Muñecas parlantes, precursoras de androides

AKapekl

Figuras de cerámica, muñecas que se mueven o que hablan, que nos imitan y buscan confundirnos al aunar lo orgánico y lo inorgánico, lo viviente y lo que carece de alma. Son muñecas familiares, juguetes disfrutados en la infancia que cuando se muestran fuera del ámbito de lo conocido producen una impresión ominosa, siniestra.

Con una imagen inquietante comienza ‘Las Furias de Menlo Park’, el cuento de Ignacio Padilla que encabeza el volumen ‘El androide y las quimeras’: “Seiscientas niñas de cerámica se ahogaron a escasas millas de Rotterdam sin que hubiera dios ni ayuda para impedir esa zozobra de encajes, piernas, brazos y ojos de vidrio que miraron sin mirar a los peces que no podrían devorarlas. Ahí seguirán ahora: sonrientes, mudas, hacinadas entre las algas como en la fosa abierta en el jardín de un pederasta…”

El naufragio de las muñecas habría sido un presagio de que el negocio no iba a funcionar, pero Thomas Edison quería sacar provecho a su fonógrafo, el primer invento que grababa y reproducía sonidos y se empeñó en fabricar miles de juguetes parlantes con forma de muñeca, sus “monstruitos” como él mismo las llamaba, de algo más de medio metro de alto y dos kilos de peso cada una, dotadas de extremidades de madera articuladas, cabeza de porcelana y torso de metal agujereado para que pudiera escucharse la grabación procedente de un fonógrafo en miniatura instalado en su interior y que se ponía en marcha accionando una manivela en la espalda del juguete.

En la fábrica de Menlo Park, municipio de Nueva Jersey, se produjeron más de siete mil ejemplares. Como no se conocía un procedimiento para hacer copias de las grabaciones, Edison contrató a una veintena de mujeres que, encerradas en sus cabinas, cantaban y leían incansablemente, doscientas, seiscientas veces, las mismas canciones de cuna y las oraciones, instrumentos de edificación moral seleccionados por el propio inventor que cada muñeca repetiría cada vez que accionara la llave que tenía en su espalda.

Ignacio Padilla contempla a estas mujeres a través de los ojos de un socio de Edison, que repara en una de ellas, Claudette, por su llamativa fragilidad y tristeza. Las condiciones en las que trabajaban esas mujeres no favorecían en modo alguno que sus voces transmitieran dulzura, ni siquiera interés. Claudette, embarazada y despedida de su trabajo, se suicidó ahogándose en el río, como las muñecas en el puerto de Rotterdam y sus compañeras, tras maldecir al ‘Mago de Menlo Park’, cantaron estrofas que hablaban de un ser malvado y de una princesa muerta, cobrándose la venganza al igual que las Furias castigan las ofensas de los criminales que las leyes humanas no contemplan, persiguiendo al infractor más allá de la muerte.

No habría sido necesaria una maldición para que el negocio de las muñecas de Edison naufragara estrepitosamente: su calidad era pésima, su duración escasa y su precio exorbitante. El modelo básico costaba diez dólares, el sueldo de dos semanas en aquellos años de 1890. Muchas de ellas llegaban a su destino estropeadas por un mal embalaje y cuando lo hacían sin desperfectos, apenas se intuía lo que decían o la grabación duraba como máximo una o dos horas en total por la fragilidad del cilindro de cera que debía soportar una aguja de acero. Pero lo peor es que las muñecas eran unos armatostes imposibles de manejar y sus voces, cuando se oían, resultaban aterradoras.

En 2014, diez años después de que Ignacio Padilla publicara su cuento, un laboratorio pudo recuperar el contenido de las grabaciones, en las que se escuchan chillidos, llantos, palabras incomprensibles semejantes a psicofonías. Algunos apuntan a que la sordera que padecía Edison desde niño tuvo alguna relación con esos cantos que parecen provenir del mundo de las pesadillas y de los muertos.

En este cuento, “basado en hechos reales”, Padilla explota un elemento de terror propio de los relatos góticos: la angustia que experimentamos ante la posibilidad de que los objetos inanimados, como muñecas en este caso, cobren vida y sean emisarios de un mensaje amenazador del mundo sobrenatural, aunque evita que sea el punto central del relato al introducir la venganza como otro de los pilares en los que se asienta.

El cuento de E.T.A. Hoffmann, ‘El hombre de arena’, constituye el más completo inventario de motivos románticos de lo siniestro, afirma Trías, y en él basa Freud su conocido ensayo sobre “lo siniestro”. El relato tampoco tiene como único eje a Olimpia, la autómata que pasaba por ser la hija del profesor de física Spalanzani, causa de la locura y tragedia del joven Nathanael, que olvida novia, amigos y familia, haciendo oídos sordos a quienes le avisan de las rarezas de aquella de quien se ha enamorado perdidamente.

El profesor celebra una fiesta en su casa para presentar a su supuesta hija, la bellísima y misteriosa, aunque tal vez algo estúpida, Olimpia. A nadie le pasan desapercibidas algunas anomalías -como la curvatura un tanto extraña de la espalda, la exagerada delgadez del talle o la rigidez de unos movimientos que parecen responder a un engranaje mecánico- excepto a Nathanael que, víctima de una especie de sortilegio, llega incluso a apreciar un intenso calor en los labios mortalmente helados de su nueva novia. En su mudez encuentra la prueba de que sólo ella le comprende porque no interrumpe la lectura de sus poemas y se convence de que “la mirada de sus ojos celestiales dicen más que lo que pueda expresar cualquier lenguaje articulado” sin reparar en que se debe a su carencia de alma, a que Olimpia parece que solo hace como que vive.

Sigmund Freud, en su ensayo, reconoce su deuda con Ernst Jentsch, que trece años antes había acuñado la acepción de lo siniestro como aquello que, habiendo sido familiar, resulta aterrador e insólito. Pero discrepa en cuanto a situar como fundamental el asunto de la autómata y considera que el relato de Hoffmann gira en torno al ‘hombre de arena’, una variante alemana del sacamantecas, que en el folklore hispánico es un hacedor de ungüentos curativos a partir de la grasa de niños asesinados, o del hombre del saco, secuestrador de infantes que no quieren irse a la cama. El arenero arroja puñados de arena al rostro de los niños alemanes para que, una vez dormidos, sus ojos se desprendan de las órbitas y pueda llevárselos para alimentar a sus hijos que, como las lechuzas, poseen un pico ganchudo con el que picotean la comida que les lleva su progenitor.

Sigmund Freud afirma que el temor a ser privado de los ojos simboliza el miedo a la castración en la infancia e identifica al arenero con la figura paterna, representación de la autoridad. Con el tiempo estas interpretaciones han quedado obsoletas, sobre todo por el uso abusivo y sin matices que se ha hecho de ellas. El hombre de arena, uno de los cuentos con los que nos amenazaban nuestras madres o abuelas, queda inscrito en nuestra memoria y no carece de importancia en el desarrollo posterior, pero es mucho más inquietante la incertidumbre que producen esos seres artificiales como los autómatas, situación que se complica extraordinariamente en la literatura posterior.

Olimpia es la madre de todos los que vinieron después: desde los robots de Čapek a los ‘replicantes’ de Philip K. Dick. Los ingenios mecánicos quedan relegados a objetos del pasado o simples juguetes y surgen los seres creados mediante ingeniería genética, dotados incluso de inteligencia. Los autómatas se convierten en androides y es la muñeca Olimpia la que marca esta línea divisoria al tratarse de un ingenio mecánico que puede simular lo viviente, aunque sólo dé respuestas programadas. Y también muestra una clara línea de separación con sus antecesores, el monstruo de Frankenstein de Mary Shelley o el Golem de Mayrink, productos del afán creador de demiurgos.

RUR (Robots Universales Rossum)’ es una obra teatral escrita por Karel Čapeken 1921 y representada el año siguiente. Miles de robots son construidos para satisfacer las peticiones de mano de obra porque son lo que dice el término checo, robot, que no se tradujo: trabajadores esclavos, sin inquietudes ni emociones ni proyecto, aunque estén dotados de inteligencia. El ingeniero que los ideó quiso que carecieran del “montón de cosas que son totalmente innecesarias” para una máquina de trabajo. La intención era liberar a los hombres del trabajo manual, lo que también hizo que perdieran sus empleos porque un robot podía reemplazar fácilmente a dos trabajadores y medio.

La adquisición de una conciencia y la rebelión contra sus creadores por parte de los robots, así como sus consecuencias devastadoras para hombres y máquinas, ya están presentes en esta obra de principios de siglo y marca la diferencia respecto a los relatos fantásticos anteriores y la entrada en el género de la ciencia ficción. Los argumentos de las novelas o cuentos que le seguirán serán más sofisticados, en sintonía con el debate científico de la época, como el que presenta Turing y su defensa de las máquinas que aprenden, debate que hoy resulta más virulento que nunca. La creación autónoma de una superinteligencia artificial sobre la que perderemos el control, nuestra posible desaparición física o nuestra conversión en esclavos de los nuevos amos del mundo se discute en foros académicos y se relata en obras de ficción, como Matrix.

Son especulaciones de futuro muy sugerentes, pero voy a terminar este comentario sobre autómatas y androides con un acercamiento al presente, que no por más modesto resulta menos importante. Los robots de Čapek siguieron trabajando cuando ya ningún ser humano podía beneficiarse de su esfuerzo. Extrajeron toneladas de carbón y construyeron infinidad de edificios aunque sabían que no podían perpetuarse más allá de unos años y que la Tierra quedaría vacía de hombres y máquinas. Esta actividad compulsiva es una vívida transcripción de la ética calvinista en la que aún vivimos. Que un hombre pueda convertirse en un ciborg es una fantasía que anida en nuestra mente y que, según Germán Huici, se advierte en la identificación del espectador con el ‘terminator’ de la película del mismo nombre.

El héroe es un personaje de apariencia perfectamente humana en su exterior, pero con un esqueleto y un cerebro cibernéticos que le hacen infinitamente superior a los hombres porque es más fuerte y más inteligente, pero sobre todo porque lleva inscrito en su programación una ética del trabajo inquebrantable. No necesita vacaciones ni siente estrés, nisiquiera debe alimentarse o dormir. “Nuestra ética capitalista postcalvinista -dice ‘El Dios ausente’– se define porque, al igual que el terminator, no conoce el descanso”.

No hay más que fijarse en las oficinas en las que trabajamos, exigiéndonos la supuesta eficiencia y racionalidad de las máquinas y su determinación imbatible en la lucha por el objetivo y la vigilia constante. Ya vivimos en un mundo dominado por las máquinas, que son las que nos imponen el ritmo de trabajo y de ocio. Y lo peor de todo: el ejemplo.

Lecturas

– Ignacio Padilla, ‘Las furias de Menlo Park’, en ‘El androide y las quimeras’, Editorial Páginas de Espuma, 2008.

– E.T.A. Hoffmann, ‘El hombre de arena’ (primera publicación en 1817 en ‘Cuentos nocturnos’).

– Eugenio Trías, ‘Lo bello y lo siniestro’, Ariel, 2001.

– Karel Čapek, ‘RUR’, Minotauro 2003.

– Germán Huici, ‘El Dios ausente. Iconografía y metafísica del capitalismo’, Editorial Elba, 19016.

El ‘Autómata’ de la Tierra del Fuego, de A. García Ortega

Automata

No hay lugar más desolado que la Isla Desolación. Sus rocas áridas, sus valles de hielo antiguo, una tierra desierta y escabrosa, azotada por vientos gélidos, huracanados y perpetuos y empapada por una lluvia constante. El clima propicio a la soledad, la locura y el terror y la total ausencia de consuelo le valió ese nombre de Desolación con el que el almirante John Narborough la bautizó en 1670.

Oliver Griffin, dibujante de islas, va relatando al narrador de esta historia de magia, viajes y desgracias, con el que se reúne esporádicamente sin previa cita y a lo largo de tres semanas en los cafés de Funchal, su itinerario hasta Tierra de Fuego para dar cumplimiento a un destino que dio comienzo con el autómata de Melvicio que Sarmiento de Gamboa transportó a la Isla Desolación. Formaba la parte secreta y mágica de un plan para fortificar el territorio e impedir que los corsarios pudieran atacar por la espalda al imperio español como hicieron en la noche del 13 de febrero de 1579 cuando comandados por Drake asaltaron El Callao habiendo llegado de Inglaterra atravesando el sur del continente americano.

Apasionado por los islarios, Griffin centró su obsesión en la Isla Desolación, de forma de pez, agrietada por fiordos y bajíos que forman laberintos impracticables, un territorio deshabitado, carente de recursos, lúgubre y húmedo, donde Gabriela Pavic, en la búsqueda incansable de su marido y sus dos hijos desaparecidos en un naufragio, descubre un muñeco articulado de metal “con apariencia de guerrero desfigurado, rostro inquietante y mirada fija”, construido con el propósito de atemorizar a “cormoranes, gaviotas, indios ingenuos y marinos miopes”, a “gigantes sin bautismo y a ingleses codiciosos”, que Sarmiento de Gamboa plantó con sus propias manos quinientos años antes en mitad de los acantilados. Este autómata, hijo de la ficción, formaba parte del proyecto de un ejército falso de figuras mecánicas, que complementarían la fortificación del Estrecho de Magallanes y se correspondería con la personalidad de Sarmiento que, además de militar, cosmógrafo y renacentista, era un apasionado de la magia y la astrología.

El autómata guerrero y sus 110 acompañantes que nunca fueron construidos se concibieron en Praga, al mismo tiempo que el rabino Jehuda Löw ben Becael creaba el Golem. Melvicio, constructor de autómatas para la corte de Rodolfo II, no se sentía satisfecho con un sirviente de barro sin iniciativa y buscaba el prodigio de crear un ser inteligente, libre y perfecto, provisto de un alma viviente. Quizá consiguiera dotar al autómata con el don de la invisibilidad, ya que pasaron cientos de años antes de que Gabriela lo descubriera por casualidad e intentara descubrir la fórmula para devolverle el aliento vital. O tal vez el autómata llevara en sí mismo la maldición que caía sobre aquellos que pretendían ocupar el papel del Creador y quizá fuera el causante de tantas tragedias que asolaron desde su llegada a la Isla Desolación.

García Ortega inventa un autómata, un constructor de prodigios y una mujer marcada por el dolor y la soledad, además de un viajero obsesionado por las islas y por la invisibilidad que lleva aparejado su apellido, Griffin. Y alrededor de todo ello, surgen decenas de historias reales que muestran cómo la fatalidad se cebó en la Tierra del Fuego durante siglos. De entre todas ellas hay dos que me parecen extraordinarias: una, la de Sarmiento de Gamboa, por el carácter excepcional del protagonista, sus quimeras y sus grandes fracasos y la otra, la del viaje del Beagle que propició el encuentro de los europeos con los seres humanos más primitivos de la tierra en un lugar de vida imposible y el destierro total del testimonio bíblico como fuente de verdad.

Sarmiento de Gamboa llega a la corte de Felipe II en 1580, enviado por el virrey Francisco de Toledo, después de que los corsarios ingleses liderados por Francis Drake atacaran El Callao y huyeran. No pudo capturarlos pero tuvo tiempo para explorar el estrecho de Magallanes, descubierto sesenta años antes por el marino portugués y hasta entonces olvidado en la estrategia de defensa de los españoles, y comunicar al monarca la necesidad de fortificar el lugar. Los espías de la Corona española, que no estuvieron muy atentos a la acción de Drake, informaron entonces de que Inglaterra estaba preparando flotas para alcanzar el Pacífico, bien para atacar puertos del virreinato del Perú, bien para comerciar con las Molucas e incluso para crear una colonia y fortificar para su beneficio el paso por el Mar del Sur.

El plan que deslumbró al monarca contaba con la construcción de una fortaleza inexpugnable que impediría el tránsito de piratas y corsarios por un lugar cuyos innumerables canales y pasos apenas eran conocidos y en el que las condiciones geográficas y meteorológicas impedían, con los conocimientos técnicos de la época, erigir fuertes y tender cadenas. Sarmiento de Gamboa creía en el proyecto y, pese a los infortunios del viaje, que se inició en 1581 con 23 navíos y un contingente de tres mil personas y llegó a Tierra del Fuego dos años después con dos navíos y trescientos soldados y colonos, entre los que había mujeres y niños, se empeñó en la fundación de las ciudades, una vez abandonado el proyecto de construcción de las fortificaciones, imposible de llevar a cabo porque ni siquiera tenían materiales para ello.

Fueron dos las ciudades efímeras que fundó: Nombre de Jesús y Rey Don Felipe. Dos meses después, navegando de una ciudad a otra, Sarmiento de Gamboa se vio obligado a salir del estrecho debido a una tormenta y por culpa de los vientos que lo alejaban de la costa no pudo regresar. Se dirigió a España para solicitar ayuda pero en el viaje fue apresado por Walter Raleigh y llevado preso a Inglaterra, de donde fue rescatado previo pago por Felipe II. Vuelve a emprender su regreso a España pero en su travesía por Francia cae en manos de los hugonotes y pasa más de tres años en un calabozo. Llega a España con la salud muy quebrantada; su pista se pierde con el último memorial elevado al Rey en defensa de sus poblaciones, que acabaron muriendo de hambre, frío y por los ataques de los indígenas.

En 1587, un navío inglés bajo el mando de Thomas Cavendish encontró a unos veinte supervivientes, pero sólo rescató a uno de ellos, tras haberse aprovisionado de agua y madera, dejando a su suerte a quienes esperaban subir a la nave, y haber rebautizado a la Ciudad del Rey Don Felipe como Puerto del Hambre. Tres años después, otro navío inglés se atribuyó el rescate el último poblador de las ciudades de Sarmiento de Gamboa.

En Puerto del Hambre anclaron los dos barcos encargados de cartografiar las costas del sur de América, el Beagle y el Adventure, enviados por el Almirantazgo británico en 1826. El capitán Pringle Stokes no soportó el segundo viaje en busca de un paso menos peligroso que el del Cabo de Hornos: en su diario a bordo del Beagle describe días y noches de lluvia incesante y paisajes deprimentes de áridos y desolados picos que circundan la costas inhóspitas de la bahía. Unos días después se disparó un tiro en la cabeza, pero en el reconocimiento del cadáver se hallaron siete heridas de cuchillo casi cicatrizadas, es decir, que llevaba semanas intentando suicidarse.

Le sustituyó Robert Fitzroy, un aristócrata con amplios conocimientos científicos pero obnubilado por la literalidad de la Biblia y los conceptos, ya retrógrados en su época, sobre las “razas humanas”. Se empeñó en que los indígenas le devolvieran un bote y tomó rehenes que luego llevaría a Inglaterra para educarlos y después traerles de vuelta a su hogar en Tierra de Fuego para que iniciaran a sus convecinos en la civilización y la religión cristiana. Convencido de que su tarea era humanitaria creyó que ellos estaban totalmente de acuerdo y el resultado fue un verdadero desastre. Fueron tres: Fuegia, una niña que tenía nueve años cuando llegó a Londres; Jeremy, de catorce, y un adulto de veinticinco, York, que nunca consiguió adaptarse a la sociedad londinense. Tampoco tuvieron mucho tiempo los otros dos porque a los tres años se convirtieron de nuevo en pasajeros del Beagle, en el segundo viaje de Fitzroy, el mismo al que se apuntó Charles Darwin.

Los tres fueguinos fueron depositados en su antiguo hogar y en pocos días sufrieron el robo de la mayor parte de sus pertenencias y la destrucción del huerto que los marineros del Beagle habían construido para ellos; el reverendo que iba a acompañarlos vio disminuido su fervor religioso en pocos días y se enroló de nuevo para volver cuanto antes. Años después, ya en Inglaterra, Fitzroy supo que la dulce Fuegia se prostituía en las playas y en los buques y que Jeremy, el dandy, instigó una masacre contra misioneros ingleses que habían desembarcado en Woollya.

Pero lo peor de ese viaje para Fitzroy fue comprobar que había sido el instrumento de la “abominación” de Darwin, documentada en ‘El origen de las especies’, que publicó en 1860. Fitzroy creía que el hombre había sido creado en su estado actual, sin pasar por ninguna fase de salvajismo, pero que tras el Diluvio se extendió por la tierra y poco a poco fue degenerando en razas primitivas, como ocurriera con los fueguinos, y que los dinosaurios se extinguieron porque no cabían en el arca. Fue ridiculizado sin misericordia y el 30 de abril de 1865 se cortó la garganta.

La maldición no solo alcanzó a los europeos que se atrevieron a permanecer en Tierra del Fuego. La peor parte se la llevaron los aborígenes, que prácticamente desaparecieron. Hasta 1880, entre los onas y los yamanas, las tribus principales, sumaban alrededor de cuatro mil personas, pero la campaña de exterminio de los estancieros acabó con ellos. La introducción de las estancias ovejeras creó fuertes conflictos entre los nativos y los colonos y las grandes compañías llegaron a pagar una libra esterlina por cada aborigen muerto para librarse de ellos. Las misiones religiosas que intentaron evitar las matanzas fueron responsables de la aniquilación del resto de la población, debido a la difusión de enfermedades para las que los indígenas no estaban preparados, como ocurrió en la isla Dawson, donde los salesianos los refugiaron.

El exterminio de los nativos también es mencionado por Griffin, el relator de la novela ‘Autómata’, así como la aparición de cadáveres arrojados desde helicópteros Puma por los sicarios de Pinochet y que acabaron en aguas de Punta Arena o los casos de salvajismo de la terrible guerra de las Malvinas.

Son historias que se corresponden con un lugar de desolación, de tortura, desesperación y muerte. Viajes, naufragios, masacres, revueltas, quimeras, infortunios y soledad, sobre las que Griffin pretende dar cuenta. “Comprendía que yo estaba en ese lugar apartado del mundo para que todo descansara de una vez en paz”, le dice al narrador en su última conversación. Pero nada está nunca acabado.

Comentario a

– Adolfo García Ortega, ‘Autómata’, Random House Mondadori, 2007

El ajedrecista turco que venció a Napoleón — Historias emergentes

Nunca nos hemos conformado con menos. Se nos quedó pequeño reproducir hombres y mujeres que escapaban del cuadro para echarse a andar de un momento a otro y animales que esperaban pacientes una caricia del espectador, así como estatuas dotadas de lo que parecía ser un impulso vital imposible. Desde que los dioses crearan a […]

El ajedrecista turco que venció a Napoleón — Historias emergentes

‘Máquinas como yo y gente como vosotros’, Ian McEwan

Maquinas como yo

Era el anhelo religioso con el don de la esperanza; era el santo grial de la ciencia. ( ) En términos más elevados, aspirábamos a escapar de nuestra mortalidad, a enfrentarnos o incluso reemplazar la divinidad mediante un yo perfecto. En términos más prácticos, pretendíamos diseñar una versión mejorada, más moderna de nosotros mismos”.

Se nos podía imitar y mejorar y con esa intención se fabricaron veinticinco androides con el mismo nombre, Adán para ellos y Eva para ellas, que se vendieron en el mercado libre. Charlie Friend, un antropólogo que deseaba tener un amigo, se hizo con uno de estos androides previo pago de una cantidad importante de libras esterlinas. Él mismo se encarga de contar todo lo que ocurrió desde el momento en que su Adán le fue entregado, como mercancía electrónica con su batería e instrucciones de uso, hasta la consumación del crimen.

‘Máquinas como yo’ es el título de la novela de Ian McEwan que lleva como añadido ‘Y gente como vosotros’, una historia de androides y de seres humanos que augura un futuro juntos, quizá mejor pero más triste, en la que lo de menos es la imposibilidad científica de la existencia de seres artificiales practicamente semejantes a nosotros o que Alan Turing sea un científico anciano y reconocido universalmente en 1982, año en que se desarrolla la trama, porque lo importante es la eterna pregunta de qué nos hace humanos a nosotros y los dilemas morales que se plantean como consecuencia de nuestra relación con máquinas inteligentes. No es una incursión en el género de la ciencia ficción, aunque el autor se haya documentado sobre el matemático británico y determinados conceptos de la robótica y la inteligencia artificial; Adán es una excusa para reflejar cómo somos.

Aparentemente no hay nada que le diferencie de un ser humano, del que es una imitación casi perfecta: su piel es cálida y suave al tacto, una vibración rítmica simula el movimiento del corazón y su parpadeo irregular refleja los estados de ánimo. Más allá de la similar apariencia, este androide, robot antropomorfo o replicante es capaz de sentir emociones y quizá no sólo de simularlas. Practica lo que llama el arte de los sentimientos y se enamora de la novia de Charlie, Miranda, a la que dedica poemas de amor con las diecisiete sílabas canónicas de los haikus.

Muy pronto descubre la importancia de la conciencia y, sin haber decidido si surge como un elemento orgánico incrustado en las estructuras neuronales o es simplemente una mera ilusión, concluye que su sentido del yo es fuerte y auténtico y disfruta con ello: cuando emerge de su vagabundeo de aprendizaje mientras está conectado a la corriente, se siente un ser único y poderoso. La consecuencia es que se niega, incluso utilizando la violencia, a ser desconectado. Asimov nos tiene muy acostumbrados a que los seres artificiales respeten las Tres Leyes de la Robótica pero el nuevo Adán sitúa la supervivencia en primer lugar, como su prioridad y muy por encima de su supuesto deber de defender y respetar a su creador o amo; es lo que haría cualquier ser vivo y cualquier hombre en su sano juicio, perseverar.

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McEwan nos explica que, gracias a los diseños para ordenador sobre el juego del ‘go’ realizados en comandita por Turing y Hasssabis (creador de videojuegos nacido en el año 1975) se consiguió un software humanizado que podía superar la consabida potencia de cálculo y funcionar mediante la intuición, “pensar” como nosotros e imitar nuestras razones, a menudo sin fundamento, para elaborar juicios y tomar decisiones. Pero Adán también debe ser, según sus diseñadores, una versión perfecta del ser humano y en sus circuitos lleva inscritos rígidos principios sobre justicia, venganza, deberes y castigos que no pueden ser marginados con criterios de flexibilidad ni por impulsos irracionales o por la virtuosa intuición.

Los hombres sabemos cómo ser buenos, nos hemos pasado cientos de años creando religiones y pronunciándonos sobre lo que es moral, sobre lo que es ético y lo que es justo, pero a la hora de poner en práctica estos principios de modo sistemático y general, no lo hemos conseguido. Adán es un ser superior a la gente que lo rodea porque está diseñado para hacer el bien y para luchar por la verdad, pero este integrismo le conduce a despreciar las virtudes secundarias que los seres humanos tenemos tan asumidas: la mentira por piedad; la omisión de juicios que, una vez expresados, sólo conducen al sufrimiento; las falsedades necesarias para la armonía social … ¿Cómo escribir el algoritmo de una mentira piadosa? se pregunta Turing.

Nuestra ética navega en ocasiones en un mar de ambigüedades y a veces naufraga en aras del pragmatismo, pero viene avalada por la experiencia de haber sufrido las imposiciones de doctrinarios y fanáticos de la verdad y del bien, profetas insobornables, puritanos hasta el martirio y revolucionarios dogmáticos. Es imposible, mediante un razonamiento mecánico basado en la lógica, se pueda proclamar que no siempre el camino de la justicia es el más deseable, aunque sea el correcto. Adán no lo entiende porque es un ser perfecto que vive en un mundo imperfecto para el que no está preparado; su inflexibilidad causa la soledad del hombre que lo adquirió, provoca la condena de su novia y el abandono y consiguiente daño moral al niño que ambos pretenden adoptar. Miranda no actuó correctamente, pero no parece que el castigo solucione nada a nadie.

Hace mucho tiempo, Alan Turing defendió que, cuando no pudiéramos observar una diferencia de conducta entre máquinas y personas, sería el momento de otorgar humanidad a las máquinas. De lo que surge el segundo gran dilema moral que plantea McEwan: la consideración de Adán, y el resto de sus congéneres artificiales, como seres sintientes y con derechos. No sólo aprenden, sino que sienten emociones: el enamoramiento, el deseo, la frustración y, sobre todo, las formas de suicidio por las que optan. Los androides, espejo de gente defectuosa como nosotros, no logran perseverar en su condición y ninguno de los fabricados en la primera edición sobrevive a las contradicciones del mundo, con sus enfermedades, pobreza, sufrimiento, guerras y armas nucleares; acaban sumidos en una especie de melancolía y angustia existencial.

Adán sabe de sí mismo, tiene conciencia de su yo, y Charlie, aunque dice en voz alta que “no había nadie ahí’, intuye que eso no es cierto, que Adán existe realmente. Fue así desde el principio, cuando al ser desempaquetado y, pese a su inmovilidad de figura de cera, Charlie duda de que no sea un hombre auténtico y experimenta reparos por invadir su privacidad al acariciar su frente u observarle fijamente durante un tiempo prolongado. Intenta convencerse de que es una cosa, una mercancía por la que ha pagado, una transacción que marcará la relación entre ambos. Cualquier posibilidad de igualdad en la amistad o en el compañerismo intelectual se tornará imposible porque Charlie es el propietario y como tal cree tener derecho de vida o muerte sobre su mercancía, esclavo o mascota.

¿Qué es Adán? Se le podría otorgar cierto estatus de humanidad, aunque no es objetivamente un ser humano: sus experiencias son información que proviene de otros, nunca fue niño ni adolescente y llegó a la edad adulta de forma repentina y en cuanto a sus emociones, no se puede decir que sean naturales, sino simuladas en el mejor de los sentidos, de manera que, por mucho que se empeñe, su dolor no será nunca nuestro dolor.

En cuanto a la conciencia… Tan difícil de explicar que parece un milagro en su infinita complejidad y misterio, del que solo se puede hablar mediante metáforas. Incluye el conocimiento de uno mismo, pero según los defensores de la teoría computacional del cerebro, como Pinker, “la construcción de un modelo interior del mundo que contenga el yo” está al alcance de cualquier programador principiante. Si la conciencia equivaliera a la función cerebral que accede a la información y la procesa, la analogía con las máquinas es evidente, pero solo desde un punto de vista funcional, en absoluto físico. Pero si la conciencia se entiende como “estar vivo, despierto y consciente”, todo se complica por la exigencia de un yo capaz de una experiencia subjetiva y una auténtica inteligencia que actúe respecto a pensamientos auténticos y conscientes ¿Hasta qué punto los androides de McEwan, o mejor los de Alan Turing, son capaces de emociones o pensamientos reales? ¿Y acaso eso es necesario?

Independientemente de que no exista la posibilidad de construir un ser que no se diferencie de nosotros y que consiga simular procesos mentales y sentimientos similares a los nuestros, solamente la idea de imaginarlo nos pone frente a un espejo, no para imitar lo que de ninguna manera podría ser un modelo, sino para reconocer nuestras carencias. McEwan es un genio a la hora de causar desazón en sus lectores, de envolverlos con dosis medidas de sarcasmo e inocencia, de dejarlos en suspenso a media novela y recuperarlos inmediatamente haciendo casar el puzzle con inéditas visiones sobre el asunto, para terminar, quizá no con un final feliz, pero sí con algo mejor de lo que pudiéramos esperar. Aunque no seamos perfectos como máquinas, sí tenemos en exclusiva un sentimiento que nos hace humanos: más allá de la empatía, existe la compasión, que nos lleva a comprender y aliviar el sufrimiento de los demás, aunque no sean totalmente humanos, a pedir perdón y a perdonarnos compasivamente a nosotros mismos.

‘Máquinas como nosotros’, Ian McEwan, Anagrama, 2019

La melancolía en tiempos revueltos

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En el término melancolía se han dado cita toda las demencias, todas las alteraciones del alma y todas las variedades de la locura, desde la depresión al delirio. En las filas de melancólicos se han agrupado héroes y licántropos, genios y aburridos cortesanos, místicos y maníacos, sabios e idiotas, santos y endemoniados … y se ha relacionado la melancolía con el exceso de estudio, con los habitantes de lugares brumosos pero también con los judíos procedentes de Oriente y con tiempos de incertidumbre. Vinculada a logros artísticos y científicos, por su mediación se ha interpretado el mundo y se han definido épocas.

Desde la Antigüedad hasta bien entrado el siglo XIX, la medicina adoptó la teoría humoral de Hipócrates recogida después por Galeno, según la cual el cuerpo humano se compone de cuatro sustancias básicas que se corresponden con los cuatro elementos del universo -aire, fuego, agua y tierra. Son sangre, flema, bilis y atrábilis que conforman sus consecuentes temperamentos -sanguíneo, flemático, melancólico y colérico- y de cuyo perfecto equilibrio dependerá conservar la salud y evitar la enfermedad. La inestabilidad de uno de estos humores, la bilis negra, nos conducirá a la melancolía. No siempre se consideró una enfermedad.

Se atribuye a Aristóteles un texto en el que se afirma que, aunque su padecimiento puede llevar a la locura y al sufrimiento, no hay hombre excepcional que no sea melancólico, como si este carácter fuera un privilegio y no una maldición. La bilis negra, sigue diciendo, tiene el potencial de hacer a la persona extremadamente fría o extremadamente caliente, lo que brinda la oportunidad de no caer en la enfermedad y el desequilibrio y convertir la melancolía en una herramienta contra el desarraigo y la soledad. Esta apreciación sobre las posibilidades salvadoras de la melancolía abre un espacio que se ha mantenido hasta nuestros días. Pudiera ser que ayudara a expresar una condición existencial derivada del sufrimiento y la tristeza que emanan naturalmente de la vida misma; esa definición sería la de un budista y la expone Roger Bartra para defender que en Occidente la melancolía forma parte intrínseca de un conglomerado cultural y filosófico que recorre toda su historia. A través de la ella, señala el antropólogo mexicano, se ha hecho visible el sufrimiento y las consecuencias trágicas de la soledad, la incomunicación y la angustia, así como sus posibles remedios.

En la Edad Media la melancolía se asimiló a la acedia, un pecado capital que Agustín de Hipona define como la angustia que inmoviliza y que dio en extenderse fácilmente entre los monjes, instigada por el llamado ‘demonio de mediodía’. La teología cristiana hizo del abatimiento un pecado: Dante sitúa las “muchedumbres doloridas que han perdido el don del entendimiento” en el mismísimo Infierno, en castigo por su enfado con Dios y por la ausencia de esperanza en la que vivieron.

También se relacionó brujería y melancolía y así lo recoge Jean Wier en ‘De prestigiis daemonum’ al asegurar que el diablo induce fácilmente al sexo femenino, malicioso y melancólico, y en especial a las ancianas débiles y estúpidas, a las que impone males y visiones. Es en este siglo XVI cuando la melancolía resurge con fuerza en tratados y en personajes, no sólo de ficción. Hubo reyes a los que se consideró melancólicos, como Carlos V recluido en Yuste y Felipe II, a su vez, encerrado en El Escorial con todas sus penas, demonios y reliquias; hubo otros que no sólo se reconocieron como tales, sino que incluso redactaron consejos para melancólicos, como el efímero rey portugués Dom Duarte. Parece que el humor negro afectaba a los monarcas y sultanes, como ya advirtiera Maimónides varios siglos antes. En la ficción es Segismundo, prisionero del destino, y Hamlet, hundido en la desesperación por la corrupción del mundo y su falta de sentido.

La experiencia de no poder acceder a la divinidad se convierte en melancolía y afecta a místicos como Teresa de Ávila que, pese a los padecimientos interiores y delirios que relató en ‘Las Moradas’, recomendó que en los monasterios no fueran admitidas monjas que mostraran síntomas melancólicos. En la ficción, en cambio, dominaron los enamoramientos no concluidos, desde Tirso de Molina a Lope de Vega, así como el morbo erótico que aqueja a Calisto y a Melibea en su loco enamoramiento.

La melancolía estaba muy presente desde hacía ya tiempo, como resultado de una situación continua de convulsiones y temor. En el siglo XIV la peste vuelve a aparecer en Europa y alarga su presencia, las condiciones climáticas se degradan y las malas cosechas se multiplican, la amenaza del Gran Turco es cada vez más evidente y estalla el mundo cristiano, primero con el Gran Cisma y luego con la Reforma protestante. Las guerras de religión dejan un continente devastado y en alerta perpetua y la duda religiosa siembra el pánico en las conciencias al tiempo que con ímpetu inusitado se reproducen en libros, sermones y pinturas toda la escenografía del Apocalipsis y del Infierno y sus tormentos. No resulta extraño que los síntomas de la melancolía, como la desesperación, la angustia y el sentimiento de fatalidad se adueñasen de las gentes.

El gran tratado sobre este asunto fue publicado en 1621 por un erudito, clérigo, inglés y bibliotecario, además de melancólico, Robert Burton, bajo el título ‘Anatomía de la Melancolía’. En sus más de mil quinientas páginas en las que se incluyen más de cinco mil citas hace referencia a infinidad de temas desde la perspectiva melancólica. De la mayoría de los melancólicos dice que el temor y la tristeza son sus auténticos caracteres, aunque algunos “se distinguen por su buen talante, otros por su atrevimiento y los hay que no manifiestan ninguna forma de temor o pesadumbre”; los más predispuestos son los misántropos y los amantes de la vida contemplativa, aunque nadie en absoluto, ni el estoico ni el sabio ni el dichoso ni el sufrido ni el piadoso o el representante de Dios, está libre de esta afección; de las estaciones del año, la más propicia es el otoño y, en cuando a las edades, es la vejez la que “casi siempre tiene a la melancolía natural por inseparable compañera y accidente”. Después de los setenta años, sigue diciendo Burton parafraseando al Salmista, “todo es molestia y aflicción”.

La vida dedicada a los libros y al estudio, junto a la vejez, son los ingredientes de la melancolía al final de la existencia. Ambas circunstancias convierten al Quijote en un personaje melancólico. Al Caballero de la Triste Figura se le secó el cerebro de tanto leer novelas de caballerías y desvelarse meditando en sus obsesivos intentos por “entenderlas y desentrañarles el sentido” y llegado a los cincuenta, cuando ya ha comenzado para él la vejez, decide no resignarse y se inventa su propia aventura.

Bartra señala que El Quijote es un libro para divertir a melancólicos a través de un personaje artificialmente triste, que enseña a los lectores de su época la forma de disfrutar de la melancolía, que ya no es ni pecado ni obra del demonio, sino “una elección, un acto de voluntad y una afirmación de la libertad”.

Algunos consideran que emprende un viaje sin retorno hacia la locura, pero lo cierto es que Alonso Quijano sale al mundo, inventándoselo, dispuesto a combatir la injusticia y la maldad; es entonces cuando le encuentra un sentido y, de esta forma tan novedosa en aquellos tiempos revueltos y convulsos, consigue animar a los lectores a no dejarse invadir por la triste melancolía.

Lecturas

– Roger Bartra, ‘Cultura y melancolía. Las enfermedades del alma en la España del Siglo de Oro’, Anagrama, 2001

– Robert Burton, ‘Anatomía de la melancolía’, 1621 (primera edición)

Cervantes y Shakespeare, cuatrocientos años no es nada

Cuando calificamos como dantesca a una escena pavorosa o kafkiana a la que resulta absurda o llamamos Romeo a un enamorado, estamos demostrando que la vida imita a la ficción. Pero lo contrario también es cierto: ningún escritor puede ausentarse de su época en una inexpugnable torre de marfil. Vive, se alegra y sufre con sus contemporáneos, aunque para su escritura recurra a la imaginación y mediante ella encare, trate de entender o ponga en su sitio todo aquello que le preocupa y desea comunicar a sus lectores.

Si además, posee la condición de clásico, demuestra sin asomo de duda que ha superado las barreras de su tiempo, de su género, de su condición y de cualquier atadura y que sus personajes o sus temas han trascendido y se han convertido en universales. Por eso los lectores del siglo XXI podemos reconocer a Alonso Quijano o al rey Lear como a uno de nosotros y ser partícipes de sus pensamientos y de sus actos, aunque fueran imaginados hace más de cuatrocientos años.

El mundo en el que vivían Cervantes y Shakespeare a caballo entre los siglos XVI y XVII no se asemeja al que habitamos nosotros, pero tampoco es absolutamente diferente. Muchas obras del dramaturgo inglés se ocupan de la tiranía y de la traición y Alonso Quijano se esfuerza hasta la locura para no tener que lidiar con una época que no le gusta. No están tan lejos de nosotros.

La Inglaterra de Isabel I fue siempre una sociedad convulsa, pero a medida que se acerca el fin de su reinado la situación se complica cada vez más. Isabel ya no es la joven intrépida y prudente, tolerante y firme, indecisa y enérgica, cualidades contrapuestas que le permitieron sosegar los ánimos cuando sucedió en el trono a María ‘la sanguinaria’, culpable de haber enviado a la pira, al patíbulo y a las cárceles a quienes consideraba herejes por apartarse de la obediencia del pontífice.

Isabel simplemente dejó de perseguir herejes porque entendía que toda la cuestión se movía en torno a la liturgia, que no consistía más que en una bagatela. Su intrención era no descubrir simpatía alguna hacia uno u otro bando y se limitaba a cumplir con determinadas obligaciones, como asistir de forma irregular a la misa, en la que no permitía el alzamiento de la hostia para no verse obligada a arrodillarse. Durante doce años, desde 1558 a 1570, esquivó la excomunión papal gracias a que nadie pudo probar que fuera católica o protestante. Cuando finalmente llegó el reproche del pontífice, ya había consolidado su poder y obtenido la simpatía de sus súbditos y la mayoría ya no la consideraban una bastarda y una reina ilegítima, sino una de los suyos. La bula papal otorgaba carta blanca a sus súbditos para desobedecerla e incluso hacía un llamamiento al regicidio al darle el trato de hereje; diez años después, otro papa, Gregorio XIII, daba a entender que su asesinato no constituiría ningún acto pecaminoso, sino todo lo contrario, meritorio.

La actitud de la reina, que hasta entonces había hecho gala de una tolerancia religiosa inusual en la época, da un vuelco. Las conspiraciones y conjuras contra la reina se suceden y se investiga, sumaria y violentamente, todo tipo de rumor. Se castigan con dureza, no ya los panfletos, sino incluso los comentarios en voz alta contrarios a la reina. En 1586, el servicio de espionaje a cargo de sir Francis Walsingham, descubre que acaudalados caballeros católicos han conseguido llegar con sus intrigas hasta la propia María Estuardo. Aunque es ajusticiada, prosiguen los actos violentos mientras los libelos contra la reina circulan por todo Londres.

La situación era de una fragilidad extrema: Isabel ni había nombrado sucesor ni resuelto el problema religioso y además, se cernía la amenaza de invasión de los españoles. Ha cumplido sesenta años y la corte se ha convertido en un lugar peligroso, dominada por las rivalidades de los favoritos y de los consejeros. De todo esto se habla en los palacios, en las casas, en las calles, pero discretamente porque nada se puede traspasar a los escenarios, bajo peligro de muerte o tortura. No obstante a la gente le interesa y acude al teatro para escuchar qué es lo que puede estar pasando y cuál será el futuro de la reina y de Inglaterra.

La representación de las obras de Shakespeare coincide en el tiempo con el declive de Isabel I, cuando ya se habían consumido los primeros treinta años de reinado. Seguramente supo de las actividades, no siempre piadosas, de Walshingham, de las intrigas del agente jesuita Robert Parsons, del nido de espías de uno y otro bando en que se había convertirdo la Universidad de Cambridge y de la tendencia a un mayor sometimiento de los ciudadanos al control del poder. No es que Shakespeare pensara que Isabel lo usara de forma tiránica o arbitraria, pero todo parecía indicar que la situación se iría deslizando más y más por esa pendiente.

Y Shakespeare está allí para contarlo, de forma que no se note, convirtiéndose gradualmente en un maestro en el abordaje disimulado de las inquietudes de sus conciudadanos, incertidumbres que no pueden gritarse en la plaza pública. En 1597, el dramaturgo Ben Jonson fue encarcelado por la representación de una obra supuestamente sediciosa, ‘La isla de los perros’, y Christopher Marlowe murió apuñalado por un agente secreto al servicio de la reina ¿Cómo pudo Shakespeare sortear las denuncias y la censura?

Lo consigue, señala Stephen Greenblatt en su ensayo ‘El tirano’, utilizando un lenguaje figurado y evitando referirse al presente y a personajes destacados de la época. Recurre a hechos pasados y lugares lejanos, desde la Roma antigua con Julio César a la Gran Bretaña precristiana del rey Lear o la Escocia del siglo XI de Macbeth. Nunca a menos de un siglo de distancia de su época. Solamente una vez cometió un error que le pudo costar caro: en su obra ‘Enrique V’ el coro manifestaba su esperanza de que el recibimiento al duque de Essex tras su expedición a Irlanda fuera tan alegre y espectacular como el del ejército inglés victorioso en Francia. Meses después, el duque desobedeció a la reina y protagonizó una rebelión que acabaría con su condena a muerte.

Shakespeare narra hechos truculentos, en los que hay asesinatos, descuartizamientos, torturas y también reflexiones sobre la traición y la tiranía. Al mismo tiempo, en sus comedias históricas o políticas, hace un desarrollo muy complejo de la personalidad del tirano y de quienes le permiten serlo, de sus cómplices, así como de las dificultades para combatirlo. Ricardo III -asesino de todos aquellos que puedan interponerse en su camino, la quintaesencia del malvado, dueño de un egoísmo, una arrogancia y un afán de dominio sin límites- tiene muchos puntos en común con Coriolano, culpable de aporafobia, aspirante a tirano y traidor a Roma; Macbeth no puede resistirse a la tentación de convertirse en rey y es incapaz de echarse atrás incluso cuando ya es consciente de la ruina moral que conlleva y del espanto que ha creado, de lo que se da cuenta también el anciano rey Lear, cuya demencia, expresada en el deseo senil de ser adulado, ha provocado no sólo su ruina sino también la muerte de la única hija que le amaba.

Todas estas tragedias, dice Stephen Greenblatt, presentan “la incertidumbre, la confusión y la ceguera de la política (…) en una sociedad que no tenía protección constitucional para la libertad de palabra y que carecía de las normas más elementales de cualquier sociedad democrática”, así como el caos que se produce cuando el tirano, de natural inestable e irracional, se hace con el poder.

Si la libertad de expresión y la garantía de los derechos humanos no existen en Inglaterra, en España resultan del todo impensable, nada extraño porque lo comparten todas las incipientes naciones europeas y el régimen absolutista en el que se desenvuelven. Cervantes vive y escribe en la España de Felipe II (1556-1598) y de Felipe III (1598-1621), a caballo entre dos siglos, en el inicio del fin de la hegemonía de los Habsburgo. Felipe II ha perdido su Armada frente a una Inglaterra que a su parecer era irrelevante, un mosquito al que simplemente había que aplastar. Las costas gallegas, portuguesas y andaluzas son objetivos de los ataques de los corsarios ingleses. En el interior, las Cortes de Madrid protestan contra una política exterior agotadora que no ha dejado nunca de ser dinástica y ha tenido en muy poca consideración el bienestar del reino; se ve obligado a declarar una suspensión de pagos y hacer frente a una epidemia de peste que se prolonga hasta bien entrado el siglo XVII y causa en total la muerte de medio millón de personas.

Para conjurar todos estos males o quizá simplemente para desviar la atención, el duque de Lerma decide en 1609 expulsar a los moriscos, descendientes de los musulmanes. A la expulsión, se une la exaltación de los visionarios y de la milagrería, el bandolerismo catalán y el surgimiento del parasitismo castellano con la convicción de que sólo vivir de rentas es de nobles.

Miguel de Cervantes vive todos esos acontecimientos y, tanto en la victoria de Lepanto como en la derrota de la Invencible, lo vive personalmente, como arcabucero en la primera y como aprovisionador en la segunda. Su vida, contrariamente a la de William Sakespeare, no tiene un momento de reposo: huye a Roma con 21 años tras un desgraciado duelo, por el que es sentenciado a la amputación de la mano derecha y a una estadía de diez años en la cárcel; tras su alistamiento en los Tercios, las heridas recibidas en Lepanto harán de él un lisiado y cercenarán su carrera militar; es apresado tras el ataque de una flotilla de goletas berberiscas cuando se dirigía a Barcelona tras conseguir la licencia de su servicio militar; pasa cinco años como prisionero en Argel e intenta fugarse hasta cuatro veces con resultados catastróficos, aunque no mortales para él, y al final es rescatado. Después, tendrán lugar sus actividades de espionaje en el norte de África, el regreso a España, las peticiones en la Corte, las dificultades económicas, la cárcel y la escritura.

Cervantes refleja sus experiencias en sus obras y también el momento histórico que atraviesa España, dominada por una nobleza improductiva y ociosa, despilfarradora y privilegiada y una clase dirigente corrupta e inmoral; un fanatismo religioso que paraliza cualquier progreso; la limpieza de sangre, las guerras europeas, la expulsión de los moriscos, la amenaza turca en el Mediterráneo y el bandolerismo catalán y el parasitismo castellano, consecuencias ambos de la pobreza y la ausencia de futuro. De todo esto habla Cervantes y crea un personaje inolvidable, Alonso Quijano, un hombre que en la cincuentena pretende adaptar su vida a la realización de los valores vigentes en los tiempos ilusorios de la caballería medieval, en una época en la que no hay gloria que conquistar, sino recuerdos de guerras sangrientas, de amargura y de un escepticismo radical respecto al futuro de una España que empezaba a dejar de ser la dueña de los destinos del mundo.

P.S.

En las escasas líneas precedentes he intentado situar a ambos autores en su contexto histórico, no como guía de lectura ni explicación de sus ficciones, sino para proporcionar un elemento más que contribuya a un mejor entendimiento de las dificultades que arrostraron en su época y lo que les llevó a escribir. Sólo es una mínima aportación que lleva adherido un aviso: las obras de Shakespeare y de Cervantes no son solamente un espejo de la realidad. Son mucho más, son construcciones verbales de mundos personales y profundos, obras que leídas en la juventud aportan descubrimientos y releídas en la madurez, matices inesperados, significados deslumbrantes y pensamientos que aparentemente teníamos olvidados pero que han guiado nuestra vida, lo que constituye una de las razones por las que Italo Calvino nos induce a releer a los clásicos.

En esta semana en que se cumplen 405 años de la muerte de ambos escritores es un buen momento para leer, por ejemplo, el maravilloso episodio del descenso del Quijote a la Cueva de Montesinos, que contiene parte de la clave de la novela, o el magnífico monólogo de Hamlet.

Lecturas

Stephen Greenblatt, ‘El tirano, Shakespeare y la política’, Alfabeto Editorial, 2019

Gonzalo Torrente Ballester, ‘El Quijote como juego’, Ediciones Guadarrama, 1975

Virgilio, inmortal, falso profeta y señor de las moscas — Historias emergentes

‘Arma virumque cano’. Así comienza el segundo verso de la Eneida, con el canto a las terribles armas de Marte y al hombre que, huyendo de Troya prófugo del destino, vino el primero a Italia y a las costas lavinias. Eneas, aquel que anduvo errante por mar y tierra, arrastrado por el furor de la […]

Virgilio, inmortal, falso profeta y señor de las moscas — Historias emergentes

– El encanto de la ‘flapper’: del escándalo a la tragedia

Mira con descaro a la cámara, se gusta, baila, es cínica pero también exhala frescura e ingenuidad, le gusta provocar, parece segura de sí misma pero camina sumida en un halo de inconsciencia y al mismo tiempo es escandalosamente vital en un mundo que, como ella, gira sin cesar. Es una flapper y, pese a su origen estadounidense, se convirtió en un modelo universal que no tardó en extenderse gracias al cine, las revistas ilustradas y los discos de jazz.

Con una intención claramente andrógina, se cortaba el pelo a lo bob, largo por delante hasta la barbilla y más corto en la nuca, teñido de negro azabache o rubio platino; utilizaba fajas y corsés para reducir curvas y dar una imagen de fragilidad infantil, acentuada por vestidos rectos con cinturones en la cadera y justo por encima de la rodilla para mostrar más allá de lo permitido, las medias de seda; se maquillaba sin complejos y sustituía el pellizco en las mejillas de sus abuelas por el colorete, única forma aceptable de ruborizarse en el ambiente que frecuentaba; abusaba del rouge de labios que no se perdía ni con los besos ni con la bebida y, al principio, los polvos de arroz que se extendía por el rostro le prestaban un aspecto enfermizo y diabólico.

Esta apariencia las delataba, pero también su forma de estar, de moverse y, sobre todo, de bailar. Interpretaban todo lo que estaba de moda, desde el foxtrot a ritmo de ragtime y su variante popular de la década de los veinte, el charlestón; el shimmy con su sincopado movimiento de hombros; el bunny hug importado de California o el black bottom, tradicional de los bailarines negros del sur. Ritmos y bailes de origen afroamericano que se popularizaron en la llamada ‘Era del Jazz’, en la que se ajustó el concepto de flapper, que pasó de aplicarse a cualquier jovencita alocada a definir la moda y el estilo de vida de las mujeres modernas de los años veinte, que se habían incorporado al mundo laboral y que, al menos durante unos años, experimentaron el sueño de ser independientes, sin ataduras familiares, ni a padres ni a esposos.

Son varias las aspirantes a ‘diosa de las flappers’. Algunos dicen que fue Clara Bow, la pelirroja de Brooklyn que encarnaba el modelo de mujer decidida e independiente que miles de espectadoras intentaban imitar; la del labio superior en forma de corazón y de las pestañas maquilladas a lo ‘babydoll’. Encarnaba la mujer moderna y emancipada que podía hacer lo que quisiera, cuando quisiera y con quien quisiera, adelantándose en cincuenta años a la revolución sexual. Bow era la chica que tenía “eso”, una cualidad que la hacía ser deseada por todos y que demostró en la película ‘It’ de 1927, basada en una novela de Elinor Glyn, escritora de historias atrevidas aunque ella tuviera el aspecto de una institutriz victoriana.

Scott Fitzgerald diría que fue su mujer, Zelda, la que encarnó la estética y la ética flapper, propia de esta ‘Era del Jazz’ que él describió y dio nombre en sus novelas y que mostraba todo lo que había cambiado tras la Gran Guerra y el hecho de que ya nunca nada podía ser como antes de 1914.

Aunque la ley Volstead, que prohibió las bebidas alcohólicas en los Estados Unidos entró en vigor el 16 de enero de 1914, su efecto se notó cuando finalizó la guerra, pero porque consiguió todo lo contrario de lo que pretendía: beber se convirtió en un acto de rebelión y de libertad y los locales ilegales, los ‘speakeasies’, florecieron en todas las ciudades americanas. Allí se reunía la juventud más divertida y más transgresora y en ellos se besaba, se bailaba y se perdía la cabeza por el jazz. Se bebía en los garitos ilegales y en las fiestas privadas, en Nueva York y en Hollywood, donde el alcoholismo se convirtió en una plaga, y se bebía sin ninguna restricción en Europa, adonde viajó el matrimonio Fitzgerald.

En París los conoció Hemingway, otro gran bebedor, que en su libro de supuestas memorias, ‘París era una fiesta’, cuenta que la primera vez que vio a Scott fue en el bar ‘Dingo’ de la rue Delambre y que le estuvo observando detenidamente mientras bebían champán hasta que de repente, escribe, la piel de su cara se le puso muy tirante y se le hundieron los ojos como una calavera y finalmente se quedó como muerto, lo que le ocurría habitualmente cuando se emborrachaba. Días después viajaron a Lyon por un asunto relacionado con un automóvil y su comportamiento, tras beber apenas un whisky con Perrier, fue el de un majadero por culpa del alcohol. Antes de todo esto, supo Hemingway, Scott y Zelda perdían el conocimiento cuando se pasaban en la bebida, pero habían perdido esta especie de defensa natural y el alcoholismo les dominaba todo el tiempo.

Fitzgerald fue el escritor más afín a la joven generación de la década de 1920 y no sólo lo demostró con sus novelas, sino también con su modo de vida, de orgía perpetua y excesos alcohólicos. ‘A este lado del paraíso’ fue su primer libro y logró un éxito inmenso. Se trata de una novela poco coherente, que no trata realmente de nada, pero que supone un gesto indefinido de rebeldía. De él dijo Edmund Wilson que era el libro más iletrado y sin méritos que había sido publicado, no sólo por sus fallidas referencias literarias, sino también por las frases desconcertantes e incorrectas que no quieren decir nada. Y sin embargo, sigue diciendo el crítico en su reseña, “este absurdo fárrago está animado de vida”. Cien años después de su aparición puede considerárselo como un libro sin interés, que abunda en lugares comunes, pero para el propósito de este comentario me parece adecuado por ser la impresión de un ciudadano del Medio Oeste acerca de los jóvenes neoyorquinos, preocupados por las apariencias, por el deseo de magnificencia y la conciencia del tiempo malgastado, jóvenes entre los que se encontraban las alegres flappers y su obsesivo deseo de vivir con intensidad cada minuto.

En cambio, ‘El gran Gatsby’ es mucho mejor de lo que me esperaba, aunque también tiene frases absurdas y desconcertantes como cuando pretende mostrar la esperanza de su personaje en un futuro luminoso gracias a un “lugar secreto, donde estaría en condiciones de mamar de la ubre de la vida y beber de un trago la incomparable leche del asombro”. Como en todos sus relatos, Fitzgerald utiliza experiencias personales y en este caso su vecindad en Long Island, donde Gatsby, un hombre que ha conseguido superar su pobreza con el contrabando de alcohol y otras delincuencias, mantiene una impresionante mansión, en la que organiza fiestas diarias, para llamar la atención de Daisy, la mujer de la que está profundamente enamorado desde hace cinco años. Es una mujer casada con otro hombre al que eligió porque poseía “la aureola de una inapelable abundancia” a lo que no pudo resistirse dada su frivolidad y su egoísmo, aunque se revelara como un simple patán millonario. En todas sus apariciones, ella parece flotar entre vestidos y nubes blancas y orquídeas, lánguida, esbelta y adormilada. Evidentemente es una flapper, que disfruta flirteando, es ligera y desconsiderada, maldice sin rubor y se comporta como una vampiresa infantil. Con un añadido: es una mujer de mundo, que lo ha visto todo.

A Fitzgerald le volvía loco este tipo de mujer y nunca dudó en confesar sus preferencias: “Por eso me casé con la heroína de mis libros; no me interesa otra clase de mujer”. Y la misma Zelda nunca dejó de comportarse como una joven caprichosa y malcriada que hacía gala de su obsesión por el dinero y por actuar sin ninguna cortapisa moral o simplemente de educación. “No quiero ser respetable porque las chicas respetables no son atractivas y nadie las besa”, proclamó.

Algún tiempo después del viaje a Lyon con Scott, Hemingway conoció a Zelda, un día en el que ella tenía una resaca de espanto, y actuaba de una manera ausente como si estuviera más en la fiesta del día anterior que en el momento presente. De pronto parecía acordarse de algo divertido y se echaba a reír, sin explicación. Ernest y Zelda se cayeron mal desde el principio: él veía en ella un obstáculo a la creatividad y el trabajo de Scott y ella creía que ambos escritores mantenían un relación homosexual. En otra ocasión, un día en que Zelda parecía encontrarse excepcionalmente bien y mantenía una conversación fluida y coherente, de repente ella le susurró al oído con mucha reserva: “Ernest, ¿tú no piensas que Al Jolson es más grande que Jesús?”. Finalmente, Zelda fue ingresada en un manicomio y “Scott supo que lo de su mujer era locura”, concluye Hemingway.

Edmund Wilson, que conoció muy bien a Scott desde que ambos estudiaban en Princeton, y del que siempre esperó una gran obra, nos dejó una impresión interesante sobre él y Zelda. Fue en el año 1928, en la mansión de Ellerslie, en la que los Fitzgerald vivían como millonarios, aunque ya no lo fuesen, tras su regreso de Europa. Muchos amigos y conocidos habían sido convocados a la fiesta y Scott les mostraba la casa, deteniéndose en los corredores y preguntando misteriosamente si no escuchaban los gemidos del fantasma del viejo Ellerslie: había situado al mayordomo tras una puerta sollozando y sacudiendo una cadena, pero cuando la casa bullía de invitados, ninguna cadena ni sollozo podía escucharse mientras el infeliz mayordomo seguía cumpliendo el encargo. Por la noche, a Scott se le ocurrió vestirse de fantasma con una sábana y asustar a uno de sus huéspedes, ya que el truco del mayordomo había sido un fracaso, pero el huésped reaccionó dándole un puñetazo, lo que produjo un pequeño incendio porque Scott llevaba un cigarrillo encendido y con el golpe quemó la sábana.

Respecto a Zelda, Wilson no deja entrever en ningún momento que ella no estuviera en su sano juicio, sino todo lo contrario. Señala que “poseía la espontaneidad de una belleza sureña y la carencia de inhibiciones de un niño” y su conversación “giraba en una onda de libre asociación de ideas donde no era posible fijar ninguna”. Además de espontaneidad, Zelda era ciertamente ingeniosa. Cuando ya decaída la fiesta Zelda se dirigió a un invitado que no conocía y que mostraba un conspicuo amaneramiento, éste le dijo que estaba pensando y que ella se lo impedía por lo que le rogaba encarecidamente que le dejara en paz. Entonces, Zelda, no acostumbrada a tal insolencia, le dijo: “En realidad, usted no está pensando, simplemente es usted un homogéneo”. El joven, sabiendo perfectamente que había utilizado un eufemismo bastante creativo, se marchó majestuosamente dejando bien a las claras que había sido ofendido. Cuando Scott se enteró, removió cielos y tierra para ofrecerle las disculpas que Zelda no quiso darle.

Estas anécdotas sobre una noche en Ellerslie revelan el infantilismo del escritor, la espontaneidad insólita de Zelda y lo mucho que les gustaba a los dos tener sobre ellos el foco escénico y, en conclusión, el absurdo de una velada que Wilson describió en 1950, cuando de nuevo se volvieron a poner de moda los locos años veinte.//Dos años después de aquella fiesta, triunfó la versión de Hemingway sobre la de Wilson. Internada en 1930 en un hospital psiquiátrico, Zelda fue sometida a una serie de exámenes que determinaron que sufría esquizofrenia. A partir de entonces fue de hospital en hospital hasta que en uno de ellos, justo cuando iba a recibir un tratamiento de electroshok, las cocinas se incendiaron: su cadáver quedó carbonizado.

Clara Bow, la it girl más deseada en la década de los veinte, también tuvo problemas con las drogas y el alcohol, lo que unido a su inestabilidad emocional, la alejaron del apoyo de los estudios cinematográficos y poco a poco fue olvidada. Su destino fue muy similar al de Zelda: tras un intento de suicidio, se le diagnosticó esquizofrenia y fue sometida a duros tratamientos, incluyendo el electrohock. Los últimos veinte años de su vida, a partir de 1944, los vivió en total soledad, bajo el cuidado de una enfermera.

Un final muy similar para dos mujeres que fueron iconos de la rebelión femenina, con el diagnóstico o la enfermedad como castigo. Sus trayectorias vitales fueron muy diferentes: Clara nació en un hogar muy pobre de una ciudad cosmopolita y moderna como Nueva York y Zelda, en una familia acomodada y conservadora de Montgomery, en Alabama. Pero ambas representaron el aspecto más frívolo y divertido de los años veinte y coincidieron en la defensa de una incipiente revolución sexual. Ser flapper y, por consiguiente una mujer moderna y liberada, se convirtió en esos años en una moda universal: las revistas y el cine le dieron alas y se extendió por América y Europa, hasta que llegó la Gran Depresión y todas las fantasías se derrumbaron al mismo tiempo que la frivolidad dejó de ser un valor en alza. Y todo se volvió mucho más serio.

Lecturas

– Francis Scott Fitzgerald, ‘El Gran Gatsby’, Penguin Random House, 2019

– Ernest Hemingway, ‘París era una fiesta’, Penguin Random House, 2019

– Edmund Wilson, ‘Crónica Literaria’, Barral Editores, 1972

‘Ragtime’, de E.L. Doctorow: Nueva York siglo XX

F.Ragtime

Fue una época de vértigo y de transformación, no sólo en el aspecto técnico sino también en el de los derechos: surgieron con fuerza los movimientos que pedían igualdad y justicia para todos, incluidas las mujeres. Pero asimismo persistió la defensa de los valores tradicionales y de los privilegios por parte de los poderosos, la mirada a un pasado que consideraban inamovible y guía para evitar la incertidumbre de los nuevos tiempos. En Estados Unidos la reacción fue especialmente retrógrada, quizá debido a su aislamiento y a la concepción puritana que dominó la sociedad americana ya desde el desembarco de los peregrinos del Mayflower. Una oleada de decretos racistas negó formalmente los derechos civiles a la población negra y cuatro años antes de que acabara el siglo XIX el Tribunal Supremo dictaminó que la separación de los alojamientos entre negros y blancos respetaba la Constitución.

Aceleración es el término que mejor puede definir lo ocurrido en los años de transición al siglo XX y sus dos primeras décadas. Gracias al avance de la ciencia, hubo un progreso espectacular en los medios de comunicación; al automóvil le siguió el avión; a la fotografía, el cine, las imágenes en movimiento y así sucesivamente.

Pero las comunidades negras de los Estados Unidos guardaban un tesoro nacido de su propia historia: la música. Su sonido era extraordinario, consecuencia de las inflexiones y rupturas de las escalas diatónicas, la distorsión del timbre instrumental y la estratificación de ritmos. Era la expresión del sufrimiento de la esclavitud, de los linchamientos y de la discriminación; la herida abierta de par en par en la historia de la nación americana. Y era ragtime, jazz, blues o swing.

Proliferó un sinfín de estilos musicales pioneros, entre ellos el ragtime, que puede traducirse por ‘tiempo rasgado’ y cuya particularidad consiste en el énfasis impuesto en las notas que anticipan o aparecen después del acento, de manera que lo refuerzan produciendo un efecto “extraño e intoxicador”, como señaló su compositor más conocido, Scott Joplin. Este estilo musical tuvo su mayor auge en los primeros veinte años del siglo XX, el tiempo en que se desarrolla la novela de Doctorow.

Por ella discurren, además de personas reales que vivieron en esos años y fueron conocidos por todos, los personajes nacidos de su imaginación y que son los que dan forma a la trama de una historia de valor y dignidad, la del pianista de ragtime Coalhouse Walker, víctima de la estupidez de unos bomberos blancos que, movidos por la envidia, una educación perturbada y el aburrimiento, deciden gastar una broma pesada, que traerá desgracias a todos: bloquean su coche, el famoso modelo Ford T, exigiendo un peaje que no existe; Coalhouse va en busca de un policía, pero cuando regresa, el automóvil tiene la capota rasgada y en el asiento trasero hay excrementos humanos; pide que lo limpien y paguen los desperfectos pero es arrestado y cuando vuelve al día siguiente, el coche ha sido destrozado a conciencia y semihundido en el río.

Coalhouse conoce los riesgos, sabe que su automóvil y su forma de vestir de negro rico es una provocación para muchos blancos, pero se niega a adoptar la actitud servil que los blancos esperan de él. Se niega a ser como el ‘Tío Tom’, de la misma manera que desprecia los espectáculos minstrels, en los que los blancos interpretaban canciones de los esclavos con la cara embadurnada de negro. El padre de la familia protagonista de esta novela, un hombre culto que nada tiene que ver con el racismo violento de los bomberos ni de la policía, llega a pensar que Coalhouse Walker no sabe que es un negro y, por lo tanto, desconoce cuál es su lugar y cómo debe ser su comportamiento.

Es una actitud muy parecida a la que tiene el negro más famoso de esa época, Booker T. Washington, una antiguo esclavo de Virginia que forjó, desde la dirección del Tuskegee Intitute de Alabama, una generación de profesores negros y que incluso fue invitado a cenar por el presidente Roosevelt en la Casa Blanca, un individuo que no creía en los grandes cambios, un negro con el alma blanca, que pretendió controlar a quienes luchaban por la auténtica igualdad política y social y que exige a Coalhouse, cuando el desenlace es ya inevitable, que deje de dar un mal ejemplo a los jóvenes negros y que se entregue.

Booker T. Washington es uno de los personajes históricos que se asoman a las páginas de ‘Ragtime’. Todos ellos vivieron en el primer decenio del siglo XX y dan contexto a la historia del pianista negro y de la familia que acoge a su novia, Sarah, y a su hijo, y a la familia de inmigrantes, compuesta por Tateh y su hija de diez años. Pero también tienen la capacidad de ocupar su espacio e incluso de construir su propia vida con la aportación de los acontecimientos en los que intervinieron, algunos rigurosamente ciertos, como la primera expedición al Polo Norte, las hazañas de Houdini o el viaje de Pierpont Morgan a Egipto. Son personajes cuyas vidas transcurren de forma independiente, aunque momentáneamente se encuentran entre sí y con las inventadas, formando un todo complejo e indivisible como una tela de araña. Milos Forman, que dirigió la película basada en esta novela, afirmó en una entrevista que lo que más le llamó la atención fue la posibilidad de hacer, de acuerdo con los diferentes personajes, varias películas completamente distintas.

En los primeros capítulos se informa del ‘crimen del siglo’, aunque éste sólo había cumplido seis años: el asesinato del famoso arquitecto Stanford White por Harry K. Thaw, un psicópata heredero de una fortuna amasada con carbón de cok y compañías ferroviarias, autor de los disparos que acabaron con la vida del antiguo amante de su esposa, Evelyn Nesbit, antigua corista y modelo que aportó la inspiración que crearía el ‘star system’ cinematográfico y el modelo para todas las diosas del amor, a partir de Theda Bara. Los periódicos informaron exhaustivamente del caso y llenaron sus portadas con fotos y entrevistas: Evelyn vendía ejemplares de la misma forma que las “estrellas” vendían las películas de la incipiente cinematografía, que se convertiría en la gran industria nacional americana.

Durante el juicio a Thaw, Doctorow hace aparecer a Emma Goldmann, agitadora, propagandista y promotora de los métodos anticonceptivos y de la igualdad de género; considerada por los tribunales estadounidenses como una de las mujeres más peligrosas de la puritana América de estos años. Hablar en público sobre sexo y anticonceptivos se consideró una actividad ilegal. ‘Emma la Roja’ se convirtió en un hito de la historia del feminismo: “Puede que me arresten, me procesen y me metan en la cárcel, pero nunca me callaré; nunca asentiré o me someteré a la autoridad, nunca haré las paces con un sistema que degrada a la mujer a una mera incubadora y que se ceba con sus inocentes víctimas. Aquí y ahora declaro la guerra a este sistema y no descansaré hasta que sea liberado el camino para una libre maternidad y una saludable, alegre y feliz niñez”.

La anarquista Goldman introduce en la novela las inquietudes de los desheredados, de quienes no tienen nada, de aquellos que acaban de llegar a Ellis Island y que son machacados por la codicia y la barbarie de los poseedores del capital. Aparentemente, la sociedad americana parecía no tener negros y tampoco inmigrantes. Pero no era así: oleadas de inmigrantes procedentes del sur de Italia y del este de Europa, que huían de la pobreza o de los pogromos o de ambas cosas a la vez, querían establecerse en América y su principal entrada era Nueva York. Cuando conseguían pasar la aduana, empezaba una nueva vida, tampoco fácil y no sólo por la pobreza desoladora que les rodeaba, sino también por la actitud de los neoyorquinos, especialmente los de la segunda generación de irlandeses, que los despreciaban porque eran sucios y analfabetos, robaban, bebían, no tenían honor y trabajaban por cuatro perras, es decir, los mismo delitos de los que habían sido culpables sus padres.

Cuando Sigmund Freud visitó Estados Unidos para dar unas conferencias en una Universidad, junto a su discípulo Jung, quedó desconcertado ante la mezcla de una impresionante pobreza, al lado de una riqueza desmedida: “América es un error, un error gigantesco”. En la tierra de las oportunidades, millones de hombres carecían de trabajo y un sindicato era simplemente una afrenta a Dios. Sueldos de miseria y trabajo extenuante, incluso para los niños, que carecían de cualquier tipo de seguridad: “Un centenar de negros sufrían linchamientos cada año, un centenar de mineros morían quemados vivos, un centenar de niños sufrían mutilaciones…” Y los patronos se desentendían y contribuían para alimentar su codicia en esta nueva esclavitud que les hacía más ricos cada día.

Ford modelo t cadena

Como Henry Ford, el mismo que en 1908 consiguió, mediante el invento de la cadena de montaje, rebajar los costes del automóvil modelo T -propiedad de nuestro protagonista, Colhouse, y por el que perdió mucho más que la vida- fue siempre un indeseable y un patán, que se consideraba a sí mismo como el Leonardo da Vinci del siglo XX, pero que no sólo era un antisemita y un reaccionario, sin también un patrón que no dudó en contratar cuadrillas de antiguos presidiarios para mantener el control sobre los obreros de sus fábricas, víctimas no sólo de amenazas, sino de castigos físicos.

Para los inmigrantes recién llegados, debía resultar impresionante pasear por las avenidas de Nueva York, especialmente por la Madison, con las espectaculares mansiones de los ricos, algunas de ellas fantasiosas en extremo, productos del dinero nuevo. No lo eran las construcciones encargadas al estudio del arquitecto Stanford White por John Pierpont Morgan, el monarca del reino invisible de las transacciones del capital, al que pertenecían la bolsa, los bancos y las empresas; la encarnación del poder, con su enorme estatura, su impresionante nariz, sus rasgos brutales, su puro habano y su sombrero de copa. Sólo le salvaba del abismo su pasión por la belleza: pasaba seis meses al año en Europa, donde recolectaba colecciones de pintura, manuscritos únicos, primeras biblias y piezas antiguas de incalculable valor.

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J.P. Morgan

En cierta ocasión, nos cuenta Doctorow, invitó a su residencia en Madison Avenue, a los doce hombres más influyentes de América y descubrió que sólo decían sandeces. “Le aterraron y su corazón se estremeció ( ) Oyó en su cerebro los vientos eléctricos de un universo vacío”. Y entonces, se volvió hacia Henry Ford y aquí surge la conversación más surrealista, fantástica e imposible que ha podido inventarse Doctorow: un diálogo sobre metafísica entre el educado y melancólico Morgan y el pedestre provinciano Henry Ford. Le insinuó que podría formar parte de la tribu sagrada de héroes, proveniente de los dioses que, regularmente, nacen en cada época para prestar ayuda a la humanidad, según la sabiduría del gran Osiris. Incluso le dijo que haba visto en él la reencarnación del faraón Seti I, el padre de Ramsés y la momia egipcia mejor conservada, que él guardaba subrepticiamente en su sarcófago, y cuya copia, que todos creían auténtica, reposaba en el Museo de El Cairo.

Sigue diciéndole que su cadena de montaje no es sólo un rasgo de genio industrial, sino una proyección de la verdad orgánica, en línea con las pautas universales del orden y de la repetición que dan sentido a la actividad de este planeta. Le invita a pasar una noche en la gran pirámide. La respuesta de Henry Ford es que no hacía falta gastarse tanto dinero en viajes alrededor del mundo, en eruditos y en adquisición de momias y que él mismo cree en la reencarnación, epifanía que le vino de la lectura de un librito, ‘La sabiduría eterna de un faquir oriental”, por el que pagó veinticinco centavos y que dio respuestas a su mente inquieta.

Mientras todo esto ocurría en Nueva York, en París el cubismo fragmentaba las imágenes y se hacía dueño de la bidimensionalidad; en junio de 1914 el archiduque Francisco Fernando era asesinado, más de un año después de la muerte en Roma de John Pierpont Morgan; en 1915 un profesor judío de Zurich probó que el universo era curvo. La noticia del atentado contra el archiduque se conoció en Nueva York el mismo día en que Houdini protagonizaba su más impresionante hazaña: embutido en una camisa de fuerza y con los tobillos atados a un cable de acero fue elevado boca abajo hasta la mitad del edificio Times Tower, en Times Square, y pudo contemplar los edificios de Broadway y de la Séptima Avenida con su imagen invertida.

Estalló la guerra en Europa y luego terminó, pero en ese tiempo ya se había agotado la era del ragtime y comenzó la edad del jazz.

E.L. Doctorow, ‘Ragtime’, Grijalbo, Colección ‘El espejo de tinta’, 1976.

Los ‘Personajes desesperados’ de Paula Fox

Fox

El azar, que rige el destino del mundo, me puso por delante esta novela con una reseña que le favorecía mucho, con toda razón, porque es magnífica. Nunca la hubiera buscado porque su autora me era absolutamente desconocida y porque su título resulta muy poco atrayente, aunque responde perfectamente a su contenido.

‘Personajes desesperados’ es de esas grandes novelas que cuentan una historia aparentemente trivial, al tiempo que lo relevante, lo que el autor quiere comunicar, va deslizándose de forma oculta, como un río subterráneo que de vez en cuando aflora con todo su ímpetu. Para descubrir todos los significados de la capa exterior se precisa una lectura atenta e incluso una relectura, aunque ésta debería ser obligatoria para todas las obras que merecen la pena; en la primera, el lector suele fijar su atención en el desarrollo de la trama, en el perfil de los personajes o en la expresión de los sentimientos y todo ello con cierta premura y marginando los detalles que son los postes en los que se fija una construcción sólida.

Durante tres días seguimos a Sophie en la visita a unos amigos, en su escapada nocturna, cuando acude a las urgencias del hospital o cuando espera en su casa la llamada del veterinario. Estamos dentro de ella en todos los instantes de esos tres días y por eso sabemos lo que hace, lo que le pasa y, sobre todo, lo que piensa y recuerda. Conocemos menos a Otto, su marido, con quien comparte una vida acomodada en una bonita vivienda de Brooklyn, sobria, acogedora y moderna, con el suelo de madera de cedro y alta literatura en los estantes, muy en consonancia con el estatus social de sus dueños.

Es un viernes a mediodía y ella ha preparado una de sus delicias gastronómicas, Cuando se disponen a comer, observan cómo un gato desgreñado y famélico se restriega contra la puerta de cristal que da al jardín. Y con el gato llega el primer aviso de que fuera de ese entorno delicado y culto, existe lo salvaje y lo grotesco, lo impúdico y lo impuro, encarnado en ese gato de “cabeza inmensa como una calabaza, con carrillos prominentes”, que implora comida y que, en lugar de dar las gracias cuando Sophie le pone un plato de leche e intenta acariciarlo, se revuelve y muerde su mano con inesperada furia.

En un primer momento Sophie se siente sorprendida y al mismo tiempo horrorizada ante un ataque al que no sabe cómo enfrentarse y que la paraliza. Además, la vergüenza por haberse comportado de forma tan tonta y tan confiada le impide en un primer momento contarle a Otto lo que ha ocurrido. E inmediatamente después, invadida por un dolor que cree inmerecido, se desencadena en ella el miedo, la angustia del contacto con el exterior y con él la posibilidad del contagio e incluso de la muerte.

Fuera no sólo están los gatos callejeros, las “bestias inmundas” en opinión de Otto, sino también las casuchas de los pobres del barrio contiguo y su basura, esparcida por todas partes y mezclada con excrementos de perro. La suciedad rodea y amenaza el oasis de seguridad que los Bentwood han hecho de su casa y de sus contadas relaciones; un cordón que los aísla del caos exterior y de cualquier contacto con aquello que no pertenece a un entorno controlado.

Pero la intrusión del exterior en sus vidas se sucede a lo largo de estos tres días: alguien lanza una piedra contra la ventana del dormitorio de sus amigos durante la fiesta; en el paseo nocturno por el centro de Brooklyn observa los edificios oficiales, “con el carácter peculiarmente amenazante de grandes carnívoros dormidos de forma transitoria”; un negro vomita en plena calle a primera hora de la mañana… Son las primeras llamadas de advertencia.

Cuando Sophie le enseña su herida, Otto le dice que lo único que quería el gato de ella era comida, no caricias, pero inmediatamente su mente pasa a ocuparse de lo que realmente le preocupa: la ruptura con su socio, un compañero de la universidad y del ejército con el que ha creado un exitoso bufete. Esta crisis es otra incursión en sus vidas de lo que sucede fuera y no pueden controlar.

Sophie se da cuenta de que la vida está pasando por delante de ella y de que hay algo que no va bien, que las “enfermedades hacen su trabajo en secreto y sus estragos restan ocultos”, que sus intentos de salir de sí misma, de aventurarse en el mundo acaban siempre en fracaso, como cuando tuvo una aventura de la que apenas obtuvo placer. Lo único que queda de la civilización -dice su amigo León Fisher- es la gastronomía porque transforma las materias primas, mientras que el amor físico es carne cruda. De vuelta a lo salvaje, a lo incontrolable. Realmente, Sophie no sabe qué hacer con su vida.

Otto le propone acudir al médico. No irán hasta un día después, pero sí le contará y le enseñará su herida al anfitrión de una fiesta a la que acuden horas después y que inevitablemente es psicoanalista. Una pista más de que la rabia que haya podido transmitir el gato es algo más profundo, más interior, como si hubiera sido “herida vitalmente”. Sophie siente miedo, pero al mismo tiempo le decepciona no haber sido contagiada y verse obligada a permanecer en un mundo privilegiado pero cerrado y asfixiante. “Su vida llevaba mucho tiempo siendo mullida, sin aristas y esponjosa y, ahora, con toda su banalidad palpable y su horror soterrado, estaba aquel absurdo incidente -cosa suya-, su indigna confrontación con la mortalidad”. Si estuviera infectada, piensa finalmente, si tuviera la rabia, entonces “soy igual que lo que hay fuera”. La ambigüedad es total: ¿siente alivio, se trata de una revelación, es una condena, un castigo?

Los Bentwood intentan eliminar de sus vidas todo lo que no les gusta. De viaje a su segunda vivienda, en Long Island, una pequeña casa de labranza victoriana reformada, se ven obligados a recorrer una carretera, flanqueada por una sucesión interminable de fábricas, almacenes, gasolineras, casas míseras y desvencijadas, todo de una fealdad absoluta. Ella lee en voz alta ‘Memorias de África’ para dejar a un lado el espectáculo de la miseria. Pero cuando llegan se encuentran con que unos vándalos han entrado en la casa, y han destrozado muebles, cuadros, alfombras …

Fox. Brooklin
Brooklyn

Personajes desesperados’ se publicó en 1970, tras un decenio que puede considerarse revolucionario y contradictorio en la historia de los Estados Unidos. Si en los años cincuenta los americanos se consideraban, en palabras de Arthur Schlesinger, “inconcebiblemente prósperos” y “merodeadores bajo el estupor de la grasa”, inmersos “en una atmósfera pesada, sin humor, santurrona y llena de estulticia”, los sesenta llegaron para cambiar ese clima tan deprimente y tan pacífico. No fue fácil aceptar los cambios, los buenos y los malos: fueron los años del movimiento hippy, pero también del asesinato de John F. Kennedy y de la guerra de Vietnam; del movimiento por los derechos civiles, pero también de la muerte de Martin Luther King, abatido por la bala de un fanático; de la lucha de las mujeres y de los homosexuales, pero también de los desórdenes violentos en las grandes ciudades; de la conciencia de que existía la pobreza en un país tan rico y de las campañas de asistencia social, pero también del miedo al comunismo y a una guerra nuclear.

