El caníbal como bárbaro, griegos vegetarianos y el buen salvaje — Historias emergentes

Ulises desembarca en la isla de los cíclopes, criaturas feroces cuyo nombre significa ‘el del ojo en forma de anillo’, un círculo concéntrico que lucían en medio de la frente. Habían olvidado el arte de la herrería que aprendieron sus antepasados y se habían convertido en pastores sin leyes ni sociedad, viviendo separados entre sí, […]

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“El entenado”, un encuentro con el Nuevo Mundo, de Juan José Saer

elentenado2El entenado es el hijastro, también el adoptado, alguien que no es verdaderamente miembro de una familia o de una tribu, pero al que se le obliga amablemente a estar en ella de forma provisional sin que se le exija compartir usos y costumbres. En la otra acepción del término, el entenado es un renacido, un “nacido después”, porque se siente como si hubiera aparecido de nuevo en el mundo tras ser abandonado por el que ya conocía y debe por tanto volver a nacer entre paisajes y gentes desconocidas.

Desde la altura de los sesenta años el entenado rememora su vida: la orfandad que le “empujó a los puertos” y cómo éstos no le bastaron y le vino “el hambre de alta mar” con la creencia o la esperanza de que al otro lado del mundo la fruta fuera más sabrosa, el sol más brillante y las gentes más amables. Los marinos contaban maravillas y en sus labios todo se mezclaba: los chinos, los indios, un nuevo mundo, las piedras preciosas, las especias, el oro, la codicia y la fábula”.

Se embarcó como grumete en la nave capitana camino de las Indias, descubiertas hacía veinte años, en un viaje por el mar infinito que duró tres meses y que le fue preparando para dejar atrás los quince años vividos y comenzar, renacer por el olvido. Con el paso de las semanas “nos alcanzó el delirio: nuestra sola convicción y nuestros meros recuerdos no eran fundamento suficiente” y “mar y cielo iban perdiendo nombre y sentido”.

La expedición llegó a una costa de playas amarillas, desiertas y rodeadas de palmeras, una región “mansa y benévola”. La bordearon y dieron con el estuario del gran río, muy probablemente el Paraná o el Río de la Plata. “Nos creíamos fundadores”, recuerda, aunque “ese espacio siempre había estado allí”. El capitán, haciendo uso de sus prerrogativas, iba tomando posesión de aguas y tierras, en las que la ausencia de hombres incrementaba la ilusión de una vida primigenia.

Desembarcaron de madrugada: once, incluido el capitán. Se internaron en la maleza y tras dos horas de marcha decidieron volver. En la playa, a la vista de los marineros que habían permanecido de guardia en las tres naves de la expedición, sus diez compañeros fueron víctimas de las flechas que silbaban desde la maleza y quedaron inmóviles sobre la arena amarilla. Sólo el grumete siguió vivo y, junto con los cadáveres de sus compañeros, fue trasladado en un viaje de dos días, primero a pie y luego en canoa, a la aldea que se convertiría en su hogar durante diez años.

La noche en que llegó, solo y en un mundo nuevo, se quedó dormido mientras lloraba. Fue olvidando paulatinamente su vida anterior: lo que vio y escuchó durante esos diez años con los colastiné ocuparían el resto de su vida y no sólo porque se convirtiera en el testigo y la memoria, sino también porque durante todo ese tiempo intentó comprender.

La misma mañana de su despertar asistió a una ceremonia sangrienta que se repetiría todos los años. Vio el troceamiento de los cadáveres, esta vez los de sus compañeros de expedición y su asamiento en las parrillas y advirtió el ansia incontrolable de la tribu por esos pedazos de carne que consumían con una avidez sorprendente y que, una vez saciado el febril deseo, se transformaba en hosquedad y melancolía. Horas después, tras beber de unas vasijas que contenían algún brebaje fermentado, se volvían locuaces, pero con un entusiasmo insano y desmesurado que se resolvía en una orgía sexual de apareamientos, en muchas ocasiones extravagantes, en la que participaba frenéticamente toda la tribu.

