollo de la trama, en el perfil de los personajes o en la expresión de los sentimientos y todo ello con cierta premura y marginando los detalles que son los postes en los que se fija una construcción sólida.

Durante tres días seguimos a Sophie en la visita a unos amigos, en su escapada nocturna, cuando acude a las urgencias del hospital o cuando espera en su casa la llamada del veterinario. Estamos dentro de ella en todos los instantes de esos tres días y por eso sabemos lo que hace, lo que le pasa y, sobre todo, lo que piensa y recuerda. Conocemos menos a Otto, su marido, con quien comparte una vida acomodada en una bonita vivienda de Brooklyn, sobria, acogedora y moderna, con el suelo de madera de cedro y alta literatura en los estantes, muy en consonancia con el estatus social de sus dueños.

Es un viernes a mediodía y ella ha preparado una de sus delicias gastronómicas, Cuando se disponen a comer, observan cómo un gato desgreñado y famélico se restriega contra la puerta de cristal que da al jardín. Y con el gato llega el primer aviso de que fuera de ese entorno delicado y culto, existe lo salvaje y lo grotesco, lo impúdico y lo impuro, encarnado en ese gato de “cabeza inmensa como una calabaza, con carrillos prominentes”, que implora comida y que, en lugar de dar las gracias cuando Sophie le pone un plato de leche e intenta acariciarlo, se revuelve y muerde su mano con inesperada furia.

En un primer momento Sophie se siente sorprendida y al mismo tiempo horrorizada ante un ataque al que no sabe cómo enfrentarse y que la paraliza. Además, la vergüenza por haberse comportado de forma tan tonta y tan confiada le impide en un primer momento contarle a Otto lo que ha ocurrido. E inmediatamente después, invadida por un dolor que cree inmerecido, se desencadena en ella el miedo, la angustia del contacto con el exterior y con él la posibilidad del contagio e incluso de la muerte.

Fuera no sólo están los gatos callejeros, las “bestias inmundas” en opinión de Otto, sino también las casuchas de los pobres del barrio contiguo y su basura, esparcida por todas partes y mezclada con excrementos de perro. La suciedad rodea y amenaza el oasis de seguridad que los Bentwood han hecho de su casa y de sus contadas relaciones; un cordón que los aísla del caos exterior y de cualquier contacto con aquello que no pertenece a un entorno controlado.

Pero la intrusión del exterior en sus vidas se sucede a lo largo de estos tres días: alguien lanza una piedra contra la ventana del dormitorio de sus amigos durante la fiesta; en el paseo nocturno por el centro de Brooklyn observa los edificios oficiales, “con el carácter peculiarmente amenazante de grandes carnívoros dormidos de forma transitoria”; un negro vomita en plena calle a primera hora de la mañana… Son las primeras llamadas de advertencia.

Cuando Sophie le enseña su herida, Otto le dice que lo único que quería el gato de ella era comida, no caricias, pero inmediatamente su mente pasa a ocuparse de lo que realmente le preocupa: la ruptura con su socio, un compañero de la universidad y del ejército con el que ha creado un exitoso bufete. Esta crisis es otra incursión en sus vidas de lo que sucede fuera y no pueden controlar.

Sophie se da cuenta de que la vida está pasando por delante de ella y de que hay algo que no va bien, que las “enfermedades hacen su trabajo en secreto y sus estragos restan ocultos”, que sus intentos de salir de sí misma, de aventurarse en el mundo acaban siempre en fracaso, como cuando tuvo una aventura de la que apenas obtuvo placer. Lo único que queda de la civilización -dice su amigo León Fisher- es la gastronomía porque transforma las materias primas, mientras que el amor físico es carne cruda. De vuelta a lo salvaje, a lo incontrolable. Realmente, Sophie no sabe qué hacer con su vida.

Otto le propone acudir al médico. No irán hasta un día después, pero sí le contará y le enseñará su herida al anfitrión de una fiesta a la que acuden horas después y que inevitablemente es psicoanalista. Una pista más de que la rabia que haya podido transmitir el gato es algo más profundo, más interior, como si hubiera sido “herida vitalmente”. Sophie siente miedo, pero al mismo tiempo le decepciona no haber sido contagiada y verse obligada a permanecer en un mundo privilegiado pero cerrado y asfixiante. “Su vida llevaba mucho tiempo siendo mullida, sin aristas y esponjosa y, ahora, con toda su banalidad palpable y su horror soterrado, estaba aquel absurdo incidente -cosa suya-, su indigna confrontación con la mortalidad”. Si estuviera infectada, piensa finalmente, si tuviera la rabia, entonces “soy igual que lo que hay fuera”. La ambigüedad es total: ¿siente alivio, se trata de una revelación, es una condena, un castigo?

Los Bentwood intentan eliminar de sus vidas todo lo que no les gusta. De viaje a su segunda vivienda, en Long Island, una pequeña casa de labranza victoriana reformada, se ven obligados a recorrer una carretera, flanqueada por una sucesión interminable de fábricas, almacenes, gasolineras, casas míseras y desvencijadas, todo de una fealdad absoluta. Ella lee en voz alta ‘Memorias de África’ para dejar a un lado el espectáculo de la miseria. Pero cuando llegan se encuentran con que unos vándalos han entrado en la casa, y han destrozado muebles, cuadros, alfombras …

Fox. Brooklin
Brooklyn

Personajes desesperados’ se publicó en 1970, tras un decenio que puede considerarse revolucionario y contradictorio en la historia de los Estados Unidos. Si en los años cincuenta los americanos se consideraban, en palabras de Arthur Schlesinger, “inconcebiblemente prósperos” y “merodeadores bajo el estupor de la grasa”, inmersos “en una atmósfera pesada, sin humor, santurrona y llena de estulticia”, los sesenta llegaron para cambiar ese clima tan deprimente y tan pacífico. No fue fácil aceptar los cambios, los buenos y los malos: fueron los años del movimiento hippy, pero también del asesinato de John F. Kennedy y de la guerra de Vietnam; del movimiento por los derechos civiles, pero también de la muerte de Martin Luther King, abatido por la bala de un fanático; de la lucha de las mujeres y de los homosexuales, pero también de los desórdenes violentos en las grandes ciudades; de la conciencia de que existía la pobreza en un país tan rico y de las campañas de asistencia social, pero también del miedo al comunismo y a una guerra nuclear.

Esta situación desborda a Sophie, que se pregunta: “¿Qué va a pasar? Se está yendo todo al garete”. No hay respuesta. Johnathan Franzen, que fue quien recuperó esta novela en los años noventa, cuando ya casi había sido olvidada, dice en el prólogo que, en una segunda lectura, buscó en ella explicaciones sobre cómo vivir y no las encontró porque no es ésa la función de la literatura, que ni es ideológica ni terapéutica. No se trata de una lección, reconoce el mismo Franzen, sino de una experiencia.

A medida que leía una y otra vez esta novela, que impuso como lectura obligatoria en un curso de escritura creativa, Franzen observa más y más detalles que revelan su estructura subyacente, eso que nos cuenta como anécdotas y que son andanadas sobre la civilización, el orden y el significado, el exceso de introspección en el mundo moderno, el caos de la infancia, las expectativas juveniles…

Vemos que Sophie se arriesga, sale al exterior, aunque resulte herida, que tiene una aventura sexual, de la que también sale dolorida, que intenta comprender a los veinteañeros que con su actitud y su jerga la insultan y la excluyen y cuya compasión le lleva a alimentar y acariciar a un gato de la calle que se revuelve contra ella y la muerde. Intenta hacer algo, aunque salga malparada, pero no ocurre lo mismo con Otto, tan distante y convencional, tan incapaz de ponerse en el lugar de los otros y tan rígido. Cada vez se encierra más en sí mismo y ni siquiera descuelga el teléfono cuando suena porque “ya no oigo nada en él que quiera oír”.

Nadie escapa al malestar, al no saber qué hacer con la vida, a la “silenciosa desesperación” en la que viven casi todas las personas -a la que se refirió Thoreau y que da título a la novela- y que puede convertirse en un infierno aún peor para aquellos que son conscientes de esa desesperación y poseen una cantidad infinita de mecanismos para explicársela a sí mismos, pero no para evitarla.

La vida no es lo que vosotros hacéis, les reprocha Charlie, el socio de Otto. Seguís estando esclavizados por la introspección mientras todo se desmorona, estáis desesperados. Sophie no sabe qué hacer, qué camino tomar. Tampoco Otto, que es consciente de que lo que llama civilización es tan mortífera e injusta como la anarquía a la que se opone y que, ante la perplejidad que le provoca el mundo, se dice a sí mismo en voz alta: “Ojalá alguien me dijera cómo hay que vivir”.

Adenda

Paula Fox nació el 22 de abril en Nueva York y murió en esta misma ciudad el 1 de marzo de 2017. Ejerció como corresponsal en París y Varsovia, ejerció la enseñanza y publicó varias novelas, sobre todo de corte juvenil. Contemporánea de John Updike, Philip Roth y Saul Below, como recuerda Franzen en el prólogo, ‘Personajes desesperados’ es claramente superior a cualquier libro de ellos. Se publicó originalmente en 1970 y un año después fue llevado al cine por Frank D. Gilroy. Su protagonista, Shirley MacLaine, y el guión obtuvieron sendos Osos de Oro en el Festival de Berlín de 1971.

Paula Fox, Personajes desesperados, Sexto Piso, 2020

Escritores ante la Guerra de 1914: incredulidad, entusiasmo y desengaño

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El asesinato del archiduque Francisco Fernando sorprendió a Stefan Zweig en Baden, una localidad cercana a Viena. Era el 29 de junio de 2014 y hacía un día espléndido. Mientras leía sentado en un banco, escuchaba la melodía que a oleadas llegaba a sus oídos procedente de la banda de música del parque, el susurro del viento entre los castaños y el canto estival de los pájaros. Y de pronto la música se interrumpió, la multitud se detuvo repentinamente, los músicos abandonaron el quiosco de la orquesta y la gente se agolpó alrededor de un comunicado: el anuncio de que el heredero del trono imperial y su esposa, de visita en Bosnia, habían sido víctimas de un atentado.

A decir verdad, constata Zweig, en los rostros no se apreciaba ninguna emoción o irritación especiales. El heredero del trono nunca había sido un personaje querido: carecía de encanto personal y de buenas maneras en el trato social; su principal ocupación era la caza, auténticos holocaustos preparados para su satisfacción, y su única preocupación consistía en suceder de una vez por todas al viejo emperador.