Esta situación desborda a Sophie, que se pregunta: “¿Qué va a pasar? Se está yendo todo al garete”. No hay respuesta. Johnathan Franzen, que fue quien recuperó esta novela en los años noventa, cuando ya casi había sido olvidada, dice en el prólogo que, en una segunda lectura, buscó en ella explicaciones sobre cómo vivir y no las encontró porque no es ésa la función de la literatura, que ni es ideológica ni terapéutica. No se trata de una lección, reconoce el mismo Franzen, sino de una experiencia.

A medida que leía una y otra vez esta novela, que impuso como lectura obligatoria en un curso de escritura creativa, Franzen observa más y más detalles que revelan su estructura subyacente, eso que nos cuenta como anécdotas y que son andanadas sobre la civilización, el orden y el significado, el exceso de introspección en el mundo moderno, el caos de la infancia, las expectativas juveniles…

Vemos que Sophie se arriesga, sale al exterior, aunque resulte herida, que tiene una aventura sexual, de la que también sale dolorida, que intenta comprender a los veinteañeros que con su actitud y su jerga la insultan y la excluyen y cuya compasión le lleva a alimentar y acariciar a un gato de la calle que se revuelve contra ella y la muerde. Intenta hacer algo, aunque salga malparada, pero no ocurre lo mismo con Otto, tan distante y convencional, tan incapaz de ponerse en el lugar de los otros y tan rígido. Cada vez se encierra más en sí mismo y ni siquiera descuelga el teléfono cuando suena porque “ya no oigo nada en él que quiera oír”.

Nadie escapa al malestar, al no saber qué hacer con la vida, a la “silenciosa desesperación” en la que viven casi todas las personas -a la que se refirió Thoreau y que da título a la novela- y que puede convertirse en un infierno aún peor para aquellos que son conscientes de esa desesperación y poseen una cantidad infinita de mecanismos para explicársela a sí mismos, pero no para evitarla.

La vida no es lo que vosotros hacéis, les reprocha Charlie, el socio de Otto. Seguís estando esclavizados por la introspección mientras todo se desmorona, estáis desesperados. Sophie no sabe qué hacer, qué camino tomar. Tampoco Otto, que es consciente de que lo que llama civilización es tan mortífera e injusta como la anarquía a la que se opone y que, ante la perplejidad que le provoca el mundo, se dice a sí mismo en voz alta: “Ojalá alguien me dijera cómo hay que vivir”.

Adenda

Paula Fox nació el 22 de abril en Nueva York y murió en esta misma ciudad el 1 de marzo de 2017. Ejerció como corresponsal en París y Varsovia, ejerció la enseñanza y publicó varias novelas, sobre todo de corte juvenil. Contemporánea de John Updike, Philip Roth y Saul Below, como recuerda Franzen en el prólogo, ‘Personajes desesperados’ es claramente superior a cualquier libro de ellos. Se publicó originalmente en 1970 y un año después fue llevado al cine por Frank D. Gilroy. Su protagonista, Shirley MacLaine, y el guión obtuvieron sendos Osos de Oro en el Festival de Berlín de 1971.

Paula Fox, Personajes desesperados, Sexto Piso, 2020

Escritores ante la Guerra de 1914: incredulidad, entusiasmo y desengaño

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El asesinato del archiduque Francisco Fernando sorprendió a Stefan Zweig en Baden, una localidad cercana a Viena. Era el 29 de junio de 2014 y hacía un día espléndido. Mientras leía sentado en un banco, escuchaba la melodía que a oleadas llegaba a sus oídos procedente de la banda de música del parque, el susurro del viento entre los castaños y el canto estival de los pájaros. Y de pronto la música se interrumpió, la multitud se detuvo repentinamente, los músicos abandonaron el quiosco de la orquesta y la gente se agolpó alrededor de un comunicado: el anuncio de que el heredero del trono imperial y su esposa, de visita en Bosnia, habían sido víctimas de un atentado.

A decir verdad, constata Zweig, en los rostros no se apreciaba ninguna emoción o irritación especiales. El heredero del trono nunca había sido un personaje querido: carecía de encanto personal y de buenas maneras en el trato social; su principal ocupación era la caza, auténticos holocaustos preparados para su satisfacción, y su única preocupación consistía en suceder de una vez por todas al viejo emperador.

Apenas transcurridas unas horas de conocerse la noticia de su asesinato, la gente volvió a sus ocupaciones, a sus charlas y a sus risas, e incluso algunos respiraron aliviados por la eliminación de un futuro emperador al que no se estimaba. Al día siguiente ningún periódico se refirió a una posible represalia contra Serbia ni nada semejante y el único contratiempo que se originó fue un problema de protocolo en la casa imperial: la archiduquesa Sofía no tenía la prerrogativa de recibir sepultura en el panteón de los Habsburgo por lo que finalmente ambos cónyuges fueron enterrados discretamente en Arstetten, un villorrio austríaco de provincias.

Esta antipatía hacia el archiduque no se compadece en absoluto con lo que ocurrió después: el ultimátum de Austria a Serbia, los telegramas entre el emperador Guillermo y el zar, la declaración de guerra a Serbia por parte de Austria y, finalmente, una Europa en llamas.

Una hipótesis señala que la guerra estalló por la propia inercia militar. Barbara W. Tuchman apunta en ‘Los cañones de agosto’ que el estado mayor alemán había diseñado unos planes teóricos de ataque tan milimétricos que hubiera sido una pena desperdiciarlos, pero había que actuar con premura, antes de que el enemigo se adelantara. Quizá pesara también la ‘necesidad’ de probar los nuevos armamentos antes de que quedaran obsoletos y arrinconados en depósitos militares. Después, ya durante la contienda, se siguieron inventando elementos a cual más mortífero y espeluznante, desde el lanzallamas a los gases tóxicos y la guerra se convirtió en un campo de pruebas, en el que todo valía.

Stefan Zweig, que había podido constatar la ocupación de Bélgica por el ejército del káiser Guillermo II, pudo llegar a territorio alemán en el tren expreso de Ostende, el último que circularía en mucho tiempo, y luego a Viena, inmersa en el delirio. Se formaban espontáneas manifestaciones en las calles, en las que flameaban banderas y se escuchaba la música al paso de reclutas que “desfilaban triunfantes, con los rostros iluminados, porque la gente les vitoreaba, a ellos, a quienes nadie había agasajado jamás”.

Y no solo ocurría en Viena; en Alemania las estaciones lucían carteles anunciando la movilización general mientras los trenes se llenaban de reclutas recién alistados, en medio de una barahúnda de despedidas y pañuelos, de música y de ondear de banderas. Se había declarado la guerra y una especie de encantamiento colectivo se había adueñado de hombres y mujeres que abarrotaban las calles con un entusiasmo inusitado y contagioso ante una tragedia cuyo alcance muy pocos pudieron advertir.

Los jóvenes alemanes, como los austríacos, los británicos y en cierta medida también los franceses, se inscribían en los regimientos y a toda prisa, no fuera a ser que la guerra acabara antes de que ellos llegaran. Erstn Jünger, que apenas tenía diecinueve años, relata su viaje en tren a Hannover para alistarse. De vez en cuando veía junto a los raíles unos peleles rellenos de paja que se bamboleaban al viento y que representaban al zar Nicolás. Llegó a la ciudad coincidiendo con el desfile de un regimiento que marchaba al frente: los soldados cantaban, entre sus filas se habían introducido señoras y muchachas y los adornaban con flores.

La causa de este delirio, de esta posesión, se explica por la escenificación de una comunión perfecta de aquellos que creían formar parte de una nación, unidos más allá de su clase, formación, género o condición. Creían que formaban parte de algo más grande que era digno de ser defendido hasta la muerte. O quizá fuera lo que llamó Freud el malestar de la cultura: el deseo de evadirse de leyes y normas, de liberar viejos instintos de sangre obedeciendo al llamamiento de fuerzas oscuras y primitivas.

Los mayores no se pararon a pensar en que esos jóvenes reclutas, a los que incluso sus padres invitaban a marchar al frente, se dirigían directamente a una matanza. En los albores del siglo XX aún se creía en la autoridad y si el emperador Guillermo les había dicho que para la Navidad ya estarían todos de vuelta en casa y coronados de laureles, es que era cierto. Porque no sabían nada de la guerra y porque creían que iba a convertirlos en héroes, “las víctimas de entonces iban alegres y embriagadas al matadero, coronadas de flores y con hojas de encina en los yelmos, y las calles retronaban y resplandecían como si se tratara de una fiesta” (Zweig).

Habían transcurrido casi cincuenta años de paz y la guerra se había convertido para muchos en una leyenda, en algo heroico y romántico. Francia no cayó del todo en esta falacia. En su novela ‘Los cuatro jinetes del Apocalipsis, publicada en 1916, Vicente Blasco Ibáñez afirma que los franceses recibieron la orden de movilización con sobriedad “en las palabras y en las manifestaciones de entusiasmo”, ya que no en vano dos generaciones habían nacido en ese medio siglo con el trágico presentimiento de que una guerra con Alemania llegaría forzosamente. Una guerra que nadie deseaba, impuesta por los adversarios, pero aceptada por la mayoría como un deber. En los primeros días del estallido de la guerra, sólo algunos grupos, a los que Blasco Ibáñez tacha de patriotas exaltados, pasaban por la plaza de la Concordia para dar vivas ante la estatua de Estrasburgo.

El sábado 1 de agosto de 1914 Francia ordenó la movilización general. Agustí Calvet, cuyo seudónimo es Gaziel, estudiante ampurdanés de Filosofía en la Sorbona y residente en una pensión de Saint-Germain-des-Près, da cuenta en una crónica de sus observaciones: el servicio público de autobuses, reservado por el Gobierno para el transporte de tropas, está totalmente suspendido y el enorme tráfico ciudadano de París, sólo puede hacerse utilizando el metropolitano. “La aglomeración es algo nunca visto, sobre todo por la extraña severidad y el mutismo de los que van y vienen; todo el mundo parece moverse con una fiebre obsesiva, aparentemente sin motivo, como hacen las hormigas en los hormigueros súbitamente desbaratados”.

Todo el Barrio Latino, prosigue Gaziel, está solitario y desierto, la gente se ha encerrado en casa. No hay oradores por ningún lado, ni agitadores ni videntes y es que “la gente, ante el hecho inesperado y brutal de la guerra inminente, no siente entusiasmo ni temor, sino que está, sin más, profundamente preocupada”. Los franceses irán a la guerra, pero a regañadientes. Gaziel sigue su paseo y al llegar al bulevar de Montmartre observa a un grupo de chiquillos, muchachos y mujeres que ondean media docena de banderas francesas, inglesas, rusas e incluso una italiana mientras lanzan imprecaciones belicosas. Un coro rompe a cantar La Marsellesa y el himno prende en los espectadores, que se descubren y aplauden al paso de las banderas aunque la mayoría, serios y conmovidos, observan. No hay alegría ni entusiasmo, como constata Blasco Ibáñez en su novela.

Gaziel envió su crónica a ‘La Vanguardia’, que la publicó un mes después, en septiembre. A primeros de diciembre se convirtió en corresponsal de guerra y recorrió los escenarios de las batallas del Marne y de Verdún, con la firme convicción de que las innumerables víctimas inocentes de todos los conflictos bélicos se han preguntado inútil y desesperadamente quién puede querer la guerra.

Algunos pensaron que se vivía demasiado bien, que la Belle Époque había afeminado las costumbres y desvirilizado a los hombres o algo peor: se había caído en la degeneración olvidando los valores fundamentales del orden, la patria y el sacrificio, que solo podrían restablecerse mediante una catarsis que purificara las pasiones. Existía la posibilidad de poner fin a la agitación social y a la disolución de Europa mediante una guerra que actuaría como antídoto contra la masiva podredumbre humana que reinaba en el continente. Harry Kessler, un aristócrata alemán, educado en Inglaterra y en Francia, creía que del conflicto transformaría la esencia de Alemania y con él nacería un hombre nuevo liberado de las cadenas de la modernidad.

También se planteó la guerra como una lucha ideológica entre las democracias y los regímenes totalitarios, lo que estaba muy lejos de la realidad, sobre todo si miramos hacia Rusia, cuyo zar se apuntó a la causa de la Entente. Sí es cierto que en Inglaterra se extendió una corriente de pensamiento justificatorio: Alemania era el mal por su tendencia al totalitarismo y al cesarismo.

Los ‘hombres de letras’ británicos pronto sumaron sus plumas al servicio de la causa de la guerra: Galsworthy, Bennet, Kipling, Wells, Conan Doyle, entre los más conocidos. G. K. Chesterton escribió a favor de la intervención en el conflicto y la justificó en que “el prusiano era insufrible” y que hubiera sido terrible que además se hubiera mostrado imbatible. La causa de las Potencias de la Entente era la defensa de la civilización frente a ‘La barbarie de Berlín’, que fue el título que dispensó a un panfleto que más tarde calificaría de excesivamente belicoso pero del que nunca se arrepintió.

En el frente ideológico contrario, el de las Potencias Centrales, militó Thomas Mann, cuyo contraataque denostaba la misma idea de la democracia. Durante los años que duró el conflicto redactó un ensayo, ‘Observaciones de un hombre apolítico’, en el que tachaba el parlamentarismo de plutocracia y de sistema caduco dominado por abogados y en el que oponía la nivelación total de los “democratismos civilizatorios” a la cultura de la vieja Alemania, que entendía la libertad en su mejor sentido, como el de la entrega del individuo a la sociedad basada en valores autoritarios típicamente prusianos: el cumplimiento del deber, el orden y la disciplina. Finalizada la guerra, Thomas Mann se convirtió en un defensor acérrimo del sistema democrático de la República de Weimar, pero nunca condenó de forma tajante esas ideas que formaron parte del ideario nacionalsocialista.

Ni todos acudieron a despedir entusiásticamente a los soldados que partían al frente ni todos quisieron alistarse. Campesinos y obreros de todos los países se opusieron a la guerra porque condenaba a sus familias a pasar hambre, en el primer caso, o porque la veían como una trampa capitalista en el segundo. Hubo manifestaciones pacifistas en todas las grandes ciudades e intelectuales que se opusieron al conflicto con sus palabras, como Jaurés, asesinado por un nacionalista fanático, o con silencios atronadores como los de Karl Kraus y Walter Benjamín.

Chesterton, que no estuvo en el frente, siguió defendiendo la Guerra del 14 -no lo hizo en absoluto con la de los boers- durante el resto de sus días, pero no todos siguieron su ejemplo: pasados los primeros tiempos de euforia y entusiasmo llegaron los fracasos en el frente y todo el horror de la guerra escenificado de una forma brutal en la batalla del Somme, que duró cuatro meses y causó más de un millón de bajas.

La guerra que, según algunos iba a crear a un hombre nuevo y libre, destrozó las vidas de miles de jóvenes, no sólo las de los que murieron, sino también las de quienes salieron de ella con el alma en pedazos. Wilfred Owen, el poeta de guerra que había animado a la lucha heroica, regresó a Escocia como víctima de la neurosis de guerra tras la muerte de todos sus compañeros en una trinchera y, en el hospital, mientras se recuperaba, plasmó su experiencia del infierno en los versos descarnados del ‘Himno a la juventud condenada’.

Coincidió en el hospital con otro poeta, Siegfried Sassoon, que también se alistó voluntario y al que incluso se le concedió la Cruz Militar por su valentía en el frente, pero que tras escribir a su comandante en jefe una carta para que se pusiera fin a los tormentos que padecían los soldados británicos al servicio de fines “perversos e injustos” fue diagnosticado de neurastenia y enviado junto a Owen para su recuperación.

Ambos se reincorporaron a la lucha en el frente occidental y Owen murió una semana antes de que se firmara el armisticio. Su muerte se convirtió en el símbolo del destino de su generación y de la locura de unos gobernantes que queriendo conseguir la libertad, llevaron a la muerte a millones de personas, con el visto bueno de intelectuales que no supieron o no quisieron adivinar la magnitud de la catástrofe.

Lecturas

Ernst Jünger, ‘Tempestades de acero’, Tusquets Editores, 1989

Philipp Blom, La fractura, Anagrama, 2016

Barbara W. Tuchman, ‘Los cañones de agosto’, RBA 2014

Thomas Mann, ‘Consideraciones de un apolítico’, Capitán Swing, 2011

Stefan Zweig, ‘El mundo de ayer’, Acantilado, 2001

G.K. Chesterton, ‘Autobiografía’, Acantilado, 2003

Gaziel, ‘París 1914-Diario de un estudiante’, Editorial Diéresis, 2013

‘Sin novedad en el frente’, sin héroes ni victorias

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Lo que más me sorprendió en mi primer viaje por Francia fueron sus preciosos pueblecitos de balcones cuajados de flores pero más aún que cada uno de ellos tuviera un memorial por los soldados muertos en la Gran Guerra: hasta el más pequeño mostraba una lista de nombres, más o menos larga, de aquellos que murieron en los campos del norte del país. Desde entonces tengo la impresión de que aquella fue la guerra más cruel y más triste.

Quizá Francia fuera el país que más bajas sufrió con la pérdida del 17% de sus soldados, pero Alemania no se quedó atrás: dos millones de soldados murieron en suelo ajeno y allí quedaron muchos de ellos, sepultados en lo que se llamó el frente occidental, en el que se vivió lo más espantoso de esa guerra.

Finalizada la contienda, volvieron a Alemania seis millones de soldados, una buena parte de ellos lisiados y desfigurados: un recordatorio diario de la matanza insensata de la Primera Guerra Mundial. Y aunque en muchas ocasiones se denostara la guerra, el pacifismo no fue un movimiento generalizado; el revulsivo se produjo en 1928, cuando un antiguo veterano escribió la crónica de un grupo de jóvenes que se alistaron alegremente y murieron de las formas más terribles que uno pueda imaginar.

En ‘Sin novedad en el frente’, Erich Maria Remarque narra a través de Päul Baumer las experiencias de Kropp, Müller y Leer, sus compañeros de aula, y la de otros camaradas que conoció durante el periodo de instrucción y en el frente. Tenían apenas diecinueve años y les dijeron que la guerra iba a ser corta y heroica, que no intervenir en ella era propio de cobardes y que el conflicto les convertiría en hombres y les moldearía como al acero.

El entusiasmo y el deseo de combatir se generalizó en los países beligerantes. En Berlín, cuando se anunció la movilización, la multitud cantó himnos y en el Reino Unido se apuntaron como voluntarios medio millón de hombres solamente en el primer mes. Stefan Zweig, uno de los pocos que no se dejaron llevar por el canto guerrero de las walkirias, describió el ambiente de Viena el 28 de julio de 1914: “Sólo se conocía la guerra por los libros y de repente estaba ahí y nadie intuía lo cruel y lo criminal que llegaría a ser”; se vivía la declaración de guerra como el comienzo de una romántica novela de héroes y de grandes hazañas mientras “los jóvenes se apelotonaban delante de las oficinas de reclutamiento, no fuera a ser que llegaran demasiado tarde y se perdieran la gran aventura”.

A Baumer, el alter ego de Remarque, y a sus tres compañeros de pupitre su maestro les llenó la cabeza de consignas patrióticas y no dejó de soltarles discursos hasta que la clase entera, bajo su mando, se dirigió a la comandancia del distrito para alistarse. Había miles de maestros como Kantorek, que representaban la autoridad y, por tanto, la perspicacia y el sentido común, pero “el primero de nosotros que murió echó por los suelos esa convicción; el primer bombardeo nos reveló nuestro error y con él se derrumbó la visión del mundo que nos habían enseñado”. En los primeros meses de la guerra, de un total de veinte compañeros de la escuela, siete han muerto, cuatro están heridos y otro en el manicomio; quedan doce.

La experiencia en primera línea es devastadora. Se dirigen a fortificar las trincheras y por primera vez escuchan las detonaciones y observan el espectáculo de luces que les acompañarán el resto de su días en el frente: “Una claridad incierta, rojiza, se extiende de un extremo al otro del horizonte, en constante movimiento, atravesado por los fogonazos de las baterías. Las esferas luminosas se elevan por encima, círculos rojos y plateados, que estallan y caen como lluvia en forma de estrellas rojas, verdes, blancas. Las bengalas francesas salen disparadas, despliegan en el aire un paracaídas de seda y descienden lentamente iluminándolo todo como si fuera de día y vemos nuestra sombra claramente perfilada en el suelo”.

Es entonces cuando “el fragor de la artillería aumenta hasta convertirse en un único estampido sordo y se deshace de nuevo en explosiones aisladas”, cuando “rechinan las descargas cerradas de las ametralladoras y, encima de nosotros el aire está lleno de hostigamientos invisibles, aullidos, silbidos y siseos; son proyectiles de poco calibre, pero de vez en cuando entre ellos resuenan en la noche los obuses de la artillería pesada, que van a caer lejos a nuestras espaldas y profieren un aullido ronco y lejano, como de ciervos en celo y se oyen por encima de los aullidos y silbidos de los pequeños proyectiles”.

El progreso de las técnicas de artillería permitieron en esta guerra contar con cañones de precisión que lanzaban proyectiles cargados de explosivos, metralla o gas a muchos kilómetros de distancia del frente durante días enteros. Es la primera guerra tecnológica a escala industrial en la que los soldados cuando ocupaban las trincheras eran blancos inmóviles detectados por los aviones de reconocimiento y luego bombardeados a conciencia y blancos móviles y fáciles para las ametralladoras y el fuego de la artillería en las ofensivas a campo abierto.

Como si una mente sobresaliente en sadismo las diseñara se fabricaron nuevas formas de herir y de matar, inventos cada vez más mortíferos. Los proyectiles cargados con bolas de plomo y pólvora que explotan antes de caer al suelo y atraviesan escudos y cascos de metal; los lanzaminas que envían los cadáveres sin piernas de los soldados a las ramas de los árboles; las bayonetas con sierra incorporada; los lanzallamas que manejan dos hombres, depósito y manga y los terribles tanques que “representan todo el horror de la guerra, la viva imagen del exterminio mientras descienden implacables al fondo de los cráteres y vuelven a asomar, irresistibles, verdadera flota de acorazados, aullando y escupiendo fuego, invulnerables bestias de acero que aplastan a muertos y heridos”.

Baumer relata este horror y también el provocado por la utilización del gas, el arma más impactante de esta guerra, que buscaba hacer salir a los soldados enemigos de las trincheras para poder bombardearlos a placer. El peligro les obliga a refugiarse en un cráter donde la explosión sorda de las granadas de gas se mezcla con el estallido de los proyectiles: “El gas se arrastra por el suelo y penetra en todas las cavidades, como una blanca y ancha medusa se extiende por nuestro cráter, llenándolo”. Hay que ser prudentes y no retirarse la máscara antigás hasta estar a salvo, fuera del agujero. Pero los reclutas recién llegados no lo saben todavía y morirán asfixiados tras una agonía interminable.

Baumer ingresa en un hospital al resultar herido en la pierna y hace recuento de los heridos: en el vientre, en la cabeza y amputados en el piso de abajo; maxilares, nariz, orejas, garganta y afectados por los gases en el ala derecha; ciegos, heridos en el pulmón, pelvis, articulaciones, riñones, testículos y estómago, en el ala izquierda. Todo está dispuesto para martirizar “el diminuto y quebradizo cuerpo humano” del que habla Walter Benjamin. “Cárceles de dolor y sufrimiento, sólo un hospital muestra verdaderamente lo que es la guerra”, dice Remarque .

La guerra de trincheras es especialmente cruel. “Los obuses despedazan el parapeto y levantan por los aires el terraplén. Al amanecer la explosión de minas se mezcla con el fuego de la artillería y allí donde caen, abren una fosa común. Se elevan surtidores de barro y metralla. Casi no nos queda trinchera. Una granada estalla delante de nuestra galería y se hace la oscuridad: hemos quedado sepultados y debemos desenterrarnos ( ) Son tres días en la trinchera. Estamos sentados como en el interior de nuestra tumba y únicamente aguardamos a recibir sepultura”.

Y cuando la orden consiste en avanzar aún es peor. Los cadáveres se amontonan en la tierra de nadie, entre ambas trincheras, y no siempre se puede recoger a los heridos. Sufrimos muchas bajas, sobre todo de reclutas inexpertos que, “heridos no se atreven a quejarse en voz alta y con el vientre, el pecho, los brazos o las piernas destrozados, gimen débilmente llamando a sus madres y callan cuando los miras”. Kemmerich ha muerto, Westhus está agonizando, Kramer ha desparecido alcanzado de lleno por una granada, Martens ya no tiene piernas… “Sólo hemos cedido unos centenares de metros, pero en cada metro hay un cadáver; de los 150 hombres de la segunda compañía, quedan treinta y dos”.

Nunca como en esta guerra se hicieron trizas los mitos, absurdas las previsiones y cínicas las frases grandilocuentes. El verso de Horacio que adornaba el frontispicio de academias militares –Dulce et decorum est pro patria mori (Dulce y honroso es morir por la patria)se revolvió contra sí mismo y desde entonces es más burla que máxima.

Fue una guerra sin héroes, un torrente de sufrimiento y ¿para qué? Al comienzo de la novela, el narrador asegura que no pretende hacer una denuncia ni una confesión, sino simplemente mostrar cómo una generación fue destruida por la guerra aunque escapara de las granadas. Eran demasiado jóvenes para haber echado raíces en la vida y tras el horror no existe ninguna explicación para ellos; estaban llenos de ideas inciertas que daban a la vida e incluso a la guerra un carácter idealizado y casi romántico, pero “la guerra nos ha echado a perder para cualquier cosa”; “estamos abandonados como niños y somos experimentados como ancianos … creo que estamos perdidos” y cuando la guerra termine emergerá “todo lo que ahora mientras combatimos se hunde en nuestro interior como una piedra”, entonces será cuando empiece “el conflicto a vida o muerte” y “marcharemos al lado de nuestros compañeros muertos, con los años del frente a nuestra espalda ¿Contra quien marcharemos?”

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Erich Maria Remarque

Sin novedad en el frente’ no sólo mostró la inhumanidad de la guerra y su sinsentido, sino también que fue una guerra sin héroes, si acaso supervivientes, algunos mutilados y otros enloquecidos de por vida, cínicos e indispuestos con la autoridad y el patrioterismo que les había conducido al frente. Eso era más de lo que podía soportar el nacionalsocialismo incipiente de un relato que, además, se había convertido en el éxito editorial más importante hasta entonces, con un millón de ejemplares vendidos en un año desde que se publicara en enero de 1929 en forma de libro.

Además, desmontaba la tesis de la “puñalada por la espalda”: los dos bandos llegaron a un armisticio por agotamiento. El material del enemigo, señala Baumer, parecía no acabarse nunca y su superioridad numérica nos han obligado a retroceder. La ultraderecha consideró que la novela amenazaba el patriotismo de la juventud y reforzaba el pacifismo y acusó a Remarque de frívolo gacetillero de deportes, de embustero que apenas había pisado el frente y de francófilo vividor y charlatán. Pero el movimiento antimilitarista y los partidos de izquierda recibieron con entusiasmo la novela.

Joseph Goebbels la calificó de “libro infame, corrosivo y peligroso”, un insulto al pueblo alemán. Llegó tarde para montar un escándalo en su publicación, pero sí consiguió que se prohibiera la proyección de la película: él y unos cuantos agitadores más comenzaron a chillar en el mismo momento en que aparecía la primera escena bélica en el segundo día de exhibición y el propio Goebbels se dirigió al público gritando que lo que aparecía en la pantalla era una vergüenza. Varios miembros de las SA soltaron cientos de ratones blancos en la sala y la confusión fue tal que se suspendió la proyección. Uzcanga cuenta que dos miembros del comando nazi se dirigieron a las taquillas, rompieron los cristales, amenazaron a las cajeras y se llevaron la recaudación.

Goebbels ganó la partida al conseguir con sus escándalos que se prohibiera la exhibición de la película. Escribió en Der Angriff el 12 de diciembre: “Remarque está acabado. Podemos certificar que por primera vez hemos logrado que la democracia de asfalto doblegue las rodillas en Berlín”.

Si el tiempo es el juez de la historia, la conclusión del jefe de propaganda de Hitler no es correcta. Las vívidas imágenes del horror de la guerra que nos dejó Remarque hace casi cien años son más ciertas y más verdad que la vana justificación patriótica de un conflicto sangriento y sin sentido.

Lecturas

-Erich Maria Remarque, Sin novedad en el frente, Edhasa 2009

-Francisco Uzcanga Meinecke, El café sobre el volcán, Libros del K.O, 2018

– Pasear, tesoro de los pobres y vicio de los solitarios

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Franz Hessel

Pasear, desplazarse sobre dos extremidades, es un placer singular que debería estar exento de toda finalidad moral, salubre o pecunaria. Nada que ver con el footing ni con acercarse a comprar alguna cosa o ir de visita, porque el paseo no debe ser ni provechoso ni higiénico. Y vale cualquier ciudad, si es la propia mejor, y cualquier estación, si las condiciones meteorológicas no lo impiden, y cualquier hora, desde la madrugada a la madrugada siguiente.

Son los principios que debe seguir un paseante o flâneur, redactados por Franz Hessel tres años después de publicar ‘Paseos por Berlín’ (1929), su ciudad natal, a la que trasladó su experiencia de paseante en París y después de haber convencido a Walter Benjamin de la excelencia del pasaje urbano.

A Hessel se le conoce no sólo por su tendencia a vagabundear, si es que se puede traducir por este verbo el malsonante ‘flanear’. Se le reconoció tardíamente, allá por los años ochenta, como maestro de Walter Benjamin en el arte de la flânerie, como reconoce el filósofo alemán al revelar que tuvo cuatro guías: las niñeras, las prostitutas, el extravío y la obra de Franz Hessel. Se le consideró durante mucho tiempo como un escritor menor y parte de su fama le venía por ser el marido de la explosiva y liberada periodista Helen Grund, la protagonista del triángulo amoroso ‘Jules y Jim’ que llevó Roché a la novela y Truffaut al cine; también por ser el padre de Stephane, resistente de la Francia Libre, detenido por la Gestapo, redactor de la Declaración de los Derechos Humanos, mediador en situaciones extremas desde Indochina a Burundi y, con noventa y tres años, autor del panfleto ‘Indignaos’ a favor de la insurrección pacífica.

En este artículo titulado ‘Sobre el difícil arte de pasear’, Franz Hessel describe lo que debe adornar la figura del paseante y, aunque impone criterios rígidos respecto a la ausencia de objetivos y eliminación de las prisas, se muestra más abierto a permitir licencias en cuanto al lugar del paseo: no sólo puede ser cualquier ciudad, sino que también se puede incluir los suburbios, con el límite del campo, en el que el paseo se convertiría en excursión. En tiempos anteriores al siglo XX, el paseo se relacionaba con la naturaleza y no con la ciudad: el caminante romántico se abría camino por entre las apariencias hacia la revelación. Nuestro flâneur no es en absoluto amante del campo ni presa del misticismo: el paisaje desde Zola y Balzac es el de la ciudad y Baudelaire es su profeta.

Franz Hessel se estableció en París en 1906 hasta que fue llamado a filas en 1914. Finalizada la guerra volvió a Berlín y entabló una estrecha amistad con Walter Benjamín, al que le unían criterios estéticos y coincidencias biográficas como que ambos pertenecían a familias judías asimiladas y prósperas, habían nacido en la capital prusiana y sentían una indomable pasión por la literatura. Franz le llevaba doce años de ventaja y quizá en razón de la edad y la experiencia, Benjamín le consideraba su maestro, pero luego lo superó al convertir el paseo y los pasajes en la clave de bóveda de su filosofía. En 1926 se ponen a traducir juntos a Marcel Proust, autor rompedor que en 1919 había recibido el Premio Goncourt y revolucionado el mundo literario, y durante unos días, en el transcurso de la traducción, se sumergieron en el mundo de los matices y los detalles urbanos de París descritos en ‘La recherche’ y que tan bien conocía Franz.

Pasear “es el más asequible de los placeres y nada tiene que ver con los deleites específicamente burgueses y capitalistas: es el tesoro de los pobres, hoy en día ya casi su privilegio exclusivo”. París y Berlín son ciudades para deambular por ellas, con mirada ociosa y despreocupada aunque los berlineses imbuidos por la ética del trabajo y del esfuerzo, subraya Hessel, no conciben esta clase de placer e incluso lo consideran una amenaza o cuando menos tildan de sospechosos a quienes invaden las calles de su ciudad sin rumbo fijo ni actividad aparente. El paseo es júbilo, pero no se circunscribe a los jubilados o desocupados del trabajo cotidiano: cualquiera puede pasear cuando se dirige de vuelta a casa tras una jornada laboriosa y aburrida, despreciando atajos y encarando con generosidad la pérdida de tiempo que supone bajar del autobús unas paradas antes.

La indeterminación del objetivo es también uno de los principios de la flânerie. Es preciso abandonarse a las sorpresas del azar, a aventurarse. Pero tampoco conviene abandonarse al caos. Fijar un destino para traicionarlo después y desviarse del rumbo es otra estrategia más porque solamente estableciendo una meta, aunque sea poco fiable, se pueden cometer desvíos. Elijamos un tramo de la ciudad: podemos detenernos, entrar en un teatro o en un cine, o quizá seguir más adelante, lo que ese día nos sugiera el ánimo.

No son necesarios parajes exóticos ni atracciones turísticas. El flâneur no es un turista y por eso se recomienda que para ejercer esta actividad se elija la propia ciudad de nacimiento. Benjamin deja bien claro que la ‘flânerie’ es incompatible con la visita apresurada porque requiere calma, detenimiento, regresar una y otra vez para descubrir lo que se nos ha quedado oculto, los detalles que no se han apreciado antes, los matices que en una primera mirada no nos parecieron importantes. “Visita tu propia ciudad, pasea por tu barrio”, nos aconseja Hessel, y “observa cómo transita la vida de una a otra calle” y “cómo alternan en ellas el silencio y el alboroto, cómo se vuelven más elegantes o humildes, febriles o somnolientas”; escucha las voces de la ciudad que “tratan de llamar tu atención, de seducirte” y sumérgete durante tu paseo en la historia de las tiendas y tabernas, cuyas mercaderías vaticinan su futuro destino.

La calle se puede leer como un libro y, al igual que una historia ajena, nos libera de una vida privada más o menos aburrida que conocemos de sobra. Pasear, dice Hessel, “es una forma de lectura de la calle en la que las caras de las personas, los acristalamientos, los escaparates, las terrazas-café, los ferrocarriles, los automóviles y los árboles se convierten en letras con el mismo derecho, que juntas dan lugar a palabras, oraciones y páginas de un libro que es siempre nuevo”. Pero hay que aprender a leer: Hessel y Benjamin aconsejan reeducar la atención para poder desplazarla de lo aparente a lo apenas perceptible, a los múltiples detalles que conforman la vida urbana.

Es sobre todo Benjamín quien vincula con más voluntad la ciudad con la lectura. París es una ciudad íntimamente ligada a los libros; la contempla como texto y al mismo tiempo como resultado de la literatura; relaciona Notre-Dame con Víctor Hugo y la Torre Eiffel con Cocteau y concibe la ciudad como “un gran salón de biblioteca atravesado por el río”.

El secreto está en los detalles y la mirada debe dirigirse a lo que puede parecer insignificante a los ojos del inexperto caminante. La ciudad habla bajito, al oído -dice Benjamin- y si ponemos atención se nos revelan historias del pasado aparentemente superficiales y también pensamientos profundos. Para el paseante, los escaparates dejan de ser reclamos y se convierten en paisaje; la oscuridad en la que nos sumerge el atardecer será una reflexión sobre la fugacidad de la vida, en tanto que el alba nos avisará de que todo vuelve y el fin no ha llegado.

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Walter Benjamin

Pasear es un vicio solitario que no conjuga con lo colectivo. “No es fácil pasear acompañado” porque los acompañantes te distraen, te demoran o aceleran, en una palabra: te importunan. Ir al lado de un aficionado a la fotografía es un despropósito porque se detiene en cualquier momento, busca el ángulo, el encuadre y te deja como un pasmarote en medio de la calle, esperando a que termine de lanzar fogonazos interminables. “El verdadero paseante es como un lector que sólo lee para su disfrute personal” y lo hace en silencio y sin compañía.

Para Hessel y para Benjamin París y Berlín son las ciudades emblemáticas del flâneur, aunque la primera siempre se considere primordial e iniciática. Hessel volvió a Berlín, su otra ciudad amada, la que, dice, se encuentra “en el camino que lleva de Roma a Moscú”. En 1929 publicó ‘Paseos por Berlín’, la ciudad de su infancia. Benjamin escribió el prólogo con un título muy sugerente: ‘El regreso del flâneur’.

Hessel regresó tras la guerra a su hermoso piso cerca del Tiergarten, pero siempre echó de menos París. Cuentan que un amigo de Berlín un día de sol lo vio con un paraguas abierto. Ante su extrañeza, le explicó: “Está lloviendo en París”. Volvió exiliado a su ciudad de acogida en 1938, cuando a Berlín la convirtieron en una ciudad sin presente ni futuro para los judíos, pero en 1940 el ejército alemán invadió el norte de Francia y Franz fue detenido.

Hessel y Benjamin tuvieron unas vidas coincidentes, casi paralelas, y dejaron la flânerie para siempre casi al mismo tiempo. Franz Hessel fue internado en el campo de Les Milles junto a Max Ernst, Benjamín y otros. Después fue trasladado a Burdeos y luego a otro campo cerca de Nimes. Los dos fueron liberados a los pocos meses y ambos murieron muy poco después, con un intervalo de apenas cuatro meses. Benjamin murió en septiembre de 1940 en una pensión de Portbou cuando pretendía llegar a Portugal y embarcar hacia los Estados Unidos pero fue interceptado por la policía y, antes de caer en manos de la Gestapo, se suicidó con una sobredosis de morfina. Hessel, tras ser liberado del campo, se instaló con Helen en Sanary-sur-Mer, refugio para muchos exiliados alemanes, pero poco después, un día de enero de 1941 se apoderó de él un cansancio infinito, se tumbó y murió dulcemente.

Lecturas

– Franz Hessel, ‘El difícil arte de pasear’, publicado en revista berlinesa ‘Die Literarishe Welt’ el 27 de mayo de 1932 y traducido y editado por Francisco Uzcanga en el recopilatorio ‘La eternidad de un día’, Acantilado, 2016.

– Walter Benjamin, ‘El regreso del flâneur’, reseña del libro de Franz Hessel, ‘Paseos por Berlín’, publicada en ‘Die Literarishe Welt’ el 4 de octubre de 1929, recogida en ‘La tarea del crítico’, una selección de textos de Benjamin de la Editorial Hueders, 2017.

Periodistas españoles en la República de Weimar: Chaves Nogales y Xammar — Historias emergentes

Chaves Nogales, redactor jefe del ‘Heraldo de Madrid’, realizó un viaje en avión por Europa camino de Bakú, algo más de dieciséis mil kilómetros, en 1928. La primera escala la hizo en París y, aunque el objetivo de sus crónicas era contar cómo les iba a los soviéticos diez años después de su revolución, hizo […]

Periodistas españoles en la República de Weimar: Chaves Nogales y Xammar — Historias emergentes

Las crónicas berlinesas de Christopher Isherwood

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Otoño de 1930 en una pensión de Berlín. Da a una calle pesada y pomposa, de fachadas cargadas de balcones y adornadas de estucos, volutas y emblemas heráldicos; casas destartaladas y monumentales como cajas fuertes que guardan en su interior muebles envejecidos, propios de una clase media en bancarrota.

Así comienza, en una pensión, el diario de Christopher William Bradshaw-Isherwood, un joven nacido en una mansión británica propiedad de su familia desde el siglo XV, que ha dejado una Inglaterra de tradición puritana y actitudes victorianas para instalarse en Berlín y escribir. Se fue a finales de 1929 y durante los siguientes cuatro años tomó notas acerca de cómo eran las cosas en los últimos tiempos de la República de Weimar y, aunque tenía la pretensión de actuar como una cámara pasiva y minuciosa que se limitara a registrar lo que pasaba ante sus ojos, el mero hecho de elegir determinadas escenas o dibujar ciertos personajes con los que se relacionó, implica inevitablemente la existencia de un punto de vista.

Ya en la primera parte, de las seis en las que están divididos estos diarios de ‘Adiós a Berlín’, nos muestra la decadencia de la pensión en la que tiene alquilado un cuarto. Hace recuento de los objetos que le rodean: una inmensa estufa de cerámica polícroma; un armario gótico, catedralicio; un retrato del rey de Prusia; sillas como tronos episcopales y a su lado unas falsas alabardas de atrezzo, olvidadas tal vez por alguna compañía de teatro.

Este empobrecimiento de la clase media es una constante en Alemania, primero como consecuencia de la guerra del 14 y después por la hiperinflación de 1923. Tras los cuatro años de matanzas y la subsiguiente revolución amputada a sangre y fuego, vino la desconcertante inflación alentada por las autoridades para compensar la carga de las indemnizaciones de guerra. Se les fue de las manos: evaporó fortunas y fulminó ahorros en un sólo día. Los alemanes vendieron sus últimas posesiones y muchos de ellos, profesionales que hasta aquel momento habían podido vivir de su trabajo con el esfuerzo diario y sostenido, se dejaron llevar por el desánimo y muchos optaron por suicidarse antes de sufrir la vergüenza del hambre.

Esta situación de incertidumbre extraordinaria, de derrumbamiento de cualquier expectativa de recompensa al esfuerzo en el trabajo y a una vida frugal, valores inscritos en las clases medias alemanas, junto a una clara percepción de que el sentido del deber no servía para nada, dejó a la sociedad debilitada, sin defensa ante eslóganes que les habrían parecido irrisorios años atrás, mientras los especuladores se hacían los dueños de los negocios y los violentos, de las calles.

Y sin embargo, en este caos, Berlín, somnolienta ciudad de provincias como la califica Philipp Blom, se había convertido en una capital imperial cosmopolita, en la que convivían grandes avenidas, espléndidas salas de conciertos e impresionantes museos, y al mismo tiempo oscuras habitaciones en las que se alojaban obreros industriales e inmigrantes, exiliados, refugiados y fugitivos. Con sus cuatro millones de habitantes era en los años de la República de Weimar una megalópolis moderna y productiva, de una creatividad extraordinaria, que atraía a talentos de primera clase: desde los protagonistas de la Bauhaus a grandes directores de orquesta como Furtwängler, científticos como Planck y Einstein y escritores de la talla de Döblin. Berlín era un hervidero de creatividad, desbordante de promesas de futuro y de posibilidades.

Pero cuando la República de Weimar parecía haber superado el terrible bache de la inflación, llegó la Gran Depresión del 29 y los inversores extranjeros, en especial estadounidenses, cerraron el grifo de los préstamos y exigieron cobrar sus deudas y millones de personas perdieron su trabajo. Es unos meses después, en 1930, cuando Isherwood comienza sus notas. En 1934, cuando ya había puesto fin a su estancia en Berlín, la tasa oficial de desempleo alcanzaba el 42%.

La situación económica era tan mala que Isherwood, que vivía de dar clases particulares de inglés, se vio obligado a dejar la pensión deprimente y venida a menos del primer capítulo e irse a vivir a un piso pequeño y miserable, con una familia obrera, los Nowak, con la que experimentó la durísima vida de las clases bajas de la zona este de Berlín, hacinadas en casas de vecindad húmedas y oscuras, con grandes dificultades para salir adelante en barrios tradicionalmente comunistas cada vez más invadidos por manifestaciones y desfiles del NSDAP.

La pobreza hace aflorar un segundo Berlín. Los comercios cierran a las ocho y los niños se van a la cama. Es entonces cuando surge la vida oscura de la ciudad: la de los golfos, sus chicas y sus cuartos tibios, y la de las tres prostitutas de la esquina que superan los cincuenta años y que susurran quedamente en las esquinas a posibles clientes: ‘Komme, Süsser’. Un camarero, también de esa noche oscura, le asegura a Isherwood que hay cierta demanda de este tipo de mujer, especialmente entre los hombres tímidos y los jóvenes inseguros porque ellas son los suficientemente mayores para ser sus madres.

Lo que no le cuenta Bobby ni registra Isherwood es que en Berlín, debido a la grave pobreza que obligaba a prostituirse a amas de casa sin recursos, cerca de cien mil mujeres y treinta y cinco mil hombres ejercían esa actividad de forma regular, de manera que la ciudad se había convertido en el destino turístico para gente de todos los gustos sexuales, fantasías y perversiones. Las calles estaban frecuentadas por “dominatrices, secretarias, dependientas, viudas maduras, embarazadas, travestis y transexuales, chicos de alquiler y machotes rudos, niños en venta, sádicos masoquistas, flageladores y coprófilos” (Philipp Blom).

No debería confundirse la penuria económica que indujo a miles de personas a ejercer la prostitución con un ambiente de libertad sexual que, efectivamente, afloró de forma espectacular, en el Berlín de Weimar. Isherwood no sólo se instaló allí para escribir, sino también para “conocer chicos”, como reconoció años después. En 1928, había visitado la capital prusiana junto a uno de sus mejores amigos, Wystan H. Auden, que llegó a decir que “Berlín era el sueño diurno de un maricón”, con cientos de burdeles masculinos a su disposición.

Prostitución obligada, pero también un clima permisivo, en buena parte construido para agradar a los visitantes. En el ‘Troika’ estaba todo dispuesto, con sus gigolós y sus demi-mondaines, la orquesta y el baile, para complacer a los clientes, hombres de negocios que viajan con sus mujeres mortalmente aburridas, cuenta Isherwood. Incluso los barrios obreros berlineses tienen su cabaret, el ‘Cozy Corner’, donde los hombres se exhiben vestidos de mujer y muestran sus piernas depiladas y tostadas por el sol.

Y en una zona gris, en la que todo se vende y con todo se especula y que en parte se considera consecuencia de la modernidad, se mueve Sally Bowles, el personaje que se convierte en referencia de todas estas crónicas de Isherwood, gracias a la interpretación que de ella hizo Liza Minelli en la película ‘Cabaret’, de Bob Fosse. Sally es vistosa y moderna, con una idea infantil de las relaciones sexuales, de poca perspicacia a la hora de buscar protectores, bastante incompetente como actriz y como cantante, pero absolutamente deliciosa; hace que canta en el Lady Windermere, un bar bohemio y sofisticado, aunque no del nivel de glamour del que aparece en ‘Cabaret’.

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Auden, Isherwood y Spender

Isherwood tomaba apuntes del natural para luego hacerlos suyos y crear personajes que algo tenían que ver con el original, pero, como se quejó una vez su amigo Spender, dramatizados en sus caracteres y personalidades, hastra el punto de que “podíamos terminar creyendo que en realidad éramos lo que él fabricaba para nosotros”. Eso ocurrió con Sally Bowles, un personaje frívolo y disipado en la visión de su creador, que quedó para siempre en esa foto fija, imposible de eliminar, pese a que años después, la auténtica Joan Ross marchara a España durante la Guerra Civil como reportera del Daily Worker y nada tuviera que ver ya con la alocada Sally.

Otro personaje magistral de ‘Adiós a Berlín’ es Bernhard Landauer, un judío dueño de unos grandes almacenes de la Postdamer Platz, que, en su juventud, quiso ser escultor y había sido un gran viajero. Irónico, amargado, ceremonioso, acaso demasiado civilizado; una personalidad escindida entre la pasividad y la fortaleza; entre sus ascendencias judía y prusiana y entre el encanto del oriental y su arrogante humildad.

En un libro muy posterior, ‘Christopher and his kind’ (1976), Isherwood revela que Bernhard era en realidad Wilfrid Israel, empresario y filántropo que utilizó la infraestructura de los Grandes Almacenes Israel, de su propiedad, para sacar de Alemania al mayor número posible de judíos, que financió la salida de sus trabajadores y que organizó campañas de rescate y reunificación de famillias judías. El 1 de junio de 1943, el avión en el que viajaba, junto al actor Leslie Howard, fue derribado en el Golfo de Vizcaya por cazas alemanes, quizá porque sospecharon equivocadamente que a bordo viajaba Winston Churchill. El hecho se ocultó en Alemania y se dijo que Israel había muerto de un ataque al corazón.

En Sally Bowles y en Bernhard Landauer se esconde la misma idea fatalista de que el mundo se encamina hacia una gran catástrofe. No hay más que asomarse a las calles de Berlín o hablar con sus habitantes: los judíos eran odiados, maltratados y finalmente asesinados. La dueña de la pensión no puede ocultar su desconfianza hacia los médicos judíos y muchas veces Isherwood pudo observar cómo un judío es apaleado en la calle ante la indiferencia general. Landauer le revela que ha recibido amenazas infantiles y el escritor le aconseja que lo denuncie porque “los nazis escriben como colegiales, pero son capaces de todo y por eso son tan peligrosos. La gente se ríe de ellos y luego será demasiado tarde”.

No sólo los judíos; cualquiera que se oponga a sus ideas simples de grandeza y crimen, desde izquierdistas a liberales, son perseguidos, encerrados en campos y finalmente liquidados. La pregunta es obligada: ¿Cómo es posible que tantos visitantes extranjeros y tantos diplomáticos que residían en Berlín no se dieran cuenta del peligro que conllevaba la ascensión del partido nazi, de la supresión de derechos, libertades y personas, de las insistentes mentiras de Goebbels, de sus matones campando a sus anchas por las calles berlinesas, de la descomunal hoguera de libros contrarios a lo que llamaban “alma alemana”?

En las notas de su diario correspondiente al invierno de 1932-1933, Isherwood señala que “los periódicos van pareciéndose cada vez más a un boletín escolar. No traen más que nuevos castigos, nuevas reglas y listas de gentes confinadas. Esta mañana Göring ha inventado tres variedades inéditas de alta traición”.

Y su amigo y compañero Stephen Spender lo describe con un solo párrafo en sus memorias ‘Un mundo dentro de otro mundo’: “Berlín era la tensión, la pobreza, la rabia, la prostitución, la esperanza en las calles. Eran los ricos ostentosos en los restaurantes exclusivos, las prostitutas calzadas con botas del ejército en las esquinas, los comunistas adustos que se manifestaban y los jóvenes violentos que de repente salieron de ninguna parte y en la Wittenbergplatz gritaron: ‘¡Alemania, despierta!’”

Y Europa cerró los ojos.

Lecturas

– Christopher Isherwood, ‘Adiós a Berlín’ (Primera edición 1939), Editorial Planeta 2002

– Christopher Isherwood, ‘Christopher y su gente’ (Primera edición 1976), Muchnik 1999

– Stephen Spender, ‘Un mundo dentro de otro mundo’ (Primera edición 1951) El Aleph Editores 2002

– Philipp Blom, ‘La fractura 1918-1938’, Anagrama 2016

– Eric D. Weitz, ‘La Alemania de Weimar. Presagio y tragedia’ , Turner Noema, 2019

La dispersión de la generación perdida: Fiztgerald, Hemingway, Dos Passos y Pound

No todos los americanos que vivían en París esperaron al crack del 29 para abandonar la ciudad. El éxodo comenzó antes y de forma muy notoria entre los que formaron parte de la ‘generación perdida’, nombre que les dio en un momento de enfado Gertrude Stein, mecenas de muchos de ellos y también escritora y consejera.

Hemingway, Scott Fitzgerald, Ezra Pound y John Dos Passos fueron los miembros más prominentes de un grupo en el que, a pesar de la exitosa etiqueta de pertenencia que les identifica, es difícil encontrar las similitudes, más allá de una convivencia intermitente en París en los años veinte. El editor Malcolm Crowley, que les conoció durante esos años, contribuyó con su libro de memorias ‘Exile’s Return’ a la consideración de todos ellos como integrantes de una misma generación, perdida o no, que vivió la la violencia de la Primera Guerra Mundial y que luego sufrió el cataclismo económico de la Gran Depresión.

Pesan más en las adscripciones la generación, en el sentido temporal, y el origen -Estados Unidos- que el estilo y contenido de sus obras. Siguiendo esos parámetros, Crowley sitúa en este grupo a William Faulkner y a John Steinbeck, nacidos ambos en torno al año 1900. El sur de los Estados Unidos, convertido en el ficticio condado de Yonapatawpha, le sirvió de inspiración para todas sus obras, hasta tal punto que Nabokov lo llamaba de manera poco amigable “el escritor del maiz”. Steinbeck no vivió en París en los años veinte pero sí estuvo como corresponsal en la II Guerra Mundial y su libro más conocido es cien por cien americano: ‘Las uvas de la ira’, en el que relata la situación dramática de cientos de familias que como consecuencia de la Gran Depresión invaden la mítica ruta 66 con destino a California, seducidas por las promesas de un buen trabajo que les permita, por lo menos, sobrevivir.

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Un millonario en París

La rebeldía y un estilo nada académico podrían considerarse señas de identidad de estos escritores pero son similitudes que comparten con otros coetáneos. Tampoco sus orígenes sociales fueron los mismos y, en cuanto a la preocupación por las cuestiones políticas, a Scott Fitzgerald nunca le importaron. Abandonó París a finales del año 1927, tras casi cuatro años de deambular por diferentes lugares de Europa derrochando la fama y el dinero que aún le quedaba del asombroso éxito de su primera novela, ‘A este lado del paraíso’, publicada en 1920, y que le permitía facturar cada cuento que escribía por unos cinco mil dólares. De todos los escritores de la ‘generación perdida’ es el menos interesado en las luchas contra la injusticia y en los problemas generales del mundo. Por nacimiento pertenecía a la clase media, a los estratos más prósperos de las grandes ciudades del Medio Oeste, carentes de gusto y cultura, exhibicionistas y superficiales, amantes del estrépito y de la farfolla, del mucho precio y del poco valor. Hay falta de compromiso, pero no de descreimiento y él mismo se reconoce, en las últimas páginas de su primera novela, tan incoherente e inmadura como brillante, como perteneciente a esa generación de escritores que “crecieron para encontrar muertos todos los dioses, libradas todas las batallas, destruida toda fe en los hombres”.

Hemingway habla de él en varios capítulos de ‘París era una fiesta’, en los que lamenta su desmesurada afición a la bebida. Fue Bernard Shaw quien dijo que a un irlandés -y Fitzgerald lo era a la mitad- la imaginación nunca lo abandona, pero tampoco lo convence ni le satisface y “es una tortura tal que no puede soportarse sin whisky”. Scott le echaba la culpa a París, “la ciudad mejor organizada para que un escritor escriba”, asegura Hemingway, y continuamente pensaba en encontrar algún buen lugar donde él y Zelda pudieran volver a ser felices juntos. Alquilaron una casa en la Riviera donde pasaron todo el verano de 1925 pero esa estancia plácida no le apartó del alcohol y cuando volvió a París se había convertido en una persona extraordinariamente grosera y amargada.

Meses después, los Fitzgerald y los Hemingway fueron a pasar una temporada a una estación balnearia del Bajo Pirineo. Hubo una fiesta, todo parecía perfecto e incluso Zelda parecía recuperada. “Y entonces ella -recuerda Ernest- se inclinó hacia mí y, con mucha reserva, me comunicó su gran secreto”: que quizá Al Jolson era más grande que Jesús. “Scott no escribió nada más que valiera nada, hasta que a ella la encerraron en un manicomio y Scott supo que lo de su mujer era locura”. Scott Fitzgerald murió en 1940, tras escribir ‘Suave es la noche’ y dejar inconclusa su quinta novela. Dejó también una leyenda de perdedor y fracasado, célebre y millonario, alcohólico y derrochador de un inmenso talento.

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Un nómada se suicida en Idaho

Hemingway se marchó de París en 1928 cuando su segunda esposa, embarazada, quiso regresar a Estados Unidos; se instalaron en Cayo Hueso, en Florida, un lugar que John Dos Passos le había recomendado, y más tarde en Cuba. Pero siguió viajando de un lado a otro porque siempre fue su objetivo ver y sentir lo más posible y para eso necesitaba vivir experiencias. En lugar de establecerse en un lugar tranquilo y arraigarse en el aburrimiento para poder crear una gran obra, como propugnaba Flaubert, Hemingway fue siempre un nómada frenético cuya imaginación se alimentaba de su propia vida.

Al final, cuando ya no se siente capaz de extraer literatura de las proezas del cuerpo y observa que su deterioro intelectual amenaza incluso su memoria, realiza un último esfuerzo para contarnos cómo fue su juventud en los años veinte en ‘París era una fiesta’. La escribió en su última residencia, una casa en Ketchum, Idaho, a donde regresó por última vez procedente de un sanatorio a principios de 1961. Era una casa para matarse, dice Vila Matas contemplando su fotografía: “Se diría que la atravesaba el viento de la nada y que había sido construida con la misma tristeza que al final de sus días sentía el escritor ante su gran fracaso: el intento de convertirse en su propio mito”. Hemingway se suicidó en esa casa el 2 de julio de ese mismo año.

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La desilusión estalinista

John Dos Passos fue el más viajero de todos, incluso más que Hemingway. Cuando era niño recorrió con sus padres México y de joven residió en varios países de Europa. Al igual que Hemingway y Fitzgerald se presentó como voluntario cuando Estados Unidos entró en guerra y fue destinado a Italia, como conductor de ambulancias. A principios de los años veinte realizó un viaje a Persia, del que hay un fascinante relato que empieza por el viaje a través de Europa en el mítico Orient Express e incluye una famosa travesía por el desierto en una caravana de camellos.

En esos años visitó esporádicamente París y fue uno de los chicos de la ‘generación perdida’ que bautizó Gertrude Stein, el más radical de todos ellos en su preocupación por las cuestiones sociales y la justicia; también por esa razón el desencanto fue mayor y su reacción más enconada. Formó parte del comité que defendió en Chicago a los anarquistas Sacco y Vanzetti, cuya ejecución en 1927 tachó de asesinato, y en 1928 publicó ‘El visado ruso’, libro en el que elogia la revolución rusa tras una visita a la Unión Soviética.

Iniciada ya la Guerra Civil, viajó a España para colaborar en el guión de un documental que tenía como objetivo convencer al presidente Roosevelt de que apoyara la causa de la República. En el documental ya trabajaba Hemingway, del que era amigo desde sus coincidencias en París, pero del que se distanció a partir de la desaparición de José Robles, traductor de su libro ‘Manhattan Transfer’. Aún no está claro qué fue lo que ocurrió pero todo parece indicar que fue fusilado por orden de los servicios secretos soviéticos.

José Robles Pazos dejó su plaza en la Universidad John Hopkins de Nueva York para ponerse al servicio del Gobierno republicano nada más estallar la Guerra Civil, que le sorprendió de vacaciones en España. Y como además de inglés y francés dominaba el ruso le dieron el puesto de intérprete del general Vladimir Gorev, auténtico salvador de Madrid al inicio de la guerra y que sería fusilado por Stalin al volver a Moscú. Al poco, trascendió que Robles ostentaba el cargo de jefe de prensa extranjera del Ministerio de Guerra con rango de teniente coronel. No mucho después, en noviembre de 1936, lo trasladaron con el resto del Gobierno a Valencia. Una noche llamaron a su puerta y desapareció para siempre.

Hemingway le dio la noticia a Dos Passos y éste empezó las indagaciones. Llegó a la conclusión de que Robles había sido fusilado por los soviéticos bajo la falsa acusación de ser un agente doble. Hemingway tachó de obsesión la insistencia de Dos Passos y le pidió que se olvidara de todo eso porque lo importante era ganar la guerra. Dos Passos, decepcionado por la escasa sensibilidad de su amigo, abandona España y Hemingway lo tacha de cobarde. No sólo hubo distanciamiento entre ambos, sino reproches mutuos durante el resto de sus vidas. Hemingway diría de él que se pasó a la derecha y Dos Passos recreó su figura en alguna de sus obras de manera muy poco piadosa. Pero, según el nieto de Dos Passos, su abuelo y Hemingway llegaron a reconciliarse cuando se encontraron de nuevo en Cuba.

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El poeta fascista

Cuando se dice que los escritores norteamericanos de los años treinta fueron todos de izquierda se ignora una clamorosa excepción: Ezra Pound. Incluido en la ‘generación perdida’ es, sin embargo, algo mayor que los demás, y el único que se adhiere a las vanguardias, antes de llegar a París en 1920 procedente de Londres.

Para el crítico Edmund Wilson, que reseñó su obra poética en 1921, Ezra Pound es el representante típico del norteamericano que se cree un artista y marcha a Europa, en la que encuentran solo lo que llevaban: una Europa leída. Si a Fitzgerald lo tacha de superficial y adinerado, a Ezra Pound lo considera una criatura infantil y un incurable provinciano, que huyó a Europa para escapar de su Idaho natal llevándose consigo el simple credo y el puro entusiasmo de su tierra, y que desde su nueva residencia pretende obligar a sus compatriotas a que admiren lo culto y cosmopolita que se ha vuelto.

Ezra Pound coincide en París con Hemingway que hace de él un retrato más que elogioso. En un capítulo de ‘París era una fiesta’ dice de él que “se portó siempre como un buen amigo y siempre estaba ocupado en hacer favores a todo el mundo” y en otro, que “era el escritor más generoso y más desinteresado que he conocido: corría en auxilio de los poetas, pintores, escultores y prosistas en los que tenía fe, y si alguien estaba verdaderamente apurado, corría en su auxilio”. Fundó una institución llamada Bel Esprit en la que todos los artistas colaborarían creando un fondo para que Eliot dejara su empleo en el banco y pudiera dedicarse a la poesía. Al final Eliot lo consiguió por sus propios medios con la publicación de ‘The Waste Land’. Aunque la intención era buena, el dinero recaudado acabó en apuestas y en viajes a España del propio Hemingway.

También dice de él que era sincero en sus errores, a veces iracundo, y enamorado de sus teorías falsas. Debió ser esta faceta de su carácter lo que llevó a Ezra Pound en 1924 a Rapallo, donde se convierte en ferviente admirador de Benito Mussolini. Desde Italia participa en emisiones radiofónicas en apoyo de los gobiernos fascistas. Finalizada la guerra fue juzgado en Estados Unidos por traición, por lo que podía ser condenado a la pena de muerte, pero la intermediación de diferentes personajes del mundo cultural consiguió que se le declarara loco y que se le internara en el hospital del St. Elizabeth, donde permaneció durante doce años (1946-1958). Allí continuó elaborando “Los Cantos” y traduciendo a Confucio.

En 1949 se le había concedido el Premio Bollingen de Poesía; los jueces eran conscientes de que despertaría objeciones, pero no concedérselo por razones ajenas a su obra “destruiría el significado del premio y negaría la validez de la percepción objetiva del valor sobre a que se apoya cualquier sociedad civilizada”. Orwell lo celebró y destacó que Pound merecía el premio pero que eso no significaba que sus ideas se hubieran vuelto respetables ni aceptable su odio a los judíos.

En 1969, con motivo de la celebración del 84 cumpleaños de Pound, se celebró una fiesta en su honor en Venecia, evocada en los “Cantos Pisanos” que le hicieron merecedor del Premio Bollingen. Daba la impresión, cuenta Cyril Connolly, que fue invitado a las celebraciones, que dondequiera que fuera Pound era una figura respetada y popular y que para los italianos no era un traidor, sino un mártir, o más bien un amigo leal que estuvo a su lado en los días malos.

No recuerdan sus programas radiofónicos repugnantes, como aquel en el que aprobaba la matanza de los judios de Europa oriental y “advertía” a los judíos norteamricanos de que pronto llegaría su hora. Esos programas -dice Orwell- no daban la impresión de ser obra de un loco ni de un pacifista como dijeron sus defensores. Y al final, el escritor británico se plantea si, ya que los jueces han optado por la postura de afirmar que la integridad estética y la simple decencia son cosas distintas, “preocupémonos al menos de separarlas y no excusemos la carrera política de Pound basándonos en que es un buen escritor”; los jueces deberían haber dicho con más firmeza que las opiniones que ha intentado propagar en sus obras son malvadas.

Como siempre, Orwell acierta en sus consideraciones morales y nos plantea, subrepticiamente, si un escritor fascista puede llegar a ser un buen escritor. Steiner, nada sospechoso de izquierdista, no cree que sea posible y ni siquiera considera una excepción a Celine y su ‘Viaje al fin de la noche’.

A modo de conclusión

Repaso lo escrito hasta ahora sobre la generación perdida y su dispersión, no sólo geográfica, y se me ocurre que lo único que une a estos escritores es su relación con Hemingway y cómo los vio él o cómo se vieron entre sí. Y pienso en todas esas cuestiones que quedan apuntadas y que no son sólo literarias o que van más allá de la literatura, como el compromiso y la vida ostentosa, la traición y la amistad, la defensa de las ideas y el esnobismo y si es preferible el silencio sobre una mentira o su denuncia.

G. Orwell frente a H. Miller; el valor del compromiso

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La crisis económica de 1929 expulsó a muchos norteamericanos de París, pero acudieron otros, como Henry Miller, cuando rondaba ya los cuarenta. Llegó con la depresión, mientras la chusma cosmopolita abandonaba la ciudad y “los espaciosos cafés de Montparnasse que sólo diez años estaban llenos hasta la bandera, incluso de madrugada, repletos de hordas de alborotadores que se las daban de interesantes y entendidos, se habían convertido en tumbas lúgubres que ni siquiera visitaban los espectros”, nos cuenta Orwell.

Los genios desconocidos, los degenerados y los artistas seguían estando ahí, en soledad casi absoluta, mientras su vida transcurría en habitaciones sórdidas, llenas de chinches, en hoteles de medio pelo, pasando de una borrachera a la siguiente, en burdeles baratos; en resumen, viviendo a salto de mata. Henry Miller narra la vida de estos expatriados americanos de la bohemia parisina en su primera novela, ‘Trópico de cáncer’, publicada en 1935 y prohibida durante muchos años en su país natal.

“Con muchos años de vida de lumpen a sus espaldas, de hambre, de vagabundeo, de suciedad, de noches al raso”, Miller elige contar la vida de estas gentes anormales que es también la suya y de la que no reniega. No se puede decir que no haya bajado a la tierra y haya visto; no es en absoluto un escritor encerrado en una torre de marfil en busca de la perfección y por encima de las vicisitudes de sus iguales. No pertenecía a los círculos cultos, en los que el arte por el arte se extendió prácticamente hasta la adoración de lo que carecía de sentido; ésa no es la denuncia.

Lo que le reprocha Orwell es el tema elegido, el relato de vidas que no tienen ningún valor y que nada significan. “No parecía un momento propicio para que alguien escribiera una novela de gran valor acerca de unos cuantos haraganes estadounidenses que bebían de gorra en el Barrio Latino”. Con indisimulado desprecio, reconoce que ningún novelista está obligado a escribir directamente sobre la historia contemporánea pero advierte que un novelista que prescinde de los grandes acontecimientos públicos del momento en el que le ha tocado vivir – y ése es el momento del ascenso del fascismo- es “por lo general, un majadero o un simple imbécil”.

Miller describe al hombre de la calle, pero de una calle llena de burdeles y lo hace en el lenguaje que se usa para contar ocurrencias y obscenidades, algo normal en ese ambiente de los expatriados, “personas que beben, hablan, meditan, fornican”. Lo malo es que a lo largo de la escritura descubre que se lo está pasando muy bien. “No tengo dinero, ni recursos ni esperanza”, dice el narrador de ‘Trópico de cáncer’, y al mismo tiempo confiesa ser “el hombre más feliz del mundo” mientras termina su relato autobiográfico sentado a orillas del Sena con una actitud de total aceptación.

Para Orwell éste es un reconocimiento infame. porque ‘aceptar’ en esos años era tomar como algo normal “los campos de concentración, las porras de caucho, Hitler, Stalin, las bombas, los aviones, la comida en lata, las ametralladoras, las purgas, los eslóganes, las cadenas de montaje, la censura de prensa y las cárceles secretas, entre otras cosas”. El protagonista de Miller es un náufrago, un desclasado y un hombre pasivo que deja que las cosas, simplemente, le sucedan. Es un hombre que habita en el vientre de la ballena, un útero con capacidad suficiente para albergar a un adulto y que le permite sentirse ajeno a todo lo que se halle fuera de él.

Aldous Huxley había escrito unos años antes que los personajes de los cuadros de El Greco producen la sensación de hallarse en el vientre de una ballena y que encontraba algo especialmente horripilante en la idea de encontrarse dentro de una “prisión visceral”. En cambio, a Miller le parecía una idea atractiva; hallarse dentro de una ballena es un pensamiento muy cómodo, que forma parte de las fantasías infantiles. A oscuras, como si estuviera muerto. Es la etapa final e insuperable de la irresponsabilidad máxima: dejarse engullir con absoluta pasividad.

Italo Calvino, allá por el año 1954, recuerda a los escritores de los años veinte y treinta, que para él fueron como dioses, aunque después se despeñaran de su pedestal. Eran los tiempos de la constelación Hemingway-Malraux, tiempos serios “vividos con petulancia, pureza de corazón y compromiso”, eran los tiempos en que “un confuso arranque antifascista de la pura inteligencia nos impulsó” hacia estos escritores que simbolizaban la lucha por la justicia y el antitotalitarismo internacional.

Hemingway marcharía a España como corresponsal y Orwell marchó al frente, a Cataluña, donde estuvo seis meses. No puede haber personas más diferentes que el autor de ‘Homenaje a Cataluña’ y el de los ‘Trópicos’. Desvela Orwell que conoció a Henry Miller a finales de 1936 “cuando pasé por París camino de España”: no tenía ningún interés por lo que allí ocurría y le dijo que ir allá era una necedad, una solemne estupidez. Miller se muestra como el más claro ejemplo de la falta de compromiso, alguien a quien nada le importa.

La larga reseña de Orwell sobre Henry Miller, en la que hace un repaso de la literatura en lengua inglesa desde el comienzo de la Gran Guerra, es un testimonio desengañado y toma como excusa ‘Trópico de Cáncer’ para hacer una lectura desesperada de los años treinta, que han culminado en ese año de 1940, en que escribe este artículo, a punto de declararse una segunda guerra mundial.

Reprocha a los grandes escritores de los años veinte, como Joyce, Eliot, Lawrence y Huxley, que no prestaran atención a los problemas urgentes del momento y guiaran al lector hacia Roma, Bizancio, Montparnasse, México y Etruria o hacia el subconsciente o hacia quién sabe donde, excepto a los lugares en los que estaban sucediendo las cosas. Para ellos, Rusia no era la revolución de Octubre, sino Tolstoi, Dostoievski o los duques exiliados que conducían taxis para ganarse la vida; Italia era museos y ruinas y maravillosas iglesias, pero no Camisas Negras y Alemania era el cine y el psicoanálisis pero desconocían la existencia de Hitler.

Son escritores subyugados por el pesimismo en una época en que la desilusión estaba de moda, como el tedium vitae y la desesperación frívola. Quizá porque vivían en una edad de oro que pronto terminaría, como acabó París para los americanos con el hundimiento económico de 1929. Y, de forma repentina, sigue diciendo Orwell, entre 1930 y 1935 cambia por completo el clima literario con autores como Auden y Spender. Con ellos vuelve la intención y el propósito y en los círculos intelectuales se considera excéntrico no ser más o menos de izquierdas, es decir, no comprometerse.

Llegamos a los cinco últimos años de la década, la del auge del antifascismo y del Frente Popular, cuando los jóvenes escritores ingleses gravitaron hacia el comunismo porque era algo en lo que se podía creer: el cielo era Moscú y el infierno, Berlín. Pero pronto se vio que no era bueno: cualquier escritor que acepta una disciplina de partido pronto se encuentra ante la disyuntiva que aceptarla o mantener la boca cerrada. Y la imposición y la censura siempre perjudican a la prosa, especialmente a la novela, el más anárquico de los géneros literarios. No hay, en opinión de Orwell, ni una sola novela que merezca la pena en el yermo de los años treinta, durante los cuales, aparte de poemas y panfletos, sólo había etiquetas, eslóganes y evasiones. Cuando Orwell escribe este último párrafo recuerda que está a punto de estallar la guerra. En su conversación en París, Miller le dijo que la civilización que conocían estaba destinada a verse barrida y sustituida por algo tan distinto que ni siquiera podría considerarse humano, pero que eso no le quitaba el sueño.

Es probable, dice Orwell, que en el futuro cualquier novela que merezca la pena leer siga más o menos los derroteros de Henry Miller, sus planteamientos e incluso más allá: una actitud pasiva multiplicada. “Quizá debamos adentrarnos en el vientre de la ballena o, más bien reconozcamos que nos hallamos ya en él, que no tenemos ningún control sobre nada, que hemos de dejar luchar para dejarnos llevar suavemente, sin sobresaltos, sin noticias del exterior”. Y eso implica aceptar lo que ocurre, la decadencia, el totalitarismo, la guerra, la censura, el asesinato. Es la de Miller la “voz de los sometidos, del vagón de tercera, del hombre corriente no político, amoral y pasivo”. Es el hombre corriente, pero no el obrero ni el habitante de los suburbios, sino el paria sin escrúpulos, un norteamericano más sin dinero ni más pretensión que la de ir tirando y que ha perdido todo, incluso la dignidad y el aliento de conseguir algo mejor. El riesgo consiste en convertirnos en un mero Jonás que pasivamente acepta todo mal y nada afecta a su conciencia.

El pesimismo que rezuma este artículo titulado ‘El vientre de la ballena’ no es más que un aviso desesperado de lo que puede suceder si el escritor se aísla y deja de denunciar la mentira. Si hay una palabra que defina a Orwell es la honestidad, que le llevó a oponerse a todo lo que consideraba pernicioso para los menos favorecidos. Era inalterablemente de izquierdas, pero eso no le impidió, además de denunciar la banalidad de la sociedad de consumo, las purgas o la zafiedad del régimen estalinista. Nunca para él Moscú fue el cielo, aunque Berlín sí era el infierno.

En una reseña sobre la edición de los ensayos, artículos periodísticos y cartas en 1968, Cyril Connolly, que fue compañero suyo en Eton y que lo conocía bien, describe a Orwell como un animal político. “No podía ni sonarse la nariz sin soltar una soflama sobre las condiciones laborales en la industria del pañuelo” y este hábito mental aparece en todo lo que escribió.

Son muchos los escritores, a lo largo de los siglos, que han sido políticos. Connolly cita unos cuantos: desde Píndaro y Esquilo a Catulo y Virgilio. Y Dante estuvo absorto en la política como la mayoría de los artistas del Renacimiento. Pero hay épocas más proclives a la adopción de un papel político por parte del escritor: en la vigilia de la crisis, antes de la crisis misma o antes de la guerra o una revolución. Los años treinta fueron años de desasosiego en los que aún se podía cambiar la historia y si bien es verdad que los panfletos políticos de los grandes autores, como Milton o Swift, apenas se lean hoy, no es cierto que no se publicaran durante esa década de los años treinta, y después, obras de interés.

Octavio Paz apunta que la historia de la literatura moderna es la historia de una larga y desdichada pasión por la política: “De Coleridge a Mayakovski, la Revolución ha sido la gran Diosa, la Amada eterna y la gran Puta de poetas y novelistas. La política llenó de humo el cerebro de Malraux, envenenó los insomnios de César Vallejo, mató a García Lorca, abandonó al viejo Machado en un pueblo de los Pirineos, encerró a Pound en un manicomio, deshonró a Neruda y Aragón, ha puesto en ridículo a Sartre, le ha dado demasiado tarde la razón a Breton… Pero no podemos renegar de la política; sería peor que escupir contra el cielo, sería escupir contra nosotros mismos”.

En esos años de los que Octavio Paz hace tan dramático y confuso resumen era obligado ponerse en el lado de “las fuerzas de la vida y del progreso” o en las de la “reacción y la muerte” y Connolly, pues a él pertenece este apunte, proclama que es necesario “escoger entre democracia y fascismo” porque estamos tratando con destructores de la cultura europea, “cuyos poetas sólo pueden contribuir con gritos de guerra y canciones sentimentales para entonar mientras beben”.

Orwell persistió y resistió porque jamás vendió su alma. Falleció en 1950, seis meses después de la publicación de su novela más representativa, ‘1984’, y con ella nos dejó su propia versión del infierno en que podría convertirse el futuro: una sátira utópica sobre un mundo dominado por el Gran Hermano, que todo lo sabe gracias a la ‘policía del pensamiento’ y la apocalíptica nivelación de las sociedades humanas bajo la tecnología. Y quizá la advertencia más importante: la neolengua en la que “la guerra es la paz” y “la libertad es la esclavitud”, el lenguaje concebido para hacer “que las mentiras parezcan verdad y el asesinato respetable y para dar una apariencia de solidez al puro viento”.

En cambio, Miller se dedicó a repetir la fórmula de su ‘Trópico de Cáncer’ pero ya sin la novedad que supuso el escándalo; una repetición aburrida de actos sexuales espolvoreada de frases infantiles y opiniones superficiales. Orwell, por el contrario, nos avisa y previene y puede decirse que consigue cambiar la historia, el objetivo de un escritor político, porque después de leer ‘1984’ contamos con suficientes elementos para resistirnos y dejar de ser ingenuos.

Lecturas

– George Orwell, ‘En el vientre de la ballena’, 11 de marzo de 1940. ‘Ensayos’

– Cyril Connolly, ‘Enemigos de la promesa’, 1939

París siempre fue una fiesta en la memoria de Hemingway

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“Así era París en los primeros tiempos, cuando éramos muy pobres y muy felices”. Es la frase que cierra el capítulo en el que se despide de la ciudad, después de la ruptura de su matrimonio. París había sido una fiesta para él y así titula Hemingway su libro de recuerdos, recuperados treinta años después, entre 1958 y 1960. Sin embargo, no parece que fuera muy feliz ni muy pobre. Sus recuerdos se extienden a lo largo de capítulos que avanzan y retroceden en el tiempo, repiten cosas ya dichas en los anteriores, las prosiguen o quedan pendientes en el vacío, pero unidos por el mismo empeño: demostrar lo maravilloso que era vivir en París en aquellos años, con sus casas heladas en invierno, el viento y la lluvia golpeando los cristales del café donde se refugiaba para escribir y la acogida, siempre tierna y obediente de su mujer, Hadley. Su insistencia en la felicidad siembra la duda de que tal vez las cosas no ocurrieron como las cuenta.

Pudiera ser, como dice en la frase que cierra el libro, que su memoria se hubiera visto alterada o que careciera de corazón. O quizá que no pretendiera contar la verdad. En el prefacio, escrito en 1960, y que no figura en todas las ediciones, Hemingway advierte: “Si el lector lo prefiere puede considerar el libro como una obra de ficción. Pero siempre cabe la posibilidad de que un libro de ficción arroje alguna luz sobre las cosas que fueron antes contadas como hechos”.

Sus recuerdos no reflejan el ambiente alegre y locamente inconsciente del París de los años veinte o al menos el que nos han contado. Si Hemingway era feliz lo debía, según sus memorias, a la disciplina de trabajo que se había impuesto, a la abundancia de tiempo libre que le permitió leer a todos los escritores rusos empezando por Turgueniev y a muchos otros, a la posibilidad de vivir de la forma más intensa que le era posible y a su amistad con Ezra Pound, al que considera un auténtico santo y a quien enseñó a boxear.

Llegó a París a principios de los años veinte, a una edad que prácticamente coincidía con el siglo, como enviado por el ‘Toronto Star’, un periódico canadiense, que le permitía vivir razonablemente bien con su mujer, Hadley, en un tiempo en que se podía disfrutar muy cómodamente de pequeños placeres con apenas tres dólares diarios. La pobreza de que hace gala es una pobreza de señorito. En invierno, desde que nació su primer hijo, Bumby, se hospedaban en un hotel de montaña en Austria para esquiar y en el verano viajaban a Pamplona y luego a Madrid y a Valencia. Ya entonces Hemingway había suspendido su labor periodística y se dedicaba exclusivamente a la escritura, lo que en ocasiones, al no poder colocar sus cuentos o por el retraso en los giros, le ocasionaba algún que otro contratiempo, como no tener dinero para comer, motivo por el que realizaba largos paseos por el jardín del Luxemburgo con objeto de “matar las horas de la comida” y no pensar en ella y en el hambre. Es dudoso, como lo es el amor incondicional que dice haber profesado a su mujer en esos años vividos en París. En muchas ocasiones se refiere a la pobreza en la que ambos vivían, pero reconoce que comían y bebían bien y barato, que dormían bien y con calor y que se querían; la elegancia en el vestir y otras cuestiones eran memeces de ricos.

Lo mejor de ‘París era una fiesta’ son las anécdotas de sus encuentros con conocidos y amigos. El primer personaje que retrata en estas páginas es el de Gertrude Stein, anfitriona y protectora de artistas, además de escritora de relatos ininteligibles, según el propio Hemingway que, aunque apenas parece ensañarse con ella, consigue darnos una imagen poco atractiva de ella con solo cuatro frases que deja caer en uno de los capítulos que le dedica. Como es su costumbre hace referencia al físico de sus personajes -voluminosa, de estructura maciza como la de una campesina friuliana y de facciones rudas- pero lo que verdaderamente asusta, añade, es su conversación o más bien sus monólogos en los que pretende imponer a toda costa sus opiniones acerca de todo y, en especial, su malevolencia hacia determinados escritores que no le caen bien, aunque es Hemingway el que a veces se convierte en una Miss Stein, con su implacable desprecio hacia, por ejemplo Ford Madox Ford, sin que medie ningún motivo plausible, más que su mal aliento.

Frecuentaba todos los cafés de moda, como el ‘Deux Magots’, pero sobre todo el de la ‘Closerie de Liles’, al que no iban sus conocidos, de manera que podía trabajar en sus relatos sin que le importunaran. Fue el café de los primeros artistas de Montparnasse pero cuando Hemingway acudía allí a escribir ya no se bebía ajenjo ni estaban Verlaine, Mallarmé o Apollinaire. Sólo coincidió una vez con Blaise Cendrars, “con su nariz rota de boxeador y su manga vacía sujeta con un imperdible” y quizá con Aleister Crowley, “el de las misas negras”, al que Ford Madox Ford confunde con Hilaire Belloc, un escritor británico y fanáticamente católico. Dentro del café se estaba caliente y, cuando hacía buen tiempo, podía sentarse a una mesita a la sombra de los árboles. Es uno de los lugares más acogedores de París que, además de estar a dos pasos de su casa en Notre-Dame-des-Champs, le permite observar la estatua ecuestre del mariscal Ney blandiendo la espada turca que le regaló Napoleón. Fue fusilado en 1815 en un rincón de los Jardines de Luxemburgo y las crónicas cuentan que se quitó el sombrero y él mismo ordenó la carga al pelotón: “¡Soldados, al corazón!”

Hemingway observó durante muchas horas la estatua del mariscal Ney pensando en los muchos días en los que “pasó peleando en la retaguardia durante la retirada de Moscú” y cómo encarnaba el espíritu de los héroes que se enfrentaban con elegancia “al momento de la verdad”. Hemingway creía que sólo en las guerras se pone a prueba el valor de un hombre porque sólo en ellas se enfrenta cara a cara con la muerte y, a falta de ellas, en espectáculos sangrientos y grandes cacerías. Y sin embargo, observando al mariscal es cuando se le ocurre la respuesta a Miss Stein, a propósito de la ‘generación perdida’, título que su protectora les endilgó a los norteamericanos que pululaban por París, sugerido por el dueño de un taller mecánico al referirse a uno de sus trabajadores que no era lo suficientemente diligente. Hemingway escribe, recordando la vida y la muerte de Ney, que “todas las generaciones se pierden por algo y siempre se han perdido y siempre se perderán”.