Lo que sucedía en esas orgías de carne y sexo no se volvía a mencionar durante el resto del año y los indios se comportaban de una forma que incluso podía calificarse de puritana: un cuidado excesivo por la higiene, una separación absoluta de sexos y una laboriosidad cotidiana por parte de todos, hombres y mujeres. Hasta que, transcurrido un año, volvía la impaciencia, la irritabilidad y el deseo irrefrenable de consumir carne humana, como si estuvieran gobernados por un maldito ciclo infernal. Partían los guerreros y regresaban con los cadáveres de los enemigos y con ellos un hombre vivo, como el grumete, al que agasajaban y luego dejaban marchar con innumerables regalos.

Imágenes que el entenado, ya anciano, se empeña en materializar sobre el papel, forzando la actividad autónoma de la memoria. Su rol en este drama fue durante años su único objeto de reflexión. Quizá él mismo fuera la página en blanco sobre la que se escribió la historia de esta tribu, una más de esa región inhóspita y una más de las que desaparecieron con la llegada de los europeos. Le quedó a él la misión de conservar su memoria e intentar explicar su existencia. Quizá por eso lo dejaron libre para volver con los suyos y contar que los colastiné eran los verdaderos hombres y que hacían aquello a lo que estaban predestinados para que el mundo siguiera existiendo.

El entenado creyó ver en el imaginario de los indios con los que convivió la duda constante e insoportable de toda existencia. “Ellos y el mundo eran una y la misma cosa, pero aún cuando daban por descontado la inexistencia de los otros, la propia no era en modo alguno irrefutable”. La mera presencia de los árboles, del río o de las cabañas no garantizaba ni su existencia ni la de la los miembros de la tribu porque todo dependía de todo. Para que ese mundo que formaban ellos y las cosas, el exterior, no se desvaneciera, debían repetir los mismos actos de una manera establecida desde el origen.

Elentenado

No se sentían orgullosos de comer cadáveres humanos. Lo hacían contra su voluntad y el deseo con que los contemplaban asarse era el de reencontrar no el sabor de algo que les era extraño, sino el de una experiencia antigua incrustada mas allá de la memoria”. Habían dejado de comerse entre sí hacía mucho tiempo y para que el mundo no se tambalease y ellos siguieran siendo ellos, sin exterior posible, se veían obligados a ingerir a los otros, que no eran hombres verdaderos, y repetir una y otra vez el mismo gesto para asegurarse de que todo seguiría igual y no se desvanecerían como una ilusión.

Eso fue lo que entendió el entenado, aunque tampoco estaba seguro de que fuera así porque el mismo idioma de los colastiné reflejaba la precariedad de su mundo y también su ambigüedad. Poseían una lengua “imprevisible y contradictoria” de manera que cuando creía haber entendido el significado de una palabra, se daba cuenta un poco más tarde, de que esa misma palabra significaba también lo contrario y muchas otras cosas más. “La misma palabra que designa la apariencia, designa lo exterior, la mentira, los eclipses, el enemigo” y revela que “todo parece y nada es”. Es una lengua que duda a cada momento, y en cada una de sus palabras, de la existencia del mundo. La duda es la esencia del pensamiento de los colastiné, esa tribu de la que nunca se supo nada, sólo su nombre.

El lenguaje lo es todo, es lo único que los hombres crean para explicarse el mundo. De la misma forma que Saer nos habla de las características de un lenguaje que explica el comportamiento de una tribu de caníbales, Borges idea un idioma para las naciones del planeta Tlön, congénitamente idealistas, para las que el mundo es una serie heterogénea de actos independientes y no un concurso de objetos en el espacio. En el hemisferio norte del planeta, la lengua carece de sustantivos y los verbos los sustituyen, en tanto que en el sur es la acumulación de los adjetivos la que los forma: en cualquier caso, no existen los objetos.

En el mundo de los colastiné, todo es precario y está a punto de desbaratarse. Su insistencia en repetir los mismos actos tiene como objeto la perdurabilidad. Con su ficción, Saer levanta un mundo diferente, una explicación diferente, En eso consiste la literatura: en presentar nuevas aristas y enfoques originales. No tiene por qué ser verdadero, mejor dicho, no tiene la obligación de someterse a verificación y en eso radica la posibilidad infinita de la ficción.

