El culto a los muertos y la triste vida ulterior

Las huellas de enterramientos que han perdurado hasta hoy nos hacen pensar que muchos de nuestros antepasados de la Edad de Piedra creían en una vida después de la muerte, aunque realmente se tratara de una “pervivencia fantasmal”. Rendían culto a los muertos o al menos les recordaban para buscar su protección o para evitar males mayores.

Tumba corredor en Antequera
Tumba en Antequera

Es difícil hacerse a la idea de que una persona con la que tratamos todos los días, apreciada e incluso amada, ya nunca volverá. Seguramente esa nostalgia persiguió a nuestros antiquísimos padres a través de los sueños y lo más posible es que no se tratara siempre de sueños amables, sino pesadillas o similares, y de ahí podría haberse formado la concepción de una vida de ultratumba tan poco agradable como la que se nos ha transmitido cuando ya los hombres hacían Historia.

Los vivos no creían que después de la muerte las cosas se fueran a poner mejor, sino todo lo contrario. En el mejor de los casos -lo que sólo ocurría con los miembros más conspicuos de la comunidad, como jefes o sacerdotes- experimentarían una vida similar a la que ya habían tenido y para ello se les proveía de objetos e incluso de esclavos. En general, los muertos seguían viviendo como fantasmas, en su tumba o en un lugar inhóspito y añorando la vida que habían perdido, lo que les podía convertir en entes peligrosos.

El miedo a los muertos es muy común en las culturas de bandas y aldeas. Para los washos, pueblo de cazadores y recolectores de la frontera entre California y Nevada, las almas de los difuntos estaban furiosas por haber perdido sus cuerpos; por esa razón se quemaban las chozas y pertenencias del difunto para que no volvieran. Los dusun del norte de Borneo maldicen el alma del difunto y le advierten seriamente de que se mantenga alejada (1)

La relación con los muertos en los pueblos primitivos varía entre dos extremos: desde los homenajes a los difuntos en fechas señaladas a cambio de que se abstengan de perturbar a los vivos e incluso para conseguir su protección, a la actitud de algunos pueblos en los que no se les deja en paz, incluso mediante el canibalismo y la necrofagia, con la intención de incorporar las virtudes y poderes del difunto a los comensales (2).

Procesion tumba Parentalias
Hacia las tumbas en las Parentalias

Los lémures en Roma

La obligación con los difuntos, en forma de homenaje, es común desde las épocas primitivas, y siguió practicándose durante milenios. Por ejemplo, en Roma, donde el el culto privado a los muertos apenas cambió en sus doce siglos de historia (3). En las Parentalias, celebradas en febrero, los muertos retornaban a la tierra y se reconfortaban con el alimento que los parientes vivos disponían sobre sus tumbas, situadas en las afueras de la ciudad en tanto que, en las Lemurias, en el mes de mayo, los difuntos no sólo comían, sino que visitaban las casas de sus descendientes y era preciso aplacarlos mediante ritos ancestrales para que no se les ocurriera llevarse a alguno de los vivos consigo.

Las características de ambas festividades son diferentes. En las primeras, los familiares acudían a las tumbas para comprobar en que estado se hallaban y pasaban allí el día. En cambio, las Lemurias tienen un carácter más terrorífico. Negar sepultura a un cadáver y no realizar los ritos funerarios debidos para que el difunto buscara su descanso en un lugar inviolable suponía condenar al alma a un errar continuo, lo que resultaba peligroso para los vivos porque ese ente errante se convertía en una sombra atormentada, uno de aquellos espíritus maléficos llamados lémures.

Ovidio hace un relato bastante pormenorizado de lo que ocurría en las casas durante las Lemurias. El pater familias se levantaba a medianoche del último día, cuando todos dormían, descalzo y chasqueando los dedos; se lavaba las manos tres veces y lanzaba hacia atrás, sin mirar, puñados de habas negras mientras decía: ‘Yo tiro estas habas y por ellas me salvo yo y salvo a los míos’. Así, hasta nueve veces, de manera que pudieran alimentarse los espiritus hostiles, lémures o larvas (posiblemente esqueletos fantasmagóricos) hasta que por fin conseguía que abandonaran la casa.

Tumbas ocultas

Alarico, el rey de los visigodos que entró en Roma a cuchillo, fue sepultado en el cauce de un río para lo que desviaron el curso de las aguas. Luego, las hicieron volver para dejar oculta la tumba y, a continuación, se dio muerte a los prisioneros romanos que habían ejecutado el trabajo. A esta leyenda hace mención Sir James George Frazer en ‘The fear of the Dead in Primitive Religion’. La interpretación habitual de estos hechos reside en el temor de que los enemigos del rey profanaran los restos, pero Frazer, sin rechazar esta hipótesis, aventura otra, muy del agrado de Jorge Luis Borges, por su originalidad y atrevimiento: la clave sería el temor a que su alma despiadada surgiera de nuevo a la tierra para tiranizar a los hombres.

