La naturaleza de lo insólito en la novela latinoamericana

nonstruos mar

Antonio Pigafetta dejó por escrito que “había visto cerdos con el ombligo en el lomo y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara”. Con este recuerdo del cronista que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, Gabriel García Márquez inició el tradicional discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura de 1982 ante la Academia Sueca.

Lo maravilloso en el Nuevo Mundo se encuentra en las expediciones en busca de países ilusorios como El Dorado, de ciudades imposibles como la de Manoa, las siete de Cíbola o la de los Césares; en la leyenda de la Fuente de la Eterna Juventud o en el relato de la desaparición de once mil mulas cargadas con oro que salieron de Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino, pero que más tarde aparecieron en las mollejas de unas gallinas que se vendían en Cartagena de Indias y que fueron criadas en tierra de aluvión, historia que relató el escritor colombiano en ese mismo discurso.

En estos sueños y misterios de siglos pasados, García Márquez vislumbra los gérmenes de la novela del siglo XX en Latinoamérica. Esos lugares de fábula y sus personajes desmesurados gozan de tal presencia que el escritor sólo necesita ponerse a contar lo que ve y ‘normalizar’ lo insólito.

El Reino de este mundo, de Alejo Carpentier

Recuerda Carlos Fuentes que en París, en 1930, tres jóvenes escritores- Carpentier, Uslar Pietri y Miguel Ángel Asturias- se detuvieron un momento sobre el Pont des Arts y decidieron arrojar al Sena al surrealismo francés por innecesario. Si Breton no dejaba de ensalzar lo “maravilloso”, ellos, en Iberoamérica lo tenían a raudales y con la ventaja de una mayor autenticidad que el francés.

Ése fue el año en el que Arturo Uslar Pietri publicó Las lanzas coloradas y Miguel Ángel Asturias, Leyendas de Guatemala, sobre tradiciones y relatos de la cultura maya, a la que él pertenecía por parte de madre, y que tuvieron como antecedente la traducción que él mismo hiciera del Popol Vuh, historia maya de la creación del hombre.

Estas Leyendas de Guatemala son relatos precursores del realismo maravilloso, en los que el tiempo y el espacio fluyen anárquicamente. Paul Valery, que los leyó en su traducción francesa, escribe en una carta que en estas “historias-sueños-poemas” en las que se confunden creencias, cuentos y todas las edades de un pueblo le han resultado extrañas e inesperadas, con su mezcla de “naturaleza tórrida, de botánica confusa, de magia indígena, de teología de Salamanca, donde el Volcán, los Frailes, el Hombre-Adormidera, el Mercader de joyas sin precio, las bandadas de Pericos dominicales, los Maestros-magos que enseñan en las aldeas la fabricación de los tejidos y el valor del cero, componen el más delirante de los sueños”.

El reino de Carpentier

Años después, en 1943, en el transcurso de un viaje que Alejo Carpentier hizo a Haití, y que luego transmutó en El Reino de este mundo, novela a partir de la cual se acuña la expresión ‘lo real-maravilloso, visitó las ruinas de Sans-Souci, la Ciudadela de La Ferrière y la normanda Ciudad del Cabo y pudo comprobar el “sortilegio de esas tierras y las advertencias mágicas de sus caminos”. Frente a esta manera natural en la que se desarrolla lo insólito, lo sorprendente y lo irracional, denunció “la agotadora pretensión de suscitar lo maravilloso que caracterizó a ciertas literaturas europeas de los últimos treinta años”, conseguido en un primer momento de manera lícita pero corrompido con trucos de prestidigitación a medida que se pretendía “suscitar lo maravilloso a todo trance”.

Cuando Carpentier denuncia esta burocratización, este abuso de fórmulas repetidas hasta la saciedad se está refiriendo a una forma de concebir la narración, absolutamente legítima y fecunda pero en algunos casos fracasada, que sólo pretende sorprender al introducir, en un mundo totalmente realista, un suceso inverosímil, mágico en definitiva.

En cambio ‘lo real maravilloso’ no es una tendencia internacional ni tiene límites cronológicos. Proviene de las raíces culturales de la América Latina, raíces indígenas y africanas, y de las tradiciones y leyendas de los colonizadores. Para Carpentier “lo maravilloso comienza a serlo de manera inequívoca cuando surge de una inesperada alteración de la realidad, de una iluminación inhabitual o singularmente favorecedora de las inadvertidas riquezas de la realidad”. Y para captarlo se precisa fe, algo de lo que carecen los surrealistas porque, aunque invoquen espectros, no creen en los ensalmos y acaban poniéndose muy aburridos cuando insisten en su literatura onírica “arreglada”.

Durante su estancia en Haití, dice Carpentier en esta presentación de su novela sobre el reino de Henri Christophe, pudo ponerse en contacto cotidiano con “algo que podríamos llamar lo real-maravilloso” porque allí “millares de hombres ansiosos de libertad creyeron en los poderes licantrópicos de Mackandal”, un negro mandinga que inició la sublevación y fue quemado por ello, aunque sus seguidores se negaron a reconocer su muerte y le inventaron una nueva metamorfosis, una más de las que experimentó en vida.