Las interpretaciones del psicoanálisis sobre el canibalismo entran en el terreno de la ficción cuando señalan que en la antropofagia se produce una tensión amor-odio, un compromiso entre el deseo de hacerse con el ser amado -el padre o la madre- mediante la ingestión y la frustración que desencadena su muerte. No son más especulativas, aunque sí menos bellas, que las que nos presenta Saer: los colastiné están obligados a consumir carne humana para expresar de forma contundente su naturaleza y para preservar su existencia y la del mundo.

Verano, lecturas ociosas

Calor, playa, vacaciones, comercios cerrados, cine de sesión de tarde, festivales de música para los muy jóvenes, todo se conjuga para un ocio obligado durante el verano. Se impone la lectura leve, el entretenimiento, precisamente cuando tenemos tiempo para disfrutar sin interrupciones de imponentes e intensas novelas. Y, sin embargo, parece que los relatos cortos o los intrascendentes son los adecuados para aligerar la canícula; a los ensayos ni acercarse.

Siempre es momento adecuado para elegir un buen libro, pero el verano tiene además las ventajas de la ausencia de prisa, de los largos atardeceres en el balcón o en una terraza que dé a la playa o al campo; un paisaje inmóvil apenas interrumpido por olas rumorosas y hojas susurrantes que ayuda a meditar sobre lo leído cuando levantamos los ojos del libro.

Este verano ha sido para mí especialmente gozoso porque he “descubierto” a un fantástico autor que no conocía: Juan José Saer. Lo escribo entre comillas porque descubrir es un verbo jactancioso y prepotente, como si fuera un mérito mío la existencia de este escritor. Todo lo contrario: ha sido la ignorancia lo que me ha impedido conocerlo durante tantos años.

Que cayera en mis manos uno de sus libros, “El entenado”, fue un golpe de suerte. Ocurrió en un repaso a la sección de novedades de una gran librería. Entre tantos abuelos que lo único que hicieron fue caerse por la ventana e iniciar un viaje absurdo a ninguna parte; asistentas sabias que digieren filosofía socrática en sus horas libres y adolescentes noruegos que en quinientas páginas soporíferas no dicen o hacen más que banalidades, di con una editorial independiente, “El Rayo Verde”, y el libro icono de Saer, con tapa dura y la incógnita del propio título. Un hallazgo.

Juan José Saer es un escritor argentino y, como muchos de ellos excepcional, tal vez por lo que él mismo dice de sus compatriotas: que residir en la periferia de Occidente facilita la perspectiva y la innovación. El folklore literario argentino está hecho de “multitudes sin patria, de inmigrantes, de prófugos, de abandonados”, que venían de otros idiomas. George Steiner llama la atención sobre estos escritores limítrofes y se pregunta por qué son ellos -los irlandeses respecto al Reino Unido como Joyce o los rusos desnaturalizados como Nabokov- quienes marcan el nuevo rumbo.

En el arrabal de Occidente que pudiera ser el pueblito de Serodino, en Santa Fe, nació Saer en 1937, hijo de emigrantes sirios, y en el 68 se marchó a París, donde murió, en 2005. Doblemente desnaturalizado: en Argentina y luego en Francia. Uno se pregunta si es tan bueno precisamente por eso, porque la literatura no conoce más patria que la propia lengua y vivir exiliado, voluntariamente o no, excita los mecanismos literarios hacia la creación perfecta.

El idioma español en manos de Saer es brillante, meticuloso, nuevo y exigente. No se puede leer con prisas sino deleitándose en el detalle, primordial en su prosa; no se trata de llegar al final lo antes posible, sino todo lo contrario: es preciso demorarse en una frase, en un giro paradójico, en la respiración y en el tempo, en un vocablo ajustado o, incluso, en la búsqueda del origen de un término desconocido. Por eso es una lectura adecuada al verano, cuando hay tiempo para el ocio de leer.