Apenas transcurridas unas horas de conocerse la noticia de su asesinato, la gente volvió a sus ocupaciones, a sus charlas y a sus risas, e incluso algunos respiraron aliviados por la eliminación de un futuro emperador al que no se estimaba. Al día siguiente ningún periódico se refirió a una posible represalia contra Serbia ni nada semejante y el único contratiempo que se originó fue un problema de protocolo en la casa imperial: la archiduquesa Sofía no tenía la prerrogativa de recibir sepultura en el panteón de los Habsburgo por lo que finalmente ambos cónyuges fueron enterrados discretamente en Arstetten, un villorrio austríaco de provincias.

Esta antipatía hacia el archiduque no se compadece en absoluto con lo que ocurrió después: el ultimátum de Austria a Serbia, los telegramas entre el emperador Guillermo y el zar, la declaración de guerra a Serbia por parte de Austria y, finalmente, una Europa en llamas.

Una hipótesis señala que la guerra estalló por la propia inercia militar. Barbara W. Tuchman apunta en ‘Los cañones de agosto’ que el estado mayor alemán había diseñado unos planes teóricos de ataque tan milimétricos que hubiera sido una pena desperdiciarlos, pero había que actuar con premura, antes de que el enemigo se adelantara. Quizá pesara también la ‘necesidad’ de probar los nuevos armamentos antes de que quedaran obsoletos y arrinconados en depósitos militares. Después, ya durante la contienda, se siguieron inventando elementos a cual más mortífero y espeluznante, desde el lanzallamas a los gases tóxicos y la guerra se convirtió en un campo de pruebas, en el que todo valía.

Stefan Zweig, que había podido constatar la ocupación de Bélgica por el ejército del káiser Guillermo II, pudo llegar a territorio alemán en el tren expreso de Ostende, el último que circularía en mucho tiempo, y luego a Viena, inmersa en el delirio. Se formaban espontáneas manifestaciones en las calles, en las que flameaban banderas y se escuchaba la música al paso de reclutas que “desfilaban triunfantes, con los rostros iluminados, porque la gente les vitoreaba, a ellos, a quienes nadie había agasajado jamás”.

Y no solo ocurría en Viena; en Alemania las estaciones lucían carteles anunciando la movilización general mientras los trenes se llenaban de reclutas recién alistados, en medio de una barahúnda de despedidas y pañuelos, de música y de ondear de banderas. Se había declarado la guerra y una especie de encantamiento colectivo se había adueñado de hombres y mujeres que abarrotaban las calles con un entusiasmo inusitado y contagioso ante una tragedia cuyo alcance muy pocos pudieron advertir.

Los jóvenes alemanes, como los austríacos, los británicos y en cierta medida también los franceses, se inscribían en los regimientos y a toda prisa, no fuera a ser que la guerra acabara antes de que ellos llegaran. Erstn Jünger, que apenas tenía diecinueve años, relata su viaje en tren a Hannover para alistarse. De vez en cuando veía junto a los raíles unos peleles rellenos de paja que se bamboleaban al viento y que representaban al zar Nicolás. Llegó a la ciudad coincidiendo con el desfile de un regimiento que marchaba al frente: los soldados cantaban, entre sus filas se habían introducido señoras y muchachas y los adornaban con flores.

La causa de este delirio, de esta posesión, se explica por la escenificación de una comunión perfecta de aquellos que creían formar parte de una nación, unidos más allá de su clase, formación, género o condición. Creían que formaban parte de algo más grande que era digno de ser defendido hasta la muerte. O quizá fuera lo que llamó Freud el malestar de la cultura: el deseo de evadirse de leyes y normas, de liberar viejos instintos de sangre obedeciendo al llamamiento de fuerzas oscuras y primitivas.

Los mayores no se pararon a pensar en que esos jóvenes reclutas, a los que incluso sus padres invitaban a marchar al frente, se dirigían directamente a una matanza. En los albores del siglo XX aún se creía en la autoridad y si el emperador Guillermo les había dicho que para la Navidad ya estarían todos de vuelta en casa y coronados de laureles, es que era cierto. Porque no sabían nada de la guerra y porque creían que iba a convertirlos en héroes, “las víctimas de entonces iban alegres y embriagadas al matadero, coronadas de flores y con hojas de encina en los yelmos, y las calles retronaban y resplandecían como si se tratara de una fiesta” (Zweig).

Habían transcurrido casi cincuenta años de paz y la guerra se había convertido para muchos en una leyenda, en algo heroico y romántico. Francia no cayó del todo en esta falacia. En su novela ‘Los cuatro jinetes del Apocalipsis, publicada en 1916, Vicente Blasco Ibáñez afirma que los franceses recibieron la orden de movilización con sobriedad “en las palabras y en las manifestaciones de entusiasmo”, ya que no en vano dos generaciones habían nacido en ese medio siglo con el trágico presentimiento de que una guerra con Alemania llegaría forzosamente. Una guerra que nadie deseaba, impuesta por los adversarios, pero aceptada por la mayoría como un deber. En los primeros días del estallido de la guerra, sólo algunos grupos, a los que Blasco Ibáñez tacha de patriotas exaltados, pasaban por la plaza de la Concordia para dar vivas ante la estatua de Estrasburgo.

El sábado 1 de agosto de 1914 Francia ordenó la movilización general. Agustí Calvet, cuyo seudónimo es Gaziel, estudiante ampurdanés de Filosofía en la Sorbona y residente en una pensión de Saint-Germain-des-Près, da cuenta en una crónica de sus observaciones: el servicio público de autobuses, reservado por el Gobierno para el transporte de tropas, está totalmente suspendido y el enorme tráfico ciudadano de París, sólo puede hacerse utilizando el metropolitano. “La aglomeración es algo nunca visto, sobre todo por la extraña severidad y el mutismo de los que van y vienen; todo el mundo parece moverse con una fiebre obsesiva, aparentemente sin motivo, como hacen las hormigas en los hormigueros súbitamente desbaratados”.

Todo el Barrio Latino, prosigue Gaziel, está solitario y desierto, la gente se ha encerrado en casa. No hay oradores por ningún lado, ni agitadores ni videntes y es que “la gente, ante el hecho inesperado y brutal de la guerra inminente, no siente entusiasmo ni temor, sino que está, sin más, profundamente preocupada”. Los franceses irán a la guerra, pero a regañadientes. Gaziel sigue su paseo y al llegar al bulevar de Montmartre observa a un grupo de chiquillos, muchachos y mujeres que ondean media docena de banderas francesas, inglesas, rusas e incluso una italiana mientras lanzan imprecaciones belicosas. Un coro rompe a cantar La Marsellesa y el himno prende en los espectadores, que se descubren y aplauden al paso de las banderas aunque la mayoría, serios y conmovidos, observan. No hay alegría ni entusiasmo, como constata Blasco Ibáñez en su novela.

Gaziel envió su crónica a ‘La Vanguardia’, que la publicó un mes después, en septiembre. A primeros de diciembre se convirtió en corresponsal de guerra y recorrió los escenarios de las batallas del Marne y de Verdún, con la firme convicción de que las innumerables víctimas inocentes de todos los conflictos bélicos se han preguntado inútil y desesperadamente quién puede querer la guerra.

Algunos pensaron que se vivía demasiado bien, que la Belle Époque había afeminado las costumbres y desvirilizado a los hombres o algo peor: se había caído en la degeneración olvidando los valores fundamentales del orden, la patria y el sacrificio, que solo podrían restablecerse mediante una catarsis que purificara las pasiones. Existía la posibilidad de poner fin a la agitación social y a la disolución de Europa mediante una guerra que actuaría como antídoto contra la masiva podredumbre humana que reinaba en el continente. Harry Kessler, un aristócrata alemán, educado en Inglaterra y en Francia, creía que del conflicto transformaría la esencia de Alemania y con él nacería un hombre nuevo liberado de las cadenas de la modernidad.

También se planteó la guerra como una lucha ideológica entre las democracias y los regímenes totalitarios, lo que estaba muy lejos de la realidad, sobre todo si miramos hacia Rusia, cuyo zar se apuntó a la causa de la Entente. Sí es cierto que en Inglaterra se extendió una corriente de pensamiento justificatorio: Alemania era el mal por su tendencia al totalitarismo y al cesarismo.

Los ‘hombres de letras’ británicos pronto sumaron sus plumas al servicio de la causa de la guerra: Galsworthy, Bennet, Kipling, Wells, Conan Doyle, entre los más conocidos. G. K. Chesterton escribió a favor de la intervención en el conflicto y la justificó en que “el prusiano era insufrible” y que hubiera sido terrible que además se hubiera mostrado imbatible. La causa de las Potencias de la Entente era la defensa de la civilización frente a ‘La barbarie de Berlín’, que fue el título que dispensó a un panfleto que más tarde calificaría de excesivamente belicoso pero del que nunca se arrepintió.

En el frente ideológico contrario, el de las Potencias Centrales, militó Thomas Mann, cuyo contraataque denostaba la misma idea de la democracia. Durante los años que duró el conflicto redactó un ensayo, ‘Observaciones de un hombre apolítico’, en el que tachaba el parlamentarismo de plutocracia y de sistema caduco dominado por abogados y en el que oponía la nivelación total de los “democratismos civilizatorios” a la cultura de la vieja Alemania, que entendía la libertad en su mejor sentido, como el de la entrega del individuo a la sociedad basada en valores autoritarios típicamente prusianos: el cumplimiento del deber, el orden y la disciplina. Finalizada la guerra, Thomas Mann se convirtió en un defensor acérrimo del sistema democrático de la República de Weimar, pero nunca condenó de forma tajante esas ideas que formaron parte del ideario nacionalsocialista.

Ni todos acudieron a despedir entusiásticamente a los soldados que partían al frente ni todos quisieron alistarse. Campesinos y obreros de todos los países se opusieron a la guerra porque condenaba a sus familias a pasar hambre, en el primer caso, o porque la veían como una trampa capitalista en el segundo. Hubo manifestaciones pacifistas en todas las grandes ciudades e intelectuales que se opusieron al conflicto con sus palabras, como Jaurés, asesinado por un nacionalista fanático, o con silencios atronadores como los de Karl Kraus y Walter Benjamín.

Chesterton, que no estuvo en el frente, siguió defendiendo la Guerra del 14 -no lo hizo en absoluto con la de los boers- durante el resto de sus días, pero no todos siguieron su ejemplo: pasados los primeros tiempos de euforia y entusiasmo llegaron los fracasos en el frente y todo el horror de la guerra escenificado de una forma brutal en la batalla del Somme, que duró cuatro meses y causó más de un millón de bajas.

