El cuarto oscuro de Pascal y la fortaleza de Kant

Autograph-ImmanuelKant

El ‘pensamiento’ de Blaise Pascal de que todo el mal del mundo viene de que los hombres son incapaces de estarse tranquilos en un cuarto hace mención a la idea de que el bien es la retención de la energía y que el mal es su derroche porque se sustrae del crecimiento. Al igual que el agua, sentencia Cyril Connolly, “como somos más fieles a nuestra naturaleza es en reposo” (1).

En este sentido la existencia de Kant es la expresión más fiel de ese pensamiento. Decir de él que era un hombre muy moderado y metódico sería quedarse corto. De todos es sabido que los relojes de Königsberg se ponían en hora atendiendo a sus paseos “digestivos” de las cuatro en punto. Todos los días, lloviera, nevara o luciera un sol abominable, Immanuel recorría el mismo trayecto: de su casa a la fortaleza de Friedrichsburg y vuelta, lo que dieron en llamar ‘el paseo del filósofo’. Procuraba pasear en soledad por cuestión de higiene: para respirar con la boca cerrada y evitar así las afecciones reumáticas.

Se dice que sólo varió la costumbre del paseo vespertino a causa de la batalla de Valmy, pero no he encontrado nada que avale este dato, que posiblemente pretende poner de relieve que sólo un acontecimiento de tal calibre -la victoria de las tropas revolucionarias francesas sobre las invasoras austríacas y prusianas, que cambió la historia de Europa- pudo hacerle interrumpir sus hábitos. También se cuenta que la única excepción se produjo el día en que la lectura del ‘Émile’, de Rousseau, lo absorbió tanto como para hacerle olvidar su paseo, hecho que suscitó la alarma de sus conocidos. Posiblemente no sea cierto y sólo quiera subrayar el afecto del filósofo por las nuevas ideas de la Ilustración.

Cuando Pascal habla de no salir del cuarto podría referirse no solo a no derrochar energía, sino también a que la inacción social es fuente de todo bien. Si uno está en su casa tranquilamente, dialogando con sus propios pensamientos y poniéndolos en orden y por escrito, no tiene oportunidad de enredar con otros, de dirigir o mezclarse con iniciativas que pongan en marcha acciones, casi siempre malévolas, como pueden ser las guerras o las visitas intempestivas.

Kant se pasó toda su vida pensando, en su cuarto, y escribiendo. Y evidentemente poco mal pudo hacer, aunque criticó mucho a san Anselmo de Aosta; de hecho refutó a conciencia su argumento ontológico de la existencia de Dios, lo que dio mucho que hablar en su época y acabó con la autoridad intelectual del santo.

Solamente hubo en su vida un conflicto: el que mantuvo con la censura bajo el reinado de Federico Guillermo II, a raíz de la publicación de su obra “La religión dentro de los límites de la mera razón”, en 1792, precisamente el año de la batalla dee Valmy. Kant se vio obligado a firmar un escrito comprometiéndose a no volver a hablar ni a escribir públicamente de religión, promesa de la que se sintió desvinculado a la muerte del emperador, ocurrida en 1797.

Kant tiene una obsesión, que es la de llegar a viejo y, por lo tanto, no puede permitirse el malgastar sus fuerzas, no debe derrochar su energía vital. Tampoco tenía en exceso puesto que era flaco y enclenque. Obviamente no se casó, para no malgastarse. Difícil alcanzar una edad provecta si media el matrimonio, decía. Kant murió a los ochenta años, en 1804, suponemos que entero. Y sus últimas palabras fueron: “Está bien”.

Volviendo a Pascal hay que advertir que era bastante incoherente. Por hacer una frase, un ‘pensée’ armónicamente formulado podía arriesgarse a la condena eterna e incluso rebatir lo que acababa de escribir el día anterior, lo que es mucho más grave en un intelectual. Porque si bien apostaba por quedarse en un cuarto, también decía que el hombre necesitaba distraerse y, en el párrafo siguiente, defendía que el tedio provenía de una vida sin Dios y que intentar evitarlo mediante la diversión suponía huir de la realidad. Sin Dios, el hombre no es nada, decía, y el tedio es la conciencia de dicha nada.

Y luego se planteaba que mucho mejor es el sufrimiento porque al menos es “algo”. Pero si no tenías nada por lo que sufrir, pues vuelta a Dios. Es resumen, toda esa retahíla de contradicciones para defender que lo mejor para uno era quedarse en su cuarto pensando en Dios y en que más vale creer que no hacerlo, después de haber experimentado la actividad, la inanidad y la irrealidad.

(1) Cyril Vernon Connolly, ensayista y novelista británico nacido en Coventry en 1903

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