Umberto Eco, contra la banalización y el mal gusto

Hasta hace una semana no me di cuenta de que Umberto Eco era mortal. Murió el 19 de febrero, pero llevamos tanto tiempo juntos y él seguía tan activo que ni se me había ocurrido que algún día pudiera suceder. Me lo presentó, me parece recordar, un profesor de Teoría de la Comunicación, allá en los setenta, y ya en las primeras páginas noté el flechazo. Para siempre.

Apocalípticos e integrados constituyó el primer encuentro y ahora, al repasarlo para escribir estas notas, me doy cuenta de cómo me influyó y orientó desde la primera lectura. El debate sobre la cultura de masas y sobre el gusto estaba en su apogeo cuando en 1965 Umberto Eco dio a la imprenta la colección de ensayos que forman el libro. Lo leí unos pocos años después, en el famoso libro en cuya portada aparece Superman, y a lo largo de mi vida siempre he tenido presente la sabiduría de mi ‘profesor’ italiano tan querido y sus sugerencias sobre qué leer y cómo.

Poco tiempo después apareció la primera novela de Umberto Eco, El nombre de la rosa, que tuvo una acogida excepcional y se convirtió en lo que a ambos nos produce cierta sospecha: un best seller. Siguió escribiendo ensayos y otras novelas, como Baudolino, en la que los conocimientos propios de un medievalista como Umberto Eco producen una satisfacción lectora iniguable, casi tanto como los ofrecidos en la que iba a llamarse El crimen de la abadía. De ambas novelas comentaré algunas cosas en el futuro. Hoy prefiero centrarme en la primera obra que me puso en contacto con el profesor Umberto Eco y recordarle a mi manera.

Apocalípticos e integrados

La queja del apocalíptico se basa en que concibe la cultura como un hecho aristocrático, asiduo, solitario y refinado, todo lo opuesto a la vulgaridad de la muchedumbre. Por el contrario, el integrado cree vivir en el país de las maravillas, en un mundo donde toda la cultura está a disposición de todos, a través de la televisión, los periódicos, las revistas, el cine, las historietas y la novela popular. Le faltó citar Internet, pero en los sesenta no se llevaba.

Con Umberto Eco no es necesario optar por uno de los dos extremos, ni ser apocalíptico ni integrado, aunque lo primero pareciera excelso. Eco lo explicaba con cierta ironía al señalar que el apocalíptico, en el fondo, “consuela al lector porque le deja entrever, sobre el trasfondo de la catástrofe, la existencia de una comunidad de ‘superhombres’ capaces de elevarse, aunque sólo sea mediante el rechazo, por encima de la banalidad media”.

San Bernardo contra las vidrieras

Habría que situar el inicio de la cultura de masas en la aparición de la imprenta y, con ella, en la ideología democrática, aunque aún tardara en llegar.

Pero podemos remontarnos más en el tiempo y, siguiendo a Umberto Eco, encontrar ya en el siglo XII el caso de un ‘apocalíptico’ de la cultura. Hay testimonios de la irritación que le producía a Bernardo de Claraval la traducción en imágenes de los contenidos culturales, que en aquella época estaban en posesión exclusiva de la clase dirigente, a propósito del programa del Sínodo de Arrás, que defendía que las imágenes de las vidrieras, las esculturas y los capiteles de las catedrales sirvieran para comunicar a los fieles “los misterios de la fe, el orden de los fenómenos naturales, las jerarquías de las artes y los oficios y las vicisitudes de la historia”.

Frente a este programa, el monje cisterciense Bernardo se muestra partidario de la arquitectura desnuda y rigurosa y lanza una serie de diatribas contra las imágenes. Pero Eco observa en ellas que el monje se traiciona y que, al acusar, “manifiesta ante todo la turbación de quien ha sido oprimido y seducido” por esas imágenes vilipendiadas. Revela odio y amor ante los bienes que ascéticamente rechaza y “se detiene con inequívoca sensualidad en la naturaleza diabólica de las imágenes”.

A Bernardo de Claraval lo que le indignaba más que otra cosa era la difusión, como a muchos de los apocalípticos actuales, que creen que el objeto de arte pasa a ser “consumido”, gracias a los medios industriales, y pierde su valor intrínseco en esta degustación masiva. Me parece que esta actitud no resiste la argumentación contraria: ninguna obra del espíritu puede ser mancillada por quien lo disfruta, aunque sean cientos de miles. Por muchos turistas que visiten el Louvre, la Gioconda seguirá siendo la misma.

Ante esto Umberto Eco siempre ha sido muy tajante: la difusión no empaña la obra, aunque otra cosa es la interpretación que haga el receptor. En una conferencia de hace unos años habló del libro electrónico, algo que no existía en los sesenta, y aunque él militaba ardientemente a favor del papel, lo único que dijo en contra fue que la pantalla hace daño a la vista.

