La isla de Taprobane en las Fuentes del Paraíso, de Arthur C. Clarke

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El Pico de Adán, Ceilán

Entre el paraíso y Taprobane hay cuarenta leguas y desde allí puede oírse el sonido de las fuentes del Paraíso”. Los pobladores de la isla le contaron al fraile Juan de Marignolli, cuando en 1338 se dirigía a la Corte del Gran Kan de China enviado por el Papa Benedicto XII, que estaban tan cerca del Edén que se podía oír el ruido del agua de las fuentes en su caída. El franciscano recogió este relato al hablar del Génesis en sus Crónicas de Bohemia; en ese fragmento sobre su viaje, asegura que fectivamente así era, que el Paraíso estaba muy cerca de estos lugares y aduce como prueba que en la isla crecían maravillosos árboles frutales, a la que se añadía la auténtica huella que dejó Adán en la cima del Pico que lleva su nombre.

Arthur C. Clarke, que vivió y murió en la isla de Ceilán o Taprobane o Serendib y que actualmente lleva el nombre de Sri Lanka, sitúa en ella su novela ‘Las Fuentes del Paraíso’, haciéndose eco de la tradición que le fue relatada a Marignolli. También recoge la leyenda del rey que asesinó a su padre y posteriormente fue derrotado por su hermano, al que había usurpado el trono, aunque le da el nombre de Kalidasa y no el real, Kasyapa.

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Sri Kanda, la Montaña Sagrada, donde Kalidasa construyó un palacio aéreo hace dos mil años es el emplazamiento más adecuado de toda la Tierra para situar la estación de anclaje del satélite que permitirá, mediante vías de hiperfilamento, el recorrido de un ascensor espacial que, impulsado por electricidad barata, reemplazará a los costosos y atronadores cohetes que, a partir de ese momento será utilizados exclusivamente para el transporte en el espacio profundo. Vannevar Morgan, un ingeniero de prestigio obsesionado por la idea de unir las estrellas mediante un sistema de ascensores y torres orbitales, pretende convencer a los monjes para que acepten que en su montaña se instale “una escalera hasta el cielo, un puente hacia las estrellas”.

En realidad no hay ningún choque entre tradición y modernidad, entre religión e ingeniería, ni siquiera entre pasado y futuro. Clarke nos viene a decir que Vannevar Morgan y Kalidasa, un visionario en su época, son muy parecidos en sus ambiciones: el monarca concibe su propio Paraíso y pretende construir el Cielo en la cumbre, pero la guerra se lo impedirá, y el ingeniero prosigue su obra abriendo una ventana a las estrellas. Será precisamente la profecía de las mariposas doradas, que no son más que las almas de los guerreros del rey destronado, las que al alcanzar el templo, el Vihara, den por concluido el contencioso entre los monjes y la Corporación de Astroingeniería y comience la construcción de la Torre Orbital.

En uno de los diálogos se establece una comparación con la Torre de Babel, “un proyecto de ingeniería estelar” que no llegó a realizarse como castigo de Dios a la soberbia de los hombres. Teniendo en cuenta el ateísmo declarado del autor, habría que entender el éxito de la Torre Orbital como un poético ajuste de cuentas.

En el epílogo, Arthur C. Clarke da explicaciones sobre los cambios que ha realizado en la geografía de Ceilán para acomodarla a su Taprabane del futuro, como el traslado de la isla ochocientos kilómetros al sur para situarla justo en el Ecuador, donde estaba hace veinte millones de años, y la duplicación de la altura de Sri Prada, una sorprendente montaña cónica, sagrada para budistas, musulmanes, hindúes y cristianos, en cuya cima se yergue un pequeño templo y al que todos los años, desde hace siglos, acuden miles de peregrinos que ascienden con dificultades los 2.240 metros escalonados.

En la cima se puede contemplar un espectáculo de gran belleza: “La sombra del Pico al alba forma un cono perfectamente simétrico, visible sólo durante breves minutos a la salida del sol, que se extiende casi hasta el horizonte sobre las nubes, más bajas”. Como es notorio, ‘Las Fuentes del Paraíso’ es un emotivo homenaje a Sri Lanka, del que Clarke fue ciudadano desde 1956, compartiendo nacionalidad británica y cingalesa, y donde murió, en 2008.

Respecto al ascensor espacial, Clarke revela que el concepto apareció en Occidente en un número de Science en 1996, aunque seis años antes la idea fue desarrollada por un ingeniero de Leningrado, Y.N. Artusanov, que planteaba la posibilidad de un “funicular celeste” que uniría la Tiera con un satélite fijo mediante cables, a través de los cuales circularía un ascensor de transporte de carga y pasajeros que operaría sin propulsión de cohetería. Y además, sería más barato. Una de las frases famosas de Clarke es que, en el futuro, un viaje de ida y vuelta al espacio costará nueve euros.

