John Lanchester, El puerto de los aromas

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Siempre que emprendo la lectura de un nuevo libro, incluso cuando no sé nada de él ni de su autor, adopto una actitud de respeto e ilusión. Confío en que algo en ese libro me sorprenda o me conmueva, me enganche, o me haga pensar… Cualquiera de esas experiencias puede ofrecerme ese libro nuevo cuya portada me entretiene un momento antes de comenzar la lectura. La primera página suele casi siempre sembrar grandes expectativas; las sucesivas corroborarán o no su interés y la oportunidad de mi entusiasmo.

Con los años he aprendido a abandonar un libro sin remordimientos. Y es que no todos merecen que se les lea hasta el final. Y es necesario perderles el respeto porque el tiempo, que es lo único que yo tengo, no es infinito.

Y todo esto viene a cuento de la novela que acabo de terminar. La empecé, como todas, con ilusión. El título me llamó la atención: “El puerto de los aromas”. Es lo que supuestamente significa Hong Kong en chino.

Las primeras páginas no me parecieron malas; en ellas una periodista británica se instala en la colonia poco antes de que el Reino Unido proceda a entregársela a la República Popular China. Nos cuenta básicamente su relación con los millonarios y mafiosos de Hong Kong.

Pero la historia que se narra es la de Tom Stewart, quien en 1935 abandona Inglaterrra y marcha a hacer fortuna en Hong Kong. A lo largo de la novela se nos cuenta los principales episodios que vive la colonia desde ese año hasta finales de siglo, acontecimientos en los que de alguna manera siempre se ven implicados Stewart y sus familiares o amigos. Creí que por el hecho de que Lanchester hubiera crecido en Calcuta, Rangún, Brunei y Hong Kong, según la contraportada del libro, podría transportar al lector con ese bagaje de imágenes y experiencias adquiridos a esos territorios tan exóticos para los europeos. Leyendo más sobre el autor descubro que nació en Hamburgo y que sólo vivió en Hong Kong sus primeros diez años de vida. Por muy esponja que sean los niños cuando la mirada adulta no es diferente no hay nada que hacer.

Podría ser inrteresante si no fuera porque Lanchester redacta las vivencias de Stewart como un catálogo de sucesos y resulta muy aburrido. En lugar de ofrecer unas vivencias insólitas, que puede que lo sean, nos narra de manera plana sucesos que podrían ser impresionantes. Incluso la supuesta relación con Auden, que parece cierta (hizo un viaje a varias ciudades chinas en 1938 junto con Isherwood, del que surgió una serie de poemas), se convierte en una historia más sin anclaje en la globalidad de la novela. Solamente las páginas dedicadas a contar la estancia de nuestro héroe en un campo de concentración japonés una vez conquistada la isla resultan interesantes.

Pero el resto es puro tedio. Aparecen personajes y circunstancias que carecen del más mínimo interés y no aportan nada a una historia, a la que no es que se le vean las costuras, sino que no las tiene. Son piezas desperdigadas aquí y allá, cuya única relación es la insipidez.

Debí dejar la lectura pero pensé que tal vez podría aprender alguna cosa de Hong Kong y de China, aunque no fuera literaria, y además me intrigaba cómo iba el autor a acabar juntando todo aquello de lo que estaba escribiendo. Pues mal, naturalmente (aquí dejen de leer quienes estén interesados en la novela porque lo voy a desvelar todo).

De pronto, en las últimas páginas aparece como un ‘deus ex machina’ el mismísimo nieto de Tom Stewart, un experto luchador de kung-fu, que le salva de unos ‘hooligans’ en una parada de taxis. Luego, tras la salvación, le contará que su abuela era la monja china que conoció en el barco que por primera vez le llevó a Hong Kong, en cuya travesía le enseñó a hablar cantonés. Luego se vieron varias veces y cuando los japoneses invadieron China y la colonia británica, Stewart y la monja vivieron juntos varias peripecias para escapar de Hong Kong. Tras su separación (él tiene que volver a Hong Kong para cumplir su misión heroica ante los japoneses) la monja tiene un hijo en China que da en adopción y que morirá durante la Revolución Cultural de Mao.

Pues bien, Tom Stewart no tenía ni idea de la existencia de este hijo. Y nosotros tampoco. Sí sospechamos una relación platónica, pero de ahí a su consumación, pues no. El autor en ningún momento dice nada y ni siquiera lo sugiere. Me parece muy poco “profesional” y tal vez sea lo que más me disguste de la novela. No pensaba en este blog hacer ninguna mala crítica de ningún libro, simplemente iba a pasar de ‘El puerto de los aromas’, pero eso rebasó mi aguante.

Y a partir de ese momento en que aparece el nieto caído del cielo, es él quien cuenta la historia: se hace ingeniero gracias al dinero del abuelo y monta una empresa de aparatos de aire acondicionado. Cuenta cómo la corrupción en la China continental va a llevar a la quiebra a su empresa y es entonces cuando contacta con la periodista del principio que se ha convertido en relaciones públicas de un gran mafioso, de la misma familia que hizo desaparecer a su abuela la monja. Podría quedar como un perfecto círculo, pero no lo consigue. Es simplemente falso y aburrido.

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