J.L. Borges, Vindicación de la cábala

En su búsqueda de una explicación rabínica al asesinato de Yarmolinsky, el detective Lönnrot se lleva los libros que el rabino tenía en el placard de su habitación de hotel para poder estudiarlos y, a través de ellos, dar con la solución al enigma: una Vindicación de la cábala; un Examen de la filosofía de Robert Fludd; una traducción literal del Sepher Yezirah; una Biografía del Baal Shem; una Historia de la secta de los Hasidim; una monografía (en alemán) sobre el Tetragrámaton y otra, sobre la nomenclatura divina del Pentateuco.

Todos son escritos auténticos y todos conducen a la cábala; desde la filosofía de Robert Fludd, eminente médico, astrólogo y ocultista seguidor de Paracelso del siglo XVII a Baal Shem, creador de la secta de los hasidim, pasando por el Libro de la Creación y las monografías sobre el Nombre Oculto de Dios.

El que primero enumera, Vindicación de la cábala, bien podría referirse a un pequeño comentario que él mismo escribió once años antes, en 1931, publicado junto a otras reflexiones bajo el título Discusión. En él Borges deja claro desde el principio que no pretende vindicar la doctrina, sino los “procedimientos hermenéuticos o criptográficos” que a ella conducen. La filosofía y la teología son para él “ramas de la literatura fantástica”, fascinantes por la belleza de sus teorías, mitos y creencias en las que no cree pero que le permiten dibujar una estética de la inteligencia.

La causa remota del procedimiento cabalístico -comenta Borges- es el concepto de inspiración del libro sagrado. Quienes escribieron la Torá lo hicieron al dictado de Dios, dicen los creyentes, y los cabalistas asumieron esta premisa: dictada palabra por palabra, la Escritura “es un texto absoluto donde la colaboración del azar es calculable en cero”. Por lo tanto, se pregunta: “¿Cómo no interrogarlo hasta lo absurdo, hasta lo prolijo numérico como hizo la cábala?” Los cabalistas y también otros antes que ellos hicieron uso de la guematría, que consiste en calcular el valor numérico de las palabras y buscar su relación con otras palabras o frases de igual valor; el notaricón, es decir, la interpretación de las letras de una palabra como frases abreviadas y la temurá o permutación de letras según determinadas reglas.

El objeto siempre es hallar el significado oculto del texto sagrado, determinado mensaje, una consolación, un camino, un indicio de lo que puede deparar el futuro y, sobre todo, el conocimiento de Dios mismo, que es como decir la creación a través de la Revelación contenida en la Torá. “Para la mayoría de los cabalistas, toda creación -nos dice Scholem- no es, desde el punto de vista de Dios, más que una expresión de Su ser oculto que comienza y termina al darse a sí mismo un nombre, el nombre sagrado de Dios, el acto perpetuo de creación. Todo lo que vive es una expresión del lenguaje de Dios y, en última instancia, lo que manifiesta la Revelación es exactamente el nombre de Dios”.

En su ensayo Del culto a los libros (1951) Borges habla de la “extravagancia” de los judíos y recuerda la sentencia famosa de la Biblia: “Y Dios dijo: sea la luz; y fue la luz”; los cabalistas razonaron que la virtud de esa orden del Señor procedió de las letras de las palabras”. El Sepher Yezirah o Libro de la Creación afirma que “Jehová de los Ejércitos, Dios de Israel y Dios todopoderoso creó el universo mediante los números cardinales que van del uno al diez y las veintidós letras del alfabeto”. Que los números sean instrumentos o elementos de la Creación -apostilla Borges- es dogma de Pitágoras y de Jámblico, “que las letras lo sean, es claro indicio del nuevo culto de la escritura”.

Y, a continuación, transcribe el segundo párafo del segundo capítulo: Veintidós letras fundamentales: Dios las dibujó, las grabó, las combinó, las pesó, las permutó y con ellas produjo todo lo que es y todo lo que será. Luego se revela qué letra tiene poder sobre el aire y cuál sobre el agua y cuál sobre el fuego y cuál sobre la sabiduría y cuál sobre la paz y cuál sobre la gracia y cuál sobre el sueño y cuál sobre la cólera y como (por ejemplo) la palabra kaf, que tiene poder sobre la vida, sirvió para formar el sol en el mundo, el miércoles en el año y la oreja izquierda en el cuerpo”.

En otro comentario sobre la cábala (publicado en 1980 en Siete Noches) Borges volvió sobre la idea de libro sagrado, en el que no sólo son sagradas las palabras, sino también las letras con que fueron escritas porque Dios, “una inteligencia infinita, ha condescendido a la tarea humana de redactar un libro” y porque, además, sus palabras fueron el instrumento de su obra, de la creación. La propia creación -estiman los cabalistas- es un acto de escritura divina, mediante el cual Dios incorpora su lenguaje a las cosas bajo la forma de escritura. La escritura forma la materia de la creación y en ella se plasma la revelación y la profecía. La cábala defiende que las letras son anteriores al sonido de las palabras que representan y, en tal caso, nada es casual en la Escritura, “todo tiene que ser determinado”, como por ejemplo, el número de letras de cada versículo. En consecuencia, se leerá como una escritura críptica, cuyo desciframiento será recompensado con el conocimiento absoluto o el éxtasis místico.