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Arthur C. Clarke

En sus obras -más de ochenta libros y numerosos artículos- describe a menudo avances tecnológicos que podrían llevarse a cabo y uno de ellos sería el del “ascensor espacial”, cuyos detalles técnicos explicó en un artículo en 1981, titulado ‘El ascensor espacial: ¿experimento intelectual o clave del universo?’ Precisamente, una de las tres leyes formuladas por Clarke dice que la única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse hacia lo imposible.

Algunos críticos reprochan a Clarke su vertiente hard, el excesivo cientifismo de sus novelas, de naturaleza fría y deshumanizada, que intenta paliar con referencias a la historia, aunque también aquí resulta bastante profesoral. No en vano, Arthur Charles Clarke, nacido en el Reino Unido en 1917, participó durante la II Guerra Mundial en el desarrollo de la nueva tecnología de radar; se licenció en física y matemáticas en el King’s College de Londres y en 1945 escribió el famoso artículo en el cual predijo que un día las comunicaciones de todo el mundo se realizarían a través de una red de satélites geoestacionarios situados a intervalos fijos alrededor del ecuador terrestre.

Veinte años más tarde, en 1964, la NASA lanzó el primer satélite geoestacionario, el Syncom 3, que retransmitió imágenes de los Juegos Olímpicos de 1964 desde Tokio a Estados Unidos, la primera transmisión de televisión a través del Pacífico. En 1954, Clarke también propuso utilizar satélites para la meteorología y actualmente no se conciben las previsiones sin ellos. Del ‘ascensor espacial’ existen proyectos en desarrollo en Estados Unidos, Europa y Japón a partir de un cable que estaría formado por millones de hebras de carbono y que, partiendo de un punto del ecuador, ascendería hacia una estación espacial.

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Artur C. Clarke, Fuentes del paraíso, Editorial Bruguera 1983 (la primera edición original es de 1979)

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La conexión entre ciencia y ficción: de agujeros negros, de gusano y el hiperespacio

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La única forma de averiguar si estamos ante un agujero negro o un agujero de gusano consiste en zambullirnos en él: si se trata de un agujero negro, su intenso campo gravitacional romperá cada uno de los átomos de nuestro cuerpo, pero si fuese un agujero de gusano, tardaremos millones de años en salir de él. Ambas posibilidades son un poco catastróficas. Y, sin embargo, los científicos especulan sobre unas hipotéticas propiedades que nos permitirían a los seres humanos recorrer distancias practicamente infinitas al permitir viajes a una velocidad mayor que la de la luz.

Los agujeros negros existen; se forman tras un hecho tan simple como la muerte de un estrella y son lugares en los que la fuerza de la gravedad es tan fuerte que ni siquiera la luz puede escapar de ellos. De manera que si cayéramos en uno, la fuerza de la gravedad convertiría nuestro cuerpo en una larga y delgada corriente de partículas subatómicas que formarían un remolino flotante -hilillos- para ser absorbido después por el propio agujero. El límite más allá del cual nada puede regresar se denomina ‘horizonte de sucesos’, aunque Hawking ha sugerido que no existe como tal, que lo que hay es un ‘horizonte aparente’, detrás del cual la materia y la energía quedan atrapadas sólo temporalmente, ya que pueden volver a aparecer en forma de radiación, aunque la información saliente estaría desordenada. Para el caso de que cayéramos dentro, da igual que el horizonte sea de sucesos o aparente: nada volvería a ser igual.

En cambio, los agujeros de gusano son algo puramente especulativo: son el hipotético resultado de una hipotética anomalía en la curvatura del espacio-tiempo. Se comportan básicamente como una especie de atajo que conecta dos puntos del espacio-tiempo a través de un túnel en el hiperespacio; son una dimensión producida por una distorsión del tiempo y la gravedad. Nunca se han visto, pero matemáticamente son posibles y se les llama así porque responden a la imagen de un gusano que atraviesa una manzana por dentro para llegar al otro extremo sin tener que recorrerla por fuera.gusano

Los científicos creen que un agujero de gusano tiene una vida muy corta: se abre y vuelve a cerrarse rápidamente. La materia queda atrapada y el lugar de salida es impredecible: no se sabe ni por dónde ni cuándo. Incluso se piensa que podría quedar atrapada mil millones de años o más, de forma que los más viejos agujeros de gusano del universo ni siquiera habrían tenido tiempo para escupir cualquier cosa que hubiera caído en ellos.

