Recapitulando: de la vacuna contra la rabia a la batalla de Carras

Todos los caminos llevan a Roma, o a sus aledaños. Comencé hace unas semanas una serie de artículos que se encadenaban entre sí y hace siete días escribí el que espero que sea el último de este ciclo. De relatos y biografías sobre aventureros, exploradores y científicos en Indochina, pasando por Alejandro Magno en Afganistán y Conrad en el Congo, llegué a la península arábiga, hasta el lugar más alejado hacia el sur por el que se aventuró una legión romana, la dirigida por Aelius Gallus, gobernador de Egipto, a cambio de su práctica desaparición. También desaparecieron los diez mil prisioneros que hizo Partia tras derrotar a Marco Licino Craso y con el relato de lo que ocurrió entonces di por terminado este recorrido no del todo circular, pero que ha acabado en Roma, como no podía ser de otra manera.

Deville y Mayrena

Todo comenzó con Patrick Deville: en ‘Peste&cólera’ cuenta la biografía de un importante patólogo suizo-francés, Alexander Yersin, quien, además de descubrir y aislar el bacilo de la peste, se enroló como médico en una naviera cuyos barcos enlazaban Indochina con las Filipinas y que a la mitad de su vida se estableció en la jungla vietnamita. Deville no se limita a Yersin y habla de Pasteur, de Ferdinand de Lesseps, de Livingstone, de Rimbaud y, en esencia, del colonialismo europeo. Y menciona a un personaje del que nunca había oído hablar, Charles David Mayrena, que se coronó como rey de los sedangs en 1888, en la misma zona en la que Yersin montó una granja y un gran laboratorio.

Conseguí documentarme sobre este personaje, un poco estrafalario y con fama de charlatán y vividor, pero valiente e incomprendido, que unió bajo su mando a las belicosas tribus de esa parte de la Indochina francesa y al que el Gobierno francés dejó de lado sin reconocerle nunca su contribución al Imperio colonial. Murió abandonado en una isla vecina a Singapur.

Malraux en Indochina

Pero no fue olvidado ni por los historiadores ni por los literatos. André Malraux visitó treinta años después las selvas de Indochina, las mismas que recorriera Mayrena, aunque su objetivo no fue luchar con las tribus ni coronarse rey, sino algo bastante más prosaico y que marcaría su biografía para mal: arrancó varios relieves de un templo de la cultura jemer para venderlos y le pillaron. Años después escribiría una novela acerca de un arqueólogo, que bien podría ser él, y de un aventurero, inspirado en Mayrena.

Malraux es un personaje muy controvertido y extremadamente interesante; más incluso por la desbordante vida que llevó que por sus obras. Pero, como dice Vargas Llosa, “todas sus novelas son excelentes, aunque a La Esperanza le sobren páginas y a Los conquistadores, La Vía Real y El tiempo del desprecio le falten”. La condición humana – concluye el escritor peruano- es una “obra maestra”.

Kipling en Kafiristán y Brooke en Sarawak

Perken, el aventurero de Malraux en La Vía Real tiene también otros antecedentes literarios: Daniel Dravot (El hombre que pudo reinar) es también un hombre que ha elegido seguir el camino que le lleve a cumplir sus ambiciones de gloria, aunque al final encuentre la muerte. Quedará su hazaña en los libros, relatada a Kipling por su compañero Carnehan.

Lo he escrito alguna vez: nunca las historias reales me parece tan auténticas como las que cuentan los libros. Personajes imaginarios como Dravot y Carnehan tienen más carne y hueso que los reales. Hay un personaje, al que dediqué un artículo -James Brooke, el rajá blanco de Sarawak- que, ciertamente protagoniza una fabulosa historia de lucha contra los piratas a favor del sultán de Brunei, pero a sus biografías les falta algo, tal vez detalles, que son los que hacen auténtica una narración.

James Brooke consiguió gobernar una parte importante de Borneo por el nombramiento del sultán y el apoyo de la flota británica, pero la isla había sido durante mucho tiempo un territorio dominado por España y al que aspiraban holandeses y británicos. De tal manera, que el rey Leopoldo II de Bélgica, obsesionado por conseguir una colonia, cualquiera, pretendió hacerse con uno de los Estados de la isla, el de Sarawak, para lo que anduvo en negociaciones con España, que no parecía tener a mano ningún título de propiedad. El monarca no se amilanó y por dos veces intentó comprar Filipinas a la reina española Isabel II, que en 1868 fue derrocada. Y ahí se acabaron las ambiciones de Leopoldo en Asia y por eso acabó poniendo sus ojos, y sus manos, en África, concretamente en el Congo.

Un espectacular siglo XIX

Todas estas historias de exploradores, científicos y militares me mostraron un siglo XIX fascinante, como nunca lo había concebido. Con muchísimas sombras, pero también con el convencimiento generalizado de que todo iría sin duda a mejor, de que el futuro sería la patria bondadosa de la Humanidad.

