Detectives: Guillermo de Baskerville, en una Abadía de los Apeninos

Es una historia de robos y venganzas entre monjes de poca virtud”, dice Adso de Melk y añade Guillermo que esa historia se teje “alrededor de un libro prohibido” escondido in finis Africae. Se refieren a los crímenes que se suceden en la Abadía de los Apeninos, donde transcurre la trama de El nombre de la rosa. Es el quinto día y son ya cuatro los monjes asesinados, pero el sabio franciscano metido a detective, Guillermo de Baskerville, aún no tiene la solución al enigma.

Alinardo, el monje más anciano del lugar, le da la clave: todo está en el libro de Juan. Los crímenes van cumpliendo, a nivel local y reducido, las profecías que proclaman las trompetas que anuncian el Apocalipsis: la primera trompeta augura el granizo y el primer monje aparece muerto sobre la nieve; la segunda, advierte de que la tercera parte del mar se convertirá en sangre y el cadáver del segundo monje se encuentra en una tinaja en la que se ha coagulado la sangre de los animales sacrificados el día anterior; la tercera trompeta anuncia la caída de una estrella ardiente… y así hasta siete.

Alinardo le cuenta a Guillermo el episodio que marcó su futuro y todo lo que está ocurriendo: él propuso reunir en la biblioteca de la Abadía todos los comentarios que se hubieran escrito sobre el Apocalipsis, pero fue Jorge de Burgos quien viajó a Silos, donde encontró los manuscritos más bellos y de donde regresó con un espléndido botín. Pero la obsesión por el fin del mundo oculta los auténticos motivos de los crímenes, así como el arma homicida, que no es otra cosa que el veneno impregnado en el manuscrito sobre pergamino de tela que contiene la parte perdida de la Poética de Aristóteles. El asesino utiliza las profecías, que se cumplen por azar, para seguir manteniendo en secreto la apología de la comedia y de la risa que escribió el filósofo griego.

Tenemos una intriga policíaca, que apenas ocupa cien páginas. Las restantes setecientas nos meten de lleno en la vida de la Abadía, en el conflicto entre el Papa y el Emperador, la lucha entre el poder político y el religioso, en el ideal de pobreza que defienden los franciscanos, en las rebeliones y en las herejías y, sobre todo, en el profundo cambio que en ese momento experimenta el pensamiento con la aparición de la filosofía de Occam frente a la ‘philosophia perennis’ de Tomás de Aquino, que llevaba doscientos años ejerciendo un poder absoluto sobre la teología.

Occam y Bacon, la Escuela de Oxford

Umberto Eco utiliza el género policíaco, porque es el “más metafísico y filosófico de los modelos de intriga”, para hacernos partícipes, “de forma placentera”, de este cambio drástico en el pensamiento que supone el origen del razonamiento moderno. Y lo hace utilizando un personaje, Guillermo de Baskerville, paradigma de lo nuevo, que no parte de ‘primeros principios’ ni de la auctoritas y que defiende que la realidad es lo singular, lo individual, aquello de lo que nos informan los sentidos y que es procesado por el intelecto mediante la lógica. Es Guillermo quien aconseja a Adso de Melk, su aprendiz y amanuense, siguiendo estrictamente a Occam, que “no conviene multiplicar las explicaciones y las causas mientras no haya una estricta necesidad de hacerlo” porque “todo se explica utilizando un menor número de causas”.

Guillermo de Baskerville no es Guillermo de Occam. El propio detective expresa su antipatía por el pensador de Oxford cuando dice que “es un hombre sin fervor, todo cabeza y nada corazón” y Eco ya nos advierte en las Apostillas que, al principio, se entretuvo con la idea de que el detective fuera el propio Occam, pero renunció porque la persona del Venerabilis Inceptor le inspiraba “antipatía”.

Umberto Eco reconoce que para su trama y su universo necesitaba un detective inglés “dotado de un gran sentido de la observación y una sensibilidad especial para la determinación de los símbolos, cualidades que sólo se encontraban dentro del ámbito franciscano y con posterioridad a Roger Bacon”, Además, precisa, “sólo en los occamistas encontramos una teoría desarrollada de los signos”.

