Walter M. Miller J, Cántico por Leibowitz

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Se decía que Dios, para poder probar a la especie humana, que estaba henchida de orgullo, como en tiempos de Noé, había ordenado a los hombres sabios de la época, entre los que se hallaba el beato Leibowitz, que ideasen grandes máquinas de guerra como nunca habían existido en la Tierra; armas con tal energía que encerrasen los propios fuegos del infierno. Consintió que esos magos colocasen las armas en manos de los príncipes y les dijeran a cada uno de ellos: “Sólo porque el enemigo tiene tal instrumento, hemos ideado éste para ti, para que sepa que tú también lo tienes y no se atreva a atacarte. Piensa, mi señor, que los temiste a ellos tanto como te temen ahora a ti y que ninguno usará esta horrible cosa que hemos creado”.

Pero la locura se apoderó de los príncipes: todos quisieron ser el primero, el más rápido y el más letal y procedieron a utilizar las terribles armas. El Diluvio de Fuego se cernió sobre la Tierra, que se sembró de cadáveres, las ciudades se convirtieron en escombros y desaparecieron las naciones. Quienes no murieron entonces, enfermaron por culpa de los demonios del ‘Fallout’ que contaminaron el aire.

Tras la catástrofe cundió la furia contra los príncipes y contra los ‘magos’ que habían ideado las armas. Se quiso empezar de nuevo y destruir todo lo anterior, todos los conocimientos acumulados que habían llevado a la práctica extinción de los seres humanos. Los ánimos se radicalizaron y comenzó la época sangrienta de la Simplificación, durante la cual gobernantes, científicos, técnicos, maestros, cualquiera que supiera leer o tuviera un libro en su poder, fueron asesinados, bien por haber colaborado en la aniquilación, bien por negarse a participar en esta nueva destrucción protagonizada por los simples, calificativo que suponía para ellos un orgullo.

La Iglesia ocultó a los hombres cultos que consiguieron huir de esta masacre. Isaac Edward Leibowitz se refugió en los cistercienses, con quienes permaneció oculto durante los primeros años del Postdiluvio. Pasado un tiempo se ordenó sacerdote y obtuvo permiso de la Santa Sede para crear una nueva comunidad de religiosos, llamada de San Alberto Magno, maestro de Santo Tomás y patrón de los científicos, cuyo cometido sería conservar la historia humana para los descendientes. Sus miembros eran contrabandistas de libros o memorizadores. Leibowitz fue descubierto mientras cumplía con su turno de contrabandista, sufrió martirio y murió.

Han pasado seiscientos años de la gran hecatombe y el mundo vive algo parecido a una Baja Edad Media, aunque más pobre y oscura. La Abadía de Leibowitz, situada en medio del desierto sigue protegiendo los textos que fueron salvados. Se copian una y otra vez, aunque ninguno de los monjes sabría decir qué significan las fórmulas, los dibujos, los textos. Pero todos esos documentos, que forman la Memorabilia, constituyen su razón de ser, su creencia en que posiblemente en el futuro puedan ser entendidos.

Así comienza la primera de las tres partes en que se divide el libro de Miller. Cada una dura seiscientos años y llevan por título: Fiat Homo, Fiat Lux y Fiat Voluntas Tua.

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Fiat Lux comienza en el año de Nuestro Señor de 3174. Han transcurrido doce siglos desde la gran catástrofe. Tras un negro milenio, en el que se ha preservado la cultura y el estudio en la Abadía de San Leibowitz (el beato ha sido canonizado) se empieza a sacar provecho del conocimiento anterior. Thon Taddeo, un estudioso seglar, visita la Abadía para analizar los documentos de la Memorabilia. Es en cierta manera el representante del poder político y, aunque reconoce el riesgo que supone la recuperación del conocimiento de los antiguos, apuesta por los hombres de ciencia y por “el poder de la Verdad”, cuyo “imperio abarcará la Tierra” y por el que “el dominio del hombre sobre la Tierra será renovado”.

Dom Paulo, el abad en Fiat Lux, recuerda que en tiempos pasados Dios permitió que los hombres sabios conociesen los medios mediante los cuales el mundo podía ser destruido. Ahora, cuando la era de oscuridad parece concluir, siente que tal vez, la labor de su Abadía no ha sido del todo correcta o tal vez sí porque la Memorabilia, llena de palabras y fórmulas inentendibles, antiguos reflejos del pensamiento de una sociedad diferente que cayó en el olvido, no podía por si sola generar el renacimiento de aquel, aunque podía ayudar, indicar, señalar el camino. Los monasterios actuaron en estos siglos oscuros de la misma forma en que actuaron en la Edad Media: conservando la cultura anterior tras las invasiones bárbaras.

Y llega el año 3781 y con él se inicia la tercera y última parte, Fiat Voluntas Tua. En aquel siglo nuevamente se construyeron naves espaciales y los hombres fabricaron herramientas de inspiración divina. La especie avanzaba a la conquista de las estrellas, pero también se realizaban pruebas atómicas y había enfrentamientos entre las naciones. Y de nuevo el Diluvium Ignis, el rostro de Lucifer “como un inmenso y horrendo hongo sobre un banco de nubes, alzándose lentamente como un titán que se despereza después de siglos de encarcelamiento en la Tierra”.

