Escritores ante la Guerra de 1914: incredulidad, entusiasmo y desengaño

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El asesinato del archiduque Francisco Fernando sorprendió a Stefan Zweig en Baden, una localidad cercana a Viena. Era el 29 de junio de 2014 y hacía un día espléndido. Mientras leía sentado en un banco, escuchaba la melodía que a oleadas llegaba a sus oídos procedente de la banda de música del parque, el susurro del viento entre los castaños y el canto estival de los pájaros. Y de pronto la música se interrumpió, la multitud se detuvo repentinamente, los músicos abandonaron el quiosco de la orquesta y la gente se agolpó alrededor de un comunicado: el anuncio de que el heredero del trono imperial y su esposa, de visita en Bosnia, habían sido víctimas de un atentado.

A decir verdad, constata Zweig, en los rostros no se apreciaba ninguna emoción o irritación especiales. El heredero del trono nunca había sido un personaje querido: carecía de encanto personal y de buenas maneras en el trato social; su principal ocupación era la caza, auténticos holocaustos preparados para su satisfacción, y su única preocupación consistía en suceder de una vez por todas al viejo emperador.

Apenas transcurridas unas horas de conocerse la noticia de su asesinato, la gente volvió a sus ocupaciones, a sus charlas y a sus risas, e incluso algunos respiraron aliviados por la eliminación de un futuro emperador al que no se estimaba. Al día siguiente ningún periódico se refirió a una posible represalia contra Serbia ni nada semejante y el único contratiempo que se originó fue un problema de protocolo en la casa imperial: la archiduquesa Sofía no tenía la prerrogativa de recibir sepultura en el panteón de los Habsburgo por lo que finalmente ambos cónyuges fueron enterrados discretamente en Arstetten, un villorrio austríaco de provincias.

Esta antipatía hacia el archiduque no se compadece en absoluto con lo que ocurrió después: el ultimátum de Austria a Serbia, los telegramas entre el emperador Guillermo y el zar, la declaración de guerra a Serbia por parte de Austria y, finalmente, una Europa en llamas.

Una hipótesis señala que la guerra estalló por la propia inercia militar. Barbara W. Tuchman apunta en ‘Los cañones de agosto’ que el estado mayor alemán había diseñado unos planes teóricos de ataque tan milimétricos que hubiera sido una pena desperdiciarlos, pero había que actuar con premura, antes de que el enemigo se adelantara. Quizá pesara también la ‘necesidad’ de probar los nuevos armamentos antes de que quedaran obsoletos y arrinconados en depósitos militares. Después, ya durante la contienda, se siguieron inventando elementos a cual más mortífero y espeluznante, desde el lanzallamas a los gases tóxicos y la guerra se convirtió en un campo de pruebas, en el que todo valía.

Stefan Zweig, que había podido constatar la ocupación de Bélgica por el ejército del káiser Guillermo II, pudo llegar a territorio alemán en el tren expreso de Ostende, el último que circularía en mucho tiempo, y luego a Viena, inmersa en el delirio. Se formaban espontáneas manifestaciones en las calles, en las que flameaban banderas y se escuchaba la música al paso de reclutas que “desfilaban triunfantes, con los rostros iluminados, porque la gente les vitoreaba, a ellos, a quienes nadie había agasajado jamás”.

Y no solo ocurría en Viena; en Alemania las estaciones lucían carteles anunciando la movilización general mientras los trenes se llenaban de reclutas recién alistados, en medio de una barahúnda de despedidas y pañuelos, de música y de ondear de banderas. Se había declarado la guerra y una especie de encantamiento colectivo se había adueñado de hombres y mujeres que abarrotaban las calles con un entusiasmo inusitado y contagioso ante una tragedia cuyo alcance muy pocos pudieron advertir.

Los jóvenes alemanes, como los austríacos, los británicos y en cierta medida también los franceses, se inscribían en los regimientos y a toda prisa, no fuera a ser que la guerra acabara antes de que ellos llegaran. Erstn Jünger, que apenas tenía diecinueve años, relata su viaje en tren a Hannover para alistarse. De vez en cuando veía junto a los raíles unos peleles rellenos de paja que se bamboleaban al viento y que representaban al zar Nicolás. Llegó a la ciudad coincidiendo con el desfile de un regimiento que marchaba al frente: los soldados cantaban, entre sus filas se habían introducido señoras y muchachas y los adornaban con flores.

La causa de este delirio, de esta posesión, se explica por la escenificación de una comunión perfecta de aquellos que creían formar parte de una nación, unidos más allá de su clase, formación, género o condición. Creían que formaban parte de algo más grande que era digno de ser defendido hasta la muerte. O quizá fuera lo que llamó Freud el malestar de la cultura: el deseo de evadirse de leyes y normas, de liberar viejos instintos de sangre obedeciendo al llamamiento de fuerzas oscuras y primitivas.

Los mayores no se pararon a pensar en que esos jóvenes reclutas, a los que incluso sus padres invitaban a marchar al frente, se dirigían directamente a una matanza. En los albores del siglo XX aún se creía en la autoridad y si el emperador Guillermo les había dicho que para la Navidad ya estarían todos de vuelta en casa y coronados de laureles, es que era cierto. Porque no sabían nada de la guerra y porque creían que iba a convertirlos en héroes, “las víctimas de entonces iban alegres y embriagadas al matadero, coronadas de flores y con hojas de encina en los yelmos, y las calles retronaban y resplandecían como si se tratara de una fiesta” (Zweig).

Habían transcurrido casi cincuenta años de paz y la guerra se había convertido para muchos en una leyenda, en algo heroico y romántico. Francia no cayó del todo en esta falacia. En su novela ‘Los cuatro jinetes del Apocalipsis, publicada en 1916, Vicente Blasco Ibáñez afirma que los franceses recibieron la orden de movilización con sobriedad “en las palabras y en las manifestaciones de entusiasmo”, ya que no en vano dos generaciones habían nacido en ese medio siglo con el trágico presentimiento de que una guerra con Alemania llegaría forzosamente. Una guerra que nadie deseaba, impuesta por los adversarios, pero aceptada por la mayoría como un deber. En los primeros días del estallido de la guerra, sólo algunos grupos, a los que Blasco Ibáñez tacha de patriotas exaltados, pasaban por la plaza de la Concordia para dar vivas ante la estatua de Estrasburgo.

El sábado 1 de agosto de 1914 Francia ordenó la movilización general. Agustí Calvet, cuyo seudónimo es Gaziel, estudiante ampurdanés de Filosofía en la Sorbona y residente en una pensión de Saint-Germain-des-Près, da cuenta en una crónica de sus observaciones: el servicio público de autobuses, reservado por el Gobierno para el transporte de tropas, está totalmente suspendido y el enorme tráfico ciudadano de París, sólo puede hacerse utilizando el metropolitano. “La aglomeración es algo nunca visto, sobre todo por la extraña severidad y el mutismo de los que van y vienen; todo el mundo parece moverse con una fiebre obsesiva, aparentemente sin motivo, como hacen las hormigas en los hormigueros súbitamente desbaratados”.

Todo el Barrio Latino, prosigue Gaziel, está solitario y desierto, la gente se ha encerrado en casa. No hay oradores por ningún lado, ni agitadores ni videntes y es que “la gente, ante el hecho inesperado y brutal de la guerra inminente, no siente entusiasmo ni temor, sino que está, sin más, profundamente preocupada”. Los franceses irán a la guerra, pero a regañadientes. Gaziel sigue su paseo y al llegar al bulevar de Montmartre observa a un grupo de chiquillos, muchachos y mujeres que ondean media docena de banderas francesas, inglesas, rusas e incluso una italiana mientras lanzan imprecaciones belicosas. Un coro rompe a cantar La Marsellesa y el himno prende en los espectadores, que se descubren y aplauden al paso de las banderas aunque la mayoría, serios y conmovidos, observan. No hay alegría ni entusiasmo, como constata Blasco Ibáñez en su novela.

Gaziel envió su crónica a ‘La Vanguardia’, que la publicó un mes después, en septiembre. A primeros de diciembre se convirtió en corresponsal de guerra y recorrió los escenarios de las batallas del Marne y de Verdún, con la firme convicción de que las innumerables víctimas inocentes de todos los conflictos bélicos se han preguntado inútil y desesperadamente quién puede querer la guerra.

Algunos pensaron que se vivía demasiado bien, que la Belle Époque había afeminado las costumbres y desvirilizado a los hombres o algo peor: se había caído en la degeneración olvidando los valores fundamentales del orden, la patria y el sacrificio, que solo podrían restablecerse mediante una catarsis que purificara las pasiones. Existía la posibilidad de poner fin a la agitación social y a la disolución de Europa mediante una guerra que actuaría como antídoto contra la masiva podredumbre humana que reinaba en el continente. Harry Kessler, un aristócrata alemán, educado en Inglaterra y en Francia, creía que del conflicto transformaría la esencia de Alemania y con él nacería un hombre nuevo liberado de las cadenas de la modernidad.

También se planteó la guerra como una lucha ideológica entre las democracias y los regímenes totalitarios, lo que estaba muy lejos de la realidad, sobre todo si miramos hacia Rusia, cuyo zar se apuntó a la causa de la Entente. Sí es cierto que en Inglaterra se extendió una corriente de pensamiento justificatorio: Alemania era el mal por su tendencia al totalitarismo y al cesarismo.

Los ‘hombres de letras’ británicos pronto sumaron sus plumas al servicio de la causa de la guerra: Galsworthy, Bennet, Kipling, Wells, Conan Doyle, entre los más conocidos. G. K. Chesterton escribió a favor de la intervención en el conflicto y la justificó en que “el prusiano era insufrible” y que hubiera sido terrible que además se hubiera mostrado imbatible. La causa de las Potencias de la Entente era la defensa de la civilización frente a ‘La barbarie de Berlín’, que fue el título que dispensó a un panfleto que más tarde calificaría de excesivamente belicoso pero del que nunca se arrepintió.

En el frente ideológico contrario, el de las Potencias Centrales, militó Thomas Mann, cuyo contraataque denostaba la misma idea de la democracia. Durante los años que duró el conflicto redactó un ensayo, ‘Observaciones de un hombre apolítico’, en el que tachaba el parlamentarismo de plutocracia y de sistema caduco dominado por abogados y en el que oponía la nivelación total de los “democratismos civilizatorios” a la cultura de la vieja Alemania, que entendía la libertad en su mejor sentido, como el de la entrega del individuo a la sociedad basada en valores autoritarios típicamente prusianos: el cumplimiento del deber, el orden y la disciplina. Finalizada la guerra, Thomas Mann se convirtió en un defensor acérrimo del sistema democrático de la República de Weimar, pero nunca condenó de forma tajante esas ideas que formaron parte del ideario nacionalsocialista.

Ni todos acudieron a despedir entusiásticamente a los soldados que partían al frente ni todos quisieron alistarse. Campesinos y obreros de todos los países se opusieron a la guerra porque condenaba a sus familias a pasar hambre, en el primer caso, o porque la veían como una trampa capitalista en el segundo. Hubo manifestaciones pacifistas en todas las grandes ciudades e intelectuales que se opusieron al conflicto con sus palabras, como Jaurés, asesinado por un nacionalista fanático, o con silencios atronadores como los de Karl Kraus y Walter Benjamín.

Chesterton, que no estuvo en el frente, siguió defendiendo la Guerra del 14 -no lo hizo en absoluto con la de los boers- durante el resto de sus días, pero no todos siguieron su ejemplo: pasados los primeros tiempos de euforia y entusiasmo llegaron los fracasos en el frente y todo el horror de la guerra escenificado de una forma brutal en la batalla del Somme, que duró cuatro meses y causó más de un millón de bajas.

La guerra que, según algunos iba a crear a un hombre nuevo y libre, destrozó las vidas de miles de jóvenes, no sólo las de los que murieron, sino también las de quienes salieron de ella con el alma en pedazos. Wilfred Owen, el poeta de guerra que había animado a la lucha heroica, regresó a Escocia como víctima de la neurosis de guerra tras la muerte de todos sus compañeros en una trinchera y, en el hospital, mientras se recuperaba, plasmó su experiencia del infierno en los versos descarnados del ‘Himno a la juventud condenada’.

Coincidió en el hospital con otro poeta, Siegfried Sassoon, que también se alistó voluntario y al que incluso se le concedió la Cruz Militar por su valentía en el frente, pero que tras escribir a su comandante en jefe una carta para que se pusiera fin a los tormentos que padecían los soldados británicos al servicio de fines “perversos e injustos” fue diagnosticado de neurastenia y enviado junto a Owen para su recuperación.

Ambos se reincorporaron a la lucha en el frente occidental y Owen murió una semana antes de que se firmara el armisticio. Su muerte se convirtió en el símbolo del destino de su generación y de la locura de unos gobernantes que queriendo conseguir la libertad, llevaron a la muerte a millones de personas, con el visto bueno de intelectuales que no supieron o no quisieron adivinar la magnitud de la catástrofe.

