Contra la inmortalidad: J.L. Borges, Swift y otros dioses

cavernas

Marco Flaminio Rufo, tribuno de Roma, partió en busca de la Ciudad de los Inmortales, aunque estaba avisado por los filósofos de que “dilatar la vida de los hombres es dilatar su agonía y multiplicar el número de sus muertes”. Y cuando la encuentra, en el centro de un terrible desierto, diseñada como un laberinto insensato de arquitectura caótica, descubre que en sus alrededores viven los trogloditas, una estirpe bestial que no conoce la palabra y se alimenta de serpientes.

En el epílogo a la colección de cuentos en el que se inscribe ‘El Inmortal’, Borges, además de afirmar que es, de todos, el más trabajado, reconoce que lo escribió con la idea de mostrar “el efecto” que la inmortalidad causaría a los hombres.

Los trogloditas son los Inmortales y crearon esa ciudad desatinada como último gesto condescendiente con el mundo. Después “decidieron vivir en el puro pensamiento y en la especulación” y marcharon a las cuevas que rodeaban la Ciudad de los laberintos. “Absortos, casi no percibían el mundo físico”. El paso de los siglos les marcó hasta convertir su absoluta tolerancia en un desdén apático; se hicieron invulnerables a la piedad e indiferentes ante su propio destino. Porque la inmortalidad supone que en un plazo infinito le ocurren a todo hombre todas las cosas y sabiéndolo resulta infructuoso provocarlas.

elinmortal

La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres”, que conmueven por su “condición de fantasmas” porque cada acto que ejecutan puede ser el último y todo tiene el valor “de lo irrecuperable y de lo azaroso”. En cambio, para los inmortales, cada acto es el eco de otros anteriores o el presagio de lo venidero (1).

Gulliver en el país de los struldbruggs

Los Inmortales de Borges se han convertido, a fuerza de indiferencia hacia un mundo que se repite infinitamente, en trogloditas, en seres desprovistos de deseos y de curiosidad. Algo parecido pero acrecentado por las consecuencias del proceso de envejecimiento les ocurre a los struldbruggs, los Inmortales con los que se encuentra la criatura de Jonathan Swift en sus viajes.

Cuando Gulliver llega al reino de Luggnagg, se le revela la existencia de los struldbruggs o inmortales, que muy de tarde en tarde -dos o tres por siglo- y por azar nacían en el país en el seno de familias normales, como un error de la naturaleza. Se les distinguía porque mostraban un enorme lunar rojo en la frente, sobre la ceja izquierda, “lo que era señal infalible de que no morirían nunca”.

Gulliver expresa su total admiración y proclama la excelsitud de aquellos que han nacido inmunes a la calamidad universal que es la muerte, a la maldición que pesa sobre la naturaleza humana. Ante el desconcierto de los luggnaggianos, se lanza a describir las ventajas de la condición de inmortal y cómo él aprovecharía tales privilegios. Y es entonces cuando le muestran la insensatez de su deseo de inmortalidad.

Gulliver

Los struldbruggs -le cuentan- se comportan con normalidad hasta los treinta años y a partir de esta edad se tornan, poco a poco, melancólicos y amargados. Cuando llegan a los ochenta años, la edad considerada como límite de la vida, “no solamente padecen de todos los achaques y enfermedades de los demás hombres a su edad, sino de varios otros originados por la aterradora perspectiva de no morir jamás”. A ello se añade que son tercos, irritables, avaros, vanidosos, charlatanes, incapaces de profesar amistad e insensibles a todo afecto natural.

Ni siquiera recuerdan lo que aprendieron en su juventud porque la edad les hace perder la memoria y ya son incapaces de adquirir nuevos conocimientos. A los noventa años se les cae el pelo y los dientes y ni siquiera disfrutan de la comida. Olvidan los nombres de las cosas y tampoco pueden entregarse al placer de la lectura porque no son capaces de ligar el principio de un párrafo con su final. Gulliver pudo observar a alguno de ellos, ahítos de malformaciones y de aspecto cadavérico: “Ofrecían, el espectáculo más doloroso que haya contemplado en mi vida” (2).

La inmortalidad de los dioses

Al sorprender a Eos, diosa de la Aurora, entendiéndose con Ares en el lecho, Afrodita la condenó a enamorarse de mortales durante el resto de su vida inmortal. Los fue perdiendo uno a uno y, para poder seguir unida a Titono, un deslumbrante príncipe troyano, pidió a Zeus que le convirtiera en inmortal, a lo que el jefe del Olimpo accedió. Pero Eos olvidó pedir al mismo tiempo la juventud inmortal para su amante, de manera que Titono fue envejeciendo pero sin morir, menguando día tras día, hasta convertirse en un grillo. Cada mañana, Eos, la de los rosados dedos visita la tierra antes de que salga el sol derrama sus lágrimas, el rocío, por pena y remordimiento y Titono entona el invariable susurro con el que pide su muerte.

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Y es que a los dioses hay que pedirles los dones con mucho cuidado. Siempre se las arreglan para que los mortales reciban menos de lo que solicitan. O incluso, para que reciban algo mucho peor. La inmortalidad es un don de los dioses y una condena para los hombres, aunque también hay inmortales que preferirían acabar con sus tormentos eternos, como el caso del titán Prometeo, y dioses que no viven para siempre.

