“Lejos de Ítaca”

Ulissecopertina

¿Por qué has vuelto, Ulises? Todas las mañanas, nada más despertar, los labios de Penélope pronuncian la misma pregunta que resuena sin cesar en sus oídos hasta el anochecer. Regresó a Ítaca después de diez años de guerra con los troyanos y de otros tantos de vagabundeo por regiones inhóspitas y desconocidas: desde entonces, desde la matanza de los pretendientes, ya han transcurrido diez más.

El escenario está dispuesto y la obra va a comenzar. Franco Mimmi, el autor de ‘Lontano da Itaca’, recoge los versos de la Odisea de Homero, del Canto XXVI de la Comedia de Dante, del ‘Ulysses’ de Tennyson, del ‘Itaca’ de Kostantinos Kavafis, y ‘L’ultimo viaggio de Giovanni Pascoli’ y en un juego de “prestidigitación literaria”, en el que también aparecen las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides, consigue crear una historia que enlaza el mundo de hoy con la primera novela de Occidente. “Ítaca nos espera, ahora y siempre”, concluye en la presentación del apéndice de sus fuentes de inspiración arriba mencionadas.

Se han cumplido diez años desde su llegada a Ítaca. Para poder regresar, Ulises ha tenido que rechazar la droga de los lotófagos, que hace olvidar el deseo de volver; cegar al pavoroso Polifemo con una estaca ardiente; sobrevivir a los lestrigones y enamorar a Circe, “la de las lindas trenzas”; descender al Hades para conocer su destino; no dejarse embaucar por el canto de las sirenas que “conocen todo cuanto ocurre en la fértil tierra”; salir indemne entre las rocas de Escila y Caribdis; llorar por su regreso durante siete años en la isla de Ogigia, en brazos de la bella ninfa Calipso, hacer frente a la tempestad desatada por el dios Poseidón y olvidar a Nausicáa, “la de los níveos brazos”, cuyo padre, Alcinoo, le ayudará a volver.

Itaca

Y todo para llegar a Ítaca, una isla pobre y pedregosa, tendida en una abrupta geografía, “áspera, pero buena criadora de hombres”, dice Homero. Sin embargo, no es la tierra la que le llama, sino los seres queridos que dejó en ella. Es la añoranza de ellos la que le hace volver. Supo que su madre había muerto porque se encontró con ella, con su sombra, en el Hades y supo también que su padre Laertes vivía en la miseria, que su mujer era acosada por los pretendientes y que Telémaco arriesgaba su vida por culpa de esos codiciosos. Y para saber más y estar con ellos abandona a Calipso y luego rechaza a Nausicáa. Volver es su destino y también contar lo que ha ocurrido.

Pero en estos últimos diez años en Ítaca, Telémaco, el hijo que salió a buscarlo por mar y tierra y que le ayudó a matar a los pretendientes, se ha convertido en un hombre de negocios y, de hecho en el auténtico gobernador de Ítaca, en tanto que él se ha vuelto “negligente” y ocioso. Y en los ojos de Penélope sólo ve odio: veinte años esperándolo y otros diez pensando por qué había vuelto si sus pensamientos estaban en otra parte. Ella había permanecido en el hogar, sola, esperando noticias. “Hasta tres veces me contaron que Ulises había muerto”. Sus heridas no eran menores que las de él, pero ella no tuvo el consuelo de “las manos de Circe, de los labios de Calipso y de los ojos de Nausicáa”. Ahora que Ulises ha vuelto no hay “nada, la misma soledad de antes, incluso peor porque tú estás aquí. Me paso el día contemplando el mar y la noche en tu compañía recordando los años en los que estabas lejos”.

También Ulises contempla el mar: todas las mañanas se sienta sobre una roca lisa, bajo un antiguo y frondoso roble, desde donde se divisa la bahía y mientras fija su mirada en el mar le vienen a la mente todos los recuerdos, desde la guerra de Troya en las riberas del Escamandro a la gruta del cruel cíclope y el horror del Hades, pero también “la nostalgia por las cálidas manos de Circe, por los labios de Calipso y por los ojos de Nausicáa”.