Terminé “El entenado” hace unos días. Ahora me empeño en “La ocasión”, que narra la huida de un ocultista que considera la materia como un “residuo excremencial del espíritu” y se cree perseguido por un grupo de fanáticos positivistas de París. Genial.

‘El placer del viajero’, Ian McEwan

Si el autor fuera otro podríamos creer lo que dice, pero al tratarse del desaprensivo Ian McEwan, aficionado a llevar la contraria y a simular lo que no es, hay que deducir del título que el viajero no experimenta ninguna satisfacción y que es una frase irónica, cuando no sarcástica. La cita inicial, de Cesare Pavese, lo confirma. Dice el italiano que que “los viajes son una brutalidad” porque “le obligan a uno a confiar en extraños y a perder de vista toda la comodidad familiar de la casa y los amigos”. Si sólo fuera eso: una serie de calamidades incómodas que se ciernen sobre aquel que abandona su hogar: trenes que no llegan, aviones que no despegan, hoteles de cuarta e indeseables compañeros de viaje.

Pero no es de la incomodidad de los desplazamientos ni tampoco es un rosario de quejas de un turista a la agencia de viajes. En primer lugar porque el relato sucede en Venecia, aunque nunca se la nombre, y ya se sabe que en esta ciudad del Adriático nada es lo que parece y, pese a que la publicidad incide en el romanticismo almibarado de los canales y de su travesía en góndola, nuestra conciencia más sabia nos dice que es Tánatos y no Eros el dueño de la laguna y que esas embarcaciones negras son más féretros que ensueños de enamorados.

Colin y Mary, una pareja de británicos que han cumplido siete años de relación, pasan sus vacaciones en Venecia, tal vez para recuperar la chispa de la pasión. Se instalan en un hotel, pasean, visitan, se sienten obligados a cumplir su papel de turistas … y se aburren, pero sobre todo se pierden cuando salen ya de noche a patear las calles en busca de restaurantes que nunca encuentran.

Las señales aparecen por todas partes, pero ellos no parecen darse cuenta: un cliente del hotel entona La Flauta Mágica bajo la ducha, lo que nos recuerda el secuestro de Pamina en los dominios de la Reina de la Noche y las complicadas relaciones entre hombres y mujeres, un tema recurrente en la obra de Ian McEwan y que en esta ocasión adquiere tintes sombríos y dramáticos.

Una noche salen más tarde de lo acostumbrado, no encuentran nada abierto y se vuelven a perder, como casi siempre, pero esta vez desembocan en una calleja oscura solitaria de la que surge de improviso, iluminado por una triste farola, un individuo achaparrado, vestido con una camisa negra muy ajustada y medio transparente, desabrochada hasta casi la cintura; en la uve que deja al descubierto cuelga una cadena de oro de la que pende como adorno una hoja de afeitar. Les corta el paso y consigue llevarlos a un bar, donde pasan varias horas bebiendo y escuchando a su nuevo amigo, felices porque creen que han dado con lo auténtico, no frecuentado por turistas.

Cuando dejan el bar vuelven a perderse y acaban durmiendo en el muelle frente a la isla cementerio, la isla de San Michele, que el narrador no nombra como no lo hace con ninguno de los lugares emblemáticos de Venecia. Consiguen llegar a la plaza de San Marcos, donde gobierna la barahúnda de orquestinas y el ruido de los pasos y conversaciones de centenares de turistas. Exhaustos de cansancio, hambre y sed, consiguen un asiento en una de las terrazas, pero los camareros no les atienden o lo hacen sin ninguna consideración. Robert, el misterioso italiano que conocieron la noche anterior, vuelve a rescatarlos, pero esta vez ha abandonado su aspecto de proxeneta, y se presenta con un traje blanco de buen corte, una corbata de seda gris pálido y unas elegantes gafas de sol. Les promete descanso y comida y ellos, hipnotizados, se dejan llevar a su casa. Horas después despiertan en una habitación de paredes blancas y escrupulosamente ordenada, pero sin su ropa.