La guerra que, según algunos iba a crear a un hombre nuevo y libre, destrozó las vidas de miles de jóvenes, no sólo las de los que murieron, sino también las de quienes salieron de ella con el alma en pedazos. Wilfred Owen, el poeta de guerra que había animado a la lucha heroica, regresó a Escocia como víctima de la neurosis de guerra tras la muerte de todos sus compañeros en una trinchera y, en el hospital, mientras se recuperaba, plasmó su experiencia del infierno en los versos descarnados del ‘Himno a la juventud condenada’.

Coincidió en el hospital con otro poeta, Siegfried Sassoon, que también se alistó voluntario y al que incluso se le concedió la Cruz Militar por su valentía en el frente, pero que tras escribir a su comandante en jefe una carta para que se pusiera fin a los tormentos que padecían los soldados británicos al servicio de fines “perversos e injustos” fue diagnosticado de neurastenia y enviado junto a Owen para su recuperación.

Ambos se reincorporaron a la lucha en el frente occidental y Owen murió una semana antes de que se firmara el armisticio. Su muerte se convirtió en el símbolo del destino de su generación y de la locura de unos gobernantes que queriendo conseguir la libertad, llevaron a la muerte a millones de personas, con el visto bueno de intelectuales que no supieron o no quisieron adivinar la magnitud de la catástrofe.

Lecturas

Ernst Jünger, ‘Tempestades de acero’, Tusquets Editores, 1989

Philipp Blom, La fractura, Anagrama, 2016

Barbara W. Tuchman, ‘Los cañones de agosto’, RBA 2014

Thomas Mann, ‘Consideraciones de un apolítico’, Capitán Swing, 2011

Stefan Zweig, ‘El mundo de ayer’, Acantilado, 2001

G.K. Chesterton, ‘Autobiografía’, Acantilado, 2003

Gaziel, ‘París 1914-Diario de un estudiante’, Editorial Diéresis, 2013

‘Sin novedad en el frente’, sin héroes ni victorias

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Lo que más me sorprendió en mi primer viaje por Francia fueron sus preciosos pueblecitos de balcones cuajados de flores pero más aún que cada uno de ellos tuviera un memorial por los soldados muertos en la Gran Guerra: hasta el más pequeño mostraba una lista de nombres, más o menos larga, de aquellos que murieron en los campos del norte del país. Desde entonces tengo la impresión de que aquella fue la guerra más cruel y más triste.

Quizá Francia fuera el país que más bajas sufrió con la pérdida del 17% de sus soldados, pero Alemania no se quedó atrás: dos millones de soldados murieron en suelo ajeno y allí quedaron muchos de ellos, sepultados en lo que se llamó el frente occidental, en el que se vivió lo más espantoso de esa guerra.

Finalizada la contienda, volvieron a Alemania seis millones de soldados, una buena parte de ellos lisiados y desfigurados: un recordatorio diario de la matanza insensata de la Primera Guerra Mundial. Y aunque en muchas ocasiones se denostara la guerra, el pacifismo no fue un movimiento generalizado; el revulsivo se produjo en 1928, cuando un antiguo veterano escribió la crónica de un grupo de jóvenes que se alistaron alegremente y murieron de las formas más terribles que uno pueda imaginar.

En ‘Sin novedad en el frente’, Erich Maria Remarque narra a través de Päul Baumer las experiencias de Kropp, Müller y Leer, sus compañeros de aula, y la de otros camaradas que conoció durante el periodo de instrucción y en el frente. Tenían apenas diecinueve años y les dijeron que la guerra iba a ser corta y heroica, que no intervenir en ella era propio de cobardes y que el conflicto les convertiría en hombres y les moldearía como al acero.

El entusiasmo y el deseo de combatir se generalizó en los países beligerantes. En Berlín, cuando se anunció la movilización, la multitud cantó himnos y en el Reino Unido se apuntaron como voluntarios medio millón de hombres solamente en el primer mes. Stefan Zweig, uno de los pocos que no se dejaron llevar por el canto guerrero de las walkirias, describió el ambiente de Viena el 28 de julio de 1914: “Sólo se conocía la guerra por los libros y de repente estaba ahí y nadie intuía lo cruel y lo criminal que llegaría a ser”; se vivía la declaración de guerra como el comienzo de una romántica novela de héroes y de grandes hazañas mientras “los jóvenes se apelotonaban delante de las oficinas de reclutamiento, no fuera a ser que llegaran demasiado tarde y se perdieran la gran aventura”.

A Baumer, el alter ego de Remarque, y a sus tres compañeros de pupitre su maestro les llenó la cabeza de consignas patrióticas y no dejó de soltarles discursos hasta que la clase entera, bajo su mando, se dirigió a la comandancia del distrito para alistarse. Había miles de maestros como Kantorek, que representaban la autoridad y, por tanto, la perspicacia y el sentido común, pero “el primero de nosotros que murió echó por los suelos esa convicción; el primer bombardeo nos reveló nuestro error y con él se derrumbó la visión del mundo que nos habían enseñado”. En los primeros meses de la guerra, de un total de veinte compañeros de la escuela, siete han muerto, cuatro están heridos y otro en el manicomio; quedan doce.

La experiencia en primera línea es devastadora. Se dirigen a fortificar las trincheras y por primera vez escuchan las detonaciones y observan el espectáculo de luces que les acompañarán el resto de su días en el frente: “Una claridad incierta, rojiza, se extiende de un extremo al otro del horizonte, en constante movimiento, atravesado por los fogonazos de las baterías. Las esferas luminosas se elevan por encima, círculos rojos y plateados, que estallan y caen como lluvia en forma de estrellas rojas, verdes, blancas. Las bengalas francesas salen disparadas, despliegan en el aire un paracaídas de seda y descienden lentamente iluminándolo todo como si fuera de día y vemos nuestra sombra claramente perfilada en el suelo”.

Es entonces cuando “el fragor de la artillería aumenta hasta convertirse en un único estampido sordo y se deshace de nuevo en explosiones aisladas”, cuando “rechinan las descargas cerradas de las ametralladoras y, encima de nosotros el aire está lleno de hostigamientos invisibles, aullidos, silbidos y siseos; son proyectiles de poco calibre, pero de vez en cuando entre ellos resuenan en la noche los obuses de la artillería pesada, que van a caer lejos a nuestras espaldas y profieren un aullido ronco y lejano, como de ciervos en celo y se oyen por encima de los aullidos y silbidos de los pequeños proyectiles”.

El progreso de las técnicas de artillería permitieron en esta guerra contar con cañones de precisión que lanzaban proyectiles cargados de explosivos, metralla o gas a muchos kilómetros de distancia del frente durante días enteros. Es la primera guerra tecnológica a escala industrial en la que los soldados cuando ocupaban las trincheras eran blancos inmóviles detectados por los aviones de reconocimiento y luego bombardeados a conciencia y blancos móviles y fáciles para las ametralladoras y el fuego de la artillería en las ofensivas a campo abierto.

Como si una mente sobresaliente en sadismo las diseñara se fabricaron nuevas formas de herir y de matar, inventos cada vez más mortíferos. Los proyectiles cargados con bolas de plomo y pólvora que explotan antes de caer al suelo y atraviesan escudos y cascos de metal; los lanzaminas que envían los cadáveres sin piernas de los soldados a las ramas de los árboles; las bayonetas con sierra incorporada; los lanzallamas que manejan dos hombres, depósito y manga y los terribles tanques que “representan todo el horror de la guerra, la viva imagen del exterminio mientras descienden implacables al fondo de los cráteres y vuelven a asomar, irresistibles, verdadera flota de acorazados, aullando y escupiendo fuego, invulnerables bestias de acero que aplastan a muertos y heridos”.

Baumer relata este horror y también el provocado por la utilización del gas, el arma más impactante de esta guerra, que buscaba hacer salir a los soldados enemigos de las trincheras para poder bombardearlos a placer. El peligro les obliga a refugiarse en un cráter donde la explosión sorda de las granadas de gas se mezcla con el estallido de los proyectiles: “El gas se arrastra por el suelo y penetra en todas las cavidades, como una blanca y ancha medusa se extiende por nuestro cráter, llenándolo”. Hay que ser prudentes y no retirarse la máscara antigás hasta estar a salvo, fuera del agujero. Pero los reclutas recién llegados no lo saben todavía y morirán asfixiados tras una agonía interminable.

Baumer ingresa en un hospital al resultar herido en la pierna y hace recuento de los heridos: en el vientre, en la cabeza y amputados en el piso de abajo; maxilares, nariz, orejas, garganta y afectados por los gases en el ala derecha; ciegos, heridos en el pulmón, pelvis, articulaciones, riñones, testículos y estómago, en el ala izquierda. Todo está dispuesto para martirizar “el diminuto y quebradizo cuerpo humano” del que habla Walter Benjamin. “Cárceles de dolor y sufrimiento, sólo un hospital muestra verdaderamente lo que es la guerra”, dice Remarque .

La guerra de trincheras es especialmente cruel. “Los obuses despedazan el parapeto y levantan por los aires el terraplén. Al amanecer la explosión de minas se mezcla con el fuego de la artillería y allí donde caen, abren una fosa común. Se elevan surtidores de barro y metralla. Casi no nos queda trinchera. Una granada estalla delante de nuestra galería y se hace la oscuridad: hemos quedado sepultados y debemos desenterrarnos ( ) Son tres días en la trinchera. Estamos sentados como en el interior de nuestra tumba y únicamente aguardamos a recibir sepultura”.

Y cuando la orden consiste en avanzar aún es peor. Los cadáveres se amontonan en la tierra de nadie, entre ambas trincheras, y no siempre se puede recoger a los heridos. Sufrimos muchas bajas, sobre todo de reclutas inexpertos que, “heridos no se atreven a quejarse en voz alta y con el vientre, el pecho, los brazos o las piernas destrozados, gimen débilmente llamando a sus madres y callan cuando los miras”. Kemmerich ha muerto, Westhus está agonizando, Kramer ha desparecido alcanzado de lleno por una granada, Martens ya no tiene piernas… “Sólo hemos cedido unos centenares de metros, pero en cada metro hay un cadáver; de los 150 hombres de la segunda compañía, quedan treinta y dos”.

Nunca como en esta guerra se hicieron trizas los mitos, absurdas las previsiones y cínicas las frases grandilocuentes. El verso de Horacio que adornaba el frontispicio de academias militares –Dulce et decorum est pro patria mori (Dulce y honroso es morir por la patria)se revolvió contra sí mismo y desde entonces es más burla que máxima.

