‘Esta bruma insensata’, el arte de la cita, de Enrique Vila-Matas

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Desde un caserón medio en ruinas al borde del acantilado, Simón envía citas de decenas de autores a su hermano, Rainer o Gran Bros, para que las utilice en sus novelas calificadas como ‘veloces’, cinco hasta la fecha, que le han dado fama en el mundo literario y que llevan como títulos otras tantas citas de versos y aforismos de Wallace Stevens. Solamente la primera de las novelas, Each Age is a Pigeon-hole’, contiene treinta y cinco citas literarias que provienen del ‘servidor de citas’ o ‘hokusei’ como prefiere autodenominarse Simón, que además le envía crípticas instrucciones sobre como organizar la incursión de lo intertextual en la estructura de la novela.

Mediante estos dos avatares del propio Vila-Matas, que son Simón y Rainer, el autor va revelando su idea de lo que es la literatura en estos tiempos. No es nada nuevo, sino la consecuencia del agotamiento de la novela de argumento y de la conclusión de que la originalidad no existe, que todo ha sido escrito o pensado y que se puede escribir una obra con retazos más o menos hilvanados y coherentes de lo que ya ha sido dicho. No es sostenible tirar por la borda lo que ha representado un logro para nuestros predecesores. Rainer no hace más que dar continuidad al arte de las citas y Simón lo defiende al considerar no sólo lícito, sino necesario, apropiarse de todo aquello que pueda resultarnos apetecible y que la historia de la literatura ha puesto a nuestra disposición.

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Pero Simón no sólo colecciona citas, sino que las vive, y cuando escucha tañer las campanas, recuerda los versos que dedicó Donne a su sonido y cuando lee una narración de Colm Tóibín se da cuenta de que se está refiriendo a él, al caserón colgado al borde del acantilado en el que vive, y a la muerte reciente de su padre, que aún pervive en la bruma del amanecer, como una imprecisa figura que no acaba de desvanecerse, familiar porque nos acompañó en la vida, y que cargaba el espacio, sembrado de desaparecidos, de energía de ausencia.

Las novelas de Rainer se ocupan de los temas trascendentales como la muerte, el tiempo, la locura o la existencia de Dios, pero también de cuestiones inmensamente banales que impregnan nuestras vidas cómo qué producto es mejor para tapar las canas o qué vamos a cenar esta noche. Acerca de la cuarta novela ‘We Live in The Mind’ un inteligente crítico, dice Simón, señaló que buscaba mostrar toda la charlatanería del mundo y su carácter escandalosamente banal, la imbecilidad general y la infinita locuacidad de todos los tiempos. Las citas a veces son así -tontas y superficiales- pero no dejan de haber sido.

Después de veinte años y de una comunicación basada en escuetos mensajes, Rainer reaparece en Barcelona para encontrarse con su hermano y tener una conversación, literaria, como es natural. Y el escritor famoso pide a su hokusei que le dé permiso para escribir una novela de no ficción con lo que le ha contado de sus últimos tres días en Cadaqués. Con un duro anatema responde Simón. Por encima de cualquier otra cosa, Vila-Matas odia que le digan que la no ficción está dejando obsoletos los modos tradicionales de creación porque vivir es construir ficciones, porque toda versión narrativa de una historia real es siempre una forma de ficción y porque desde el momento en que se ordena el mundo con palabras se modifica la propia naturaleza del mundo.

En el prólogo a su libro ‘Impón tu suerte’, una reflexión sobre la escritura, Vila-Matas nos pone sobre aviso de sus presupuestos e intenciones: “La ficción es ficción pero como tal tiene más posibilidades de acercarse a la verdad que cualquier representación de la realidad. Con esta convicción he trabajado a lo largo de los años en mi obra narrativa, no moviéndome jamás del territorio de la literatura como invención, alejado de las historias verídicas o como se dice ahora, de las historias basadas en hechos reales y que, como diría Nabokov, son un insulto al arte y a la verdad”.

No sorprende en absoluto que ‘Esta bruma insensata’ coleccione citas de Wallace Stevens, que dice en sus poemas que “La literatura es la mejor parte de la vida” y que “La vida es la mejor parte de la literatura; es a la vida a la que intentamos llegar con la poesía”. La poesía “es una forma de redención y su propósito es hacer la vida completa en sí misma”.

Ni tampoco que Esta bruma insensata’ aluda a Borges por todas sus esquinas. En su búsqueda de una cita, posiblemente aquella en la que dice: “¿Qué hombre de nosotros nunca ha sentido caminando por el crepúsculo o escribiendo una fecha de su pasado, que ha perdido algo infinito?”. O que ponga su punto final remitiendo a un poema de Jorge Luis Borges sobre la lluvia, “una cosa que sin duda sucede en el pasado”, que finaliza con estos versos: “La mojada tarde me trae la voz, la voz deseada, de mi padre que vuelve y que no ha muerto”.

Ninguno como Borges mezcló la ficción y la intertextualidad. De sus ‘historias infames’ afirmó que eran “el irresponsable juego de un tímido que no se animó a escribir cuentos y que se distrajo en falsear y tergiversar ajenas historias”. Y se empeñó en que no estaba seguro de existir en realidad y en negar la individualidad del escritor para defender que la escritura es un saber colectivo, siempre relacionado con lo escrito antes: “Soy todos los escritores que he leído”.

Soy lo que he leído, es la conclusión. Ricardo Piglia abunda en esta idea: “La lectura es el arte de construir una memoria personal a partir de experiencias y recuerdos ajenos”. Si, además, se convierte en escritura …

‘La séptima función del lenguaje’ o la clave del éxito, de Laurent Binet

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¿Qué es lo real? Lacan responde: “Lo que nos golpea”. En la novela de Binet se mezcla lo auténtico y lo inventado: sus personajes tienen carne, huesos y apellidos y habitaron, e incluso algunos siguen haciéndolo, sobre la tierra que a todos los vivos y los muertos nos acoge. Pero aunque tengan nombres no se puede decir que sean auténticamente ellos; son falsos a medias, aunque conserven algunas características físicas como los colmillos vampíricos de Mitterrand, o repitan ideas que dejaron por escrito, como la opresiva omnipresencia del poder denunciada por Foucault. Además, como todos los personajes literarios, los de Binet, tanto los reales como los supernumerarios, son como aquellos espíritus que tras ser encarnados por actores, se disolvían en el aire leve al finalizar la tempestad.

Por las páginas de ‘La séptima función del lenguaje’ desfilan lingüistas, filósofos, agentes secretos, presidentes y gigolós, todos enfrascados en la búsqueda de un papel en el que se detalla cómo usar esa séptima función para dominar el mundo. Los hechos se desencadenan en la tarde del 25 de febrero de 1980, cuando Roland Barthes, profesor del Collège de France y escritor, es atropellado en una calle de París, cuando regresa de un almuerzo con Mitterrand, inminente candidato socialista a la Presidencia de la República Francesa. Identifica al atropellado Michel Foucault, también profesor del Collège, donde enseña Historia de los Sistemas de Pensamiento.

El comisario Jacques Bayard se hace cargo de la investigación y ficha como ayudante a un joven profesor de la Universidad de Vicennes, Simon Herzog, que no sólo conoce a todos los que son alguien en la movida intelectual francesa de los ochenta, sino que además tiene la perspicacia que le confiere la práctica de encontrar señales e indicios en todo lo que le rodea y que actúa como un Sherlock Holmes de la semiótica, disciplina que Roland Barthes amplió a todos los sistemas de comunicación: los signos están en todas partes y lo dicen todo hasta el punto de desnudarnos el alma y la vida.

Aunque a veces el autor hace trampas, como cuando Simon observa que Sartre, acompañado por Françoise Sagan, tiene muy mal aspecto. Morirá un par de meses después; es un dato que figura en todas las hemerotecas. Es el último representante de la generación anterior a los Deleuze, Derrida, Foucault, Lacan y Barthes, que ahora dominan el panorama intelectual francés tras haber destronado a los existencialistas.

La ‘conspiración’ va dejando un reguero de cadáveres: primero Barthes, atropellado por el conductor de una furgoneta que resulta ser búlgaro y luego un gigoló amigo suyo que se aprendió de memoria el texto pero no pudo reproducirlo porque antes sucumbió al veneno de la punta del ‘paraguas búlgaro’, nombre que se le dio al arma utilizada por la Darzhavna Sigurnost, los servicios secretos búlgaros, que consistía en una pistola de aire comprimido que, camuflada como paraguas, disparaba un perdigón de ricina y que fue utilizada al menos dos veces en 1978 contra disidentes de ese país: en el puente de Waterloo contra Markov, y en el metro de París contra Kostov.

En el año de los hechos ya conocemos la técnica búlgara, pero 1980 es también el año en el que Althusser estrangula a su mujer. La explicación no es la que ha quedado registrada para la historia: en realidad el filósofosse ha hecho con el texto de la séptima función, quizá en connivencia con el KGB, y para esconderlo decide dejarlo a la vista, como en ‘La carta robada’ de Poe. Pero su mujer, Hélène, la tira a la basura sin darse cuenta. Althusser no puede resistirse a la ira y la mata.

Existe una función que escapa a los diferentes factores inalienables de la comunicación verbal … y que de alguna manera los engloba a todos. A esa función la llamaremos…” llegó a recitar Hamed antes de morir. Veamos en qué consiste esa capacidad de la comunicación verbal. Roman Jakobson, filólogo ruso, estableció seis funciones del lenguaje: referencial, emotiva, conativa, fática, metalingüística y poética. La séptima función del lenguaje permitiría de manera extensiva convencer a cualquier persona para que haga cualquier cosa en cualquier situación; quien poseyera la clave, tendría un poder sin límites: podría hacerse reelegir en todas las elecciones, provocar revoluciones, sublevar a las masas, seducir a todas las mujeres, apropiarse de toda la tierra….

Sería muy apropiada para un político, por ejemplo Mitterrand, que llegó al poder un año después de los hechos narrados y dominó la política francesa durante catorce, pero no es este poder el que persigue Julia Kristeva, búlgara y semióloga, que junto a Barthes, Lévi-Strauss, Foucault y Lacan, difundió el pensamiento postestructuralista y deconstructivista en la revista ‘Tel Quel’, dirigida por Phillipe Sollers con el que se casó en 1967.

