Congo, el corazón de las tinieblas

Toda Europa andaba fuera de casa en el último tercio del siglo XIX, sobre todo en África, cuyo interior por fin se estaba empezando a desvelar para los occidentales. Allí estaban desde los famosos Livingston, Stanley, Burton, Speke o Brazza a los desconocidos aventureros que hollaron el territorio por cuenta propia o soldados y mercenarios de los ejércitos imperiales cuyo nombre nunca llegaremos a conocer.

También estaba Joseph Conrad, al menos durante unos meses, remontando el Congo en busca de un agente comercial de la compañía belga del rey Leopoldo II que le había contratado en el lugar. Conrad no sólo supo de las aventuras de los europeos y americanos que recorrían el centro de África, sino que incluso llegó a conocerlos, como a Roger David Casement, que hizo de su vida un instrumento al servicio de la verdad frente al siniestro rey de Bélgica.

Pudieron ser muchos quienes inspiraron “El corazón de las tinieblas”, desde el capitán belga Guillaume Van Kerckhoven, jefe de caravanas que traficaban con marfil, al teniente Theodore Westmark, que tras servir en el ejército de Leopoldo II durante tres años, se dedicó a dar conferencias sobre lo que había aprendido en África, lo que, tras leer el libro en el que se recogieron, hay que reconocer que no fue mucho. No parece el tipo de persona que pueda ser arrastrado hacia el mal, ni tampoco hacia ninguna otra parte. Mejor candidato sería otro capitán de la Fuerza Pública, que así se llamaba el ejército del rey belga en el Congo, Leon Rom, quien solía adornar los jardines de su residencia con las cabezas cortadas de los africanos que se rebelaban; según cuenta un misionero que lo vio con sus propios ojos eran veintiúna, más o menos las mismas que rodeaban la vivienda de Kurtz.

Hodister, un agente parecido a Kurtz

Pero quien más podría acercarse al personaje culto, elocuente y carismático, el Kurtz de Conrad, podría ser, según estudiosos de la obra del escritor polaco, otro agente de la compañía de comercio belga que negociaba con marfil en zonas aún inexploradas de la selva. Se llamaba Arthur Eugene Constant Hodister y, en el mismo momento en que Conrad navegaba por el río Congo, él realizaba sus negocios y transportaba el marfil que conseguía de los africanos en la parte superior del río, en la que antes de encaminarse al Atlántico se dirige infatigablemente hacia el norte y recibe el nombre de Lualaba.

Al igual que Kurtz, Hodister era un brillante agente comercial, el que más marfil recolectaba y el más valeroso a la hora de adentrarse en territorio desconocido y negociar con los nativos. Era además un hombre culto, que dominaba el árabe y el swahili y que vivía en una región apartada de la selva. Algunos autores dicen que poseía un enorme harén, lo que no casa con la estimación de otros, que aseguran que era un misántropo. Ahora bien, ni era brutal en su relación con los africanos -no maltrataba a sus servidores y éstos sentían por él una gran admiración- ni su táctica para el comercio de marfil era depredadora o violenta, sino negociadora. Tal vez por eso, sus superiores dijeran alguna vez que utilizaba métodos que estaban “fuera de lugar”. También de Kurtz lo decían, pero quizá no por las mismas razones. No parece que Hodister estuviera poseído por la irracionalidad ni por la magia siniestra y primitiva de la selva, al menos en lo que sabemos de él.

Según Thomas Pakenham, Hodister vestía de blanco, lucía un turbante y con su piel blanca y su barba negra, cabalgando un caballo árabe, tenía para los sencillos africanos “el aire de un dios”. Además de ser el agente comercial que más marfil recolectaba, había emprendido diversas expediciones por el Lualaba, a bordo de un vapor y había llegado a Riba Riba, donde tenía intención de establecer una nueva factoría. Eso ocurrió en 1892, dos años después del viaje de Conrad al Congo. No hay constancia de que llegaran a conocerse, pero sí es probable que el escritor hubiera oído hablar de él.

