André Malraux, La Vía Real

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Mientras redactaba la semblanza de Mayrena, el efímero rey de los sedangs, me parecía estar contando una historia de opereta, pura farsa: los estrambóticos uniformes, la profusión de órdenes y medallas, los combates a duelo con los indígenas y todo lo demás me parecía que no ofrecía una imagen fiel de lo queocurrió en aquel tiempo en la Indochina francesa. Me faltaba sobre todo crear una atmósfera del lugar y una imagen creíble de los actores. Y es sorprendente, pero eso solamente lo consigue la literatura.

Andrè Malraux estuvo allí, en las selvas de Indochina, en el año 1923, más de treinta años después de la muerte de Marie I. Ese año, el escritor francés se embarcó con su esposa, Clara Goldschmidt, y con un amigo de la infancia, Louis Chevasson, hacia Saigón. Había perdido todo su dinero en la bolsa y le dijo a Clara, según las memorias de ella, que ni se le ocurriera pensar que él iba a ponerse a trabajar. Así pues, organiza una expedición privada con el fin de arramblar con piezas de arte jemer en Camboya. Fueron descubiertos tras arrancar varios relieves en el templo abandonado de Banteay Srei (en el área de Angkor), un templo hindú dedicado al dios Shiva en el siglo X, y detenidos por las autoridades coloniales. Los dos amigos fueron condenados a penas de cárcel en 1924, tres años para Andrè y dieciocho meses para su compañero, pero no llegaron a cumplirlas. Pasado el tiempo, André Malraux se convertiría en ministro de Cultura en la Francia de De Gaulle, entre 1959 y 1969.

El protagonista de ‘La Vía Real’, novela publicada en 1930, es un joven arqueólogo -Claude- que pretende seguir la ruta que unía Angkor y los lagos con la cuenca del Menán para descubrir templos olvidados y llevarse los bajorrelieves para venderlos. Le acompañará un aventurero de profesión, ya mayor, posiblemente a sueldo de las autoridades de Siam que le habrían encomendado misiones respecto a las tribus rebeldes, como la organización del país shan y de las provincias fronterizas laosianas. Perken es danés, al igual que los mandos de la policía y del ejército de Siam, con cuyo gobierno mantiene unas relaciones “tan pronto cordiales como amenazadoras”; acompaña a Claude porque quiere saber noticias de otro aventurero, perdido entre los mois, Grabot.

Estas misiones “no oficiales” nos recuerdan a Mayrena y su incursión entre las tribus de los mois para organizarlos y crear una especie de colchón francés frente a las ambiciones territoriales de Inglaterra y de Alemania, potencia que actúa a través del Reino de Siam.

En las primeras páginas de la novela, Perken menciona al efímero rey de los sedangs, del que dice: “Creo que era un hombre ávido de representar su propia biografía, lo mismo que un actor representa su papel”. Elogia su valentía y nos da un pequeño apunte biográfico para demostrarlo: “Llevó a lomos de elefante el cadáver de su pequeña concubina chame para que pudiese ser enterrado como las princesas de su raza, a través de la selva insumisa”. Y reconoce la fiereza de los sedangs al confesar que sólo ha vivido entre ellos ocho horas.

Comienza el viaje a través de la selva y su descripción resulta angustiosa: “Claude se hundía como en una enfermedad en aquella fermentación en que las sombras se hinchaban, se alargaban, se pudrían fuera del mundo en el que el hombre cuenta, que le separaba de sí mismo con la fuerza de la oscuridad. Y por todas partes, los insectos ( ) vivían de la selva, desde la bolas negras que aplastaban los cascos de los bueyes uncidos a las carretas y las hormigas que ascendían temblequeando por los troncos porosos hasta las arañas sostenidas por sus alas de saltamontes en el centro de telas de cuatro metros ( ) una inmovilidad de eternidad ( ) Las altas y blanquecinas termiteras sobre las que jamás se veía una termita, elevaban en la penumbra sus picos de planetas abandonados, como si hubiesen nacido de la corrupción del aire, del olor a hongos, de la presencia de las minúsculas sanguijuelas, aglutinadas bajo las hojas como huevos de moscas ( ) Una potencia desconocida unía los árboles a las fungosidades, hacía bullir todas las cosas provisionales sobre un suelo semejante a la espuma de los pantanos, en aquellos bosques humeantes de principios del mundo”.

Y a este horror se une el miedo que provocan los salvajes, la tribu stieng, a cuyo poblado van a parar. Vestidos con taparrabos infectos, provistos de lanzas y de un arma corta mezcla de sable y de machete, su táctica guerrera consistía en sembrar los caminos de pequeñas lancetas envenenadas y apenas visibles. La selva y sus habitantes, así como los blancos que se internan en ella, recuerdan las imágenes que dibuja Josep Conrad en ‘La línea de sombra’ y las que muestra Francis Ford Coppola en Apocalypse Now, película inspirada precisamente en esa novela.

Malraux describe ‘La Vía Real’ como una “novela de aventuras” marcada por “una preocupación metafísica” y con una “dimensión política”. Una vez dijo que su anticolonialismo nació en Indochina. Sin embargo, en esta novela el héroe, aunque cínico y brutal, sigue siendo Perken, que parece erigirse en defensor de los indígenas de sus dominios contra la llegada del hombre blanco, pero que no tiene el menor respeto por las tradiciones de los stieng cuando dispara sobre el totem de la aldea. Malraux los describe en términos muy parecidos a los que usa a la hora de hablar de los insectos: sucios, crueles y poseídos por el instinto comunitario e imparable de una colonia de hormigas.

Tras leer la novela de Malraux me parece más digna de interés si cabe la aventura de Mayrèna. Al escritor francés le impresionó la hazaña de su conciudadano e incluso llegó a escribir una novela inacabada sobre su vida. Se trata de “El reino del maligno”, que cierra el tercer volumen de las Obras Completas de Malraux. Comenzó a redactarla en 1939 y narra la creación de Reino de los Sedangs por Mayrèna. Rescató su personaje central para algunos capítulos de las Antimemorias pero nunca llegó a terminarla.

Esta novela de Malraux tiene para mí el valor de un testimonio real: el de su expedición. También posee un lenguaje muy impresionista, muy visual. Como novela de aventuras es medianamente entretenida. Lo que la hace un poco insoportable son algunas meditaciones “filosóficas” sobre lo que es o quiere ser Perken: la mezcla de erotismo, poder y muerte, ideas que atraviesan la novela desde el principio hasta el frinal, hacen de ella una obra trasnochada y de ambición desnortada. Pero resulta interesante su lectura porque, además de las descripciones inolvidables de la selva y de los nativos, es el testimonio de una época, la de los años treinta, en los que la ideología colonialista comenzaba a ser denostada, aunque de una forma tangencial como hace el propio Malraux. Y también es interesante porque Malraux mismo es todo un personaje, un mitómano con ansias metafísicas.

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