“El Expreso de Oriente”, el tiempo irrecuperable, de G. Von Rezzori

Llegada9

El presentimiento de la cercanía de la muerte más que la edad, sesenta y cinco años, le lleva a abandonar sus negocios, su casa en Nueva York, a su mujer y a sus amigos, para replantearse, como en una “novela barata” el sentido de la vida. Realiza un viaje alrededor del mundo para reflexionar sobre su existencia, o la existencia en general, y al final encontrarse consigo mismo. Como en la mala literatura, “se le habían abierto los ojos acerca de la indiferencia vergonzosa con que había aceptado vivir una existencia absurda” y por eso se había embarcado en un viaje más absurdo todavía, un viaje para revivir un tiempo irrecuperable.

Tras cuatro semanas de viaje por otros continentes, recala en Europa, su lugar de origen, donde empezó todo al menos para él y donde transcurrieron su niñez y su juventud. En el hotel de Venecia donde se hospeda recoge un folleto turístico sobre la inauguración del legendario Expreso de Simplón en el tramo de Londres a Venecia, con el nombre del antiguo Expreso de Oriente. El tren de lujo más famoso del mundo, que ofrecía un viaje de ensueño, el tren de monarcas coronados y sin coronar de los Balcanes, el de los aristócratas y los burgueses podridos de dinero y el de los aventureros.

Sus días de gloria transcurrieron en los años treinta, justo cuando el protagonista y narrador de esta historia era estudiante en Oxford y hacía el viaje entre Londres y su localidad natal, Braila, a orillas del Mar Negro, varias veces todos los años. Con la guerra y aún después, el tren fue perdiendo trayectos y su espíritu se fue desvaneciendo, pese a los intentos de reanimación, como éste, en los años ochenta, cuyo reclamo aparecía en el folleto del hotel veneciano. Nuestro pasajero, así le llamaremos a partir de ahora, decide embarcarse en esta nueva versión del Expreso de Oriente con la idea de resucitar el espíritu de una época desaparecida, que en su recuerdo era una época de fábula, posiblemente porque entonces era joven, no porque los años de entreguerras fueran los más felices de la historia.

Era una época de contrastes, de fanatismo y apatía, de expectación ante un futuro prometedor y la amenaza apocalíptica, a la que finalmente se cedió. Y el pasajero, en aquellos tiempos de desidia y de frenética actividad, se aferró a lo estético, al hedonismo, simulando un afectado cansancio de la vida y un afán de autodestrucción, propio de la juventud de esa época, que quedó en mera apariencia. Después se dedicó a los negocios y, aunque cierta conciencia de culpa asomaba de vez en cuando a la superficie, pudo continuar sin mayores sobresaltos una vida que, ahora, ante la obsesión de una fulminante desaparición, le parecía errada de raíz.

Alberga un sentimiento de culpa que va más allá de lo individual: de la materialización del mundo y de la impiedad de occidente. Se le revela un contraste inmenso entre la dignidad y la perfección del pasado y la fría barbarie de la civilización actual, que él llama americanismo. Y, por encima de toda esta técnica sin alma, el reconocimiento de que algo fundamental ha desaparecido del mundo: la creencia de que existe todavía un futuro mejor que el presente.

Pero el viaje desde Venecia a Calais en el “tren de ensueño” no le trae un recuerdo amable de aquel pasado que había sido la época de su juventud y cuyo estilo reciclado se había puesto de moda en el presente. Recuerda, por la noche, en la litera de su compartimiento, a la mujer del turbante de seda que lo había seducido cincuenta años atrás en el vagón restaurante del Expreso de Oriente de antaño y cómo le asaltó un auténtico terror ante el cuerpo semidesnudo de una mujer que, en aquel momento, le pareció “vieja como las Moiras y repulsiva” por su sexualidad desbocada y “sus besos caníbales”.

En los acolchados del Expreso de Oriente anidaban ya las chinches. Los privilegiados, los nobles, los estilos de vida exquisitos tocaban a su fin. Ya no viajaban príncipes auténticos en los vagones lujosos y sobre Europa se cernía una catástrofe inconmensurable y una pérdida irreparable: la inocencia, que todos y no sólo él, habían echado a perder.

Pero no es sólo la desaparición de una época, que tampoco fue tan gloriosa, lo que inquieta al pasajero, sino la pérdida de la juventud, la conciencia de que ya no puede volver a tener por delante todas las oportunidades y que posiblemente las haya desperdiciado. Ahora, pasados los sesenta, hace balance y concluye que su vida no ha tenido el sentido que él esperaba, aunque el sentido de una vida sea simplemente vivirla. Y ahora sabe también que nunca el tiempo pasado fue mejor.

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El Expreso de Oriente” no es una novela muy conocida de Gregor von Rezzori, pero en ella están presentes las inquietudes y la actitud ante la vida de este escritor de lengua alemana que siempre se ha sentido como un extranjero. Es una de sus últimas obras, publicada en 1986, y en ella se aprecia menos ironía, un pesimismo existencial y un mayor escepticismo ante el arte que en las anteriores. Siendo como es, un autor que mezcla biografía e imaginación, no podía dejar de traslucir, con más de setenta años, que la vejez conlleva un extrañamiento del propio cuerpo y, sobre todo, de los recuerdos y de la nostalgia. Von Rezzori nació en 1914 en la Bucovina, justo en la vigilia del fin de un mundo, el del imperio habsbúrgico; se convirtió en ciudadano rumano a los cuatro años y después, apátrida, siempre extranjero.

Elige el Expreso de Oriente como símbolo de una época, medio grotesca medio heroica, y su deriva a la inanidad. Recordemos que en 2009 (Rezzori ya no estaba entre los vivos) el Orient Express realizó su último viaje porque no podía competir con los vuelos baratos y los trenes de alta velocidad. No hay metáfora más lúcida para describir la angustia de Rezzori y su pesimismo ante lo que llama invasión americanista, mezcla de conocimiento técnico, vulgaridad cultural y prisas.

– Gregor von Rezzori, El Expreso de Oriente, Ediciones B, 1992.

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One response to ““El Expreso de Oriente”, el tiempo irrecuperable, de G. Von Rezzori

  1. Rezzori no es el único que se ha preguntado sobre el sentido de su vida, el problema es que es una pregunta que siempre se hace a posteriori, cuando ya ha sido vivida, cuando ya no valen componendas, porque la vida consiste simplemente en vivir, y arrepentirse luego es hacer trampas.
    En esto de vivir no se admiten devoluciones.

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