Margaret Thatcher, icono gay

A primera vista no cumple las condiciones: ni es bella ni es elegante ni glamourosa; tampoco era homosexual y, desde luego, no es un referente en la lucha por los derechos de la comunidad gay. Su inclusión en la lista de los iconos LGTB debe responder a otra cualidad y me inclino a pensar que fuera su androginia, esa capacidad tan suya de presentar características masculinas y femeninas al mismo tiempo, de parecer un ser físicamente intermedio y no pertenecer de forma clara al sexo que se le asignó en el nacimiento.

Zbigniew Brzezinski, que fuera asesor de Seguridad Nacional de Jimmy Carter, llegó a decir que “en su presencia, uno olvida rápidamente que es mujer. No me da la impresión de ser realmente femenina”. No es el único. Martin Amis, que conoció a la Dama de Hierro a través de los elogios hacia ella de su padre y de Larkin, cuenta con la acidez que le caracteriza que, mientras “la hija del tendero” anda por el Kremlin y la Casa Blanca, por Luxemburgo o por los astilleros de Gdanks, “los que la observan parecen compartir un mismo temor: que un buen día la señora Thatcher se encamine hacia el servicio equivocado”.

Pero no se trata sólo de androginia, sino también de cierta fractura moral: Margaret Thatcher pretendía aparentar ternura y compasión pero su mirada y sus gestos más inconscientes la delataban. Mitterrand pensaba de ella que tenía los ojos de Calígula y la boca de Marilyn Monroe. Implacable y vengativa con los que consideraba sus enemigos, como los sindicatos o aquellos que le llevaban la contraria en su propio partido, era capaz de ponerse a llorar en la televisión mientras mostraba una confusa simpatía por los más desafortunados y decía trabajar por la protección social de los más vulnerables, cuando verdaderamente se opuso a ellos con toda la firmeza de su voluntad.

Intentó remodelarse para hacerse más querida, más popular, tomando lecciones de elocución para reducir el tono insoportablemente agudo de su voz y consiguió aparecer en la televisión con “aire de mártir”, sonriendo de manera que inspira compasión y hablando con voz almibarada (1)

Cameo de Thatcher en ‘La línea de la belleza’

En ‘La línea de la belleza’, Hollinghurst introduce una descripción de la señora Thatcher, ya que no en vano la novela se desarrolla en su segundo mandato, en plena irrupción del sida y de los escándalos sexuales de miembros de su gabinete.

Gerald, diputado tory, y Rachel, perteneciente a la clase alta británica, invitan a la Dama a una cena en su casa, a la que asisten muchos invitados, para celebrar sus bodas de plata. Se la espera como si en realidad la fiesta fuera por ella y Margaret no desilusiona: entra “con su paso elegante y brioso, resabio de una turbación reprimida hacía mucho, de una torpeza transmutada en poder ( ) Pareció complacida por el recibimiento y respondió a él de un modo algere y pragmático, como la realeza moderna”. Pero, “por distinguida que se mostrase y enjoyada que estuviera, carecía de modales”. Con su “peinado perfecto” y una chaqueta con bordados tan exagerados que parecía llevar “el uniforme de Ruritania” o la indumentaria de una “cantante de country” hacía que, “a su alrededor, sus cortesanos se sobresaltaran como faisanes”. Finalmente, Nick Guest -a quien hemos seguido durante toda la novela- entendido en arte, homosexual y decadente, saca a bailar a la baronesa en un alarde de audacia y ante la estupefacción del anfitrión y del resto de los invitados.

Política anti gay

Reaccionaria desde la cuna, con una profunda insensibilidad a todo lo que tuviera connotaciones artísticas o intelectuales, Margaret Thatcher tampoco tenía simpatías por el feminismo y presumía de su concepto victoriano de la mujer, pese a su propia carrera, al defender que el resto de las mujeres permaneciera al servicio de la “familia”.

En cuanto a la homosexualidad, si bien es cierto que votó a favor de su despenalización en 1967, ésta sólo fue parcial porque la ley mantenía prohibiciones respecto a la sodomía y a la indecencia y establecía discriminaciones. Pero lo peor fue la norma que introdujo durante su mandato, en 1988: la denominada ‘Sección 28’, por la que se prohibía expresamente hablar sobre homosexualidad en las escuelas del Reino Unido, un hecho que ha impedido durante años a cualquier alumno homosexual solicitar apoyo o ayuda en su entorno educativo.

Fue una normativa que duró hasta 2003 y que declaraba textualmente que en las escuelas subvencionadas “no deben promocionar intencionadamente la homosexualidad o publicar material con la intención de promocionarla, como tampoco promocionar la enseñanza de la aceptación de la homosexualidad como una supuesta relación familiar”.

En plena expansión del sida Thatcher tomó una decisión que la coloca, junto a Reagan y al papa Woytila, como máxima responsable de haber dificultado la adopción de medidas que hubiesen frenado la expansión del virus. En 2003, Thatcher acudió a la Cámara de los Lores para votar en contra de la derogación de la Sección 28, pero no se salió con la suya.

Elogios y diatribas en la comunidad gay

Uno de los culpables de que Thatcher se haya colado en la lista de iconos gays es la famosa pareja de artistas conocidos como ‘Gilbert&George’, una pareja de hecho y de derecho desde hace cuarenta años. Declararon al unísono que ellos votaban a los conservadores y que admiraban profundamente a la señora Thatcher porque el arte sólo prospera en el capitalismo y porque ellos lo que quieren es ganar dinero.

Esta actitud parece una provocación, y no una adscripción, de los autores de una exposición que lleva por título ‘Postales de la uretra’ y que muestra una colección de uretras enmarcadas y unidas por la bandera de la Union Jack; son los mismos que, en la presentación de su muestra ‘Nacked shit’ (que viene a ser algo así como ‘mierda en bolas’) pregonaron la “dimensión moral de la mierda”, similar a la del sexo, en su opinión.

Son dos ejemplos que demuestran que personajes tan irreverentes no pueden sentir aprecio por una persona que, además de no apreciar ni entender ninguna manifestación artística y mucho menos del calibre de las que nos enseñan Gilbert&George, carecía por completo de sentido del humor.

Hay una anécdota sobre sus discursos, todos muy aburridos y solemnes; sus colaboradores introducían chistes en ellos, chistes que ella no entendía y que había que explicarle pacientemente para no conseguir absolutamente nada porque al final permanecía tan seria e incapaz como antes. Uno de estos chistes hacía referencia al ‘loro muerto’ de un sketch de los Monty Python. Se lo explicaron e incluso le pusieron el vídeo y la misma situación surrealista les hacía llorar de la risa, pero ella inmutable sólo acertó a preguntar: “Y este Monty Python ¿es de los nuestros?”

(1) Lo cuenta Martin Amis en un artículo para la revista Elle‘ en el que comenta el libro de Hugo Young, ‘The Iron Lady’, en 1985

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Recapitulando: de la vacuna contra la rabia a la batalla de Carras

Todos los caminos llevan a Roma, o a sus aledaños. Comencé hace unas semanas una serie de artículos que se encadenaban entre sí y hace siete días escribí el que espero que sea el último de este ciclo. De relatos y biografías sobre aventureros, exploradores y científicos en Indochina, pasando por Alejandro Magno en Afganistán y Conrad en el Congo, llegué a la península arábiga, hasta el lugar más alejado hacia el sur por el que se aventuró una legión romana, la dirigida por Aelius Gallus, gobernador de Egipto, a cambio de su práctica desaparición. También desaparecieron los diez mil prisioneros que hizo Partia tras derrotar a Marco Licino Craso y con el relato de lo que ocurrió entonces di por terminado este recorrido no del todo circular, pero que ha acabado en Roma, como no podía ser de otra manera.

Deville y Mayrena

Todo comenzó con Patrick Deville: en ‘Peste&cólera’ cuenta la biografía de un importante patólogo suizo-francés, Alexander Yersin, quien, además de descubrir y aislar el bacilo de la peste, se enroló como médico en una naviera cuyos barcos enlazaban Indochina con las Filipinas y que a la mitad de su vida se estableció en la jungla vietnamita. Deville no se limita a Yersin y habla de Pasteur, de Ferdinand de Lesseps, de Livingstone, de Rimbaud y, en esencia, del colonialismo europeo. Y menciona a un personaje del que nunca había oído hablar, Charles David Mayrena, que se coronó como rey de los sedangs en 1888, en la misma zona en la que Yersin montó una granja y un gran laboratorio.

Conseguí documentarme sobre este personaje, un poco estrafalario y con fama de charlatán y vividor, pero valiente e incomprendido, que unió bajo su mando a las belicosas tribus de esa parte de la Indochina francesa y al que el Gobierno francés dejó de lado sin reconocerle nunca su contribución al Imperio colonial. Murió abandonado en una isla vecina a Singapur.

