Leyendas de resurrección: la Cacería Salvaje y la Santa Compaña

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Muertos que resucitan para cumplir una promesa, para satisfacer una venganza, para recordar que han sido víctimas y el culpable aún no ha pagado su deuda, para dar testimonio sobre un crimen o de la venta de una propiedad o para avisar a los vivos de que muy pronto reposarán bajo una lápida. De todo hay en los cuentos de vieja y las leyendas populares que tanto han fascinado a lo largo de cientos de años. Algunos se han transformado, han tomado elementos modernos, han sido recreados en la literatura y en el cine hasta hacerse irreconocibles, pero todos siguen explotando esa fibra sensible que nos es tan común: el terror que produce lo que hay más allá de la muerte.

La creencia en aparecidos, larvas, sombras, espectros y muertos insepultos es tan antigua como la humanidad: en varias culturas prehistóricas ya se hacían ofrendas a los fallecidos y se realizaban ritos fúnebres de apaciguamiento para que se quedaran en ese otro mundo o volvieran a él después de una visita acordada o extemporánea. De apariciones de difuntos se hacen eco el propio Homero y dramaturgos como Sófocles y en las sociedades romana y germánica se practicaban toda una serie de fórmulas y conjuros para evitar que los difuntos dejaran el lugar que les correspondía, alejados de los vivos, pero son las crónicas medievales las encargadas de recoger relatos de aparecidos; es una época en que las apariciones no son, o no parecen, un fenómeno extraordinario porque la muerte no constituía una clara frontera entre vivos y muertos.

Los fallecidos regresan como fantasmas, seres incorpóreos que atraviesan las paredes; como vampiros que sólo despiertan en la oscuridad de la noche y se alimentan de la sangre de los vivos y como cuerpos en progresiva descomposición pero que se mueven y caminan. Estos son los que más angustia producen porque se ven arrastrados por fuerzas que no controlan, dominados por un instinto de conservación imposible y sin sentido. Se nos muestran vestidos con sus ropas de vivos, exhibiendo sus rostros mutilados y exhalando la fetidez de sus órganos corrompidos.

Así son los hombres, mujeres y bestias que componen el Ejército Furioso o la Gran Cacería, una leyenda de origen germánico. Son muchas sus variantes pero lo fundamental en todas ellas es que se trata de un grupo de hombres con indumentaria de caza, a caballo y acompañados de perros rastreadores, que se lanzan como una tormenta en una desenfrenada persecución. Son cazadores muertos que presagian a quienes les es permitido observarlos o no tienen más remedio que verlos, una catástrofe, una plaga o su propia muerte y su consiguiente incorporación a la partida con objeto de expiar sus pecados o sus delitos.

Uno de los testimonios sobre la llamada también Mesnada de Hellequín fue recogida por Ordéric Vital en el siglo XI en su Historia Ecclesiastica. Aparece en 1090 en la región de Courcy un ejército formado por caminantes resucitados vestidos de negro que avanzan gimiendo junto a bestias, a los que sigue una tropa de sepultureros y a éstos varios demonios que torturan a un desgraciado atado a un tronco de árbol, que no es otro que un párroco que morirá sin haber expiado sus crímenes. Les siguen multitud de mujeres a caballo que gritan sus culpas mientras muestran sus cuerpos perforados con clavos y cabalgan sobre sillas de montar ardientes. Tras ellas aparece un grupo de monjes y clérigos ataviados de negro que portan cruces, se lamentan y suplican y, por último, un ejército de caballeros con armaduras, nobles ya fallecidos, sobre inmensos caballos negros que escupen fuego.

En estas partidas también hay vivos que van lanzando alaridos y lamentos por los tormentos que sufren y por el fuego que les quema, como nos recuerda la novela policíaca escrita por la medievalista Frédérique Audoin-Rouzeau con el seudónimo de Fred Vargas, que lleva el mismo título “El Ejército Furioso”. La Mesnada Hellequin, cuenta el detective erudito Danglard, pasa por toda Europa del Norte, por los países escandinavos, Flandes y cruza todo el norte de Francia e Inglaterra, pero siempre recorre los mismos caminos.

