La crítica de libros inexistentes de Stanislaw Lem, en ‘Vacío perfecto’

Vacío perfecto

Hay un párrafo de El Quijote que el cuento de Borges sobre Menard pone como ejemplo de la diferencia entre el relato de Cervantes y el del inexistente escritor francés: “… la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir”. En el siglo XVII esta enumeración es un mero elogio retórico de la historia, pero en Menard, aún repitiéndose milimétricamente el mismo párrafo, aparece como una idea asombrosa al definir la historia, no como una indagación de la realidad, sino como su origen.

La verdad no es lo que sucedió, sino lo que creemos o juzgamos que sucedió; el sentido de lo que leemos está vinculado estrechamente al contexto de la época y lo que en el siglo XVII era retórica inocente, en nuestro tiempo adquiere un significado cínico.

De lo cual se deduce que todo lo que la literatura nos cuenta es una mentira porque cada tiempo tiene su verdad. Nada o la consecuencia, dice Stanislaw Lem en la reseña de este libro inexistente, va más allá que el cuento de Borges, que sólo roza la cuestión. Es una obra maestra de la honestidad -dice- porque parte la premisa traumática y vergonzosa de que el escritor miente y la autora lo que pretende es evitar esta mentira.

Los autores saben de su falsedad y para eludirla escriben “cada vez más cosas referidas a la manera en perjuicio del contenido de la novela”, lo que desemboca en la “épica de la impotencia”. La antinovela incluso fue más allá: ya no se trataba de enseñar al público los trucos del autor, sino de no comunicar siquiera. Pretende no tener nada sobre lo que fundamentar la mentira y de tomar por modelo las matemáticas que, de hecho, “no crean cosas reales” ni tampoco mienten: sólo hacen lo que están obligadas a hacer.

La obra de Solange Marriot, dice el crítico, no miente, pero existe; no utiliza el truco de la negación (no nació, no vivió, no murió), lo que sería simplemente el reverso de una novela clásica, el negativo de la acción, sino que se sumerge del todo en la nada y confiere la negatividad a la propia inexistencia.

La nada o la consecuencia comienza con dos frases: “El tren no ha llegado. Él no vino”. El primer capítulo recoge las reflexiones sobre una persona no amada suspendida en un espacio desprovisto de gravitación. La parte central del libro se refiere a la conciencia, pero ese flujo de conciencia no consiste en pensar en nada, sino en no pensar. Y pese a todo, la conciencia impensante continúa siendo conciencia. No hay límites a esta ausencia de pensamiento y es el lector el que crea esas limitaciones. El texto no da nada y en ese no dar nada lo que hace es quitarnos lo que teníamos hasta destruir nuestra propia esencia psíquica.

El último capítulo se adentra totalmente en la nada, rodeada de vacío. La voz narrante se aleja, sabe que no existe. El mismo lenguaje primero sospecha y luego comprende que no existe nadie fuera de él, que al tener sentido para todo el mundo, para cada persona, no es, nunca ha sido ni pudo serlo, una expresión personal. El lenguaje sigue durante las últimas páginas en el engranaje de la maquinaria de la gramática, de la sintaxis, pero el vacío hace su trabajo y las frases se quedan a medias, también las palabras y así llega a pararse la novela, sin llegar a su fin.

Ésta que acabo de resumir es una de las quince reseñas sobre libros imaginarios que forman, junto con el prólogo que es también una reseña, una obra singular, Vacío perfecto, de Stanislaw Lem. Comienza con la del propio libro, en la que nos recuerda que “la crítica de libros inexistentes no es una invención de Lem” y recuerda el caso de Borges e incluso el de Rabelais. Explica que en su caso se trata de “recuperar la libertad creativa mediante un ensamblaje de dos espíritus contradictorios: el del autor y el del crítico”. Esta especie de prólogo hace referencia a otro libro inexistente, el Autozoilo, en el que el reseñista ha encontrado las ideas de Lem acerca de Vacío perfecto.

La crítica de este libro de pseudo reseñas es implacable e incluso se pasa de bromista porque, como ocurre en el falso La nada o su consecuencia, no termina nunca de hablar de los aspectos positivos de la nada, de los objetos ideales de las matemáticas o de los nuevos metaniveles del lenguaje; todo es pura filfa. Del libro de Marriot llega a decir que es original, pero imposible de escribir, con lo que nos presenta una obra que no sólo no existe, sino que no puede existir y sólo con el propósito de hacer una sátira “cargante” del Nouveau Roman, como dice el propio prologuista del Vacío Perfecto.

robinsonades

La intensa vida social de Crusoe

El primer libro reseñado es Les Robinsonades, de Marcel Coscat, una descripción de la agotadora vida social de Robinson Crusoe en su isla, no tan desierta como podría parecer a primera vista. Si el Robinson de Crusoe se salvó porque contaba con la compañía de Dios, que le impuso una laboriosidad extenuante y un continuo examen de conciencia, con lo que estuvo muy entretenido hasta que apareció Viernes, el náufrago de Coscat sabe que nunca conseguirá creer en la presencia tutelar del Ser Supremo. Y al final decide crear un orden nuevo y mejor y como si fuera un Creador hace su propio mundo a partir de cero.

Lo primero que hace es crear un fiel servidor, mayordomo, ayuda de cámara y lacayo. Pero a Robinson le empieza a cargar su servilismo y decide contratar a un pinche de cocina y luego a una cocinera joven, pero trípeda para no caer en tentaciones. El problema es que, aunque despida a la servidumbre, ésta retozará por toda la isla porque no hay manera de anularla.

Es el problema de los personajes imaginarios: que no desparecen de la memoria del creador. Y la Isla de la Desolación se puebla de criados, hijos, gatos y otros parientes de la misma manera que la mente de Robinson ya no es capaz de memorizar dónde y cuándo surgieron y por qué los otros, sobre todo ella, son inalcanzables.

Nota biográfica

Lem

Stanislaw Lem nació en 1921 en Lvov, ciudad de Ucrania que hasta 1939 perteneció a Polonia. Estudió medicina y se especializó en psicología. Fue miembro fundador de la Sociedad Polaca de Astronáutica y de la Asociación Cibernética Polaca. En la Universidad de Cracovia dio clases de literatura polaca.

Su obra explora temas filosóficos, científicos y literarios, a veces de forma satírica como en Vacío perfecto, y se le ha situado en la ciencia ficción por la utilización de recursos fantásticos como vehículo de sus ideas en varias novelas y por su interés en una eventual comunicación con otras formas de vida y con seres de civilizaciones extraterrestres, asunto que constituye la trama de El invencible, una de sus mejores novelas.

Las maravillosas historias del astronauta Tichy son las más populares y se recogen en Diarios de las Estrellas y en Congreso de Futurología. Con Solaris (1961) le llegará la fama internacional, gracias al premio recibido en el festival de Cannes de 1972 por la adaptación cinematográfica realizada por Andre Tarkovsky. Stanislaw Lem murió en 2006 en Cracovia.

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