Dissipatio humani generis o el castigo de la soledad, de Guido Morselli

GUIDO MORSELLI

Harto del género humano, al que considera molesto, mediocre y carente de interés y por el que no siente la más mínima empatía, el protagonista de esta singular historia ha huido de Crisópolis, la ciudad de oro, símbolo de lo que más odia, para refugiarse en la montaña, donde vive en una casi perfecta soledad. Pero la amenaza a su aislamiento, en forma de autopista, le lleva a internarse en una cueva para poner fin a su vida, justo el día antes de su cuarenta cumpleaños, en la noche del 1 al 2 de junio.

Es entonces cuando ocurre algo inesperado y fantástico porque esa noche, a las dos de la madrugada, es el mundo el que le abandona a él. Contra todo pronóstico, y debido a una trivialidad, decide en el último momento que se va a dar un tiempo más de vida, pero cuando abandona la cueva y su pozo interior -un sifón natural- que descarga en un lago sin salida donde esperaba ahogarse, los hombres han desaparecido. No hay nadie: ni en el campo, ni en la ciudad, ni siquiera en la base militar americana del otro lado de la frontera.

Todos se han marchado, incluso se han ido con la ropa que llevaban puesta. Los artilugios mecánicos sigue funcionando; los letreros de neón, la calefacción de los hoteles, los contestadores automáticos, el agua de las fuentes y los automóviles pueden ponerse en marcha. Pero todo queda detenido en esa fecha, el 2 de junio: la radio sólo emite un runrún, los aviones no despegan ni aterrizan y los trenes permanecen inmóviles en las vías o en el descarrilamiento, sin personas, sin siquiera los cadáveres que habrían resultado del choque visible de algunos coches ¿Dónde se han ido y por qué?

Es un tema típico de la ciencia ficción, pero el autor rechaza todas las soluciones que aporta este género: rayos de la muerte, epidemias o nubes nucleares. Se acerca más a un ensayo, a una novela filosófica, con preguntas sin respuesta, o al menos sin una solución cerrada que pueda explicar lo que ha ocurrido.

Los seres humanos se han volatilizado, se han “disipado” no en sentido moral, sino físico. El latín tardío acepta este significado de “evaporación”, tal como cuenta el narrador y protagonista de esta historia al hacer un repaso de algunas teologías del fin del mundo: la que está viviendo, que tiene mucho que ver con lo apuntado por Salviano, autor cristiano del siglo IV y amenazado por las invasiones bárbaras a las que observa poniendo término a la civilización, es bastante elegante y aséptica: ni fuego ni agua ni cadáveres en proceso de descomposición, sino evaporación pura y simple.

Pero si ha llegado el fin del mundo, por qué continúa en él. La primera reacción del superviviente es buscar otros seres humanos en su misma situación pero, al pasar las horas y los días, se evidencia la ausencia total de individuos de su especie y el angustioso silencio que la acompaña. No hay nadie. Tal vez se trata de una especie de castigo a su fobantropía o tal vez un juego para que empiece a medir su importancia; los seres humanos, sus compañeros, se hacen desear.

Si no hay otros, no hay nada. “Pensamos solamente en función de los demás”, decía Durkheim. El narrador se rebela contra este ‘sociologismo extremo’ y defiende que el pensamiento siempre ha sido solitario y que la sociedad es “solamente una mala costumbre”. Pero él, que se imaginaba el paraíso en la más absoluta soledad, que deseaba ser el único en una creación completamente desierta de seres humanos, ahora no sabe vivir sin ellos.

Dissipatio

El acontecimiento ha suprimido todos los conceptos con los que el hombre hacía frente a la vida. Puesto que no hay otros, no hay locura ni amor ni odio. No hay emociones porque no hay nada ni nadie hacia los que dirigirlas. Ya ni siquiera es posible el suicidio, dice el protagonista, aunque la necesidad de los otros para acabar con la propia vida es bastante discutible. La volatilización del género humano ha puesto fin a la Historia pero también ha dejado a la Naturaleza sin función social, que es la de suponer, negativamente, al hombre. Sólo ha quedado uno, tal vez para contarlo, quizá para hacer real lo ocurrido, ya que es posible que los sucesos sólo ocurran en la mente; se trata de una especulación filosófica que no convence al narrador.

Éste, ofuscado, se pregunta si todo lo que está ocurriendo, es decir, que no ocurra nada porque ya no hay seres humanos, puede ser sólo un sueño o un producto de su locura. Parece inclinarse por la segunda hipótesis. Recuerda su estancia en un sanatorio para enfermos depresivos y llega a escuchar la voz del médico que lo atendió hace muchos años. En lugar de estar moviéndose por la ciudad, por la carretera de camino a su valle, o del aeropuerto a la base militar, es posible que se encuentre confinado en un centro hospitalario y que su cerebro haya creado una realidad que no existe. Es posible que no perciba a los ‘otros’ porque él mismo se ha castigado y los ha hecho desaparecer, que es lo que tanto ansiaba en el pasado.

Aunque tal vez sea algo peor: que esté muerto. Sería una forma de inmortalidad diferente, pero terriblemente vacía, aunque en su opinión no muy diferente de la vida, tan inmóvil y tan mediocre. Contrariamente a la máxima sartriana que señala que ‘el infierno son los demás’, existiría otra forma de muerte en la extravagante y solitaria experiencia del protagonista, una especie de muerte que “no es dulce ni tampoco es reposo” y esa “ilusión” de estar vivo, cuando en realidad se está muerto y en soledad, es aterradora. El mundo se ha convertido en un cementerio, pero es un sepulcro sin cadáveres.

Guido_Morselli

Nota biográfica

Dissipatio humani generis fue publicada por primera vez en 1977, cuando Guido Morselli, su autor, que apenas publicó en vida -sólo algunos ensayos en los años cuarenta- ya había fallecido. Vivía de una renta vitalicia y, como el narrador del relato, se había recluido en una pequeña y austera casa que él mismo diseñó, en Gavirat, un pequeño pueblo del norte de Italia. En los años sesenta escribe la mayor parte de su obra – Roma sin Papa, Divertimento 1889 y por último, Dissipatio humani generis, su testamento- pero las editoriales lo rechazaron. Sus novelas sólo fueron publicadas después de su suicidio, en 1973, cumplidos los sesenta años.

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