El colonialismo, la sombra más negra del siglo, hizo estragos y ninguno más infame que el perpetrado por el rey de Bélgica, Leopoldo II, al hacerse dueño del Congo. Y aunque miles de personas murieron por su afán de codicia, también hay que subrayar la buena voluntad de todos aquellos hombres que consiguieron expulsar de África a uno de los peores genocidas de la historia. Quien primero dio la voz de alarma fue George W. Williams, un negro estadounidense defensor de los derechos humanos que, atraído por la fama de rey filántropo de la que gozaba Leopoldo, viajó al Congo, donde pasó seis meses y pudo conocer la siniestra realidad de lo que allí ocurría.

Sus acusaciones causaron un escándalo en Europa pero, además de la campaña de descrédito que montaron contra él los esbirros del monarca, Williams murió en 1891 y no pasó nada. Habrían de transcurrir más de diez años para sacar a la luz toda la verdad, gracias a Edmund Morel, un antiguo oficinista de una naviera que comerciaba con el Congo, y a Roger Casement, cónsul británico en la ciudad de Boma, apoyados por intelectuales y escritores, como Arthur Conan Doyle, Bertrand Russell y Mark Twain, que dieron a conocer al mundo las atrocidades del rey de los belgas.

 

Y, naturalmente, Josep Conrad, que refleja en su novela ‘El corazón de las tinieblas’ el sangriento corazón del Congo y dibuja un personaje, Kurtz, que compendia ese siglo XIX tan extraordinaraio y tan múltiple, que bascula entre el egoísmo y la solidaridad, el progreso y la vuelta a siniestros orígenes y, en definitiva, entre el bien y el mal.

De nuevo Malraux, pero esta vez en Arabia

Volví a retomar la senda de los exploradores, no de los Stanley ni de los Livingstone ni de los Burton, sino de otros más modestos y tropecé de nuevo con Malraux, quien hizo un viaje de 1.800 kilómetros en un avión “de juguete” en el año 1934 en busca del fabuloso Reino de Saba. No tuvo mucho éxito, por más que dijera que lo encontró, pero este viaje me dio la oportunidad de saber más cosas sobre este antiguo emporio del incienso y los perfumes.

Y ahora, con la excusa de esta “recapitulación” me gustaría comentar de pasada dos películas “épicas” sobre la Reina de Saba. Una de ellas -tal como nos cuenta Rafael de España en su libro La pantalla épica (T&B Editores, 2009)- pertenece al cine italiano y se rodó en 1952 por Pietro Francisci, director también del famoso Hércules, ‘peplum’ donde los haya. El argumento de la película es el siguiente: Salomón, preocupado por el belicismo del rey de Saba, envía a su hijo Roboan a negociar, pero por el camino salva la vida a una mujer que resulta ser Balkis, la hija del rey de Saba. Se enamoran pero muere el padre y Balkis es coronada reina y sacerdotisa de virginidad inmarcesible; Roboam tiene un asunto con una esclava que le ayuda a escapar y además se va a casar con una princesa siria, por lo que la reina Balkis, despechada, monta en cólera y declara la guerra a Israel, aunque al final todo se arregla y la reina de Saba se convierte al judaísmo.

La otra Reina de Saba es más conocida; se trata de la dirigida por King Vidor y protagonizada por Gina Lollobrigida y Yul Brynner en 1959. Fue rodada en España con la intervención, en el papel de milicia egipcia, del Ejército español, nada menos. Además de que Yul Brynner sale sin peluquín, el guión es aún más estratosférico que el de la película italiana: mientras Salomón se dedica sabiamente a impartir justicia y a construir su templo, el faraón quiere acabar con el poderío de Israel y contrata a la reina de Saba, a la que llaman Sheban para que, voluptuosamene, rinda de amor al monarca judío y lo debilite, alejándolo de su religión. Pero tras un número coreográfico basante cutre, Yhavé, horrorizado, destruye con sus rayos el templo que le estaba construyendo Salomón. Cuando éste, abandonado por los suyos y por el propio Yhavé, se enfrenta al ejército egipcio, Sheba, arrepentida, pide a Dios su perdón y ayuda , de manera que los hebreos salen victoriosos y la reina se vuelve a su país “totalmente redimida y dispuesta a cantar hasta la muerte las glorias de Jehová”.

Romanos en Afganistán

La Sogdiana, Bactria, la tierra más allá del Oxus, fueron territorios conquistados por Alejandro Magno, quien con sus hombres atravesó el Hindu Kush, probablemente por el paso de Jáiber, por el que intentaron escapar de Afganistán las tropas británicas en el siglo XIX. Este paso servía para el comercio entre la India y Persia y es posible que en territorios vecinos acabaran los diez mil prisioneros que hizo el rey de Partia tras la derrota de Carras.

Sabemos que en los años treinta del siglo actual Andrè Malraux -¡otra vez él!- lo cruzó con su esposa Clara en un viaje que tuvo como objetivo adquirir obras de arte del Asia central, que luego venderían por toda Europa: las famosas cabezas de Pamir. Cuando un periodista le preguntó cómo era posible que las hubiera encontrado seccionadas de la misma forma, Malraux explicó doctamente que las destruyeron los “hunos heftalitas”, es decir, los hunos blancos procedentes de la Bactriana y de la Sogdiana, los mismos hunos que, se dice, contrataron a los legionarios de Craso como fuerza mercenaria, una leyenda que tiene tantos visos de credibilidad como las cabezas de arte “gótico-budista” descubiertas y bien vendidas por Andrè Malraux.

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