El verbo: gerundios malsonantes e infinitivos cursis

No me gustan los gerundios porque carecen de elegancia y son especialistas en poner trampas con tal de salir adelante. El gerundio ya nació con esa capacidad de conseguir que cualquiera pueda cometer una incorrección gramatical por puro despiste.

Una de las costumbres más desagradables que tiene es la de colarse como un complemento del nombre, adornado con las galas de un adjetivo, lo que queda muy bien en inglés pero en español da pena. Sólo se admite en dos casos: agua hirviendo y clavo ardiendo. Lo de la botella conteniendo agua es feo e incorrecto y frecuenta los anuncios de trabajo con ofertas como la siguiente: Se precisa contable teniendo estudios, frase que no dice nada bueno del personal de selección.

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Luego está el gerundio que pretende suplir una oración de relativo, un error tan frecuente que los gramáticos suelen referirse a él como el “gerundio del Boletín Oficial del Estado”. Un ejemplo: Aprobado un decreto limitando el uso del espacio público. Con lo fácil que es decir que limita, pero aquí nos encontramos con el lenguaje administrativo, facilón y pedestre.

Y por último -no quiero cargar con más acusaciones al pobre gerundio- está el de posterioridad, que no tiene ningún sentido porque de todos es sabido que nunca va detrás, sino que hace referencia a lo anterior o a lo simultáneo. Con frecuencia se lee en notas biográficas: Nació en Madrid, muriendo en Salamanca. Lo que significaría que falleció antes de nacer, o al mismo tiempo si cabe.

Toda esta preocupación y esfuerzo no compensa. Hay gerundios que dan lugar a situaciones equívocas porque no dejan claro quién es el sujeto: Me encontré con la vecina montando en bicicleta. Si el lector está avisado y sabe que la señora de enfrente es una respetable anciana de casi noventa años, dará por supuesto que soy yo la ciclista. Pero no tiene por qué saberlo.

Es un esfuerzo baldío usar el gerundio y preguntarse si es correcto o no porque incluso cuando está en su lugar de forma apropiada no suena bien. Un caso claro de sonoridad chirriante es la utilización del gerundio en pasiva, generalmente consecuencia de una traducción desafortunada del inglés: La oferta está siendo considerada por el cliente. Con lo fácil que es escribir: El cliente está considerando la oferta.

La voz pasiva, nada natural en español, suena extraña. En inglés es todo lo contrario y, a propósito de esta estadística, bromea Álex Grijelmo cuando dice que “será que los hispanohablantes somos gente activa por naturaleza y el pasivo lo dejamos para nuestra contabilidad”. En cambio, los angloparlantes, a los que consideramos tan emprendedores ya desde la Revolución Industrial, se muestran absolutamente pasivos al someterse sin rechistar a las condiciones y la influencias externas, al menos en el lenguaje.

El infinitivo sustantivado

Hace ya tiempo leí un artículo de Javier Marías sobre las manías y las fobias verbales de Joan Benet, que detestaba profundamente los infinitivos sustantivados. No es para menos. Siempre es preferible, por sobriedad, utilizar el sustantivo al que corresponde el verbo porque, al igual que ocurre con alimentos, siempre es mejor lo natural a lo procesado.

Es más adecuado -decía Benet, según contaba Marías- la oscilación de las ramas a el oscilar de las ramas y aquel deseo de estar vivo antes que aquel desear estar vivo. Solamente admitía una excepción, relativo a el mecerse de algo porque el sustantivo correspondiente, que debería haber sido mecimiento es mecedura, demasiado cercano a metedura y metedura sólo hay una, la de pata.

Benet puso ejemplos contra la cursilería pero a mí, infinitamente menos cultivada, el infinitivo sustantivado me recuerda eslóganes publicitarios, como aquel de el frotar se va a acabar o fragmentos de canciones, como la copla de son las cosas del querer e incluso refranes totalmente falsos como el saber no ocupa lugar.

La dificultad de los verbos

Cuando llegamos al apartado de los verbos en cualquier gramática española lo que vemos ante nosotros es una selva oscura e infinita. No puedo ni imaginarme lo que sentirá alguien cuya lengua materna no sea la nuestra. Los franceses y los italianos también se las traen con sus verbos, ya que a fin de cuentas somos primos hermanos en esto de la gramática. Hijos del latín que se hicieron mayores y ya se sabe que el abuelo tenía “mucha gramática y poca literatura”.

Verbos rusos

Afortunadamente, no heredamos las declinaciones y tampoco copiamos de los vecinos otras asombrosas dificultades, como los prefijos en los verbos rusos, especialmente en los de movimiento. Nos decía un simpático profesor de este idioma que los alemanes perdieron la última guerra porque su servicio de inteligencia no llegaba a discernir si los rusos entraban, salían, se entretenían por el camino o volvían a casa en bicicleta, en submarino o sólo regresaban un instante. En ruso hay prefijos para toda acción del ir y del devenir.

Quedamos en que los verbos rusos son muy complicados, pero nosotros también tenemos lo nuestro: verbos auxiliares (como haber y ser) y verbos copulativos, predicativos, transitivos, intransitivos, pronominales, reflexivos e impersonales. Se agrupan en tres conjugaciones, con formas no personales que son el infinitivo, el participio y el gerundio, y cuyas formas personales tienen dos modos: el indicativo con cinco tiempos simples (presente, pretérito imperfecto, pretérito, futuro y condicional) y cinco tiempos compuestos (pretérito perfecto, pretérito pluscuamperfecto, pretérito anterior, futuro perfecto y condicional perfecto). El modo subjuntivo tiene tres tiempos simples y tres compuestos. También tenemos un imperativo que, afortunadamente, sólo tiene tres personas (los demás tienen seis y con terminaciones diferentes en cada una de ellas).

Y, como en todo asunto humano, tenemos verbos irregulares, que se comportan un poco a su aire. Y voz activa y voz pasiva. En fin, un sin número de posibilidades que cuando se es estudiante de bachillerato convierte la asignatura de Lengua en una pesadilla y cuando uno se ha hecho mayor llega al convencimiento de que hay que orientarse por el sonido. Generalmente no falla: si suena bien es que es correcto. Y si hay dudas, conviene un repaso.

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