Más allá del Hindu Kush

La expedición de Alejandro Magno

Perseguía a Bessos, el asesino de Darío que se había declarado su sucesor, y en su persecución Alejandro atravesó el Hindu Kush con más de treinta mil soldados, que sufrieron un frío intenso, jornadas inacabables y hambre constante.

A finales de septiembre del año 330 a.C., con el invierno en ciernes, emprendió la marcha hacia Kandahar, hacia las lejanas montañas de la estribación del Himalaya que separan de norte a sur la India de Irán, denominadas posteriormente el Hindu Kush, que significa “el asesino hindú” por la elevada tasa de mortalidad entre los jóvenes esclavos de la India que los mercaderes medievales llevaban a vender a Irán. No todos los expertos aceptan esta etimología popularizada por el viajero Ibn Batuta en el siglo XIV y señalan que Hindu Kush es una corrupción de la expresión latina ‘Caucasus Indicus’, que era el nombre que le dieron los romanos. También puede provenir de ‘kushan’, nombre del imperio que entre los siglos I y III d.C. se extendió desde Tayikistán hasta el Mar Caspio ocupando todo lo que es hoy Afganistán hasta el río Ganges.

Kandahar, la ciudad hacia la que se puso en marcha el ejército macedonio era la población más importante de la región de Aracosia, “la bien regada”. Su nombre actual podría derivar precisamente de Alejandría, que habría dado Iskanderiya y luego Kandahar. No fue la única Alejandría del actual territorio de Afganistán; se pueden contar más de media docena. Cuando no combatía, el macedonio creaba o renombraba ciudades y establecía puestos avanzados, en los que dejaba a soldados en calidad de colonos. Por eso no es extraño que algunos pueblos de esta región, como los kalash, se consideren herederos directos de aquellos veteranos que se quedaron allí a vivir.

Nuestros amigos Dravot y Carnehan, a los que conocimos gracias a Kipling, no estaban equivocados: por allí pasó Alejandro y fundó ciudades en las que vivieron colonos griegos. Probablemente ambos aventureros atravesaron la montaña por uno de los ocho pasos que conectan el actual Pakistán con Afganistán. El plan, según le cuentan a Kipling aquella calurosa noche antes de partir, es alcanzar Peshawar y luego arriba a la derecha, atravesando el paso de Jagdallak, hasta llegar a Kafiristán, la meta de su viaje (1).

Antes de la llegada de Alejandro, las tierras de Afganistán ya habían visto pasar y quedarse a los pueblos iranios, que se llamaban a sí mismo “arya”, es decir, “los nobles”, procedentes del centro de Europa. Se asentaron, unos en Irán, país al que dieron nombre, y otros en la India a la que llegaron atravesando el Hindu Kush, hace 3500 años. Que muchos afganos y muchos habitantes de los valles de las montañas presenten sus características físicas -piel blanca y ojos claros- no es nada sorprendente ni hay que achacárselo exclusivamente a la colonización alejandrina.

El el mes de diciembre comenzó la etapa más dura del viaje de Alejandro en pos de Bessos. El objetivo era cruzar el Hindu Kush hasta la ciudad de Balj (Bactria para los griegos). Se la consideraba la ‘madre de las ciudades’ y en ella nació Zoroastro. Una rebelión en la actual Herat (Alejandría de Arie) obligó a Alejandro a desprenderse de varios miles de soldados para sofocarla, con lo que quedaron treinta y dos mil en la expedición. El camino entre Kandahar y Kabul era abrupto y discurría entre desfiladeros y allí empezaron las penurias. Cerca de Kabul Alejandro hizo levantar un campamento de invierno y la nueva ciudad, en la que instaló a ocho mil nativos y a todos los veteranos y mercenarios de los que pudo prescindir, pasó a llamarse Alejandría del Cáucaso, actual Bagram, a setenta kilómetros de la capital afgana.

En mayo del año 329 se hicieron los preceptivos sacrificios a los dioses antes de iniciar la escalada a través del paso de Jáiber, también llamado Khyber o Khaiwak, a una altura de 3.350 metros. La ascensión hasta la cima duró una semana y ya entonces se quedaron sin comida. Las estribaciones de la cordillera conformaban un territorio inhóspito, en el que no había ni pájaros ni vida salvaje alguna, según cuenta el historiador romano del siglo I d.C. Quinto Curzio Rufo, que describe a los parapamísadas como la raza menos civilizada entre los bárbaros. El ejército de Alejandro, nos cuenta, sufrió “el hambre, el frío, la fatiga y la desesperación y muchos sucumbieron al insólito rigor de la nieve” (2).