Lecturas

Ernst Jünger, ‘Tempestades de acero’, Tusquets Editores, 1989

Philipp Blom, La fractura, Anagrama, 2016

Barbara W. Tuchman, ‘Los cañones de agosto’, RBA 2014

Thomas Mann, ‘Consideraciones de un apolítico’, Capitán Swing, 2011

Stefan Zweig, ‘El mundo de ayer’, Acantilado, 2001

G.K. Chesterton, ‘Autobiografía’, Acantilado, 2003

Gaziel, ‘París 1914-Diario de un estudiante’, Editorial Diéresis, 2013

‘Sin novedad en el frente’, sin héroes ni victorias

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Lo que más me sorprendió en mi primer viaje por Francia fueron sus preciosos pueblecitos de balcones cuajados de flores pero más aún que cada uno de ellos tuviera un memorial por los soldados muertos en la Gran Guerra: hasta el más pequeño mostraba una lista de nombres, más o menos larga, de aquellos que murieron en los campos del norte del país. Desde entonces tengo la impresión de que aquella fue la guerra más cruel y más triste.

Quizá Francia fuera el país que más bajas sufrió con la pérdida del 17% de sus soldados, pero Alemania no se quedó atrás: dos millones de soldados murieron en suelo ajeno y allí quedaron muchos de ellos, sepultados en lo que se llamó el frente occidental, en el que se vivió lo más espantoso de esa guerra.

Finalizada la contienda, volvieron a Alemania seis millones de soldados, una buena parte de ellos lisiados y desfigurados: un recordatorio diario de la matanza insensata de la Primera Guerra Mundial. Y aunque en muchas ocasiones se denostara la guerra, el pacifismo no fue un movimiento generalizado; el revulsivo se produjo en 1928, cuando un antiguo veterano escribió la crónica de un grupo de jóvenes que se alistaron alegremente y murieron de las formas más terribles que uno pueda imaginar.

En ‘Sin novedad en el frente’, Erich Maria Remarque narra a través de Päul Baumer las experiencias de Kropp, Müller y Leer, sus compañeros de aula, y la de otros camaradas que conoció durante el periodo de instrucción y en el frente. Tenían apenas diecinueve años y les dijeron que la guerra iba a ser corta y heroica, que no intervenir en ella era propio de cobardes y que el conflicto les convertiría en hombres y les moldearía como al acero.

El entusiasmo y el deseo de combatir se generalizó en los países beligerantes. En Berlín, cuando se anunció la movilización, la multitud cantó himnos y en el Reino Unido se apuntaron como voluntarios medio millón de hombres solamente en el primer mes. Stefan Zweig, uno de los pocos que no se dejaron llevar por el canto guerrero de las walkirias, describió el ambiente de Viena el 28 de julio de 1914: “Sólo se conocía la guerra por los libros y de repente estaba ahí y nadie intuía lo cruel y lo criminal que llegaría a ser”; se vivía la declaración de guerra como el comienzo de una romántica novela de héroes y de grandes hazañas mientras “los jóvenes se apelotonaban delante de las oficinas de reclutamiento, no fuera a ser que llegaran demasiado tarde y se perdieran la gran aventura”.

A Baumer, el alter ego de Remarque, y a sus tres compañeros de pupitre su maestro les llenó la cabeza de consignas patrióticas y no dejó de soltarles discursos hasta que la clase entera, bajo su mando, se dirigió a la comandancia del distrito para alistarse. Había miles de maestros como Kantorek, que representaban la autoridad y, por tanto, la perspicacia y el sentido común, pero “el primero de nosotros que murió echó por los suelos esa convicción; el primer bombardeo nos reveló nuestro error y con él se derrumbó la visión del mundo que nos habían enseñado”. En los primeros meses de la guerra, de un total de veinte compañeros de la escuela, siete han muerto, cuatro están heridos y otro en el manicomio; quedan doce.

La experiencia en primera línea es devastadora. Se dirigen a fortificar las trincheras y por primera vez escuchan las detonaciones y observan el espectáculo de luces que les acompañarán el resto de su días en el frente: “Una claridad incierta, rojiza, se extiende de un extremo al otro del horizonte, en constante movimiento, atravesado por los fogonazos de las baterías. Las esferas luminosas se elevan por encima, círculos rojos y plateados, que estallan y caen como lluvia en forma de estrellas rojas, verdes, blancas. Las bengalas francesas salen disparadas, despliegan en el aire un paracaídas de seda y descienden lentamente iluminándolo todo como si fuera de día y vemos nuestra sombra claramente perfilada en el suelo”.

Es entonces cuando “el fragor de la artillería aumenta hasta convertirse en un único estampido sordo y se deshace de nuevo en explosiones aisladas”, cuando “rechinan las descargas cerradas de las ametralladoras y, encima de nosotros el aire está lleno de hostigamientos invisibles, aullidos, silbidos y siseos; son proyectiles de poco calibre, pero de vez en cuando entre ellos resuenan en la noche los obuses de la artillería pesada, que van a caer lejos a nuestras espaldas y profieren un aullido ronco y lejano, como de ciervos en celo y se oyen por encima de los aullidos y silbidos de los pequeños proyectiles”.

El progreso de las técnicas de artillería permitieron en esta guerra contar con cañones de precisión que lanzaban proyectiles cargados de explosivos, metralla o gas a muchos kilómetros de distancia del frente durante días enteros. Es la primera guerra tecnológica a escala industrial en la que los soldados cuando ocupaban las trincheras eran blancos inmóviles detectados por los aviones de reconocimiento y luego bombardeados a conciencia y blancos móviles y fáciles para las ametralladoras y el fuego de la artillería en las ofensivas a campo abierto.

Como si una mente sobresaliente en sadismo las diseñara se fabricaron nuevas formas de herir y de matar, inventos cada vez más mortíferos. Los proyectiles cargados con bolas de plomo y pólvora que explotan antes de caer al suelo y atraviesan escudos y cascos de metal; los lanzaminas que envían los cadáveres sin piernas de los soldados a las ramas de los árboles; las bayonetas con sierra incorporada; los lanzallamas que manejan dos hombres, depósito y manga y los terribles tanques que “representan todo el horror de la guerra, la viva imagen del exterminio mientras descienden implacables al fondo de los cráteres y vuelven a asomar, irresistibles, verdadera flota de acorazados, aullando y escupiendo fuego, invulnerables bestias de acero que aplastan a muertos y heridos”.

Baumer relata este horror y también el provocado por la utilización del gas, el arma más impactante de esta guerra, que buscaba hacer salir a los soldados enemigos de las trincheras para poder bombardearlos a placer. El peligro les obliga a refugiarse en un cráter donde la explosión sorda de las granadas de gas se mezcla con el estallido de los proyectiles: “El gas se arrastra por el suelo y penetra en todas las cavidades, como una blanca y ancha medusa se extiende por nuestro cráter, llenándolo”. Hay que ser prudentes y no retirarse la máscara antigás hasta estar a salvo, fuera del agujero. Pero los reclutas recién llegados no lo saben todavía y morirán asfixiados tras una agonía interminable.

Baumer ingresa en un hospital al resultar herido en la pierna y hace recuento de los heridos: en el vientre, en la cabeza y amputados en el piso de abajo; maxilares, nariz, orejas, garganta y afectados por los gases en el ala derecha; ciegos, heridos en el pulmón, pelvis, articulaciones, riñones, testículos y estómago, en el ala izquierda. Todo está dispuesto para martirizar “el diminuto y quebradizo cuerpo humano” del que habla Walter Benjamin. “Cárceles de dolor y sufrimiento, sólo un hospital muestra verdaderamente lo que es la guerra”, dice Remarque .

La guerra de trincheras es especialmente cruel. “Los obuses despedazan el parapeto y levantan por los aires el terraplén. Al amanecer la explosión de minas se mezcla con el fuego de la artillería y allí donde caen, abren una fosa común. Se elevan surtidores de barro y metralla. Casi no nos queda trinchera. Una granada estalla delante de nuestra galería y se hace la oscuridad: hemos quedado sepultados y debemos desenterrarnos ( ) Son tres días en la trinchera. Estamos sentados como en el interior de nuestra tumba y únicamente aguardamos a recibir sepultura”.

Y cuando la orden consiste en avanzar aún es peor. Los cadáveres se amontonan en la tierra de nadie, entre ambas trincheras, y no siempre se puede recoger a los heridos. Sufrimos muchas bajas, sobre todo de reclutas inexpertos que, “heridos no se atreven a quejarse en voz alta y con el vientre, el pecho, los brazos o las piernas destrozados, gimen débilmente llamando a sus madres y callan cuando los miras”. Kemmerich ha muerto, Westhus está agonizando, Kramer ha desparecido alcanzado de lleno por una granada, Martens ya no tiene piernas… “Sólo hemos cedido unos centenares de metros, pero en cada metro hay un cadáver; de los 150 hombres de la segunda compañía, quedan treinta y dos”.

Nunca como en esta guerra se hicieron trizas los mitos, absurdas las previsiones y cínicas las frases grandilocuentes. El verso de Horacio que adornaba el frontispicio de academias militares –Dulce et decorum est pro patria mori (Dulce y honroso es morir por la patria)se revolvió contra sí mismo y desde entonces es más burla que máxima.

Fue una guerra sin héroes, un torrente de sufrimiento y ¿para qué? Al comienzo de la novela, el narrador asegura que no pretende hacer una denuncia ni una confesión, sino simplemente mostrar cómo una generación fue destruida por la guerra aunque escapara de las granadas. Eran demasiado jóvenes para haber echado raíces en la vida y tras el horror no existe ninguna explicación para ellos; estaban llenos de ideas inciertas que daban a la vida e incluso a la guerra un carácter idealizado y casi romántico, pero “la guerra nos ha echado a perder para cualquier cosa”; “estamos abandonados como niños y somos experimentados como ancianos … creo que estamos perdidos” y cuando la guerra termine emergerá “todo lo que ahora mientras combatimos se hunde en nuestro interior como una piedra”, entonces será cuando empiece “el conflicto a vida o muerte” y “marcharemos al lado de nuestros compañeros muertos, con los años del frente a nuestra espalda ¿Contra quien marcharemos?”

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Erich Maria Remarque

Sin novedad en el frente’ no sólo mostró la inhumanidad de la guerra y su sinsentido, sino también que fue una guerra sin héroes, si acaso supervivientes, algunos mutilados y otros enloquecidos de por vida, cínicos e indispuestos con la autoridad y el patrioterismo que les había conducido al frente. Eso era más de lo que podía soportar el nacionalsocialismo incipiente de un relato que, además, se había convertido en el éxito editorial más importante hasta entonces, con un millón de ejemplares vendidos en un año desde que se publicara en enero de 1929 en forma de libro.

Además, desmontaba la tesis de la “puñalada por la espalda”: los dos bandos llegaron a un armisticio por agotamiento. El material del enemigo, señala Baumer, parecía no acabarse nunca y su superioridad numérica nos han obligado a retroceder. La ultraderecha consideró que la novela amenazaba el patriotismo de la juventud y reforzaba el pacifismo y acusó a Remarque de frívolo gacetillero de deportes, de embustero que apenas había pisado el frente y de francófilo vividor y charlatán. Pero el movimiento antimilitarista y los partidos de izquierda recibieron con entusiasmo la novela.

Joseph Goebbels la calificó de “libro infame, corrosivo y peligroso”, un insulto al pueblo alemán. Llegó tarde para montar un escándalo en su publicación, pero sí consiguió que se prohibiera la proyección de la película: él y unos cuantos agitadores más comenzaron a chillar en el mismo momento en que aparecía la primera escena bélica en el segundo día de exhibición y el propio Goebbels se dirigió al público gritando que lo que aparecía en la pantalla era una vergüenza. Varios miembros de las SA soltaron cientos de ratones blancos en la sala y la confusión fue tal que se suspendió la proyección. Uzcanga cuenta que dos miembros del comando nazi se dirigieron a las taquillas, rompieron los cristales, amenazaron a las cajeras y se llevaron la recaudación.

Goebbels ganó la partida al conseguir con sus escándalos que se prohibiera la exhibición de la película. Escribió en Der Angriff el 12 de diciembre: “Remarque está acabado. Podemos certificar que por primera vez hemos logrado que la democracia de asfalto doblegue las rodillas en Berlín”.

Si el tiempo es el juez de la historia, la conclusión del jefe de propaganda de Hitler no es correcta. Las vívidas imágenes del horror de la guerra que nos dejó Remarque hace casi cien años son más ciertas y más verdad que la vana justificación patriótica de un conflicto sangriento y sin sentido.

