“Shakespeare y la ballena blanca”, de Jon Bilbao

JON BILBAO cuadrada

La ausencia de viento mantiene inmovilizado al ‘Nimrod’, un galeón de la Armada inglesa curtido en mil batallas, que esta vez en aras de la diplomacia y las buenas relaciones transporta pasajeros y regalos a Cristian V, rey de Dinamarca, de parte de la reina Isabel de Inglaterra. En la delegación figuran William Shakespeare y una compañía de cómicos ambulantes contratada para representar ‘Romeo y Julieta’ y ‘El sueño de una noche de verano’ ante la corte danesa; ‘Hamlet’ no se consideró oportuno.

Las nubes cubren el cielo sin dejar ningún resquicio y el galeón continua varado en un mar calmo y verdoso, fuera del tiempo, cuando una ballena blanca y gigantesca aparece en el horizonte, se les acerca, les amenaza e incluso llega a golpear el barco con su enorme cabeza. Tumbado en su camarote, William Shakespeare imagina y poco a poco surge en su mente una obra de teatro que tendrá como protagonista al capitán de un ballenero, sediento de venganza, en lucha contra un leviatán perverso y consciente.

Jon Bilbao propone un juego en la novela que lleva un explícito título, ‘Shakespeare y la ballena blanca’: que el dramaturgo inglés hubiera creado a Moby Dick y al capitán Ahab, más de doscientos años antes de que lo hiciera Melville. La idea va madurando en la cabeza de Shakespeare a medida que el galeón sigue varado en medio del mar con la compañía intermitente y amenazadora del monstruo marino, y va recreando paulatinamente la imagen de una ballena de noventa pies, de espalda arrugada, salpicada de manchas y erizada por infinidad de arpones, que arrastraba clavados en su espalda tres cadáveres “pálidos e hinchados, que oscilaban como muñecos de trapo”.

Shakespeare se plantea las limitaciones del teatro para contar esta historia o cualquier otra que contenga elementos grandiosos, como una batalla o los portentos de la naturaleza. Bilbao, con clara actitud pedagógica, aprovecha para contarnos cómo eran los teatros en el siglo XVI, en concreto ‘El Globo’, cómo se comportaba el público que asistía a los espectáculos que ofrecía Londres y la poca estimación que encontraban los actores, considerados más o menos como mendigos. Todos los datos que maneja el autor son sumamente interesantes pero lastran la novela como tal; a veces se asemeja más a un ensayo que a un juego de ficción.

La rebelión del conde de Essex

El teatro en esta época era un espectáculo de consumo para todo el que pudiera pagar el poco dinero que costaba una entrada y, por ese precio, se creían con el derecho de insultar a los actores si la obra no era de su agrado. Pero también el teatro era el cauce por el que podían expresarse críticas al poder, aunque la mayoría de dramaturgos, incluido Shakespeare, se cuidase de hacerlo, por razones obvias. En ese año de 1601 se produjo la rebelión del que había sido uno de los favoritos de la reina Isabel, Robert Devereux, segundo conde de Essex. En la víspera de la conspiración, el 7 de febrero, Sir Gilly Merrich, uno de los seguidores del conde, contrató a los comediantes de Southwark para que representaran esa misma tarde ‘Ricardo II”, una antigua obra de Shakespeare sobre el rey que perdió su trono y la vida por hacer caso a sus siniestros consejeros y que podía presentar cierto paralelismo con la reina Isabel y sus asesores capitaneados por Robert Cecil.

Esta obra de Shakespeare, una reflexión sobre la toma del poder que finaliza con el asesino del rey reconociendo con dolor su crimen, con culpa pero sin arrepentimiento, podría considerarse como una simbólica amenaza a la reina o el aviso del comienzo de la rebelión a los conspiradores. Al día siguiente, Essex puso en marcha su plan de capturar a la reina y proclamar a Jacobo VI de Escocia como rey de Inglaterra. El plan no tuvo ningún éxito y el conde fue declarado traidor y condenado a muerte.