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Sollers y Kristeva

Kristeva quiere conseguir la función ‘performativa’ del lenguaje para que su esposo se convierta en el ‘Gran Protágoras’. Sollers es también un personaje real y es reflejado como un provocador sin sustancia. De todos los intelectuales que aparecen en la novela de Binnet es el menos conocido y, sin embargo, vive todavía. Un inciso: el matrimonio Sollers se disgustó tanto con su aparición en el libro que amenazó con denunciar a Binet. Philipe empezó siendo maoísta para convertirse en taoísta y “papista, de un catolicismo barroco infinito”, según su propia definición. En 2008 publicó unas memorias que, según la crítica, son infumables: una visión admirativa de sí mismo desde niño, el repaso a una colección de amantes que ya quisiera Simenon; infinitas dedicatorias y loas que le han hecho intelectuales de prestigio; en definitiva, una sucesión de grandilocuencias y tonterías.

Y este individuo es el que se enfrenta al sabio de Bolonia, a Umberto Eco, que preside como el ‘Gran Protágoras’ una institución secreta que se remonta al siglo III fundada para contrarrestar la influencia creciente del cristianismo con el nombre de Logi Consilium y que se dispersó por toda Italia y luego por toda Francia, donde tomó el nombre de Logos Club en el siglo XVIII, durante la Revolución. Binnet sigue fantaseando sobre la estructura piramidal de esta sociedad secreta, a la cabeza de la cual un colegio de diez miembros que se hacen llamar los sofistas, presididos por un Protágoras Magnus, practican sus cualidades retóricas que ponen al servicio de sus ambiciones políticas en sesiones de combates dialécticos entre el titular y el aspirante. Se saca un tema siempre a partir de una pregunta cerrada a la que se puede responder con un sí o no o bien a favor o en contra para que los adversarios puedan defender posiciones antagónicas. El grado más bajo está compuesto por los parladores; por encima están los retóricos, luego los oradores, los dialécticos, los peripatéticos, los tribunos y, en lo más alto, los sofistas. El perdedor, según el veredicto de los jueces, perderá un dedo.

Creyendo que ha conseguido el auténtico documento de la séptima función, Sollers viaja a Venecia para enfrentarse, en el Palacio de la Fenice, a Umberto Eco. El Gran Protágoras ha sido desafiado. Eco, que habla todas las lenguas, elige el tema con una frase en francés, en honor a su adversario: ‘On forcène doucement’. Sollers no tiene ni idea de lo que significa esa frase y se despeña con acercamientos lacanianos, sustituye los vínculos lógicos por analógicos, avanza por yuxtaposición de ideas e incluso sucesiones de imágenes inconexas, en lugar de llevar a cabo un razonamiento puro. Va de farol y acaba en plan Alfred Jarry. Umberto Eco, desde su altura, le reprocha sus interpretaciones tan fantasiosas y tan carentes de base. La frase significa “enloquece suavemente”, atribuida a un poeta francés del XVI. Sollers se pasa de listo o más bien de atrevido en su ignorancia y es emasculado, como se merece quien reta al Gran Protágoras y pierde.

Eco ha recurrido a su proverbial erudición y subraya la imposibilidad de la discusión ante la logorrea delirante de su adversario al tiempo que defiende una de sus más queridas ideas: que el texto admite interpretaciones, pero que no todas son válidas y algunas, aunque lo sean, resultan irrelevantes. En ‘Los límites de la interpretación’ pone un ejemplo con el título de una de sus novelas: ‘El péndulo de Foucault’. Ya sabía, dice, que algún crítico se despeñaría en la defensa de que es una alusión a Michel, el pensador obsesionado por las analogías al igual que sus personajes, pero resulta que el péndulo al que se refiere es el que inventó Léon Foucault, y la referencia al otro es demasiado simple y no conduce a nada productivo ni mínimamente interesante.

La novela de Binet tal vez carezca de la cualidad poética, de la conativa o de la emotiva, pero es extraordinaria en su faceta referencial, en el juego con hechos y personajes reales. También con los irreales, con esos a los que Umberto Eco llama ‘supernumerarios’ y que son los ficticios que se añaden a la gente del mundo real. Nos cuela a Morris Zapp, un profesor universitario inventado por David Lodge, que aparece por primera vez en ‘Intercambios’. Trabaja en la universidad americana ‘Euphoria’, lujosa y permisiva, contra la que la universidad británica de ‘Rummidge’ no puede competir ni de lejos. En la novela de Binet, Zapp acude a un coloquio en la universidad de Cornell conduciendo un Lotus Esprit y diciéndole a todo el que quiera oírle que es el primer profesor con un salario de seis cifras.

Los profesores americanos que acuden a Cornell, a donde se traslada en cierto momento la trama de la séptima función, son auténticos: Paul de Man, discípulo de Derrida, Johnathan Culler, teórico de la deconstrucción, y John Searle, filósofo analítico de la Universidad de California en Berkeley. Es en un coloquio en Cornell donde John Searle y Derrida exponen sus posiciones filosóficas enfrentadas sobre la función performativa del lenguaje y para Binet constituye el núcleo filosófico de libro, según admite en una entrevista.

En las universidades americanas se recibía a Derrida, Deleuze o a Foucault, representantes de la filosofía ‘continental’ o la French Theory, como auténticas estrellas. Y esto es cierto, aunque los ochenta han quedado atrás y la teoría del lenguaje ya no tiene la popularidad de la que gozaba entonces. No obstante, seguimos haciendo semiología sin darnos cuenta al descifrar determinados mensajes de los medios de comunicación sobre todo. “De alguna manera -dice Binnet- pagamos tributo a Barthes y a sus amigos semiólogos que nos señalaron que los signos están por todas partes y nos enseñaron a interpretarlos”.

Los signos nunca son inocentes. Eso nos enseña la semiótica. En la novela de Lodge, ‘¡Buen trabajo!’, su protagonista, Robyn, una profesora de literatura inglesa de la universidad de Rummidge (la misma a la que se trasladó Zapp en el intercambio), es una defensora a ultranza de las ideas importadas de París en los ochenta: estructuralismo y postestructuralismo, semiótica y deconstrucción, mutaciones e injertos de psicoanálisis y marxismo, lingüística y crítica literaria. Para enseñar lo que son los signos a su interlocutor, un industrial alejado de toda intelectualidad universitaria, le pone como ejemplo de descontrucción el anuncio de una marca de cigarrillos, Silk Cut, cuyo cartel era la representación de una pieza de seda con un corte. La seda centelleante con sus curvas voluptuosas y su textura sensual simbolizaba el cuerpo femenino y la hendidura elíptica era, todavía con mayor obviedad, una vagina. “Por lo tanto, el anuncio apelaba a la vez a los impulsos sensuales y a los sádicos, al deseo de mutilar y al mismo tiempo penetrar en el cuerpo femenino”.

La novela de Binet ha resultado ser una obra de género incierto: filosófico, político, policíaco, de campusTiene ciertos detalles humorísticos y en todo momento me ha parecido tan divertida como un juego. He intentado no desvelar el final pero sí he querido contextualizar algunos hechos, destacar episodios sublimes y otros tal vez menores pero que reflejan los senderos por los que camina ‘La séptima función del lenguaje’.

Lecturas

– Laurent Binet, La séptima función del lenguaje, Editorial Planeta, 2016.

– Umberto Eco, Los límites de la interpretación, Random House Mondadori, 2013

– David Lodge, Intercambios (1975) y ‘¡Buen trabajo’! (1988) (En Anagrama, 1994 y 1996).

Paisajes después del Diluvio

Nunca llovió que no escampara ni tampoco ocurrió que las cosas mejoraran tras la tempestad. Cuando Noé comprobó que las aguas habían descendido y todos -familia y demás animales- pudieron salir del Arca, supo que se volverían a cometer los mismos vicios e iniquidades de antes del Diluvio: un gavilán cruzó el cielo y se lanzó en picado sobre la paloma que había dado la buena nueva, se oyeron las voces airadas de los hombres y el lobo aulló tras el cordero.

Un relato de Gesualdo Bufalino nos cuenta lo que ocurrió durante los días de lluvia y de descenso de las aguas. Sobrevivieron pero de nada sirvió ni hubo lección divina que les aprovechase. Se balancearon durante muchos días, iguales unos y otros, a bordo de una cáscara de madera calafateada que les separaba del abismo, zarandeada por los turbulentos y hostiles embates del agua, sin saber qué les iba a deparar el futuro, si sería un llover eterno y no volverían a resurgir las tierras anegadas o, por el contrario, volvería a iluminarse el cielo y a los campos regresaría el verde de la hierba y el marrón de la tierra seca.

Día tras día soñando con estaciones, con espigas, racimos y brezales, escudriñando el cielo para descubrir si un sol triunfante hacía por fin su aparición, una bóveda celeste en la que Noé sólo acertaba a ver una caverna de tinieblas, una grieta de ojo lloroso, de la que el diluvio parecía caer a cántaros, como una riada de lágrimas sin orillas”. Hasta que por fin “el techo de nubes se replegó sobre sí mismo, flechas de luz lo rompieron, un arco inmenso de siete colores se curvó de repente en el cielo” y un sol furiosamente feliz relumbró sobre la tierra.

Salieron del Arca, los animales se desperdigaron y los hombres reiniciaron su vida, después de haber escuchado durante ciento cincuenta días el llanto de Yahvé, que era “el nimbo y la noche, el precipicio y la muerte”. Pese a tanta tragedia nada aprendieron y continuó la explotación de unos por otros y el desprecio a la propia tierra que les servía de cobijo.

‘La salida del Arca’ es el relato más pesimista de Gesualdo Bufalino, un autor que se dio a conocer a los sesenta años como un ‘nuevo talento’ siciliano. Comparte con sus coetáneos isleños, como Sciascia o Lampedusa, una tradición escéptica de la vida que a veces se confunde con misantropía pero que no deja de estar iluminada por un sentido del humor que a veces se convierte, como en este cuento, en algo más parecido al sarcasmo: tanto para tan poco, sería la moraleja.