También pertenecía a lo real-maravilloso la cruel tiranía del rey negro Henri Christophe, uno que fue cocinero y dueño de un albergue en la calle de los Españoles y que logró hacerse con el poder: sus soldados resplandecían con uniformes de vistosos entorchados, penachos de plumas celestes y botas de húsares como no los viera siquiera el ejército de Napoleón. El rey vivía en Sans-Souci, un inmenso palacio de cuento, en cuyo exterior abundaban terrazas, arcadas, jardines, pérgolas, arroyos artificiales y laberintos de boj.

En la cultura iberoamericana se produce una mezcla fascinante de lo medieval europeo, las cosmogonías nativas y, también, como ocurre con Haití, en Cuba o en Venezuela, de la cultura trasplantada de los esclavos africanos: las danzas de la santería o el vudú. En El Reino de este mundo Paulina Bonaparte, hermana del emperador llega a la isla de Santo Domingo acompañando a su esposo, el general Leclerc, el nuevo gobernador. No pasaría mucho tiempo hasta que se declarase una epidemia de peste y como no se conocía remedio, ella, hija de la Ilustración y de la Razón, dejó de ser razonable y se encomendó al negro Solimán. Los sahumerios de incienso, índigo, cáscaras de limón y las oraciones al Gran Juez, a San Jorge y a San Trastorno fueron el primer recurso pero, al acrecentarse el miedo tras la terrible agonía de Leclerc, Paulina avanzó aún más en el mundo de poderes que se agitaban en torno a los conjuros de su sirviente: promesas, penitencias, ayunos, rituales mecánicos, bailes de poseídos y gallos degollados.

Esta presencia de lo prodigioso no es privilegio único de Haití o de Guatemala, “sino patrimonio de la América entera, donde aún no se ha terminado de establecer, por ejemplo, un recuento de cosmogonías”, dice Carpentier, que abunda en que el continente está lejos de haber agotado su caudal mitológico.

La soledad de América

La historia de América no es sino una crónica de lo real maravilloso, pero a la que en justicia hay que reconocerle un lado terrible y oscuro que García Márquez puso de relieve en su discurso de aceptación del Nobel de Literatura. Si bien los dos primeros párrafos hacen referencia a los prodigios narrados por Pigafetta que recuerdan a los del latino Plinio, muy pronto cambia el tono para denunciar la injusticia rampante en el continente. No puedo dejarlo pasar porque también de protesta y queja está hecha la literatura de mis escritores favoritos, desde Carpentier a García Márquez, desde Onetti a Abel Posse, y muchos otros.

En la crónica americana hay esclavitud y exterminio de indios, subastas de esclavos negros, guerras sangrientas, dictadores espeluznantes, como el mismo Henri-Christophe en Haití y tantos otros déspotas que se disputan el protagonismo histórico de los últimos siglos, y también pobreza, abandono y sufrimiento. Desde la segunda mitad del pasado, se suceden las novelas sobre dictadores, de los llamados sarcásticamente ‘padres de la patria’, como el Supremo de Roa Bastos, el Patriarca de García Márquez o el Chivo de Vargas Llosa, entre otros, que tienen su glorioso antecedente en el ‘Tirano Banderas’ de Valle Inclán.

Garcia marquez

En su alegato, el escritor colombiano recuerda a los millones de muertos, a los cientos de miles de desaparecidos y a los refugiados; apenas nueve años antes se había asesinado la democracia en Chile y aún perduraba una dictadura militar, inicua y brutal en Argentina. Recuerda también a los que huyen de su país por miedo, por desesperación o por pura hambre; denuncia la violencia y el dolor desmesurado de la historia americana, “resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento” y reprocha a la vieja Europa haberles dejado solos, durante mucho más de cien años.

Los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria: una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra (Del discurso de Gabriel García Márquez).

 

Anuncios

One response to “La naturaleza de lo insólito en la novela latinoamericana

  1. […] El Reino de este mundo narra un hecho histórico y, aunque ocurren portentos, Carpentier los argumenta y justifica. En cambio, Cien años de soledad trata de sucesos inventados en los que reina la imaginación. Incluso podría decirse que inventa una nueva realidad, pero realidad al fin y al cabo. Las cosas pasan de una manera extraordinaria y no hay reparo ninguno. No tengo inconveniente en creer en la ascensión virginal a los cielos de Remedios la Bella mientras tendía las sábanas en el jardín de la casa y en la eterna longevidad de Úrsula; en las propiedades levitatorias de una taza de chocolate y en la reproducción compulsiva y desaforada de los animales de granja animados por las fogosas cópulas de Petra Cotes. El autor también lo cree y de esa manera nos abre los ojos de lector al asombro. […]

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s