‘Pierre Menard, autor del Quijote’, de J.L. Borges

Menard

La autoría del lector

La discusión entre el propio Borges y Bioy Casares sobre antiguas enciclopedias en Orbis Tertius; la falsa reseña de supuestos libros del imaginado Herbert Quain con motivo de su obituario y la traducción literal del Sepher Yazirat, junto con el Examen de la filosofía de Robert Flood, libros auténticos hallados en la habitación donde fue asesinado el rabino Yarmolinsky, le sirven al autor para diluir las fronteras entre ficción y realidad.

Son artificios, juegos de prestidigitación, que informan toda la obra de Borges y que ya están presentes indicando ese camino en su primer cuento, Pierre Menard, autor del Quijote, relato en el que el absurdo alcanza sus más altas cotas para poner de relieve el concepto que tiene de la literatura, de la influencia, del tiempo y, sobre todo, en este caso, de la “autoría” del lector.

No es que Pierre Menard escriba un nuevo Quijote, sino que se trata del mismo Quijote, con las mismas palabras y frases que utilizó Cervantes en los capítulos noveno y trigésimo octavo de la primera parte y en un fragmento del capitulo veintidós, pero escritos en el siglo XX y por un escritor contemporáneo. El narrador, del que lo único que sabemos es que se trata de un crítico algo pomposo y asiduo a los salones literarios, pretende explicar la aparición del Quijote de Menard, lo que él mismo califica en un primer momento de “dislate”.

Desde el primer momento aclara que Menard nunca pretendió situar a don Quijote en la época moderna ni hacer de él otro personaje más o menos similar; tampoco pretendió copiar el original, sino producir unas páginas que coincidieran exactamente con el auténtico. Tuvo que superar varios problemas, entre otros su condición de francés de Nimes y escritor del siglo XX. Pensó que debía aprender el español del siglo XVI, “recuperar la fe católica y guerrear contra el turco” para convertirse en Miguel de Cervantes.

Pero no le pareció suficientemente difícil, por lo que decidió seguir siendo Pierre Menard y llegar al Quijote a través de sus propias experiencias. Incluso llega a considerar que su tarea es mucho más ardua que la de Cervantes porque el escritor español lo escribió con la colaboración del azar, “llevado por las inercias de la invención y del lenguaje” mientras que él contrajo “el deber de reconstruir literalmente su obra espontánea”.

Y, no obstante, concluye el autor de la reseña, el Quijote de Menard es más sutil, pero también más sofista, porque Cervantes pudo fallar a favor de las armas en su duelo con las letras -no en vano fue militar- pero que lo hiciera Menard, a principios del XX, cuando ya se conocía la obra de Bertrand Russell y todo lo que había pasado en los últimos cuatrocientos años es una hazaña. En ello ven los críticos -sigue diciendo el autor- la influencia de Nietzsche porque defiende algo en lo que no cree.

Aunque ambos textos son literariamente idénticos, el de Menard es más rico por ser más ambiguo. Y es lícito ver en el Quijote de Cervantes rastros del autor francés, de forma que Menard inaugura la posibilidad de que la Odisea fuera posterior a la Eneida o que sea factible atribuir a Joyce la Imitación de Cristo. La literatura es impersonal y ecuménica, ruinas circulares que forman bibliotecas infinitas.

Umberto Eco revela que escribió El nombre de la rosa utilizando el ‘método Menard’, es decir, mediante la inmersión total del autor en la época en la que transcurre la novela. Dice que más que la influencia de la biblioteca y el laberinto recibió de Borges este método de escritura. “Yo sabía que estaba reescribiendo una historia medieval y que esta reescritura, por muy fiel que fuera, a los ojos de un contemporáneo tendría significados distintos” porque el lector italiano vería en el Hermano Dolcino y los fraticelli referencias casi literales a Renato Curzio y sus Brigadas Rojas. El juicio contra Curzio y 45 camaradas se había celebrado en Turín en 1978, dos años antes de la publicación de El nombre de la rosa. Umberto Eco recuerda que la mujer de Dolcino se llamaba Margherita, igual que la del terrorista contemporáneo, lo que no iba a dejar de suscitar comentarios en los lectores, y concluye “El modelo Menard funcionaba”.

Excepto en que Menard decide al final no convertirse en Cervantes, sino escribir el Quijote de Cervantes, o al menos algunos capítulos, letra por letra. Para cumplir con el ‘método Menard’, Umberto Eco debería haber escrito línea por línea algún fragmento de La Divina Comedia, publicarlos en el siglo XX y conseguir que su obra fuera más sutil o más ambigua o más nitzscheana. El ‘método Menard’ funciona no en el escritor, sino en el lector o, mejor, en los múltiples lectores que a lo largo del tiempo han creado su propio hidalgo de La Mancha o, en el caso de Dante, su Virgilio o su Beatrice.

Borges

Claro está que se trata de un cuento irónico que funciona como una hipérbole, arrastrando el concepto hasta el absurdo, tarea muy del gusto de Borges, que pretende señalar que cualquier texto puede ser transformado por la lectura, interpretado o actualizado porque depende del lector y también de su época. El Quijote original desapareció con el lector Cervantes, pero quedaron los cientos de millones de ingeniosos hidalgos leídos por otros tantos cientos de millones de lectores. Cada lector puede modificar el texto para dotarlo de otra significación, lo que entraña indefectiblemente una reescritura.

Dicen que este cuento modificó para siempre la concepción de la lectura y del lector. La irrupción de Menard nos ha cambiado y nos ha hecho más conscientes, a los lectores, de nuestra capacidad creativa. Lo afirma Alberto Manguel y seguro que tiene razón. También recuerda que los hechos que engendraron a Menard son conocidos: en la navidad de 1938, Borges se hirió con el borde de una ventana y la herida se infectó; durante semanas los médicos temieron por su vida. Una vez recuperado Borges quiso averiguar si sus facultades intelectuales seguían intactas y se propuso hacer algo que nunca había hecho antes: escribir un cuento.

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