Contra la esclavitud

Hasta qué punto Hodister era un servidor leal del infame Estado Libre del Congo, propiedad del rey belga Leopoldo II, o tenía arraigados unos valores éticos contrarios a la esclavitud es algo que no se puede establecer. Aunque no se le conocen hechos brutales ni comentarios reveladores, sino todo lo contario, también es verdad que el propio rey belga engañó a todos con su falsa filantropía, haciendo creer que su intención era cristianizar y mejorar la vida de los habitantes del Congo, cuando en realidad fue la colonia -en este caso, colonia personal- más atroz, codiciosa y miserable de todas las que se formaron en el siglo XIX, un siglo empeñado en el imperialismo y al mismo tiempo en la supresión de la esclavitud.

Precisamente sobre la esclavitud nos ha llegado un artículo de Hodister que fue publicado en ‘Le Mouvement geographique’, una publicación periódica editada por el Instituto Nacional de Geografía de Bruselas como órgano de propaganda colonial. El artículo en cuestión nos cuenta, en un lenguaje apasionado (que podría ser el utilizado por ese Kurtz cuya elocuencia elogia Marlow, el alter ego de Conrad) cómo aldeas pacíficas se convertían en escenarios de masacres cuando los esclavistas entraban en ella con sus fusiles para hacer prisioneros y matar a quienes lo quisieran impedir:

Son las cuatro de la madrugada y reina la calma ( ) todo duerme y, de repente, un disparo, gritos terroríficos estallan desgarrando el gran silencio ( ) los indígenas arrancados bruscamente del suelo se lanzan fuera de las chozas; aterrorizados y enloquecidos todo lo olvidan, la mujer y los hijos, su primer pensamiento es huir y correr hacia el bosque ( ) Al ruido de los disparos le siguen los gritos de desesperación de los prisioneros, de los heridos y de los agonizantes ( ) El sol aparece bruscamente y viene a alumbrar este campo de matanza y desolación y es entonces cuando se remata a los heridos, se ata solidamente a los prisioneros y comienza el pillaje ( ); los propios vencidos se encargarán de transportar su expolio; se han vaciado las chozas y el fuego realiza su obra y allí, donde la víspera había una bonita aldea ya no queda más que una mancha negra y vacía; hombres, mujeres y niños atados unos a los otros; cadáveres sobre la tierra; regueros de sangre que exhalan un olor acre ( ) ¡Qué cuadro, del que se podrá decir que es el horror! Cuántas veces se ha desangrado mi corazón al ver estos lugares saqueados e incendiados que hace unas semanas había visto florecientes. El odio, la muerte, la devastación, los más malvados sentimientos humanos desencadenados contrastando con una naturaleza espléndida, un sol deslumbrante vertiendo indiferente su luz y su calor en medio de un país eternamente sonriente (Extracto del artículo que lleva el título: ‘Dejad tranquilos a los negros; contra la esclavitud’)

Los esclavistas de Tippu Tib

Hodister murió a manos de estos esclavistas en 1892, justo al principio de la guerra entre los traficantes árabes procedentes del Sultanato de Zanzíbar y la Force Publique del Estado Libre del Congo. Estos traficantes de esclavos y de marfil, dirigidos por Tippu Tib, que había sido contratado por Stanley cuando decidió continuar la labor de Livingstone en la exploración del curso del Lualaba, habían seguido las huellas del explorador desde Nyangwe; se establecieron en las selvas y formaron un Estado aparte dentro del Estado que era propiedad de Leopoldo II. Si bien al principio, hubo cierta coexistencia e incluso el rey belga llegó a nombrar a Tippu Tib gobernador del distrito de las cataratas Stanley, se multiplicaron los incidentes con los sátrapas que el negrero había dejado en la región.

Estos cabecillas no acataban las órdenes de los oficiales de Leopoldo II ni aceptaban que el Estado Libre del Congo fiscalizara sus operaciones. Además, eran rivales en el comercio del marfil. Por otra parte, al rey belga no le interesaba en absoluto que le asociaran ante la opinión pública con el esclavismo que practicaban y, además, conseguiría hacerse con los depósitos de marfil de los zanzibaritas.