Bufalino

Bufalino se ríe muchas veces y lo hace en casi todos los cuentos que siguen a ‘El hombre invadido’, relato en el que su protagonista comienza por experimentar cierto desequilibrio interno para descubrir finalmente que ha sido ocupado por otro individuo grosero con tics coprolálicos. En ‘El retorno de Eurídice’, la esposa del ‘poeta’ reflexiona desde el Tártaro y descubre que Orfeo sólo estaba enamorado de su propia poesía y de su lira y eso le deja la conciencia muy tranquila: volvió la cabeza a propósito.

Los cuentos de este pequeño volumen son pequeñas joyas de ingenio y de sonrisas. No ocurre así con la versión del Diluvio. Alguien dijo que los hombres se inventaron los castigos de los dioses porque reconocer que el mundo no tiene sentido y que el dolor no se distribuye ni de forma equitativa ni justa es mucho más difícil que atribuir a un dios ofendido la masacre de la peste, la carnicería de las guerras o el estúpido y asolador ciclo de diluvios y terremotos. Por eso Justiniano achacó los terremotos a las prácticas sodomitas de sus administrados y por esa misma causa Dios hizo arder ciudades. Por no honrarle como debían, los dioses hititas, los babilónicos y todas las cortes celestiales de la Antigüedad enviaron a los hombres diluvios, guerras y enfermedades.

Bufalino pone a Dios como la excusa que utilizan los hombres para quedar a salvo de su propia estupidez y maldad. Su idea de la divinidad es muy poco piadosa y podemos verlo claramente en este cuento, en el que la Voz ordena a Noé la construcción de un arca en todos sus detalles, para después sumergirse en un eterno silencio, un acto que muestra su profundo desprecio por los hombres. Este creador y la relación con sus criaturas están expresados con mucha más crudeza por uno de los enfermos condenados a morir de turberculosis en su novela ‘Perorata del apestado’, cuando le describe a un inmenso animal que nos contiene a todos nosotros, a todo el universo, y para el que probablemente “seamos sólo millones de cálculos en su riñón”, un ser al que producimos un “cólico interminable”, para el que somos “los cuajos pétreos de su dificultosa y desmesurada planta depuradora y así flotamos, en el éter y orín que se le encharca por todos los meatos y le hace ulular gloriosamente de dolor en el silencio de los espacios eternos, lo que llaman la armonía de las esferas”, a la espera de un arquiatra más antiguo que lo libere del sufrimiento en un acto de compasión suprema.

El Arco Iris pone fin al Diluvio, pero no es cierto que nada cambie después de una gran catástrofe; nada fue igual después de la peste de Justiniano, que abrió el camino a la desaparición del Imperio Romano de Occidente y, un poco después, a la del Imperio persa. Tampoco quedó igual el mundo europeo tras la peste de negra del siglo XIV que exterminó a una cuarta parte de la población porque al fracasar todos los intentos típicamente medievales -oraciones, misticismo, víctimas propiciatorias, magia- se desarrolló un modo diferente de organizar la realidad que dio paso al Renacimiento como un modo de solucionar los problemas.

Tal vez el modelo esté agotado: los nuevos conocimientos de medicina y de física hicieron crecer la población hasta tales extremos que se ha roto el equilibrio de la naturaleza y la amenaza de nuestra autodestrucción se ha convertido en un axioma. Ni el sistema ni la ética que lo inspira ayudan a la supervivencia, sino todo lo contrario: la codicia mira hacia otro lado y sólo hace cálculos a corto plazo, tal vez con la vista puesta en apenas una generación. Pero la infección progresa velozmente: un día serán los mares los que enfermen y los que debido al deshielo de los polos devoren playas y ciudades aledañas; otro día será el aire irrespirable de las ciudades el que nos haga enfermar… Hoy es una pandemia como no se veía desde principios del siglo pasado: el comercio de animales, la destrucción de hábitats y la construcción de grandes ciudades tienen la culpa de su extensión. No podemos echarle la culpa a causas externas, esto no es un castigo de Dios, sino la consecuencia de nuestras propias acciones.

Tras setenta días de confinamiento y un cambio radical en nuestras costumbres y en nuestro mundo, debemos preguntarnos si no se puede hacer mejor, si no existen otras opciones. La normalidad entendida como antes de la epidemia de COVID-19 no será posible ni deseable. Se impone una reflexión.

Lecturas

Gesualdo Bufalino, ‘El hombre invadido y otras invenciones’, Editorial Anagrama, 1988

Gesualdo Bufalino, ‘Perorata del apestado’, Editorial Anagrama, 1983

Clichés, eufemismos y estilemas

TRABAJO DE LOLA-P

Cuando hablamos, apenas nos damos cuenta del gran número de frases hechas que se cuelan en nuestro discurso, pero cuando escribimos, aunque sea un simple comentario en una red social, saltan todas las alarmas: muletillas, locuciones manidas y perífrasis innecesarias que no sólo dificultan la comunicación sino que entorpecen nuestro pensamiento. Acudimos a las fórmulas estereotipadas del lenguaje común porque es lo más fácil y porque nos da pereza analizar qué es lo que estamos diciendo realmente. Si lo hiciéramos, percibiríamos que esa frase repetida una y otra vez carece de precisión, que no es eso lo que queremos decir, aunque ‘eso es lo que se dice en estos casos’. Recurrimos a un lenguaje impostado que nada significa y muchas veces lo hacemos por impotencia, porque no sabemos decir de otro modo.

Hubo un momento en que los clichés fueron frases creativas que tuvieron fortuna pero que, al repetirse, acabaron perdiendo la frescura inicial que las hizo tan atractivas. En ese proceso de desgaste adquirieron una pátina cutre y pringosa. De ‘asignatura pendiente’ a ‘sol de justicia’, de ‘pistoletazo de salida’ a ‘espiral de violencia’ o de ‘añadir mi granito de arena’ a ‘ser de juzgado de guardia’. Son fórmulas fáciles y cansinas que no hacen daño pero revelan, en el caso de un escritor, un inexistente dominio de la lengua y un pensamiento muy poco profundo. Hay frases hechas, tan cursis como ‘se debate en un mar de dudas’, que obligan a cerrar inmediatamente el libro.

Semejantes a las anteriores son las asociaciones parasitarias de palabras en las que una de ellas acaba absorbiendo las posibilidades combinatorias de la compañera hasta el punto de que ninguna de ellas puede vivir de forma independiente: agenda apretada, craso error, baño de multitudes, amarga experiencia, escena dantesca, santa indignación, tensa espera, marco incomparable o pertinaz sequía. Algunos emparejamientos muestran un afán de distinción con el uso de un vocabulario aparentemente elevado que inevitablemente cae en la redundancia: ‘abismo insondable’ -todo abismo es inmenso y profundo- o ‘claridad meridiana’ sin reparar en que meridiano significa ‘claro, luminoso’.

Peor aún que la viscosidad que se adhiere al cliché en su continua circulación, es la carga ideológica del emparejamiento de algunos términos, cuya falsedad debido al paso del tiempo y a la repetición, no percibimos y aceptamos como normal. A propósito de esto Sánchez Ferlosio nos dejó un pecio titulado ‘Ideologuemas’ que se refiere a dos expresiones ideológicas representativas del triste mundo en el que nos han querido arrinconar el nacional catolicismo: ‘merecido descanso’ y ‘sana alegría’. La anteposición estereotípica de ‘merecido’ y ‘sana’ parece indicar, dice el autor, que el ocio o descanso y el goce o alegría son “plantas bravías, malas y dañinas y hay que someterlos respectivamente al tratamiento del merecimiento y la salud” porque “la represión ha proscrito el descanso y la alegría como cosas malas, caídas en pecado, que tienen que pedir perdón y hacer penitencia”. En una narración posterior añadió un tercer compuesto: ‘honesto esparcimiento’. Las tres son el reflejo de una añeja tradición de ideología represora.

El cliché es superfluo y más cuando se convierte en inútil circunloquio, en esa tendencia a sustituir una palabra por varias que significan lo mismo, como cuando escribimos ‘el autor de mis días’ por ‘mi padre’, por ejemplo. Siempre hay amigos del rodeo que desprecian los verbos simples y utilizan ‘dar crédito’ por ‘creer’ o ‘hacerse viejo’ por ‘envejecer’. Lázaro Carreter puso su dardo en uno de ellos que, además, no significa lo que pretende: los ladrones ‘hicieron acto de presencia’ en el banco y se llevaron dos millones, dice la noticia. ‘Hacer acto de presencia’ es una ‘asistencia breve y puramente formularia a una reunión o ceremonia’, lo que se contradice con el atraco a un banco, rápido quizá pero nunca protocolario.

Los eufemismos pasan a convertirse pronto en frases hechas pero se mantienen a lo largo del tiempo porque en determinadas circunstancias son una fórmula de cortesía difícil de reemplazar. ‘Dar el último adiós’ es despedirse de un cadáver antes del entierro. Suena rancio y cursi y no es de extrañar porque, como señala Delfín Carbonell en su ‘Diccionario de Clichés’ del que me estoy surtiendo, lleva circulando desde que en 1560 Francisco Aldana lo escribió en un poema dedicado a la muerte de su madre. ‘Cadáver’ es un término poco amable e inclinado a ser sustituido por otro, lo que no es nada fácil, y así acabamos hablando de ‘restos mortales’, lo que puede parecer una redundancia pero ‘restos’ en solitario no son otra cosas que desperdicios, aquello que ya no sirve, aún peor que ‘cadáver’.

Llevarse por delante a alguien’ en lugar de matar, mediante arma o atropello, también lleva en nuestro idioma más de cuatrocientos años. ‘Que en paz descanse’ es otro eufemismo que Carbonell define como “expresión huera de sentido y falsamente piadosa al mentar a una persona muerta”. También es una frase hecha la que se pronuncia en los entierros al dar el pésame: ‘Le acompaño en el sentimiento’. O la ‘larga y penosa enfermedad’, expresión de la que se tiene noticia ya en 1589. También es expresión antigua, de allá por el siglo XVII, ‘que en gloria esté’ y que expresa el deseo de que el alma del muerto haya viajado a un privilegiado lugar.

