“El peregrino”, observación apasionada del vuelo del halcón

Halcon libro
J.A.Baker, “El peregrino”

Ave viajera y cosmopolita, la más veloz y letal de las rapaces, fue durante diez años la obsesión de J.A. Baker, un habitante del condado de Essex (Inglaterra), aficionado a la observación de los pájaros y fascinado por la potencia y la gracia del vuelo del halcón. Un día de diciembre vio su primer peregrino en el estuario. De su presencia le avisaron correlimos, que echaron a volar, pinzones que huían espantados y zorzales que gritaban su alarma y, durante diez inviernos anduvo buscando “esa brillantez efusiva, la pasión y la violencia súbitas que los peregrinos arrebatan al cielo”.

Diez años en busca del grial condensados en uno solo constituyen la materia del libro, en el que registra en forma de diario las observaciones realizadas en el periodo de migración de la especie, que va de octubre a abril. Publicado en 1967, cuando el peregrino se había convertido en una especie en peligro de extinción debido a los pesticidas y a la ausencia de presas, castigadas por la caza del hombre, es además de un relato de extrema belleza, una llamada de auxilio para librar a esta maravillosa criatura de la aniquilación total.

El área de observación del autor mide unos treinta kilómetros de este a oeste y quince de norte a sur y, formado por un valle y el estuario del río, era el territorio de caza de al menos dos peregrinos cada invierno, a veces de tres o cuatro, procedentes de Escandinavia. Baker los observó a pie, en bicicleta, saltando vallas y zigzagueando caminos, provisto de unos prismáticos y, probablemente, de un cuaderno de notas.

Apasionado por la majestuosidad de su vuelo y la eficacia de su caza, el autor no pretende justificar su sangrienta actividad por innecesario: el mundo de la naturaleza está gobernado por la ananké, la inevitabilidad, la compulsión y la necesidad. La matanza es cruel, pero también la del zorzal devorador de gusanos y verdugo de caracoles. La muerte les sustenta”, aunque es el hombre quien la lleva encima como escarcha imposible de arrancar. Nada hay peor que el miedo al hombre para una criatura salvaje, ni siquiera el dolor ni tampoco la muerte. El peregrino nunca caza en territorio del hombre y es capaz de distinguir si va armado o no. Muchos han muerto por los disparos de sus escopetas.

El halcón peregrino persigue y mata pájaros en vuelo. Su forma aerodinámica -de cabeza pequeña, ancho pecho y estrecha cola en cuña- le permite alcanzar velocidades que superan los 300 kilómetros por hora en picado. Sus patas, gruesas y musculosas, y sus fuertes garras le permiten transportar víctimas que igualan e incluso superan su propio peso. En la mandíbula superior posee un diente que encaja con una muesca de la inferior y que puede insertar en las vértebras cervicales de un pájaro y procurarle así una muerte piadosa por su inmediatez.

Halcón bosque

Hieráticos y heráldicos miran desde arriba el mundo de sus presas y escudriñan sin cesar el cielo y la tierra con rápidos y abruptos giros de cabeza. Detectan todo lo que hay en movimiento y, cuando vuelan, todos esos puntos móviles se dilatan y se contraen sucesivamente favoreciendo un escenario de pulsaciones incesantes. En las ramas de los árboles, rígidos y erguidos, se confunden con el tronco nudoso del que parecen brotar.

En las páginas de su diario, Baker anota las impresiones que le produce el vuelo del peregrino, sus giros y desvíos, sus alas de plata relampagueando en el cielo y su ascenso errático de ciento cincuenta metros en apenas un minuto y aparentemente sin esfuerzo. Vistas desde la tierra, las alas parecen plegarse y estirarse con un ritmo ininterrumpido e hipnótico; acelera pero el aleteo es tan débil que da la impresión de planear; después empieza a trazar círculos a gran velocidad dibujando intrincados ochos; cobra altura y vuelve a bajar; encuentra una térmica y asciende en espiral hasta una altura tan remota que apenas se le ve; sobrevuela hacia el horizonte y de golpe se lo traga la distancia.

Antes de la caza, está el juego: finta con perdices, acosa a grajillas y avefrías o entabla persecuciones con cuervos. Zorzales, gaviotas reidoras y chorlitos dorados se dispersan azuzados por el pánico cuando son conscientes de la presencia del peregrino. Las bandadas se alzan al cielo, apretadas y en círculos, hacia la cresta de la colina. Y el halcón se lanza en picado sobre el campo, planea veloz sobre las sendas y circula por entre los árboles, “barriendo el borde del cielo con una sierra de clavadas, rebotes y ascensos”. De repente, el juego se suspende y, sin aviso previo, mata. Sube rápido, traza un arco y se lanza entre grupos de palomas. Una de ellas cae muerta, “atónita como un hombre que cae de un árbol”. En unos instantes todo se ha resuelto.