Los agujeros de gusano o puentes de Einstein-Rosen han sido aprovechados, incluso hasta el exceso, en la literatura y en el cine de ciencia ficción. Pero es que no sólo pueden conectar dos puntos en el espacio, sino también en el tiempo. Estas propiedades dan mucho juego.

Viajes que superan la velocidad de la luz, pero con truco

El viaje por el espacio es uno de los grandes temas, si no el primero, de la ciencia ficción. Verne estaba preocupado sobre cómo combatir la gravedad terrestre y llegar a la Luna y también H.G.Wells, ambos padres fundadores del género. Pero pronto surge la cuestión de cómo recorrer distancias astronómicas sin que los personajes mueran de viejos en el intento. Ya Einstein, a principios del siglo XX, había dejado muy claro que no se puede sobrepasar, en ningún caso, la velocidad de la luz, pero gracias a la especulación sobre atajos, como agujeros negros o agujeros de gusano, la ciencia ficción pudo inventar viajes interestelares y llegar a mundos situados a millones de años luz.

Primero se inventó el hiperespacio para poder sortear las grandes distancias interestelares. El término pertenece al editor y escritor John W. Campbell que en 1934 publicó el relato The Mightiest Machine, en el que una especie de atajo permite acortar el trayecto. Posteriormente, la teoría del hiperespacio, o teoría de cuerdas, presentó un espacio de varias dimensiones, que permite especular sobre la existencia de los agujeros de gusano.

En los años sesenta y setenta se intensificó el estudio científico de estas cuestiones y, naturalmente, las nuevas hipótesis se reflejaron en la literatura de ciencia ficción. El término ‘agujero negro’ fue acuñado por el físico teórico John Archibald Wheeler en 1967, en el curso de una conferencia sobre púlsares en Nueva York, para describir la agonía de las estrellas oscuras colapsadas. Dos años después, en 1969, dijo una frase un tanto lasciva que ‘colapsó’ a sus colegas: “Los agujeros negros no tienen pelo”. Quería decir que, de un agujero negro, no podía salir nada, ni materia ni radiación.

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Joe Haldeman, La guerra interminable, 1974

‘La guerra interminable’, se publicó en los años setenta del siglo pasado y su autor, norteamericano y ex combatiente de Vietnam, relata la expansión de colonias terráqueas llevada a cabo por la fuerza militar a partir del descubrimiento casual de lo que llama ‘colapsares’, es decir, lo que estaba empezando a llamarse ‘agujeros negros’ gracias a Wheeler. A través de ellos, las naves pueden viajar entre los distintos puntos de la galaxia gracias a una “geodésica einsteniana” que traza una línea interminable entre colapsar y colapsar. Mantener el control sobre los portales que permiten el viaje de tropas y colonos son cruciales para el proceso imperialista de la Tierra y en su posesión y defensa, a lo largo y ancho del universo, los ejércitos emplean todos sus recursos, en especial el ataque indiscriminado hacia cualquier forma de vida que parezca oponerse a este propósito.

El tiempo que tarda la nave en atravesar el túnel es prácticamente cero, pero sí transcurre fuera de él: mientras se viaja de un lado a otro del universo en un tiempo casi inexistente, los habitantes de la tierra envejecen y mueren. La guerra interminable, cruel y estúpida, se dibuja como el producto de la falta de comunicación entre especies diferentes y de la soberbia y el miedo de las autoridades militares de la Tierra. William Mandella, el protagonista, es el observador casi inmortal de una guerra que dura diez siglos. Sólo cuando los hombres “dejan de ser humanos” y se reproducen en un único modelo clónico, termina la guerra; ésta es la conclusión pesimista de la novela.

En realidad, la novela es una denuncia antibelicista, enmarcada en la ciencia ficción, más que un detallado informe de cómo efectuar el salto colapsaro de cómo luchar en el espacio exterior. Joe Haldeman, nacido en 1943, acababa de graduarse en física y astronomía en Maryland cuando fue llamado a filas en 1967 y, como consecuencia de su participación en la guerra de Vietnam, donde fue herido por una mina y devuelto a casa con un Corazón Púrpura, nada de lo que escribe en esta novela es triunfalista ni la sociedad que presenta es apetecible. Y además, el soldado no es un idealista aguerrido, sino un mero empleado que hace cálculos sobre su pensión futura y lucha atiborrado de drogas, e incluso condicionado genéticamente, lo que le permite odiar y matar a un enemigo que no conoce y que es tan víctima como él. Los mandos le consideran carne de cañón y en su hogar, en la Tierra, ya no hay nadie que le espere ni se preocupe por él, al mismo tiempo que la sociedad en su conjunto se vuelve cada vez más irreconocible y extraña para Mandella.

