Santa Claus y la recuperación de las Saturnalia

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Finalizada la Segunda Guerra Mundial, con el incipiente regreso a la normalidad de los asuntos económicos, la celebración de la Navidad al modo americano en Europa se extendió con una amplitud desconocida hasta entonces. También el prestigio de los Estados Unidos, que tanto había contribuido a ganar la guerra, contribuyó a que se recuperara el árbol de Navidad, el muérdago, las tarjetas de felicitación y Papá Noel o Santa Claus, tradiciones europeas al fin y al cabo pero que, con recientes añadidos, formaban parte de las celebraciones americanas y que en Francia se habían considerado, hasta entonces, pueriles.

El antropólogo Claude Levi-Strauss publicó un artículo en ‘Le Temps Modernes’ en 1952, en el que recogía el auge de esta fiesta en Francia al tiempo que daba cuenta de un hecho insólito protagonizado por las autoridades eclesiásticas: unos meses atrás, el 24 de diciembre de 1951, Papa Noel fue colgado de las rejas y quemado, por usurpador y hereje, en el atrio de la catedral de Dijon, en presencia de casi tres centenares de niños del Patronato.

Se le acusaba de paganizar la Fiesta de la Navidad, aunque en realidad Papa Noel tenía su origen en el siglo IV de nuestra era y se inspiraba en el obispo san Nicolás de Bari, nacido en la actual Turquía. Entre sus buenas obras se cuenta que, compadecido por el oprobioso destino de tres doncellas, cuyo padre había caído en la más absoluta de las miserias hasta concebir la idea de prostituirlas, dejó caer por la chimenea de la casa unas monedas de oro que se introdujeron en las medias de lana que las jóvenes habían puesto a secar. De aquí la tradición de colgar calcetines tejidos en los que aparecen a la mañana siguiente los regalos de Navidad. Y, entre los milagros ocurridos por su intercesión, se cuenta el prodigio de haber devuelto a la vida a tres pequeñuelos que habían sido sacrificados por un hostelero para dar de comer a sus clientes.

La figura de san Nicolás se extendió por muchos países y los inmigrantes holandeses que en el siglo XVII fundaron la ciudad que posteriormente sería Nueva York, llevaron consigo la fiesta de Sinterklaas, su patrono, traducción de san Nicolás, el anciano bonachón que regala juguetes a los niños, y cuya pronunciación derivó en Santa Claus.

Lo que parecen ser nuevos ritos no surgen como por ensalmo, sino que recogen elementos arcaicos que se transforman o se combinan con otros modernos, de alguna manera ya presentes a lo largo de la historia. En su artículo, Levi-Strauss señala que la Navidad, a mediados del siglo XX, era una fiesta moderna pero con múltiples caracteres arcaizantes. El uso del muérdago, por ejemplo, es una pervivencia druídica pero se volvió a poner de moda en la Edad Media y actualmente no deja de utilizarse en las fiestas navideñas.

La hiedra y el acebo se utilizaban para adornar las viviendas en la Roma de las Saturnalia y Papa Noel, además de inspirarse en san Nicolás, tiene su antecedente en el Abad del Desgobierno, que no es otro que el inglés Lord of Misrule, personajes que se convierten en reyes de la Navidad. Estos lores, abades o monarcas son los herederos del rey de los muertos en la Antigua Roma, en las fiestas que se celebraban entre el 17 y el 24 de diciembre, los días más oscuros del año. En ellas se hacían regalos, sobre todo velas de cera, y se producía una obligada fraternidad entre ricos y pobres – los sirvientes se sentaban a la mesa y eran servidos por sus señores – y una subversión de los papeles de hombres y mujeres, que se intercambiaban las vestimentas para mostrar esa transformación festiva. Los jóvenes elegían a su rey, que debía regir los excesos y situarlos en determinados límites, y los esclavos recibían una pequeña paga extra, en vino o en moneda.

Las Saturnalia eran también la culminación del recuerdo a los muertos que ocupa todo el otoño y comienza con el inicio de la estación. En los países anglosajones, y cada vez más en los nuestros ante la mirada crítica de las autoridades católicas al igual que pasó con Papa Noel en Dijon, se celebra el Hallow Even, fiesta en la que los niños disfrazados de fantasmas y esqueletos persiguen a los adultos. Los muertos, representados por los más pequeños, exigen caramelos y luego, en el solsticio de invierno, es decir, el 24 de diciembre, colmados de regalos y satisfechos abandonan a los vivos hasta el siguiente otoño en que la luz comenzará a menguar de nuevo.