No era la primera vez que la historia de la derrota y derrocamiento de Ricardo II por Enrique IV hacía entrar en sospechas a la reina y a su entorno y tal vez por eso mismo la eligieron los conspiradores. Dos años antes, en 1599, después del dramático y peligroso incidente en la corte, en el que Essex insultó a Isabel y llegó a echar mano a la espada, cayó en manos de la reina una historia sobre aquellos sucesos, ‘Primera parte de la vida y reinado del rey Enrique IV’, con una dedicatoria en latín del autor, el historiador Johh Hayward, dirigida a Robert Devereux, conde de Essex y de Ewe, además de otra sucesión de títulos igual de sonoros, y que podría entenderse como una incitación a la traición. Hayward fue encerrado en la Torre, donde permaneció hasta la muerte de Isabel. El presunto no radicaba en la obra sino en la dedicatoria y por eso no hubo ninguna represalia contra la compañía de teatro que interpretó la tragedia ni contra Shakespeare, su autor, aunque sí se tuvo en cuenta el momento en que se hizo para tomar precauciones.

Mobydick 2

El capitán Ahab

La ballena desempeñaría un papel crucial en la obra que imagina Shakespeare de camino a Dinamarca, pero no podría ser la protagonista. Sí lo sería el capitán del ballenero, un personaje que poco a poco va adquiriendo las características del Ahab de Melville: la pierna devorada por Moby Dick en un enfrentamiento lejano que marcaría la relación entre ambos y la artificial tallada a partir de una mandíbula de cachalote, un hueso de marfil, cuyo extremo introducía el capitán en un agujero taladrado a ese fin en el alcázar de la nave; la cicatriz blanquecina que surcaba su rostro y el brillo del fanatismo en la mirada de quien cree que su vida y la de los demás están al servicio de una única y sacrosanta causa.

El Shakespeare de Bilbao no encuentra en el capitán del ‘Nimrod’, de personalidad poco impresionante y aquejado de reumatismo, la figura de Ahab. Pretende que sea una versión de su amigo y compañero de viaje Henry Wriothesley, tercer conde de Southampton, un soñador de glorias militares y literarias y un libertino para la reina Isabel porque cortejó a una de sus damas y se casó con ella sin permiso, con lo que ambos acabaron en la Torre de Londres durante un tiempo. Fue también uno de los mejores amigos de Essex y con él conspiró, aunque quedó libre del cargo de traición, además de mecenas de Shakespeare y quizá su amante, según se dice, a partir de unas siglas que encabezan los Sonetos. Al final será Colhoun, un marinero alcoholizado y siniestro, quien se enfrentará a la ballena.

El auténtico Wriothesley murió, no en 1601 en una travesía a Dinamarca, sino en 1624 en los Países Bajos, pero Bilbao le obliga a desaparecer de escena de forma tristemente ridícula: cae al agua justo en el momento solemne en el que se dispone a pronunciar sus sentidas palabras de despedida, deber y gloria en pentámetros yámbicos, antes de partir a la caza de la ballena blanca. No se merecía ser Ahab.

Ahab, americano hasta la médula

Es cierto que el capitán Ahab muestra afinidades con el rey Lear e incluso con Macbeth, pero Shakespeare, que creó personajes coléricos, recalcitrantes y amargados, no los eleva de la tierra sino que los deja a merced de pasiones mundanas. Ninguno de ellos realizaría un “viaje teológico” tras una “ballena metafísica” como el capitán del ‘Pequod’, que se convertirá en el precursor de todos los personajes literarios de los Estados Unidos que emprenden una búsqueda, sea cual sea.

Moby Dick’ es una novela nítidamente americana en la que se confunden los textos bíblicos y el cristianismo puritano que caracterizó el nacimiento de esta nación. Para crear una figura de la índole de Ahab se precisa de una tradición diferente, aunque se le reconozca una influencia decisiva de Shakespeare. Harold Bloom nos recuerda que Melville estaba imbuido por la religión, como tantos otros norteamericanos, pero no de la creencias de sus padres, sino de una forma de maniqueísmo que tendía a identificarse con la antigua herejía gnóstica defensora de la existencia de un Dios impostor y otro verdadero pero exiliado del mundo. Resulta interesante la inclusión en ‘Moby Dick’ del doble sombrío de Ahab, Fedalá, embarcado con su grupo de parsis seguidores del zoroastrismo y capitán de su propia barca ballenera.

De Shakespeare sabemos muy poco: que nació en Stratford, que se casó sin querer hacerlo y que tuvo un pleito por unas acciones. Poco más, ya que ni siquiera es seguro que viajara a Italia con Southampton y allí idease las obras que transcurren en Venecia y en Verona ni que hubiera vivido algún episodio digno de ser recordado. Nada que ver con sus dos coetáneos y colegas, Marlowe y Jonson. El primero, espía y homosexual, de vida breve pero intensa, murió apuñalado en una taberna, y el segundo visitó la cárcel en algunas ocasiones debido a su soberbia y su carácter excesivo.