Desde el primer encuentro con el italiano han pasado veinticuatro horas y lo ocurrido parece más una pesadilla, como las que Claire y Colin intercambian cada mañana en el balcón de su habitación en el hotel, que una experiencia real. La atmósfera sofocante, las sombras nocturnas, la bruma del amanecer, el amarillo anaranjado de la puesta de sol, junto a la sed, la falta de sueño, el hambre y las calles que se suceden unas a otras sin solución de continuidad porque no hay coches ante los que ceder el paso, sólo canales; todo contribuye a conformar una experiencia irreal, onírica.

Robert les había estado espiando, había tejido una red a su alrededor y actuado como una araña a la espera de sus víctimas. Hay algo en él, pese a que su descripción física no se asemeja lo más mínimo, que recuerda al gondolero que recibe a Aschenbach y pretende llevarlo a toda costa al Lido en ‘La muerte en Venecia’. Es solamente una asociación relacionada con el clima fantasmal que rodea algunas situaciones, común en ambos relatos, pero en tanto que el protagonista de Mann se rebela y obliga al piloto a dirigirse adónde él quiere, Colin y Mary carecen absolutamente de voluntad y siguen a pies juntillas el plan diseñado por Robert y su esposa, Caroline.

Desde el encuentro pasan varios días. Colin y Mary parecen felices, pero un tarde, al volver de la playa del Lido acaban en de nuevo ante el embarcadero del hospital, frente a la isla de los muertos, y unos pasos más, a la vivienda de sus recientes amigos, donde Caroline asomada al balcón, les invita a subir.

El lector sabe lo mismo que saben los dos turistas pero adivina que el desenlace no va a ser agradable. Dan ganas de gritarles, decirles que despierten, que están en peligro, de aconsejarles que huyan, que no salgan de su hotel o que tomen el primer avión y abandonen Venecia. Pero al mismo tiempo, el lector sabe que el destino tiene que cumplirse y que el relato no sería perfecto si no ocurriera lo que tiene que ocurrir.

Venecia, un turbio pasado — Historias emergentes

Ciudad melancólica que arrastra pesares antiguos, dice Jan Morris, su mejor biógrafo. Todo empezó cuando las islas de la laguna se convirtieron en refugio de las invasiones bárbaras; cuando, aún envueltas en la bruma de los mitos y de la malaria, acogieron a sus nuevos habitantes que, desposeídos de todo en su huida, fundaron aldeas, […]

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“Las antípodas y el siglo”, de Ignacio Padilla

classantipodasEl Marco Polo de Italo Calvino veía en cada ciudad que describía al Gran Kan la esencia de una ciudad única,Venecia, a la que su corazón y una nostalgia irrazonable, le hicieron volver: la veía en las ciudades araña, en las sutiles del aire y en las del agua e incluso en las que aún no habían sido.

Donald Campbell, un ingeniero escocés, quiso seguir las huellas de Marco Polo, se perdió en las arenas del desierto y una patrulla de guardias tibetanos le dejaron malherido e inconsciente en medio de la nada. Le recogió y atendió un grupo de kirguises, nómadas del desierto, que le rescataron de la muerte e hicieron de él su profeta.

Amaba su ciudad natal, Edimburgo, tal vez más de lo que Marco Polo amaba la suya, Venecia. Para poder volver negó su presente, olvidó los días en que estuvo al borde de la muerte y creó una realidad alternativa en la que su rescate en el tórrido desierto del Gobi fue obra de un batallón de granaderos y en la que su curación corrió a cargo del cirujano. Volvió en un buque de la Armada a su ciudad natal, en la que permaneció el resto de su vida, asomándose al Mar del Norte y recibiendo su frío aliento cuando diariamente se desplazaba por las calles para impartir clases en su cátedra del Old College. Siempre estuvo convencido, pese a percibir algunos destellos de la verdad, de que los kirguises que se reunían a su alrededor cada mañana no eran tales, sino alumnos escoceses de arquitectura, según nos cuenta Ignacio Padilla en su maravilloso cuento Las antípodas y el siglo’.

edimburgo

Campbell dictaba sus clases, siempre sobre las construcciones de Edimburgo, mientras sus falsos alumnos, los nómadas, apuntaban en sus tablillas de barro todo lo que el enviado de los dioses del desierto les decía. Interpretaron su mensaje: construir una ciudad que se llamaría Edimburgo, una ciudad secreta cuyo emplazamiento sólo conocerían los iniciados. Y en el desierto del Gobi alzaron de la roca sus edificios y sus puentes con idénticas medidas, crearon una réplica exacta de la fría y lluviosa capital, y repitieron también sus historias de brujas y exploradores.