El monje Alinardo le reprocha a Guillermo que descrea del advenimiento del Anticristo debido a que “tus maestros”, en referencia a Occam, “te han enseñado a idolatrar la razón, extinguiendo las facultades proféticas de tu corazón”. Guillermo es claramente un descreído pero porque desprecia los argumentos de autoridad insensatos, las supersticiones religiosas y la multiplicidad de reliquias en posesión de la cristiandad; llega a escandalizar al joven Adso cuando le hace notar que con los fragmentos de la cruz guardados en las iglesias, “Nuestro Señor no habría sido crucificado en dos tablas cruzadas, sino en todo un bosque”. A Alinardo le responde que se equivoca y que el maestro al que venera por encima de los demás es Roger Bacon, uno de los sabios más ilustres de todos los tiempos y padre del método experimental.

Bacon era teólogo, matemático, alquimista, profundo conocedor de varios idiomas, franciscano e inglés y vivió en el siglo XIII. En sus diálogos con Adso, con quien teoriza constantemente, Guillermo saca a relucir muchos de los inventos e ideas del sabio inglés: desde las famosas máquinas que en el futuro harán todo por nosotros, incluso volar, a la fabricación de lentes para la presbicia.

Otra muestra de cómo razona nuestro detective es la forma en que consigue orientarse en el laberinto que es la biblioteca de la Abadía. En un primer momento, Guillermo piensa en utilizar una brújula, de cuya invención tiene noticia a través de Roger Bacon, pero lo descarta porque no está seguro de que funcione, así que al final decide utilizar las matemáticas para “reconstruir el laberinto” desde fuera, haciendo cálculos sobre habitaciones heptagonales, ventanas exteriores y torreones. Su admirado maestro consideraba las matemáticas como el instrumento esencial para penetrar en los dominios de todas las ciencias y la primera de todas ellas.

Lo que Guillermo de Baskerville debe a Borges

La idea de la novela proviene de una imagen: “Un monje envenenado mientras lee un libro en la biblioteca”. Así lo cuenta en las Apostillas Umberto Eco, quien reconoce que posiblemente estaba bajo la influencia de la poética tradicional del relato policíaco anglosajón, por la que el delito había de cometerse en una vicaría. “El hecho es que esa imagen, la del monje asesinado durante la lectura, me pidió en determinado momento que le construyera algo a su alrededor”. Casi ochocientas páginas.

En un comentario anterior señalé que Eco reconocía su deuda con otros autores, especialmente con Borges y, aunque Jorge de Burgos podría estar, en un principio, inspirado en el bibliotecario ciego que fue el escritor argentino, Eco no excluye que “en el momento en que apareció el fantasma de Borges influyera en él el esquema de La muerte y la brújula”.

Si los crímenes que se suceden en la Abadía de El nombre de la rosa están señalados por las trompetas anunciadoras del Apocalipsis de San Juan, los que se dan cita en el Buenos Aires visionario de Borges se vinculan al misticismo y a la filosofía judíos y son crímenes perpetrados, aparentemente, en la búsqueda del Nombre de Dios. ‘La primera letra del nombre ya ha sido pronunciada’, dice la nota que acompaña al primer cadáver, el del rabino Yarmolinsky.

También la idea del laberinto se repite en la Abadía de Eco: la biblioteca es un laberinto en el interior de un edificio, igual que la Quinta-Le-Roy de Buenos Aires y en ambos se produce el desenlace fatal.

Al igual que Lönnrot, el detective borgiano, Guillermo de Baskerville se equivoca y construye un esquema equivocado para interpretar los actos del culpable. Tanto Scharlach como Jorge de Burgos aprovechan el azar y utilizan el proceso razonador del investigador para confundir y ocultar su auténtico plan. Por eso los dos detectives fracasan: arde la biblioteca de la Abadía, junto con el manuscrito de Aristóteles, y muere Lönnrot en el laberinto al que ha sido conducido por el asesino.

Nunca he dudado de la verdad de los signos”, le dice Guillermo a Adso cuando la ecpirosis ha destruido la Abadía entera, porque “son lo único que tiene el hombre para orientarse en el mundo. Lo que no comprendí fue la relación entre ellos. He llegado hasta Jorge siguiendo un plan apocalíptico que parecía gobernar todos los crímenes y, sin embargo, era casual”.

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