El fin del individuo, de la especie y del universo

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Hacerse a la idea de que al final nos sobrevendrá la muerte no es fácil pero de momento así es. La mayoría de nosotros prefiere no pensar en ello, excepto en contadas ocasiones. El escritor británico Julian Barnes confiesa que la conciencia de la muerte, o rèveil mortel, como prefiere llamarlo, le llegó a los trece o catorce años y que piensa en ello con bastante frecuencia: cuando anochece y cuando comienza el Torneo de Rugby de las Cinco Naciones.

Esta preocupación le ha llevado a escribir una serie de cuentos, reunidos en un volumen que lleva el título de ‘La mesa limón’ (entre los chinos, el símbolo de la muerte era el limón), y cuyo denominador común es el inevitable correr del tiempo y la resignación o el enfurecimiento ante el episodio final. También ha escrito todo un libro, ‘Nada que temer’, en el que cuenta lo que siente y lo que piensa acerca de ese episodio final e ineludible.

Si bien la muerte personal es difícil de aceptar porque, como decía Spinoza, la naturaleza del hombre es perserverar en su ser, lo auténticamente imposible consiste en asumir que es toda nuestra especie la que camina hacia la extinción y, aún peor, que el sol, las galaxias y el universo entero se dirigen inexorablemente hacia una muerte inapelable. Aceptar estas verdades, en palabras de Bertrand Russell, y que todo el brillo del genio humano esté destinado a extinguirse, que el templo entero de la culminación del Hombre quede enterrado bajo los restos de un universo en ruinas, es el andamiaje que nos permitirá, “sobre la base firme de una desesperación inquebrantable, construir una morada del alma”. No obstante, hay esperanza.

Civilizaciones Tipo I, II y III

En 1964, el astrónomo ruso Nikolai Kardashov propuso utilizar una escala hipotética para identificar las civilizaciones que podrían habitar nuestro universo en función de su tecnología respecto al uso de energía. Una civilización Tipo I usaría todos los recursos disponibles en su planeta natal y podría controlar el clima, impedir los terremotos, explorar las profundidades de la corteza terrestre y cultivar los océanos; una civilización del Tipo II es capaz usar toda la energía que emite su estrella y podría comenzar la colonización de sistemas estelares locales; por último, una civilización del Tipo III controla la potencia de toda una galaxia y probablmente puede manipular el espacio tiempo a voluntad.

Nuestra civilización es del Tipo 0 y, si somos muy optimistas, podríamos alcanzar el Tipo I en unos cien años; otros mil años nos llevaría pasar del Tipo I al Tipo II y para llegar al Tipo III serían necesarios varios miles de años. Llegados a este punto nos convertiríamos, como dice Michio Kaku, en “señores del hiperespacio”, manipuladores del espacio-tiempo decadimensional, con la capacidad de crear agujeros de gusano y alterar la dirección del tiempo.

Lo que nos puede llevar a la extinción

Que a pesar de lo infinitamente grande que es el universo aún no hayamos encontrado ni un sólo indicio de vida inteligente, hace pensar que multitud de especies hayan podido desaparecer en grandiosas catástrofes al ser incapaces de superar una serie de obstáculos que también nos amenazan a nosotros.

Para los seres que habitamos la Tierra es muy importante alcanzar la civilización Tipo I, porque nos permitiría evitar un colapso autoinfligido. Y ya, si alcanzamos el Tipo II, seríamos invulnerables a la aniquilación incluso por la peor catástrofe natural o artificial imaginable.

En la fase actual de nuestra sociedad hay dos obstáculos fundamentales que tendríamos que superar para no extinguirnos y los dos serían consecuencia de una nefasta gestión de nuestros recursos: la barrera del uranio y el colapso ecológico.

La barrera del uranio hace referencia a la proliferación nuclear. Desde mediados del siglo XX pende sobre nuestras cabezas el uso irracional de la detonación nuclear por parte de los Estados-nación, en los que nos organizamos de forma bastante primitiva, lo que marcaría posiblemente el fin de nuestra especie. Ésta podría haber sido la causa de la extinción de otras sociedades de vida inteligente, ya que cualquiera de ellas que desarrolle una actividad industrial descubrirá el elemento 82, el uranio, y con él la capacidad de destrucción masiva. Civilizaciones de Tipo 0 debieron surgir en numerosas ocasiones en los últimos 5.000 millones de años de historia de nuestra galaxia.

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Desde 1947, la Universidad de Chicago mantiene como símbolo lo que llama el Reloj del Apocalipsis, que representa lo cerca que estamos del fin de la civilización a causa de una guerra nuclear. En 2007, Stephen Hawking y otros científicos anunciaron que el Reloj del Apocalipsis quedaba fijado a cinco minutos antes de la medianoche, acercándose dos minutos más a las doce tras incorporar el riesgo debido al impacto en el clima que suponen determinadas actividades humanas.

El colapso ecológico hace referencia al cambio climático. Somos miles de millones de individuos consumiendo recursos y generando contaminación. Solo una auténtica cooperación a escala planetaria podría ampliar la expectativa de supervivencia.

Ambas amenazas -la nuclear y la ecológica- se neutralizarían en una Civilización Tipo I, que contempla la posibilidad de utilizar recursos casi ilimitados de forma sostenible y la capacidad de controlar el clima.

En la lista de amenazas que maneja Michio Kaku, profesor de física teórica, no figuran, por ejemplo, los virus aniquiladores que, para Stephen Hawking, son uno de los mayores peligros para la Humanidad porque, mientras las armas nucleares necesitan grandes instalaciones, los hallazgos de biotecnología o ingeniería genética pueden realizarse en un laboratorio pequeño sin ningún control.

