Cielo, Infierno y otros tormentos intelectuales

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El Antiguo Testamento no conoce el Infierno y parece que el Nuevo tampoco, al menos en el inconmensurable sentido de eternidad y sufrimiento que, en siglos posteriores, le otorgó la teología cristiana. Los Evangelios mencionan doce veces la ‘Gehenna’, término utilizado como metáfora que proviene de los vertederos de basura que, en tiempos de Jesús, ardían en las afueras de Jerusalén, en el valle de Ge-Hinnom, donde mucho antes se ofrecían sacrificios humanos por el fuego a los dioses cananeos.

En la traducción del evangelista Mateo se añade a las palabras “Gehenna del fuego” (Gehenna ignis) el adjetivo “inextinguibilis” que no figura en el original. Con este añadido en los Evangelios se crea el argumento de autoridad del ‘Infernus’ y toda la parafernalia que le acompañó desde la Edad Media hasta prácticamente nuestros días.

El cristianismo, hasta el siglo VI, contemplaba la pena del Infernus como algo temporal. Orígenes, defendió la doctrina que lleva el bonito nombre de ‘apocatástasis’, según la cual Dios perdona siempre, por lo que no es concebible un infierno eterno. Prácticamente todos los santos padres estaban de acuerdo aunque ya por esos años Agustín de Hipona empezó a sentar las bases para convertir al cristianismo en una doctrina de horror, suplicio y agonías eternas. En el Concilio de Constantinopla, en el 543, se estableció que los sufrimientos del infierno eran eternos. El primer Concilio de Letrán, en 1123, declaró como dogma la existencia de tal lugar.

La temperatura en el más allá

Vamos a suponer que el Infierno existe y que es eterno. Llegan los investigadores de la ciencia “improbable” y se plantean averiguar la diferencia en grados centígrados entre infierno y cielo. Se publicó en la revista ‘Applied optics’ en 1972 y para recabar ‘indicios objetivos’ el autor recurrió al Libro de Isaías, en concreto a un pasaje en el que se describe la luz que baña el Paraíso. El profeta Isaías, iluminado y apocalíptico, asegura que la Luna brilla allí como el Sol en la Tierra y que la luz de nuestra estrella es 49 veces más brillante que la que cae sobre la superficie de nuestro planeta. Por consiguiente, en el cielo la irradiación es cincuenta veces más alta. Si se aplica la ley de Stefan-Boltzmann, la temperatura del Paraíso es de 525ºC.

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A continuación, el mismo investigador se hace con un Apocalipsis, donde se afirma que el infierno es un lago de azufre en llamas. Si tenemos en cuenta que el punto de ebullición del azufre se encuentra en los 444,61º C y que más allá de esta temperatura, ese elemento se vuelve gaseoso, la conclusión es que hace menos calor en el Infierno que en el Cielo.

El descubrimiento, según nos cuenta Pierre Barthélémy en su libro ‘Crónicas de ciencia improbable’, armó un buen jaleo pero en los años siguientes se demostró que el anónimo físico se había equivocado en sus dos estimaciones. Y así, en 1979, a través del Journal Of Irreproducible Results, una revista consagrada a la ciencia humorística, se recordó que el punto de ebullición de un elemento depende de la presión del entorno y como en el infierno hay millones de pecadores, reunidos desde la Creación, se ha venido creando una monstruosa presión evaluada que se traduce en 14,5 millones de veces la presión atmosférica terrestre, lo que hace que el azufre se vuelva líquido a temperaturas más elevadas que 525ºC. Es decir, que hace más calor que en el Cielo.

Hubo una segunda corrección, por parte de dos investigadores españoles que, en 1998, en una carta dirigida a Physics Today explicaron que la interpretación del Libro de Isaías era falsa y que la irradiación luminosa en el Cielo es sólo ocho veces mayor que en la Tierra, por lo que la temperatura del Paraíso se cifra en 231ºC.

Puestos a elegir entre los 525ºC del Infierno y los 231ºC del Paraíso, al final creo que nos va a dar lo mismo.

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El infierno: congelación o desintegración

Pero hay otras propuestas sobre la temperatura del infierno. Circula desde hace unos años por Internet y otros medios una ‘leyenda urbana’ que cuenta lo siguiente: en un examen de química (otros dicen que de física) en la Universidad de Toledo (otros lo sitúan en Valladolid e incluso en la Complutense madrileña) se les hizo a los alumnos la siguiente pregunta: ¿Es el Infierno exotérmico o endotérmico, es decir, desprende o absorbe calor?

