El viaje a Aracataca y la construcción de Macondo

la hojarasca

Vengo a pedirte el favor de que me acompañes a vender la casa”, le dijo su madre cuando logró dar con él en Barranquilla. Gabriel García Márquez estaba a punto de cumplir veintitrés años; había abandonado la Facultad de Derecho después de seis semestres inútiles; seis cuentos suyos habían aparecido en suplementos de periódicos; vivía de redactar notas para El Heraldo; fumaba sesenta cigarrillos diarios de “tabaco bárbaro” y muchas noches no tenía dónde dormir porque le faltaba el peso y medio que costaba la habitación, pero le sostenía un convencimiento absoluto de su destino como escritor.

La casa que había que vender no era otra que la de los abuelos en Aracataca, donde Gabo nació y vivió sus primeros ocho años. El 18 de febrero de 1950, bajo un aguacero diluvial, madre e hijo acometieron el viaje por el río Magdalena en una destartalada lancha de motor. En este recorrido fluvial, confiesa en sus memorias, sintió el primer “zarpazo de la nostalgia”, no sólo de un lugar sino también de un tiempo al que ya no es posible regresar.

De la lancha pasaron a un coche victoria de un solo caballo, de camino a la estación de ferrocarril que les dejaría en Aracataca. Durante el trayecto contempló el piélago sórdido de playa de caliche con mangles podridos y astillas de caracoles, el mar de Ciénaga, y el barrio de tolerancia y el abrevadero de las locomotoras. Bordearon la ciudad sin entrar en ella. “De pronto mi madre señaló con el dedo: mira, me dijo, ahí fue donde se acabó el mundo”.

Ahí estaba la estación y enfrente una plazoleta, donde aquel día de 1928 en que todo se acabó, el ejército había matado un número nunca establecido de jornaleros del banano. Mil veces se lo había contado el abuelo: los peones en huelga fueron declarados una partida de malhechores; los tres mil hombres, mujeres y niños inmóviles esperaban bajo el sol inclemente después de que el oficial les diera un plazo de cinco minutos para evacuar la plaza; y entonces fue la orden de fuego y las ráfagas y “la muchedumbre acorralada por el pánico mientras la iban disminuyendo palmo a palmo con las tijeras metódicas e insaciables de la metralla”.

Macondo-2

Doña Luisa y Gabo continuaron el viaje. Subieron al tren, que hizo una parada en una estación sin pueblo y poco después pasó frente a la única finca bananera del camino que tenía el nombre escrito en el portal: Macondo. Esta palabra -dice en Vivir para contarla’“me había llamado la atención desde los primeros viajes con mi abuelo, pero sólo de adulto descubrí que me gustaba su resonancia poética” y, aunque la había usado ya en tres libros como nombre de un pueblo imaginario no supo su significado hasta que en una enciclopedia descubrió, casualmente, que era el nombre de un árbol del trópico parecido a la ceiba, de madera esponjosa que sirve para hacer canoas y trastos de cocina. Más tarde, encontró que la Enciclopedia Británica informaba de que en Tanganika existe la etnia errante de los makondos y dedujo que, de ahí tal vez, el origen de la palabra.

Diez minutos después el tren se detenía en Aracataca, bajo un sol ardiente y unas arenas infernales, a la hora del calor intenso de las “siestas inertes”. “Todo era idéntico a los recuerdos, pero más reducido y pobre, y arrasado por un ventarrón de fatalidad”. El calor y el desamparo hacían emerger recuerdos de historias que ocurrieron en el pueblo: la madre y la niña del ladrón que fue abatido a través de la puerta por María Consuegra; la casa del Belga, un veterano de la primera guerra mundial que un domingo de Pentecostés decidió poner fin a su vida y la botica del doctor que tanto le aterrorizó en la infancia.

Y, sobre todo, la casa de los abuelos, una casa lineal de ocho habitaciones sucesivas y sencillas: la primera una sala de visitas y oficina personal del abuelo, a la que seguía el taller de platería donde fabricaba los pescaditos de oro. De ahí en adelante “empezaba el paraíso hermético de las muchas mujeres residentes y ocasionales que pasaron por la casa durante mi infancia”, donde vivieron y le cuidaron la abuela materna, Tranquilina Iguarán, para la que no existía una frontera definida entre vivos y muertos y que, años después en Sucre les reveló en sus monólogos de anciana, misterios de cosas perdidas, de secretos guardados y de asuntos prohibidos; la tía Francisca Simodosea, de “desparpajos insólitos y refranes ríspidos”, que un día comenzó a coser su mortaja a medida y dos semanas después, ya terminada, “sin enfermedad ni dolor algunos se echó a morir en su mejor estado de salud”; y Elvira Carrillo, que compartía su soledad con “las toses y carraspeos de las habitaciones vecinas donde se acogía lo sobrenatural”.

El coronel Nicolás Márquez y su esposa, Tranquilina Iguarán, llegaron a Aracataca con sus tres hijos y dos indios guajiros como servicio y una india, Meme, para iniciar una nueva vida, hacia 1910. El abuelo de Gabo llegaba perseguido por el remordimiento de haber matado a un hombre en un lance de honor, en Barrancas, que además fue copartidario y soldado suyo en la guerra de los Mil Días. El asunto fue, en palabras de García Márquez, el primer caso de la vida real que le revolvió los instintos de escritor.

