Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas

Nos encontramos en África, el continente literario por excelencia, el sueño de los exploradores y también el de los escritores. Conrad viajó por el Congo y luego, ya en Inglaterra, nueve años después, escribió sobre él. En el prólogo a la edición de 1902 advierte de que se trata de una “experiencia llevada un poco (y solamente un poco) más allá de los hechos reales con el propósito, perfectamente legítimo -creo yo- de traerla a las mentes y al corazón de los lectores”.

Algunos han comparado el personaje de Kurtz con otros reales como el Rajá Blanco e incluso contemporáneos, como Mayrèna, de los que ya he escrito en anteriores entradas. Está claro que “El corazón de las tinieblas” es la trasposición novelada del viaje de Conrad por el río Congo en 1890, pero me parece que no hay un personaje ni de verdad ni de ficción sobre el que pueda estar inspirado el agente comercial que acaba rindiéndose a los poderes misteriosos de la selva. Como en todas sus novelas, en ésta surge intensamente un asunto que le obsesionaba: la lucha del hombre contra las fuerzas incontrolables de la naturaleza, fuerzas irracionales y primitivas que subyacen en todos los hombres y que se mantienen inactivas e invisibles mientras no se abran las exclusas impuestas por la civilización.

Los sucesos de este viaje se narran a través de Charles Marlow, un capitán de barco que representa al propio Conrad y que permite al novelista recordar episodios de su propia vida y mostrar una actitud moral, a veces desconcertante o ambigua, sobre lo ocurrido y su significado. Aunque, tal vez esta ambigüedad actúe como una coartada. Dice Edward Said, en un ensayo sobre el escritor polaco naturalizado británico, que Marlow entra en el corazón de las tinieblas para descubrir que Kurtz es incapaz de decirle toda la verdad, por lo que cuando narra sus experiencias no puede ser tan exacto como le habría gustado y acaba exponiendo aproximaciones e incluso falsedades, de las que tanto él como sus lectores parecen darse cabal cuenta. Esa forma de relatar es la manera que tiene Conrad de ser ambiguo, de no dar nunca nada por auténtico y fomentar la duda. También es una exaltación de la ironía, cuando no del sarcasmo más estimulante y sublime.

El rey de los belgas

Conrad aprovecha su experiencia en África, donde durante ocho meses capitaneó un barco fluvial, propiedad de la Sociedad Anónima para el Comercio en el Alto Congo, para denunciar los excesos colonialistas, la salvaje explotación del continente entero.

Pretende desenmascarar la filantropía hipócrita de las gentes civilizadas que realmente lo que pretenden es expoliar a los países y a sus gentes. Unos años antes de que firmara el contrato para pilotar el vapor en el río Congo, en 1876, el rey Leopoldo II de Bélgica convoca la Conferencia Geográfica Africana en Bruselas, a la que acudieron expertos, exploradores y científicos de varios países europeos. En su discurso de apertura, el rey de los belgas declaró que lo que allí les reunía era una cuestión de la máxima moralidad, que no era otra que la de “abrir a la civilización la única parte del globo en la que no ha penetrado y ahuyentar las tinieblas que envuelven a poblaciones enteras; una cruzada digna de este siglo de progreso”. El régimen de odiosa esclavitud que estableció, como dueño del Estado Libre del Congo, fue responsable de la muerte de varios millones de congoleños.

Conrad denuncia los abusos del colonialismo, pero al mismo tiempo es partícipe de las ideas imperialistas del siglo e incluso, a veces, sus comentarios acerca de los indígenas resultan ciertamente xenófobos, o al menos carece de empatía hacia ellos, como cuando se refiere a los caníbales con los que viaja en el vapor por el Congo o la capacidad de aprendizaje, nunca total en su opinión, de los salvajes. Conrad, como todos los grandes escritores, capta el espíritu de su época. Y por eso, como dice Said, sus narraciones “son propias de un tiempo y de un lugar y no son incondicionalmente verdaderas ni ciertas sin matizaciones”.

Civilización y barbarie

Marlow comienza su relato mientras hace tiempo, junto con sus compañeros de navío, en la desembocadura del Támesis, recordando cómo los romanos llegaron a las costas de Gran Bretaña, “perdidos entre el frío, la niebla, las tempestades, el exilio y la muerte ( ) lo bastante hombres como para afrontar las tinieblas” y que, instalados tierra adentro, “sienten que la más absoluta barbarie les va rodeando; toda esa misteriosa vida que se agita en los bosques, en las junglas, en los corazones de los salvajes”, expuestos, finalmente, a “la fascinación de la abominación”. Pero a nosotros, concluye con aparente optimismo, “nos salva la devoción a la eficiencia”, porque los romanos, contrariamente a los europeos del XIX, “no eran colonizadores”, sino simplemente instrumentos de la “opresión”, para la que lo único que se precisa es “la fuerza bruta”.

