· Penélope, la esposa fiel y el tiempo detenido

La que espera, la que recibe la noticia de que Troya, por fin, ha caído en poder de los aqueos y se dispone a recibir a su esposo, pero Ulises no llega. Se demorará otros diez años. Penélope espera.

La épica homérica entroniza a Penélope como el paradigma de la fidelidad y de la prudencia, frente a sus primas, la bella y casquivana Helena, y la adúltera y asesina Clitemnestra. Es también una mujer enamorada que, al recibir la noticia de que su esposo había muerto en la guerra, loca de desesperación, se arroja al mar, y una bandada de ánades la rescata y con sus picos la arrastran de nuevo a la playa. Su propio nombre delata su condición: ella misma es Penelops, término griego para denominar a estas aves que, en el imaginario clásico, se caracterizan por su fidelidad.

Tras la marcha de Ulises a la guerra, Penélope queda a cargo del palacio, como reina de Ítaca, con un niño de poca edad. Su suegro, Laertes, ha optado por marcharse a vivir al campo y ella tendrá que hacer frente al acoso de los pretendientes que, convencidos de que el rey ha muerto pues no ha vuelto de Troya con todos los demás, quieren ocupar su lecho y hacerse con el trono itacense. Es entonces cuando Penélope inventa la estratagema del telar: sólo tomará esposo cuando termine la mortaja que teje para su suegro. Durante el día teje y por la noche desteje y así la labor se convierte en una tarea inacabable. 

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Al igual que Ulises, Penélope posee una inteligencia astuta que le ayudará a librarse, al menos durante tres años, de los codiciosos pretendientes. La diosa Atenea le ha enseñado el arte del telar, que simbólicamente es, en alusión a la laboriosa urdimbre, el arte de narrar y la capacidad del pensamiento, de forma que la tejedora de hilos es también la urdidora de ingeniosas tramas.

La literatura posterior a Homero dibujará una Penélope menos ejemplarizante y más humana, que se verá empujada al asesinato por culpa de los celos, como ocurre en una tragedia perdida de Sófocles. Tradiciones diferentes que, como la expresada por Licofrón, poeta romano que recoge la supuesta genealogía troyana de los romanos a partir de Eneas, le lleva a difamar a los griegos y hacer de Ulises un individuo taimado y cruel y de Penélope, una ramera que malgastó la riqueza de Ítaca.

Pero la tradición homérica se ha impuesto y Penélope es el modelo de la buena esposa que ha seguido vigente hasta ayer mismo. Ella es la que espera en una perfecta armonía consigo misma, la que es fiel al esposo ausente y la que le anima, cuando vuelve, a proseguir su destino de héroe viajero. El premio a su conducta será recuperar a su esposo y vivir con él los últimos años de una vejez suave y tranquila. Es cierto que Ulises renunció a la inmortalidad y a la ninfa Calipso, más bella que Penélope y también enamorada, por volver junto a su esposa, a la que ama. Pero a él no sólo no se le exige continencia sexual sino que se ve como admirable su relación con Circe y, sobre todo con Calipso.

En las recreaciones que siguieron al mito, Penélope continuó siendo la perfecta esposa, más o menos fiel, pero también más humana. La más famosa, Molly Bloom, que juega un papel crepuscular en la novela de Joyce, revela en su monólogo que no le es fiel a su marido, que desea a otros hombres, pero que Leopold Bloom es el mejor de todos. Da rienda suelta, en este flujo de conciencia que escandalizó a la sociedad europea de principios del siglo XX, a un rosario de deseos y experiencias sexuales que nunca habían sido puestos en boca de una mujer. 

