Detectives: Erik Lönnrot, en una quinta de Buenos Aires

Borges, La muerte y la brújula

El sabio rabínico Marcelo Yarmolinsky aparece muerto en la habitación de un hotel. En la máquina de escribir, presente en el cuarto, hay una nota en la que se dice: “La primera letra del Nombre ha sido articulada”. El inspector Treviranus cree que el asesino pretendía robar los famosos zafiros del Tetrarca de Galilea, que reside en la suite de enfrente, pero que se equivocó de puerta. Aparece un segundo cadáver un mes después y la nota, esta vez, hace referencia a la segunda letra del Nombre. El detective Erik Lönnrot los califica de asesinatos rituales y los atribuye a una secta judía que busca averiguar el Tetragrámaton, el nombre secreto de JHVH, el Dios Yahvé. Y poco a poco va cayendo en la trampa que el gángster Red Scharlach, el Dandy, ha ideado contra él para cobrarse su venganza por la muerte de su hermano.

La muerte y la brújula se puede leer como un clásico cuento policial y también como su parodia: hay un detective y un asesino y cada uno utiliza sus armas para llegar al desenlace. Pero como todas las obras maestras, este cuento de Borges, de apenas catorce páginas, ofrece muchas y diversas lecturas, desde una sencilla investigación de un asesinato a la representación de una búsqueda existencial y mística.

Lönnrot versus Spinoza

Erik Lönnrot se enorgullece de ser “un puro razonador” al estilo de August Dupin, dice el narrador, aunque en su carácter hay algo de “aventurero” y también de “tahúr”. Pretende hallar la solución al misterio mediante el razonamiento abstracto de premisas y conclusiones coherentes, despreciando el azar, las meras circunstancias y la imaginación. Desconfía de los sentidos y de las pruebas circunstanciales y sólo da valor a la lógica porque defiende, como Spinoza, que el universo es lógico y, por tanto, sujeto de una explicación racional. Hay quienes aventuran que Lönnrot es una versión del pensador judío de Amsterdam.

Edna Aizenberg defiende esta lectura. Ve en el cuento alusiones al antisemitismo en auge en la época de su publicación, en 1942, cuando Europa se debatía en una monumental masacre y los judíos desaparecían en un holocausto criminal, y lo considera un homenaje a la figura del intelectual judío frente a la barbarie nazi y una reivindicación del deseo de comprender el universo de forma racional defendida por uno de los más conspicuos pensadores judíos, Baruj Spinoza.

Lógica, destino y literatura

Las interpretaciones son numerosas y a veces contradictorias. Ernesto Sábato subraya la atemporalidad del relato, que desemboca en un puro problema de lógica y geometría; otros lectores ven en él una suerte de determinismo fatal, ya que todo está apuntado desde el principio de los tiempos, “todo está escrito”.

Para Harold Bloom se trata de una parábola que demuestra que la lectura es siempre una suerte de reescritura porque Lönnrot lo que hace, y muy bien, es reinterpretar los mensajes de Scharlach. Frente a la ‘tesis spinozista’, defiende que Borges es un escéptico, más interesado por la literatura de imaginación que por la religión o la filosofía y que sus especulaciones tienen, ante todo, un valor estético.

Y, fiel a su teoría de la influencia literaria, Bloom ve en el escritor argentino su ejemplo más notorio: “Borges abiertamente asimila y, a continuación, deliberadamente refleja toda la tradición canónica”. Respecto al cuento que nos ocupa, Bloom comenta que Lönnrot y Scharlach tejen su mortal laberinto de literatura en una amalgama de Poe -sus escenarios de luz de luna y espejismo- de Kafka -la ambivalencia de los signos- y también de muchos otros ejemplos de dobles que se enfrentan en un duelo.

La Kalevala, epopeya finlandesa

Bloom también menciona ciertas características de los nombres: tanto Lönnrot como Scharlach significan rojo, dice. Y, en consecuencia, hay un juego del doble, en el que las acciones de ambos se repiten como en un espejo. Pero no está claro que ese juego interlingüístico responda a las intenciones de Borges al escribir el relato. Entre otras cosas porque Lönnrot es un apellido sueco, no alemán, como el propio escritor argentino observó, y aquí significa ‘raíz’ y no ‘rojo’. El apellido al completo podría traducirse como ‘raíz de arce’, aunque también remite a otros sustantivos relacionados con conceptos como ‘secreto’ y ‘asesinato’. En realidad, esto aumentaría el juego interlingüístico: el propio detective no cae en la cuenta del significado de su nombre y de ahí llegarán sus males.

Elías Lönnrot, pese al apellido sueco, fue uno de los creadores de la nación finlandesa al ocuparse de recoger la poesía folklórica de su país y convertirla en un poema épico nacional, la Kalevala, de manera que el finlandés adquiriera los requisitos de idioma literario en el siglo XIX. Hillis Miller -un crítico literario del siglo XX- ve un gran paralelismo entre el Lönnrot de Borges y el poeta finlandés cuando dice que ambos pecaban de una credulidad semejante: el filólogo porque creía poder reconstruir la epopeya finlandesa perdida, a partir de fragmentos dispersos recogidos en distintas regiones del país, y el detective bonaerense porque veía posible recomponer “las letras geográficamente desparramadas para deletrear el Nombre Secreto de Dios”.

El fracaso del detective

Erik Lönnrot considera la hipótesis que defiende el comisario Treviranus de que el primer asesinato ha sido la consecuencia de un error como “demasiado cargada de azar” y se decanta por hallar una explicación rabínica: la búsqueda del Nombre de Dios, que es en realidad la búsqueda del conocimiento total del universo contemplado desde la eternidad.