Lecturas

-Erich Maria Remarque, Sin novedad en el frente, Edhasa 2009

-Francisco Uzcanga Meinecke, El café sobre el volcán, Libros del K.O, 2018

Pasear, tesoro de los pobres y vicio de los solitarios

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Franz Hessel

Pasear, desplazarse sobre dos extremidades, es un placer singular que debería estar exento de toda finalidad moral, salubre o pecunaria. Nada que ver con el footing ni con acercarse a comprar alguna cosa o ir de visita, porque el paseo no debe ser ni provechoso ni higiénico. Y vale cualquier ciudad, si es la propia mejor, y cualquier estación, si las condiciones meteorológicas no lo impiden, y cualquier hora, desde la madrugada a la madrugada siguiente.

Son los principios que debe seguir un paseante o flâneur, redactados por Franz Hessel tres años después de publicar ‘Paseos por Berlín’ (1929), su ciudad natal, a la que trasladó su experiencia de paseante en París y después de haber convencido a Walter Benjamin de la excelencia del pasaje urbano.

A Hessel se le conoce no sólo por su tendencia a vagabundear, si es que se puede traducir por este verbo el malsonante ‘flanear’. Se le reconoció tardíamente, allá por los años ochenta, como maestro de Walter Benjamin en el arte de la flânerie, como reconoce el filósofo alemán al revelar que tuvo cuatro guías: las niñeras, las prostitutas, el extravío y la obra de Franz Hessel. Se le consideró durante mucho tiempo como un escritor menor y parte de su fama le venía por ser el marido de la explosiva y liberada periodista Helen Grund, la protagonista del triángulo amoroso ‘Jules y Jim’ que llevó Roché a la novela y Truffaut al cine; también por ser el padre de Stephane, resistente de la Francia Libre, detenido por la Gestapo, redactor de la Declaración de los Derechos Humanos, mediador en situaciones extremas desde Indochina a Burundi y, con noventa y tres años, autor del panfleto ‘Indignaos’ a favor de la insurrección pacífica.

En este artículo titulado ‘Sobre el difícil arte de pasear’, Franz Hessel describe lo que debe adornar la figura del paseante y, aunque impone criterios rígidos respecto a la ausencia de objetivos y eliminación de las prisas, se muestra más abierto a permitir licencias en cuanto al lugar del paseo: no sólo puede ser cualquier ciudad, sino que también se puede incluir los suburbios, con el límite del campo, en el que el paseo se convertiría en excursión. En tiempos anteriores al siglo XX, el paseo se relacionaba con la naturaleza y no con la ciudad: el caminante romántico se abría camino por entre las apariencias hacia la revelación. Nuestro flâneur no es en absoluto amante del campo ni presa del misticismo: el paisaje desde Zola y Balzac es el de la ciudad y Baudelaire es su profeta.

Franz Hessel se estableció en París en 1906 hasta que fue llamado a filas en 1914. Finalizada la guerra volvió a Berlín y entabló una estrecha amistad con Walter Benjamín, al que le unían criterios estéticos y coincidencias biográficas como que ambos pertenecían a familias judías asimiladas y prósperas, habían nacido en la capital prusiana y sentían una indomable pasión por la literatura. Franz le llevaba doce años de ventaja y quizá en razón de la edad y la experiencia, Benjamín le consideraba su maestro, pero luego lo superó al convertir el paseo y los pasajes en la clave de bóveda de su filosofía. En 1926 se ponen a traducir juntos a Marcel Proust, autor rompedor que en 1919 había recibido el Premio Goncourt y revolucionado el mundo literario, y durante unos días, en el transcurso de la traducción, se sumergieron en el mundo de los matices y los detalles urbanos de París descritos en ‘La recherche’ y que tan bien conocía Franz.

Pasear “es el más asequible de los placeres y nada tiene que ver con los deleites específicamente burgueses y capitalistas: es el tesoro de los pobres, hoy en día ya casi su privilegio exclusivo”. París y Berlín son ciudades para deambular por ellas, con mirada ociosa y despreocupada aunque los berlineses imbuidos por la ética del trabajo y del esfuerzo, subraya Hessel, no conciben esta clase de placer e incluso lo consideran una amenaza o cuando menos tildan de sospechosos a quienes invaden las calles de su ciudad sin rumbo fijo ni actividad aparente. El paseo es júbilo, pero no se circunscribe a los jubilados o desocupados del trabajo cotidiano: cualquiera puede pasear cuando se dirige de vuelta a casa tras una jornada laboriosa y aburrida, despreciando atajos y encarando con generosidad la pérdida de tiempo que supone bajar del autobús unas paradas antes.

La indeterminación del objetivo es también uno de los principios de la flânerie. Es preciso abandonarse a las sorpresas del azar, a aventurarse. Pero tampoco conviene abandonarse al caos. Fijar un destino para traicionarlo después y desviarse del rumbo es otra estrategia más porque solamente estableciendo una meta, aunque sea poco fiable, se pueden cometer desvíos. Elijamos un tramo de la ciudad: podemos detenernos, entrar en un teatro o en un cine, o quizá seguir más adelante, lo que ese día nos sugiera el ánimo.

No son necesarios parajes exóticos ni atracciones turísticas. El flâneur no es un turista y por eso se recomienda que para ejercer esta actividad se elija la propia ciudad de nacimiento. Benjamin deja bien claro que la ‘flânerie’ es incompatible con la visita apresurada porque requiere calma, detenimiento, regresar una y otra vez para descubrir lo que se nos ha quedado oculto, los detalles que no se han apreciado antes, los matices que en una primera mirada no nos parecieron importantes. “Visita tu propia ciudad, pasea por tu barrio”, nos aconseja Hessel, y “observa cómo transita la vida de una a otra calle” y “cómo alternan en ellas el silencio y el alboroto, cómo se vuelven más elegantes o humildes, febriles o somnolientas”; escucha las voces de la ciudad que “tratan de llamar tu atención, de seducirte” y sumérgete durante tu paseo en la historia de las tiendas y tabernas, cuyas mercaderías vaticinan su futuro destino.

La calle se puede leer como un libro y, al igual que una historia ajena, nos libera de una vida privada más o menos aburrida que conocemos de sobra. Pasear, dice Hessel, “es una forma de lectura de la calle en la que las caras de las personas, los acristalamientos, los escaparates, las terrazas-café, los ferrocarriles, los automóviles y los árboles se convierten en letras con el mismo derecho, que juntas dan lugar a palabras, oraciones y páginas de un libro que es siempre nuevo”. Pero hay que aprender a leer: Hessel y Benjamin aconsejan reeducar la atención para poder desplazarla de lo aparente a lo apenas perceptible, a los múltiples detalles que conforman la vida urbana.

Es sobre todo Benjamín quien vincula con más voluntad la ciudad con la lectura. París es una ciudad íntimamente ligada a los libros; la contempla como texto y al mismo tiempo como resultado de la literatura; relaciona Notre-Dame con Víctor Hugo y la Torre Eiffel con Cocteau y concibe la ciudad como “un gran salón de biblioteca atravesado por el río”.

El secreto está en los detalles y la mirada debe dirigirse a lo que puede parecer insignificante a los ojos del inexperto caminante. La ciudad habla bajito, al oído -dice Benjamin- y si ponemos atención se nos revelan historias del pasado aparentemente superficiales y también pensamientos profundos. Para el paseante, los escaparates dejan de ser reclamos y se convierten en paisaje; la oscuridad en la que nos sumerge el atardecer será una reflexión sobre la fugacidad de la vida, en tanto que el alba nos avisará de que todo vuelve y el fin no ha llegado.

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Walter Benjamin

Pasear es un vicio solitario que no conjuga con lo colectivo. “No es fácil pasear acompañado” porque los acompañantes te distraen, te demoran o aceleran, en una palabra: te importunan. Ir al lado de un aficionado a la fotografía es un despropósito porque se detiene en cualquier momento, busca el ángulo, el encuadre y te deja como un pasmarote en medio de la calle, esperando a que termine de lanzar fogonazos interminables. “El verdadero paseante es como un lector que sólo lee para su disfrute personal” y lo hace en silencio y sin compañía.

Para Hessel y para Benjamin París y Berlín son las ciudades emblemáticas del flâneur, aunque la primera siempre se considere primordial e iniciática. Hessel volvió a Berlín, su otra ciudad amada, la que, dice, se encuentra “en el camino que lleva de Roma a Moscú”. En 1929 publicó ‘Paseos por Berlín’, la ciudad de su infancia. Benjamin escribió el prólogo con un título muy sugerente: ‘El regreso del flâneur’.

Hessel regresó tras la guerra a su hermoso piso cerca del Tiergarten, pero siempre echó de menos París. Cuentan que un amigo de Berlín un día de sol lo vio con un paraguas abierto. Ante su extrañeza, le explicó: “Está lloviendo en París”. Volvió exiliado a su ciudad de acogida en 1938, cuando a Berlín la convirtieron en una ciudad sin presente ni futuro para los judíos, pero en 1940 el ejército alemán invadió el norte de Francia y Franz fue detenido.

Hessel y Benjamin tuvieron unas vidas coincidentes, casi paralelas, y dejaron la flânerie para siempre casi al mismo tiempo. Franz Hessel fue internado en el campo de Les Milles junto a Max Ernst, Benjamín y otros. Después fue trasladado a Burdeos y luego a otro campo cerca de Nimes. Los dos fueron liberados a los pocos meses y ambos murieron muy poco después, con un intervalo de apenas cuatro meses. Benjamin murió en septiembre de 1940 en una pensión de Portbou cuando pretendía llegar a Portugal y embarcar hacia los Estados Unidos pero fue interceptado por la policía y, antes de caer en manos de la Gestapo, se suicidó con una sobredosis de morfina. Hessel, tras ser liberado del campo, se instaló con Helen en Sanary-sur-Mer, refugio para muchos exiliados alemanes, pero poco después, un día de enero de 1941 se apoderó de él un cansancio infinito, se tumbó y murió dulcemente.

Lecturas

– Franz Hessel, ‘El difícil arte de pasear’, publicado en revista berlinesa ‘Die Literarishe Welt’ el 27 de mayo de 1932 y traducido y editado por Francisco Uzcanga en el recopilatorio ‘La eternidad de un día’, Acantilado, 2016.

– Walter Benjamin, ‘El regreso del flâneur’, reseña del libro de Franz Hessel, ‘Paseos por Berlín’, publicada en ‘Die Literarishe Welt’ el 4 de octubre de 1929, recogida en ‘La tarea del crítico’, una selección de textos de Benjamin de la Editorial Hueders, 2017.

Periodistas españoles en la República de Weimar: Chaves Nogales y Xammar — Historias emergentes

Chaves Nogales, redactor jefe del ‘Heraldo de Madrid’, realizó un viaje en avión por Europa camino de Bakú, algo más de dieciséis mil kilómetros, en 1928. La primera escala la hizo en París y, aunque el objetivo de sus crónicas era contar cómo les iba a los soviéticos diez años después de su revolución, hizo […]

Periodistas españoles en la República de Weimar: Chaves Nogales y Xammar — Historias emergentes

Las crónicas berlinesas de Christopher Isherwood

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Otoño de 1930 en una pensión de Berlín. Da a una calle pesada y pomposa, de fachadas cargadas de balcones y adornadas de estucos, volutas y emblemas heráldicos; casas destartaladas y monumentales como cajas fuertes que guardan en su interior muebles envejecidos, propios de una clase media en bancarrota.

Así comienza, en una pensión, el diario de Christopher William Bradshaw-Isherwood, un joven nacido en una mansión británica propiedad de su familia desde el siglo XV, que ha dejado una Inglaterra de tradición puritana y actitudes victorianas para instalarse en Berlín y escribir. Se fue a finales de 1929 y durante los siguientes cuatro años tomó notas acerca de cómo eran las cosas en los últimos tiempos de la República de Weimar y, aunque tenía la pretensión de actuar como una cámara pasiva y minuciosa que se limitara a registrar lo que pasaba ante sus ojos, el mero hecho de elegir determinadas escenas o dibujar ciertos personajes con los que se relacionó, implica inevitablemente la existencia de un punto de vista.

Ya en la primera parte, de las seis en las que están divididos estos diarios de ‘Adiós a Berlín’, nos muestra la decadencia de la pensión en la que tiene alquilado un cuarto. Hace recuento de los objetos que le rodean: una inmensa estufa de cerámica polícroma; un armario gótico, catedralicio; un retrato del rey de Prusia; sillas como tronos episcopales y a su lado unas falsas alabardas de atrezzo, olvidadas tal vez por alguna compañía de teatro.

Este empobrecimiento de la clase media es una constante en Alemania, primero como consecuencia de la guerra del 14 y después por la hiperinflación de 1923. Tras los cuatro años de matanzas y la subsiguiente revolución amputada a sangre y fuego, vino la desconcertante inflación alentada por las autoridades para compensar la carga de las indemnizaciones de guerra. Se les fue de las manos: evaporó fortunas y fulminó ahorros en un sólo día. Los alemanes vendieron sus últimas posesiones y muchos de ellos, profesionales que hasta aquel momento habían podido vivir de su trabajo con el esfuerzo diario y sostenido, se dejaron llevar por el desánimo y muchos optaron por suicidarse antes de sufrir la vergüenza del hambre.