Y un ingenioso estudiante contestó: primero habría que saber en qué medida la masa del Infierno varía con el tiempo y para ello hemos de averiguar a qué ritmo entran las almas en el Infierno y a qué ritmo salen. Sabiendo de antemano que no se producen salidas (Lasciate ogni speranza, avisa Dante), sólo tenemos que hacer el cálculo primero y, teniendo en cuenta que todas las religiones se consideran verdaderas y que quienes no crean irán derechos al Infierno, resulta que todas las almas van a arder eternamente. Como siguen naciendo personas, el número de almas crece de forma exponencial. Según la Ley de Boyle (el gas se enfría cuando se expande y se calienta cuando se comprime), para que la temperatura y la presión del Infierno se mantenga estable, el volumen debe expandirse en proporción a la entrada de almas. Por lo tanto, hay dos posibilidades:

1) Si el Infierno se expande a una velocidad menor que la de la entrada de almas, la temperatura y la presión en el Infierno se incrementarán hasta que éste se desintegre.

2) Si el Infierno se expande a una velocidad mayor que la de la entrada de almas, la temperatura y la presión disminuirán hasta el que Infierno se congele.

Es decir, o está desintegrado o congelado, ambas cosas incompatibles, primero con la existencia, y segundo, con el castigo del fuego eterno. El estudiante se apunta a la segunda pero por una cuestión romántico-sexual: Fulanita le dijo en primero que se acostarían juntos cuando el Infierno estuviera congelado y como al final cayeron en la tentación, el brillante alumno deduce que la congelación es la teoría correcta.

Stalin y el pozo de Bakú

Pero naturalmente siempre habrá escépticos que pongan en duda las verdades de la ciencia. Y dirán que si Dios todo lo puede, también podrá crear un Infierno como él manda, y no una chapuza. Así que vamos a ver qué dicen las mentes preclaras sobre su existencia y su ubicación.

Tradicionalmente se ha considerado que el infierno está en el interior de la Tierra y por eso hay volcanes, supongo que para expulsar las llamas y el azufre que le sobran al Príncipe de los Demonios. Y ¿por dónde se puede llegar al centro de la Tierra también? Pues por los pozos petrolíferos. Por ellos ascienden los demonios para tentar a los hombres o para dar consejos.

Lo aseguró Gabriel Arias Salgado, ministro de Información en los años cincuenta, y lo cuenta tal como lo escuchó, el periodista Haro Tecglen. El caso es que en la Unión Soviética, “país atrasado y destruido, conducido por un personaje torvo y torpe, aniquilador del pensamiento y con una doctrina enteramente negativa” había surgido el primer satélite artificial de la Humanidad y también se hizo con la bomba atómica ¿De dónde salía esa extraña capacidad?

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De las puertas del infierno, situadas circunstancialmente en un pozo petrolífero de Bakú. Aquí, el periodista Haro Tecglen pasa a contarnos lo que le dijo el ministro en un almuerzo en el club de prensa de la calle del Pinar: “Stalin viaja con frecuencia y no se dan explicaciones de adónde va. Pero nosotros lo sabemos. Se va a la República de Azerbaiyán y, allí, en un pozo abandonado de las perforaciones petrolíferas se le aparece el Diablo, que surge de las profundiades de la tierra. Stalin recibe las instrucciónes diabólicas sobre cuanto ha de hacer en política. Las sigue al pie de la letra y esto explica sus éxitos pasajeros”.

Tampoco hay que escandalizarse ante tamaña sandez, en este caso religioso-política como corresponde al nacionalcatolicismo de la dictadura franquista. En nuestros tiempos ‘supuestos expertos’ siguen diciendo cosas similares, aunque las adornen con ‘pretendidas investigaciones científicas’.

Incluso los hay que siguen creyendo en la existencia del Infierno, lo que hace muy poco por la reputación de Dios, si es que existe. Hace unas semanas se publicó que el papa Francisco había puesto en cuestión su existencia, al menos como lugar de sufrimiento físico, y postuló un tormento causado por la ausencia de Dios y no eterno (¡estos intelectuales!) pero se armó tal escándalo que inmediatamente se negó que lo hubiera dicho. Y es que a muchos les encantan los torreznos.

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