Beryl Bainbridge, Lo que dijo Harriet

Nunca conoceremos el nombre de la narradora de esta historia, que transcurre en un pueblo de Inglaterra durante los aburridos meses de verano, apenas finalizada la guerra; sólo sabemos que tiene trece años, es algo “rolliza” y venera a su amiga Harriet, la auténtica protagonista de esta novela en la que aparece de forma omnipresente, en cada uno de sus detalles y de sus rincones. Todo lo mueve y dispone para conseguir sus fines y no tiene reparos a la hora de montar sus intrigas, fingir inocencia o dominar los sentimientos y las acciones ajenas, especialmente los de su más querida amiga, la naradora de las terribles cosas que sucedieron aquel verano.

No se publicó hasta 1972, aunque comenzó a gestarse en los cincuenta, al hilo de una noticia espeluznante ocurrida en Nueva Zelanda. Escrita en 1964 fue rechazada por varios editores e incluso uno de ellos argumentó que las protagonistas eran “criaturas repulsivas”. Parece que en la década de los setenta se abrió la veda porque tres años después, en 1975, se publica en Londres la segunda novela de Martin Amis, ‘Dead babies’, cuyos personajes sí son verdaderamente horripilantes, violentos hasta la náusea y estúpidos hasta el infinito, de manera que dejan a las dos adolescentes de ‘Lo que dijo Harriet’ a la altura de monjas de clausura.

La maldad de Harriet y la inanidad de su amiga no son tan explícitas como el sadismo, la sexualidad enfermiza o la psicopatía de los personajes de Amis. Bainbridge es mucho más sutil. Sus dos adolescentes quieren saberlo todo y acumular experiencias y ahí quien lleva la batuta es Harriet, que sólo tiene un año más que la narradora, pero a la que domina de una manera perversa. Hay momentos en los que la narradora parece rebelarse contra ese dominio, pero acaba cayendo en las redes de su amiga una y otra vez y de nuevo vuelve a actuar según sus dictados.

Desde el comienzo de la novela sabemos que algo malo va a pasar: el primer capítulo es, en realidad el último. Ya se ha consumado la “hazaña” y en ese comienzo del libro, que realmente es final, vemos cómo las dos chicas intentan -no se sabe si con éxito o no- seguir engañando y fingiendo para castigar al adulto que ha descubierto la genuina maldad de Harriet y sus artimañas. Y pasamos las hojas del libro dudando de quién será la víctima de la desalmada, qué cosa terrible va a ocurrir porque la atmósfera pide a gritos que suceda algo malvado de forma gratuita.

Ambas adolescentes comparten un diario, en el que la amiga escribe al dictado de Harriet. En él cuenta que daban largos paseos por la playa buscando gente que tuviera algo que ocultar porque solo se elige la soledad para esconderse y pronto aprendieron que “las personas más dulcemente resignadas eran las que más tenían que contar”. Harriet interrogaba a esas personas y convencía a su amiga de que no debían involucrarse en aquellas historias que sólo les iban a servir para aprender, como “un curso de prácticas para el futuro”, y mientras tanto les permitan “vivir de prestado hasta que nos hiciéramos adultas”.

Todo lo apuntaban, lo que les decían, lo que hacían esos adultos solitarios, y se recreaban en ello durante semanas. “Un año antes, el hecho de que me llamaran ‘sucio angelito’ había constituido un aliciente más para espolearnos durante meses. Ahora ya no nos bastaba, necesitábamos escuchar cosas más elaboradas. Cada nueva experiencia debía urdir una tracería más intrincada de sensaciones. A fin de que nos satisficiera, cada recuerdo debía ser más desesperado que el anterior”. Vivir experiencias ajenas es una orden de Harriet, a la que su amiga ve siempre segura de todo, “henchida de poder y sabiduría”, “cabalgando como un coloso, con ella a la grupa”. Y por orden de Harriet “se encaprichará” del señor Biggs, un pobre hombre casado, solitario y decadente que cae en las garras de las dos niñas.

Va finalizando el verano y Harriet decide que “hay que dar una conclusión lógica a los acontecimientos”, de forma “ordenada”. La experiencia ya está cumplida y lo demás, el sentimiento, la “dulce nostalgia” es despreciable. Por eso hay que castigarle, de una forma que no le guste, dice Harriet.

Beryl Bainbridge

Aunque una vez escribió para el ‘Who’s who’ que era primero actriz y luego escritora, a Bainbridge se la conoce sobre todo por sus novelas. Comenzó a escribir utilizando su “capital autobiográfico” para, según la autora, “tomar conciencia de mi educación, descubrir qué había pasado en su familia” y darle un sentido. Su infancia no fue fácil y en más de una ocasión retrata a su padre, un hombre voluble y malhumorado, víctima de la depresión económica del 29. Hacia 1990 Bainbridge dejó de escribir sobre su infancia, adolescencia y vida en general y pasó a ocuparse de personajes históricos como el explorador Scott o el doctor Johnson.

Beryl Bainbridge, nacida en 1932, fue una joven bastante precoz: a los catorce años, la expulsaron del colegio al ser descubierta con unas rimas un tanto indecentes y ese mismo verano se enamoró de un prisionero alemán que fue repatriado y con el que mantuvo correspondencia durante seis años, esperando que pudiera volver a Inglaterra para casarse.

