Viernes o los limbos del Pacífico, de Michel Tournier

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El intenso oleaje empuja al navío que lucha por sobrevivir dejándose llevar a un lado y a otro sin oponer resistencia alguna a los caprichos de un mar agitado e incluso violento. En la cabina, ajeno a la tempestad, el capitán del Virginia, Pieter Van Deyssel, muestra su futuro a Robinson a través del Tarot. La primera carta representa al demiurgo, uno de los tres arcanos mayores, lo que significa que hay en él un organizador que lucha contra un universo desordenado, pero -añade el holandés- no hay que olvidar que el demiurgo es también un bufón y su orden es ilusorio.

La segunda carta representa a Marte: ha conseguido una victoria aparente sobre la naturaleza y ha impuesto un orden a su imagen. “Sois piadoso, avaro y puro”, le dice el capitán a Robinson, y vuestro reino será parecido a un armario de manteles inmaculados perfumados con lavanda. Los gemidos del casco asaltado por las olas no le inquietan, pero sí al joven que, intranquilo, no consigue prestar atención a las palabras que profetizan su futuro.

El holandés da libre curso a su inspiración adivinatoria, mientras fuera prosigue el estrépito de la tempestad. Hace su aparición el arcano quinto, lo que significa que Venus, la carta anterior, se ha metamorfoseado en arquero y, por lo tanto, en su hermano gemelo. La última carta augura que Júpiter, el dios del cielo, bajará a socorrer a Robinson para ofrecerle otra oportunidad y le entregará las llaves de la Ciudad solar. Van Deyssel guarda con mucho cuidado la pipa de porcelana en la que ha estado fumando mientras escrutaba las cartas y le da un último consejo: “Guárdese de la pureza, es el vitriolo del alma”.

Es en ese momento cuando el fanal, describiendo un giro mortal golpea la cabeza del capitán; el barco, incapaz de resistir el embate de las olas, comienza a dar vueltas sobre sí mismo y los marineros, en su desesperación, intentan lanzar un bote para salvar sus vidas. “Una muralla de agua oscura se abalanza sobre el puente de un extremo al otro, barriéndolo y llevándose todo con ella, cuerpos y enseres”. La siguiente imagen será la del capítulo primero: Robinson despertando sobre la arena de una playa desierta.

Este fastuoso comienzo del capítulo cero, en el que la tempestad se mezcla con el juego adivinatorio del capitán, cuenta en pocas páginas todo lo que va a ocurrir en la vida de Robinson Crusoe a partir de su naufragio en una isla desierta. El capitán Van Deyssel vaticina, pero también promete, y todo se cumplirá como señalaron las cartas.

Bom-Jesus

Durante tres días desde la playa, Robinson observa el casco del velero, repleto de bienes y alimentos que va a necesitar, pero no hace nada, imbuido del temor supersticioso de que la recogida de la herencia suponga ya una forma de instalarse en la isla, una aceptación de su destino. Y pasa horas mirando el horizonte del mar por si divisa la embarcación que puede rescatarlo. De tanto observar llega a imaginar que la isla es simplemente el párpado y las pestañas de un ojo inmenso, azul y húmedo que escruta las profundidades del cielo; el miedo a perder la razón le había rozado y nunca más le abandonaría.

La aventura de Robinson es sobre todo la lucha contra la soledad. El aislamiento de la sociedad de los hombres es corrosiva, destruye poco a poco: los primeros días, el náufrago aún conserva en su cabeza el sonido de las conversaciones de la tripulación, pero poco a poco se van difuminando y las voces de esos infortunados van desapareciendo en la noche mientras la memoria se siente incapaz de recobrarlas.