Esta situación de incertidumbre extraordinaria, de derrumbamiento de cualquier expectativa de recompensa al esfuerzo en el trabajo y a una vida frugal, valores inscritos en las clases medias alemanas, junto a una clara percepción de que el sentido del deber no servía para nada, dejó a la sociedad debilitada, sin defensa ante eslóganes que les habrían parecido irrisorios años atrás, mientras los especuladores se hacían los dueños de los negocios y los violentos, de las calles.

Y sin embargo, en este caos, Berlín, somnolienta ciudad de provincias como la califica Philipp Blom, se había convertido en una capital imperial cosmopolita, en la que convivían grandes avenidas, espléndidas salas de conciertos e impresionantes museos, y al mismo tiempo oscuras habitaciones en las que se alojaban obreros industriales e inmigrantes, exiliados, refugiados y fugitivos. Con sus cuatro millones de habitantes era en los años de la República de Weimar una megalópolis moderna y productiva, de una creatividad extraordinaria, que atraía a talentos de primera clase: desde los protagonistas de la Bauhaus a grandes directores de orquesta como Furtwängler, científticos como Planck y Einstein y escritores de la talla de Döblin. Berlín era un hervidero de creatividad, desbordante de promesas de futuro y de posibilidades.

Pero cuando la República de Weimar parecía haber superado el terrible bache de la inflación, llegó la Gran Depresión del 29 y los inversores extranjeros, en especial estadounidenses, cerraron el grifo de los préstamos y exigieron cobrar sus deudas y millones de personas perdieron su trabajo. Es unos meses después, en 1930, cuando Isherwood comienza sus notas. En 1934, cuando ya había puesto fin a su estancia en Berlín, la tasa oficial de desempleo alcanzaba el 42%.

La situación económica era tan mala que Isherwood, que vivía de dar clases particulares de inglés, se vio obligado a dejar la pensión deprimente y venida a menos del primer capítulo e irse a vivir a un piso pequeño y miserable, con una familia obrera, los Nowak, con la que experimentó la durísima vida de las clases bajas de la zona este de Berlín, hacinadas en casas de vecindad húmedas y oscuras, con grandes dificultades para salir adelante en barrios tradicionalmente comunistas cada vez más invadidos por manifestaciones y desfiles del NSDAP.

La pobreza hace aflorar un segundo Berlín. Los comercios cierran a las ocho y los niños se van a la cama. Es entonces cuando surge la vida oscura de la ciudad: la de los golfos, sus chicas y sus cuartos tibios, y la de las tres prostitutas de la esquina que superan los cincuenta años y que susurran quedamente en las esquinas a posibles clientes: ‘Komme, Süsser’. Un camarero, también de esa noche oscura, le asegura a Isherwood que hay cierta demanda de este tipo de mujer, especialmente entre los hombres tímidos y los jóvenes inseguros porque ellas son los suficientemente mayores para ser sus madres.

Lo que no le cuenta Bobby ni registra Isherwood es que en Berlín, debido a la grave pobreza que obligaba a prostituirse a amas de casa sin recursos, cerca de cien mil mujeres y treinta y cinco mil hombres ejercían esa actividad de forma regular, de manera que la ciudad se había convertido en el destino turístico para gente de todos los gustos sexuales, fantasías y perversiones. Las calles estaban frecuentadas por “dominatrices, secretarias, dependientas, viudas maduras, embarazadas, travestis y transexuales, chicos de alquiler y machotes rudos, niños en venta, sádicos masoquistas, flageladores y coprófilos” (Philipp Blom).

No debería confundirse la penuria económica que indujo a miles de personas a ejercer la prostitución con un ambiente de libertad sexual que, efectivamente, afloró de forma espectacular, en el Berlín de Weimar. Isherwood no sólo se instaló allí para escribir, sino también para “conocer chicos”, como reconoció años después. En 1928, había visitado la capital prusiana junto a uno de sus mejores amigos, Wystan H. Auden, que llegó a decir que “Berlín era el sueño diurno de un maricón”, con cientos de burdeles masculinos a su disposición.

Prostitución obligada, pero también un clima permisivo, en buena parte construido para agradar a los visitantes. En el ‘Troika’ estaba todo dispuesto, con sus gigolós y sus demi-mondaines, la orquesta y el baile, para complacer a los clientes, hombres de negocios que viajan con sus mujeres mortalmente aburridas, cuenta Isherwood. Incluso los barrios obreros berlineses tienen su cabaret, el ‘Cozy Corner’, donde los hombres se exhiben vestidos de mujer y muestran sus piernas depiladas y tostadas por el sol.

Y en una zona gris, en la que todo se vende y con todo se especula y que en parte se considera consecuencia de la modernidad, se mueve Sally Bowles, el personaje que se convierte en referencia de todas estas crónicas de Isherwood, gracias a la interpretación que de ella hizo Liza Minelli en la película ‘Cabaret’, de Bob Fosse. Sally es vistosa y moderna, con una idea infantil de las relaciones sexuales, de poca perspicacia a la hora de buscar protectores, bastante incompetente como actriz y como cantante, pero absolutamente deliciosa; hace que canta en el Lady Windermere, un bar bohemio y sofisticado, aunque no del nivel de glamour del que aparece en ‘Cabaret’.

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Auden, Isherwood y Spender

Isherwood tomaba apuntes del natural para luego hacerlos suyos y crear personajes que algo tenían que ver con el original, pero, como se quejó una vez su amigo Spender, dramatizados en sus caracteres y personalidades, hastra el punto de que “podíamos terminar creyendo que en realidad éramos lo que él fabricaba para nosotros”. Eso ocurrió con Sally Bowles, un personaje frívolo y disipado en la visión de su creador, que quedó para siempre en esa foto fija, imposible de eliminar, pese a que años después, la auténtica Joan Ross marchara a España durante la Guerra Civil como reportera del Daily Worker y nada tuviera que ver ya con la alocada Sally.

Otro personaje magistral de ‘Adiós a Berlín’ es Bernhard Landauer, un judío dueño de unos grandes almacenes de la Postdamer Platz, que, en su juventud, quiso ser escultor y había sido un gran viajero. Irónico, amargado, ceremonioso, acaso demasiado civilizado; una personalidad escindida entre la pasividad y la fortaleza; entre sus ascendencias judía y prusiana y entre el encanto del oriental y su arrogante humildad.

En un libro muy posterior, ‘Christopher and his kind’ (1976), Isherwood revela que Bernhard era en realidad Wilfrid Israel, empresario y filántropo que utilizó la infraestructura de los Grandes Almacenes Israel, de su propiedad, para sacar de Alemania al mayor número posible de judíos, que financió la salida de sus trabajadores y que organizó campañas de rescate y reunificación de famillias judías. El 1 de junio de 1943, el avión en el que viajaba, junto al actor Leslie Howard, fue derribado en el Golfo de Vizcaya por cazas alemanes, quizá porque sospecharon equivocadamente que a bordo viajaba Winston Churchill. El hecho se ocultó en Alemania y se dijo que Israel había muerto de un ataque al corazón.

En Sally Bowles y en Bernhard Landauer se esconde la misma idea fatalista de que el mundo se encamina hacia una gran catástrofe. No hay más que asomarse a las calles de Berlín o hablar con sus habitantes: los judíos eran odiados, maltratados y finalmente asesinados. La dueña de la pensión no puede ocultar su desconfianza hacia los médicos judíos y muchas veces Isherwood pudo observar cómo un judío es apaleado en la calle ante la indiferencia general. Landauer le revela que ha recibido amenazas infantiles y el escritor le aconseja que lo denuncie porque “los nazis escriben como colegiales, pero son capaces de todo y por eso son tan peligrosos. La gente se ríe de ellos y luego será demasiado tarde”.

No sólo los judíos; cualquiera que se oponga a sus ideas simples de grandeza y crimen, desde izquierdistas a liberales, son perseguidos, encerrados en campos y finalmente liquidados. La pregunta es obligada: ¿Cómo es posible que tantos visitantes extranjeros y tantos diplomáticos que residían en Berlín no se dieran cuenta del peligro que conllevaba la ascensión del partido nazi, de la supresión de derechos, libertades y personas, de las insistentes mentiras de Goebbels, de sus matones campando a sus anchas por las calles berlinesas, de la descomunal hoguera de libros contrarios a lo que llamaban “alma alemana”?

En las notas de su diario correspondiente al invierno de 1932-1933, Isherwood señala que “los periódicos van pareciéndose cada vez más a un boletín escolar. No traen más que nuevos castigos, nuevas reglas y listas de gentes confinadas. Esta mañana Göring ha inventado tres variedades inéditas de alta traición”.

Y su amigo y compañero Stephen Spender lo describe con un solo párrafo en sus memorias ‘Un mundo dentro de otro mundo’: “Berlín era la tensión, la pobreza, la rabia, la prostitución, la esperanza en las calles. Eran los ricos ostentosos en los restaurantes exclusivos, las prostitutas calzadas con botas del ejército en las esquinas, los comunistas adustos que se manifestaban y los jóvenes violentos que de repente salieron de ninguna parte y en la Wittenbergplatz gritaron: ‘¡Alemania, despierta!’”

Y Europa cerró los ojos.

Lecturas

– Christopher Isherwood, ‘Adiós a Berlín’ (Primera edición 1939), Editorial Planeta 2002

– Christopher Isherwood, ‘Christopher y su gente’ (Primera edición 1976), Muchnik 1999

– Stephen Spender, ‘Un mundo dentro de otro mundo’ (Primera edición 1951) El Aleph Editores 2002

– Philipp Blom, ‘La fractura 1918-1938’, Anagrama 2016

– Eric D. Weitz, ‘La Alemania de Weimar. Presagio y tragedia’ , Turner Noema, 2019

La dispersión de la generación perdida: Fiztgerald, Hemingway, Dos Passos y Pound

No todos los americanos que vivían en París esperaron al crack del 29 para abandonar la ciudad. El éxodo comenzó antes y de forma muy notoria entre los que formaron parte de la ‘generación perdida’, nombre que les dio en un momento de enfado Gertrude Stein, mecenas de muchos de ellos y también escritora y consejera.

Hemingway, Scott Fitzgerald, Ezra Pound y John Dos Passos fueron los miembros más prominentes de un grupo en el que, a pesar de la exitosa etiqueta de pertenencia que les identifica, es difícil encontrar las similitudes, más allá de una convivencia intermitente en París en los años veinte. El editor Malcolm Crowley, que les conoció durante esos años, contribuyó con su libro de memorias ‘Exile’s Return’ a la consideración de todos ellos como integrantes de una misma generación, perdida o no, que vivió la la violencia de la Primera Guerra Mundial y que luego sufrió el cataclismo económico de la Gran Depresión.

Pesan más en las adscripciones la generación, en el sentido temporal, y el origen -Estados Unidos- que el estilo y contenido de sus obras. Siguiendo esos parámetros, Crowley sitúa en este grupo a William Faulkner y a John Steinbeck, nacidos ambos en torno al año 1900. El sur de los Estados Unidos, convertido en el ficticio condado de Yonapatawpha, le sirvió de inspiración para todas sus obras, hasta tal punto que Nabokov lo llamaba de manera poco amigable “el escritor del maiz”. Steinbeck no vivió en París en los años veinte pero sí estuvo como corresponsal en la II Guerra Mundial y su libro más conocido es cien por cien americano: ‘Las uvas de la ira’, en el que relata la situación dramática de cientos de familias que como consecuencia de la Gran Depresión invaden la mítica ruta 66 con destino a California, seducidas por las promesas de un buen trabajo que les permita, por lo menos, sobrevivir.

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Un millonario en París

La rebeldía y un estilo nada académico podrían considerarse señas de identidad de estos escritores pero son similitudes que comparten con otros coetáneos. Tampoco sus orígenes sociales fueron los mismos y, en cuanto a la preocupación por las cuestiones políticas, a Scott Fitzgerald nunca le importaron. Abandonó París a finales del año 1927, tras casi cuatro años de deambular por diferentes lugares de Europa derrochando la fama y el dinero que aún le quedaba del asombroso éxito de su primera novela, ‘A este lado del paraíso’, publicada en 1920, y que le permitía facturar cada cuento que escribía por unos cinco mil dólares. De todos los escritores de la ‘generación perdida’ es el menos interesado en las luchas contra la injusticia y en los problemas generales del mundo. Por nacimiento pertenecía a la clase media, a los estratos más prósperos de las grandes ciudades del Medio Oeste, carentes de gusto y cultura, exhibicionistas y superficiales, amantes del estrépito y de la farfolla, del mucho precio y del poco valor. Hay falta de compromiso, pero no de descreimiento y él mismo se reconoce, en las últimas páginas de su primera novela, tan incoherente e inmadura como brillante, como perteneciente a esa generación de escritores que “crecieron para encontrar muertos todos los dioses, libradas todas las batallas, destruida toda fe en los hombres”.