Malraux en Indochina

Pero no fue olvidado ni por los historiadores ni por los literatos. André Malraux visitó treinta años después las selvas de Indochina, las mismas que recorriera Mayrena, aunque su objetivo no fue luchar con las tribus ni coronarse rey, sino algo bastante más prosaico y que marcaría su biografía para mal: arrancó varios relieves de un templo de la cultura jemer para venderlos y le pillaron. Años después escribiría una novela acerca de un arqueólogo, que bien podría ser él, y de un aventurero, inspirado en Mayrena.

Malraux es un personaje muy controvertido y extremadamente interesante; más incluso por la desbordante vida que llevó que por sus obras. Pero, como dice Vargas Llosa, “todas sus novelas son excelentes, aunque a La Esperanza le sobren páginas y a Los conquistadores, La Vía Real y El tiempo del desprecio le falten”. La condición humana – concluye el escritor peruano- es una “obra maestra”.

Kipling en Kafiristán y Brooke en Sarawak

Perken, el aventurero de Malraux en La Vía Real tiene también otros antecedentes literarios: Daniel Dravot (El hombre que pudo reinar) es también un hombre que ha elegido seguir el camino que le lleve a cumplir sus ambiciones de gloria, aunque al final encuentre la muerte. Quedará su hazaña en los libros, relatada a Kipling por su compañero Carnehan.

Lo he escrito alguna vez: nunca las historias reales me parece tan auténticas como las que cuentan los libros. Personajes imaginarios como Dravot y Carnehan tienen más carne y hueso que los reales. Hay un personaje, al que dediqué un artículo -James Brooke, el rajá blanco de Sarawak- que, ciertamente protagoniza una fabulosa historia de lucha contra los piratas a favor del sultán de Brunei, pero a sus biografías les falta algo, tal vez detalles, que son los que hacen auténtica una narración.

James Brooke consiguió gobernar una parte importante de Borneo por el nombramiento del sultán y el apoyo de la flota británica, pero la isla había sido durante mucho tiempo un territorio dominado por España y al que aspiraban holandeses y británicos. De tal manera, que el rey Leopoldo II de Bélgica, obsesionado por conseguir una colonia, cualquiera, pretendió hacerse con uno de los Estados de la isla, el de Sarawak, para lo que anduvo en negociaciones con España, que no parecía tener a mano ningún título de propiedad. El monarca no se amilanó y por dos veces intentó comprar Filipinas a la reina española Isabel II, que en 1868 fue derrocada. Y ahí se acabaron las ambiciones de Leopoldo en Asia y por eso acabó poniendo sus ojos, y sus manos, en África, concretamente en el Congo.

Un espectacular siglo XIX

Todas estas historias de exploradores, científicos y militares me mostraron un siglo XIX fascinante, como nunca lo había concebido. Con muchísimas sombras, pero también con el convencimiento generalizado de que todo iría sin duda a mejor, de que el futuro sería la patria bondadosa de la Humanidad.

El colonialismo, la sombra más negra del siglo, hizo estragos y ninguno más infame que el perpetrado por el rey de Bélgica, Leopoldo II, al hacerse dueño del Congo. Y aunque miles de personas murieron por su afán de codicia, también hay que subrayar la buena voluntad de todos aquellos hombres que consiguieron expulsar de África a uno de los peores genocidas de la historia. Quien primero dio la voz de alarma fue George W. Williams, un negro estadounidense defensor de los derechos humanos que, atraído por la fama de rey filántropo de la que gozaba Leopoldo, viajó al Congo, donde pasó seis meses y pudo conocer la siniestra realidad de lo que allí ocurría.

Sus acusaciones causaron un escándalo en Europa pero, además de la campaña de descrédito que montaron contra él los esbirros del monarca, Williams murió en 1891 y no pasó nada. Habrían de transcurrir más de diez años para sacar a la luz toda la verdad, gracias a Edmund Morel, un antiguo oficinista de una naviera que comerciaba con el Congo, y a Roger Casement, cónsul británico en la ciudad de Boma, apoyados por intelectuales y escritores, como Arthur Conan Doyle, Bertrand Russell y Mark Twain, que dieron a conocer al mundo las atrocidades del rey de los belgas.

 

Y, naturalmente, Josep Conrad, que refleja en su novela ‘El corazón de las tinieblas’ el sangriento corazón del Congo y dibuja un personaje, Kurtz, que compendia ese siglo XIX tan extraordinaraio y tan múltiple, que bascula entre el egoísmo y la solidaridad, el progreso y la vuelta a siniestros orígenes y, en definitiva, entre el bien y el mal.

De nuevo Malraux, pero esta vez en Arabia

Volví a retomar la senda de los exploradores, no de los Stanley ni de los Livingstone ni de los Burton, sino de otros más modestos y tropecé de nuevo con Malraux, quien hizo un viaje de 1.800 kilómetros en un avión “de juguete” en el año 1934 en busca del fabuloso Reino de Saba. No tuvo mucho éxito, por más que dijera que lo encontró, pero este viaje me dio la oportunidad de saber más cosas sobre este antiguo emporio del incienso y los perfumes.

Y ahora, con la excusa de esta “recapitulación” me gustaría comentar de pasada dos películas “épicas” sobre la Reina de Saba. Una de ellas -tal como nos cuenta Rafael de España en su libro La pantalla épica (T&B Editores, 2009)- pertenece al cine italiano y se rodó en 1952 por Pietro Francisci, director también del famoso Hércules, ‘peplum’ donde los haya. El argumento de la película es el siguiente: Salomón, preocupado por el belicismo del rey de Saba, envía a su hijo Roboan a negociar, pero por el camino salva la vida a una mujer que resulta ser Balkis, la hija del rey de Saba. Se enamoran pero muere el padre y Balkis es coronada reina y sacerdotisa de virginidad inmarcesible; Roboam tiene un asunto con una esclava que le ayuda a escapar y además se va a casar con una princesa siria, por lo que la reina Balkis, despechada, monta en cólera y declara la guerra a Israel, aunque al final todo se arregla y la reina de Saba se convierte al judaísmo.

La otra Reina de Saba es más conocida; se trata de la dirigida por King Vidor y protagonizada por Gina Lollobrigida y Yul Brynner en 1959. Fue rodada en España con la intervención, en el papel de milicia egipcia, del Ejército español, nada menos. Además de que Yul Brynner sale sin peluquín, el guión es aún más estratosférico que el de la película italiana: mientras Salomón se dedica sabiamente a impartir justicia y a construir su templo, el faraón quiere acabar con el poderío de Israel y contrata a la reina de Saba, a la que llaman Sheban para que, voluptuosamene, rinda de amor al monarca judío y lo debilite, alejándolo de su religión. Pero tras un número coreográfico basante cutre, Yhavé, horrorizado, destruye con sus rayos el templo que le estaba construyendo Salomón. Cuando éste, abandonado por los suyos y por el propio Yhavé, se enfrenta al ejército egipcio, Sheba, arrepentida, pide a Dios su perdón y ayuda , de manera que los hebreos salen victoriosos y la reina se vuelve a su país “totalmente redimida y dispuesta a cantar hasta la muerte las glorias de Jehová”.

Romanos en Afganistán

La Sogdiana, Bactria, la tierra más allá del Oxus, fueron territorios conquistados por Alejandro Magno, quien con sus hombres atravesó el Hindu Kush, probablemente por el paso de Jáiber, por el que intentaron escapar de Afganistán las tropas británicas en el siglo XIX. Este paso servía para el comercio entre la India y Persia y es posible que en territorios vecinos acabaran los diez mil prisioneros que hizo el rey de Partia tras la derrota de Carras.

Sabemos que en los años treinta del siglo actual Andrè Malraux -¡otra vez él!- lo cruzó con su esposa Clara en un viaje que tuvo como objetivo adquirir obras de arte del Asia central, que luego venderían por toda Europa: las famosas cabezas de Pamir. Cuando un periodista le preguntó cómo era posible que las hubiera encontrado seccionadas de la misma forma, Malraux explicó doctamente que las destruyeron los “hunos heftalitas”, es decir, los hunos blancos procedentes de la Bactriana y de la Sogdiana, los mismos hunos que, se dice, contrataron a los legionarios de Craso como fuerza mercenaria, una leyenda que tiene tantos visos de credibilidad como las cabezas de arte “gótico-budista” descubiertas y bien vendidas por Andrè Malraux.

Sir James Brooke, el Rajá Blanco

Cuando Dravot le cuenta a su compañero de fatigas, Carnehan, sus fantásticos proyectos de crear en Kafiristán no una nación, sino un imperio, exclama: “¡El rajá Brooke será un niño de pecho a nuestro lado!”. Y se imagina un futuro en el que trata con el virrey de igual a igual y ofrece la corona de su nuevo país a la reina Victoria.

