Alan Hollinghurst, La línea de la belleza

Sexo y cocaína como líneas de la belleza y también como puertas de percepción. En esta novela de aprendizaje, y lo es aunque el joven aprendiz ya no tenga la edad de un adolescente, los caminos que se le abren están conectados con el deslumbramiento de la primera relación homosexual y el consumo de drogas.

Nick Guest tiene veintiún años y ha terminado sus estudios en Oxford, donde la mayoría de sus condiscípulos pertenecían a la alta sociedad británica, como Toby Fedden, que le invita a mudarse a la casa de sus padres para que pueda trabajar en su doctorado en la Universidad de Londres. Acepta porque está secretamente enamorado de Toby, aunque en absoluto correspondido, pero será una buena elección porque, desde la buhardilla de la casa familiar en la exclusiva Notting Hill, vivirá experiencias personales decisivas y podrá contemplar el ir y venir de las ricas y poderosas familias y los profundos cambios que sobrevendrán en la sociedad británica en esos cuatro años.

La línea de la belleza” comienza en 1983, justo cuando Hollinghurst pone fin a su primera novela, “La biblioteca de la piscina”, en la que retrataba a la sociedad gay inglesa de los años ochenta. En la que comentamos, aunque la temática gay siga presente, todo ha cambiado: la revolución neoliberal de Margaret Thatcher se revela imparable cuando empieza su segundo mandato y el sida surge con todo su terror. Tres años más tarde, en 1986, un grupo de investigadores aceptará de forma definitiva que el responsable de la enfermedad es el VIH.

La novela fue escrita veinte años después y se publicó en 2004. Su autor justifica este lapso en que le dio suficiente perspectiva para hablar de esa terrible enfermedad que tanto afectó a la comunidad homosexual. En cierta manera, reconoce Hollinghurst, si tuvo algo bueno fue acercar a los gays y que dejaran de considerarse algo extraño. “El sida afectó mucho a mi mundo, pero los tres mandatos de Thatcher nos afectaron a todos”, señaló.

La primera experiencia sexual de Nick, que aparece en los prolegómenos de la novela, la tendrá con Leo Charles, un joven negro hijo de inmigrantes del Caribe, y será brutal pero terriblemente jubilosa. Tras una cita a ciegas exitosa, llega el enamoramiento sexual y acompañamos a Nick y a Leo caminando por las calles de Londres: “La lujuria picoteaba los muslos de Nick y le encogía el estómago y la garganta, y casi tenía ganas de gemir entre sonrisas, como si no fuese justo que le prometieran tanto. Se rezagó un par de pasos y movió la cabeza según caminaba. Quería ser los vaqueros de Leo, con la caricia rítmica y fortuita de sus piernas ambulantes, la presión momentánea y la holgura subsiguiente”.

A la lucidez de la homosexualidad se sumará la de la cocaína. Sus rayas, uno de los sentidos explícitos de “la línea de la belleza”, se las proporcionará otro condiscípulo de Oxford, hijo de unos ricos libaneses. A Nick “le gustaba la etiqueta del acto, el corte con una tarjeta de crédito, el paso del billete enrollado en un canuto muy estrecho, el procedimiento educado y seco”. Todo es dinero, decía Wani. Y una vez aspirada la raya y tras el primer impacto -un “trallazo erótico”- Nick sentía que “cualquier cosa parecía posible: el mundo no sólo era factible, conquistable, sino amable: mostraba su debilidad y sabías que se rendiría. Veías tu propio encanto reflejado en los ojos del mundo”.

La pertinencia de Henry James

Hollinghurst juega a lo largo de la novela con Henry James. No sólo es el motivo central de la tesis de Guest, sino que el propio lenguaje y la disposición de la novela forman un sinfín de guiños al autor norteamericano.

El capítulo que inaugura la segunda parte de la novela lleva por título una enrevesada frase: “¿De quién es la bella pertenencia?”. Es la pregunta que se hace al mayordomo de una casa de campo en una obra de teatro de Henry James.

Y, a medida en que Nick más se adentra en la tesis doctoral sobre el escritor, más insiste en “deslizar perlas perifrásticas” de sus obras tardías en “lugares inadecuados de su conversación”. Sentía que “estaba prostituyendo al maestro, pero en verdad había un elemento de autoburla en aquellas frases, se había “enamorado de sus ritmos, sus ironías y sus rarezas y lo que más amaba eran sus momentos más excéntricos”. “Mezclaba sexo con erudición, disfrutando de sus deslealtadaes hacia la estricta verdad”. Como se puede apreciar, las frases de Hollinghurst son absolutamente jamesianas.

