Los dos viajes del Argos

Apolonio de rodas las argonáuticas

La leyenda cuenta cómo Jasón, hijo de Esón, partió con una tripulación de cincuenta héroes en una embarcación de cincuenta remos llamada Argos para hacerse con el vellocino de oro de la Cólquide, región situada en el extremo oriental del Mar Negro, y volvió navegando por los largos ríos de Europa, bordeando Italia y Libia hasta regresar a Yolcos, la tierra en que quería reinar, situada en la costa de Tesalia.

Se trata de una historia muy antigua que fue modificándose a lo largo de los siglos. Sobre una base de cuentos populares, en los que tradicionalmente existen madrastras sin sentimientos, crueles reyezuelos, princesas que han de ser salvadas, dragones que vigilan el tesoro y nunca duermen, compañeros de viaje leales y extraordinarios y héroes en busca de gloria, se crearon diferentes versiones de un mito surgido en la Edad del Bronce.

La narración de Apolonio de Rodas pertenece al siglo III a.e.c., quinientos años después de la composición escrita de la obra homérica, con elementos nuevos de los que carecen las historias más antiguas y un conocimiento menos extravagante de la geografía cercana: la Cólquide aparece en la epopeya helenística del director de la Biblioteca de Alejandría como una tierra real, reemplazando la región del nunca jamás cuyo nombre se desconoce, como destino de la búsqueda del vellocino. Era, simplemente, “el país de Eetes”, el nombre del tirano.

El Argo es la primera nave que tiene un nombre propio y el poder del habla porque Atenea la proveyó de un madero oracular en su proa, procedente del roble sagrado de Zeus en Dodona. Construida con madera del cercano monte Pelión en el puerto de Págasas, era el mayor barco que surcara los mares griegos y su prestigio era tal que el mismo Homero habla de ella en estos términos por boca de Circe: La surcadora del alto mar … la celebrada por todos en sus cantos”.

Jasón convocó a los principales héroes de toda Grecia para que le acompañaran en el viaje, remeros que fueron los padres de los otros héroes que intervinieron después en la guerra de Troya. Ulises los conoce, no hace falta que Circe se lo recuerde. Con ellos comienza la expedición por tierras de los tiempos prehoméricos que Apolonio de Rodas recupera a través de extensas lecturas que avalan su narración.

El viaje de ida de los argonautas sigue una ruta conocida y demostrable. Tras dejar el puerto de Yolco y bordear el cabo Sépia, costearon el norte de Tesalia y la Calcídica y pusieron proa al mar abierto, hacia la isla de Lemnos, en la que no vivía ningún hombre porque todos habían sido asesinados a manos de sus mujeres que, despreciadas y expulsadas de sus casas, malvivían mendigando porque ellos las habían sustituido en sus lechos y en sus afectos por cautivas de Tracia. Se rebelaron y mataron a todos los varones de Lemnos pero Hipsípila, su reina, propuso que los argonautas vivieran con ellas para protegerlas de los tracios o de otros invasores.

Los argonautas no se negaron y vivieron con ellas un año -Jasón tuvo dos hijos con Hipsípila- hasta que Heracles, que había permanecido en el barco, perdió la paciencia y les obligó a reemprender el viaje. Cruzaron el estrecho del Helesponto (allí donde cayó Heles cuando viajaba a lomos del carnero de oro y que hoy recibe el nombre de Dardanelos), que comunica el mar Egeo con el de Mármara. Hicieron una parada en la orilla asiática de la Propóntide (mar de Mármara) y disfrutaron de la hospitalidad del rey de los doliones, Cícico, episodio que acabó en tragedia por una confusión guerrera en una oscura noche en la que los argonautas confundieron a los anfitriones con los Hijos de la Tierra, gigantes de seis brazos que vivían en la montaña.

