“Balada de Caín”, nostalgia del Paraíso

BALADA DE CAÍN FINAL-PPP

Desterrado y maldito para toda la eternidad, Caín es el reverso del bien, el primer asesino de la historia, el despreciado por todos, el errante, pero también el aventurero, el fundador de ciudades y el constructor de sus fortalezas, el inventor de las pesas y las medidas, el artesano y el artista.

El primer gran villano de la historia sagrada se convierte, por su enfrentamiento con Dios y por el castigo que recibe, en un personaje de ficción de múltiples facetas. Da casi tanto o más para la recreación y la distorsión que el propio Jehová, otra máscara literaria en la que Manuel Vicent se emplea a fondo en esta novela, que mereció el Premio Nadal en 1986 y que constituye la expresión lírica de su culto mediterráneo y pagano al placer de todos los sentidos, incluido el goce intelectual.

Jehová permitió a Caín, tras el asesinato de Abel, seguir viviendo pero como un proscrito y, según las antiguas leyendas, dondequiera que iba, la tierra se estremecía bajo sus pies. Le impuso castigos que eran peor que la muerte: un cuerno vergonzoso en mitad de la frente; un hambre voraz que nunca se saciaba; la decepción de todos sus deseos; una perpetua falta de sueño y la orden terminante de que ningún ser humano se le acercara para ofrecerle amistad o para matarlo.

Vicent da voz al protagonista de la historia y en su boca pone las palabras que nos cuentan su versión. Caín es un hombre que sólo busca la felicidad, que ha visto demasiados paraísos en la tierra y que sólo pretende encontrar “un poco de amor”. La vida del hombre consiste en huir detrás de un sueño que no existe, le susurra Eva en el desierto y, en sueños, Jehová le dice que su destino será huir siempre y ser feliz sin esperar nada. Su vida consistirá en la búsqueda de la felicidad y del paraíso, lugar donde quizá podría hallarse.

Sus padres se aparearon fuera del edén y a él sólo le llegaron vagos comentarios de lo que fue la vida antes de que él naciera y ellos cometieran el grave pecado de querer ser inmortales. Eva le contaba bellas historias sobre el origen de los tiempos, pero Adán sólo hablaba para orar e implorar el perdón de Jehová, reconocer la insignificancia de su persona y expresar su nostalgia por el paraíso perdido. A él, su hijo, le daba “consejos de esclavo” ante la mirada ajena de Eva, que “no creía en nada, temía a las serpientes y aborrecía a Dios”.

Pasa su niñez en el desierto, con sus padres y luego con Abel, en busca de oasis y pastoreando cabras. En esas caminatas, descubrían chatarra bélica, nidos de ametralladoras, campos sembrados de cruces y, en una de las marchas, Adán tuvo la mala fortuna de pisar una mina y saltar por los aires. Murió pero le dejó a Caín un Dios fornido y de mal carácter, caprichoso y sanguíneo que visitaba a los tres miembros de la familia acompañado por su guardia personal de gorilas arcángeles, luciendo espectaculares atuendos de jefe de pista circense, dictador tercermundista o vaquero del oeste, que siempre le proponía echar un pulso sobre el ara de los sacrificios o competir en una carrera de velocidad por el desierto.

Todos los males de Jehová se debían a su omnipotencia y a su inmensa soledad: creó el universo para combatir su aburrimiento y luego no supo qué hacer con él. Jehová era un dios lleno de tedio, que gozaba en el dolor de los seres a los que había creado. Es en el desierto, al construir un espantapájaros para proteger las ofrendas destinadas al creador del mundo, cuando Caín descubre que las cosas se poseen a través de su imagen y que para crear a Dios sólo es necesario reproducirlo. Cuando los tiempos del Génesis han terminado, surge una pregunta inevitable:

“¿Existe todavía Jehová, aquel fabricante de charadas?”

– “Existe en verdad. Pero Dios ya sólo es nuestra ignorancia. O nuestro miedo. El enigma es un precio que hay que pagar”.

psaxofonistas

En un supremo ejercicio de dislocación temporal, Caín hace repaso de su infancia y de su adolescencia con Jehová o quizá vive esa época de su vida en el desierto al mismo tiempo que ejerce como saxofonista en un club de jazz en Manhattan. Una madrugada, de vuelta a su alojamiento en Nueva York, escucha por la radio la noticia de que han matado a Abel y que se busca a un hombre de rasgos árabes, alto y de ojos verdes, que lleva una señal en la frente, un círculo entre las cejas. Los periódicos no se ponen de acuerdo: unos dicen que se ha hallado en el litoral del Mar Negro un cadáver incorrupto de los tiempos del Génesis y otros sitúan el suceso en París, en el ambiente nocturno y homosexual de los jardines del Trocadero, e incluso en el metro de Nueva York. También dicen que la víctima era un bailarín, un actor o quizá solamente un bellísimo chapero.