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Escribir era su mayor apuesta y por eso cuando comprendió que las carreras de caballos llegaban a obsesionarle de tal manera que le robaban tiempo a la escritura, lo dejó. Por la misma razón controlaba la bebida, para que no le apartara de su objetivo y aunque sus borracheras fueran épicas, bebía en horario restringido y después de haber hecho el trabajo.

Además de mostrar su admiración por Ezra Pound, se confiesa muy amigo de Scott Fiztgerald y le dedica muchas páginas de estas memorias, aunque en realidad fue una fuente de complicaciones y de pérdida de tiempo por su carácter neurótico y su alcoholismo. Lo conoció en el bar Dingo y le sorprendió su reacción cuando se pasaba en la bebida: perdía el conocimiento y al día siguiente no se acordaba de nada. A Zelda, su mujer, le ocurría lo mismo, pero ninguno de los dos dejaron de beber, y muchas veces Hemingway la hizo responsable de que Scott no trabajara como era debido y no aprovechara su don de gran escritor.

La fiesta no se acabó para Hemingway en los años veinte. Continuó siéndolo durante muchos años, aunque tras el gran éxito de ‘Adiós a las armas’ conoció la derrota de sus libros sobre los toros y la caza mayor. Su filosofía de la vida, de cruento turismo, empezó a disgustar a sus seguidores. De este letargo le salvó la guerra de España y la novela que publicó en 1940, ‘Por quién doblan las campanas’. Pese a esta inquietud por vivir experiencias intensas para poder escribir sobre ellas, hay en Hemingway un profundo sentimiento de defensa de las causas justas y no se puede olvidar que en aquel tiempo, durante la Guerra Civil, donó la mayor parte de su fortuna, cuarenta mil dólares, a la Ayuda Médica Española. Este gesto -dice Cyril Connolly- por sí solo le dignifica sobre cualquier otro escritor, así como sus crónicas desde Madrid a favor de la República.

El mito siguió aumentando, pero siempre relacionado con su persona y cada vez menos por sus obras. Si la ‘Closerie des Liles’ ha pasado a la historia por ser el café en el que Hemingway escribió sus más famosas obras, el bar del Ritz lo fue porque formó parte de la leyenda. “La vida en el cielo, después de la muerte, debe ser como una dulce noche de verano en el Ritz de París”, escribió. Aún se puede escuchar el relato de la ‘liberación’. Aunque era corresponsal de guerra, consiguió de algún modo convertirse en comandante tanquista y conducir a su regimiento en la liberación. Otros dicen que, armado de una metralleta y acompañado por un grupo de desarrapados de la Resistencia, el 25 de agosto de 1944 se adelantó a la entrada de los aliados en París. De todo esto sólo es cierto que “liberó” el bar del hotel Ritz, que se había convertido en el cuartel general de la Luftwaffe durante la ocupación alemana; tomó una suite en él e invitó a beber a amigos o simples conocidos. Otra historia cuenta que se bebió en la habitación ‘liberada’ exactamente cincuenta y un dry martinis en compañía de un par de amigas.

Entre quienes se presentaron en el hotel, cuenta Vila-Matas, estuvo André Malraux, que entró desfilando con el grado de coronel al mando de un pelotón de soldados. Se dice que hubo un rifirrafe entre ambas compañías, apaciguado por sus respectivos jefes que probablemente no se llevaran muy bien porque se parecían demasiado. Los dos habían vivido mucho y de eso presumían.

En 1954 la Academia sueca le concedió el Nobel de Literatura. Y unos años antes, en 1952, el Pulitzer por ‘El viejo y el mar’, su relato más famoso. Pero el espíritu aventurero que no le había abandonado le llevó a África, donde sufrió dos accidentes aéreos consecutivos que le produjeron heridas de consideración y que, junto a la ingesta exagerada de alcohol en la que también persistía desde hacía mucho tiempo y quizá unido a una enfermedad degenerativa, contribuyó a su deterioro cognitivo. No pudo acudir a Estocolmo e ingresó varias veces en el hospital.

En noviembre de 1956, mientras estaba en París, se acordó de los baúles que había almacenado en el Hotel Ritz en 1928 y que nunca había recuperado. Los baúles estaban llenos de cuadernos y escrituras de sus años en París. Cuando regresó a Cuba en 1957, entusiasmado con el descubrimiento, comenzó a dar forma a la obra recuperada en las páginas de ‘París era una fiesta’, que fue publicada varios años después de su muerte, en 1964.

Los años fueron desgastando su visión poética de la muerte repentina y heroica y de los placeres físicos hasta el punto en que dejó de interesarle seguir viviendo. Víctima de la depresión fue tratado en la clínica Mayo con terapia electroconvulsiva. Pareció recuperarse y con sus memorias, más o menos fidedignas del París de los años veinte, intentó recobrar el ímpetu y la pasión de la juventud. Un año después, en 1961, se suicidó en su casa de Idaho.

Cree Borges que Hemingway abusó de la experiencia de la vida en detrimento de la actividad intelectual y acerca de este aspecto de su vida, recuerda Cyril Connolly su desmedida afición a lo que suele llamarse vida intensa y a su desprecio hacia los intelectuales, de los que solía burlarse despectivamente en sus novelas, en las que incluía “gracias de listillo”. Hemingway extraía el material de sus relatos de su propia vida, nunca del ámbito intelectual, y por eso vivió con el único objetivo de ver y sentir lo más posible.

Cuando le fue imposible vivir intensamente, por enfermedad o por locura, se marchó, pero antes mostró cómo apreciar el heroísmo del fracaso, “la inutilidad de la victoria y la elegancia en el sufrimiento”, ideas a las que se apuntó Vila-Matas desde los dieciocho años, cuando tras la lectura de ‘París era una fiesta’ decidió que “sería cazador, pescador, reportero de guerra, bebedor, gran amante y boxeador, es decir, que sería como Hemingway” y como él intentó aprender a escribir, en una buhardilla alquilada a Margueritte Duras. De su estancia en París, mientras en España Franco intentaba morir a duras penas, se trajo su primera novela, ‘La asesina ilustrada’; haber aprendido a escribir a máquina; el “francés superior” de Duras que nunca entendió y el “criminal consejo de Queneau: usted escriba, no haga otra cosa en la vida”. Y quizá ya entonces adquirió una actitud ante la vida -la ironía como “un potente artefacto para desactivar la realidad”- que hubiera salvado a Hemingway, y un libro de memorias, ‘París no se acaba nunca’, en el que dice, llevándole la contraria a su héroe: “Fui a París a mediados de los años setenta y fui allí muy pobre y muy infeliz”.

Lecturas

– Ernest Hemingway, ‘París era una fiesta’, Penguin Random House, 2014

– Enrique Vila-Matas, ‘París no se acaba nunca’, Anagrama, 2003.

– Cyril Connolly, Ernest Hemingway, ‘Sunday Times’, 1961 (‘Obra selecta’, Random House Mondadori, 2005).

Americanos en París, los locos veinte de hace cien años

París

Había terminado la guerra, era el año 1919 y Francia la había ganado pero al precio de un millón setecientos mil muertos, una economía en estado de coma y un luto que amenazaba con hacerse perpetuo. Los excombatientes, muchos de ellos mutilados, llenaban las calles y coloreaban desfiles y concentraciones con el azul horizonte de sus uniformes. Muchos de quienes habían sufrido la guerra se empeñaban en no olvidar y los homenajes a quienes ya no estaban se sucedían sin descanso. Pero llegó un momento en que los jóvenes, a los que la guerra había sorprendido en la adolescencia, se negaron a seguir llorando a los muertos.

Y no sólo los jóvenes, sino aquellos que deseaban pasar página de acontecimientos tan lúgubres. Poetas, pintores, arquitectos, escritores, activistas en suma que formaron parte de las vanguardias, se hicieron fuertes en París en esos años que transcurrieron desde el fin de la guerra y lograron que venciera el ánimo alegre y la irreverencia burlona y, especialmente, el espíritu del cambio y la creencia de que todo era posible. Resulta curioso que se adoptara ese término genérico -la vanguardia- con su innegable significado bélico cuando ya se había dejado de combatir en las trincheras. Acostumbrados como estaban a luchar, quizá no pudieron ni quisieron arrinconar el espíritu combativo que les animaba, a la hora de denunciar la horrible matanza que había supuesto una guerra, absurda y sin sentido, y abrir nuevos caminos de ilusión.

En el año 1923 se publica en París un libro que para unos constituye un sacrilegio y para otros la bandera de una nueva actitud hacia el pasado. ‘El diablo en el cuerpo’ narra la relación amorosa que Raymond Radiguet, jovencísimo amante del exquisito Jean Cocteau, mantuvo a los quince años, en 1918, con una joven de diecisiete, casada con un soldado destacado en el frente y cuya ausencia permitió la felicidad de los dos amantes. Esta historia “insultante” para la memoria de los que lucharon en las trincheras, y en ellas murieron o fueron heridos, se convierte en el emblema de una generación que, harta del recuerdo y de la guerra, inicia una loca carrera contra el luto y la tristeza. Y comienza la fiesta, el carnaval, la revolución cultural, un paréntesis de libertad y de transgresión de una intensidad inaudita que duró diez años.

Montmartre, el barrio parisino rebelde y de clase obrera, recordaba con nostalgia los tiempos anteriores a la guerra, pero pronto se prestó a competir con Montparnasse, el hogar de los intelectuales y la bohemia. En 1921 se autoproclamó la República de Montmartre, que estableció un calendario de conmemoraciones extravagantes. Y esta parte de París se reconcilió con la alegría, al igual que Montparnasse. La excentricidad era la tónica. Personas anónimas hacían cosas inauditas en busca de la gloria cinematográfica y todo o casi todo estaba permitido.

Francia se convirtió en tierra de acogida: tres millones de extranjeros llegaron al país en esos diez años locos: españoles, italianos, armenios, judíos, polacos… París acentúa su carácter cosmopolita y se lleva el título de capital mundial de la vanguardia gracias a los exiliados y a los apátridas.

A la gente venida de toda Europa se unieron muchísimos norteamericanos, que conformaron la comunidad más numerosa de expatriados de París: se calcula que unos doscientos mil anglófonos se instalaron en la capital francesa durante esa década prodigiosa. Eran jóvenes, eran ricos o eran ambiciosos y, a veces, reunían las tres condiciones. Además, la vida era muy barata debido a la debilidad del franco frente a un poderoso dólar, consecuencia del aumento de la riqueza en Estados Unidos, donde lamentablemente también prosperó un puritanismo exacerbado, del que es muestra la imposición de la llamada ‘ley seca’, junto a un insufrible racismo con el auge del Ku Klux Klan, que en 1920 contaba con cuatro millones de afiliados.

Además de dólares, los americanos llevaron a París la banda sonora de los locos años veinte. Los americanos, y más exactamente los soldados negros, habían popularizado el jazz en Francia durante la guerra. El general John Persing, al mando de la fuerza expedicionaria norteamericana, se dio cuenta del potencial publicitario de la banda de música de los soldados negros del 369 Regimiento de Infantería, apodado los ‘Hellfighters de Harlem’, y los embarcó en una gira de casi cuatro mil kilómetros en territorio francés. La banda tocó en veinticinco ciudades y los franceses, que nunca habían oído jazz, los trataron como a estrellas. Muchos de estos músicos prefirieron quedarse e incluso volver a Europa de la que tenían un fantástico recuerdo. Regresaron a París con sus instrumentos y se instalaron en Montmartre.

Scott Fitzgerald, que acababa de escribir ‘A este lado del paraíso’, también eligió huir de la América seca, intolerante y provinciana, y establecerse con su esposa Zelda en París y no fueron los únicos. Los acogía la anfitriona y mecenas de artistas Gertrude Stein, que se había instalado en París antes de la Gran Guerra y tenía en su haber el ‘descubrimiento’ de Picasso y de Matisse. En su salón reunía a pintores pero sobre todo a escritores expatriados, como Hemingway, Steinbeck, Dos Passos y Fitzgerald. y a ella se debe el nombre con el que se les conoció: ‘la géneration perdue’. “No respetáis nada -les dijo una vez- os matáis a beber, sois una generación perdida”.

La guerra había marcado a varias generaciones y cuando terminó, surgió de todo ese magma de experiencias y de deseos, el ímpetu alegre y la irreverencia burlona, el enfrentamiento con las caducas fórmulas convencionales del pasado. Lo había escrito André Gide en ‘Les nourritures terrestres’: “Cada novedad nos encontraba disponibles por completo”. No sólo se estaba disponible, sino que se fomentaba cada una de esas novedades, se inventaban las provocaciones y todo innovación se mitificaba. Habían empezado los dadaístas en plena guerra, cuando un grupo de alemanes y rumanos expatriados en Zurich crearon el famoso ‘Cabaret Voltaire’ y cuyo espíritu trasladaron a París en el decenio de los años locos, durante los cuales se sucedieron los movimientos literarios y los manifiestos que daban lugar a ‘ismos’ sin voluntad ninguna de duración, lo que ya estaba implícito en su ideario. París era el lugar en el que había que estar. Y estuvieron muchos.

Al bullicio de las calles con sus carreras de repartidores en bicicletas, de camareros con sus bandejas en equilibrio y de bebedores que competían corriendo de bar en bar en los que apenas se detenían para apurar el preceptivo vaso de vino y dirigirse hacia el siguiente, se unieron las performances de las vanguardias y la vida alegre de quienes podían permitírselo todos los días. La noche empezaba en Montparnasse, donde se reunían los amigos. Seguía un chapuzón en la piscina del Lido, a las dos de la madrugada, y luego a Montmartre donde se asistía a espectáculos de danzas rusas, bailadas por exiliados, o de tangos argentinos, denostados por inmorales en Buenos Aires. Los aristócratas consumían cocaína y champán y el conde Étienne de Beaumont logró vincular a la aristocracia con la vanguardia al colocar bajo su protección a pintores como Picasso y Braque y a músicos como Eric Satie, al mismo tiempo que en su palacio de la calle Masseran, organizaba fiestas asombrosas y bailes de disfraces, en los que el travestismo hacía furor.

La guerra entre el vicio y la virtud no estaba circunscrita exclusivamente a Estados Unidos. También se vivía en Europa. Los conservadores franceses eligieron a Juana de Arco como símbolo de la nación, mientras el París alegre otorgaba ese título a Kiki de Montparnasse, cuyos números en el ‘Jockey Bar’ habrían hecho enrojecer a un enfermo de sarampión, según la propia Alice, y cuyas fotografías, realizadas por su pareja, Man Ray, eran lo más atrevido que se había hecho nunca.

Pero no todo era bullicio, fantasía y transgresión, aunque muchas noches acabaran en una borrachera monumental en el Jockey. Hemingway llegó a París con el objetivo claro de ser escritor y para conseguirlo se impuso una férrea disciplina. Es cierto que su vida transcurría del café al hipódromo y a la barra del bar. Pero escribía en un estudio alquilado y también en el café y su sistema consistía en “no beber jamás después de comer ni antes de escribir ni mientras estaba escribiendo”. Su voluntad de “aprender”, de ser un escritor de experiencias, muy en la línea norteamericana, determinó sus gustos y sus relaciones: todo lo observa, selecciona, almacena… Ciertamente cogía unas borracheras de campeonato, pero dentro de un orden. Nunca fue como su compañero de generación y amigo, Scott Fitzgerald, arrastrado por el alcohol y la neurosis.

París era una fiesta, lo dijo Hemingway treinta años después, pero no duró para siempre, y no fueron las derechas rancias de la Action Française las que acabaron con ella. El 24 de octubre de 1929, el jueves negro, se desplomó la bolsa. Todos los americanos arruinados hicieron las maletas y se marcharon de Montparnasse. Desapareció la fiesta; se intentó reavivar, pero la magia había desaparecido.

‘Esta bruma insensata’, el arte de la cita, de Enrique Vila-Matas

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Desde un caserón medio en ruinas al borde del acantilado, Simón envía citas de decenas de autores a su hermano, Rainer o Gran Bros, para que las utilice en sus novelas calificadas como ‘veloces’, cinco hasta la fecha, que le han dado fama en el mundo literario y que llevan como títulos otras tantas citas de versos y aforismos de Wallace Stevens. Solamente la primera de las novelas, Each Age is a Pigeon-hole’, contiene treinta y cinco citas literarias que provienen del ‘servidor de citas’ o ‘hokusei’ como prefiere autodenominarse Simón, que además le envía crípticas instrucciones sobre como organizar la incursión de lo intertextual en la estructura de la novela.

Mediante estos dos avatares del propio Vila-Matas, que son Simón y Rainer, el autor va revelando su idea de lo que es la literatura en estos tiempos. No es nada nuevo, sino la consecuencia del agotamiento de la novela de argumento y de la conclusión de que la originalidad no existe, que todo ha sido escrito o pensado y que se puede escribir una obra con retazos más o menos hilvanados y coherentes de lo que ya ha sido dicho. No es sostenible tirar por la borda lo que ha representado un logro para nuestros predecesores. Rainer no hace más que dar continuidad al arte de las citas y Simón lo defiende al considerar no sólo lícito, sino necesario, apropiarse de todo aquello que pueda resultarnos apetecible y que la historia de la literatura ha puesto a nuestra disposición.

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Pero Simón no sólo colecciona citas, sino que las vive, y cuando escucha tañer las campanas, recuerda los versos que dedicó Donne a su sonido y cuando lee una narración de Colm Tóibín se da cuenta de que se está refiriendo a él, al caserón colgado al borde del acantilado en el que vive, y a la muerte reciente de su padre, que aún pervive en la bruma del amanecer, como una imprecisa figura que no acaba de desvanecerse, familiar porque nos acompañó en la vida, y que cargaba el espacio, sembrado de desaparecidos, de energía de ausencia.

Las novelas de Rainer se ocupan de los temas trascendentales como la muerte, el tiempo, la locura o la existencia de Dios, pero también de cuestiones inmensamente banales que impregnan nuestras vidas cómo qué producto es mejor para tapar las canas o qué vamos a cenar esta noche. Acerca de la cuarta novela ‘We Live in The Mind’ un inteligente crítico, dice Simón, señaló que buscaba mostrar toda la charlatanería del mundo y su carácter escandalosamente banal, la imbecilidad general y la infinita locuacidad de todos los tiempos. Las citas a veces son así -tontas y superficiales- pero no dejan de haber sido.

Después de veinte años y de una comunicación basada en escuetos mensajes, Rainer reaparece en Barcelona para encontrarse con su hermano y tener una conversación, literaria, como es natural. Y el escritor famoso pide a su hokusei que le dé permiso para escribir una novela de no ficción con lo que le ha contado de sus últimos tres días en Cadaqués. Con un duro anatema responde Simón. Por encima de cualquier otra cosa, Vila-Matas odia que le digan que la no ficción está dejando obsoletos los modos tradicionales de creación porque vivir es construir ficciones, porque toda versión narrativa de una historia real es siempre una forma de ficción y porque desde el momento en que se ordena el mundo con palabras se modifica la propia naturaleza del mundo.

En el prólogo a su libro ‘Impón tu suerte’, una reflexión sobre la escritura, Vila-Matas nos pone sobre aviso de sus presupuestos e intenciones: “La ficción es ficción pero como tal tiene más posibilidades de acercarse a la verdad que cualquier representación de la realidad. Con esta convicción he trabajado a lo largo de los años en mi obra narrativa, no moviéndome jamás del territorio de la literatura como invención, alejado de las historias verídicas o como se dice ahora, de las historias basadas en hechos reales y que, como diría Nabokov, son un insulto al arte y a la verdad”.

No sorprende en absoluto que ‘Esta bruma insensata’ coleccione citas de Wallace Stevens, que dice en sus poemas que “La literatura es la mejor parte de la vida” y que “La vida es la mejor parte de la literatura; es a la vida a la que intentamos llegar con la poesía”. La poesía “es una forma de redención y su propósito es hacer la vida completa en sí misma”.

Ni tampoco que Esta bruma insensata’ aluda a Borges por todas sus esquinas. En su búsqueda de una cita, posiblemente aquella en la que dice: “¿Qué hombre de nosotros nunca ha sentido caminando por el crepúsculo o escribiendo una fecha de su pasado, que ha perdido algo infinito?”. O que ponga su punto final remitiendo a un poema de Jorge Luis Borges sobre la lluvia, “una cosa que sin duda sucede en el pasado”, que finaliza con estos versos: “La mojada tarde me trae la voz, la voz deseada, de mi padre que vuelve y que no ha muerto”.

Ninguno como Borges mezcló la ficción y la intertextualidad. De sus ‘historias infames’ afirmó que eran “el irresponsable juego de un tímido que no se animó a escribir cuentos y que se distrajo en falsear y tergiversar ajenas historias”. Y se empeñó en que no estaba seguro de existir en realidad y en negar la individualidad del escritor para defender que la escritura es un saber colectivo, siempre relacionado con lo escrito antes: “Soy todos los escritores que he leído”.

Soy lo que he leído, es la conclusión. Ricardo Piglia abunda en esta idea: “La lectura es el arte de construir una memoria personal a partir de experiencias y recuerdos ajenos”. Si, además, se convierte en escritura …

‘La séptima función del lenguaje’ o la clave del éxito, de Laurent Binet

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¿Qué es lo real? Lacan responde: “Lo que nos golpea”. En la novela de Binet se mezcla lo auténtico y lo inventado: sus personajes tienen carne, huesos y apellidos y habitaron, e incluso algunos siguen haciéndolo, sobre la tierra que a todos los vivos y los muertos nos acoge. Pero aunque tengan nombres no se puede decir que sean auténticamente ellos; son falsos a medias, aunque conserven algunas características físicas como los colmillos vampíricos de Mitterrand, o repitan ideas que dejaron por escrito, como la opresiva omnipresencia del poder denunciada por Foucault. Además, como todos los personajes literarios, los de Binet, tanto los reales como los supernumerarios, son como aquellos espíritus que tras ser encarnados por actores, se disolvían en el aire leve al finalizar la tempestad.

Por las páginas de ‘La séptima función del lenguaje’ desfilan lingüistas, filósofos, agentes secretos, presidentes y gigolós, todos enfrascados en la búsqueda de un papel en el que se detalla cómo usar esa séptima función para dominar el mundo. Los hechos se desencadenan en la tarde del 25 de febrero de 1980, cuando Roland Barthes, profesor del Collège de France y escritor, es atropellado en una calle de París, cuando regresa de un almuerzo con Mitterrand, inminente candidato socialista a la Presidencia de la República Francesa. Identifica al atropellado Michel Foucault, también profesor del Collège, donde enseña Historia de los Sistemas de Pensamiento.

El comisario Jacques Bayard se hace cargo de la investigación y ficha como ayudante a un joven profesor de la Universidad de Vicennes, Simon Herzog, que no sólo conoce a todos los que son alguien en la movida intelectual francesa de los ochenta, sino que además tiene la perspicacia que le confiere la práctica de encontrar señales e indicios en todo lo que le rodea y que actúa como un Sherlock Holmes de la semiótica, disciplina que Roland Barthes amplió a todos los sistemas de comunicación: los signos están en todas partes y lo dicen todo hasta el punto de desnudarnos el alma y la vida.

Aunque a veces el autor hace trampas, como cuando Simon observa que Sartre, acompañado por Françoise Sagan, tiene muy mal aspecto. Morirá un par de meses después; es un dato que figura en todas las hemerotecas. Es el último representante de la generación anterior a los Deleuze, Derrida, Foucault, Lacan y Barthes, que ahora dominan el panorama intelectual francés tras haber destronado a los existencialistas.

La ‘conspiración’ va dejando un reguero de cadáveres: primero Barthes, atropellado por el conductor de una furgoneta que resulta ser búlgaro y luego un gigoló amigo suyo que se aprendió de memoria el texto pero no pudo reproducirlo porque antes sucumbió al veneno de la punta del ‘paraguas búlgaro’, nombre que se le dio al arma utilizada por la Darzhavna Sigurnost, los servicios secretos búlgaros, que consistía en una pistola de aire comprimido que, camuflada como paraguas, disparaba un perdigón de ricina y que fue utilizada al menos dos veces en 1978 contra disidentes de ese país: en el puente de Waterloo contra Markov, y en el metro de París contra Kostov.

En el año de los hechos ya conocemos la técnica búlgara, pero 1980 es también el año en el que Althusser estrangula a su mujer. La explicación no es la que ha quedado registrada para la historia: en realidad el filósofosse ha hecho con el texto de la séptima función, quizá en connivencia con el KGB, y para esconderlo decide dejarlo a la vista, como en ‘La carta robada’ de Poe. Pero su mujer, Hélène, la tira a la basura sin darse cuenta. Althusser no puede resistirse a la ira y la mata.

Existe una función que escapa a los diferentes factores inalienables de la comunicación verbal … y que de alguna manera los engloba a todos. A esa función la llamaremos…” llegó a recitar Hamed antes de morir. Veamos en qué consiste esa capacidad de la comunicación verbal. Roman Jakobson, filólogo ruso, estableció seis funciones del lenguaje: referencial, emotiva, conativa, fática, metalingüística y poética. La séptima función del lenguaje permitiría de manera extensiva convencer a cualquier persona para que haga cualquier cosa en cualquier situación; quien poseyera la clave, tendría un poder sin límites: podría hacerse reelegir en todas las elecciones, provocar revoluciones, sublevar a las masas, seducir a todas las mujeres, apropiarse de toda la tierra….

Sería muy apropiada para un político, por ejemplo Mitterrand, que llegó al poder un año después de los hechos narrados y dominó la política francesa durante catorce, pero no es este poder el que persigue Julia Kristeva, búlgara y semióloga, que junto a Barthes, Lévi-Strauss, Foucault y Lacan, difundió el pensamiento postestructuralista y deconstructivista en la revista ‘Tel Quel’, dirigida por Phillipe Sollers con el que se casó en 1967.

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Sollers y Kristeva

Kristeva quiere conseguir la función ‘performativa’ del lenguaje para que su esposo se convierta en el ‘Gran Protágoras’. Sollers es también un personaje real y es reflejado como un provocador sin sustancia. De todos los intelectuales que aparecen en la novela de Binnet es el menos conocido y, sin embargo, vive todavía. Un inciso: el matrimonio Sollers se disgustó tanto con su aparición en el libro que amenazó con denunciar a Binet. Philipe empezó siendo maoísta para convertirse en taoísta y “papista, de un catolicismo barroco infinito”, según su propia definición. En 2008 publicó unas memorias que, según la crítica, son infumables: una visión admirativa de sí mismo desde niño, el repaso a una colección de amantes que ya quisiera Simenon; infinitas dedicatorias y loas que le han hecho intelectuales de prestigio; en definitiva, una sucesión de grandilocuencias y tonterías.

Y este individuo es el que se enfrenta al sabio de Bolonia, a Umberto Eco, que preside como el ‘Gran Protágoras’ una institución secreta que se remonta al siglo III fundada para contrarrestar la influencia creciente del cristianismo con el nombre de Logi Consilium y que se dispersó por toda Italia y luego por toda Francia, donde tomó el nombre de Logos Club en el siglo XVIII, durante la Revolución. Binnet sigue fantaseando sobre la estructura piramidal de esta sociedad secreta, a la cabeza de la cual un colegio de diez miembros que se hacen llamar los sofistas, presididos por un Protágoras Magnus, practican sus cualidades retóricas que ponen al servicio de sus ambiciones políticas en sesiones de combates dialécticos entre el titular y el aspirante. Se saca un tema siempre a partir de una pregunta cerrada a la que se puede responder con un sí o no o bien a favor o en contra para que los adversarios puedan defender posiciones antagónicas. El grado más bajo está compuesto por los parladores; por encima están los retóricos, luego los oradores, los dialécticos, los peripatéticos, los tribunos y, en lo más alto, los sofistas. El perdedor, según el veredicto de los jueces, perderá un dedo.

Creyendo que ha conseguido el auténtico documento de la séptima función, Sollers viaja a Venecia para enfrentarse, en el Palacio de la Fenice, a Umberto Eco. El Gran Protágoras ha sido desafiado. Eco, que habla todas las lenguas, elige el tema con una frase en francés, en honor a su adversario: ‘On forcène doucement’. Sollers no tiene ni idea de lo que significa esa frase y se despeña con acercamientos lacanianos, sustituye los vínculos lógicos por analógicos, avanza por yuxtaposición de ideas e incluso sucesiones de imágenes inconexas, en lugar de llevar a cabo un razonamiento puro. Va de farol y acaba en plan Alfred Jarry. Umberto Eco, desde su altura, le reprocha sus interpretaciones tan fantasiosas y tan carentes de base. La frase significa “enloquece suavemente”, atribuida a un poeta francés del XVI. Sollers se pasa de listo o más bien de atrevido en su ignorancia y es emasculado, como se merece quien reta al Gran Protágoras y pierde.

Eco ha recurrido a su proverbial erudición y subraya la imposibilidad de la discusión ante la logorrea delirante de su adversario al tiempo que defiende una de sus más queridas ideas: que el texto admite interpretaciones, pero que no todas son válidas y algunas, aunque lo sean, resultan irrelevantes. En ‘Los límites de la interpretación’ pone un ejemplo con el título de una de sus novelas: ‘El péndulo de Foucault’. Ya sabía, dice, que algún crítico se despeñaría en la defensa de que es una alusión a Michel, el pensador obsesionado por las analogías al igual que sus personajes, pero resulta que el péndulo al que se refiere es el que inventó Léon Foucault, y la referencia al otro es demasiado simple y no conduce a nada productivo ni mínimamente interesante.

La novela de Binet tal vez carezca de la cualidad poética, de la conativa o de la emotiva, pero es extraordinaria en su faceta referencial, en el juego con hechos y personajes reales. También con los irreales, con esos a los que Umberto Eco llama ‘supernumerarios’ y que son los ficticios que se añaden a la gente del mundo real. Nos cuela a Morris Zapp, un profesor universitario inventado por David Lodge, que aparece por primera vez en ‘Intercambios’. Trabaja en la universidad americana ‘Euphoria’, lujosa y permisiva, contra la que la universidad británica de ‘Rummidge’ no puede competir ni de lejos. En la novela de Binet, Zapp acude a un coloquio en la universidad de Cornell conduciendo un Lotus Esprit y diciéndole a todo el que quiera oírle que es el primer profesor con un salario de seis cifras.

Los profesores americanos que acuden a Cornell, a donde se traslada en cierto momento la trama de la séptima función, son auténticos: Paul de Man, discípulo de Derrida, Johnathan Culler, teórico de la deconstrucción, y John Searle, filósofo analítico de la Universidad de California en Berkeley. Es en un coloquio en Cornell donde John Searle y Derrida exponen sus posiciones filosóficas enfrentadas sobre la función performativa del lenguaje y para Binet constituye el núcleo filosófico de libro, según admite en una entrevista.

En las universidades americanas se recibía a Derrida, Deleuze o a Foucault, representantes de la filosofía ‘continental’ o la French Theory, como auténticas estrellas. Y esto es cierto, aunque los ochenta han quedado atrás y la teoría del lenguaje ya no tiene la popularidad de la que gozaba entonces. No obstante, seguimos haciendo semiología sin darnos cuenta al descifrar determinados mensajes de los medios de comunicación sobre todo. “De alguna manera -dice Binnet- pagamos tributo a Barthes y a sus amigos semiólogos que nos señalaron que los signos están por todas partes y nos enseñaron a interpretarlos”.

Los signos nunca son inocentes. Eso nos enseña la semiótica. En la novela de Lodge, ‘¡Buen trabajo!’, su protagonista, Robyn, una profesora de literatura inglesa de la universidad de Rummidge (la misma a la que se trasladó Zapp en el intercambio), es una defensora a ultranza de las ideas importadas de París en los ochenta: estructuralismo y postestructuralismo, semiótica y deconstrucción, mutaciones e injertos de psicoanálisis y marxismo, lingüística y crítica literaria. Para enseñar lo que son los signos a su interlocutor, un industrial alejado de toda intelectualidad universitaria, le pone como ejemplo de descontrucción el anuncio de una marca de cigarrillos, Silk Cut, cuyo cartel era la representación de una pieza de seda con un corte. La seda centelleante con sus curvas voluptuosas y su textura sensual simbolizaba el cuerpo femenino y la hendidura elíptica era, todavía con mayor obviedad, una vagina. “Por lo tanto, el anuncio apelaba a la vez a los impulsos sensuales y a los sádicos, al deseo de mutilar y al mismo tiempo penetrar en el cuerpo femenino”.

La novela de Binet ha resultado ser una obra de género incierto: filosófico, político, policíaco, de campusTiene ciertos detalles humorísticos y en todo momento me ha parecido tan divertida como un juego. He intentado no desvelar el final pero sí he querido contextualizar algunos hechos, destacar episodios sublimes y otros tal vez menores pero que reflejan los senderos por los que camina ‘La séptima función del lenguaje’.

Lecturas

– Laurent Binet, La séptima función del lenguaje, Editorial Planeta, 2016.

– Umberto Eco, Los límites de la interpretación, Random House Mondadori, 2013

– David Lodge, Intercambios (1975) y ‘¡Buen trabajo’! (1988) (En Anagrama, 1994 y 1996).

Paisajes después del Diluvio

Nunca llovió que no escampara ni tampoco ocurrió que las cosas mejoraran tras la tempestad. Cuando Noé comprobó que las aguas habían descendido y todos -familia y demás animales- pudieron salir del Arca, supo que se volverían a cometer los mismos vicios e iniquidades de antes del Diluvio: un gavilán cruzó el cielo y se lanzó en picado sobre la paloma que había dado la buena nueva, se oyeron las voces airadas de los hombres y el lobo aulló tras el cordero.

Un relato de Gesualdo Bufalino nos cuenta lo que ocurrió durante los días de lluvia y de descenso de las aguas. Sobrevivieron pero de nada sirvió ni hubo lección divina que les aprovechase. Se balancearon durante muchos días, iguales unos y otros, a bordo de una cáscara de madera calafateada que les separaba del abismo, zarandeada por los turbulentos y hostiles embates del agua, sin saber qué les iba a deparar el futuro, si sería un llover eterno y no volverían a resurgir las tierras anegadas o, por el contrario, volvería a iluminarse el cielo y a los campos regresaría el verde de la hierba y el marrón de la tierra seca.

Día tras día soñando con estaciones, con espigas, racimos y brezales, escudriñando el cielo para descubrir si un sol triunfante hacía por fin su aparición, una bóveda celeste en la que Noé sólo acertaba a ver una caverna de tinieblas, una grieta de ojo lloroso, de la que el diluvio parecía caer a cántaros, como una riada de lágrimas sin orillas”. Hasta que por fin “el techo de nubes se replegó sobre sí mismo, flechas de luz lo rompieron, un arco inmenso de siete colores se curvó de repente en el cielo” y un sol furiosamente feliz relumbró sobre la tierra.

Salieron del Arca, los animales se desperdigaron y los hombres reiniciaron su vida, después de haber escuchado durante ciento cincuenta días el llanto de Yahvé, que era “el nimbo y la noche, el precipicio y la muerte”. Pese a tanta tragedia nada aprendieron y continuó la explotación de unos por otros y el desprecio a la propia tierra que les servía de cobijo.

‘La salida del Arca’ es el relato más pesimista de Gesualdo Bufalino, un autor que se dio a conocer a los sesenta años como un ‘nuevo talento’ siciliano. Comparte con sus coetáneos isleños, como Sciascia o Lampedusa, una tradición escéptica de la vida que a veces se confunde con misantropía pero que no deja de estar iluminada por un sentido del humor que a veces se convierte, como en este cuento, en algo más parecido al sarcasmo: tanto para tan poco, sería la moraleja.

Bufalino

Bufalino se ríe muchas veces y lo hace en casi todos los cuentos que siguen a ‘El hombre invadido’, relato en el que su protagonista comienza por experimentar cierto desequilibrio interno para descubrir finalmente que ha sido ocupado por otro individuo grosero con tics coprolálicos. En ‘El retorno de Eurídice’, la esposa del ‘poeta’ reflexiona desde el Tártaro y descubre que Orfeo sólo estaba enamorado de su propia poesía y de su lira y eso le deja la conciencia muy tranquila: volvió la cabeza a propósito.

Los cuentos de este pequeño volumen son pequeñas joyas de ingenio y de sonrisas. No ocurre así con la versión del Diluvio. Alguien dijo que los hombres se inventaron los castigos de los dioses porque reconocer que el mundo no tiene sentido y que el dolor no se distribuye ni de forma equitativa ni justa es mucho más difícil que atribuir a un dios ofendido la masacre de la peste, la carnicería de las guerras o el estúpido y asolador ciclo de diluvios y terremotos. Por eso Justiniano achacó los terremotos a las prácticas sodomitas de sus administrados y por esa misma causa Dios hizo arder ciudades. Por no honrarle como debían, los dioses hititas, los babilónicos y todas las cortes celestiales de la Antigüedad enviaron a los hombres diluvios, guerras y enfermedades.

Bufalino pone a Dios como la excusa que utilizan los hombres para quedar a salvo de su propia estupidez y maldad. Su idea de la divinidad es muy poco piadosa y podemos verlo claramente en este cuento, en el que la Voz ordena a Noé la construcción de un arca en todos sus detalles, para después sumergirse en un eterno silencio, un acto que muestra su profundo desprecio por los hombres. Este creador y la relación con sus criaturas están expresados con mucha más crudeza por uno de los enfermos condenados a morir de turberculosis en su novela ‘Perorata del apestado’, cuando le describe a un inmenso animal que nos contiene a todos nosotros, a todo el universo, y para el que probablemente “seamos sólo millones de cálculos en su riñón”, un ser al que producimos un “cólico interminable”, para el que somos “los cuajos pétreos de su dificultosa y desmesurada planta depuradora y así flotamos, en el éter y orín que se le encharca por todos los meatos y le hace ulular gloriosamente de dolor en el silencio de los espacios eternos, lo que llaman la armonía de las esferas”, a la espera de un arquiatra más antiguo que lo libere del sufrimiento en un acto de compasión suprema.

El Arco Iris pone fin al Diluvio, pero no es cierto que nada cambie después de una gran catástrofe; nada fue igual después de la peste de Justiniano, que abrió el camino a la desaparición del Imperio Romano de Occidente y, un poco después, a la del Imperio persa. Tampoco quedó igual el mundo europeo tras la peste de negra del siglo XIV que exterminó a una cuarta parte de la población porque al fracasar todos los intentos típicamente medievales -oraciones, misticismo, víctimas propiciatorias, magia- se desarrolló un modo diferente de organizar la realidad que dio paso al Renacimiento como un modo de solucionar los problemas.

Tal vez el modelo esté agotado: los nuevos conocimientos de medicina y de física hicieron crecer la población hasta tales extremos que se ha roto el equilibrio de la naturaleza y la amenaza de nuestra autodestrucción se ha convertido en un axioma. Ni el sistema ni la ética que lo inspira ayudan a la supervivencia, sino todo lo contrario: la codicia mira hacia otro lado y sólo hace cálculos a corto plazo, tal vez con la vista puesta en apenas una generación. Pero la infección progresa velozmente: un día serán los mares los que enfermen y los que debido al deshielo de los polos devoren playas y ciudades aledañas; otro día será el aire irrespirable de las ciudades el que nos haga enfermar… Hoy es una pandemia como no se veía desde principios del siglo pasado: el comercio de animales, la destrucción de hábitats y la construcción de grandes ciudades tienen la culpa de su extensión. No podemos echarle la culpa a causas externas, esto no es un castigo de Dios, sino la consecuencia de nuestras propias acciones.

Tras setenta días de confinamiento y un cambio radical en nuestras costumbres y en nuestro mundo, debemos preguntarnos si no se puede hacer mejor, si no existen otras opciones. La normalidad entendida como antes de la epidemia de COVID-19 no será posible ni deseable. Se impone una reflexión.

Lecturas

Gesualdo Bufalino, ‘El hombre invadido y otras invenciones’, Editorial Anagrama, 1988

Gesualdo Bufalino, ‘Perorata del apestado’, Editorial Anagrama, 1983

Clichés, eufemismos y estilemas

TRABAJO DE LOLA-P

Cuando hablamos, apenas nos damos cuenta del gran número de frases hechas que se cuelan en nuestro discurso, pero cuando escribimos, aunque sea un simple comentario en una red social, saltan todas las alarmas: muletillas, locuciones manidas y perífrasis innecesarias que no sólo dificultan la comunicación sino que entorpecen nuestro pensamiento. Acudimos a las fórmulas estereotipadas del lenguaje común porque es lo más fácil y porque nos da pereza analizar qué es lo que estamos diciendo realmente. Si lo hiciéramos, percibiríamos que esa frase repetida una y otra vez carece de precisión, que no es eso lo que queremos decir, aunque ‘eso es lo que se dice en estos casos’. Recurrimos a un lenguaje impostado que nada significa y muchas veces lo hacemos por impotencia, porque no sabemos decir de otro modo.

Hubo un momento en que los clichés fueron frases creativas que tuvieron fortuna pero que, al repetirse, acabaron perdiendo la frescura inicial que las hizo tan atractivas. En ese proceso de desgaste adquirieron una pátina cutre y pringosa. De ‘asignatura pendiente’ a ‘sol de justicia’, de ‘pistoletazo de salida’ a ‘espiral de violencia’ o de ‘añadir mi granito de arena’ a ‘ser de juzgado de guardia’. Son fórmulas fáciles y cansinas que no hacen daño pero revelan, en el caso de un escritor, un inexistente dominio de la lengua y un pensamiento muy poco profundo. Hay frases hechas, tan cursis como ‘se debate en un mar de dudas’, que obligan a cerrar inmediatamente el libro.

Semejantes a las anteriores son las asociaciones parasitarias de palabras en las que una de ellas acaba absorbiendo las posibilidades combinatorias de la compañera hasta el punto de que ninguna de ellas puede vivir de forma independiente: agenda apretada, craso error, baño de multitudes, amarga experiencia, escena dantesca, santa indignación, tensa espera, marco incomparable o pertinaz sequía. Algunos emparejamientos muestran un afán de distinción con el uso de un vocabulario aparentemente elevado que inevitablemente cae en la redundancia: ‘abismo insondable’ -todo abismo es inmenso y profundo- o ‘claridad meridiana’ sin reparar en que meridiano significa ‘claro, luminoso’.

Peor aún que la viscosidad que se adhiere al cliché en su continua circulación, es la carga ideológica del emparejamiento de algunos términos, cuya falsedad debido al paso del tiempo y a la repetición, no percibimos y aceptamos como normal. A propósito de esto Sánchez Ferlosio nos dejó un pecio titulado ‘Ideologuemas’ que se refiere a dos expresiones ideológicas representativas del triste mundo en el que nos han querido arrinconar el nacional catolicismo: ‘merecido descanso’ y ‘sana alegría’. La anteposición estereotípica de ‘merecido’ y ‘sana’ parece indicar, dice el autor, que el ocio o descanso y el goce o alegría son “plantas bravías, malas y dañinas y hay que someterlos respectivamente al tratamiento del merecimiento y la salud” porque “la represión ha proscrito el descanso y la alegría como cosas malas, caídas en pecado, que tienen que pedir perdón y hacer penitencia”. En una narración posterior añadió un tercer compuesto: ‘honesto esparcimiento’. Las tres son el reflejo de una añeja tradición de ideología represora.

El cliché es superfluo y más cuando se convierte en inútil circunloquio, en esa tendencia a sustituir una palabra por varias que significan lo mismo, como cuando escribimos ‘el autor de mis días’ por ‘mi padre’, por ejemplo. Siempre hay amigos del rodeo que desprecian los verbos simples y utilizan ‘dar crédito’ por ‘creer’ o ‘hacerse viejo’ por ‘envejecer’. Lázaro Carreter puso su dardo en uno de ellos que, además, no significa lo que pretende: los ladrones ‘hicieron acto de presencia’ en el banco y se llevaron dos millones, dice la noticia. ‘Hacer acto de presencia’ es una ‘asistencia breve y puramente formularia a una reunión o ceremonia’, lo que se contradice con el atraco a un banco, rápido quizá pero nunca protocolario.

Los eufemismos pasan a convertirse pronto en frases hechas pero se mantienen a lo largo del tiempo porque en determinadas circunstancias son una fórmula de cortesía difícil de reemplazar. ‘Dar el último adiós’ es despedirse de un cadáver antes del entierro. Suena rancio y cursi y no es de extrañar porque, como señala Delfín Carbonell en su ‘Diccionario de Clichés’ del que me estoy surtiendo, lleva circulando desde que en 1560 Francisco Aldana lo escribió en un poema dedicado a la muerte de su madre. ‘Cadáver’ es un término poco amable e inclinado a ser sustituido por otro, lo que no es nada fácil, y así acabamos hablando de ‘restos mortales’, lo que puede parecer una redundancia pero ‘restos’ en solitario no son otra cosas que desperdicios, aquello que ya no sirve, aún peor que ‘cadáver’.

Llevarse por delante a alguien’ en lugar de matar, mediante arma o atropello, también lleva en nuestro idioma más de cuatrocientos años. ‘Que en paz descanse’ es otro eufemismo que Carbonell define como “expresión huera de sentido y falsamente piadosa al mentar a una persona muerta”. También es una frase hecha la que se pronuncia en los entierros al dar el pésame: ‘Le acompaño en el sentimiento’. O la ‘larga y penosa enfermedad’, expresión de la que se tiene noticia ya en 1589. También es expresión antigua, de allá por el siglo XVII, ‘que en gloria esté’ y que expresa el deseo de que el alma del muerto haya viajado a un privilegiado lugar.

Los clichés aprendidos en edad temprana se quedan en la memoria de largo plazo y aparecen una y otra vez cuando se necesita expresar un concepto vagamente similar. El cerebro repite los vocablos almacenados en la memoria y hasta podemos saber la edad de una persona por los giros y el argot que emplea. Y no sólo la edad de un hablante o escribiente, sino también la de un documento: la Donación de Constantino, un decreto imperial que entregaba al papa Silvestre I el gobierno de la ciudad de Roma y la competencia para intervenir en todos los asuntos del imperio y que hubiera correspondido a una época en torno al año 300, se demostró que era una falsificación porque contenía giros idiomáticos y términos que no existían en el latín del siglo IV.

Se puede datar un documento con el estudio de las palabras que utiliza y también se puede averiguar, quizá no el nombre, pero sí datos que deja al descubierto, sin querer, un texto anónimo. En esta posibilidad se basa la trama de una entretenida novela de Álex Grijelmo, ‘El cazador de estilemas’, en el que un profesor de Lengua ayuda a un comisario de policía a desentrañar el caso de un testamento apócrifo y el de unos anónimos amenazantes mediante el análisis filológico del texto: todos tenemos unos rasgos constantes en nuestra forma de escribir y dejamos en el escrito nuestras huellas de estilo, los estilemas.

El uso de determinadas palabras o frases dice mucho de nosotros. En primer lugar, de nuestra edad, y aunque el sistema métrico actual está en uso desde la Revolución Francesa, no nos suena extraño escuchar ‘se ve a la legua’, aunque sólo lo utilicen las personas mayores. También de nuestras lecturas y, desde luego, de nuestra extracción social. ‘Mejorando lo presente’ es una expresión de cortesía que se usa cuando se alaba a una persona delante de otra y que lleva circulando más de dos siglos en el habla popular; es tan rancio como ‘sin ánimo de ofender’ o ‘con todos mis respetos’, aunque estas dos últimas fórmulas de falsa cortesía de lo que avisan es de que a continuación vamos a tener que escuchar una sucesión de ofensas, improperios y agravios. Después vendrán las disculpas a medias: yo te lo decía ‘en el buen sentido de la palabra’. Pero es que fueron ‘palabras mayores’, combinación que viene del mismísimo Cervantes, de ‘Rinconete y Cortadillo’.

Los clichés invaden periódicos y telediarios, con los que lectores y televidentes adquirimos buena parte de nuestro vocabulario. Las combinaciones se repiten una y otra vez, posiblemente porque las prisas obligan a recurrir al término más próximo y conocido. El ámbito del periodismo político se ha apropiado de frases hechas específicas que en un primer momento fueron un hallazgo: desde ‘mover ficha’ a ‘la pelota está en el tejado’ de tal partido o que determinado político ha emprendido una ‘huida hacia adelante’; que a un visitante se le haya ‘brindado una calurosa bienvenida’ o que dos mandatarios hayan mantenido una ‘reunión cordial’. Aunque tampoco hay que exagerar el purismo y hay clichés acertados pese al abuso que se hace de ellos. De momento aún resisten, aunque quizá por poco tiempo, ‘líneas rojas’, ‘venirse arriba’ o ‘tormenta perfecta’.

Ricardo Senabre llama al cliché “expresión inerte” y pone ejemplos de cómo en algunas ocasiones se les ha devuelto el aliento vital. “Por fin me conociste de verdad, en carne y verso”, reescribe Gloria Fuertes el sintagma ‘en carne y hueso’. O Blas de Otero: “Viene la nieve, cae poco a copo”.

En los grandes escritores reside el genio de la lengua y con capaces de revitalizar incluso las frases más manidas. Pero hay muchas que mueren en el intento y hay que tener cuidado con la creación de novedades que mueven a la risa, cuando no al desconcierto. En su ‘Guía práctica del neoespañol’, Ana Durante transcribe algunos ejemplos que no sé si responden a auténticos intentos de renovación por parte del autor o a un congénito marasmo intelectual, como decir que un motorista murió por ‘heridas incompatibles con la vida’ y no porque las heridas fueran mortales; que ‘el viento cambió de dirección sin cita previa’ o que ‘un líquido salado hizo su aparición en su rostro’; no sólo son frases pedantes, sino sandeces.

Los lugares comunes son eso, comunes, pero cuando se citan de forma errónea, se convierten en una expresión absurda. Ana Durante cita unas declaraciones de un presidente del Gobierno que ufanamente dice: “todavía no es como para tirar las campanas al vuelo”; un corresponsal en un país comunitario advierte de que a raíz de un escándalo “van a saltar cabezas”; una mujer en una novela parece que “salió corriendo, tan pronto le quitó el ojo”; otro que se concentró “en rendirle cuentas al desayuno” y al de más allá “los ojos le tintinearon”. Estos últimos ejemplos van de ‘neoespañol’ y de escribir de oídas, que es lo mismo que a veces ocurre con los clichés, que no los pensamos.

Lecturas

– Rafael Sánchez Ferlosio, Vendrán más años malos y nos harán más ciegos”, 2001

– Alex Grijelmo, El cazador de estilemas, Espasa, 2029

– Ricardo Senabre, El lector desprevenido, Ediciones Nobel, 2015

– Delfín Carbonell Basset, Diccionario de clichés, Ediciones del Serbal, 2006.

– Ana Durante, Guía práctica del neoespañol, Debate, 2015.

Escritores en Buchenwald: Jorge Semprún e Imre Kertész

Buchenwald1El 11 de abril de 1945, hace exactamente 75 años, Buchenwald se liberó de sus guardianes. Poco antes de mediodía sonó la sirena de alarma: el enemigo estaba a las puertas. Los grupos de combate clandestinos que se habían formado en el campo se congregaron en los sitios fijados de antemano y, a las tres de la tarde, el comandante militar dio la orden de pasar a la acción. De golpe aparecieron compañeros con los brazos cargados de armas: fusiles automáticos, metralletas, algunas granadas, parabellums, bazukas, armas robadas en los cuarteles de los SS o abandonadas por los centinelas en los trenes en los que transportaron a los supervivientes de Auschwitz o sacadas por piezas de la fábrica Gustloff. “Más tarde nos lanzamos sobre Weimar, armados” hasta que aparecieron los blindados de Patton y sus tripulantes descubrían esas “bandas de soldados harapientos” a las que desarmaron.

Jorge Semprún estaba allí desde hacía casi dos años, desde que las cárceles francesas fueron vaciadas en enero de 1944. También en ese año llegó Imre Kertész al complejo concentracionario cercano a Weimar: tenía 16 años. Semprún llegó con 22 años y ambos sobrevivieron para contarlo, tal vez porque tuvieron la suerte de ser muy jóvenes y, con toda seguridad, porque Buchenwald era un campo de trabajo, en el que se moría de hambre y de disentería, por el trato inhumano de los guardianes, fusilados masivamente como los prisioneros soviéticos o de un tiro en la cabeza o como consecuencia de experimentos pseudo científicos, pero no era un campo de exterminio industrializado: no había cámaras de gas, aunque sí crematorios.

En el 45 llegaron los deportados de Auschwitz, enfermos y al borde de la muerte. Entre estos últimos estaba Elie Wiesel, que en “La noche’, primera parte de una trilogía, cuenta su terrible confinamiento en el campo de exterminio polaco. También Jean Amèry pasó por Buchenwald pero, al igual que Wiesel y Primo Levy, tuvo experiencias previas en los campos de exterminio.

Buchenwald

El largo viaje’

Los trenes que atraviesan Europa con sus vagones estancos en los que se hacinan hasta ochenta o cien personas con destino a los campos de trabajo o de exterminio son la imagen de la terrible tragedia que se fue gestando durante esos años de guerra. Continuaron realizando su transporte de agonía y muerte hasta el último día, cuando el régimen nazi ya lo tenía todo perdido.

Jorge Semprún relata en ‘El largo viaje’ los cuatro días que duró el trayecto desde Compiegne, en Francia, a Buchenwald, en Weimar, en un vagón junto a otros ciento veinte cuerpos que se mueven, se fatigan, se estremecen de hambre y de frío, pero sobre todo de sed y de cansancio, que gritan y desvarían en este comienzo del horror en el tren. No todos llegarán a su destino, ni siquiera el chico de Semur, que acompañó a Gerard, el narrador de estas horas interminables, y que inventó para no viajar solo, como confiesa el propio Semprún en un libro posterior, ‘La escritura o la vida’, en el que da abundantes claves acerca de su novela y justifica por qué tardó tanto en dar testimonio de su paso por un campo de trabajo alemán.

El tren sigue rodando mientras el autor recuerda el pasado y también adelanta lo que va a ocurrir en Buchenwald y mucho después, cuando los americanos hayan liberado el campo, el 11 de abril de 1945. La primera persona le facilita estos saltos temporales hasta la llegada al campo, cuando una voz ajena narra cómo van alineándose en el andén los deportados, cómo se les obliga a correr a culatazos y gruñidos de las SS que minutos antes formaban una fila inmóvil, con sus metralletas cruzadas sobre el pecho, sus perros gobernados por la correa, sus rostros escondidos por la sombra de los cascos que la luz eléctrica hace brillar. Llegan los deportados a una avenida iluminada por decenas de reflectores y a cuyos lados se yerguen altas columnas coronadas de águilas con las alas plegadas, águilas hitlerianas, símbolo de la violencia hierática del régimen nazi. Tienen pretensiones estos cerdos, comenta un preso que camina a su lado. Están construidas para perdurar, reflexiona Gerard mientras intenta no cerrar los ojos para fijar bien en su memoria esas imágenes de la larga avenida, el chisporroteo de luz fulgurante de los enormes focos y la masa sombría de los árboles y de las construcciones que se vislumbran más allá de la zona luminosa. Sólo falta -se dice- una hermosa y solemne música de ópera que lleve la parodia bárbara hasta el final. No sabe que sí habrá música y que se difundirá por los altavoces del campo todos los domingos por la tarde y todos los días cuando los prisioneros esclavos vuelvan a los barracones desde las fábricas de armamento que rodean Buchenwald.

La llegada al campo de concentración marca el fin del largo viaje y el comienzo del abandono del mundo de los vivos, pero mientras tanto, durante el recorrido del tren Gerard recuerda el pasado y el futuro: su pertenencia a un grupo de resistentes en Francia o la muerte de un prisionero ruso en Buchenwald, al que las SS acusan de sabotaje y ahorcan en presencia de todos. Una muerte que los compañeros, que son todos, aceptan para ellos mismos y por lo tanto la niegan y la anulan para hacer de esa muerte el sentido mismo de sus vidas, el único proyecto de vida válido en ese momento, “pero los de las SS son unos pobres diablos que no entienden estas cosas”.

Como tampoco entenderán sus amigos, sus conocidos, el mundo en general, lo ocurrido durante esos años. El Gérard recién salido de Buchenwald siente que jamás se prestará a quedar reducido al papel de superviviente, de testigo digno de fe, estima y compasión, y toma la decisión «de no hablar más de aquel viaje, de no ponerme jamás en situación de tener que responder a preguntas sobre aquel viaje […] Quizá más adelante, cuando ya nadie hable de estos viajes, quizás entonces tendré algo que decir».

Es lo que hará Semprún al cabo de diecisiete años: contar después del olvido. En ‘La escritura o la vida’ expresa las dudas que sentía antes de escribir el relato del largo viaje acerca de la posibilidad de contar y no porque la experiencia vivida sea indecible, sino por la necesidad de alcanzar una densidad transparente mediante la recreación y el artificio porque sólo así conseguirá transmitir, aunque también parcialmente, la verdad del testimonio. “La verdad esencial de la experiencia sólo es transmisible mediante la escritura literaria” y “no se trata tanto de describir el horror como la exploración del alma humana en el horror del Mal”

Lo esencial, dice Semprún, no era el horror acumulado, cuyos pormenores cabría desgranar interminablemente. “Podría contarse un día cualquiera: el despertar a las cuatro y media, el trabajo agobiante, el hambre perpetua, la falta de sueño, las vejaciones las letrinas, el trabajo en las fábricas de armamento, el horno del crematorio, las ejecuciones públicas, el agotamiento … sin por ello llegar a rozar lo esencial ni desvelar el misterio glacial de esta experiencia. Lo esencial es la experiencia del Mal. Puede tenerse en cualquier parte, pero en los campos ha sido crucial y masiva, la experiencia del Mal radical”.

Al principio sí se refirió a su experiencia en Buchenwald pero luego prefirió dejarse deslumbrar por lo que podría ser otra vida, por la belleza del mundo y así olvidar las huellas de una agonía indeleble, las pesadillas y la asfixia de la memoria, el despertar y encontrarse con que la vida era un sueño tras la realidad radiante del campo y el miedo a que la nueva vida sólo fuera una ilusión. Por eso eligió la vida frente a la escritura, cuya dicha agudizaba el pesar de la memoria y la volvía insoportable. Transcurrieron dieciséis años de silencio hasta ‘El largo viaje’.

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Sin destino’

Imre Kertész también optó por la creación de un alter ego para narrar su experiencia en el campo de trabajo de Zeitz y luego en la enfermería de Buchenwald y asistir, como Semprún, a la liberación del campo por los blindados de Patton. Tardó doce años en escribir ‘Sin destino’ y cuando se publicó en 1975 apenas tuvo lectores. Doce años antes apareció ‘La tregua’, de Primo Levi, y simultáneamente ‘El largo viaje’. Kertész tuvo que esperar otros diez años más, hasta 1985, para que una reedición de su libro tuviera la aceptación que merecía.

György Köves, un adolescente judío de Budapest, es detenido y enviado en tren a Auschwitz, al igual que su autor que en aquella época tenía quince años. Después fue transferido a uno de los campos de trabajo colindantes con Weimar, dentro del gran complejo de Buchenwald, en el que se utilizaba a los prisioneros como mano de obra esclava y se les extraía su fuerza de trabajo hasta la consunción.

Kertész está de acuerdo con Semprún en que “el campo de concentración sólo es imaginable como literatura, no como realidad” y, al igual que el escritor español, recurre a la distancia, aunque menos intelectualizada. Ese alejamiento se observa en el tono que utiliza el propio protagonista que a veces pasa a la ironía sin solución de continuidad. El lector observa, un poco angustiado, cómo György se somete a la autoridad y se apunta voluntariamente para trabajar en Alemania y cómo, hasta que llega a Auschwitz y le proporcionan un uniforme a rayas y una sopa incomible, no se da cuenta de que es un preso y además judío. Nos relata, con cierta sorpresa, su absurdo destino, lo que llama “situaciones anómalas”, como el exterminio de sus compañeros, menos aptos que él para la supervivencia, en crematorios que desprendían un olor “que nos envolvía, casi nos ahogaba en su masa espesa y pegajosa como un cenagal”; la ausencia total de atención médica cuando enferma en Zeitz, un campo pequeño y provinciano, sin duchas ni crematorio ni hospital y la amenaza de muerte por inanición.

Aprende que se puede evadir mediante la imaginación, una imaginación “humilde” que consistía en recordar una y otra vez un día completo en casa, en Budapest, desde la mañana a la noche y la necesidad de no abandonarse, de perseverar. Pero nada podía liberarle del hambre “a largo plazo”, que se reflejaba en un hueco, un espacio cada vez más vacío y que le obligaba a llevarse a la boca desde arena a hierba. Se convierte en espectador de su propio deterioro, del descarnamiento de su cuerpo, ya sólo un montón de huesos que apenas podían moverse.

Trasladado al hospital de Buchenwald por múltiples infecciones, vive la liberación del campo. “Eran alrededor de las cuatro de la tarde cuando se oyó un ruido procedente del aparato y poco después una voz anunció que era el Lagerältester: camaradas, dijo, somos libres”. Mientras Gerard, el alter ego de Semprún toma las armas que han sido escondidas por la resistencia del campo y persiguen a los alemanes hasta el bosque cercano, György observa que hablaban de libertad, pero no decían ni una palabra de la sopa, que sólo llegaría el día después.

Cuando vuelve a Budapest, ya recuperado, se da cuenta de que no podía hablar con nadie que no hubiera vivido lo que él había experimentado, con gente que no sabía nada de nada, con unos niñatos, él que apenas había cumplido los dieciséis años. Animado por sus antiguos vecinos a olvidar para poder vivir libremente, Köves se niega y asume la memoria, la voluntaria, la de la verdad y el conocimiento, y la no deseada. Ambas constituyen “el único camino hacia la liberación”.

Sin destino’ culmina en un estallido de las dos formas de la memoria, la voluntaria y la involuntaria. La primera contiene un aspecto ético: el deber de la verdad, del conocimiento: “El único camino practicable hacia la liberación pasa por la memoria”. El relato concluye con una fiesta del recuerdo involuntario, el recuerdo de la vida, de su destino y de su experiencia. “Me acordé de todo” incluso de lo que no quería acordarse y la escritura permitió la catarsis.

Epidemias en el Mundo Antiguo: de Sumeria a Roma — Historias emergentes

En una tablilla del siglo XVIII aec, impresa en caracteres cuneiformes, se prohibía que los habitantes de una ciudad infectada salieran de ella para “no contagiar a todo el país” y en otra se alertaba de que no debían tocar los objetos -copa, cama y silla- que habían sido propiedad de una mujer que había […]

a través de Epidemias en el Mundo Antiguo: de Sumeria a Roma — Historias emergentes

La bendita maldición de Babel

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Grabado de Gustave Dorè

Mientras Yahvé observaba lo que allá abajo en Babilonia construían los hombres -una torre que pretendía tocar el cielo- pensó que nada de cuanto se propusieran les sería imposible porque formaban un solo pueblo con una misma lengua. Pues bien, se dijo a sí mismo: descendamos y confundamos su lengua para que no se entiendan los unos a los otros. Y así castigó la soberbia de sus criaturas que, a partir de ese momento, se pusieron a hablar en setenta lenguas distintas, dejaron la torre a medio hacer y se dispersaron por el mundo.

Probablemente el autor del texto bíblico fuera un deportado a Babilonia que al llegar a la inmensa ciudad quedara sorprendido por las innumerables lenguas que podían escucharse en las calles y le vinieran a la memoria antiguas leyendas con las que reconstruyó el mito de la confusión de las lenguas. La Torre de Babel a la que se refiere el Génesis debía estar situada dentro de la propia ciudad de Babilonia y de su existencia ha llegado hasta nosotros una estela rota de color negro en la que figura una representación del plano del zigurat, que no otra cosa es la Torre de Babel, y su altura, con el rey Nabucodonosor de pie a su lado y una inscripción que declara: “Etemenanki, la construí para el asombro de las gentes del mundo. Elevé su cima hasta el cielo, creé puertas en las entradas…”

La ciudad embellecida por el rey Nabucodonosor era una maravilla arquitectónica pero no para los nómadas de la Biblia que la consideraban el emblema de la arrogancia y de la perdición. Pese a las maldiciones, Babilonia sería destruida pero no por obra del Dios judío, sino por Jerjes, un rey de Persia que arrasó el templo del dios Marduk e hizo demoler casi por completo el zigurat que tanto escándalo había provocado entre los judíos del exilio.

La multiplicación de las lenguas, paralela a la inflación de dioses falsos que componían el panteón babilónico según los textos bíblicos, se consideró un castigo de Yahvé por el que los hombres quedaron condenados a la incomunicación, a perseverar en los conflictos y a no entenderse jamás. Al dispersarse, los hombres crearon, según el Génesis, setenta naciones distintas. Este mito fue recuperado por los pueblos cristianos europeos tras la caída del Imperio Romano, cuando se dejó de hablar un latín común que acabaría siendo sustituido por las lenguas que hablamos ahora, múltiples y diferentes entre sí; ese mito de la herida y el castigo siguió vivo en los siglos oscuros medievales en los que parece repetirse la catástrofe babélica.

Para que la multiplicación de lenguas dejara de considerarse una maldición tendría que pasar mucho tiempo, durante el que se produjeron ensayos de creación de lenguas nuevas que pretendieron ser universales, como la inventada por John Wilkins que pretendió hacer un volcado de todo el universo conocido y por conocer o la de Leibniz, una lengua sin apenas gramática que a lo único que llegó, que no es poco, fue a convertirse en la de la lógica simbólica contemporánea. En el siglo XIX llegarían el volapük, un sistema mixto que toma como modelo el inglés, y el esperanto, que tuvo un cierto éxito.

El fracaso de estos ensayos lingüísticos nos hicieron recapacitar sobre las virtudes de las lenguas naturales. Uno de los primeros en señalar la bendición de su existencia múltiple fue el abad Pluche que tempranamente, en 1751, estimó como beneficioso el que las lenguas hubieran fijado los asentamientos y el nacimiento de las naciones, así como el sentimiento de identidad nacional. Esta realidad también tiene sus puntos oscuros, pero si se aplica el elogio de la multiplicidad a un ámbito más amplio y menos político nos encontramos con la idea expresada por V.V. Ivanov de que “cada lengua constituye un cierto modelo del universo, un sistema semiótico de comprensión del mundo y, si tenemos cuatro mil modos distintos de describirlo, esto nos hace más ricos”.

Cada lengua organiza el universo de lo que puede ser dicho y pensado y los modos de organizar ese universo cambian de una lengua a otra. Una lengua natural puede considerarse como un sistema holístico ya que por el hecho de estar estructurada de un modo determinado implica una visión del mundo.

George Steiner lamenta que de las más de veinte mil lenguas que llegaron a hablarse sólo estén vivas unas cuatro mil porque “todas las lenguas habladas por hombres y mujeres abren su propia ventana a mundo y a la vida”. El cuarto que habitamos, lo que llama la “habitación del habla”, ha sido decorada por la lengua que utilizamos y, a su vez, el mundo percibido a través de la ventana se refleja en nosotros, en el “espacio del habla”. Cada lengua articula una estructura de valores, significados, suposiciones, que ninguna otra lengua iguala o supera con exactitud. “Porque nuestra especie ha hablado, porque habla en múltiples y diversas lenguas, genera la riqueza del entorno y se adapta a él”.

Como ejemplo de esta diferencia enriquecedora cita la retórica sexual que tanto difiere de unas lenguas a otras: algunas trazan una línea roja sobre lo verbalmente prohibido pero lo que estas callan, otras lo difunden como algo simplemente subido de tono. Hacer el amor en inglés americano, por ejemplo, es un hecho enteramente distinto del modo de expresarlo en alemán, en italiano o en ruso.

Cada lengua es un mundo y refleja las cualidades de la sociedad que la habla. Todos sabemos que los esquimales tienen ciento y un mil formas de nombrar las ciento y mil formas de nieve que existen y hay pueblos, como los agtas de Filipinas, que disponen de treinta y un verbos diferentes que significan ‘pescar’, cada uno de los cuales se refiere a una forma particular de pesca, pero que carecen de una simple palabra genérica que signifique ‘pescar’. No hay lenguas primitivas entre las lenguas habladas por los pueblos ‘primitivos’ contemporáneos. Todas tienen un altísimo nivel de complejidad en sus reglas gramaticales con independencia de su desarrollo político y tecnológico. Todas las lenguas reflejan la forma de vida de las sociedades que las hablan.

En el continente asiático podemos contemplar cómo se establece mediante el lenguaje la relación entre las personas, dependiendo del lugar que ocupen en la estructura familiar, social o política. La importancia de las relaciones familiares entre los vietnamitas se expresa en la innumerable cantidad de sus pronombres personales, cuyo uso depende del género, del grado de familiaridad y de la edad y en las fórmulas de saludo, amable y respetuoso, aunque distante en ocasiones. Pero en lo que se refiere a formalismo, el javanés se muestra especialmente exagerado, hasta el punto de que existe lo que se llama el krama y que contempla términos especiales para el trato con personas que no pertenecen a la familia, a lo que se añaden determinados protocolos de comportamiento: cómo sentarse, cómo reír o qué llevar puesto. Esta formalidad es muy común en lenguas asiáticas de lugares, como Indonesia, con sociedades tradicionalmente jerarquizadas y complejas.

El coreano también muestra esta codificación formal establecida en siete niveles de formalidad de sus verbos, pero el uso de ideófonos (términos que vinculan simbólicamente los sonidos y los significados) es quizá el aspecto más llamativo de este idioma, lo que podría llevarnos a pensar que su cultura está muy imbuida por el juego de la imaginación, del relato, la charada o la broma y por los trucos del aprendizaje.

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La diferencia de géneros en el lenguaje se estableció en Japón antes incluso de la ola confucionista. En japonés el género gramatical no existe, pero las mujeres y los hombres hablan ‘dialectos de género’ ligeramente diferentes, con la creación de una variedad especial del japonés para la mujer. La lengua de los hombres tiene un tono duro y contundente, es casi enteramente opcional y a los niños no se les enseña a hablar así; los muchachos lo adquieren por su cuenta. En cambio la lengua de las mujeres no es tan opcional y padres y maestros hacen todo lo posible para que las niñas sigan esta línea lingüística que consiste en utilizar versiones ligeramente más largas de las palabras o formas gramaticales para conseguir que suenen más educadas. También hay pronombres que utilizan los hombres y no las mujeres y viceversa y en ocasiones difiere también la pronunciación. Tradicionalmente se ha asociado a la mujer con el refinamiento y la dulzura que tiene su correlación en el ‘dialecto de género’ que utiliza, pero en las últimas décadas se ha producido un cambio acerca de la posición de la mujer, aunque no absoluto, entre la sociedad japonesa, y la lengua en consecuencia está perdiendo su componente genérico, de manera que la forma de hablar de las mujeres es mucho más masculina que antes.

Son cambios graduales que se producen de acuerdo con una evolución social que podríamos considerar natural. Pero también ha habido imposiciones políticas, a veces extremas, que han cambiado la lengua de los hablantes de un país. El turco otomano, una mezcla de árabe, persa y turco real, que reflejaba en su estructura más de mil años de historia de Oriente y que era utilizado por las élites del país, se convirtió en la primera mitad del siglo XX en una lengua muerta que fue reemplazada por el turco moderno, que no sólo se materializó en un alfabeto latino hecho a medida, sino que se liberó de términos árabes y persas tras un esfuerzo ingente de recopilación de palabras turcas regionales y también entresacadas de viejos textos y diccionarios de otras lenguas emparentadas, como el azerí o el turcomano. El resultado fue tan catastrófico que en 1934, tras un discurso ininteligible, Ataturk dio marcha atrás y terminaron las expurgaciones de extranjerismos. El padre de la patria turca justificó este cambio, no absoluto, en el eslogan de que el turco era la madre de todas las lenguas, lo que cambió la supresión de términos por la búsqueda de etimologías turcas, aunque fueran falsas. No obstante, persistió el purismo y, tras una época de agonía y desentendimiento, se ha llegado a la estabilidad.

Cuando una lengua muere, es decir, cuando ya nadie la habla, desaparece la historia oral del pueblo que la poseyó, de su mitos, sus cantos, su religión, su vocabulario especializado, sus tradiciones, costumbres y comportamiento. Pero, aunque surjan cambios en ella e incluso deje de hablarse, perdura si ha contado con textos escritos que la hayan fijado. Una sociedad ágrafa no tiene ese recurso y desaparecerá lamentablemente si no hay quien la use.

Gracias al escriba sumerio que con su estilete marcaba signos en una superficie de arcilla podemos conocer la contabilidad de los templos de hace más de cinco mil años; gracias a las inscripciones conmemorativas conocemos los nombres de los reyes de las ciudades sumerias y del imperio acadio y también el surgimiento de Babilonia. Felizmente han llegado hasta nosotros las leyendas de Emmerkar y las de Lugalbanda, poemas sobre las hazañas de la diosa Innana y la primera ficción épica, ‘El Poema de Gilgamesh’,que nos habla del panteón de dioses y de los hechos del héroe de Uruk, de cómo se hizo amigo de Enkidu y de su viaje en pos del sol para conseguir el remedio de la mortalidad y liberar a su compañero de un inframundo grisáceo y polvoriento. El sumerio desapareció y también el acadio pero gracias a que los escritos antiguos se guardaron, se transcribieron y se tradujeron aún hoy podemos saber cómo eran, qué pensaban, a quién adoraban o porqué morían gentes de hace miles de años.

Lecturas

Umberto Eco, La búsqueda de la lengua perfecta, Crítica, 1994

Gaston Dorren, La vuelta al mundo en 20 idiomas, Turner Publicaciones, 2019

George Steiner, Después de Babel, Fondo de Cultura Económica, 2005

Reyes, sacerdotisas y corredores de fondo en la ciudad sumeria de Ur

Historias emergentes

El Diluvio Universal nunca existió, ni siquiera el mesopotámico del que hablan las crónicas de Gilgamesh y repite el Génesis. Aunque el arqueólogo británico Leonard Woolley anunciara en 1929 urbi et orbi que había descubierto evidencias del diluvio de Noé en las excavaciones de la antigua ciudad sumeria de Ur, la inundación no fue en absoluto universal. Hubo al menos dos diluvios en Ur, pero con varios siglos de diferencia. En muchas ciudades del sur de Mesopotamia, pero no en todas, pueden hallarse estratos de diluvios similares pero fechados en distintos momentos. Algunos lugares, como Eridu, la primera ciudad mesopotámica, situada a once kilómetros de Ur, no muestran signo alguno de inundación.

El castigo a los hombres, ya sea por la maldad que tanto ofende a Yahvé o porque impiden el sueño al dios sumerio Enlil, es un mito que se alimenta de medias verdades para dar una explicación más…

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‘La extinción de las especies’, según Diego Vecchio

Ex.EspeciesTodo acaba por extinguirse o, en el mejor de los casos, por transformarse. El museo es el encargado de velar por la memoria de todo aquello que ya no es. En la visita a estos lugares estancos en los que ni el aire se atreve a corretear de una a otra de sus salas, se nos recuerda la fugacidad del mundo, que todo acaba en cenizas y que nada es para siempre, ni siquiera los diamantes.

La reflexión final del libro incide en esta visión inevitable de la pérdida, aunque el relato de Vecchio camine con ligereza y buen humor, que son las virtudes que deben presentar las cuestiones serias. “Indudablemente el tiempo transforma al mundo en ruina. Nada entero sobrevive del pasado, sólo quedan polvo y piedras. Los recuerdos no son más que restos, cuanto más precisos, más falsos”.

La extinción de las especies’ es la historia, medio inventada, medio real, de un museo que pretende contener el relato de lo ocurrido desde los mismos orígenes del universo. Se trata del Instituto Smithsoniano, cuyo principal edificio se terminó de construir en 1855, gracias a los 100.000 soberanos de oro legados por el científico James Lewis, hijo de lady Elizabeth Hungerford Keate Macie, soltera y rica, y de sir Hugh Smithson, que murió sin descendencia. Lo que comenzó como un centro de formación y museo nacional que albergaría colecciones de piedras, plantas, animales y fósiles, provenientes de la expedición de Lewis y Clark (1803-06) y de Zebulon Pike, se ha convertido en nuestros días en un inmenso complejo, propiedad del Gobierno de los Estados Unidos, con diecinueve museos, nueve centros de investigación y colecciones compuestas por más de 136 millones de bienes.

Hasta aquí todo es conforme a los datos que tenemos, pero a la hora de informarnos sobre el primer director del Instituto, Vecchio inicia el arte borgiano por excelencia, el de la atribución falsa, y nos presenta a Zacharias Spears, aficionado a la taxidermia y primer embalsamador que sustituyó el ácido sulfuroso por el tetraborato de sodio o bórax. Nunca habría mejor director de una institución dedicada a la conservación que Spears, especializado en amputaciones en la guerra civil americana, durante la cual aplicó su talento de taxidermista a la preservación de los miembros cercenados.

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El sueño de Zacharias Spears era que quien visitara su museo pudiera emprender un viaje hasta espacios y épocas remotas y por dos centavos imaginar la violencia con la que se creó el universo: la explosión de luz rasgando la noche de los tiempos, una claridad implacable e infinita, reacciones nucleares despidiendo energías a temperaturas de miles de grados, la formación de estrellas y planetas y la promesa de extinción desde el mismo momento de su nacimiento. La Tierra, nos cuenta Vecchio con ternura, era “uno de los planetas menos agraciados del sistema solar” y al ser atropellado por su gemelo quedó “con un eje de rotación tambaleante, inclinado unos veintitrés grados, minusválido de por vida”. De resultas de este choque surgió la luna y sus piedras, tras varios años de residencia, “adquirieron la nacionalidad terrícola transformándose en las gemas preciosas” que pueden contemplarse, decía la publicidad, en la galería de los minerales del Museo.

Tras colisiones y despanzurramientos llegó el movimiento parsimonioso de la materia encarnada en estrellas, planetas y demás cuerpos celestes. Mucho después surgió la vida en los océanos de la Tierra y de nuevo la violencia y la transformación: las algas se multiplicaron y un buen día un liquen mutó y las hifas fueron sustituidas por filamentos con los que el ser podía desplazarse a voluntad; las medusas infestaron los océanos y atacaron a otras que tuvieron que cubrirse de espinas y “fue el comienzo de una desenfrenada carrera armamentística en una espiral de violencia infinita”. Surgieron tentáculos con ventosas, pinzas, púas, aguijones… hasta que en el Devónico inferior se rompió el equilibrio con la aparición de los primeros peces provistos de mandíbulas y varias filas de dientes: todo lo conquistaron y el agua se tiñó de rojo. Y entonces comenzó la conquista de la tierra firme, cuando “infinidad de criaturas hartas de vivir en medio de tanta inseguridad, abandonaron el mar y dejaron atrás lo que poseían”, incluso la manera de fornicar.

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Llegamos a la época de los dinosaurios e inevitablemente a la primera gran extinción: hace más de sesenta millones de años un asteroide de unos diez kilómetros de diámetro impactó frente a las costas del Yucatán y como consecuencia se extinguió el 70 por ciento de las especies. El 95% dice Vecchio, pero esa cifra proviene de su pesimismo, aunque simule distanciamiento, e incluso denote una alegría poco conmiserativa al decir que realmente los dinosaurios no es que se lo merecieran pero resulta que su cerebro no era todo lo bueno que debería y muchas veces no distinguían un animal vivo de otro muerto ni una roca de un tronco. Tras la colisión del meteorito, surgió entre los supervivientes un crustáceo, “cuyo caparazón se resquebrajó y dejó asomar un animal con pelos, orejas y tetillas”, es decir, el primer mamífero. Se escondieron en madrigueras y, finalizada la era glacial, salieron de ellas miles de ardillas, que “dotadas de una vida sexual frenética y un gran poder de seducción, se convirtieron en las soberanas del mundo” con diferentes apariencias: murciélagos, ciervos, búfalos, osos y hombres.

Todos los museos se afanaron por conseguir huesos de dinosaurios que, hasta hace poco habían sido catalogados como dragones, y el Smithsoniano, tras una lucha despiadada, no pudo hacerse con el esqueleto de un pterodáctilo, bautizado con el nombre de Johnathan Charles, que al final se quedó en Utah. Es entonces cuando Spears dirige sus ojos hacia los vestigios humanos, hacia las civilizaciones desaparecidas. Quería encontrar momias de la época de Amenofis II pero su expedicionario a la región de Moctezuma Canyon sólo consiguió dos niños momificados a comienzos de siglo, aunque una buena operación de marketing hizo de ellos unas criaturas tan famosas “como los hijos hemofílicos de la reina Victoria”.

Se desencadenó un auténtico ansia por las reliquias de tribus desaparecidas: desde esqueletos a máscaras, cántaros o cabelleras. Desalojados de sus tierras, de las veinte mil tribus que existían antes de la fundación de Jamestown, no sobrevivían más de 250. Y se pensaba que estudiándolas, los etnólogos podrían conocer cómo vivieron y qué pensaban los primeros hombres. Las consideraciones que Vecchio pone en boca de otro personaje ilusorio y chiflado, Benjamín Bloom, son extraordinariamente divertidas, pero al final no deja de ser otra historia de extinción de las especies, y en este caso de las tribus americanas, testimonios recogidos por las instituciones de la memoria que son los museos.

Pero lo peor puede estar por llegar y es, lógicamente, lo que no recoge este relato de desapariciones, mutaciones y memoria: una extinción que quedaría sin rememorar en los museos, la de la especie humana, porque nadie estaría en condiciones de recordarla.

Nota biográfica

Diego Vecchio nació en Buenos Aires en 1969. Escribe ensayos y novelas: ‘Historia calamitatum’ (2000), ‘Egocidios: Macedonio Fernández y la liquidación del Yo (2003); ‘Microbios’ (2006) y ‘Osos’ (2020). La novela reseñada, ‘La extinción de las especies’ se publicó en 2017

‘Lolita’, en la umbría y negra Humberlandia

LolitalibroComienza la novela con una nota de presentación y aviso redactada por un autor inexistente, el señor John Ray, doctor en Filosofía, que dice haber recibido unas memorias firmadas por un tal Humbert Humbert, ya fallecido a causa de una trombosis coronaria que sufrió estando en prisión, pocos días antes de que se fijara el comienzo de su juicio por el asesinato del que la prensa informó cuando se produjo, en septiembre de 1952.

Se trata de unas memorias “dolorosas y sórdidas” que pueden afectar al buen nombre y a la posición de las personas que tuvieron relación con los hechos que se narran, por los que los nombres han sido alterados para que no sean reconocidos. Además, la señora de Richard F. Schiller murió al dar a luz, lo mismo que el bebé, en la Navidad de ese año de 1952. Lo que debería estar situado al final del libro -porque no tenemos ni idea de quienes son esos personajes que cita y ni siquiera sospechamos que la señora de Schiller es la Lolita de Humbert Humbert- actúa como cebo para que el lector caiga en la trampa de su lectura con objeto de saber quién es quien en esta ‘historia verdadera’ sobre una “niña descarriada, una madre egoísta y un anheloso maniático”.