Existe una tradición biográfica que dice de Shakespeare que era una persona amigable, abierta, buena, amable, campechana, modesta y con preocupaciones de caballero rural. En sus obras no hay ni teología ni metafísica ni ética y tampoco ideas políticas, pese a sus tragedias históricas. Tolstoi le recriminó su inmoralidad y su falta de límites religiosos y morales, la ausencia en sus obras de lo que algunos críticos, como George Steiner, llaman paradigma moral o “funciones de la verdad”.

Shakespeare retrata personajes que parecen auténticos porque tienen una lógica interna poderosa, son consistentes, aunque sean sueños; en absoluto encarnan el mal absoluto ni tampoco pretenden salvar al mundo. Edmund ha sido considerado el primer nihilista de la literatura y el rey Lear es un anciano afligido e irascible, tal vez su personaje más apasionado, pero no es Ahab, aunque presente algún rasgo reconocible. Su contrapunto, Falstaff, es un hedonista, un borrachín ingenioso y burlón que disfruta cuanto puede de la vida y resta importancia a todo lo demás; posiblemente su mejor creación. Nada que ver con el capitán del ‘Pequod’, un monomaníaco en lucha permanente contra el Mal, de trascendencia bíblica en su lenguaje y en sus acciones, al que no le importa la destrucción del mundo entero si con ello cumple su venganza.

Nota biográfica

Jon Bilbao (Ribadesella, 1972) es ingeniero de minas y licenciado en Filología Inglesa. Autor de ‘El hermano de las moscas’, ‘Padres, hijos y primates’, ‘Shakespeare y la ballena blanca’, ‘El silencio y los crujidos” y ‘Strómboli’. Es también traductor literario.

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El caníbal como bárbaro, griegos vegetarianos y el buen salvaje — Historias emergentes

Ulises desembarca en la isla de los cíclopes, criaturas feroces cuyo nombre significa ‘el del ojo en forma de anillo’, un círculo concéntrico que lucían en medio de la frente. Habían olvidado el arte de la herrería que aprendieron sus antepasados y se habían convertido en pastores sin leyes ni sociedad, viviendo separados entre sí, […]

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“El entenado”, un encuentro con el Nuevo Mundo, de Juan José Saer

elentenado2El entenado es el hijastro, también el adoptado, alguien que no es verdaderamente miembro de una familia o de una tribu, pero al que se le obliga amablemente a estar en ella de forma provisional sin que se le exija compartir usos y costumbres. En la otra acepción del término, el entenado es un renacido, un “nacido después”, porque se siente como si hubiera aparecido de nuevo en el mundo tras ser abandonado por el que ya conocía y debe por tanto volver a nacer entre paisajes y gentes desconocidas.

Desde la altura de los sesenta años el entenado rememora su vida: la orfandad que le “empujó a los puertos” y cómo éstos no le bastaron y le vino “el hambre de alta mar” con la creencia o la esperanza de que al otro lado del mundo la fruta fuera más sabrosa, el sol más brillante y las gentes más amables. Los marinos contaban maravillas y en sus labios todo se mezclaba: los chinos, los indios, un nuevo mundo, las piedras preciosas, las especias, el oro, la codicia y la fábula”.

Se embarcó como grumete en la nave capitana camino de las Indias, descubiertas hacía veinte años, en un viaje por el mar infinito que duró tres meses y que le fue preparando para dejar atrás los quince años vividos y comenzar, renacer por el olvido. Con el paso de las semanas “nos alcanzó el delirio: nuestra sola convicción y nuestros meros recuerdos no eran fundamento suficiente” y “mar y cielo iban perdiendo nombre y sentido”.

La expedición llegó a una costa de playas amarillas, desiertas y rodeadas de palmeras, una región “mansa y benévola”. La bordearon y dieron con el estuario del gran río, muy probablemente el Paraná o el Río de la Plata. “Nos creíamos fundadores”, recuerda, aunque “ese espacio siempre había estado allí”. El capitán, haciendo uso de sus prerrogativas, iba tomando posesión de aguas y tierras, en las que la ausencia de hombres incrementaba la ilusión de una vida primigenia.