Se inicia lo que el propio Robinson denomina “deshumanización”: las costumbres, respuestas, reflejos, preocupaciones, sueños y reflexiones se van formando y transformando por los contactos perpetuos entre semejantes, pero, “privada de savia, esta delicada eflorescencia se marchita y se disgrega”. El único punto de vista que existe en la isla es el suyo y el náufrago solitario teme incluso llegar a perder el uso de la palabra porque el lenguaje depende fundamentalmente de un universo poblado que posee numerosos puntos de vista que se miden entre sí continuamente.

Lo que no tiene a la vista no existe, porque carece de información acerca de ello por parte de sus iguales. Las tinieblas se acercan cada vez más y le envuelven. La soledad mina incluso el fundamento mismo de la existencia de las cosas, escribe en su diario, y “cada vez me asaltan más dudas sobre la veracidad del testimonio de mis sentidos”. La soledad carece de herramientas para luchar contra la alucinación, el espejismo o la ilusión óptica porque sólo “nuestro hermano, nuestro vecino, nuestro amigo o nuestro enemigo” puede advertirnos de la diferencia entre un hecho real y otro que no lo es.

Robinson consigue superar la primera alucinación, la de los primeros días en los que toma conciencia de su destino solitario. Pero no puede evitar caer en la desesperación, cuando tras finalizar el transporte de todo lo útil que guarda el Virgina construye una barca que no le sirve para nada. Se sume en el más absoluto abandono y recurre a la “souille”, una ciénaga, una charca infecta de cieno húmedo y caliente, en la que se sumerge dejando fuera de ella la nariz, los ojos y la boca, mientras las emanaciones deletéreas de las aguas estancadas le oscurecen la razón. Liberado de sus ataduras terrestres, se deja llevar por el delirio embrutecedor de chispas de recuerdos que llegaban del pasado.

Toma conciencia de esta regresión a un estado más amorfo que animal y, a partir de ese momento, todas las acciones que emprende y todos sus pensamientos irán dirigidos a sobrevivir a la soledad y no dejarse abatir por la depresión, el desvarío o la disolución. Consigue salir de este marasmo y abandonar la tentación de la “souille” mediante un esfuerzo cotidiano para el cumplimiento de un proyecto: trasponer a su isla, cuyo nombre será a partir de ahora Esperanza y no Desolación, la civilización, la administración de una especie de colonia.

Y se embarca en una actividad frenética: siembra, construye corrales para las cabras, cosecha, ahuma el pescado, construye silos y una vivienda. Todo para relegar su “vicio”, ese dejarse llevar, abandonarse en el revolcadero de los cerdos salvajes, contra el que lucha imponiendo en la isla un orden moral frente al orden natural, que concibe como el caos, el desorden absoluto.

Para conseguir lo que no es más que una imitación de la civilización perdida, lleva a cabo una ingente tarea: además de producir, mide y cataloga especies, árboles, vegetación, recursos… Y construye una rudimentaria clepsidra con el único objeto de reinar sobre el tiempo. El capitán Van Deyssel se lo había vaticinado: un armario ordenado y perfumado con saquitos de lavanda.

Pero también le prometió la llegada de Viernes. Posiblemente él hubiera deseado como compañía otro inglés, pero quien llega es un araucano, un indio del sur de Chile. Viernes no entiende la finalidad de tantas normas y de tanta acumulación pero obedece, aunque Robinson cree que en su actitud hay algo mecánico y demasiado perfecto; sospecha que está poseído por un demonio que se manifiesta en su risa demasiado ruidosa.

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La Ciudad Solar

La destrucción de todos sus bienes y todos sus recursos, por una acción involuntaria de Viernes, consigue salvar a los dos habitantes de Esperanza. Viernes podrá dedicarse a su pasión eólica y Robinson emprende inequívocamente el camino de convertirse en un “caballero solar”. En su diario señala que el sol “ha tocado con su luz esta gruesa larva blanca y blanda escondida en las tinieblas subterráneas y se ha convertido en una mariposa de cuerpo metálico y alas con polvo de oro; un ser de sol, duro e inalterable, pero débil cuando los rayos del sol no la alimentan”.