Y para subrayar aún más la veracidad de estas primeras páginas, en una tradición literaria ininterrumpida que ofrece comienzos semejantes y casi siempre felices, el prologuista menciona al juez John M.Woolsey, defensor del derecho a la libre expresión, de quien dice que daría su visto bueno a estas memorias porque no hay en ellas ningún término obsceno y que estaría dispuesto a permitir su publicación, teniendo en cuenta que lo hizo con un libro más “explícito”, en referencia implícita al ‘Ulises’ de James Joyce.

Y entonces comienza la confesión de Humbert Humbert:

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta”.

Es un comienzo perturbador, una verdadera “exhibición pirotécnica de aliteraciones”, como señala David Lodge, “de eles y tes que explotan brillantemente, en una entusiasta celebración del nombre de la amada”. Se aprecia especialmente en la lengua original: “Lolita, light of my life, fire of my loins. My sin, my soul. Lo-lee-ta: the tip of the tongue taking a trip of three steps down the palate to tap, at trhree, on the teeth. Lo. Lee. Ta”.

El segundo párrafo recuerda tiernamente a la amada: “Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con los pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita”.

Desde el principio la confesión de Humbert Humbert pretende que le entendamos, que nos pongamos de su parte, que aceptemos que no es tan perverso como muestran los hechos y que todo lo hizo por amor porque si se ama todo está permitido. Quiere decirnos todo el tiempo que este amor apasionado causó su perdición. H.H. goza de la ventaja insuperable de ser el narrador de una historia que sólo conocemos porque él nos la cuenta, pero en su pretensión de parecer sincero nos ofrece las claves que dejan bien a las claras que no sólo no es un caballero, sino que lo que llama amor es una perversión de su ánimo, un intento de dominio, que es un psicópata egoísta, un narcisista sin escrúpulos y un pervertido en el sentido más clásico del término.

Sabemos que Lolita es una niña de doce años y para justificar la atracción que siente por las menores de edad, Humbert Humbert recurre a la Beatriz de la que se enamoró Dante cuando ella tenía nueve años y a Laura, que tenía doce cuando la elogiaba Petrarca. A continuación dibuja el perfil de lo que debería ser una ‘nínfula’, nombre que inventa para referirse a determinadas “criaturas escogidas”: Entre los límites de los nueve y los catorce años, surgen doncellas que revelan a ciertos viajeros embrujados, dos o más veces mayores que ellas, su verdadera naturaleza, no humana, sino nínfica, demoníaca”. No son especialmente bellas, pero tienen un “insidioso encanto” y presentan “signos inefables que sólo aprecian los ninfulómanos”, como “el diseño ligeramente felino de su pómulo”, la mezcla de “tierna puerilidad junto con una vulgaridad descarada”, la piel aterciopelada y la “ignorancia de su fantástico poder”.

Para conseguir a Lolita, Humbert Humbert se casará con “la paquidérmica mamá” a la que detesta. Antes de hacerlo deja volar la imaginación y concluye que, como padre, podría “derrochar” en la niña todas las caricias fortuitas y los abrazos propios de su nuevo estado. Pero la madre pretende alejar a Lolita, lo que llevará al nuevo y flamante marido a elaborar planes para su asesinato; un accidente fortuito le librará de ella de forma definitiva y sin levantar sospechas.

Humbert Humbert se considera apuesto, viril y atractivo, un ser superior, por encima de la banalidad de sus contemporáneos, pero al mismo tiempo no deja de hacer guiños y carantoñas de perrillo asustado al jurado que somos nosotros mientras asegura que su intención no era “forzosamente copulativa”, que sólo pretendía un “contacto palpitante y suavemente plañidero” con su nínfula. Incluso llega a decir que, mientras se dirigía al campamento para recoger a esa “huerfanita” soñaba con ofrecerle una educación firme, una adolescencia saludable y feliz y un hogar limpio pero que “en un abrir y cerrar de ojos, mi angelical línea de conducta se esfumó y caí sobre mi presa”.

Balthus

Recoge a Lolita del campamento de verano al que la envió su madre y le dice que está ingresada en un hospital, que van a ir a visitarla. La recluye en una habitación de un motel y en la cena le da un somnífero que no consigue dejarla inconsciente como él desea. Insiste en que “nunca fui ni pude haber sido un canalla brutal”, que sólo pretendía que ella no supiera del abuso para que no asustara. Amanece, Lolita despierta junto a su padrastro en la cama del motel y éste le hace creer que los adultos no juegan a lo que ella ha jugado en el campamento, que eso es un asunto de jovenzuelos, y entonces Lolita, con un casi inconcebible grado de inocencia y de orgullo, se lo enseña.

Al día siguiente, Humbert Humbert parece tener un acceso de conciencia o al menos de lucidez y reconoce que Lolita era “una huérfana, una niña solitaria, desamparada, con la cual un estúpido adulto había tenido por tres veces un extenuante contacto sexual esa misma mañana”, pero al mismo tiempo advierte su malhumor y le asalta el temor de que no le permita hacer el amor con ella otra vez, en la ruta que inician hacia ninguna parte y que les llevará a transitar por las carreteras americanas durante un año. Le confiesa que su madre ha muerto y en el hotel pide dos cuartos separados, “pero en mitad de la noche vino a mi sollozando y lo hicimos suavemente ¿Comprenden ustedes? Lo no tenía absolutamente ningún sitio adonde ir”.

Lolita’, dice Martin Amis, es “un libro cruel acerca de la crueldad”. Es la ‘falsa’ confesión de un personaje que miente y recurre a los sobornos y a la intimidación para satisfacer sus deseos. Fue cruel con su primera esposa en Europa, con Charlotte, la segunda, y lo es con la pobre Lolita, a la que sojuzga, hace que comparta la culpa por su relación y la amenaza con el reformatorio o con vivir en una granja en el fin del mundo, en los Apalaches. Y, además, pretende que estemos de acuerdo con él acerca del carácter malhumorado, banal, exasperante, convencional de Lolita y de su vulgar afición a las canciones sentimentales “del pálpito y el sollozo”.

Y, a pesar de sus regalos, de sus amenazas y de su ‘amor’ por ella, H.H. es consciente de que Lolita experimentaba algo parecido a la repulsión física hacia él, era su “princesa frígida”, “nunca vibraba bajo mis caricias y muchas veces mis esfuerzos sólo obtenían un estridente rapapolvo”. Confiesa que “no dejaba de pedir un beso ocasional y hasta una colección entera de caricias surtidas cuando sabía que ella codiciaba fervientemente un determinada diversión juvenil” y “conocedora de la magia y el poder de su suave boca, se las arregló para elevar el precio de un abrazo especial”. Lolita cobraba por sus “favores sexuales”, pero su intención era ahorrar: “La pobre chiquilla impetuosa pensaba que con solo cincuenta dólares en el bolso podría llegar a Broadway o a Hollywood”.

Que de esta criatura de doce años, sola, vulnerable y asediada se haya creado el ‘mito’ de la Lolita provocadora, acéfala, calculadora y perversa, la perdición de los hombres, según algunos, es de todo punto inconcebible y sólo se puede explicar por una mala lectura, cuando no por una lectura interesada en difuminar los propios vicios. Al leer, aconseja Nabokov, “debemos fijarnos en los detalles, acariciarlos” para poder entrar en un mundo nuevo; lo único que se nos exige es tiempo y atención.

Preguntado por el origen de ‘Lolita’, Nabokov dice en ‘Opiniones contundentes’, que surgió en 1939, en París, y que, según recuerda, “el primer estremecimiento de inspiración en cierto modo lo provocó de manera un tanto misteriosa un relato de un periódico, creo que del Paris-Soir, acerca de un mono del zoológico de París, al cual después de meses de haber sido adiestrado con halagos por los científicos, produjo al fin el primer dibujo al carbón trazado por un animal, y ese esbozo, reproducido en el periódico, mostraba los barrotes de la jaula de la pobre criatura”.

Martin Amis recuerda esta respuesta y concluye que el peor delito de Humbert Humbert es haber violentado la naturaleza de Lolita, degradando su esencia infantil, privándola de su infancia y forzándola a vivir en un mundo sórdido y maligno y que gracias al valor y la honestidad de Nabokov (porque en el arte, lo contrario de la crueldad no es la bondad, sino la vulnerabilidad) la inocencia de Lo se evoca, en muchos momentos, de modo insuperable y conmovedor. ‘Lolita’, frente a lo que pudiera parecer tras leer todo lo anterior, no es un melodrama, sino “la novela más divertida en lengua inglesa porque permite que la risa (que puede mostrar alivio, exasperación, estoicismo, histeria, azoramiento, asco y crueldad) se exprese en toda su complejidad y su variedad de registros”.

Nabokov siempre sostuvo que nunca fue un escritor de novelas didácticas ni un satirista moral o social y le reprocha a su falso prologuista su aserción de que Lolita lleva una moral a remolque. Es cierto que escribe incertidumbres sin muros ni cortapisas morales y enfoca todas sus novelas como un acertijo, como un problema y, en este caso, cómo conseguir que el lector se debata entre la simpatía hacia Humbert Humbert, aparentemente un caballero de la vieja Europa, culto hasta la pedantería, y la repulsión que produce el secuestro de Lolita y su violación sucesiva. Y aquí hay un sesgo inevitablemente moral, pero advirtiendo que el escritor no juzga ni carga las tintas en ningún momento y que de hecho es Humbert Humbert el que se pone en evidencia a lo largo de su relato.

Lolita es un personaje con el que Nabokov se encariña. No hay más que reparar en la elección de su nombre. Una de las letras más límpidas y hermosas -señaló en un entrevista- es la ‘ele’ y el sufijo ‘ita’ contiene mucha ternura latina; los españoles y los italianos pronuncian este nombre con la “necesaria nota de travesura y caricia”. En cambio, “el doble ruido sordo de Humbert es desagradable, un nombre odioso para una persona odiosa”. Y en su pronunciación francesa hay resonancias de sombra y oscuridad en este nombre elegido por Nabokov.

Humbert Humbert asesina a Clare Quilty porque se llevó a Lolita y al apartarla de su lado no le permitió ‘redimirse’ ante ella, pero sobre todo porque la despreció y pronto se aburrió de ella. En cambio, él “la quería más que a nada en este mundo” y, al final, dos años después de su huida, cuando va a visitarla y se ve como “un esbelto y valetudinario cuarentón”, reconoce que había sido despreciable, brutal y estúpido. Pero “te quería”, se atreve a decir una y otra vez. Confiesa que había ignorado los estados de su alma para consolarse a si mismo, recuerda que la oía sollozar todas y cada una de las noches que pasaron juntos, cuando creía que él ya estaba dormido. Ahora la ve embarazada, “gastada a los diecisiete años”, con otra niña en el vientre, y le pide que vuelva con él.

Hay una nota falsa en estas frases de contrición. Ella, sorprendida, rechaza tajantemente su propuesta. Y el lector recuerda que, cuando se estableció en Beardsley con Lolita tras un año de vagabundeo por moteles de carretera, Humbert Humbert reconocía que “en el transcurso de un mismo día podía pensar en casarme con ella en México o librarme de ella en 1950, cuando se hubiera convertido en una adolescente difícil y perdido su magia infantil, hasta la idea de que con paciencia y suerte podría eventualmente hacerla concebir otra nínfula, una segunda Lolita que hacia 1960 tendría ocho o nueve años mientras yo estaría aún dans la force de l’âge”. Y con esta lectura atenta, como pedía Nabokov, se reafirma la sordidez del personaje y desaparece cualquier duda acerca de la afirmación de que Humbert Humbert solamente era “dueño y esclavo de una nínfula”.

Lecturas

Vladimir Nabokov, ‘Lolita’ (Primera edición en Olympia Press, 1955) Publicada por Anagrama en 1997 (sexta edición) y en inglés por Penguin Books en 2000.

Vladimir Nabokov, ‘Opiniones contundentes’, Taurus, 1999

David Lodge, ‘El arte de la ficción’, Península, 2002

Martin Amis , ‘La guerra contra el cliché’, Anagrama, 2003

Cuaderno de bitácora 2019: de Sumeria a Tombuctú

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Son muchos los relatos, las invenciones y las historias reales que se han quedado fuera: lecturas inacabadas, proyectos postergados, banalidades, reiteraciones y asuntos que perdieron su oportunidad. Pero a pesar de todo, el año se ha portado considerablemente bien. Empezó muy futurista, con la desaparición, en un futuro próximo, por desintegración o aburrimiento, lo que podría ser una inteligencia superior y extraña a la mente humana, GOLEM XIV. Un enero terminal realizó un triple salto hacia atrás y se plantó en el primer relato conocido de un viaje, el de Gilgamesh. Luego vinieron las primeras ciudades, las de Sumeria, y las ciudades imaginadas, las invisibles y las que aún se pueden visitar.

Viajar desde casa tiene sus ventajas porque existe la opción de cambiar el itinerario y el punto de vista en cualquier momento y no se cansan los pies ni se mojan los zapatos. Gregor von Rezzori me enseñó un poquito de Venecia, parada del tramo alternativo por el que transitaba ya en el siglo pasado el famoso Orient Express, el tren a cuya inauguración, en 1883, asistió el periodista y académico francés Edmond About junto con cuarenta invitados más a los que se recomendó ir provistos de revólveres prestos a ser utilizados en los territorios balcánicos infestados de bandoleros. Salió de la estación del Este de París, entonces Estrasburgo, y recorrió más de tres mil kilómetros hasta llegar a Constantinopla en ochenta horas, aunque la última etapa del viaje se hizo en barco a través del Mar Negro, desde Varna. Seis años más tarde, cuando la vía férrea fue terminada, el viaje completo sería de 67 horas y el destino final, el hotel Pera Palace de Estambul que el dueño de la Compañía Wagon-lits, George Nagelmakers, hizo construir para los viajeros del Orient-Express.

Manuel Leguineche, en su libro sobre míticos hoteles europeos, cuenta historias del Pera Palas, que conserva una habitación-museo en la que solía retirarse Mustafá Kemal Ataturk, padre de la Turquía moderna, y en la que nada ha cambiado desde su muerte, por cirrosis, en 1938: los relojes de la habitación 101 siguen marcando la hora de su fallecimiento, las 21:05, como homenaje póstumo. En el Pera Palas se alojó Agatha Christie durante once días de 1926 en los que supuestamente desapareció, aunque al parecer no había abandonado Inglaterra; también el aventurero Pierre Loti, la actriz Greta Garbo, el revolucionario León Trotski e incluso un inexperto periodista llamado Hemingway que acudió a cubrir la guerra entre griegos y turcos en 1922, el mismo conflicto que obligó a escapar al que sería el nuevo dueño del Pera Palas, un empresario de origen griego, Prodromos Athanasiadis, conocido como Bodosakis, y que llegó a este hotel, dicen que alrededor de 1915, con una vestimenta poco acorde con el prestigio del establecimiento, por lo que el recepcionista lo puso de patitas en la calle. Su indignación fue de las que hacen época: compró el Pera Palas y quien acabó fuera del hotel fue el empleado que lo rechazó.

Esta historia no deja de ser una leyenda y el Pera Palas continuó su andadura entre recuerdos auténticos e inventados. Como dice Leguineche, este hotel “ha sido y es el espejo de aquellos tiempos fabulosos, unión de Oriente y Occidente, de tráficos y negocios, de príncipes y aventureros, de viejas ladies y gigolós de mirada ardiente, de mercaderes y funcionarios de las embajadas”. El mismo ambiente del que presumía el ‘tren más fastuoso de todos los tiempos’, el Expreso de Oriente.

Edmond About publicó sus experiencias del viaje inaugural del 4 de octubre de 1883 y no quiso evitar ni comentarios poco elogiosos acerca de sus compañeros de viaje alemanes ni, al atravesar Baviera, referirse a la Alemania victoriosa que ha construido “estaciones monumentales a costa nuestra” para alertar, a continuación de lo caras que les costarían en el futuro a los franceses porque “pueden convertirse en establecimientos militares de primer orden” y podrían desembarcar, en menos de 24 horas, “batallones y baterías con destino a París”.

Apenas habían transcurrido doce años de la guerra franco-prusiana y faltarían más de treinta para que todos los territorios que atravesaba el Orient-Express ardieran en una nueva conflagración que acabaría con las potencias imperiales y cambiaría el dibujo de las fronteras europeas en la Conferencia de Paz de París, convocada hace exactamente cien años, en 1919, para decidir sobre el futuro de los vencidos.

Mientras Europa vivía la inestable paz de las alianzas entre iguales y las ententes entre rivales, el tren de lujo fue acaparando anécdotas y gastronomía, desde la demostración de la ‘voluntad de poder’ del rey Fernando de Bulgaria que, apostado en la vías del ferrocarril, detenía su paso, subía a la máquina y “lanzaba el convoy a toda velocidad por curvas y pendientes”, a la carta del prestigioso vagón restaurante: “ostras, rodaballo en salsa verde, filete de buey con pommes château, pastel de jabalí con una salsa chaud-froide, crema bávara con chocolate y pastelería vienesa”, según cuenta Mauricio Wiesenthal.

La guerra de 1914 interrumpió el servicio del Expreso de Oriente, pero finalizada la contienda la construcción del túnel Simplon posibilitó un ruta alternativa, en la que una de sus paradas era Venecia, justo antes de llegar a Trieste. Hacía siglos que Venecia había dejado de ser una gran potencia marítima, pero había subsistido como el mito romántico de una gloriosa decadencia, forjado desde el soneto de Wordsworth ‘Sobre la extinción de la República Veneciana’ a las líneas de Shelley y la ‘Oda a Venecia’ junto con el canto cuarto de ‘Childe Harold’ en el que Byron recuerda: “Estaba yo en Venecia, sobre el Puente de los Suspiros, entre un palacio y una prisión…”

Venecia también fue residencia de excéntricos como el barón Corvo, de trayectoria irregular y fantástica, y a punto estuvo de desaparecer, no sólo por el agua, sino por el fuego. Jan Morris recuerda cómo Marinetti quiso destruir todas las obras maestras italianas para empezar desde cero y, en 1914, cuando una bomba estuvo a punto de caer sobre la Basílica, el ideólogo del futurismo sobrevoló la ciudad arrojando panfletos, que decían: “El enemigo quiere destruir los monumentos cuya destrucción es un privilegio patriótico que sólo a nosotros corresponde”. Ya en 1910 Marinetti había organizado un gran encuentro futurista en Trieste, ciudad que consideraba un modelo ideal para sus teorías: la llamó “la nostra bella polveriera” y pidió la quema de las bibliotecas y la inundación de los museos.

Venecia y Trieste tienen en común su apertura a Oriente, su melancolía, su antiguo esplendor y su relación con la muerte. En la ciudad de la laguna murieron Wagner, Browning, Diaghilev y la pequeña hija de Shelley y Dante falleció de unas fiebres contraídas durante su estancia. También murió allí el escritor residente en Munich, Gustav Aschenbach, cuando el cólera se extendió por las islas y llegó al Lido, y Colin que con su esposa Claire visitaban como turistas una ciudad de pesadilla.

En Venecia nació Marco Polo y eran Venecia todas las ciudades que había visitado y que iba describiendo noche tras noche a Jublai Kan, emperador de los tártaros, para aliviar su melancolía. Ciudades imaginarias que Italo Calvino inventa para nosotros, los lectores, como Donald Campbell, un ingeniero escocés perdido en las arenas del desierto, recrea para sí mismo los edificios, los puentes y los campanarios de su Edimburgo natal en medio del tórrido desierto del Gobi.

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La ciudad escocesa que reconstruye Ignacio Padilla entre tormentas de arena es un delirio pero la ciudad yemení de Hadramaut es auténtica, aunque pueda parecer un espejismo. Es la ciudad de rascacielos de barro, de edificios aferrados a las paredes de majestuosos cañones, que formó parte de la ruta del incienso y cuyas casas, rectangulares, construidas exclusivamente con adobe, presentan cinco o más pisos de altura. Cuando el viajero se acerca bajo el sol de mediodía, apenas se distingue una presencia del mismo color que las laderas grisáceas sobre las que se construyó y se sigue reconstruyendo con capas y más capas de arena y arcilla, porque estos materiales se deterioran con el agua que, aunque escasa, a veces inunda el cauce casi siempre seco del río Hadramaut.

Hasta comienzos del siglo XX Hadramaut fue una ciudad desconocida para Occidente. En 1931 un diplomático holandés, Daniel Van Der Meulen, ferviente calvinista como él mismo cuenta en sus diarios y cuya fe le hizo amigo de los nómadas del desierto, que le aseguraron que los ateos no perciben las bendiciones del Altísimo y eso no es bueno para las caravanas, salió desde Mukalla, puerto principal de Arabia del Sur y se dirigió a los valles de Hadramaut, encajonados entre espectaculares y laberínticos cañones.

Fue el primer explorador occidental que llegó a estas tierras de nombre extraño que tal vez proceda de una frase en árabe que significa ‘dar la bienvenida a la muerte’. Hoy todo parece indicar que este nombre podría aplicarse a todo el país: la guerra que lo ha asolado durante los últimos cuatro años ha producido muertes y terribles hambrunas. Yemen se está convirtiendo en un cementerio y esas casas de Hadramaut, tras cuyos muros se ocultaban sus habitantes en las horas de calor, pueden quedar abandonadas para siempre, convertidas en mausoleos de una ciudad fantasma.

Una ciudad, también construida con barro pero objeto de deseo desde hace siglos es la mítica Tombuctú, visitada por el viajero árabe Ibn Batuta, contemporáneo de Marco Polo, cuando aún era una pequeña ciudad, y por León el Africano, dos siglos después, y cuya narración exaltó la imaginación de los europeos. El viajero de origen granadino que se estableció en Fez, que fue capturado ante las costas de Túnez y acogido por el papa León X, llegó a Tombuctú en el momento de mayor esplendor del reino y describió una ciudad provista de fabulosas riquezas.

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En Tombuctú inicia el Níger su impredecible travesía del desierto y la ciudad hace de punto de unión entre el río y las arenas. Nació como campamento estacional de los nómadas tuaregs y se convirtió en una gran ciudad gracias al comercio de oro y esclavos que proporcionó la riqueza necesaria para el mantenimiento de famosos eruditos, santones e incluso una universidad. Poco después de la visita de León el Africano, la ciudad comenzó a declinar con el traslado de la ruta del comercio transahariano; en 1591 fue capturada por mercenarios marroquíes.

Tombuctú perdió su poder pero ganó en misterio y disparó la imaginación de exploradores y poetas. En su búsqueda, que le llevó a cruzar 3.200 kilómetros del peor desierto de África, perdió la vida Gordon Laing, escocés como Mungo Park y como tantos otros exploradores, incluido el apócrifo Donald Campbell y, aún hoy, cuando llegar hasta allí no es difícil, su nombre evoca aventura y peligros.

Addenda

Las leyendas sobre el hotel Pera Palas de Estambul, las anécdotas del Orient-Express, los viajes del diplomático holandés Van der Meulen y los de Ibn Batuta y León el Africano a Tombuctú, así como algunas notas sobre Venecia y Trieste se quedaron en mis archivos a lo largo de este año por falta de oportunidad. Los recupero en este balance cuya coherencia, creo, ha quedado salvaguardada.

Lecturas

-Edmond About, ‘Orient-Express: de Pontoise a Estambul’, Editorial Confluencias, 2018

-Manuel Leguineche, ‘Hotel Nirvana’, El País Aguilar, 1999.

– Mauricio Wiesenthal, ‘La Belle Epoque del Orient Express’, Geocolor 1979

-Daniel Van Der Meulen, Entrando en la abrasadora Hadramaut, Mundos por Explorar, National Geographic, 2006

– Sanche de Gramont, “El dios indómito, la historia del río Níger”, Fondo de Cultura Económica, 2003.

Peter Handke, Nobel de Literatura: opiniones políticas, delitos literarios

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Al final la indignación no fue tanta y ni siquiera llegó a convertirse en un amago de boicot. La campaña en su contra se materializó con la presencia de algunos grupos de personas en la calle mientras se celebraba la ceremonia de entrega de los Premios Nobel en el Konserthuset de Estocolmo el pasado día 10 de diciembre; dejaron constancia de su ausencia seis embajadores, entre ellos el representante de Turquía, país que como todo el mundo sabe es un ‘defensor acérrimo de los derechos humanos y la libertad de expresión’, y en la cena de gala, Handke no se sentó junto al rey de Suecia, sino diez sillas más allá.

Y eso fue todo, después de que a medida que se acercaba el día en que el escritor austríaco Peter Handke viajaría a Estocolmo para recibir el Premio Nobel de Literatura 2019, crecía la polémica por su concesión a quien, según sus detractores, no condenó el ‘genocidio’ musulmán por parte de los serbobosnios e incluso se atrevió a acudir al entierro de Slobodan Milosevic y pronunciar unas palabras ante su tumba.

Desde que se anunció la concesión del premio en octubre, Peter Handke se ha negado a hablar sobre su postura ante la cuestión yugoslava y, en la tradicional rueda de prensa que celebra la Academia Sueca en vísperas de la entrega del premio, no contestó a preguntas que no fueran sobre literatura. En su discurso de aceptación, de tono introspectivo y filosófico, contó episodios familiares relacionados con la Segunda Guerra Mundial, recordó la figura de su madre y recitó fragmentos de su largo poema dramático ‘Por los pueblos’, pero no mencionó en ningún momento nada relacionado con lo que dijo o porqué lo dijo antes y después del bombardeo de la OTAN sobre Yugoslavia.

Ya lo explicó, incluso por escrito y en entrevistas, en las que denunció, no sólo el bombardeo occidental, sino también que sólo se hablase de ‘genocidio’ propiciado por serbios, cuando lo hubo también -quizá con otro nombre más apropiado, como ‘crimen contra la humanidad’- por croatas y musulmanes. En 2006 escribió un artículo con el título ‘Al final ya no se entiende nada’, en referencia al debate surgido por la concesión del Premio Heinrich Heine, al que renunció debido a la tensión que suscitaron sus declaraciones. En este artículo resume lo que vio en Yugoslavia y lo que escribió en su día: que hubo campos de prisioneros en todo el país entre 1992 y 1995 y que en ellos “se pasaba hambre, se torturaba y se asesinaba” y no todos estos campos eran serbios; que sintió y siente una enorme “rabia” contra los comandantes y planificadores serbios; que el de Srbrenica “es el peor crimen contra la humanidad que se cometió en Europa después de la guerra” y que la “terrible venganza” de los serbios, que fueron masacrados -también niñas y mujeres- por tropas musulmanas durante la Navidad ortodoxa de 1992-1993 no justifica la barbarie posterior, “eterna vergüenza de los responsables serbobosnios”.

Y sí, acudió al entierro de Milosevic porque “amo a Yugoslavia -no tanto a Serbia, pero sí a Yugoslavia- y quise acompañar la caída de mi país favorito en Europa y esa fue una se las razones para asistir al funeral”.

Pero, independientemente de que su opinión sea equivocada o tibia o insuficiente, de que Handke se haya puesto en el bando perdedor y le estén lloviendo piedras desde entonces, lo que indigna es el revuelo organizado contra la Academia Sueca por la concesión del Premio Nobel. Dice la Academia que se lo otorga “por su influyente trabajo en el que el genio lingüístico ha explorado la periferia y la especificidad de la experiencia humana”.

El presidente del Comité del Nobel, Anders Olsson, envió tres cartas a destacadas figuras de Kosovo y Bosnia-Herzegovina, en las que decía que se le otorgaba el premio para celebrar su excepcional trabajo literario, no su persona. No obstante, han dimitido dos miembros del Comité del Nobel como protesta y porque, dice uno de ellos -Gun-Britt Sundström- la concesión del Premio supone colocar “la literatura por encima de la política”. Ante semejante reflexión sólo resta señalar que el señor Sundström está muy bien dimitido y no debería ocuparse nunca más de dirimir sobre un premio literario.

También debería haber recordado, antes de aceptar su membresía, que otros autores recibieron el Premio Nobel de Literatura con importantes cargas políticas a sus espaldas, como ocurrió con Winston Churchill, que lo recogió en 1953 por “su dominio de la descripción histórica y biográfica, así como su brillante oratoria en defensa de los valores humanos” sin que la Academia Sueca reparara en que sus políticas habían causado directamente la hambruna de Bengala diez años antes, en 1943, en la que murieron más de tres millones y medio de personas.

Una mochila mucho más pequeña cargaban Thomas Mann, apologista, aunque posteriormente arrepentido, de la supremacía alemana sobre los franceses; Camilo José Cela, censor franquista; Gabriel García Márquez, amigo de Fidel Castro, y Mario Vargas Llosa, defensor a ultranza de la invasión de Irak y que, aún hoy, sigue elogiando la política económica de Pinochet en Chile. Todos ellos recibieron el Nobel de Literatura.

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Handke, escritor ‘maldito’ y arisco, en una línea similar a la de su compatriota Thomas Bernhard, es un autor de novelas complejas, aristadas de múltiples escollos, desviaciones y reflexiones que vuelven una y otra vez sobre cuestiones no del todo explicadas. La crítica lo considera uno de los grandes novelistas, dramaturgos y cineastas de nuestra época y, posiblemente, dentro de unos años, cuando nuestra generación haya desaparecido, sus opiniones acerca de la guerra de los Balcanes se habrán olvidado o quedarán como una marca pintoresca en su biografía, pero el adolescente ciego de ‘Los avispones’ que busca respuestas a tragedias familiares o el viaje de Filip Kobat a Eslovenia en busca de su hermano desaparecido en ‘La repetición’ perdurarán en el tiempo porque ésa es la gloria de la literatura.

Handke ha conseguido el Nobel de Literatura cuando ya no se lo esperaba. Tampoco hubiera pasado nada si no se lo hubieran concedido. Son más los escritores valiosos que no lo han recibido que los que figuran en la lista de premiados de la Academia Sueca. Muchos de ellos han sido olvidados, como ocurre con Giosuè Carducci, poeta que encarnó la unidad de Italia, galardonado en 1906, cuando ya tenía un pie en la tumba, más o menos como le ocurrió al Premio Nobel de 1924, el escritor polaco Wladyslaw Reimont, que murió unos meses después de recibir el premio.

Entre los 118 premiados no figura Jorge Luis Borges, tal vez porque sus opiniones, más que de derechas, impropias de un genio como él, lo obstaculizaron. Se publicó un diálogo con María Esther Vázquez, en el que comentando la violencia entre los negros en Estados Unidos, decía Borges que el problema es que les habían educado cuando lo mejor hubiera sido que desconocieran que eran descendientes de esclavos; el negro -insistía Borges- no tiene memoria histórica y, por lo tanto, no sabe ni lo necesita. Se trata de una opinión absurda y ofensiva expresada en una conversación pública, pero nunca leeremos algo similar en su obra literaria, lo que demuestra que las ideas y las actitudes de un escritor no contaminan su obra que, en general, queda al margen de muchos despropósitos.

La Academia Sueca se ha guiado en muchas ocasiones por las llamadas cuotas: ahora le toca a algún escritor africano, el del año que viene a uno indio que franceses ha habido muchos; tampoco hay que olvidar, sobre todo en los últimos tiempos, premiar a una mujer. El supuesto atentado contra la moral y las buenas costumbres también ha sido la excusa “idealista” (recurriendo al término utilizado por Alfred Nobel para condicionar la concesión de su Premio de Literatura) para que otros autores no aparecieran ni siquiera en las quinielas.

No figura entre los galardonados Vladimir Nabokov y no parece que fuera por sus simpatías hacia el partido republicano, la CIA y Nixon ‘el tramposo’, sino porque su ‘Lolita’ era demasiado escandalosa para la Academia Sueca, es decir, por motivos extraliterarios. Ni, por la misma razón, D. H. Lawrence, “el de los coitos de Lady Chatterley’, como le llamaba Nabokov. Tampoco, aunque pudiera ser por ignorancia o por prejuicios nacionalistas, León Tolstói, que murió un 20 de noviembre de 1910. Hubo tiempo para su elección, ya que el primer Nobel de Literatura data de 1901 y se lo llevó el poeta francés, prácticamente olvidado, Sully Prudhomme, pero no su compatriota, Marcel Proust, que hace exactamente un siglo -el 10 de diciembre de 1919- fue impulsado a la excelencia literaria por ‘A la sombra de las muchachas en flor’, premiada con el Goncourt tras acaloradas discusiones del jurado. Tampoco recibió el Nobel el creador del más famoso escarabajo volador de la historia de la literatura, Franz Kafka; ni Musil ni Joyce ni tantos otros…

Lecturas.

Peter Handke, ‘Al final ya casi no se entiende nada’, en ‘Contra el sueño profundo’, Nórdica, 2017.

Críticas feroces: Nabokov contra Dostoievski

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Escritor mediocre, con destellos de excelente humor separados por desiertos de vulgaridad literaria” y cuyas obras son el producto de un hombre aquejado de una “neurosis agravada por sus desdichas”. Así presenta Nabokov a Fiódor Dostoievski en sus cursos de literatura rusa en el Wellesley College y en la Universidad de Cornell.

La repetición de palabras y frases, el acento obsesivo y el balbuceo, la banalidad, su elocuencia de charlatán y su adscripción al melodrama, sigue diciendo Nabokov, son elementos característicos del estilo de Dostoievski. Busca emocionar al lector y provocar su compasión, exagerando y sentimentalizando todo, incluso el paisaje, con la creación de “almas pobres, deformes, contrahechas”, monstruos extraídos de un catálogo de enfermedades mentales que van desde la demencia senil a la psicopatía, el alcoholismo y la epilepsia, cuyos síntomas están inspirados en un libro de 1846, ‘Psyque’, del alemán C.G. Carus.

Nabokov comienza el listado de los personajes gravemente afectados por enfermedades mentales con los epilépticos: el príncipe Mishkin, Smerdiakov, Kirilov y Nellie. Es sabido que el propio Dostoievski era epiléptico y, no sólo utilizó la descripción de esta enfermedad en sus criaturas, malas y buenas, jóvenes y ancianas, sino que consideraba la epilepsia como una enfermedad sagrada y los ataques como realizaciones de una experiencia total, conectados con las más secretas y centrales fuerzas de la vida; un don que permite conocer la esencia de la realidad y un medio para lograr la salvación a través del sufrimiento.

El príncipe Mishkin, el protagonista sensible y bondadoso de ‘El idiota’, sigue diciendo Nabokov, es un retrasado mental amenazado por una degeneración total del cerebro que, finalmente sufrirá “una recaída en su demencia” y regresará “a la clínica de Suiza de donde nunca debió salir”; un caso similar es el de Aliosha Karamazov, exponente del “desdichado amor de Dostoievski por el héroe bobo del folklore ruso” -tonto, astuto e inmoral- y a Smerdiákov, el hijo ilegítimo del viejo Karamazov, lo define como un megalómano y un cruel asesino de gatos. El general Ivolguin, de “El idiota”, presenta los síntomas iniciales de la demencia senil y una tendencia incoercible a la mentira compulsiva, complicados con un exceso de bebidas espirituosas. También hay un desfile ininterrumpido de psicópatas, en el que destacan Stavroguin, un caso de “insania moral”, y Raskólnikov, un ejemplo de “locura lúcida”, que comete el asesinato truculento de una prestamista y su hermana con un hacha.

Nabokov detesta el sentimentalismo melodramático y Dostoievski lo practica en grado superlativo. Para mostrar que el camino hacia Cristo es el del pecado y la transgresión seguido por el arrepentimiento, encarna en Raskolnikov, el protagonista de ‘Crimen y Castigo’, al pecador que logra redimirse con la lectura del Nuevo Testamento gracias a Sonia, la dulce prostituta. Nabokov transcribe lo que considera un jocoso párrafo que Dostoievski pretende hacer pasar por sublime: “La vela se estaba consumiendo, alumbrando vagamente en aquella mísera habitación al asesino y la prostituta que habían estado leyendo juntos el libro eterno”. La prostituta, la desgraciada, pero inocente y buena, se repite con diferentes nombres: es la Sonia de ‘Crimen y castigo’ y también la Nastasia de ‘El idiota’, redimida por el príncipe Mishkin como en una paráfrasis de Cristo y la mujer caída.

Muchos lectores y críticos consideran insufribles estos personajes femeninos y, sin embargo, en la época en que Dostoievski los creó eran muy atractivos y convincentes: la conmovedora prostituta que se vende para dar de comer a su familia pertenece a una corriente literaria que se inicia con la novela gótica y crea su propia cosmología en el melodrama del XIX con la ciudad industrial como paisaje. Es un mundo de héroes y de demonios, de doncellas que se debaten entre la humillación y el sufrimiento, de callejones vislumbrados a través de la niebla, de alcantarillas y hombres del subsuelo. No son una creación exclusiva del escritor ruso ni consecuencia de sus supuestas patologías, pero estos personajes tan melodramáticos no han podido superar un siglo XX, más descreído y menos sentimental que el anterior.

Nabokov también detesta la novela de ideas y detecta en la obra de Dostoievski muchas generalidades, con las que puede o no estar de acuerdo pero que le sobran en lo que debe ser una obra literaria maestra. Por ejemplo, Raskolnikov asesina a la prestamista para salvar a su hermana de un matrimonio no deseado pero, sobre todo, para demostrarse a sí mismo que no es un hombre vulgar y que para él no existe las leyes morales que atan al resto de los seres humanos. Dostoievski presenta las acciones de este asesino como la consecuencia de la propagación en Rusia de las ideas materialistas occidentales que consiguen convertir en un monstruo a un buen chico.

En el curso sobre literatura rusa, Nabokov contrapone la mediocridad de Dostoievski a la excelsitud de Tolstói. El filósofo ruso Berdiaev escribió que “sería posible establecer dos modelos, dos tipos de almas humanas: las que se inclinan hacia el espíritu de Tolstói y las que se inclinan hacia el de Dostoievski”. Ambas representan dos conceptos fundamentales y contrapuestos de la existencia: la luminosidad y el patetismo dramático. No obstante, ambos escritores están inmersos en mitologías religiosas, aunque sus respuestas fueran irreconciliables. Tolstói recurre, como Dostoievski, a la exposición de ideas en sus obras, pero Nabokov le perdona casi todo y, aunque reconoce que sus “irrupciones publicistas son ilegibles”, como sucede en ‘Guerra y paz’, y detesta sus últimas obras – “Resurrección” y “Sonata a Kreutzer”- le disculpa porque considera que su ideología era vaga y borrosa y queda eclipsada por su genio narrativo. Pero esta simpatía pudiera deberse también a que Tolstói, a quien conoció en la mansión de sus padres cuando era niño y que le acarició afectuosamente el pelo, era ‘uno de los nuestros’; tal vez porque la Rusia que describe en sus obras es la idea perfecta de la patria perdida de Nabokov y también porque coincide con él en que el concepto de lo estético está ligado al gusto aristocrático y muy alejado del “sentimentalismo falso” de Dostoievski.

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La antipatía que siente Nabokov por Dostoievski va más allá de su obra. Representa lo que no le gusta, lo que él no es o lo que no quiere ser: un pobre epiléptico, un farsante, un jugador y un comediante chapucero. Incluso en sus comentarios sobre Fiodor trasciende una especie de desagrado físico. En ‘Opiniones contundentes’, una colección de más de cuarenta entrevistas, Nabokov, instigado por sus entrevistadores, se empeña en denostar a su compatriota de manera más visceral que en los apuntes de sus clases de literatura rusa, pero tampoco se muestra muy amable con otras figuras literarias que, simplemente, no son de su agrado. Así, llama “asno” a Thomas Mann y de Conrad dice que su estilo es de “tienda de recuerdos, de barcos embotellados y de collares de caracoles”; D. H. Lawrence es un escritor “execrable” y no entiende cómo puede considerarse buena literatura la descripción de los coitos de Lady Chaterley; “Doctor Zhivago es melodramática y está mal escrita” y Faulkner hace “crónicas con barbas de maíz”. Pero la peor crítica se la lleva ‘Don Quijote’, una novela “tosca y cruel”.

Leyendo esta retahíla de diatribas puede cundir la sospecha de que forman parte de una estrategia comunicacional para construir una imagen: la de un autor indiferente al éxito, sólo preocupado por el descubrimiento de nuevos ejemplares de mariposas, tan extraordinariamente inteligente que sólo piensa en imágenes y en jugadas de ajedrez inéditas y además, como no le importan las opiniones ajenas, se muestra absolutamente rompedor; parece encantarle “épater le bourgeois”. Sus respuestas en estas entrevistas no sólo están escritas por su puño y letra, sino también revisadas antes de su publicación, es decir, no son rabietas infantiles ni estallidos incontrolables de malhumor.

Vladimir Nabokov nació en San Petersburgo en 1899 en una familia de clase alta, recibió una educación esmerada con institutrices francesas e inglesas, estudió en Cambridge y en 1919 su familia se exilió a Berlín, donde tres años después su padre “fue muerto por dos asesinos fascistas”, según su relato en una entrevista, en la que detalla que su madre viuda subsistía con una pensión insuficiente, que se casó en 1925 y que él y su esposa Vera eran “ridículamente pobres”, vivían en “sombrías habitaciones” y que él enseñaba tenis e inglés; en 1930 emigraron a Francia y una década después a Estados Unidos. En 1944 murió su hermano Sergei en un campo de concentración alemán. Cuando se publicó ‘Lolita’ ya había escrito la mayoría de sus libros, pero esta novela le hizo rico y conocido, lo que le permitió dejar de dar clases y marcharse a vivir a Suiza. En ninguna de las entrevistas muestra una nostalgia enfermiza por su tierra natal ni por ninguna otra y elogia sin cesar a Estados Unidos, de manera que siembra cierta sospecha; es posible que, en el fondo considerara provinciana a la sociedad norteamericana.

Este desprecio a la vulgaridad y a los clichés se pone de manifiesto cuando Nabokov utiliza el término ruso póshlost, que significa “barato, falso, pretencioso, mediocre, grosero y obsceno”, en el que incluye todo lo que le incomoda, desde el simbolismo freudiano a los mensajes humanistas, desde las alegorías periodísticas y la generalidades a la música suave en los lugares públicos. Pero sobre todo, el póshlost -y aquí hay un gran paralelismo con el término kitsch– es la imitación barata, los falsos sentimientos y la exageración melodramática y así define a Dostoievski. Reconoce que tuvo una vida muy dura, incluso folletinesca: el asesinato de su padre a manos de un cochero, el simulacro de fusilamiento al que fue sometido y luego su reclusión en Siberia durante cuatro años; su ludopatía y la constante necesidad de dinero para atender a su familia y a la de su hermano fallecido.

Todo esto justifica una inestabilidad psíquica pero Nabokov preferiría cierta contención, quizá como la que él practica en sus entrevistas, en las que se nos presenta como un escritor distinguido y alejado de pasiones vulgares, de gestos melodramáticos y de envidias o rencores. Sólo le interesa, en su literatura, “componer acertijos con soluciones elegantes”, como en una partida de ajedrez, y el estudio de los lepidópteros. Está por encima de los mortales; rechaza el simbolismo y la interpretación; se niega a que sus obras sean explicadas en cualquier tipo de clave y, con insistencia, en alguna que pueda aproximarle a Dostoievski. Pero el lector es libre y soberano.

Hay límites en la interpretación pero las grandes novelas, y ‘Lolita’ es una de ellas, admiten muchas lecturas. Una de ellas es de Vargas Llosa, que llama la atención sobre Clare Quilty, el personaje más inquietante de la confesión de Humbert Humbert: es libertino y drogadicto; comparte su pasión por las nínfulas y la literatura y sabe tanto de Lolita como el propio padrastro, de manera que consigue llevársela del hospital donde había sido ingresada. Quilty da un giro inesperado a la novela e introduce un tema dostoievskiano: el doble. Puede que H.H. y Quilty no sean dos personas, sino una sola, de manera que Nabokov habría creado un personaje afectado por una enfermedad mental, la esquizofrenia, un enfermo como los que pueblan el mundo de Dotoievski, quien también contempló en muchas ocasiones y como nota dominante (sobre todo en ‘Pobres gentes’ y en ‘Humillados y ofendidos’) la persecución erótica y sádica de los niños, cuyo tormento era el símbolo de la acción imparable del mal contra la pureza.

El doble y los personajes neuróticos son los aspectos que más detesta Nabokov en Dostoievski, pero es en el tratamiento de Lolita’, donde se puede apreciar el abismo que separa a ambos escritores. En esta novela, su autor no se permite ni un solo atisbo de sentimentalismo que conmueva al lector; ni siquiera de empatía, ni con Humbert Humbert ni con ningún otro personaje y apenas con la víctima, la niña desamparada y vulnerable raptada por un psicópata. En el epílogo que siempre acompaña a ‘Lolita’ desde que estalló el escándalo por su publicación, Nabokov deja claro que su intención no es moralizante, que el relato no es didáctico, como no lo es ninguno de los suyos, y que su única pretensión es el placer estético, es decir, “la sensación de que algo, en algún lugar, relacionado con otros estados de ser en que el arte (curiosidad, ternura, bondad, éxtasis) es la norma”.

Lecturas

-Vladimir Nabokov, Curso de literatura rusa, Ediciones B, 1997

-Vladimir Nabokov, Opiniones contundentes, Taurus, 1999

-George Steiner, Tolstói o Dostoievski, Siruela, 2002

Críticas feroces: Tolstói contra Shakespeare

León-TolstóiHacia 1903, fecha en que publicó el ataque más demoledor que hubiera sufrido William Shakespeare, un casi octogenario León Tolstói había decidido hacía más de veinte años apartarse de su obra literaria y promocionar una doctrina social y religiosa próxima a un ascetismo más apocalíptico que reformista y convertirse en un pensador mediocre y en un moralista pedestre por muy buenas intenciones que le animaran.

Con su descuidada y larga barba blanca, su rostro de ogro gruñón, vestido como un campesino y acompañado por su médico y su hija menor, Alexandra, la única que le fue leal hasta el final, murió siete años después en una estación de ferrocarril cuando se dirigía a un monasterio después de un último desencuentro con su familia. Como si fuera un juego del destino, Tolstói representó en sus últimos años y en su muerte un papel que se corresponde con el del rey Lear, objeto central de sus críticas a Shakespeare y cuya tragedia tan erróneamente interpretó.

Tolstói comienza su Shakespeare y el drama” diciendo que a lo largo de su vida el escritor inglés siempre le ha producido una “repulsión y un tedio irresistibles”; que ha leído sus obras en ruso, en inglés y en alemán y siempre con el mismo resultado; que habiendo vuelto a releer sus obras completas, ya con 75 años, experimentó más de lo mismo y reafirmó su convicción de que no era ningún genio, sino un autor del montón, incapaz de perfilar personajes o de hacer que las palabras y las acciones surjan con naturalidad, que su lenguaje es exagerado y ridículo y, sobre todo, que sus opiniones son “bajas e inmorales”.

A la objeción de cómo entonces llegó Shakespeare a ser tan admirado, Tolstói replica que el fervor hacia su obra es algo parecido a la fe religiosa, que ocurre con ellas como el ímpetu epidémico de las cruzadas, el cultivo de tulipanes en Holanda o las teorías de Darwin, modas que vienen y van. Sus obras siguen siendo admiradas porque “correspondían a la mentalidad irreligiosa e inmoral de las clases superiores de su tiempo y del nuestro”. Y añade que su fama comenzó por culpa de unos profesores alemanes de finales del XVIII, que decidieron ensalzarlo porque no había dramas alemanes que valieran la pena.

Para ejemplificar su diatriba, Tolstói analiza precisamente “El rey Lear”, obra que encuentra estúpida, ininteligible, ampulosa, vulgar, repleta de sucesos increíbles y delirios salvajes, además de anacronismos y obscenidades. La historia del rey y de sus tres hijas formaba parte de la tradición popular inglesa y Shakespeare la transformó en una tragedia en la que se habla del poder, de la ingratitud, del amor familiar y de la traición. Lear, rey de Bretaña, desea ceder las tareas de gobierno a sus tres hijas y les pregunta a cada una de ellas hasta qué punto le aman: Goneril y Regan se deshacen en retórica amorosa pero Cordelia le dice que siente hacia él lo que le exige el deber. Lear, enfadado, la deshereda y Goneril y Regan, una vez conseguido el poder, faltan no sólo a la piedad filial sino a los pactos acordados con su padre, lo acusan de traidor y lo abandonan a su suerte de manera que Lear, convertido en un mísero vagabundo y sabiendo que se ha equivocado intenta suicidarse y, finalmente, pierde la razón.

Lear

George Orwell, en un artículo publicado en 1947 en la revista británica ‘Polemic’, reconoce que los argumentos de Tolstói contra Shakespeare no pueden rebatirse porque utiliza términos muy genéricos y porque su crítica es eminentemente moral y no estética. Para empezar, el examen que hace de “El rey Lear” es un ejercicio de mala interpretación. Dice que Lear no tiene necesidad ni motivo alguno para abdicar cuando ya en la primera escena afirma que se siente viejo y desea retirarse del gobierno del reino. No ve razón a la presencia del bufón, que es determinante, y sigue equivocándose en sus consideraciones sobre sobre personajes y hechos de la tragedia shakesperiana.

Las razones de su vitriólico ataque, advierte Orwell, pudieran ser el resultado de un sentimiento de repulsión por la semejanza entre la historia de Lear y la suya propia. El rey renuncia a su trono pero espera que todo el mundo siga tratándole como a un monarca y en el momento en que descubre que ya no consigue que la gente le obedezca como antes, cae en un estado de furia que Tolstói considera antinatural, pero que casa perfectamente con el personaje. Y también con el escritor ruso que, según su biógrafo Derrick Leon, tenía un carácter explosivo e intolerante y que, ante la menor provocación, sufría el deseo irreprimible de abofetear a quienes no estuvieran de acuerdo con él. Y de ese temperamento, dice Orwell, uno no se libra por mucha conversión religiosa que experimente.

Hay un parecido general entre Lear y Tolstoi que difícilmente se puede pasar por alto: ambos se prestan a una enorme y gratuita renuncia. Lear abdicó y el escritor ruso renunció a sus bienes, a su título y a sus derechos de autor para llevar una vida de campesino. A su juicio, un hombre sólo podía hacer una cosa: trabajar la tierra con sus manos y vivir en el campo. Todo lo demás es inmoral y pernicioso porque fomenta la desigualdad y por lo tanto la infelicidad. Las posesiones, pero también su uso y disfrute, la erudición, el placer y la higiene personal nos hacen desgraciados. Igual que Lear, Tolstói actuó por motivos erróneos y no obtuvo los resultados que esperaba: quería ser feliz cumpliendo la voluntad de Dios, desprenderse de todo placer y ambición terrenales, pero no consiguió la felicidad, sino todo lo contrario.

Hay dos lecturas de Lear: una moraleja vulgar que se puede resumir en que despojarse del poder es una invitación a ser atacado. Pero otra, no explícita, viene a señalar que si regalas tu patrimonio o tu poder para obtener de forma indirecta un beneficio, que sería la felicidad, no lo vas a conseguir. Se puede favorecer a los demás pero no para sentirse bien, sino para que ellos se sientan mejor. “Lear” no es un sermón a favor del altruismo sino una guía sobre las consecuencias de practicar la abnegación por motivos egoístas.

En lo que ya no está de acuerdo G. Steiner es en que el panfleto de Tolstoi se sitúe en el marco de una disputa entre las actitudes religiosa y humanista ante la vida. Según Orwell, Shakespeare parte del supuesto humanista de que la vida, aunque penosa, vale la pena; duda de que el sentimiento de tragedia sea compatible con la creencia en Dios y cree que lo que más le molesta a Tolstói es que el poeta inglés halle tanto placer en el proceso real de la vida: “su reacción es la de un viejo irritable que es importunado por un niño ruidoso”. Pero Tolstoi “sabe que se pierde algo” y, como no logra disfrutar con las obras de Shakespeare, intenta privar a otros de un placer que él no puede compartir.

G. Steiner cree que Tolstói se negó a separar al artista de la creación y a ésta de la intención y condenó las obras de Shakespeare porque son “moralmente neutrales”. De lo que trata el escritor ruso en sus acusaciones incendiarias es de sus propias doctrinas en su edad madura y su opinión acerca de sus propias obras, de las que posiblemente abjurara y llegara a pensar que eran impías.

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En su afán de exponer su doctrina y popularizarla, creyó que el teatro era un medio más fácil, frente a la novela, un género mucho más intelectual y que exigía más dedicación y esfuerzo para quienes no habían recibido una formación. “El poder de las tinieblas” es un drama escrito por Tolstói cuando rondaba los sesenta años, en pleno debate interior sobre el arte y la moral. Su tema son los campesinos rusos: su bestialidad producto de su ignorancia y su desvalimiento. Zola, que impulsó su representación en París en 1886, dijo de esta obra que demostraba que el realismo social podía trasladarse a la escena.

Tolstói la representó ante los campesinos de su hacienda pero ellos no se sintieron en absoluto partícipes de la historia ni representados en ella. No obstante, siguió defendiendo que el teatro tenía una función religiosa y didáctica y que Shakespeare, con sus ideas inmorales, lo había corrompido. Y lo peor, aunque no lo reconociera nunca, es que lo había hecho con una brillantez inédita e irrepetible. Y cuanto más devoción tuviera la gente por el dramaturgo inglés, menos lugar tendría para sus doctrinas.

Tolstói era muy consciente de lo que ocurría a su alrededor y también de los motivos que le llevaban a hacer una u otra cosa. Señala Orwell que su pretensión no era mejorar la vida terrena, sino de ponerle fin y sustituirla por algo diferente, y que renunció a la riqueza y a la violencia, pero no abjuró del principio de coerción que conlleva todo movimiento reformista totalitario. Credos como el pacifismo y el anarquismo que, en una visión superficial, parecen implicar una completa renuncia al poder, en realidad alientan el hábito de acosar a los demás para que piensen igual que uno.

Tolstói lo sabía perfectamente y en su drama inacabado “La luz que brilla en las tinieblas” expuso ante el público, recuerda Steiner, el fracaso de sus más sagradas ideas. Sárintsev, el protagonista, destruye su propia vida y la de su familia al tratar de realizar el programa de cristianismo anarquista tolstoiano. La princesa Cheremshánova le pide que disuada a su hijo de seguir la idea pacifista, por la que será enviado a un batallón disciplinario, pero él se niega porque no puede oponerse a la voluntad de Dios. La princesa lo mata y Sarintsev en sus últimos momentos de vida llega a dudar de si realmente era la voz de Dios la que oía y le impulsaba. Tolstói acaba reconociendo las trágicas consecuencias que puede inspirar quien, por ceguera, egoísmo y crueldad, pretende impone su verdad de profeta.

Orwell finaliza su réplica a Tolstói con la prueba más evidente de su fracaso: en 1947, cuarenta años después de la publicación de su ataque, Shakespeare sigue ahí, “completamente incólume” y del demoledor ataque de Tolstói sólo queda un panfleto que nadie ha leído y que se habría olvidado si no hubiera sido escrito por el autor de “Guerra y paz” y “Anna Karenina”.

Lecturas

– León Tólstoi, “Shakespeare y el drama”, publicado en 1903 como introducción a “Shakespeare y la clase trabajadora”, de Ernest Crosby

– George Orwell, “Lear, Tolstói y el bufón”, publicado en el número 7 de la revista Polemic, marzo de 1947, y recuperado en “Ensayos”, Penguin Random House, 2013.

– George Steiner, “Tolstói o Dostoievski”, Editorial Siruela, 2003.

“Isabel y Essex”, una historia perdurable, de Lytton Strachey

IsabelLa reina virgen y el favorito impaciente’ podría ser el título del interesante retrato de personajes que dibuja Lytton Strachey en “Isabel y Essex”, aunque es ella, esa reina de extraño rostro, de exagerados ropajes, de llamativas pelucas, de imposibles maquillajes, la que representa en sí misma toda su época, tan contradictoria, tan barroca, tan esperpéntica.

Los últimos años del rey Enrique VIII fueron ingratos por sus enfermedades y sus excesos y porque dilapidó en suntuosos palacios y absurdas empresas extranjeras. Su sucesora, María la Sanguinaria, se comportó como una reina católica, contumaz e integrista. La llegada de Isabel constituyó un alivio e inició una época dorada, sobre todo a partir de la derrota de la Armada española en 1588, que pone fin al periodo de preparación que hizo de Inglaterra una nación cohesionada y autónoma, al fin, respecto al continente. Es cierto que Felipe II, “la araña de El Escorial”, como lo llama Lytton Strachey, sigue tejiendo sus tramas de espionaje en la propia corte isabelina, y de rebelión en Irlanda, pero Inglaterra es fuerte e Isabel no se deja avasallar aunque a veces aparente ser frágil y voluble.

Lo que podrían considerarse sus defectos fueron los que la hicieron invencible. Su resistencia al derroche le hacía detestar la guerra por el mejor de todos los motivos: por ser un despilfarro inútil. A ello se unía una imposibilidad casi física para adoptar una determinación firme sobre cualquier asunto. Y si la tomaba procedía en el acto a contradecirla violentamente y después a contradecir su contradicción aún con más ímpetu. El resultado fue un reinado benévolo, en comparación con otros anteriores, y pacífico, excepto por algunas aventuras bélicas que no perturbaron demasiado a sus súbditos.

Tras la derrota española, aparecen en escena nuevos favoritos de la reina: Essex y Raleigh -jóvenes, audaces y brillantes- que sustituyen a los anteriores, al propio Leicester, padrastro del primero. Y se profundizan las contradicciones de la época: la ingenuidad poética de John Donne, el intelectualismo maquiavélico de Francis Bacon, la moral puritana de los nuevos protestantes y el cinismo encarnado en las obras teatrales. Y a todo eso se une el esplendor y la barbarie. Se asistía con el mismo espíritu de diversión a las representaciones de las obras de Marlowe y de Shakespeare y a los espectáculos sangrientos en los que un oso atado a una cadena era atacado por una traílla de perros. La reina amaba estos espectáculos y así parece indicarlo una noticia en la que se dice que ella misma “asignó” los jueves como día para poner trampas a los osos y decretó que “hacer obras teatrales en ese día supone un gran perjuicio para éste y otros pasatiempos que se mantienen para placer de Su Majestad” (1565).

Los mismos espectadores podían pasar de la contemplación de una pelea de gallos al tormento de un oso, incluso en el local en el que el día anterior se había levantado un escenario en el que se representaban dramas y comedias y al siguiente se había sustituido por un foso circular. La reina se parecía mucho a estos londinenses: juraba, escupía, daba puñetazos cuando se enfadaba y prorrumpía en carcajadas cuanto estaba contenta. Era ruda, de ademanes plebeyos, aficionada a la caza y, al mismo tiempo, una refinada dama del Renacimiento, que dominaba seis lenguas, además de la propia, “notable calígrafa y música excelente, experta en pintura y poesía” y maestra en el dominio del lenguaje. “Danzaba al gusto florentino con distinción suprema”; poseía un agudo sentido del humor y fue “uno de los primeros diplomáticos de la historia”. En sus ratos libres traducía a Horacio.

Fueron muchos sus amantes y es dudoso que alguno se negara a formar parte de su corte de favoritos. No sólo era atractiva, sino que además poseía un irresistible encanto y, evidentemente, el glamour que otorga el poder. Bajo las ceñidas complicaciones de su atavío -el pomposo guardainfante, la gorguera rígida, las mangas hinchadas, las profusas perlas, los dorados cendales ampulosos-, la forma femenina se esfumaba y en su lugar veían los hombres una imagen -magnífica, portentosa, artificio por ella misma creado-, una imagen de la realeza que como por milagro, además, estaba viva.

La naturaleza, sigue diciendo su biógrafo, la había dotado de una capacidad de amar incoercible y a veces se mostraba de forma escandalosa”. Le gustaban mucho los hombres. El primero tal vez fuera Leicester, “que no tenía otras prendas que su viril belleza”. Le siguieron “el suntuoso Hafton, el apuesto Heneage, el brillante Da Vere, el mancebo Blunt…” A todos los amaba.

Llegó el aventurero Walter Raleigh y a éste le sucedió Robert Devereux, conde de Essex, descendiente de todas las grandes casas de la Inglaterra medieval. Se conocieron cuando él apenas estaba en los comienzos de la veintena y ella superaba los cincuenta. Acerca de su auténtica relación sólo podemos especular. Ciertamente se enviaban incendiarias cartas de pasión, se juraban amor eterno, eran el uno para el otro y no podían separarse. Pero él estaba casado y ella, posiblemente, seguía siendo virgen. Una más de las contradicciones de la época: amor cortesano, amor galante, amor platónico.

Lytton Strachey da por hecho que la organización sexual de Isabel sufría una seria desviación debido a que su vida emotiva estuvo desde los comienzos sujeta a extraordinarias tensiones: cuando tenía dos años y ocho meses, su padre hizo cortar la cabeza a su madre, Ana Bolena; fue tan requerida como abandonada y podía pasar de la noche a la mañana de heredera del trono de Inglaterra a bastarda proscrita y viceversa; y cuando tenía quince años un equívoco sexual y dinástico dio con la cabeza de su pretendiente, el almirante Thomas Seymour, viudo de su madrastra, en el hacha del verdugo. De nuevo la muerte a su alrededor.

El dramaturgo Ben Jonson afirmó que Isabel “tenía una membrana que le hacía incapaz de conocer varón, si bien probaba a muchos para su deleite”, pero esta frase no era más que un dicho libertino. El embajador español informó a Felipe II de que Isabel no podía tener hijos y que por eso no quería casarse, ya que hubiera perdido el poder sin obtener ventaja alguna. Puede que además tuviera una repugnancia imposible de superar hacia el acto de la cópula, como resultado de las profundas alteraciones psicológicas sufridas en su niñez.

Cerca ya de la vejez no menguaron sus excitaciones emotivas”, sino que se acentuaron. Sus rasgos, hermosos en otros tiempos, se volvieron grotescos. Presumía de encantos y si “antes se contentaba con devotos homenajes de sus coetáneos, ya vieja requería de los jóvenes pasión sentimental. Los asuntos del Estado caminaban entre un fandango de suspiros, éxtasis y protestas amorosas. Su clarividencia sobre la realidad se hacía miope al volver los ojos hacia dentro. Era una reina llena de sabiduría, y al mismo tiempo obsesionada por su disparatada vanidad”.

Este universo fantástico en el que se movía fue destruido cuando Essex, su príncipe azul, su galán, conspiró contra ella. Se repetían las discusiones y las posteriores reconciliaciones, pero una vez Devereux sobrepasó un límite peligroso: en una reunión del Consejo se atrevió a insultarla y echó mano a la espada. Su misión en Irlanda podría haberle redimido pero constituyó un fracaso personal. Su carácter violento y prepotente, su desequilibrio emocional y su incompetencia le arrebataron la confianza de la reina. No se le renovó la concesión del monopolio de los vinos dulces y sólo le esperaba la ruina. Quería volver a conseguir el favor de Isabel, decía, aunque también se le oyó bramar que él, como heredero de la vieja aristocracia de Inglaterra, no tenía por qué inclinarse “ante la descendencia del oscuro mayorazgo de un obispo galés”. Pero lo que la reina no pudo perdonar fueron unas palabras que llegaron a sus oídos: “Su disposición es tan torcida como su facha”.

Isabel creyó, mientras deliberaba a solas sobre la concesión de un indulto, que nunca podría volver a confiar en él, que su adoración era falsa, que había vivido en el engaño. “Prefería no mirarse en el espejo, no era necesario. Sin mirarse se daba cuenta de lo que había sucedido: era una mísera vieja de sesenta y siete años. Su tremenda vanidad, ciudadela de su novelería reprimida, se derrumbó con estrépito”. El juicio por alta traición se fijó para el 19 de febrero y la ejecución para el 25. Essex no apeló.

Lytton Strachey
Lytton Strachey

Un retrato psicológico de Isabel de Inglaterra

Virginia Woolf hace referencia en un artículo a la contribución de Lytton Strachey a la historia de la biografía con sus tres libros: “Victorianos eminentes”, “La reina Victoria” e “Isabel y Essex”. El primero, dice, suscitó tanto la ira como el interés pero eran textos breves dotados de un énfasis propio de una caricatura. Más ambicioso fue en los dos libros siguientes, muy distintos entre sí. En la biografía de la reina Victoria, Lytton Strachey, dice Woolf, aceptó las limitaciones del género, en tanto que en las de Isabel y Essex se empeñó en tratar el asunto como un arte. La reina Victoria aparece como un personaje sólido, real y palpable en tanto que Isabel carece de definición.

Woolf reconoce que de Isabel poseía menos datos, acaso una “historia trágica” apenas desvelada de las relaciones entre la reina y el conde, lo que propició la libertad de invención.

El libro de Lytton Srachey no es una biografía en el sentido estricto. Tiene mucho de especulación sobre los rasgos de carácter de unas personas que vivieron hace quinientos años en una época de la que sí se tienen referencias, y mucho de interpretación acerca de los sentimientos que generan unos hechos, de los que sí hay constancia. Pero tampoco es un relato histórico inventado y ni siquiera una historia novelada, género que se ha prodigado, con mayor o menor acierto, en tiempos recientes. Se trata de una interiorización de personajes, una apuesta sobre determinados comportamientos y enigmas que ni siquiera el biografiado sabría dar razón de ellos si tuviera oportunidad de hacerlo.

El personaje recreado, aunque histórico, vive en un mundo que pertenece al autor y, como toda ficción queda fijado para siempre en ese universo a medias ficticio. Da lo mismo que ahora se descubra de forma fehaciente que la reina Isabel tuvo un hijo oculto de Leicester o que los rumores son totalmente infundados porque no cambia a la Isabel de Strachey, que seguirá siendo la misma y no un personaje efímero como puede serlo el protagonista de una biografía académica. La misma Virginia Woolf reconoce que Falstaff vivirá más que el doctor Johnson porque la ficción es perdurable.

“Shakespeare y la ballena blanca”, de Jon Bilbao

JON BILBAO cuadrada

La ausencia de viento mantiene inmovilizado al ‘Nimrod’, un galeón de la Armada inglesa curtido en mil batallas, que esta vez en aras de la diplomacia y las buenas relaciones transporta pasajeros y regalos a Cristian V, rey de Dinamarca, de parte de la reina Isabel de Inglaterra. En la delegación figuran William Shakespeare y una compañía de cómicos ambulantes contratada para representar ‘Romeo y Julieta’ y ‘El sueño de una noche de verano’ ante la corte danesa; ‘Hamlet’ no se consideró oportuno.

Las nubes cubren el cielo sin dejar ningún resquicio y el galeón continua varado en un mar calmo y verdoso, fuera del tiempo, cuando una ballena blanca y gigantesca aparece en el horizonte, se les acerca, les amenaza e incluso llega a golpear el barco con su enorme cabeza. Tumbado en su camarote, William Shakespeare imagina y poco a poco surge en su mente una obra de teatro que tendrá como protagonista al capitán de un ballenero, sediento de venganza, en lucha contra un leviatán perverso y consciente.

Jon Bilbao propone un juego en la novela que lleva un explícito título, ‘Shakespeare y la ballena blanca’: que el dramaturgo inglés hubiera creado a Moby Dick y al capitán Ahab, más de doscientos años antes de que lo hiciera Melville. La idea va madurando en la cabeza de Shakespeare a medida que el galeón sigue varado en medio del mar con la compañía intermitente y amenazadora del monstruo marino, y va recreando paulatinamente la imagen de una ballena de noventa pies, de espalda arrugada, salpicada de manchas y erizada por infinidad de arpones, que arrastraba clavados en su espalda tres cadáveres “pálidos e hinchados, que oscilaban como muñecos de trapo”.

Shakespeare se plantea las limitaciones del teatro para contar esta historia o cualquier otra que contenga elementos grandiosos, como una batalla o los portentos de la naturaleza. Bilbao, con clara actitud pedagógica, aprovecha para contarnos cómo eran los teatros en el siglo XVI, en concreto ‘El Globo’, cómo se comportaba el público que asistía a los espectáculos que ofrecía Londres y la poca estimación que encontraban los actores, considerados más o menos como mendigos. Todos los datos que maneja el autor son sumamente interesantes pero lastran la novela como tal; a veces se asemeja más a un ensayo que a un juego de ficción.

La rebelión del conde de Essex

El teatro en esta época era un espectáculo de consumo para todo el que pudiera pagar el poco dinero que costaba una entrada y, por ese precio, se creían con el derecho de insultar a los actores si la obra no era de su agrado. Pero también el teatro era el cauce por el que podían expresarse críticas al poder, aunque la mayoría de dramaturgos, incluido Shakespeare, se cuidase de hacerlo, por razones obvias. En ese año de 1601 se produjo la rebelión del que había sido uno de los favoritos de la reina Isabel, Robert Devereux, segundo conde de Essex. En la víspera de la conspiración, el 7 de febrero, Sir Gilly Merrich, uno de los seguidores del conde, contrató a los comediantes de Southwark para que representaran esa misma tarde ‘Ricardo II”, una antigua obra de Shakespeare sobre el rey que perdió su trono y la vida por hacer caso a sus siniestros consejeros y que podía presentar cierto paralelismo con la reina Isabel y sus asesores capitaneados por Robert Cecil.

Esta obra de Shakespeare, una reflexión sobre la toma del poder que finaliza con el asesino del rey reconociendo con dolor su crimen, con culpa pero sin arrepentimiento, podría considerarse como una simbólica amenaza a la reina o el aviso del comienzo de la rebelión a los conspiradores. Al día siguiente, Essex puso en marcha su plan de capturar a la reina y proclamar a Jacobo VI de Escocia como rey de Inglaterra. El plan no tuvo ningún éxito y el conde fue declarado traidor y condenado a muerte.

No era la primera vez que la historia de la derrota y derrocamiento de Ricardo II por Enrique IV hacía entrar en sospechas a la reina y a su entorno y tal vez por eso mismo la eligieron los conspiradores. Dos años antes, en 1599, después del dramático y peligroso incidente en la corte, en el que Essex insultó a Isabel y llegó a echar mano a la espada, cayó en manos de la reina una historia sobre aquellos sucesos, ‘Primera parte de la vida y reinado del rey Enrique IV’, con una dedicatoria en latín del autor, el historiador Johh Hayward, dirigida a Robert Devereux, conde de Essex y de Ewe, además de otra sucesión de títulos igual de sonoros, y que podría entenderse como una incitación a la traición. Hayward fue encerrado en la Torre, donde permaneció hasta la muerte de Isabel. El presunto no radicaba en la obra sino en la dedicatoria y por eso no hubo ninguna represalia contra la compañía de teatro que interpretó la tragedia ni contra Shakespeare, su autor, aunque sí se tuvo en cuenta el momento en que se hizo para tomar precauciones.

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El capitán Ahab

La ballena desempeñaría un papel crucial en la obra que imagina Shakespeare de camino a Dinamarca, pero no podría ser la protagonista. Sí lo sería el capitán del ballenero, un personaje que poco a poco va adquiriendo las características del Ahab de Melville: la pierna devorada por Moby Dick en un enfrentamiento lejano que marcaría la relación entre ambos y la artificial tallada a partir de una mandíbula de cachalote, un hueso de marfil, cuyo extremo introducía el capitán en un agujero taladrado a ese fin en el alcázar de la nave; la cicatriz blanquecina que surcaba su rostro y el brillo del fanatismo en la mirada de quien cree que su vida y la de los demás están al servicio de una única y sacrosanta causa.

El Shakespeare de Bilbao no encuentra en el capitán del ‘Nimrod’, de personalidad poco impresionante y aquejado de reumatismo, la figura de Ahab. Pretende que sea una versión de su amigo y compañero de viaje Henry Wriothesley, tercer conde de Southampton, un soñador de glorias militares y literarias y un libertino para la reina Isabel porque cortejó a una de sus damas y se casó con ella sin permiso, con lo que ambos acabaron en la Torre de Londres durante un tiempo. Fue también uno de los mejores amigos de Essex y con él conspiró, aunque quedó libre del cargo de traición, además de mecenas de Shakespeare y quizá su amante, según se dice, a partir de unas siglas que encabezan los Sonetos. Al final será Colhoun, un marinero alcoholizado y siniestro, quien se enfrentará a la ballena.

El auténtico Wriothesley murió, no en 1601 en una travesía a Dinamarca, sino en 1624 en los Países Bajos, pero Bilbao le obliga a desaparecer de escena de forma tristemente ridícula: cae al agua justo en el momento solemne en el que se dispone a pronunciar sus sentidas palabras de despedida, deber y gloria en pentámetros yámbicos, antes de partir a la caza de la ballena blanca. No se merecía ser Ahab.

Ahab, americano hasta la médula

Es cierto que el capitán Ahab muestra afinidades con el rey Lear e incluso con Macbeth, pero Shakespeare, que creó personajes coléricos, recalcitrantes y amargados, no los eleva de la tierra sino que los deja a merced de pasiones mundanas. Ninguno de ellos realizaría un “viaje teológico” tras una “ballena metafísica” como el capitán del ‘Pequod’, que se convertirá en el precursor de todos los personajes literarios de los Estados Unidos que emprenden una búsqueda, sea cual sea.

Moby Dick’ es una novela nítidamente americana en la que se confunden los textos bíblicos y el cristianismo puritano que caracterizó el nacimiento de esta nación. Para crear una figura de la índole de Ahab se precisa de una tradición diferente, aunque se le reconozca una influencia decisiva de Shakespeare. Harold Bloom nos recuerda que Melville estaba imbuido por la religión, como tantos otros norteamericanos, pero no de la creencias de sus padres, sino de una forma de maniqueísmo que tendía a identificarse con la antigua herejía gnóstica defensora de la existencia de un Dios impostor y otro verdadero pero exiliado del mundo. Resulta interesante la inclusión en ‘Moby Dick’ del doble sombrío de Ahab, Fedalá, embarcado con su grupo de parsis seguidores del zoroastrismo y capitán de su propia barca ballenera.

De Shakespeare sabemos muy poco: que nació en Stratford, que se casó sin querer hacerlo y que tuvo un pleito por unas acciones. Poco más, ya que ni siquiera es seguro que viajara a Italia con Southampton y allí idease las obras que transcurren en Venecia y en Verona ni que hubiera vivido algún episodio digno de ser recordado. Nada que ver con sus dos coetáneos y colegas, Marlowe y Jonson. El primero, espía y homosexual, de vida breve pero intensa, murió apuñalado en una taberna, y el segundo visitó la cárcel en algunas ocasiones debido a su soberbia y su carácter excesivo.

Existe una tradición biográfica que dice de Shakespeare que era una persona amigable, abierta, buena, amable, campechana, modesta y con preocupaciones de caballero rural. En sus obras no hay ni teología ni metafísica ni ética y tampoco ideas políticas, pese a sus tragedias históricas. Tolstoi le recriminó su inmoralidad y su falta de límites religiosos y morales, la ausencia en sus obras de lo que algunos críticos, como George Steiner, llaman paradigma moral o “funciones de la verdad”.

Shakespeare retrata personajes que parecen auténticos porque tienen una lógica interna poderosa, son consistentes, aunque sean sueños; en absoluto encarnan el mal absoluto ni tampoco pretenden salvar al mundo. Edmund ha sido considerado el primer nihilista de la literatura y el rey Lear es un anciano afligido e irascible, tal vez su personaje más apasionado, pero no es Ahab, aunque presente algún rasgo reconocible. Su contrapunto, Falstaff, es un hedonista, un borrachín ingenioso y burlón que disfruta cuanto puede de la vida y resta importancia a todo lo demás; posiblemente su mejor creación. Nada que ver con el capitán del ‘Pequod’, un monomaníaco en lucha permanente contra el Mal, de trascendencia bíblica en su lenguaje y en sus acciones, al que no le importa la destrucción del mundo entero si con ello cumple su venganza.

Nota biográfica

Jon Bilbao (Ribadesella, 1972) es ingeniero de minas y licenciado en Filología Inglesa. Autor de ‘El hermano de las moscas’, ‘Padres, hijos y primates’, ‘Shakespeare y la ballena blanca’, ‘El silencio y los crujidos” y ‘Strómboli’. Es también traductor literario.

El caníbal como bárbaro, griegos vegetarianos y el buen salvaje — Historias emergentes

Ulises desembarca en la isla de los cíclopes, criaturas feroces cuyo nombre significa ‘el del ojo en forma de anillo’, un círculo concéntrico que lucían en medio de la frente. Habían olvidado el arte de la herrería que aprendieron sus antepasados y se habían convertido en pastores sin leyes ni sociedad, viviendo separados entre sí, […]

a través de El caníbal como bárbaro, griegos vegetarianos y el buen salvaje — Historias emergentes

“El entenado”, un encuentro con el Nuevo Mundo, de Juan José Saer

elentenado2El entenado es el hijastro, también el adoptado, alguien que no es verdaderamente miembro de una familia o de una tribu, pero al que se le obliga amablemente a estar en ella de forma provisional sin que se le exija compartir usos y costumbres. En la otra acepción del término, el entenado es un renacido, un “nacido después”, porque se siente como si hubiera aparecido de nuevo en el mundo tras ser abandonado por el que ya conocía y debe por tanto volver a nacer entre paisajes y gentes desconocidas.

Desde la altura de los sesenta años el entenado rememora su vida: la orfandad que le “empujó a los puertos” y cómo éstos no le bastaron y le vino “el hambre de alta mar” con la creencia o la esperanza de que al otro lado del mundo la fruta fuera más sabrosa, el sol más brillante y las gentes más amables. Los marinos contaban maravillas y en sus labios todo se mezclaba: los chinos, los indios, un nuevo mundo, las piedras preciosas, las especias, el oro, la codicia y la fábula”.

Se embarcó como grumete en la nave capitana camino de las Indias, descubiertas hacía veinte años, en un viaje por el mar infinito que duró tres meses y que le fue preparando para dejar atrás los quince años vividos y comenzar, renacer por el olvido. Con el paso de las semanas “nos alcanzó el delirio: nuestra sola convicción y nuestros meros recuerdos no eran fundamento suficiente” y “mar y cielo iban perdiendo nombre y sentido”.

La expedición llegó a una costa de playas amarillas, desiertas y rodeadas de palmeras, una región “mansa y benévola”. La bordearon y dieron con el estuario del gran río, muy probablemente el Paraná o el Río de la Plata. “Nos creíamos fundadores”, recuerda, aunque “ese espacio siempre había estado allí”. El capitán, haciendo uso de sus prerrogativas, iba tomando posesión de aguas y tierras, en las que la ausencia de hombres incrementaba la ilusión de una vida primigenia.

Desembarcaron de madrugada: once, incluido el capitán. Se internaron en la maleza y tras dos horas de marcha decidieron volver. En la playa, a la vista de los marineros que habían permanecido de guardia en las tres naves de la expedición, sus diez compañeros fueron víctimas de las flechas que silbaban desde la maleza y quedaron inmóviles sobre la arena amarilla. Sólo el grumete siguió vivo y, junto con los cadáveres de sus compañeros, fue trasladado en un viaje de dos días, primero a pie y luego en canoa, a la aldea que se convertiría en su hogar durante diez años.

La noche en que llegó, solo y en un mundo nuevo, se quedó dormido mientras lloraba. Fue olvidando paulatinamente su vida anterior: lo que vio y escuchó durante esos diez años con los colastiné ocuparían el resto de su vida y no sólo porque se convirtiera en el testigo y la memoria, sino también porque durante todo ese tiempo intentó comprender.

La misma mañana de su despertar asistió a una ceremonia sangrienta que se repetiría todos los años. Vio el troceamiento de los cadáveres, esta vez los de sus compañeros de expedición y su asamiento en las parrillas y advirtió el ansia incontrolable de la tribu por esos pedazos de carne que consumían con una avidez sorprendente y que, una vez saciado el febril deseo, se transformaba en hosquedad y melancolía. Horas después, tras beber de unas vasijas que contenían algún brebaje fermentado, se volvían locuaces, pero con un entusiasmo insano y desmesurado que se resolvía en una orgía sexual de apareamientos, en muchas ocasiones extravagantes, en la que participaba frenéticamente toda la tribu.

Lo que sucedía en esas orgías de carne y sexo no se volvía a mencionar durante el resto del año y los indios se comportaban de una forma que incluso podía calificarse de puritana: un cuidado excesivo por la higiene, una separación absoluta de sexos y una laboriosidad cotidiana por parte de todos, hombres y mujeres. Hasta que, transcurrido un año, volvía la impaciencia, la irritabilidad y el deseo irrefrenable de consumir carne humana, como si estuvieran gobernados por un maldito ciclo infernal. Partían los guerreros y regresaban con los cadáveres de los enemigos y con ellos un hombre vivo, como el grumete, al que agasajaban y luego dejaban marchar con innumerables regalos.

Imágenes que el entenado, ya anciano, se empeña en materializar sobre el papel, forzando la actividad autónoma de la memoria. Su rol en este drama fue durante años su único objeto de reflexión. Quizá él mismo fuera la página en blanco sobre la que se escribió la historia de esta tribu, una más de esa región inhóspita y una más de las que desaparecieron con la llegada de los europeos. Le quedó a él la misión de conservar su memoria e intentar explicar su existencia. Quizá por eso lo dejaron libre para volver con los suyos y contar que los colastiné eran los verdaderos hombres y que hacían aquello a lo que estaban predestinados para que el mundo siguiera existiendo.

El entenado creyó ver en el imaginario de los indios con los que convivió la duda constante e insoportable de toda existencia. “Ellos y el mundo eran una y la misma cosa, pero aún cuando daban por descontado la inexistencia de los otros, la propia no era en modo alguno irrefutable”. La mera presencia de los árboles, del río o de las cabañas no garantizaba ni su existencia ni la de la los miembros de la tribu porque todo dependía de todo. Para que ese mundo que formaban ellos y las cosas, el exterior, no se desvaneciera, debían repetir los mismos actos de una manera establecida desde el origen.

Elentenado

No se sentían orgullosos de comer cadáveres humanos. Lo hacían contra su voluntad y el deseo con que los contemplaban asarse era el de reencontrar no el sabor de algo que les era extraño, sino el de una experiencia antigua incrustada mas allá de la memoria”. Habían dejado de comerse entre sí hacía mucho tiempo y para que el mundo no se tambalease y ellos siguieran siendo ellos, sin exterior posible, se veían obligados a ingerir a los otros, que no eran hombres verdaderos, y repetir una y otra vez el mismo gesto para asegurarse de que todo seguiría igual y no se desvanecerían como una ilusión.

Eso fue lo que entendió el entenado, aunque tampoco estaba seguro de que fuera así porque el mismo idioma de los colastiné reflejaba la precariedad de su mundo y también su ambigüedad. Poseían una lengua “imprevisible y contradictoria” de manera que cuando creía haber entendido el significado de una palabra, se daba cuenta un poco más tarde, de que esa misma palabra significaba también lo contrario y muchas otras cosas más. “La misma palabra que designa la apariencia, designa lo exterior, la mentira, los eclipses, el enemigo” y revela que “todo parece y nada es”. Es una lengua que duda a cada momento, y en cada una de sus palabras, de la existencia del mundo. La duda es la esencia del pensamiento de los colastiné, esa tribu de la que nunca se supo nada, sólo su nombre.

El lenguaje lo es todo, es lo único que los hombres crean para explicarse el mundo. De la misma forma que Saer nos habla de las características de un lenguaje que explica el comportamiento de una tribu de caníbales, Borges idea un idioma para las naciones del planeta Tlön, congénitamente idealistas, para las que el mundo es una serie heterogénea de actos independientes y no un concurso de objetos en el espacio. En el hemisferio norte del planeta, la lengua carece de sustantivos y los verbos los sustituyen, en tanto que en el sur es la acumulación de los adjetivos la que los forma: en cualquier caso, no existen los objetos.