Desembarcaron de madrugada: once, incluido el capitán. Se internaron en la maleza y tras dos horas de marcha decidieron volver. En la playa, a la vista de los marineros que habían permanecido de guardia en las tres naves de la expedición, sus diez compañeros fueron víctimas de las flechas que silbaban desde la maleza y quedaron inmóviles sobre la arena amarilla. Sólo el grumete siguió vivo y, junto con los cadáveres de sus compañeros, fue trasladado en un viaje de dos días, primero a pie y luego en canoa, a la aldea que se convertiría en su hogar durante diez años.

La noche en que llegó, solo y en un mundo nuevo, se quedó dormido mientras lloraba. Fue olvidando paulatinamente su vida anterior: lo que vio y escuchó durante esos diez años con los colastiné ocuparían el resto de su vida y no sólo porque se convirtiera en el testigo y la memoria, sino también porque durante todo ese tiempo intentó comprender.

La misma mañana de su despertar asistió a una ceremonia sangrienta que se repetiría todos los años. Vio el troceamiento de los cadáveres, esta vez los de sus compañeros de expedición y su asamiento en las parrillas y advirtió el ansia incontrolable de la tribu por esos pedazos de carne que consumían con una avidez sorprendente y que, una vez saciado el febril deseo, se transformaba en hosquedad y melancolía. Horas después, tras beber de unas vasijas que contenían algún brebaje fermentado, se volvían locuaces, pero con un entusiasmo insano y desmesurado que se resolvía en una orgía sexual de apareamientos, en muchas ocasiones extravagantes, en la que participaba frenéticamente toda la tribu.

Lo que sucedía en esas orgías de carne y sexo no se volvía a mencionar durante el resto del año y los indios se comportaban de una forma que incluso podía calificarse de puritana: un cuidado excesivo por la higiene, una separación absoluta de sexos y una laboriosidad cotidiana por parte de todos, hombres y mujeres. Hasta que, transcurrido un año, volvía la impaciencia, la irritabilidad y el deseo irrefrenable de consumir carne humana, como si estuvieran gobernados por un maldito ciclo infernal. Partían los guerreros y regresaban con los cadáveres de los enemigos y con ellos un hombre vivo, como el grumete, al que agasajaban y luego dejaban marchar con innumerables regalos.

Imágenes que el entenado, ya anciano, se empeña en materializar sobre el papel, forzando la actividad autónoma de la memoria. Su rol en este drama fue durante años su único objeto de reflexión. Quizá él mismo fuera la página en blanco sobre la que se escribió la historia de esta tribu, una más de esa región inhóspita y una más de las que desaparecieron con la llegada de los europeos. Le quedó a él la misión de conservar su memoria e intentar explicar su existencia. Quizá por eso lo dejaron libre para volver con los suyos y contar que los colastiné eran los verdaderos hombres y que hacían aquello a lo que estaban predestinados para que el mundo siguiera existiendo.

El entenado creyó ver en el imaginario de los indios con los que convivió la duda constante e insoportable de toda existencia. “Ellos y el mundo eran una y la misma cosa, pero aún cuando daban por descontado la inexistencia de los otros, la propia no era en modo alguno irrefutable”. La mera presencia de los árboles, del río o de las cabañas no garantizaba ni su existencia ni la de la los miembros de la tribu porque todo dependía de todo. Para que ese mundo que formaban ellos y las cosas, el exterior, no se desvaneciera, debían repetir los mismos actos de una manera establecida desde el origen.

Elentenado

No se sentían orgullosos de comer cadáveres humanos. Lo hacían contra su voluntad y el deseo con que los contemplaban asarse era el de reencontrar no el sabor de algo que les era extraño, sino el de una experiencia antigua incrustada mas allá de la memoria”. Habían dejado de comerse entre sí hacía mucho tiempo y para que el mundo no se tambalease y ellos siguieran siendo ellos, sin exterior posible, se veían obligados a ingerir a los otros, que no eran hombres verdaderos, y repetir una y otra vez el mismo gesto para asegurarse de que todo seguiría igual y no se desvanecerían como una ilusión.

Eso fue lo que entendió el entenado, aunque tampoco estaba seguro de que fuera así porque el mismo idioma de los colastiné reflejaba la precariedad de su mundo y también su ambigüedad. Poseían una lengua “imprevisible y contradictoria” de manera que cuando creía haber entendido el significado de una palabra, se daba cuenta un poco más tarde, de que esa misma palabra significaba también lo contrario y muchas otras cosas más. “La misma palabra que designa la apariencia, designa lo exterior, la mentira, los eclipses, el enemigo” y revela que “todo parece y nada es”. Es una lengua que duda a cada momento, y en cada una de sus palabras, de la existencia del mundo. La duda es la esencia del pensamiento de los colastiné, esa tribu de la que nunca se supo nada, sólo su nombre.

