Malraux y la Reina de Saba (1)

Viajar al desierto de Yemen con el propósito de comprobar una leyenda de más de tres mil años de antigüedad es un proyecto muy acorde con la personalidad de André Malraux, fascinado por las viejas historias y las aventuras peligrosas. Vivir para definir la vida y expresar lo que se ha vivido era su lema. “No hacer algo si no es para contarlo”, escribió.

Se trataba de localizar la capital del Reino de Saba, objetivo frustrado de muchas expediciones, aunque esta vez la búsqueda se haría desde el aire, evitando las largas marchas por el desierto de Arabia. Malraux se puso en contacto con Mermoz y Saint-Exupèry, los pilotos del momento, pero rehusaron y fue el aviador Corniglion-Molinier quien llevó a cabo la hazaña de cubrir 1.800 kilómetros en un solo vuelo a una altitud de tres mil metros.

Necesitaban un avión ligero, pero que al mismo tiempo pudiera transportar al piloto, al mecánico –que fue Maillard el ‘risueño’- y al escritor. Se decidieron por el modelo Farman 190, de un solo motor, y, financiados por ‘L’Intransigeant, salieron el 22 de febrero de 1934 con destino a El Cairo; de la capital egipcia a la de Somalia, Jibuti, y de allí al desierto en búsqueda de las huellas de una mujer.

Mil años antes de nuestra era, la reina de Saba, a cuyos oídos habían llegado noticias sobre la inmensa sabiduría del rey de los judíos, emprendió un largo viaje para comprobar si Salomón era realmente lo que decían: un sabio al que no se le resistía ninguna materia. Llegó acompañada por un gran séquito y camellos cargados de aromas, oro y piedras preciosas. La tierra sobre la que gobernaba era famosa por sus perfumes. Nos informa Malraux de que Saba fue el mercado mundial de este producto porque poseía en grandes cantidades los siete perfumes esenciales: incienso macho, bálsamo de estoraque, olíbano, clavo de la India, cedro del Líbano de aroma de rosa, mirto y cilantro lunar.

Según cuenta el Libro de los Reyes, Salomón recibió a la reina de Saba con todos los honores y contestó a todas sus preguntas: “No hubo nada que no supiera explicarle”. Y, después de esta visita, la reina de Saba regresó a su tierra.

También el Corán hace referencia a la reina de Saba, a la que llama Belkis: “He visto allí a una mujer que gobierna a los hombres desde un trono magnífico; ella y su pueblo adoran al sol”.

La leyenda cuenta muchas otras cosas. Según la Biblia no hubo relación carnal entre Salomón y la reina, pero cuando ella regresó a su reino dio a luz un hijo de Salomón, al que puso por nombre Ibn-El Hakim, que significa “el hijo del sabio”. Pasados los años, Hakim visitó a su padre en Jerusalén y Salomón le nombró su heredero con el nombre de David. Pero no estaba contento, extrañaba a su madre y a su tierra y huyó de palacio llevándose consigo el Arca de la Alianza. En Saba se convirtió en rey con el nombre de Menelik I y fundó una dinastía que reinaría en Etiopía hasta la muerte de su último emperador.

No sólo los libros sagrados de los judíos mencionan el Reino de Saba: Diodoro de Sicilia se imaginaba la capital en la cumbre de una montaña de Arabia y Plinio el Viejo creía que era una plaza fuerte en el centro de Yemen. Hubo múltiples expediciones por la región y muchas de ellas acabaron en tragedia: desde la pérdida de diez mil legionarios del gobernador romano de Egipto, Aecius Gallo, hasta Jean Louis Burkhardt, que murió en Arabia, o Joseph Halèvy que, en 1870, se disfrazó de rabino para acceder a las ruinas de la ciudad y poder grabar las inscripciones.

Malraux conocía los cuadros y las esculturas sobre el encuentro entre ambos reyes en Jerusalén y también una leyenda persa que se contaba en Ispahan: hacía años que Salomón había huido de Jerusalén y los demonios, “sometidos por el sello cuyo último signo sólo puede ser leído por los muertos” y que el rey llevaba en su dedo índice, le habían seguido a través del desierto. En uno de los valles de Saba, el rey había escrito un poema sobre la desesperación y allí miraba a los demonios que, desde hacía años construían el palacio de la reina de Saba, a la que los abisinios llamaban Makeda, y que habría muerto trescientos años antes: su cuerpo descansaba en un féretro de cristal. Cuando el cuerpo inmóvil de Salomón se desmoronó sobre la arena por la acción de un pequeño escarabajo, todos los demonios se vieron libres y huyeron del lugar.