1-prometeo1

Prometeo en el Hindu Kush y la cima del mundo

En medio de las montañas la expedición de Alejandro encontró una roca de una altura de ochocientos metros que, según los nativos, fue la residencia de Prometeo, junto con el nido de la mítica águila que le roía el hígado y las marcas de las cadenas que mantuvieron inmóvil al titán para cumplir el castigo eterno impuesto por Zeus por haber entregado el fuego al hombre. A los expedicionarios les pareció que ése era el lugar, aunque el mito siempre se había situado en el Cáucaso, a miles de kilómetros de distancia hacia el noroeste. Con el fin de reconciliar el mito y la geografía -nos dice Lane Fox- la gente de Alejandro sostuvo que el Hindu Kush estaba unido al Cáucaso por una prolongación que se extendía hacia el este (3).

Desde entonces, los eruditos antiguos y modernos han tratado el error con mucha crueldad haciendo ver que se trataba de un gesto de adulación hacia Alejandro. Pero, prosigue Lane Fox, la confusión podría venir de que el nombre griego del Hindu Kush, el Paropamiso, derivaba de la palabra persa “uparisena”, que significa “pico sobre el que el águila no puede volar”. Si esas montañas encerraban a la mítica águila tenía que ser el Cáucaso, fuera cual fuese la geografía.

Los expedicionarios escalaban hacia la cima con la expectativa de una recompensa mayor que los sufrimientos: poder observar el límite oriental del mundo, donde las tierras fronterizas de la India se fusionaban con el arremolinado océano. Ni Aristóteles, el maestro de Alejandro, ni ninguno de los sabios de Occidente tenían conocimiento de la existencia de China. Pero, lamentablemente, desde la cumbre del Paropamiso sólo pudieron ver más y más montañas.

El ejército necesitó al menos diez días para descednder por la pared opuesta. Los caballos se calzaron con las botas de piel que los generales griegos usaban para hacer frente a la nieve, pero la falta de comida les obligó a sacrificarlos y utilizar su carne como alimento, carne que consumieron cruda porque ni había madera ni forma de hacer fuego.

Por fin Alejandro y su ejército llegaron a Bactria; los rebeldes de Satibarzanes habían sido derrotados, lo que provocó la huida de Bessos, cuyos seguidores, ya desafectos, le entregaron a Alejandro. El macedonio siguió recorriendo la región y llegó hasta la Sogdiana. Después tuvo lugar la triste muerte de Clito a manos de Alejandro y la unión del rey con Roxana. Pero todo eso merece muchísimas más páginas y mi intención sólo era recoger datos sobre el paso del Hindu Kush.

Lane Fox

Atravesar el Hindu Kush

Hemos visto a los primitivos arios cruzar la cordillera para instalarse en la India; a Alejandro Magno y su ejército atravesarla para consolidar su poder en las provincias limítrofes de lo que había sido el imperio persa hasta entonces. A la muerte de Alejandro, la región se incorporó al Imperio seléucida y años más tarde fue conquistada por los kushana, de religión budista (a esta época corresponden los Budas de Bamiyán). Las luchas entre los diversos pueblos de la zona e invasores procedentes de occidente se suceden. Sin embargo, en el siglo XIII, cuando Marco Polo regresa de China cuenta que en esa región “existen muchos pasos estrechos y peligrosos tan dífíciles de superar que la gente no teme las invasiones”.

En abril de 1398, Tamerlán cruzó la misma pared del Jáiber que atravesó Alejando Magno, obligando a sus mongoles -dice Lane Fox- a arrastrarse por los glaciares a cuatro patas, a usar trineos y a balancearse sobre los barrancos por puentes hechos con cuerdas que se ataban a grandes rocas.

Británicos en Afganistán

Durante siglos la región fue ignorada por los europeos pero cuando las fronteras del Imperio británico alcanzaron el Himalaya, el Karakorum o el Hindu Kush, lindando con Asia central, las consideraciones políticas y la defensa del Imperio hicieron que los ingleses se interesaran mucho por lo que sucedía en aqeullas regiones hasta entonces desconocidas y poco accesibles, zonas en las que se practicaba el Gran Juego a tres: Inglaterra, Rusia y China.

Afganistán actuó como Estado tapón entre Gran Bretaña y la Rusia zarista y el Imperio británico se implicó de lleno en todo lo relativo al gobierno del país con golpes de Estado y enfrentamientos con las tribus durante todo el siglo XIX. Una de las acciones más trágicas y tristes se produjo durante la retirada británica en la primera guerra anglo-afgana: la masacre sufrida por una columna británica que, ante la sublevación de los afganos, intentó ponerse a salvo partiendo de Kabul a Jalalabad en pleno mes de enero de 1839. La ruta atravesaba varios pasos de montaña cubiertos de nieve y la expedición estaba compuesta por 4.500 militares (690 de ellos europeos) y 12.000 civiles -entre los que había mujeres y niños. Los afganos la hostigaron durante todo el recorrido y el combate final tuvo lugar en Gandamak el 12 de enero, siete días después de su partida. De los veinte oficiales y cuarenta y cinco soldados europeos, sólo seis oficiales consiguieron escapar a caballo, de los que cinco murieron en la huida.

