Karim Miské, Arab jazz

 

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La novela comienza con el descubrimiento del cadáver de Laura por su vecino del piso de abajo, Ahmed, un joven que apenas sale de casa, alejado de toda práctica religiosa y que devora cientos de novelas policíacas. Poco a poco conoceremos su historia como la del resto de los personajes que aparecen en esta historia de fanatismo religioso, hipocresía y corrupción policial, en la que conviven judíos jasídicos, musulmanes integristas y testigos de Jehová. Todos ellos son, en última instancia, los autores, no sólo de la muerte de Laura, sino del dolor y el odio que experimenta la generación más joven.

Es la historia de Susan, hija de un alto responsable de los Testigos de Jehová, la que muestra de manera más contundente la reacción contra el fanatismo de sus mayores pero lo hace con una crueldad inusual y una indiferencia absoluta por el sufrimiento ajeno. Por el contrario, Laura abandonará a sus padres, también testigos, pero jugará el papel de víctima y pondrá de manifiesto todo ese cúmulo de acción-reacción impulsado por las creencias religiosas, manipuladas, eso también, por la codicia y el deseo de poder de aquellos que ni siquiera son creyentes, sino que aprovechan de la candidez y de los sentimientos violentos reprimidos de aquellos a los que “iluminan” o seducen a través de la religión o del poder.

El autor, un franco-mauritano educado en un ambiente “ateo de cultura cristiana”, como él mismo lo define, acababa de filmar un documental, Born Again, que abordaba el fenómeno del neofundamentalismo cristiano, judío y musulmán. Miské defiende que los tres grupos son iguales desde el momento en que sus creencias, dioses y profetas son los mismos. Con la escritura de ‘Arab jazz’ pretendió transformar en literatura lo que fue un documental objetivo. Y para ello se ha valido de los instrumentos de la novela negra en la que se ponen de manifiesto las estructuras sociales en las que se desarrolla el crimen.

Los hechos se desarrollan en el famoso distrito 19, en París. Precisamente el mismo donde se criaron los responsables de la matanza en la revista satírica ‘Charlie Hebdo’, en el invierno de 2015. No hay que buscar oportunismo en esta coincidencia porque la novela se publicó en 2012.

Miské regenta un restaurante senegalés llamado Pitch Me, en la parte baja del barrio parisiense de Belleville, en la frontera del famoso distrito 19, un distrito multicultural poblado por magrebíes, judíos, subsaharianos y asiáticos. En ese barrio del extrarradio conviven con más o menos éxito diferentes religiones. Y los mayores problemas son los de la integración en la sociedad francesa, especialmente la de generaciones jóvenes actuales cuyos padres y abuelos llegaron hace años al país, dato que lleva sorprendiendo profundamente desde hace años.

Tal vez se trate, sobre todo entre los jóvenes musulmanes, de una reacción contra el ambiente de ‘cultura cristiana, aunque laica’ de la que habla el autor. Una forma de definirse frente al otro, tomando la religión como pauta para esa diferenciación.

Y, ademas de la religión está el problema del consumo de drogas. Miské relaciona, en una entrevista, droga y religión y recuerda al respecto la frase de Marx acerca de que la religión es el opio del pueblo, pero también recoge su experiencia al tratar con neofundamentalista que fueron exdrogadictos, generalmente heroinómanos. Éstos que abandonaron ese mundo gracias a la religión, pero en muchos casos para consumir en su lugar un “Dios en altas dosis, fuerte y absoluto”. Como si exitiera un túnel directo de una droga a otra.

En la novela, los crímenes están relacionados con una droga química que lleva por nombre ‘Godzwill’, que significa la voluntad de Dios, una droga que, según los que la consumen, les convierte precisamente en Dios.

A lo largo de la novela se suceden las referencias a Ellroy, Hammet, Patti Smith, Gainsbourg o Dina Washington, novela negra y jazz. Este juego con los nombres de las cosas o de los personajes se aprecia claramente en el propio título de la novela, ‘Arab jazz’, que remite a la novela de Elroy, ‘White jazz’, y que significa algo parecido a “un plan retorcido montado por hombres blancos”. Aquí sería un plan siniestro de árabes, judios, cristianos, delincuentes y perturbados.

Y los nombres de algunos personajes llaman poderosamente la atención. Por ejemplo, el del jefe de Policía, Mercator, que es el de un cartógrafo holandés de hace quinientos años que puso a Europa en el centro del mundo; erróneamente el mapamundi de Gerardus Mercator dibuja un territorio europeo dominante y enorme que no le corresponde.

Por último, quiero transcribir la semblanza que hace el autor de Mercator, el jefe de los dos tenientes que se ocupan de resolver el caso. Me parece fascinante. Dice de él que siempre daba la impresión de que “cada una de sus acciones tenía un significado” y que “su aura de misterio constituía la exacta naturaleza de su poder, como un pergamino cubierto de jeroglíficos expuesto a los ojos de todos y completamente indescifrable”. Y prosigue: “Mercator era dueño de un físico de tenor ( ) pero no era lo que se dice gordo. El equilibrio entre grasa y músculo era casi dialéctico. Un leve exceso de grasa para tranquilizar al adversario y los músculos necesarios para abatirse sobre su presa en el momento adecuado”.

En resumen, una novela negra absolutamente recomendable.

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