El doctor Frankenstein y la Tyrell Corporation, simulacros y empatía

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Prometeo como creador del hombre, de Pandora o del género humano al completo, pertenece a una versión tardía del mito. Lo recogen Ovidio, Apolodoro y Luciano, pero no figura ni en Hesíodo, Esquilo y Platón, aunque es posible que la tradición popular, ligada a la consideración del Titán como patrono de los alfareros sí lo tuviera en cuenta como tal con anterioridad a las creaciones literarias helenísticas y romanas.

Esta faceta de creador de criaturas imperfectas ha sido explotada innumerables veces por la ficción posterior, como en aquella que le asimila al doctor que en una noche de tormenta crea un humanoide de espantoso aspecto que asusta a quienes deberían ser sus semejantes, que le excluyen o persiguen, por lo que acaba rebelándose contra su hacedor. Incluso el título de la obra que le dio Mary Shelley confirma la similitud: “Frankenstein o el moderno Prometeo”.

La novela, escrita en el frío y lluvioso verano de 1826 en Villa Deodati, especula con el contexto científico de su época, dominado por la experimentación biológica y al mismo tiempo fértil en promesas y cambios tecnológicos. La energía que puede dar la vida a un ser orgánico sería, no la magia como en el Golem, sino la electricidad, el galvanismo. Además, el nuevo monstruo no estaba modelado en arcilla, sino compuesto por partes orgánicas de cadáveres humanos. Posiblemente eso le hacía diferente al humanoide hebreo, prácticamente un autómata, mientras que la criatura de Frankenstein es capaz de articular el lenguaje, leer, reflexionar y reaccionar ante el mundo a su propia manera.

No hay nada en esta novela que lleve a pensar que el ogro, el monstruo creado no sea un ser humano, aunque sea rechazado por la sociedad. La intención del doctor era clara cuando narra su experimento: “Emprendí la creación de un ser humano”. Su fealdad y su desproporción le convierten en un paria social y él, que nació inocente, es empujado a vivir en soledad y a caer en el crimen.

La criatura surgida en la Tyrell Corporation no es en absoluto desagradable en su aspecto físico, sino todo lo contrario, y supera al hombre en capacidad física e intelectual. Los replicantes, “réplicas” para Cabrera Infante, y en absoluto “androides”, término detestado por Ridley Scott, director de “Blade Runner”, también se rebelan contra su creador, el anciano Tyrell, que sólo les ha concedido cuatro años de vida adulta e improrrogables.

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Por eso viajan a la Tierra, para tratar de prolongar su vida, no para matar a los desgraciados e infelices habitantes del planeta. Esto no nos lo cuenta Scott, pero sí Philip K. Dick, autor de “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, por quien sabemos que nuestro planeta ha sufrido una Guerra Mundial Terminal que ha oscurecido el Sol y hecho irrespirable la atmósfera. Quienes han podido – los sanos y los más acomodados- se han marchado a las colonias espaciales, con la compañía esclava de los robots humanoides, androides orgánicos, elemento esencial del programa de colonización.

Pero estos seres artificiales, debido a la alta tecnología con la que han sido fabricados, no sólo son físicamente más atléticos e intelectualmente más poderosos que los seres humanos, sino que pueden pasar perfectamente por ellos. En la novela el simulacro es también perfecto pero no suscitan simpatía: están fabricados en serie y hay cientos de ellos que repiten el mismo modelo, cientos de Rachael y cientos de Roy Baty, lo que los convierte en seres idénticos e indistinguibles, es decir, no humanos. Además, un halo de frialdad o inhumanidad les rodea.

Este último aspecto, el de su carencia de emociones y sus respuestas formales de manual, tan reiterado por Philip K. Dick, es el que permite distinguirlos mediante un test, el de Voigt-Kampf, que permite evaluar su empatía, aunque las preguntas sólo hacen referencia a la actitud del androide hacia los animales vivos, escasos y cuya posesión muestra el nivel de estatus social de los habitantes de la Tierra, que además tienen a su favor una capacidad mística de fusión de grupo desconocida por los robots, aunque sea una superchería. El mercerismo, la corriente empática creada por una especie de profeta inmortal que aúna, física y espiritualmente, a todos los seres humanos, está absolutamente vedada a los androides.

Un Nexus 6, pese a su inteligencia superior, no puede encontrar el menor sentido al misticismo. Los creadores del test de empatía consideran que ésta sólo puede darse en la comunidad humana, que exige un instinto de grupo casi ilimitado. Pero tampoco todos los seres humanos serían capaces de superarlo, lo que reconoce el mismo Deckart, el detective y perseguidor implacable, cuyo trabajo le convierte en un personaje poco inclinado a la piedad. Si no fuera así, dejaría de ser un cazador eficaz, ya que la empatía borra la frontera entre el vencedor y el derrotado, entre el cazador y la presa.

Philip K. Dick reveló en una entrevista que el argumento de su novela surgió mientras recopilaba información sobre algunos personajes del partido nazi alemán; en esa labor descubrió que “hay algo en nosotros de humanoide”, algo morfológicamente idéntico al ser humano pero que no es humano y que existe una fundamental diferencia entre lo que es realmente humano y aquello que simplemente lo imita.

Los replicantes de Ridley Scott no están hechos en serie ni tampoco son crueles por programación. Han venido a la Tierra para pedir más tiempo a su creador, el viejo Tyrell, magnífica recreación de un Frankenstein sin remordimientos al que se dirigen sus patéticas criaturas sin obtener ningún alivio. Se acaba su tiempo y la desesperación les lleva a la violencia pero ¿hay algo más humano que desear vivir más, que el tiempo no se agote, que no pase por nosotros?

A lo largo de la película, Rick Deckart va descubriendo que los replicantes no son máquinas insensibles, lo que le hace reconsiderar sus convicciones acerca de lo que es humano y lo que no lo es. Incluso llega a plantearse, aunque no explícitamente, si él mismo no será uno de ellos, como otros, la propia Rachael, que no conocían su auténtica naturaleza androide porque se les había implantado una memoria falsa. En la misma novela, Deckart llega a pensar que no hay mejor cazador de androides que uno de ellos y, en la película, hay imágenes que nos hacen dudar de que sus recuerdos le pertenezcan realmente.

Es difícil definir qué nos hace humanos. Por mucho que se empeñe Philip K. Dick, la empatía no es privativa de los hombres y, además, ni nos viene de serie ni es universal. Ponerse en el lugar de otro ser vivo que siente y desea es algo que aprendemos día a día, mediante el contacto. Esa capacidad para que nada de lo que ocurre en este mundo nos sea ajeno es sólo una posibilidad que puede materializarse o no.

Al final, lo que queda es la idea de que replicantes y seres humanos no son tan diferentes. Especialmente, cuando Roy, que ha aprendido a tener compasión, salva a su “blade runner” para que viva aquel que aún tiene vida. En su famoso parlamento mortuorio, deja dicho que el peor dolor es haber vivido para luego desvanecerse como lágrimas en la lluvia. No hay nada más humano que el dolor de la propia ausencia.

Los angeles2019

Lecturas

– Philip K. Dick, “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, Edhasa, 1981. Publicada por vez primera en 1968.

– “Blade Runner” (Ensayo colectivo), Tusquets, 1988, La película de Ridley Scott transcurre en Los Ángeles en 2019.

– Carlos García Gual, “Prometeo: mito y tragedia” Ediciones Peralta 1979.

– Román Gubern, “Máscaras de la ficción” (Los enigmas de la vida: sobre Frankenstein y Moreau), Anagrama, 2002

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