El impacto que produjo la derrota y los horribles detalles sobre cómo los afganos daban muerte a sus enemigos llevaron a Rudyard Kipling a describir en “El hombre que pudo reinar” la crueldad de los afganos cuando se rebelan contra Dravot y a escribir el siguiente poema:

Cuando estés herido y abandonado

En los valles de Afganistán

Y las mujeres salgan

Para cortar en pedazos tus restos

Simplemente toma tu rifle

Y vuélate los sesos”

En la tarde del día siguiente a la matanza, el 13 de enero de 1842, los británicos acantonados en Jalalabad esperaban la llegada de sus camaradas procedentes de Kabul, pero lo acertaron a ver una figura solitaria que llegaba cabalgando hasta las murallas de la ciudad: se trataba del doctor William Brydon, el único superviviente de la columna. Había sido herido de un espadazo en la cabeza pero salvó la vida porque, para combatir el intenso frío, había metido dentro de su sombrero un ejemplar de la revista Blackwood’s Magazine, que amortiguó el golpe. Su caballo, herido también, murió al poco de llegar a la ciudad y el afortunado doctor, tras participar en la guerra anglo-birmana y en otros acontecimientos bélicos como médico del regimiento, murió en Escocia en 1873.

El tren que atraviesa el Jáiber o Khyber

En 1925, en la época del Raj británico, finalizó la construcción de una línea férrea que une Afganistán con Peshawar (Pakistán) a través de 24 túneles y 92 puentes en un recorrido de unos setenta kilómetros que utiliza el paso del Jáiber y que costó la asombrosa cifra de más de dos millones de libras esterlinas.

Paul Theroux, el escritor que ha viajado por todo el mundo saltando de tren en tren, lo utilizó en la ruta a través de Asia que, en 1975, relató en “El gran bazar del ferrocarril” (4). En Kabul, ciudad que le resultó sumamente antipática, tomó un autobús hasta la estación de Landi Kotal, donde subió al tren que le llevó a través del paso de Jáiber hasta Peshawar, ya en Pakistán. Sólo circulaba un tren a la semana y lo utilizaban los afganos para visitar el bazar de Peshawar.

Theroux nos cuenta que el paso es más rocoso, más alto y más espectacular en el lado afgano de la frontera que en el paquistaní y que el ferrocarril es una maravilla de la ingeniería que atraviesa túneles y puentes y trepa hasta los 1.100 metros de altura. Hay cinco kilómetros de túneles y, como el tren carece de luz, se viaja en tinieblas al atravesar las montañas. De repente, el sol de los valles inunda los vagones. Reconoce que parece un viaje imposible para un tren: “El convoy se balancea avanzando por el costado del risco, dando fuertes resoplidos y, cuando ante él no hay más que aire y roca vertical, penetra en la montaña. Al entrar, desaloja murciélagos del techo”. Curvas y precipicios imposibles, hasta llegar a la llanura de Peshawar.

Otra impresión del Hindu Kush la recoge el viajero y escritor Harry Rutstein que en 1981 inició los preparativos para cruzar las cuatro montañas que convergen en el norte de Pakistán y recoge las reflexiones de Samuel Johnson acerca de lo que pudieron sentir los expedicionarios de Alejandro, los guerreros de Tamerlán o los soldados británicos: “Aquellos que penetraron en la profundidad de las montañas del Hindu Kush relatan el extremo silencio del cielo de la medianoche, con sus estrellas ardiendo con intensidad y los picos colosales que elevan sus moles blancas más alto que las tormentas; conmueven la imaginación con una sensación de misterio incomprensible y quietud eterna, como ninguna otra región sobre la tierra lo puede sugerir. Aquí hay esplendores y melancolía, poderes indescriptibles y reservas impenetrables” (5)

(1) Rudyard Kipling, El hombre que pudo reinar, Valdemar 2009 (Puede leerse un comentario sobre este cuento y la película de Huston en mi anterior entrada)

(2) Quinto Curzio Rufo, Historia de Alejandro Magno, Sarpe, 1985

(3) Robin Lane Fox, Alejandro Magno: conquistador del mundo, Acantilado 2007

(4) Paul Theroux, El gran bazar del ferrocarril, Punto de Lectura 2009

(5) Harry Rutstein, La odisea de Marco Polo, Ediciones Nowtilus, 2010

Anuncios

2 thoughts on “Más allá del Hindu Kush

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s