Mientras Hodister comerciaba pacíficamente y pretendía internarse más en el interior de la selva para fundar nuevas factorías y explorar el territorio, el capitán Guillaume Van Kerckhoven, un jefe de caravana belga de 37 años, se apoderaba de los cargamentos de marfil por la fuerza, disparando si lo consideraba necesario a los árabes que se interponían en su camino. Pocas semanas antes de la masacre, se internó en su territorio y prácticamente les declaró la guerra.

Según cuenta Robert Edgerton, los árabes comenzaron su asalto matando a los integrantes europeos de la caravana comercial pacífica liderada por Hodister, quien en una carta fechada el 23 de marzo de 1892, apenas un mes antes de su captura, comentaba el buen recibimiento que le habían hecho los árabes de la zona. Ese mismo mes llegó a Riba Riba y fue entonces cuando el agente comercial y tres de sus asistentes europeos fueron capturados por sorpresa y asesinados por orden de uno de los reyezuelos árabes de la zona, Nserera, que recibió las manos y los pies de los cuatro. Las factorías de la compañía fueron atacadas y los guardias asesinados, en total once belgas murieron en lo que se llamó ‘la matanza de Lomami’, según cuenta Boulger.

Los cabecillas árabes habían niciado su revuelta. Uno de ellos, Sefu, jefe de Kasongo, capturó a dos agentes del Estado Libre, el lugarteniente Lippens y el sargento De Bruyne. Ambos fueron asesinados y sus manos enviadas a otro de los jefes árabes, Munie Mohara, jefe de Nyangwe.

Poco después, uno de los agentes de la oficina central de Hodister en el Lualaba dijo que el propio Nserera había ordenado que fuera torturado lentamente hasta la muerte. Vivió tres días y tras su muerte fue decapitado y su cabeza expuesta sobre una estaca hasta que se pudrió.

La guerra entre los árabes esclavistas y la Fuerza Pública del Estado Libre del Congo duró un par de años. Ambos ejércitos estaban constituidos por aborígenes y procedían en su mayor parte y en ambos casos de las tribus caníbales de las selvas del Congo. Los relatos de las escaramuzas son terribles: se desenterraban los cadáveres y se comían en el mismo campo de batalla; se “aderezaba” los prisioneros aún vivos, sometiéndolos a tortura, antes de echarlos al caldero e incluso algunos oficiales europeos empezaron a degustar la carne humana. Las tropas de Leopoldo II tomaron Nyangwe en 1893 y un año después la guerra había terminado.

Pero entonces comenzó algo mucho peor: las arcas del rey belga se habían quedado exhaustas con el gasto ocasionado por la guerra y tenía que resarcirse. Y se aumentaron las torturas, las mutilaciones y las muertes de los africanos que no cumplían la cuota de caucho exigida por la autoridad belga. Aún quedaban por delante varios años más de horror e infamia: por fin, el 15 de noviembre de 1908, el rey Leopoldo II tuvo que entregar el Congo, no sin antes reclamar cincuenta millones de francos en concepto de “gratitud por los grandes sacrificios realizados por él a favor del Congo”. Falleció un año después y la tragedia y el “horror” quedaron semiolvidados.

Bibliografía

Adam Hochschild, ‘El fantasma del rey Leopoldo’, Editorial Península, Barcelona, 2002

– Javier Reverte, ‘Vagabundo en África’, 1998, Santillana

– Norman Sherry, ‘Conrad’s Western World’, Cambridge University Press, 1971

– Thedore Westmark, ‘Tres años en el Congo’, Ediciones del Viento, 2009 (publicado por primera vez en 1886

-Peter Forbath, ‘El río Congo: descubrimiento, exploración y explotación del río má dramático de la historia’, Fondo de Cultura Económica, 1977

– Thomas Pakenham, ‘The Scramble for Africa: The White Man’s Conquest of the Dark Continent from 1876-1912’, Abacus, 1991

– Robert Edgerton, ‘The Troubled Heart of Africa; A History of the Congo’, St. Martin’s Press, New York, 2002

Demetrius Charles Boulger, The Congo State: Or, the Growth of Civilisation in Central Africa, Cambridge University Press, 2012 (1898 primera edición)

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