Cuando Kipling escribe este relato han pasado ya más de cuarenta años desde que sir James Brooke fuera proclamado Rajá de Sarawak y conocido en toda Europa como el Rajá Blanco. Sus diarios fueron publicados en Londres y gozó de una gran popularidad. Incluso, como quería Dravot para él mismo, fue recibido por la Reina Victoria y el príncipe regente Alberto y nombrado cónsul general de Borneo. Pero eso ocurrió mucho después de que empezara toda esta historia.

Los españoles llegan a Borneo

En el año 1521 llegó a las costas de la isla de Borneo la expedición española, entonces liderada por Elcano tras la muerte de Magallanes, descubriendo así la isla para Occidente. Cuenta Antonio Pigafetta, que ejerció como cronista del viaje alrededor del mundo, que una vez llegados a puerto, el sultán les envió un hermoso barco con la proa y la popa adornadas con oro y que se intercambiaron regalos.

Seis días después el sultán invitó a palacio a los comandantes de los barcos, que fueron paseados a lomos de elefantes durante horas, pernoctaron en la casa del gobernador y de vuelta a los elefantes hasta que llegaron a la residencia palaciega, donde les hicieron sentarse sobre una alfombra ante la presencia intimidante de trescientos hombres de la guardia provistos con “espadas y dagas con empuñadura de oro y piedras preciosas”.

Apenas vislumbraron al sultán en otra sala y un cortesano les previno de que no podían hablarle y de que si querían decirle algo, primero se lo comunicaran a él, que él luego lo transmitiría a un cortesarno de un rango más elevado; éste a su vez al hermano del gobernador, que se hallaba en la sala pequeña, quien, por medio de una cerbatana colocada en un agujero de la pared, expondría su embajada a uno de los principales oficiales que se hallaban cerca del sultán para que se la comunicara.

Con tanto circunloquio a saber qué llegó defintivamente a oídos del sultán acerca de lo que le dijeron los expedicionarios españoles. Según Pigafetta, le informaron de que eran vasallos del soberano de España y que quería vivir en paz con él, y que el deseo de ellos no era otra cosa que poder comerciar en su isla. El sultán les contestó que le placía en extremo ser amigo de España y que podían proveerse de agua y leña, así como comerciar, en sus estados. Es decir, que al parecer se entendieron, aunque cuando ya los españoles se marchaban tuvieron algún que otro problema de comunicación que desembocó en el secuestro de algunos miembros de la expedición y la muerte de soldados del sultán.

El sultanato de Brunei fue muy poderoso entre los siglos XIV y XVI y sus dominios cubrían toda la isla de Borneo y el sudoeste de las Filipinas. En tiempos de Felipe II, el sultán de Brunei, Sirela, acudió a Manila para pedir ayuda al gobernador español para recuperar el trono que le había arrebatado su hermano mayor. La batalla naval se saldó con una clarísima victoria de los españoles, cuya superioridad naval era indiscutible. Sirela fue repuesto en el trono y cumplió su compromiso, en una pomposa ceremonia, de tomar posesión de su reino en nombre de Felipe II. Este episodio fue citado con frecuencia por España para defender su derecho al territorio del Sultanato.

Pero el reinado de Sirela sólo duró tres años: el hermano volvió a ocupar el trono y el destronado volvió a pedir auxilio al gobernador de Filipinas. Entre expediciones de castigo y de reposición de sultanes, supresión de vasallajes y conflictos con los piratas pasaron los años.

Tanto el sultán de Borneo, uno de los más poderosos, como el de Jolo, no disponían de fuerzas suficientes para controlar las intrigas palaciegas y familiares y hacer frente a la piratería que dominaba los mares, por lo que se veía obligado a pedir ayuda a las naciones coloniales presentes en la zona, como Portugal y España, y posteriormente Holanda e Inglaterra. Esta última finalmente se hizo dueña de Brunei y de la isla de Labán aplicando la política de hechos consumados y ocupación del territorio, algo que España no pudo hacer nunca por falta de efectivos. Inglaterra utilizó para la ocupación a nuestro protagonista de hoy, James Brooke, y a su propia Marina. España no tenía ni medios ni capacidad para mantener su imperio en las islas y, finalmente, perdió también Filipinas, con la intervención de Estados Unidos.

Piratas y cazadores de cabezas

La piratería en las aguas de esta región era un mal endémico y su exitosa supervivencia se debía a que la cantidad de islas, islotes y arrecifes constituían unos escondites magníficos y a que las autoridades nativas, e incluso las potencias coloniales, muchas veces eran las más interesadas en que prosiguiese tan lucrativo negocio.

Los piratas más temibles eran los ‘illanum’, que tenían sus bases en el norte de Borneo. Se sabe que vestían con una elegancia desmesurada: chaquetas escarlatas y majestuosos sombreros adornados con plumas de colores. Despreciaban las armas de fuego y luchaban cuerpo a cuerpo utilizando un puñal llamado ‘cris’, de hoja ondulada, además del ‘kampilan’, una enorme espada de dos mangos con la que los illanum partían el cráneo de la víctima de un solo golpe. Realizaban largas travesías con flotas de hasta cincuenta ‘praos’ y llegaron incluso hasta la bahía de Bengala.

Si bien los illanun constituían la crème de los piratas de Borneo, todos los pueblos costeros de la isla practicaban la profesión. En el sultanato de Brunei, los dayaks del mar eran famosos por su ferocidad y tenían una costumbre -la misma que los dayaks de tierra- que les dio mucha fama, aunque macabra: cazaban cabezas. Decapitaban a los enemigos que mataban y luego exhibían las cabezas en las viviendas multifamiliares; cuanto mayor era el número de cabezas exhibidas, mayor el prestigio de la aldea. Con el tiempo la práctica bélica se convirtió en costumbre incluso en tiempos de paz: los jóvenes hacían incursiones a las profundidades de la jungla para volver con un botín que diera fe de su valentía y destreza. Y la víctima podía ser cualquiera, incluso un pobre vendedor ambulante que se encontraran por el camino. Curiosamente, las cabezas de mujeres y niños eran las más valiosas porque constituían la prueba de que el héroe se había acercado preligrosamente a una casa comunal.

Algunos antropólogos creen que la conservación de las cabezas decapitadas tienen como motivo la mortificación del enemigo, la violencia ritual o el exhibicionismo varonil. Otros, creen que es un medio de asegurarse los servicios de la víctima como un esclavo en la otra vida, pero la teoria más arraigada es que su función primaria era ceremonial y destinada a consoldiar las relaciones jerárquicas entre comunidades e individuos.

No obstante, pese a estos ‘cortadores de cabeza’ ceremoniales, siempre se ha considerado que los malayos de Borneo eran mucho más pacíficos que los del continente, que lucen, según novelistas y cineastas, un carácter violento e irracional, conocido con el síndrome de la “ira malaya”. El término procede de la palabra malaya meng-âmog, que significa “atacar y matar con ira ciega” y es que esta locura homicida se apreció entre los malayos por primera vez, aunque haya muchos otros pueblos que la practicaron y la practican.

Rebelión de los nativos

Ya en el siglo XVIII, la aristocracia malasia que gobernaba la isla de Borneo practicaba con las tribus pacíficas un sistema de comercio predatorio y abusivo y, a las guerreras, como los dayaks, les proveía de armas para que se dedicaran a la piratería a cambio de la mitad del botín.

Tan mal estaban las cosas que en 1837 se produjo una rebelión de los nativos y el monarca de Brunei pidió auxilio a los holandeses, establecidos en el sur de la isla. El sultán, Omar Ali Saifuddin, que gobernaba el Sultanato desde 1828 no era muy listo y Hasim, uno de sus tíos, era el regente y auténtico gobernador. Temiendo perder su estatus, recurrió a los británicos, que tenían una base en Singapur bajo el mando del gobernador Bonham. Justo en ese momento había aparecido en Singapur la persona ideal para ocuparse de la misión: un hombre un tanto excéntrico, obsesionado con Borneo y con la urgente necesidad de expulsar a los holandeses de las Indias Orientales, James Brooke, quien acababa de llegar a bordo de su propia goleta, la Royalist.

James Brooke en Sarawan

Cuando James Brooke llegó a Brunei tenía treinta y cinco años. Había nacido en 1803 en Benarés, donde su padre ejercía como juez del tribunal supremo de la Compañía de las Indias Orientales. Marchó a los doce años a Inglaterra y cuando finalizó sus estudios volvió a la India y se alistó en el ejército bengalí, en el que combatió como oficial de caballería en la primera guerra birmana, en 1825. Recibió un tiro en un pulmón y le dieron por muerto en el campo de batalla; la gravedad de su lesión le tuvo cinco años convaleciendo en Inglaterra y cuando pudo reincorproarse al Ejército le negaron esa posibilidad porque se había cumplido el plazo preceptivo.