Los clichés aprendidos en edad temprana se quedan en la memoria de largo plazo y aparecen una y otra vez cuando se necesita expresar un concepto vagamente similar. El cerebro repite los vocablos almacenados en la memoria y hasta podemos saber la edad de una persona por los giros y el argot que emplea. Y no sólo la edad de un hablante o escribiente, sino también la de un documento: la Donación de Constantino, un decreto imperial que entregaba al papa Silvestre I el gobierno de la ciudad de Roma y la competencia para intervenir en todos los asuntos del imperio y que hubiera correspondido a una época en torno al año 300, se demostró que era una falsificación porque contenía giros idiomáticos y términos que no existían en el latín del siglo IV.

Se puede datar un documento con el estudio de las palabras que utiliza y también se puede averiguar, quizá no el nombre, pero sí datos que deja al descubierto, sin querer, un texto anónimo. En esta posibilidad se basa la trama de una entretenida novela de Álex Grijelmo, ‘El cazador de estilemas’, en el que un profesor de Lengua ayuda a un comisario de policía a desentrañar el caso de un testamento apócrifo y el de unos anónimos amenazantes mediante el análisis filológico del texto: todos tenemos unos rasgos constantes en nuestra forma de escribir y dejamos en el escrito nuestras huellas de estilo, los estilemas.

El uso de determinadas palabras o frases dice mucho de nosotros. En primer lugar, de nuestra edad, y aunque el sistema métrico actual está en uso desde la Revolución Francesa, no nos suena extraño escuchar ‘se ve a la legua’, aunque sólo lo utilicen las personas mayores. También de nuestras lecturas y, desde luego, de nuestra extracción social. ‘Mejorando lo presente’ es una expresión de cortesía que se usa cuando se alaba a una persona delante de otra y que lleva circulando más de dos siglos en el habla popular; es tan rancio como ‘sin ánimo de ofender’ o ‘con todos mis respetos’, aunque estas dos últimas fórmulas de falsa cortesía de lo que avisan es de que a continuación vamos a tener que escuchar una sucesión de ofensas, improperios y agravios. Después vendrán las disculpas a medias: yo te lo decía ‘en el buen sentido de la palabra’. Pero es que fueron ‘palabras mayores’, combinación que viene del mismísimo Cervantes, de ‘Rinconete y Cortadillo’.

Los clichés invaden periódicos y telediarios, con los que lectores y televidentes adquirimos buena parte de nuestro vocabulario. Las combinaciones se repiten una y otra vez, posiblemente porque las prisas obligan a recurrir al término más próximo y conocido. El ámbito del periodismo político se ha apropiado de frases hechas específicas que en un primer momento fueron un hallazgo: desde ‘mover ficha’ a ‘la pelota está en el tejado’ de tal partido o que determinado político ha emprendido una ‘huida hacia adelante’; que a un visitante se le haya ‘brindado una calurosa bienvenida’ o que dos mandatarios hayan mantenido una ‘reunión cordial’. Aunque tampoco hay que exagerar el purismo y hay clichés acertados pese al abuso que se hace de ellos. De momento aún resisten, aunque quizá por poco tiempo, ‘líneas rojas’, ‘venirse arriba’ o ‘tormenta perfecta’.

Ricardo Senabre llama al cliché “expresión inerte” y pone ejemplos de cómo en algunas ocasiones se les ha devuelto el aliento vital. “Por fin me conociste de verdad, en carne y verso”, reescribe Gloria Fuertes el sintagma ‘en carne y hueso’. O Blas de Otero: “Viene la nieve, cae poco a copo”.

En los grandes escritores reside el genio de la lengua y con capaces de revitalizar incluso las frases más manidas. Pero hay muchas que mueren en el intento y hay que tener cuidado con la creación de novedades que mueven a la risa, cuando no al desconcierto. En su ‘Guía práctica del neoespañol’, Ana Durante transcribe algunos ejemplos que no sé si responden a auténticos intentos de renovación por parte del autor o a un congénito marasmo intelectual, como decir que un motorista murió por ‘heridas incompatibles con la vida’ y no porque las heridas fueran mortales; que ‘el viento cambió de dirección sin cita previa’ o que ‘un líquido salado hizo su aparición en su rostro’; no sólo son frases pedantes, sino sandeces.

Los lugares comunes son eso, comunes, pero cuando se citan de forma errónea, se convierten en una expresión absurda. Ana Durante cita unas declaraciones de un presidente del Gobierno que ufanamente dice: “todavía no es como para tirar las campanas al vuelo”; un corresponsal en un país comunitario advierte de que a raíz de un escándalo “van a saltar cabezas”; una mujer en una novela parece que “salió corriendo, tan pronto le quitó el ojo”; otro que se concentró “en rendirle cuentas al desayuno” y al de más allá “los ojos le tintinearon”. Estos últimos ejemplos van de ‘neoespañol’ y de escribir de oídas, que es lo mismo que a veces ocurre con los clichés, que no los pensamos.

Lecturas

– Rafael Sánchez Ferlosio, Vendrán más años malos y nos harán más ciegos”, 2001

– Alex Grijelmo, El cazador de estilemas, Espasa, 2029

– Ricardo Senabre, El lector desprevenido, Ediciones Nobel, 2015

– Delfín Carbonell Basset, Diccionario de clichés, Ediciones del Serbal, 2006.

– Ana Durante, Guía práctica del neoespañol, Debate, 2015.

Escritores en Buchenwald: Jorge Semprún e Imre Kertész

Buchenwald1El 11 de abril de 1945, hace exactamente 75 años, Buchenwald se liberó de sus guardianes. Poco antes de mediodía sonó la sirena de alarma: el enemigo estaba a las puertas. Los grupos de combate clandestinos que se habían formado en el campo se congregaron en los sitios fijados de antemano y, a las tres de la tarde, el comandante militar dio la orden de pasar a la acción. De golpe aparecieron compañeros con los brazos cargados de armas: fusiles automáticos, metralletas, algunas granadas, parabellums, bazukas, armas robadas en los cuarteles de los SS o abandonadas por los centinelas en los trenes en los que transportaron a los supervivientes de Auschwitz o sacadas por piezas de la fábrica Gustloff. “Más tarde nos lanzamos sobre Weimar, armados” hasta que aparecieron los blindados de Patton y sus tripulantes descubrían esas “bandas de soldados harapientos” a las que desarmaron.

Jorge Semprún estaba allí desde hacía casi dos años, desde que las cárceles francesas fueron vaciadas en enero de 1944. También en ese año llegó Imre Kertész al complejo concentracionario cercano a Weimar: tenía 16 años. Semprún llegó con 22 años y ambos sobrevivieron para contarlo, tal vez porque tuvieron la suerte de ser muy jóvenes y, con toda seguridad, porque Buchenwald era un campo de trabajo, en el que se moría de hambre y de disentería, por el trato inhumano de los guardianes, fusilados masivamente como los prisioneros soviéticos o de un tiro en la cabeza o como consecuencia de experimentos pseudo científicos, pero no era un campo de exterminio industrializado: no había cámaras de gas, aunque sí crematorios.

En el 45 llegaron los deportados de Auschwitz, enfermos y al borde de la muerte. Entre estos últimos estaba Elie Wiesel, que en “La noche’, primera parte de una trilogía, cuenta su terrible confinamiento en el campo de exterminio polaco. También Jean Amèry pasó por Buchenwald pero, al igual que Wiesel y Primo Levy, tuvo experiencias previas en los campos de exterminio.

Buchenwald

El largo viaje’

Los trenes que atraviesan Europa con sus vagones estancos en los que se hacinan hasta ochenta o cien personas con destino a los campos de trabajo o de exterminio son la imagen de la terrible tragedia que se fue gestando durante esos años de guerra. Continuaron realizando su transporte de agonía y muerte hasta el último día, cuando el régimen nazi ya lo tenía todo perdido.

Jorge Semprún relata en ‘El largo viaje’ los cuatro días que duró el trayecto desde Compiegne, en Francia, a Buchenwald, en Weimar, en un vagón junto a otros ciento veinte cuerpos que se mueven, se fatigan, se estremecen de hambre y de frío, pero sobre todo de sed y de cansancio, que gritan y desvarían en este comienzo del horror en el tren. No todos llegarán a su destino, ni siquiera el chico de Semur, que acompañó a Gerard, el narrador de estas horas interminables, y que inventó para no viajar solo, como confiesa el propio Semprún en un libro posterior, ‘La escritura o la vida’, en el que da abundantes claves acerca de su novela y justifica por qué tardó tanto en dar testimonio de su paso por un campo de trabajo alemán.

El tren sigue rodando mientras el autor recuerda el pasado y también adelanta lo que va a ocurrir en Buchenwald y mucho después, cuando los americanos hayan liberado el campo, el 11 de abril de 1945. La primera persona le facilita estos saltos temporales hasta la llegada al campo, cuando una voz ajena narra cómo van alineándose en el andén los deportados, cómo se les obliga a correr a culatazos y gruñidos de las SS que minutos antes formaban una fila inmóvil, con sus metralletas cruzadas sobre el pecho, sus perros gobernados por la correa, sus rostros escondidos por la sombra de los cascos que la luz eléctrica hace brillar. Llegan los deportados a una avenida iluminada por decenas de reflectores y a cuyos lados se yerguen altas columnas coronadas de águilas con las alas plegadas, águilas hitlerianas, símbolo de la violencia hierática del régimen nazi. Tienen pretensiones estos cerdos, comenta un preso que camina a su lado. Están construidas para perdurar, reflexiona Gerard mientras intenta no cerrar los ojos para fijar bien en su memoria esas imágenes de la larga avenida, el chisporroteo de luz fulgurante de los enormes focos y la masa sombría de los árboles y de las construcciones que se vislumbran más allá de la zona luminosa. Sólo falta -se dice- una hermosa y solemne música de ópera que lleve la parodia bárbara hasta el final. No sabe que sí habrá música y que se difundirá por los altavoces del campo todos los domingos por la tarde y todos los días cuando los prisioneros esclavos vuelvan a los barracones desde las fábricas de armamento que rodean Buchenwald.