Fue una guerra sin héroes, un torrente de sufrimiento y ¿para qué? Al comienzo de la novela, el narrador asegura que no pretende hacer una denuncia ni una confesión, sino simplemente mostrar cómo una generación fue destruida por la guerra aunque escapara de las granadas. Eran demasiado jóvenes para haber echado raíces en la vida y tras el horror no existe ninguna explicación para ellos; estaban llenos de ideas inciertas que daban a la vida e incluso a la guerra un carácter idealizado y casi romántico, pero “la guerra nos ha echado a perder para cualquier cosa”; “estamos abandonados como niños y somos experimentados como ancianos … creo que estamos perdidos” y cuando la guerra termine emergerá “todo lo que ahora mientras combatimos se hunde en nuestro interior como una piedra”, entonces será cuando empiece “el conflicto a vida o muerte” y “marcharemos al lado de nuestros compañeros muertos, con los años del frente a nuestra espalda ¿Contra quien marcharemos?”

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Erich Maria Remarque

Sin novedad en el frente’ no sólo mostró la inhumanidad de la guerra y su sinsentido, sino también que fue una guerra sin héroes, si acaso supervivientes, algunos mutilados y otros enloquecidos de por vida, cínicos e indispuestos con la autoridad y el patrioterismo que les había conducido al frente. Eso era más de lo que podía soportar el nacionalsocialismo incipiente de un relato que, además, se había convertido en el éxito editorial más importante hasta entonces, con un millón de ejemplares vendidos en un año desde que se publicara en enero de 1929 en forma de libro.

Además, desmontaba la tesis de la “puñalada por la espalda”: los dos bandos llegaron a un armisticio por agotamiento. El material del enemigo, señala Baumer, parecía no acabarse nunca y su superioridad numérica nos han obligado a retroceder. La ultraderecha consideró que la novela amenazaba el patriotismo de la juventud y reforzaba el pacifismo y acusó a Remarque de frívolo gacetillero de deportes, de embustero que apenas había pisado el frente y de francófilo vividor y charlatán. Pero el movimiento antimilitarista y los partidos de izquierda recibieron con entusiasmo la novela.

Joseph Goebbels la calificó de “libro infame, corrosivo y peligroso”, un insulto al pueblo alemán. Llegó tarde para montar un escándalo en su publicación, pero sí consiguió que se prohibiera la proyección de la película: él y unos cuantos agitadores más comenzaron a chillar en el mismo momento en que aparecía la primera escena bélica en el segundo día de exhibición y el propio Goebbels se dirigió al público gritando que lo que aparecía en la pantalla era una vergüenza. Varios miembros de las SA soltaron cientos de ratones blancos en la sala y la confusión fue tal que se suspendió la proyección. Uzcanga cuenta que dos miembros del comando nazi se dirigieron a las taquillas, rompieron los cristales, amenazaron a las cajeras y se llevaron la recaudación.

Goebbels ganó la partida al conseguir con sus escándalos que se prohibiera la exhibición de la película. Escribió en Der Angriff el 12 de diciembre: “Remarque está acabado. Podemos certificar que por primera vez hemos logrado que la democracia de asfalto doblegue las rodillas en Berlín”.

Si el tiempo es el juez de la historia, la conclusión del jefe de propaganda de Hitler no es correcta. Las vívidas imágenes del horror de la guerra que nos dejó Remarque hace casi cien años son más ciertas y más verdad que la vana justificación patriótica de un conflicto sangriento y sin sentido.

Lecturas

-Erich Maria Remarque, Sin novedad en el frente, Edhasa 2009

-Francisco Uzcanga Meinecke, El café sobre el volcán, Libros del K.O, 2018

Pasear, tesoro de los pobres y vicio de los solitarios

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Franz Hessel

Pasear, desplazarse sobre dos extremidades, es un placer singular que debería estar exento de toda finalidad moral, salubre o pecunaria. Nada que ver con el footing ni con acercarse a comprar alguna cosa o ir de visita, porque el paseo no debe ser ni provechoso ni higiénico. Y vale cualquier ciudad, si es la propia mejor, y cualquier estación, si las condiciones meteorológicas no lo impiden, y cualquier hora, desde la madrugada a la madrugada siguiente.

Son los principios que debe seguir un paseante o flâneur, redactados por Franz Hessel tres años después de publicar ‘Paseos por Berlín’ (1929), su ciudad natal, a la que trasladó su experiencia de paseante en París y después de haber convencido a Walter Benjamin de la excelencia del pasaje urbano.

A Hessel se le conoce no sólo por su tendencia a vagabundear, si es que se puede traducir por este verbo el malsonante ‘flanear’. Se le reconoció tardíamente, allá por los años ochenta, como maestro de Walter Benjamin en el arte de la flânerie, como reconoce el filósofo alemán al revelar que tuvo cuatro guías: las niñeras, las prostitutas, el extravío y la obra de Franz Hessel. Se le consideró durante mucho tiempo como un escritor menor y parte de su fama le venía por ser el marido de la explosiva y liberada periodista Helen Grund, la protagonista del triángulo amoroso ‘Jules y Jim’ que llevó Roché a la novela y Truffaut al cine; también por ser el padre de Stephane, resistente de la Francia Libre, detenido por la Gestapo, redactor de la Declaración de los Derechos Humanos, mediador en situaciones extremas desde Indochina a Burundi y, con noventa y tres años, autor del panfleto ‘Indignaos’ a favor de la insurrección pacífica.

En este artículo titulado ‘Sobre el difícil arte de pasear’, Franz Hessel describe lo que debe adornar la figura del paseante y, aunque impone criterios rígidos respecto a la ausencia de objetivos y eliminación de las prisas, se muestra más abierto a permitir licencias en cuanto al lugar del paseo: no sólo puede ser cualquier ciudad, sino que también se puede incluir los suburbios, con el límite del campo, en el que el paseo se convertiría en excursión. En tiempos anteriores al siglo XX, el paseo se relacionaba con la naturaleza y no con la ciudad: el caminante romántico se abría camino por entre las apariencias hacia la revelación. Nuestro flâneur no es en absoluto amante del campo ni presa del misticismo: el paisaje desde Zola y Balzac es el de la ciudad y Baudelaire es su profeta.

Franz Hessel se estableció en París en 1906 hasta que fue llamado a filas en 1914. Finalizada la guerra volvió a Berlín y entabló una estrecha amistad con Walter Benjamín, al que le unían criterios estéticos y coincidencias biográficas como que ambos pertenecían a familias judías asimiladas y prósperas, habían nacido en la capital prusiana y sentían una indomable pasión por la literatura. Franz le llevaba doce años de ventaja y quizá en razón de la edad y la experiencia, Benjamín le consideraba su maestro, pero luego lo superó al convertir el paseo y los pasajes en la clave de bóveda de su filosofía. En 1926 se ponen a traducir juntos a Marcel Proust, autor rompedor que en 1919 había recibido el Premio Goncourt y revolucionado el mundo literario, y durante unos días, en el transcurso de la traducción, se sumergieron en el mundo de los matices y los detalles urbanos de París descritos en ‘La recherche’ y que tan bien conocía Franz.

Pasear “es el más asequible de los placeres y nada tiene que ver con los deleites específicamente burgueses y capitalistas: es el tesoro de los pobres, hoy en día ya casi su privilegio exclusivo”. París y Berlín son ciudades para deambular por ellas, con mirada ociosa y despreocupada aunque los berlineses imbuidos por la ética del trabajo y del esfuerzo, subraya Hessel, no conciben esta clase de placer e incluso lo consideran una amenaza o cuando menos tildan de sospechosos a quienes invaden las calles de su ciudad sin rumbo fijo ni actividad aparente. El paseo es júbilo, pero no se circunscribe a los jubilados o desocupados del trabajo cotidiano: cualquiera puede pasear cuando se dirige de vuelta a casa tras una jornada laboriosa y aburrida, despreciando atajos y encarando con generosidad la pérdida de tiempo que supone bajar del autobús unas paradas antes.

La indeterminación del objetivo es también uno de los principios de la flânerie. Es preciso abandonarse a las sorpresas del azar, a aventurarse. Pero tampoco conviene abandonarse al caos. Fijar un destino para traicionarlo después y desviarse del rumbo es otra estrategia más porque solamente estableciendo una meta, aunque sea poco fiable, se pueden cometer desvíos. Elijamos un tramo de la ciudad: podemos detenernos, entrar en un teatro o en un cine, o quizá seguir más adelante, lo que ese día nos sugiera el ánimo.

No son necesarios parajes exóticos ni atracciones turísticas. El flâneur no es un turista y por eso se recomienda que para ejercer esta actividad se elija la propia ciudad de nacimiento. Benjamin deja bien claro que la ‘flânerie’ es incompatible con la visita apresurada porque requiere calma, detenimiento, regresar una y otra vez para descubrir lo que se nos ha quedado oculto, los detalles que no se han apreciado antes, los matices que en una primera mirada no nos parecieron importantes. “Visita tu propia ciudad, pasea por tu barrio”, nos aconseja Hessel, y “observa cómo transita la vida de una a otra calle” y “cómo alternan en ellas el silencio y el alboroto, cómo se vuelven más elegantes o humildes, febriles o somnolientas”; escucha las voces de la ciudad que “tratan de llamar tu atención, de seducirte” y sumérgete durante tu paseo en la historia de las tiendas y tabernas, cuyas mercaderías vaticinan su futuro destino.

La calle se puede leer como un libro y, al igual que una historia ajena, nos libera de una vida privada más o menos aburrida que conocemos de sobra. Pasear, dice Hessel, “es una forma de lectura de la calle en la que las caras de las personas, los acristalamientos, los escaparates, las terrazas-café, los ferrocarriles, los automóviles y los árboles se convierten en letras con el mismo derecho, que juntas dan lugar a palabras, oraciones y páginas de un libro que es siempre nuevo”. Pero hay que aprender a leer: Hessel y Benjamin aconsejan reeducar la atención para poder desplazarla de lo aparente a lo apenas perceptible, a los múltiples detalles que conforman la vida urbana.

Es sobre todo Benjamín quien vincula con más voluntad la ciudad con la lectura. París es una ciudad íntimamente ligada a los libros; la contempla como texto y al mismo tiempo como resultado de la literatura; relaciona Notre-Dame con Víctor Hugo y la Torre Eiffel con Cocteau y concibe la ciudad como “un gran salón de biblioteca atravesado por el río”.

El secreto está en los detalles y la mirada debe dirigirse a lo que puede parecer insignificante a los ojos del inexperto caminante. La ciudad habla bajito, al oído -dice Benjamin- y si ponemos atención se nos revelan historias del pasado aparentemente superficiales y también pensamientos profundos. Para el paseante, los escaparates dejan de ser reclamos y se convierten en paisaje; la oscuridad en la que nos sumerge el atardecer será una reflexión sobre la fugacidad de la vida, en tanto que el alba nos avisará de que todo vuelve y el fin no ha llegado.