Hemingway habla de él en varios capítulos de ‘París era una fiesta’, en los que lamenta su desmesurada afición a la bebida. Fue Bernard Shaw quien dijo que a un irlandés -y Fitzgerald lo era a la mitad- la imaginación nunca lo abandona, pero tampoco lo convence ni le satisface y “es una tortura tal que no puede soportarse sin whisky”. Scott le echaba la culpa a París, “la ciudad mejor organizada para que un escritor escriba”, asegura Hemingway, y continuamente pensaba en encontrar algún buen lugar donde él y Zelda pudieran volver a ser felices juntos. Alquilaron una casa en la Riviera donde pasaron todo el verano de 1925 pero esa estancia plácida no le apartó del alcohol y cuando volvió a París se había convertido en una persona extraordinariamente grosera y amargada.

Meses después, los Fitzgerald y los Hemingway fueron a pasar una temporada a una estación balnearia del Bajo Pirineo. Hubo una fiesta, todo parecía perfecto e incluso Zelda parecía recuperada. “Y entonces ella -recuerda Ernest- se inclinó hacia mí y, con mucha reserva, me comunicó su gran secreto”: que quizá Al Jolson era más grande que Jesús. “Scott no escribió nada más que valiera nada, hasta que a ella la encerraron en un manicomio y Scott supo que lo de su mujer era locura”. Scott Fitzgerald murió en 1940, tras escribir ‘Suave es la noche’ y dejar inconclusa su quinta novela. Dejó también una leyenda de perdedor y fracasado, célebre y millonario, alcohólico y derrochador de un inmenso talento.

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Un nómada se suicida en Idaho

Hemingway se marchó de París en 1928 cuando su segunda esposa, embarazada, quiso regresar a Estados Unidos; se instalaron en Cayo Hueso, en Florida, un lugar que John Dos Passos le había recomendado, y más tarde en Cuba. Pero siguió viajando de un lado a otro porque siempre fue su objetivo ver y sentir lo más posible y para eso necesitaba vivir experiencias. En lugar de establecerse en un lugar tranquilo y arraigarse en el aburrimiento para poder crear una gran obra, como propugnaba Flaubert, Hemingway fue siempre un nómada frenético cuya imaginación se alimentaba de su propia vida.

Al final, cuando ya no se siente capaz de extraer literatura de las proezas del cuerpo y observa que su deterioro intelectual amenaza incluso su memoria, realiza un último esfuerzo para contarnos cómo fue su juventud en los años veinte en ‘París era una fiesta’. La escribió en su última residencia, una casa en Ketchum, Idaho, a donde regresó por última vez procedente de un sanatorio a principios de 1961. Era una casa para matarse, dice Vila Matas contemplando su fotografía: “Se diría que la atravesaba el viento de la nada y que había sido construida con la misma tristeza que al final de sus días sentía el escritor ante su gran fracaso: el intento de convertirse en su propio mito”. Hemingway se suicidó en esa casa el 2 de julio de ese mismo año.

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La desilusión estalinista

John Dos Passos fue el más viajero de todos, incluso más que Hemingway. Cuando era niño recorrió con sus padres México y de joven residió en varios países de Europa. Al igual que Hemingway y Fitzgerald se presentó como voluntario cuando Estados Unidos entró en guerra y fue destinado a Italia, como conductor de ambulancias. A principios de los años veinte realizó un viaje a Persia, del que hay un fascinante relato que empieza por el viaje a través de Europa en el mítico Orient Express e incluye una famosa travesía por el desierto en una caravana de camellos.

En esos años visitó esporádicamente París y fue uno de los chicos de la ‘generación perdida’ que bautizó Gertrude Stein, el más radical de todos ellos en su preocupación por las cuestiones sociales y la justicia; también por esa razón el desencanto fue mayor y su reacción más enconada. Formó parte del comité que defendió en Chicago a los anarquistas Sacco y Vanzetti, cuya ejecución en 1927 tachó de asesinato, y en 1928 publicó ‘El visado ruso’, libro en el que elogia la revolución rusa tras una visita a la Unión Soviética.

Iniciada ya la Guerra Civil, viajó a España para colaborar en el guión de un documental que tenía como objetivo convencer al presidente Roosevelt de que apoyara la causa de la República. En el documental ya trabajaba Hemingway, del que era amigo desde sus coincidencias en París, pero del que se distanció a partir de la desaparición de José Robles, traductor de su libro ‘Manhattan Transfer’. Aún no está claro qué fue lo que ocurrió pero todo parece indicar que fue fusilado por orden de los servicios secretos soviéticos.

José Robles Pazos dejó su plaza en la Universidad John Hopkins de Nueva York para ponerse al servicio del Gobierno republicano nada más estallar la Guerra Civil, que le sorprendió de vacaciones en España. Y como además de inglés y francés dominaba el ruso le dieron el puesto de intérprete del general Vladimir Gorev, auténtico salvador de Madrid al inicio de la guerra y que sería fusilado por Stalin al volver a Moscú. Al poco, trascendió que Robles ostentaba el cargo de jefe de prensa extranjera del Ministerio de Guerra con rango de teniente coronel. No mucho después, en noviembre de 1936, lo trasladaron con el resto del Gobierno a Valencia. Una noche llamaron a su puerta y desapareció para siempre.

Hemingway le dio la noticia a Dos Passos y éste empezó las indagaciones. Llegó a la conclusión de que Robles había sido fusilado por los soviéticos bajo la falsa acusación de ser un agente doble. Hemingway tachó de obsesión la insistencia de Dos Passos y le pidió que se olvidara de todo eso porque lo importante era ganar la guerra. Dos Passos, decepcionado por la escasa sensibilidad de su amigo, abandona España y Hemingway lo tacha de cobarde. No sólo hubo distanciamiento entre ambos, sino reproches mutuos durante el resto de sus vidas. Hemingway diría de él que se pasó a la derecha y Dos Passos recreó su figura en alguna de sus obras de manera muy poco piadosa. Pero, según el nieto de Dos Passos, su abuelo y Hemingway llegaron a reconciliarse cuando se encontraron de nuevo en Cuba.

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El poeta fascista

Cuando se dice que los escritores norteamericanos de los años treinta fueron todos de izquierda se ignora una clamorosa excepción: Ezra Pound. Incluido en la ‘generación perdida’ es, sin embargo, algo mayor que los demás, y el único que se adhiere a las vanguardias, antes de llegar a París en 1920 procedente de Londres.

Para el crítico Edmund Wilson, que reseñó su obra poética en 1921, Ezra Pound es el representante típico del norteamericano que se cree un artista y marcha a Europa, en la que encuentran solo lo que llevaban: una Europa leída. Si a Fitzgerald lo tacha de superficial y adinerado, a Ezra Pound lo considera una criatura infantil y un incurable provinciano, que huyó a Europa para escapar de su Idaho natal llevándose consigo el simple credo y el puro entusiasmo de su tierra, y que desde su nueva residencia pretende obligar a sus compatriotas a que admiren lo culto y cosmopolita que se ha vuelto.

Ezra Pound coincide en París con Hemingway que hace de él un retrato más que elogioso. En un capítulo de ‘París era una fiesta’ dice de él que “se portó siempre como un buen amigo y siempre estaba ocupado en hacer favores a todo el mundo” y en otro, que “era el escritor más generoso y más desinteresado que he conocido: corría en auxilio de los poetas, pintores, escultores y prosistas en los que tenía fe, y si alguien estaba verdaderamente apurado, corría en su auxilio”. Fundó una institución llamada Bel Esprit en la que todos los artistas colaborarían creando un fondo para que Eliot dejara su empleo en el banco y pudiera dedicarse a la poesía. Al final Eliot lo consiguió por sus propios medios con la publicación de ‘The Waste Land’. Aunque la intención era buena, el dinero recaudado acabó en apuestas y en viajes a España del propio Hemingway.

También dice de él que era sincero en sus errores, a veces iracundo, y enamorado de sus teorías falsas. Debió ser esta faceta de su carácter lo que llevó a Ezra Pound en 1924 a Rapallo, donde se convierte en ferviente admirador de Benito Mussolini. Desde Italia participa en emisiones radiofónicas en apoyo de los gobiernos fascistas. Finalizada la guerra fue juzgado en Estados Unidos por traición, por lo que podía ser condenado a la pena de muerte, pero la intermediación de diferentes personajes del mundo cultural consiguió que se le declarara loco y que se le internara en el hospital del St. Elizabeth, donde permaneció durante doce años (1946-1958). Allí continuó elaborando “Los Cantos” y traduciendo a Confucio.

En 1949 se le había concedido el Premio Bollingen de Poesía; los jueces eran conscientes de que despertaría objeciones, pero no concedérselo por razones ajenas a su obra “destruiría el significado del premio y negaría la validez de la percepción objetiva del valor sobre a que se apoya cualquier sociedad civilizada”. Orwell lo celebró y destacó que Pound merecía el premio pero que eso no significaba que sus ideas se hubieran vuelto respetables ni aceptable su odio a los judíos.

En 1969, con motivo de la celebración del 84 cumpleaños de Pound, se celebró una fiesta en su honor en Venecia, evocada en los “Cantos Pisanos” que le hicieron merecedor del Premio Bollingen. Daba la impresión, cuenta Cyril Connolly, que fue invitado a las celebraciones, que dondequiera que fuera Pound era una figura respetada y popular y que para los italianos no era un traidor, sino un mártir, o más bien un amigo leal que estuvo a su lado en los días malos.

No recuerdan sus programas radiofónicos repugnantes, como aquel en el que aprobaba la matanza de los judios de Europa oriental y “advertía” a los judíos norteamricanos de que pronto llegaría su hora. Esos programas -dice Orwell- no daban la impresión de ser obra de un loco ni de un pacifista como dijeron sus defensores. Y al final, el escritor británico se plantea si, ya que los jueces han optado por la postura de afirmar que la integridad estética y la simple decencia son cosas distintas, “preocupémonos al menos de separarlas y no excusemos la carrera política de Pound basándonos en que es un buen escritor”; los jueces deberían haber dicho con más firmeza que las opiniones que ha intentado propagar en sus obras son malvadas.

Como siempre, Orwell acierta en sus consideraciones morales y nos plantea, subrepticiamente, si un escritor fascista puede llegar a ser un buen escritor. Steiner, nada sospechoso de izquierdista, no cree que sea posible y ni siquiera considera una excepción a Celine y su ‘Viaje al fin de la noche’.

A modo de conclusión

Repaso lo escrito hasta ahora sobre la generación perdida y su dispersión, no sólo geográfica, y se me ocurre que lo único que une a estos escritores es su relación con Hemingway y cómo los vio él o cómo se vieron entre sí. Y pienso en todas esas cuestiones que quedan apuntadas y que no son sólo literarias o que van más allá de la literatura, como el compromiso y la vida ostentosa, la traición y la amistad, la defensa de las ideas y el esnobismo y si es preferible el silencio sobre una mentira o su denuncia.

G. Orwell frente a H. Miller; el valor del compromiso

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La crisis económica de 1929 expulsó a muchos norteamericanos de París, pero acudieron otros, como Henry Miller, cuando rondaba ya los cuarenta. Llegó con la depresión, mientras la chusma cosmopolita abandonaba la ciudad y “los espaciosos cafés de Montparnasse que sólo diez años estaban llenos hasta la bandera, incluso de madrugada, repletos de hordas de alborotadores que se las daban de interesantes y entendidos, se habían convertido en tumbas lúgubres que ni siquiera visitaban los espectros”, nos cuenta Orwell.

Los genios desconocidos, los degenerados y los artistas seguían estando ahí, en soledad casi absoluta, mientras su vida transcurría en habitaciones sórdidas, llenas de chinches, en hoteles de medio pelo, pasando de una borrachera a la siguiente, en burdeles baratos; en resumen, viviendo a salto de mata. Henry Miller narra la vida de estos expatriados americanos de la bohemia parisina en su primera novela, ‘Trópico de cáncer’, publicada en 1935 y prohibida durante muchos años en su país natal.

“Con muchos años de vida de lumpen a sus espaldas, de hambre, de vagabundeo, de suciedad, de noches al raso”, Miller elige contar la vida de estas gentes anormales que es también la suya y de la que no reniega. No se puede decir que no haya bajado a la tierra y haya visto; no es en absoluto un escritor encerrado en una torre de marfil en busca de la perfección y por encima de las vicisitudes de sus iguales. No pertenecía a los círculos cultos, en los que el arte por el arte se extendió prácticamente hasta la adoración de lo que carecía de sentido; ésa no es la denuncia.