Podrían ser las memorias de guerra de un veterano de Vietnam más que una novela de ciencia ficción, si no fuera por la descripción de los habitáculos en los que se realiza el salto colapsar y los trajes que permiten la vida en planetas inhabitables y la guerra, además de la descripción de unos seres, los ‘taurinos’, que tienen cierto aspecto de insectos y viven en una especie de colmenas. En cierta manera funcionan como los insectos sociales: una sola mente servida por multitud de individuos, cada uno con su misión específica. Este aspecto desagradable del enemigo y la ausencia de comunicación entre taurinos y hombres facilita a Haldeman la creación de situaciones que ponen de relieve la estupidez de las guerras, interminables o no, pero siempre injustas y dolorosas.

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Kip S. Thorne

Los científicos como asesores en la ficción: el caso de Kip S. Thorne

En 1985 Carl Sagan publicó su primera novela de ciencia ficción, Contacto, en la que envía a su protagonista, la intrépida doctora Arroway, al centro de la galaxia. En principio el viaje se realizaría a través de un agujero negro, con la consiguiente e inmediata muerte de la viajera y el final irremediable de la novela. Kip S. Thorne le sugirió que hiciese uso de los agujeros de gusano inventando un “material” que permitiese su apertura durante el tiempo necesario para que la protagonista entrara, llegara a su punto de destino y volviera sana y salva y con aquello que fuera a buscar.

Los agujeros de gusano sólo conectarían puntos concretos del espacio-tiempo y resultaría muy útil poder crearlos a voluntad para que nos acercaran al lugar al que queremos ir. Los pasajeros de este medio de transporte pueden “saltar” de uno a otro hasta llegar al destino elegido. En el caso de Star Wars no hay agujeros ni de gusano ni de ningún otro tipo: el Halcón Milenario posee una tecnología tan impresionante, con unos motores de propulsión tan poderosos que le permiten manipular el espacio-tiempo y crear atajos por sí mismo. Sólo hace falta suministrarle las coordenadas exactas antes del salto hiperespacial.

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Pese a todo, los agujeros de gusano no han caído en desuso ni mucho menos. Sólo hay que fijarse en la película de Christopher Nolan, Interstellar, de 2014. También se debe a Kip S. Thorne, al que ya hemos visto aconsejando a Sagan, la inspiración científica de esta historia épica en la que un grupo de héroes consigue poner a salvo a una humanidad que se halla al borde de la extinción. En el film uno de los tres robots, KIPP, lleva su nombre, aunque su alter ego es el profesor Brand, interpretado por Michael Caine.

La película cuenta cómo un astronauta retirado interpretado por Matthew McConaughey, descubre que una presunta civilización extraterrestre ha abierto un agujero de gusano cerca de la órbita de Saturno, que puede ser utilizado por los hombres para abandonar un planeta inhabitable debido a un desastre ecológico.

El punto de salida de ese agujero de gusano es un sistema de varios planetas en órbita alrededor de un agujero negro supermasivo, llamado Gargantúa. Los protagonistas sólo visitarán tres de ellos: el primero, Miller, el más cercano al horizonte de sucesos, es un planeta de superficie líquida sometido a intensos tsunamis debido a la proximidad del agujero negro. Los expertos discuten si eso es posible o no. Realmente discuten cada una de las imágenes y del guión de la película, de manera que el propio Thorne concedió una entrevista a la revista Science para asegurar que en todos los fotogramas y en todos los diálogos se mantuvo una visión científica real. Con una excepción – el planeta con nubes de hielo-, pero acepta que fue una licencia artística.

Lo más sugerente de la película es su poderoso discurso a favor de la ciencia: sólo ella puede salvar a la humanidad cuando todo está perdido. Como señalaba en el anterior comentario sobre la obra divulgativa de Kaku, la ciencia nos ofrece una salida incluso cuando el universo, dentro de miles de millones de años, colapse y tengamos que abandonarlo indefectiblemente. El viaje entonces no sería interespacial, sino entre dimensiones en dirección al universo gemelo.

Nosotros, Señores del Hiperespacio

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El universo seguirá expandiéndose para siempre en un quejido cósmico alcanzando temperaturas próximas al cero absoluto, o bien se contraerá en un furioso colapso, el big crunch. Morirá bien en hielo, bien en fuego y, en cualquier caso, toda clase de vida inteligente desaparecerá.

No resulta muy alentador, pero ya los científicos discuten una posible solución. De la misma manera que encuentran una salida al colapso de nuestro sistema solar (abandonando el hogar de nuestros ancestros), imaginan caminos intransitados para que una especie inteligente, dentro de miles de millones de años, pueda dar un salto a otro universo.