Al año siguiente se casó con otro hombre, tuvo dos hijos, se separó, tuvo otra hija … Su vida estuvo llena de proyectos y algunos de sus amigos la han calificado de “bohemia” y de “excéntrica”. Fue comunista durante un tiempo; luego se hizo católica, aunque previamente intentó ser judía, pero no la admitieron. Al final de su vida se declaró agnóstica. Mantuvo diversos ‘affaires’, incluso con su editor, que era el marido de una de sus mejores amigas. Vivió durante muchos años en el barrio londinense de Camden, como propietaria de una vivienda caótica, en cuyo hall un búfalo disecado y numerosos santos de escayola recibían a los visitantes.

También fue actriz y en los años sesenta trabajó en una planta embotelladora para mantener a sus tres hijos. Su suegra quiso matarla con una escopeta, escribió documentales para la televisión y también pintaba con bastante maestría. En 1958 intentó suicidarse metiendo la cabeza en el horno y años después comentó: “Cuando una es joven se tienen esos altibajos”. Sus novelas son como esa frase: un desarrollo muchas veces irónico y un final dramático, con asesinato incluido. Murió en 2010.

El juicio Parker-Hulme

Lo que dijo Harriet” tiene mucho de autobiográfico: el padre de Harriet podría ser su propia figura paterna; el episodio de la expulsión de la escuela es parecido; el amor de la autora ya desde niña por las palabras y su sonido es un sentimiento que recoge la narradora sin nombre. Pero su inspiración primordial vino de un suceso ocurrido en nueva Zelanda en 1958 y que tuvo una gran repercusión mediática por lo inusual del crimen y su crueldad, aunque los hechos reflejados en la novela no guardan correspondencia con lo ocurrido es el caso real. Coincide en cierta idea acerca del crimen, la juventud de las protagonistas y el diario en el que una de ellas escribía sus pensamientos y proyectos de una forma muy apasionada.

En la vista del juicio oral, el fiscal hace una presentación de los hechos y, en resumen, cuenta que, en la tarde del 22 de junio de 1954, dos chicas jóvenes corrían sin aliento y pidiendo socorro por el Parque Victoria. Una de ellas decía: ¡Mi madre ha sido golpeada y está cubierta de sangre! Pocos minutos más tarde, el cuerpo de la señora Parker fue encontrado con graves heridas y la policía dictaminó que fue brutal y repetidamente golpeada, hasta 45 veces, con un ladrillo en la cabeza.

Esa misma tarde, Pauline Parker, su hija, fue detenida y, al día siguiente, su íntima amiga Juliet Hulme, también. Las pruebas señalaban a las dos jóvenes como autoras del asesinato. Ambas llegaron a la conclusión de que la señora Parker era un obstáculo en su camino que impedía la realización de sus deseos, por lo que planearon su asesinato y para ello se proveyeron de un ladrillo que envolvieron en una media.

Pauline Parker, de dieciséis años en el momento del crimen, conoció a Juliet Hulme, que acaba de cumplir quince, en la escuela a la que ambas asistían y rápidamente se hicieron amigas hasta tal punto que esa amistad desembocó en una intensa devoción mutua. Pauline visitaba con frecuencia la residencia de su amiga, cuyo padre era el rector de la Universidad de Canterbury. Allí, escribían y garabateaban historias, diarios y ocurrencias que ellas llamaban novelas y hacían planes para su vida futura.

La madre de Pauline comenzó a preocuparse por esta amistad tan poco saludable e intentó romperla, lo que aumentó progresivamente el resentimiento de ambas jóvenes hacia ella, hasgta que a principios de año el doctor Hulme decidió marchar a Sudáfrica con su hija Juliet. Las dos amigas tramaron marchar juntas pero la madre de Pauline se opuso radicalmente. Entones ellas decidieron que la mejor manera de acabar con las objeciones de la madre era matarla de forma que pareciera un asesinato.

El diario que escribían actuó como prueba de cargo. En él escribió Pauline: Somos ángeles y demonios, criaturas celestiales, tan vulnerables que terminan forjando su propio infierno por querer ganar el cielo”, Y días antes del asesinato: “Mi madre ha destruido toda la belleza. Es uno de los principales obstáculos de mi camino. La próxima vez que escriba, ella habrá muerto ¡Qué extraño sentimiento de placer!”

Los hechos salieron de nuevo a la luz en 1994, con la proyección de la película Criaturas celestiales y en 2005 Juliet Hulme apareció en un programa de la televisión británica para hablar del asesinato. Tras ser liberada de prisión, cinco años después de los hechos, Juliet se convirtió en asistente de vuelo y, durante su estancia de Estados Unidos, se unió a la Iglesia de los Santos de los Últimos Días. Después se estableció en un pueblo escocés, donde vive todavía.

Juliet Hulme cambió su nombre por el de Anne Perry y con él ha escrito varias novelas de detectives de gran éxito popular. Su personaje más conocido es William Monk, un detective amnésico de la época victoriana, al que no hay que confundir con Monk, el investigador con síndrome de Asperger de la serie televisiva.

En cuanto a Pauline Parker, se sabe que tras salir de la cárcel, al mismo tiempo que su amiga, con la condición de que jamás intentarían ponerse en contacto, ingresó en un convento católico y, tras dejar los hábitos, siguió llevando una vida anónima y dirige en Inglaterra una escuela de equitación.

 

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