La cábala en la España del siglo XIII

La cábala, frente a racionalidad de la corriente oficial del judaísmo, se presenta como un alivio fantasioso, un vuelco de la atención en lo misterioso y un descontrol del pensamiento; una doctrina esotérica recibida a través de la revelación divina hace miles de años y transmitida en secreto de generación en generación que pretende hallar significados alegóricos en la Torá.

El libro de cabecera de los cabalistas es el Sepher Yezirah o Libro de la creación, que como hemos visto estaba en posesión de Yarmolinsky, el rabino asesinado. Este libro apareció a principios del siglo VI y describe los 36 medios de los que se valió Dios para crear el mundo: los diez ‘sefirot’ (atributos divinos) y las 22 letras del alfabeto hebreo.

Y el libro clásico de la cábala es el Zohar, escrito hacia 1270 por el judío español Moisés de León, aunque lo atribuyó, para mayor prestigio, a un sabio mishnaico que habría vivido mil años antes. El Zohar contiene y reelabora gran parte del material del Sepher Yezirah. Ambos, dice Borges, los “he leído”, pero no fueron escritos para enseñar la cábala sino para confortar al discípulo, añade.

Otra corriente de la cábala del siglo XIII estuvo representada por el místico Abraham Abulafia, nacido en Zaragoza. Se trata, igual que en el caso de Moisés de León, de una aproximación mística a la Torá. Para que el alma humana recupere su contacto con Dios precisa de la meditación, utilizando como objeto el alfabeto hebreo, cuya abstracción y significación en justa medida, logrará que el creyente alcance la contemplación mística. El contacto puede ser restablecido mediante una meditación sobre los nombres divinos y “el conocimidento de la combinatoria de las letras (consonánticas) del alfabeto hebreo y de las diversas vocales es el camino hacia la unidad con Dios, hacia el éxtasis”.

El hasidismo

Con la expulsión de los judíos de España -resume Mosterín- la cábala dejó de ser la ocupación mística de una elite intelectual para transformarse en un movimiento de masas que fue adoptando en su seno todo tipo de supersticiones populares. Se extendió por la Europa oriental, donde las doctrinas místicas se mezclaron con las las historias de ángeles, demonios y golems, los milagros, la magia, los amuletos y los conjuros.

Este movimiento cabalístico popular coincidió con las terribles masacres de judíos en Ucrania y Polonia en los años 1648 y 1649. Lo acompañó una esperanza mesiánica que consoló a la población judía de su terrible situación, pero todo fue un engaño: Shabetai Zebi, versado en la cábala luriánica y no muy cuerdo, se autoproclamó mesías. La excitación en todo el mundo judío fue enorme, hasta que fue detenido por las autoridades turcas y hubo de convertirse al islam ante la amenaza de muerte. Pasó el resto de sus días viviendo de una pensión del sultán.

La decepción fue brutal y surgieron más falsos mesías, pero el movimiento que vino a llenar el vacío causado fue el hasidismo, fundado por Israel ben Eliezder, quien vino a llamarse Baal Shem Tov (1700-1760). Nacido en el este de Europa, ejerció diversos oficios y no recibió formación rabínica alguna ni tenía nada que ver con el mundo culto de la sinagoga y la oligarquía comercial judía. No escribió nada, pero atraía y fascinaba a las gentes sencillas. Se lanzó a recorrer los caminos como curandero; también hacía milagros y encantamientos y fue considerado como ‘zadik’, un hombre santo que por su cercanía a Dios puede hacer de intermediario entre Él y los hombres. Su forma de entender la ‘revelación’ en la Escritura era diferente a la de los cabalistas tradicionales: si se reza con la suficiente devoción, las letras del Libro liberan los atributos divinos que esconden y un espíritu superior baja de arriba, se apodera del orante y habla por su boca.

El gólem

Para Borges, una de las leyendas más curiosas de la cábala es el gólem porque contempla la posibilidad de crear un universo por la palabra. “Dios toma un terrón de tierra, le insufla vida y crea a Adán, que para los cabalistas sería el primer gólem”. Si un rabino aprende o llegar a descubrir el secreto nombre de Dios y lo pronuncia sobre una figura humana de arcilla, ésta cobraría vida. Adán, el primer gólem fue creado por la palabra divina, por un soplo de vida. y “como en la cábala se dice que el nombre de Dios es todo el Pentateuco, si alguien lo poseyere o si alguien llegara al Tetragrámaton -el nombre de cuatro letras de Dios- y supiera pronunciarlo correctamente, podría crear un mundo”.

Bibliografía

Jorge Luis Borges, Vindicación de la cábala, en ‘Ficciones’ (1932); La cábala, en ‘Siete noches’ (1980) y Del culto a los libros en ‘Otras inquisiciones’ (1952)

Gershom Scholem, Las grandes tendencias de la mística judía, Ediciones Siruela, 1996

Jesús Mosterín, Los judíos, Alianza Editorial, 2006

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