El ataque es tan rápido que el ojo humano apenas distingue. Ve una sombra borrosa detrás del arrendajo que vacila, se tambalea en el aire y cae desequilibrado. Ya en tierra se aprecia el cuerpo de la víctima, inmóvil, y al peregrino que se la lleva entre sus garras o se la come allí mismo, tras desplumarla. Baker, el observador de aves, lo ve en ocasiones abatirse sobre la presa, pero muchas veces sólo llega a apreciar los restos de sus presas, de las que sólo cabeza y alas dejan constancia. “La carnicería está hecha con primor”, comenta.

Levantar la caza, ésa es una de las técnicas del halcón. Aunque el observador no le distinga todavía, sabe que está ahí por la inquietud de los chorlitos, los remolinos de las gaviotas, por el vuelo perturbado de las palomas, el crescendo de graznidos de grajillas en fuga y la expectación en los ojos de cientos de pájaros que miran atentos al cielo. Cunde el pánico y se forma un laberinto de aves en ascenso y sobre todas ellas, el peregrino, cuyo vuelo hace “revivir la tierra quieta conjurando bandadas enteras de aves”.

halcon ancho

El peregrino pesa entre setecientos y mil doscientos gramos. A los pájaros pequeños y ligeros los aferra con las garras extendidas y sobre los más grandes y pesados se abate desde arriba y a menudo los golpea contra el suelo. El picado sirve para aumentar la velocidad con que se hace el contacto y faisanes y gaviotas pueden sucumbir a ataques con 150 metros de caída. Pero también caza en el suelo, planeando casi a ras, sin apenas movimiento de las alas, en silencio, para atacar a la presa sorprendida, que apenas tiene tiempo para alzar el vuelo.

Baker, el observador de aves, sigue al peregrino, para “compartir el miedo, la exaltación y el aburrimiento de la vida de caza”. Busca observar el ataque del halcón para experimentar el “goce vicario del cazador sin culpa que sólo mata a través de un criado y deja que se alimente”, un goce que nace del entusiasmo por la libertad que transmite el halcón cuando vuela y cuando mata, dueño de su destino y ajeno a cualquier atadura o imposición por parte del hombre.

También hace referencia al pánico de las aves y reflexiona sobre el miedo en los hombres: Tal vez el hombre sería más tolerante, menos irritable y engreído, si tuviera más miedo. No digo miedo a lo intangible, la asfixia del introvertido, sino miedo físico, el sudor frío de miedo por la propia vida, miedo a la amenaza de la bestia oculta, inminente, erizada, de fauces atroces, ávida de nuestra sangre salada y caliente”.

La observación del peregrino comenzó en octubre: llega diciembre y el frío tras la puesta de sol y el silencio. Los animales vuelan o corren sobre los campos helados y sus “corazones frágiles se ahogan en la garra implacable de la escarcha”. Ha llegado la nieve y es difícil esconderse. Nada se oculta a la vista implacable del peregrino pero cada vez hay menos piezas que cobrar. Las presas se han reducido y no hay correlimos de quitina dorada ni archibebes gritones y vehementes ni lánguidas garzas ni zorzales de ojos vivaces y rostros feroces; ya no se escucha el reclamo triste del chorlito gris ni la tosca queja de la agachadiza. Solo quedan dos de las cientos de alondras que habitaban el valle en el otoño, una cincuentena de palomas torcaces y la mitad de las ruidosas grajillas que alborotaban en taludes y árboles huecos.

El peregrino sigue cazando y el observador descubre restos de algunas presas: “No hay nada más hermosa, más abundantemente rojo que la sangre que fluye sobre la nieve. Qué raro que el ojo pueda amar lo que la mente y el cuerpo odian”.

Halcon y presa

Los meses se suceden: la nieve comienza a retroceder en febrero y regresan los arrendajos, los zorzales reales se multiplican y trinan gorriones y alondras. Vuelven a correr los arroyos. Y llega abril y el halcón siente la llamada del norte. El observador tiene que despedirse. Aunque nunca es suficiente, ha podido observar la gloria del peregrino volando en el viento y la borrasca, lanzándose en picado sobre una presa en la nieve y planeando en un cielo tibio de primavera. En abril, el último peregrino deja el valle, en posesión de la libertad.

Reseña del libro de  John Alec Baker, El peregrino, Sigilo, 2016



 

 

 

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