Lo que le reprocha Orwell es el tema elegido, el relato de vidas que no tienen ningún valor y que nada significan. “No parecía un momento propicio para que alguien escribiera una novela de gran valor acerca de unos cuantos haraganes estadounidenses que bebían de gorra en el Barrio Latino”. Con indisimulado desprecio, reconoce que ningún novelista está obligado a escribir directamente sobre la historia contemporánea pero advierte que un novelista que prescinde de los grandes acontecimientos públicos del momento en el que le ha tocado vivir – y ése es el momento del ascenso del fascismo- es “por lo general, un majadero o un simple imbécil”.

Miller describe al hombre de la calle, pero de una calle llena de burdeles y lo hace en el lenguaje que se usa para contar ocurrencias y obscenidades, algo normal en ese ambiente de los expatriados, “personas que beben, hablan, meditan, fornican”. Lo malo es que a lo largo de la escritura descubre que se lo está pasando muy bien. “No tengo dinero, ni recursos ni esperanza”, dice el narrador de ‘Trópico de cáncer’, y al mismo tiempo confiesa ser “el hombre más feliz del mundo” mientras termina su relato autobiográfico sentado a orillas del Sena con una actitud de total aceptación.

Para Orwell éste es un reconocimiento infame. porque ‘aceptar’ en esos años era tomar como algo normal “los campos de concentración, las porras de caucho, Hitler, Stalin, las bombas, los aviones, la comida en lata, las ametralladoras, las purgas, los eslóganes, las cadenas de montaje, la censura de prensa y las cárceles secretas, entre otras cosas”. El protagonista de Miller es un náufrago, un desclasado y un hombre pasivo que deja que las cosas, simplemente, le sucedan. Es un hombre que habita en el vientre de la ballena, un útero con capacidad suficiente para albergar a un adulto y que le permite sentirse ajeno a todo lo que se halle fuera de él.

Aldous Huxley había escrito unos años antes que los personajes de los cuadros de El Greco producen la sensación de hallarse en el vientre de una ballena y que encontraba algo especialmente horripilante en la idea de encontrarse dentro de una “prisión visceral”. En cambio, a Miller le parecía una idea atractiva; hallarse dentro de una ballena es un pensamiento muy cómodo, que forma parte de las fantasías infantiles. A oscuras, como si estuviera muerto. Es la etapa final e insuperable de la irresponsabilidad máxima: dejarse engullir con absoluta pasividad.

Italo Calvino, allá por el año 1954, recuerda a los escritores de los años veinte y treinta, que para él fueron como dioses, aunque después se despeñaran de su pedestal. Eran los tiempos de la constelación Hemingway-Malraux, tiempos serios “vividos con petulancia, pureza de corazón y compromiso”, eran los tiempos en que “un confuso arranque antifascista de la pura inteligencia nos impulsó” hacia estos escritores que simbolizaban la lucha por la justicia y el antitotalitarismo internacional.

Hemingway marcharía a España como corresponsal y Orwell marchó al frente, a Cataluña, donde estuvo seis meses. No puede haber personas más diferentes que el autor de ‘Homenaje a Cataluña’ y el de los ‘Trópicos’. Desvela Orwell que conoció a Henry Miller a finales de 1936 “cuando pasé por París camino de España”: no tenía ningún interés por lo que allí ocurría y le dijo que ir allá era una necedad, una solemne estupidez. Miller se muestra como el más claro ejemplo de la falta de compromiso, alguien a quien nada le importa.

La larga reseña de Orwell sobre Henry Miller, en la que hace un repaso de la literatura en lengua inglesa desde el comienzo de la Gran Guerra, es un testimonio desengañado y toma como excusa ‘Trópico de Cáncer’ para hacer una lectura desesperada de los años treinta, que han culminado en ese año de 1940, en que escribe este artículo, a punto de declararse una segunda guerra mundial.

Reprocha a los grandes escritores de los años veinte, como Joyce, Eliot, Lawrence y Huxley, que no prestaran atención a los problemas urgentes del momento y guiaran al lector hacia Roma, Bizancio, Montparnasse, México y Etruria o hacia el subconsciente o hacia quién sabe donde, excepto a los lugares en los que estaban sucediendo las cosas. Para ellos, Rusia no era la revolución de Octubre, sino Tolstoi, Dostoievski o los duques exiliados que conducían taxis para ganarse la vida; Italia era museos y ruinas y maravillosas iglesias, pero no Camisas Negras y Alemania era el cine y el psicoanálisis pero desconocían la existencia de Hitler.

Son escritores subyugados por el pesimismo en una época en que la desilusión estaba de moda, como el tedium vitae y la desesperación frívola. Quizá porque vivían en una edad de oro que pronto terminaría, como acabó París para los americanos con el hundimiento económico de 1929. Y, de forma repentina, sigue diciendo Orwell, entre 1930 y 1935 cambia por completo el clima literario con autores como Auden y Spender. Con ellos vuelve la intención y el propósito y en los círculos intelectuales se considera excéntrico no ser más o menos de izquierdas, es decir, no comprometerse.

Llegamos a los cinco últimos años de la década, la del auge del antifascismo y del Frente Popular, cuando los jóvenes escritores ingleses gravitaron hacia el comunismo porque era algo en lo que se podía creer: el cielo era Moscú y el infierno, Berlín. Pero pronto se vio que no era bueno: cualquier escritor que acepta una disciplina de partido pronto se encuentra ante la disyuntiva que aceptarla o mantener la boca cerrada. Y la imposición y la censura siempre perjudican a la prosa, especialmente a la novela, el más anárquico de los géneros literarios. No hay, en opinión de Orwell, ni una sola novela que merezca la pena en el yermo de los años treinta, durante los cuales, aparte de poemas y panfletos, sólo había etiquetas, eslóganes y evasiones. Cuando Orwell escribe este último párrafo recuerda que está a punto de estallar la guerra. En su conversación en París, Miller le dijo que la civilización que conocían estaba destinada a verse barrida y sustituida por algo tan distinto que ni siquiera podría considerarse humano, pero que eso no le quitaba el sueño.

Es probable, dice Orwell, que en el futuro cualquier novela que merezca la pena leer siga más o menos los derroteros de Henry Miller, sus planteamientos e incluso más allá: una actitud pasiva multiplicada. “Quizá debamos adentrarnos en el vientre de la ballena o, más bien reconozcamos que nos hallamos ya en él, que no tenemos ningún control sobre nada, que hemos de dejar luchar para dejarnos llevar suavemente, sin sobresaltos, sin noticias del exterior”. Y eso implica aceptar lo que ocurre, la decadencia, el totalitarismo, la guerra, la censura, el asesinato. Es la de Miller la “voz de los sometidos, del vagón de tercera, del hombre corriente no político, amoral y pasivo”. Es el hombre corriente, pero no el obrero ni el habitante de los suburbios, sino el paria sin escrúpulos, un norteamericano más sin dinero ni más pretensión que la de ir tirando y que ha perdido todo, incluso la dignidad y el aliento de conseguir algo mejor. El riesgo consiste en convertirnos en un mero Jonás que pasivamente acepta todo mal y nada afecta a su conciencia.

El pesimismo que rezuma este artículo titulado ‘El vientre de la ballena’ no es más que un aviso desesperado de lo que puede suceder si el escritor se aísla y deja de denunciar la mentira. Si hay una palabra que defina a Orwell es la honestidad, que le llevó a oponerse a todo lo que consideraba pernicioso para los menos favorecidos. Era inalterablemente de izquierdas, pero eso no le impidió, además de denunciar la banalidad de la sociedad de consumo, las purgas o la zafiedad del régimen estalinista. Nunca para él Moscú fue el cielo, aunque Berlín sí era el infierno.

En una reseña sobre la edición de los ensayos, artículos periodísticos y cartas en 1968, Cyril Connolly, que fue compañero suyo en Eton y que lo conocía bien, describe a Orwell como un animal político. “No podía ni sonarse la nariz sin soltar una soflama sobre las condiciones laborales en la industria del pañuelo” y este hábito mental aparece en todo lo que escribió.

Son muchos los escritores, a lo largo de los siglos, que han sido políticos. Connolly cita unos cuantos: desde Píndaro y Esquilo a Catulo y Virgilio. Y Dante estuvo absorto en la política como la mayoría de los artistas del Renacimiento. Pero hay épocas más proclives a la adopción de un papel político por parte del escritor: en la vigilia de la crisis, antes de la crisis misma o antes de la guerra o una revolución. Los años treinta fueron años de desasosiego en los que aún se podía cambiar la historia y si bien es verdad que los panfletos políticos de los grandes autores, como Milton o Swift, apenas se lean hoy, no es cierto que no se publicaran durante esa década de los años treinta, y después, obras de interés.

Octavio Paz apunta que la historia de la literatura moderna es la historia de una larga y desdichada pasión por la política: “De Coleridge a Mayakovski, la Revolución ha sido la gran Diosa, la Amada eterna y la gran Puta de poetas y novelistas. La política llenó de humo el cerebro de Malraux, envenenó los insomnios de César Vallejo, mató a García Lorca, abandonó al viejo Machado en un pueblo de los Pirineos, encerró a Pound en un manicomio, deshonró a Neruda y Aragón, ha puesto en ridículo a Sartre, le ha dado demasiado tarde la razón a Breton… Pero no podemos renegar de la política; sería peor que escupir contra el cielo, sería escupir contra nosotros mismos”.

En esos años de los que Octavio Paz hace tan dramático y confuso resumen era obligado ponerse en el lado de “las fuerzas de la vida y del progreso” o en las de la “reacción y la muerte” y Connolly, pues a él pertenece este apunte, proclama que es necesario “escoger entre democracia y fascismo” porque estamos tratando con destructores de la cultura europea, “cuyos poetas sólo pueden contribuir con gritos de guerra y canciones sentimentales para entonar mientras beben”.

Orwell persistió y resistió porque jamás vendió su alma. Falleció en 1950, seis meses después de la publicación de su novela más representativa, ‘1984’, y con ella nos dejó su propia versión del infierno en que podría convertirse el futuro: una sátira utópica sobre un mundo dominado por el Gran Hermano, que todo lo sabe gracias a la ‘policía del pensamiento’ y la apocalíptica nivelación de las sociedades humanas bajo la tecnología. Y quizá la advertencia más importante: la neolengua en la que “la guerra es la paz” y “la libertad es la esclavitud”, el lenguaje concebido para hacer “que las mentiras parezcan verdad y el asesinato respetable y para dar una apariencia de solidez al puro viento”.

En cambio, Miller se dedicó a repetir la fórmula de su ‘Trópico de Cáncer’ pero ya sin la novedad que supuso el escándalo; una repetición aburrida de actos sexuales espolvoreada de frases infantiles y opiniones superficiales. Orwell, por el contrario, nos avisa y previene y puede decirse que consigue cambiar la historia, el objetivo de un escritor político, porque después de leer ‘1984’ contamos con suficientes elementos para resistirnos y dejar de ser ingenuos.

Lecturas

– George Orwell, ‘En el vientre de la ballena’, 11 de marzo de 1940. ‘Ensayos’

– Cyril Connolly, ‘Enemigos de la promesa’, 1939

París siempre fue una fiesta en la memoria de Hemingway

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“Así era París en los primeros tiempos, cuando éramos muy pobres y muy felices”. Es la frase que cierra el capítulo en el que se despide de la ciudad, después de la ruptura de su matrimonio. París había sido una fiesta para él y así titula Hemingway su libro de recuerdos, recuperados treinta años después, entre 1958 y 1960. Sin embargo, no parece que fuera muy feliz ni muy pobre. Sus recuerdos se extienden a lo largo de capítulos que avanzan y retroceden en el tiempo, repiten cosas ya dichas en los anteriores, las prosiguen o quedan pendientes en el vacío, pero unidos por el mismo empeño: demostrar lo maravilloso que era vivir en París en aquellos años, con sus casas heladas en invierno, el viento y la lluvia golpeando los cristales del café donde se refugiaba para escribir y la acogida, siempre tierna y obediente de su mujer, Hadley. Su insistencia en la felicidad siembra la duda de que tal vez las cosas no ocurrieron como las cuenta.

Pudiera ser, como dice en la frase que cierra el libro, que su memoria se hubiera visto alterada o que careciera de corazón. O quizá que no pretendiera contar la verdad. En el prefacio, escrito en 1960, y que no figura en todas las ediciones, Hemingway advierte: “Si el lector lo prefiere puede considerar el libro como una obra de ficción. Pero siempre cabe la posibilidad de que un libro de ficción arroje alguna luz sobre las cosas que fueron antes contadas como hechos”.

Sus recuerdos no reflejan el ambiente alegre y locamente inconsciente del París de los años veinte o al menos el que nos han contado. Si Hemingway era feliz lo debía, según sus memorias, a la disciplina de trabajo que se había impuesto, a la abundancia de tiempo libre que le permitió leer a todos los escritores rusos empezando por Turgueniev y a muchos otros, a la posibilidad de vivir de la forma más intensa que le era posible y a su amistad con Ezra Pound, al que considera un auténtico santo y a quien enseñó a boxear.

