Cien Años de Soledad

Cien-años-de-soledad

Es imposible escribir algo original que no haya sido escrito antes sobre la gran novela americana del siglo XX en lengua española. A lo largo de los cincuenta años transcurridos desde su publicación en 1967 se han sucedido cientos de reseñas, artículos y tesis doctorales que han analizado el fenómeno desde el estructuralismo, el marxismo, el psicoanálisis, el compromiso político o la concepción mítica de la historia, dependiendo del punto de vista que estuviera de moda.

No tengo nada nuevo que decir, pero tampoco quiero quedarme con las ganas de comentar una de las novelas que fue la llave que me abrió la puerta a la gran literatura, a la que desconcierta y fascina y al mismo tiempo es fuente de recreo inolvidable, como si de una alfombra voladora se tratara. Desde entonces ha pasado mucho tiempo y sólo puedo agradecer a la circunstancia y al azar que cayera en mis manos en el momento oportuno.

Cien años de soledad, como dice su autor, estaba ahí antes de ser escrita: en las tradiciones, creencias y culturas que compusieron Latinoamérica, desde las novelas de caballería de la época de Colón a las ceremonias religiosas de los esclavos negros trasplantados desde el continente africano o en la magia de los indígenas y sus selvas imposibles. Sólo había que pararse a mirar.

Tenía apenas veinte años cuando la leí por vez primera y fue como un hechizo del que aún no me he podido desprender. La he vuelto a leer ahora, cuarenta años después, y sigue teniendo para mí la misma fuerza, la vitalidad de unos personajes inolvidables por lo estrafalario y excesivo de su conducta: desde Úrsula, la matriarca que logra mantener en pie a una extensa familia y a todos los Aurelianos y José Arcadios que pueblan la novela, hasta el fabuloso Melquíades, el gitano trashumante que, en la época primera y más mágica de Macondo, se encarga de facilitar a sus ciudadanos los últimos frutos de la ciencia.

A medida que voy adentrándome en sus páginas se desvanece la frontera entre lo real y lo maravilloso y el fenómeno que todos los lectores conocemos -el de la suspensión sostenida de la incredulidad- se intensifica de manera que todo se hace posible. Como ocurría con las historias de la Odisea o de la misma Biblia, uno lee y cree en todo lo que se cuenta. No se trata de una forma especial de concebir la realidad por parte de los personajes (como ocurre con los seguidores del Mackandal de Carpentier, víctimas de una ilusión y del deseo de la magia), sino de la propia vida de estos personajes, sin necesidad de una justificación exógena.

El Reino de este mundo narra un hecho histórico y, aunque ocurren portentos, Carpentier los argumenta y justifica. En cambio, Cien años de soledad trata de sucesos inventados en los que reina la imaginación. Incluso podría decirse que inventa una nueva realidad, pero realidad al fin y al cabo. Las cosas pasan de una manera extraordinaria y no hay reparo ninguno. No tengo inconveniente en creer en la ascensión virginal a los cielos de Remedios la Bella mientras tendía las sábanas en el jardín de la casa y en la eterna longevidad de Úrsula; en las propiedades levitatorias de una taza de chocolate y en la reproducción compulsiva y desaforada de los animales de granja animados por las fogosas cópulas de Petra Cotes. El autor también lo cree y de esa manera nos abre los ojos de lector al asombro.

gabriel-garcia-marquez

Confiesa García Márquez que tuvo que vivir veinte años y escribir cuatro libros de aprendizaje para descubrir que la solución estaba en los orígenes mismos del problema: había que contar el cuento, simplemente, como lo contaban los abuelos. Es decir, en un tono impertérrito, con una serenidad a toda prueba que no se alteraba aunque se le estuviera cargando el mundo encima, y sin poner en duda en ningún momento lo que estaban contando, así fuera lo más frívolo o lo más truculento, como si hubieran sabido aquellos viejos que en literatura no hay nada más convincente que la propia convicción.

Es cierto que Cien Años de Soledad tiene una “accesibilidad ilimitada”, como dice Vargas Llosa, en el sentido de que se puede leer y entender perfectamente sin apelaciones a relaciones culturales. No hay en ella juegos temporales ni planos de ficciones concurrentes ni técnicas novedosas. Se puede simplemente leer y gozar de la lectura. Parte de su éxito reside en que devuelve al lector el placer de escuchar una historia.