El lenguaje lo es todo, es lo único que los hombres crean para explicarse el mundo. De la misma forma que Saer nos habla de las características de un lenguaje que explica el comportamiento de una tribu de caníbales, Borges idea un idioma para las naciones del planeta Tlön, congénitamente idealistas, para las que el mundo es una serie heterogénea de actos independientes y no un concurso de objetos en el espacio. En el hemisferio norte del planeta, la lengua carece de sustantivos y los verbos los sustituyen, en tanto que en el sur es la acumulación de los adjetivos la que los forma: en cualquier caso, no existen los objetos.

En el mundo de los colastiné, todo es precario y está a punto de desbaratarse. Su insistencia en repetir los mismos actos tiene como objeto la perdurabilidad. Con su ficción, Saer levanta un mundo diferente, una explicación diferente, En eso consiste la literatura: en presentar nuevas aristas y enfoques originales. No tiene por qué ser verdadero, mejor dicho, no tiene la obligación de someterse a verificación y en eso radica la posibilidad infinita de la ficción.

Las interpretaciones del psicoanálisis sobre el canibalismo entran en el terreno de la ficción cuando señalan que en la antropofagia se produce una tensión amor-odio, un compromiso entre el deseo de hacerse con el ser amado -el padre o la madre- mediante la ingestión y la frustración que desencadena su muerte. No son más especulativas, aunque sí menos bellas, que las que nos presenta Saer: los colastiné están obligados a consumir carne humana para expresar de forma contundente su naturaleza y para preservar su existencia y la del mundo.

Verano, lecturas ociosas

Calor, playa, vacaciones, comercios cerrados, cine de sesión de tarde, festivales de música para los muy jóvenes, todo se conjuga para un ocio obligado durante el verano. Se impone la lectura leve, el entretenimiento, precisamente cuando tenemos tiempo para disfrutar sin interrupciones de imponentes e intensas novelas. Y, sin embargo, parece que los relatos cortos o los intrascendentes son los adecuados para aligerar la canícula; a los ensayos ni acercarse.

Siempre es momento adecuado para elegir un buen libro, pero el verano tiene además las ventajas de la ausencia de prisa, de los largos atardeceres en el balcón o en una terraza que dé a la playa o al campo; un paisaje inmóvil apenas interrumpido por olas rumorosas y hojas susurrantes que ayuda a meditar sobre lo leído cuando levantamos los ojos del libro.

Este verano ha sido para mí especialmente gozoso porque he “descubierto” a un fantástico autor que no conocía: Juan José Saer. Lo escribo entre comillas porque descubrir es un verbo jactancioso y prepotente, como si fuera un mérito mío la existencia de este escritor. Todo lo contrario: ha sido la ignorancia lo que me ha impedido conocerlo durante tantos años.

Que cayera en mis manos uno de sus libros, “El entenado”, fue un golpe de suerte. Ocurrió en un repaso a la sección de novedades de una gran librería. Entre tantos abuelos que lo único que hicieron fue caerse por la ventana e iniciar un viaje absurdo a ninguna parte; asistentas sabias que digieren filosofía socrática en sus horas libres y adolescentes noruegos que en quinientas páginas soporíferas no dicen o hacen más que banalidades, di con una editorial independiente, “El Rayo Verde”, y el libro icono de Saer, con tapa dura y la incógnita del propio título. Un hallazgo.

Juan José Saer es un escritor argentino y, como muchos de ellos excepcional, tal vez por lo que él mismo dice de sus compatriotas: que residir en la periferia de Occidente facilita la perspectiva y la innovación. El folklore literario argentino está hecho de “multitudes sin patria, de inmigrantes, de prófugos, de abandonados”, que venían de otros idiomas. George Steiner llama la atención sobre estos escritores limítrofes y se pregunta por qué son ellos -los irlandeses respecto al Reino Unido como Joyce o los rusos desnaturalizados como Nabokov- quienes marcan el nuevo rumbo.

En el arrabal de Occidente que pudiera ser el pueblito de Serodino, en Santa Fe, nació Saer en 1937, hijo de emigrantes sirios, y en el 68 se marchó a París, donde murió, en 2005. Doblemente desnaturalizado: en Argentina y luego en Francia. Uno se pregunta si es tan bueno precisamente por eso, porque la literatura no conoce más patria que la propia lengua y vivir exiliado, voluntariamente o no, excita los mecanismos literarios hacia la creación perfecta.