Entonces pensó en dedicarse al comercio en las Indias Orientales con un bergantín que compró al efecto, pero fracasó y tuvo que malvender sus mercancías. Volvió a Inglaterra humillado pero sin cejar en su proyecto y en 1839 lo tenemos de nuevo en Singapur, a bordo de su goleta, la ‘Royalist’, dispuesto a hacerle un favor al gobernador británico, Bonham.

Brooke se entrevistó con Hasim, el regente; se cayeron bien e incluso recibió el regalo de un orangután. Tras una regañina del gobernador Bonham porque, al parecer, no había actuado como se esperaba de un ciudadano corriente y había comprometido al Imperio británico, volvió de nuevo a la isla y tomó las riendas del ejército del sultán que estaba rodeado por los rebeldes, a los que derrotó. Hasim no sólo le concedió derechos exclusivos para comerciar en la provincia de Sarawak, sino también la promesa de nombrarle rajá, aunque la concesión del título era prerrogativa del sultán.

Gracias a sus buenos servicios, Brooke fue proclamado en 1841 rajá de Sarawak, lo que le permitía gobernar esta provincia y alrededores. Además de enfrentarse al traidor Makota, protegió a sus súbditos y atacó con éxito a los piratas aprovechando la presencia de la Marina británica. Le dio tiempo a visitar sus posesiones y a escribir un tratado de piratería. Intentó que el Gobierno británico de Su Majestad le reconociera sus logros y su rango, pero sólo consiguió que lo nombraran “agente de confianza”, aunque la publicación de sus diarios en Londres le convirtieron en un héroe nacional, un aventurero romántico y benefactor que se entregaba sin reparos a la lucha contra los piratas y los cazadores de cabezas.

De nuevo se produjo otra rebelión palaciega y Brooke estuvo a punto de morir, pero la Marina Real británica acudió en su ayuda y en julio de 1846, los británicos ocuparon la ciudad de Brunei, de la que había huído el sultán y toda su corte. Omar Ali volvió y alegó haber sido engañado. Como castigo, se le obligó a ceder la estratégica isla de Labuan, desde la que se podía controlar todo el Mar de la China, a la reina Victoria.

James Brooke volvió a Inglaterra, tras siete años de ausencia y esta vez sí fue recibido con todos los honores. La reina Victoria y el príncipe consorte le ofrecieron una recepción y le nobraron gobernador de la nueva isla, así como cónsul general de Borneo.

A su regreso a la isla se encontró con que los piratas habían vuelto a las andadas y con la reaparición del viejo Makota. Los dayaks del mar de Sariba habían arrasado las maŕgenes del río Sadong y habían decapitado alrededor de cien mujeres y niños. Brooke organizó una represalia desvastadora valiéndose de una flota de buques de guerra británicos y praos malasios y una tripulación de dos mil quinientos hombres. Fue el principio del fin de la piratería en el noroeste de Borneo, aunque no todos en Europa aplaudieron a James Brooke. Incluso en Inglaterra hubo quienes le acusaron de asesinar a salvajes inocentes con la excusa de que eran piratas para apoderarse de sus tierras, de manera que el Parlamento creó una comisión de investigación que, al final, falló a favor de Brooke.

La herencia de James Brooke

Tras reprimir una sangrienta rebelión de mineros chinos en 1857, Brooke volvió a Londres y allí se encontró con que tenía un hijo ilegítimo, Reuben George Brooke, de veinticuatro años. Se lo comunicó a sus sobrinos, que ya se veían como únicos herederos. Su reacción fue tan histérica que muchos pensaron que Brooke reconoció a ese hijo no porque fuera suyo, sino porque lo veía más capacitado que sus sobrinos para sucederle. Incluso un biógrafo cuenta que no pudo nunca tener hijos porque la bala que supuestamente lo hirió en el pulmón en Birmania fue a parar a otro órgano situado un poco más abajo. También se dice que su orientación sexual estaba dirigida a los jóvenes príncipes de Brunei.

No obstante, Reuben George Brooke nunca llegó a Sarawak y acabó muriendo en un naufragio. Charles, uno de los sobrinos, acabó siendo el segundo Rajá Blanco de Sarawak, tras la muerte de James Brooke en 1868 en Inglaterra, donde vivió los últimos cinco años de su vida.

Kabir Bedi como Sandokán

Sandokán, el resistente anticolonialista

Contra el Rajá Blanco sólo salió victorioso un héroe literario de nuestra infancia: Sandokán. En 1883, Emilio Salgari comenzó a publicar por entregas las vidas de los piratas de Malasia y los tigres de Mompracem, que tienen como protagonsita a Sandokán, el llamado “tigre de Malasia”, un príncipe de Borneo desposeído de su trono por el colonialismo británico.

En la misma época en que escritores como Rudyard Kipling o H. Rider Haggard- glorifican sin complejos la aventura imperialista de su país, Salgari inventa un héroe que es en realidad un resistente anticolonialista.

Sandokán, nos cuenta Salgari, era un joven príncipe malayo que subió al trono en la isla de Borneo con apenas veinte años y comenzó a conquistar a los reinos cercanos, por lo que británicos y holandeses, viendo amenazado su poder, se aliaron con el sultán de Varauni para derrotarlo. El héroe acabó siendo vencido por sus enemigos y entonces se dedicó a piratear por Borneo todo lo que pudo y con los años llegó a Mompracem, isla que convirtió en su base logística desde la que inspiraba el terror en toda Malasia.

Hay un par de episodios en estas novelas por entregas en las que aparece sir James Brooke con nombre y apellido y a bordo de la Royalist. Salgari le llama “exerminador de piratas” y hombre audaz, hombre de energía extraordinaria y amante delas aventuras. No obstante, como enemigo que fue de Sandokan, acabó siendo derrotado pero el príncipe pirata le perdonó la vida a cambio de que nunca más volviera a Sarawak.

El ocaso de Brunei

En el siglo XIX, que es el que más nos ha ocupado en este comentario, Brunei perdió la mayoría de su territorio y se convirtió en el pequeño país actual que comparte la isla de Borneo con otros dos Estados: Malasia e Indonesia.

Brunei fue un protectorado británico de 1888 a 1984, año en el que se convirtió en un estado independiente. Apenas tiene un millón de habitantes: el 67% es de origen malayo, el 15% chino, el 6% nativo y el 12% restante de otras etnias. El sultán actual es primer ministro, ministro de Finanzas y del Interior, además de jefe religioso del país. Tanta ocupación compensa porque posee una mansión de casi dos mil habitaciones, cientos de coches de lujo, y es el monarca más rico del mundo, aunque desde la crisis financiera asiática de 1997 y también debido el derroche fantasioso de toda la familia haya perdido muchos puestos en la lista Forbes. Se le calcula una fortuna de unos 16.000 millones de euros.

Bibliografía

Rudyard Kipling, El hombre de pudo reinar, Valdemar 2009

-Antonio Pigafetta, Primer viaje alrededor del mundo (edición de Isabel de Riquer)

– Gianni Guadalupi y Antoni Shugaar, Latitud cero, Destino 2006

– Emilio Salgari, Los tigres de Mompracem (Piratas de Malasia), Orbis, 1987

1889 en París: Mayrèna, Boulanger y el marqués de Morès

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Al recoger información para dibujar el anterior relato de la vida de Marie I, rey de los sedangs, me llamó la atención la existencia de personajes que, en algún momento de su vida, tuvieron contacto con él y que resultan fascinantes, en especial dos de ellos: George Boulanger y el marqués de Morès. Ambos morirían poco tiempo después por diferentes causas: suicidio en el primer caso y por el ataque de unos nómadas en África en el segundo.

Cuando Charles-Marie llega a París en 1889 para conseguir el reconocimiento de su reino por parte de la República Francesa, así como financiación para recuperarlo, contacta con Ernest Constant, quien había sido el primer gobernador general de la Indochina francesa y el que le encargó oficiosamente la misión de unir a las tribus de las montañas y evitar así que otras potencias, como Inglaterra o Alemania, además del Reino de Siam, se hicieran con ese territorio. Un mes después del comienzo de la misión, Constant había dejado su cargo y regresado a Francia.

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Un militar que odiaba a Prusia y se suicidó por amor

George Boulanger era un militar que había participado en todas los acontecimientos bélicos de la segunda mitad del siglo XIX: desde la expedición franco-española a Cochinchina en 1861 a la guerra contra Prusia en 1870, así como en la represión de la Comuna de París. En 1886 Clemenceau le nombra ministro de Defensa: sus reformas en el Ejército y sus inflamados discursos patrióticos y revanchistas contra Alemania le hacen muy popular. Entre la clase política francesa aumenta el temor a un golpe de Estado, no se le renueva en el cargo y se le envía a una especie de exilio a Clermont Ferrand; diez mil personas acuden a la estación a despedirle.

