Patrick Deville, Peste & Cólera

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En algo más de 230 páginas se nos cuenta la vida y obra de Alexander Yersin, un microbiólogo del Instituto Pasteur que no sólo hizo importantes descubrimientos, sino que fue médico en una compañía naviera, explorador, agricultor, meteorólogo… Se puede decir que en sus ochenta años de vida -nació en 1863 y murió en 1943- no se quedó quieto ni un momento.

Se le conoce sobre todo por el descubrimiento del bacilo causante de la peste. Dicen algunas enciclopedias que fue “codescubridor” junto con el japonés Kitasato Shibaburo, pero su biógrafo -en este caso Deville- deja clarísimo que no, que fue Yersin el primero que aisló el bacilo y descubrió que las ratas lo llevaban también encima, y eso a pesar de las dificultades que le pusieron a nuestro investigador franco suizo por parte de los británicos cuando fue a Hong Kong a estudiar los casos de peste que se habían declarado en 1894. Ni siquiera le permitieron hacer autopsias pero tuvo la suerte de no poseer un laboratorio tan sofisticado como el de su colega japonés, gracias a lo cual su bacilo se mostró claramente en la temperatura adecuada.

Deville nos cuenta ésta y otras historias que protagonizó Yersin y, de paso, la historia colonial de esos casi cien años y la de los avances médicos y científicos de la época. Para documentarse ha utilizado las cartas que el propio Yersin envió durante años a su madre, a su hermana y a colegas del Instituto Pasteur. Las cartas deben ser terriblemente aburridas, algo que reconoce el propio Deville, quien nos cuenta que su conversación lo era también, al menos en los salones, aunque no para otros investigadores tan metódicos como él.

Y, sin embargo, Deville consigue que esas más de doscientas páginas biográficas no sólo sean amenas sino también apasionantes. No es la primera biografía que acomete, ni la última. Define sus libros como “novelas sin ficción”, lo que viene a decir que todos los datos son reales, pero que su estructura es literaria. Afortunadamente es así y gracias a esto, y también a que conoce los escenarios y ha profundizado en la biografía de Yersin, los lectores podemos disfrutar de una narración que salta de la Primera a la Segunda Guerra Mundial, de Livingstone a Rimbaud, de la quinina al árbol del caucho, de Manila a Hong-Kong o del Instituto de Pasteur al Instituto de Higiene de Berlín de Robert Koch, rivales pero igualmente importantes en la lucha contra tantas enfermedades cuyos transmisores, pequeños microbios, habían sido unos desconocidos hasta entonces.

Featured imageTras pasar un tiempo investigando en el Pasteur (junto con Roux descubre la toxina diftérica) Yersin decide que ya es momento de cambiar de vida y se enrola como médico en un barco de la compañía Mensajerías Marítimas de Burdeos, primero en la línea Saigón-Manila y luego Saigón-Haiphong. Quiere ser explorador y lo consigue. Un tercio de su tiempo lo pasa a bordo, el otro está de descanso en Saigón y el último lo pasa en la ciudad de Manila, adonde regresa cada mes para estudiar astronomía con los jesuítas del Observatorio, escala el volcán Taal y se dedica a otros trabajos prácticos, como construir cometas. Y remonta las orillas de los ríos en pequeñas barcas, en medio de una “espesa selva trropical”, como le cuenta a Fanny, su madre, que aún continúa viviendo en un cantón de Suiza.

Ya de pequeño Yersin tenía a Livingstone en un altar particular. Deville nos descubre que también Pasteur era un admirador del médico explorador al que localizó Stanley y que, junto con Ferdinand de Lesseps, realizó un viaje a Escocia para conocer a su hija. Tal vez Pasteur sintiera cierta envidia de Yersin, cuando éste tomó la decisión de dejar el Instituto en París y explorar la jungla.

Deville, posiblemente por su cuenta, hace un paralelismo entre Yersin y Rimbaud, que en esos tiempos también había abandonado Francia y exploraba y traficaba en África. Ahora bien, Yersin nunca abandonó sus contactos con el Instituto Pasteur y con la investigación. Es en 1894, cuatro años después de enrolarse en la compañía naviera, cuando es enviado a Hong Kong por el Gobierno francés y por el Instituto para estudiar el brote de peste que está asolando la región asiática.

También explora las regiones de la Indochina francesa y descubre Nha Trang, en Vietnam, donde pasará largos periodos de su vida en el laboratorio que ha creado, fabricando el suero de la peste, aclimatando especies vegetales de otros mundos en Hon Ba (en las montañas), como la quinina o el árbol del caucho, estableciendo una estación meteorológica…. Es un “hiperactivo”, dice su biógrafo, o un “enciclopedista”, también lo dice, que intenta aprenderlo todo y al que todo le interesa.

Con los años crea en Nha Trang un importante laboratorio y también llega a poseer un gran número de cabezas de ganado, cuya explotación le permite importar semillas, artefactos, un automóvil, cualquier cosa que le pudiera interesar para progresar en sus diversas actividades o calmar su curiosidad insaciable. Pero no se convierte en un déspota colonialista, en absoluto. No será como aquel Charles David Mayrena que se autoprocamó rey de los sedangs en Annam en 1888 con el nombre de Marie I, aquel que buscaba oro y gloria, un antiguo soldado del cuerpo de expedición francés y que en 1890 se retiró a la isla de Tioman, donde murió, “rodeado de una decadente corte de pistoleros a los que él había hecho barones y de las ajadas y emperifolladas bailarinas de cabaret que se trajo desde Bruselas en su época de esplendor”.

La casa de Yersin en Nha Trang es hoy un museo y el epitafio que adorna su tumba reza lo siguiente: “Benefactor y humanista, venerado por el pueblo vietnamita”.

Nota: La tumba, coronada por una pagoda, según leí en un blog sobre Yersin, muestra el epitafio con el que he terminado el comentario al libro de Deville, pero éste asegura en en la tumba sólo puede leerse en letras mayúsculas: ALEXANDRE YERSIN 1863-1943.  Habrá que visitar Nha Trang

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