Scharlach conoce la soberbia intelectual de Lönnrot y su interés por el misticismo judío -de reciente adquisición, por otra parte- y crea pistas falsas, incluso una carta firmada por Baruj Spinoza en la que le ofrece una clave geométrico-mística para encontrar al asesino. El comisario recibe una carta y un plano de la ciudad donde se muestra que los asesinatos forman un triángulo equilátero, una estructura completa y cerrada. Pero Lönnrot deduce que habrá un cuarto crimen porque el nombre de Dios tiene cuatro letras: el triángulo ha de convertirse en rombo. Siguiendo esta ‘lógica rabínica’, se irá adentrando en la trampa de Scharlach, en su laberinto.

No es la lógica lo que lleva a Lönnrot al error y, finalmente, a la muerte, sino la combinación de lógica e imaginación; deduce que se producirá un cuarto crimen y también el lugar, pero al unir creencias místicas y racionamiento lógico deductivo lo que sucede es que triunfa como detective pero fracasa estrepitosamente y lo paga con la muerte.

En este fracaso, algunos han visto una confusión de géneros literarios. Pese a que Borges suele mantenerse fiel a los postulados de Poe que diferencian lo racional, propio de sus cuentos detectivescos, y lo imaginativo, primordial en sus cuentos de terror, en esta ocasión los confunde, dice Rosenblat. La fantasía que introduce resulta de confrontar las creencias místicas judías con el razonamiento lógico deductivo, que es como enfrentar lo griego y lo judeocristiano.

La muerte como destino trascendente

Pero otra lectura descarta esta hipótesis del desdoblamiento de Lönnrot como detective clásico y como especulador fantasioso cuando observamos que el detective está cumpliendo su destino trascendente. Siguiendo el análisis de Antonio Fama, vemos que todas las figuras geométricas que aparecen en el relato -en especial el triángulo equilátero- poseen connotaciones místicas y apuntan hacia un mundo trascendente. Los cuatro lugares en los que se desarrolla la accion presentan una estructura arquetípica que muestra la ambivalencia divinidad / satanismo.

Torres y sótanos -presentes en ellos- prefiguran el ascenso espiritual y el inframundo; la villa abandonada de Triste-le-Roy, el cuarto y último lugar, “refleja un laberinto antitético, un arriba y un abajo”. Tras descender al sótano, utilizando una escalera espiral, “simbólica de un ascenso místico”, Lönnrot asciende al mirador, donde le espera la deidad, el propio gángster Red Scharlach. Cuando llega a la quinta, el detective “pensó que apenas un amanecer y un ocaso lo separaban de la hora anhelada por los buscadores del Nombre”, la hora en que se produce la unidad con la verdad absoluta traída por la muerte.

El fracaso conduce a la muerte en el caso de Lönnrot; en el del detective de Umberto Eco, al descreimiento. Guillermo de Baskerville llega hasta el asesino siguiendo un plan apocalíptico que parecía gobernar los crímenes, pero ese plan fue producto del azar del que se aprovechó Jorge de Burgos y no ha conseguido evitar ninguna muerte ni la salvación de la biblioteca: “He llegado hasta Jorge persiguiendo el plan de una mente perversa y razonadora y no existía plan alguno”, sino una cadena de causas concomitantes y contradictorias entre sí “que procedieron por su cuenta, creando relaciones que ya no dependían de ningún plan”. En definitiva, “he perseguido un simulacro de orden cuando debía saber muy bien que no existe orden en el universo”. El caos le lleva a dudar de la libre voluntad de Dios y de su omnipotencia y, quizá, a la prueba de que Dios no existe.

Adso de Melk, ya anciano, ha terminado de escribir la crónica de los sucesos que tuvieron lugar en la Abadía y se prepara para morir, descreído ya del Dios de gloria de los benedictinos y del Dios de júbilo en el que creían los franciscanos. Ni siquiera cree ya en el Dios de piedad: “Me hundiré en la tiniebla divina, en un silencio mudo y en una unión inefable, y en ese hundimiento se perderá toda igualdad y toda desigualdad, y en ese abismo mi espíritu se perderá a sí mismo y ya no conocerá lo igual ni lo desigual ni ninguna otra cosa”.

Esta frases con las que Adso cierra el relato de los crímenes de la Abadía podrían ser las mismas de las que Lönnrot se apropiara al ver venir la muerte de la mano de Scharlach. Pero no es así. Al principio del relato, Borges nos advierte de que el detective es un “aventurero y algo tahúr”. Su carácter le lleva a proponerle a su asesino un juego intelectual.

En su laberinto sobran tres líneas -dijo por fin-. Yo sé de un laberinto griego que es una línea recta”. Lönnrot pretende seguir el juego al darse cuenta de que ha perdido y le presenta otro desafío: la paradoja de Zenón que implica la imposibilidad de que Aquiles alcance a la tortuga y, por lo tanto, que la bala de Scharlach pueda matarlo.

Pero también, supone la creencia arquetípica del eterno retorno. “Para la otra vez que lo mate -replicó Scharlach- le prometo ese laberinto, que consta de una sola línea recta y que es invisible, incesante”.

Bibliografía

Jorge Luis Borges, Ficciones, Alianza Editorial, 1996

Edna Aizenberg, El tejedor del Aleph, Altalena Editores, 1986

Daniel Balderston, Fundaciones míticas en La muerte y la brújula, Universidad de Pittsburgh, 1996

Ernesto Sábato, El escritor y sus fantasmas, Seix Barral, 1997

Harold Bloom, El canon occidental, Anagrama, 1994

Antonio Fama, Análisis de La muerte y la brújula, Bulletin Hispanique, 1983

María Luisa Rosenblat, Lo fantástico y lo detectivesco

J. Hillis Miller, Ariadne’s Thread, 1992, Yale

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