La llegada al campo de concentración marca el fin del largo viaje y el comienzo del abandono del mundo de los vivos, pero mientras tanto, durante el recorrido del tren Gerard recuerda el pasado y el futuro: su pertenencia a un grupo de resistentes en Francia o la muerte de un prisionero ruso en Buchenwald, al que las SS acusan de sabotaje y ahorcan en presencia de todos. Una muerte que los compañeros, que son todos, aceptan para ellos mismos y por lo tanto la niegan y la anulan para hacer de esa muerte el sentido mismo de sus vidas, el único proyecto de vida válido en ese momento, “pero los de las SS son unos pobres diablos que no entienden estas cosas”.

Como tampoco entenderán sus amigos, sus conocidos, el mundo en general, lo ocurrido durante esos años. El Gérard recién salido de Buchenwald siente que jamás se prestará a quedar reducido al papel de superviviente, de testigo digno de fe, estima y compasión, y toma la decisión «de no hablar más de aquel viaje, de no ponerme jamás en situación de tener que responder a preguntas sobre aquel viaje […] Quizá más adelante, cuando ya nadie hable de estos viajes, quizás entonces tendré algo que decir».

Es lo que hará Semprún al cabo de diecisiete años: contar después del olvido. En ‘La escritura o la vida’ expresa las dudas que sentía antes de escribir el relato del largo viaje acerca de la posibilidad de contar y no porque la experiencia vivida sea indecible, sino por la necesidad de alcanzar una densidad transparente mediante la recreación y el artificio porque sólo así conseguirá transmitir, aunque también parcialmente, la verdad del testimonio. “La verdad esencial de la experiencia sólo es transmisible mediante la escritura literaria” y “no se trata tanto de describir el horror como la exploración del alma humana en el horror del Mal”

Lo esencial, dice Semprún, no era el horror acumulado, cuyos pormenores cabría desgranar interminablemente. “Podría contarse un día cualquiera: el despertar a las cuatro y media, el trabajo agobiante, el hambre perpetua, la falta de sueño, las vejaciones las letrinas, el trabajo en las fábricas de armamento, el horno del crematorio, las ejecuciones públicas, el agotamiento … sin por ello llegar a rozar lo esencial ni desvelar el misterio glacial de esta experiencia. Lo esencial es la experiencia del Mal. Puede tenerse en cualquier parte, pero en los campos ha sido crucial y masiva, la experiencia del Mal radical”.

Al principio sí se refirió a su experiencia en Buchenwald pero luego prefirió dejarse deslumbrar por lo que podría ser otra vida, por la belleza del mundo y así olvidar las huellas de una agonía indeleble, las pesadillas y la asfixia de la memoria, el despertar y encontrarse con que la vida era un sueño tras la realidad radiante del campo y el miedo a que la nueva vida sólo fuera una ilusión. Por eso eligió la vida frente a la escritura, cuya dicha agudizaba el pesar de la memoria y la volvía insoportable. Transcurrieron dieciséis años de silencio hasta ‘El largo viaje’.

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Sin destino’

Imre Kertész también optó por la creación de un alter ego para narrar su experiencia en el campo de trabajo de Zeitz y luego en la enfermería de Buchenwald y asistir, como Semprún, a la liberación del campo por los blindados de Patton. Tardó doce años en escribir ‘Sin destino’ y cuando se publicó en 1975 apenas tuvo lectores. Doce años antes apareció ‘La tregua’, de Primo Levi, y simultáneamente ‘El largo viaje’. Kertész tuvo que esperar otros diez años más, hasta 1985, para que una reedición de su libro tuviera la aceptación que merecía.

György Köves, un adolescente judío de Budapest, es detenido y enviado en tren a Auschwitz, al igual que su autor que en aquella época tenía quince años. Después fue transferido a uno de los campos de trabajo colindantes con Weimar, dentro del gran complejo de Buchenwald, en el que se utilizaba a los prisioneros como mano de obra esclava y se les extraía su fuerza de trabajo hasta la consunción.

Kertész está de acuerdo con Semprún en que “el campo de concentración sólo es imaginable como literatura, no como realidad” y, al igual que el escritor español, recurre a la distancia, aunque menos intelectualizada. Ese alejamiento se observa en el tono que utiliza el propio protagonista que a veces pasa a la ironía sin solución de continuidad. El lector observa, un poco angustiado, cómo György se somete a la autoridad y se apunta voluntariamente para trabajar en Alemania y cómo, hasta que llega a Auschwitz y le proporcionan un uniforme a rayas y una sopa incomible, no se da cuenta de que es un preso y además judío. Nos relata, con cierta sorpresa, su absurdo destino, lo que llama “situaciones anómalas”, como el exterminio de sus compañeros, menos aptos que él para la supervivencia, en crematorios que desprendían un olor “que nos envolvía, casi nos ahogaba en su masa espesa y pegajosa como un cenagal”; la ausencia total de atención médica cuando enferma en Zeitz, un campo pequeño y provinciano, sin duchas ni crematorio ni hospital y la amenaza de muerte por inanición.

Aprende que se puede evadir mediante la imaginación, una imaginación “humilde” que consistía en recordar una y otra vez un día completo en casa, en Budapest, desde la mañana a la noche y la necesidad de no abandonarse, de perseverar. Pero nada podía liberarle del hambre “a largo plazo”, que se reflejaba en un hueco, un espacio cada vez más vacío y que le obligaba a llevarse a la boca desde arena a hierba. Se convierte en espectador de su propio deterioro, del descarnamiento de su cuerpo, ya sólo un montón de huesos que apenas podían moverse.

Trasladado al hospital de Buchenwald por múltiples infecciones, vive la liberación del campo. “Eran alrededor de las cuatro de la tarde cuando se oyó un ruido procedente del aparato y poco después una voz anunció que era el Lagerältester: camaradas, dijo, somos libres”. Mientras Gerard, el alter ego de Semprún toma las armas que han sido escondidas por la resistencia del campo y persiguen a los alemanes hasta el bosque cercano, György observa que hablaban de libertad, pero no decían ni una palabra de la sopa, que sólo llegaría el día después.

Cuando vuelve a Budapest, ya recuperado, se da cuenta de que no podía hablar con nadie que no hubiera vivido lo que él había experimentado, con gente que no sabía nada de nada, con unos niñatos, él que apenas había cumplido los dieciséis años. Animado por sus antiguos vecinos a olvidar para poder vivir libremente, Köves se niega y asume la memoria, la voluntaria, la de la verdad y el conocimiento, y la no deseada. Ambas constituyen “el único camino hacia la liberación”.

Sin destino’ culmina en un estallido de las dos formas de la memoria, la voluntaria y la involuntaria. La primera contiene un aspecto ético: el deber de la verdad, del conocimiento: “El único camino practicable hacia la liberación pasa por la memoria”. El relato concluye con una fiesta del recuerdo involuntario, el recuerdo de la vida, de su destino y de su experiencia. “Me acordé de todo” incluso de lo que no quería acordarse y la escritura permitió la catarsis.

Epidemias en el Mundo Antiguo: de Sumeria a Roma — Historias emergentes

En una tablilla del siglo XVIII aec, impresa en caracteres cuneiformes, se prohibía que los habitantes de una ciudad infectada salieran de ella para “no contagiar a todo el país” y en otra se alertaba de que no debían tocar los objetos -copa, cama y silla- que habían sido propiedad de una mujer que había […]

a través de Epidemias en el Mundo Antiguo: de Sumeria a Roma — Historias emergentes

La bendita maldición de Babel

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Grabado de Gustave Dorè

Mientras Yahvé observaba lo que allá abajo en Babilonia construían los hombres -una torre que pretendía tocar el cielo- pensó que nada de cuanto se propusieran les sería imposible porque formaban un solo pueblo con una misma lengua. Pues bien, se dijo a sí mismo: descendamos y confundamos su lengua para que no se entiendan los unos a los otros. Y así castigó la soberbia de sus criaturas que, a partir de ese momento, se pusieron a hablar en setenta lenguas distintas, dejaron la torre a medio hacer y se dispersaron por el mundo.

Probablemente el autor del texto bíblico fuera un deportado a Babilonia que al llegar a la inmensa ciudad quedara sorprendido por las innumerables lenguas que podían escucharse en las calles y le vinieran a la memoria antiguas leyendas con las que reconstruyó el mito de la confusión de las lenguas. La Torre de Babel a la que se refiere el Génesis debía estar situada dentro de la propia ciudad de Babilonia y de su existencia ha llegado hasta nosotros una estela rota de color negro en la que figura una representación del plano del zigurat, que no otra cosa es la Torre de Babel, y su altura, con el rey Nabucodonosor de pie a su lado y una inscripción que declara: “Etemenanki, la construí para el asombro de las gentes del mundo. Elevé su cima hasta el cielo, creé puertas en las entradas…”

La ciudad embellecida por el rey Nabucodonosor era una maravilla arquitectónica pero no para los nómadas de la Biblia que la consideraban el emblema de la arrogancia y de la perdición. Pese a las maldiciones, Babilonia sería destruida pero no por obra del Dios judío, sino por Jerjes, un rey de Persia que arrasó el templo del dios Marduk e hizo demoler casi por completo el zigurat que tanto escándalo había provocado entre los judíos del exilio.

La multiplicación de las lenguas, paralela a la inflación de dioses falsos que componían el panteón babilónico según los textos bíblicos, se consideró un castigo de Yahvé por el que los hombres quedaron condenados a la incomunicación, a perseverar en los conflictos y a no entenderse jamás. Al dispersarse, los hombres crearon, según el Génesis, setenta naciones distintas. Este mito fue recuperado por los pueblos cristianos europeos tras la caída del Imperio Romano, cuando se dejó de hablar un latín común que acabaría siendo sustituido por las lenguas que hablamos ahora, múltiples y diferentes entre sí; ese mito de la herida y el castigo siguió vivo en los siglos oscuros medievales en los que parece repetirse la catástrofe babélica.