Pero, como en todas las grandes obras y los grandes mitos, siempre hay segundas lecturas e infinidad de incógnitas sin desvelar, puntos ciegos que iluminan la historia misma de la familia, escrita por Melquíades, hasta en sus detalles más triviales, con cien años de anticipación. La había redactado en sánscrito, que era su lengua materna, y había cifrado los versos pares con la clave privada del emperador Augusto, y los impares con claves militares lacedemonias. Así que al final de la novela descubrimos la autoría, pero este señalamiento puede ser simulado, una apariencia y un intento de confundir al lector y hacerle saber que todo, absolutamente todo, es ficción y apariencia.

Cien años de soledad es una epopeya sin dioses pero con creador indispensable, con la sabiduría de hechicero que le atribuyó Mitterrand y con la capacidad de bautizar un mundo nuevo que le adjudicó Carlos Fuentes. En un mundo desordenado, García Márquez organiza la realidad a partir de la creación de una localidad que funciona como un continente y en la que los hechos no están inscritos en el tiempo convencional de los hombres, sino concentrados en un siglo de episodios cotidianos, de modo que todos coexisten en un instante.

Cuenta la historia de Macondo desde su creación hasta su apocalipsis, un mundo que sólo dura cien años pero no en el tiempo de los hombres, sino de los dioses. Es un tiempo mágico en el que conviven varias generaciones de la familia Buendía, que a veces se enlentece y otras se precipita para volver a estancarse, un tiempo que nada tiene que ver con el calendario, sino con el círculo y la repetición. Un tiempo que va arrastrándolo todo hacia la soledad hasta que se cierra sobre sí mismo y el espacio desaparece.

Ya muy anciana y convertida en el triste juguete de los nietos, Úrsula Iguarán se estremece al comprobar que el tiempo no pasaba, sino que daba vueltas en redondo. Como reconoce José Arcadio Segundo, también el tiempo sufría tropiezos y accidentes y podía por tanto astillarse y dejar en un cuarto una fracción eternizada, como ocurrió con la habitación de Melquíades, por la que no pasó nunca el tiempo que ni siquiera sembró polvo en los muebles, pero contuvo durante muchos años la presencia fantasmal de su ocupante.

macondo1
Edición ilustrada por Luisa Rivera

Cien años de soledad es un relato mítico de creación: contiene una pareja fundadora en un paraíso que no conoce la muerte; un pecado original fundado en la consanguinidad; un “diluvio que dura cuatro años, once meses y dos días”; un gitano trashumante que trae la magia en forma de tecnología; algún que otro ogro descomunal y rabelesiano e incluso un niño falsamente salvado de las aguas, amén de profecías, maldiciones, guerras y revoluciones, pestes y plagas.

Pero hacia el final la realidad auténtica, por llamarla de alguna manera, se introduce en el relato. Aureliano Babilonia, poseedor de conocimientos enciclopédicos, descifrará los manuscritos de Melquíades y junto a sus amigos de toda la vida, los “cuatro discutidores”, que son precisamente García Márquez y su cuadrilla, realizará el descubrimiento de su vida en una noche de parranda: que la literatura es el mejor juguete que se había inventado para burlarse de la gente. El librero catalán, que profesa un respeto solemne al tiempo que una irreverencia comadrera hacia la literatura es la fuente de semejantes arbitrariedades de manera que les aconseja que abandonen Macondo y se caguen en Horacio y recuerden siempre que el pasado es mentira, que la memoria no tiene camino de regreso, que toda primavera antigua es irrecuperable y que cualquier amor es efímero.

García Márquez, como se ve, no le hizo caso. Y nosotros tampoco. A todos nos gustan los cuentos y que nos los cuenten, en esta ocasión con un lenguaje a veces contenido, a veces exuberante, cargado de recuerdos y mentiras, de hipérboles y alusiones, de repeticiones y novedades. Un mundo recreado por el lenguaje, en definitiva. Cien años de soledad emociona desde su principio, cuando Aureliano Buendía cuenta cómo conoció el hielo por primera vez, llevado de la mano por su padre, cuando Macondo era una aldea de veinte casas y el mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.

Y continúa: Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquíades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse. Y aún los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades. “Las cosas tienen vida propia -pregonaba el gitano con áspero acento- todo es cuestión de despertarles el ánima”.

Macondo-50-Rivera_01
Edición ilustrada de Luisa Rivera

Lecturas

Gabriel García Márquez, Cien años de soledad.

Carlos Fuentes, Para darle nombre a América.

Mario Vargas Llosa, Cien años de soledad, realidad total, novela total.

Víctor García de la Concha, Gabriel García Márquez, en busca de la verdad poética.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s