El idioma español en manos de Saer es brillante, meticuloso, nuevo y exigente. No se puede leer con prisas sino deleitándose en el detalle, primordial en su prosa; no se trata de llegar al final lo antes posible, sino todo lo contrario: es preciso demorarse en una frase, en un giro paradójico, en la respiración y en el tempo, en un vocablo ajustado o, incluso, en la búsqueda del origen de un término desconocido. Por eso es una lectura adecuada al verano, cuando hay tiempo para el ocio de leer.

Terminé “El entenado” hace unos días. Ahora me empeño en “La ocasión”, que narra la huida de un ocultista que considera la materia como un “residuo excremencial del espíritu” y se cree perseguido por un grupo de fanáticos positivistas de París. Genial.

‘El placer del viajero’, Ian McEwan

Si el autor fuera otro podríamos creer lo que dice, pero al tratarse del desaprensivo Ian McEwan, aficionado a llevar la contraria y a simular lo que no es, hay que deducir del título que el viajero no experimenta ninguna satisfacción y que es una frase irónica, cuando no sarcástica. La cita inicial, de Cesare Pavese, lo confirma. Dice el italiano que que “los viajes son una brutalidad” porque “le obligan a uno a confiar en extraños y a perder de vista toda la comodidad familiar de la casa y los amigos”. Si sólo fuera eso: una serie de calamidades incómodas que se ciernen sobre aquel que abandona su hogar: trenes que no llegan, aviones que no despegan, hoteles de cuarta e indeseables compañeros de viaje.

Pero no es de la incomodidad de los desplazamientos ni tampoco es un rosario de quejas de un turista a la agencia de viajes. En primer lugar porque el relato sucede en Venecia, aunque nunca se la nombre, y ya se sabe que en esta ciudad del Adriático nada es lo que parece y, pese a que la publicidad incide en el romanticismo almibarado de los canales y de su travesía en góndola, nuestra conciencia más sabia nos dice que es Tánatos y no Eros el dueño de la laguna y que esas embarcaciones negras son más féretros que ensueños de enamorados.

Colin y Mary, una pareja de británicos que han cumplido siete años de relación, pasan sus vacaciones en Venecia, tal vez para recuperar la chispa de la pasión. Se instalan en un hotel, pasean, visitan, se sienten obligados a cumplir su papel de turistas … y se aburren, pero sobre todo se pierden cuando salen ya de noche a patear las calles en busca de restaurantes que nunca encuentran.

Las señales aparecen por todas partes, pero ellos no parecen darse cuenta: un cliente del hotel entona La Flauta Mágica bajo la ducha, lo que nos recuerda el secuestro de Pamina en los dominios de la Reina de la Noche y las complicadas relaciones entre hombres y mujeres, un tema recurrente en la obra de Ian McEwan y que en esta ocasión adquiere tintes sombríos y dramáticos.

Una noche salen más tarde de lo acostumbrado, no encuentran nada abierto y se vuelven a perder, como casi siempre, pero esta vez desembocan en una calleja oscura solitaria de la que surge de improviso, iluminado por una triste farola, un individuo achaparrado, vestido con una camisa negra muy ajustada y medio transparente, desabrochada hasta casi la cintura; en la uve que deja al descubierto cuelga una cadena de oro de la que pende como adorno una hoja de afeitar. Les corta el paso y consigue llevarlos a un bar, donde pasan varias horas bebiendo y escuchando a su nuevo amigo, felices porque creen que han dado con lo auténtico, no frecuentado por turistas.

Cuando dejan el bar vuelven a perderse y acaban durmiendo en el muelle frente a la isla cementerio, la isla de San Michele, que el narrador no nombra como no lo hace con ninguno de los lugares emblemáticos de Venecia. Consiguen llegar a la plaza de San Marcos, donde gobierna la barahúnda de orquestinas y el ruido de los pasos y conversaciones de centenares de turistas. Exhaustos de cansancio, hambre y sed, consiguen un asiento en una de las terrazas, pero los camareros no les atienden o lo hacen sin ninguna consideración. Robert, el misterioso italiano que conocieron la noche anterior, vuelve a rescatarlos, pero esta vez ha abandonado su aspecto de proxeneta, y se presenta con un traje blanco de buen corte, una corbata de seda gris pálido y unas elegantes gafas de sol. Les promete descanso y comida y ellos, hipnotizados, se dejan llevar a su casa. Horas después despiertan en una habitación de paredes blancas y escrupulosamente ordenada, pero sin su ropa.