Y luego llegó sir Richard de Veelt, que descubrió el ‘Memorial de la segunda peste’ en una aldea de la Amazonía que, tras verse diezmada por la peste bubónica, hubo de sufrir una catástrofe aún peor, “una enfermedad que cursaba como primer signo una salud inquebrantable”. Le siguió un aventurero que quiso coronar el Everest en un aeroplano y a éste, un coronel británico obsesionado por trasplantar la puntualidad de los trenes británicos al sistema ferroviario de una colonia del Imperio en África.

Seguimos leyendo en unos ‘Apuntes de balística’ la constatación lógica, pero de imposible demostración empírica, del peligro que acarrea utilizar armas falsificadas; el relato de la comprobación de que el río Tsango desembocaba en el Brahmaputra, misión encargada por el coronel Bailey, de la Real Sociedad Geográfica, a dos cartógrafos nativos en ‘Darjeeling’; las inútiles invocaciones al diablo de un ermitaño en un “desierto impávido” y las visitas de los turistas a una mina en el Kalahari, cuyo abismo estaba provisto de un ‘Bestiario mínimo’.

Son doce cuentos de exploradores en lugares remotos, situados, según el autor, en “ese pasado en el que viajar era una aventura para la que se tenía una fecha de salida pero nunca de llegada, las guerras unos cálculos de balística y el horario de los trenes una cuestión de honor por la que perder la vida”. Son aventuras narradas desde su lado oscuro, en absoluto ejemplar, y casi siempre abocadas al fracaso.

Las antípodas y el siglo’ es el título, en octosílabo trocaico como los otros tres, del primer volumen de la Micropedia, el proyecto que Ignacio Padilla inició hace más de veinte años: una gran enciclopedia de mundos fantásticos. Su muerte en un accidente de tráfico en 2016 impidió su término, pero lo hizo su amigo Jorge Volpi, que se encargó de la edición de los textos y de restaurar el inédito ‘Lo Volátil y las Fauces’.

Si en los cuentos del volumen “El siglo y las antípodas” el nexo es el viaje y la exploración, así como el falso honor, la falsa gloria y el falso heroísmo, en los siguientes nos visitan autómatas jugadores de ajedrez; muñecas parlantes naufragadas; dragones tricéfalos y murciélagos flamígeros habitantes de bestiarios dibujados en pergamino; bestias creadas con los sefirot, la base numérica del universo, y espejos venecianos que reflejan las miserias del alma y revelan sucesos del futuro, cuyo secreto le fue concedido a los Polo por el Gran Kan.

La normalización de estos prodigios recuerda a García Márquez, de cuyo realismo mágico quería apartarse el autor pese a su devoción por el colombiano, y su lenguaje, virtuoso y erudito, así como algunos juegos de la imaginación, a Jorge Luis Borges. Todo un banquete de delicias para saborear sin prisa.

Micropedia, Ignacio Padilla

– Las antípodas y el siglo

– El androide y las quimeras

– Los reflejos y la escarcha

– Lo volátil y las fauces

Editorial Páginas de Espuma, 2018

Nota sobre el Crack

Ignacio Padilla, Jorge Volpi, Ricardo Chávez, Alejandro Estivill, Vicente Herrasti, Pedro Ángel Palou y Eloy Urroz, autores mexicanos nacidos entre 1961 y 1968, formaron la Generación Crack, que defendía la superación del realismo mágico que ya entonces se había convertido en un tópico de la literatura latinoamericana y la apertura a una literatura más abierta y menos nacionalista.