Evidentemente se trata de un sarcasmo: tan opresores son los europeos del siglo XIX como los antiguos romanos, si no peor, aunque Marlow-Conrad sí cree en la capacidad benefactora del colonialismo, pero no en la conquista ni en la sumisión y expolio de los indígenas como denuncia a lo largo de la novela. Y asimismo cree en la inocencia y credulidad de las gentes de la metrópoli, representadas en la novia de Kurtz que, desde Inglaterra, recibe las noticias de sus “éxitos civilizatorios” y también la de su muerte que ella pretende convertir, con una absoluta ingenuidad, en un acto heroico merecedor de homenajes.

Al hilo de la reflexión sobre los romanos y el Támesis, Marlow recuerda su viaje, como capitán de un pequeño vapor, por el río Congo para recoger a un agente de la compañía que ha enfermado en una estación interior en plena jungla. Su primera parada será Boma, la capital, y después Matadi (en la novela no aparecen los nombres de estos enclaves, como tampoco el del propio Congo, pero se adivina porque Conrad visitó ambos en su viaje de 1890).

En Matadi, Marlow-Conrad es testigo de la miserable vida de los indígenas y de la maldad estúpida de los colonizadores: ve pasar una cadena de presidiarios harapientos, unidos los collares de hierro que llevan al cuello por una cadena mientras sus cabezas mantienen en equilibrio enormes cestas llenas de tierra. Pero lo peor aún está por llegar: en una pradera en lo alto de la colina vislumbra “negras sombras acurrucadas, tumbadas, apoyándose sobre los troncos ( ) en todas las posturas del dolor, el abandono y la desesperación”. Allí se les había abandonado para que murieran lentamente; no eran enemigos ni malhechores, sino solamente “sombras negras de enfermedad e inanición que yacían confusamente en la penumbra”, gentes que habían sido traídas “desde todos los lugares recónditos de la costa con toda la legalidad de contratos temporales” y que perdidos en un medio inhóspito y alimentados de forma precaria “se volvían ineficientes y enfermaban” y, entonces “se les permitía retirarse a rastras y descansar”.

Ésta es la visión que tiene Conrad, la realidad de lo que fue la colonización belga o francesa o británica de África, aunque nunca mencione Inglaterra: el trabajo hasta la extenuación, el hambre, la esclavitud y la muerte.

Kurtz, el agente

Marlow y su barco van en busca de Kurtz y las informaciones inquietantes que recibe acerca de él van creando su figura en el imaginario del capitán hasta llegar a un punto, aún sin conocerlo, en que le desprecia por haberse dejado dominar por las tinieblas de esa tierra salvaje, pero al mismo tiempo le considera un elegido provisto de dones espectaculares. También le teme porque sabe que él mismo podría convertirse en su igual en el momento en que le abandonara la razón y se sometiera a los instintos más primitivos del ser humano que apenas han sido domeñados en el transcurso de la civillización.

Kurtz era el agente de la compañía que más marfil había recogido, por medio del robo o la negociación, y luego, había sido absorbido por la selva, que le había cautivado, “penetrado en sus venas, consumido su carne y unido su alma a la suya por medio de inconcebibles ceremonias de algún rito de iniciación demoníaca”. Las tribus le siguieron porque le adoraban. Todo le pertenecía a Kurtz, pero “la cuestion era saber a qué pertenecía él, cuántos poderes de las tinieblas le reclamaban como suyo”.

Las buenas intenciones

Pero al principio no era así. Su intención era civilizadora, estaba imbuido de la buena nueva y se creía capaz de contribuir a mejorar la situación de los nativos. La Sociedad Internacional para la Supresión de las Costumbres Salvajes le había confiado la redacción de un informe que sirviera de guía. Y lo hizo, escribió diecisiete páginas, “pero esto debió hacerlo antes de que sus nervios le fallaran” y le llevaran a presidir “ciertos ritos indescriptibles que se le ofrecieron a él”. El informe rebosa entusiasmo y argumenta que los blancos, debido a su nivel de desarrollo, deben parecerles a los salvajes seres sobrenaturales y, en esa escalada de elocuencia llega a hablar de la necesidad de establecer “una exótica Inmensidad gobernada por una augusta Benevolencia”. Pero tras toda “aquella conmovedora apelación a los sentimientos altruistas” el epílogo, añadido tiempo después de la redacción del informe, resulta aterrador: “¡Exterminad a todos los salvajes!”.

