Ausencia de añoranza

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Dícese de una enfermedad que cursa con desapego y absoluta falta de pasión por regresar al propio país. Irena y Josef, dos ciudadanos checoslovacos que dejaron su país hace veinte años y residen una en Francia y otro en Dinamarca, se enfrentan, en ‘La ignorancia’, de Milan Kundera, a la idea del Gran Regreso tras la Revolución de Terciopelo de 1989. Los amigos franceses de Irena creen, siendo como son afectos sin fisuras a los valores morales consagrados desde hace siglos por la Odisea, que ella, la expatriada, ha se sentir nostalgia irreductible e intenso deseo de volver a la tierra natal y abandonar París.

Pero ni para Irena ni para Josef, que vive en Dinamarca, el regreso es la culminación de un deseo insatisfecho. No hay nostalgia ni añoranza y tampoco conciben magia alguna en el regreso. Ambos han hecho su vida en otro país, e incluso reconocen que el exilio les permitió vivir de otra manera, tener una existencia diferente, no necesariamente más feliz ni menos dura, pero sí distinta, en la que les sucedieron experiencias que en su país no podrían haber ocurrido.

Durante esos años en los que nunca se atrevieron a pensar siquiera que podrían volver, porque se consideraba que los regímenes comunistas eran eternos, se desvincularon casi totalmente de familias y amigos y al regresar se dan cuenta de que no tienen nada en común con ellos. Dejaron de conversar juntos debido a la distancia y al aislamiento y de evocar con ellos viejos recuerdos, que es la mejor fórmula para conservarlos. Ya ni siquiera tienen en común la misma impronta del pasado porque la memoria es siempre personal y selectiva y lo que para uno fue crucial, para otra resultó sólo una anécdota o incluso cayó en el olvido.

El paso del tiempo nos convierte a todos en personas diferentes. Josef encuentra un diario personal que conservó su hermano y no se reconoce en él. Han pasado treinta años desde entonces y él es otro, no tiene nada que ver con quien escribió esas páginas. Y lo que es peor, no le gusta en absoluto ese personaje que encarna un pasado del que, además, no quiere saber nada.

Poca materia de conversación tiene ninguno de los dos protagonistas con familiares y amigos de los que llevan separados veinte años porque, además, a nadie en su país de nacimiento le importa lo que han hecho o dejado de hacer en Francia o en Dinamarca. No les interesa, lo que significa que volver definitivamente supondría la amputación de esos veinte años pasados en el extranjero que, a fin de cuentas, han conformado su vida y lo que son ahora.

Josef e Irena con su marido abandonaron Checoslovaquia en 1969, después de que un año antes se frustraran las ansias de emancipación de los ciudadanos con la ocupación soviética. Se marchan como exiliados, pero no por miedo insuperable sino por escapar de la infinita vacuidad del país y la falta de esperanza. Lo mismo le ocurre al autor, Milan Kundera, aunque abandonó el país años más tarde, en 1975, después de que perdiera su cátedra en el Instituto de Cinematografía por su supuesta disidencia y su relación con la Primavera de Praga.

El exilio, una cuestión de acentos

No se sabe que Kundera haya vuelto a su país natal. Yo no lo creo. Quien sí volvió, aunque lo hizo veinticinco años después fue Roberto Bolaño y eso a pesar de que su renuencia era más clara que la del escritor checo. Cuando habla del exilio deja claro que él no puede sentir nostalgia “por la tierra en donde uno estuvo a punto de morir” ni se puede tener nostalgia por la pobreza, por la intolerancia, la prepotencia o la injusticia”. Esa nostalgia, concluye, “siempre me ha sonado a mentira” y, en el peor de los casos, “exiliarse es mejor que necesitar exiliarse y no poder hacerlo”.

