El más allá en el mundo clásico: Ulises y Eneas en el inframundo

hadesNi romanos ni griegos se pusieron de acuerdo sobre qué había exactamente después de la muerte: algunos creían en la supervivencia colectiva de las almas y otros, en una forma de reencarnación. También los había que aseguraban que no había nada más allá de la muerte. Las descripciones de los poetas acerca de lo que ocurría tras dejar esta vida no hacían muy apetecible la venidera y los filósofos intentaron aliviar ese espanto con consejos y avisando de que cuando uno se muere, simplemente deja de vivir y, por tanto, de sentir.

El griego Epicuro pedía que nos acostumbráramos a pensar que la muerte debe resultarnos indiferente porque todo lo bueno y lo malo consiste en experiencias sensoriales; en tanto que la muerte supone la privación de los sentidos, ya no hay ni bueno ni malo. En la misma línea se expresa el romano Lucrecio: “Cuando yo soy, la muerte no es. Por lo tanto, es inútil preocuparse por la muerte y la única manera de alcanzar la tranquilidad del alma es eliminar el angustiado anhelo de una vida posterior”.

El Hades en la Odisea

El ultramundo que nos presenta Homero es siniestro. Para sus contemporáneos del siglo VIII a.C. la muerte significaba una existencia ulterior disminuida y humillante en las tinieblas infraterrestres del Hades, un lugar poblado de sombras pálidas desposeídas de fuerza y de memoria. En este mundo subterráneo, incluso las “almas” de los héroes viven una existencia sombría, revoloteando como murciélagos y sin ninguna posibilidad de abandonar el reino de los muertos.

En la Odisea, Ulises desciende al inframundo en busca de Tiresias para que le aconseje e ilumine acerca de su regreso a Ítaca. Nada más llegar, ve acercarse una multitud, la de los que no son personas ni tienen rostro, no son visibles, no son nada. Entre ellas distingue el espectro de Aquiles, al que da de beber sangre para devolverle algo de vitalidad y pueda expresarse. El héroe aqueo le dice que los muertos están privados de sentidos y que son las imágenes de los hombres que ya fallecieron. Añade que preferiría ser el último servidor del hombre más pobre del mundo, pero vivo bajo la luz del sol, que ser el rey de ese mundo de tinieblas que es el Hades.

Ulises consultando a Tiresias con Perimedes y Euriloco
Ulises consultando a Tiresias

Las almas de los muertos no pueden hablar de la misma forma en que lo hacen los vivos. En diversos pasajes de la Odisea se refleja esta condición de los espectros: las almas de los pretendientes emiten una especie de murmullo desasosegante mientras son guiadas por Hermes hacia los infiernos. Ese sonido y ese revolotear hace que el poeta los compare con los murciélagos.

Sófocles les atribuye un sonido diferente cuando escribe: “Aquí llegan los zumbidos del enjambre de los muertos”. Este sonido miserable que emiten las almas de los muertos es sin duda producto de su imposibilidad de hablar. No en vano Hesiodo llama a la muerte “la que hurta la voz”.

Los órficos

Los versos de Homero resonaban en los oídos de todos cuando aparecieron por la Hélade los primeros órficos, que susurraban que tenían acceso a los dioses y que había una vida auténtica para ellos tras la muerte. El culto a Orfeo se extiende por Grecia allá por el siglo VI a.C.

Tras su regreso de Sicilia, donde conoció a órficos y pitagóricos, Platón describe en tres de sus Diálogos –Gorgias, Fedón y la República- la concepción órfica del alma y su inmortalidad, según la cual ha de cumplirse un castigo por un crimen primordial que ha cometido el alma y por el que es encerrada en el cuerpo como si éste fuera un sepulcro. En consecuencia, la existencia encarnada se parece más bien a la muerte, mientras que la muerte constituye el comienzo de la verdadera vida, a la que se accede tras un juicio. Si el alma ha cometido más faltas que méritos se reencarna de nuevo hasta la liberación final.

Tras la muerte -dicen los órficos- el alma se dirige hacia el Hades y la que está destinada a la reencarnación es obligada a beber de la fuente del Leteo para que olvide sus experiencias, tanto las de sus vidas anteriores como las del mundo celeste. Pero las almas de los órficos no están sujetas a la reencarnación o, al menos, pueden recordar sus vidas anteriores, dice Platón.

El Hades en La Eneida

El orfismo decae tras las guerras médicas y vuelve a aquirir popularidad en los primeros siglos de la era cristiana. Y es Virgilio quien la vuelve a poner sobre el papel en la Eneida, aunque en el mismo Canto expresa también la concepción homérica de la muerte.