Luego utilizaría todas estas historias de guerras, fusilamientos, parlamentos de muertos y dramas cotidianos en sus libros, de la misma forma que utilizó de niño las conversaciones de los adultos: las absorbía como una esponja, las desmontaba en piezas, cambiaba algunos detalles para disimular el origen y luego se las contaba a los mismos adultos que habían sido su fuente de inspiración, de forma que quedaban absolutamente perplejos. Lo que eran “infamias de niño” y técnicas rudimentarias de narrador en ciernes” evolucionaron y se convirtieron en recursos poéticos de gran escritor.

García Márquez reconoce que todos sus personajes son “como rompecabezas armados con piezas de muchas personas distintas, y por supuesto con piezas de mí mismo” y, como buen omnívoro, defiende que cualquier suceso es propicio “porque no hay nada de este mundo ni del otro que no sea útil para un escritor”.

El viaje a Aracataca marcó su futuro como escritor porque le mostró que lo que había escrito hasta entonces y el proyecto en el que trabajaba desde hacía meses no tenían sustento alguno porque no eran reales. De vuelta a Barranquilla empezó la novela que se le insinuó en Aracataca sin un minuto de espera ni de sosiego “con la carga emocional que arrastraba sin saberlo y que me había esperado intacta en la casa de los abuelos”.

Portada hojarasca

Ya tenía una imagen visual del pueblo, al que llamó Macondo, y un título, que ya no iba a ser La casa, sino otro, más “desdeñoso y compasivo con que mi abuela, en sus rezagos de aristócrata, bautizó a la marabunta que llegó con la United Fruit Company: La hojarasca”. En el preámbulo de la obra explica el significado doméstico de esta palabra, que resumía el conjunto de desperdicios humanos que llegó al pueblo desde todos los lugares, “revuelta y alborotada”, que contaminó todo aquello con lo que tuvo contacto y que, con el tiempo, sufrió el natural proceso de fermentación y se incorporó a los gérmenes de la tierra”.

Fueron años de esplendor y derroche, de amor triste y de lujos impensables traídos por la bonanza de las plantaciones bananeras. Como le cuenta doña Luisa a su hijo Gabo, al pasar por el antiguo barrio de las mujeres de la vida, “los hombres amanecían bailando la cumbiamba con mazos de billetes encendidos en vez de velas”. Todo eso desapareció como en los pueblos del lejano oeste descritos por Faulkner y que tantas similitudes con los colombianos aprecia García Márquez. Pero quedó la pobreza y también la nostalgia de un tiempo magnificado.

Lo que acabó con la hojarasca, lo que supuso el fin de este mundo fue la matanza de los peones de la United Fruit Company, un suceso que acabó siendo materia y sustento de la novela. Debía encontrar recursos para contar aquel “paraíso terrenal de la desolación y la nostalgia” a partir de los recuerdos de los supervivientes de 1928, año en el que él mismo nació. El método, que se inspiraba en Faulkner, consistió en usar tres voces: el abuelo, la madre y el niño. Y el resultado fue espectacular.

Pero la editorial Losada le rechazó el manuscrito en una carta, con el veredicto supremo de Guillermo de Torre, exiliado español y presidente del consejo editorial. Los términos del rechazo rayaban en la grosería y estuvieron a punto de quebrar la trayectoria literaria de García Márquez. Afortunadamente, los “argumentos simples en los que resonaban la dicción, el énfasis y la suficiencia de los blancos de Castilla” no le amilanaron y persistió en su oficio. El mismo Borges expresó ciertas reticencias acerca del gusto literario de su cuñado, que ya había rechazado en 1927 Residencia en la Tierra’, de Pablo Neruda.

Pasaron cinco años antes de editar la novela, a cuenta del propio autor y unos amigos, y tuvo buena crítica pero poca repercusión. Entre ‘La hojarasca’ y Cien años de soledad’ García Márquez escribió dos novelas y un libro de cuentos, todos más realistas y sobrios y sin magia, aunque excelentes. En 1955 marchó a París, “flaco, con cara de argelino”; le costó sobrevivir en una ciudad muy dura para la miseria. Una vez incluso llegó a pedir en el metro y un hombre le dio una moneda, pero con aire de malhumor y sin escuchar sus explicaciones. De estos años data El coronel no tiene quien le escriba’, cuya imagen es la de un militar que espera desde hace lustros una pensión que no llega, igual que él espera un giro en París, después de que ‘El Espectador’, que le había contratado como corresponsal, hubiera sido cerrado por el dictador de turno.

Volvió y en Venezuela escribió los cuentos de ‘Los funerales de Mamá Grande’. Tampoco tuvo el éxito que merecía. “La espera proseguiría en Bogotá”, cuenta Plinio Apuleyo Mendoza, compañero periodista de esos años. Prensa Latina le envió a Nueva York, pero dimitió de su corresponsalía cuando fue cesado el director de la agencia. Decidió marcharse a México, ya con Mercedes, su mujer, y un hijo, en autobús.

En México tuvo la revelación del cómo contar la auténtica y verídica historia, cuyo germen se inició diecisiete años antes en su viaje a Aracataca, de Macondo, que más que un lugar del mundo es un estado de ánimo”. En Cien años de soledad’ surgió un mundo completo en sí mismo, con su nacimiento, desarrollo y desaparición, en el que todo pudo suceder y sucedió y que acabó siendo devorado por el mismo viento que había traído consigo la hojarasca.

mapa macondo

Lecturas

– Gabriel García Márquez, La hojarasca, 1955

– Gabriel García Márquez, Vivir para contarla, Mondadori, 2002

– Plinio Apuleyo Mendoza, Gabriel García Márquez; el olor de la guayaba, Bruguera, 1982

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