Apoyado financieramente por la duquesa de Uzès, riquísima heredera de los champagnes de ‘La Veuve Clicquot’, Boulanger consigue un escaño como diputado por París y la noche de su victoria más de 50.000 seguidores le vitorean en las calles y le piden un golpe de Estado, la toma del Elíseo. Sadi Carnot, el presidente de la República recién elegido prepara sus maletas, pero el exmilitar no da el paso. Ernest Constant, ministro del Interior en aquellos momentos, anuncia que se le retirará la inmunidad parlamentaria por atentar contra la legalidad republicana. Asustado, se refugia en Bruselas en abril de 1989, junto con su amante, la actriz Marguerite Crouzet, divorciada del vizconde Pierre de Bonnemains.

Es el año en el que Mayrèna vuelve a Francia y Constant, tal vez para quitárselo de encima tras hacer oídos sordos a sus pretensiones sobre los mois, le encarga vigilar los movimientos de Boulanger en Bélgica. Cuál fue el resultado de estas vigilancias, se ignora. Incluso se pone en duda también esta misión. Pero lo que cambia la perspectiva de la historia es lo que ocurrió después: Marguerite Crouzet muere de tuberculosis en julio de 1891 y Boulanger, totalmente destrozado, se pega un tiro ante su tumba en el cementerio belga de Ixelle el 30 de septiembre. “No soy más que un cuerpo sin alma”, había dejado escrito poco después de la desaparición de su gran amor.

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Un duelista entusiasta y abanderado del antisemitismo

Al marqués de Morés, Mayrèna le conoció un poco antes, en Hong Kong, cuando ya siendo rey de los sedangs se trasladó a la colonia británica para conseguir financiación. Allí se batió en duelo con Antoine-Amedee-Marie-Vicent-Amat Manca de Valombrosa, más conocido por marqués de Morés, aventurero y duelista consumado.

Tan entusiasta del duelo como tantos otros, Boulanger se batió con el presidente del Consejo de Ministros, Charles Floquet, en 1888, que ya sexagenario consiguió herir al militar. El marqués de Morés llegó a tentar a Theodore Roosevelt a un duelo en 1885, pero éste lo evitó. El reto a pistolas, o incluso a sable, parece ser el ‘mal del siglo XIX’ por su extensión y persistencia.

Pero sobre todo, Antoine Amedee era un aventurero y un protonazi, como señalan Stanley G. Payne y Maurice Barré. Casado con la estadounidense Medora von Hoffman en 1882, hija de un rico financiero de Wall Street de ascendencia alemana, fue ranchero de ganado, organizó un servicio de diligencias y creó una ciudad que lleva el nombre de Medora, en Dakota del Norte.

Después marchó a la Indochina francesa para poner en pie la construcción de una línea de ferrocarril que conectara el Golfo de Tonkin y China. Corre el año 1988 y es entonces cuando tiene lugar el duelo con Mayrèna. El proyecto de ferrocarril no se llega a realizar; a él se opone el que fuera gobernador de Indochina, Ernest Constant.

Tras regresar a Francia, Morés funda junto con Édouard Drumont, la Liga Antisemita de Francia. Año especial éste de 1889, en el que Mayrèna regresa a París, donde ya reside el marqués de Morés y en el que Boulanger gana por amplia mayoría su escaño y abandona Francia.

A Morés no le quedará mucho tiempo de vida tampoco, aunque sobrevive a los otros dos. Tras matar en un duelo al capitán Armand Mayer y de que Clemenceau, su gran enemigo, denunciara su relación con el banquero judío Cornelius Herz, implicado en el escándalo de corrupción en la construcción del canal de Panamá, marcha a Argelia para fundar el Partido Antisemita Argelino al que pretende que se adhieran los musulmanes.

Proyecta también unir a las tribus nómadas para combatir la hegemonía inglesa en África y viaja a Túnez en 1896, donde organiza una caravana para dirigirse a la frontera libia; un grupo de tuaregs lo mata en El Ouatia, en la frontera entre Túnez y Libia el 9 de junio. Tenía 38 años.

Marie I, Rey de los Sedangs, el último rey francés

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Hasta hace menos de dos meses ni siquiera había oído su nombre, Charles-David de Mayrena. Supe de su existencia mientras leía ‘Peste & Cólera’, la biografía de Alexandre Yersin novelada por Deville, que ya comenté en un artículo anterior.

En el barco que le lleva a su destino como médico de Mensajerías Marítimas en Indochina, Alexandre Yersin, quien pocos años después, en 1894, descubrirá el bacilo de la peste durante la gran epidemia de Hong Kong, conoce por boca de los viejos colonos que viajan a Singapur la historia de Mayrèna, “que fue rey con el nombre de Marie I. Un antiguo spahi, un soldado del cuerpo de expedición francés, que se convirtió en aventurero, huyendo a través de los bosques, y se hizo con un reino en alguna parte de Annam, no se sabe bien cómo, proclamándose rey de los sedangs antes de ser expulsado por los franceses. Se dice que hoy vive retirado por aquí, en la isla de Tioman, rodeado de una decadente corte de pistoleros a los que él ha hecho barones y de las ajadas y emperifolladas bailarinas de cabaret que se trajo desde Bruselas en su época de esplendor” (1)

Esa supuesta conversación de Yersin con los colonos data del año 1890, cuando Mayrèna, humillado y proscrito, se refugia en una isla, la de Tioman. Las autoridades francesas le han prohibido que permanezca en Indochina. Incluso se le acusa de traidor, además de estafador y persona de poco fiar. No he encontrado ningún relato referido a esta última etapa de su vida que corroborara que estuviera rodeado de una “decadente corte de pistoleros” y “emperifolladas bailarinas de cabaret”. Seguramente eso forma parte de la leyenda que siempre acompañó a Mayrena y que él mismo se empeñó en difundir.

Lo único que parece cierto es que la pobreza en que quedó quien fuera Rey de los Sedangs le obligó a ganarse la vida en Tioman capturando nidos de golondrinas que luego vendería a los comerciantes chinos. Por muy caros que fueran estos nidos (actualmente chinos, tailandeses e indonesios llegan a pagar quinientos euros por cien gramos de nido gelatinoso, formado por albúmina predigerida), supongo que no le permitirían mantener una corte de ninguna clase, ni siquiera de pistoleros y bailarinas.

Los primeros pasos de Mayrèna

Indochina fue para los franceses el inicio de su gran expansión colonial en Asia. Con el tiempo, la diplomacia y las guerras la avanzadilla se convirtió en una federación de protectorados en el sudeste de Asia que formaba parte del Imperio Colonial Francés y que comprendía tres regiones vietnamitas (Cochinchina, Tonkín y Annam) junto a los Protectorados de Laos y Camboya.

En la época que nos ocupa, la década de 1880, Saigón, capital de Cochinchina, contaba con una población de unos veinte mil annamitas y no más de tres mil franceses, la mayoría oficiales o funcionarios. Entre ellos sobrevivía nuestro héroe, Auguste Jean-Baptiste Marie Charles David, escribiendo artículos para un periódico local. Gozaba de una excelente educación y decía pertenecer a una buena familia y que tenía derecho a utilizar el título de barón. Era descendiente de judíos expulsados de España que se asentaron en la región francesa de los Vosgos; el apellido Mairena se convertiría en Mayrèna.

Nació en 1842, en el seno de una familia burguesa y bonapartista. Su abuelo materno fue un importante funcionario que llegó a ser consejero de Estado y diputado en los Vosgos en 1815. Su padre, un oficial de marina, murió muy joven.

Con quince años ingresa en la Escuela Naval y dos años después queda adscrito al Sexto Regimiento de Dragones. En 1863 es enviado a Cochinchina y participa en la anexión de ese territorio. Por sus acciones resulta condecorado con la Legión de Honor. A ese periodo se refiere en ‘Recuerdos de Cochinchina’, donde narra sus aventuras sin hacer distinción entre lo verdadero y lo falso.

Deja el Ejército y se instala como banquero en París, cuyos boulevards y cabarets frecuenta, pero en 1883 se le acusa de fraude y malversación y se ve obligado a huir a Holanda, desde donde se embarca hacia las Indias orientales neerlandesas, a las que llega en marzo de 1884, Se cuenta que tras huir de Francia perseguido por la justicia pensó acercarse por el sultanato de Aceh, en Indonesia, que mantenía una guerra con Holanda y prestar sus servicios allí como soldado. Otras fuentes aseguran convenció al riquísimo barón Seillière para que le financiara una exploración científica en el sultanato.

En cualquier caso nunca llegó a Aceh, sino a Saigón. Y es en este momento cuando comienza la gran aventura que apenas durará unos años pero que lo convertirá en Marie I, Rey de los Sedangs.