Una visión muy parecida a la de la Mesnada Hellequin es la recogida por el abad de Ursperg. En su Crónica dice que en 1123 y en el territorio de Worms, se vio durante varios días a multitud de gentes armadas a pie y a caballo, yendo y viniendo con gran estruendo, como si fuesen a una asamblea solemne. Marchaban todos los días hacia la hora nona a una montaña. Alguien de la vecindad y llevando consigo el signo de la cruz, se les aproximó y les conjuró en nombre de Dios que le declarasen qué significaba ese ejército y cuál era su designio.

El soldado o fantasma respondió: “No somos lo que imagináis: ni vanos fantasmas ni verdaderos soldados, sino las almas de los que han sido muertos en el mismo lugar hace mucho tiempo. Las armas y los caballos que veis son los instrumentos de nuestro suplicio, como lo han sido de nuestros pecados. Todos estamos ardiendo aunque no veáis nada en nosotros que parezca inflamado”. Sólo podían abandonar ese ejército por medio de limosnas y oraciones de los vivos.

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Una procesión semejante, pero menos belicosa y tumultuaria, se da en Galicia: son los difuntos que se levantan de sus tumbas a las doce de la noche para rondar los cementerios y las iglesias o para anunciar la muerte de alguna persona. Son la Santa Compaña, reunión de almas del Purgatorio que salen en procesión capitaneados por una persona viva que lleva la cruz y un caldero con agua bendita y que, durante el día, nada recuerda de lo ocurrido durante la noche; poco a poco va adelgazando y empalideciendo, condenado como está a procesionar noche tras noche hasta que muera o logre encontrar a otra persona y entregarle la cruz y el caldero.

Cada difunto lleva una luz que no se ve, aunque se percibe claramente el olor de la cera que arde. La comitiva tampoco es visible pero se percibe en el aire que produce su paso. Camina emitiendo rezos, cánticos fúnebres y tocando una pequeña campanilla, que los mortales no oyen; los perros aúllan y los gatos se esconden asustados. En algunos casos, la visión de la Santa Compaña anuncia la propia muerte y, en otras ocasiones, es la procesión la que se dirige a la casa de un vecino para avisarle de que va a morir.

En Castilla, la Santa Compaña se transforma en Estantigua, que viene de “hueste antigua” y poco a poco se transformó el término para designar genéricamente la aparición nocturna de un espíritu, cubierto con una capa y vestido de negro; en León se llama la hueste de ánimas y en Zamora la comitiva se reduce a una mujer sin rostro que vaga por caminos y cementerios anunciando la muerte a quien la ve.

El origen de estas leyendas podría estar en la mitología irlandesa, en la que aparecen espíritus de otro mundo que se desplazan por el aire y en las ‘banshees’ irlandesas, origen pagano de las procesiones de almas del purgatorio. Se trata de mujeres o espíritus femeninos similares a las hadas, que visten una capa que las cubre por completo, tienen los ojos enrojecidos de tanto llorar y su presencia indica que alguien va a fallecer. Se hacen notar por lo que al principio es un susurro y luego un lamento que se transforma en un grito agudo y estremecedor en el momento final. Son relatos que pueden dar miedo, incluso terror, pero su transformación por la ideología cristiana en el mundo medieval incorpora elementos de culpa, pecado, penitencia y sufrimiento que no se conocía en las leyendas célticas.

Lecturas

– Fred Vargas, El Ejército Furioso, Ediciones Siruela, 2011

-Jesús Rodríguez López, Supersticiones de Galicia, Segunda Edición de 1910, Editorial Maxtor, 2001

 

 

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One response to “Leyendas de resurrección: la Cacería Salvaje y la Santa Compaña

  1. Es un artículo precioso, algo tétrico pero entrañable. Me ha recordado a mi infancia, a las cosas que contaban las abuelas para abrir de par en par los ojos de los críos. Pero aunque pasen los años siempre nos queda un pasillo de miedo cuando se habla de estas cosas imposibles pero ciertas, absurdas pero inequívocas. Estas fuerzas capaces de atravesar sin problema la frontera entre la vida y la muerte dan cosa.
    Buen trabajo.

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