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Walter Benjamin

Pasear es un vicio solitario que no conjuga con lo colectivo. “No es fácil pasear acompañado” porque los acompañantes te distraen, te demoran o aceleran, en una palabra: te importunan. Ir al lado de un aficionado a la fotografía es un despropósito porque se detiene en cualquier momento, busca el ángulo, el encuadre y te deja como un pasmarote en medio de la calle, esperando a que termine de lanzar fogonazos interminables. “El verdadero paseante es como un lector que sólo lee para su disfrute personal” y lo hace en silencio y sin compañía.

Para Hessel y para Benjamin París y Berlín son las ciudades emblemáticas del flâneur, aunque la primera siempre se considere primordial e iniciática. Hessel volvió a Berlín, su otra ciudad amada, la que, dice, se encuentra “en el camino que lleva de Roma a Moscú”. En 1929 publicó ‘Paseos por Berlín’, la ciudad de su infancia. Benjamin escribió el prólogo con un título muy sugerente: ‘El regreso del flâneur’.

Hessel regresó tras la guerra a su hermoso piso cerca del Tiergarten, pero siempre echó de menos París. Cuentan que un amigo de Berlín un día de sol lo vio con un paraguas abierto. Ante su extrañeza, le explicó: “Está lloviendo en París”. Volvió exiliado a su ciudad de acogida en 1938, cuando a Berlín la convirtieron en una ciudad sin presente ni futuro para los judíos, pero en 1940 el ejército alemán invadió el norte de Francia y Franz fue detenido.

Hessel y Benjamin tuvieron unas vidas coincidentes, casi paralelas, y dejaron la flânerie para siempre casi al mismo tiempo. Franz Hessel fue internado en el campo de Les Milles junto a Max Ernst, Benjamín y otros. Después fue trasladado a Burdeos y luego a otro campo cerca de Nimes. Los dos fueron liberados a los pocos meses y ambos murieron muy poco después, con un intervalo de apenas cuatro meses. Benjamin murió en septiembre de 1940 en una pensión de Portbou cuando pretendía llegar a Portugal y embarcar hacia los Estados Unidos pero fue interceptado por la policía y, antes de caer en manos de la Gestapo, se suicidó con una sobredosis de morfina. Hessel, tras ser liberado del campo, se instaló con Helen en Sanary-sur-Mer, refugio para muchos exiliados alemanes, pero poco después, un día de enero de 1941 se apoderó de él un cansancio infinito, se tumbó y murió dulcemente.

Lecturas

– Franz Hessel, ‘El difícil arte de pasear’, publicado en revista berlinesa ‘Die Literarishe Welt’ el 27 de mayo de 1932 y traducido y editado por Francisco Uzcanga en el recopilatorio ‘La eternidad de un día’, Acantilado, 2016.

– Walter Benjamin, ‘El regreso del flâneur’, reseña del libro de Franz Hessel, ‘Paseos por Berlín’, publicada en ‘Die Literarishe Welt’ el 4 de octubre de 1929, recogida en ‘La tarea del crítico’, una selección de textos de Benjamin de la Editorial Hueders, 2017.

Periodistas españoles en la República de Weimar: Chaves Nogales y Xammar — Historias emergentes

Chaves Nogales, redactor jefe del ‘Heraldo de Madrid’, realizó un viaje en avión por Europa camino de Bakú, algo más de dieciséis mil kilómetros, en 1928. La primera escala la hizo en París y, aunque el objetivo de sus crónicas era contar cómo les iba a los soviéticos diez años después de su revolución, hizo […]

Periodistas españoles en la República de Weimar: Chaves Nogales y Xammar — Historias emergentes

Las crónicas berlinesas de Christopher Isherwood

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Otoño de 1930 en una pensión de Berlín. Da a una calle pesada y pomposa, de fachadas cargadas de balcones y adornadas de estucos, volutas y emblemas heráldicos; casas destartaladas y monumentales como cajas fuertes que guardan en su interior muebles envejecidos, propios de una clase media en bancarrota.

Así comienza, en una pensión, el diario de Christopher William Bradshaw-Isherwood, un joven nacido en una mansión británica propiedad de su familia desde el siglo XV, que ha dejado una Inglaterra de tradición puritana y actitudes victorianas para instalarse en Berlín y escribir. Se fue a finales de 1929 y durante los siguientes cuatro años tomó notas acerca de cómo eran las cosas en los últimos tiempos de la República de Weimar y, aunque tenía la pretensión de actuar como una cámara pasiva y minuciosa que se limitara a registrar lo que pasaba ante sus ojos, el mero hecho de elegir determinadas escenas o dibujar ciertos personajes con los que se relacionó, implica inevitablemente la existencia de un punto de vista.

Ya en la primera parte, de las seis en las que están divididos estos diarios de ‘Adiós a Berlín’, nos muestra la decadencia de la pensión en la que tiene alquilado un cuarto. Hace recuento de los objetos que le rodean: una inmensa estufa de cerámica polícroma; un armario gótico, catedralicio; un retrato del rey de Prusia; sillas como tronos episcopales y a su lado unas falsas alabardas de atrezzo, olvidadas tal vez por alguna compañía de teatro.

Este empobrecimiento de la clase media es una constante en Alemania, primero como consecuencia de la guerra del 14 y después por la hiperinflación de 1923. Tras los cuatro años de matanzas y la subsiguiente revolución amputada a sangre y fuego, vino la desconcertante inflación alentada por las autoridades para compensar la carga de las indemnizaciones de guerra. Se les fue de las manos: evaporó fortunas y fulminó ahorros en un sólo día. Los alemanes vendieron sus últimas posesiones y muchos de ellos, profesionales que hasta aquel momento habían podido vivir de su trabajo con el esfuerzo diario y sostenido, se dejaron llevar por el desánimo y muchos optaron por suicidarse antes de sufrir la vergüenza del hambre.

Esta situación de incertidumbre extraordinaria, de derrumbamiento de cualquier expectativa de recompensa al esfuerzo en el trabajo y a una vida frugal, valores inscritos en las clases medias alemanas, junto a una clara percepción de que el sentido del deber no servía para nada, dejó a la sociedad debilitada, sin defensa ante eslóganes que les habrían parecido irrisorios años atrás, mientras los especuladores se hacían los dueños de los negocios y los violentos, de las calles.

Y sin embargo, en este caos, Berlín, somnolienta ciudad de provincias como la califica Philipp Blom, se había convertido en una capital imperial cosmopolita, en la que convivían grandes avenidas, espléndidas salas de conciertos e impresionantes museos, y al mismo tiempo oscuras habitaciones en las que se alojaban obreros industriales e inmigrantes, exiliados, refugiados y fugitivos. Con sus cuatro millones de habitantes era en los años de la República de Weimar una megalópolis moderna y productiva, de una creatividad extraordinaria, que atraía a talentos de primera clase: desde los protagonistas de la Bauhaus a grandes directores de orquesta como Furtwängler, científticos como Planck y Einstein y escritores de la talla de Döblin. Berlín era un hervidero de creatividad, desbordante de promesas de futuro y de posibilidades.

Pero cuando la República de Weimar parecía haber superado el terrible bache de la inflación, llegó la Gran Depresión del 29 y los inversores extranjeros, en especial estadounidenses, cerraron el grifo de los préstamos y exigieron cobrar sus deudas y millones de personas perdieron su trabajo. Es unos meses después, en 1930, cuando Isherwood comienza sus notas. En 1934, cuando ya había puesto fin a su estancia en Berlín, la tasa oficial de desempleo alcanzaba el 42%.

La situación económica era tan mala que Isherwood, que vivía de dar clases particulares de inglés, se vio obligado a dejar la pensión deprimente y venida a menos del primer capítulo e irse a vivir a un piso pequeño y miserable, con una familia obrera, los Nowak, con la que experimentó la durísima vida de las clases bajas de la zona este de Berlín, hacinadas en casas de vecindad húmedas y oscuras, con grandes dificultades para salir adelante en barrios tradicionalmente comunistas cada vez más invadidos por manifestaciones y desfiles del NSDAP.

La pobreza hace aflorar un segundo Berlín. Los comercios cierran a las ocho y los niños se van a la cama. Es entonces cuando surge la vida oscura de la ciudad: la de los golfos, sus chicas y sus cuartos tibios, y la de las tres prostitutas de la esquina que superan los cincuenta años y que susurran quedamente en las esquinas a posibles clientes: ‘Komme, Süsser’. Un camarero, también de esa noche oscura, le asegura a Isherwood que hay cierta demanda de este tipo de mujer, especialmente entre los hombres tímidos y los jóvenes inseguros porque ellas son los suficientemente mayores para ser sus madres.

Lo que no le cuenta Bobby ni registra Isherwood es que en Berlín, debido a la grave pobreza que obligaba a prostituirse a amas de casa sin recursos, cerca de cien mil mujeres y treinta y cinco mil hombres ejercían esa actividad de forma regular, de manera que la ciudad se había convertido en el destino turístico para gente de todos los gustos sexuales, fantasías y perversiones. Las calles estaban frecuentadas por “dominatrices, secretarias, dependientas, viudas maduras, embarazadas, travestis y transexuales, chicos de alquiler y machotes rudos, niños en venta, sádicos masoquistas, flageladores y coprófilos” (Philipp Blom).

No debería confundirse la penuria económica que indujo a miles de personas a ejercer la prostitución con un ambiente de libertad sexual que, efectivamente, afloró de forma espectacular, en el Berlín de Weimar. Isherwood no sólo se instaló allí para escribir, sino también para “conocer chicos”, como reconoció años después. En 1928, había visitado la capital prusiana junto a uno de sus mejores amigos, Wystan H. Auden, que llegó a decir que “Berlín era el sueño diurno de un maricón”, con cientos de burdeles masculinos a su disposición.

Prostitución obligada, pero también un clima permisivo, en buena parte construido para agradar a los visitantes. En el ‘Troika’ estaba todo dispuesto, con sus gigolós y sus demi-mondaines, la orquesta y el baile, para complacer a los clientes, hombres de negocios que viajan con sus mujeres mortalmente aburridas, cuenta Isherwood. Incluso los barrios obreros berlineses tienen su cabaret, el ‘Cozy Corner’, donde los hombres se exhiben vestidos de mujer y muestran sus piernas depiladas y tostadas por el sol.