Esperanza es un limbo, suspendido entre el cielo y el infierno, a la espera de las revelaciones que se le harán a Robinson y que convierten el lugar en tres estadios diferentes: la isla negada, con la caída en la alucinación; la isla administrada y la isla solar o salvaje. Tournier reconoce, en ‘El viento paráclito’, que los tres estados de la evolución de Robinson corresponden a los tres géneros de conocimiento descritos por Spinoza en la Ética: el primero, por los sentidos, es el de las pasiones; el segundo es el de las relaciones o razonamiento y el tercero es el de las esencias o sabiduría y beatitud.

Estas tres etapas responden a un esquema clásico que se encuentra en muchas doctrinas filosóficas o religiosas. Incluso en la vida cotidiana y a un nivel más trivial podemos encontrar estos tres caminos: los placeres pasivos y degradantes; el trabajo y la ambición social y la pura contemplación artística o religiosa. Robinson se salvará por este último.

Pero aún no hemos llegado al final: un barco inglés repostará en la isla, veintiocho años después del naufragio de Robinson, que oculta que haya vivido tanto tiempo en soledad para no pasar por impostor o por un fenómeno de feria. Se enfrentará a la sociedad que abandonó y deberá decidir su futuro. También se cumplirá la última profecía del capitán holandés del Virginia: la carta en que aparece Júpiter o Jueves y que será su salvación.

Michel Tournier (8)
Michel Tournier

Nota biográfica

Michel Tournier (1924-2016), licenciado en filosofía por la Sorbona con una tesis sobre Platón y de profunda formación germánica, publicó Viernes o los limbos del Pacífico, su primera novela, en 1967. Fue alumno de Lévi-Strauss y mientras estudiaba en el Museo del Hombre pensó que el mito de Robinson debía ser reeditado teniendo en cuenta la etnografía y el psicoanálisis.

El libro se convirtió en la Biblia de un grupo de hippies canadienses y en Estados Unidos se le acusó de hacer un elogio del poder negro, aunque años después, en una biografía intelectual – El viento paráclito- escribió que le hubiera gustado que fuera un homenaje a los inmigrantes de tez oscura llegados a Francia, sin voz y absolutamente imprescindibles.

Recibió el Gran Prix du Roman de la Academia Francesa y fue eterno candidato al Nobel de Literatura.

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3 respuestas a “Viernes o los limbos del Pacífico, de Michel Tournier

  1. Magnífico comentario a uno de mis libros favoritos. Me he llevado una grata sorpresa.
    Hace años que leí “Viernes o los limbos del Pacífico”, y de forma recurrente lo he utilizado en las clases con mis alumnos para valorar la importancia del lenguaje en la formación de la conciencia y, por tanto, en la humanización del individuo. Es un libro que me marcó, por su épica y su poética, por sus reflexiones entretejidas en la lucha por una vida esencialmente humana. Fabuloso estudio encarnado de esa condición humana que supera a muchos otros sesudos estudios.
    Recuerdo que Robinson, en su intento de no hundirse en la animalidad, crea un código penal dirigido a los habitantes de la isla (la maravillosa ironía es que aún no ha aparecido Viernes: Robinson es el único habitante); genial desdoblamiento del yo para constituirse en sujeto observador y sujeto observado, en conciencia de sí mismo, cuando en la isla le ronda el peligro de fundirse-fusionarse con la naturaleza aniquiladora.
    Aprovecho para felicitarte por tu blog. Aprendo con él, es de muchos quilates. Enhorabuena, y gracias por compartir tu trabajo.
    Eloy

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    • Muchísimas gracias por tu comentario. Es de los que animan mucho. Y me encantan tus elogios a Viernes y sus limbos. Es cierto que el libro tiene múltiples aspectos y sólo escogí el de la soledad y la deshumanización porque me resultaron los más atractivos y he dejado algunos otos, como la otredad o el ‘buen salvaje’ que algún día comentaré. Gracias de nuevo

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