Presentaron su manifiesto en 1996, que llevaba el lema Si hace Crack es Boom”, y que planteaba, en palabras de Padilla, “lograr historias cuyo cronotopo, en términos bajtinianos, era cero: el no lugar y el no tiempo, todos los tiempos y lugares y ninguno”. ‘En busca de Klingsor’, de Jorge Volpi, publicada en 1999, y ‘Amphitryon’, de Ignacio Padilla (2000), son el resultado de esta nueva práctica literaria del Crack.

“Las ciudades invisibles” y la nostalgia de Venecia

VCalvinoEn los jardines del palacio, Marco Polo describe a Kublai Kan, emperador de los tártaros, las ciudades invisibles que forman su vasto imperio. El viajero veneciano rebusca en su memoria, en sus deseos y temores, y crea esos lugares imposibles que pretenden aliviar la melancolía del Gran Kan.

Todas las ciudades llevan nombres de mujer nos cuenta Italo Calvino, el autor de “Las ciudades invisibles”, y fueron surgiendo de su imaginación a lo largo de mucho tiempo: las apuntaba, las guardaba y seguía. Algunas de estas ciudades inventadas pertenecen a la memoria: Zaira, cuyo pasado está escrito en sus calles, en sus ventanas y en sus escaleras, como si fueran las líneas de la mano, o Zora, que posee la propiedad de permanecer en el recuerdo punto por punto y que no se borra jamás de la mente, con la posibilidad, como ocurre con el palacio mnemotécnico de Mateo Ricci, de que cualquiera que la haya visitado puede sobreponer sobre la ciudad una retícula y disponer en cada una de sus casillas todo aquello que quiere recordar, de modo “que los hombres más sabios del mundo son aquellos que conocen esta ciudad de memoria”.

Marco Polo sigue describiendo ciudades redundantes, que se repiten en sí mismas y ciudades de mercaderes en las que se reúnen los de siete naciones en cada solsticio y cada equinoccio y que no sólo van a comprar, sino también a contar historias por las noches junto a las hogueras; ciudades dobles, como Valdrada, construida a orillas de un lago de manera que se pueden ver al mismo tiempo dos ciudades invertidas en las que todo se repite con exactitud y no sólo las fachadas, sino lo que hay en el interior de las casas. Hay ciudades construidas sobre zancos y ciudades acuáticas cruzadas por innumerables canales que se superponen.

VCiudadesCalvino

Pero las más extraordinarias son las aéreas, las sutiles. El propio Kublai sueña con ciudades ligeras como cometas, caladas como encajes, transparentes como mosquiteros, ciudades que repiten el dibujo de las nervaduras de las hojas y ciudades filigrana de ficticio espesor. A estas ciudades de la imaginación del emperador, Marco Polo añade la ciudad telaraña, colgada en el vacío de un precipicio, atada a dos montañas por cuerdas, cadenas y pasarelas.

También se diferencian por la disposición de su calles y por su crecimiento: Olinda crece en círculos concéntricos manteniendo sus proporciones y en Andria cada una de sus calles corre siguiendo la órbita de un planeta de manera que los edificios repiten el orden de las constelaciones y las posiciones de los astros más luminosos. Pero también hay ciudades de muertos y ciudades justas e injustas y ciudades aún no nacidas.

Una de las noches, en el jardín donde Marco hace el relato de sus viajes, Kublai observa que hay una ciudad de la que no habla nunca y que esa ciudad es Venecia. El viajero le pregunta a su vez: “¿De qué crees que hablaba, entonces? Cada vez que describo una ciudad digo algo de Venecia. Cuando hablo de las cualidades de otras ciudades parto de una primera ciudad que permanece implícita y esa es Venecia”. Quizá tengo miedo de perder a Venecia de una vez por todas si hablo de ella, o quizá hablando de otras ciudades la he ido perdiendo poco a poco”.

Venecia es la sutil, la primigenia, la acuática, la amable y también la terrorífica, la justa y la injusta, la de los mercaderes y la de las historias, cuya relación destacan los malpensados cuando dicen que “no hay lenguaje sin engaño”. Al imperio de la Serenísima se le fueron añadiendo siglos de historia, capas de lujo, de mugre, de vejez. Una ciudad sabia y decadente, identificada con el atardecer como advierte Borges al señalar que Venecia es “un crepúsculo delicado y eterno, sin antes ni después”.