Y en una zona gris, en la que todo se vende y con todo se especula y que en parte se considera consecuencia de la modernidad, se mueve Sally Bowles, el personaje que se convierte en referencia de todas estas crónicas de Isherwood, gracias a la interpretación que de ella hizo Liza Minelli en la película ‘Cabaret’, de Bob Fosse. Sally es vistosa y moderna, con una idea infantil de las relaciones sexuales, de poca perspicacia a la hora de buscar protectores, bastante incompetente como actriz y como cantante, pero absolutamente deliciosa; hace que canta en el Lady Windermere, un bar bohemio y sofisticado, aunque no del nivel de glamour del que aparece en ‘Cabaret’.

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Auden, Isherwood y Spender

Isherwood tomaba apuntes del natural para luego hacerlos suyos y crear personajes que algo tenían que ver con el original, pero, como se quejó una vez su amigo Spender, dramatizados en sus caracteres y personalidades, hastra el punto de que “podíamos terminar creyendo que en realidad éramos lo que él fabricaba para nosotros”. Eso ocurrió con Sally Bowles, un personaje frívolo y disipado en la visión de su creador, que quedó para siempre en esa foto fija, imposible de eliminar, pese a que años después, la auténtica Joan Ross marchara a España durante la Guerra Civil como reportera del Daily Worker y nada tuviera que ver ya con la alocada Sally.

Otro personaje magistral de ‘Adiós a Berlín’ es Bernhard Landauer, un judío dueño de unos grandes almacenes de la Postdamer Platz, que, en su juventud, quiso ser escultor y había sido un gran viajero. Irónico, amargado, ceremonioso, acaso demasiado civilizado; una personalidad escindida entre la pasividad y la fortaleza; entre sus ascendencias judía y prusiana y entre el encanto del oriental y su arrogante humildad.

En un libro muy posterior, ‘Christopher and his kind’ (1976), Isherwood revela que Bernhard era en realidad Wilfrid Israel, empresario y filántropo que utilizó la infraestructura de los Grandes Almacenes Israel, de su propiedad, para sacar de Alemania al mayor número posible de judíos, que financió la salida de sus trabajadores y que organizó campañas de rescate y reunificación de famillias judías. El 1 de junio de 1943, el avión en el que viajaba, junto al actor Leslie Howard, fue derribado en el Golfo de Vizcaya por cazas alemanes, quizá porque sospecharon equivocadamente que a bordo viajaba Winston Churchill. El hecho se ocultó en Alemania y se dijo que Israel había muerto de un ataque al corazón.

En Sally Bowles y en Bernhard Landauer se esconde la misma idea fatalista de que el mundo se encamina hacia una gran catástrofe. No hay más que asomarse a las calles de Berlín o hablar con sus habitantes: los judíos eran odiados, maltratados y finalmente asesinados. La dueña de la pensión no puede ocultar su desconfianza hacia los médicos judíos y muchas veces Isherwood pudo observar cómo un judío es apaleado en la calle ante la indiferencia general. Landauer le revela que ha recibido amenazas infantiles y el escritor le aconseja que lo denuncie porque “los nazis escriben como colegiales, pero son capaces de todo y por eso son tan peligrosos. La gente se ríe de ellos y luego será demasiado tarde”.

No sólo los judíos; cualquiera que se oponga a sus ideas simples de grandeza y crimen, desde izquierdistas a liberales, son perseguidos, encerrados en campos y finalmente liquidados. La pregunta es obligada: ¿Cómo es posible que tantos visitantes extranjeros y tantos diplomáticos que residían en Berlín no se dieran cuenta del peligro que conllevaba la ascensión del partido nazi, de la supresión de derechos, libertades y personas, de las insistentes mentiras de Goebbels, de sus matones campando a sus anchas por las calles berlinesas, de la descomunal hoguera de libros contrarios a lo que llamaban “alma alemana”?

En las notas de su diario correspondiente al invierno de 1932-1933, Isherwood señala que “los periódicos van pareciéndose cada vez más a un boletín escolar. No traen más que nuevos castigos, nuevas reglas y listas de gentes confinadas. Esta mañana Göring ha inventado tres variedades inéditas de alta traición”.

Y su amigo y compañero Stephen Spender lo describe con un solo párrafo en sus memorias ‘Un mundo dentro de otro mundo’: “Berlín era la tensión, la pobreza, la rabia, la prostitución, la esperanza en las calles. Eran los ricos ostentosos en los restaurantes exclusivos, las prostitutas calzadas con botas del ejército en las esquinas, los comunistas adustos que se manifestaban y los jóvenes violentos que de repente salieron de ninguna parte y en la Wittenbergplatz gritaron: ‘¡Alemania, despierta!’”

Y Europa cerró los ojos.

Lecturas

– Christopher Isherwood, ‘Adiós a Berlín’ (Primera edición 1939), Editorial Planeta 2002

– Christopher Isherwood, ‘Christopher y su gente’ (Primera edición 1976), Muchnik 1999

– Stephen Spender, ‘Un mundo dentro de otro mundo’ (Primera edición 1951) El Aleph Editores 2002

– Philipp Blom, ‘La fractura 1918-1938’, Anagrama 2016

– Eric D. Weitz, ‘La Alemania de Weimar. Presagio y tragedia’ , Turner Noema, 2019

La dispersión de la generación perdida: Fiztgerald, Hemingway, Dos Passos y Pound

No todos los americanos que vivían en París esperaron al crack del 29 para abandonar la ciudad. El éxodo comenzó antes y de forma muy notoria entre los que formaron parte de la ‘generación perdida’, nombre que les dio en un momento de enfado Gertrude Stein, mecenas de muchos de ellos y también escritora y consejera.

Hemingway, Scott Fitzgerald, Ezra Pound y John Dos Passos fueron los miembros más prominentes de un grupo en el que, a pesar de la exitosa etiqueta de pertenencia que les identifica, es difícil encontrar las similitudes, más allá de una convivencia intermitente en París en los años veinte. El editor Malcolm Crowley, que les conoció durante esos años, contribuyó con su libro de memorias ‘Exile’s Return’ a la consideración de todos ellos como integrantes de una misma generación, perdida o no, que vivió la la violencia de la Primera Guerra Mundial y que luego sufrió el cataclismo económico de la Gran Depresión.

Pesan más en las adscripciones la generación, en el sentido temporal, y el origen -Estados Unidos- que el estilo y contenido de sus obras. Siguiendo esos parámetros, Crowley sitúa en este grupo a William Faulkner y a John Steinbeck, nacidos ambos en torno al año 1900. El sur de los Estados Unidos, convertido en el ficticio condado de Yonapatawpha, le sirvió de inspiración para todas sus obras, hasta tal punto que Nabokov lo llamaba de manera poco amigable “el escritor del maiz”. Steinbeck no vivió en París en los años veinte pero sí estuvo como corresponsal en la II Guerra Mundial y su libro más conocido es cien por cien americano: ‘Las uvas de la ira’, en el que relata la situación dramática de cientos de familias que como consecuencia de la Gran Depresión invaden la mítica ruta 66 con destino a California, seducidas por las promesas de un buen trabajo que les permita, por lo menos, sobrevivir.

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Un millonario en París

La rebeldía y un estilo nada académico podrían considerarse señas de identidad de estos escritores pero son similitudes que comparten con otros coetáneos. Tampoco sus orígenes sociales fueron los mismos y, en cuanto a la preocupación por las cuestiones políticas, a Scott Fitzgerald nunca le importaron. Abandonó París a finales del año 1927, tras casi cuatro años de deambular por diferentes lugares de Europa derrochando la fama y el dinero que aún le quedaba del asombroso éxito de su primera novela, ‘A este lado del paraíso’, publicada en 1920, y que le permitía facturar cada cuento que escribía por unos cinco mil dólares. De todos los escritores de la ‘generación perdida’ es el menos interesado en las luchas contra la injusticia y en los problemas generales del mundo. Por nacimiento pertenecía a la clase media, a los estratos más prósperos de las grandes ciudades del Medio Oeste, carentes de gusto y cultura, exhibicionistas y superficiales, amantes del estrépito y de la farfolla, del mucho precio y del poco valor. Hay falta de compromiso, pero no de descreimiento y él mismo se reconoce, en las últimas páginas de su primera novela, tan incoherente e inmadura como brillante, como perteneciente a esa generación de escritores que “crecieron para encontrar muertos todos los dioses, libradas todas las batallas, destruida toda fe en los hombres”.

Hemingway habla de él en varios capítulos de ‘París era una fiesta’, en los que lamenta su desmesurada afición a la bebida. Fue Bernard Shaw quien dijo que a un irlandés -y Fitzgerald lo era a la mitad- la imaginación nunca lo abandona, pero tampoco lo convence ni le satisface y “es una tortura tal que no puede soportarse sin whisky”. Scott le echaba la culpa a París, “la ciudad mejor organizada para que un escritor escriba”, asegura Hemingway, y continuamente pensaba en encontrar algún buen lugar donde él y Zelda pudieran volver a ser felices juntos. Alquilaron una casa en la Riviera donde pasaron todo el verano de 1925 pero esa estancia plácida no le apartó del alcohol y cuando volvió a París se había convertido en una persona extraordinariamente grosera y amargada.

Meses después, los Fitzgerald y los Hemingway fueron a pasar una temporada a una estación balnearia del Bajo Pirineo. Hubo una fiesta, todo parecía perfecto e incluso Zelda parecía recuperada. “Y entonces ella -recuerda Ernest- se inclinó hacia mí y, con mucha reserva, me comunicó su gran secreto”: que quizá Al Jolson era más grande que Jesús. “Scott no escribió nada más que valiera nada, hasta que a ella la encerraron en un manicomio y Scott supo que lo de su mujer era locura”. Scott Fitzgerald murió en 1940, tras escribir ‘Suave es la noche’ y dejar inconclusa su quinta novela. Dejó también una leyenda de perdedor y fracasado, célebre y millonario, alcohólico y derrochador de un inmenso talento.

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Un nómada se suicida en Idaho

Hemingway se marchó de París en 1928 cuando su segunda esposa, embarazada, quiso regresar a Estados Unidos; se instalaron en Cayo Hueso, en Florida, un lugar que John Dos Passos le había recomendado, y más tarde en Cuba. Pero siguió viajando de un lado a otro porque siempre fue su objetivo ver y sentir lo más posible y para eso necesitaba vivir experiencias. En lugar de establecerse en un lugar tranquilo y arraigarse en el aburrimiento para poder crear una gran obra, como propugnaba Flaubert, Hemingway fue siempre un nómada frenético cuya imaginación se alimentaba de su propia vida.

