Umberto Eco, ‘El nombre de la rosa’ y cien páginas de penitencia

Lectores potenciales lo intentan y desisten. En primer lugar, porque, a pesar de su argumento detectivesco, El nombre de la rosa no es en absoluto una novela fácil. Pero sobre todo, porque hay que superar la prueba a la que nos somete su autor: la de las cien primeras páginas.

En Las apostillas Umberto Eco confiesa que los editores de El nombre de la rosa le pidieron que acortase las primeras cien páginas porque exigían demasiado esfuerzo. Se negó a ello argumentando que “si alguien quería entrar en la abadía y vivir en ella siete días tenía que aceptar su ritmo” y si no lo conseguía tampoco lograría leer todo el libro. “De ahí -dice tan ricamente- la función de penitencia, de iniciación, que tienen las primeras cien páginas”. Y si no, pues que no la lean.

Y sigue explicando que entrar en una novela es “como hacer una excursión a la montaña”. Lo primero que hay que hacer es aprender a respirar y seguirle el ritmo al autor y para eso hay que ejercitarse con esas primeras “cien páginas penitenciales” que el autor ha escrito con el objeto de “construir un lector idóneo para las siguientes”.

Hay un tipo de escritores que se adelantan al lector, que hacen un estudio de mercado y le dan lo que espera. Pero no es el caso de otros, como Umberto Eco, que planifican y proyectan algo nuevo “con meticulosidad artesanal”, con la esperanza de crear, sí crear, ese lector que el texto “postula e intenta suscitar”.

¿Cómo es el lector que Umberto Eco pretende crear? Pues no escatima a la hora de pedir: un cómplice que entre en su juego, que llegue a pensar que sólo puede querer lo que el texto le ofrece y que se deje transformar por ese texto, que se estremezca “ante la infinita omnipotencia de Dios”, es decir el propio Eco, “que vuelve ilusorio el orden del mundo”, a través de su novela; un lector, en suma, al que llevará a la perdición, aunque avisándole de que está haciendo un trato con el diablo. Si no se da cuenta, es asunto suyo.

Las cien primeras páginas paso a paso

El nombre de la rosa comienza con el relato del descubrimiento de un libro redactado en francés a mediados del XIX acerca de un manuscrito del siglo XIV encontrado en el siglo XVII, que cuenta la “terrible historia” de Adso de Melk, narrada por el propio monje alemán a finales de su siglo pero que cuenta lo sucedido cuando era novicio, allá por el 1327. Uffff… A continuación, ofrece una serie de referencias, en latín por supuesto, del manuscrito y los problemas de la traducción del latín de Adso al francés neogótico.

Superamos el primer escollo y pasamos al siguiente: la narración de los hechos históricos de los primeros años del siglo XIV. El papa Clemente V trasladó la sede apostólica a Avignon, abandonando Roma; le sucedió Juan XXII, devoto del rey francés Felipe el Hermoso, al que apoyó en la terrible purga y total disolución de los caballeros templarios. Por otra parte, en 1314 surgieron dos emperadores para el mismo Imperio: Ludovico de Baviera y Federico de Austria. Siete años después el primero derrotó al segundo y entonces el papa Juan XXII decidió excomulgar al vencedor porque veía más peligro en uno que en dos emperadores. Ludovico no se quedó atrás y declaró herético al papa. También disgustó mucho al papa que los franciscanos proclamaran como verdad de fe la pobreza de Cristo y condenó sus proposiciones. Eso llevó a Ludovico a unirse a los franciscanos.

Todo esto viene a cuento porque el protagonista de la historia, Guillermo de Baskerville, es un sabio franciscano y Adso de Melk, el novicio benedictino que le acompaña, es hijo de un barón que en esos momentos combatía junto a Ludovico. También todo lo que Eco nos cuenta acerca de los franciscanos, de su modo de vida y pensamiento, así como de las desviaciones heréticas de “espirituales” y “fraticelli” servirán al propósito de entender qué está pasando en la abadía.

Seguimos entrando en materia con algunas nociones acerca de las diferencias entre los franciscanos del continente y los de las Islas Británicas y sobre Guillermo de Occam, también un fraile franciscano, defensor de una filosofía escéptica respecto a los conceptos universales y cercana al empirismo. Se le conoce popularmente por la denominada ‘navaja de Occam’, que viene a decir que no deben multiplicarse inútilmente los entes creando conceptos abstractos que no procedan de la experiencia. Esta economía de objetos es la que nos orienta para elegir ante un enigma la explicación más sencilla porque resultará ser la verdadera. Muy adecuado para un detective.

Pasamos a la lección sobre arquitectura de la Alta Edad Media, en concreto la descripción de la abadía en la que sucederán los ‘terribles hechos’ que se nos han de narrar: está rodeada de una muralla y en el interior se alza el Edificio, una “construcción octogonal que de lejos parecía un tetrágono (figura perfectísima que expresa la solidez e invulnerabilidad de la Ciudad de Dios)”. Y junto a la arquitectura, que “es el arte que más se esfuerza por reproducir en su ritmo el orden del universo” nos hace un repaso sobre los símbolos de la Iglesia: el trono rodeado por dos figuras aladas, el toro, el león, y los veinticuatro ancianos; las figuras de los apóstoles, las pinturas de los condenados, el bestiario de Satanás ….

Y ya hemos superado las “cien páginas penitenciales”, lo que no significa que, a lo largo del resto, no se nos vuelvan a dar lecciones de las más variadas materias, medievales claro. Ciertamente no lo veo como un escollo o un suplicio, sino todo lo contrario, porque me gusta extraordinariamente la historia y situar una acción o unos personajes en su contexto. Lo que Eco llama el ‘salgarismo’ y que consiste en que en medio de una narración sobre unos exploradores que huyen a todo correr de los caníbales encuentran un baobab; justo en ese momento Salgari se pone a describir el aspecto de ese grandioso árbol.

A mí me gusta, aunque reconozco que puede romper el ritmo de una narración. Por eso en mis comentarios de este blog, lo practico, ya que no rompe nada y ese acarreo de datos y pintura de contextos sirve para situar la obra y disfrutarla más, creo. Incluso hablando de un baobab, ese árbol fantástico que no sólo es originario de África, sino también del Planeta del Principito y cuyo crecimiento desaforado puede producir una catástrofe.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s