El propio Nick es un personaje muy de Henry James: un esteta, un conaisseur que se comporta con la familia Fedden como un cortesano intelectual del siglo XX. Gracias a él, distinguirán el Gauguin de un regalo sin firma; podrán apreciar las influencias en la cuarta sinfonía de Schumann; calibrar el perfil artístico de una fotografía en una revista de vanguardia o reconocer la bella casa de ladrillo en la que había vivido Coleridge.

Pero, sobre todo, Nick muestra un horror innato a la discordia, intenta agradar a todos y en el fondo es un inocente rodeado de tahures. Palabra de Hollinghurst: “Soy un gran admirador de Henry James. Me fascina la manera en que mostraba a los ricos y corruptos a través de un inocente que acaba corrompido”.

La línea serpentina

William Hogarth, en su teoría del Análisis de la belleza habla de la ‘línea serpentina’ como línea de la belleza. Se trata de una ‘S’ en forma de línea que aparece dentro de un objeto y que sugiere viveza, en contraste con las líneas rectas que significan estancamiento y muerte.

La línea de la belleza se hace arquitectura interior en la oficina que, en la segunda parte de la novela, compartirá Nick con su nuevo amante, Wani, y que recibirá el nombre de ‘Ojiva’. La curva ojival se repetía en el piso superior: “En espejos y en bastidores y en los roperos ( ) pero la mayor suntuosidad estaba en el baldaquino de la cama, compuesto por dos ojivas transversales”.

Y, en la cama, mientras le hablaba de la línea de la belleza, Nick “recorría con la mano la espalda de Wani. No creía que Hogarth hubiese ilustrado el mejor ejemplo al respecto, el hoyo y el bulto; había elegido arpas y ramas, huesos en vez de carne. Era en verdad el momento de escribir un nuevo Análisis de la belleza”.

La Inglaterra de Thatcher

Cuando Nick Guest llega a la casa de los Fedden, Gerald, el padre de familia, acaba de ser elegido diputado conservador por Barwick. En su condición, recibirá visitas de prominentes dirigentes del partido tory y del Gobierno. Nick asistirá a conversaciones sobre las políticas de la primera minsitra. Acerca de la guerra de las Malvinas, dice un subsecretario del Interior que es “un Trafalgar de nuestra época” y rectifica a su esposa al señalar que los soldados que participaron “no fueron intrépidos, sino impávidos”.

Pero ningún acontecimiento es comparable a la esperada visita de Margaret Thatcher en la casa familiar. Gerald la invita a la fiesta que da para celebrar sus bodas de plata y, en un arranque que muestra la “magnitud de su manía” hace pintar la puerta de la entrada, verde de toda la vida, de un intenso azul tory.

Llega Margaret Thatcher a la vivienda de los Fedden: “Entró con su paso elegante y brioso, resabio de una turbación reprimida hacía mucho, de una torpeza transmutada en poder … pareció complacida por el recibimiento y respondió a él de un modo alegre y pragmático, como la realeza moderna. No dio muestras de que se hubiese fijado en el color de la puerta”.

Hollinghurst confesó que no se trataba con los círculos del poder y del dinero que aparecen en su novela, pero que los diarios publicados por Alan Clark, ex secretario de Estado para la Defensa de Thatcher, le sirvieron de una gran ayuda para describirlos.

El adulterio está a la orden del día en ‘La línea de la belleza’: el de Gerald acaba saliendo a la luz y el descubrimiento se lleva por delante al propio Nick Guest. Aunque, en este caso la realidad está muy por encima de la ficción, en la que no deja de ser una cosa leve y vulgar, mientras que Alan Clark protagonizó un escándalo mayúsculo cuando en 1994 se descubrió que mantuvo relaciones sexuales con la esposa de un juez amigo suyo y con sus dos hijas. Hasta 1979 las tuvo con la madre y a partir de ese año con las dos hijas, sucesivamente. La esposa de Clark, víctima de infidelidades durante treinta y cinco años, declaró: “Si uno se acuesta con personas de ínfima categoría, termina apareciendo en los periódicos”. Frase que resume el clasismo de la sociedad británica denunciado en la novela de Hollinghurst.

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