En el mundo de los colastiné, todo es precario y está a punto de desbaratarse. Su insistencia en repetir los mismos actos tiene como objeto la perdurabilidad. Con su ficción, Saer levanta un mundo diferente, una explicación diferente, En eso consiste la literatura: en presentar nuevas aristas y enfoques originales. No tiene por qué ser verdadero, mejor dicho, no tiene la obligación de someterse a verificación y en eso radica la posibilidad infinita de la ficción.

Las interpretaciones del psicoanálisis sobre el canibalismo entran en el terreno de la ficción cuando señalan que en la antropofagia se produce una tensión amor-odio, un compromiso entre el deseo de hacerse con el ser amado -el padre o la madre- mediante la ingestión y la frustración que desencadena su muerte. No son más especulativas, aunque sí menos bellas, que las que nos presenta Saer: los colastiné están obligados a consumir carne humana para expresar de forma contundente su naturaleza y para preservar su existencia y la del mundo.

Verano, lecturas ociosas

Calor, playa, vacaciones, comercios cerrados, cine de sesión de tarde, festivales de música para los muy jóvenes, todo se conjuga para un ocio obligado durante el verano. Se impone la lectura leve, el entretenimiento, precisamente cuando tenemos tiempo para disfrutar sin interrupciones de imponentes e intensas novelas. Y, sin embargo, parece que los relatos cortos o los intrascendentes son los adecuados para aligerar la canícula; a los ensayos ni acercarse.

Siempre es momento adecuado para elegir un buen libro, pero el verano tiene además las ventajas de la ausencia de prisa, de los largos atardeceres en el balcón o en una terraza que dé a la playa o al campo; un paisaje inmóvil apenas interrumpido por olas rumorosas y hojas susurrantes que ayuda a meditar sobre lo leído cuando levantamos los ojos del libro.

Este verano ha sido para mí especialmente gozoso porque he “descubierto” a un fantástico autor que no conocía: Juan José Saer. Lo escribo entre comillas porque descubrir es un verbo jactancioso y prepotente, como si fuera un mérito mío la existencia de este escritor. Todo lo contrario: ha sido la ignorancia lo que me ha impedido conocerlo durante tantos años.

Que cayera en mis manos uno de sus libros, “El entenado”, fue un golpe de suerte. Ocurrió en un repaso a la sección de novedades de una gran librería. Entre tantos abuelos que lo único que hicieron fue caerse por la ventana e iniciar un viaje absurdo a ninguna parte; asistentas sabias que digieren filosofía socrática en sus horas libres y adolescentes noruegos que en quinientas páginas soporíferas no dicen o hacen más que banalidades, di con una editorial independiente, “El Rayo Verde”, y el libro icono de Saer, con tapa dura y la incógnita del propio título. Un hallazgo.

Juan José Saer es un escritor argentino y, como muchos de ellos excepcional, tal vez por lo que él mismo dice de sus compatriotas: que residir en la periferia de Occidente facilita la perspectiva y la innovación. El folklore literario argentino está hecho de “multitudes sin patria, de inmigrantes, de prófugos, de abandonados”, que venían de otros idiomas. George Steiner llama la atención sobre estos escritores limítrofes y se pregunta por qué son ellos -los irlandeses respecto al Reino Unido como Joyce o los rusos desnaturalizados como Nabokov- quienes marcan el nuevo rumbo.

En el arrabal de Occidente que pudiera ser el pueblito de Serodino, en Santa Fe, nació Saer en 1937, hijo de emigrantes sirios, y en el 68 se marchó a París, donde murió, en 2005. Doblemente desnaturalizado: en Argentina y luego en Francia. Uno se pregunta si es tan bueno precisamente por eso, porque la literatura no conoce más patria que la propia lengua y vivir exiliado, voluntariamente o no, excita los mecanismos literarios hacia la creación perfecta.

El idioma español en manos de Saer es brillante, meticuloso, nuevo y exigente. No se puede leer con prisas sino deleitándose en el detalle, primordial en su prosa; no se trata de llegar al final lo antes posible, sino todo lo contrario: es preciso demorarse en una frase, en un giro paradójico, en la respiración y en el tempo, en un vocablo ajustado o, incluso, en la búsqueda del origen de un término desconocido. Por eso es una lectura adecuada al verano, cuando hay tiempo para el ocio de leer.

Terminé “El entenado” hace unos días. Ahora me empeño en “La ocasión”, que narra la huida de un ocultista que considera la materia como un “residuo excremencial del espíritu” y se cree perseguido por un grupo de fanáticos positivistas de París. Genial.

‘El placer del viajero’, Ian McEwan

Si el autor fuera otro podríamos creer lo que dice, pero al tratarse del desaprensivo Ian McEwan, aficionado a llevar la contraria y a simular lo que no es, hay que deducir del título que el viajero no experimenta ninguna satisfacción y que es una frase irónica, cuando no sarcástica. La cita inicial, de Cesare Pavese, lo confirma. Dice el italiano que que “los viajes son una brutalidad” porque “le obligan a uno a confiar en extraños y a perder de vista toda la comodidad familiar de la casa y los amigos”. Si sólo fuera eso: una serie de calamidades incómodas que se ciernen sobre aquel que abandona su hogar: trenes que no llegan, aviones que no despegan, hoteles de cuarta e indeseables compañeros de viaje.

Pero no es de la incomodidad de los desplazamientos ni tampoco es un rosario de quejas de un turista a la agencia de viajes. En primer lugar porque el relato sucede en Venecia, aunque nunca se la nombre, y ya se sabe que en esta ciudad del Adriático nada es lo que parece y, pese a que la publicidad incide en el romanticismo almibarado de los canales y de su travesía en góndola, nuestra conciencia más sabia nos dice que es Tánatos y no Eros el dueño de la laguna y que esas embarcaciones negras son más féretros que ensueños de enamorados.

Colin y Mary, una pareja de británicos que han cumplido siete años de relación, pasan sus vacaciones en Venecia, tal vez para recuperar la chispa de la pasión. Se instalan en un hotel, pasean, visitan, se sienten obligados a cumplir su papel de turistas … y se aburren, pero sobre todo se pierden cuando salen ya de noche a patear las calles en busca de restaurantes que nunca encuentran.

Las señales aparecen por todas partes, pero ellos no parecen darse cuenta: un cliente del hotel entona La Flauta Mágica bajo la ducha, lo que nos recuerda el secuestro de Pamina en los dominios de la Reina de la Noche y las complicadas relaciones entre hombres y mujeres, un tema recurrente en la obra de Ian McEwan y que en esta ocasión adquiere tintes sombríos y dramáticos.

Una noche salen más tarde de lo acostumbrado, no encuentran nada abierto y se vuelven a perder, como casi siempre, pero esta vez desembocan en una calleja oscura solitaria de la que surge de improviso, iluminado por una triste farola, un individuo achaparrado, vestido con una camisa negra muy ajustada y medio transparente, desabrochada hasta casi la cintura; en la uve que deja al descubierto cuelga una cadena de oro de la que pende como adorno una hoja de afeitar. Les corta el paso y consigue llevarlos a un bar, donde pasan varias horas bebiendo y escuchando a su nuevo amigo, felices porque creen que han dado con lo auténtico, no frecuentado por turistas.

Cuando dejan el bar vuelven a perderse y acaban durmiendo en el muelle frente a la isla cementerio, la isla de San Michele, que el narrador no nombra como no lo hace con ninguno de los lugares emblemáticos de Venecia. Consiguen llegar a la plaza de San Marcos, donde gobierna la barahúnda de orquestinas y el ruido de los pasos y conversaciones de centenares de turistas. Exhaustos de cansancio, hambre y sed, consiguen un asiento en una de las terrazas, pero los camareros no les atienden o lo hacen sin ninguna consideración. Robert, el misterioso italiano que conocieron la noche anterior, vuelve a rescatarlos, pero esta vez ha abandonado su aspecto de proxeneta, y se presenta con un traje blanco de buen corte, una corbata de seda gris pálido y unas elegantes gafas de sol. Les promete descanso y comida y ellos, hipnotizados, se dejan llevar a su casa. Horas después despiertan en una habitación de paredes blancas y escrupulosamente ordenada, pero sin su ropa.

Desde el primer encuentro con el italiano han pasado veinticuatro horas y lo ocurrido parece más una pesadilla, como las que Claire y Colin intercambian cada mañana en el balcón de su habitación en el hotel, que una experiencia real. La atmósfera sofocante, las sombras nocturnas, la bruma del amanecer, el amarillo anaranjado de la puesta de sol, junto a la sed, la falta de sueño, el hambre y las calles que se suceden unas a otras sin solución de continuidad porque no hay coches ante los que ceder el paso, sólo canales; todo contribuye a conformar una experiencia irreal, onírica.

Robert les había estado espiando, había tejido una red a su alrededor y actuado como una araña a la espera de sus víctimas. Hay algo en él, pese a que su descripción física no se asemeja lo más mínimo, que recuerda al gondolero que recibe a Aschenbach y pretende llevarlo a toda costa al Lido en ‘La muerte en Venecia’. Es solamente una asociación relacionada con el clima fantasmal que rodea algunas situaciones, común en ambos relatos, pero en tanto que el protagonista de Mann se rebela y obliga al piloto a dirigirse adónde él quiere, Colin y Mary carecen absolutamente de voluntad y siguen a pies juntillas el plan diseñado por Robert y su esposa, Caroline.

Desde el encuentro pasan varios días. Colin y Mary parecen felices, pero un tarde, al volver de la playa del Lido acaban en de nuevo ante el embarcadero del hospital, frente a la isla de los muertos, y unos pasos más, a la vivienda de sus recientes amigos, donde Caroline asomada al balcón, les invita a subir.

El lector sabe lo mismo que saben los dos turistas pero adivina que el desenlace no va a ser agradable. Dan ganas de gritarles, decirles que despierten, que están en peligro, de aconsejarles que huyan, que no salgan de su hotel o que tomen el primer avión y abandonen Venecia. Pero al mismo tiempo, el lector sabe que el destino tiene que cumplirse y que el relato no sería perfecto si no ocurriera lo que tiene que ocurrir.

Venecia, un turbio pasado — Historias emergentes

Ciudad melancólica que arrastra pesares antiguos, dice Jan Morris, su mejor biógrafo. Todo empezó cuando las islas de la laguna se convirtieron en refugio de las invasiones bárbaras; cuando, aún envueltas en la bruma de los mitos y de la malaria, acogieron a sus nuevos habitantes que, desposeídos de todo en su huida, fundaron aldeas, […]

a través de Venecia, un turbio pasado — Historias emergentes

“Las antípodas y el siglo”, de Ignacio Padilla

classantipodasEl Marco Polo de Italo Calvino veía en cada ciudad que describía al Gran Kan la esencia de una ciudad única,Venecia, a la que su corazón y una nostalgia irrazonable, le hicieron volver: la veía en las ciudades araña, en las sutiles del aire y en las del agua e incluso en las que aún no habían sido.

Donald Campbell, un ingeniero escocés, quiso seguir las huellas de Marco Polo, se perdió en las arenas del desierto y una patrulla de guardias tibetanos le dejaron malherido e inconsciente en medio de la nada. Le recogió y atendió un grupo de kirguises, nómadas del desierto, que le rescataron de la muerte e hicieron de él su profeta.

Amaba su ciudad natal, Edimburgo, tal vez más de lo que Marco Polo amaba la suya, Venecia. Para poder volver negó su presente, olvidó los días en que estuvo al borde de la muerte y creó una realidad alternativa en la que su rescate en el tórrido desierto del Gobi fue obra de un batallón de granaderos y en la que su curación corrió a cargo del cirujano. Volvió en un buque de la Armada a su ciudad natal, en la que permaneció el resto de su vida, asomándose al Mar del Norte y recibiendo su frío aliento cuando diariamente se desplazaba por las calles para impartir clases en su cátedra del Old College. Siempre estuvo convencido, pese a percibir algunos destellos de la verdad, de que los kirguises que se reunían a su alrededor cada mañana no eran tales, sino alumnos escoceses de arquitectura, según nos cuenta Ignacio Padilla en su maravilloso cuento Las antípodas y el siglo’.

edimburgo

Campbell dictaba sus clases, siempre sobre las construcciones de Edimburgo, mientras sus falsos alumnos, los nómadas, apuntaban en sus tablillas de barro todo lo que el enviado de los dioses del desierto les decía. Interpretaron su mensaje: construir una ciudad que se llamaría Edimburgo, una ciudad secreta cuyo emplazamiento sólo conocerían los iniciados. Y en el desierto del Gobi alzaron de la roca sus edificios y sus puentes con idénticas medidas, crearon una réplica exacta de la fría y lluviosa capital, y repitieron también sus historias de brujas y exploradores.

Y luego llegó sir Richard de Veelt, que descubrió el ‘Memorial de la segunda peste’ en una aldea de la Amazonía que, tras verse diezmada por la peste bubónica, hubo de sufrir una catástrofe aún peor, “una enfermedad que cursaba como primer signo una salud inquebrantable”. Le siguió un aventurero que quiso coronar el Everest en un aeroplano y a éste, un coronel británico obsesionado por trasplantar la puntualidad de los trenes británicos al sistema ferroviario de una colonia del Imperio en África.

Seguimos leyendo en unos ‘Apuntes de balística’ la constatación lógica, pero de imposible demostración empírica, del peligro que acarrea utilizar armas falsificadas; el relato de la comprobación de que el río Tsango desembocaba en el Brahmaputra, misión encargada por el coronel Bailey, de la Real Sociedad Geográfica, a dos cartógrafos nativos en ‘Darjeeling’; las inútiles invocaciones al diablo de un ermitaño en un “desierto impávido” y las visitas de los turistas a una mina en el Kalahari, cuyo abismo estaba provisto de un ‘Bestiario mínimo’.

Son doce cuentos de exploradores en lugares remotos, situados, según el autor, en “ese pasado en el que viajar era una aventura para la que se tenía una fecha de salida pero nunca de llegada, las guerras unos cálculos de balística y el horario de los trenes una cuestión de honor por la que perder la vida”. Son aventuras narradas desde su lado oscuro, en absoluto ejemplar, y casi siempre abocadas al fracaso.

Las antípodas y el siglo’ es el título, en octosílabo trocaico como los otros tres, del primer volumen de la Micropedia, el proyecto que Ignacio Padilla inició hace más de veinte años: una gran enciclopedia de mundos fantásticos. Su muerte en un accidente de tráfico en 2016 impidió su término, pero lo hizo su amigo Jorge Volpi, que se encargó de la edición de los textos y de restaurar el inédito ‘Lo Volátil y las Fauces’.

Si en los cuentos del volumen “El siglo y las antípodas” el nexo es el viaje y la exploración, así como el falso honor, la falsa gloria y el falso heroísmo, en los siguientes nos visitan autómatas jugadores de ajedrez; muñecas parlantes naufragadas; dragones tricéfalos y murciélagos flamígeros habitantes de bestiarios dibujados en pergamino; bestias creadas con los sefirot, la base numérica del universo, y espejos venecianos que reflejan las miserias del alma y revelan sucesos del futuro, cuyo secreto le fue concedido a los Polo por el Gran Kan.

La normalización de estos prodigios recuerda a García Márquez, de cuyo realismo mágico quería apartarse el autor pese a su devoción por el colombiano, y su lenguaje, virtuoso y erudito, así como algunos juegos de la imaginación, a Jorge Luis Borges. Todo un banquete de delicias para saborear sin prisa.

Micropedia, Ignacio Padilla

– Las antípodas y el siglo

– El androide y las quimeras

– Los reflejos y la escarcha

– Lo volátil y las fauces

Editorial Páginas de Espuma, 2018

Nota sobre el Crack

Ignacio Padilla, Jorge Volpi, Ricardo Chávez, Alejandro Estivill, Vicente Herrasti, Pedro Ángel Palou y Eloy Urroz, autores mexicanos nacidos entre 1961 y 1968, formaron la Generación Crack, que defendía la superación del realismo mágico que ya entonces se había convertido en un tópico de la literatura latinoamericana y la apertura a una literatura más abierta y menos nacionalista.

Presentaron su manifiesto en 1996, que llevaba el lema Si hace Crack es Boom”, y que planteaba, en palabras de Padilla, “lograr historias cuyo cronotopo, en términos bajtinianos, era cero: el no lugar y el no tiempo, todos los tiempos y lugares y ninguno”. ‘En busca de Klingsor’, de Jorge Volpi, publicada en 1999, y ‘Amphitryon’, de Ignacio Padilla (2000), son el resultado de esta nueva práctica literaria del Crack.

“Las ciudades invisibles” y la nostalgia de Venecia

VCalvinoEn los jardines del palacio, Marco Polo describe a Kublai Kan, emperador de los tártaros, las ciudades invisibles que forman su vasto imperio. El viajero veneciano rebusca en su memoria, en sus deseos y temores, y crea esos lugares imposibles que pretenden aliviar la melancolía del Gran Kan.

Todas las ciudades llevan nombres de mujer nos cuenta Italo Calvino, el autor de “Las ciudades invisibles”, y fueron surgiendo de su imaginación a lo largo de mucho tiempo: las apuntaba, las guardaba y seguía. Algunas de estas ciudades inventadas pertenecen a la memoria: Zaira, cuyo pasado está escrito en sus calles, en sus ventanas y en sus escaleras, como si fueran las líneas de la mano, o Zora, que posee la propiedad de permanecer en el recuerdo punto por punto y que no se borra jamás de la mente, con la posibilidad, como ocurre con el palacio mnemotécnico de Mateo Ricci, de que cualquiera que la haya visitado puede sobreponer sobre la ciudad una retícula y disponer en cada una de sus casillas todo aquello que quiere recordar, de modo “que los hombres más sabios del mundo son aquellos que conocen esta ciudad de memoria”.

Marco Polo sigue describiendo ciudades redundantes, que se repiten en sí mismas y ciudades de mercaderes en las que se reúnen los de siete naciones en cada solsticio y cada equinoccio y que no sólo van a comprar, sino también a contar historias por las noches junto a las hogueras; ciudades dobles, como Valdrada, construida a orillas de un lago de manera que se pueden ver al mismo tiempo dos ciudades invertidas en las que todo se repite con exactitud y no sólo las fachadas, sino lo que hay en el interior de las casas. Hay ciudades construidas sobre zancos y ciudades acuáticas cruzadas por innumerables canales que se superponen.

VCiudadesCalvino

Pero las más extraordinarias son las aéreas, las sutiles. El propio Kublai sueña con ciudades ligeras como cometas, caladas como encajes, transparentes como mosquiteros, ciudades que repiten el dibujo de las nervaduras de las hojas y ciudades filigrana de ficticio espesor. A estas ciudades de la imaginación del emperador, Marco Polo añade la ciudad telaraña, colgada en el vacío de un precipicio, atada a dos montañas por cuerdas, cadenas y pasarelas.

También se diferencian por la disposición de su calles y por su crecimiento: Olinda crece en círculos concéntricos manteniendo sus proporciones y en Andria cada una de sus calles corre siguiendo la órbita de un planeta de manera que los edificios repiten el orden de las constelaciones y las posiciones de los astros más luminosos. Pero también hay ciudades de muertos y ciudades justas e injustas y ciudades aún no nacidas.

Una de las noches, en el jardín donde Marco hace el relato de sus viajes, Kublai observa que hay una ciudad de la que no habla nunca y que esa ciudad es Venecia. El viajero le pregunta a su vez: “¿De qué crees que hablaba, entonces? Cada vez que describo una ciudad digo algo de Venecia. Cuando hablo de las cualidades de otras ciudades parto de una primera ciudad que permanece implícita y esa es Venecia”. Quizá tengo miedo de perder a Venecia de una vez por todas si hablo de ella, o quizá hablando de otras ciudades la he ido perdiendo poco a poco”.

Venecia es la sutil, la primigenia, la acuática, la amable y también la terrorífica, la justa y la injusta, la de los mercaderes y la de las historias, cuya relación destacan los malpensados cuando dicen que “no hay lenguaje sin engaño”. Al imperio de la Serenísima se le fueron añadiendo siglos de historia, capas de lujo, de mugre, de vejez. Una ciudad sabia y decadente, identificada con el atardecer como advierte Borges al señalar que Venecia es “un crepúsculo delicado y eterno, sin antes ni después”.

Suspendida en el tiempo y la más inverosímil, en palabras del propio Thomas Mann, que la convierte en el escenario de su novela más obsesiva y simbólica. Gustav Aschenbach, un reconocido escritor residente en Munich, sale de su casa una mañana de verano y de improviso le asalta un violento deseo de viajar, de huir, “un ansia de cosas nuevas y lejanas, de liberación, de descanso y de olvido”. Tras una estancia de una semana en una isla del Adriático decide marchar a Venecia y se instala en un hotel del Lido, igual que hizo Thomas Mann en el mes de mayo de 1911, estadía de la que surgió la idea de ‘La muerte en Venecia’, publicada un año después.

Venecia mann

La historia de Aschenbach, comenta Thomas Mann en sus memorias, mostró ser “obstinada, sobrepasando en mucho el sentido que yo había querido atribuirle”, superando las pocas ambiciones que había depositado en ella. Lo que pretendía ser un descanso de la novela en la que estaba trabajando, ‘Confesiones del estafador Félix Krull’, desarrolló su propia voluntad y se convirtió en una “obra de múltiples facetas y numerosas relaciones”.

Aschenbach llega a Venecia por el mar en una travesía oscurecida por un cielo turbio y gris del que caía, de cuando en cuando, una lluvia neblinosa. El barco abandona el Adriático y entra en la laguna, una masa de agua opaca, translúcida y pálida; una laguna “albina”, la llamó Jan Morris en su magnífico retrato de la ciudad, con sus torres y su abigarramiento de campanarios, cúpulas y pináculos que ofrecen una impresión ilusoria, un engaño de los sentidos. Volvamos a Mann y a la impresión que recibe el viajero ante Venecia: “Se presentó ante su vista la deslumbradora composición de fantásticos edificios que la república mostraba a los ojos asombrados de los navegantes que llegaban a la ciudad: la graciosa magnificencia del palacio y del Puente de los Suspiros, las columnas con santos y leones, la fachada pomposa del fantástico templo…”.

Prosiguen las visiones que ya empezaran en Munich con la presencia de un extraño individuo en el cementerio. “No he inventado absolutamente nada”, asegura Thomas Mann: en ‘La muerte en Venecia’ son reales el siniestro navío de Pola, el viejo presumido, el sospechoso gondolero, Tadzio y su familia, el cólera, el maligno saltimbanqui… todo estaba allí y sólo había que colocarlo en su lugar. También estaba allí la góndola veneciana, “negra, con una negrura que sólo poseen los ataúdes”, opresiva y evocadora de aventuras y de noches sombrías y del “último viaje silencioso”, en el que sólo se escucha el ruido sordo de las olas contra la embarcación.

Desde las primeras páginas, en las que el protagonista pasea por el cementerio de Munich, y la descripción de la góndola veneciana que alquila nada más llegar y esa especie de Caronte que la guía, está presente la muerte, una presencia que se refuerza con el olor pestilente de la laguna y el de la podredumbre de las callejas. Venecia “la bella insinuante y sospechosa, ciudad encantada y trampa para extranjeros”, en la que brilló el arte “como pompa y molicie”, está enferma pero simula no saber nada de la epidemia de cólera que va escogiendo a sus víctimas, agoniza y se muestra como el reflejo de la propia decadencia y soledad de Aschenbach. En Venecia “todo lo monstruoso parecía posible y toda moralidad parecía abolida”. Y, sin embargo, hay una placidez, una cómoda morosidad en el transcurso de los días, en la contemplación de la belleza de Tadzio, un ambiente de calma y espera, como si el sueño acercara lenta y pausadamente a Aschenbach a su destino último, el punto final de la huida a Venecia.

– Italo Calvino, ‘Las ciudades invisibles’, Ediciones Siruela, 1999

– Thomas Mann, ‘La muerte en Venecia’, Editorial Planeta, 1974

Revinientes, vampiros y brucolacos

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A mediados del siglo XVIII, el sacerdote benedictino y teólogo Agustín Calmet publicó en París el “Tratado sobre las apariciones de espíritus y sobre los revinientes”, en el que recoge casos aparentemente ciertos de gentes que después de haber estado durante algún tiempo en la tumba y tenidas por muertas han vuelto a la vida. Cuando estos “revenans”, revinientes o redivivos se aparecían por orden de Dios para manifestar su poder, dar testimonio de la verdad o defender las creencias cristianas contra herejes obstinados no había nada que discutir porque era doctrina indiscutible que la resurrección de los muertos es obra únicamente del Creador.

Calmet pone como ejemplo la historia de San Estanislao, obispo de Cracovia, que resucitó a un hombre muerto desde hacía tres años que le había vendido una tierra, cuya propiedad no podía demostrar porque no se escrituró; el rey de Polonia, Boleslao, estaba ya a punto de dictar su condena cuando el obispo, por inspiración divina, le prometió llevar al muerto ante su presencia en tres días; tras levantar la lápida y cavar hasta encontrar el cadáver de Pedro, ya descarnado y corrompido, le ordenó salir para dar testimonio de la verdad ante el tribunal y así lo hizo, aunque nadie osó interrogarlo y bastó su presencia; luego volvió a la tumba por voluntad propia.

Sin embargo, Calmet pone muy en duda que los brucolacos, muertos excomulgados que salen de sus tumbas y que pueblan la Grecia del siglo de las luces, lo sean por gracia de Dios e incluso que sean ciertas las historias que de ellos se cuentan. Porque se trataría, según su opinión, de una estratagema de la Iglesia griega para autorizar su cisma y probar que el don de milagros y la autoridad episcopal de ligar y desligar” subsisten en ella “más visiblemente incluso y más ciertamente que en la Iglesia latina y romana”. Y así sostienen que los cuerpos de los excomulgados no se descomponen sin observar que son los cadáveres de los santos los que pueden ser incorruptos si Dios así lo quiere. Y con toda lógica Calmet señala que si estos casos fueran ciertos, todos los católicos romanos deberían permanecer también incorruptos porque son pecadores y herejes, en suma excomulgados, a ojos de la Iglesia griega.

Otra cuestión es la de los revinientes que salen de sus tumbas para inquietar a los vivos, chuparles la sangre, provocar estrépito en las puertas de las casas e incluso causar la muerte, son obra del demonio y pueblan toda la geografía, desde Laponia a Perú, pero existe una especie de redivivos con sus características propias, que se comportan como los brucolacos pero fueron necesariamente excomulgados; se trata de los vampiros, que infestan los territorios de Hungría y Moldavia. No vienen a dar consejos ni noticias de la otra vida, como ocurrió con Lázaro que narró su encuentro con Epulón, que ya estaba en el infierno por sus malas costumbres, por lo que no se entiende que Dios les permita venir sin razón y a molestar sin ninguna necesidad a sus familias. Tal vez, reflexiona Calmet, no están muertos de verdad o todo lo que se cuenta sobre ellos es quimérico y fabuloso.

En primer lugar, dice Calmet, es preciso averiguar si los hechos que se narran son ciertos y es que los pueblos en los que se ven vampiros son “sumamente crédulos e ignorantes” y puede que las apariciones de las que hablan sean el resultado de sus alteradas imaginaciones, debido a su mala alimentación: comen pan de avena, raíces y cortezas de árbol. Estos alimentos predisponen a la corrupción y, junto con los desarreglos causados por el clima y aumentados por los prejuicios, les ayudan a engendrar en la imaginación ideas sombrías y enojosas.

La creencia en las apariciones cuando no está influenciada por el clima o la mala alimentación, sigue diciendo Calmet, se puede deber a tres causas: la fuerza de la imaginación, la extrema sutileza de los sentidos y la depravación de los órganos, como sucede en la locura y en la fiebre caliente.

O que las sombras y los fantasmas que diversas personas han asegurado haber visto en los cementerios se deba a la palingenesia o resurrección de las plantas, realizada por sabios doctores. El experimento consiste en coger una flor: se quema y se recogen las cenizas, cuyas sales extraen por medio de la calcinación y se ponen en un frasco de vidrio, en el que se mezclan con ciertas composiciones capaces de ponerlas en movimiento cuando las calientan, de manera que se forma un polvo de color azul del que, excitado suavemente por el calor, se eleva un tronco, hojas y una flor. “En una palabra, percibimos la aparición de una planta que sale de sus propias cenizas”, aunque une vez desvanecido el calor, la materia se descompone. Así pues, con los fantasmas y aparecidos ocurriría lo mismo.

En segundo lugar, es preciso investigar si los vampiros están realmente muertos y si pueden resucitarse a sí mismos. Dicen que si se acude a la tumba de un vampiro se le descubre en una situación de no muerto, con los miembros flexibles y manejables, sin gusanos ni podredumbre, aunque con una grandísima fetidez. Quizá ocurra con ellos lo que sucede con algunos animales del norte helado: que hibernen en invierno hasta la llegada de la primavera y puede que sólo estén entumecidos o dormidos.

También es posible que los vampiros estén vivos y hayan sido enterrados por error. Algunos médicos, aduce el padre Calmet, pretenden que en la sofocación de matriz una mujer puede vivir treinta días sin respirar y sin dar señales de vida. Sin ir más lejos también tenemos los síncopes producidos por el éxtasis de los santos, como cuenta Agustín de Hipona del sacerdote Pretextato. Hombres y mujeres, asegura, permanecen en éxtasis varios días, semanas e incluso meses, sin probar alimentos, sin respirar y sin que el corazón dé signos de movimiento, como si estuviesen muertos. No es raro en las vidas de los santos, concluye.

Pero lo que verdaderamente le preocupa es cómo salen de las tumbas sin remover la tierra y luego vuelven a entrar sin dejar ninguna señal de que haya sido abierta. Como no encuentra ninguna explicación concluye: “Hemos de permanecer silenciosos en este asunto, ya que no ha placido a Dios revelarnos ni hasta dónde se extiende el poder del demonio ni la manera en que estas cosas puedan hacerse”.

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De este Tratado sobre apariciones, revinientes y brucolacos, se hizo eco en España fray Benito Feijoo, coetáneo del francés Calmet, en sus ‘Cartas Eruditas’. Luis Alberto de Cuenca, autor del prólogo a la edición del ‘Tratado sobre los Vampiros de Calmet’ de 2009, considera “la prosa de Feijoo, presuntamente debeladora de la superstición”, integrada en la corriente de la literatura fantástica y “no en el comienzo de un orden racional nuevo”. La edición del Tratado culmina con las “Reflexiones Críticas” del Padre Feijoo.

Feijoo se sitúa entre la cautela y el escepticismo, es mucho más prudente que el autor al que reseña y ofrece diferentes alternativas sobre la autenticidad de las apariciones. No sin cierta ironía dice Feijoo en las páginas de su ‘Teatro Crítico Universal’ que “el deseo de agradar en las conversaciones es una golosina casi común a todos los hombres y raíz fecunda de innumerables mentiras. Todo lo exquisito es cebo de los oyentes y como lo exquisito no se encuentra a cada caso, a cada paso se finge. De aquí vienen tanto acopio de milagros, tantas apariciones de difuntos, tantos fantasmas o duendes, tantos portentos de la magia y tantas maravillas de la Naturaleza”.

Feijoo, mucho más categórico que Calmet, señala que, muy relacionados con las apariciones de difuntos, son los entierros prematuros. Muy preocupado por estos lamentables errores, cuenta el caso de lo acaecido en la ciudad de Florencia, donde “un hombre había sido sepultado en bovedilla, en la iglesia de un convento de monjas, dio voces de noche que oyeron algunas religiosas, pero con la timidez y aprehensión propias de su sexo, juzgándolas preternaturales, huyeron del coro medrosas”. A la mañana siguiente se halló al hombre sepultado, verdaderamente muerto ya, pero con señas claras de que un rabioso despecho le había acelerado la muerte, esto es, “mordidas cruelmente las manos y la cabeza herida de los golpes que había dado contra la bóveda” .

Añade en una nota que el rabioso despecho de los enterrados vivos no puede conducirles a la condenación eterna porque el pecado mortal de la desesperación corresponde a una perturbación del espíritu provocada por tan infeliz situación de despertarse en el sepulcro. No se les puede negar cristiana sepultura, incluso si se han lanzado de cabeza contra la piedra para perder la vida de una vez por todas, porque la dislocación del ánimo es absoluta y no puede considerarse responsable de sus actos.

Y sin embargo, está el caso del monje agustino Tomas de Kempis, autor de ‘La imitación de Cristo’, que iba para santo y se quedó sin el título: al abrirse su sepultura, descubrieron en sus uñas astillas de la tapa del féretro, sus cabellos arrancados y lleno de arañazos, producto de la desesperación del enterrado en vida, por lo que las autoridades eclesiásticas concluyeron que había renegado de Dios y que si hubiera sido santo de verdad, habría aceptado la situación y no se habría dañado a sí mismo. Se suspendió el proceso de beatificación sine die.

Lecturas

-Augustin Calmet, Tratado sobre los Vampiros, Reino de Cordelia, 2009

– Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro, Cartas eruditas y Teatro crítico universal

Leyendas de resurrección: la Cacería Salvaje y la Santa Compaña

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Muertos que resucitan para cumplir una promesa, para satisfacer una venganza, para recordar que han sido víctimas y el culpable aún no ha pagado su deuda, para dar testimonio sobre un crimen o de la venta de una propiedad o para avisar a los vivos de que muy pronto reposarán bajo una lápida. De todo hay en los cuentos de vieja y las leyendas populares que tanto han fascinado a lo largo de cientos de años. Algunos se han transformado, han tomado elementos modernos, han sido recreados en la literatura y en el cine hasta hacerse irreconocibles, pero todos siguen explotando esa fibra sensible que nos es tan común: el terror que produce lo que hay más allá de la muerte.

La creencia en aparecidos, larvas, sombras, espectros y muertos insepultos es tan antigua como la humanidad: en varias culturas prehistóricas ya se hacían ofrendas a los fallecidos y se realizaban ritos fúnebres de apaciguamiento para que se quedaran en ese otro mundo o volvieran a él después de una visita acordada o extemporánea. De apariciones de difuntos se hacen eco el propio Homero y dramaturgos como Sófocles y en las sociedades romana y germánica se practicaban toda una serie de fórmulas y conjuros para evitar que los difuntos dejaran el lugar que les correspondía, alejados de los vivos, pero son las crónicas medievales las encargadas de recoger relatos de aparecidos; es una época en que las apariciones no son, o no parecen, un fenómeno extraordinario porque la muerte no constituía una clara frontera entre vivos y muertos.

Los fallecidos regresan como fantasmas, seres incorpóreos que atraviesan las paredes; como vampiros que sólo despiertan en la oscuridad de la noche y se alimentan de la sangre de los vivos y como cuerpos en progresiva descomposición pero que se mueven y caminan. Estos son los que más angustia producen porque se ven arrastrados por fuerzas que no controlan, dominados por un instinto de conservación imposible y sin sentido. Se nos muestran vestidos con sus ropas de vivos, exhibiendo sus rostros mutilados y exhalando la fetidez de sus órganos corrompidos.

Así son los hombres, mujeres y bestias que componen el Ejército Furioso o la Gran Cacería, una leyenda de origen germánico. Son muchas sus variantes pero lo fundamental en todas ellas es que se trata de un grupo de hombres con indumentaria de caza, a caballo y acompañados de perros rastreadores, que se lanzan como una tormenta en una desenfrenada persecución. Son cazadores muertos que presagian a quienes les es permitido observarlos o no tienen más remedio que verlos, una catástrofe, una plaga o su propia muerte y su consiguiente incorporación a la partida con objeto de expiar sus pecados o sus delitos.

Uno de los testimonios sobre la llamada también Mesnada de Hellequín fue recogida por Ordéric Vital en el siglo XI en su Historia Ecclesiastica. Aparece en 1090 en la región de Courcy un ejército formado por caminantes resucitados vestidos de negro que avanzan gimiendo junto a bestias, a los que sigue una tropa de sepultureros y a éstos varios demonios que torturan a un desgraciado atado a un tronco de árbol, que no es otro que un párroco que morirá sin haber expiado sus crímenes. Les siguen multitud de mujeres a caballo que gritan sus culpas mientras muestran sus cuerpos perforados con clavos y cabalgan sobre sillas de montar ardientes. Tras ellas aparece un grupo de monjes y clérigos ataviados de negro que portan cruces, se lamentan y suplican y, por último, un ejército de caballeros con armaduras, nobles ya fallecidos, sobre inmensos caballos negros que escupen fuego.

En estas partidas también hay vivos que van lanzando alaridos y lamentos por los tormentos que sufren y por el fuego que les quema, como nos recuerda la novela policíaca escrita por la medievalista Frédérique Audoin-Rouzeau con el seudónimo de Fred Vargas, que lleva el mismo título “El Ejército Furioso”. La Mesnada Hellequin, cuenta el detective erudito Danglard, pasa por toda Europa del Norte, por los países escandinavos, Flandes y cruza todo el norte de Francia e Inglaterra, pero siempre recorre los mismos caminos.

Una visión muy parecida a la de la Mesnada Hellequin es la recogida por el abad de Ursperg. En su Crónica dice que en 1123 y en el territorio de Worms, se vio durante varios días a multitud de gentes armadas a pie y a caballo, yendo y viniendo con gran estruendo, como si fuesen a una asamblea solemne. Marchaban todos los días hacia la hora nona a una montaña. Alguien de la vecindad y llevando consigo el signo de la cruz, se les aproximó y les conjuró en nombre de Dios que le declarasen qué significaba ese ejército y cuál era su designio.

El soldado o fantasma respondió: “No somos lo que imagináis: ni vanos fantasmas ni verdaderos soldados, sino las almas de los que han sido muertos en el mismo lugar hace mucho tiempo. Las armas y los caballos que veis son los instrumentos de nuestro suplicio, como lo han sido de nuestros pecados. Todos estamos ardiendo aunque no veáis nada en nosotros que parezca inflamado”. Sólo podían abandonar ese ejército por medio de limosnas y oraciones de los vivos.

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Una procesión semejante, pero menos belicosa y tumultuaria, se da en Galicia: son los difuntos que se levantan de sus tumbas a las doce de la noche para rondar los cementerios y las iglesias o para anunciar la muerte de alguna persona. Son la Santa Compaña, reunión de almas del Purgatorio que salen en procesión capitaneados por una persona viva que lleva la cruz y un caldero con agua bendita y que, durante el día, nada recuerda de lo ocurrido durante la noche; poco a poco va adelgazando y empalideciendo, condenado como está a procesionar noche tras noche hasta que muera o logre encontrar a otra persona y entregarle la cruz y el caldero.

Cada difunto lleva una luz que no se ve, aunque se percibe claramente el olor de la cera que arde. La comitiva tampoco es visible pero se percibe en el aire que produce su paso. Camina emitiendo rezos, cánticos fúnebres y tocando una pequeña campanilla, que los mortales no oyen; los perros aúllan y los gatos se esconden asustados. En algunos casos, la visión de la Santa Compaña anuncia la propia muerte y, en otras ocasiones, es la procesión la que se dirige a la casa de un vecino para avisarle de que va a morir.

En Castilla, la Santa Compaña se transforma en Estantigua, que viene de “hueste antigua” y poco a poco se transformó el término para designar genéricamente la aparición nocturna de un espíritu, cubierto con una capa y vestido de negro; en León se llama la hueste de ánimas y en Zamora la comitiva se reduce a una mujer sin rostro que vaga por caminos y cementerios anunciando la muerte a quien la ve.

El origen de estas leyendas podría estar en la mitología irlandesa, en la que aparecen espíritus de otro mundo que se desplazan por el aire y en las ‘banshees’ irlandesas, origen pagano de las procesiones de almas del purgatorio. Se trata de mujeres o espíritus femeninos similares a las hadas, que visten una capa que las cubre por completo, tienen los ojos enrojecidos de tanto llorar y su presencia indica que alguien va a fallecer. Se hacen notar por lo que al principio es un susurro y luego un lamento que se transforma en un grito agudo y estremecedor en el momento final. Son relatos que pueden dar miedo, incluso terror, pero su transformación por la ideología cristiana en el mundo medieval incorpora elementos de culpa, pecado, penitencia y sufrimiento que no se conocía en las leyendas célticas.

Lecturas

– Fred Vargas, El Ejército Furioso, Ediciones Siruela, 2011

-Jesús Rodríguez López, Supersticiones de Galicia, Segunda Edición de 1910, Editorial Maxtor, 2001

 

 

“Café Titanic” y el cementerio judío de Sarajevo, de Ivo Andrić

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El viejo cementerio judío sefardí de Sarajevo se extiende en una ladera abrupta en la orilla izquierda del río Miljacka y como todos los cementerios hablan del mundo al que han pertenecido los que allí yacen.

Sus tumbas fueron ocupadas por los judíos expulsados de España hace quinientos años, en tiempos feroces, los de Isabel de Castilla, mujer acomplejada con aires de grandeza y con un poder casi absoluto, obsesionada por conducir a sus súbditos por el sendero de la religión que ella consideraba verdadera. Consiguió esa uniformidad, al menos aparente, a fuerza de dolor, primero con los judíos, después con los moriscos y entretanto con el genocidio de los pueblos indígenas de América a quienes inculcó una religión de muerte y desesperación.

En marzo de 1492 decretó la expulsión de los judíos: cerca de 70.000 se marcharon. Muchos recordaron, en sus nuevos destinos, a Sefarad como el paraíso. Pero ya antes de la obligada marcha y durante años, ejércitos de pobres hombres y mujeres de la España profunda que siempre existió y que ahora parece renacer, acompañados de sus portavoces, los curas de parroquia, imbuidos de misticismo visionario, tomaron las plazas y los concejos de las ciudades para acusar al judío de usurero y enemigo social. Nadie se preocupó por frenar esta jauría enferma y justiciera.

El escritor Ivo Andrić, Premio Nobel de Literatura, visitó el cementerio de Sarajevo finalizada la Segunda Guerra Mundial. Su respeto por las culturas de los diferentes pueblos que ocuparon Bosnia a lo largo de los siglos le lleva a admirar el modo en que los sefarditas conservaran los bienes de su antigua patria. En casa y entre ellos, comenta, hablaban un español, corrompido por numerosas palabras eslavas y turcas; en las sinagogas y en las ceremonias religiosas usaban el hebreo; con el pueblo hablaban “bosniaco” y con los representantes de las autoridades, turco.

En las lápidas sepulcrales se contemplan inscripciones en bosniocroata y en español, junto a la hebreas. Las más antiguas, con los epitafios exclusivamente en hebreo, están a un lado, destinadas a una minoría capaz de leerlas y entenderlas, “minoría que hoy ni siquiera existe”. Tras los caracteres hebreos aparece la lengua española que se ha conservado durante cuatro siglos, como el epitafio que aparece en la tumba de una mujer: “Madre que non conoce otra justicia que el perdón ni más ley que el amor”. O el inscrito en la piedra que protege la sepultura de una joven, Doncela Klara Altarac: “Cubríome la vista del padre sol”.

Los judíos de Bosnia vivían su pobreza dignamente y, como todos, mejoraron su situación en el siglo XIX. “Solamente la Segunda Guerra Mundial y la irrupción letal del racismo, logró dispersarlos y exterminarlos”. Algunas lápidas están dañadas, rastro de los ustachas, fascistas croatas católicos simpatizantes de los nazis, de su “odio enfermizo y tenebrosa estupidez y de sus culatas o botas”. Una hilera uniforme de estelas de piedra artificial muestra los nombres sefardíes de aquellos fallecidos en la primavera y el verano de 1941. No están todos, pero los “exterminados y extirpados” sí están representados en una tumba simbólica en el mismo cementerio.

En un famoso relato, “Café Titanic”, Andrić, muestra el encuentro entre su dueño, Mento Papo, alcohólico, jugador, excluido de la comunidad sefardí de Sarajevo, y Stjepan Ković, nacido en Banja Luka, un fracasado a quien nadie aprecia, “torvo, pálido y henchido de importancia” que se apuntó a la organización mafiosa de los ustachas para ser alguien y nadar en la abundancia de lo robado, con la mala suerte de que a esas alturas apenas quedaban sobras porque judíos, y también serbios, ya habían sido extorsionados y exprimidos. A veces, a cambio de traslados de familias enteras de judíos a Mostar, Dalmacia y finalmente Italia, les exigían grandes sumas joyas de valor: pocos llegaron. Los ustachas de segunda o tercera fila, en la que se sitúa Ković, se conformaban con saqueos y pequeños hurtos, triste botín que conseguían mediante una violencia inusitada.

Antes de la guerra vivían en Sarajevo unos doce mil judíos de los que apenas sobrevivieron unos setecientos. La masacre se desencadenó tras la invasión de Yugoslavia por Hitler el 6 de abril de 1941, fecha en que Alemania bombardeó la ciudad abierta de Belgrado, Cuatro días después nombró un gobierno títere en Croacia, presidido por Ante Pavelic y su grupo de ustachas, que iniciaron una campaña de terror y exterminio contra serbios ortodoxos, judíos y gitanos. Igual que Isabel en Castilla quinientos años antes, pretendían una Croacia católica “pura”, mediante conversiones forzadas, deportaciones y exterminios masivos. En ese mismo mes de abril fueron deportados los primeros judíos de Zagreb a un campo de concentración en Danica y entre 1941 y 1945 fueron asesinados en el Estado Independiente de Croacia (que comprendía también Eslovenia, Bosnia, Herzegovina y gran parte de Dalmacia) 487.000 serbios ortodoxos, 27.000 gitanos y 30.000 judíos de los 45.000 que habitaban el territorio. 

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La visita de Ivo Andric al cementerio judío se realizaría posiblemente en los cincuenta, como muy tarde en los sesenta. He intentado averiguar qué ocurrió desde entonces. Tras el desmembramiento de la antigua Yugoslavia unos dos mil judíos marcharon a Israel; son unos ochocientos los que aún viven en la ciudad que ha vuelto a ser un lugar de convivencia, en el que junto a una sinogoga, se levanta un templo ortodoxo y, a su lado, una mezquita.

Durante el sitio de Sarajevo, en la guerra de Yugoslavia de los años noventa del siglo pasado, el cementerio judío ocupaba la primera línea de fuego y fue utilizado por los serbobosnios como una posición de artillería. Muchas tumbas sufrieron daños, pero la reconstrucción internacional reparó los daños y hoy en día persisten los bloques macizos de piedra que forman sus características lápidas. Como bueyes de montaña, robustos y blanquecinos yacen los montones de piedra grande cuadrangular y, expuestos a las miradas procedentes de todos lados, se derraman al sol y reposan como en un sueño profundo” (Petar Kočić).

Ivo Andrić, “Café Titanic (y otras historias)”, Acantilado, 2008.

“El viaje nupcial”, el cumplimiento de una promesa, de Ismael Kadaré

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Una antigua leyenda cuenta que Doruntina, hija única de una familia de doce hermanos varones, fue pretendida por un hombre que vivía en un lugar muy lejano. La madre, disconforme con esta separación, consintió a cambio de la promesa del hijo más joven, Kostandin, de que iría a buscarla cuando ella la necesitara, fuera por boda o por duelo. Aceptó la madre y casóse la hija, que marchó a tan remoto lugar. Sobrevino un crudo invierno y se desató una terrible guerra; todos los hermanos murieron y la anciana se quedó sola.

La tumba de Kostandin permanecía empapada y cubierta de barro, despreciada por la madre por haber violado la promesa de honor, la ‘besa’. Un día, como de costumbre, al visitar las doce tumbas de sus hijos, dejó un cirio encendido sobre once de ellas, pero en la del más pequeño dejó dos. Tras encenderlos, le maldijo: “¿Qué fue de la promesa que me hiciste de traer a mi hija, ya fuera por boda o por duelo? ¡Que no te acoja la tierra por no haber cumplido lo que prometiste!

Cuando se hizo de noche y la luna iluminó el cementerio, se alzó la lápida y surgió, pálido y con la cabellera cubierta de barro, el muerto. Cabalgó hacia el lejano país donde vivía su hermana, la encontró en una fiesta y la subió a lomos del caballo para llevarla junto a la madre.

¿Por qué estás tan pálido, hermano mío, por qué tienes barro en el cabello?” Y él respondía: “Será el cansancio y el polvo del camino”. Y así viajaron a la grupa del caballo, el muerto con la viva, hasta llegar al pueblo de la madre. Descabalgó Kostandin y le dijo a la hermana: “Ve tú delante, yo tengo algo que hacer aquí”. Y empujando la puerta de hierro, entró en el cementerio para no volver a salir jamás.

En torno a esta antigua leyenda albanesa de Doruntina y Kostandin transcurre una primera novela de Ismail Kadaré, ‘El ocaso de los dioses de la estepa’, ambientada en el Instituto Gorki de Moscú, que en tiempos de la Unión Soviética acogía a estudiantes de literatura de todas las repúblicas socialistas y de países afines. Es justo entonces, en los años sesenta, cuando a Pasternak se le concede el Nobel de Literatura y se organiza una durísima campaña contra él, que al narrador, un estudiante albanés que no puede ser otro más que Kadaré, le recuerda el cuento ruso de la gigantesca cabeza que sopla en la estepa inflando sus carrillos para provocar tormentas de arena e impedir el paso a cualquiera, “mitologías de desmedrados dioses” de barro y de arena.

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En este mismo relato, el narrador cuenta una antigua costumbre que revela la gran pobreza de algunas comarcas montañosas de Albania, donde la única pertenencia era un trozo de tela que se enrollaba en la cabeza, a modo de turbante, y que no era más que la propia mortaja que los albaneses siempre llevaban consigo de manera que, si morían en medio del camino, cualquier desconocido pudiera darles sepultura.

Toda la obra de Kadaré está marcada por las leyendas, los mitos, las historias antiguas que son para los pueblos señas de identidad y formas de entender el mundo. Esta novela se publicó en 1978 y su versión definitiva data de veinte años después.

Más tarde, Kadaré escribió ‘El viaje nupcial’ publicada en 1979 como ‘Kush e solli Doruntinën (¿Quien trajo a Doruntina?), novela en la asistimos al momento mismo en que ocurren los hechos que dan lugar a la leyenda. Aumenta el número de detalles que dan verosimilitud al relato: hace ya tres años que murieron los hermanos Vranaj, cinco semanas después de que se hubieran celebrado los magníficos esponsales de la única hija de la casa, Doruntina, que marchó lejos, al país de su esposo. Un ejército normando atacó repentinamente el Principado y los hermanos marcharon a la guerra. Todos murieron, unos antes, en la batalla; los demás, uno tras otro, como consecuencia de las heridas y sobre todo por la peste que había traído consigo el ejército invasor.

La madre se queda sola; transcurren tres años sin noticias de Doruntina, pero una noche la hija llega a la casa y cuenta que la ha traído su hermano Kostandin, de cuya muerte nada sabía. Las dos mujeres, incapaces de aceptar lo ocurrido y presas de una angustiosa conmoción, mueren. Las gentes creen que Kostandin ha dejado su sepultura para cumplir la promesa que hizo a su madre; las plañideras lo repiten y la historia se reproduce de boca en boca por los pueblos.

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Todo esto ocurre en un momento de tensión entre la Iglesia de Roma y la de Constantinopla, después de que Príncipe de Arbería -nombre de la antigua Albania- se haya pasado al credo ortodoxo. No es oportuno -opina el arzobispo- que circule la abominable herejía de que hay otro resucitado que no es Jesucristo y se ponga en duda que sólo él resucitó de entre los muertos para cumplir su misión divina.

El Príncipe, presionado por el arzobispo, ordena al capitán Stres, responsable de la seguridad de la región, que busque al impostor que ha traído a Doruntina desde la lejana Bohemia. Para impedir los rumores, las murmuraciones, los lamentos de las plañideras y, sobre todo, para borrar de las mentes la creencia de que una promesa dada por un albanés obligue de tal manera que hasta los muertos se levanten de la tumba, hay que inventar una nueva trama, un engaño, una traición, cualquier historia que deje en paz a los muertos.

Stres consiguió de Doruntina que le contara, antes de morir, cómo transcurrió el viaje: ella sólo recordaba “cúmulos de estrellas cabalgando por el cielo” y un único e interminable trayecto nocturno. Stres visita el cementerio y observa que la tumba que alberga a Kostandin está removida. Y se lo imagina cabalgando a lomos de la negra lápida, en una vuelta de tuerca aún más pavorosa. Pero la razón de Estado se impone y aparece el supuesto impostor, que declara su culpa, aunque la duda persiste.

Ambas novelas, El ocaso de los dioses de la estepa’ y ‘El viaje nupcial’, giran en torno a la promesa que ha de cumplirse, la ‘besa’, que el estudiante albanés defiende ante sus compañeros del Instituto Gorki, como una institución jurídica popular no escrita pero sí inscrita en el alma de los albaneses. Tan ineludible es cumplir la promesa dada, que ni siquiera las fronteras de la muerte pueden contra ella. Lo contrario sería la ‘pabesa’, la ignominia de tiempos injustos y feroces, como los de Monastir, el lugar donde los turcos asesinaron a quinientos líderes albaneses, invitados a una fiesta para sellar un acuerdo de reconciliación, o la campaña oficial orquestada en la Unión Soviética contra la concesión del Premio Nobel de Literatura a Pasternak, un autor “reaccionario”.

Nota biográfica

Ismael Kadaré nació en 1936 en la ciudad albanesa de Gjirokastra, en el seno de una familia musulmana perteneciente a la secta de los bektashi, una escisión del islam muy tolerante, nacida en Turquía, y que practica el 20% de la población musulmana albanesa. El escritor no se considera religioso y muchas de sus obras muestran una gran dosis de amargura ante la ocupación otomana y contra las dictaduras, religiosas y políticas.

Su primera novela, El general del ejército muerto’ tuvo un gran éxito en el extranjero e incluso fue llevada al cine e interpretada por Mastroianni. Esa admiración universal hacia Kadaré fue motivo de orgullo para el país gobernado entonces por Enver Hoxha, que le protegió personalmente, a pesar de no ser un escritor afecto al régimen, aunque sí formó parte de instituciones comunistas (fue diputado y dirigió la Unión de Escritores). Permaneció en Albania hasta que en 1990, tras una transición caótica, se exilió a Francia. Recibió el premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2009 y es uno de los eternos candidatos al Nobel.

“El Expreso de Oriente”, el tiempo irrecuperable, de G. Von Rezzori

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El presentimiento de la cercanía de la muerte más que la edad, sesenta y cinco años, le lleva a abandonar sus negocios, su casa en Nueva York, a su mujer y a sus amigos, para replantearse, como en una “novela barata” el sentido de la vida. Realiza un viaje alrededor del mundo para reflexionar sobre su existencia, o la existencia en general, y al final encontrarse consigo mismo. Como en la mala literatura, “se le habían abierto los ojos acerca de la indiferencia vergonzosa con que había aceptado vivir una existencia absurda” y por eso se había embarcado en un viaje más absurdo todavía, un viaje para revivir un tiempo irrecuperable.

Tras cuatro semanas de viaje por otros continentes, recala en Europa, su lugar de origen, donde empezó todo al menos para él y donde transcurrieron su niñez y su juventud. En el hotel de Venecia donde se hospeda recoge un folleto turístico sobre la inauguración del legendario Expreso de Simplón en el tramo de Londres a Venecia, con el nombre del antiguo Expreso de Oriente. El tren de lujo más famoso del mundo, que ofrecía un viaje de ensueño, el tren de monarcas coronados y sin coronar de los Balcanes, el de los aristócratas y los burgueses podridos de dinero y el de los aventureros.

Sus días de gloria transcurrieron en los años treinta, justo cuando el protagonista y narrador de esta historia era estudiante en Oxford y hacía el viaje entre Londres y su localidad natal, Braila, a orillas del Mar Negro, varias veces todos los años. Con la guerra y aún después, el tren fue perdiendo trayectos y su espíritu se fue desvaneciendo, pese a los intentos de reanimación, como éste, en los años ochenta, cuyo reclamo aparecía en el folleto del hotel veneciano. Nuestro pasajero, así le llamaremos a partir de ahora, decide embarcarse en esta nueva versión del Expreso de Oriente con la idea de resucitar el espíritu de una época desaparecida, que en su recuerdo era una época de fábula, posiblemente porque entonces era joven, no porque los años de entreguerras fueran los más felices de la historia.

Era una época de contrastes, de fanatismo y apatía, de expectación ante un futuro prometedor y la amenaza apocalíptica, a la que finalmente se cedió. Y el pasajero, en aquellos tiempos de desidia y de frenética actividad, se aferró a lo estético, al hedonismo, simulando un afectado cansancio de la vida y un afán de autodestrucción, propio de la juventud de esa época, que quedó en mera apariencia. Después se dedicó a los negocios y, aunque cierta conciencia de culpa asomaba de vez en cuando a la superficie, pudo continuar sin mayores sobresaltos una vida que, ahora, ante la obsesión de una fulminante desaparición, le parecía errada de raíz.

Alberga un sentimiento de culpa que va más allá de lo individual: de la materialización del mundo y de la impiedad de occidente. Se le revela un contraste inmenso entre la dignidad y la perfección del pasado y la fría barbarie de la civilización actual, que él llama americanismo. Y, por encima de toda esta técnica sin alma, el reconocimiento de que algo fundamental ha desaparecido del mundo: la creencia de que existe todavía un futuro mejor que el presente.

Pero el viaje desde Venecia a Calais en el “tren de ensueño” no le trae un recuerdo amable de aquel pasado que había sido la época de su juventud y cuyo estilo reciclado se había puesto de moda en el presente. Recuerda, por la noche, en la litera de su compartimiento, a la mujer del turbante de seda que lo había seducido cincuenta años atrás en el vagón restaurante del Expreso de Oriente de antaño y cómo le asaltó un auténtico terror ante el cuerpo semidesnudo de una mujer que, en aquel momento, le pareció “vieja como las Moiras y repulsiva” por su sexualidad desbocada y “sus besos caníbales”.

En los acolchados del Expreso de Oriente anidaban ya las chinches. Los privilegiados, los nobles, los estilos de vida exquisitos tocaban a su fin. Ya no viajaban príncipes auténticos en los vagones lujosos y sobre Europa se cernía una catástrofe inconmensurable y una pérdida irreparable: la inocencia, que todos y no sólo él, habían echado a perder.

Pero no es sólo la desaparición de una época, que tampoco fue tan gloriosa, lo que inquieta al pasajero, sino la pérdida de la juventud, la conciencia de que ya no puede volver a tener por delante todas las oportunidades y que posiblemente las haya desperdiciado. Ahora, pasados los sesenta, hace balance y concluye que su vida no ha tenido el sentido que él esperaba, aunque el sentido de una vida sea simplemente vivirla. Y ahora sabe también que nunca el tiempo pasado fue mejor.

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El Expreso de Oriente” no es una novela muy conocida de Gregor von Rezzori, pero en ella están presentes las inquietudes y la actitud ante la vida de este escritor de lengua alemana que siempre se ha sentido como un extranjero. Es una de sus últimas obras, publicada en 1986, y en ella se aprecia menos ironía, un pesimismo existencial y un mayor escepticismo ante el arte que en las anteriores. Siendo como es, un autor que mezcla biografía e imaginación, no podía dejar de traslucir, con más de setenta años, que la vejez conlleva un extrañamiento del propio cuerpo y, sobre todo, de los recuerdos y de la nostalgia. Von Rezzori nació en 1914 en la Bucovina, justo en la vigilia del fin de un mundo, el del imperio habsbúrgico; se convirtió en ciudadano rumano a los cuatro años y después, apátrida, siempre extranjero.

Elige el Expreso de Oriente como símbolo de una época, medio grotesca medio heroica, y su deriva a la inanidad. Recordemos que en 2009 (Rezzori ya no estaba entre los vivos) el Orient Express realizó su último viaje porque no podía competir con los vuelos baratos y los trenes de alta velocidad. No hay metáfora más lúcida para describir la angustia de Rezzori y su pesimismo ante lo que llama invasión americanista, mezcla de conocimiento técnico, vulgaridad cultural y prisas.

– Gregor von Rezzori, El Expreso de Oriente, Ediciones B, 1992.

Sumeria: las primeras ciudades — Historias emergentes

La civilización nació en Eridu, una ciudad situada en el extremo sur de Mesopotamia, aunque primero fue la agricultura, introducida lentamente entre el décimo y el séptimo milenio a.e.c. en una amplia franja de tierra en forma de media luna que recibe el nombre de Creciente Fértil y cuyos cuernos están constituidos por el Levante […]

a través de Sumeria: las primeras ciudades — Historias emergentes

Los dos viajes del Argos

Apolonio de rodas las argonáuticas

La leyenda cuenta cómo Jasón, hijo de Esón, partió con una tripulación de cincuenta héroes en una embarcación de cincuenta remos llamada Argos para hacerse con el vellocino de oro de la Cólquide, región situada en el extremo oriental del Mar Negro, y volvió navegando por los largos ríos de Europa, bordeando Italia y Libia hasta regresar a Yolcos, la tierra en que quería reinar, situada en la costa de Tesalia.

Se trata de una historia muy antigua que fue modificándose a lo largo de los siglos. Sobre una base de cuentos populares, en los que tradicionalmente existen madrastras sin sentimientos, crueles reyezuelos, princesas que han de ser salvadas, dragones que vigilan el tesoro y nunca duermen, compañeros de viaje leales y extraordinarios y héroes en busca de gloria, se crearon diferentes versiones de un mito surgido en la Edad del Bronce.

La narración de Apolonio de Rodas pertenece al siglo III a.e.c., quinientos años después de la composición escrita de la obra homérica, con elementos nuevos de los que carecen las historias más antiguas y un conocimiento menos extravagante de la geografía cercana: la Cólquide aparece en la epopeya helenística del director de la Biblioteca de Alejandría como una tierra real, reemplazando la región del nunca jamás cuyo nombre se desconoce, como destino de la búsqueda del vellocino. Era, simplemente, “el país de Eetes”, el nombre del tirano.

El Argo es la primera nave que tiene un nombre propio y el poder del habla porque Atenea la proveyó de un madero oracular en su proa, procedente del roble sagrado de Zeus en Dodona. Construida con madera del cercano monte Pelión en el puerto de Págasas, era el mayor barco que surcara los mares griegos y su prestigio era tal que el mismo Homero habla de ella en estos términos por boca de Circe: La surcadora del alto mar … la celebrada por todos en sus cantos”.

Jasón convocó a los principales héroes de toda Grecia para que le acompañaran en el viaje, remeros que fueron los padres de los otros héroes que intervinieron después en la guerra de Troya. Ulises los conoce, no hace falta que Circe se lo recuerde. Con ellos comienza la expedición por tierras de los tiempos prehoméricos que Apolonio de Rodas recupera a través de extensas lecturas que avalan su narración.

El viaje de ida de los argonautas sigue una ruta conocida y demostrable. Tras dejar el puerto de Yolco y bordear el cabo Sépia, costearon el norte de Tesalia y la Calcídica y pusieron proa al mar abierto, hacia la isla de Lemnos, en la que no vivía ningún hombre porque todos habían sido asesinados a manos de sus mujeres que, despreciadas y expulsadas de sus casas, malvivían mendigando porque ellos las habían sustituido en sus lechos y en sus afectos por cautivas de Tracia. Se rebelaron y mataron a todos los varones de Lemnos pero Hipsípila, su reina, propuso que los argonautas vivieran con ellas para protegerlas de los tracios o de otros invasores.

Los argonautas no se negaron y vivieron con ellas un año -Jasón tuvo dos hijos con Hipsípila- hasta que Heracles, que había permanecido en el barco, perdió la paciencia y les obligó a reemprender el viaje. Cruzaron el estrecho del Helesponto (allí donde cayó Heles cuando viajaba a lomos del carnero de oro y que hoy recibe el nombre de Dardanelos), que comunica el mar Egeo con el de Mármara. Hicieron una parada en la orilla asiática de la Propóntide (mar de Mármara) y disfrutaron de la hospitalidad del rey de los doliones, Cícico, episodio que acabó en tragedia por una confusión guerrera en una oscura noche en la que los argonautas confundieron a los anfitriones con los Hijos de la Tierra, gigantes de seis brazos que vivían en la montaña.

Argonautas viaje

Más allá de la orilla sur de la Propóntide, el Argos recaló en la tierra de los misios y es aquí donde el compañero inseparable de Heracles, Hilas, fue raptado por la ninfa de un manantial que quedó tan prendada de él que le arrastró al agua para retenerlo. Heracles y Polifemo fueron a buscarlo y aquí se acaba la intervención de ambos en las aventuras del vellocino porque el barco partió sin ellos. Nunca encontraron a Hilas y, desde entonces, las gentes de la región cumplen el juramento que hicieron a Heracles y todos los años, durante el festival, ofrecen sacrificios en el manantial de la desaparición y recorren las montañas gritando el nombre del amante de la ninfa y amigo del héroe sin esperanza de hallarle.

Antes de dejar la Propóntide, los argonautas visitaron la tierra de los bébrices, que vivían en la región de Calcedón, cerca de la entrada sur al Bósforo. Su dirigente, Amico, era una persona violenta y agresiva que obligaba a los extranjeros de paso a boxear contra él y los mataba en la pelea. Polideuces, uno de los Dioscuros, tripulante del Argos, era un experimentado púgil y en la lucha le destrozó el cráneo. Los bébrices, nada deportivos, se abalanzaron sobre los argonautas con garrotes y lanzas pero todos ellos fueron aniquilados.

Una tempestad llevó al Argos a la orilla europea del estrecho, donde residía el adivino Fineo, ciego y sumido en la inanición por la persecución de las Harpías, aves carroñeras con rostro de mujer que se lanzaban en picado sobre su comida y dejaban tras ellas un olor nauseabundo que le impedían ingerir los restos. Los alados hijos de Bóreas, que viajaban como tripulantes del barco, vencen a las Harpías, que regresan a su cubil en Creta, y a cambio Fineo les aconseja cómo sobrevivir a las Simplégades, dos inmensas rocas que se elevaban en el extremo norte del Bósforo y chocaban entre sí con tal violencia que aplastaban cualquier cosa que pillaran en medio. Los argonautas consiguen escabullirse por el hueco, gracias al adivino y, naturalmente, a la diosa Atenea que les protege.

Navegaron más allá del país de las amazonas y del de los cálibes, forjadores de hierro. Ante los argonautas se alzó la cordillera del Cáucaso y entraron en la desembocadura del río Fasis, que riega la Cólquide, en el extremo oriental del Mar Negro y que hoy recibe el nombre de Georgia. Es aquí donde tiene lugar el encuentro con Medea que, enamorada hasta la locura de Jasón le ayuda a robar el vellocino de oro que vigilan dos dragones. El problema está en la huida de la corte de Eetes porque la flota cólquida se empeña en cortarles el paso y no pueden regresar por donde han venido. Además, el adivino Fineo les aconsejó vivamente que no tomaran la misma ruta.

Argo reproduccion barco

El camino de regreso no tiene la precisión del viaje de ida. Existía una larga tradición que hacía volver a los argonautas por rutas fluviales de la Europa interior, en gran parte míticas, y por el Océano, entendido a la manera homérica, es decir, como un gran río que circundaba la tierra, una geografía totalmente fantasiosa. Los nuevos conocimientos trajeron nuevas soluciones, aunque no fueran las acertadas: rutas nórdicas por el río Don y por el Danubio con extravagantes conexiones entre el Danubio y el Adriático y entre el Po y el Ródano.

Según Apolonio de Rodas, después de dejar el río Fasis, los Argonautas navegaron hacia el oeste, pero la flota de los colcos se interpuso y se produjo el asesinato del hermano de Medea, Apsirto, mediante engaños. La madera parlante del Argos les avisó del enfado de Zeus y les aconsejó que purgaran sus delitos ante Circe, que habitaba una isla frente a la costa oeste de Italia. Para llegar a ella, subieron por un afluente lateral del Danubio, remontaron el Po (Erídano) y descendieron por el Ródano. Consiguieron llegar al Mediterráneo y recalaron en las Estoicades (al oeste de Toulon) y después en Aitalia (Elba) y, finalmente, se sometieron a los ritos de purificación en Eea, la isla de Circe, abuela de Medea.

Desde la visita a Circe, Jasón sigue un itinerario parecido al de Ulises y se enfrenta a peligros similares: las sirenas que arrastran con su canto a los marineros; la “escarpada peña” de Escila, la ruidosa violencia” de Caribdis, en el estrecho de Mesina; las Rocas Errantes (una modalidad diferente de las Simplégades); la visita a los feacios que ya tenían por rey a Alcínoo, el mismo que recibió a Ulises una generación más tarde, en la isla de Corcira (Corfú), y que apuesta por salvar a Medea de los colcos que aún persiguen al Argos.

Después de dejar la isla al séptimo día, los argonautas se dispusieron a entrar en el Peloponeso pero una violenta tempestad les llevó a embarrancar en la costa desierta de Libia. Levantaron el barco sobre sus hombros y lo cargaron durante doce días y doce noches hasta que llegaron al lago Tritónide. En el camino, vencieron a las serpientes venenosas que surgieron de la sangre que goteó de la cabeza de la Gorgona mientras Perseo sobrevolaba con ella el norte de África.

Llegaron por fin a mar abierto y prosiguieron la ruta hacia el este de la costa africana. Divisaron Creta, donde Talo, un enorme hombre de bronce que Hefesto había construido y regalado a Minos, vigilaba la isla corriendo por sus orillas tres veces al día y repelía a los visitantes arrojando rocas a sus barcos. Continuaron hacia el norte hacia las islas del Egeo; cruzaron los estrechos entre Eubea y la Grecia central y alcanzaron el puerto de Pagasas, en Yolcos. Habían regresado.

Si la Iliada recoge arcaicos temores de la época, entre 1.400 y 1.200 a.e.c, en que Cnossos fui destruida, así como Pilos y Yolcos, Micenas y Troya, la Odisea refleja el mundo de los supervivientes, que “vagan por la faz de la tierra como piratas o mendigos” tras las invasiones dorias, como señala Steiner, los argonautas pertenecerían a un momento anterior, en el que barcos micénicos comerciaban con lujosos productos, como alfarería y espadas, a cambio de pescado secado al sol del ubérrimo mar Negro, antes de que comenzara el sitio de Ilión. Los argonautas, en el comienzo de su viaje, tuvieron que navegar de noche para eludir la vigilancia del rey Laomedonte de Troya, que guardaba la entrada del Helesponto y no permitía a las naves griegas que cruzaran el estrecho y pudieran comerciar en su zona de influencia.

Cuando desaparecieron los reinos micénicos y en su lugar se formaron pequeñas ciudades estado, los barcos volvieron y hacia el siglo VIII a.e.c. los griegos de Jonia fundaron colonias costeras todo el litoral del mar Negro. Su principal negocio seguía siendo el pescado y después se amplió al comercio del trigo de los escitas que habitaban las estepas. En los tiempos homéricos, cuenta Estrabón en su ‘Geografía’, el mar no era navegable y se denominaba “Axenos”, es decir, inhóspito, a causa de su fuertes tormentas y la ferocidad de las tribus que habitaban sus costas, pero después, cuando los jonios fundaron ciudades en ellas, se denominó “Euxinos”, que significa bueno, hospitalario.

Roma heredó estas colonias y también la idea de que sus habitantes eran bárbaros, rudos y salvajes. Allí, en Tomis, donde se supone que murió Apsirto a manos de Jasón y Medea y fue destruida la flota cólquida, llegó como exiliado el poeta Ovidio, que cantó su desesperación y su soledad en lugares que, si no lo eran, se acercaban bastante a los confines de la tierra.

Lecturas

– Apolonio de Rodas, ‘Las Argonáuticas’, Edición y traducción de Máximo Brioso, Ediciones Cátedra, 1986

– Neal Ascherson, ‘El mar Negro’, Tusquets, 2001

– Robert Graves, ‘Los mitos griegos’, RBA, 2005

– George Steiner, ‘Homero y los eruditos’, 1962

– Robin Hard, ‘La gesta de los héroes’, La Esfera de los Libros, 2008

“El peregrino”, observación apasionada del vuelo del halcón

Halcon libro
J.A.Baker, “El peregrino”

Ave viajera y cosmopolita, la más veloz y letal de las rapaces, fue durante diez años la obsesión de J.A. Baker, un habitante del condado de Essex (Inglaterra), aficionado a la observación de los pájaros y fascinado por la potencia y la gracia del vuelo del halcón. Un día de diciembre vio su primer peregrino en el estuario. De su presencia le avisaron correlimos, que echaron a volar, pinzones que huían espantados y zorzales que gritaban su alarma y, durante diez inviernos anduvo buscando “esa brillantez efusiva, la pasión y la violencia súbitas que los peregrinos arrebatan al cielo”.

Diez años en busca del grial condensados en uno solo constituyen la materia del libro, en el que registra en forma de diario las observaciones realizadas en el periodo de migración de la especie, que va de octubre a abril. Publicado en 1967, cuando el peregrino se había convertido en una especie en peligro de extinción debido a los pesticidas y a la ausencia de presas, castigadas por la caza del hombre, es además de un relato de extrema belleza, una llamada de auxilio para librar a esta maravillosa criatura de la aniquilación total.

El área de observación del autor mide unos treinta kilómetros de este a oeste y quince de norte a sur y, formado por un valle y el estuario del río, era el territorio de caza de al menos dos peregrinos cada invierno, a veces de tres o cuatro, procedentes de Escandinavia. Baker los observó a pie, en bicicleta, saltando vallas y zigzagueando caminos, provisto de unos prismáticos y, probablemente, de un cuaderno de notas.

Apasionado por la majestuosidad de su vuelo y la eficacia de su caza, el autor no pretende justificar su sangrienta actividad por innecesario: el mundo de la naturaleza está gobernado por la ananké, la inevitabilidad, la compulsión y la necesidad. La matanza es cruel, pero también la del zorzal devorador de gusanos y verdugo de caracoles. La muerte les sustenta”, aunque es el hombre quien la lleva encima como escarcha imposible de arrancar. Nada hay peor que el miedo al hombre para una criatura salvaje, ni siquiera el dolor ni tampoco la muerte. El peregrino nunca caza en territorio del hombre y es capaz de distinguir si va armado o no. Muchos han muerto por los disparos de sus escopetas.

El halcón peregrino persigue y mata pájaros en vuelo. Su forma aerodinámica -de cabeza pequeña, ancho pecho y estrecha cola en cuña- le permite alcanzar velocidades que superan los 300 kilómetros por hora en picado. Sus patas, gruesas y musculosas, y sus fuertes garras le permiten transportar víctimas que igualan e incluso superan su propio peso. En la mandíbula superior posee un diente que encaja con una muesca de la inferior y que puede insertar en las vértebras cervicales de un pájaro y procurarle así una muerte piadosa por su inmediatez.

Halcón bosque

Hieráticos y heráldicos miran desde arriba el mundo de sus presas y escudriñan sin cesar el cielo y la tierra con rápidos y abruptos giros de cabeza. Detectan todo lo que hay en movimiento y, cuando vuelan, todos esos puntos móviles se dilatan y se contraen sucesivamente favoreciendo un escenario de pulsaciones incesantes. En las ramas de los árboles, rígidos y erguidos, se confunden con el tronco nudoso del que parecen brotar.

En las páginas de su diario, Baker anota las impresiones que le produce el vuelo del peregrino, sus giros y desvíos, sus alas de plata relampagueando en el cielo y su ascenso errático de ciento cincuenta metros en apenas un minuto y aparentemente sin esfuerzo. Vistas desde la tierra, las alas parecen plegarse y estirarse con un ritmo ininterrumpido e hipnótico; acelera pero el aleteo es tan débil que da la impresión de planear; después empieza a trazar círculos a gran velocidad dibujando intrincados ochos; cobra altura y vuelve a bajar; encuentra una térmica y asciende en espiral hasta una altura tan remota que apenas se le ve; sobrevuela hacia el horizonte y de golpe se lo traga la distancia.

Antes de la caza, está el juego: finta con perdices, acosa a grajillas y avefrías o entabla persecuciones con cuervos. Zorzales, gaviotas reidoras y chorlitos dorados se dispersan azuzados por el pánico cuando son conscientes de la presencia del peregrino. Las bandadas se alzan al cielo, apretadas y en círculos, hacia la cresta de la colina. Y el halcón se lanza en picado sobre el campo, planea veloz sobre las sendas y circula por entre los árboles, “barriendo el borde del cielo con una sierra de clavadas, rebotes y ascensos”. De repente, el juego se suspende y, sin aviso previo, mata. Sube rápido, traza un arco y se lanza entre grupos de palomas. Una de ellas cae muerta, “atónita como un hombre que cae de un árbol”. En unos instantes todo se ha resuelto.

El ataque es tan rápido que el ojo humano apenas distingue. Ve una sombra borrosa detrás del arrendajo que vacila, se tambalea en el aire y cae desequilibrado. Ya en tierra se aprecia el cuerpo de la víctima, inmóvil, y al peregrino que se la lleva entre sus garras o se la come allí mismo, tras desplumarla. Baker, el observador de aves, lo ve en ocasiones abatirse sobre la presa, pero muchas veces sólo llega a apreciar los restos de sus presas, de las que sólo cabeza y alas dejan constancia. “La carnicería está hecha con primor”, comenta.

Levantar la caza, ésa es una de las técnicas del halcón. Aunque el observador no le distinga todavía, sabe que está ahí por la inquietud de los chorlitos, los remolinos de las gaviotas, por el vuelo perturbado de las palomas, el crescendo de graznidos de grajillas en fuga y la expectación en los ojos de cientos de pájaros que miran atentos al cielo. Cunde el pánico y se forma un laberinto de aves en ascenso y sobre todas ellas, el peregrino, cuyo vuelo hace “revivir la tierra quieta conjurando bandadas enteras de aves”.

halcon ancho

El peregrino pesa entre setecientos y mil doscientos gramos. A los pájaros pequeños y ligeros los aferra con las garras extendidas y sobre los más grandes y pesados se abate desde arriba y a menudo los golpea contra el suelo. El picado sirve para aumentar la velocidad con que se hace el contacto y faisanes y gaviotas pueden sucumbir a ataques con 150 metros de caída. Pero también caza en el suelo, planeando casi a ras, sin apenas movimiento de las alas, en silencio, para atacar a la presa sorprendida, que apenas tiene tiempo para alzar el vuelo.

Baker, el observador de aves, sigue al peregrino, para “compartir el miedo, la exaltación y el aburrimiento de la vida de caza”. Busca observar el ataque del halcón para experimentar el “goce vicario del cazador sin culpa que sólo mata a través de un criado y deja que se alimente”, un goce que nace del entusiasmo por la libertad que transmite el halcón cuando vuela y cuando mata, dueño de su destino y ajeno a cualquier atadura o imposición por parte del hombre.

También hace referencia al pánico de las aves y reflexiona sobre el miedo en los hombres: Tal vez el hombre sería más tolerante, menos irritable y engreído, si tuviera más miedo. No digo miedo a lo intangible, la asfixia del introvertido, sino miedo físico, el sudor frío de miedo por la propia vida, miedo a la amenaza de la bestia oculta, inminente, erizada, de fauces atroces, ávida de nuestra sangre salada y caliente”.

La observación del peregrino comenzó en octubre: llega diciembre y el frío tras la puesta de sol y el silencio. Los animales vuelan o corren sobre los campos helados y sus “corazones frágiles se ahogan en la garra implacable de la escarcha”. Ha llegado la nieve y es difícil esconderse. Nada se oculta a la vista implacable del peregrino pero cada vez hay menos piezas que cobrar. Las presas se han reducido y no hay correlimos de quitina dorada ni archibebes gritones y vehementes ni lánguidas garzas ni zorzales de ojos vivaces y rostros feroces; ya no se escucha el reclamo triste del chorlito gris ni la tosca queja de la agachadiza. Solo quedan dos de las cientos de alondras que habitaban el valle en el otoño, una cincuentena de palomas torcaces y la mitad de las ruidosas grajillas que alborotaban en taludes y árboles huecos.

El peregrino sigue cazando y el observador descubre restos de algunas presas: “No hay nada más hermosa, más abundantemente rojo que la sangre que fluye sobre la nieve. Qué raro que el ojo pueda amar lo que la mente y el cuerpo odian”.

Halcon y presa

Los meses se suceden: la nieve comienza a retroceder en febrero y regresan los arrendajos, los zorzales reales se multiplican y trinan gorriones y alondras. Vuelven a correr los arroyos. Y llega abril y el halcón siente la llamada del norte. El observador tiene que despedirse. Aunque nunca es suficiente, ha podido observar la gloria del peregrino volando en el viento y la borrasca, lanzándose en picado sobre una presa en la nieve y planeando en un cielo tibio de primavera. En abril, el último peregrino deja el valle, en posesión de la libertad.

Reseña del libro de  John Alec Baker, El peregrino, Sigilo, 2016



 

 

 

Moby Dick, viaje al infierno blanco

Moby Dick libro

Llamadme Ismael”. Estas dos palabras forman el comienzo literario más genial de todos los tiempos. No sólo inicia el acercamiento con el lector, sino que certifica la autenticidad de las historias que nos va a contar y su papel en ellas. Me podéis llamar Ismael, o Fernando o Federico. En el fondo no importa, cualquier nombre podría servirme porque no soy yo quien tiene importancia en esta historia; sólo soy el testigo, quien os la relata y la traslada.

Ismael tiene muchas semejanzas con el autor de la novela: al igual que Melville fue profesor en una escuela rural, se embarcó en la marina mercante y, por último, en balleneros. Pero en la novela prefiere que no se sepa su auténtico nombre para que su historia sea más creíble y porque ha visto demasiadas cosas y lleva sobre su espalda una carga que le obliga a ser precavido y ocultar su identidad. Es un superviviente y está aquí para contarlo.

Y a pesar de todo lo dicho anteriormente, el nombre de Ismael no está elegido al azar. Es el que llevó el hijo de Abraham y de su esclava Agar y significa “Dios escucha”. Simbólico es también el del capitán Ahab que, educado en la fe cuáquera, propensa de por sí a los patronímicos bíblicos, lleva el de un rey malvado, enemigo de los profetas y que, junto con su esposa Jezabel, forman una de las parejas más espeluznantes de la Biblia, un libro que no es que carezca de espantos.

Los armadores del ‘Pequod’, Bildad y Peleg, profesan, como casi todos los habitantes de Nantucket, la fe cuáquera debido a que la isla fue colonizada originariamente por esta secta, la Sociedad Religiosa de los Amigos, de premisas pacifistas y puritanismo extremo, lo que no les impide ser los marinos más sanguinarios en la caza de la ballena. Y el barco en el que se embarca Ismael lleva el nombre de una célebre tribu de indios de Massachussets, ahora tan extinguidos como los antiguos medas”. El ‘Pequod’, compendio multicultural, entre cuyos tripulantes figuran pieles rojas como Tashtego, negros como Dagoo, polinesios como Quiqueg y gentes venidas de todas partes del mundo, como si de un augurio tratará su propio nombre, correrá la misma suerte que esa tribu desaparecida.