Un universo congelado o en llamas

Con el tiempo, las estrellas agotarán su combustible nuclear y morirán, convirtiéndose en masas muertas de materia nuclear. Serán agujeros negros, estrellas de neutrones o estrellas enanas frías. Todo se congelará, llegando al cero absoluto, pero incluso en un universo desolado y frío, existen los agujeros negros. Según Hawking, los agujeros negros no son completamente negros, sino que lentamente dejan escapar energía al espacio exterior durante un extenso periodo de tiempo, por lo que podrían contribuir a preservar la vida inteligente.

Incluso esa evaporación de energía llegaría a su fin y lo que en ese tiempo fuéramos el género humano se extinguiría con ella. No obstante, los astrónomos D. Barrow y Joseph Silk creen que la teoría cuántica deja abierta la posibilidad de que nuestro universo pueda pasar a través de un “túnel” a otro universo. “Donde hay teoría cuántica hay esperanza y nunca podemos estar completamente seguros de que esta muerte térmica tendrá lugar porque no podemos predecir el futuro de un universo mecánico cuántico”. Y concluyen: “En un futuro cuántico infinito todo lo que puede suceder llegará a suceder”.

Si en lugar de expandirse, se contrae, el universo terminará en fuego, no en hielo, y el big crunch lo devorará todo, nada le sobrevivirá. Pero existe un posible escape: abandonar el espacio y el tiempo a través del Hiperespacio.

Teoría del Hiperespacio

Algunos cálculos, basados en la teoría de Kaluza-Klein y de supercuerdas, han demostrado que instantes después de su aparición, nuestro universo tetradimensional se expandió a expensas del universo hexadimensional y, por lo tanto, los destinos últimos de los universos de cuatro y seis dimensiones están ligados. Si esto es así (y hemos de recurrir a un acto de fe ante la complicación del supuesto) nuestro universo gemelo hexadimensional puede expandirse gradualmente a medida que nuestro propio universo tetradimensional colapsa. Instantes antes de que se contraiga hasta la nada, la vida inteligente puede advertir que el otro universo gemelo se está abriendo y encontrar una vía de escape y salvación.

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Michio Kaku

Este viaje entre dimensiones es hoy imposible porque nuestro universo hermano se ha contraído hasta la escala de Planck. Pero, como defiende Michio Kaku, en las etapas finales de un colapso el universo hermano puede abrirse, haciendo otra vez posible el viaje dimensional. Si el universo hermano se expande lo suficiente, la materia y la energía pueden escapar hacia él, proporcionando una puerta de escape a seres inteligentes suficientemente sabios para calcular la dinámica del espacio-tiempo.

La Civilización de Tipo III y la energía de Planck

Pensemos en una civilización que puede contemplar las fantásticas energías en las que el espacio y el tiempo se vuelven inestables, en las que dominan los efectos cuánticos y el espacio-tiempo se vuelve “espumoso”, con pequeñas burbujas y agujeros de gusano. Estamos ante la energía de Planck. Una Civilización del Tipo III podría colonizar nuestra galaxia en cinco millones de años. Las colonias espaciales estarían separadas por inmensas distancias interestelares, incapaces de comunicarse por culpa de la barrera de la luz, pero podría -aventura Freeman Dyson- desarrollar agujeros de gusano que permitieran una comunicación más rápida que la luz a nivel subatómico.

Pero, además de conectar diversos puntos de un mismo Universo, un agujero de gusano puede conectar un nuestro universo con otros. Supongamos que no es factible utilizarlo; entonces, otra posibilidad sería la creación de un universo bebé, una especie de trampilla de escape a otro universo. Se trataría de crear artificialmente un falso vacío y un nuevo universo en el laboratorio, pero el riesgo es que podría acabar convirtiéndose en un agujero negro, camino que en principio hemos desechado. Otra posibilidad es crear un colisionador de átomos enorme o mecanismos de implosión estelares o un motor de curvatura.

Todo es posible pero siempre hay un precio a pagar, así que volvemos a los agujeros de gusano. Imaginemos que los únicos estables tienen dimensiones microscópicas o subatómicas o que un viaje a través de ellos es imposible para los seres humanos. También hay una solución: inyectar la suficiente información al nuevo universo para recrear nuestra civilización al otro lado del agujero de gusano.

Los seres de una civilización avanzada -nosotros dentro de miles de años- podrían decidir alterar su ser y convertirlo en algo que pudiera sobrevivir al arduo viaje hacia atrás en el tiempo o saltar a otro universo, fundiendo carbono con silicio y reduciendo la conciencia a pura información.