En Saigón y en Vietnam: el comienzo de la aventura

En este periodo de su vida la leyenda se mezcla tanto con la historia real, que es difícil discernir lo que es cierto de lo que no. Tenemos a nuestro héroe viviendo en Saigón, trabajando intermitentemente como periodista, aunque probablemente también ganándose la vida de alguna otra manera. Parece ser que explotó una plantación en el centro de Vietnam y que se dedicó al tráfico de armas. O quizá no y lo que hiciera en esos tres años, desde su llegada, fuera examinar sobre el terreno las posibilidades de conseguir que toda la zona pasara a manos del Imperio francés, lo que sería compatible con sus colaboraciones periodísticas, e incluso con el tráfico de armas.

Su aspecto podía calificarse de ‘grandioso’: medía 1,82 centímetros y su conversación resultaba fascinante, ya que de lo contrario no habría conseguido que gentes con posibles le financiaran sus expediciones. Hablaba de corrido el annamita y otras lenguas locales y convivía con Ahnaia, una bella joven originaria de la etnia de los cham, los primeros conquistadores de Annam, que fundaron el antiguo estado hinduista de Champa en los inicios de la era cristiana y cuyo territorio, debido a la guerra con las poblaciones vecinas, fue reduciéndose paulatinamente hasta que en 1822 fue totalmente absorbido por Vietnam.

En la capital de Cochinchina, siguen las discrepancias de sus biógrafos. Mientras Soulié afirma que Mayrèna fue convocado por el gobernador general de Saigón, otros señalan que fue el propio aventurero quien presentó su propuesta de explorar y conquistar el territorio de los mois. Sea como fuere a las dos partes les interesaba. Por aquel entonces el vecino reino de Siam, apoyado en la sombra por el Gobierno alemán, tenía la intención de ocupar esas tierras y Francia no podía invadirlas porque se hubiera creado un incidente diplomático de consecuencias imprevisibles.

Mayrèna propuso crear una asociación entre los pueblos de esa región -los djarais, sedangs y bahnars- con objeto de frenar la invasión de Siam. Él se encargaría de la misión, pero de manera oficiosa. Se instalaría en la Misión de los bahnars, dirigida por los padres católicos Guerlach e Irigoyen, que le ayudarían. En caso de éxito, recibiría la concesión de unas hipotéticas minas de oro de Attapu y el título de jefe de la Confederación de los Mois. Si fracasaba, Francia se desentendería del asunto.

Expedición al país de los mois

En marzo de 1887, junto con su amante Ahnaia y con Alphonse Mercurol, viejo amigo de Saigón, antiguo croupier, y también aventurero, se embarcó hacia el país de los mois, término que significa “salvaje” en vietnamita, y que designa indistintamente y de forma peyorativa las etnias de Annam (bahnars, rades, djarais, sedangs….) Son los habitantes originales de Indochina, que fueron progresivamente empujados a las montañas por los Viets de Tonkin y de Annam. Reacios a cualquier forma de civilización, eran animistas, veneraban a los espiritus del bosque y con frecuencia hacían la guerra para procurarse esclavos. Su territorio era entonces considerado como muy peligroso e insalubre y sólo algunos misioneros se instalaron en la localidad de Kon Tum.

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Nativo sedang

Con doce porteadores y diez soldados annamitas, Mayrena llegó a Kom Tum, un viaje sin grandes contratiempos si se exceptúa algún ataque nocturno de los djarais, puestos en fuga por el propio explorador a punta de pistola. Otras fuentes hablan de ochenta coolies y quince tiradores annamitas. En todo caso resolvió la cuestión en seis meses, contra toda expectativa.

En Kom Tum se había instalado la misión católica y allí fue donde Mayrèna situó su centro de operaciones. Pronto comenzó su gira por las aldeas, acompañado por el padre Gerlach y por Mercurol, para convencer a los nativos de las ventajas de una confederación. Vestía una chaqueta azul oscura con galones, un pantalón blanco con una raya dorada y un fajín de seda roja del que pendía un sable con incrustaciones de nácar y empuñadura de oro en una funda de plata. Bajo tal ropaje se escondía una cota de malla que más de una vez le salvó la vida. Mercurol tampoco se quedaba atrás en magnificencia: lucía un uniforme de oficial inglés completamente rojo que compró a un chino de Quy Nhon.

La gira dio sus frutos y Mayrèna fue reconocido como ‘Tonul-Tom’, es decir, presidente de la Confederación de los Bahnars. Los sedangs y los djarais no formaban parte de ella, por lo que se vio obligado a conseguir que aceptaran su mando. Lo tuvo difícil con los sedangs, los más crueles de todos los habitantes del territorio moi.

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Padre Irigoyen

Vestidos con toda la parafernalia ya descrita, Mayrèna y Mercurol, acompañados por el padre Irigoyen, se presentaron en una aldea de los sedang y después de largas discusiones y riesgo de enfrentamientos, el propio Mayrena retó en duelo al jefe de la aldea y lo venció. Fue un momento peligroso porque los nativos estuvieron a punto de matarlos a todos, pero nuestro héroe pidió al sacerdote que les explicara que no debían extrañarse ni tomar represalias por la derrota de su jefe porque todo se debía a que él era invencible gracias a un favor especial del genio de la guerra. Como no le creyeron, Mayrèna les dijo que podía probar su invulnerabilidad situándose frente a los guerreros y allí, de pie ante ellos, soportaría el lanzamiento de sus venablos contra su cuerpo con total impasibilidad, pero precisó que si bien a él no le causarían heridas, sí se volverían contra los lanzadores y allí mismo morirían por sus propias flechas. Los guerreros reflexionaron y decidieron hacer de Mayrèna su ‘Agna’, es decir, su rey.

Creación del Reino de los Sedangs

De vuelta a Kon Tum, el primero de mayo redactó la Constitución del Reino de los Sedangs, ya como Rey con el nombre de Marie I, reino al que se unió la Confederación de Bahnars-Rangao. El texto original se publicó en ‘El Correo de Haifong’ y, además de prohibir los sacrificios humanos, declaraba la religión católica como la oficial.

El nuevo rey dotó a su joven Estado de todos los tributos de la soberanía: una bandera (azul con una cruz de Malta y una estrella roja en el centro); una divisa (‘Jamais cédant, toujours s’aidant’) y creó una aduana y un servicio de correos con sus propios sellos. También un ejército de 20.000 hombres equipados con revólveres Remington y ballestas.

Mercurol acumuló las funciones de ministro de Asuntos Exteriores y también de la Guerra; el padre Irigoyen fue nombrado Gran Capellán del Rey y Ahnaia se convirtió en la Reina de los Sedangs. También se crearon numerosas condecoraciones y los padres Guerlach, Irigoyen y Vialleton fueron nombrados Comendadores.

En junio de 1888, Mayrèna telegrafió un mensaje al gobernador francés de Indochina, afirmando que se había autoproclamado Rey de los Sedangs y ofrecía a la Tercera República Francesa una oferta que, según Charles-Marie, no podían rechazar: su Reino a cambio de que élmantuviera los derechos comerciales de monopolio. La respuesta por parte de Francia fue el silencio.

Mayrèna consiguió librar a su Reino de los ataques incesantes de los djarais aliándose a veces con ellos y otras, combatiéndolos. Consiguió detener los planes de Siam de apoderarse del territorio y para ello, viajó a Bangkok donde fue recibido por el Rey de Siam al que logró convencer de la existencia del Reino de los Sedangs. En aquella ocasión a punto estuvo de caer bajo los encantos de una bella sueca, Mademoiselle Dalberg, pero se mantuvo fuerte y no sucumbió a la “potencia extranjera” cuyos intereses representaba y que debía ser, sin duda Alemania, el país que manejaba los hilos de Siam.

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Kon-Jeri, capital del Reino

El desmoronamiento del Reino

Un mes después, Su Majestad Marie I hizo su entrada en su capital de Kon-Jeri, pero mucho había cambiado durante su ausencia: se había declarado una epidemia de viruela, los djarais andaban revueltos, el gobernador francés había sido reemplazado y Ahnaia murió de tuberculosis.

El Reino se debilitaba, Mercurol se había vuelto insolente e impopular y Mayrèna organizó una incursión contra los  rebeldes djarais que acabó en derrota. Marie I, acompañado por Mercurol, marchó a Haiphong, donde intentó vender los títulos de Comendador de su Reino a precios que rondaban los cincuenta y trescientos francos-oro. Allí se volvió a encontrar con Mademoiselle Dalberg y su hermano, hombre de malísima reputación, que estaba siendo vigilado por la Policía.

Todos juntos marcharon a Hong-Kong y Mayrèna, de aventurero algo parlanchín y fantasioso, pasó a ser practicamente un delincuente que trataba de conseguir dinero de aquí y de allá. Era noviembre de 1888 y el Rey de los Sedangs se movía por la colonia británica con su guardia de honor ridículamente uniformada en busca de inversionistas entre los financieros y comerciantes locales. En el curso de su estancia se batió en duelo con otro aventurero, el marqués de Morès, duelista entusiasta, que andaba en tratos para la construcción de un ferrocarril que uniera el Golfo de Tonkín con China. Murió pocos años después, en 1896, en una expedición por el norte de África, a manos de los tuaregs.