En cualquier caso Caín no ha sido el autor, al menos todavía, de la muerte de su hermano, “un idiota, pero al que yo amaba; jamás me hubiera atrevido a arañar a un ser tan perfecto e infeliz”. Abel fue quien le inició en los secretos de la carne, en el nido de ametralladoras del desierto, donde practicaba juegos de pugilato con el mismo Jehová.

Caín y Abel abandonan el desierto en una caravana de comerciantes que recorría la Media Luna Fértil, la zona que arranca del Golfo Pérsico, sube como un alfanje curvo por el territorio de los grandes ríos hasta alcanzar la región de Mitanni, comienza a doblar por el país de los hititas y encuentra el mar en la legendaria Biblos, la de los perfumados cedros”, donde se fabricaba el papiro y “los maestros enseñaban en las calles el arte de la escritura y regalaban sentencias de sabiduría”.

Durante el trayecto, Caín se empapa de las historias que cuentan los expedicionarios sobre la mítica ciudad de Ur, sobre la gran Babilonia y sobre las tierras de Canaán. Pero nadie quiere hablarle del paraíso. Circulan historias, simples rumores, que dicen que dentro de lo que queda del paraíso no hay nada, que en otro tiempo fue un simple criadero de monos, donde la mayoría de ellos eran felices hasta que algo sucedió. En la época de los reptiles alados, un mono devorador de manzanas comenzó a jugar con un palo y se sintió inmortal y ahora el paraíso es un inmenso corralón en ruinas.

Caín consigue adentrarse en él y, efectivamente, no hay nada. En el mismo momento en que penetra en el edén del desierto, Caín el saxofonista lo hace en el cuerpo de Helen, en su habitación del hotel de Chelsea y entra en el auténtico paraíso. El edén era “caminar a la luz de la luna sin esperanza y sentirse feliz al comprobar que el cuerpo formaba de la arena” de la misma forma que dos cuerpos forman parte el uno del otro en una sola carne.

El edén no está en el desierto de su infancia, ni en las ciudades recorridas a lo largo de los siglos, ni siquiera en Nueva York, a donde se dirige después de escuchar el consejo de un soldado americano, del mismo ejército que había bombardeado Jericó con sus aviones ultrasónicos y había matado a Abel y a Jehová. “Si eres Caín, Nueva York es tu sitio, en esa ciudad se venera a los héroes”.

puente-de-brooklyn-nueva-york-de-noche

Nueva York es la ciudad de las ciudades, palpitante y bulliciosa es la que nunca duerme, lugar de mezcla y confusión, intoxicada de jazz, capaz de elevar a objeto de arte una vulgar lata de sopa, destino de emigrantes venidos de todo el mundo y donde todo puede ocurrir: desde un picnic en Central Park a una procesión de napolitanos celebrando a San Genaro. Un lugar en el que el Dios infantil, cruel y caprichoso del desierto ya no tiene espacio porque ha perdido del poder que le otorgan los hombres, el único que puede tener. Nueva York se ha convertido en el emblema de lo que los intolerantes llaman la perdición, la nueva Babilonia. Su castigo llegó de la mano de fanáticos de regiones donde Dios reinaba y aún hoy sigue marcando la miserable vida de hombres con deseos e imaginación de esclavos, como Adán, aunque ahora su máscara no se llame Jehová, sino Alá, al fin y al cabo la misma cosa.

Vicent hace aparecer en Nueva York un desfile de mutantes: negros en cadillacs blancos con sombreros de copa fosforescentes, ancianas vestidas con trajes de ballet, ancianos de ochenta años que hacen footing abrigados con bufandas, heroinómanos transparentes y desequilibrados macrobióticos; limusinas blindadas como sarcófagos y una vía que se dirige al paraíso situado bajo el asfalto. En las alcantarillas de Manhattan fluyen aguas que arrastran joyas perdidas arrastradas por innumerables cañerías y donde se respira un olor a piña podrida en un clima tropical, en el que viven los hombres rata de piel cenicienta y córneas gelatinosas, cuya clase superior ha alcanzado el estado letárgico y apático que conlleva la renuncia a todo, y donde cocodrilos albinos procesionan en círculo con la cabeza fuera del agua, majestuosamente, como reyes ciegos, descendientes de aquellos caimanes de los años treinta que, según una leyenda urbana que aún perdura, fueron adquiridos en Florida por adinerados e inescrupulosos turistas y, ya en Nueva York, arrojados por el inodoro.

Caín busca el paraíso pero sobre todo busca la felicidad que se encuentra en el olvido de la sed, del hambre, del sentido de culpa. Recuperar la memoria del paraíso es recuperar también el desdén, la injusticia, el desamor y bien sabe que no se puede tener lo uno sin lo otro. Por eso Caín sigue huyendo en busca del placer, la inmersión en el otro y la pérdida de uno mismo, que es lo único que facilita la desmemoria.

Manuel Vicent, Balada de Caín, 1987

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s