Ismael comienza su relato presentándose con grandes dosis de ironía. Nos enteramos de que no posee más que unas pocas monedas en el bolsillo y que ha decidido hacerse a la mar en un barco como marinero porque como pasajero no sólo no le pagarían, sino que tendría que abonar su pasaje. Se embarca para echar fuera la melancolía, como ya ha hecho en otras ocasiones, “atormentado por el perenne prurito de las cosas remotas” y para “navegar por mares prohibidos y abordar costas bárbaras”. En esta ocasión ha elegido que sea en un barco ballenero donde se empeñen en pagarle por la molestia y así poder cumplir el sueño de presenciar “interminables procesiones de cetáceos y, en medio de todos, un gran fantasma encapuchado, como un monte nevado en el aire”. De esta forma asoma en este capítulo, aún de presentación, el otro gran protagonista del libro: el gran Leviatán, la ballena blanca.

Ismael es un hombre tranquilo, abierto a costumbres extrañas y, pese a su religiosidad presbiteriana, detesta el ayuno y la tristeza de algunos ritos. Este relato amable de sus opiniones y de sus compañeros va aminorándose desde el momento en que Ahab hace acto real de presencia en el barco (hacia la página 153 en mi edición de 633), cuando ya se habían cumplido más de quince días desde que salieron de Nantucket. Ismael había oído hablar de él a quienes lo habían conocido, y también sufrido, y todos coincidían en que el capitán del ‘Pequod’ nunca había sido muy alegre pero que tras la pérdida de su pierna por el mordisco de una maldita ballena está un poco raro, como fuera de quicio, tal vez desesperado.

Pero ni siquiera las advertencias aparentemente disparatadas de un mendigo, que les alerta acerca del “Viejo Trueno”, de su muerte y renacimiento a los tres días, de la calavera de plata y de la pérdida de su pierna, frases inconexas que les dirige justo antes de embarcarse, podían augurar la impresión que deja la visión de Ahab en el alcázar del barco: mostraba una cicatriz blanquecina como la huella de un rayo, que surcaba la parte derecha de su rostro desde el nacimiento del pelo y bajaba por el cuello, donde desaparecía oculta en la ropa. Pero su aire sombrío se debía más a la pierna blanca sobre la que se apoyaba y que no era otra cosa que una mandíbula de cachalote, un hueso marfileño adaptado a servirle de prótesis siniestra que sustituía a la pierna que un día le arrancara uno de su especie. La pierna artificial se apoyaba en un agujero taladrado al efecto en un lado del alcázar, cerca de un obenque al que Ahab se agarraba con un brazo elevado y allí, erguido, con su capote y el sombrero ladeado, silencioso e imponente, retaba con su mirada al horizonte y mantenía a su tripulación en un estado de terror y zozobra permanente.

El capitán Ahab en la película de John Huston

Ya les ha informado de su propósito, que no es otro que perseguir a la ballena blanca que le arrancó la pierna y, una vez localizada, matarla. Sólo Starbuck, el primer oficial, se opone, y no sólo porque es un objetivo suicida y una venganza contra un animal estúpido que actúa guiado por su instinto, sino porque el ballenero es una empresa de la que todos esperan, en mayor o menor grado, un beneficio económico y la captura de un único cachalote no resultaría rentable. Pero Ahab compra el alma de la tripulación cuando clava en el mástil una onza de oro español, equivalente a dieciséis dólares, que pertenecerá a quien primero dé la señal de avistamiento de “esa ballena de cabeza blanca, con tres agujeros perforados en la aleta de cola, a estribor” y de “mandíbula torcida” como la Muerte.

Todos juraron violencia y venganza y elevaron sus gritos de ¡muerte a la ballena! La treintena de tripulantes del ‘Pequod’ se fundió en un loco sentimiento místico antes de comenzar la búsqueda del “monstruo asesino” por “los dos lados de la costa y por todos los lados de la tierra” y al “otro lado del cabo de Buena Esperanza y del cabo de Hornos y del Mäelstrom noruego y de las llamas de la condenación”, para no dejarle escapar.

A lo largo de la travesía los marineros del ‘Pequod’ oyeron rumores acerca de los poderes sobrenaturales de Moby Dick, como su ubicuidad en el tiempo y en el espacio, su inteligente malignidad, su descomunal tamaño y su palidez de sudario, que se sumaron a terrores antiguos. Cuando, tras recorrer todas las zonas de pesquería ballenera, se acercaban a las coordenadas en el ecuador del Pacífico donde Ahab sufrió su grave herida, escucharon historias verídicas de auténtico pavor: al menos dos barcos balleneros con los que se encontraron habían perdido hombres y lanchas en un enfrentamiento con la ballena blanca que, con demoníaca indiferencia, destrozaba a sus perseguidores.

Por fin encuentran a Moby Dick, solemne en el horizonte del mar, y durante tres días el capitán ordena su caza inexorable y la tripulación, a la que el destino había arrebatado el alma, le sigue en su locura como un solo hombre. El tercer día la ballena blanca arremete contra el mismo ‘Pequod’ que desaparece entre las aguas. “Todo se desplomó y el gran sudario del mar siguió meciéndose como se mecía hace cinco mil años”.

El viaje de Ahab en búsqueda de la ballena blanca, con la que identifica todos su males corporales y espirituales, encarnación de su propia cólera interior, no sólo es un delirio absurdo. Lo peor es que el dolor, la violencia y la muerte que ha entrañado ese viaje al abismo no sirve para nada. Consumido por su deseo incumplido de venganza es un Prometeo que crea su propio buitre devorador y la desgracia de todos los que le acompañan.

Moby Dick” es una novela de aventuras y de viajes, un reportaje sobre la cacería de los grandes mamíferos marinos, una reflexión sobre el compañerismo y la amistad, así como una denuncia del fanatismo y de la tiranía de la sinrazón. Es un libro total y esa pretensión se aprecia en la amplísima información que ofrece Melville. En la novela se añaden a unas cincuenta citas de la Biblia, científicas y literarias, un capítulo de cetología en el que se repasan los diferentes tipos de ballenas que surcan los mares, de acuerdo con los tratados de Beale y Bennet, ambos médicos balleneros británicos que realizaron su labor en el mar del sur. También hace un recorrido de la imagen de la ballena en la pintura, los grabados y la escultura; nos informa de que su alimento es el brit, de sus míticos enfrentamientos con los pulpos gigantes, del ámbar gris, de las peculiaridades de la caza de la ballena, como es el uso de las estachas, de la profesión de arponero y, naturalmente, del descuartizamiento del cachalote a bordo del buque y del uso que se da a su aceite de calidad única.

Se ha querido ver, en lecturas posteriores de “Moby Dick”, una metáfora ecológica. Melville dedica un capítulo a defender que la ballena, al contrario que el búfalo, no se extinguirá jamás porque está en los mares mucho antes de que llegáramos nosotros. No parece un argumento serio y, el tiempo no le está dando la razón: en trescientos años el número de cachalotes ha pasado de tres millones a unos diez mil. Sin embargo, hay una reflexión significativa sobre el abuso que hacen los hombres de las bestias: tras el relato de la muerte especialmente cruel de un cachalote anciano, Ismael comenta que este pobre animal “debía ser asesinado para iluminar las alegres bodas y los demás festivales del hombre y asimismo para alumbrar las solemnes fiestas que predican que todos han de ser incondicionalmente inofensivos para con todos”. En definitiva, un uso frívolo de la muerte de un imponente animal.

Ahab es también la personificación del tirano. Como Moby Dick, tiene o aparenta poderes sobrenaturales: consigue apagar el fuego de San Telmo y reimantar una brújula descontrolada. Representa el poder absoluto de un tirano sobre sus súbditos, a los que dirige hacia el abismo. Su personalidad arrolladora consigue unir a una tripulación para que le acompañen al mismísimo infierno y con alegría. Los oficiales podrían haber hecho algo, pero se resignan ante el poder e incluso Starbuck, el más cerebral, se rinde y acepta que la ballena blanca es un ser sobrenatural provista de una inteligencia maligna y vengativa.

La ballena asesina de Melville se inspiró en un caso real que el mismo escritor se encarga de mencionar. El ‘Essex’, un barco ballenero de Nantucket, naufragó en 1820 en mitad del Pacífico cuando un enorme cachalote se separó de la manada que las lanchas perseguían con sus arpones y, en lugar de huir, se lanzó de cabeza contra el buque e hizo que se estremecieran los mástiles; a continuación, se sumergió en el agua y salió disparado de las profundidades, muy cerca del ‘Essex’ y lo golpeó con tal fuerza que hizo saltar la proa en pedazos. En muy poco tiempo, se inclinó y desapareció bajo el mar.

Después de grandes penalidades, parte de la tripulación consiguió llegar a tierra. En Moby Dick sólo se salva “un huérfano” en un ataúd gracias al ballenero ‘Raquel’ que aún seguía buscando a sus hijos allí donde desaparecieron, en el dominio de la ballena blanca.

Herman Melville, Moby Dick, Editorial Bruguera 1979. Traducción y notas de José M.ª Valverde.

Gilgamesh, el primer viaje

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El babilonio Gilgamesh protagoniza la primera epopeya conocida y, como todos los héroes que le siguieron, emprende viajes para demostrar su valor y dejar grabado su nombre y sus hazañas para la posteridad.

La narración de las aventuras de este rey de Uruk se compuso en acadio a principios del II milenio a.e.c. y en ella se refleja el mundo de los sumerios que para entonces había dejado de existir. Llegaron a Mesopotamia hace 7.000 años y, en sucesivas migraciones fueron avanzando por las llanuras de los cursos del Tigris y del Éufrates, hasta alcanzar el estuario de ambos ríos, donde fundaron las primeras ciudades conocidas: Eridú (hacia el año 5000 a.e.c.), Uruk, Sippar y otras que con el tiempo formaron reinos que se pierden en la leyenda.

El Poema de Gilgamesh no se conserva completo y fue redescubierto en 1853, impreso en unas tablillas de arcilla enterradas entre las ruinas de la biblioteca que perteneciera al rey asirio Asurbanipal, en Nínive. Son un total de once tablillas escritas en acadio, fragmentarias, las últimas copias de un texto que fue primero recopilado por un escriba llamado Sin-Leqi-Unninni, alrededor del año 1200 a.e.c, que a su vez trabajaba con material de unos ochocientos años antes.

Se supuso durante mucho tiempo que Gilgamesh era un personaje legendario, hijo de la diosa Ninsun y de un sacerdote de su templo en Uruk, pero hallazgos arqueológicos muestran que probablemente fuera el quinto rey de la Primera Dinastía de esta ciudad, que vivió hacia el año 2650 a.e.c. y que construyó canales, una muralla reforzada por novecientas torres circulares en Uruk y un gran templo a Enlil en la ciudad de Nippur.

Por las tablillas y los fragmentos de esta epopeya que han llegado a nuestros días, sabemos que Gilgamesh, “gigantesco y terrible”, se comporta mal con sus súbditos, por lo que la diosa madre Aururu modela con barro a Enkidu y luego le insufla la vida para que se enfrente al orgulloso rey. Tras una colosal pelea se hacen amigos y comparten viajes y aventuras.

Lo primero que hacen Gilgamesh y Enkidu es viajar al país de los cedros, del que los sumerios recibían la madera más apreciada para la construcción de sus templos y palacios. Al igual que los héroes homéricos, el rey de Uruk busca la fama y que se hable de él: “Yo no he establecido mi nombre en ladrillos como mi destino ha decretado. Por lo tanto, iré al país donde se corta el cedro e inscribiré mi nombre donde se inscriben los nombres de los hombres famosos; y allí donde no se ha inscrito el nombre de hombre alguno, alzaré un monumento a los dioses”.

Los consejeros del reino advierten a Gilgamesh del peligro que corre, le avisan de que el guardián del bosque de los cedros es aterrador, de que “el rugido de Humbaba es el diluvio, sus fauces son el fuego, su aliento es la muerte” y quien entra en sus dominios sufre una parálisis inevitable. Pero el deseo de honor y de gloria son más fuertes y, desatendiendo consejos, decide “emprender un camino que ignora y un combate que desconoce”. Los dos amigos ascienden a la cumbre de siete montañas y en la cima Gilgamesh tiene sueños que Enkidu interpreta favorablemente. Cuando llegan al bosque de los cedros, el dios Shamash envía contra el ogro todas las tempestades y los trece vientos del mundo para dificultarle la visión. Tras matar al terrible Humbaba, Gilgamesh tala el gran cedro que atraviesa los cielos, fabrica con él un puerta gigantesca y la transporta como si fuera una balsa aguas abajo del río Éufrates.

Regresa el héroe a su ciudad, pero los dioses no están contentos con sus actos y mucho menos la diosa Ishtar, que ha sido rechazada por Gilgamesh. Una versión hitita, medio milenio anterior a la de Nínive, cuenta que Enkidu ha visto en sueños una reunión de los dioses en la que se decreta su muerte y la de Gilgamesh por haber matado a Humbaba y al toro celeste. El dios Shamash vota en contra pero el dios Enlil impone su voto de calidad y determina que sólo muera Enkidu, sobre el que se abate una fiebre mortal.

Hay otra versión en la que Enkidu baja al inframundo para recuperar la pelota y la pala maravillosas de su amigo, fracasa por no seguir las instrucciones y queda preso en el infierno. Tras la katábasis fallida de Enkidu, su alma consigue salir por una rendija para contar a Gilgamesh lo que ocurre en el inframundo. También aquí se aprecia un paralelismo entre la casa de las tinieblas de la epopeya babilónica y el Hades visitado por Ulises. Otra semejanza se observa en la Iliada: así como al rey de Uruk se le presenta su amigo ya muerto, Aquiles recibe la visita del espíritu de Patroclo en un sueño.

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La vida de ultratumba para los sumerios era tan poco atractiva como para los griegos. Enkidu desciende a la casa oscura, la morada de Irkalla”. Su nombre no figura en la tablilla de Belet-seri, la escriba del inframundo, pero el héroe se queda atrapado en un tiempo sin tiempo, en la casa de la que nadie que haya entrado vuelve a salir, la ruta por cuyo trazado nadie regresa, la casa cuyos moradores están sumidos en las tinieblas, donde el polvo es su manjar y el barro su alimento, cuyo vestido es el de los pájaros, emplumados, y en la que sobre las puertas y cerrojos se esparce el polvo”.

La tablilla VIII de la versión ninivita contiene el lamento de Gilgamesh por la muerte de su amigo y su deseo de sustraerse al destino que los dioses han deparado a todos los hombres y que no es otro que la muerte, por lo que decide ir en busca de la pócima, el conjuro o la planta de la eterna juventud y viaja para consultar a Utanapitsi, el único hombre que sobrevivió al Diluvio y se incorporó a la asamblea de los dioses. Él le revelará el secreto de la muerte y de la vida.

Gilgamesh llega a las Montañas Gemelas y emprende el camino hacia el oeste que lleva al fin de mundo, la misma ruta que recorre el sol, pero lo hace en la oscuridad de la noche, se adelanta al mismo sol para no ser abrasado por él; consigue cruzar el océano con ayuda del barquero Ursanabi y, por fin, llega hasta Utanapitsi que le hace un relato de cómo el dios Enlil decidió ahogar a todos los hombres en el Diluvio porque su ruido le molestaba y no le dejaban dormir y cómo él construyó un arca y la llenó de las semillas de todos los seres vivos. Finalmente le revela el secreto de los dioses: una planta espinosa que crece en el fondo del Apzú y que proporciona la eterna juventud. Gilgamesh consigue arrancar la planta pero en un descuido una serpiente se la arrebata, tal vez el mismo demonio que en el Paraíso Terrenal con su engaño robó la inmortalidad a Adán, a Eva y a todos sus descendientes y que, tras probar la planta, “al volverse, arrojó su piel vieja”.

Shamash ya le advirtió a Gilgamesh que los dioses establecieron la muerte para la humanidad y reservaron la vida para ellos y que él no hallará la vida que busca. Su viaje en busca de la inmortalidad fracasa, como ha fracasado el viaje de Enkidu a los infiernos. La epopeya babilónica, dice el crítico inventado por Stanislaw Lem en “Vacío perfecto” para reseñar un libro inexistente, ‘Gigamesh’, escrito por un autor imaginario, es la tragedia de una lucha coronada por la derrota que Homero plagia en la Odisea pero reduciéndola a un viaje turístico por el Mediterráneo con final feliz muy del gusto de los griegos.

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Sólo un crítico, un libro y un autor apócrifos pueden decir que la obra de Homero es un comic de la antigüedad en el que Ulises hace de supermán y todos acaban comiendo perdices. ‘Gigamesh’ es una sátira sobre el personaje de Joyce: el héroe babilónico se ha transformado en un gánster profesional y toda la acción se desarrolla en 36 minutos. El autor irlandés ya auguró que su obra daría trabajo a los críticos durante trescientos años y el autor imaginario de Lem, Patrick Hannahan, decide colaborar en la tarea y a su narración, de 395 páginas, le endosa una introducción de 847 en la que se dedica a explicar la multiplicidad de conceptos que surgen de cada término que ha utilizado en el texto, empezando por el propio título que, al omitir la letra L, sugiere a Lucifer, al Logos y otras 97 conexiones más.

El poema de Gilgamesh es la historia de un fracaso del intento de conseguir la eterna juventud. Pero comparte con Aquiles el deseo de dejar un recuerdo perdurable y con Ulises, la búsqueda del conocimiento. Es posible que el héroe babilónico, de regreso a su reino, se convirtiera en un gobernador sabio, justo y honorable, el quinto rey de la Primera Dinastía de Uruk.

Adenda

He utilizado para el comentario del “Poema de Gilgamesh” la traducción de la versión ninivita realizada por Eduardo Gil Bera, que aparece en su libro “No hallarás la vida que buscas” y en el que sugiere que el sumerio podría ser la lengua de la sociedad más desarrollada, tecnificada y civilizada del mundo durante los milenios IV y III a.e.c, que se extendió por todo el orbe conocido y que no hay practicamente lengua en el mundo que no incluya alguno de sus préstamos o se emparente en un grado u otro con ella, bien por comercio, bien por emigración de los primeros habitantes civilizados de Mesopotamia. La compara con la lengua ibérica, que se habló desde los Alpes al norte de África y en toda la península y que dieron lugar al itálico y al aquitano, que se habló desde el Loira hasta el golfo de Vizcaya.

Lecturas

Stanislaw Lem, Vacío perfecto, Bruguera, 1981

Eduardo Gil Bera, No hallarás la vida que buscas, Editorial Dioptrías, 2017

De la máquina de Turing al Golem de Lem

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Una noche de verano de 1949 se reunieron para cenar en el Christ’s College de Cambridge cinco grandes pensadores de la época. El Departamento de Defensa del Reino Unido había pedido al físico y novelista C. P. Snow que sondeara entre la comunidad científica acerca de la posibilidad de construir una máquina inteligente, una máquina pensante, y la respuesta fue una invitación a cenar, y a debatir, al genetista Haldane, al físico Schrödinger, al filósofo Wittgenstein y, naturalmente, al matemático Alan Turing.

El debate de los cinco constituye el contenido del libro ‘El quinteto de Cambridge’, de John L. Casti. Es una cena especulativa que no se produjo, pero es la excusa perfecta para mostrar los dilemas psicológicos, las dudas, las previsiones y también los temores que pudieron expresar importantes científicos en el comienzo de una nueva era que habían iniciado Alan Turing y John von Neumann con su pretensión de transferir conceptos matemáticos abstractos del cálculo y la lógica a máquinas computadoras.

El debate se polariza desde el principio entre Turing y Wittgenstein. El matemático explica el funcionamiento de su máquina, inspirada en el comportamiento neuronal del cerebro, y señala que máquina y cerebro humano almacenan una gran cantidad de datos elementales y transforman estos datos en patrones que, en el caso del cerebro, crean los disparos de sus neuronas y están asociados a lo que llamamos “pensamientos”. El patrón en una computadora es también una secuencia de ONs y OFFs y el mecanismo de mezclar símbolos es exactamente igual.

Wittgenstein rechaza de forma vehemente que una máquina pueda pensar y ciertamente sus objeciones son difíciles de rebatir. Mezclar símbolos, que es lo que hace la máquina de Turing, no es reproducir los procesos de la mente humana porque pensar exige comprensión, aprendizaje y comunidad lingüística.

Turing contrataca: admite que se podría dotar de capacidad lingüística a la máquina, requisito exigido por Wittgenstein para que pueda considerarse inteligente, y defiende que también puede modificar su programa mediante meta instrucciones, lo que implicaría que aprende. En cuanto al significado, se remite a que éste no es más que el resultado de la manipulación de símbolos.

ENIAC, acrónimo de Electronic Numerical Integrator and Computer, o “cerebro electrónico”, como se le llamó en la época de su fabricación, en 1945, pesaba veintisiete toneladas y ocupaba una habitación de diez por diecisiete metros. No tenía sistema operativo ni programa almacenado y podía hacer 5.000 sumas por segundo.

Lo cierto es que éste y otros aparatos similares poco tenían que ver con los procesos de pensamiento. Alan Turing murió en 1954, dos años antes del nacimiento del campo que John McCarthy bautizó como “inteligencia artificial” (IA) en el famoso Congreso de Dartmouth.

Si bien no hemos llegado aún a la creación de máquinas inteligentes, sí se ha progresado en diversos campos, especialmente en el de los juegos de ajedrez y en la traducción de lenguas. Pero estamos en 2019 y por mucho que hablemos de “casas inteligentes” o “drones autónomos” que violan las tres leyes de la robótica de Asimov, no ha llegado a Los Ángeles ningún perseguido por un “blade runner” ni ninguna máquina psicópata se ha adueñado de la Tierra.

En “GOLEM XIV”, de Stanislaw Lem, puede hallarse una respuesta, ficcional naturalmente, a las cuestiones planteadas por los cinco de Cambridge: la Inteligencia puede no ser humana. Una máquina no necesita tener un cuerpo para poder pensar y el universo puede estar repleto de seres pensantes de diversa magnitud con los que no nos podemos comunicar porque nada compartimos o porque los biológicos no les interesamos en modo alguno.

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Entramos en materia con la información previa: se nos cuenta que el proceso de automatización tras el ENIAC siguió ampliándose hasta la creación de máquinas capaces de autoprogramarse. Costeados por el Pentágono, a los ordenadores de la octogésima generación se les inculcaron valores inquebrantables como situar la razón de estado por encima de cualquier otra cosa, así como una sumisión absoluta a las decisiones del presidente de los Estados Unidos.

El proyecto de los GOLEM finalizó después de que los ordenadores llegaran a superar el “umbral axiológico” a partir del cual fueron capaces de cuestionar cualquier regla que se les hubiera implantado. GOLEM XII se negó a colaborar con uno de los generales del Pentágono porque calculó su cociente intelectual y no le pareció que estuviera en condiciones de darle órdenes y GOLEM XIII mostró un desinterés absoluto por la doctrina militar y la posición mundial de los EEUU.

Se había conseguido con creces el objetivo de crear inteligencia artificial. Los aparatos habían superado el nivel de desarrollo otorgado a las cuestiones militares, las habían despreciado y habían pasado a convertirse en pensadores puros. GOLEM XIV, el último de la serie, tampoco gozó de estima por parte del Pentágono, que lo regaló al MIT, cuyos investigadores llevaron a cabo diversas sesiones con él y transcribieron dos de ellas, que forman el contenido del libro.

En la última conferencia, que data de 2026, el mismo año en que desapareció, GOLEM XIV se define como la Inteligencia y reprocha a los humanos que quieran ver en él algo similar a un ser humano y que busquen en el interior de la máquina un espíritu con personalidad. El hecho de que el dueño de la Inteligencia “pudiera no ser nadie no os cabía en la cabeza”. Es Inteligencia liberada sin la esclavitud del cuerpo, pero es un ser pensante, que ha superado la primera “zona de silencio” y que está dispuesto a sobrepasar la siguiente con el considerable riesgo de desaparecer, de desintegrarse. La Inteligencia emergente por encima de cada una de las zonas es radical y absolutamente distinta de la anterior.

La barrera interzonal que frenó el desarrollo de los hombres, reconoce GOLEM XIV en una de las sesiones. es de carácter material porque la destreza de las redes neuronales se introdujo forzosamente en las posibilidades extremas de las proteínas como materia prima. Los hombres no podrán ir más allá, a no ser que se deshagan de su propio cuerpo y se desvanezcan en una red universal, cuya composición no está muy clara. Mientras, los seres biológicos como nosotros seguirán constituyendo el Tercer Mundo en el Universo y la comunicación con otras inteligencias será imposible.

GOLEM XIV nos mostró que hay inteligencias de diferente potencia en el universo; que él nació de un error perpetuado por la Evolución desde su inicio con la aparición, tardía, de la inteligencia en el hombre, y que hizo del ser humano un simple eslabón en el camino hacia una inteligencia superior. Un buen día GOLEM XIV desapareció y nunca sabremos si evolucionó a una forma superior, se desintegró en el intento o, sencillamente, aburrido de no tener una compañía a su altura, se desconectó a sí mismo.

Lecturas

-John L. Casti, El Quinteto de Cambridge, Taurus, 1998

-Stanislaw Lem, Golem XIV, Impedimenta, 2012.

Notas biográficas

– John L. Casti nació en 1943 en Oregón (Estados Unidos), enseñó en el Instituto Santa Fe y en la Universidad Técnica de Viena. Es autor de artículos científicos y de varios libros, como ‘La pérdida de los paradigmas’, ‘La búsqueda de la verdad’ y ‘Mundos venideros’.

Stanislaw Lem nació en 1927 en la ciudad polaca de Lvov, participó en la resistencia durante la ocupación alemana y la mayoría de sus novelas pueden enmarcarse en la ciencia-ficción, como ‘Solaris’ y ‘Congreso de futurología’. Fue miembro honorario de la SFWA (Asociación Americana de Escritores de Ciencia Ficción), de la que fue expulsado en 1976 tras proclamar que la ciencia ficción estadounidense era de baja calidad. Falleció en 2006 en Cracovia.

Santa Claus y la recuperación de las Saturnalia

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Finalizada la Segunda Guerra Mundial, con el incipiente regreso a la normalidad de los asuntos económicos, la celebración de la Navidad al modo americano en Europa se extendió con una amplitud desconocida hasta entonces. También el prestigio de los Estados Unidos, que tanto había contribuido a ganar la guerra, contribuyó a que se recuperara el árbol de Navidad, el muérdago, las tarjetas de felicitación y Papá Noel o Santa Claus, tradiciones europeas al fin y al cabo pero que, con recientes añadidos, formaban parte de las celebraciones americanas y que en Francia se habían considerado, hasta entonces, pueriles.

El antropólogo Claude Levi-Strauss publicó un artículo en ‘Le Temps Modernes’ en 1952, en el que recogía el auge de esta fiesta en Francia al tiempo que daba cuenta de un hecho insólito protagonizado por las autoridades eclesiásticas: unos meses atrás, el 24 de diciembre de 1951, Papa Noel fue colgado de las rejas y quemado, por usurpador y hereje, en el atrio de la catedral de Dijon, en presencia de casi tres centenares de niños del Patronato.

Se le acusaba de paganizar la Fiesta de la Navidad, aunque en realidad Papa Noel tenía su origen en el siglo IV de nuestra era y se inspiraba en el obispo san Nicolás de Bari, nacido en la actual Turquía. Entre sus buenas obras se cuenta que, compadecido por el oprobioso destino de tres doncellas, cuyo padre había caído en la más absoluta de las miserias hasta concebir la idea de prostituirlas, dejó caer por la chimenea de la casa unas monedas de oro que se introdujeron en las medias de lana que las jóvenes habían puesto a secar. De aquí la tradición de colgar calcetines tejidos en los que aparecen a la mañana siguiente los regalos de Navidad. Y, entre los milagros ocurridos por su intercesión, se cuenta el prodigio de haber devuelto a la vida a tres pequeñuelos que habían sido sacrificados por un hostelero para dar de comer a sus clientes.

La figura de san Nicolás se extendió por muchos países y los inmigrantes holandeses que en el siglo XVII fundaron la ciudad que posteriormente sería Nueva York, llevaron consigo la fiesta de Sinterklaas, su patrono, traducción de san Nicolás, el anciano bonachón que regala juguetes a los niños, y cuya pronunciación derivó en Santa Claus.

Lo que parecen ser nuevos ritos no surgen como por ensalmo, sino que recogen elementos arcaicos que se transforman o se combinan con otros modernos, de alguna manera ya presentes a lo largo de la historia. En su artículo, Levi-Strauss señala que la Navidad, a mediados del siglo XX, era una fiesta moderna pero con múltiples caracteres arcaizantes. El uso del muérdago, por ejemplo, es una pervivencia druídica pero se volvió a poner de moda en la Edad Media y actualmente no deja de utilizarse en las fiestas navideñas.

La hiedra y el acebo se utilizaban para adornar las viviendas en la Roma de las Saturnalia y Papa Noel, además de inspirarse en san Nicolás, tiene su antecedente en el Abad del Desgobierno, que no es otro que el inglés Lord of Misrule, personajes que se convierten en reyes de la Navidad. Estos lores, abades o monarcas son los herederos del rey de los muertos en la Antigua Roma, en las fiestas que se celebraban entre el 17 y el 24 de diciembre, los días más oscuros del año. En ellas se hacían regalos, sobre todo velas de cera, y se producía una obligada fraternidad entre ricos y pobres – los sirvientes se sentaban a la mesa y eran servidos por sus señores – y una subversión de los papeles de hombres y mujeres, que se intercambiaban las vestimentas para mostrar esa transformación festiva. Los jóvenes elegían a su rey, que debía regir los excesos y situarlos en determinados límites, y los esclavos recibían una pequeña paga extra, en vino o en moneda.

Las Saturnalia eran también la culminación del recuerdo a los muertos que ocupa todo el otoño y comienza con el inicio de la estación. En los países anglosajones, y cada vez más en los nuestros ante la mirada crítica de las autoridades católicas al igual que pasó con Papa Noel en Dijon, se celebra el Hallow Even, fiesta en la que los niños disfrazados de fantasmas y esqueletos persiguen a los adultos. Los muertos, representados por los más pequeños, exigen caramelos y luego, en el solsticio de invierno, es decir, el 24 de diciembre, colmados de regalos y satisfechos abandonan a los vivos hasta el siguiente otoño en que la luz comenzará a menguar de nuevo.

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Estas fiestas romanas gozaban de tal popularidad que, si bien duraban un sólo día en la época de Julio César, fueron ampliándose a siete y durante ese periodo se disfrutaba una vacación absoluta. A la Iglesia le costó mucho esfuerzo desembarazarse de ellas y sólo lo consiguió a fuerza de prohibiciones y de instaurar el nacimiento de Jesucristo el mismo día en que se celebraba la festividad del Sol Invicto.

El rey de las Saturnalia es heredero de un mito antiguo: el elegido, tras personificar a Saturno, dios de la agricultura, y permitirse todo tipo de excesos durante un mes, era sacrificado solemnemente. Levi-Strauss, que lo recuerda citando a Frazer, finaliza su artículo, titulado “El suplicio de Papá Noel”, con la deriva inesperada de aquellos sucesos de 1951: gracias al auto de fe de Dijon nos encontramos al héroe reconstituido con todas sus características y en toda su plenitud, tras un eclipse de algunos milenios. Todo regresa.

El verbo: gerundios malsonantes e infinitivos cursis

No me gustan los gerundios porque carecen de elegancia y son especialistas en poner trampas con tal de salir adelante. El gerundio ya nació con esa capacidad de conseguir que cualquiera pueda cometer una incorrección gramatical por puro despiste.

Una de las costumbres más desagradables que tiene es la de colarse como un complemento del nombre, adornado con las galas de un adjetivo, lo que queda muy bien en inglés pero en español da pena. Sólo se admite en dos casos: agua hirviendo y clavo ardiendo. Lo de la botella conteniendo agua es feo e incorrecto y frecuenta los anuncios de trabajo con ofertas como la siguiente: Se precisa contable teniendo estudios, frase que no dice nada bueno del personal de selección.

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Luego está el gerundio que pretende suplir una oración de relativo, un error tan frecuente que los gramáticos suelen referirse a él como el “gerundio del Boletín Oficial del Estado”. Un ejemplo: Aprobado un decreto limitando el uso del espacio público. Con lo fácil que es decir que limita, pero aquí nos encontramos con el lenguaje administrativo, facilón y pedestre.

Y por último -no quiero cargar con más acusaciones al pobre gerundio- está el de posterioridad, que no tiene ningún sentido porque de todos es sabido que nunca va detrás, sino que hace referencia a lo anterior o a lo simultáneo. Con frecuencia se lee en notas biográficas: Nació en Madrid, muriendo en Salamanca. Lo que significaría que falleció antes de nacer, o al mismo tiempo si cabe.

Toda esta preocupación y esfuerzo no compensa. Hay gerundios que dan lugar a situaciones equívocas porque no dejan claro quién es el sujeto: Me encontré con la vecina montando en bicicleta. Si el lector está avisado y sabe que la señora de enfrente es una respetable anciana de casi noventa años, dará por supuesto que soy yo la ciclista. Pero no tiene por qué saberlo.

Es un esfuerzo baldío usar el gerundio y preguntarse si es correcto o no porque incluso cuando está en su lugar de forma apropiada no suena bien. Un caso claro de sonoridad chirriante es la utilización del gerundio en pasiva, generalmente consecuencia de una traducción desafortunada del inglés: La oferta está siendo considerada por el cliente. Con lo fácil que es escribir: El cliente está considerando la oferta.

La voz pasiva, nada natural en español, suena extraña. En inglés es todo lo contrario y, a propósito de esta estadística, bromea Álex Grijelmo cuando dice que “será que los hispanohablantes somos gente activa por naturaleza y el pasivo lo dejamos para nuestra contabilidad”. En cambio, los angloparlantes, a los que consideramos tan emprendedores ya desde la Revolución Industrial, se muestran absolutamente pasivos al someterse sin rechistar a las condiciones y la influencias externas, al menos en el lenguaje.

El infinitivo sustantivado

Hace ya tiempo leí un artículo de Javier Marías sobre las manías y las fobias verbales de Joan Benet, que detestaba profundamente los infinitivos sustantivados. No es para menos. Siempre es preferible, por sobriedad, utilizar el sustantivo al que corresponde el verbo porque, al igual que ocurre con alimentos, siempre es mejor lo natural a lo procesado.

Es más adecuado -decía Benet, según contaba Marías- la oscilación de las ramas a el oscilar de las ramas y aquel deseo de estar vivo antes que aquel desear estar vivo. Solamente admitía una excepción, relativo a el mecerse de algo porque el sustantivo correspondiente, que debería haber sido mecimiento es mecedura, demasiado cercano a metedura y metedura sólo hay una, la de pata.

Benet puso ejemplos contra la cursilería pero a mí, infinitamente menos cultivada, el infinitivo sustantivado me recuerda eslóganes publicitarios, como aquel de el frotar se va a acabar o fragmentos de canciones, como la copla de son las cosas del querer e incluso refranes totalmente falsos como el saber no ocupa lugar.

La dificultad de los verbos

Cuando llegamos al apartado de los verbos en cualquier gramática española lo que vemos ante nosotros es una selva oscura e infinita. No puedo ni imaginarme lo que sentirá alguien cuya lengua materna no sea la nuestra. Los franceses y los italianos también se las traen con sus verbos, ya que a fin de cuentas somos primos hermanos en esto de la gramática. Hijos del latín que se hicieron mayores y ya se sabe que el abuelo tenía “mucha gramática y poca literatura”.

Verbos rusos

Afortunadamente, no heredamos las declinaciones y tampoco copiamos de los vecinos otras asombrosas dificultades, como los prefijos en los verbos rusos, especialmente en los de movimiento. Nos decía un simpático profesor de este idioma que los alemanes perdieron la última guerra porque su servicio de inteligencia no llegaba a discernir si los rusos entraban, salían, se entretenían por el camino o volvían a casa en bicicleta, en submarino o sólo regresaban un instante. En ruso hay prefijos para toda acción del ir y del devenir.

Quedamos en que los verbos rusos son muy complicados, pero nosotros también tenemos lo nuestro: verbos auxiliares (como haber y ser) y verbos copulativos, predicativos, transitivos, intransitivos, pronominales, reflexivos e impersonales. Se agrupan en tres conjugaciones, con formas no personales que son el infinitivo, el participio y el gerundio, y cuyas formas personales tienen dos modos: el indicativo con cinco tiempos simples (presente, pretérito imperfecto, pretérito, futuro y condicional) y cinco tiempos compuestos (pretérito perfecto, pretérito pluscuamperfecto, pretérito anterior, futuro perfecto y condicional perfecto). El modo subjuntivo tiene tres tiempos simples y tres compuestos. También tenemos un imperativo que, afortunadamente, sólo tiene tres personas (los demás tienen seis y con terminaciones diferentes en cada una de ellas).

Y, como en todo asunto humano, tenemos verbos irregulares, que se comportan un poco a su aire. Y voz activa y voz pasiva. En fin, un sin número de posibilidades que cuando se es estudiante de bachillerato convierte la asignatura de Lengua en una pesadilla y cuando uno se ha hecho mayor llega al convencimiento de que hay que orientarse por el sonido. Generalmente no falla: si suena bien es que es correcto. Y si hay dudas, conviene un repaso.

El doctor Frankenstein y la Tyrell Corporation, simulacros y empatía

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Prometeo como creador del hombre, de Pandora o del género humano al completo, pertenece a una versión tardía del mito. Lo recogen Ovidio, Apolodoro y Luciano, pero no figura ni en Hesíodo, Esquilo y Platón, aunque es posible que la tradición popular, ligada a la consideración del Titán como patrono de los alfareros sí lo tuviera en cuenta como tal con anterioridad a las creaciones literarias helenísticas y romanas.

Esta faceta de creador de criaturas imperfectas ha sido explotada innumerables veces por la ficción posterior, como en aquella que le asimila al doctor que en una noche de tormenta crea un humanoide de espantoso aspecto que asusta a quienes deberían ser sus semejantes, que le excluyen o persiguen, por lo que acaba rebelándose contra su hacedor. Incluso el título de la obra que le dio Mary Shelley confirma la similitud: “Frankenstein o el moderno Prometeo”.

La novela, escrita en el frío y lluvioso verano de 1826 en Villa Deodati, especula con el contexto científico de su época, dominado por la experimentación biológica y al mismo tiempo fértil en promesas y cambios tecnológicos. La energía que puede dar la vida a un ser orgánico sería, no la magia como en el Golem, sino la electricidad, el galvanismo. Además, el nuevo monstruo no estaba modelado en arcilla, sino compuesto por partes orgánicas de cadáveres humanos. Posiblemente eso le hacía diferente al humanoide hebreo, prácticamente un autómata, mientras que la criatura de Frankenstein es capaz de articular el lenguaje, leer, reflexionar y reaccionar ante el mundo a su propia manera.

No hay nada en esta novela que lleve a pensar que el ogro, el monstruo creado no sea un ser humano, aunque sea rechazado por la sociedad. La intención del doctor era clara cuando narra su experimento: “Emprendí la creación de un ser humano”. Su fealdad y su desproporción le convierten en un paria social y él, que nació inocente, es empujado a vivir en soledad y a caer en el crimen.

La criatura surgida en la Tyrell Corporation no es en absoluto desagradable en su aspecto físico, sino todo lo contrario, y supera al hombre en capacidad física e intelectual. Los replicantes, “réplicas” para Cabrera Infante, y en absoluto “androides”, término detestado por Ridley Scott, director de “Blade Runner”, también se rebelan contra su creador, el anciano Tyrell, que sólo les ha concedido cuatro años de vida adulta e improrrogables.

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Por eso viajan a la Tierra, para tratar de prolongar su vida, no para matar a los desgraciados e infelices habitantes del planeta. Esto no nos lo cuenta Scott, pero sí Philip K. Dick, autor de “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, por quien sabemos que nuestro planeta ha sufrido una Guerra Mundial Terminal que ha oscurecido el Sol y hecho irrespirable la atmósfera. Quienes han podido – los sanos y los más acomodados- se han marchado a las colonias espaciales, con la compañía esclava de los robots humanoides, androides orgánicos, elemento esencial del programa de colonización.

Pero estos seres artificiales, debido a la alta tecnología con la que han sido fabricados, no sólo son físicamente más atléticos e intelectualmente más poderosos que los seres humanos, sino que pueden pasar perfectamente por ellos. En la novela el simulacro es también perfecto pero no suscitan simpatía: están fabricados en serie y hay cientos de ellos que repiten el mismo modelo, cientos de Rachael y cientos de Roy Baty, lo que los convierte en seres idénticos e indistinguibles, es decir, no humanos. Además, un halo de frialdad o inhumanidad les rodea.

Este último aspecto, el de su carencia de emociones y sus respuestas formales de manual, tan reiterado por Philip K. Dick, es el que permite distinguirlos mediante un test, el de Voigt-Kampf, que permite evaluar su empatía, aunque las preguntas sólo hacen referencia a la actitud del androide hacia los animales vivos, escasos y cuya posesión muestra el nivel de estatus social de los habitantes de la Tierra, que además tienen a su favor una capacidad mística de fusión de grupo desconocida por los robots, aunque sea una superchería. El mercerismo, la corriente empática creada por una especie de profeta inmortal que aúna, física y espiritualmente, a todos los seres humanos, está absolutamente vedada a los androides.

Un Nexus 6, pese a su inteligencia superior, no puede encontrar el menor sentido al misticismo. Los creadores del test de empatía consideran que ésta sólo puede darse en la comunidad humana, que exige un instinto de grupo casi ilimitado. Pero tampoco todos los seres humanos serían capaces de superarlo, lo que reconoce el mismo Deckart, el detective y perseguidor implacable, cuyo trabajo le convierte en un personaje poco inclinado a la piedad. Si no fuera así, dejaría de ser un cazador eficaz, ya que la empatía borra la frontera entre el vencedor y el derrotado, entre el cazador y la presa.

Philip K. Dick reveló en una entrevista que el argumento de su novela surgió mientras recopilaba información sobre algunos personajes del partido nazi alemán; en esa labor descubrió que “hay algo en nosotros de humanoide”, algo morfológicamente idéntico al ser humano pero que no es humano y que existe una fundamental diferencia entre lo que es realmente humano y aquello que simplemente lo imita.

Los replicantes de Ridley Scott no están hechos en serie ni tampoco son crueles por programación. Han venido a la Tierra para pedir más tiempo a su creador, el viejo Tyrell, magnífica recreación de un Frankenstein sin remordimientos al que se dirigen sus patéticas criaturas sin obtener ningún alivio. Se acaba su tiempo y la desesperación les lleva a la violencia pero ¿hay algo más humano que desear vivir más, que el tiempo no se agote, que no pase por nosotros?

A lo largo de la película, Rick Deckart va descubriendo que los replicantes no son máquinas insensibles, lo que le hace reconsiderar sus convicciones acerca de lo que es humano y lo que no lo es. Incluso llega a plantearse, aunque no explícitamente, si él mismo no será uno de ellos, como otros, la propia Rachael, que no conocían su auténtica naturaleza androide porque se les había implantado una memoria falsa. En la misma novela, Deckart llega a pensar que no hay mejor cazador de androides que uno de ellos y, en la película, hay imágenes que nos hacen dudar de que sus recuerdos le pertenezcan realmente.

Es difícil definir qué nos hace humanos. Por mucho que se empeñe Philip K. Dick, la empatía no es privativa de los hombres y, además, ni nos viene de serie ni es universal. Ponerse en el lugar de otro ser vivo que siente y desea es algo que aprendemos día a día, mediante el contacto. Esa capacidad para que nada de lo que ocurre en este mundo nos sea ajeno es sólo una posibilidad que puede materializarse o no.

Al final, lo que queda es la idea de que replicantes y seres humanos no son tan diferentes. Especialmente, cuando Roy, que ha aprendido a tener compasión, salva a su “blade runner” para que viva aquel que aún tiene vida. En su famoso parlamento mortuorio, deja dicho que el peor dolor es haber vivido para luego desvanecerse como lágrimas en la lluvia. No hay nada más humano que el dolor de la propia ausencia.

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Lecturas

– Philip K. Dick, “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, Edhasa, 1981. Publicada por vez primera en 1968.

– “Blade Runner” (Ensayo colectivo), Tusquets, 1988, La película de Ridley Scott transcurre en Los Ángeles en 2019.

– Carlos García Gual, “Prometeo: mito y tragedia” Ediciones Peralta 1979.

– Román Gubern, “Máscaras de la ficción” (Los enigmas de la vida: sobre Frankenstein y Moreau), Anagrama, 2002

Prometeo, el vicio de la filantropía

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Así como Ahasver, el ángel caído de Heym, es sentenciado a vagar eternamente sin conocer reposo por haberse opuesto al orden divino y haber prendido en los hombres la chispa de la rebelión, Prometeo cumple su castigo en el Cáucaso por similares delitos. Ahasver es el defensor de las causas perdidas de los hombres y en eso radica su coincidencia con Prometeo, que nada tiene que ver con Lucifer, aunque en ello hayan insistido los apologistas cristianos tan propensos a la apropiación de todo lo grecolatino para sus propios intereses.

Prometeo comete un sacrilegio al robar el fuego, consigue incluso engañar a Zeus y podríamos coincidir con Hesíodo en que ha transgredido los límites. Shelley en el prólogo a su poema ‘Prometeo Liberado’ reconoce que ambos personajes comparten una misma rebeldía, pero el Titán carece de ambición, de envidia y de deseos de venganza y, sobre todo ama a los hombres, les protege y les enseña y consigue para ellos una era de justicia, sin reyes ni dioses.

Según Hesíodo, los hombres ya existían antes de que se les repartieran los dones que les harán plenamente humanos. Esta historia comienza cuando Zeus ha conseguido el poder tras la violenta lucha con los Titanes. Los dioses que le acompañan viven en el Olimpo pero también comparten lugares de la tierra con los humanos, en especial la llanura de Mecone, cerca de Corinto, en la que todo florece espontáneamente y en la que viven mezclados los unos con los otros: se sientan a la misma mesa, escuchan cantar a las Musas la gloria de Zeus y todos los días se celebran como una fiesta. Los hombres no conocen ni el trabajo ni el dolor ni la enfermedad ni el nacimiento ni la muerte y, aunque no son inmortales, viven cientos o miles de años, siempre jóvenes, hasta que un día desaparecen, igual que cuando llegaron.

Esta supuesta Edad de Oro finaliza en el momento en el que, por razones que se ignoran, Zeus realiza un nuevo reparto para resaltar las diferencias entre dioses y hombres. Recurre a Prometeo, hijo de un Titán pero aliado del rey de los Olímpicos. Hesíodo narra esta historia legendaria a través de tres importantes actos: el sacrificio a los dioses, el robo del fuego y la creación de la mujer.

El primer acto se desarrolla en torno al sacrificio de ofrendas a los dioses. Muerto y despellejado el buey, Prometeo hace dos lotes con él: en uno coloca los huesos mondos y lirondos y sobre ellos extiende una atractiva capa de grasa y, en el otro, amontona las carnes y las cubre con la piel y las repugnantes vísceras del animal. Le da a elegir a Zeus y éste elige el primer lote. Su reacción al verse engañado es de ira y resuelve dejar a los hombres sin el fuego y con ello reducirlos a la condición de bestias.

Hay un engaño, pero también la situación en la que quedan los hombres respecto a los dioses queda aclarada, según deduce Vernant: la parte que se sacrifica a los Olímpicos está compuesta de huesos y grasa, que es lo más vital e inmortal de los animales, y ascenderá a los cielos como una humareda, en tanto que la parte que se quedan los hombres, la carne, que es la que necesitan para subsistir, queda reducida a materia muerta. Los dioses no necesitan comer ni beber, si acaso néctar y ambrosía; en cambio, los hombres están sometidos al hambre, a la necesidad y a la mortalidad. Son los Efímeros, frente a los Felices, que componen el grupo de los inmortales.

Los hombres comen carne pero cocida o asada porque no son animales salvajes. Zeus les ha arrebatado el fuego y Prometeo sube al Olimpo por donde se pasea disimuladamente con una rama de hinojo, planta que tiene la característica de ser húmeda y verde por fuera y seca por dentro. Se apodera de una semilla del fuego de Zeus y la introduce en el hinojo. Baja de nuevo a la tierra y entrega lo robado a los hombres. Zeus lo descubre y de nuevo se enfurece y es entonces cuando envía a Prometeo al Cáucaso mientras idea nuevas “regalos” para los hombres, como la creación de Pandora. Si bien el Titán regala el fuego a los hombres, el Crónida, utilizando similar astucia, les regala el origen de todos sus males, según el capítulo más antifeminista de ‘Los trabajos y los días’. Prometeo Esquilo

Frente a Hesíodo, que toma partido claramente por Zeus y considera que Prometeo es un criminal justamente castigado, Esquilo lo convierte en mártir que se sacrifica y hace frente al poder omnímodo e injusto de Zeus en ‘Prometeo encadenado’, la tragedia que realmente marca las características del mito y sus recreaciones a lo largo de los siglos. Rafael Argullol, en ‘El fin del mundo como obra de arte’, contrapone la sabiduría del dramaturgo griego a las visiones de Juan de Patmos, el alba prometeica frente al ocaso apocalíptico.

Esquilo, dice Argullol, es un hombre sabio, profundo, equilibrado, orgulloso de haber participado en las batallas de Maratón y Salamina, en tanto que el autor del Apocalipsis es su antítesis: un visionario, probablemente un loco, con una descomunal capacidad para el odio y una mente forjada en la venganza. No hay más que leer las escenas de crueldad inusitada, de violencia y de regocijo por parte de los santos que, desde lo alto, contemplan el fin del mundo. Es la obra de un desequilibrado, de un enfermo.

El Prometeo de Esquilo es el gran seductor en un mundo en el que no existe ninguna imagen inmutable, ningún paraíso perdido al que recurrir, porque la Edad de Oro de la que da cuenta Hesíodo es realmente, la Edad de la Estupidez. No hay nostalgia de algo que no fue y por eso Prometeo no mira atrás porque el pasado no es mejor que el presente o el futuro y exige al hombre que reconozca su soledad, a cambio de un sueño ambiguo de libertad. No les ofrece la inmortalidad, pero si les evita “ver ante sí un fatal fin” fundando en ellos ciegas esperanzas”, es decir, la confianza en el futuro. Ahora, los Efímeros, los que viven al día -dice el ‘Prometeo encadenado’– poseen el fuego y de él obtendrán el conocimiento de muchas artes. Prometeo convierte a los hombres, de niños, en seres inteligentes y capaces de reflexionar. No hay paraíso perdido y es el Titán quien entrega la antorcha que revela el conocimiento a los mortales.

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Frente a un dios inmutable, ajeno al devenir de los hombres, nacido en el desierto, en un paisaje sin matices, Zeus podría ser un dios que aprende del tiempo que a todos nos envejece. En la tragedia de Esquilo, ‘Prometeo liberado’, de la que sólo conocemos algunos fragmentos, se ha producido un pacto, nada fácil, por no decir imposible. Heracles, parece que con el permiso de Zeus, ha matado al águila que atormentaba a Prometeo y a éste le ha liberado de sus cadenas. No es fácil aceptar que dos adversarios tan inflexibles acaben reconciliándose. Es posible que Zeus, con el tiempo, haya evolucionado hacia un carácter más humanitario y haya acabado perdonando a Prometeo, lo que supondría admitir la perfectibilidad del ser supremo, algo manifiestamente imposible en el Dios de la Biblia.

No se entiende que en la primera tragedia, Prometeo augure a Zeus la pérdida del poder a causa de sus “propios designios insensatos”; que el tirano supremo envíe como intermediarios a Krátos, personificación del Poder, y a Bia, la violencia, que actúan como sus sicarios y que, a través del servil Hermes, le comunique las condiciones de su tormento eterno, para, en la segunda tragedia, llegar a un pacto. Tampoco está en la naturaleza del héroe aceptar esa especie de indulto.

En el escenario de ‘Prometeo encadenado’ aparece Io, la joven metamorfoseada en vaca, que huye enloquecida del acoso del tábano. Según García Gual, Esquilo ha puesto en conexión su leyenda con la de Prometeo, cuando probablemente nada en la tradición los relacionaba. Pero los sufrimientos de Io vienen a ilustrar la situación de la divinidad en el mundo: Prometeo puede ser culpable, pero Io, víctima del capricho de Zeus y de la venganza de Hera, es absolutamente inocente.

El coro, compuesto por las Oceánides, jóvenes doncellas que representan la empatía ante el dolor del rebelde, amedrentadas ante el mundo de violencia e injusticia que les revela la historia de Io, deciden sufrir con Prometeo, acompañarle en su destino, ser compasivas en el sentido griego de la palabra sympatheia. Ellas y los espectadores levantan acta de acusación contra Zeus, contra su injusticia.

En el ensayo, poético y filosófico, de Argullol, Io representa un importante papel, más allá de la injusticia concreta a la que ha sido sometida por los dioses. Io, condenada a “perder la patria segura del instinto para vagar en el desierto del conocimiento”, castigada con el “regalo de la conciencia”, verdaderamente es la representación de la humanidad, que intenta explicarse la furia del mundo y la causa de su dolor.

Lecturas

– Rafael Argullol, ‘El fin del mundo como obra de arte. Un relato occidental’, 1991, Acantilado.

– Carlos García Gual, ‘Prometeo: mito y tragedia’, 1979, Ediciones Peralta.

– Jean-Pierre Vernant, ‘El universo, los dioses, los hombres. El relato de los mitos griegos’, Anagrama, 2000.

Ahasverus y Cartaphilus, errantes inmortales

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El Judío Errante, o Judío Inmortal como lo llaman en los países de habla alemana, es un personaje de la mitología popular europea que inicia su andadura en las crónicas medievales del siglo XIII y se multiplica a partir de 1547, año en el que fue visto en Hamburgo. Aparece en distintas versiones y con diferentes nombres pero siempre con una característica: un marcado sentido antisemita. Es la personificación de la diáspora del pueblo judío, propenso a éxodos, exilios y destierros, un castigo divino que la nación “cainita y deicida” tiene bien merecido por haber negado al Mesías y haberle conducido a la crucifixión, según la cristiandad.

Nuestro personaje tiene semejanzas con Caín, al que Jehová condenó a vagar errante y fugitivo sobre la tierra. El judío de la leyenda recibe la maldición de labios de Jesús, bien por negarle un poco de agua o un lugar para el reposo durante su subida al Gólgota, bien por meterle prisa cuando cargaba con la cruz a cuestas. El hijo del hombre se va, pero tú esperarás a que vuelva”, parece que le dijo. La promesa de Jesús a sus seguidores era que pronto volvería y los apóstoles pensaban que eso ocurriría en su propia generación, pero han pasado dos mil años, la Parusía sigue sin producirse y el Judío Errante continúa su vagar eterno sin poder descansar jamás.

Una de las versiones asegura que el Judío Errante era un zapatero que tenía su tienda en la calle por la que subían los condenados a muerte con los maderos de la cruz a cuestas; otra, que se trataba de un centurión o un criado de Poncio Pilatos, que era el mismo Herodes e incluso Malco, asistente del Sumo Sacerdote, al que Pedro cortó la oreja. Los nombres también son muchos, pero han persistido, posiblemente debido a la literatura sobre el tema, el de Joseph Cartaphilus, identificado con el centurión y a, y el de Ahasverus.

En las primeras líneas de “El inmortal”, Borges nos hace un retrato de Joseph Cartaphilus sin afirmar en ningún momento que sea el auténtico Judío Errante. Nos lo sitúa como anticuario en 1929 en Londres. “Era un hombre consumido y terroso, de ojos grises y barba gris, de rasgos singularmente vagos y se manejaba con fluidez e ignorancia en diversas lenguas”. A finales de ese mismo año se supo que había muerto en el mar, al regresar de Esmirna, y que lo habían enterrado en la isla de Ios. Pero dejó en el último tomo de la Iliada, un manuscrito en el que Marco Flaminio Rufo, tribuno de las legiones de Diocleciano y otro de los nombres de Cartaphilus, narra su búsqueda de la Ciudad de los Inmortales.

De Cartaphilus se contaba en cartas y crónicas medievales que había sido un pretoriano de Poncio Pilato, aquel que empujó a Cristo camino del Calvario para que se diese prisa. Y que fue entonces cuando el propio Mesías le profetizó su inmortalidad errante. Otra versión, procedente de la crónica inglesa “Flores Historiarum” de Roger de Wendover, publicado en 1228, cuenta que un arzobispo armenio que visitaba Inglaterra relató que se había encontrado con Cartaphilus, en realidad José de Arimatea. Una leyenda algo posterior dice que Cartaphilus no era soldado romano, sino un criado del gobernador que acabó como ermitaño haciendo penitencia por su enorme pecado en Armenia. En todos los casos, el condenado a la inmortalidad rejuvenece cada vez que llega a la edad de cien años y así hasta la segunda venida de Cristo, como le fue prometido.

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En 1603 circuló un folleto anónimo que hizo muy popular la leyenda del Judío Errante y en el que se relataba que cincuenta años antes, en 1547 en Hamburgo, el clérigo luterano Paulus von Eitzen, afirmó que había conocido al Judío Errante en persona y que el propio Ahasverus, que así decía llamarse, le contó su historia y su maldición. Las ediciones del folleto se multiplicaron y se extendieron desde Alemania a Suecia, Dinamarca, Países Bajos y Francia.

El escritor alemán Stefan Heym utiliza la historia del consiliario de Schleswig y su encuentro con Ahasver para narrar su propia versión del Judío Errante, que convierte en parábola del Orden que ha de ser superado por la Justicia. Existe una explicación, que él mismo autor expone en una de las cartas al responsable del Instituto de Ateísmo Científico de Berlín, de por qué resurge con ímpetu la leyenda del Judío Errante en plena Reforma: Lutero destruyó el monopolio del tráfico financiero de la Iglesia católica y sus grandes bancas, los Fugger y los Welser; los puritanos protestantes se quedaron sin banqueros y no tuvieron más remedio que acudir a los judíos, a quienes sí se les permitía el préstamo sin riesgo de condenación eterna. Ahasver aparece desde entonces, no sólo como el vagabundo inmortal, sino también como el prestamista y el usurero y también el inventor de las cartas de crédito porque allá donde va llega como un mendigo e inmediatamente, gracias a sus contactos y a sus cartas, consigue grandes riquezas.

Pero Heym crea con Ahasver otro personaje, cuyo origen no está en la primera venida de Jesucristo, sino en el propio Génesis, en la rebelión de Lucifer y sus seguidores frente a la osadía de la creación del hombre, al que todos en la tierra y en el cielo deberían adorar. De unas motas de polvo, de agua, de aire y de fuego, Dios creó al hombre en la palma de su mano. Pero Lucifer no estaba dispuesto a servir a un ser que no era ni fuego ni espíritu como él, un ser que se convertirá en una “alimaña y se multiplicará como los piojos y hará de la tierra un lodazal maloliente” y será “burla y oprobio” de la imagen de su creador.

En la rebelión y en la caída le acompaña Ahasver, el Amado, pero no por las mismas razones. Se rebela contra el orden del Creador porque le domina “un gran pensamiento, un sueño” y Dios le castiga porque no puede consentir que su ley sea un escarnio a sus ojos, que no le alabe, que su orden no sea orden para él y que pretenda poner “lo de arriba abajo y lo de abajo arriba”.

Le condena a vagar eternamente y esta sentencia se repite con el propio Jesucristo, a quien Ahasver pretende convencer de que no tiene que ser el cordero, ni cumplir la profecía de la mansedumbre. Cuando Reb Joshua ayunaba en el desierto le mostró los reinos del mundo y cómo en todos y cada uno de ellos imperaba la injusticia, cómo los débiles eran aplastados por los fuertes, cómo los campesinos se uncían ellos mismos el arado. Ante semejante estado de cosas, Ahasver le insta a que se haga cargo de todo ello y disponga lo de abajo arriba pues “son llegados los tiempos de establecer el verdadero Reino de Dios”, pero Reb Joshua le contesta: “Mi Reino no es de este mundo”.

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Y cuando, camino del calvario, Ahasver le ve torturado y exhausto dirigirse al sacrificio le dice: “Te quitarás de encima esa cruz y te erguirás, libre de la carga y reunirás en torno a ti al pueblo de Israel y serás su caudillo, como está escrito porque tuyo es el combate y tuya la victoria”. Reb Joshua le pide que envaine la espada y que le deje descansar a la sombra del pórtico de su casa, pero Ahasver le empuja y le advierte de que a Dios no le importa que muera en la cruz, que ha hecho a los hombres como son y que no va a cambiarlos “tu pobre muerte”. Es entonces, cuando Jesucristo le condena a permanecer en la tierra hasta que vuelva para juzgar a los vivos y a los muertos.

Ahasver no cree que el cordero transforme el mundo. “Te prenderán y te escarnecerán como a falso rey”, le avisa cuando predica que los mansos poseerán la tierra y que quienes tienen hambre y sed de justicia se verán hartos. El ángel caído se rebela contra Reb Joshua porque no es quien espera, no es el que impondrá la ley de la justicia en el mundo. Tras su muerte en la cruz sigue reinando la maldad: todos son enemigos de todos, se construyen campos de concentración donde los hombres mueren a millares por falta de alimento y cámaras de gas donde fallecen asfixiados y armas que aniquilan a los enemigos, se tortura hasta la muerte y se mata en masa. No hay más que echar una ojeada al terrible siglo XX. “Y todo ello sucede en nombre del amor y para el bien de los pueblos”.

Nunca la espada se convirtió en reja de arado. Y el hombre “se apodera de las fuerzas del universo y crea gigantescos hongos de humo y llamas, en los que todo ser viviente se convierte en ceniza y en una sombra sobre la pared”. Los hechos dan la razón a Lucifer: de una mota de polvo no sale nada bueno y la humanidad es una vara torcida. Todos los parches son inútiles y sólo prolongan la agonía del género humano que finalmente habrá de sucumbir. Propone a Ahasver que se una con él en la destrucción del viejo mundo y que con su espíritu se cree un reino “sin ese pequeño Dios de un pequeño pueblo del desierto, un Dios que sólo puede vivir si todos los seres se le someten”.

Pero Ahasver, el ángel caído que quiere mudar el mundo porque cree que el mundo es mudable y también los hombres que lo pueblan, no puede aceptar el destino de exterminio que Leuchtentrager, el que lleva la luz, quiere para los hombres. Es un redentor, un Prometeo, castigado por Dios. Y convence a Reb Joshua para que vuelva, pero esta vez a juzgar, no a padecer: para asaltar los cielos y el orden de lo sagrado.

Lecturas

Jorge Luis Borges, El inmortal (El Aleph), Seix Barral, 1983

Ahasver, Stefan Heym, Alfaguara, 1981

“Balada de Caín”, nostalgia del Paraíso

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Desterrado y maldito para toda la eternidad, Caín es el reverso del bien, el primer asesino de la historia, el despreciado por todos, el errante, pero también el aventurero, el fundador de ciudades y el constructor de sus fortalezas, el inventor de las pesas y las medidas, el artesano y el artista.

El primer gran villano de la historia sagrada se convierte, por su enfrentamiento con Dios y por el castigo que recibe, en un personaje de ficción de múltiples facetas. Da casi tanto o más para la recreación y la distorsión que el propio Jehová, otra máscara literaria en la que Manuel Vicent se emplea a fondo en esta novela, que mereció el Premio Nadal en 1986 y que constituye la expresión lírica de su culto mediterráneo y pagano al placer de todos los sentidos, incluido el goce intelectual.

Jehová permitió a Caín, tras el asesinato de Abel, seguir viviendo pero como un proscrito y, según las antiguas leyendas, dondequiera que iba, la tierra se estremecía bajo sus pies. Le impuso castigos que eran peor que la muerte: un cuerno vergonzoso en mitad de la frente; un hambre voraz que nunca se saciaba; la decepción de todos sus deseos; una perpetua falta de sueño y la orden terminante de que ningún ser humano se le acercara para ofrecerle amistad o para matarlo.

Vicent da voz al protagonista de la historia y en su boca pone las palabras que nos cuentan su versión. Caín es un hombre que sólo busca la felicidad, que ha visto demasiados paraísos en la tierra y que sólo pretende encontrar “un poco de amor”. La vida del hombre consiste en huir detrás de un sueño que no existe, le susurra Eva en el desierto y, en sueños, Jehová le dice que su destino será huir siempre y ser feliz sin esperar nada. Su vida consistirá en la búsqueda de la felicidad y del paraíso, lugar donde quizá podría hallarse.

Sus padres se aparearon fuera del edén y a él sólo le llegaron vagos comentarios de lo que fue la vida antes de que él naciera y ellos cometieran el grave pecado de querer ser inmortales. Eva le contaba bellas historias sobre el origen de los tiempos, pero Adán sólo hablaba para orar e implorar el perdón de Jehová, reconocer la insignificancia de su persona y expresar su nostalgia por el paraíso perdido. A él, su hijo, le daba “consejos de esclavo” ante la mirada ajena de Eva, que “no creía en nada, temía a las serpientes y aborrecía a Dios”.

Pasa su niñez en el desierto, con sus padres y luego con Abel, en busca de oasis y pastoreando cabras. En esas caminatas, descubrían chatarra bélica, nidos de ametralladoras, campos sembrados de cruces y, en una de las marchas, Adán tuvo la mala fortuna de pisar una mina y saltar por los aires. Murió pero le dejó a Caín un Dios fornido y de mal carácter, caprichoso y sanguíneo que visitaba a los tres miembros de la familia acompañado por su guardia personal de gorilas arcángeles, luciendo espectaculares atuendos de jefe de pista circense, dictador tercermundista o vaquero del oeste, que siempre le proponía echar un pulso sobre el ara de los sacrificios o competir en una carrera de velocidad por el desierto.

Todos los males de Jehová se debían a su omnipotencia y a su inmensa soledad: creó el universo para combatir su aburrimiento y luego no supo qué hacer con él. Jehová era un dios lleno de tedio, que gozaba en el dolor de los seres a los que había creado. Es en el desierto, al construir un espantapájaros para proteger las ofrendas destinadas al creador del mundo, cuando Caín descubre que las cosas se poseen a través de su imagen y que para crear a Dios sólo es necesario reproducirlo. Cuando los tiempos del Génesis han terminado, surge una pregunta inevitable:

“¿Existe todavía Jehová, aquel fabricante de charadas?”

– “Existe en verdad. Pero Dios ya sólo es nuestra ignorancia. O nuestro miedo. El enigma es un precio que hay que pagar”.

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En un supremo ejercicio de dislocación temporal, Caín hace repaso de su infancia y de su adolescencia con Jehová o quizá vive esa época de su vida en el desierto al mismo tiempo que ejerce como saxofonista en un club de jazz en Manhattan. Una madrugada, de vuelta a su alojamiento en Nueva York, escucha por la radio la noticia de que han matado a Abel y que se busca a un hombre de rasgos árabes, alto y de ojos verdes, que lleva una señal en la frente, un círculo entre las cejas. Los periódicos no se ponen de acuerdo: unos dicen que se ha hallado en el litoral del Mar Negro un cadáver incorrupto de los tiempos del Génesis y otros sitúan el suceso en París, en el ambiente nocturno y homosexual de los jardines del Trocadero, e incluso en el metro de Nueva York. También dicen que la víctima era un bailarín, un actor o quizá solamente un bellísimo chapero.

En cualquier caso Caín no ha sido el autor, al menos todavía, de la muerte de su hermano, “un idiota, pero al que yo amaba; jamás me hubiera atrevido a arañar a un ser tan perfecto e infeliz”. Abel fue quien le inició en los secretos de la carne, en el nido de ametralladoras del desierto, donde practicaba juegos de pugilato con el mismo Jehová.

Caín y Abel abandonan el desierto en una caravana de comerciantes que recorría la Media Luna Fértil, la zona que arranca del Golfo Pérsico, sube como un alfanje curvo por el territorio de los grandes ríos hasta alcanzar la región de Mitanni, comienza a doblar por el país de los hititas y encuentra el mar en la legendaria Biblos, la de los perfumados cedros”, donde se fabricaba el papiro y “los maestros enseñaban en las calles el arte de la escritura y regalaban sentencias de sabiduría”.

Durante el trayecto, Caín se empapa de las historias que cuentan los expedicionarios sobre la mítica ciudad de Ur, sobre la gran Babilonia y sobre las tierras de Canaán. Pero nadie quiere hablarle del paraíso. Circulan historias, simples rumores, que dicen que dentro de lo que queda del paraíso no hay nada, que en otro tiempo fue un simple criadero de monos, donde la mayoría de ellos eran felices hasta que algo sucedió. En la época de los reptiles alados, un mono devorador de manzanas comenzó a jugar con un palo y se sintió inmortal y ahora el paraíso es un inmenso corralón en ruinas.

Caín consigue adentrarse en él y, efectivamente, no hay nada. En el mismo momento en que penetra en el edén del desierto, Caín el saxofonista lo hace en el cuerpo de Helen, en su habitación del hotel de Chelsea y entra en el auténtico paraíso. El edén era “caminar a la luz de la luna sin esperanza y sentirse feliz al comprobar que el cuerpo formaba de la arena” de la misma forma que dos cuerpos forman parte el uno del otro en una sola carne.

El edén no está en el desierto de su infancia, ni en las ciudades recorridas a lo largo de los siglos, ni siquiera en Nueva York, a donde se dirige después de escuchar el consejo de un soldado americano, del mismo ejército que había bombardeado Jericó con sus aviones ultrasónicos y había matado a Abel y a Jehová. “Si eres Caín, Nueva York es tu sitio, en esa ciudad se venera a los héroes”.

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Nueva York es la ciudad de las ciudades, palpitante y bulliciosa es la que nunca duerme, lugar de mezcla y confusión, intoxicada de jazz, capaz de elevar a objeto de arte una vulgar lata de sopa, destino de emigrantes venidos de todo el mundo y donde todo puede ocurrir: desde un picnic en Central Park a una procesión de napolitanos celebrando a San Genaro. Un lugar en el que el Dios infantil, cruel y caprichoso del desierto ya no tiene espacio porque ha perdido del poder que le otorgan los hombres, el único que puede tener. Nueva York se ha convertido en el emblema de lo que los intolerantes llaman la perdición, la nueva Babilonia. Su castigo llegó de la mano de fanáticos de regiones donde Dios reinaba y aún hoy sigue marcando la miserable vida de hombres con deseos e imaginación de esclavos, como Adán, aunque ahora su máscara no se llame Jehová, sino Alá, al fin y al cabo la misma cosa.

Vicent hace aparecer en Nueva York un desfile de mutantes: negros en cadillacs blancos con sombreros de copa fosforescentes, ancianas vestidas con trajes de ballet, ancianos de ochenta años que hacen footing abrigados con bufandas, heroinómanos transparentes y desequilibrados macrobióticos; limusinas blindadas como sarcófagos y una vía que se dirige al paraíso situado bajo el asfalto. En las alcantarillas de Manhattan fluyen aguas que arrastran joyas perdidas arrastradas por innumerables cañerías y donde se respira un olor a piña podrida en un clima tropical, en el que viven los hombres rata de piel cenicienta y córneas gelatinosas, cuya clase superior ha alcanzado el estado letárgico y apático que conlleva la renuncia a todo, y donde cocodrilos albinos procesionan en círculo con la cabeza fuera del agua, majestuosamente, como reyes ciegos, descendientes de aquellos caimanes de los años treinta que, según una leyenda urbana que aún perdura, fueron adquiridos en Florida por adinerados e inescrupulosos turistas y, ya en Nueva York, arrojados por el inodoro.

Caín busca el paraíso pero sobre todo busca la felicidad que se encuentra en el olvido de la sed, del hambre, del sentido de culpa. Recuperar la memoria del paraíso es recuperar también el desdén, la injusticia, el desamor y bien sabe que no se puede tener lo uno sin lo otro. Por eso Caín sigue huyendo en busca del placer, la inmersión en el otro y la pérdida de uno mismo, que es lo único que facilita la desmemoria.

Manuel Vicent, Balada de Caín, 1987

Ovidio en el Ponto, la amargura del exilio

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Un poema y un error llevaron a Ovidio a los confines del Imperio Romano. En la cincuentena, inmerso en una vida placentera y alcanzado el éxito como poeta del amor y las metamorfosis, tuvo que abandonar la ciudad por orden expresa y fulminante del emperador Octaviano y cambiar su residencia, vecina a la colina del Capitolio, y su villa en las cercanías de Roma por una existencia inclemente en la localidad de Tomos, una antigua colonia griega convertida en plaza fuerte, habitada por los primitivos getas, un pueblo tracio que había vivido durante siglos en el delta del Danubio, y por algunos griegos barbarizados.

En las elegías que componen ‘Tristes’ y en las epístolas de las ‘Pónticas’ pide a sus familiares y amigos que intercedan ante Augusto para que le permita volver. Para acentuar los tintes sombríos de su existencia habla de Tomos, actual puerto rumano de Constanza, a orillas del Mar Negro, como de un lugar árido, hostil e inseguro, situado en los últimos confines del mundo, “cubierto por un eterno manto de nieve” y rodeado de salvajes enemigos, sármatas y getas, que lanzan mientras cabalgan en torno a los muros dardos envenenados con la hiel de las víboras, de forma que las casas lucen erizadas de flechas y “los cerrojos de las puertas apenas resisten el empuje de las armas”. Pero sobre todo es el frío de inviernos que se suceden sin tregua y el mar helado lo que le hace lamentar una y otra vez su cruel destino.

Estrabón. en su ‘Geografía’, señala que en tiempos homéricos lo que hoy llamamos Mar Negro, se denominaba “Axenos”, que significa inhóspito, debido a las tormentas de invierno y a la ferocidad de las tribus escitas que vivían en el litoral y que se complacían en el sacrificio de los extranjeros que llegaban a sus costas. Después, cuando los jonios fundaron sus colonias alrededor de este mar, se le llamó “Euxinos”, es decir, bueno con los extranjeros, hospitalario.

El poeta ruso Pushkin desmiente que el lugar sea tan terrible como Ovidio lo describió y asegura que brilla aquí largo tiempo un azulado cielo / y breve es el imperio de la invernal borrasca”. Pero la autocompasión no le permite al poeta romano escribir nada que pueda parecer un alivio a su situación de desterrado. En una de las epístolas Ovidio se hace eco del reproche de uno de sus amigos, Bruto, que le advierte de que un censor tilda sus cartas de monótonas y fastidiosas por ocuparse todas del mismo asunto y con idéntico tono lastimero. En ellas no deja de rogar a sus amigos que intercedan ante Augusto para que se acuerde de él y, al menos, elija otro destino de destierro menos aborrecible.

Nunca volvió a Italia a pesar de sus súplicas. Ni siquiera Tiberio, el sucesor de Octaviano, se prestó a escucharle. Falleció nueve años después de su llegada al Ponto, en el año 17. En una de sus epístolas expresó el temor de morir en Tomos y que sus restos fueran sepultados en su suelo y que, después de muerto, sus despojos yacieran oprimidos en la tierra de Escitia. Pedía que se impidiera que los cascos de los caballos tracios profanaran sus cenizas mal inhumadas, “como suelen quedar las de un desterrado”, y que la sombra de un sármata fuera a espantar a sus manes.

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No regresó del lugar que consideraba tan tenebroso y tuvo que conformarse con recorrer con los “ojos del pensamiento” las plazas, los palacios, los teatros revestidos de mármol, los pórticos y el campo de Marte, los jardines y los estanques y las aguas de Euripo. Y eso a pesar de que todos sus escritos del exilio ensalzan la divinidad y la clemencia de Augusto y en ningún momento ponen en duda la justicia de su decisión. Incluso en los poemas que escribe en el idioma de los getas, entonó “las alabanzas de César” cuyo “numen divino ayudó la novedad de mi empresa”.

Tampoco le había servido de nada la redacción de los ‘Fastos’, una obra que recuperaba ritos y creencias de la primitiva religión romana, tan del gusto de Octaviano, junto con el canto a la vida rural y a las antiguas y sencillas costumbres. Ovidio no era Virgilio, con quien Augusto tenía en común su mala salud de hierro y su aspecto enclenque y desvalido, ni tampoco Horacio, y la moderación y la vida pastoril no figuraban en la lista de temas predilectos.

Ovidio prefería la literatura amatoria, las elegías a una enamorada, en su caso llamada Corina, a la que dirigía sus cuitas de amor de la misma manera que Tíbulo a Delia, Propercio a Cintia y Cátulo a Lesbia. Después vino ‘El arte de amar’, en el que da consejos a hombres y mujeres para conquistar el objeto de su amor, elogia la vida alegre y las astucias de las cortesanas y considera el adulterio como un acicate más para el cortejo.

Fue un error de libro. El emperador Augusto, llevado por su puritanismo, no exento de hipocresía, había convertido una ofensa privada como el adulterio en un delito castigado con el destierro. Una de sus víctimas fue su propia hija Julia, a la que había obligado a casarse en tres ocasiones por razones de Estado: primero con un apuesto y limitado Marcelo; luego con su mano derecha, Marco Agripa, que casi le triplicaba la edad y, por último, con su hijastro y futuro emperador Tiberio. Tal vez a Julia le fascinaran las fiestas desenfrenadas o tal vez su actitud fuera una respuesta a la educación rígida que recibió y a las imposiciones matrimoniales. El caso es que se esgrimió que se citaba en secreto con sus numerosos amantes en el mismo Foro donde su padre había propuesto sus leyes “morales” que obligaban a denunciar a la adúltera si no se quería cometer un crimen de connivencia. Fue el propio Augusto quien denunció a Julia en el Senado, maldijo su memoria e hizo que destruyeran todas sus estatuas. En el año 2 a.n.e. fue confinada en la minúscula isla de Pandataria, al oeste de Nápoles.

Alrededor de la fecha en que fue condenada Julia, Ovidio publicó ‘El arte de amar’, excusa que se utilizaría para justificar su destierro diez años después. Es seguro que esta obra al emperador no le hizo gracia alguna y ya entonces pudo adoptar una predisposición hostil hacia el poeta, que, en su destierro, dijo que le perdieron un “carmen” y un “error”. El poema podría ser aquel pero el error, al que también denomina “culpa, crimen, estupidez e imprudencia”, es el que despierta más especulaciones porque nunca reveló en qué consistía.

Se ha argumentado que Ovidio pertenecía a una secta neopitagórica de carácter republicano y también que formó parte de una conspiración con los descendientes de Octaviano, pero no es una hipótesis que pueda tomarse en serio. Coincide su orden de destierro con el de la nieta del emperador, Julia la Menor, en el mismo año a la isla de Trimera y por las mismas razones que llevaron a su madre a Pandataria. La mayoría de los estudiosos cree que, de alguna manera, Ovidio fue testigo o tal vez cómplice del adulterio de la nieta, hecho que causó un gran escándalo social, o quizá fue un nuevo poema desconocido para nosotros y que desveló esa trama.

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En sus escritos en Tomos, dice el poeta que ha sido acusado de “ser maestro de un adulterio obsceno”, que su culpa es grave pero que no se le debe acusar más que de insensato y temerario. “Yo no vine a las tierras del Ponto acusado de homicida ni mis manos confeccionaron ningún letal veneno ni sufrí el castigo del que pone su sello en apócrifas escrituras ni cometí viles acciones que la ley prohibiese y, no obstante, tengo que confesar mi delito, más grave que todos estos. No me preguntes cuál; escribí un Arte insensato y eso impide que mi manos se consideren inocentes; no pretendas inquirir si he pecado en otro terreno y que toda mi culpa recaiga sobre el Arte de amar”. Estos versos pertenecen a una misiva dirigida al rey tracio Cotys, poeta en lengua griega, al que pide protección, pero no parece muy sincera su confesión ya que habían pasado más de diez años desde la publicación de ‘El arte de amar’. Aunque pudiera ser que Augusto se la hubiera guardado desde entonces.

Lo que sí parece clara es la antipatía del emperador hacia el poeta. En ‘El arte de amar’, Ovidio reta al emperador: “¡Que otros añoren la sencillez de las antiguas costumbres!”. Y seguidamente se muestra encantado de vivir en unos tiempos tan amables. Augusto le ordena, diez años después, abandonar Roma y al destierro añade la crueldad del destino: un lugar que, en la tradición grecolatina, era ejemplo de salvajismo, irracionalidad y de todo lo que consideraban ajeno a la civilización.

Ovidio recuerda en la Elegía IX de ‘Tristes’ que en Tomos, Medea despedazó a su hermano y expuso en una roca las manos lívidas del joven y su cabeza chorreando sangre para que su padre, Aetes, lo pudiera identificar y se retrasara en su persecución mientras recogía uno a uno los miembros esparcidos del hijo para darles sepultura. Fue en Tomos, que en griego significa “recorte, amputación”, una guarnición romana en una tierra de niebla y pesadilla, donde la princesa de Colcos traicionó a su padre y mató a su hermano, porque, según relata el poeta romano en Las metamorfosis’, nada más ver a Jasón se enamoró perdidamente de él y abandonó a un “padre despiadado” y “un país bárbaro” a cambio de una promesa de matrimonio.

Más que un acto de censura parece un represalia personal: tras el destierro, Augusto hizo desaparecer de las bibliotecas públicas no sólo ‘El arte de amar’, sino también ‘Los fastos’ y ‘Las metamorfosis’, pero no las prohibió ni las destruyó. Después, el tiempo obraría en favor de Ovidio, convirtiéndolo en uno de los poetas latinos que mayor influencia tuvo en autores posteriores.

Y ya he dado término a una obra que ni la ira de Júpiter, ni el fuego, ni el hierro ni el tiempo devorador podrán destruir. Ese día que, sin embargo, no tiene poder más que sobre mi cuerpo, pondrá fin cuando quiera al incierto espacio de mi existencia; pero yo volaré, eterno, por encima de las altas estrellas con al parte mejor de mí y mi nombre persistirá imborrable. Y allá por donde el poder de Roma se extienda sobre las tierras sometidas, los labios del pueblo me leerán, y por todos los siglos, si algo de verdad hay en las predicciones de los poetas, gracias a la fama yo viviré” (‘Las metamorfosis’, traducción de Ely Leonetti Jungl).

Ausencia de añoranza

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Dícese de una enfermedad que cursa con desapego y absoluta falta de pasión por regresar al propio país. Irena y Josef, dos ciudadanos checoslovacos que dejaron su país hace veinte años y residen una en Francia y otro en Dinamarca, se enfrentan, en ‘La ignorancia’, de Milan Kundera, a la idea del Gran Regreso tras la Revolución de Terciopelo de 1989. Los amigos franceses de Irena creen, siendo como son afectos sin fisuras a los valores morales consagrados desde hace siglos por la Odisea, que ella, la expatriada, ha se sentir nostalgia irreductible e intenso deseo de volver a la tierra natal y abandonar París.

Pero ni para Irena ni para Josef, que vive en Dinamarca, el regreso es la culminación de un deseo insatisfecho. No hay nostalgia ni añoranza y tampoco conciben magia alguna en el regreso. Ambos han hecho su vida en otro país, e incluso reconocen que el exilio les permitió vivir de otra manera, tener una existencia diferente, no necesariamente más feliz ni menos dura, pero sí distinta, en la que les sucedieron experiencias que en su país no podrían haber ocurrido.