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Bolaño en Blanes, donde vivió y escribió

El escritor chileno tuvo que salir por riesgo absoluto de su vida. Estaba en Santiago cuando se produjo el golpe de estado contra el presidente Allende y los militares ocuparon el poder. Estuvo detenido durante ocho días y consiguió salir del país cinco meses después, en enero de 1974. No obstante, cuando habla de su vida fuera de Chile, lo hace con cierta levedad optimista, como cuando dice que “en ocasiones, el exilio se reduce a que los chilenos me digan que hablo como un español; los mexicanos que hablo como un chileno y los españoles que hablo como un argentino”, en definitiva “una cuestión de acento”.

Se hizo prometer a sí mismo que nunca más volvería a su país, pero lo hizo, veinticinco años después, a finales del siglo pasado. Subió a un avión, superó las turbulencias y llegó a suelo chileno, que no besó por supuesto. Y en Chile, de golpe aparecieron los rostros de su infancia y de su adolescencia. Santiago seguía igual, dice en sus ‘Fragmentos de regreso al país natal’, y es que “las ciudades no cambian en veinticinco años” y las empanadas chilenas aún se llaman así y aún se comen chacareros. Algo sí ha cambiado: no había toque de queda y Pinochet estaba retenido en Londres.

Thomas Bernhard en San Salvador’

Los protagonistas de ‘La ignorancia’, Josef e Irena, sienten hacia su país de origen simple indiferencia y Roberto Bolaño, desaparecido del país el dictador sanguinario, puede volver a su patria. Aunque a ninguno les convence demasiado el lugar donde nacieron, no lo difaman ni lo odian ni desearían su desaparición, como ocurre en el monólogo desesperado de Edgardo Vega, salvadoreño de nacimiento y canadiense de adopción desde los veinte años, en la novela ‘El asco’, que lleva como subtítulo Thomas Bernhard en San Salvador’, toda una declaración de intenciones, del escritor salvadoreño Horacio Castellanos Moya.

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En unas páginas añadidas al final del relato, de apenas cien, el autor explica qué le llevó a hacer frente a la nación propia y cómo lo escrito no le resultó impune. Han transcurrido veinte años desde su publicación, en 1997, pero ‘El asco’ continúa provocando reacciones virulentas y su autor ni siquiera puede volver a su país. Todo por una novela que pretendía ser un ejercicio de estilo, una imitación de Thomas Bernhard, cuya obra es una crítica sin piedad a su país, Austria, y a su cultura. Como un estigma, la novelita de imitación y sus secuelas me persiguen”, dice Castellanos Moya.

Edgardo Vega, el protagonista, va desgranando vituperios, ofensas e insultos ante un confidente, que resulta ser el autor del libro y que transcribe su incesante monólogo y suaviza algunas frases para no escandalizar a los lectores. Vega ha vuelto para asistir al funeral de su madre, después de casi veinte años de ausencia, aunque juró no pisar nunca San Salvador. Comienza tachando de “inmundas y abominables” todas las cervecerías del país, de “cochinada” la cerveza nacional, y alerta de que no hay que decirlo en voz alta porque “la primera y principal característica de los pueblos ignorantes” es considerar “que su miasma es la mejor del mundo”. Prosigue su diatriba contra los grupos de rock y la música latinoamericana; contra los activistas que abandonaron el país; contra la televisión, cosa de analfabetos que sólo produce “septicemia espiritual”; contra su hermano al que sólo le importa la plata, como al resto de los salvadoreños, contra el fútbol, en el que “veintidós subalimentados con sus facultades mentales restringidas corren detrás de una pelota”; contra las gasolineras que invaden el paisaje; contra las hamburgueserías y contra un pueblo “obtuso, bruto y abyecto”.

Todo allí es asqueroso, dice Vega, pero su odio más ferviente va dirigido contra las pupusas, “unas tortillas grasientas rellenas de chicharrón”, que son la marca distintiva del país. Y precisamente esta crítica al plato nacional fue la que más les dolió a sus críticos que vieron mancillada su gastronomía nacional: imperdonable.

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Lecturas

– Milan Kundera, La ignorancia, Tusquets Editores, 2000

– Roberto Bolaño, Entre paréntesis, Editorial Anagrama, 2004

– Horacio Catellanos Moya, El asco, Random House, 2018

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