Las menciones en los libros religiosos y de los sabios de la Antigüedad, las exploraciones fracasadas y las leyendas contribuyeron a que Malraux se pusiera en marcha en pos de un sueño: dicen los persas -reitera una vez más- que “en el desierto próximo a Yemen existe una vasta ciudad abandonada que fue capital de la reina de Saba y los beduinos lo confirman”.

Malraux y Corniglion delante del F-190

El 7 de marzo de 1934 el piloto Corniglion-Molinier, el mecánico Maillard, y Malraux inician la aventura en un avión de turismo, casi un juguete. Han suprimido la radio para que sea más ligero. Sí llevan indumentaria árabe por si se vieran obligados a un aterrizaje de emergencia.

Durante horas sobrevuelan el desierto de Arabia, observando “un cielo infinito”, una visión del “principio del mundo ( ) sin pájaros”, sin nada, la que pudo ser “la soledad del Génesis”. Pero el viento se les pone en contra, lo que les desorienta y les hace consumir gratuitamente el combustible que tanto necesitan. Les envuelve la niebla y sólo tienen una brújula. Malraux compara este avión de juguete con un insecto, un escarabajo ciego perdido en la oscuridad. Buscan Saná, la ciudad rodeada por tres altas montañas. Se pierden pero al final la encuentran: “toda de piedra”, blanca y granate.

Toman rumbo norte, hacia Shira, para remontar el valle del Kharid hasta alcanzar el de las Tumbas, hasta el desierto entre Meïn y Mareb, donde esperan encontrar la ciudad. Llevan cinco horas volando y sólo les quedan otras cinco de combustible. Tras volar en círculo llegan al desierto y, por fin, vislumban una vasta mancha blanca en medio de la arena. Se aproximan: es un oasis abandonado en el que se observan las huellas de recintos reales, restos de columnas y escombros que antes fueron templos. Hay uno de aspecto casi egipcio, provisto de columnas enormes y aisladas. Y Malraux da por hallada la capital del Reino de Saba.

Intentan descender pero desde las tiendas los nómadas les disparan. Se alejan para buscar otra perspectiva pero al volver ya no encuentran nada. La ciudad ha desaparecido y ya no pueden demorar más el regreso. Vuelven al punto de partida y desde Jibuti, Malraux enviará el siguiente telegrama que fue publicado por ‘L’Intransigeant’ el día 8 de marzo: “Descubierta capital legendaria reina de Saba –stop- templos aún en pie –stop- tomadas fotos para L’Intransigeant -stop- saludos. Corniglion-Malraux”. Ya de vuelta en París, el escritor publicará en siete entregas su experiencia de viaje, recogidas en esta edición de Gallimard del año 2000 que comentamos (traducida y publicada por Ediciones Península en 2007).

Arqueólogos de profesión rechazarán la localización de la capital de Saba. Malraux contestará a uno de ellos que no puede negar algo que no ha visto. En cualquier caso, dirá más tarde: “Lo que esperábamos de esta ciudad, más allá de las arqueologías, era una bella aventura humana y nos la ha concedido”.

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3 thoughts on “Malraux y la Reina de Saba (1)

  1. […] Ambas historias son auténticas, pero cuando las cuenta Malraux resultan fascinantes. No es lo mismo leer la crónica de unas legiones perdidas en el desierto que la de Malraux mostrando la locura que el hambre, la sed y las penalidades hicieron surgir en los soldados romanos perdidos en el mar de arena. Ni es lo mismo señalar que el farmacéutico, militar y explorador Arnaud quedó temporalmente ciego pero consiguió dibujar un plano precario de la capital de Saba en la arena de la playa que las olas desbaratarían en un instante. Sólo la literatura puede traer a nuestra imaginación a un ciego que dibujaba el plano de una ciudad milenaria o el cadáver de un legionario romano tendido bajo el sol abrasador de Arabia y que resulten más verdaderos que los auténticos. […]

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  2. una historia muy interesante, antes cuando alguna mujer era muy pretenciosa se decía, se cree la reina de Saba, me gustó y lo de: “no hacer algo si no es para contarlo”.

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