Edward St. Aubyn, El padre

A finales de 2013 , Mondadori editó las tres primeras novelas de St. Aubyn bajo el título ‘El padre’: “Da igual”, “Malas noticias” y “Alguna esperanza”. Con esta edición conocimos los lectores españoles que no somos partidarios de la versión original por la razón que sea, las tres novelas cortas con que se inició St. Aubyn, cuya propia vida queda reflejada en ellas, aunque no sean siempre un fiel trasunto y, como dice el propio autor, contengan una gran cantidad de artificialidad, literaria por supuesto.

Parece establecido que la primera novela de un escritor versa sobre su propia vida, tal vez porque “es lo que tiene más a mano”, como dijo no me acuerdo quién. Esta trilogía inicial parece, además, un ejercicio de catarsis mediante la expresión literaria de unas vivencias difíciles de sobrellevar y que marcaron toda la infancia y primera juventud del autor. Porque la vida no fue en absoluto fácil para el niño que fue y que está representado en la novela por Patrick Melrose, hijo y víctima de David.

No obstante, St. Aubyn, en unas declaraciones de ese mismo año de 2013, coincidiendo con la promoción de la edición en español, aseguró que el proceso de creación no coincidió con la fase aguda de su “curación” a través del psicoanálisis, sino que fue posterior, cuando los hechos ya se habían sedimentado en su conciencia y que volver a ellos supuso una “retraumatización”. Su padre, además, ya había muerto, por lo que no cabían posteriores enfrentamientos, aunque la publicación le granjeó la animadversión o el reproche de viejos amigos de su progenitor. A pesar de todo, continuó adelante porque no podía escapar a esa historia que llevaba años pugnando por salir al exterior.

Esnobismo y pederastia

La primera novela, “Da igual” desencadena las otras dos. Transcurre en una gran casa en el sur de Francia, en la que viven los padres de Patrick: un aristócrata británico dominante, sarcástico y cruel y una rica heredera americana, débil y alcoholizada, que es la que mantiene el nivel de vida de la familia. Allí reciben a un grupo de amigos británicos, algunos de clase alta y casi tan degenerados como David, descrito en el primer capítulo como una persona de cierta edad, sesenta años, cuyo único objetivo en la vida es dar rienda suelta a su mal humor y, sobre todo, no aburrise, algo que pocas veces consigue y que le provoca fuertes accesos de ira, aunque su vena sádica no necesita de ellos para poner en marcha sus propósitos.

En fin, un padre como el que todos hemos querido tener alguna vez.

Patrick tiene ese verano cinco años y se mueve por la “granja” un poco descontrolado, jugando con toda la fuerza de la imaginación de un niño de esa edad. Su padre le llama. Ese día no está de buen humor, tal vez porque ha recordado alguno de sus muchos fracasos pasados, como el sueño de convertirse en un gran concertista de piano. Ordena a su hijo que se le acerque y éste le pregunta: ¿Qué he hecho? El padre está furioso: Voy a tener que pegarte, le dice. Sin más explicaciones comienza a azotarle con una violencia incomprensible.

Sus métodos educativos -dice el narrador- se basaban en la idea de que la infancia era “un mito romántico” y que “los niños eran adultos en miniatura” a los que había que endurecer. Pero esta explicación no es suficiente porque acto seguido el padre viola al hijo de cinco años, que experimenta una sensación de horror y de aplastamiento físico y psíquico inconmensurable pero no entiende qué está pasando.

Pasado el trance, David realiza una reflexión que resulta clave para entender de qué está hecho su carácter, imbuido de una maldad inconsciente y absurda. Tiene la impresión de que quizá “ha llevado demasiado lejos su desdén por la mojigatería de la clase media” porque ni siquiera en un club de caballeros podía “alardearse del incesto pedófilo homosexual con la confianza de obtener una acogida favorable”.

El día continúa. Los Melrose tienen invitados y conversaciones vacías que muestran el terror que Eleanor siente hacia su marido, David, pero también su indiferencia hacia todo. Esnobismo a raudales en los dos aristócratas británicos que comparten mesa, David y su amigo Nicholas, y desprecio compartido hacia todo lo que no tenga clase, hacia lo supuestamente vulgar.

En una de las entrevistas publicadas en 2013, St. Aubyn, que escribió estas novelas antes de 1994, afirma que “cuesta encontrar el eslabón entre el esnobismo y la pedofilia, entre la malicia y la violación, pero lo hay”. David “no es solo un producto de su clase. Estoy seguro de que pasa en otros ambientes, solo que yo no sabía mucho de eso. El esnobismo es universal. La gente siempre está buscando una razón para no empatizar con los demás y pueden usar la clase, el género o la raza, Cualquier excusa para despreciar a los demás y liberarse del peso que supone la empatía. No creo que ignorar a otros seres humanos sea una cosa propia de la clase alta británica, pero en el caso de David tiene ciertas actitudes ya precocinadas que funcionan como una cubierta: su arrogancia, el sentirse legitimado… David puede citar a la Antigua Grecia para justificar sus actos”.

Malas noticias”

La segunda novela de la trilogía – “Malas noticias”- transcurre en Nueva York. Patrick tiene veintipocos años y su padre acaba de morir, por lo que viaja a esa ciudad para hacerse cargo de las cenizas. Son apenas veinticuatro horas que Patrick consume bebiendo, esnifando e inyectándose todo lo que tiene a su alcance, desde anfetas a speed, desde coca a heroína. Y planteándose la relación con su padre. Necesita cocaína para sentirse fresco y vitalizado, una copa para mantener una conversación social, heroína para escapar … Padece alucinaciones y presenta un aspecto deplorable. Y piensa en dejarlo, pero no será en este momento. Ya tiene garantizado, nada más pisar Londres, su lote de drogas.

Dice St. Aubyn, respecto al consumo desaforado de drogas durante una importante etapa de su vida que “es una cosa bastante rara necesitar inyectarse veneno en las venas cada 20 minutos con un objeto punzante. Solo lo puede hacer gente que no puede contemplar la idea de estar a solas con sus pensamientos y su conciencia”.

Alguna esperanza”

En la última novela, “Alguna esperanza”, Patrick ha abandonado las drogas y asiste a una fiesta en el campo, en la que encontraremos a personajes ya conocidos. Han transcurrido ocho años de la muerte del padre y Patrick está estudiando Derecho. El recuerdo del padre aún le hipnotiza pero ya es capaz de asumir que su comportamiento destructivo respondía al hecho de que no quería ser como él, de que no quería su sarcasmo, su esnobismo, su crueldad y su traición. Patrick decide contar a un amigo lo ocurrido aquel día en la campiña francesa. Es la primera vez que lo verbaliza y se da cuenta que lo peor ya ha sido superado.

Como nota curiosa, señalar que en esta última novela hace un cameo la princesa Margarita, protagonizando un incidente diplomático con el embajador francés, un esnob de primera. Claro, que ella es una mujer horrenda e insoportable. Se merecen ambos.

Esta capacidad del autor de distanciarse del drama que está narrando, e incluso utilizar la ironía en la descripción de personajes y en las mismas conversaciones hace que algo tan siniestro como es el leit motiv que pone en marcha los acontecimientos posteriores se vea como real pero al tiempo como algo de gran valor literario.

Porque realmente, el lenguaje es fantástico, sobre todo en la primera novela. La entrada en escena del padre que, en lo alto del jardín, mientras se acerca la criada con la colada, observa el afán de una columna de hormigas mientras él decide su destino con una manguera en la mano es genial, una joya literaria.

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