Llegó a París a principios de los años veinte, a una edad que prácticamente coincidía con el siglo, como enviado por el ‘Toronto Star’, un periódico canadiense, que le permitía vivir razonablemente bien con su mujer, Hadley, en un tiempo en que se podía disfrutar muy cómodamente de pequeños placeres con apenas tres dólares diarios. La pobreza de que hace gala es una pobreza de señorito. En invierno, desde que nació su primer hijo, Bumby, se hospedaban en un hotel de montaña en Austria para esquiar y en el verano viajaban a Pamplona y luego a Madrid y a Valencia. Ya entonces Hemingway había suspendido su labor periodística y se dedicaba exclusivamente a la escritura, lo que en ocasiones, al no poder colocar sus cuentos o por el retraso en los giros, le ocasionaba algún que otro contratiempo, como no tener dinero para comer, motivo por el que realizaba largos paseos por el jardín del Luxemburgo con objeto de “matar las horas de la comida” y no pensar en ella y en el hambre. Es dudoso, como lo es el amor incondicional que dice haber profesado a su mujer en esos años vividos en París. En muchas ocasiones se refiere a la pobreza en la que ambos vivían, pero reconoce que comían y bebían bien y barato, que dormían bien y con calor y que se querían; la elegancia en el vestir y otras cuestiones eran memeces de ricos.

Lo mejor de ‘París era una fiesta’ son las anécdotas de sus encuentros con conocidos y amigos. El primer personaje que retrata en estas páginas es el de Gertrude Stein, anfitriona y protectora de artistas, además de escritora de relatos ininteligibles, según el propio Hemingway que, aunque apenas parece ensañarse con ella, consigue darnos una imagen poco atractiva de ella con solo cuatro frases que deja caer en uno de los capítulos que le dedica. Como es su costumbre hace referencia al físico de sus personajes -voluminosa, de estructura maciza como la de una campesina friuliana y de facciones rudas- pero lo que verdaderamente asusta, añade, es su conversación o más bien sus monólogos en los que pretende imponer a toda costa sus opiniones acerca de todo y, en especial, su malevolencia hacia determinados escritores que no le caen bien, aunque es Hemingway el que a veces se convierte en una Miss Stein, con su implacable desprecio hacia, por ejemplo Ford Madox Ford, sin que medie ningún motivo plausible, más que su mal aliento.

Frecuentaba todos los cafés de moda, como el ‘Deux Magots’, pero sobre todo el de la ‘Closerie de Liles’, al que no iban sus conocidos, de manera que podía trabajar en sus relatos sin que le importunaran. Fue el café de los primeros artistas de Montparnasse pero cuando Hemingway acudía allí a escribir ya no se bebía ajenjo ni estaban Verlaine, Mallarmé o Apollinaire. Sólo coincidió una vez con Blaise Cendrars, “con su nariz rota de boxeador y su manga vacía sujeta con un imperdible” y quizá con Aleister Crowley, “el de las misas negras”, al que Ford Madox Ford confunde con Hilaire Belloc, un escritor británico y fanáticamente católico. Dentro del café se estaba caliente y, cuando hacía buen tiempo, podía sentarse a una mesita a la sombra de los árboles. Es uno de los lugares más acogedores de París que, además de estar a dos pasos de su casa en Notre-Dame-des-Champs, le permite observar la estatua ecuestre del mariscal Ney blandiendo la espada turca que le regaló Napoleón. Fue fusilado en 1815 en un rincón de los Jardines de Luxemburgo y las crónicas cuentan que se quitó el sombrero y él mismo ordenó la carga al pelotón: “¡Soldados, al corazón!”

Hemingway observó durante muchas horas la estatua del mariscal Ney pensando en los muchos días en los que “pasó peleando en la retaguardia durante la retirada de Moscú” y cómo encarnaba el espíritu de los héroes que se enfrentaban con elegancia “al momento de la verdad”. Hemingway creía que sólo en las guerras se pone a prueba el valor de un hombre porque sólo en ellas se enfrenta cara a cara con la muerte y, a falta de ellas, en espectáculos sangrientos y grandes cacerías. Y sin embargo, observando al mariscal es cuando se le ocurre la respuesta a Miss Stein, a propósito de la ‘generación perdida’, título que su protectora les endilgó a los norteamericanos que pululaban por París, sugerido por el dueño de un taller mecánico al referirse a uno de sus trabajadores que no era lo suficientemente diligente. Hemingway escribe, recordando la vida y la muerte de Ney, que “todas las generaciones se pierden por algo y siempre se han perdido y siempre se perderán”.

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Escribir era su mayor apuesta y por eso cuando comprendió que las carreras de caballos llegaban a obsesionarle de tal manera que le robaban tiempo a la escritura, lo dejó. Por la misma razón controlaba la bebida, para que no le apartara de su objetivo y aunque sus borracheras fueran épicas, bebía en horario restringido y después de haber hecho el trabajo.

Además de mostrar su admiración por Ezra Pound, se confiesa muy amigo de Scott Fiztgerald y le dedica muchas páginas de estas memorias, aunque en realidad fue una fuente de complicaciones y de pérdida de tiempo por su carácter neurótico y su alcoholismo. Lo conoció en el bar Dingo y le sorprendió su reacción cuando se pasaba en la bebida: perdía el conocimiento y al día siguiente no se acordaba de nada. A Zelda, su mujer, le ocurría lo mismo, pero ninguno de los dos dejaron de beber, y muchas veces Hemingway la hizo responsable de que Scott no trabajara como era debido y no aprovechara su don de gran escritor.

La fiesta no se acabó para Hemingway en los años veinte. Continuó siéndolo durante muchos años, aunque tras el gran éxito de ‘Adiós a las armas’ conoció la derrota de sus libros sobre los toros y la caza mayor. Su filosofía de la vida, de cruento turismo, empezó a disgustar a sus seguidores. De este letargo le salvó la guerra de España y la novela que publicó en 1940, ‘Por quién doblan las campanas’. Pese a esta inquietud por vivir experiencias intensas para poder escribir sobre ellas, hay en Hemingway un profundo sentimiento de defensa de las causas justas y no se puede olvidar que en aquel tiempo, durante la Guerra Civil, donó la mayor parte de su fortuna, cuarenta mil dólares, a la Ayuda Médica Española. Este gesto -dice Cyril Connolly- por sí solo le dignifica sobre cualquier otro escritor, así como sus crónicas desde Madrid a favor de la República.

El mito siguió aumentando, pero siempre relacionado con su persona y cada vez menos por sus obras. Si la ‘Closerie des Liles’ ha pasado a la historia por ser el café en el que Hemingway escribió sus más famosas obras, el bar del Ritz lo fue porque formó parte de la leyenda. “La vida en el cielo, después de la muerte, debe ser como una dulce noche de verano en el Ritz de París”, escribió. Aún se puede escuchar el relato de la ‘liberación’. Aunque era corresponsal de guerra, consiguió de algún modo convertirse en comandante tanquista y conducir a su regimiento en la liberación. Otros dicen que, armado de una metralleta y acompañado por un grupo de desarrapados de la Resistencia, el 25 de agosto de 1944 se adelantó a la entrada de los aliados en París. De todo esto sólo es cierto que “liberó” el bar del hotel Ritz, que se había convertido en el cuartel general de la Luftwaffe durante la ocupación alemana; tomó una suite en él e invitó a beber a amigos o simples conocidos. Otra historia cuenta que se bebió en la habitación ‘liberada’ exactamente cincuenta y un dry martinis en compañía de un par de amigas.

Entre quienes se presentaron en el hotel, cuenta Vila-Matas, estuvo André Malraux, que entró desfilando con el grado de coronel al mando de un pelotón de soldados. Se dice que hubo un rifirrafe entre ambas compañías, apaciguado por sus respectivos jefes que probablemente no se llevaran muy bien porque se parecían demasiado. Los dos habían vivido mucho y de eso presumían.

En 1954 la Academia sueca le concedió el Nobel de Literatura. Y unos años antes, en 1952, el Pulitzer por ‘El viejo y el mar’, su relato más famoso. Pero el espíritu aventurero que no le había abandonado le llevó a África, donde sufrió dos accidentes aéreos consecutivos que le produjeron heridas de consideración y que, junto a la ingesta exagerada de alcohol en la que también persistía desde hacía mucho tiempo y quizá unido a una enfermedad degenerativa, contribuyó a su deterioro cognitivo. No pudo acudir a Estocolmo e ingresó varias veces en el hospital.

En noviembre de 1956, mientras estaba en París, se acordó de los baúles que había almacenado en el Hotel Ritz en 1928 y que nunca había recuperado. Los baúles estaban llenos de cuadernos y escrituras de sus años en París. Cuando regresó a Cuba en 1957, entusiasmado con el descubrimiento, comenzó a dar forma a la obra recuperada en las páginas de ‘París era una fiesta’, que fue publicada varios años después de su muerte, en 1964.

Los años fueron desgastando su visión poética de la muerte repentina y heroica y de los placeres físicos hasta el punto en que dejó de interesarle seguir viviendo. Víctima de la depresión fue tratado en la clínica Mayo con terapia electroconvulsiva. Pareció recuperarse y con sus memorias, más o menos fidedignas del París de los años veinte, intentó recobrar el ímpetu y la pasión de la juventud. Un año después, en 1961, se suicidó en su casa de Idaho.

Cree Borges que Hemingway abusó de la experiencia de la vida en detrimento de la actividad intelectual y acerca de este aspecto de su vida, recuerda Cyril Connolly su desmedida afición a lo que suele llamarse vida intensa y a su desprecio hacia los intelectuales, de los que solía burlarse despectivamente en sus novelas, en las que incluía “gracias de listillo”. Hemingway extraía el material de sus relatos de su propia vida, nunca del ámbito intelectual, y por eso vivió con el único objetivo de ver y sentir lo más posible.

Cuando le fue imposible vivir intensamente, por enfermedad o por locura, se marchó, pero antes mostró cómo apreciar el heroísmo del fracaso, “la inutilidad de la victoria y la elegancia en el sufrimiento”, ideas a las que se apuntó Vila-Matas desde los dieciocho años, cuando tras la lectura de ‘París era una fiesta’ decidió que “sería cazador, pescador, reportero de guerra, bebedor, gran amante y boxeador, es decir, que sería como Hemingway” y como él intentó aprender a escribir, en una buhardilla alquilada a Margueritte Duras. De su estancia en París, mientras en España Franco intentaba morir a duras penas, se trajo su primera novela, ‘La asesina ilustrada’; haber aprendido a escribir a máquina; el “francés superior” de Duras que nunca entendió y el “criminal consejo de Queneau: usted escriba, no haga otra cosa en la vida”. Y quizá ya entonces adquirió una actitud ante la vida -la ironía como “un potente artefacto para desactivar la realidad”- que hubiera salvado a Hemingway, y un libro de memorias, ‘París no se acaba nunca’, en el que dice, llevándole la contraria a su héroe: “Fui a París a mediados de los años setenta y fui allí muy pobre y muy infeliz”.

Lecturas

– Ernest Hemingway, ‘París era una fiesta’, Penguin Random House, 2014

– Enrique Vila-Matas, ‘París no se acaba nunca’, Anagrama, 2003.

– Cyril Connolly, Ernest Hemingway, ‘Sunday Times’, 1961 (‘Obra selecta’, Random House Mondadori, 2005).

Americanos en París, los locos veinte de hace cien años

París

Había terminado la guerra, era el año 1919 y Francia la había ganado pero al precio de un millón setecientos mil muertos, una economía en estado de coma y un luto que amenazaba con hacerse perpetuo. Los excombatientes, muchos de ellos mutilados, llenaban las calles y coloreaban desfiles y concentraciones con el azul horizonte de sus uniformes. Muchos de quienes habían sufrido la guerra se empeñaban en no olvidar y los homenajes a quienes ya no estaban se sucedían sin descanso. Pero llegó un momento en que los jóvenes, a los que la guerra había sorprendido en la adolescencia, se negaron a seguir llorando a los muertos.

Y no sólo los jóvenes, sino aquellos que deseaban pasar página de acontecimientos tan lúgubres. Poetas, pintores, arquitectos, escritores, activistas en suma que formaron parte de las vanguardias, se hicieron fuertes en París en esos años que transcurrieron desde el fin de la guerra y lograron que venciera el ánimo alegre y la irreverencia burlona y, especialmente, el espíritu del cambio y la creencia de que todo era posible. Resulta curioso que se adoptara ese término genérico -la vanguardia- con su innegable significado bélico cuando ya se había dejado de combatir en las trincheras. Acostumbrados como estaban a luchar, quizá no pudieron ni quisieron arrinconar el espíritu combativo que les animaba, a la hora de denunciar la horrible matanza que había supuesto una guerra, absurda y sin sentido, y abrir nuevos caminos de ilusión.