Al final, cuando ya no se siente capaz de extraer literatura de las proezas del cuerpo y observa que su deterioro intelectual amenaza incluso su memoria, realiza un último esfuerzo para contarnos cómo fue su juventud en los años veinte en ‘París era una fiesta’. La escribió en su última residencia, una casa en Ketchum, Idaho, a donde regresó por última vez procedente de un sanatorio a principios de 1961. Era una casa para matarse, dice Vila Matas contemplando su fotografía: “Se diría que la atravesaba el viento de la nada y que había sido construida con la misma tristeza que al final de sus días sentía el escritor ante su gran fracaso: el intento de convertirse en su propio mito”. Hemingway se suicidó en esa casa el 2 de julio de ese mismo año.

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La desilusión estalinista

John Dos Passos fue el más viajero de todos, incluso más que Hemingway. Cuando era niño recorrió con sus padres México y de joven residió en varios países de Europa. Al igual que Hemingway y Fitzgerald se presentó como voluntario cuando Estados Unidos entró en guerra y fue destinado a Italia, como conductor de ambulancias. A principios de los años veinte realizó un viaje a Persia, del que hay un fascinante relato que empieza por el viaje a través de Europa en el mítico Orient Express e incluye una famosa travesía por el desierto en una caravana de camellos.

En esos años visitó esporádicamente París y fue uno de los chicos de la ‘generación perdida’ que bautizó Gertrude Stein, el más radical de todos ellos en su preocupación por las cuestiones sociales y la justicia; también por esa razón el desencanto fue mayor y su reacción más enconada. Formó parte del comité que defendió en Chicago a los anarquistas Sacco y Vanzetti, cuya ejecución en 1927 tachó de asesinato, y en 1928 publicó ‘El visado ruso’, libro en el que elogia la revolución rusa tras una visita a la Unión Soviética.

Iniciada ya la Guerra Civil, viajó a España para colaborar en el guión de un documental que tenía como objetivo convencer al presidente Roosevelt de que apoyara la causa de la República. En el documental ya trabajaba Hemingway, del que era amigo desde sus coincidencias en París, pero del que se distanció a partir de la desaparición de José Robles, traductor de su libro ‘Manhattan Transfer’. Aún no está claro qué fue lo que ocurrió pero todo parece indicar que fue fusilado por orden de los servicios secretos soviéticos.

José Robles Pazos dejó su plaza en la Universidad John Hopkins de Nueva York para ponerse al servicio del Gobierno republicano nada más estallar la Guerra Civil, que le sorprendió de vacaciones en España. Y como además de inglés y francés dominaba el ruso le dieron el puesto de intérprete del general Vladimir Gorev, auténtico salvador de Madrid al inicio de la guerra y que sería fusilado por Stalin al volver a Moscú. Al poco, trascendió que Robles ostentaba el cargo de jefe de prensa extranjera del Ministerio de Guerra con rango de teniente coronel. No mucho después, en noviembre de 1936, lo trasladaron con el resto del Gobierno a Valencia. Una noche llamaron a su puerta y desapareció para siempre.

Hemingway le dio la noticia a Dos Passos y éste empezó las indagaciones. Llegó a la conclusión de que Robles había sido fusilado por los soviéticos bajo la falsa acusación de ser un agente doble. Hemingway tachó de obsesión la insistencia de Dos Passos y le pidió que se olvidara de todo eso porque lo importante era ganar la guerra. Dos Passos, decepcionado por la escasa sensibilidad de su amigo, abandona España y Hemingway lo tacha de cobarde. No sólo hubo distanciamiento entre ambos, sino reproches mutuos durante el resto de sus vidas. Hemingway diría de él que se pasó a la derecha y Dos Passos recreó su figura en alguna de sus obras de manera muy poco piadosa. Pero, según el nieto de Dos Passos, su abuelo y Hemingway llegaron a reconciliarse cuando se encontraron de nuevo en Cuba.

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El poeta fascista

Cuando se dice que los escritores norteamericanos de los años treinta fueron todos de izquierda se ignora una clamorosa excepción: Ezra Pound. Incluido en la ‘generación perdida’ es, sin embargo, algo mayor que los demás, y el único que se adhiere a las vanguardias, antes de llegar a París en 1920 procedente de Londres.

Para el crítico Edmund Wilson, que reseñó su obra poética en 1921, Ezra Pound es el representante típico del norteamericano que se cree un artista y marcha a Europa, en la que encuentran solo lo que llevaban: una Europa leída. Si a Fitzgerald lo tacha de superficial y adinerado, a Ezra Pound lo considera una criatura infantil y un incurable provinciano, que huyó a Europa para escapar de su Idaho natal llevándose consigo el simple credo y el puro entusiasmo de su tierra, y que desde su nueva residencia pretende obligar a sus compatriotas a que admiren lo culto y cosmopolita que se ha vuelto.

Ezra Pound coincide en París con Hemingway que hace de él un retrato más que elogioso. En un capítulo de ‘París era una fiesta’ dice de él que “se portó siempre como un buen amigo y siempre estaba ocupado en hacer favores a todo el mundo” y en otro, que “era el escritor más generoso y más desinteresado que he conocido: corría en auxilio de los poetas, pintores, escultores y prosistas en los que tenía fe, y si alguien estaba verdaderamente apurado, corría en su auxilio”. Fundó una institución llamada Bel Esprit en la que todos los artistas colaborarían creando un fondo para que Eliot dejara su empleo en el banco y pudiera dedicarse a la poesía. Al final Eliot lo consiguió por sus propios medios con la publicación de ‘The Waste Land’. Aunque la intención era buena, el dinero recaudado acabó en apuestas y en viajes a España del propio Hemingway.

También dice de él que era sincero en sus errores, a veces iracundo, y enamorado de sus teorías falsas. Debió ser esta faceta de su carácter lo que llevó a Ezra Pound en 1924 a Rapallo, donde se convierte en ferviente admirador de Benito Mussolini. Desde Italia participa en emisiones radiofónicas en apoyo de los gobiernos fascistas. Finalizada la guerra fue juzgado en Estados Unidos por traición, por lo que podía ser condenado a la pena de muerte, pero la intermediación de diferentes personajes del mundo cultural consiguió que se le declarara loco y que se le internara en el hospital del St. Elizabeth, donde permaneció durante doce años (1946-1958). Allí continuó elaborando “Los Cantos” y traduciendo a Confucio.

En 1949 se le había concedido el Premio Bollingen de Poesía; los jueces eran conscientes de que despertaría objeciones, pero no concedérselo por razones ajenas a su obra “destruiría el significado del premio y negaría la validez de la percepción objetiva del valor sobre a que se apoya cualquier sociedad civilizada”. Orwell lo celebró y destacó que Pound merecía el premio pero que eso no significaba que sus ideas se hubieran vuelto respetables ni aceptable su odio a los judíos.

En 1969, con motivo de la celebración del 84 cumpleaños de Pound, se celebró una fiesta en su honor en Venecia, evocada en los “Cantos Pisanos” que le hicieron merecedor del Premio Bollingen. Daba la impresión, cuenta Cyril Connolly, que fue invitado a las celebraciones, que dondequiera que fuera Pound era una figura respetada y popular y que para los italianos no era un traidor, sino un mártir, o más bien un amigo leal que estuvo a su lado en los días malos.

No recuerdan sus programas radiofónicos repugnantes, como aquel en el que aprobaba la matanza de los judios de Europa oriental y “advertía” a los judíos norteamricanos de que pronto llegaría su hora. Esos programas -dice Orwell- no daban la impresión de ser obra de un loco ni de un pacifista como dijeron sus defensores. Y al final, el escritor británico se plantea si, ya que los jueces han optado por la postura de afirmar que la integridad estética y la simple decencia son cosas distintas, “preocupémonos al menos de separarlas y no excusemos la carrera política de Pound basándonos en que es un buen escritor”; los jueces deberían haber dicho con más firmeza que las opiniones que ha intentado propagar en sus obras son malvadas.

Como siempre, Orwell acierta en sus consideraciones morales y nos plantea, subrepticiamente, si un escritor fascista puede llegar a ser un buen escritor. Steiner, nada sospechoso de izquierdista, no cree que sea posible y ni siquiera considera una excepción a Celine y su ‘Viaje al fin de la noche’.

A modo de conclusión

Repaso lo escrito hasta ahora sobre la generación perdida y su dispersión, no sólo geográfica, y se me ocurre que lo único que une a estos escritores es su relación con Hemingway y cómo los vio él o cómo se vieron entre sí. Y pienso en todas esas cuestiones que quedan apuntadas y que no son sólo literarias o que van más allá de la literatura, como el compromiso y la vida ostentosa, la traición y la amistad, la defensa de las ideas y el esnobismo y si es preferible el silencio sobre una mentira o su denuncia.

G. Orwell frente a H. Miller; el valor del compromiso

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La crisis económica de 1929 expulsó a muchos norteamericanos de París, pero acudieron otros, como Henry Miller, cuando rondaba ya los cuarenta. Llegó con la depresión, mientras la chusma cosmopolita abandonaba la ciudad y “los espaciosos cafés de Montparnasse que sólo diez años estaban llenos hasta la bandera, incluso de madrugada, repletos de hordas de alborotadores que se las daban de interesantes y entendidos, se habían convertido en tumbas lúgubres que ni siquiera visitaban los espectros”, nos cuenta Orwell.

Los genios desconocidos, los degenerados y los artistas seguían estando ahí, en soledad casi absoluta, mientras su vida transcurría en habitaciones sórdidas, llenas de chinches, en hoteles de medio pelo, pasando de una borrachera a la siguiente, en burdeles baratos; en resumen, viviendo a salto de mata. Henry Miller narra la vida de estos expatriados americanos de la bohemia parisina en su primera novela, ‘Trópico de cáncer’, publicada en 1935 y prohibida durante muchos años en su país natal.

“Con muchos años de vida de lumpen a sus espaldas, de hambre, de vagabundeo, de suciedad, de noches al raso”, Miller elige contar la vida de estas gentes anormales que es también la suya y de la que no reniega. No se puede decir que no haya bajado a la tierra y haya visto; no es en absoluto un escritor encerrado en una torre de marfil en busca de la perfección y por encima de las vicisitudes de sus iguales. No pertenecía a los círculos cultos, en los que el arte por el arte se extendió prácticamente hasta la adoración de lo que carecía de sentido; ésa no es la denuncia.

Lo que le reprocha Orwell es el tema elegido, el relato de vidas que no tienen ningún valor y que nada significan. “No parecía un momento propicio para que alguien escribiera una novela de gran valor acerca de unos cuantos haraganes estadounidenses que bebían de gorra en el Barrio Latino”. Con indisimulado desprecio, reconoce que ningún novelista está obligado a escribir directamente sobre la historia contemporánea pero advierte que un novelista que prescinde de los grandes acontecimientos públicos del momento en el que le ha tocado vivir – y ése es el momento del ascenso del fascismo- es “por lo general, un majadero o un simple imbécil”.