Para saber mucho más

Este artículo sobre las posibles vías de escape de un universo moribundo, así como el anterior dedicado a las amenazas de extinción de nuestra especie y nuestro planeta, son una breve sinopsis de libros leídos y de noticias aparecidas en revistas científicas. Pero sobre todo están basados en la obra de Michio Kaku, un físico teórico de la Universidad de Nueva York que tiene un toque especial para la divulgación científica.

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No son libros sencillos porque el tema que aborda nunca puede serlo: la física teórica de finales del siglo XX. Pero ni presenta fórmulas, ecuaciones ni conceptos imposibles de digerir.

Hiperespacio fue el primer libro de Kaku que cayó en mis manos. Se publicó en 1994 y la edición española es de dos años después. En quinientas páginas nos explica la teoría del Hiperespacio, que también lleva los nombres de teoría de Kaluza-Klein y Supergravedad, pero que en su formulación más avanzada se denomina teoría de Supercuerdas. Lo fundamental es su predicción de diez dimensiones: las tres usuales del espacio y una de tiempo, más otras seis también espaciales.

A partir de esta teoría se pretende conseguir la unificación de todas las leyes conocidas de la naturaleza en una sola, la “teoría del todo”. Hasta ahora se han descubierto cuatro fuerzas básicas que mantienen unido al cosmos: la gravedad, el electromagnetismo y las fuerzas nucleares fuerte y débil. Hace un par de semanas, científicos húngaros anunciaron que habían descubierto la quinta: la de la materia oscura. No se ha comprobado aún, pero la noticia ha recorrido el mundo en las primeras páginas de los diarios.

La tercera parte del libro explora la posibilidad de crear un túnel a través del espacio y del tiempo, utilizando las propiedades de los “agujeros de gusano”, que unen partes distantes del espacio y del tiempo. La teoría del Hiperespacio, según las conjeturas de algunos físicos, puede proporcionar la única esperanza de un refugio cuando muera nuestro universo.

La cuarta y última parte trata acerca del nivel tecnológico que sería necesario para que nosotros, sencillos primates evolucionados, podamos convertirnos en ‘Señores del Hiperespacio’.

En una obra posterior, de 2008, ‘Universos paralelos’, Kaku nos cuenta el nacimiento de nuestro universo y el big bang, así como las teorías sobre el multiverso, con sus portales dimensionales, los viajes en el tiempo y los universos cuánticos paralelos. Retoma en la última parte la huida de los hombres justo antes del colapso de nuestro universo, mediante la creación de uno de diseño, y otras especulaciones, que he mencionado al final del artículo.

Todo esto resulta fascinante y supera con creces la imaginación de cualquier novela de ciencia ficción. Y lo mejor es que podría ser cierto.

El fin del individuo, de la especie y del universo

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Hacerse a la idea de que al final nos sobrevendrá la muerte no es fácil pero de momento así es. La mayoría de nosotros prefiere no pensar en ello, excepto en contadas ocasiones. El escritor británico Julian Barnes confiesa que la conciencia de la muerte, o rèveil mortel, como prefiere llamarlo, le llegó a los trece o catorce años y que piensa en ello con bastante frecuencia: cuando anochece y cuando comienza el Torneo de Rugby de las Cinco Naciones.

Esta preocupación le ha llevado a escribir una serie de cuentos, reunidos en un volumen que lleva el título de ‘La mesa limón’ (entre los chinos, el símbolo de la muerte era el limón), y cuyo denominador común es el inevitable correr del tiempo y la resignación o el enfurecimiento ante el episodio final. También ha escrito todo un libro, ‘Nada que temer’, en el que cuenta lo que siente y lo que piensa acerca de ese episodio final e ineludible.

Si bien la muerte personal es difícil de aceptar porque, como decía Spinoza, la naturaleza del hombre es perserverar en su ser, lo auténticamente imposible consiste en asumir que es toda nuestra especie la que camina hacia la extinción y, aún peor, que el sol, las galaxias y el universo entero se dirigen inexorablemente hacia una muerte inapelable. Aceptar estas verdades, en palabras de Bertrand Russell, y que todo el brillo del genio humano esté destinado a extinguirse, que el templo entero de la culminación del Hombre quede enterrado bajo los restos de un universo en ruinas, es el andamiaje que nos permitirá, “sobre la base firme de una desesperación inquebrantable, construir una morada del alma”. No obstante, hay esperanza.

Civilizaciones Tipo I, II y III

En 1964, el astrónomo ruso Nikolai Kardashov propuso utilizar una escala hipotética para identificar las civilizaciones que podrían habitar nuestro universo en función de su tecnología respecto al uso de energía. Una civilización Tipo I usaría todos los recursos disponibles en su planeta natal y podría controlar el clima, impedir los terremotos, explorar las profundidades de la corteza terrestre y cultivar los océanos; una civilización del Tipo II es capaz usar toda la energía que emite su estrella y podría comenzar la colonización de sistemas estelares locales; por último, una civilización del Tipo III controla la potencia de toda una galaxia y probablmente puede manipular el espacio tiempo a voluntad.