Sentado, con la espalda apoyada sobre el roble, Ulises se deja llevar por el mar y por el pasado sin disfrutar en absoluto del presente ni esperar nada bueno del futuro. Una mañana se le presenta la diosa Atenea para exigirle un último viaje, el que le profetizó Teresias, y que debe a Poseidón antes de poder descansar en una vejez dulce y tranquila. Ulises le reprocha a la diosa que le exija participar en una guerra de dioses en la que no se siente concernido y se niega a ponerse en viaje en busca de su destino. Se siente tan cansado.

Pero Telémaco, en connivencia con otros jóvenes itacenses, ha ideado un plan: hacerle contar sus aventuras y de esta manera conseguir que vuelva a hacerse a la mar, repetir las hazañas, sacarle de su embotamiento. Y lo consigue, pero no de la manera en que Atenea quiere. Serán ellos, los jóvenes itacenses, los que viajen a los confines del mundo, en busca de aventuras y conocimiento, ajenos a las guerras de los dioses y libres de cualquier culpa.

La repetición del viaje

El Ulises de Pascoli, una de las fuentes en las que se inspira Mimmi, sí realiza un viaje, no el vaticinado por Tiresias, sino un recorrido hacia el pasado, hacia los antiguos lugares que conoció en los diez años que estuvo ausente tras la guerra de Troya. Pero el tiempo ha transcurrido y la flecha no viaja en sentido contrario. Inicia el viaje, lleva consigo a sus viejos amigos y desembarca en la isla de los Cíclopes, donde ya no hay rastro de Polifemo y en Ea, donde no queda ninguna huella de Circe. Todo está dominado por la ausencia y Ulises les pregunta a las sirenas que quién es él. Y en ese momento si nave se estrella contra las rocas, que no eran otra cosa que las sirenas que creía ver en este último viaje. Su cadáver es transportado a la isla de Ogigia y Calipso le dirige las palabras que cierran el poema: “No ser nunca más, nada, menos que la muerte, no ser más”. Una muerte peor que la nada.

Kavafis

Ítaca es siempre el final del camino

Ulises mira al mar y recuerda el pasado y los brazos de Circe. Piensa que ni siquiera le importaría volver a pasar el terror del Hades o el horror de los cíclopes. Ahora tiene añoranza del viaje, como antes la tenía del regreso. Ítaca ya no le ofrece nada extraordinario; volvió por su padre Laertes, ya fallecido, por su esposa Penélope, que le detesta por sus infidelidades pasadas y presentes en la memoria y por Telémaco, que quiere convertirlo en “tabernero”. En este escenario se desarrolla la puesta en escena del Ulises de Mimmi.

Pascoli también se hace eco de la nostalgia del héroe y hace que retroceda al pasado y repita sus viejas aventuras pero ya no encuentra nada en ese viaje. Porque Ítaca está en el corazón y el viajero lleva su propio equipaje, como dice Kavafis.

Su poema ‘Ítaca’ nos enseña que Ulises no encontrará ni lestrigones ni cíclopes ni a Poseidón si no los lleva dentro de su alma, si su alma no los erige delante de él y es ilusorio y reprochable haber dejado su patria reputándola de mísera, de ser incapaz de ofrecerle nuevas aventuras y experiencias. Porque Ítaca es el destino y lo que importa es el viaje y llegar a la meta cargado de conocimientos y experiencias.

El poema comienza aconsejando que, al emprender tu retorno a Ítaca, ruegues para “que el viaje sea largo, lleno de peripecias y que sean muchos los días de verano” y “que te vean arribar con gozo, alegremente a puertos que tú desconocías”: debes conservar “en tu alma la idea de Ítaca” porque “llegar allí es tu destino”. Y termina con la misma petición de vivir despacio e intensamente, disfrutando cada instante:

No hagas con prisa tu camino

mejor será que dure muchos años

Y que llegues, ya viejo, a la pequeña isla

rico de cuanto habrás ganado en el camino

No has de esperar que Ítaca te enriquezca

Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje

Sin ella, jamás habrías partido

más no tiene otra cosa que ofrecerte.

Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado.

Y siendo ya tan viejo, con tanta experiencia,

sin duda sabrás ya qué significan la Ítacas”.

Lecturas

– Franco Mimmi, Lontano da Itaca, Aliberti editore, 2007

– Giovanni Pascoli, El último viaje

– Kostantinos Kavafis, Ítaca

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