Miller describe al hombre de la calle, pero de una calle llena de burdeles y lo hace en el lenguaje que se usa para contar ocurrencias y obscenidades, algo normal en ese ambiente de los expatriados, “personas que beben, hablan, meditan, fornican”. Lo malo es que a lo largo de la escritura descubre que se lo está pasando muy bien. “No tengo dinero, ni recursos ni esperanza”, dice el narrador de ‘Trópico de cáncer’, y al mismo tiempo confiesa ser “el hombre más feliz del mundo” mientras termina su relato autobiográfico sentado a orillas del Sena con una actitud de total aceptación.

Para Orwell éste es un reconocimiento infame. porque ‘aceptar’ en esos años era tomar como algo normal “los campos de concentración, las porras de caucho, Hitler, Stalin, las bombas, los aviones, la comida en lata, las ametralladoras, las purgas, los eslóganes, las cadenas de montaje, la censura de prensa y las cárceles secretas, entre otras cosas”. El protagonista de Miller es un náufrago, un desclasado y un hombre pasivo que deja que las cosas, simplemente, le sucedan. Es un hombre que habita en el vientre de la ballena, un útero con capacidad suficiente para albergar a un adulto y que le permite sentirse ajeno a todo lo que se halle fuera de él.

Aldous Huxley había escrito unos años antes que los personajes de los cuadros de El Greco producen la sensación de hallarse en el vientre de una ballena y que encontraba algo especialmente horripilante en la idea de encontrarse dentro de una “prisión visceral”. En cambio, a Miller le parecía una idea atractiva; hallarse dentro de una ballena es un pensamiento muy cómodo, que forma parte de las fantasías infantiles. A oscuras, como si estuviera muerto. Es la etapa final e insuperable de la irresponsabilidad máxima: dejarse engullir con absoluta pasividad.

Italo Calvino, allá por el año 1954, recuerda a los escritores de los años veinte y treinta, que para él fueron como dioses, aunque después se despeñaran de su pedestal. Eran los tiempos de la constelación Hemingway-Malraux, tiempos serios “vividos con petulancia, pureza de corazón y compromiso”, eran los tiempos en que “un confuso arranque antifascista de la pura inteligencia nos impulsó” hacia estos escritores que simbolizaban la lucha por la justicia y el antitotalitarismo internacional.

Hemingway marcharía a España como corresponsal y Orwell marchó al frente, a Cataluña, donde estuvo seis meses. No puede haber personas más diferentes que el autor de ‘Homenaje a Cataluña’ y el de los ‘Trópicos’. Desvela Orwell que conoció a Henry Miller a finales de 1936 “cuando pasé por París camino de España”: no tenía ningún interés por lo que allí ocurría y le dijo que ir allá era una necedad, una solemne estupidez. Miller se muestra como el más claro ejemplo de la falta de compromiso, alguien a quien nada le importa.

La larga reseña de Orwell sobre Henry Miller, en la que hace un repaso de la literatura en lengua inglesa desde el comienzo de la Gran Guerra, es un testimonio desengañado y toma como excusa ‘Trópico de Cáncer’ para hacer una lectura desesperada de los años treinta, que han culminado en ese año de 1940, en que escribe este artículo, a punto de declararse una segunda guerra mundial.

Reprocha a los grandes escritores de los años veinte, como Joyce, Eliot, Lawrence y Huxley, que no prestaran atención a los problemas urgentes del momento y guiaran al lector hacia Roma, Bizancio, Montparnasse, México y Etruria o hacia el subconsciente o hacia quién sabe donde, excepto a los lugares en los que estaban sucediendo las cosas. Para ellos, Rusia no era la revolución de Octubre, sino Tolstoi, Dostoievski o los duques exiliados que conducían taxis para ganarse la vida; Italia era museos y ruinas y maravillosas iglesias, pero no Camisas Negras y Alemania era el cine y el psicoanálisis pero desconocían la existencia de Hitler.

Son escritores subyugados por el pesimismo en una época en que la desilusión estaba de moda, como el tedium vitae y la desesperación frívola. Quizá porque vivían en una edad de oro que pronto terminaría, como acabó París para los americanos con el hundimiento económico de 1929. Y, de forma repentina, sigue diciendo Orwell, entre 1930 y 1935 cambia por completo el clima literario con autores como Auden y Spender. Con ellos vuelve la intención y el propósito y en los círculos intelectuales se considera excéntrico no ser más o menos de izquierdas, es decir, no comprometerse.

Llegamos a los cinco últimos años de la década, la del auge del antifascismo y del Frente Popular, cuando los jóvenes escritores ingleses gravitaron hacia el comunismo porque era algo en lo que se podía creer: el cielo era Moscú y el infierno, Berlín. Pero pronto se vio que no era bueno: cualquier escritor que acepta una disciplina de partido pronto se encuentra ante la disyuntiva que aceptarla o mantener la boca cerrada. Y la imposición y la censura siempre perjudican a la prosa, especialmente a la novela, el más anárquico de los géneros literarios. No hay, en opinión de Orwell, ni una sola novela que merezca la pena en el yermo de los años treinta, durante los cuales, aparte de poemas y panfletos, sólo había etiquetas, eslóganes y evasiones. Cuando Orwell escribe este último párrafo recuerda que está a punto de estallar la guerra. En su conversación en París, Miller le dijo que la civilización que conocían estaba destinada a verse barrida y sustituida por algo tan distinto que ni siquiera podría considerarse humano, pero que eso no le quitaba el sueño.

Es probable, dice Orwell, que en el futuro cualquier novela que merezca la pena leer siga más o menos los derroteros de Henry Miller, sus planteamientos e incluso más allá: una actitud pasiva multiplicada. “Quizá debamos adentrarnos en el vientre de la ballena o, más bien reconozcamos que nos hallamos ya en él, que no tenemos ningún control sobre nada, que hemos de dejar luchar para dejarnos llevar suavemente, sin sobresaltos, sin noticias del exterior”. Y eso implica aceptar lo que ocurre, la decadencia, el totalitarismo, la guerra, la censura, el asesinato. Es la de Miller la “voz de los sometidos, del vagón de tercera, del hombre corriente no político, amoral y pasivo”. Es el hombre corriente, pero no el obrero ni el habitante de los suburbios, sino el paria sin escrúpulos, un norteamericano más sin dinero ni más pretensión que la de ir tirando y que ha perdido todo, incluso la dignidad y el aliento de conseguir algo mejor. El riesgo consiste en convertirnos en un mero Jonás que pasivamente acepta todo mal y nada afecta a su conciencia.

El pesimismo que rezuma este artículo titulado ‘El vientre de la ballena’ no es más que un aviso desesperado de lo que puede suceder si el escritor se aísla y deja de denunciar la mentira. Si hay una palabra que defina a Orwell es la honestidad, que le llevó a oponerse a todo lo que consideraba pernicioso para los menos favorecidos. Era inalterablemente de izquierdas, pero eso no le impidió, además de denunciar la banalidad de la sociedad de consumo, las purgas o la zafiedad del régimen estalinista. Nunca para él Moscú fue el cielo, aunque Berlín sí era el infierno.

En una reseña sobre la edición de los ensayos, artículos periodísticos y cartas en 1968, Cyril Connolly, que fue compañero suyo en Eton y que lo conocía bien, describe a Orwell como un animal político. “No podía ni sonarse la nariz sin soltar una soflama sobre las condiciones laborales en la industria del pañuelo” y este hábito mental aparece en todo lo que escribió.

Son muchos los escritores, a lo largo de los siglos, que han sido políticos. Connolly cita unos cuantos: desde Píndaro y Esquilo a Catulo y Virgilio. Y Dante estuvo absorto en la política como la mayoría de los artistas del Renacimiento. Pero hay épocas más proclives a la adopción de un papel político por parte del escritor: en la vigilia de la crisis, antes de la crisis misma o antes de la guerra o una revolución. Los años treinta fueron años de desasosiego en los que aún se podía cambiar la historia y si bien es verdad que los panfletos políticos de los grandes autores, como Milton o Swift, apenas se lean hoy, no es cierto que no se publicaran durante esa década de los años treinta, y después, obras de interés.

Octavio Paz apunta que la historia de la literatura moderna es la historia de una larga y desdichada pasión por la política: “De Coleridge a Mayakovski, la Revolución ha sido la gran Diosa, la Amada eterna y la gran Puta de poetas y novelistas. La política llenó de humo el cerebro de Malraux, envenenó los insomnios de César Vallejo, mató a García Lorca, abandonó al viejo Machado en un pueblo de los Pirineos, encerró a Pound en un manicomio, deshonró a Neruda y Aragón, ha puesto en ridículo a Sartre, le ha dado demasiado tarde la razón a Breton… Pero no podemos renegar de la política; sería peor que escupir contra el cielo, sería escupir contra nosotros mismos”.

En esos años de los que Octavio Paz hace tan dramático y confuso resumen era obligado ponerse en el lado de “las fuerzas de la vida y del progreso” o en las de la “reacción y la muerte” y Connolly, pues a él pertenece este apunte, proclama que es necesario “escoger entre democracia y fascismo” porque estamos tratando con destructores de la cultura europea, “cuyos poetas sólo pueden contribuir con gritos de guerra y canciones sentimentales para entonar mientras beben”.

Orwell persistió y resistió porque jamás vendió su alma. Falleció en 1950, seis meses después de la publicación de su novela más representativa, ‘1984’, y con ella nos dejó su propia versión del infierno en que podría convertirse el futuro: una sátira utópica sobre un mundo dominado por el Gran Hermano, que todo lo sabe gracias a la ‘policía del pensamiento’ y la apocalíptica nivelación de las sociedades humanas bajo la tecnología. Y quizá la advertencia más importante: la neolengua en la que “la guerra es la paz” y “la libertad es la esclavitud”, el lenguaje concebido para hacer “que las mentiras parezcan verdad y el asesinato respetable y para dar una apariencia de solidez al puro viento”.

En cambio, Miller se dedicó a repetir la fórmula de su ‘Trópico de Cáncer’ pero ya sin la novedad que supuso el escándalo; una repetición aburrida de actos sexuales espolvoreada de frases infantiles y opiniones superficiales. Orwell, por el contrario, nos avisa y previene y puede decirse que consigue cambiar la historia, el objetivo de un escritor político, porque después de leer ‘1984’ contamos con suficientes elementos para resistirnos y dejar de ser ingenuos.

Lecturas

– George Orwell, ‘En el vientre de la ballena’, 11 de marzo de 1940. ‘Ensayos’

– Cyril Connolly, ‘Enemigos de la promesa’, 1939