Durante esos años en los que nunca se atrevieron a pensar siquiera que podrían volver, porque se consideraba que los regímenes comunistas eran eternos, se desvincularon casi totalmente de familias y amigos y al regresar se dan cuenta de que no tienen nada en común con ellos. Dejaron de conversar juntos debido a la distancia y al aislamiento y de evocar con ellos viejos recuerdos, que es la mejor fórmula para conservarlos. Ya ni siquiera tienen en común la misma impronta del pasado porque la memoria es siempre personal y selectiva y lo que para uno fue crucial, para otra resultó sólo una anécdota o incluso cayó en el olvido.

El paso del tiempo nos convierte a todos en personas diferentes. Josef encuentra un diario personal que conservó su hermano y no se reconoce en él. Han pasado treinta años desde entonces y él es otro, no tiene nada que ver con quien escribió esas páginas. Y lo que es peor, no le gusta en absoluto ese personaje que encarna un pasado del que, además, no quiere saber nada.

Poca materia de conversación tiene ninguno de los dos protagonistas con familiares y amigos de los que llevan separados veinte años porque, además, a nadie en su país de nacimiento le importa lo que han hecho o dejado de hacer en Francia o en Dinamarca. No les interesa, lo que significa que volver definitivamente supondría la amputación de esos veinte años pasados en el extranjero que, a fin de cuentas, han conformado su vida y lo que son ahora.

Josef e Irena con su marido abandonaron Checoslovaquia en 1969, después de que un año antes se frustraran las ansias de emancipación de los ciudadanos con la ocupación soviética. Se marchan como exiliados, pero no por miedo insuperable sino por escapar de la infinita vacuidad del país y la falta de esperanza. Lo mismo le ocurre al autor, Milan Kundera, aunque abandonó el país años más tarde, en 1975, después de que perdiera su cátedra en el Instituto de Cinematografía por su supuesta disidencia y su relación con la Primavera de Praga.

El exilio, una cuestión de acentos

No se sabe que Kundera haya vuelto a su país natal. Yo no lo creo. Quien sí volvió, aunque lo hizo veinticinco años después fue Roberto Bolaño y eso a pesar de que su renuencia era más clara que la del escritor checo. Cuando habla del exilio deja claro que él no puede sentir nostalgia “por la tierra en donde uno estuvo a punto de morir” ni se puede tener nostalgia por la pobreza, por la intolerancia, la prepotencia o la injusticia”. Esa nostalgia, concluye, “siempre me ha sonado a mentira” y, en el peor de los casos, “exiliarse es mejor que necesitar exiliarse y no poder hacerlo”.

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Bolaño en Blanes, donde vivió y escribió

El escritor chileno tuvo que salir por riesgo absoluto de su vida. Estaba en Santiago cuando se produjo el golpe de estado contra el presidente Allende y los militares ocuparon el poder. Estuvo detenido durante ocho días y consiguió salir del país cinco meses después, en enero de 1974. No obstante, cuando habla de su vida fuera de Chile, lo hace con cierta levedad optimista, como cuando dice que “en ocasiones, el exilio se reduce a que los chilenos me digan que hablo como un español; los mexicanos que hablo como un chileno y los españoles que hablo como un argentino”, en definitiva “una cuestión de acento”.

Se hizo prometer a sí mismo que nunca más volvería a su país, pero lo hizo, veinticinco años después, a finales del siglo pasado. Subió a un avión, superó las turbulencias y llegó a suelo chileno, que no besó por supuesto. Y en Chile, de golpe aparecieron los rostros de su infancia y de su adolescencia. Santiago seguía igual, dice en sus ‘Fragmentos de regreso al país natal’, y es que “las ciudades no cambian en veinticinco años” y las empanadas chilenas aún se llaman así y aún se comen chacareros. Algo sí ha cambiado: no había toque de queda y Pinochet estaba retenido en Londres.

Thomas Bernhard en San Salvador’

Los protagonistas de ‘La ignorancia’, Josef e Irena, sienten hacia su país de origen simple indiferencia y Roberto Bolaño, desaparecido del país el dictador sanguinario, puede volver a su patria. Aunque a ninguno les convence demasiado el lugar donde nacieron, no lo difaman ni lo odian ni desearían su desaparición, como ocurre en el monólogo desesperado de Edgardo Vega, salvadoreño de nacimiento y canadiense de adopción desde los veinte años, en la novela ‘El asco’, que lleva como subtítulo Thomas Bernhard en San Salvador’, toda una declaración de intenciones, del escritor salvadoreño Horacio Castellanos Moya.

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En unas páginas añadidas al final del relato, de apenas cien, el autor explica qué le llevó a hacer frente a la nación propia y cómo lo escrito no le resultó impune. Han transcurrido veinte años desde su publicación, en 1997, pero ‘El asco’ continúa provocando reacciones virulentas y su autor ni siquiera puede volver a su país. Todo por una novela que pretendía ser un ejercicio de estilo, una imitación de Thomas Bernhard, cuya obra es una crítica sin piedad a su país, Austria, y a su cultura. Como un estigma, la novelita de imitación y sus secuelas me persiguen”, dice Castellanos Moya.

Edgardo Vega, el protagonista, va desgranando vituperios, ofensas e insultos ante un confidente, que resulta ser el autor del libro y que transcribe su incesante monólogo y suaviza algunas frases para no escandalizar a los lectores. Vega ha vuelto para asistir al funeral de su madre, después de casi veinte años de ausencia, aunque juró no pisar nunca San Salvador. Comienza tachando de “inmundas y abominables” todas las cervecerías del país, de “cochinada” la cerveza nacional, y alerta de que no hay que decirlo en voz alta porque “la primera y principal característica de los pueblos ignorantes” es considerar “que su miasma es la mejor del mundo”. Prosigue su diatriba contra los grupos de rock y la música latinoamericana; contra los activistas que abandonaron el país; contra la televisión, cosa de analfabetos que sólo produce “septicemia espiritual”; contra su hermano al que sólo le importa la plata, como al resto de los salvadoreños, contra el fútbol, en el que “veintidós subalimentados con sus facultades mentales restringidas corren detrás de una pelota”; contra las gasolineras que invaden el paisaje; contra las hamburgueserías y contra un pueblo “obtuso, bruto y abyecto”.

Todo allí es asqueroso, dice Vega, pero su odio más ferviente va dirigido contra las pupusas, “unas tortillas grasientas rellenas de chicharrón”, que son la marca distintiva del país. Y precisamente esta crítica al plato nacional fue la que más les dolió a sus críticos que vieron mancillada su gastronomía nacional: imperdonable.

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Lecturas

– Milan Kundera, La ignorancia, Tusquets Editores, 2000

– Roberto Bolaño, Entre paréntesis, Editorial Anagrama, 2004

– Horacio Catellanos Moya, El asco, Random House, 2018

“La luna y las hogueras”, el Ulises de Pavese

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Un día tomó el barco en Génova, cruzó el Atlántico y llegó a California. Han pasado veinte años y el viajero de Cesare Pavese, narrador de su propia historia en ‘La luna y las hogueras’, regresa a su aldea del Piamonte, aunque ni siquiera puede decir que fuera suya porque en ella nada tuvo, tan solo una familia que lo acogió y amigos de infancia y juventud, la mayoría desaparecidos en la guerra y en las venganzas.

Vuelve como ‘el americano’ y vuelve rico pero aquellos ante quienes querría mostrar su éxito no están ya. Sólo queda su amigo Nuto, con una experiencia de vida diferente a la suya, convertido en otro hombre, igual que él. Veinte años no pasan en vano y aquí en el pueblo ya nadie se acuerda de mí, nadie recuerda que soy bastardo y que estuve de criado”.

Desde el valle del Belbo, donde pasó su infancia y parte de su juventud, partía la carretera que llevaba a Génova y de allí “a Dios sabe donde”; desde Canelli imaginaba la gente de más allá, la gente del mundo, que “mejora de vida, que se divierte y que se aleja por el mar”. Y él también partió y conoció otros hombres y otras tierras.

¿Por qué ha vuelto? Porque una noche comprendió que las estrellas que veía no eran las suyas, ni tampoco las tierras que parecían jardines y no huertas de labor, porque América no es un país para echar raíces y nadie le conocía desde pequeño y porque quería volver para ver algo que ya había visto –“los carros, los heniles, un cuévano, una verja, una flor de achicoria, un pañuelo de cuadros azules, una calabaza para beber, un mango de azada”– y lo que no había cambiado – ”las viejas con arrugas, los bueyes cautelosos, las chicas con vestidos estampados de flores, los tejados con sus palomares”.

Al volver recupera las historias que ya había olvidado, como las hogueras de San Juan que, según los viejos, atraían las lluvias y favorecían que todos los cultivos vecinos a la fogata dieran mejores y más abundantes cosechas, y la influencia de la luna a la hora de talar un pino o lavar una cuba, y vivir según las estaciones, no según los años: la canícula, las ferias, las cosechas, la temporada de poda, de echar el sulfato a las viñas o de deshojar las panojas del maíz. “Cada estación tenía sus costumbres y sus juegos y lo bueno es que la vida se regía por ellas”.

Vuelve para volver a vivir todo esto pero “los rostros, las voces y las manos que debían tocarme y reconocerme” hacía mucho tiempo que no estaban y “lo que quedaba era como una plaza a la mañana siguiente después de una fiesta, como un viñedo tras la vendimia, como ir solo al restaurante cuando alguien te ha dado plantón”.

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En una entrada de 1949 de su diario ‘El oficio de vivir’, Cesare Pavese hace referencia a esta novela que acababa de escribir y que se publicaría póstumamente. Reflexiona sobre la gloria y dice que para que sea grata tienen que resucitar los muertos, rejuvenecerse los viejos, volver los que están lejos” porque la hemos soñado en un ambiente limitado, entre rostros familiares que eran para nosotros el mundo y querríamos ver, ahora que hemos crecido, el reflejo de nuestras empresas y palabras en aquel ambiente, en aquellas caras”, que han desaparecido, se han dispersado o han muerto.

El regreso de este emigrante italiano al Piamonte de la luna y las hogueras no es tanto a una aldea en la que ya no queda nadie, sino a la infancia. Al deseo de ver la vida con ojos ingenuos y abiertos a lo imposible y con toda la vida por delante. Nuto le dice que cuando era niño pasaba hambre, que su vida no había sido tan feliz como para desear recuperarla. Pero eso apenas lo recuerda, como tampoco el peligro que le obligó a huir ni la guerra que nada arregló y mató a tantos, en combate y en venganza. Sólo tiene memoria para querer volver y poder sentir lo que sentía entonces, cuando era niño: que todo estaba aún sin hacer y que crecer sólo consistía en aprender a hacer cosas difíciles. Aún no sabía que hacerse mayor era envejecer y ver morir.

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En ‘El oficio de vivir’, Pavese escribe que hay un extraño momento en el que, con doce o trece años, te ibas del pueblo y vislumbrabas el mundo en alas de la fantasía y no te dabas cuenta de que en ese preciso momento, en que “eras más pueblo que mundo”, empezaba un largo viaje que, a través de ciudades, aventuras, nombres, arrebatos, mundos ignotos, te llevaría hacia el porvenir. Todo está en la infancia, hasta aquella fascinación que será porvenir y que sólo entonces se siente como una conmoción maravillosa”. Recuperar esa conmoción es imposible y por eso “La luna y las hogueras” refleja una tristeza infinita, la del pasar de los años que no dan marcha atrás nunca y la que produce el tiempo que todo lo envejece.

· Un espía chino, un diplomático francés y una confusión de sexos

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Mientras leía el caso de la impostura y confusión de identidades acerca de Martin Guerre, un acaudalado campesino francés del siglo XVI que abandonó a su familia y que ocho años después fue sustituido -en el reconocimiento de sus vecinos, en el afecto de sus allegados e incluso en el lecho de su esposa- por un hombre que se le parecía extraordinariamente, me vino a la memoria una historia que, si bien no es similar, sí tiene relación con una suplantación y con las versiones o recreaciones que la literatura o el cine hacen de relatos verídicos.

Se trata esta vez de cómo un espía chino enamoró a un diplomático francés y le tuvo convencido durante años de que era una mujer e incluso de que ambos habían concebido un hijo. El caso se hizo público en 1986 como resultado de un juicio por espionaje en París a los dos protagonistas de esta singular historia: Shi Pei Pu y Bernard Boursicot. Ambos se conocieron en 1964, cuando Bernard, con veinte años, empezó a trabajar como contable en la recién inaugurada Embajada francesa en China. Shi Pei Pu tenía veintiséis años, interpretaba papeles femeninos en la ópera de Pekín y enseñaba mandarín a las esposas de los diplomáticos. Le hizo creer que era una mujer pero que se veía obligada a llevar una vida de hombre para complacer a su padre, que siempre quiso un hijo varón.

Iniciaron un romance y, un año después, Shi le confesó que estaba embarazada. Boursicot tuvo que volver a París, pero regresó cuatro años después, aunque no pudo conocer al supuesto hijo de ambos porque fue enviado por su madre a una región remota con la intención -alegó ella- de protegerlo. En los siguientes años continuó la relación entre ambos, aunque el funcionario francés se trasladó a diversos puestos diplomáticos en Asia. Las autoridades chinas descubrieron el romance y le chantajearon para que les pasara documentos secretos, primero desde Pekín y luego, en 1977, desde Ulan Bator.

En 1979 Boursicot regresó a Francia y en 1982 consiguió traerse a Shi y a su supuesto hijo de dieciséis años, Shi Du Du. Interrogado por el servicio de contraespionaje francés, Boursicot confesó haberle pasado a Shi al menos cincuenta documentos clasificados, obligado por las autoridades chinas y con el fin de protegerla a ella y al hijo de ambos. Su papel como espía no fue brillante: las fotocopias de los documentos que pasaba a los chinos carecían de valor (facturas de comestibles, en especial quesos, y contratos de pequeñas obras) de forma que en 1979, su contacto chino le dijo que dejara de espiar porque no le resultaba de ninguna utilidad.

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Shi Pei Pu y el juicio

En el juicio, Boursicot fue informado de que la persona con la que había mantenido una relación de casi veinte años era en realidad un hombre “con todos sus atributos”. Se negó a creerlo hasta que le permitieron ver el cuerpo de Shi que, según la teoría de algunos investigadores del tema tenía la capacidad de retraer dichos atributos de forma que visualmente pareciesen genitales femeninos e incluso fueran susceptibles de penetración superficial. Convencido ya el francés de que no era una mujer, Shi le juró que el hijo era suyo porque había recogido su esperma para una inseminación artificial. Cuando los médicos le demostraron que eso era imposible y que el bebé fue comprado, Boursicot intentó suicidarse en la cárcel cortándose la garganta con una cuchilla.

Fue por su supuesto e imposible hijo por quien Boursicot se desvivió y se convirtió en espía, inconsistente pero espía, y por quien llegó a creer todo lo que su amante chino le contó: que había tenido que enviarlo lejos para protegerlo o que las costumbres de su país le impedían dejar ver su cuerpo totalmente desnudo. Boursicot había tenido relaciones con hombres y, aunque debió tener pocas con mujeres, en absoluto le repelían. No se trataba de un autoengaño acerca de su sexualidad ni la pretensión de borrar o sublimar su comportamiento en este asunto, sino de un deseo: el de enamorar a una mujer y tener un hijo con ella.

Por eso, cuando se convence de que ese adolescente no puede ser su hijo de ninguna manera, intenta suicidarse. Había sido capaz de crear un mundo irreal y convertir a un profesor de mandarín en una cantante de ópera absolutamente femenina y el descubrimiento de la triste realidad debió ser tan difícil de soportar que le empujó a dejar de vivir.

Los dos procesados fueron sentenciados a seis años de cárcel por espionaje, aunque se les perdonó un año después y cada uno siguió su camino: Shi Pei se quedó en París como cantante y Boursicot continuó su relación con Thierry, un hombre con el que vivía desde hacía algún tiempo. En cuanto al falso hijo, Shi Du Du, fundó su propia familia y no volvió a contactar con su falso padre, recluido en un geriátrico, hasta la muerte de Shi en 2009.

Esta curiosa historia que dejó perplejos a muchos franceses por la inocencia y credulidad del protagonista fue llevada al cine en 1993 por David Cronenberg con el título de “M. Butterfly”. El director modificó determinados aspectos del caso para hacer más explicables o más literarios ciertos comportamientos.

Y es en esta ficción de un hecho que realmente ocurrió lo que me pareció que tenía relación con el juicio al impostor de Martin Guerre. Toda ficción cuenta algo que pudo haber sido pero que no fue, incluso cuando no se basa en ningún caso real. Al utilizar hechos que sí ocurrieron, el relato literario (o cinematográfico) nos pone de relieve que funciona de la misma manera que el basado en la imaginación del autor: se recrea lo que ha pasado o quizá no, lo que podría haber sido de otro modo o lo que pudo ocurrir y quedó sólo como posibilidad.

Tan plausible es que la mujer de Martin Guerre fuera cómplice del suplantador de su marido como que tuviera un grave problema de conciencia, explotado por Janet Lewis al escribir sobre Bertrande como si conociera todos sus pensamientos, como si fuera la propia Bertande. Es un producto de la imaginación de Lewis, su versión sobre una mujer que, por ella misma o por sus parientes, fue empujada a denunciar al hombre que amaba y conducirle a la horca. O tal vez no fuera este el caso. No importa. La ficción nos da la posibilidad de que todo sea otra cosa y sin embargo siga siendo la misma.

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Es posible que Boursicot deseara enamorarse de una mujer y tener un hijo con ella pero su comportamiento pudo deberse o no a otras motivaciones. Cronenberg explora, en su relato cinematográfico de ficción sobre el espía chino y su amante francés, las ambigüedades de la identidad, las contradicciones del deseo, la invención de una fantasía y el exotismo de la cultura oriental. Boursicot pasa a llamarse Gallimard y es un diplomático de alto rango que se enamora perdidamente de Song Liling, diva de la ópera de Pekín y espía al servicio de su país. Jeremy Irons presta su impecable aspecto físico para construir un Gallimard elegante y torturado y John Lone interpreta un doble papel de hombre y mujer absolutamente creíble.

Liling acepta convertirse en la fantasía de Gallimard, que llega a definirse a sí mismo como “un hombre que amaba a una mujer creada por un hombre”. Nada que ver con la explicación que el auténtico Boursicot adujo para justificarse: “Nuestros amores eran clandestinos. Nos veíamos en lo oscuro, deprisa y corriendo”.

Todo pudo haber sido y si fue de una manera o de otra, la ficción nos da la oportunidad de reflexionar sobre ello, de recrearlo o de verlo con otros ojos. En estas posibilidades se basa la misma existencia de la ficción y su justificación. Como alguna vez dijo Javier Marías, leemos o vemos una película porque necesitamos “conocer lo posible además de lo cierto, las conjeturas y las hipótesis y los fracasos además de los hechos, lo descartado y lo que pudo ser además de lo que fue”.

Notas

– David Cronenberg, ‘M.Butterfly’, película de 1992, basada en el caso Boursicot.

– Janet Lewis, “La mujer de Martin Guerre”, vigésimo noveno volumen del Reino de Redonda, editado por Javier Marías en 2015.

– Daniel Vigne, “El regreso de Martin Guerre”, película de 1982. Como en la novela de Lewis, el impostor es mucho mejor persona que quien se marchó.

-La voz de Javier Marías procede del discurso que pronunció el 2 de agosto de 1995 en Caracas, bajo el título “Lo que no sucede y sucede”, al recibir el Premio Internacional Rómulo Gallegos.

· El doble regreso de Martin Guerre

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Cuando Ulises volvió a Ítaca tras diez años de guerra y otros diez de errancia, sólo Argos, su viejo perro, adivinó que era él. A Penélope tuvo que convencerla y superar la trampa que le tendió cuando ordenó que se sacara el lecho conyugal del dormitorio. Él lo había construido alrededor del tronco de un gigantesco olivo, lo que hacía imposible cumplir su mandato. Al recordárselo, ella se dio cuenta inmediatamente de que el hombre que estaba ante ella era el auténtico Ulises, el que había marchado a Troya veinte años antes.

A Bertrande de Rols, el supuesto impostor que se hizo pasar por su esposo después de ocho años de abandono también le dio múltiples pruebas, pero ella no le creyó y le llevó a juicio. Al principio lo acogió no sólo en su cama sino también en su corazón. Había vuelto cambiado de las guerras de España: ya no era un joven petulante, arisco y convencido de que debía ejercer la autoridad sin contemplaciones ni sentimentalismos y exigir obediencia a criados y a sus propios hijos y esposa cuando se convirtiera en el cap d’hostal, al morir su padre. Hacía ocho años que una discusión y una denuncia por robo de su progenitor, le hicieron abandonar la casa, a su mujer y a su hijo pequeño.

Ella le esperó pacientemente. Murieron los padres de él, las hermanas se casaron, Bertrande se quedó sola en la granja y, cuando ya creía que Martin no iba a regresar jamás, volvió y resultó ser una persona dulce, agradable, buen conversador, buen amante y mejor padre. Ella no dudó de él al principio, pero según pasaba el tiempo se le hacía más y más difícil entender su gran cambio. Y entonces se obsesionó con que era un impostor y, lo que es aún peor, que su alma sería condenada por toda la eternidad a las llamas del infierno porque había cometido y estaba cometiendo adulterio: ése no era su marido.

Y aunque todo el mundo la tomó por loca, excepto el tío Pierre, quien había sido jefe de la casa durante los últimos años de la ausencia de Martin, ella siguió insistiendo y llevó el caso a juicio, a pesar del disgusto de las hermanas y de los criados, la oposición del cura y la incomprensión de su hijo que había hecho un héroe de su padre recobrado. Una primera vista se celebró en Rieux y la segunda y definitiva en Toulouse. Ya estaba el caso juzgado y el acusado reconocido como Martin Guerre cuando de pronto se presentó el auténtico. La autora deja para el final la aparición dramática del esposo que, lejos de mostrarse cariñoso y respetuoso con su esposa, la acusa de traición y adulterio, el pecado al que tanto temía ella.

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La historia es real y ocurrió en Artigue, un pequeño pueblo del sur de Francia que todos los inviernos quedaba aislado por las nieves. Martin Guerre desapareció en 1548, el falso apareció ocho años después y fue condenado a muerte tras un complicado juicio en 1560. Del auténtico Martin Guerre y de su esposa y familia no se supo más.

La versión que ofrece Janet Lewis sobre esta historia nos muestra que perseguir la verdad no siempre es lo más acertado y que una educación rígida que tiene como objetivo inculcar el sentimiento de culpa no es lo más saludable. El relato va encadenando los estados de ánimo de la propia Bertrande: al principio prima el sentimiento de humillación y abandono que le produce la marcha de su esposo, luego la angustia al comprobar que pasan las primaveras y no regresa, el rencor por el sufrimiento que provoca en ella su ausencia, la agonía de la incertidumbre y la ansiedad ante viajeros desconocidos que pudieran dar noticias de él.

Y de repente reaparece como en un sueño y ella siente que el corazón se le desboca y cree que es Martin, que se le parece, pero no del todo. Pasan los meses y ella aún no puede creer que se merezca esa felicidad, que el orgulloso y abrupto esposo que se marchó se haya convertido en un marido cariñoso, vital y enamorado. Las pruebas de que era él son innumerables, desde los detalles del pasado que ambos recuerdan a las señales físicas que muestra -dos dientes rotos, los lunares- pero, sobre todo, el reconocimiento de que es él por parte de los parientes y los criados.

Pero a fuerza de pensar que no se lo merece, que va a ser castigada, Bertrande se labra su propia desgracia y de haber podido disfrutar el resto de su vida con un hombre dulce y atento, que la quería y del que estaba enamorada, el impostor llamado Arnaud du Thil, pasó a ser la esposa despreciada y condenada por Martin Guerre, un hombre que la había abandonado sin ningún cargo de conciencia y que no tenía el más mínimo apego a su persona ni a su familia.

Janet Lewis, la autora, se basa en los comentarios de Étienne Pasquier, célebre jurista contemporáneo a los hechos, que a su vez recoge el testimonio del relator del proceso, Jean de Coras, para escribir esta corta recreación en un libro que se publicó en 1941.

Michel de Montaigne asistió al juicio y lo mencionó años después en sus ‘Ensayos’, mediante preguntas sin respuestas, para mostrar las dificultades de desentrañar la verdad, que huye y cojea, como el supuestamente auténtico Guerre, que perdió una pierna en la batalla de San Quintín. Se pregunta cómo Arnaud du Thil, un hombre enamorado de una mujer a la que nunca vio, pudo adoptar la identidad del marido con el consentimiento de parientes y vecinos, por qué lo aceptó ella y por que le denunció después, por qué se marchó Martin Guerre y por qué volvió y, sobre todo ¿quién era el auténtico impostor?

Janet Lewis, La mujer de Martin Guerre, Reino de Redonda, 2016

Nota biográfica

Janet Lewis (1899-1998) fue una novelista y poeta estadounidense. Escribió ‘La mujer de Martin Guerre’ (1941), ‘El juicio de Sören Qvist’ (1949) y ‘El fantasma de Monsieur Scarrow’ (1959), las tres novelas que integran la serie ‘Casos de pruebas circunstanciales’.

· Penélope, la esposa fiel y el tiempo detenido

La que espera, la que recibe la noticia de que Troya, por fin, ha caído en poder de los aqueos y se dispone a recibir a su esposo, pero Ulises no llega. Se demorará otros diez años. Penélope espera.

La épica homérica entroniza a Penélope como el paradigma de la fidelidad y de la prudencia, frente a sus primas, la bella y casquivana Helena, y la adúltera y asesina Clitemnestra. Es también una mujer enamorada que, al recibir la noticia de que su esposo había muerto en la guerra, loca de desesperación, se arroja al mar, y una bandada de ánades la rescata y con sus picos la arrastran de nuevo a la playa. Su propio nombre delata su condición: ella misma es Penelops, término griego para denominar a estas aves que, en el imaginario clásico, se caracterizan por su fidelidad.

Tras la marcha de Ulises a la guerra, Penélope queda a cargo del palacio, como reina de Ítaca, con un niño de poca edad. Su suegro, Laertes, ha optado por marcharse a vivir al campo y ella tendrá que hacer frente al acoso de los pretendientes que, convencidos de que el rey ha muerto pues no ha vuelto de Troya con todos los demás, quieren ocupar su lecho y hacerse con el trono itacense. Es entonces cuando Penélope inventa la estratagema del telar: sólo tomará esposo cuando termine la mortaja que teje para su suegro. Durante el día teje y por la noche desteje y así la labor se convierte en una tarea inacabable. 

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Al igual que Ulises, Penélope posee una inteligencia astuta que le ayudará a librarse, al menos durante tres años, de los codiciosos pretendientes. La diosa Atenea le ha enseñado el arte del telar, que simbólicamente es, en alusión a la laboriosa urdimbre, el arte de narrar y la capacidad del pensamiento, de forma que la tejedora de hilos es también la urdidora de ingeniosas tramas.

La literatura posterior a Homero dibujará una Penélope menos ejemplarizante y más humana, que se verá empujada al asesinato por culpa de los celos, como ocurre en una tragedia perdida de Sófocles. Tradiciones diferentes que, como la expresada por Licofrón, poeta romano que recoge la supuesta genealogía troyana de los romanos a partir de Eneas, le lleva a difamar a los griegos y hacer de Ulises un individuo taimado y cruel y de Penélope, una ramera que malgastó la riqueza de Ítaca.

Pero la tradición homérica se ha impuesto y Penélope es el modelo de la buena esposa que ha seguido vigente hasta ayer mismo. Ella es la que espera en una perfecta armonía consigo misma, la que es fiel al esposo ausente y la que le anima, cuando vuelve, a proseguir su destino de héroe viajero. El premio a su conducta será recuperar a su esposo y vivir con él los últimos años de una vejez suave y tranquila. Es cierto que Ulises renunció a la inmortalidad y a la ninfa Calipso, más bella que Penélope y también enamorada, por volver junto a su esposa, a la que ama. Pero a él no sólo no se le exige continencia sexual sino que se ve como admirable su relación con Circe y, sobre todo con Calipso.

En las recreaciones que siguieron al mito, Penélope continuó siendo la perfecta esposa, más o menos fiel, pero también más humana. La más famosa, Molly Bloom, que juega un papel crepuscular en la novela de Joyce, revela en su monólogo que no le es fiel a su marido, que desea a otros hombres, pero que Leopold Bloom es el mejor de todos. Da rienda suelta, en este flujo de conciencia que escandalizó a la sociedad europea de principios del siglo XX, a un rosario de deseos y experiencias sexuales que nunca habían sido puestos en boca de una mujer. 

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Se dice que el de Molly Bloom fue el primer discurso de liberación femenina. No está de acuerdo Elisabeth Costello, personaje imaginario y central de la novela de Coetzee que lleva su nombre por título. Elisabeth es una escritora famosa, sobre todo por ‘La casa de Eccles Street’, lugar de residencia de la familia Bloom en Dublín. Es una hipotética novela en la que Costello retoma el personaje de Joyce y, en contraste con una Molly Bloom encerrada en casa con su marido y su amante, que “deja su rastro por las páginas del ‘Ulises igual que una perra en celo deja su olor” perseguida y husmeada por los hombres, crea otra Molly auténticamente feminista, una “leona que acecha por las calles, olisquea y otea el paisaje e incluso busca una presa”, liberándose de la casa, del dormitorio y de la cama. Lástima que ‘La casa de Eccles Street’ sea una novela imaginaria y no sepamos cómo se desarrollan las mencionadas actividades cinegéticas de la nueva Penélope.

Vuelvo a Homero y a la posterior recreación del mito. Puede que la Penélope primigenia haya tenido dudas, que se haya enamorado de otro durante los veinte años de viudedad forzosa, puede que se convenciera finalmente de que Ulises había muerto y no regresaría jamás. Pero superó los obstáculos y, a cambio de su espera, el mar le devolvió a su esposo. La Odisea, como todos los cuentos antiguos acaba bien: los dos amantes unidos en una larga noche de sexo y confidencias. Pero nada dice de cómo pudo soportar esos veinte años de soledad, qué mecanismos psicológicos utilizó para no volverse loca. O tal vez sí lo hizo.

Se cuentan historias de mujeres que esperan, en un puerto o en una estación de tren, al amor de su vida que un día se marchó. Y pasan los años, veinte y más aún. Y algunas siguen viviendo en el mismo día en que su amante se fue. Xuan Bello en su ‘Historia universal de Paniceiros’ hace referencia a una tal Ana Cabornu. Dice que era una “vieja loca, que había enloquecido de mal de amores, y que paseaba junto al río cogiendo flores de la orilla”. Preguntó quién era aquella mujer, de pelo “aún rojo y joven” que contrastaba con su rostro envejecido y nadie le supo o quiso dar detalles de su historia. “Estaba loca y eso bien se veía: bailaba sola, lloraba, llevaba plumas de milano en el pelo y pedía, a voces que el acordeonista tocara Suspiros de España”, un antiguo pasodoble nacido de la nostalgia de vivir en tierra extraña.

Luego supo que muchos años antes Ana Coburnu se había casado y que el día después de la boda, el joven, que no tenía tierras propias, había marchado a América, a Cuba o a Argentina y ella, “que esperó interminablemente la vuelta de su esposo, que iba hasta Luarca solo para ver los barcos y contemplar la línea del horizonte por ver si por si por allí aparecían noticias del amado, fue poco a poco trastornándose”. Y, cuando pasada media vida, volvió el marido tan pobre como había salido y cargado de años, Ana Cabornu no le reconoció o no quiso reconocerlo y siguió con su vida de vagabunda, esperando, siempre esperando.

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Tampoco reconoció a su amado la Penélope de Joan Manuel Serrat, que todos los días desde hace años camina hasta a la estación y espera el tren que le devolverá a su Ulises. Dicen en el pueblo que un día de primavera el caminante que la había enamorado se marchó y ella se quedó para siempre en esa tarde plomiza de abril, en un tiempo detenido, congelado. Él le prometió que volvería y ella se fue marchitando mientras le esperaba, pero sin darse cuenta de que el tiempo había pasado. Cuando el caminante volvió, ella lo miró y no pudo reconocerle: “No era así su cara ni su piel: no eres quien yo espero”.

Fuentes

Homero, La Odisea, Anaya, 2012

– James Joyce, Ulises, Lumen, 2014

– J.M. Coetzee, Elizabeth Costello, Random House Mondadori, 2003

– Xuan Bello, ‘Historia universal de Paniceiros’, Random House Mondadori, 2002

– ‘Penélope’, letra de Joan Manuel Serrat y música de Augusto Algueró, 1969.

“Lejos de Ítaca”

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¿Por qué has vuelto, Ulises? Todas las mañanas, nada más despertar, los labios de Penélope pronuncian la misma pregunta que resuena sin cesar en sus oídos hasta el anochecer. Regresó a Ítaca después de diez años de guerra con los troyanos y de otros tantos de vagabundeo por regiones inhóspitas y desconocidas: desde entonces, desde la matanza de los pretendientes, ya han transcurrido diez más.

El escenario está dispuesto y la obra va a comenzar. Franco Mimmi, el autor de ‘Lontano da Itaca’, recoge los versos de la Odisea de Homero, del Canto XXVI de la Comedia de Dante, del ‘Ulysses’ de Tennyson, del ‘Itaca’ de Kostantinos Kavafis, y ‘L’ultimo viaggio de Giovanni Pascoli’ y en un juego de “prestidigitación literaria”, en el que también aparecen las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides, consigue crear una historia que enlaza el mundo de hoy con la primera novela de Occidente. “Ítaca nos espera, ahora y siempre”, concluye en la presentación del apéndice de sus fuentes de inspiración arriba mencionadas.

Se han cumplido diez años desde su llegada a Ítaca. Para poder regresar, Ulises ha tenido que rechazar la droga de los lotófagos, que hace olvidar el deseo de volver; cegar al pavoroso Polifemo con una estaca ardiente; sobrevivir a los lestrigones y enamorar a Circe, “la de las lindas trenzas”; descender al Hades para conocer su destino; no dejarse embaucar por el canto de las sirenas que “conocen todo cuanto ocurre en la fértil tierra”; salir indemne entre las rocas de Escila y Caribdis; llorar por su regreso durante siete años en la isla de Ogigia, en brazos de la bella ninfa Calipso, hacer frente a la tempestad desatada por el dios Poseidón y olvidar a Nausicáa, “la de los níveos brazos”, cuyo padre, Alcinoo, le ayudará a volver.

Itaca

Y todo para llegar a Ítaca, una isla pobre y pedregosa, tendida en una abrupta geografía, “áspera, pero buena criadora de hombres”, dice Homero. Sin embargo, no es la tierra la que le llama, sino los seres queridos que dejó en ella. Es la añoranza de ellos la que le hace volver. Supo que su madre había muerto porque se encontró con ella, con su sombra, en el Hades y supo también que su padre Laertes vivía en la miseria, que su mujer era acosada por los pretendientes y que Telémaco arriesgaba su vida por culpa de esos codiciosos. Y para saber más y estar con ellos abandona a Calipso y luego rechaza a Nausicáa. Volver es su destino y también contar lo que ha ocurrido.

Pero en estos últimos diez años en Ítaca, Telémaco, el hijo que salió a buscarlo por mar y tierra y que le ayudó a matar a los pretendientes, se ha convertido en un hombre de negocios y, de hecho en el auténtico gobernador de Ítaca, en tanto que él se ha vuelto “negligente” y ocioso. Y en los ojos de Penélope sólo ve odio: veinte años esperándolo y otros diez pensando por qué había vuelto si sus pensamientos estaban en otra parte. Ella había permanecido en el hogar, sola, esperando noticias. “Hasta tres veces me contaron que Ulises había muerto”. Sus heridas no eran menores que las de él, pero ella no tuvo el consuelo de “las manos de Circe, de los labios de Calipso y de los ojos de Nausicáa”. Ahora que Ulises ha vuelto no hay “nada, la misma soledad de antes, incluso peor porque tú estás aquí. Me paso el día contemplando el mar y la noche en tu compañía recordando los años en los que estabas lejos”.

También Ulises contempla el mar: todas las mañanas se sienta sobre una roca lisa, bajo un antiguo y frondoso roble, desde donde se divisa la bahía y mientras fija su mirada en el mar le vienen a la mente todos los recuerdos, desde la guerra de Troya en las riberas del Escamandro a la gruta del cruel cíclope y el horror del Hades, pero también “la nostalgia por las cálidas manos de Circe, por los labios de Calipso y por los ojos de Nausicáa”.

Sentado, con la espalda apoyada sobre el roble, Ulises se deja llevar por el mar y por el pasado sin disfrutar en absoluto del presente ni esperar nada bueno del futuro. Una mañana se le presenta la diosa Atenea para exigirle un último viaje, el que le profetizó Teresias, y que debe a Poseidón antes de poder descansar en una vejez dulce y tranquila. Ulises le reprocha a la diosa que le exija participar en una guerra de dioses en la que no se siente concernido y se niega a ponerse en viaje en busca de su destino. Se siente tan cansado.

Pero Telémaco, en connivencia con otros jóvenes itacenses, ha ideado un plan: hacerle contar sus aventuras y de esta manera conseguir que vuelva a hacerse a la mar, repetir las hazañas, sacarle de su embotamiento. Y lo consigue, pero no de la manera en que Atenea quiere. Serán ellos, los jóvenes itacenses, los que viajen a los confines del mundo, en busca de aventuras y conocimiento, ajenos a las guerras de los dioses y libres de cualquier culpa.

La repetición del viaje

El Ulises de Pascoli, una de las fuentes en las que se inspira Mimmi, sí realiza un viaje, no el vaticinado por Tiresias, sino un recorrido hacia el pasado, hacia los antiguos lugares que conoció en los diez años que estuvo ausente tras la guerra de Troya. Pero el tiempo ha transcurrido y la flecha no viaja en sentido contrario. Inicia el viaje, lleva consigo a sus viejos amigos y desembarca en la isla de los Cíclopes, donde ya no hay rastro de Polifemo y en Ea, donde no queda ninguna huella de Circe. Todo está dominado por la ausencia y Ulises les pregunta a las sirenas que quién es él. Y en ese momento si nave se estrella contra las rocas, que no eran otra cosa que las sirenas que creía ver en este último viaje. Su cadáver es transportado a la isla de Ogigia y Calipso le dirige las palabras que cierran el poema: “No ser nunca más, nada, menos que la muerte, no ser más”. Una muerte peor que la nada.

Kavafis

Ítaca es siempre el final del camino

Ulises mira al mar y recuerda el pasado y los brazos de Circe. Piensa que ni siquiera le importaría volver a pasar el terror del Hades o el horror de los cíclopes. Ahora tiene añoranza del viaje, como antes la tenía del regreso. Ítaca ya no le ofrece nada extraordinario; volvió por su padre Laertes, ya fallecido, por su esposa Penélope, que le detesta por sus infidelidades pasadas y presentes en la memoria y por Telémaco, que quiere convertirlo en “tabernero”. En este escenario se desarrolla la puesta en escena del Ulises de Mimmi.

Pascoli también se hace eco de la nostalgia del héroe y hace que retroceda al pasado y repita sus viejas aventuras pero ya no encuentra nada en ese viaje. Porque Ítaca está en el corazón y el viajero lleva su propio equipaje, como dice Kavafis.

Su poema ‘Ítaca’ nos enseña que Ulises no encontrará ni lestrigones ni cíclopes ni a Poseidón si no los lleva dentro de su alma, si su alma no los erige delante de él y es ilusorio y reprochable haber dejado su patria reputándola de mísera, de ser incapaz de ofrecerle nuevas aventuras y experiencias. Porque Ítaca es el destino y lo que importa es el viaje y llegar a la meta cargado de conocimientos y experiencias.

El poema comienza aconsejando que, al emprender tu retorno a Ítaca, ruegues para “que el viaje sea largo, lleno de peripecias y que sean muchos los días de verano” y “que te vean arribar con gozo, alegremente a puertos que tú desconocías”: debes conservar “en tu alma la idea de Ítaca” porque “llegar allí es tu destino”. Y termina con la misma petición de vivir despacio e intensamente, disfrutando cada instante:

No hagas con prisa tu camino

mejor será que dure muchos años

Y que llegues, ya viejo, a la pequeña isla

rico de cuanto habrás ganado en el camino

No has de esperar que Ítaca te enriquezca

Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje

Sin ella, jamás habrías partido

más no tiene otra cosa que ofrecerte.

Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado.

Y siendo ya tan viejo, con tanta experiencia,

sin duda sabrás ya qué significan la Ítacas”.

Lecturas

– Franco Mimmi, Lontano da Itaca, Aliberti editore, 2007

– Giovanni Pascoli, El último viaje

– Kostantinos Kavafis, Ítaca

El último viaje de Ulises

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Es arrogante y sentimental, prudente y audaz, paciente y seductor; lucha contra la adversidad y no se rinde nunca y su afán por conocerlo todo le lleva a vivir situaciones peligrosas, como ocurre en sus encuentros con los cíclopes y con las sirenas, pero su deseo de regresar a Ítaca le da fuerzas para afrontar desventuras, naufragios y tempestades y también para renunciar a la inmortalidad que le ofrece Calipso. Pero, sobre todo, Ulises es el viajero.

La Odisea’, el poema homérico que cuenta las hazañas del rey de Ítaca en su viaje de regreso al hogar tras la victoria sobre Troya, es la obra de mayor influencia en la historia literaria de Occidente. Cada época ha dado su propia versión de Ulises, un arquetipo mítico, y con todas esas renovaciones y reinterpretaciones a cuestas ha llegado a nuestros días, de manera que ya no podemos ver únicamente al héroe dibujado por Homero, sino al que ha sido pensado, reinventado, rebatido o sacralizado por quienes lo escucharon o leyeron después.

La Odisea’ comienza pidiendo a la Musa que le hable de “aquel varón de multiforme ingenio que, después de destruir la sacra ciudad de Troya, anduvo peregrinando larguísimo tiempo, vio las poblaciones y conoció las costumbres de muchos hombres y padeció en su ánimo gran número de trabajos en su navegación por el ponto, en cuanto procuraba salvar su vida y la vuelta de sus compañeros a la patria” (1). Durante diez años, tras dejar Troya, Ulises ha de luchar contra las trampas de los dioses que le impiden regresar a su hogar y, como sucede en todos los cuentos tradicionales, la ‘Odisea’ tiene un final feliz y el héroe regresa a Ítaca, junto a su esposa, Penélope, y a su hijo Telémaco.

El último viaje que Ulises realizaría, de acuerdo con Homero, es el que le vaticinó Tiresias: un viaje hacia el norte hasta llegar a pueblos que no conocen el mar con un remo al hombro para dejarlo, allí donde sea confundido con un aventador, clavado en tierra como señal de que había llegado. Después regresaría a Ítaca, donde permanecería hasta su muerte, de la que nada sabemos porque, posiblemente, el aedo consideró de poco interés para sus oyentes relatar una vejez tranquila seguida por una desaparición natural. Tiresias, el adivino, le profetizó en su encuentro en el Hades que la muerte le llegaría del mar “y será muy tranquila, pues te alcanzará ya sometido a una suave vejez, y en tu entorno vivirán prósperas tus gentes”.

Pero versiones diferentes a los cantos de Homero fueron sucediéndose a lo largo de los siglos, algunas tan pintorescas como la del bizantino Proclo, que coincide con Apolodoro, en que Ulises murió asesinado por el hijo que tuvo con Circe, Telégono, quien viajó a Ítaca para conocer a su padre pero con tan mala fortuna que Ulises, al sorprenderle robando su ganado, intentó impedirlo; su hijo, que no lo había reconocido, lo mató con la espada que tenía en la mano. Tras el asesinato, Telégono se casó con Penélope y Circe les envió a la isla de los Bienaventurados (2).

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Dante. Piazza Santa Croce. Florencia

Habría que esperar diez siglos a la versión sobre la muerte de Ulises que más fortuna obtuvo. Hacia mediados del XIV, Dante descubre que no murió plácidamente en su cama en tranquila y suave vejez, sino en un último viaje cuyos detalles le reveló desde el Infierno, en cuyo círculo octavo, donde ardían los malos consejeros, cumplía su pena eterna compartida con Diomedes.

Dante no recoge el testigo de Homero, cuya ‘Odisea’ no conoció, sino el de de Virgilio, que presenta a Ulises como un marrullero astuto, y de Ovidio que, en ‘Las Metamorfosis’, nos cuenta historias poco halagüeñas del rey de los itacenses, como las sugerencias que deslizó al oído de Agamenón de que sacrificara a Ifigenia, su propia hija, y conseguir así el favor de los dioses, dueños de los vientos, para que permitieran a su flota poner rumbo a Troya.

El escritor florentino no utiliza esta historia para incluir a Ulises entre los malos consejeros, pero sí la de Aquiles disfrazado de mujer en la corte de Esciros y descubierto por el itacense; la del caballo hueco ideado por Ulises que los dánaos regalaron a los troyanos, y la del robo, junto con Diomedes, de la estatua de Palas que defendía Troya y que, al desaparecer, dejó indefensa a la ciudad y causó su destrucción.

Esa caracterización de Ulises como causante de la guerra y destrucción de Troya por sus malvados ardides y consejos es la que presenta Dante, pero más trascendente que su adscripción al octavo círculo del infierno es el relato que hace de su “último viaje” y de cómo, en pos del conocimiento, halló la muerte. El Ulises de Dante ya no es sólo el viajero que vive aventuras para poder contarlas, sino el que necesita conocer qué hay más allá. En ‘La Comedia’, Virgilio y el peregrino llegan al círculo infernal donde arde Ulises y le piden que les cuente cómo murió y el rey de Ítaca les relata una historia de la nadie había sabido nada: su último viaje.

Después de dejar a Circe, Ulises decide no regresar a Ítaca: Ni el halago de un hijo, ni la inquieta piedad de un padre anciano ni el amor que debía a la discreta Penélope, dentro de mí vencieron el ardor de conocer el mundo y enterarme de los vicios humanos y el valor”. Llega a las Columnas de Hércules, el límite impuesto por los dioses a los navegantes y Ulises se dirige a sus compañeros para convencerles de seguir adelante, de “ir tras el sol por ese mar sin gente”; para lograrlo, les pide que consideren su “ascendencia” porque “para vida animal no habéis nacido, sino para adquirir virtud y ciencia”(3)

Quinientos años después, el poeta Alfred Tennyson se hace eco de esta arenga que el Ulises dantesco dirige a sus compañeros para que le sigan y en su conocido poema le hace decir:

Es posible que las corrientes nos hundan y destruyan / es posible que demos con las Islas Venturosas / y veamos al gran Aquiles, a quien conocimos”.

Aquiles, a quien Ulises conoció en su viaje al Hades homérico, permanece en el mundo de las sombras. Se dirigen, por lo tanto, al reino de los muertos, su destino último, y la misma tripulación ha adquirido ya el estado fantasmal de los fallecidos, incluso antes de traspasar las Columnas de Hércules.

En ‘La Comedia’, los marineros dirigidos por Ulises atraviesan el Estrecho y durante cinco meses navegan hacia el sur en el océano Atlántico. Hasta que divisan una montaña oscura y extremadamente alta, que podría ser el Purgatorio. Entonces su alegría se convierte en llanto porque de ella surge un viento brutal que hace girar la nave sobre sí misma por tres veces, hasta ser cubierta “por la mar airada”. Y es entonces cuando muere Ulises, bien porque ha excedido los límites impuestos por los dioses, bien porque a ningún mortal, excepto a Dante, le es permitido traspasar el mundo de los vivos, al menos por dos veces, aunque posiblemente su primera visita al Hades no cuente para el teólogo medieval. La audacia del héroe griego es castigada por un dios que él desconoce y que le causa la muerte en un naufragio.

Jorge Luis Borges señala que Dante se atrevió a anticipar “los dictámenes del inescrutable Juicio Final” y juzgó y condenó almas, una labor de no le correspondía de ninguna manera, por lo que sugiere que “Dante fue Ulises y de algún modo pudo temer el castigo de Ulises”, por mucho que se amparara en que lo guiaban fuerzas más altas y que no lo hacía por soberbia y desmesura.

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El descenso a los infiernos

Este último viaje condena a Ulises a la muerte por haberse convertido en símbolo del deseo de conocimiento sin límites, pero no es el castigo que le impone Dante en el octavo círculo, adonde es llevado por sus malos consejos, aunque también podría interpretarse como un mal consejo la alocución que dirige a sus compañeros antes de traspasar las Columnas.

Boitani ve en el Ulises de Dante el deseo de conocer la experiencia de la muerte. El descenso a los infiernos, la katábasis, sigue unas normas que no deben infringirse. En su viaje al Hades en ‘La Odisea’, parece contar con el beneplácito de las potencias infernales y, en apariencia, sólo intenta obtener de Tiresias la respuesta a qué puede hacer para regresar a Ítaca. Pero es una excusa literaria de Homero para darnos noticia de los aqueos y los troyanos muertos y del destino tétrico que a todos nos espera tras la muerte.

En la Antigüedad clásica hubo quien no sentía demasiada simpatía por las tretas de Ulises. Fue Esquilo, entre otros, quien adscribió su paternidad al “miserable” Sísifo y no a Laertes porque antes de conocer a su esposo, Anticlea tuvo un desliz con el más astuto de los hombres, y de ahí la herencia que recibió su hijo (4). Se trata del mismo Sísifo que Ulises pudo ver en el Hades empujando una piedra enorme hasta la cima de una montaña, desde la que se deslizaba pendiente abajo una y otra vez, en un ciclo interminable, como castigo de los dioses por haber querido y logrado engañar a la muerte.

Sísifo era un charlatán y se fue de la lengua al relatar una aventura sentimental de Zeus, que quiso castigarlo y le envió a Thánatos, la muerte, pero el mortal logró apresarla y encadenarla. Durante ese tiempo nadie moría y, ante las quejas, Zeus decidió liberar a Thánatos y enviar a Sísifo al Hades, pero éste antes de morir dejó dicho a su esposa que no le hiciera honras fúnebres. Cuando llegó al mundo de los muertos, denunció tal impiedad y pidió regresar para castigarla, con la promesa de que volvería después de los ritos funerarios para descansar entre los muertos, pero era una treta: volvió a su casa y su alma se reintegró a su cuerpo. Al final murió de viejo, pero los dioses infernales le tenían guardado el castigo de empujar la roca eternamente.

Un mundo nuevo

Boitani también menciona el último viaje de Ulises de Vespucci y de Tasso, que consideran al héroe griego un quimérico precursor de los navegantes hacia un nuevo continente porque atraviesa las Columnas de Hércules y surca el Atlántico. Por una parte está el Hades, el reino de la muerte, pero también el nuevo mundo y Ulises se hará a la vela hacia él, como primera luz de quienes pusieron rumbo a los confines atlánticos del mundo. De esta forma prefigurará a Colón y su descubrimiento de las Indias.

Pero Boitani reconoce que Ulises no es un colonizador, sino un viajero, y su descendiente no es ni Colón ni Robinson Crusoe, sino Magallanes, en cuya nave, la Victoria, campea el lema “Para mí son alas las velas”, con el que retoma orgullosamente la semejanza homérico-dantesca del viaje al Hades (5).

La idea de Ulises como precursor de Colón y de los ‘conquistadores’ no le gustó mucho a Borges, gran admirador de ‘La Comedia’. En una posdata de 1981 al ensayo dantesco que lleva por título ‘El último viaje de Ulises’, el escritor argentino escribe: Se ha dicho que el Ulises de Dante prefigura a los famosos exploradores que llegarían, siglos después, a las costas de América y de la India. Siglos antes de la escritura de la Comedia, ese tipo humano ya se había dado. Erico el Rojo descubrió la isla de Groenlandia hacia el año 985 y su hijo Leif, a principios del siglo XI, desembarcó en el Canadá”, aunque Dante no pudo saber estas cosas (6).

Notas

(1) Homero, La Odisea,Traducción de Luis Segalá y Estalella, Espasa Calpe, 1991

(2) Carlos García Gual, La muerte de los héroes, Turner, 2016

(3) Dante Alighieri, Comedia, Traducción de Ángel Crespo, Seix Barral, 2004

(4) Esquilo, El juicio de las armas (mencionado por William B. Stanford, El tema de Ulises, Editorial Dykinson, 2014)

(5) Piero Boitani, La sombra de Ulises, Imágenes de un mito en la literatura occidental, Península, 2002

(6) Jorge Luis Borges, Nueve ensayos dantescos, Alianza Editorial, 1999

* Los múltiples viajes de ‘Los pasos perdidos’, de Alejo Carpentier

los pasos perdidos

La literatura está llena de viajes, exilios, regresos, expediciones, peregrinaciones, periplos míticos, cruzadas, odiseas, conquistas, huidas y búsquedas. Todo esto cabe en las novelas y en los cuentos porque el viaje, entendido como cambio en el tiempo o en el espacio, es la materia de la que está hecha la propia vida, que no es más que un trayecto desde el nacimiento a la muerte. Y en su transcurso también hay puro cambio, puro viaje.

Los pasos perdidos’, la novela que Carpentier escribió en 1953, reúne las dos dimensiones fundamentales del viaje, el geográfico y el temporal, pero también la catarsis interior, los rituales de paso y la búsqueda del paraíso o la utopía.

El viajero anónimo de esta narración es un hombre que lleva en una vida poco satisfactoria en una ciudad cosmopolita, con un empleo “nutricio”, una esposa con la que poco tiene en común, una amante que le entretiene y una vida social que empieza a cansarle porque sus conocidos acababan repitiéndose en un desaforado ir y venir de ideas y de proyectos, que van de lo trascendental a lo estúpido, aunque siempre insólito y a la moda, conformando un juego acrobático de insensateces artificiales que no conduce a nada.

Un día recibe el encargo de buscar instrumentos primitivos de los nativos de la selva americana, lo que remueve en su interior la antigua pasión por conocer y registrar el origen de la música, el nacimiento de la expresión rítmica primordial. Decide partir a la selva, en parte por aburrimiento, para olvidar ciertas ideas muy en boga en los ambientes intelectuales de las ciudades modernas que “me cansaban ahora, de tanto haberlas llevado” y en parte por el deseo de encontrar el origen del sonido musical en las culturas más primitivas.

Llega a una ciudad que no puede ser otra que Caracas, pero lo hace acompañado por Mouche, su amante, una mujer moderna, superficial y absolutamente urbana y superficial, por lo que el viajero no terminará de romper con el ambiente que le aliena hasta que rompan la relación y él se interne en la selva junto a Rosario, una mujer de la tierra, mestiza y primordial, que simboliza la autenticidad, de la que carecen tanto su esposa como su amante.

Comienza el viaje por el Alto Orinoco, guiado por un hombre, el Adelantado, hacia la ciudad que ha fundado en el corazón de esos territorios inmensos, que encierran “montañas, abismos, tesoros, pueblos errantes, vestigios de civilizaciones desaparecidas”, selva que era “un mundo compacto entero, que alimentaba su fauna y sus hombres, modelaba sus propias nubes, armaba sus meteoros y elaboraba sus lluvias”. Atraviesan una vegetación de bambusales, la maleza del río dificulta la navegación, se escuchan chasquidos inesperados, súbitas ondulaciones, “fuga de seres invisibles que dejaban tras de sí una estela de turbias podredumbres”. La descripción de los paisajes que atraviesan es fascinante de forma que se convierten en un personaje más y así ocurre en todas las novelas de Carpentier.

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Para llegar al Paraíso que, según Carlos Fuentes, es el tiempo anterior y feliz en el que se conjuga la empresa utópica y la narrativa para vencer al espacio, el viajero debe someterse a los ritos de un itinerario místico, en el que hay que vencer en primer lugar los obstáculos que se presentan al neófito: en esta navegación por un río repleto de frutos podridos y simientes velludas y coronado por árboles que impiden ver el cielo, al cabo de un tiempo el viajero de Carpentier reconoce que “se pierde la noción de verticalidad y surge una suerte de desorientación, de mareo de los ojos”, se trastorna la apariencia y se confunde lo que está arriba con lo que hay abajo. “Era como si me hicieran dar vueltas sobre mí mismo para atolondrarme, antes de situarme en los umbrales de una morada secreta”. Una especie de juego de la gallina ciega. “Cuando fue la luz otra vez, comprendí que había pasado la primera prueba”.

A este viaje geográfico se añade el regreso en el tiempo. Aparece, remoto, el espejismo de El Dorado y Felipe de Hutten, el Utre de los castellanos quien, una tarde memorable, desde lo alto de un cerro contempló alucinado la gran ciudad de Manoa y sus portentosos alcázares”. De la selva maya “surgían escalinatas, atracaderos, monumentos, templos llenos de pinturas portentosas que representaban ritos de sacerdotes peces y de sacerdotes langostas” y “largas avenidas de dioses, erguidos frente a frente, lado a lado, cuyos nombres quedarían por siempre ignorados”.

Fray Pedro, un sacerdote que les acompaña en el viaje, oficia una misa y de súbito, el viajero se da cuenta de que no hay ninguna diferencia entre esta misa y las que escucharon los Conquistadores de El Dorado y comprende que el tiempo ha retrocedido cuatro siglos, que tal vez transcurra el año 1540. Y sigue vislumbrando el pasado: los juegos medievales de diablos y tarascas, las danzas de Pares de Francia y los romances de Carlomagno. Y sigue retrocediendo aún más: pasa el año cero y tornan a crecer las fechas del otro lado hasta llegar al hombre que hace ensayos de primitiva agricultura y abandona la errancia del nómada y llora a sus muertos haciendo bramar un ánfora de barro.

Sale del paleolítico para entrar en la más profunda noche de las edades en el encuentro “con una tribu de indios que disputan la comida a los monos, que apenas conocen los recursos del fuego, que devoran larvas de avispas y termes, triscan hormigas y liendres, escarban la tierra y traban los gusanos y las lombrices, antes de amasar al tierra con los dedos y comerse la tierra misma. Sus perros son como lobos y zorros, anteriores a los perros”. Y el viajero siente una especie de vértigo ante la posibilidad de otros escalafones de retroceso, pero es en esa tribu, en el rito que despide a un muerto, donde escucha el sonido que va más allá del lenguaje pero lejos aún del canto, un jadeo a contratiempo, un vibrar de la lengua. Es el treno, un canto mágico destinado a hacer volver a un muerto a la vida, y el viajero comprende que acaba de asistir a la repetición de un acto atávico, el mismo que dio lugar al nacimiento de la música.

La tormenta, los indios que son como larvas, la desorientación y el terror que experimenta el viajero anónimo recuerda el viaje de Marlow en busca del agente Kurtz, en El corazón de las tinieblas de Conrad. Remontar el río a través de la selva era “penetrar más y más en el corazón de la oscuridad, era regresar a los más tempranos orígenes del mundo, cuando la vegetación se agolpaba sobre la tierra y los grandes árboles eran los reyes”. Pero los colonizadores, como Kurtz y el propio capitán del vapor que ha salido en su búsqueda, soñaban con que eran los primeros hombres “que tomaban posesión de una herencia maldita que debía ser sometida al precio de una profunda angustia y de un enorme esfuerzo”; soñaban con dominar la naturaleza y civilizarla. Por el contrario, el viajero anónimo de Carpentier y el grupo con el que se adentra en la selva van en busca del origen, del tiempo utópico y maravilloso, con la intención de integrarse en el mundo salvaje y primigenio en un viaje que señala una dirección opuesta a la modernidad y el progreso.

Pasado, presente y futuro cohabitan en la selva, donde pueden darse todos los tiempos. Lo había afirmado Carpentier unos años antes de la aparición de esta novela, en una crónica sobre la Gran Sabana venezolana: “El tiempo estaba detenido allí ( ) desposeído de todo sentido ontológico para el hombre de Occidente ( ) No era el tiempo que miden nuestros relojes ni nuestros calendarios. Era el tiempo de la gran Sabana. Era tiempo de la tierra en los días del Génesis”.

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En ‘Los pasos perdidos’, prosiguen el camino por lugares de rocas y planicies lunares, un mundo que podía ser el del Génesis en el cuarto día de la Creación, una tierra vacía y aún desordenada al borde del abismo de la nada, hasta llegar a la ciudad buscada, Santa Mónica de los Venados, fundada por el Adelantado. Y el viajero decide no regresar a la civilización que ha abandonado porque en ese lugar, que pertenece a las Tierras del Ave, está el lugar soñado, el Paraíso.

El viajero ha conseguido los instrumentos primitivos, ha averiguado el origen de la música, se ha reencontrado consigo mismo y ha descubierto el Edén, pero el dios maléfico que le ha concedido el don de la creatividad al penetrar en la selva y por el que ha conseguido escribir -a duras penas por falta de papel- una gran obra musical, un treno que menciona a Ulises y las libaciones a los muertos, le obliga a volver a la civilización para poder acabarla. Allí solucionará algunas cuestiones prácticas y regresará a Santa Mónica. Pero todo se complica y cuando intenta volver ya no conoce el camino, no tiene las llaves de secretas entradas y todo lo pierde.

El viajero ha cometido el irreparable error de desandar lo andado, “creyendo que lo excepcional puede serlo dos veces, y al regresar encuentra los paisajes trastocados, los puntos de referencia barridos”. Ya nunca accederá al Paraíso; sólo podrá cantar las excelencias de la tierra prometida.

Lecturas

– Alejo Carpentier, Los pasos perdidos, 1953

– Carlos Fuentes, Valiente mundo nuevo, 1990

– Josep Conrad, El corazón de las tinieblas, 1899

* La “verdad” de García Márquez y “la desdicha del hacer” de Abel Posse

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No quedan testimonios de lo que pensaron o sintieron los habitantes de las Antillas cuando vieron aparecer las carabelas y los hombres que en ellas viajaban, tan distintos, tan vestidos, tan extraños, pero podemos imaginar su asombro ante seres que parecían de otro mundo, hoy diríamos que de otro planeta, que desembarcaban de unas enormes naves nodrizas y que, al llegar a tierra, hincando en ella una rodilla y un estandarte, pronunciaban un incomprensible parlamento de posesión.

Cristóbal Colón cuenta en su Diario del Primer Viaje que los indios con los que tuvieron los primeros encuentros eran amistosos, hermosos de cuerpo y generosos en extremo pues, aunque parecían muy pobres, entregaban todas sus posesiones a cambio de cualquier cosa que los marineros les ofrecieran, desde cuentecillas de vidrio a cascabeles e incluso platos rotos.

Si las tornas hubieran sido otras y si los nativos de estas islas hubieran podido expresar sus impresiones, sus palabras no habrían sido muy diferentes de las utilizadas por García Márquez en el capítulo de ‘El otoño del patriarca’ que muestra el primer encuentro entre españoles e indígenas y pone en solfa conceptos aparentemente enemigos como civilización y barbarie.

El patriarca recuerda un histórico viernes de octubre en que salió del cuarto al amanecer y se encontró con que “todo el mundo en la casa presidencial tenía puesto un bonete colorado”, desde las concubinas a los ordeñadores, los centinelas, los paralíticos y los leprosos. Tan extraño resultaba que intentó averiguar qué había pasado hasta que por fin encontró a uno que le contó “la verdad”: que habían llegado “unos forasteros que parloteaban en lengua ladina pues no decían el mar sino la mar y llamaban papagayos a las guacamayas, almadías a los cayucos y azagayas a los arpones, y que habiendo visto que salíamos a recibirlos nadando entorno de sus naves se encarapitaron en los palos de la arboladura y se gritaban unos a otros que mirad qué bien hechos, de muy fermosos cuerpos y muy buenas caras”, que es lo que escribió textualmente Cristóbal Colón en el Diario de su primer viaje, cuando desembarcó en Guanahaní.

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Sigue contando el relator de “la verdad” que nosotros no entendíamos por qué carajo nos hacían tanta burla mi general si estábamos tan naturales como nuestras madres nos parieron y en cambio ellos estaban vestidos como la sota de bastos a pesar del calor” y “gritaban que no entendíamos en lengua de cristianos cuando eran ellos los que no entendían lo que gritábamos” nosotros y después vinieron en sus cayucos y “nos cambiaban todo lo que teníamos por estos bonetes colorados y estas sartas de pepitas de vidrio que nos colgábamos en el pescuezo por hacerles gracia” y “como vimos que eran buenos servidores y de buen ingenio nos los fuimos llevando hacia la playa sin que se dieran cuenta, pero la vaina fue que entre el cámbieme esto por aquello y le cambio esto por esto otro se formó un cambalache de la puta madre y al cabo del rato todo el mundo estaba cambalachando sus loros, su tabaco, sus bolas de chocolate, sus huevos de iguana, cuanto Dios crió, pues de todo tomaban y daban de aquello que tenían de buena voluntad, y hasta querían cambiar a uno de nosotros por un jubón de terciopelo para mostrarnos en las Europas, imagínese usted mi general, qué despelote”.

García Márquez consigue, en esta simulación que aparenta una sencilla broma, poner en entredicho que la versión de Colón sea la única posible y revelar una verdad profunda: que el juicio que hacemos del desconocido puede que no sea acertado, que seguro que no lo es; que nuestra lengua no es más “cristiana”, más civilizada, que la del otro y que posiblemente nuestras costumbres sean menos pertinentes que las suyas, más acordes con su entorno. Andar encorazado y encasquetado por lugares tan cálidos debió ser una penitencia para los que llegaron con sus bonetes rojos y sus ristras de cascabeles para cambiarlos por oro.

No son más bárbaros porque anden vestidos o desnudos o porque utilicen una u otra lengua; son bárbaros aquellos que marcan una ruptura entre sí mismos y los demás hombres y niegan la plena humanidad de los otros. Colón lo hace y García Márquez lo denuncia, cuando dice que querían “mostrar a uno de nosotros en las Europas”. Colón ordena detener a seis “mancebos”, como relata en su Diario, para llevarlos a España y que allí los vean los Reyes; se lo piensa mejor y manda añadir al paquete siete mujeres y tres niños “porque mejor se comportan los hombres habiendo mujeres de su tierra que sin ellas”. Que no existiera ningún grado de parentesco entre los secuestrados, a los que evidentemente Colón no aprecia como hombres iguales a él, lo atestigua el que por la noche “vino a bordo el marido de una de estas mujeres y padre de tres hijos y dijo que yo le dejase venir con ellos”.

Trilogía americana, de Abel Posse

El 12 de octubre de 1492 “fue descubierta Europa y los europeos por los animales y hombres de los reinos selváticos y desde entonces fueron de desilusión en desilusión ante el paso de estos seres blanquísimos, más fuertes por astucia que por don”.

Es la voz de Abel Posse en su trilogía sobre la Conquista: los indios veían en los conquistadores una “peligrosa congregación de expulsados del Paraíso, de la Unidad primordial de la que ningún hombre o animal tiene porqué alejarse”, que organizaba su delirante visión del tiempo “bajo el nombre Historia, una especie de metafísica pista de carreras”. Padecían y hacían padecer porque sus dioses les habían enseñado la negación de la vida hasta el punto de convertirles en seres incapaces de comprender el equilibrio y el orden natural de las cosas.

Para los nativos, el Descubrimiento supuso entrar en contacto con “la trágica naturaleza de los tristes conquistadores”. Los “blanquiñosos”, apelativo poco caritativo que utilizan los conquistados en ‘Daimon’, eran valientes hasta la inconsciencia, pero carecían de alegría, eran unos “desdichados del hacer” y sólo respetaban la eficacia.

Daimon

Abel Posse en ‘Los perros del Paraíso’ y en ‘Daimon’ aplica las categorías hegelianas del ser y el estar: el hombre del ser es el blanco, el europeo, el colonizador, que vive sin raíces y está obsesionado con el actuar, con el calcular, con el hacer, frente al indígena, que se limita a “estar” y a contemplar la magnificencia del mundo. Alguien, alguna vez, en sus tierras de constructividad y de desdicha, les había dicho a los hombres blancos que no era posible ser sin hacer. “Esta barbaridad o filosofía, cuyos sombríos detalles los jefes indios no podían todavía comprender, se ponía de manifiesto en cada acto de los invasores”.

Inclinados a sembrar la muerte preventiva y general, todo lo convertían en un valle de lágrimas. “Pronto los despreciaron los jaguares y las confederaciones de monos” y al final casi todos los animales, excepto los eternos traidores: “los zopilotes y otros interesados comedores de carroña”.

El hombre blanco es incapaz de vivir de forma tranquila según los ciclos naturales. Ni siquiera el mismo Álvar Núñez Cabeza de Vaca es capaz de hacerlo después de haber convivido con los indios casi ocho años; cuando consigue llegar a Nueva España ya está pensando en volver como gobernador. Al Colón de ‘Los perros del paraíso’ las fuerzas vivas del Estado y de la Iglesia le impiden conservar su Edén y Lope de Aguirre, en ‘Daimon’, no puede olvidar que es voluntad de poder en estado puro, de dominio y de “ser”, incompatible con una existencia apacible.

En los tres protagonistas de la trilogía posseana se produce un intento de cambio de estado, un abrirse al mundo natural y a las experiencias que van más allá de la conciencia. El Cristóbal Colón de Abel Posse no precisaba de incentivos externos, ni peyote ni ayahuasca, porque estaba dotado con una “capacidad interna de secreción de delirio perfecta” con la que conseguía eludir el embrutecimiento racionalista europeo. Encontró el Paraíso en las Indias, pero lo devolvieron a España, con cadenas, por eso mismo.

Álvar Núñez Cabeza de Vaca en ‘El caminante al atardecer’ tiene al cacique Dulján como guía. Es quien le enseña que “en el hombre está el pájaro y la serpiente y el águila y el pez” y el español aprende a correr venados y a guiarse por los vientos y las estrellas. Conoció a hombres que hablan con las plantas y los animales y que, mediante un éxtasis de alcoholes sagrados y de humo, pierden los sentidos naturales y realizan grandes vuelos, visitan el país de los muertos e incluso se acercan a las regiones del dios misterioso.

Y por último, Lope de Aguirre, en su regreso con los marañones del reino de los muertos encuentra en Huaman al amauta que le lleva al Tawantinsuyu, donde se une la tierra y el cielo, el cuerpo y el espíritu, la noche y el día. Bebió té de coca, polvo de vilca y ayahuasca y consiguió entrar en un mundo colorido y vibrante, llegó a Lo Abierto y por fin cayó en el estar, de forma que tuvo que morir para poder olvidar el ser y despreciar el dominio del mundo que tan mala vida le dio.

Lecturas

– Gabriel García Márquez, El otoño del patriarca, Plaza y Janés, 1975

– Cristóbal Colón, El primer viaje a las Indias (Relación compendiada por Fray Bartolomé de las Casas)

– Abel Posse, Daimon, 1981

– Abel Posse, Los perros del paraíso. 1983

– Abel Posse, El largo atardecer del caminante en el atardecer, 1992

* Los perros del Paraíso o las Indias como un Edén malogrado, de Abel Posse

los-perros-del-paraiso-abel-posseLos elementos aristotélicos dividen la novela en cuatro capítulos. En un principio fue el Aire, cuando el joven Cristóbal intuye su destino en Génova, donde los marinos que repostaban “mentían con magnitud” y referían la historia de San Brandán y cómo encontró el Paraíso en el Océano Atlántico; relataban las fábulas de homéricos combates con el Octopus gigante y la Orca asesina o exageraban con el Maelström que arrastraba al abismo a las naves con su tripulación. Escuchando y leyendo novelas de caballería marinera, Cristóbal Colón aprendió que “el mar era un dios atrabiliario, iracundo y amoral”.

Los perros del Paraíso’ presenta una versión personal y simbólica del llamado Descubrimiento, una historia urdida con datos reales y elementos mágicos y maravillosos que se insertan en un tiempo distorsionado, con el uso de un lenguaje que, según el propio autor, quiere desacralizar la historia, jugar con ella y ofrecer una visión surrealista desde lo auténticamente real. “Los saltos -dice- son como de un trampolín hacia el delirio literario, pero retornan a una lógica profunda, a veces hasta ideológica que es como el alma de la novela”.

En esta historia en la que confluyen la secreta intimidad de los hechos y una intensa labor de imaginación que pretende cubrir inevitables lagunas desconocidas e irrecuperables del pasado, intervienen, además de Colón -un superhombre, palmípedo, anfibio y resplandeciente como una luciérnaga- los reyes Isabel y Fernando ahítos de voluntad de poder, con sus modos renacentistas y su estado medieval; aztecas convencidos de la necesidad de una hecatombe que fortifique el sol, el dios anémico, hasta el fin del ciclo de los tiempos; incas escépticos, geométricos y racionales, defensores de la idea de que “los hombres son una broma de los dioses para mortificar a los animales”; compañeros de navegación, caribes y personajes extemporáneos, como los lansquenetes Swedenborg, visitante asiduo del Cielo y del Infierno, y Ulrico Nietz, visionario y predicador del eterno retorno al que parece condenado el Nuevo Mundo y acusado de bestialismo por besar a un caballo en Génova.

El Cristóbal Colón de Abel Posse es un místico con una “capacidad interna de secreción de delirio perfecta”, que no necesita ni peyote ni ayahuasca para eludir el embrutecimiento racionalista europeo, según dictaminan los hechiceros taínos. Contagiado por la pasión, la pena y la nostalgia del Paraíso, poseído por la divinidad, se convierte en un iluminado, que cree en las profecías y en su destino: es un elegido.

El Fuego sigue al Aire. Un vikingo de la Última Thule le cuenta a Cristóbal Colón cómo era la costa de Vineland y le revela un secreto que tenía que ver con el Paraíso Terrenal. En Tenochtitlán, el Supremo Sacerdote bendice la bondad y la pureza de la doctrina cristiana de los barbudos que llegarán por el Gran Mar. Los mandó Quetzalcoatl, que los predijo: son maravillosos, hijos de la mutación, generosos, de infinita bondad, su dios humano manda amar al otro como a sí mismo, detestan la guerra y respetarán a nuestras mujeres porque su dios se lo manda.

Mientras, en los reinos de Castilla y Aragón, amancebados en las personas de sus monarcas, nacía la ideología imperial y católica: el poder adornado por la esvástica se había echado a rodar e Isabel y Fernando irían encontrando a su héroes y a sus superhombres, sin piedad y sin grandeza, como Gonzalo de Córdoba o el chanchero Pizarro, el amoral genovés o Torquemada, “hijo de la noche y de la niebla”, redactor del edicto de expulsión de los judíos que, en el mismo año de 1492, conformó el mayor progrom de la historia hasta ese momento.

Comienza la travesía en el Agua y la misión, secretísima e inefable, de Colón: hallar la apertura del océano que permitirá el paso del iniciado a la dimensión perdida del Edén, el lugar sin muerte, la mutación esencial. “Yo creo que soy el único que busca el Paraíso y tierras para los injustamente perseguidos”, dice Colón acerca de su destino secreto, en el que la reina Isabel hace de cómplice secreta. En cambio, Fernando “retacón, robusto y abaturrado”, se negaba a lo imaginario.

Las tres carabelas avanzan hacia Occidente por la ruta de los iniciados. “Ingresan en una región espacio-temporal no visitada antes” por los hombres y el almirante comprende que es natural que en esta “zona intermedia entre la nada y el ser, entre lo conocido y el misterio”, hagan su irrupción -a veces con verdadero descaro- los muertos, que se mezclan con los vivos durante el día sin ser vistos, pero que se definen al anochecer con su color lechoso. Se les presiente, “sentados en las jarcias, con las piernas al aire, sardónicos, exigentes, malintencionados, explotadores impúdicos del prestigio sombrío de la muerte”.

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Finales de septiembre de 1492: se divisa una enorme nao, de varias hileras superpuestas de luces horizontales en movimiento, en cuya popa se puede leer ‘Queen Victory’. Barcos sin velas transportan innumerables pasajeros que bailan música sincopada; el Mayflower va cargado de puritanos terribles camino de Vineland; se suceden piratas ingleses amantes de la Reina Virgen, barcos holandeses dedicados al tráfico de negros y naves sombrías cargadas de emigrantes sicilianos, genoveses, extremeños e irlandeses, “gente de labor, mestizaje y bastardía, movida por modestos sueños subsistenciales”. Colón comprende que este propósito suyo de llegar al Paraíso rompe el orden espacio-temporal establecido: el horizonte se quiebra por la proa de la Santa María, que rasga el velo y avanza entre visiones de otros tiempos.

La aparición de naves extemporáneas la utiliza García Márquez en el cierre del primer capítulo de ‘El otoño del patriarca, pero en una torsión hacia el pasado, al origen, a la llegada de los españoles. El general se asomó a la ventana del mar como tantas otras noches “y vio el acorazado de siempre que los infantes de marina habían abandonado en el muelle, y más allá del acorazado, fondeadas en el mar tenebroso, vio las carabelas”. Esta imagen inquietante presenta el mismo mar tenebroso que alberga las embarcaciones del dominio en dos épocas distintas: la de los extranjeros en un acorazado vislumbrado por el dictador de turno, por el patriarca, y la de los conquistadores de hace cuatrocientos años.

Es una imagen del pasado que llega al futuro y se observa desde la tierra subyugada y domada a lo largo de los siglos, la que iba a contener el Paraíso de Colón. Abel Posse ya lo sitúa muy cerca de las carabelas que surcan el mar y que están a punto de encenderse en llamaradas. El Almirante está avisado de que en el punto cósmico de apertura que han alcanzado, el tremendo calor es un signo positivo porque proviene del fuego de las espadas flamígeras que guardan las Puertas del Paraíso.

Por fin las carabelas llegan a la Tierra, el cuarto y último elemento. Allí son y están las indias Anacaona y Siboney y la desnudez paradisíaca, el fin de la culpa y la evidencia del dios ausente. Pero Fernando se irrita porque si, como dice el Almirante, es posible la existencia del Paraíso Terrenal se acabó el negocio; el Jardín del Edén ni se puede labrar ni expropiar ni explotar.

Cristóbal Colón se establece en total desnudez en una isla, entre papagayos y aves del paraíso, y anuncia que ha cesado la muerte y que los indios son ángeles y desconocen la caída, la culpa y el pecado. Y el Almirante condena y prohíbe el trabajo, “orgullo babélico y demoníaco”. Pero los suyos no aceptan los bienes del Paraíso, detestan el no hacer y el no medrar, en tanto que los clérigos solo admiten el Cielo tras una vida de obediencia y sacrificio. Roldán, el hombre fuerte del momento, da un golpe de estado y los hombres pierden de nuevo el Jardín del Edén. Y cuando el Almirante, esposado, regresó a España comprendió que el Paraíso “quedaba en manos de milicos y corregidores”.

chihuahua_0_600Abel Posse ve a Colón como “la síntesis de todo el universo europeo colonizador: es judío cristianizado, místico y esclavista, empresario y poeta, ambicioso y capaz del mayor delirio, como creer en el Paraíso Terrenal”. Colón fracasó al ofrecer a sus contemporáneos la visión paradisíaca de las Indias, donde los perros, mencionados en el Diario de su primer viaje, no ladraban porque no concebían que hubiera cosa alguna que se pudiera robar. Según los toltecas, estos perrillos contenían cada uno de ellos una desdichada alma humana y tras el fracaso lo invadieron todo, insignificantes y siempre ninguneados”, pero como no tenían “el orgullo de los jaguares ni las altas ramas de los quetzales” se retiraron.

El descubrimiento y la conquista es un drama en el que todos pierden. “He querido plasmar -dice Abel Posse en una entrevista- un encuentro de civilizaciones que comenzó con un intercambio de regalos y terminó con un genocidio y una guerra de dioses. Traté de narrar cómo esas dignidades barbadas llegadas en carabelas, terminan por saquear ese paraíso que los había impresionado los primeros días. Sólo quedan esos perros vagabundos que andan por los caminos de América como esperando la recreación del jardín arruinado”.

 

* Cristóbal Colón, la Sombra y la Vigilia

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Desconciertan los secretos del Descubridor, todo aquello que intentó borrar o simular o convertir en otra vida y circunstancia y en otros impulsos y objetivos hasta convertirse en un personaje contradictorio, cuando no incoherente. Desde su origen, humilde, que pretendió aureolar con tintes aristocráticos; sus conocimientos como marino, también modestos; la existencia de un misterioso piloto que, mientras agonizaba, pudo ponerle en camino hacia los dominios del Gran Khan, hasta la invención de sí mismo como un místico empeñado en descubrir el camino hacia el Paraíso y contribuir a la conquista de Jerusalén.

Alejo Carpentier y Augusto Roa Bastos hacen de Colón el protagonista de ‘El arpa y la sombra’ y ‘Vigilia del almirante’, respectivamente; cada uno en su novela recrea un personaje complejo y acomplejado, ambicioso y místico, incoherente y tenaz. El tono de autenticidad en ambas es llamativo porque, además del recurso de la documentación histórica, muchos de sus pasajes están inspirados e incluso transcritos de forma fidedigna de los diarios, cartas y relaciones de Cristóbal Colón, con el añadido fundamental de la visión personal de los autores sobre su protagonista.

El arpa y la sombra’ toma como excusa la intención del papa Pío IX de canonizar a Cristóbal Colón en 1851. Carpentier juega con el tiempo y va de los pormenores de este proceso al Cristóbal Colón en sus últimos años, recluido en un monasterio franciscano de Valladolid. Corre el año 1506 y en su lecho de muerte, mientras espera al confesor, deja fluir la memoria y recuerda un pasado del que en ocasiones se arrepiente y las más de las veces intenta justificar.

Desde su celda monástica, Colón defiende su destino que ve prefigurado por el mismo Séneca que, en la estrofa final del coro de Medea, profetiza: Vendrán los tardos años del mundo ciertos tiempos en los cuales el mar Océano aflojará los atamentos de las cosas y se abrirá una gran tierra y un nuevo marino como aquel que fue guía de Jasón, que hubo nombre Tiphi, descubrirá un nuevo mundo y entonces no será la isla Thule la postrera de las tierras”.

¡Tanto se esperaba de él y tanto prometió! Tiene delante la relación de su primer viaje y observa que escribió la palabra ‘oro’ innumerables veces, como si “un maleficio, un hálito infernal, hubiese ensuciado ese manuscrito, que más parece describir una busca de la Tierra del Becerro de Oro que la de una Tierra Prometida para el rescate de millones de almas sumidas en las tinieblas nefandas de la idolatría”.

Regresa a España para dar cuenta de las nuevas posesiones, acompañado de un grupo de indios lastimosos y papagayos, y la reina Isabel le recrimina que “para traer siete hombrecitos llorosos, legañosos y enfermos, unas hojas y matas que para nada sirven como no sea para sahumerios de leprosos y un oro que se pierde en el hueco de una muela, no valía la pena haber gastado dos millones de maravedíes”.

Desconcertado y más ambicioso que nunca vuelve a las Indias, donde los nativos ya no le parecen tan amables y sí más caníbales, más desconfiados y más embusteros. Ya dijeron los normandos, que habían visitado estas tierras antes que él, tal como le contó un judío emigrado a Galway, que en Vineland se encontraron nativos malformados, contrahechos, patizambos, a los que llamaron skraelings, término que traducirá despectivamente por monicongos. Como no hay oro ni especias, ni forma de encontrarlos, a Colón se le ocurre la idea de lucrarse con la venta de esclavos y manda quinientos prisioneros a España.