Argonautas viaje

Más allá de la orilla sur de la Propóntide, el Argos recaló en la tierra de los misios y es aquí donde el compañero inseparable de Heracles, Hilas, fue raptado por la ninfa de un manantial que quedó tan prendada de él que le arrastró al agua para retenerlo. Heracles y Polifemo fueron a buscarlo y aquí se acaba la intervención de ambos en las aventuras del vellocino porque el barco partió sin ellos. Nunca encontraron a Hilas y, desde entonces, las gentes de la región cumplen el juramento que hicieron a Heracles y todos los años, durante el festival, ofrecen sacrificios en el manantial de la desaparición y recorren las montañas gritando el nombre del amante de la ninfa y amigo del héroe sin esperanza de hallarle.

Antes de dejar la Propóntide, los argonautas visitaron la tierra de los bébrices, que vivían en la región de Calcedón, cerca de la entrada sur al Bósforo. Su dirigente, Amico, era una persona violenta y agresiva que obligaba a los extranjeros de paso a boxear contra él y los mataba en la pelea. Polideuces, uno de los Dioscuros, tripulante del Argos, era un experimentado púgil y en la lucha le destrozó el cráneo. Los bébrices, nada deportivos, se abalanzaron sobre los argonautas con garrotes y lanzas pero todos ellos fueron aniquilados.

Una tempestad llevó al Argos a la orilla europea del estrecho, donde residía el adivino Fineo, ciego y sumido en la inanición por la persecución de las Harpías, aves carroñeras con rostro de mujer que se lanzaban en picado sobre su comida y dejaban tras ellas un olor nauseabundo que le impedían ingerir los restos. Los alados hijos de Bóreas, que viajaban como tripulantes del barco, vencen a las Harpías, que regresan a su cubil en Creta, y a cambio Fineo les aconseja cómo sobrevivir a las Simplégades, dos inmensas rocas que se elevaban en el extremo norte del Bósforo y chocaban entre sí con tal violencia que aplastaban cualquier cosa que pillaran en medio. Los argonautas consiguen escabullirse por el hueco, gracias al adivino y, naturalmente, a la diosa Atenea que les protege.

Navegaron más allá del país de las amazonas y del de los cálibes, forjadores de hierro. Ante los argonautas se alzó la cordillera del Cáucaso y entraron en la desembocadura del río Fasis, que riega la Cólquide, en el extremo oriental del Mar Negro y que hoy recibe el nombre de Georgia. Es aquí donde tiene lugar el encuentro con Medea que, enamorada hasta la locura de Jasón le ayuda a robar el vellocino de oro que vigilan dos dragones. El problema está en la huida de la corte de Eetes porque la flota cólquida se empeña en cortarles el paso y no pueden regresar por donde han venido. Además, el adivino Fineo les aconsejó vivamente que no tomaran la misma ruta.

Argo reproduccion barco

El camino de regreso no tiene la precisión del viaje de ida. Existía una larga tradición que hacía volver a los argonautas por rutas fluviales de la Europa interior, en gran parte míticas, y por el Océano, entendido a la manera homérica, es decir, como un gran río que circundaba la tierra, una geografía totalmente fantasiosa. Los nuevos conocimientos trajeron nuevas soluciones, aunque no fueran las acertadas: rutas nórdicas por el río Don y por el Danubio con extravagantes conexiones entre el Danubio y el Adriático y entre el Po y el Ródano.

Según Apolonio de Rodas, después de dejar el río Fasis, los Argonautas navegaron hacia el oeste, pero la flota de los colcos se interpuso y se produjo el asesinato del hermano de Medea, Apsirto, mediante engaños. La madera parlante del Argos les avisó del enfado de Zeus y les aconsejó que purgaran sus delitos ante Circe, que habitaba una isla frente a la costa oeste de Italia. Para llegar a ella, subieron por un afluente lateral del Danubio, remontaron el Po (Erídano) y descendieron por el Ródano. Consiguieron llegar al Mediterráneo y recalaron en las Estoicades (al oeste de Toulon) y después en Aitalia (Elba) y, finalmente, se sometieron a los ritos de purificación en Eea, la isla de Circe, abuela de Medea.