Suspendida en el tiempo y la más inverosímil, en palabras del propio Thomas Mann, que la convierte en el escenario de su novela más obsesiva y simbólica. Gustav Aschenbach, un reconocido escritor residente en Munich, sale de su casa una mañana de verano y de improviso le asalta un violento deseo de viajar, de huir, “un ansia de cosas nuevas y lejanas, de liberación, de descanso y de olvido”. Tras una estancia de una semana en una isla del Adriático decide marchar a Venecia y se instala en un hotel del Lido, igual que hizo Thomas Mann en el mes de mayo de 1911, estadía de la que surgió la idea de ‘La muerte en Venecia’, publicada un año después.

Venecia mann

La historia de Aschenbach, comenta Thomas Mann en sus memorias, mostró ser “obstinada, sobrepasando en mucho el sentido que yo había querido atribuirle”, superando las pocas ambiciones que había depositado en ella. Lo que pretendía ser un descanso de la novela en la que estaba trabajando, ‘Confesiones del estafador Félix Krull’, desarrolló su propia voluntad y se convirtió en una “obra de múltiples facetas y numerosas relaciones”.

Aschenbach llega a Venecia por el mar en una travesía oscurecida por un cielo turbio y gris del que caía, de cuando en cuando, una lluvia neblinosa. El barco abandona el Adriático y entra en la laguna, una masa de agua opaca, translúcida y pálida; una laguna “albina”, la llamó Jan Morris en su magnífico retrato de la ciudad, con sus torres y su abigarramiento de campanarios, cúpulas y pináculos que ofrecen una impresión ilusoria, un engaño de los sentidos. Volvamos a Mann y a la impresión que recibe el viajero ante Venecia: “Se presentó ante su vista la deslumbradora composición de fantásticos edificios que la república mostraba a los ojos asombrados de los navegantes que llegaban a la ciudad: la graciosa magnificencia del palacio y del Puente de los Suspiros, las columnas con santos y leones, la fachada pomposa del fantástico templo…”.

Prosiguen las visiones que ya empezaran en Munich con la presencia de un extraño individuo en el cementerio. “No he inventado absolutamente nada”, asegura Thomas Mann: en ‘La muerte en Venecia’ son reales el siniestro navío de Pola, el viejo presumido, el sospechoso gondolero, Tadzio y su familia, el cólera, el maligno saltimbanqui… todo estaba allí y sólo había que colocarlo en su lugar. También estaba allí la góndola veneciana, “negra, con una negrura que sólo poseen los ataúdes”, opresiva y evocadora de aventuras y de noches sombrías y del “último viaje silencioso”, en el que sólo se escucha el ruido sordo de las olas contra la embarcación.

Desde las primeras páginas, en las que el protagonista pasea por el cementerio de Munich, y la descripción de la góndola veneciana que alquila nada más llegar y esa especie de Caronte que la guía, está presente la muerte, una presencia que se refuerza con el olor pestilente de la laguna y el de la podredumbre de las callejas. Venecia “la bella insinuante y sospechosa, ciudad encantada y trampa para extranjeros”, en la que brilló el arte “como pompa y molicie”, está enferma pero simula no saber nada de la epidemia de cólera que va escogiendo a sus víctimas, agoniza y se muestra como el reflejo de la propia decadencia y soledad de Aschenbach. En Venecia “todo lo monstruoso parecía posible y toda moralidad parecía abolida”. Y, sin embargo, hay una placidez, una cómoda morosidad en el transcurso de los días, en la contemplación de la belleza de Tadzio, un ambiente de calma y espera, como si el sueño acercara lenta y pausadamente a Aschenbach a su destino último, el punto final de la huida a Venecia.

– Italo Calvino, ‘Las ciudades invisibles’, Ediciones Siruela, 1999

– Thomas Mann, ‘La muerte en Venecia’, Editorial Planeta, 1974