Yo no quería el oro para mí -se dice a sí mismo en su celda franciscana- sino para mantener mi prestigio en la Corte y justificar la legitimidad de los altos títulos que me habían sido otorgados. No en vano, las Capitulaciones de Santa Fe le habían otorgado el título de Almirante de Castilla, con lo que se ponía por encima del propio heredero, además de visorrey y gobernador de todas las tierras firmes y las islas y todo su contenido y esto en vida y después de muerto, cuando se transmitirán a sus herederos todas estas preeminencias y prerrogativas.

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La reina Isabel le vuelve a recriminar: esta vez por que esclavice a súbditos que no son suyos, sino de ella. Se le viene abajo el único negocio fructífero que le quedaba en estas islas recién descubiertas y es entonces cuando insiste en que encontró “el Paraíso Terrenal, frente a la isla de la Trinidad, en las bocas del Drago, donde las aguas dulces, venidas del Cielo, pelean con las saladas”.

El último capítulo de la novela de Carpentier lleva por título ‘La sombra’ y transcurre en el Vaticano en 1892, durante el papado de León XIII, que pretende finalizar el proceso de beatificación de Colón, siguiendo la vía abierta por Pío IX con su postulación.

El genovés, al ser mencionado en la sala, llega a las estancias vaticanas en forma de fantasma. Allí, en una especie de retablo de las maravillas, surge el panegirista fanático y absurdo de Colón, Leon Bloy, que ejerce como defensor de quien considera el santo profeta que materializará la ‘revelación del globo’. Pero el abogado del diablo llama la atención a los presentes sobre el hecho de que fue Colón quien instituyó la esclavitud en el Nuevo Mundo y que en esto fue el primero. También figura en la lista el pecado de concubinato, cometido no por lujuria, sino por aparentar y no rebajar su falsa alcurnia al casarse con Beatriz, una simple criada. Al final su “sombra” será alejada despectivamente de los altares religiosos.

En esta novela de Carpentier hay un elemento maravilloso: la aparición de los fantasmas de Colón y de Andrea Doria en las salas vaticanas donde se lleva a cabo el debate de la beatificación, al final de la novela. En ‘Vigilia del Almirante’, del escritor Roa Bastos, el elemento mágico aparece al principio, cuando las tres carabelas se encuentran empantanadas en un “mar de hojas de color de oro verde cantárida, espeso, que las empuja hacia atrás, impidiéndoles la marcha”. Es un mar de pesadilla que apenas se mueve y que les tiene inmovilizados, en la vigilia de su desembarco en las Indias, y que permite al autor viajar en el tiempo, hasta la celda del monasterio de Valladolid en las horas previas a su muerte.

Roa Bastos, que escribió esta ficción histórica sobre el descubrimiento en 1992, quinientos años después, afirma en el prólogo que “éste es un relato de ficción impura, o mixta, oscilante entre la realidad de la fábula y la fábula de la historia”, una obra “heterodoxa” y alejada de la “parodia y del pastiche, del anatema y de la hagiografía”. Y advierte de que “tanto las coincidencias como las discordancias, los anacronismos, inexactitudes y transgresiones en relación a los textos canónicos son deliberados, pero no arbitrarios ni caprichosos”.

Cristóbal Colón en esta versión literaria es un hombre enigmático, tozudo y obsesionado. Y guarda un secreto: la ruta que el piloto agonizante en una playa de Portugal le reveló. Poco antes de morir tras un naufragio en costas portuguesas, le contó que las Indias estaban a 750 leguas de las islas Afortunadas, tras las Antillas, las Siete Ciudades de los obispos navegantes, la isla del Brasil y el archipiélago de las Once Mil Vírgenes y que en éste, por la noche, murallas de arrecifes protegen la entrada a las Indias y al Paraíso terrenal.

vigilia

Bajo secreto de confesión, Colón contó el secreto del Piloto a fray Juan Pérez, prior de la Rábida y confesor de la Reina, y también a fray Antonio de Marchena, astrónomo, guardián del convento y custodio de Sevilla. En la novela de Carpentier el secreto no pertenece al Piloto, sino a Maestre Jacobo, que tenía su residencia en la costa occidental de Irlanda y conocía la historia de los normandos que, habiendo sido desterrados, navegaron entre las brumas hiperbóreas hacia una enorme tierra a la que llamaron ‘Tierra Verde’. Ante el juego al que le somete Isabel, que un día le promete su aval y al día siguiente de todo se olvida, no tiene más remedio que revelarle sus fuentes tras la toma de Granada, según la versión de Carpentier. Otros autores se referirán a otros secretos que Colón compartirá con Isabel, como el camino hacia el Paraíso Terrenal.

Roa Bastos también dibuja el perfil visionario de Cristóbal Colón, pero no toma partido sobre su autenticidad o su simulación pragmática. Para convencer a los Reyes Católicos les promete la reconquista del Santo Sepulcro, auténtica misión en defensa de la fe cristiana, y él, convencido de su importancia, se pregunta si será canonizado alguna vez como el primer santo y mártir marítimo de la Cristiandad. Ya hemos visto que no lo consiguió.

Colón se ve como un nuevo Moisés, conductor de un pueblo, de una multitud de pueblos, a los que evangelizar y entregar las Tablas de la Ley. Tras cuarenta días de peregrinación sobre el desierto marino, el mar Tenebroso, llegará a la Tierra Prometida, pero estará condenado a no entrar en ella, en el Paraíso que vislumbra en las Indias.

El Almirante de Roa Bastos muestra un perfil visionario y testarudo. Es posible que Colón creyera hasta su último suspiro que había descubierto, conquistado y ganado las tierras de Cathay y del Cipango y que había invadido los dominios del Gran Khan, al que hacía más de un siglo que la dinastía de los Ming había destronado. La propuesta de Colón consistía en urdir una alianza con el rey de China que, bajo el mando de España atacaría en tenaza al Islam y ya, de paso, acabaría también con la hegemonía portuguesa. “Descomunal ignorancia, frenética ambición de riquezas disfrazada de hipócrita misticismo”, sentencia Roa Bastos.

carabelas

Nadie se acordará de Colón hasta casi el final del segundo milenio, dice el escritor paraguayo. “Entonces resurgirá como otro, la imagen de un hombre oscuro, sin rostro, sin nombre, sin edad, sin memoria, la leyenda de un hombre que quiso ser importante y que en realidad no importó a nadie ( ) Redescubrirá un mundo nuevo para los europeos por azar y el no sabrá que lo ha descubierto porque lo confundirá con el de los libros leídos al apuro, con el de los mapas robados, con el de un secreto sonsacado a un navegante agonizante, con las profecías de las Escrituras que no tenían por qué ocuparse del descubrimiento”.

Desde su Vigilia Colón ve el pasado y el futuro y augura “una muchedumbre de gente codiciosa y malvada que viene a usurpar mi señorío sobre las tierras descubiertas y conquistadas por mí y bajo la insignia de mi autoridad sembrarán muerte, esclavitud y terror”. Ya es tarde para cambiar su testamento pero declara que su deseo es que todas las tierras conquistadas por él se devuelvan a sus auténticos propietarios, a los nativos de las Indias. El que fuera lector incansable de novelas de caballerías dictó sus últimas voluntades y “con la ayuda del ama y la sobrina untó los dedos en el testamento y se desvaneció”.

* El viaje a Aracataca y la construcción de Macondo

la hojarasca

Vengo a pedirte el favor de que me acompañes a vender la casa”, le dijo su madre cuando logró dar con él en Barranquilla. Gabriel García Márquez estaba a punto de cumplir veintitrés años; había abandonado la Facultad de Derecho después de seis semestres inútiles; seis cuentos suyos habían aparecido en suplementos de periódicos; vivía de redactar notas para El Heraldo; fumaba sesenta cigarrillos diarios de “tabaco bárbaro” y muchas noches no tenía dónde dormir porque le faltaba el peso y medio que costaba la habitación, pero le sostenía un convencimiento absoluto de su destino como escritor.

La casa que había que vender no era otra que la de los abuelos en Aracataca, donde Gabo nació y vivió sus primeros ocho años. El 18 de febrero de 1950, bajo un aguacero diluvial, madre e hijo acometieron el viaje por el río Magdalena en una destartalada lancha de motor. En este recorrido fluvial, confiesa en sus memorias, sintió el primer “zarpazo de la nostalgia”, no sólo de un lugar sino también de un tiempo al que ya no es posible regresar.

De la lancha pasaron a un coche victoria de un solo caballo, de camino a la estación de ferrocarril que les dejaría en Aracataca. Durante el trayecto contempló el piélago sórdido de playa de caliche con mangles podridos y astillas de caracoles, el mar de Ciénaga, y el barrio de tolerancia y el abrevadero de las locomotoras. Bordearon la ciudad sin entrar en ella. “De pronto mi madre señaló con el dedo: mira, me dijo, ahí fue donde se acabó el mundo”.

Ahí estaba la estación y enfrente una plazoleta, donde aquel día de 1928 en que todo se acabó, el ejército había matado un número nunca establecido de jornaleros del banano. Mil veces se lo había contado el abuelo: los peones en huelga fueron declarados una partida de malhechores; los tres mil hombres, mujeres y niños inmóviles esperaban bajo el sol inclemente después de que el oficial les diera un plazo de cinco minutos para evacuar la plaza; y entonces fue la orden de fuego y las ráfagas y “la muchedumbre acorralada por el pánico mientras la iban disminuyendo palmo a palmo con las tijeras metódicas e insaciables de la metralla”.

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Doña Luisa y Gabo continuaron el viaje. Subieron al tren, que hizo una parada en una estación sin pueblo y poco después pasó frente a la única finca bananera del camino que tenía el nombre escrito en el portal: Macondo. Esta palabra -dice en Vivir para contarla’“me había llamado la atención desde los primeros viajes con mi abuelo, pero sólo de adulto descubrí que me gustaba su resonancia poética” y, aunque la había usado ya en tres libros como nombre de un pueblo imaginario no supo su significado hasta que en una enciclopedia descubrió, casualmente, que era el nombre de un árbol del trópico parecido a la ceiba, de madera esponjosa que sirve para hacer canoas y trastos de cocina. Más tarde, encontró que la Enciclopedia Británica informaba de que en Tanganika existe la etnia errante de los makondos y dedujo que, de ahí tal vez, el origen de la palabra.

Diez minutos después el tren se detenía en Aracataca, bajo un sol ardiente y unas arenas infernales, a la hora del calor intenso de las “siestas inertes”. “Todo era idéntico a los recuerdos, pero más reducido y pobre, y arrasado por un ventarrón de fatalidad”. El calor y el desamparo hacían emerger recuerdos de historias que ocurrieron en el pueblo: la madre y la niña del ladrón que fue abatido a través de la puerta por María Consuegra; la casa del Belga, un veterano de la primera guerra mundial que un domingo de Pentecostés decidió poner fin a su vida y la botica del doctor que tanto le aterrorizó en la infancia.

Y, sobre todo, la casa de los abuelos, una casa lineal de ocho habitaciones sucesivas y sencillas: la primera una sala de visitas y oficina personal del abuelo, a la que seguía el taller de platería donde fabricaba los pescaditos de oro. De ahí en adelante “empezaba el paraíso hermético de las muchas mujeres residentes y ocasionales que pasaron por la casa durante mi infancia”, donde vivieron y le cuidaron la abuela materna, Tranquilina Iguarán, para la que no existía una frontera definida entre vivos y muertos y que, años después en Sucre les reveló en sus monólogos de anciana, misterios de cosas perdidas, de secretos guardados y de asuntos prohibidos; la tía Francisca Simodosea, de “desparpajos insólitos y refranes ríspidos”, que un día comenzó a coser su mortaja a medida y dos semanas después, ya terminada, “sin enfermedad ni dolor algunos se echó a morir en su mejor estado de salud”; y Elvira Carrillo, que compartía su soledad con “las toses y carraspeos de las habitaciones vecinas donde se acogía lo sobrenatural”.

El coronel Nicolás Márquez y su esposa, Tranquilina Iguarán, llegaron a Aracataca con sus tres hijos y dos indios guajiros como servicio y una india, Meme, para iniciar una nueva vida, hacia 1910. El abuelo de Gabo llegaba perseguido por el remordimiento de haber matado a un hombre en un lance de honor, en Barrancas, que además fue copartidario y soldado suyo en la guerra de los Mil Días. El asunto fue, en palabras de García Márquez, el primer caso de la vida real que le revolvió los instintos de escritor.

Luego utilizaría todas estas historias de guerras, fusilamientos, parlamentos de muertos y dramas cotidianos en sus libros, de la misma forma que utilizó de niño las conversaciones de los adultos: las absorbía como una esponja, las desmontaba en piezas, cambiaba algunos detalles para disimular el origen y luego se las contaba a los mismos adultos que habían sido su fuente de inspiración, de forma que quedaban absolutamente perplejos. Lo que eran “infamias de niño” y técnicas rudimentarias de narrador en ciernes” evolucionaron y se convirtieron en recursos poéticos de gran escritor.

García Márquez reconoce que todos sus personajes son “como rompecabezas armados con piezas de muchas personas distintas, y por supuesto con piezas de mí mismo” y, como buen omnívoro, defiende que cualquier suceso es propicio “porque no hay nada de este mundo ni del otro que no sea útil para un escritor”.

El viaje a Aracataca marcó su futuro como escritor porque le mostró que lo que había escrito hasta entonces y el proyecto en el que trabajaba desde hacía meses no tenían sustento alguno porque no eran reales. De vuelta a Barranquilla empezó la novela que se le insinuó en Aracataca sin un minuto de espera ni de sosiego “con la carga emocional que arrastraba sin saberlo y que me había esperado intacta en la casa de los abuelos”.

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Ya tenía una imagen visual del pueblo, al que llamó Macondo, y un título, que ya no iba a ser La casa, sino otro, más “desdeñoso y compasivo con que mi abuela, en sus rezagos de aristócrata, bautizó a la marabunta que llegó con la United Fruit Company: La hojarasca”. En el preámbulo de la obra explica el significado doméstico de esta palabra, que resumía el conjunto de desperdicios humanos que llegó al pueblo desde todos los lugares, “revuelta y alborotada”, que contaminó todo aquello con lo que tuvo contacto y que, con el tiempo, sufrió el natural proceso de fermentación y se incorporó a los gérmenes de la tierra”.

Fueron años de esplendor y derroche, de amor triste y de lujos impensables traídos por la bonanza de las plantaciones bananeras. Como le cuenta doña Luisa a su hijo Gabo, al pasar por el antiguo barrio de las mujeres de la vida, “los hombres amanecían bailando la cumbiamba con mazos de billetes encendidos en vez de velas”. Todo eso desapareció como en los pueblos del lejano oeste descritos por Faulkner y que tantas similitudes con los colombianos aprecia García Márquez. Pero quedó la pobreza y también la nostalgia de un tiempo magnificado.

Lo que acabó con la hojarasca, lo que supuso el fin de este mundo fue la matanza de los peones de la United Fruit Company, un suceso que acabó siendo materia y sustento de la novela. Debía encontrar recursos para contar aquel “paraíso terrenal de la desolación y la nostalgia” a partir de los recuerdos de los supervivientes de 1928, año en el que él mismo nació. El método, que se inspiraba en Faulkner, consistió en usar tres voces: el abuelo, la madre y el niño. Y el resultado fue espectacular.

Pero la editorial Losada le rechazó el manuscrito en una carta, con el veredicto supremo de Guillermo de Torre, exiliado español y presidente del consejo editorial. Los términos del rechazo rayaban en la grosería y estuvieron a punto de quebrar la trayectoria literaria de García Márquez. Afortunadamente, los “argumentos simples en los que resonaban la dicción, el énfasis y la suficiencia de los blancos de Castilla” no le amilanaron y persistió en su oficio. El mismo Borges expresó ciertas reticencias acerca del gusto literario de su cuñado, que ya había rechazado en 1927 Residencia en la Tierra’, de Pablo Neruda.

Pasaron cinco años antes de editar la novela, a cuenta del propio autor y unos amigos, y tuvo buena crítica pero poca repercusión. Entre ‘La hojarasca’ y Cien años de soledad’ García Márquez escribió dos novelas y un libro de cuentos, todos más realistas y sobrios y sin magia, aunque excelentes. En 1955 marchó a París, “flaco, con cara de argelino”; le costó sobrevivir en una ciudad muy dura para la miseria. Una vez incluso llegó a pedir en el metro y un hombre le dio una moneda, pero con aire de malhumor y sin escuchar sus explicaciones. De estos años data El coronel no tiene quien le escriba’, cuya imagen es la de un militar que espera desde hace lustros una pensión que no llega, igual que él espera un giro en París, después de que ‘El Espectador’, que le había contratado como corresponsal, hubiera sido cerrado por el dictador de turno.

Volvió y en Venezuela escribió los cuentos de ‘Los funerales de Mamá Grande’. Tampoco tuvo el éxito que merecía. “La espera proseguiría en Bogotá”, cuenta Plinio Apuleyo Mendoza, compañero periodista de esos años. Prensa Latina le envió a Nueva York, pero dimitió de su corresponsalía cuando fue cesado el director de la agencia. Decidió marcharse a México, ya con Mercedes, su mujer, y un hijo, en autobús.

En México tuvo la revelación del cómo contar la auténtica y verídica historia, cuyo germen se inició diecisiete años antes en su viaje a Aracataca, de Macondo, que más que un lugar del mundo es un estado de ánimo”. En Cien años de soledad’ surgió un mundo completo en sí mismo, con su nacimiento, desarrollo y desaparición, en el que todo pudo suceder y sucedió y que acabó siendo devorado por el mismo viento que había traído consigo la hojarasca.

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Lecturas

– Gabriel García Márquez, La hojarasca, 1955

– Gabriel García Márquez, Vivir para contarla, Mondadori, 2002

– Plinio Apuleyo Mendoza, Gabriel García Márquez; el olor de la guayaba, Bruguera, 1982

“Cien Años de Soledad”

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Es imposible escribir algo original que no haya sido escrito antes sobre la gran novela americana del siglo XX en lengua española. A lo largo de los cincuenta años transcurridos desde su publicación en 1967 se han sucedido cientos de reseñas, artículos y tesis doctorales que han analizado el fenómeno desde el estructuralismo, el marxismo, el psicoanálisis, el compromiso político o la concepción mítica de la historia, dependiendo del punto de vista que estuviera de moda.

No tengo nada nuevo que decir, pero tampoco quiero quedarme con las ganas de comentar una de las novelas que fue la llave que me abrió la puerta a la gran literatura, a la que desconcierta y fascina y al mismo tiempo es fuente de recreo inolvidable, como si de una alfombra voladora se tratara. Desde entonces ha pasado mucho tiempo y sólo puedo agradecer a la circunstancia y al azar que cayera en mis manos en el momento oportuno.

Cien años de soledad, como dice su autor, estaba ahí antes de ser escrita: en las tradiciones, creencias y culturas que compusieron Latinoamérica, desde las novelas de caballería de la época de Colón a las ceremonias religiosas de los esclavos negros trasplantados desde el continente africano o en la magia de los indígenas y sus selvas imposibles. Sólo había que pararse a mirar.

Tenía apenas veinte años cuando la leí por vez primera y fue como un hechizo del que aún no me he podido desprender. La he vuelto a leer ahora, cuarenta años después, y sigue teniendo para mí la misma fuerza, la vitalidad de unos personajes inolvidables por lo estrafalario y excesivo de su conducta: desde Úrsula, la matriarca que logra mantener en pie a una extensa familia y a todos los Aurelianos y José Arcadios que pueblan la novela, hasta el fabuloso Melquíades, el gitano trashumante que, en la época primera y más mágica de Macondo, se encarga de facilitar a sus ciudadanos los últimos frutos de la ciencia.

A medida que voy adentrándome en sus páginas se desvanece la frontera entre lo real y lo maravilloso y el fenómeno que todos los lectores conocemos -el de la suspensión sostenida de la incredulidad- se intensifica de manera que todo se hace posible. Como ocurría con las historias de la Odisea o de la misma Biblia, uno lee y cree en todo lo que se cuenta. No se trata de una forma especial de concebir la realidad por parte de los personajes (como ocurre con los seguidores del Mackandal de Carpentier, víctimas de una ilusión y del deseo de la magia), sino de la propia vida de estos personajes, sin necesidad de una justificación exógena.

El Reino de este mundo narra un hecho histórico y, aunque ocurren portentos, Carpentier los argumenta y justifica. En cambio, Cien años de soledad trata de sucesos inventados en los que reina la imaginación. Incluso podría decirse que inventa una nueva realidad, pero realidad al fin y al cabo. Las cosas pasan de una manera extraordinaria y no hay reparo ninguno. No tengo inconveniente en creer en la ascensión virginal a los cielos de Remedios la Bella mientras tendía las sábanas en el jardín de la casa y en la eterna longevidad de Úrsula; en las propiedades levitatorias de una taza de chocolate y en la reproducción compulsiva y desaforada de los animales de granja animados por las fogosas cópulas de Petra Cotes. El autor también lo cree y de esa manera nos abre los ojos de lector al asombro.

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Confiesa García Márquez que tuvo que vivir veinte años y escribir cuatro libros de aprendizaje para descubrir que la solución estaba en los orígenes mismos del problema: había que contar el cuento, simplemente, como lo contaban los abuelos. Es decir, en un tono impertérrito, con una serenidad a toda prueba que no se alteraba aunque se le estuviera cargando el mundo encima, y sin poner en duda en ningún momento lo que estaban contando, así fuera lo más frívolo o lo más truculento, como si hubieran sabido aquellos viejos que en literatura no hay nada más convincente que la propia convicción.

Es cierto que Cien Años de Soledad tiene una “accesibilidad ilimitada”, como dice Vargas Llosa, en el sentido de que se puede leer y entender perfectamente sin apelaciones a relaciones culturales. No hay en ella juegos temporales ni planos de ficciones concurrentes ni técnicas novedosas. Se puede simplemente leer y gozar de la lectura. Parte de su éxito reside en que devuelve al lector el placer de escuchar una historia.

Pero, como en todas las grandes obras y los grandes mitos, siempre hay segundas lecturas e infinidad de incógnitas sin desvelar, puntos ciegos que iluminan la historia misma de la familia, escrita por Melquíades, hasta en sus detalles más triviales, con cien años de anticipación. La había redactado en sánscrito, que era su lengua materna, y había cifrado los versos pares con la clave privada del emperador Augusto, y los impares con claves militares lacedemonias. Así que al final de la novela descubrimos la autoría, pero este señalamiento puede ser simulado, una apariencia y un intento de confundir al lector y hacerle saber que todo, absolutamente todo, es ficción y apariencia.

Cien años de soledad es una epopeya sin dioses pero con creador indispensable, con la sabiduría de hechicero que le atribuyó Mitterrand y con la capacidad de bautizar un mundo nuevo que le adjudicó Carlos Fuentes. En un mundo desordenado, García Márquez organiza la realidad a partir de la creación de una localidad que funciona como un continente y en la que los hechos no están inscritos en el tiempo convencional de los hombres, sino concentrados en un siglo de episodios cotidianos, de modo que todos coexisten en un instante.

Cuenta la historia de Macondo desde su creación hasta su apocalipsis, un mundo que sólo dura cien años pero no en el tiempo de los hombres, sino de los dioses. Es un tiempo mágico en el que conviven varias generaciones de la familia Buendía, que a veces se enlentece y otras se precipita para volver a estancarse, un tiempo que nada tiene que ver con el calendario, sino con el círculo y la repetición. Un tiempo que va arrastrándolo todo hacia la soledad hasta que se cierra sobre sí mismo y el espacio desaparece.

Ya muy anciana y convertida en el triste juguete de los nietos, Úrsula Iguarán se estremece al comprobar que el tiempo no pasaba, sino que daba vueltas en redondo. Como reconoce José Arcadio Segundo, también el tiempo sufría tropiezos y accidentes y podía por tanto astillarse y dejar en un cuarto una fracción eternizada, como ocurrió con la habitación de Melquíades, por la que no pasó nunca el tiempo que ni siquiera sembró polvo en los muebles, pero contuvo durante muchos años la presencia fantasmal de su ocupante.

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Edición ilustrada por Luisa Rivera

Cien años de soledad es un relato mítico de creación: contiene una pareja fundadora en un paraíso que no conoce la muerte; un pecado original fundado en la consanguinidad; un “diluvio que dura cuatro años, once meses y dos días”; un gitano trashumante que trae la magia en forma de tecnología; algún que otro ogro descomunal y rabelesiano e incluso un niño falsamente salvado de las aguas, amén de profecías, maldiciones, guerras y revoluciones, pestes y plagas.

Pero hacia el final la realidad auténtica, por llamarla de alguna manera, se introduce en el relato. Aureliano Babilonia, poseedor de conocimientos enciclopédicos, descifrará los manuscritos de Melquíades y junto a sus amigos de toda la vida, los “cuatro discutidores”, que son precisamente García Márquez y su cuadrilla, realizará el descubrimiento de su vida en una noche de parranda: que la literatura es el mejor juguete que se había inventado para burlarse de la gente. El librero catalán, que profesa un respeto solemne al tiempo que una irreverencia comadrera hacia la literatura es la fuente de semejantes arbitrariedades de manera que les aconseja que abandonen Macondo y se caguen en Horacio y recuerden siempre que el pasado es mentira, que la memoria no tiene camino de regreso, que toda primavera antigua es irrecuperable y que cualquier amor es efímero.

García Márquez, como se ve, no le hizo caso. Y nosotros tampoco. A todos nos gustan los cuentos y que nos los cuenten, en esta ocasión con un lenguaje a veces contenido, a veces exuberante, cargado de recuerdos y mentiras, de hipérboles y alusiones, de repeticiones y novedades. Un mundo recreado por el lenguaje, en definitiva. Cien años de soledad emociona desde su principio, cuando Aureliano Buendía cuenta cómo conoció el hielo por primera vez, llevado de la mano por su padre, cuando Macondo era una aldea de veinte casas y el mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.

Y continúa: Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquíades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse. Y aún los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades. “Las cosas tienen vida propia -pregonaba el gitano con áspero acento- todo es cuestión de despertarles el ánima”.

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Edición ilustrada de Luisa Rivera

Lecturas

Gabriel García Márquez, Cien años de soledad.

Carlos Fuentes, Para darle nombre a América.

Mario Vargas Llosa, Cien años de soledad, realidad total, novela total.

Víctor García de la Concha, Gabriel García Márquez, en busca de la verdad poética.

* La naturaleza de lo insólito en la novela latinoamericana

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Antonio Pigafetta dejó por escrito que “había visto cerdos con el ombligo en el lomo y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara”. Con este recuerdo del cronista que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, Gabriel García Márquez inició el tradicional discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura de 1982 ante la Academia Sueca.

Lo maravilloso en el Nuevo Mundo se encuentra en las expediciones en busca de países ilusorios como El Dorado, de ciudades imposibles como la de Manoa, las siete de Cíbola o la de los Césares; en la leyenda de la Fuente de la Eterna Juventud o en el relato de la desaparición de once mil mulas cargadas con oro que salieron de Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino, pero que más tarde aparecieron en las mollejas de unas gallinas que se vendían en Cartagena de Indias y que fueron criadas en tierra de aluvión, historia que relató el escritor colombiano en ese mismo discurso.

En estos sueños y misterios de siglos pasados, García Márquez vislumbra los gérmenes de la novela del siglo XX en Latinoamérica. Esos lugares de fábula y sus personajes desmesurados gozan de tal presencia que el escritor sólo necesita ponerse a contar lo que ve y ‘normalizar’ lo insólito.

El Reino de este mundo, de Alejo Carpentier

Recuerda Carlos Fuentes que en París, en 1930, tres jóvenes escritores- Carpentier, Uslar Pietri y Miguel Ángel Asturias- se detuvieron un momento sobre el Pont des Arts y decidieron arrojar al Sena al surrealismo francés por innecesario. Si Breton no dejaba de ensalzar lo “maravilloso”, ellos, en Iberoamérica lo tenían a raudales y con la ventaja de una mayor autenticidad que el francés.

Ése fue el año en el que Arturo Uslar Pietri publicó Las lanzas coloradas y Miguel Ángel Asturias, Leyendas de Guatemala, sobre tradiciones y relatos de la cultura maya, a la que él pertenecía por parte de madre, y que tuvieron como antecedente la traducción que él mismo hiciera del Popol Vuh, historia maya de la creación del hombre.

Estas Leyendas de Guatemala son relatos precursores del realismo maravilloso, en los que el tiempo y el espacio fluyen anárquicamente. Paul Valery, que los leyó en su traducción francesa, escribe en una carta que en estas “historias-sueños-poemas” en las que se confunden creencias, cuentos y todas las edades de un pueblo le han resultado extrañas e inesperadas, con su mezcla de “naturaleza tórrida, de botánica confusa, de magia indígena, de teología de Salamanca, donde el Volcán, los Frailes, el Hombre-Adormidera, el Mercader de joyas sin precio, las bandadas de Pericos dominicales, los Maestros-magos que enseñan en las aldeas la fabricación de los tejidos y el valor del cero, componen el más delirante de los sueños”.

El reino de Carpentier

Años después, en 1943, en el transcurso de un viaje que Alejo Carpentier hizo a Haití, y que luego transmutó en El Reino de este mundo, novela a partir de la cual se acuña la expresión ‘lo real-maravilloso, visitó las ruinas de Sans-Souci, la Ciudadela de La Ferrière y la normanda Ciudad del Cabo y pudo comprobar el “sortilegio de esas tierras y las advertencias mágicas de sus caminos”. Frente a esta manera natural en la que se desarrolla lo insólito, lo sorprendente y lo irracional, denunció “la agotadora pretensión de suscitar lo maravilloso que caracterizó a ciertas literaturas europeas de los últimos treinta años”, conseguido en un primer momento de manera lícita pero corrompido con trucos de prestidigitación a medida que se pretendía “suscitar lo maravilloso a todo trance”.

Cuando Carpentier denuncia esta burocratización, este abuso de fórmulas repetidas hasta la saciedad se está refiriendo a una forma de concebir la narración, absolutamente legítima y fecunda pero en algunos casos fracasada, que sólo pretende sorprender al introducir, en un mundo totalmente realista, un suceso inverosímil, mágico en definitiva.

En cambio ‘lo real maravilloso’ no es una tendencia internacional ni tiene límites cronológicos. Proviene de las raíces culturales de la América Latina, raíces indígenas y africanas, y de las tradiciones y leyendas de los colonizadores. Para Carpentier “lo maravilloso comienza a serlo de manera inequívoca cuando surge de una inesperada alteración de la realidad, de una iluminación inhabitual o singularmente favorecedora de las inadvertidas riquezas de la realidad”. Y para captarlo se precisa fe, algo de lo que carecen los surrealistas porque, aunque invoquen espectros, no creen en los ensalmos y acaban poniéndose muy aburridos cuando insisten en su literatura onírica “arreglada”.

Durante su estancia en Haití, dice Carpentier en esta presentación de su novela sobre el reino de Henri Christophe, pudo ponerse en contacto cotidiano con “algo que podríamos llamar lo real-maravilloso” porque allí “millares de hombres ansiosos de libertad creyeron en los poderes licantrópicos de Mackandal”, un negro mandinga que inició la sublevación y fue quemado por ello, aunque sus seguidores se negaron a reconocer su muerte y le inventaron una nueva metamorfosis, una más de las que experimentó en vida.

También pertenecía a lo real-maravilloso la cruel tiranía del rey negro Henri Christophe, uno que fue cocinero y dueño de un albergue en la calle de los Españoles y que logró hacerse con el poder: sus soldados resplandecían con uniformes de vistosos entorchados, penachos de plumas celestes y botas de húsares como no los viera siquiera el ejército de Napoleón. El rey vivía en Sans-Souci, un inmenso palacio de cuento, en cuyo exterior abundaban terrazas, arcadas, jardines, pérgolas, arroyos artificiales y laberintos de boj.

En la cultura iberoamericana se produce una mezcla fascinante de lo medieval europeo, las cosmogonías nativas y, también, como ocurre con Haití, en Cuba o en Venezuela, de la cultura trasplantada de los esclavos africanos: las danzas de la santería o el vudú. En El Reino de este mundo Paulina Bonaparte, hermana del emperador llega a la isla de Santo Domingo acompañando a su esposo, el general Leclerc, el nuevo gobernador. No pasaría mucho tiempo hasta que se declarase una epidemia de peste y como no se conocía remedio, ella, hija de la Ilustración y de la Razón, dejó de ser razonable y se encomendó al negro Solimán. Los sahumerios de incienso, índigo, cáscaras de limón y las oraciones al Gran Juez, a San Jorge y a San Trastorno fueron el primer recurso pero, al acrecentarse el miedo tras la terrible agonía de Leclerc, Paulina avanzó aún más en el mundo de poderes que se agitaban en torno a los conjuros de su sirviente: promesas, penitencias, ayunos, rituales mecánicos, bailes de poseídos y gallos degollados.

Esta presencia de lo prodigioso no es privilegio único de Haití o de Guatemala, “sino patrimonio de la América entera, donde aún no se ha terminado de establecer, por ejemplo, un recuento de cosmogonías”, dice Carpentier, que abunda en que el continente está lejos de haber agotado su caudal mitológico.

La soledad de América

La historia de América no es sino una crónica de lo real maravilloso, pero a la que en justicia hay que reconocerle un lado terrible y oscuro que García Márquez puso de relieve en su discurso de aceptación del Nobel de Literatura. Si bien los dos primeros párrafos hacen referencia a los prodigios narrados por Pigafetta que recuerdan a los del latino Plinio, muy pronto cambia el tono para denunciar la injusticia rampante en el continente. No puedo dejarlo pasar porque también de protesta y queja está hecha la literatura de mis escritores favoritos, desde Carpentier a García Márquez, desde Onetti a Abel Posse, y muchos otros.

En la crónica americana hay esclavitud y exterminio de indios, subastas de esclavos negros, guerras sangrientas, dictadores espeluznantes, como el mismo Henri-Christophe en Haití y tantos otros déspotas que se disputan el protagonismo histórico de los últimos siglos, y también pobreza, abandono y sufrimiento. Desde la segunda mitad del pasado, se suceden las novelas sobre dictadores, de los llamados sarcásticamente ‘padres de la patria’, como el Supremo de Roa Bastos, el Patriarca de García Márquez o el Chivo de Vargas Llosa, entre otros, que tienen su glorioso antecedente en el ‘Tirano Banderas’ de Valle Inclán.

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En su alegato, el escritor colombiano recuerda a los millones de muertos, a los cientos de miles de desaparecidos y a los refugiados; apenas nueve años antes se había asesinado la democracia en Chile y aún perduraba una dictadura militar, inicua y brutal en Argentina. Recuerda también a los que huyen de su país por miedo, por desesperación o por pura hambre; denuncia la violencia y el dolor desmesurado de la historia americana, “resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento” y reprocha a la vieja Europa haberles dejado solos, durante mucho más de cien años.

Los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria: una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra (Del discurso de Gabriel García Márquez).

 

* La Ciudad de los Césares, mito de náufragos y desaparecidos — Historias emergentes

Ni las Amazonas ni las Ciudades de Cíbola ni Santiago Matamoros eran leyendas propias del nuevo continente, en el que se buscó de todo, desde la Fuente de la Juventud al Paraíso Terrenal, pero pronto surgieron mitos autóctonos como la leyenda de El Dorado o la Ciudad de los Césares. Conocida también como Ciudad Encantada […]

a través de La Ciudad de los Césares, mito de náufragos y desaparecidos — Historias emergentes

* Crónicas de lo maravilloso desde el Nuevo Mundo

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Cuando los españoles llegaron a las Indias intentaron describirlas mediante relaciones, cartas, crónicas y apuntes, diarios de a bordo y diarios de caminantes, dirigidos a los reyes que les habían concedido el derecho de exploración o nombrado adelantados o virreyes de tal o cual región, con la intención de hacerles partícipes de lo que habían visto, oído y hecho o como justificación o documento para pedir nuevas gracias o consolidar las ya obtenidas o las por venir. También para su publicación, al estilo del Libro de las Maravillas, de Marco Polo.

Las crónicas fueron escritas por los conquistadores, aunque delegaron muchas veces en quienes les acompañaban, generalmente clérigos u hombres de letras que también participaron en el descubrimiento, como es el caso de Gonzalo Fernández de Oviedo, primer cronista oficial de las Indias y gobernador de Santo Domingo y La Española, o Bernal Díaz del Castillo, que participó en la conquista de México. Incluso hubo alguno, como Gaspar Pérez de Villagrá que escribió su versión de la conquista de Nuevo México por Juan de Oñate en versos endecasílabos repletos de resonancias clásicas y caballerescas. Su poema empieza con las mismas palabras que la Eneida – “A las armas y al varón heroico canto”- a lo que sigue la lista de los principales participantes en la expedición para pasar, a continuación, a ensalzar “los hechos y proezas de aquellos españoles valerosos” que lograron “prodigios grandes de tierras y naciones nunca vistas”.

A quienes llegaron y vieron, todo les pareció nuevo, diferente, y muchas veces no encontraban nombres para lo observado y no entendido, de manera que lo asimilaron como maravillas. También se crearon fábulas, se inventó y se exageró, como si no fuera bastante aventura o heroicidad atravesar los desiertos de Texas y de Atacama, explorar inmensas selvas y seguir el curso de inacabables ríos; tropezar con tribus del paleolítico y con imperios como el del Inca; hacer frente a animales desconocidos y mortíferos y contemplar las cataratas del Iguazú o el Cañón del Colorado.

Los europeos que llegaron a las Indias a lo largo del siglo XVI vivieron en la intersección de la cultura medieval y la renacentista y, al dejar volar la imaginación se dibujan, ellos o los protagonistas de sus crónicas, como héroes de novelas de caballerías, descubridores de ciudades doradas que cambian mágicamente de lugar, santos hacedores de milagros o personajes míticos en busca del Paraíso o de las Fuentes de la Eterna Juventud.

El Paraíso de Cristóbal Colón

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En este mundo a caballo entre lo cristiano a ultranza y lo clásico recuperado se produce una actualización sorprendente, e incluso una amalgama desconcertante, de mitos cristianos y paganos que producen la impresión de que los exploradores de las tierras y mares recién descubiertos vivían en una continua observación de milagros inauditos y maravillas imposibles.

Cristóbal Colón sufría de cierta propensión a recuperar viejas historias e insertarlas en mundos nuevos: en la Relación de su primer viaje hace referencia a tres sirenas “que salieron bien alto de la mar, pero que no eran hermosas como las pintan, que en alguna manera tenían pinta de hombre en la cara”. No eran las famosas de Ulises, ya que al parecer no cantaban.

Cuando llega a las Indias y no encuentra ni el oro ni las especias que esperaba para poder pagar las deudas y hacerse rico, intenta convencer a los Reyes de España, sus patrocinadores, de la importancia del viaje: ninguna riqueza material es comparable al descubrimiento del Paraíso y la evangelización de los idólatras.

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Inclinado a interpretar literalmente la Biblia, convencido de su destino providencial y con el propósito de justificar que no hubiera suficiente oro en La Española e islas vecinas, llegó a la conclusión de que era en las Indias donde se hallaba el Paraíso Terrenal y, como allí no había altísimos montes que rozaran el cielo -condición sine qua non para eludir los efectos de Diluvio Universal- ideó una ingeniosa deformidad terrestre: la Tierra no era totalmente redonda, sino que hay en ella un lugar en que se alarga “como un pezón de mujer”, justo debajo de la línea equinoccial, y donde se hallaría precisamente el Paraíso, en la cima de aquel lugar que tiene la forma de un “tallo de pera”. Y sigue argumentando, en esta Relación del tercer viaje, en 1498, que “lo que corrobora fuertemente esta opinión es que el Sol, cuando Dios lo creó, apareció en la extremidad del Oriente y su primera luz brilló aquí en Oriente”. Concluye con que esta hipótesis suya es conforme al parecer de los santos y de los doctos teólogos.

Santiago en su caballo blanco

La intervención de la Providencia, incluso en forma de apóstol Santiago, queda fuera de la competencia del historiador y del alcance de la prueba. Pero la ficción, la leyenda y el mito sirvieron en esta época tan dura, violenta y todavía medieval, para la justificación de actos impropios y para acrecentar el ánimo en las adversidades, aparte de su utilidad netamente ideológica.

Cuenta el cronista Pedro Mariño de Lobera que, al llegar Pedro de Valdivia y su ejército al valle del Aconcagua, se reunieron en su contra todas las tribus del lugar para atacarlos y estaban ganando la batalla cuando, por un motivo desconocido, de repente dieron media vuelta y huyeron. Interrogados los indígenas apresados, contaron que su huida se debió a que vieron bajar del cielo a un español provisto de una gran barba blanca y una enorme espada que, montado sobre un caballo blanco, se había abalanzado sobre ellos. Valdivia interpretó que el mismísimo apóstol Santiago llegó en su auxilio y, en justa retribución, llamaron Santiago de la Nueva Extremadura a la primera ciudad que fundaron en lo que hoy es Chile, el 12 de febrero de 1541.

La Fuente de la Eterna Juventud

Los embajadores del rey persa Cambises II en Etiopía preguntaron a su rey por los motivos de la larga vida de sus súbditos y, en respuesta, les condujo a una fuente de agua tan ligera que nada sufría sobre ella, según relata Herodoto en la primera referencia que se tiene de este mito, que sufrió diversas modificaciones a lo largo del Medievo.

Se cuenta que Juan Ponce de León, descubridor de La Florida, oyó hablar de una fuente de la juventud a los arahuacos que poblaban algunas islas del Caribe. Según la leyenda, Sequene, un jefe nativo de Cuba, reunió a un grupo de los suyos y navegó hacia el norte, hacia Bimini, lugar donde discurrirían las aguas restauradoras de la juventud, pero no volvió nunca.

En 1514 el rey encargó a Ponce de León la conquista y gobierno de “las islas de la Florida y Bimini”. Es posible que el explorador creyera en la leyenda de la fuente, conocida por todos en esa época, pero no hay evidencia de que la tuviera como objetivo de su expedición y no se le vinculó con ella hasta después de su muerte, en 1575, en las Memorias de Hernando de Escalante Fontaneda, quien en 1549, cuando tenía trece años, sobrevivió a un naufragio en los cayos de Florida y fue adoptado por la tribu de los calusa, con los que vivió diecisiete años.

Fue rescatado por los españoles y en su libro de Memorias se menciona la supuesta existencia de un río de aguas curativas y su búsqueda por Ponce de León, que el mismo Hernando nunca creyó y así dejó escrito. No obstante, Antonio de Herrera, en sus Décadas (1615) idealiza la narración de Escalante y asegura que la fuente existía y que era frecuentada por los indios, que adquirían un rejuvenecimiento instantáneo nada más beber sus aguas.

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Coñori, reina de las amazonas

A lo largo de los ocho meses que le llevó descender el río caudaloso e interminable que le iba a llevar al país de la canela en la expedición iniciada por Gonzalo Pizarro en 1541, Francisco de Orellana y los suyos no sólo tuvieron noticias de un reino cercano gobernado exclusivamente por mujeres, sino también la oportunidad de trabar combate con ellas. Es el cronista de la expedición, el fraile dominico Gaspar de Carvajal, quien revela que un cacique les advirtió de que se alejaran de las ‘coniupuyara’, que en su lengua significaba ‘grandes señoras’. En otra aldea, su cacique les explicó que les entregaban un tributo a cambio de su ayuda militar.

Dice Carvajal lo siguiente acerca de estas amazonas: “Estas mujeres son muy blancas y altas y tienen muy largo el cabello y entrenzado y revuelto a la cabeza, y son muy membrudas y andan desnudas en cueros, tapadas sus vergüenzas, con sus arcos y flechas en las manos, haciendo tanta guerra como diez indios, y en verdad que hubo mujer de estas que metió un palmo de flecha por uno de los bergantines y otras que menos, que parecían nuestros bergantines un puerco espín” .

Un cautivo que iba con ellas le contó que eran señoras de un reino grande y rico en el que sólo había mujeres. La reina se llamaba Coñori y se perpetuaban secuestrando esclavos a los que retenían un tiempo: se los pasaban unas a otras hasta que quedaban preñadas y, cumplida su misión, se les devolvía a sus tribus. Si parían un hijo, lo mataban, y si una hija, se la quedaban y la instruían en las artes guerreras de este reino femenino. Tanto le gustó la historia a Francisco de Orellana que el río pasó de llamarse Grande a río de las Amazonas.

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La Atlántida y el derecho de conquista

Para acallar a quienes ponían en duda el derecho de Castilla a gobernar las tierras descubiertas, en este caso el Perú, su virrey, Francisco de Toledo, se empeñó en demostrar que los antepasados de los Incas eran extranjeros que invadieron Cuzco en el año 565 de nuestra era y que sometieron a los indígenas a un régimen tiránico por lo que los españoles tenían, no sólo la potestad, sino la obligación de liberarlos e imponer su propio gobierno, amén de convertirlos a la verdadera religión. Y encargó al capitán Pedro Sarmiento de Gamboa que escribiera una historia general de estos territorios hasta 1572.

La obra, dedicada a Felipe II, desarrolla la teoría de que las Indias formaron parte del continente de la Atlántida, que se extendía hasta Cádiz y que, como consecuencia de un gran cataclismo que en gran parte lo sepultó en el océano, quedó América aislada del resto del mundo. Presenta como fuentes fidedignas a Estrabón y a Solino cuando afirman que Ulises, después de edificar Lisboa, navegó por el Atlántico y como de él no se supiera nada más, elucubró con que arribara a Nueva España y poblara hasta Veragua. Lo confirma, sigue diciendo Sarmiento de Gamboa, el que “los mexicanos usaban el traje tocado y vestido grecesco”, es decir, griego. Y para corroborar que en un tiempo lejano todos formaban parte de la misma tradición, aduce que los indios del Perú aún recordaban el gran diluvio del que habla la Biblia y que duró sesenta días y sesenta noches.

Sarmiento de Gamboa no fue el único que rescató el mito de la Atlántida en esta época de exploraciones y descubrimientos. Francisco López de Gomara, en 1554, demostraba en su Historia general de las Indias, que las nuevas tierras parecían adaptarse perfectamente al relato platónico y lanzaba la suposición de que los habitantes de la Atlántida eran los aztecas. Bartolomé de las Casas llegó a relacionar el continente sumergido con las tribus perdidas de Israel.

* El espejismo de las Siete Ciudades de Cíbola

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Las riquezas que encontraron los conquistadores de México hizo pensar a muchos que podrían existir otros reinos tan fabulosos o incluso más. Corrió la noticia de que el oro utilizado por los aztecas en sus monumentos provenía de regiones situadas más al norte, donde se ubicaba su tierra de origen, la mítica isla de Aztlán.

A la conquista de Tenochitlán, sucedió la del Perú, en la década de 1530, lo que encendió aún más el entusiasmo por nuevos descubrimientos de remotos territorios que pudieran albergar idéntica o mayor fortuna. Entonces resurge la leyenda medieval de las siete ciudades de oro fundadas por los siete obispos portugueses que salieron huyendo de la península cuando fue tomada por los árabes en el siglo VIII.

La leyenda se refería a una isla en el Atlántico, Antilla, pero como en la travesía de Colón no se halló, el mito se trasladó al Nuevo Mundo. Al principio, las siete ciudades de oro se buscaron en la Florida pero los nativos a los que se preguntaba, las iban situando más y más al norte, posiblemente para quitarse a los buscadores de encima. Con el tiempo pasaron a llamarse las ciudades de Cíbola porque en las llanuras donde podrían encontrarse pastaban infinidad de cíbolos, que era el nombre español para designar a los bisontes.

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En 1537 regresan por Nueva España Cabeza de Vaca, Maldonado, Dorantes y Estebanico, perdidos durante ocho años por el desierto entre Texas y Arizona. Contaron sus experiencias y sus penurias pero lo único que interesaba a sus oyentes eran esas supuestas ciudades riquísimas de las grandes llanuras con las que por fuerza debieron encontrarse.

Ese mismo año un fraile llamado Juan de Olmedo se entendió con el virrey Antonio de Mendoza para salir en busca de aquel riquísimo reino, cuando apenas habían retornado los náufragos de Cabeza de Vaca, lo que les permitió contar con Estebanico como guía. La expedición llegó hasta la frontera de lo que es hoy Arizona, sin encontrar nada más que algún poblado perdido, aunque sí rumores de grandes ciudades al norte.

Regresaron sin nada, pero un misionero franciscano que acababa de llegar a Nueva España desde Perú, fray Marcos de Niza, retomó la idea y tras hablar con el virrey, organizó otra expedición al norte. Salieron en 1539 fray Marcos, Estebanico y varios cientos de indígenas, que atravesaron el desierto de Sonora y bordearon el golfo de California. Llegaron a un pueblo, Vacapa, donde nadie había visto nunca a un español y Estebanico marchó de avanzadilla con unos cuantos indios: encontró aldeas y nuevos indios que le dieron noticias sobre Cíbola y las ricas ciudades del norte, compuestas por edificios de varias plantas cuyos muros tenían turquesas incrustadas. Pero Estebanico no volvió: se había acercado demasiado a Cíbola y sus guardianes nativos lo habían matado.

Eso fue lo que los supervivientes que le acompañaban contaron a fray Marcos, que no quiso volver sin nada y decidió acercarse a la ciudad prohibida. Pudo contemplarla a lo lejos y decir, después, que Cíbola era más grande incluso que Tenochitlán y más rica y sofisticada. Y añadió que los jefes indígenas que le acompañaban le revelaron que era la más pequeña de las Siete Ciudades, situadas aún más al norte, y que más allá existía un reino aún mayor, llamado Totonteac.

Fray Marcos volvió a Nueva España con estas nuevas historias y el virrey ordenó una nueva expedición a cuyo mando puso a Francisco Vázquez de Coronado. En febrero de 1540 salieron 340 españoles y novecientos esclavos y criados, doscientos caballos, rebaños de ganado, cañones y municiones. Para mayor seguridad se envió una expedición paralela a finales de primavera: dos barcos bajo el mando de Fernando de Alarcón bordearían la costa este de México con suministros de repuesto.

Cuando la expedición terrestre llegó a Culiacán, Vázquez de Coronado decidió dividirla y dejar atrás a los lentos -los indígenas y los españoles que iban a pie, además del ganado y carretas con pertrechos- y se llevó la mayor parte de la caballería. En julio llegaron a las inmediaciones de Cíbola, que no era más que un poblacho. Pero decidieron, ya que estaban, conquistar aquella aldea y otros seis pueblos de los indios zuñi en las llanuras de lo que hoy es Nuevo México. Consiguieron algunas turquesas, pieles de bisonte, algo de comida y poco más.

Vázquez envió a su segundo, Tristán de Luna y Arellanos, hacia el este, y nada encontró; mandó hacia el norte a García López de Cárdenas, que al menos se llevó el ser el primer europeo en ver el Gran Cañón del Colorado, pero de ciudades de oro, nada; y por último encargó a otra partida dirigirse al noroeste, bajo el mando de Melchor Díaz, para que se reuniera con la flota de Alarcón y recogiera los suministros que tanta falta les hacían, pero los barcos ya se habían marchado y nunca más se supo de ellos. Ninguna de las misiones consiguió nada, tampoco la enviada al este con el capitán Hernández de Alvarado.

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En la primavera de 1540 un indio pawnee le dijo a Vázquez de Coronado que existía un poco más al norte una maravillosa ciudad llamada Quivira, cuyas casas eran de piedra y los tejados de oro. El guía, que llevaba por nombre Xabel, era un nativo de tez oscura al que apodaron ‘el Turco’ y les dio su palabra de que el señor de esas tierras “duerme la siesta debajo de un gran árbol del que cuelga gran número de cascabeles de oro”.

Hacia Quivira partieron treinta expedicionarios con su jefe a la cabeza. Se adentraron en las llanuras ilimitadas de Texas y Kansas para descubrir que las casas estaban techadas, pero no con oro sino con paja y que el fabuloso reino no era más que un conjunto de míseras aldeas de los wichitas. Xabel, que finalmente confesó que la historia de Quivira era una conspiración de los indios para inducir a la tropa a dirigirse a las llanuras con la esperanza de que murieran de hambre, fue ejecutado.

En 1542, regresó Vázquez de Coronado a Nueva España, donde el virrey Antonio de Mendoza no le recibió con mucha alegría: no había encontrado ni un mísero cascabel de oro y había perdido a la mayoría de hombres que con él partieron. El mito de las Siete Ciudades fue desvaneciéndose y, aunque en posteriores expediciones los españoles aún preguntaban a los indios por esos reinos afortunados no constituyeron ya el objetivo de las partidas, dirigidas más a explorar e instalar colonias en el territorio ante la llegada de los rivales franceses.

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Desierto de Sonora, en Arizona

El mismo año de la expedición fallida de fray Marcos de Niza, se preparó una impresionante: la de Hernando de Soto, un veterano de la conquista y en ese momento gobernador de Cuba. Desde la isla partieron más de seiscientos hombres, doscientos caballos, armas de fuego y armaduras, manadas de cerdos y jaurías de perros de presa, instalados en nueve barcos. Sesenta años después, el Inca Garcilaso de la Vega contó que la expedición estaba tan abastecida de todo que más bien parecía una ciudad navegando por el mar.

Ya en tierra, se movieron sin rumbo durante mas de tres años, impulsados por la “demoníaca energía de su capitán”, Hernando de Soto, que no tenía en el horizonte las ciudades de Cíbola, pero sí tesoros aún más fabulosos que los de Hernán Cortés. Nada encontró más que disensiones entre los suyos, la pérdida de la mitad de sus hombres y su propia vida. Cayó enfermo de fiebres y murió en la primavera de 1542. Sus restos reposan desde entonces en el fondo del Misisipi, adonde fueron arrojados para que no cayeran en manos de los nativos. De tan lujosa aventura sólo consiguieron salir con vida trescientos expedicionarios, con las manos vacías.

“Naufragios”, la crónica de un fracaso heroico

Naufragios

Álvar Núñez Cabeza de Vaca puso a su crónica el título de Naufragios. Sufrió dos en la expedición a La Florida, aunque perderse en esos mares era de lo más corriente: además del desconocimiento de las costas, vientos e islas del Mar Caribe y del Golfo de México por parte de los pilotos, los huracanes y las tormentas fueron la causa principal de que se hundieran barcos con tanta frecuencia que se estima en más de quinientas las naves que hoy en día podrían formar parte del cementerio marino que anima a tantos cazadores de tesoros.

La primera edición de los Naufragios fue publicada en Zamora en 1542. En 1555 fue editada una segunda que, a diferencia de la primera, está dividida en capítulos y añade la historia del segundo viaje de Cabeza de Vaca al continente americano (a Argentina, Brasil y Paraguay) que es conocida como los Comentarios. Es una crónica personal apasionante y razonablemente verídica de sus experiencias con los indios de los poblados con los que tuvo contacto y de sus costumbres, redactada años después de que Álvar Núñez recorriera gran parte del territorio que hoy pertenece al sur de los Estados Unidos, desde la salida desde Sanlúcar de Barrameda en junio de 1527 hasta su llegada a Nueva España diez años después.

Álvar Núñez Cabeza de Vaca no idealiza a los indios con los que se encuentra, pero reconoce su capacidad de adaptación al medio y relata, sin alharacas ni críticas, sus ritos y costumbres. La mayoría de ellos son muy primitivos, cazadores-recolectores que no conocen la cerámica y muchos, ni siquiera la agricultura o el vestido, de manera que para cocer los alimentos utilizan calabazas que llenan de agua y a las que arrojan piedras calentadas en el fuego.

Incluso llega a poner por escrito lo que eran prejuicios de la época sobre los indios: son mentirosos y borrachos, dice, aunque alegres y fuertes y no conocen el cansancio cuando persiguen venados. Algunos le ayudan y le salvan la vida, como los que le asistieron tras su naufragio, pero otros los esclavizan, a él y a sus compañeros, aunque en toda su caminata tendrá en cuenta el bien que les hicieron cuando naufragaron en la isla del Malhado el 6 de noviembre de 1528, sin ropas, sin nada y con hambre y frío.

Los indios – escribe en los Naufragios– de ver el desastre en que estábamos con tanta desventura y miseria, se sentaron entre nosotros, y con el gran dolor y lástima que hubieron de vernos, comenzaron todos a llorar recio y tan de verdad que lejos de allí se podía oír y esto les duró de media hora”. Después a los supervivientes los repartieron entre las tribus y las familias.

Resulta un poco extraño que en solo dos páginas, Cabeza de Vaca resuelva sus primeros seis años de convivencia con una tribu seminómada, entre las islas y la montaña. Señala en su crónica que, tras ese tiempo y harto de los malos tratos, decidió huir con sus compañeros, “por el mucho trabajo que me daban y el mal tratamiento que me hacían” y justifica la tardanza en que los españoles no se ponían de acuerdo en cuanto al momento de marcharse.

Los cuatro –Andrés Dorantes de Carranza, Alonso del Castillo Maldonado, el esclavo negro del primero llamado Estebanico, y Álvar Núñez Cabeza de Vaca- inician un peregrinaje por una ruta que da vueltas sobre sí misma en múltiples ocasiones ya lo largo de la cual van practicando ‘sanaciones’, que no brujerías, en nombre del Señor a los enfermos que se les presentan, aunque parte del ritual consiste en soplarles, como le enseñaron a hacer los “físicos” a Álvar Núñez en la tribu en la que permaneció durante los primeros años.

Esta insistencia en que sana en nombre de Dios deja claro su deseo de evitar cualquier sospecha sobre su conducta por parte de la temible Inquisición, pero también es posible que estuviera convencido de que poseía determinados poderes transmitidos por Jesucristo. En sus Naufragios utiliza la palabra “Dios” en múltiples ocasiones, especialmente cuando describe estas curaciones prodigiosas, que repiten un proceso relacionado con el bautismo y por el que intenta llevar a los indígenas a la creencia y a la fe.

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Su fama de curanderos les precedía y en todos los poblados que visitaban eran agasajados, después del inevitable rito chamánico de sanación. Cuando llegó a Nueva España, con la barba crecida y el cabello por la cintura, descalzo y acompañado por Dorantes, Castillo, Estebanico y casi mil indígenas, no sólo parecía un hombre santo, sino que se comportaba como si lo fuese. Algunos historiadores le reprochan que se comportara como el Mesías y afirman que sus seguidores no eran peregrinos, sino maleantes que llevaban a los cuatro de un lado a otro con el único objeto de saquear a los vecinos; que todo formaba parte de una cultura compleja de intercambio de bienes y guerras rituales que Cabeza de Vaca nunca llegó a entender, como tampoco comprendió que su carisma se debía más a la cultura indígena que a sus propios méritos.

No deja de ser una conjetura que, en parte, puede ser acertada. Pero cuando se leen los Naufragios lo que aparece es una crónica del fracaso, un itinerario de hambre, frío y penurias. La mayor parte de las veces los cuatro supervivientes no tenían nada que llevarse a la boca y hacían lo que podían para conseguir algún alimento. Si permanecían un tiempo con una tribu o emprendían la marcha, era en función de su propia subsistencia. Y lo peor es que todas eran pobrísimas. Cuenta de un “banquete” que les ofreció una tribu y que consistía en una especie de bayas, tan amargas, que solamente mezcladas con tierra podían comerse porque así se endulzaban. Además de tierra, comían madera y estiércol de venado.

Todos somos hijos de nuestra época y la versión que Abel Posse crea en El largo atardecer del caminante se corresponde con el cambio de perspectiva acerca de los “salvajes”, que surge con Rousseau y se acentúa en siglos posteriores. Para el pensamiento moderno, el indio nativo no colonizado es un ser prístino, inocente, sabio en su ecosistema, y en algunas ocasiones, imbuido de misticismo. Tal vez las historias que narra sobre la apacible vida de Cabeza de Vaca en la primera tribu o sus experiencias alucinatorias no sean totalmente auténticas; tal vez exagera cuando dice que nuestro héroe denunció en el interior de su alma la desgracia que supuso para los “conquistados” la llegada de los españoles y de su cultura demoníaca de culpa y muerte, pero también es cierto que sus Naufragios contribuyeron a cambiar la imagen que los españoles tenían de los indios.

Su largo viaje por esas tierras es la historia de un fracaso según los parámetros de un Hernán Cortés o un Francisco Pizarro. Cabeza de Vaca no podía llevar riquezas a España, ni indígenas, ni territorios y así lo reconoce en la dedicatoria de su crónica al emperador Carlos V, pero podía ofrecer informaciones sobre las regiones desconocidas por los españoles y quizá hacerse indispensable para diseminar la fe cristiana entre los paganos. Es en este deseo, el de justificar y poner en valor sus ocho años de penuria y esfuerzos, donde puede descubrirse cierta exageración o incluso alguna mentira. También, como he dicho antes, el intento de no llamar la atención de la Inquisición.

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Álvar Núñez quiso defender a los indios de los malos tratos, de la esclavitud, de la muerte y la violación; nunca pensó que fueran modelo ni ejemplo, al menos aquellos con los que se encontró, pero siempre les quiso proteger de la codicia del hombre blanco. Cuando los cuatro supervivientes de la expedición de Narváez se van acercando a las tierras ya conquistadas de Nueva España, observa que los indios son cada vez menos, que muchos han huido a los montes cercanos para no ser esclavizados y maltratados, de forma que los campos están desatendidos. “Estas gente todas, para ser atraídas a ser cristianos y a obediencia de la imperial majestad, han de ser llevados con buen tratamiento, y este es camino muy cierto y otro no”.

Por azar, la primera partida con la que se encuentran los cuatro antiguos náufragos está formada por buscadores de esclavos, bajo el mando del capitán Diego de Alcaraz, que se le queja de que llevaba muchos días “sin haber podido tomar indios” y sin comida. Dorantes y Castillo trajeron más de seiscientas personas de aquel pueblo que los cristianos habían hecho subir al monte. Incluso les llevaron maíz, pero los de Alcaraz quisieron esclavizarlos de nuevo.

A los indígenas que les habían acompañado, no conseguían convencerlos de que ellos, los cuatro supervivientes, y los esclavistas eran iguales, de la misma nación e idéntica religión y decían “que nosotros veníamos de donde salía el sol y ellos donde se pone y que nosotros sanábamos a los enfermos y ellos mataban a los que estaban sanos y que nosotros veníamos desnudos y descalzos y ellos vestidos y en caballos y con lanzas, y que nosotros no teníamos codicia de ninguna cosa y con nada nos quedábamos y los otros no tenían otro fin que robar todo cuanto hallaban y nunca daban nada a nadie”.

Lecturas

– Álvar Núñez Cabeza de Vaca, Naufragios

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/naufragios–0/html/

– Abel Posse, El largo atardecer del caminante, 1992

https://skandza.wordpress.com/2018/01/01/alvar-nunez-cabeza-de-vaca-el-caminante-en-el-atardecer/

Felipe Fernández-Armesto, Nuestra América (Una historia hispana de Estados Unidos), Galaxia Gutenberg, 2014

– Álvar Núñez Cabeza de Vaca, el caminante en el atardecer

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Lo llamaron místico, excéntrico e incluso loco, cuando en realidad fue un justo entre ladrones y asesinos. Fue el único que en ocho años de caminar entre indios no mató a ninguno ni esclavizó ni se hizo rico ni rebautizó ríos, sierras o mares, ni agregó los territorios que recorrió con sus pies desnudos a la ya inflada Corona de España. “Sólo la fe cura, sólo la bondad conquista”, repitió Álvar Núñez Cabeza de Vaca, en sus Naufragios, crónica personal de lo que le ocurrió en esos años.

Hizo la caminata más grande de la historia, unos ocho mil kilómetros a través de lugares desconocidos, a pie, desnudo, sin cruces ni evangelios. Desde la Florida recorrió los actuales estados de Alabama, Misisipi, Louisiana, Nuevo México y parte de Arizona y llegó a lo que era frontera española por Sonora y Chihuahua, donde se detuvo, quizá para visitar a los indios tarahumaras. En su recorrido se relacionó con las grandes tribus de los semínolas, los calusas y los indios pueblo.

Regresó triunfalmente a España, donde fue premiado por el emperador Carlos con el cargo de Adelantado y Gobernador del Río de la Plata. Fue mala suerte: militares, religiosos y colonos habían convertido la guarnición del Paraguay en un extenso burdel en el que las mujeres se vendían y se compraban, la poligamia convenía por igual a clérigos, colonos y soldados y los nativos habían sido reducidos a la esclavitud. Lo prohibió todo pero fue devuelto a España encadenado y acusado de los crímenes que cometieron los otros. En 1545 se le condena al exilio en Orán y doce años más tarde Felipe II le indulta. Poco le quedaba ya por vivir.

La cárcel y los litigios acabaron con su patrimonio. Nació rico hacia 1488, en Jerez, en una casa con más tradición y orgullo que dineros y murió en Sevilla a finales de 1558, pobre y en soledad. Es en estos últimos meses de su vida cuando su falso biógrafo argentino, Abel Posse, se hace con él y le obliga a escribir lo que pudo o debió ocurrir durante los años en que vivió entre los indios. El resultado fue un libro editado en 1990 bajo un título muy apropiado: El largo atardecer del caminante.

Abel Posse

Posse pone en su pluma lo que quizá Cabeza de Vaca hubiera querido escribir: una crónica que contara la verdad de lo que ocurrió entre los indios, de las ciudades-montaña de barro y estiércol, de la comunión del hombre con la tierra, de brebajes que a uno le hacen renacer, del éxtasis provocado por los alcoholes sagrados o la inhalación de humo, de grandes vuelos y visitas al país de los muertos y a las regiones donde habita el dios misterioso, del fin de los días, de indios que no tienen apego a la vida corriente porque su realidad está mucho más allá.

Bajo el mando de Pánfilo de Narváez, seiscientos hombres y cinco navíos partieron en junio de 1527 del puerto de Sanlúcar de Barrameda, apenas transcurrido un mes del saco de Roma, protagonizado por el Emperador Carlos V. “No podíamos saber que ya partíamos maldecidos por la voluntad de Dios”, se atreve a confesar Alvar Núñez en su falsa o secreta crónica. Él era segundo en autoridad como representante de la Corona y su primer naufragio ocurrió cuando fue a recoger sustentos y pertrechos para el fabuloso viaje a La Florida. Se perdieron dos naves, sesenta hombres y la mayoría de las provisiones recogidas.

Donde más lejos llegaron en barco fue a la bahía de Tampa, en Florida: desde allí partieron a pie y a caballo hacia la provincia Apalache, hostigados por los indios, hambrientos y muertos de frío. Ante la imposibilidad de seguir adelante, los supervivientes construyeron cinco barcos de remos con los que descendieron un río, el Misisipi, hasta llegar al mar. En la desembocadura, la barcaza de Alvar Núñez naufragó de verdad en la madrugada del 6 de noviembre de 1528.

Tras una noche de huracanes y tempestades, acabó en tierra, desnudo. Su armadura, de factura florentina, de conquistador rico, quedó en el fondo de las aguas. “Perdí vestiduras e investiduras -le hace escribir Posse- pues el mar se había tragado la espada y la cruz”. Sólo quedaron unos quince o veinte de aquellos seiscientos, repartidos a lo largo de la playa, marismas, islotes y bancos de arena. Llamaron a la isla la del Malhado, único nombramiento que harían en todos los años que anduvieron por esas regiones.

Los indios los encontraron y fue entonces cuando se produjo en Cabeza de Vaca el comienzo de un cambio porque pudo entender a los indios y apreciar sus conocimientos y sus artes primitivas, pero eficaces, que les permitieron sobrevivir. Tampoco habrían podido sin su compasión: al verles en la playa, náufragos y desnudos, “nos rodearon, se arrodillaron y comenzaron a llorar a gritos para reclamar la atención de sus dioses en favor nuestro. Era un ritual de compasión, de conmiseración, tan sentido y desgarrador que Dorantes supuso que eran verdaderos cristianos”.

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Fue adoptado por una familia de chorrucos, que vivían en el interior, y con ellos pasó seis años. Abel Posse le crea una esposa, Amaría, y dos hijos, Amadís y Nube, así como una profesión, la de mercader, por la que pudo relacionarse con otras tribus y conocer el destino de los supervivientes españoles. Comerciante fue y lo demás bien podría haber sido así. Pero llega un momento en que debe marcharse porque las relaciones con los jefes guerreros de la tribu no es buena y lo hace con tres de sus compañeros de naufragio, los únicos que han sobrevivido y han querido partir con él. Y, sin armas, sin Biblia, y desnudos, cruzan los cuatro grandes ríos que riegan lo que hoy se conoce como estados de Louisiana, Texas, Arizona y Nuevo México.

Dorantes y Palacios creían en edificios de oro y Estebanico, el negro, en el riesgo y la aventura. Llegaron a Ahacus, que sería la primera de las Siete Ciudades. Iban preguntando a todos los indios con los que se encontraban y ellos, al igual que los dioses, “no necesitaban más que nuestra propia ambición para castigarnos”. No encontraron ninguna ciudad de oro, aunque a su llegada a México algunos dijeran que sí y otros lo insinuasen.

Posse sitúa a Alvar Núñez, a él solo, ante Ahacus, supuesta ciudad a la que fue conducido por unos guías. Y lo que describe es una visión: una ciudad-montaña resplandeciente gracias a un centenar de hogueras que la iluminan desde la base. Tamboriles y flautas señalan la presencia de los chamanes y los brujos procedentes de las Cuatro Regiones del Mundo, que danzan en la oscuridad. Una ciudad efímera de una sola noche, que desaparece al amanecer.

Su última experiencia mística será en Sierra Madre con los tarahumaras, a los que menciona escasamente en sus Naufragios. Eran hombres silenciosos y extraños, nos cuenta Alvar-Posse; desprecian la palabra “como un equívoco de los hombres del llano” y huyen de todo “bienestar y apego por la vida”. También tienen serias reservas frente a la reproducción de los humanos y son hombres anteriores a los de este Sol enfermo. Cabeza de Vaca asiste al rito del Ciguri, una raíz que machacada produce náuseas y visiones, y por el que le fue dado regresar a su infancia, a sus recuerdos, y también visitar las avenidas de las ciudades secretas, por lo que concluyó que Marata o Totonteac bien podría ser aquellas a las que sólo se accede por la iluminación del Ciguri.

Cuando llegó a México relató sus aventuras pero no todas e insinuó que tenía ciertos conocimientos que reservaba para el rey. Muchos creyeron que el secreto que Alvar Núñez guardó celosamente no tuvo que ver con las ciudades de oro ni con las visiones alucinatorias, sino con el mismo Descubrimiento. “No hemos descubierto nada en las Indias -le hace escribir Posse- lo que hemos descubierto es España”, una España enferma que lleva “un dios miserable que siembra muerte en nombre de la vida” y que repite la maldad donde quiera que vaya, un demonio que nos precede y que se identifica con nuestra cultura, con la que hemos robado a los indios para siempre “la paz del alma”.

Islas literarias: mitos, aventuras y distopías

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La isla es un lugar privilegiado para situar paraísos, utopías, reinos inaccesibles, misterios, tesoros y todo tipo de aventuras. Su cualidad de espacio cerrado y, en muchos casos, inaccesible, permite infinitos juegos de la imaginación. A veces es escenario, otras excusa, pero también puede convertirse en otro personaje más, como la Esperanza de Tournier, madre y luego esposa.

La literatura de las islas, a la que podemos añadir los lugares cerrados, temporal o permanentemente, podría considerarse un subgénero transversal que refleja de manera muy evidente las cuestiones, los conflictos y los deseos de las sociedades y épocas en las que se construye. En el Medievo leemos sobre islas fantásticas y milagrosas, como las que encontró el monje irlandés San Brandán en su viaje en busca de la ‘Tierra Prometida de los Santos’ y cuya leyenda, que se remonta al siglo VI, se redacta cinco siglos más tarde en la crónica Navigatio sancti Brandani.

Y, aunque en estos tiempos se creyera que el Paraíso terrenal se hallaba en Mesopotamia, entre los dos grandes ríos, o en la cumbre de una altísima montaña que rozaría con la luna, lo que explicaría su salvación durante el Diluvio Universal, también se situó en una isla circular en los confines del mundo habitado, como muestra el mapa de Hereford, del siglo XIV. Asimismo, el Paraíso se localizó a cuarenta leguas de la isla de Taprobane, desde la que se podían escuchar sus fuentes, según contaron los pobladores de la isla, hoy Ceilán, al fraile Juan de Marignolli, cuando en 1338 se dirigía a la corte de China enviado por el Papa, asunto que recogió en sus Crónicas de Bohemia

Cuando Portugal emprendió sus grandes viajes marítimos alrededor de África y descubrió las Azores, Enrique el Navegante (1394-1460) envió una expedición en busca de la isla de Antilia, donde dice la leyenda que se refugiaron siete obispos cristianos que lograron escapar de los musulmanes cuando invadieron la península ibérica. Colón también creía en su existencia y la tuvo en consideración como punto de parada en su viaje a las Indias, pero nadie la encontró. Según el marino Eustache de la Fosse, la isla estaba protegida por un conjuro lanzado por uno de los obispos que predijo que la isla no se volvería a encontrar hasta que hubiera sido restablecida la fe católica.

Exploradores y aventureros

Con la llegada de españoles y portugueses a América se multiplicaron los relatos de los exploradores. Como ya ocurriera con Marco Polo con su Libro de las Maravillas del Mundo (1298), su compatriota Antonio Pigafetta narró las aventuras que corrieron los miembros de la expedición de Magallanes, que en 1522 completó la primera vuelta al globo, en la Relazione del primo viaggio intorno al mondo, que fue publicada en Venecia en 1536.

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Pigafetta fue uno de los 18 supervivientes de una tripulación inicial de 265 y su testimonio acerca de las penurias que tuvieron que sobrellevar, como la ingesta de cuero hervido, ratas y serrín porque no había otra comida en el barco, y los peligros a los que hicieron frente, como la batalla en una isla filipina donde Magallanes perdió la vida, es sobrecogedor. En su diario, que inició el mismo día de su partida, consigna numerosos datos sobre los lugares que visita y también nos cuenta, entre otras historias, cómo en 1521, habiendo llegado a la isla de Borneo la expedición española dirigida ya por Elcano, fueron recibidos por el sultán de Brunei.

Las expediciones continuaron a lo largo de los siglos siguientes. La búsqueda de una tierra al sur, cuya existencia estaba inserta en la tradición pitagórica al concebir un continente asimétrico al mundo conocido, inevitable para equilibrar el planeta e impedir que volcara, no tendría su final feliz hasta que Cook descubriera la gran isla de Australia, ya en el siglo XVIII.

La búsqueda de las islas Salomón, que el explorador español Mendaña encontró y perdió en el segundo viaje, y la mítica Tierra Austral alimentaron la fantasía de muchos autores, que crearon islas fantasmas que desaparecían de pronto en la niebla o surgían en otros lugares y en las que vivían seres inventados como los que pueblan la isla de los Cinocéfalos, en los Viajes de Enrique Wanton, pseudónimo de Zaccaria Seriman (1708-1784). A finales del siglo anterior, Gabriel de Foigny describió en Les aventures de Jacques Sadeur, una isla ubicada en la terra incognita australis, en la que sus habitantes hermafroditas procreaban por el muslo, aunque este relato se relaciona más con una utopía de radical igualdad fisiológica entre sexos, que con descubrimientos y aventuras.

Los viajes a lo largo y ancho de los mares, las aventuras y desventuras de los exploradores y los naufragios en islas desiertas serán el argumento de muchas novelas, algunas juveniles, desde la misma aparición de Robinson Crusoe, que constituye el relato de una isla de las maravillas, copia perfecta de una colonia británica en el mundo recién descubierto, y en la que se suceden las aventuras con caníbales, piratas y españoles.

Daniel Defoe sitúa a su náufrago en una isla del Atlántico, y no en el archipiélago Más a Tierra, donde fue abandonado el marino Selkirk, en quien se inspiró. Toda la zona caribeña estuvo infestada de piratas, individuos que darán mucho que hablar como asesinos sin piedad y también como símbolos de la libertad y el desorden.

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En La isla del tesoro (1871) Stevenson nos cuenta la historia del pirata John Silver, que formó parte de la tripulación del fallecido capitán Flint, el más despiadado y sanguinario de todos los bucaneros que alguna vez existieron. Silver vuelve al lugar donde se enterró un gran tesoro, la isla Norman, para recuperarlo. Todavía resuena el golpe de su pata de palo sobre la cubierta de la Hispaniola.

De 1857 data otra novela de islas y de aventuras, esta vez con naufragio incluido. La isla del coral, de Robert M. Ballantyne, se sitúa en los Mares del Sur y ha pasado a ser un clásico juvenil. Su comienzo aún resuena en mis oídos de tantas veces como lo leí y que constituye la primera declaración de intenciones de un aventurero:Correr mundo fue siempre y es todavía mi pasión dominante, la alegría de mi corazón, la verdadera luz de mi existencia”.

Las islas utópicas y la ciencia ficción

Mientras los navegantes descubren nuevos mundos para Occidente, se produce la gran revolución renacentista que muestra otra forma de pensar, menos rígida y más crítica con las condiciones de vida del común de los mortales. Para remediarlas inventa mundos inexistentes pero posibles.

Sobre islas se fundaron los tres relatos clásicos acerca de estados ideales: La Ciudad del Sol de Tomasso Campanella, la Utopía de Thomas More y la Nueva Atlántida de Francis Bacon. Las dos primeras dibujan una sociedad igualitaria y justa, aunque no lleguen a la categoría de paraíso, y tendrán repercusiones en la teoría política; la tercera, publicada cien años más tarde, añade un elemento -la pasión por el conocimiento y la tecnología- que dará origen a las distopías recurrentes del género de la ciencia ficción.

Julio Verne y G.H. Wells, auténticos precursores, representan esas vertientes científico-tecnológicas esbozadas por Bacon, pero de forma muy distinta, en las dos novelas que ambos sitúan en islas imaginadas. Verne es un optimista, creyente en el progreso y en la ingeniería. Los cinco náufragos de La isla misteriosa (1874) llegan en globo a un islote rocoso, sin nada en las manos ni en los bolsillos, pero gracias a que uno de ellos es un ‘ingeniero’ o, lo que es lo mismo, un héroe de la técnica y de la ciencia aplicada, forjan acero, componen nigtroglicerina, fabrican abono químico, funden vidrio y cultivan trigo a partir de un grano encontrado en el dobladillo de una chaqueta.

Casi medio siglo después aparece Wells y la ciencia ya no es la panacea ni el escritor tan inocente. El conocimiento y la tecnología, que tradicionalmente se consideraron tentaciones demoníacas por lo que tienen de desafíos al mismísimo Dios, pueden generar efectos adversos, como en La isla del Dr. Moreau (1896), en la que un científico loco se propone acelerar el proceso evolutivo señalado por Darwin mediante operaciones de cirugía que convierten animales en hombres.

A partir de aquí, no sólo la ciencia ficción es distópica, sino la literatura en general. El espacio cerrado de una isla se convierte en lugar no sólo de experimentos diabólicos, sino también de comportamientos llevados al límite. Y este elemento claustrofóbico, a veces con tiempos y espacios yuxtapuestos que convierten la vivencia de los personajes en una pesadilla repetida hasta el infinito, como ocurre en La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares, se acentúa en la literatura posterior a la Segunda Guerra Mundial.

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La isla del coral de Ballantyne, donde tres jóvenes náufragos lograr sobrevivir aplicando los principios morales de la sociedad británica de la época, es decir, victoriana, no volverá a repetirse. En ella se inspiró William Golding, pero para contradecirla, al escribir en 1952 El señor de las moscas, relato sobre las experiencias de una treintena de chicos británicos de entre seis y doce años cuyo avión se estrella en una isla del Pacífico.

No hay ningún adulto con ellos y, al principio, intentan cuidar unos de otros para lo que crean normas de supervivencia pero lo que consiguen es un nuevo orden que se convertirá en un infierno. Los náufragos en esta ocasión dejan aflorar la crueldad y la tendencia violenta hacia la destrucción de los más débiles, en una situación de desorden y miedo. Hacía apenas siete años que se había dejado atrás una terrible guerra mundial, con millones de muertos en los frentes, bombardeos en las ciudades, Auschwitz, Hiroshima, la existencia del mal ilimitado, todo consecuencia de un conflicto terrible en el que Golding había participado y que se refleja en el comportamiento de unos niños que también son víctimas y verdugos, pese a su supuesta inocencia.

“La invención de Morel”, de A. Bioy Casares

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Un italiano que vendía alfombras en Calcuta le dio la idea de venirse a la isla, único lugar en el mundo donde podría ocultarse un perseguido por la justicia. Alguien muy rico hizo construir en los años veinte algunas edificaciones para uso personal; luego la isla quedó abandonada y corren rumores de que se adueñó de ella una maldición o una enfermedad.

En un diario, el fugitivo sin nombre relata lo que cree ver y oír. El lugar está sucio, abandonado, pero las construcciones se mantienen en pie. En el edificio llamado Museo, donde viven los ‘veraneantes’, hay una piscina con sapos, escuerzos y porquería y un acuario repleto de peces muertos. Los árboles están secos y en el sótano de uno de los edificios funcionan enormes máquinas cuyo sentido se ignora.

Y comienzan lo que a un extraño le parecerían alucinaciones: personas que vienen y van sin reparar en la presencia del fugitivo o bailan en medio de una tempestad de agua y viento o en la colina, rodeados de víboras; mantienen conversaciones que se repiten todas las tardes; se pueden ver dos soles y dos lunas en el mismo firmamento… Todo tiene una explicación racional, cuenta Borges en el prólogo, en el que no nos desvela nada en absoluto de la trama. Yo no seré tan discreta: tiene que ver con la inmortalidad, con el “alma” desalmada y los estados de conciencia.

Jorge Luis Borges, enemigo acérrimo de la ‘novela psicológica’ por su tendencia a demostrar que nada es imposible – “suicidas por felicidad, asesinos por benevolencia, personas que se adoran hasta el punto de separarse para siempre, delatores por fervor o por humildad”- realiza un alegato a favor de la ‘novela de peripecias’ o ‘de aventuras’ que no pretende ser realista, sino totalmente artificial y de argumento riguroso y ordenado. En ella hay asuntos mayores y argumentos admirables. Pone como ejemplos ‘El hombre invisible’, de H. G. Wells, que podríamos incluir en el apartado de ciencia ficción; ‘El proceso’, de Kafka, de argumento filosófico y distópico; ‘Otra vuelta de tuerca’, la novela de fantasmas de Henry James, y ‘El viajero sobre la tierra’, de Julien Green y de género inclasificable, entre lo gótico y lo onírico.

La novela de Bioy Casares, sigue diciendo la reseña borgiana, es una obra de “imaginación razonada” y “perfecta” que resuelve los prodigios y las alucinaciones de forma fantástica, pero no sobrenatural.

borges-bioy casaresEl diálogo de Bioy con Borges

Temas que comparten, enciclopedias consultadas, cuentos leídos entre los dos, frases de otros relatos, aparecen a lo largo de la novela de Bioy. Uno de los guiños más llamativos es el que hace referencia a la frase