Otra amenaza que postula Hawking tiene relación con la inteligencia artificial. Hace un par de años, varios científicos publicaron en The Independent una carta abierta instando a que la investigación en inteligencia artificial se dirija a objetivos beneficiosos. Anders Sandberg, científico de la Universidad de Oxford, está de acuerdo y alerta de que la inteligencia artificial puede llegar a ser autónoma y tomar decisiones ajenas o contrarias a los seres humanos.

Otros obstáculos que no dependerían de la buena o mala voluntad del hombre también se solucionarían en una Civilización Tipo I. Por ejemplo, la amenaza de una nueva era glacial. No se sabe qué es lo que la produce, tal vez variaciones minimas en la rotación de la Tierra, pero si pudiéramos controlar el clima, la humanidad saldría victoriosa.

Un desafío más hace referencia a las aproximaciones astronómicas, es decir, colisiones de asteroides o explosiones de supernovas cercanas. Se estima que alrededor de unos trescientos mil asteroides cruzan la órbita de la Tierra, contando sólo a los que tienen al menos un kilómetro de diámetro. En el caso de que impactaran sobre la Tierra o que estallara un supernova cercana, una civilización Tipo I podría organizar una escapatoria rápida al espacio exterior.

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El factor de extinción Némesis

Existe una teoría, que no ha sido verficada, pero que es extraordinariamente fascinante: el factor de extinción Némesis. Parte del supuesto de que a lo largo de la historia de la Tierra ha habido al menos cinco extinciones en masa de la vida vegetal y animal y que si se incluyen extinciones peor documentadas, se observa una pauta: cada veintiséis millones de años aproximadamente se produce una extinción. En una de ellas, hace 65 millones de años, desaparecieron los dinosaurios y, hace 35 millones, dejaron de existir numerosas especies de mamíferos terrestres.

En 1984 Richard Muller propuso la teoría de que nuestro Sol es una estrella doble y su hermana, una estrella apagada o una enana marrón aún no descubierta y que recibió el mítico nombre de Némesis (diosa griega de la venganza) o el más cinematográfico ‘Estrella de la Muerte’, completa una órbita cada 26 millones de años y es la culpable de las extinciones masivas detectadas porque al atravesar la nube de Oort, más allá de Plutón, arrastra una avalancha de cometas, algunos de los cuales chocan con la tierra e impiden que la luz del Sol llegue al planeta. La comunidad científica no está muy convencida de la existencia de Némesis y precisamente argumentan su escepticismo en la regularidad de su aparición: si verdaderamente existiera, su órbita habría cambiado influenciada por los numerosos encuentros que el Sol ha tenido con otras estrellas en los últimos quinientos millones de años.

Pero esa misma regularidad nos dice que algo hay. Némesis o lo que sea constituye en cierta manera una variante de las ‘aproximaciones astronómicas’. La buena noticia es que faltan diez millones de años para que vuelva. Esperemos que para entonces hayamos alcanzado el estatus tecnológico que nos permita huir a otro sistema solar.

Otras amenazas más o menos no controlables

Una variante de la amenaza vírica producida en laboratorio, pero en este caso no controlable, nos habla de la erosión de los telómeros. Reinhard Stindl, doctor en medicina de la Universidad de Viena, afirma que en los cromosomas de cualquier animal hay una especie de tapones protectores llamados telómeros que evitan la inestabilidad de los cromosomas, pero que cada vez que una célula se divide casi nunca copia completamente los telómeros, de manera que van acortándose durante nuestra vida y nos provoca enfermedades como el cáncer, la demencia senil, los infartos, etcétera. Pero no sólo se acortan por el paso del tiempo. Según su teoría, existe una diminuta pérdida de la longitud del telómero de una generación a otra, igual que sucede con el envejecimiento del individuo. Esta erosión de los telómeros llegaría,con el paso de las generaciones, a niveles críticos y provocaría una quiebra poblacional. Stindl llega a explicar con su teoría -no contrastada- la extinción de especies, aparentemente exitosas, como la de los Neandertales.

Tampoco contempla Michio Kaku en su lista, una hipotética invasión alienígena como causa de un Apocalipsis terrenal. Al respecto, dijo Hawking en un documental emitido por el canal Discovery en 2010 que debería evitarse todo contacto con civilizaciones extraterrestres porque cabe la posibilidad de que sean guerreros espaciales en busca de recursos que han agotado en sus planetas de origen. Esta teoría choca con la división en Civilizaciones en diferentes tipos de acuerdo con su consumo energético. Si los extraterrestres son capaces de largos viajes estelares, posiblemente puedan obtener energía y recursos de forma pacífica en sus propios planetas y sistemas solares.

Ciertamente, Hawking no es muy optimista e incluso llegó a decir que ni siquiera cree que la raza humana pueda sobrevivir otros cien años y ofrece una “solución” para salvar a la especie: salir al espacio y colonizar otros mundos, crear una copia de seguridad de nuestra civilización. “La raza humana -señala- no debería tener todos sus huevos en la misma cesta, o en el mismo planeta”.

El fin del mundo

De lo que no nos vamos a librar va a ser de la muerte del Sol, que seguirá siendo una estrella amarilla durante otros cinco mil millones de años, ni del choque de la Vía Láctea, nuestra galaxia, con la gigantesca Andrómeda, lo que ocurrirá dentro de cinco mil o diez mil millones de años. Y, finalmente, la muerte del propio Universo como conclusión rigurosa de las leyes de la física. No importará lo avanzadas que estén las formas de vida inteligente; todas perecerán cuando el Universo experimente su popio colapso, en hielo o en fuego.

Pero, incluso en un Universo con temperaturas próximas al cero absoluto existe una última fuente de energía: los agujeros negros, que pueden esperar hasta el próximo capítulo.

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Vía Láctea
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