Para que la multiplicación de lenguas dejara de considerarse una maldición tendría que pasar mucho tiempo, durante el que se produjeron ensayos de creación de lenguas nuevas que pretendieron ser universales, como la inventada por John Wilkins que pretendió hacer un volcado de todo el universo conocido y por conocer o la de Leibniz, una lengua sin apenas gramática que a lo único que llegó, que no es poco, fue a convertirse en la de la lógica simbólica contemporánea. En el siglo XIX llegarían el volapük, un sistema mixto que toma como modelo el inglés, y el esperanto, que tuvo un cierto éxito.

El fracaso de estos ensayos lingüísticos nos hicieron recapacitar sobre las virtudes de las lenguas naturales. Uno de los primeros en señalar la bendición de su existencia múltiple fue el abad Pluche que tempranamente, en 1751, estimó como beneficioso el que las lenguas hubieran fijado los asentamientos y el nacimiento de las naciones, así como el sentimiento de identidad nacional. Esta realidad también tiene sus puntos oscuros, pero si se aplica el elogio de la multiplicidad a un ámbito más amplio y menos político nos encontramos con la idea expresada por V.V. Ivanov de que “cada lengua constituye un cierto modelo del universo, un sistema semiótico de comprensión del mundo y, si tenemos cuatro mil modos distintos de describirlo, esto nos hace más ricos”.

Cada lengua organiza el universo de lo que puede ser dicho y pensado y los modos de organizar ese universo cambian de una lengua a otra. Una lengua natural puede considerarse como un sistema holístico ya que por el hecho de estar estructurada de un modo determinado implica una visión del mundo.

George Steiner lamenta que de las más de veinte mil lenguas que llegaron a hablarse sólo estén vivas unas cuatro mil porque “todas las lenguas habladas por hombres y mujeres abren su propia ventana a mundo y a la vida”. El cuarto que habitamos, lo que llama la “habitación del habla”, ha sido decorada por la lengua que utilizamos y, a su vez, el mundo percibido a través de la ventana se refleja en nosotros, en el “espacio del habla”. Cada lengua articula una estructura de valores, significados, suposiciones, que ninguna otra lengua iguala o supera con exactitud. “Porque nuestra especie ha hablado, porque habla en múltiples y diversas lenguas, genera la riqueza del entorno y se adapta a él”.

Como ejemplo de esta diferencia enriquecedora cita la retórica sexual que tanto difiere de unas lenguas a otras: algunas trazan una línea roja sobre lo verbalmente prohibido pero lo que estas callan, otras lo difunden como algo simplemente subido de tono. Hacer el amor en inglés americano, por ejemplo, es un hecho enteramente distinto del modo de expresarlo en alemán, en italiano o en ruso.

Cada lengua es un mundo y refleja las cualidades de la sociedad que la habla. Todos sabemos que los esquimales tienen ciento y un mil formas de nombrar las ciento y mil formas de nieve que existen y hay pueblos, como los agtas de Filipinas, que disponen de treinta y un verbos diferentes que significan ‘pescar’, cada uno de los cuales se refiere a una forma particular de pesca, pero que carecen de una simple palabra genérica que signifique ‘pescar’. No hay lenguas primitivas entre las lenguas habladas por los pueblos ‘primitivos’ contemporáneos. Todas tienen un altísimo nivel de complejidad en sus reglas gramaticales con independencia de su desarrollo político y tecnológico. Todas las lenguas reflejan la forma de vida de las sociedades que las hablan.

En el continente asiático podemos contemplar cómo se establece mediante el lenguaje la relación entre las personas, dependiendo del lugar que ocupen en la estructura familiar, social o política. La importancia de las relaciones familiares entre los vietnamitas se expresa en la innumerable cantidad de sus pronombres personales, cuyo uso depende del género, del grado de familiaridad y de la edad y en las fórmulas de saludo, amable y respetuoso, aunque distante en ocasiones. Pero en lo que se refiere a formalismo, el javanés se muestra especialmente exagerado, hasta el punto de que existe lo que se llama el krama y que contempla términos especiales para el trato con personas que no pertenecen a la familia, a lo que se añaden determinados protocolos de comportamiento: cómo sentarse, cómo reír o qué llevar puesto. Esta formalidad es muy común en lenguas asiáticas de lugares, como Indonesia, con sociedades tradicionalmente jerarquizadas y complejas.

El coreano también muestra esta codificación formal establecida en siete niveles de formalidad de sus verbos, pero el uso de ideófonos (términos que vinculan simbólicamente los sonidos y los significados) es quizá el aspecto más llamativo de este idioma, lo que podría llevarnos a pensar que su cultura está muy imbuida por el juego de la imaginación, del relato, la charada o la broma y por los trucos del aprendizaje.

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La diferencia de géneros en el lenguaje se estableció en Japón antes incluso de la ola confucionista. En japonés el género gramatical no existe, pero las mujeres y los hombres hablan ‘dialectos de género’ ligeramente diferentes, con la creación de una variedad especial del japonés para la mujer. La lengua de los hombres tiene un tono duro y contundente, es casi enteramente opcional y a los niños no se les enseña a hablar así; los muchachos lo adquieren por su cuenta. En cambio la lengua de las mujeres no es tan opcional y padres y maestros hacen todo lo posible para que las niñas sigan esta línea lingüística que consiste en utilizar versiones ligeramente más largas de las palabras o formas gramaticales para conseguir que suenen más educadas. También hay pronombres que utilizan los hombres y no las mujeres y viceversa y en ocasiones difiere también la pronunciación. Tradicionalmente se ha asociado a la mujer con el refinamiento y la dulzura que tiene su correlación en el ‘dialecto de género’ que utiliza, pero en las últimas décadas se ha producido un cambio acerca de la posición de la mujer, aunque no absoluto, entre la sociedad japonesa, y la lengua en consecuencia está perdiendo su componente genérico, de manera que la forma de hablar de las mujeres es mucho más masculina que antes.

Son cambios graduales que se producen de acuerdo con una evolución social que podríamos considerar natural. Pero también ha habido imposiciones políticas, a veces extremas, que han cambiado la lengua de los hablantes de un país. El turco otomano, una mezcla de árabe, persa y turco real, que reflejaba en su estructura más de mil años de historia de Oriente y que era utilizado por las élites del país, se convirtió en la primera mitad del siglo XX en una lengua muerta que fue reemplazada por el turco moderno, que no sólo se materializó en un alfabeto latino hecho a medida, sino que se liberó de términos árabes y persas tras un esfuerzo ingente de recopilación de palabras turcas regionales y también entresacadas de viejos textos y diccionarios de otras lenguas emparentadas, como el azerí o el turcomano. El resultado fue tan catastrófico que en 1934, tras un discurso ininteligible, Ataturk dio marcha atrás y terminaron las expurgaciones de extranjerismos. El padre de la patria turca justificó este cambio, no absoluto, en el eslogan de que el turco era la madre de todas las lenguas, lo que cambió la supresión de términos por la búsqueda de etimologías turcas, aunque fueran falsas. No obstante, persistió el purismo y, tras una época de agonía y desentendimiento, se ha llegado a la estabilidad.

Cuando una lengua muere, es decir, cuando ya nadie la habla, desaparece la historia oral del pueblo que la poseyó, de su mitos, sus cantos, su religión, su vocabulario especializado, sus tradiciones, costumbres y comportamiento. Pero, aunque surjan cambios en ella e incluso deje de hablarse, perdura si ha contado con textos escritos que la hayan fijado. Una sociedad ágrafa no tiene ese recurso y desaparecerá lamentablemente si no hay quien la use.

Gracias al escriba sumerio que con su estilete marcaba signos en una superficie de arcilla podemos conocer la contabilidad de los templos de hace más de cinco mil años; gracias a las inscripciones conmemorativas conocemos los nombres de los reyes de las ciudades sumerias y del imperio acadio y también el surgimiento de Babilonia. Felizmente han llegado hasta nosotros las leyendas de Emmerkar y las de Lugalbanda, poemas sobre las hazañas de la diosa Innana y la primera ficción épica, ‘El Poema de Gilgamesh’,que nos habla del panteón de dioses y de los hechos del héroe de Uruk, de cómo se hizo amigo de Enkidu y de su viaje en pos del sol para conseguir el remedio de la mortalidad y liberar a su compañero de un inframundo grisáceo y polvoriento. El sumerio desapareció y también el acadio pero gracias a que los escritos antiguos se guardaron, se transcribieron y se tradujeron aún hoy podemos saber cómo eran, qué pensaban, a quién adoraban o porqué morían gentes de hace miles de años.

Lecturas

Umberto Eco, La búsqueda de la lengua perfecta, Crítica, 1994

Gaston Dorren, La vuelta al mundo en 20 idiomas, Turner Publicaciones, 2019

George Steiner, Después de Babel, Fondo de Cultura Económica, 2005

Reyes, sacerdotisas y corredores de fondo en la ciudad sumeria de Ur

Historias emergentes

El Diluvio Universal nunca existió, ni siquiera el mesopotámico del que hablan las crónicas de Gilgamesh y repite el Génesis. Aunque el arqueólogo británico Leonard Woolley anunciara en 1929 urbi et orbi que había descubierto evidencias del diluvio de Noé en las excavaciones de la antigua ciudad sumeria de Ur, la inundación no fue en absoluto universal. Hubo al menos dos diluvios en Ur, pero con varios siglos de diferencia. En muchas ciudades del sur de Mesopotamia, pero no en todas, pueden hallarse estratos de diluvios similares pero fechados en distintos momentos. Algunos lugares, como Eridu, la primera ciudad mesopotámica, situada a once kilómetros de Ur, no muestran signo alguno de inundación.

El castigo a los hombres, ya sea por la maldad que tanto ofende a Yahvé o porque impiden el sueño al dios sumerio Enlil, es un mito que se alimenta de medias verdades para dar una explicación más…

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‘La extinción de las especies’, según Diego Vecchio

Ex.EspeciesTodo acaba por extinguirse o, en el mejor de los casos, por transformarse. El museo es el encargado de velar por la memoria de todo aquello que ya no es. En la visita a estos lugares estancos en los que ni el aire se atreve a corretear de una a otra de sus salas, se nos recuerda la fugacidad del mundo, que todo acaba en cenizas y que nada es para siempre, ni siquiera los diamantes.