El 21 de marzo de 1889 Mayrèna se reunió con el gobernador general de Indochina para pedirle el reconocimiento oficial de su país. Ante su rechazo contactó con el cónsul alemán, igualmente sin éxito, para ponerse bajo la protección del kaiser. Incluso habría amenazado con declarar la guerra a Francia. Una campaña de prensa sacó a la luz entonces su pasado.

Finalmente, en abril de 1889, Mayrena decidió volver a Francia y, en su ausencia, el Reino de los Sedangs fue totalmente desmantelado. Los enviados de la República recorrieron todos los poblados mois con objeto de recuperar las banderas de Marie I y reemplazarlas por las enseñas tricolor. La Confederación Bahnars-Rungao duraría hasta 1897, cuando la región de los mois entró oficialmente bajo Protectorado francés.

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Mayrèna en Europa

Cuando llegó a París, Mayrena se instaló en el Gran Hotel bajo el nombre de Conde de Grey y creó una delegación del Reino de los Sedangs en la calle Grammont. Su intención era reunirse con el presidente francés, Sadi Carnot, y pedirle que se reconociera al Reino de Sedang.

Las condecoraciones y títulos que vendía para procurarse recursos y sus anécdotas le convirtieron en una especie de mascota de los salones parisinos. Vendió baronías, ducados, cruces al mérito… Al final marchó a Bruselas, por consejo del ministro del Interior franceś Ernest Constans, al que conoció unos años antes como gobernador general de Indochina, con el fin de espiar al general Boulanger y a su amante, madame de Bonnemain. La pareja marchó a Londres; regresarían poco después a Bruselas, donde ella moriría de tuberculosis y él, incapaz de seguir viviendo sin ella, se suicidaría dos meses después ante su tumba, en el cementerio de Ixelle, en 1981.

Mayrèna volvió a París en 1889, cuando Boulanger y Margueritte Crouzet marcharon a Londres, y se sabe que asistió a la inauguración de la Exposición Universal en la tribuna oficial. Pero totalmente desprovisto de dinero volvió a Bruselas y allí conoció a un rico industrial que, ávido de honores, consintió en financiar el regreso de Mayrena a su Reino en Indochina mediante la contratación de mercenarios malasios, a cambio del título de Comendador. Pero cuando llegaron a Singapur, el cónsul francés le transmitió la prohibición de permanecer en Indochina y confiscó todas sus armas.

Sin recursos y sin financieros que le apoyaran acabó huyendo a una isla vecina a Singapur, Tioman. No obstante, seguía obsesionado con recuperar su Reino e incluso llegó a ofrecerlo como protectorado al emperador Guillermo. No era la primera vez. El correo fue interceptado y Mayrèna, sospechoso de traición, estuvo vigilado por el oficial inglés del distrito Owen.

El 11 de noviembre de 1890, por la mañana, Mayrèna le cuenta a Owen que ha sido mordido por una serpiente ‘edong-hiar’, cuya picadura es moral, y le pide que se quede a su lado. Dos horas después muere, abandonado por todos, salvo por su perro. Sobre su muerte nada es seguro. Incluso es probable que muriera envenenado por un pinchazo del árbol Antiaris Toxicaria, conocido por los indígenas como ‘upas’, que segrega un veneno con el que los nativos impregnan las flechas. Otros dicen que murió en duelo singular, una lógica conclusión de su trayectoria.

(1) Patrick Deville, Peste&Cólera, Anagrama, 2014, pág. 53

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Bibliografía sucinta sobre Marie-David de Mayrèna

Las primeras biografías sobre Mayrèna de las que tengo noticia datan de 1927: son dos, aparecidas el mismo año y con el mismo título pero muy diferentes en su concepción.

La de Maurice Soulié, entregada a la imprenta con el título “Marie 1er, Roi des Sédangs”, defiende que Marie-David de Mayrena fue uno de los grandes aventureros de la historia que, pese a “carecer de valores burgueses”, se comportan con valentía, desprecian la muerte y protagonizan grandes empresas. Soulié se basó en los propios informes redactados por Mayrena y, al igual que el protagonista, mezcla lo verdadero con lo falso (1).

También en 1927 vio la luz otra biografía de Mayrena con el mismo título, “Marie 1er, Roi des Sèdangs”, cuyo autor, Jean Marquel, que vivió algún tiempo en Indochina y conoció la leyenda y que se inspira en diversos documentos, no tuvo la misma inclinación de Souliè a la hora de favorecer la imagen del rey de los sedangs. Marquel concluye que Marie-David de Mayrena no fue más que un “despreciable aventurero, un estafador y, lo que es peor, un traidor” por sus amenazas de pasarse al bando alemán e incluso al inglés (2).

Diez años más tarde, en 1937, Jean Dorsenne publicó “Un boulevardier roi des sauvages” (3), novela en la que se inspiró “La Voie royale” de Malraux (4). Dorsenne, cuyo auténtico nombre es Jean Troufleau, reivindica para Mayrena la pertenencia a la categoría de los grandes aventureros a los que un poco de suerte les permite convertirse en lo se suele denominar “pioneros de la idea colonial”.

En 1986 aparece “Le Royaume oublié”, de Michel Aurillac (5), sobre el Reino de los Sedangs, obra que dedicó al investigador estadounidense Gerald C. Hickey, especialista en las poblaciones de montaña del centro de Vietnam que estudia de cerca el caso de Mayrèna en “Kingdom in the morning mist”, de 1988 (6).

Michel Aurillac, que fue ministro de Cooperación con Chirac, descubrió que el Mayrèna francés era el último descendiente de una familia sefardita que se instaló en los Vosgos, y decidieron apellidarse de ese modo para no olvidar su pasado. Hay hasta cuatro pueblos en España que llevan ese nombre -Mairena- dos en Sevilla, uno en Granada y otro en Murcia. El Mairena español se convertiría en el Mayrèna francés.

Entre las últimas biografías figuran dos correspondientes a 2012, a cargo de Antoine Michelland, periodista de la revista ‘Point de vue’, que pretende ser una rehabilitación de Marie I (7), y la de Lionel Lecourt, “Marie Ier. Roi de Sédangs en Indochine” (8).

(1) Maurice Soulié, “Marie 1er, Roi des Sédangs”, Marpon et Cie, Editeurs, 1927

(2) Jean Marquel, “Marie 1er, Roi des Sédangs”, Huè, 1927

(3) Jean Dorsenne, “Un boulevardier roi des sauvages”, Editions de France, 1937

(4) André Malraux, “La Vía real”, Argos, 1980

(5) Michel Aurillac, “Le Royaume oublié”, Olivier Orban, 1986

(6) Gerald C. Hickey, “Kingdom in the morning mist”, University of Pennsylvania Press, 1988

(7) Antoine Michelland, “Marie Ier, le dernier roi français. La conquête d’un aventurier en Indochine”, Paris, Librairie Académique Perrin, 2012

(8) Lionel Lecourt, Marie 1er. Roi des Sédangs en Indochine, Paris, L’Harmattan, 2012.

 

Patrick Deville, Peste & Cólera

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En algo más de 230 páginas se nos cuenta la vida y obra de Alexander Yersin, un microbiólogo del Instituto Pasteur que no sólo hizo importantes descubrimientos, sino que fue médico en una compañía naviera, explorador, agricultor, meteorólogo… Se puede decir que en sus ochenta años de vida -nació en 1863 y murió en 1943- no se quedó quieto ni un momento.

Se le conoce sobre todo por el descubrimiento del bacilo causante de la peste. Dicen algunas enciclopedias que fue “codescubridor” junto con el japonés Kitasato Shibaburo, pero su biógrafo -en este caso Deville- deja clarísimo que no, que fue Yersin el primero que aisló el bacilo y descubrió que las ratas lo llevaban también encima, y eso a pesar de las dificultades que le pusieron a nuestro investigador franco suizo por parte de los británicos cuando fue a Hong Kong a estudiar los casos de peste que se habían declarado en 1894. Ni siquiera le permitieron hacer autopsias pero tuvo la suerte de no poseer un laboratorio tan sofisticado como el de su colega japonés, gracias a lo cual su bacilo se mostró claramente en la temperatura adecuada.

Deville nos cuenta ésta y otras historias que protagonizó Yersin y, de paso, la historia colonial de esos casi cien años y la de los avances médicos y científicos de la época. Para documentarse ha utilizado las cartas que el propio Yersin envió durante años a su madre, a su hermana y a colegas del Instituto Pasteur. Las cartas deben ser terriblemente aburridas, algo que reconoce el propio Deville, quien nos cuenta que su conversación lo era también, al menos en los salones, aunque no para otros investigadores tan metódicos como él.