Nuestra civilización es del Tipo 0 y, si somos muy optimistas, podríamos alcanzar el Tipo I en unos cien años; otros mil años nos llevaría pasar del Tipo I al Tipo II y para llegar al Tipo III serían necesarios varios miles de años. Llegados a este punto nos convertiríamos, como dice Michio Kaku, en “señores del hiperespacio”, manipuladores del espacio-tiempo decadimensional, con la capacidad de crear agujeros de gusano y alterar la dirección del tiempo.

Lo que nos puede llevar a la extinción

Que a pesar de lo infinitamente grande que es el universo aún no hayamos encontrado ni un sólo indicio de vida inteligente, hace pensar que multitud de especies hayan podido desaparecer en grandiosas catástrofes al ser incapaces de superar una serie de obstáculos que también nos amenazan a nosotros.

Para los seres que habitamos la Tierra es muy importante alcanzar la civilización Tipo I, porque nos permitiría evitar un colapso autoinfligido. Y ya, si alcanzamos el Tipo II, seríamos invulnerables a la aniquilación incluso por la peor catástrofe natural o artificial imaginable.

En la fase actual de nuestra sociedad hay dos obstáculos fundamentales que tendríamos que superar para no extinguirnos y los dos serían consecuencia de una nefasta gestión de nuestros recursos: la barrera del uranio y el colapso ecológico.

La barrera del uranio hace referencia a la proliferación nuclear. Desde mediados del siglo XX pende sobre nuestras cabezas el uso irracional de la detonación nuclear por parte de los Estados-nación, en los que nos organizamos de forma bastante primitiva, lo que marcaría posiblemente el fin de nuestra especie. Ésta podría haber sido la causa de la extinción de otras sociedades de vida inteligente, ya que cualquiera de ellas que desarrolle una actividad industrial descubrirá el elemento 82, el uranio, y con él la capacidad de destrucción masiva. Civilizaciones de Tipo 0 debieron surgir en numerosas ocasiones en los últimos 5.000 millones de años de historia de nuestra galaxia.

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Desde 1947, la Universidad de Chicago mantiene como símbolo lo que llama el Reloj del Apocalipsis, que representa lo cerca que estamos del fin de la civilización a causa de una guerra nuclear. En 2007, Stephen Hawking y otros científicos anunciaron que el Reloj del Apocalipsis quedaba fijado a cinco minutos antes de la medianoche, acercándose dos minutos más a las doce tras incorporar el riesgo debido al impacto en el clima que suponen determinadas actividades humanas.

El colapso ecológico hace referencia al cambio climático. Somos miles de millones de individuos consumiendo recursos y generando contaminación. Solo una auténtica cooperación a escala planetaria podría ampliar la expectativa de supervivencia.

Ambas amenazas -la nuclear y la ecológica- se neutralizarían en una Civilización Tipo I, que contempla la posibilidad de utilizar recursos casi ilimitados de forma sostenible y la capacidad de controlar el clima.

En la lista de amenazas que maneja Michio Kaku, profesor de física teórica, no figuran, por ejemplo, los virus aniquiladores que, para Stephen Hawking, son uno de los mayores peligros para la Humanidad porque, mientras las armas nucleares necesitan grandes instalaciones, los hallazgos de biotecnología o ingeniería genética pueden realizarse en un laboratorio pequeño sin ningún control.

Otra amenaza que postula Hawking tiene relación con la inteligencia artificial. Hace un par de años, varios científicos publicaron en The Independent una carta abierta instando a que la investigación en inteligencia artificial se dirija a objetivos beneficiosos. Anders Sandberg, científico de la Universidad de Oxford, está de acuerdo y alerta de que la inteligencia artificial puede llegar a ser autónoma y tomar decisiones ajenas o contrarias a los seres humanos.

Otros obstáculos que no dependerían de la buena o mala voluntad del hombre también se solucionarían en una Civilización Tipo I. Por ejemplo, la amenaza de una nueva era glacial. No se sabe qué es lo que la produce, tal vez variaciones minimas en la rotación de la Tierra, pero si pudiéramos controlar el clima, la humanidad saldría victoriosa.

Un desafío más hace referencia a las aproximaciones astronómicas, es decir, colisiones de asteroides o explosiones de supernovas cercanas. Se estima que alrededor de unos trescientos mil asteroides cruzan la órbita de la Tierra, contando sólo a los que tienen al menos un kilómetro de diámetro. En el caso de que impactaran sobre la Tierra o que estallara un supernova cercana, una civilización Tipo I podría organizar una escapatoria rápida al espacio exterior.

