* Crónicas de lo maravilloso desde el Nuevo Mundo

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Cuando los españoles llegaron a las Indias intentaron describirlas mediante relaciones, cartas, crónicas y apuntes, diarios de a bordo y diarios de caminantes, dirigidos a los reyes que les habían concedido el derecho de exploración o nombrado adelantados o virreyes de tal o cual región, con la intención de hacerles partícipes de lo que habían visto, oído y hecho o como justificación o documento para pedir nuevas gracias o consolidar las ya obtenidas o las por venir. También para su publicación, al estilo del Libro de las Maravillas, de Marco Polo.

Las crónicas fueron escritas por los conquistadores, aunque delegaron muchas veces en quienes les acompañaban, generalmente clérigos u hombres de letras que también participaron en el descubrimiento, como es el caso de Gonzalo Fernández de Oviedo, primer cronista oficial de las Indias y gobernador de Santo Domingo y La Española, o Bernal Díaz del Castillo, que participó en la conquista de México. Incluso hubo alguno, como Gaspar Pérez de Villagrá que escribió su versión de la conquista de Nuevo México por Juan de Oñate en versos endecasílabos repletos de resonancias clásicas y caballerescas. Su poema empieza con las mismas palabras que la Eneida – “A las armas y al varón heroico canto”- a lo que sigue la lista de los principales participantes en la expedición para pasar, a continuación, a ensalzar “los hechos y proezas de aquellos españoles valerosos” que lograron “prodigios grandes de tierras y naciones nunca vistas”.

A quienes llegaron y vieron, todo les pareció nuevo, diferente, y muchas veces no encontraban nombres para lo observado y no entendido, de manera que lo asimilaron como maravillas. También se crearon fábulas, se inventó y se exageró, como si no fuera bastante aventura o heroicidad atravesar los desiertos de Texas y de Atacama, explorar inmensas selvas y seguir el curso de inacabables ríos; tropezar con tribus del paleolítico y con imperios como el del Inca; hacer frente a animales desconocidos y mortíferos y contemplar las cataratas del Iguazú o el Cañón del Colorado.

Los europeos que llegaron a las Indias a lo largo del siglo XVI vivieron en la intersección de la cultura medieval y la renacentista y, al dejar volar la imaginación se dibujan, ellos o los protagonistas de sus crónicas, como héroes de novelas de caballerías, descubridores de ciudades doradas que cambian mágicamente de lugar, santos hacedores de milagros o personajes míticos en busca del Paraíso o de las Fuentes de la Eterna Juventud.

El Paraíso de Cristóbal Colón

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En este mundo a caballo entre lo cristiano a ultranza y lo clásico recuperado se produce una actualización sorprendente, e incluso una amalgama desconcertante, de mitos cristianos y paganos que producen la impresión de que los exploradores de las tierras y mares recién descubiertos vivían en una continua observación de milagros inauditos y maravillas imposibles.

Cristóbal Colón sufría de cierta propensión a recuperar viejas historias e insertarlas en mundos nuevos: en la Relación de su primer viaje hace referencia a tres sirenas “que salieron bien alto de la mar, pero que no eran hermosas como las pintan, que en alguna manera tenían pinta de hombre en la cara”. No eran las famosas de Ulises, ya que al parecer no cantaban.

Cuando llega a las Indias y no encuentra ni el oro ni las especias que esperaba para poder pagar las deudas y hacerse rico, intenta convencer a los Reyes de España, sus patrocinadores, de la importancia del viaje: ninguna riqueza material es comparable al descubrimiento del Paraíso y la evangelización de los idólatras.

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Inclinado a interpretar literalmente la Biblia, convencido de su destino providencial y con el propósito de justificar que no hubiera suficiente oro en La Española e islas vecinas, llegó a la conclusión de que era en las Indias donde se hallaba el Paraíso Terrenal y, como allí no había altísimos montes que rozaran el cielo -condición sine qua non para eludir los efectos de Diluvio Universal- ideó una ingeniosa deformidad terrestre: la Tierra no era totalmente redonda, sino que hay en ella un lugar en que se alarga “como un pezón de mujer”, justo debajo de la línea equinoccial, y donde se hallaría precisamente el Paraíso, en la cima de aquel lugar que tiene la forma de un “tallo de pera”. Y sigue argumentando, en esta Relación del tercer viaje, en 1498, que “lo que corrobora fuertemente esta opinión es que el Sol, cuando Dios lo creó, apareció en la extremidad del Oriente y su primera luz brilló aquí en Oriente”. Concluye con que esta hipótesis suya es conforme al parecer de los santos y de los doctos teólogos.

Santiago en su caballo blanco

La intervención de la Providencia, incluso en forma de apóstol Santiago, queda fuera de la competencia del historiador y del alcance de la prueba. Pero la ficción, la leyenda y el mito sirvieron en esta época tan dura, violenta y todavía medieval, para la justificación de actos impropios y para acrecentar el ánimo en las adversidades, aparte de su utilidad netamente ideológica.

Cuenta el cronista Pedro Mariño de Lobera que, al llegar Pedro de Valdivia y su ejército al valle del Aconcagua, se reunieron en su contra todas las tribus del lugar para atacarlos y estaban ganando la batalla cuando, por un motivo desconocido, de repente dieron media vuelta y huyeron. Interrogados los indígenas apresados, contaron que su huida se debió a que vieron bajar del cielo a un español provisto de una gran barba blanca y una enorme espada que, montado sobre un caballo blanco, se había abalanzado sobre ellos. Valdivia interpretó que el mismísimo apóstol Santiago llegó en su auxilio y, en justa retribución, llamaron Santiago de la Nueva Extremadura a la primera ciudad que fundaron en lo que hoy es Chile, el 12 de febrero de 1541.