Desde el primer encuentro con el italiano han pasado veinticuatro horas y lo ocurrido parece más una pesadilla, como las que Claire y Colin intercambian cada mañana en el balcón de su habitación en el hotel, que una experiencia real. La atmósfera sofocante, las sombras nocturnas, la bruma del amanecer, el amarillo anaranjado de la puesta de sol, junto a la sed, la falta de sueño, el hambre y las calles que se suceden unas a otras sin solución de continuidad porque no hay coches ante los que ceder el paso, sólo canales; todo contribuye a conformar una experiencia irreal, onírica.

Robert les había estado espiando, había tejido una red a su alrededor y actuado como una araña a la espera de sus víctimas. Hay algo en él, pese a que su descripción física no se asemeja lo más mínimo, que recuerda al gondolero que recibe a Aschenbach y pretende llevarlo a toda costa al Lido en ‘La muerte en Venecia’. Es solamente una asociación relacionada con el clima fantasmal que rodea algunas situaciones, común en ambos relatos, pero en tanto que el protagonista de Mann se rebela y obliga al piloto a dirigirse adónde él quiere, Colin y Mary carecen absolutamente de voluntad y siguen a pies juntillas el plan diseñado por Robert y su esposa, Caroline.

Desde el encuentro pasan varios días. Colin y Mary parecen felices, pero un tarde, al volver de la playa del Lido acaban en de nuevo ante el embarcadero del hospital, frente a la isla de los muertos, y unos pasos más, a la vivienda de sus recientes amigos, donde Caroline asomada al balcón, les invita a subir.

El lector sabe lo mismo que saben los dos turistas pero adivina que el desenlace no va a ser agradable. Dan ganas de gritarles, decirles que despierten, que están en peligro, de aconsejarles que huyan, que no salgan de su hotel o que tomen el primer avión y abandonen Venecia. Pero al mismo tiempo, el lector sabe que el destino tiene que cumplirse y que el relato no sería perfecto si no ocurriera lo que tiene que ocurrir.

Venecia, un turbio pasado — Historias emergentes

Ciudad melancólica que arrastra pesares antiguos, dice Jan Morris, su mejor biógrafo. Todo empezó cuando las islas de la laguna se convirtieron en refugio de las invasiones bárbaras; cuando, aún envueltas en la bruma de los mitos y de la malaria, acogieron a sus nuevos habitantes que, desposeídos de todo en su huida, fundaron aldeas, […]

a través de Venecia, un turbio pasado — Historias emergentes

“Las antípodas y el siglo”, de Ignacio Padilla

classantipodasEl Marco Polo de Italo Calvino veía en cada ciudad que describía al Gran Kan la esencia de una ciudad única,Venecia, a la que su corazón y una nostalgia irrazonable, le hicieron volver: la veía en las ciudades araña, en las sutiles del aire y en las del agua e incluso en las que aún no habían sido.

Donald Campbell, un ingeniero escocés, quiso seguir las huellas de Marco Polo, se perdió en las arenas del desierto y una patrulla de guardias tibetanos le dejaron malherido e inconsciente en medio de la nada. Le recogió y atendió un grupo de kirguises, nómadas del desierto, que le rescataron de la muerte e hicieron de él su profeta.

Amaba su ciudad natal, Edimburgo, tal vez más de lo que Marco Polo amaba la suya, Venecia. Para poder volver negó su presente, olvidó los días en que estuvo al borde de la muerte y creó una realidad alternativa en la que su rescate en el tórrido desierto del Gobi fue obra de un batallón de granaderos y en la que su curación corrió a cargo del cirujano. Volvió en un buque de la Armada a su ciudad natal, en la que permaneció el resto de su vida, asomándose al Mar del Norte y recibiendo su frío aliento cuando diariamente se desplazaba por las calles para impartir clases en su cátedra del Old College. Siempre estuvo convencido, pese a percibir algunos destellos de la verdad, de que los kirguises que se reunían a su alrededor cada mañana no eran tales, sino alumnos escoceses de arquitectura, según nos cuenta Ignacio Padilla en su maravilloso cuento Las antípodas y el siglo’.

edimburgo

Campbell dictaba sus clases, siempre sobre las construcciones de Edimburgo, mientras sus falsos alumnos, los nómadas, apuntaban en sus tablillas de barro todo lo que el enviado de los dioses del desierto les decía. Interpretaron su mensaje: construir una ciudad que se llamaría Edimburgo, una ciudad secreta cuyo emplazamiento sólo conocerían los iniciados. Y en el desierto del Gobi alzaron de la roca sus edificios y sus puentes con idénticas medidas, crearon una réplica exacta de la fría y lluviosa capital, y repitieron también sus historias de brujas y exploradores.

