El Reino de Saba: el asno hermafrodita de Arnaud y las legiones perdidas de Aelius Gallus (2)

En los artículos que André Malraux publicó sobre su viaje en busca de la capital del Reino de Saba en el desierto de Yemen, intercaló dos historias que me parecen magníficas y que recupero a continuación con algún dato añadido a los aportados por el escritor para precisarlas un poco más.

Arnaud y el asno hermafrodita

Antes de partir hacia Yemen, Malraux investigó sobre la posible localización del Reino de Saba en la Sociedad de Geografía, en la que acababa de ser admitido apadrinado por el mariscal Franchet d’Esperay y el doctor Charcot, quien le contó la extraordinaria historia de un farmacéutico originario de los bajos Alpes, Joseph Arnaud, que afirmaba haber descubierto en 1843 la capital de Belkis, reina de Saba, y copiado unas inscripciones que ningún occidental había podido ver jamás.

Thomas-Joseph Arnaud llegó a El Cairo con 21 años y fue oficial farmacéutico del Ejército egipcio, en el que sirvió varios años y con el que participó en varias misiones, a partir de 1841. No es extraño si tenemos en cuenta que en aquella época Mehmet Alí, fundador del Egipto moderno, organizó su gran ejército según el modelo europeo bajo el mando de un francés, el coronel Octave Joseph de Sèves, que había sido oficial de húsares con Napoléon. Sèves fue contratado como asesor y en 1833 ascendido a general por Mehmet Alí tras la victoriosa campaña de Siria. Se convirtió al islamismo y fue conocido con el nombre de Solimán Pachá.

Pasado el tiempo, Arnaud se instala en Yeda, en la región árabe de Hedjaz. Se propone alcanzar Mareb, la que se suponía era la capital olvidada del Reino de Saba, para lo que se puso en contacto con el cónsul francés, Fulgence Fresnel, e inicia su viaje en 1843. Consiguió viajar a Saná con la expedición turca, burló la vigilancia del imán y ganó la ciudad disfrazado. Se hizo pasar por comerciante de velas y tuvo la suerte de encontrar un asno hermafrodita que utilizaba para subsistir mostrándolo por las aldeas. En Mareb descubrió 56 inscripciones hymaritas de las que hizo estampaciones y fue el primer europeo que pudo observar las ruinas de la antigua ciudad.

Solimán Pachá

Mareb o Marib es hoy una ciudad de Yemen, pero a diez kilómetros al sudoeste de la que se levantó hace tres mil años y que se supone que fue la capital del Reino de Saba, conocido en la Antigüedad como el pueblo más rico de la tierra.

Tras visitar los restos de la antigua Mareb, Arnaud regresó a Hedjaz, donde Fulgence Fresnel ejercía su cargo. Le entregó las inscripciones y el cónsul francés le pidió un plano de la muralla y de los templos enarenados de Mareb, pero las caminatas por el desierto habían dejado ciego a Arnaud, quien concibió una estratagema: se hizo conducir junto al cónsul a la playa de Hedjaz y allí, nos cuenta Malraux, “sobre la arena húmeda con mano vacilante y temblorosa traza el templo oval del sol y cava con el índice los agujeros redondos que simulan las bases rotas de las columnas” y Fresnel traslada a su cuaderno rápidamente “las arquitecturas irrisorias que pronto se llevará el mar”.

Arnaud permaneció ciego diez meses. Regresó a Francia; donó el asno al zoológico del Jardin des Plantes y de nuevo se fue a la aventura para acabar en Argelia, pobre y desalentado. El asno probablemente murió de hambre, tras la catástrofe de la revolución de 1848, y los objetos sabeos desaparecieron.

Las inscripciones hymaritas que Arnaud entregó a Fresnel se hicieron públicas muchos años después debido a diversos incidentes relacionados con su custodia y se conocieron gracias a las gestiones de Prospero Merimé, primo de Fresnel, cuyos papeles heredó. Arnaud hizo también hizo un plano del dique que permitía el riego en Mareb en la antigüedad. Y en cuanto a las inscripciones, datan de una época más reciente del Reino de Saba: el reino de Hymiar, que data del 110 a.C. conquistó al de Saba en el año 25 a.C. Se sabe que a finales del siglo IV d.C. abandonó el paganismo para adoptar el monoteísmo hebreo y, posiblemente, de ahí desciendan los judíos yemeníes.

Ruinas de la antigua Marib

Las legiones desaparecidas de Aelius Gallus

Cuando ya el Reino de Saba había sido conquistado por el Reino de Hymiar, conocido por el sonoro nombre de “Reino de Saba, Dhu-Raydan, Hadhramut y Yamnat”, se produjeron contactos esporádicos con el Imperio Romano y con los reyes sasánidas de Persia.

En el año 24 d.C. se envió, por orden expresa de Augusto, una expedición a cargo del gobernador romano de Egipto, Aelius Gallus, que debería llegar a Mareb o Marib (en latín Mariba). El poderoso ejército de diez mil hombres de infantería, apoyados por la caballería, dromedarios, artillería, máquinas de asedio y una compañía aportada por el rey Herodes, se puso en marcha hacia la orilla oriental de la costa norte del Mar Rojo. Su destino inicial era el puesto comercial de Leuke Kome, a ochocientos kilómetos al sur de Akaba, y el destino final, el reino de los Sabaneos, en la Arabia Feliz. Durante semanas se adentraron en el desierto, caminando hacia el sur y hacia el interior.

Dicen los historiadores que Sylaeto, el guía árabe, traicionó a los romanos, orientándolos hacia el interior, donde murieron de agotamiento, sed y hambre; se dice que sólo siete hombres cayeron en combate. Llegaron al reino de los sabaneos pero tuvieron que retirarse.

Al mismo tiempo que nos cuenta cómo su pequeño avión sobrevuela el desierto arábigo, André Malraux recuerda al ejército romano desaparecido en las ardientes arenas cuando buscaba la costa y sólo encontró “el mar interior, de olas inmóviles y orillas cubiertas de conchas azuladas”. Murieron -continúa Malraux- y “durante dos siglos, los viajeros árabes mostrarían, enterrado hasta el pecho en la arena, como lo había hecho en el mar, al ejército romano de corazas y esqueletos, con sus huesos de dedos crispados que tendían hacia el sol ofrendas de cascos repletos de conchas blanquecinas. Despreciando el mar que habían poseído, el sol poniente entregaba a las legiones muertas el desierto entero. Lanzaba hasta el fondo de las arenas lisas esas sombras de guerra y las de algunas manos abiertas sobre cascos caídos, con los dedos separados y estirados ahora al infinito sobre la arena, como unas manos de avaro”.

Ambas historias son auténticas, pero cuando las cuenta Malraux resultan fascinantes. No es lo mismo leer la crónica de unas legiones perdidas en el desierto que la de Malraux mostrando la locura que el hambre, la sed y las penalidades hicieron surgir en los soldados romanos perdidos en el mar de arena. Ni es lo mismo señalar que el farmacéutico, militar y explorador Arnaud quedó temporalmente ciego pero consiguió dibujar un plano precario de la capital de Saba en la arena de la playa que las olas desbaratarían en un instante. Sólo la literatura puede traer a nuestra imaginación a un ciego que dibujaba el plano de una ciudad milenaria o el cadáver de un legionario romano tendido bajo el sol abrasador de Arabia y que resulten más verdaderos que los auténticos.

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