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El factor de extinción Némesis

Existe una teoría, que no ha sido verficada, pero que es extraordinariamente fascinante: el factor de extinción Némesis. Parte del supuesto de que a lo largo de la historia de la Tierra ha habido al menos cinco extinciones en masa de la vida vegetal y animal y que si se incluyen extinciones peor documentadas, se observa una pauta: cada veintiséis millones de años aproximadamente se produce una extinción. En una de ellas, hace 65 millones de años, desaparecieron los dinosaurios y, hace 35 millones, dejaron de existir numerosas especies de mamíferos terrestres.

En 1984 Richard Muller propuso la teoría de que nuestro Sol es una estrella doble y su hermana, una estrella apagada o una enana marrón aún no descubierta y que recibió el mítico nombre de Némesis (diosa griega de la venganza) o el más cinematográfico ‘Estrella de la Muerte’, completa una órbita cada 26 millones de años y es la culpable de las extinciones masivas detectadas porque al atravesar la nube de Oort, más allá de Plutón, arrastra una avalancha de cometas, algunos de los cuales chocan con la tierra e impiden que la luz del Sol llegue al planeta. La comunidad científica no está muy convencida de la existencia de Némesis y precisamente argumentan su escepticismo en la regularidad de su aparición: si verdaderamente existiera, su órbita habría cambiado influenciada por los numerosos encuentros que el Sol ha tenido con otras estrellas en los últimos quinientos millones de años.

Pero esa misma regularidad nos dice que algo hay. Némesis o lo que sea constituye en cierta manera una variante de las ‘aproximaciones astronómicas’. La buena noticia es que faltan diez millones de años para que vuelva. Esperemos que para entonces hayamos alcanzado el estatus tecnológico que nos permita huir a otro sistema solar.

Otras amenazas más o menos no controlables

Una variante de la amenaza vírica producida en laboratorio, pero en este caso no controlable, nos habla de la erosión de los telómeros. Reinhard Stindl, doctor en medicina de la Universidad de Viena, afirma que en los cromosomas de cualquier animal hay una especie de tapones protectores llamados telómeros que evitan la inestabilidad de los cromosomas, pero que cada vez que una célula se divide casi nunca copia completamente los telómeros, de manera que van acortándose durante nuestra vida y nos provoca enfermedades como el cáncer, la demencia senil, los infartos, etcétera. Pero no sólo se acortan por el paso del tiempo. Según su teoría, existe una diminuta pérdida de la longitud del telómero de una generación a otra, igual que sucede con el envejecimiento del individuo. Esta erosión de los telómeros llegaría,con el paso de las generaciones, a niveles críticos y provocaría una quiebra poblacional. Stindl llega a explicar con su teoría -no contrastada- la extinción de especies, aparentemente exitosas, como la de los Neandertales.

Tampoco contempla Michio Kaku en su lista, una hipotética invasión alienígena como causa de un Apocalipsis terrenal. Al respecto, dijo Hawking en un documental emitido por el canal Discovery en 2010 que debería evitarse todo contacto con civilizaciones extraterrestres porque cabe la posibilidad de que sean guerreros espaciales en busca de recursos que han agotado en sus planetas de origen. Esta teoría choca con la división en Civilizaciones en diferentes tipos de acuerdo con su consumo energético. Si los extraterrestres son capaces de largos viajes estelares, posiblemente puedan obtener energía y recursos de forma pacífica en sus propios planetas y sistemas solares.

Ciertamente, Hawking no es muy optimista e incluso llegó a decir que ni siquiera cree que la raza humana pueda sobrevivir otros cien años y ofrece una “solución” para salvar a la especie: salir al espacio y colonizar otros mundos, crear una copia de seguridad de nuestra civilización. “La raza humana -señala- no debería tener todos sus huevos en la misma cesta, o en el mismo planeta”.

El fin del mundo

De lo que no nos vamos a librar va a ser de la muerte del Sol, que seguirá siendo una estrella amarilla durante otros cinco mil millones de años, ni del choque de la Vía Láctea, nuestra galaxia, con la gigantesca Andrómeda, lo que ocurrirá dentro de cinco mil o diez mil millones de años. Y, finalmente, la muerte del propio Universo como conclusión rigurosa de las leyes de la física. No importará lo avanzadas que estén las formas de vida inteligente; todas perecerán cuando el Universo experimente su popio colapso, en hielo o en fuego.

Pero, incluso en un Universo con temperaturas próximas al cero absoluto existe una última fuente de energía: los agujeros negros, que pueden esperar hasta el próximo capítulo.

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Vía Láctea