La selva pudo apoderarse de él porque le faltaba algo, porque había algo vacío tras su fachada y su elocuencia y se tomó en él una venganza terrible. Le susurró cosas sobre sí mismo que no conocía y resultó irresistiblemente fascinante, “resonó fuertemente dentro de él porque su corazón estaba hueco”, inmerso en una “impenetrable y estéril oscuridad”.

Marlow llega por fin a la residencia de Kurtz y lo primero que le llama la atención son las cabezas dispuestas sobre estacas, mirando hacia la casa, no protegiéndola, sino en una actitud de servidumbre tras la muerte. El atardecer va dando paso a la penumbra y es entonces cuando aparece Kurtz, transportado en unas parihuelas y seguido por riadas de seres humanos desnudos con lanzas y escudos, de mirada feroz y movimientos salvajes. La comitiva se detiene y el hombre se incorpora, eleva un brazo y puede apreciarse la delgadez causada por la enfermedad que le ha convertido en una imagen animada de la muerte.

Kurtz va a morir y pocos instantes antes Marlow ve en su rostro la expresión del orgullo sombrío, del poder despiadado, del terror pavoroso; de una desesperación intensa y desesperanzada. Gritó gritó dos veces, un grito no más fuerte que una exhalación: “¡El horror! ¡El horror!”

Podemos imaginar el camino que siguió Kurtz desde su llegada a África hasta llegar al desquiciamiento: sus buenos sentimientos se vieron alterados por lo que vio allí, que no fue otra cosa que la codicia de las compañías comerciales europeas y el asesinato, la esclavitud y la tortura infligidos a los nativos, sin ninguna cortapisa legal, por parte del hombre blanco. También el salvajismo y la crueldad de los nativos y su inocencia forman parte de este camino sin retorno al que se ve abocado Kurtz.

Tierra entre tinieblas

Junto a las sombras de salvajismo y terror primitivo en que están sumidos los salvajes y las tinieblas que podían hacer perecer las almas de quienes observaban a los nativos reducidos a bestias sin más derechos que poder morir de agotamiento, inanición o por castigos inhumanos, surgía también la oscuridad del río y de la jungla del interior de aquel continente extraño y salvaje. Remontar el río era, dice Marlow, “penetrar más y más en el corazón de la oscuridad ( ) era regresar a los más tempranos orígenes del mundo, cuando la vegetación se agolpaba sobre la tierra y los grandes árboles eran los reyes” y soñar “que éramos los primeros hombres que tomaban posesión de una herencia maldita que debía ser sometida al precio de una profunda angustia y de un enorme esfuerzo”.

Esa atmósfera de terror, exacerbada por los olores, la oscuridad de la selva y la soledad contribuyeron a la creación de ese reino del mal en el que se convirtió la estación interior sobre la que gobernaba Kurtz, que había comprendido que él podía convertirse en un dios para los indígenas.

El comandante Kurtz de Coppola

En ‘Apocalipse Now’, la película que Coppola dirigió en 1979, Kurtz es un comandante brillante que ha creado, como en ‘El corazón de las tinieblas’, su propio reino de abominación, pero esta vez en la selva de Camboya. El Kurtz americano es, al igual que el europeo de Conrad, un hombre a la deriva, desnortado, preso de una locura sanguinaria y primitiva, que sale a la luz en medio de las tinieblas en que está inmersa la acción del hombre blanco.

La guerra de Vietnam, como la colonización del Congo, era parte del horror. Cuando el capitán Benjamín L. Willard -el Marlow de ‘Apocalipse Now’- consigue hablar con Kurtz, éste le cuenta que una vez, cuando estaba en las fuerzas especiales, fueron a un campamento a vacunar a los niños contra la polio. Tras hacerlo se marcharon, pero un viejo llegó llorando y ellos regresaron y vieron allí “un montón de bracitos”. Y entonces se dio cuenta de que aquellos hombres eran más fuertes que ellos porque luchaban con el corazón y tenían voluntad para hacer eso, “eran capaces de utilizar sus instintos primarios para matar sin sentimientos, sin pasión, sin prejuicios, sin juzgarse a sí mismos, porque juzgar es lo que nos derrota”.

Tanto la novela como la película consiguen crear una atmósfera densa y fascinante con la descripción de una jungla repleta de sombras, en la que apenas se vislumbran reflejos de algo terrible que está sucediendo más allá y en la que se escuchan gritos que rasgan el aire como aullidos inhumanos. Más que una pesadilla, lo que se narra en ambas es una alucinación de los sentidos que hiela el corazón.

 

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