En algunas religiones, los dioses, a semejanza de los hombres que los han creado, mueren. Son religiones de tribus de América del Norte, de Filipinas y también de África, nos cuenta Frazer. Incluso en la mitología griega hay criterios dispares acerca del atributo de la inmortalidad que supuestamente poseen los dioses. Así se cuenta que el cuerpo de Dionisos estaba enterrado en Delfos, junto a la dorada estatua de Apolo, y que en su tumba se leía la inscripción: “Aquí yace muerto Dionisos, hijo de Semele” (3).

En Creta se vanagloriaban de poseer la tumba del propio Zeus y la enseñaban a los visitantes todavía a comienzos de nuestra era. La famosa paradoja del filósofo cretense Epiménides, que se inicia con los proposición “Todos los cretenses son mentirosos”, proviene del convencimiento popular en toda Grecia de que los cretenses eran unos mentirosos porque se empeñaban en negar la inmortalidad del padre de los dioses y de los hombres.

Borges y la inmortalidad

Borges, en sus conversaciones y conferencias, siempre se mostró reacio a la inmortalidad. En este cuento de ‘El Inmortal’ dice que, incluso para judíos, musulmanes y cristianos, la inmortalidad tiene una importancia relativa, puesto que las tres religiones consideran importante sólo la primera parte de esa eternidad, cien años como mucho, mientras que el resto se dedica al premio o al castigo.

Y, en una conferencia en la Universidad de Belgrano sobre este mismo asunto, comienza recordando que para William James la inmortalidad personal apenas es una cuestión relevante, a la que apenas le dedica una página de ‘Las variedades de la experiencia religiosa’. James escribe, con un punto de ironía, que “Dios es el productor de la inmortalidad personal”, algo que Unamuno repite en ‘Del sentimiento trágico de la vida‘ sin darse cuenta de la broma, dice Borges.

El escritor argentino chocó muchas veces con el español, del que le repugnaba especialmente ese deseo patético y dramático de seguir siendo don Miguel de Unamuno por toda la eternidad. “Yo no quiero seguir siendo Jorge Luis Borges -dijo en esa ocasión- yo quiero ser otra persona. Espero que mi muerte sea total, espero morir en cuerpo y alma”.

En cualquier caso, Borges consideraba más poética e interesante la solución de la transmigración de las almas. Los budistas, recuerda en esta conferencia, creen que hemos vivido un número infinito de vidas, en el sentido de ilimitado, y la transmigración nos da la posibilidad de transitar de cuerpo en cuerpo, en cuerpos humanos y vegetales.

La inmortalidad es necesaria, pero no la personal. Camina hacia la inmortalidad el mundo por lo que Shopenhauer denomina ‘wille’ (la voluntad); lo que Bernard Shaw entiende como ‘the life force’ (la fuerza vital) y Bergson, como el ‘élan vital’ que se manifiesta en todas las cosas, que crea el Universo y que está en cada uno de nosotros. “Creo en la inmortalidad, no en la inmortalidad personal, pero sí en la cósmica”. Es la misma idea que proclama Spinoza: la de la Naturaleza o el Dios inmortal, en el que estamos comprendidos los hombres (4).

gallinas

Vivir por hábito y las gallinas inmortales

En las conversaciones que mantuvo con María Esther Vázquez a lo largo de varios años, Borges, preguntado sobre si cree en la otra vida, responde categóricamente que no, que tiene la confianza de que no haya ninguna otra y que tampoco le gustaría que la hubiera. Eso fue en 1973, trece años antes de su muerte. Dos años antes, en 1984, bromeaba con María Esther acerca de su fallecimiento: “Sería tan raro que yo me muriera. No por el hecho de morirme en sí, que sería de lo más común, a todos les ocurre, sobre todo a mi edad; sino que sería raro que yo, tan rutinario, hiciera algo fuera de mis hábitos”.

En el transcurso de otra charla acerca de la inmortalidad, Borges narra la fábula china del taoísta que busca el elixir de la inmortalidad; lo encuentra pero con tan mala fortuna que el recipiente que lo contenía se vuelca y va a parar al jardín de la casa, donde moraban unas gallinas. Éstas beben el licor e inmediatamente -provistas de un vigor inusitado- alzan el vuelo y se pierden en el cielo. Puesto que los animales sólo viven el presente, esas gallinas andan volando, no sabemos por qué cielos, sin saber ni sospechar siquiera que son inmortales y todo esto -concluye Borges- resulta algo “ridículo” (5).

Notas

(1) Jorge Luis Borges, El Inmortal, Obras Completas RBA-Instituto Cervantes, 2005

(2) Jonathan Swift, Viajes de Gulliver, Alborada Ediciones, 1988

(3) James George Frazer, La rama dorada, Fondo de Cultura Económica, 2006

(4) Jorge Luis Borges, La inmortalidad, Conferencia en la Universidad de Belgrano (1978), Obras Completas RBA-Instituto Cervantes, 2005

(5) María Esther Vázquez, Borges: sus días y su tiempo, Ediciones B, 1984

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