Y, sin embargo, Deville consigue que esas más de doscientas páginas biográficas no sólo sean amenas sino también apasionantes. No es la primera biografía que acomete, ni la última. Define sus libros como “novelas sin ficción”, lo que viene a decir que todos los datos son reales, pero que su estructura es literaria. Afortunadamente es así y gracias a esto, y también a que conoce los escenarios y ha profundizado en la biografía de Yersin, los lectores podemos disfrutar de una narración que salta de la Primera a la Segunda Guerra Mundial, de Livingstone a Rimbaud, de la quinina al árbol del caucho, de Manila a Hong-Kong o del Instituto de Pasteur al Instituto de Higiene de Berlín de Robert Koch, rivales pero igualmente importantes en la lucha contra tantas enfermedades cuyos transmisores, pequeños microbios, habían sido unos desconocidos hasta entonces.

Featured imageTras pasar un tiempo investigando en el Pasteur (junto con Roux descubre la toxina diftérica) Yersin decide que ya es momento de cambiar de vida y se enrola como médico en un barco de la compañía Mensajerías Marítimas de Burdeos, primero en la línea Saigón-Manila y luego Saigón-Haiphong. Quiere ser explorador y lo consigue. Un tercio de su tiempo lo pasa a bordo, el otro está de descanso en Saigón y el último lo pasa en la ciudad de Manila, adonde regresa cada mes para estudiar astronomía con los jesuítas del Observatorio, escala el volcán Taal y se dedica a otros trabajos prácticos, como construir cometas. Y remonta las orillas de los ríos en pequeñas barcas, en medio de una “espesa selva trropical”, como le cuenta a Fanny, su madre, que aún continúa viviendo en un cantón de Suiza.

Ya de pequeño Yersin tenía a Livingstone en un altar particular. Deville nos descubre que también Pasteur era un admirador del médico explorador al que localizó Stanley y que, junto con Ferdinand de Lesseps, realizó un viaje a Escocia para conocer a su hija. Tal vez Pasteur sintiera cierta envidia de Yersin, cuando éste tomó la decisión de dejar el Instituto en París y explorar la jungla.

Deville, posiblemente por su cuenta, hace un paralelismo entre Yersin y Rimbaud, que en esos tiempos también había abandonado Francia y exploraba y traficaba en África. Ahora bien, Yersin nunca abandonó sus contactos con el Instituto Pasteur y con la investigación. Es en 1894, cuatro años después de enrolarse en la compañía naviera, cuando es enviado a Hong Kong por el Gobierno francés y por el Instituto para estudiar el brote de peste que está asolando la región asiática.

También explora las regiones de la Indochina francesa y descubre Nha Trang, en Vietnam, donde pasará largos periodos de su vida en el laboratorio que ha creado, fabricando el suero de la peste, aclimatando especies vegetales de otros mundos en Hon Ba (en las montañas), como la quinina o el árbol del caucho, estableciendo una estación meteorológica…. Es un “hiperactivo”, dice su biógrafo, o un “enciclopedista”, también lo dice, que intenta aprenderlo todo y al que todo le interesa.

Con los años crea en Nha Trang un importante laboratorio y también llega a poseer un gran número de cabezas de ganado, cuya explotación le permite importar semillas, artefactos, un automóvil, cualquier cosa que le pudiera interesar para progresar en sus diversas actividades o calmar su curiosidad insaciable. Pero no se convierte en un déspota colonialista, en absoluto. No será como aquel Charles David Mayrena que se autoprocamó rey de los sedangs en Annam en 1888 con el nombre de Marie I, aquel que buscaba oro y gloria, un antiguo soldado del cuerpo de expedición francés y que en 1890 se retiró a la isla de Tioman, donde murió, “rodeado de una decadente corte de pistoleros a los que él había hecho barones y de las ajadas y emperifolladas bailarinas de cabaret que se trajo desde Bruselas en su época de esplendor”.

La casa de Yersin en Nha Trang es hoy un museo y el epitafio que adorna su tumba reza lo siguiente: “Benefactor y humanista, venerado por el pueblo vietnamita”.

Nota: La tumba, coronada por una pagoda, según leí en un blog sobre Yersin, muestra el epitafio con el que he terminado el comentario al libro de Deville, pero éste asegura en en la tumba sólo puede leerse en letras mayúsculas: ALEXANDRE YERSIN 1863-1943.  Habrá que visitar Nha Trang

El cuarto oscuro de Pascal y la fortaleza de Kant

Autograph-ImmanuelKant

El ‘pensamiento’ de Blaise Pascal de que todo el mal del mundo viene de que los hombres son incapaces de estarse tranquilos en un cuarto hace mención a la idea de que el bien es la retención de la energía y que el mal es su derroche porque se sustrae del crecimiento. Al igual que el agua, sentencia Cyril Connolly, “como somos más fieles a nuestra naturaleza es en reposo” (1).

En este sentido la existencia de Kant es la expresión más fiel de ese pensamiento. Decir de él que era un hombre muy moderado y metódico sería quedarse corto. De todos es sabido que los relojes de Königsberg se ponían en hora atendiendo a sus paseos “digestivos” de las cuatro en punto. Todos los días, lloviera, nevara o luciera un sol abominable, Immanuel recorría el mismo trayecto: de su casa a la fortaleza de Friedrichsburg y vuelta, lo que dieron en llamar ‘el paseo del filósofo’. Procuraba pasear en soledad por cuestión de higiene: para respirar con la boca cerrada y evitar así las afecciones reumáticas.

Se dice que sólo varió la costumbre del paseo vespertino a causa de la batalla de Valmy, pero no he encontrado nada que avale este dato, que posiblemente pretende poner de relieve que sólo un acontecimiento de tal calibre -la victoria de las tropas revolucionarias francesas sobre las invasoras austríacas y prusianas, que cambió la historia de Europa- pudo hacerle interrumpir sus hábitos. También se cuenta que la única excepción se produjo el día en que la lectura del ‘Émile’, de Rousseau, lo absorbió tanto como para hacerle olvidar su paseo, hecho que suscitó la alarma de sus conocidos. Posiblemente no sea cierto y sólo quiera subrayar el afecto del filósofo por las nuevas ideas de la Ilustración.

Cuando Pascal habla de no salir del cuarto podría referirse no solo a no derrochar energía, sino también a que la inacción social es fuente de todo bien. Si uno está en su casa tranquilamente, dialogando con sus propios pensamientos y poniéndolos en orden y por escrito, no tiene oportunidad de enredar con otros, de dirigir o mezclarse con iniciativas que pongan en marcha acciones, casi siempre malévolas, como pueden ser las guerras o las visitas intempestivas.

Kant se pasó toda su vida pensando, en su cuarto, y escribiendo. Y evidentemente poco mal pudo hacer, aunque criticó mucho a san Anselmo de Aosta; de hecho refutó a conciencia su argumento ontológico de la existencia de Dios, lo que dio mucho que hablar en su época y acabó con la autoridad intelectual del santo.

Solamente hubo en su vida un conflicto: el que mantuvo con la censura bajo el reinado de Federico Guillermo II, a raíz de la publicación de su obra “La religión dentro de los límites de la mera razón”, en 1792, precisamente el año de la batalla dee Valmy. Kant se vio obligado a firmar un escrito comprometiéndose a no volver a hablar ni a escribir públicamente de religión, promesa de la que se sintió desvinculado a la muerte del emperador, ocurrida en 1797.

Kant tiene una obsesión, que es la de llegar a viejo y, por lo tanto, no puede permitirse el malgastar sus fuerzas, no debe derrochar su energía vital. Tampoco tenía en exceso puesto que era flaco y enclenque. Obviamente no se casó, para no malgastarse. Difícil alcanzar una edad provecta si media el matrimonio, decía. Kant murió a los ochenta años, en 1804, suponemos que entero. Y sus últimas palabras fueron: “Está bien”.

Volviendo a Pascal hay que advertir que era bastante incoherente. Por hacer una frase, un ‘pensée’ armónicamente formulado podía arriesgarse a la condena eterna e incluso rebatir lo que acababa de escribir el día anterior, lo que es mucho más grave en un intelectual. Porque si bien apostaba por quedarse en un cuarto, también decía que el hombre necesitaba distraerse y, en el párrafo siguiente, defendía que el tedio provenía de una vida sin Dios y que intentar evitarlo mediante la diversión suponía huir de la realidad. Sin Dios, el hombre no es nada, decía, y el tedio es la conciencia de dicha nada.

Y luego se planteaba que mucho mejor es el sufrimiento porque al menos es “algo”. Pero si no tenías nada por lo que sufrir, pues vuelta a Dios. Es resumen, toda esa retahíla de contradicciones para defender que lo mejor para uno era quedarse en su cuarto pensando en Dios y en que más vale creer que no hacerlo, después de haber experimentado la actividad, la inanidad y la irrealidad.

(1) Cyril Vernon Connolly, ensayista y novelista británico nacido en Coventry en 1903