En el año 1923 se publica en París un libro que para unos constituye un sacrilegio y para otros la bandera de una nueva actitud hacia el pasado. ‘El diablo en el cuerpo’ narra la relación amorosa que Raymond Radiguet, jovencísimo amante del exquisito Jean Cocteau, mantuvo a los quince años, en 1918, con una joven de diecisiete, casada con un soldado destacado en el frente y cuya ausencia permitió la felicidad de los dos amantes. Esta historia “insultante” para la memoria de los que lucharon en las trincheras, y en ellas murieron o fueron heridos, se convierte en el emblema de una generación que, harta del recuerdo y de la guerra, inicia una loca carrera contra el luto y la tristeza. Y comienza la fiesta, el carnaval, la revolución cultural, un paréntesis de libertad y de transgresión de una intensidad inaudita que duró diez años.

Montmartre, el barrio parisino rebelde y de clase obrera, recordaba con nostalgia los tiempos anteriores a la guerra, pero pronto se prestó a competir con Montparnasse, el hogar de los intelectuales y la bohemia. En 1921 se autoproclamó la República de Montmartre, que estableció un calendario de conmemoraciones extravagantes. Y esta parte de París se reconcilió con la alegría, al igual que Montparnasse. La excentricidad era la tónica. Personas anónimas hacían cosas inauditas en busca de la gloria cinematográfica y todo o casi todo estaba permitido.

Francia se convirtió en tierra de acogida: tres millones de extranjeros llegaron al país en esos diez años locos: españoles, italianos, armenios, judíos, polacos… París acentúa su carácter cosmopolita y se lleva el título de capital mundial de la vanguardia gracias a los exiliados y a los apátridas.

A la gente venida de toda Europa se unieron muchísimos norteamericanos, que conformaron la comunidad más numerosa de expatriados de París: se calcula que unos doscientos mil anglófonos se instalaron en la capital francesa durante esa década prodigiosa. Eran jóvenes, eran ricos o eran ambiciosos y, a veces, reunían las tres condiciones. Además, la vida era muy barata debido a la debilidad del franco frente a un poderoso dólar, consecuencia del aumento de la riqueza en Estados Unidos, donde lamentablemente también prosperó un puritanismo exacerbado, del que es muestra la imposición de la llamada ‘ley seca’, junto a un insufrible racismo con el auge del Ku Klux Klan, que en 1920 contaba con cuatro millones de afiliados.

Además de dólares, los americanos llevaron a París la banda sonora de los locos años veinte. Los americanos, y más exactamente los soldados negros, habían popularizado el jazz en Francia durante la guerra. El general John Persing, al mando de la fuerza expedicionaria norteamericana, se dio cuenta del potencial publicitario de la banda de música de los soldados negros del 369 Regimiento de Infantería, apodado los ‘Hellfighters de Harlem’, y los embarcó en una gira de casi cuatro mil kilómetros en territorio francés. La banda tocó en veinticinco ciudades y los franceses, que nunca habían oído jazz, los trataron como a estrellas. Muchos de estos músicos prefirieron quedarse e incluso volver a Europa de la que tenían un fantástico recuerdo. Regresaron a París con sus instrumentos y se instalaron en Montmartre.

Scott Fitzgerald, que acababa de escribir ‘A este lado del paraíso’, también eligió huir de la América seca, intolerante y provinciana, y establecerse con su esposa Zelda en París y no fueron los únicos. Los acogía la anfitriona y mecenas de artistas Gertrude Stein, que se había instalado en París antes de la Gran Guerra y tenía en su haber el ‘descubrimiento’ de Picasso y de Matisse. En su salón reunía a pintores pero sobre todo a escritores expatriados, como Hemingway, Steinbeck, Dos Passos y Fitzgerald. y a ella se debe el nombre con el que se les conoció: ‘la géneration perdue’. “No respetáis nada -les dijo una vez- os matáis a beber, sois una generación perdida”.

La guerra había marcado a varias generaciones y cuando terminó, surgió de todo ese magma de experiencias y de deseos, el ímpetu alegre y la irreverencia burlona, el enfrentamiento con las caducas fórmulas convencionales del pasado. Lo había escrito André Gide en ‘Les nourritures terrestres’: “Cada novedad nos encontraba disponibles por completo”. No sólo se estaba disponible, sino que se fomentaba cada una de esas novedades, se inventaban las provocaciones y todo innovación se mitificaba. Habían empezado los dadaístas en plena guerra, cuando un grupo de alemanes y rumanos expatriados en Zurich crearon el famoso ‘Cabaret Voltaire’ y cuyo espíritu trasladaron a París en el decenio de los años locos, durante los cuales se sucedieron los movimientos literarios y los manifiestos que daban lugar a ‘ismos’ sin voluntad ninguna de duración, lo que ya estaba implícito en su ideario. París era el lugar en el que había que estar. Y estuvieron muchos.

Al bullicio de las calles con sus carreras de repartidores en bicicletas, de camareros con sus bandejas en equilibrio y de bebedores que competían corriendo de bar en bar en los que apenas se detenían para apurar el preceptivo vaso de vino y dirigirse hacia el siguiente, se unieron las performances de las vanguardias y la vida alegre de quienes podían permitírselo todos los días. La noche empezaba en Montparnasse, donde se reunían los amigos. Seguía un chapuzón en la piscina del Lido, a las dos de la madrugada, y luego a Montmartre donde se asistía a espectáculos de danzas rusas, bailadas por exiliados, o de tangos argentinos, denostados por inmorales en Buenos Aires. Los aristócratas consumían cocaína y champán y el conde Étienne de Beaumont logró vincular a la aristocracia con la vanguardia al colocar bajo su protección a pintores como Picasso y Braque y a músicos como Eric Satie, al mismo tiempo que en su palacio de la calle Masseran, organizaba fiestas asombrosas y bailes de disfraces, en los que el travestismo hacía furor.

La guerra entre el vicio y la virtud no estaba circunscrita exclusivamente a Estados Unidos. También se vivía en Europa. Los conservadores franceses eligieron a Juana de Arco como símbolo de la nación, mientras el París alegre otorgaba ese título a Kiki de Montparnasse, cuyos números en el ‘Jockey Bar’ habrían hecho enrojecer a un enfermo de sarampión, según la propia Alice, y cuyas fotografías, realizadas por su pareja, Man Ray, eran lo más atrevido que se había hecho nunca.

Pero no todo era bullicio, fantasía y transgresión, aunque muchas noches acabaran en una borrachera monumental en el Jockey. Hemingway llegó a París con el objetivo claro de ser escritor y para conseguirlo se impuso una férrea disciplina. Es cierto que su vida transcurría del café al hipódromo y a la barra del bar. Pero escribía en un estudio alquilado y también en el café y su sistema consistía en “no beber jamás después de comer ni antes de escribir ni mientras estaba escribiendo”. Su voluntad de “aprender”, de ser un escritor de experiencias, muy en la línea norteamericana, determinó sus gustos y sus relaciones: todo lo observa, selecciona, almacena… Ciertamente cogía unas borracheras de campeonato, pero dentro de un orden. Nunca fue como su compañero de generación y amigo, Scott Fitzgerald, arrastrado por el alcohol y la neurosis.

París era una fiesta, lo dijo Hemingway treinta años después, pero no duró para siempre, y no fueron las derechas rancias de la Action Française las que acabaron con ella. El 24 de octubre de 1929, el jueves negro, se desplomó la bolsa. Todos los americanos arruinados hicieron las maletas y se marcharon de Montparnasse. Desapareció la fiesta; se intentó reavivar, pero la magia había desaparecido.

‘Esta bruma insensata’, el arte de la cita, de Enrique Vila-Matas

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Desde un caserón medio en ruinas al borde del acantilado, Simón envía citas de decenas de autores a su hermano, Rainer o Gran Bros, para que las utilice en sus novelas calificadas como ‘veloces’, cinco hasta la fecha, que le han dado fama en el mundo literario y que llevan como títulos otras tantas citas de versos y aforismos de Wallace Stevens. Solamente la primera de las novelas, Each Age is a Pigeon-hole’, contiene treinta y cinco citas literarias que provienen del ‘servidor de citas’ o ‘hokusei’ como prefiere autodenominarse Simón, que además le envía crípticas instrucciones sobre como organizar la incursión de lo intertextual en la estructura de la novela.

Mediante estos dos avatares del propio Vila-Matas, que son Simón y Rainer, el autor va revelando su idea de lo que es la literatura en estos tiempos. No es nada nuevo, sino la consecuencia del agotamiento de la novela de argumento y de la conclusión de que la originalidad no existe, que todo ha sido escrito o pensado y que se puede escribir una obra con retazos más o menos hilvanados y coherentes de lo que ya ha sido dicho. No es sostenible tirar por la borda lo que ha representado un logro para nuestros predecesores. Rainer no hace más que dar continuidad al arte de las citas y Simón lo defiende al considerar no sólo lícito, sino necesario, apropiarse de todo aquello que pueda resultarnos apetecible y que la historia de la literatura ha puesto a nuestra disposición.

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Pero Simón no sólo colecciona citas, sino que las vive, y cuando escucha tañer las campanas, recuerda los versos que dedicó Donne a su sonido y cuando lee una narración de Colm Tóibín se da cuenta de que se está refiriendo a él, al caserón colgado al borde del acantilado en el que vive, y a la muerte reciente de su padre, que aún pervive en la bruma del amanecer, como una imprecisa figura que no acaba de desvanecerse, familiar porque nos acompañó en la vida, y que cargaba el espacio, sembrado de desaparecidos, de energía de ausencia.

Las novelas de Rainer se ocupan de los temas trascendentales como la muerte, el tiempo, la locura o la existencia de Dios, pero también de cuestiones inmensamente banales que impregnan nuestras vidas cómo qué producto es mejor para tapar las canas o qué vamos a cenar esta noche. Acerca de la cuarta novela ‘We Live in The Mind’ un inteligente crítico, dice Simón, señaló que buscaba mostrar toda la charlatanería del mundo y su carácter escandalosamente banal, la imbecilidad general y la infinita locuacidad de todos los tiempos. Las citas a veces son así -tontas y superficiales- pero no dejan de haber sido.

Después de veinte años y de una comunicación basada en escuetos mensajes, Rainer reaparece en Barcelona para encontrarse con su hermano y tener una conversación, literaria, como es natural. Y el escritor famoso pide a su hokusei que le dé permiso para escribir una novela de no ficción con lo que le ha contado de sus últimos tres días en Cadaqués. Con un duro anatema responde Simón. Por encima de cualquier otra cosa, Vila-Matas odia que le digan que la no ficción está dejando obsoletos los modos tradicionales de creación porque vivir es construir ficciones, porque toda versión narrativa de una historia real es siempre una forma de ficción y porque desde el momento en que se ordena el mundo con palabras se modifica la propia naturaleza del mundo.

En el prólogo a su libro ‘Impón tu suerte’, una reflexión sobre la escritura, Vila-Matas nos pone sobre aviso de sus presupuestos e intenciones: “La ficción es ficción pero como tal tiene más posibilidades de acercarse a la verdad que cualquier representación de la realidad. Con esta convicción he trabajado a lo largo de los años en mi obra narrativa, no moviéndome jamás del territorio de la literatura como invención, alejado de las historias verídicas o como se dice ahora, de las historias basadas en hechos reales y que, como diría Nabokov, son un insulto al arte y a la verdad”.

No sorprende en absoluto que ‘Esta bruma insensata’ coleccione citas de Wallace Stevens, que dice en sus poemas que “La literatura es la mejor parte de la vida” y que “La vida es la mejor parte de la literatura; es a la vida a la que intentamos llegar con la poesía”. La poesía “es una forma de redención y su propósito es hacer la vida completa en sí misma”.

Ni tampoco que Esta bruma insensata’ aluda a Borges por todas sus esquinas. En su búsqueda de una cita, posiblemente aquella en la que dice: “¿Qué hombre de nosotros nunca ha sentido caminando por el crepúsculo o escribiendo una fecha de su pasado, que ha perdido algo infinito?”. O que ponga su punto final remitiendo a un poema de Jorge Luis Borges sobre la lluvia, “una cosa que sin duda sucede en el pasado”, que finaliza con estos versos: “La mojada tarde me trae la voz, la voz deseada, de mi padre que vuelve y que no ha muerto”.

Ninguno como Borges mezcló la ficción y la intertextualidad. De sus ‘historias infames’ afirmó que eran “el irresponsable juego de un tímido que no se animó a escribir cuentos y que se distrajo en falsear y tergiversar ajenas historias”. Y se empeñó en que no estaba seguro de existir en realidad y en negar la individualidad del escritor para defender que la escritura es un saber colectivo, siempre relacionado con lo escrito antes: “Soy todos los escritores que he leído”.

Soy lo que he leído, es la conclusión. Ricardo Piglia abunda en esta idea: “La lectura es el arte de construir una memoria personal a partir de experiencias y recuerdos ajenos”. Si, además, se convierte en escritura …