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El temor a una catástrofe nuclear en los años sesenta

Walter Miller publicó esta novela en el año 1959, en plena Guerra Fría, cuando la carrera armamentística hacía temer lo peor. En 1945, Estados Unidos lanzó las primeras bombas atómicas sobre la población, en Hiroshima y Nagasaki, y en 1952, hizo explotar una bomba de hidrógeno, con un poder destructivo mil veces superior. En 1949, la Unión Soviética fabricó su primera bomba atómica y en 1953, su primera bomba de hidrógeno. Francia, Gran Bretaña, China y la India no se quedaron atrás.

El autor conocía lo que era la guerra, ya que tomó parte en ella como artillero de cola y técnico de radio a bordo de bombarderos B-25. Partició en el bombardeo sobre el monasterio benedictino de Monte Cassino, una acción producto, en el mejor de los casos, del error y que supuso la muerte de decenas de refugiados y destruyó hasta sus cimientos la histórica abadía, fundada en el año 529. La experiencia le conmovió profundamente, así como el desarrollo de los acontecimientos que pusieron fin a la IIGM y la subsiguiente Guerra Fría.

Fue una época en la que un colapso nuclear era una expectativa muy creíble, como lo denuncia la Encíclica Pacem in Terris, publicada en el año 1963, Sobre la paz entre todos los pueblos que ha de fundarse en la verdad, la justicia, el amor y la libertad. En ella, dice Juan XXIII que los países intentan justificar los preparativos militares como única manera de preservar la paz y que “si una nación cuenta con armas atómicas, las demás procuran dotarse del mismo armamento, con igual poder destructivo”. La consecuencia es que “los pueblos viven bajo un perpetuo temor” y “no les falta razón” porque, aunque parece “difícilmente creíble que haya hombres con suficiente osadía para tomar sobre sí la responsabilidad de las muertes y de la asoladora destrucción que acarrearía una guerra, resulta innegable, en cambio, que un hecho cualquiera puede de improviso e inesperadamente provocar el incendio bélico”.

No era extraño, en esta segunda mitad del siglo XX, que en muchos países occidentales se construyeran refugios, como el que aparece en la novela de Miller, el ‘Refugio Supervivencia Fallout‘, en el que los monjes encuentran las “reliquias” del beato Leibowitz. Eran refugios, cuya construcción en el sótano de las viviendas nuevas es obligatorio en algunos países: en Suiza lo es desde los años sesenta y aunque hoy se utilizan como trasteros todavía tienen capacidad para albergar a toda la población suiza y más, ya que la norma no ha sido abolida. Estos refugios podían servir durante algunos meses para la protección de los ciudadanos tras una explosión nuclear, aunque muchos pensaban que, tras una catástrofe de esas dimensiones, sería mucho mejor no sobrevivir.

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Abadía de Montecassino

Es tan buena, que no puede ser ciencia ficción”

Cántico por Leibowitz es una de las obras legendarias de la ciencia ficción y sus críticos han llegado a decir, según cita Brian W, Aldiss, que “es tan buena que no puede ser ciencia ficción”. Ya sabemos la mala fama que ha tenido este género, pero como en todo, cuando surge algo bueno, puede ser bueno de verdad y esta novela, en mi opinión, lo es.

Aficionados y expertos coinciden en señalar que es la novela de un creyente católico. Efectivamente hay una defensa del papel civilizador de la Iglesia pero también hay en sus páginas incertidumbres, críticas y reflexiones muy alejadas de cualquier imposición ideológica. Incluso la inocencia y la ignorancia de los monjes en la primera etapa está tratada con cariño, pero también con ironía. Así, el novicio Francis nos cuenta que los ‘hijos del Fallout’, es decir, de la lluvia radiactiva, son demonios que se introducen en la gente y a los que hay que expulsar mediante exorcismos.

No es una novela religiosa, en absoluto, aunque proceda de un autor que se significó por su adscripción a las filas del catolicismo progresista. Los tres abades que ocupan el cargo en las distintas épocas en las que se suceden los hechos son representantes de una manera de ver el mundo desde un punto de vista cristiano, pero eso no significa que sea el pensamiento del autor, ni que lo imponga y sea una condición para poder seguir leyendo.

Presenta interesantes cuestiones teológicas, como la imago Deus de los mutantes, la eutanasia, la existencia del mal, el propósito de Dios, pero, como dice Miquel Barceló, en el prólogo a la edición de 2016 en Ediciones B, “describe no tanto las creencias religiosas y su organización institucional como elemento de poder, sino más bien la forma en que dichas creencias son vividas por quienes las siguen de buena fe”. No es en absoluto una obra de apología religiosa.

Cántico por Leibowitz es la única novela de Walter M. Miller, que sí escribió cuentos, publicados en la década de los cincuenta. En 1950 se trasladó con su familia a Florida, donde residió alejado de la vida pública. Se quitó la vida en 1996, a los 72 años, después de sufrir de depresión durante muchos años.

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