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Se dice que el de Molly Bloom fue el primer discurso de liberación femenina. No está de acuerdo Elisabeth Costello, personaje imaginario y central de la novela de Coetzee que lleva su nombre por título. Elisabeth es una escritora famosa, sobre todo por ‘La casa de Eccles Street’, lugar de residencia de la familia Bloom en Dublín. Es una hipotética novela en la que Costello retoma el personaje de Joyce y, en contraste con una Molly Bloom encerrada en casa con su marido y su amante, que “deja su rastro por las páginas del ‘Ulises igual que una perra en celo deja su olor” perseguida y husmeada por los hombres, crea otra Molly auténticamente feminista, una “leona que acecha por las calles, olisquea y otea el paisaje e incluso busca una presa”, liberándose de la casa, del dormitorio y de la cama. Lástima que ‘La casa de Eccles Street’ sea una novela imaginaria y no sepamos cómo se desarrollan las mencionadas actividades cinegéticas de la nueva Penélope.

Vuelvo a Homero y a la posterior recreación del mito. Puede que la Penélope primigenia haya tenido dudas, que se haya enamorado de otro durante los veinte años de viudedad forzosa, puede que se convenciera finalmente de que Ulises había muerto y no regresaría jamás. Pero superó los obstáculos y, a cambio de su espera, el mar le devolvió a su esposo. La Odisea, como todos los cuentos antiguos acaba bien: los dos amantes unidos en una larga noche de sexo y confidencias. Pero nada dice de cómo pudo soportar esos veinte años de soledad, qué mecanismos psicológicos utilizó para no volverse loca. O tal vez sí lo hizo.

Se cuentan historias de mujeres que esperan, en un puerto o en una estación de tren, al amor de su vida que un día se marchó. Y pasan los años, veinte y más aún. Y algunas siguen viviendo en el mismo día en que su amante se fue. Xuan Bello en su ‘Historia universal de Paniceiros’ hace referencia a una tal Ana Cabornu. Dice que era una “vieja loca, que había enloquecido de mal de amores, y que paseaba junto al río cogiendo flores de la orilla”. Preguntó quién era aquella mujer, de pelo “aún rojo y joven” que contrastaba con su rostro envejecido y nadie le supo o quiso dar detalles de su historia. “Estaba loca y eso bien se veía: bailaba sola, lloraba, llevaba plumas de milano en el pelo y pedía, a voces que el acordeonista tocara Suspiros de España”, un antiguo pasodoble nacido de la nostalgia de vivir en tierra extraña.

Luego supo que muchos años antes Ana Coburnu se había casado y que el día después de la boda, el joven, que no tenía tierras propias, había marchado a América, a Cuba o a Argentina y ella, “que esperó interminablemente la vuelta de su esposo, que iba hasta Luarca solo para ver los barcos y contemplar la línea del horizonte por ver si por si por allí aparecían noticias del amado, fue poco a poco trastornándose”. Y, cuando pasada media vida, volvió el marido tan pobre como había salido y cargado de años, Ana Cabornu no le reconoció o no quiso reconocerlo y siguió con su vida de vagabunda, esperando, siempre esperando.

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Tampoco reconoció a su amado la Penélope de Joan Manuel Serrat, que todos los días desde hace años camina hasta a la estación y espera el tren que le devolverá a su Ulises. Dicen en el pueblo que un día de primavera el caminante que la había enamorado se marchó y ella se quedó para siempre en esa tarde plomiza de abril, en un tiempo detenido, congelado. Él le prometió que volvería y ella se fue marchitando mientras le esperaba, pero sin darse cuenta de que el tiempo había pasado. Cuando el caminante volvió, ella lo miró y no pudo reconocerle: “No era así su cara ni su piel: no eres quien yo espero”.

Fuentes

Homero, La Odisea, Anaya, 2012

– James Joyce, Ulises, Lumen, 2014

– J.M. Coetzee, Elizabeth Costello, Random House Mondadori, 2003

– Xuan Bello, ‘Historia universal de Paniceiros’, Random House Mondadori, 2002

– ‘Penélope’, letra de Joan Manuel Serrat y música de Augusto Algueró, 1969.

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