Gilgamesh-and-Enkidu

Polvo y sombras en Mesopotamia

Lo cierto es que la visión que tuvieron los hombres durante milenios acerca de la vida de ultratumba no resultaba muy apetecible. Los muertos querían volver y había que convencerlos de que no lo hicieran. Y no era para menos; el primer héroe del que tenemos noticia, Gilgamés -que reinó en Sumeria veintisiete siglos antes de nuestra era- consigue que Nergal, rey de los infiernos, deje salir a su amigo Enkidú, que ha muerto, durante unos instantes para que puedan despedirse. En esa conversación, Enkidú le describe el inframundo sumerio: lleno de polvo, oscuridad y miseria, donde vagan los espíritus entre sombras y desolación, un mundo muy parecido al Hades griego que visita Ulises y a la Estigia que recibe a Eneas.

Ese fantasma medio incorpóreo en el que se ha convertido su amante le dice a Gilgamés, lamentándose ante la situación en la que se encuentra: “Mi cuerpo, que tu corazón se complacía en acariciar, como vestido viejo lo comen los gusanos, como grietas de la tierra está lleno de polvo”.

Mil años sin vida eterna

Tampoco los judíos tuvieron durante mil años la idea de una vida eterna que mereciera la pena. En el Antiguo Testamento, el ‘mundo inferior’ o ‘sheol’ (el no país, la no tierra) es imaginado como un espacio cerrado bajo la tierra, un lugar de oscuridad y de silencio, de impotencia y olvido, en el que los hombres llevan una existencia fantasmal. Durante más de un milenio los judíos no creyeron más que en esta existencia posterior a la muerte (4).

La idea de una vida eterna en la que se recompensan las buenas acciones y se castigan las malas aparecen dos siglos antes de nuestra era. El más antiguo y único pasaje que habla de la resurreción de los muertos en el Antiguo Testamento procede de la época del seleúcida Antíoco Epifanes y su campaña helenística que provocó el levantamiento del pueblo judío encabezado por los Macabeos. La necesidad política condujo a establecer un premio para los mártires.

vikingos

El Valhala tampoco es una solución

Una cultura tan alejada en el espacio y en las costumbres como la escandinava expresa también un paralelismo con las que ya hemos mencionado -la mesopotámica, la Grecia arcaica, Roma o las tribus de Israel- respecto a la vida de ultratumba.

Excepto por el concepto del Valhala, las creencias escandinavas sobre la otra vida eran vagas y generalmente sombrías. Los nórdicos creían que la otra vida se parecía a ésta y que de alguna manera los muertos seguían presentes en sus tumbas como una presencia fantasmal. Los que morían por enfermedad o por el imperativo de la edad irían a parar al reino helado y neblinoso de Niflheim, donde sufrirían una eternidad sin alegría, compartiendo los magros alimentos que les ofrecería la diosa putrefacta Hel.

Aunque una posterior influencia cristiana hizo aparecer el concepto de castigo y recompensa en la otra vida, no por ello se hizo más amable la visión de la vida tras la muerte, si acaso se hizo peor para los castigados. Las variadas vidas de ultratumba no ofrecían nada mejor de lo que ya tenían en vida. Incluso los guerreros muertos que conseguían entrar en el Valhala con Odín debían enfrentarse al Ragnarök, la gran batalla del final de los tiempos en la que los dioses y sus enemigos, los gigantes, se aniquilarán entre sí con fuego y agua y destruirán el universo antes de iniciar un nuevo ciclo de creación.

Al final, al igual de lo que ocurría en Grecia y Roma, lo importante era la reputación: que los escaldos -poetas cortesanos- contarán sus glorias en las salas de banquetes durante generaciones. Ésa era la única vida eterna que podían esperar (5).

El gozo de vivir

Y mientras, había que gozar de la vida. Se trata de una idea común en Sumeria hace infinidad de siglos, en Grecia e incluso en Judea y en las sagas escandinavas.

En el poema épico de Gilgamés, se le pregunta al héroe hacia dónde corre, se le dice que la vida que persigue no la encontrará porque “cuando los dioses crearon a la humanidad le impusieron la muerte y la vida la retuvieron en sus manos”. Y se le exhorta: “¡Tú, Gilgamés, llena tu vientre día y noche y vive alegre, y haz de cada día un día de fiesta, diviértete y baila noche y día”.

En Grecia se elogia el ‘gozo de vivir’ y la bienaventuranza de existir, de participar siquiera sea de una manera fugaz en la espontaneidad de la vida y en la majestuosidad del mundo. Carpe diem.

Notas

(1) Marvin Harris, Nuestra especie, Alianza Editorial 1997

(2) Claude Lévy-Strauss, Tristes trópicos, Ediciones Paidós, 2006

(3) Mircea Eliade, Historia de las creencias y de las ideas religiosas, RBA

(4) Hans Küng, ¿Vida eterna? Editorial Trotta, 2000

(5) John Haywood, Los hombres del norte, Ariel 2016

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