La reflexión final del libro incide en esta visión inevitable de la pérdida, aunque el relato de Vecchio camine con ligereza y buen humor, que son las virtudes que deben presentar las cuestiones serias. “Indudablemente el tiempo transforma al mundo en ruina. Nada entero sobrevive del pasado, sólo quedan polvo y piedras. Los recuerdos no son más que restos, cuanto más precisos, más falsos”.

La extinción de las especies’ es la historia, medio inventada, medio real, de un museo que pretende contener el relato de lo ocurrido desde los mismos orígenes del universo. Se trata del Instituto Smithsoniano, cuyo principal edificio se terminó de construir en 1855, gracias a los 100.000 soberanos de oro legados por el científico James Lewis, hijo de lady Elizabeth Hungerford Keate Macie, soltera y rica, y de sir Hugh Smithson, que murió sin descendencia. Lo que comenzó como un centro de formación y museo nacional que albergaría colecciones de piedras, plantas, animales y fósiles, provenientes de la expedición de Lewis y Clark (1803-06) y de Zebulon Pike, se ha convertido en nuestros días en un inmenso complejo, propiedad del Gobierno de los Estados Unidos, con diecinueve museos, nueve centros de investigación y colecciones compuestas por más de 136 millones de bienes.

Hasta aquí todo es conforme a los datos que tenemos, pero a la hora de informarnos sobre el primer director del Instituto, Vecchio inicia el arte borgiano por excelencia, el de la atribución falsa, y nos presenta a Zacharias Spears, aficionado a la taxidermia y primer embalsamador que sustituyó el ácido sulfuroso por el tetraborato de sodio o bórax. Nunca habría mejor director de una institución dedicada a la conservación que Spears, especializado en amputaciones en la guerra civil americana, durante la cual aplicó su talento de taxidermista a la preservación de los miembros cercenados.

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El sueño de Zacharias Spears era que quien visitara su museo pudiera emprender un viaje hasta espacios y épocas remotas y por dos centavos imaginar la violencia con la que se creó el universo: la explosión de luz rasgando la noche de los tiempos, una claridad implacable e infinita, reacciones nucleares despidiendo energías a temperaturas de miles de grados, la formación de estrellas y planetas y la promesa de extinción desde el mismo momento de su nacimiento. La Tierra, nos cuenta Vecchio con ternura, era “uno de los planetas menos agraciados del sistema solar” y al ser atropellado por su gemelo quedó “con un eje de rotación tambaleante, inclinado unos veintitrés grados, minusválido de por vida”. De resultas de este choque surgió la luna y sus piedras, tras varios años de residencia, “adquirieron la nacionalidad terrícola transformándose en las gemas preciosas” que pueden contemplarse, decía la publicidad, en la galería de los minerales del Museo.

Tras colisiones y despanzurramientos llegó el movimiento parsimonioso de la materia encarnada en estrellas, planetas y demás cuerpos celestes. Mucho después surgió la vida en los océanos de la Tierra y de nuevo la violencia y la transformación: las algas se multiplicaron y un buen día un liquen mutó y las hifas fueron sustituidas por filamentos con los que el ser podía desplazarse a voluntad; las medusas infestaron los océanos y atacaron a otras que tuvieron que cubrirse de espinas y “fue el comienzo de una desenfrenada carrera armamentística en una espiral de violencia infinita”. Surgieron tentáculos con ventosas, pinzas, púas, aguijones… hasta que en el Devónico inferior se rompió el equilibrio con la aparición de los primeros peces provistos de mandíbulas y varias filas de dientes: todo lo conquistaron y el agua se tiñó de rojo. Y entonces comenzó la conquista de la tierra firme, cuando “infinidad de criaturas hartas de vivir en medio de tanta inseguridad, abandonaron el mar y dejaron atrás lo que poseían”, incluso la manera de fornicar.

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Llegamos a la época de los dinosaurios e inevitablemente a la primera gran extinción: hace más de sesenta millones de años un asteroide de unos diez kilómetros de diámetro impactó frente a las costas del Yucatán y como consecuencia se extinguió el 70 por ciento de las especies. El 95% dice Vecchio, pero esa cifra proviene de su pesimismo, aunque simule distanciamiento, e incluso denote una alegría poco conmiserativa al decir que realmente los dinosaurios no es que se lo merecieran pero resulta que su cerebro no era todo lo bueno que debería y muchas veces no distinguían un animal vivo de otro muerto ni una roca de un tronco. Tras la colisión del meteorito, surgió entre los supervivientes un crustáceo, “cuyo caparazón se resquebrajó y dejó asomar un animal con pelos, orejas y tetillas”, es decir, el primer mamífero. Se escondieron en madrigueras y, finalizada la era glacial, salieron de ellas miles de ardillas, que “dotadas de una vida sexual frenética y un gran poder de seducción, se convirtieron en las soberanas del mundo” con diferentes apariencias: murciélagos, ciervos, búfalos, osos y hombres.

Todos los museos se afanaron por conseguir huesos de dinosaurios que, hasta hace poco habían sido catalogados como dragones, y el Smithsoniano, tras una lucha despiadada, no pudo hacerse con el esqueleto de un pterodáctilo, bautizado con el nombre de Johnathan Charles, que al final se quedó en Utah. Es entonces cuando Spears dirige sus ojos hacia los vestigios humanos, hacia las civilizaciones desaparecidas. Quería encontrar momias de la época de Amenofis II pero su expedicionario a la región de Moctezuma Canyon sólo consiguió dos niños momificados a comienzos de siglo, aunque una buena operación de marketing hizo de ellos unas criaturas tan famosas “como los hijos hemofílicos de la reina Victoria”.

Se desencadenó un auténtico ansia por las reliquias de tribus desaparecidas: desde esqueletos a máscaras, cántaros o cabelleras. Desalojados de sus tierras, de las veinte mil tribus que existían antes de la fundación de Jamestown, no sobrevivían más de 250. Y se pensaba que estudiándolas, los etnólogos podrían conocer cómo vivieron y qué pensaban los primeros hombres. Las consideraciones que Vecchio pone en boca de otro personaje ilusorio y chiflado, Benjamín Bloom, son extraordinariamente divertidas, pero al final no deja de ser otra historia de extinción de las especies, y en este caso de las tribus americanas, testimonios recogidos por las instituciones de la memoria que son los museos.

Pero lo peor puede estar por llegar y es, lógicamente, lo que no recoge este relato de desapariciones, mutaciones y memoria: una extinción que quedaría sin rememorar en los museos, la de la especie humana, porque nadie estaría en condiciones de recordarla.

Nota biográfica

Diego Vecchio nació en Buenos Aires en 1969. Escribe ensayos y novelas: ‘Historia calamitatum’ (2000), ‘Egocidios: Macedonio Fernández y la liquidación del Yo (2003); ‘Microbios’ (2006) y ‘Osos’ (2020). La novela reseñada, ‘La extinción de las especies’ se publicó en 2017

‘Lolita’, en la umbría y negra Humberlandia

LolitalibroComienza la novela con una nota de presentación y aviso redactada por un autor inexistente, el señor John Ray, doctor en Filosofía, que dice haber recibido unas memorias firmadas por un tal Humbert Humbert, ya fallecido a causa de una trombosis coronaria que sufrió estando en prisión, pocos días antes de que se fijara el comienzo de su juicio por el asesinato del que la prensa informó cuando se produjo, en septiembre de 1952.

Se trata de unas memorias “dolorosas y sórdidas” que pueden afectar al buen nombre y a la posición de las personas que tuvieron relación con los hechos que se narran, por los que los nombres han sido alterados para que no sean reconocidos. Además, la señora de Richard F. Schiller murió al dar a luz, lo mismo que el bebé, en la Navidad de ese año de 1952. Lo que debería estar situado al final del libro -porque no tenemos ni idea de quienes son esos personajes que cita y ni siquiera sospechamos que la señora de Schiller es la Lolita de Humbert Humbert- actúa como cebo para que el lector caiga en la trampa de su lectura con objeto de saber quién es quien en esta ‘historia verdadera’ sobre una “niña descarriada, una madre egoísta y un anheloso maniático”.

Y para subrayar aún más la veracidad de estas primeras páginas, en una tradición literaria ininterrumpida que ofrece comienzos semejantes y casi siempre felices, el prologuista menciona al juez John M.Woolsey, defensor del derecho a la libre expresión, de quien dice que daría su visto bueno a estas memorias porque no hay en ellas ningún término obsceno y que estaría dispuesto a permitir su publicación, teniendo en cuenta que lo hizo con un libro más “explícito”, en referencia implícita al ‘Ulises’ de James Joyce.

Y entonces comienza la confesión de Humbert Humbert:

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta”.

Es un comienzo perturbador, una verdadera “exhibición pirotécnica de aliteraciones”, como señala David Lodge, “de eles y tes que explotan brillantemente, en una entusiasta celebración del nombre de la amada”. Se aprecia especialmente en la lengua original: “Lolita, light of my life, fire of my loins. My sin, my soul. Lo-lee-ta: the tip of the tongue taking a trip of three steps down the palate to tap, at trhree, on the teeth. Lo. Lee. Ta”.

El segundo párrafo recuerda tiernamente a la amada: “Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con los pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita”.

Desde el principio la confesión de Humbert Humbert pretende que le entendamos, que nos pongamos de su parte, que aceptemos que no es tan perverso como muestran los hechos y que todo lo hizo por amor porque si se ama todo está permitido. Quiere decirnos todo el tiempo que este amor apasionado causó su perdición. H.H. goza de la ventaja insuperable de ser el narrador de una historia que sólo conocemos porque él nos la cuenta, pero en su pretensión de parecer sincero nos ofrece las claves que dejan bien a las claras que no sólo no es un caballero, sino que lo que llama amor es una perversión de su ánimo, un intento de dominio, que es un psicópata egoísta, un narcisista sin escrúpulos y un pervertido en el sentido más clásico del término.