La Fuente de la Eterna Juventud

Los embajadores del rey persa Cambises II en Etiopía preguntaron a su rey por los motivos de la larga vida de sus súbditos y, en respuesta, les condujo a una fuente de agua tan ligera que nada sufría sobre ella, según relata Herodoto en la primera referencia que se tiene de este mito, que sufrió diversas modificaciones a lo largo del Medievo.

Se cuenta que Juan Ponce de León, descubridor de La Florida, oyó hablar de una fuente de la juventud a los arahuacos que poblaban algunas islas del Caribe. Según la leyenda, Sequene, un jefe nativo de Cuba, reunió a un grupo de los suyos y navegó hacia el norte, hacia Bimini, lugar donde discurrirían las aguas restauradoras de la juventud, pero no volvió nunca.

En 1514 el rey encargó a Ponce de León la conquista y gobierno de “las islas de la Florida y Bimini”. Es posible que el explorador creyera en la leyenda de la fuente, conocida por todos en esa época, pero no hay evidencia de que la tuviera como objetivo de su expedición y no se le vinculó con ella hasta después de su muerte, en 1575, en las Memorias de Hernando de Escalante Fontaneda, quien en 1549, cuando tenía trece años, sobrevivió a un naufragio en los cayos de Florida y fue adoptado por la tribu de los calusa, con los que vivió diecisiete años.

Fue rescatado por los españoles y en su libro de Memorias se menciona la supuesta existencia de un río de aguas curativas y su búsqueda por Ponce de León, que el mismo Hernando nunca creyó y así dejó escrito. No obstante, Antonio de Herrera, en sus Décadas (1615) idealiza la narración de Escalante y asegura que la fuente existía y que era frecuentada por los indios, que adquirían un rejuvenecimiento instantáneo nada más beber sus aguas.

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Coñori, reina de las amazonas

A lo largo de los ocho meses que le llevó descender el río caudaloso e interminable que le iba a llevar al país de la canela en la expedición iniciada por Gonzalo Pizarro en 1541, Francisco de Orellana y los suyos no sólo tuvieron noticias de un reino cercano gobernado exclusivamente por mujeres, sino también la oportunidad de trabar combate con ellas. Es el cronista de la expedición, el fraile dominico Gaspar de Carvajal, quien revela que un cacique les advirtió de que se alejaran de las ‘coniupuyara’, que en su lengua significaba ‘grandes señoras’. En otra aldea, su cacique les explicó que les entregaban un tributo a cambio de su ayuda militar.

Dice Carvajal lo siguiente acerca de estas amazonas: “Estas mujeres son muy blancas y altas y tienen muy largo el cabello y entrenzado y revuelto a la cabeza, y son muy membrudas y andan desnudas en cueros, tapadas sus vergüenzas, con sus arcos y flechas en las manos, haciendo tanta guerra como diez indios, y en verdad que hubo mujer de estas que metió un palmo de flecha por uno de los bergantines y otras que menos, que parecían nuestros bergantines un puerco espín” .

Un cautivo que iba con ellas le contó que eran señoras de un reino grande y rico en el que sólo había mujeres. La reina se llamaba Coñori y se perpetuaban secuestrando esclavos a los que retenían un tiempo: se los pasaban unas a otras hasta que quedaban preñadas y, cumplida su misión, se les devolvía a sus tribus. Si parían un hijo, lo mataban, y si una hija, se la quedaban y la instruían en las artes guerreras de este reino femenino. Tanto le gustó la historia a Francisco de Orellana que el río pasó de llamarse Grande a río de las Amazonas.

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La Atlántida y el derecho de conquista

Para acallar a quienes ponían en duda el derecho de Castilla a gobernar las tierras descubiertas, en este caso el Perú, su virrey, Francisco de Toledo, se empeñó en demostrar que los antepasados de los Incas eran extranjeros que invadieron Cuzco en el año 565 de nuestra era y que sometieron a los indígenas a un régimen tiránico por lo que los españoles tenían, no sólo la potestad, sino la obligación de liberarlos e imponer su propio gobierno, amén de convertirlos a la verdadera religión. Y encargó al capitán Pedro Sarmiento de Gamboa que escribiera una historia general de estos territorios hasta 1572.

La obra, dedicada a Felipe II, desarrolla la teoría de que las Indias formaron parte del continente de la Atlántida, que se extendía hasta Cádiz y que, como consecuencia de un gran cataclismo que en gran parte lo sepultó en el océano, quedó América aislada del resto del mundo. Presenta como fuentes fidedignas a Estrabón y a Solino cuando afirman que Ulises, después de edificar Lisboa, navegó por el Atlántico y como de él no se supiera nada más, elucubró con que arribara a Nueva España y poblara hasta Veragua. Lo confirma, sigue diciendo Sarmiento de Gamboa, el que “los mexicanos usaban el traje tocado y vestido grecesco”, es decir, griego. Y para corroborar que en un tiempo lejano todos formaban parte de la misma tradición, aduce que los indios del Perú aún recordaban el gran diluvio del que habla la Biblia y que duró sesenta días y sesenta noches.

Sarmiento de Gamboa no fue el único que rescató el mito de la Atlántida en esta época de exploraciones y descubrimientos. Francisco López de Gomara, en 1554, demostraba en su Historia general de las Indias, que las nuevas tierras parecían adaptarse perfectamente al relato platónico y lanzaba la suposición de que los habitantes de la Atlántida eran los aztecas. Bartolomé de las Casas llegó a relacionar el continente sumergido con las tribus perdidas de Israel.

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