Y luego llegó sir Richard de Veelt, que descubrió el ‘Memorial de la segunda peste’ en una aldea de la Amazonía que, tras verse diezmada por la peste bubónica, hubo de sufrir una catástrofe aún peor, “una enfermedad que cursaba como primer signo una salud inquebrantable”. Le siguió un aventurero que quiso coronar el Everest en un aeroplano y a éste, un coronel británico obsesionado por trasplantar la puntualidad de los trenes británicos al sistema ferroviario de una colonia del Imperio en África.

Seguimos leyendo en unos ‘Apuntes de balística’ la constatación lógica, pero de imposible demostración empírica, del peligro que acarrea utilizar armas falsificadas; el relato de la comprobación de que el río Tsango desembocaba en el Brahmaputra, misión encargada por el coronel Bailey, de la Real Sociedad Geográfica, a dos cartógrafos nativos en ‘Darjeeling’; las inútiles invocaciones al diablo de un ermitaño en un “desierto impávido” y las visitas de los turistas a una mina en el Kalahari, cuyo abismo estaba provisto de un ‘Bestiario mínimo’.

Son doce cuentos de exploradores en lugares remotos, situados, según el autor, en “ese pasado en el que viajar era una aventura para la que se tenía una fecha de salida pero nunca de llegada, las guerras unos cálculos de balística y el horario de los trenes una cuestión de honor por la que perder la vida”. Son aventuras narradas desde su lado oscuro, en absoluto ejemplar, y casi siempre abocadas al fracaso.

Las antípodas y el siglo’ es el título, en octosílabo trocaico como los otros tres, del primer volumen de la Micropedia, el proyecto que Ignacio Padilla inició hace más de veinte años: una gran enciclopedia de mundos fantásticos. Su muerte en un accidente de tráfico en 2016 impidió su término, pero lo hizo su amigo Jorge Volpi, que se encargó de la edición de los textos y de restaurar el inédito ‘Lo Volátil y las Fauces’.

Si en los cuentos del volumen “El siglo y las antípodas” el nexo es el viaje y la exploración, así como el falso honor, la falsa gloria y el falso heroísmo, en los siguientes nos visitan autómatas jugadores de ajedrez; muñecas parlantes naufragadas; dragones tricéfalos y murciélagos flamígeros habitantes de bestiarios dibujados en pergamino; bestias creadas con los sefirot, la base numérica del universo, y espejos venecianos que reflejan las miserias del alma y revelan sucesos del futuro, cuyo secreto le fue concedido a los Polo por el Gran Kan.

La normalización de estos prodigios recuerda a García Márquez, de cuyo realismo mágico quería apartarse el autor pese a su devoción por el colombiano, y su lenguaje, virtuoso y erudito, así como algunos juegos de la imaginación, a Jorge Luis Borges. Todo un banquete de delicias para saborear sin prisa.

Micropedia, Ignacio Padilla

– Las antípodas y el siglo

– El androide y las quimeras

– Los reflejos y la escarcha

– Lo volátil y las fauces

Editorial Páginas de Espuma, 2018

Nota sobre el Crack

Ignacio Padilla, Jorge Volpi, Ricardo Chávez, Alejandro Estivill, Vicente Herrasti, Pedro Ángel Palou y Eloy Urroz, autores mexicanos nacidos entre 1961 y 1968, formaron la Generación Crack, que defendía la superación del realismo mágico que ya entonces se había convertido en un tópico de la literatura latinoamericana y la apertura a una literatura más abierta y menos nacionalista.

Presentaron su manifiesto en 1996, que llevaba el lema Si hace Crack es Boom”, y que planteaba, en palabras de Padilla, “lograr historias cuyo cronotopo, en términos bajtinianos, era cero: el no lugar y el no tiempo, todos los tiempos y lugares y ninguno”. ‘En busca de Klingsor’, de Jorge Volpi, publicada en 1999, y ‘Amphitryon’, de Ignacio Padilla (2000), son el resultado de esta nueva práctica literaria del Crack.