Sabemos que Lolita es una niña de doce años y para justificar la atracción que siente por las menores de edad, Humbert Humbert recurre a la Beatriz de la que se enamoró Dante cuando ella tenía nueve años y a Laura, que tenía doce cuando la elogiaba Petrarca. A continuación dibuja el perfil de lo que debería ser una ‘nínfula’, nombre que inventa para referirse a determinadas “criaturas escogidas”: Entre los límites de los nueve y los catorce años, surgen doncellas que revelan a ciertos viajeros embrujados, dos o más veces mayores que ellas, su verdadera naturaleza, no humana, sino nínfica, demoníaca”. No son especialmente bellas, pero tienen un “insidioso encanto” y presentan “signos inefables que sólo aprecian los ninfulómanos”, como “el diseño ligeramente felino de su pómulo”, la mezcla de “tierna puerilidad junto con una vulgaridad descarada”, la piel aterciopelada y la “ignorancia de su fantástico poder”.

Para conseguir a Lolita, Humbert Humbert se casará con “la paquidérmica mamá” a la que detesta. Antes de hacerlo deja volar la imaginación y concluye que, como padre, podría “derrochar” en la niña todas las caricias fortuitas y los abrazos propios de su nuevo estado. Pero la madre pretende alejar a Lolita, lo que llevará al nuevo y flamante marido a elaborar planes para su asesinato; un accidente fortuito le librará de ella de forma definitiva y sin levantar sospechas.

Humbert Humbert se considera apuesto, viril y atractivo, un ser superior, por encima de la banalidad de sus contemporáneos, pero al mismo tiempo no deja de hacer guiños y carantoñas de perrillo asustado al jurado que somos nosotros mientras asegura que su intención no era “forzosamente copulativa”, que sólo pretendía un “contacto palpitante y suavemente plañidero” con su nínfula. Incluso llega a decir que, mientras se dirigía al campamento para recoger a esa “huerfanita” soñaba con ofrecerle una educación firme, una adolescencia saludable y feliz y un hogar limpio pero que “en un abrir y cerrar de ojos, mi angelical línea de conducta se esfumó y caí sobre mi presa”.

Balthus

Recoge a Lolita del campamento de verano al que la envió su madre y le dice que está ingresada en un hospital, que van a ir a visitarla. La recluye en una habitación de un motel y en la cena le da un somnífero que no consigue dejarla inconsciente como él desea. Insiste en que “nunca fui ni pude haber sido un canalla brutal”, que sólo pretendía que ella no supiera del abuso para que no asustara. Amanece, Lolita despierta junto a su padrastro en la cama del motel y éste le hace creer que los adultos no juegan a lo que ella ha jugado en el campamento, que eso es un asunto de jovenzuelos, y entonces Lolita, con un casi inconcebible grado de inocencia y de orgullo, se lo enseña.

Al día siguiente, Humbert Humbert parece tener un acceso de conciencia o al menos de lucidez y reconoce que Lolita era “una huérfana, una niña solitaria, desamparada, con la cual un estúpido adulto había tenido por tres veces un extenuante contacto sexual esa misma mañana”, pero al mismo tiempo advierte su malhumor y le asalta el temor de que no le permita hacer el amor con ella otra vez, en la ruta que inician hacia ninguna parte y que les llevará a transitar por las carreteras americanas durante un año. Le confiesa que su madre ha muerto y en el hotel pide dos cuartos separados, “pero en mitad de la noche vino a mi sollozando y lo hicimos suavemente ¿Comprenden ustedes? Lo no tenía absolutamente ningún sitio adonde ir”.

Lolita’, dice Martin Amis, es “un libro cruel acerca de la crueldad”. Es la ‘falsa’ confesión de un personaje que miente y recurre a los sobornos y a la intimidación para satisfacer sus deseos. Fue cruel con su primera esposa en Europa, con Charlotte, la segunda, y lo es con la pobre Lolita, a la que sojuzga, hace que comparta la culpa por su relación y la amenaza con el reformatorio o con vivir en una granja en el fin del mundo, en los Apalaches. Y, además, pretende que estemos de acuerdo con él acerca del carácter malhumorado, banal, exasperante, convencional de Lolita y de su vulgar afición a las canciones sentimentales “del pálpito y el sollozo”.

Y, a pesar de sus regalos, de sus amenazas y de su ‘amor’ por ella, H.H. es consciente de que Lolita experimentaba algo parecido a la repulsión física hacia él, era su “princesa frígida”, “nunca vibraba bajo mis caricias y muchas veces mis esfuerzos sólo obtenían un estridente rapapolvo”. Confiesa que “no dejaba de pedir un beso ocasional y hasta una colección entera de caricias surtidas cuando sabía que ella codiciaba fervientemente un determinada diversión juvenil” y “conocedora de la magia y el poder de su suave boca, se las arregló para elevar el precio de un abrazo especial”. Lolita cobraba por sus “favores sexuales”, pero su intención era ahorrar: “La pobre chiquilla impetuosa pensaba que con solo cincuenta dólares en el bolso podría llegar a Broadway o a Hollywood”.

Que de esta criatura de doce años, sola, vulnerable y asediada se haya creado el ‘mito’ de la Lolita provocadora, acéfala, calculadora y perversa, la perdición de los hombres, según algunos, es de todo punto inconcebible y sólo se puede explicar por una mala lectura, cuando no por una lectura interesada en difuminar los propios vicios. Al leer, aconseja Nabokov, “debemos fijarnos en los detalles, acariciarlos” para poder entrar en un mundo nuevo; lo único que se nos exige es tiempo y atención.

Preguntado por el origen de ‘Lolita’, Nabokov dice en ‘Opiniones contundentes’, que surgió en 1939, en París, y que, según recuerda, “el primer estremecimiento de inspiración en cierto modo lo provocó de manera un tanto misteriosa un relato de un periódico, creo que del Paris-Soir, acerca de un mono del zoológico de París, al cual después de meses de haber sido adiestrado con halagos por los científicos, produjo al fin el primer dibujo al carbón trazado por un animal, y ese esbozo, reproducido en el periódico, mostraba los barrotes de la jaula de la pobre criatura”.

Martin Amis recuerda esta respuesta y concluye que el peor delito de Humbert Humbert es haber violentado la naturaleza de Lolita, degradando su esencia infantil, privándola de su infancia y forzándola a vivir en un mundo sórdido y maligno y que gracias al valor y la honestidad de Nabokov (porque en el arte, lo contrario de la crueldad no es la bondad, sino la vulnerabilidad) la inocencia de Lo se evoca, en muchos momentos, de modo insuperable y conmovedor. ‘Lolita’, frente a lo que pudiera parecer tras leer todo lo anterior, no es un melodrama, sino “la novela más divertida en lengua inglesa porque permite que la risa (que puede mostrar alivio, exasperación, estoicismo, histeria, azoramiento, asco y crueldad) se exprese en toda su complejidad y su variedad de registros”.

Nabokov siempre sostuvo que nunca fue un escritor de novelas didácticas ni un satirista moral o social y le reprocha a su falso prologuista su aserción de que Lolita lleva una moral a remolque. Es cierto que escribe incertidumbres sin muros ni cortapisas morales y enfoca todas sus novelas como un acertijo, como un problema y, en este caso, cómo conseguir que el lector se debata entre la simpatía hacia Humbert Humbert, aparentemente un caballero de la vieja Europa, culto hasta la pedantería, y la repulsión que produce el secuestro de Lolita y su violación sucesiva. Y aquí hay un sesgo inevitablemente moral, pero advirtiendo que el escritor no juzga ni carga las tintas en ningún momento y que de hecho es Humbert Humbert el que se pone en evidencia a lo largo de su relato.

Lolita es un personaje con el que Nabokov se encariña. No hay más que reparar en la elección de su nombre. Una de las letras más límpidas y hermosas -señaló en un entrevista- es la ‘ele’ y el sufijo ‘ita’ contiene mucha ternura latina; los españoles y los italianos pronuncian este nombre con la “necesaria nota de travesura y caricia”. En cambio, “el doble ruido sordo de Humbert es desagradable, un nombre odioso para una persona odiosa”. Y en su pronunciación francesa hay resonancias de sombra y oscuridad en este nombre elegido por Nabokov.

Humbert Humbert asesina a Clare Quilty porque se llevó a Lolita y al apartarla de su lado no le permitió ‘redimirse’ ante ella, pero sobre todo porque la despreció y pronto se aburrió de ella. En cambio, él “la quería más que a nada en este mundo” y, al final, dos años después de su huida, cuando va a visitarla y se ve como “un esbelto y valetudinario cuarentón”, reconoce que había sido despreciable, brutal y estúpido. Pero “te quería”, se atreve a decir una y otra vez. Confiesa que había ignorado los estados de su alma para consolarse a si mismo, recuerda que la oía sollozar todas y cada una de las noches que pasaron juntos, cuando creía que él ya estaba dormido. Ahora la ve embarazada, “gastada a los diecisiete años”, con otra niña en el vientre, y le pide que vuelva con él.

Hay una nota falsa en estas frases de contrición. Ella, sorprendida, rechaza tajantemente su propuesta. Y el lector recuerda que, cuando se estableció en Beardsley con Lolita tras un año de vagabundeo por moteles de carretera, Humbert Humbert reconocía que “en el transcurso de un mismo día podía pensar en casarme con ella en México o librarme de ella en 1950, cuando se hubiera convertido en una adolescente difícil y perdido su magia infantil, hasta la idea de que con paciencia y suerte podría eventualmente hacerla concebir otra nínfula, una segunda Lolita que hacia 1960 tendría ocho o nueve años mientras yo estaría aún dans la force de l’âge”. Y con esta lectura atenta, como pedía Nabokov, se reafirma la sordidez del personaje y desaparece cualquier duda acerca de la afirmación de que Humbert Humbert solamente era “dueño y esclavo de una nínfula”.

Lecturas

Vladimir Nabokov, ‘Lolita’ (Primera edición en Olympia Press, 1955) Publicada por Anagrama en 1997 (sexta edición) y en inglés por Penguin Books en 2000.

Vladimir Nabokov, ‘Opiniones contundentes’, Taurus, 1999

David Lodge, ‘El arte de la ficción’, Península, 2002

Martin Amis , ‘La guerra contra el cliché’, Anagrama, 2003