Otra cosa es la calidad de la obra, algo que san Bernardo también denigra por su “naturaleza diabólica”. No estamos en el mismo contexto y no es comparable la imagen de una vidriera medieval con los productos que consume ‘gastronómicamente’ -un adjetivo que le es muy querido a Eco- la sociedad de masas. Pero a veces también nos asalta un doble sentimiento, de amor-odio- cuando nos quedamos absortos ante la tele con las celebrities o con los tebeos y películas de los héroes de Marvel, mientras aseguramos que es una bazofia y que sólo la contemplamos para asegurarnos de que lo es.

William Adolphe Bouguereau, Ninfa y sátiro

La banalización del arte y el mal gusto

Denigrar la difusión de productos de nivel ínfimo, como pueden ser determinadas novelas ‘populares’ o películas de serie B, no implica ningún desdoro porque no se trata de un desprecio aristocrático ni una defensa de los privilegios de clase, sino una defensa del buen gusto.

También hay un tipo de cultura que nace con la intención de ser popular, como ocurrió con el jazz o con las novelas de detectives, pero que se “consumen” por todas las clases sociales y en todos los niveles intelectuales. Sin ningún problema. Cada uno de nosotros puede disfrutar ‘momentos Ezra Pound’ y momentos de lectura menos compleja sin experimentar “sensación alguna de encanallamiento”.

Sin embargo, hay una serie de ‘productos culturales’ que simulan poseer todos los requisitos de una alta cultura cuando, en realidad son solamente una parodia y una falsificación puesta al servicio de fines comerciales. Lo denunció Dwight MacDonald, teórico de la cultura de principios de siglo XX, al definir ese segmento cultural que llama la midcult y cuya característica es “la explotación de los descubrimientos de la vanguardia y su banalización como productos de consumo” (puso como ejemplo ‘El viejo y el mar’, de Hemingway).

Umberto Eco analiza este aspecto en el ensayo siguiente dedicado a la relación entre el Kitsch y la Midcult, en el que reprocha a MacDonald que lo que de verdad le indigne sea el simple hecho de la divulgación de la alta cultura y de la vanguardia.

El mal gusto, reconoce Eco, es muy difícil de definir. A veces puede apreciarse forma instintiva cuando muestra exceso de medida o manifiesta desproporción. Básicamente el mal gusto en arte tiene que ver con una ‘prefabricación e imposición del efecto’, lo que la cultura alemana ha denominado como Kitsch, un término de imposible traducción y que podría provenir, según Ludwig Giesz, de la segunda mitad del siglo XIX, cuando los turistas americanos que deseaban adquirir un cuadro barato, en Mónaco, pedían un bosquejo, un sketch. De ahí vendría el término alemán para designar la pacotilla, la vulgaridad artística destinada a compradores deseosos de fáciles experiencias estéticas.

Museo de Arqueología de Skopie (Macedonia). 2014

El Kitsch no sólo estimula efectos sentimentales, sino que pone en evidencia las reacciones que la obra debe provocar, y tiende continuamente a sugerir la idea de que, gozando de dichos efectos, el receptor está perfeccionando una experiencia estética privilegiada. Ante esta “facilidad” que proporciona la industria de consumo, los artistas comienzan a elaborar, hacia la mitad del siglo XIX, el proyecto de una vanguardia.

Ahí reside la relación entre Kitsch, que no es más que la ausencia de autenticidad, y la creación artística: en la manera en que un producto destinado exclusivamente al consumo pretende configurarse como arte utilizando los hallazgos de la cultura superior encarnada por la vanguardia o por creadores con auténtico genio. No es que estos hallazgos no se puedan reutilizar, siempre que sea de tal forma que aumente de verdad la posibilidad de la propia novedad, pero no de manera fraudulenta, fuera de lugar o de forma meramente repetitiva.

Por otra parte, si el Kitsch se confinara a una serie de mensajes emitidos por una industria de la cultura para satisfacer determinadas demandas, pero sin pretender su imposición por medio del arte, es decir, sin pretender ser arte, no surgiría ningún problema porque no habría engaño; no existiría esta forma especial y fraudulenta del mal gusto.

Despedida

En fin, agradezco a Umberto Eco que me haya dado la posibilidad de disfrutar más aún con las obras disfrutables; a discernir, dentro de mis posibilidades, lo que es falso y desgastado de lo límpido y trascendente; a leer novelas de ciencia ficción o de detectives sin “encanallarme” y a cerrar un libro incluso en la primera página al descubrir que es un tostón relamido y sin sustancia. Porque la máxima de que cualquier libro es mejor que ninguno no es cierta; es, como dice el propio Eco, una elucubración del tipo “los caminos del Señor son infinitos”. Pero es que resulta que ningún camino de ese libro que he tirado a la basura, harta de su inanidad, me lleva a ninguna “buena parte”.

Bibliografía

– Umberto Eco, ‘Apocalípticos e integrados’, Editorial Lumen, 1968

– Dwight MacDonald, ‘Against the American Grain’, 1962

– Ludwig Giesz, ‘Fenomenología del Kitsch’, Tusquets. 1973

– Herman Broch, ‘Kitsch, Vanguardia y el Arte por el Arte’, Tusquets, 1970 (1955)

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