La Sibila de Cumas recibe a Eneas y le guía en su descenso al inframundo, donde el espíritu de su padre le hace partícipe de su destino, que ha de ser la fundación de Roma. En este descenso a los infiernos, Virgilio nos relata la concepción clásica de la vida tras la muerte y los avatares de los espíritus humanos en el más allá. Cuando Eneas llega a la laguna Estigia observa una turba de sombras que se precipitan a las orillas del Aqueronte, un cenagoso abismo en perpetua ebullición. Guardando las aguas y los ríos se adelanta el horrible Caronte, el barquero. En las sombras se adivinan madres, esposas, héroes, niños, ancianos…. que piden pasar a la margen opuesta; son los miserables que permanecen insepultos. Y rondarán la orilla durante cien años si no se les rinden los honores fúnebres que les corresponden.

Las doctrinas de los órficos también encuentran su acomodo en esta descripción que hace Virgilio del descenso a los infiernos. Anquises, padre de Eneas, le explica que las almas que ve al lado del Leteo están “destinadas por el hado a animar otros cuerpos” y beben de sus aguas de manera que olviden el pasado.

Siguiendo a Pitágoras y a Platón, el Canto VI de la Eneida postula que un mismo espíritu interior anima el cielo y la tierra, mueve la materia y se mezcla al gran conjunto de todas las cosas. De él provienen los hombres y los animales y esas “emanaciones del alma universal conservan su ígneo vigor y celeste origen mientras no están cautivas en toscos cuerpos”. Sigue diciendo Anquises que, para alcanzar los Campos Elíseos, hay que padecer algún castigo y borrar así las manchas que el cuerpo ha producido en el alma. Cumplido un periodo de mil años, un dios las convoca a todas ellas junto al Leteo a fin de que tornen a la tierra, olvidadas del pasado. y renazca en ellas el deseo de volver nuevamente a habitar en cuerpos humanos.

La Sibila y Eneas en el inframundo
Eneas y la Sibila de Cumas

 Gloria y fama

Existe en el mundo clásico una forma de inmortalidad que los héroes se disputan: la fama, el recuerdo de sus hazañas a través de los tiempos. Por esa inmortalidad Aquiles decide morir joven y no palidecer en una existencia vulgar para que los poetas ensalcen su nombre.

Ulises desciende al Hades para consultar a Tiresias, el adivino, acerca de su regreso a Ítaca. Nada que merezca la pena le va a decir y más bien parece una excusa porque, en comparación con los motivos que llevan a otros héroes a visitar el inframundo -Gilgamés en busca de la inmortalidad, Orfeo para liberar a Eurídice o Heracles para vencer al Cancerbero- el de Ulises es un tanto banal, al menos en sus consecuencias. Lo que pretende en realidad es seguir contándonos historias: la suya, una aventura más que se añaden a las otras de la Odisea, y la de otros héroes que lucharon en la guerra de Troya.

Ulises pretende perseverar en la memoria de quienes escuchan o leen sus aventuras. Ese deseo de gloria surge sin disimulos cuando la ninfa Calipso le ofrece ser inmortal y eternamente joven a su lado pero a condición de que ningún poeta cante su gloria. Si Ulises se queda con Calipso pierde la Odisea y por lo tanto, deja de existir. Una inmortalidad sin nombre supone la semejanza con los muertos del Hades, que han perdido su identidad. Ulises elige una existencia mortal pero memorable y justificada por la gloria y es precisamente quien, en el encuentro con las sombras de los grandes héroes aqueos, intenta consolarles de su triste destino recordando la fama que dejaron en el mundo mortal.

La inmortalidad en la memoria de los hombres es un argumento primordial de la Eneida. Entre la desgraciada muchedumbre que abarrota la laguna Estigia a la espera de pasar al otro lado, Eneas encuentra a Palinuro, el piloto de la nave que naufragó; llegó sano y salvo a la orilla pero los habitantes del lugar le dieron muerte para despojarle de sus vestiduras y su cadáver quedó insepulto en la ribera. Palinuro le pide que dé sepultura a sus huesos o que interceda por el favor de los dioses para que le permitan atravesar la laguna Estigia. La Sibila tacha su pretensión de insensata porque es impensable torcer el curso de los hados, pero le augura una futura sepultura y, lo que es más consolador que cualquier otra cosa: sobre su túmulo se instituirán solemnes sacrificios y conservará su nombre por toda la eternidad.

El recuerdo será la forma de inmortalidad más grata para los hombres porque si exceptuamos esos Campos Elíseos o esas Islas Afortunadas, apenas documentados, a los que las almas acceden tras mil años de sufrimiento en reencarnaciones sucesivas, lo que queda es una existencia lúgubre, exangüe, muda y sin escapatoria del mundo de los espectros. Siglos más tarde Shakespeare escribirá el epitafio perfecto, según el escritor Tomás Eloy Martínez: “Perduraré donde más alienta el aliento, es decir, en los labios de los hombres”.

– Homero, Odisea, Traducción de Luis Segalá y Estalella, Espasa-Calpe

-Virgilio, La Eneida, Traducción de Eugenio de Ochoa, Edaf

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