J.R. Ackerley, Mi padre y yo

 

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La obra comienza con una frase que sorprende y estimula la curiosidad: “Yo nací en 1896 y mis padres se casaron en 1919”. Lo justifica en que fueron pasando los años y sus padres olvidaron lo anómala que era su situación, hasta que su tía les impulsó a regularizarla. Suena raro, así es que sigues leyendo para saber más.

Claro, que la intención inicial era comenzar con otra frase, al menos eso es lo que dice la contraportada del libro, que al final no se publicó. Es la siguiente: “El pene de mi padre medía treinta centímetros y medio”. Luego nos enteramos de que era un comerciante en frutas, el “rey del plátano” le llamaban. No es de extrañar.

Lo cierto es que esta parte de la autobiografía de Joe Randolph Ackerly, en la que habla de las relaciones con su padre y de su homosexualidad, resulta muy interesante. Se me ha ocurrido comentarla porque una reseña anterior, ‘Mi padre’ de Saint Aubyn, me la recordó y porque este libro me gustó mucho y aquí sólo escribo de lo que me gusta.

Ambos libros no tienen en absoluto nada que ver. La anterior, la de St. Aubyn, era una novela, aunque con tintes biográficos acusados, sobre una relación bastante escabrosa en un ambiente de clase alta. En esta ocasión se trata de una familia de clase media, es autobiográfica sin más, y la relación entre padre e hijo no puede ser más diferente.

No es el único libro de memorias que Ackerley escribió a lo largo de su vida. “Vacación hindú, un diario de la India”, “Mi perra Tulip” y “Mi hermana y yo”, son también autobiográficas. La última y la del padre se publicaron póstumamente, en 1968, un año después de la muerte del autor.

En las memorias que comento hoy Ackerley se muestra totalmente desinhibido en cuanto a su homosexualidad y su relación con su padre. A su muerte, descubre que tenía una familia paralela a la suya y se encuentra con tres medio hermanas de las que nunca había sabido.

Afirma Javier Marias, en una reseña sobre el libro, escrita en 1991 y revisada en el 2010 para la edición en Anagrama, que ‘Mi padre y yo’ ha quedado como un clásico moderno de la autobiografía y que incluso existe un Premio Ackerley para obras del género. Marías destaca el impudor involuntario del autor, o mejor, corrige, “indeliberado”.

La relación de Joe Randolph con su padre es, creo yo, la habitual entre hijo y progenitor a principios de siglo: distante. El problema es que de tan distante, ni se llegan a conocer. Ni el hijo llega a saber lo de la familia paralela ni su tendencia homosexual llegar a ser tema de conversación entre ellos, aunque se deduce que el padre tenía que sospecharlo. Pero nunca se lo menciona. Como si no existiese, lo que en la época también parece normal.

De todas maneras, las indagaciones que hace el hijo sobre su padre hacen pensar en relaciones un tanto extrañas por parte del propio progenitor. Resulta que se escapó de casa a los dieciséis años y se enroló como soldado raso en los Guardias Reales Montados, donde sirvió tres años y medio. Después prestó servicio en el Segundo Regimiento Real de Caballería, un cuerpo de excelentes soldados muy admirados por su estupendo físico y su espléndido uniforme. Cuando se licencia, en 1884, el soldado de caballería Alfred Ackerley, “con un certificado de escolaridad de segunda y una familia sin medios económicos”, se ha convertido en “un joven de mundo cultivado, viajado, fino y educado con 2.000 libras de renta anuales”.

La explicación, continúa en el siguiente capítulo, está en “dos señores muy ricos” que su padre conoció en Londres durante los cinco años en que fue soldado. Pese a que el hijo indaga sobre estas relaciones, sobre todo con el segundo, en ningún momento se atreve a señalar ningún tipo de relación sexual, aunque flota en el aire. Evidentemente, su padre era heterosexual y en su haber se contabiliza un primer matrimonio, en el que enviudó, el casamiento con su madre y la familia paralela que J.R. descubrió tras su muerte.

Ackerley también hace referencia a sus primeros escarceos amorosos en el colegio y a su incapacidad para mantener una relación constante, así como a su timidez y a su búsqueda de amantes en lugares bastante siniestros y también entre los miembros de la Guardia Real, a la que perteneció su padre. Y lo hace, como señala Marias, sin pudor y al mismo tiempo de la forma en que es más difícil narrar: con claridad y sin impostación alguna.

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