Desde la visita a Circe, Jasón sigue un itinerario parecido al de Ulises y se enfrenta a peligros similares: las sirenas que arrastran con su canto a los marineros; la “escarpada peña” de Escila, la ruidosa violencia” de Caribdis, en el estrecho de Mesina; las Rocas Errantes (una modalidad diferente de las Simplégades); la visita a los feacios que ya tenían por rey a Alcínoo, el mismo que recibió a Ulises una generación más tarde, en la isla de Corcira (Corfú), y que apuesta por salvar a Medea de los colcos que aún persiguen al Argos.

Después de dejar la isla al séptimo día, los argonautas se dispusieron a entrar en el Peloponeso pero una violenta tempestad les llevó a embarrancar en la costa desierta de Libia. Levantaron el barco sobre sus hombros y lo cargaron durante doce días y doce noches hasta que llegaron al lago Tritónide. En el camino, vencieron a las serpientes venenosas que surgieron de la sangre que goteó de la cabeza de la Gorgona mientras Perseo sobrevolaba con ella el norte de África.

Llegaron por fin a mar abierto y prosiguieron la ruta hacia el este de la costa africana. Divisaron Creta, donde Talo, un enorme hombre de bronce que Hefesto había construido y regalado a Minos, vigilaba la isla corriendo por sus orillas tres veces al día y repelía a los visitantes arrojando rocas a sus barcos. Continuaron hacia el norte hacia las islas del Egeo; cruzaron los estrechos entre Eubea y la Grecia central y alcanzaron el puerto de Pagasas, en Yolcos. Habían regresado.

Si la Iliada recoge arcaicos temores de la época, entre 1.400 y 1.200 a.e.c, en que Cnossos fui destruida, así como Pilos y Yolcos, Micenas y Troya, la Odisea refleja el mundo de los supervivientes, que “vagan por la faz de la tierra como piratas o mendigos” tras las invasiones dorias, como señala Steiner, los argonautas pertenecerían a un momento anterior, en el que barcos micénicos comerciaban con lujosos productos, como alfarería y espadas, a cambio de pescado secado al sol del ubérrimo mar Negro, antes de que comenzara el sitio de Ilión. Los argonautas, en el comienzo de su viaje, tuvieron que navegar de noche para eludir la vigilancia del rey Laomedonte de Troya, que guardaba la entrada del Helesponto y no permitía a las naves griegas que cruzaran el estrecho y pudieran comerciar en su zona de influencia.

Cuando desaparecieron los reinos micénicos y en su lugar se formaron pequeñas ciudades estado, los barcos volvieron y hacia el siglo VIII a.e.c. los griegos de Jonia fundaron colonias costeras todo el litoral del mar Negro. Su principal negocio seguía siendo el pescado y después se amplió al comercio del trigo de los escitas que habitaban las estepas. En los tiempos homéricos, cuenta Estrabón en su ‘Geografía’, el mar no era navegable y se denominaba “Axenos”, es decir, inhóspito, a causa de su fuertes tormentas y la ferocidad de las tribus que habitaban sus costas, pero después, cuando los jonios fundaron ciudades en ellas, se denominó “Euxinos”, que significa bueno, hospitalario.

Roma heredó estas colonias y también la idea de que sus habitantes eran bárbaros, rudos y salvajes. Allí, en Tomis, donde se supone que murió Apsirto a manos de Jasón y Medea y fue destruida la flota cólquida, llegó como exiliado el poeta Ovidio, que cantó su desesperación y su soledad en lugares que, si no lo eran, se acercaban bastante a los confines de la tierra.

Lecturas

– Apolonio de Rodas, ‘Las Argonáuticas’, Edición y traducción de Máximo Brioso, Ediciones Cátedra, 1986

– Neal Ascherson, ‘El mar Negro’, Tusquets, 2001

– Robert Graves, ‘Los mitos griegos’, RBA, 2005

– George Steiner, ‘Homero y los eruditos’, 1962

– Robin Hard, ‘La gesta de los héroes’, La Esfera de los Libros, 2008

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