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Estas fiestas romanas gozaban de tal popularidad que, si bien duraban un sólo día en la época de Julio César, fueron ampliándose a siete y durante ese periodo se disfrutaba una vacación absoluta. A la Iglesia le costó mucho esfuerzo desembarazarse de ellas y sólo lo consiguió a fuerza de prohibiciones y de instaurar el nacimiento de Jesucristo el mismo día en que se celebraba la festividad del Sol Invicto.

El rey de las Saturnalia es heredero de un mito antiguo: el elegido, tras personificar a Saturno, dios de la agricultura, y permitirse todo tipo de excesos durante un mes, era sacrificado solemnemente. Levi-Strauss, que lo recuerda citando a Frazer, finaliza su artículo, titulado “El suplicio de Papá Noel”, con la deriva inesperada de aquellos sucesos de 1951: gracias al auto de fe de Dijon nos encontramos al héroe reconstituido con todas sus características y en toda su plenitud, tras un eclipse de algunos milenios. Todo regresa.

Ahasverus y Cartaphilus, errantes inmortales

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El Judío Errante, o Judío Inmortal como lo llaman en los países de habla alemana, es un personaje de la mitología popular europea que inicia su andadura en las crónicas medievales del siglo XIII y se multiplica a partir de 1547, año en el que fue visto en Hamburgo. Aparece en distintas versiones y con diferentes nombres pero siempre con una característica: un marcado sentido antisemita. Es la personificación de la diáspora del pueblo judío, propenso a éxodos, exilios y destierros, un castigo divino que la nación “cainita y deicida” tiene bien merecido por haber negado al Mesías y haberle conducido a la crucifixión, según la cristiandad.

Nuestro personaje tiene semejanzas con Caín, al que Jehová condenó a vagar errante y fugitivo sobre la tierra. El judío de la leyenda recibe la maldición de labios de Jesús, bien por negarle un poco de agua o un lugar para el reposo durante su subida al Gólgota, bien por meterle prisa cuando cargaba con la cruz a cuestas. El hijo del hombre se va, pero tú esperarás a que vuelva”, parece que le dijo. La promesa de Jesús a sus seguidores era que pronto volvería y los apóstoles pensaban que eso ocurriría en su propia generación, pero han pasado dos mil años, la Parusía sigue sin producirse y el Judío Errante continúa su vagar eterno sin poder descansar jamás.

Una de las versiones asegura que el Judío Errante era un zapatero que tenía su tienda en la calle por la que subían los condenados a muerte con los maderos de la cruz a cuestas; otra, que se trataba de un centurión o un criado de Poncio Pilatos, que era el mismo Herodes e incluso Malco, asistente del Sumo Sacerdote, al que Pedro cortó la oreja. Los nombres también son muchos, pero han persistido, posiblemente debido a la literatura sobre el tema, el de Joseph Cartaphilus, identificado con el centurión y a, y el de Ahasverus.

En las primeras líneas de “El inmortal”, Borges nos hace un retrato de Joseph Cartaphilus sin afirmar en ningún momento que sea el auténtico Judío Errante. Nos lo sitúa como anticuario en 1929 en Londres. “Era un hombre consumido y terroso, de ojos grises y barba gris, de rasgos singularmente vagos y se manejaba con fluidez e ignorancia en diversas lenguas”. A finales de ese mismo año se supo que había muerto en el mar, al regresar de Esmirna, y que lo habían enterrado en la isla de Ios. Pero dejó en el último tomo de la Iliada, un manuscrito en el que Marco Flaminio Rufo, tribuno de las legiones de Diocleciano y otro de los nombres de Cartaphilus, narra su búsqueda de la Ciudad de los Inmortales.

De Cartaphilus se contaba en cartas y crónicas medievales que había sido un pretoriano de Poncio Pilato, aquel que empujó a Cristo camino del Calvario para que se diese prisa. Y que fue entonces cuando el propio Mesías le profetizó su inmortalidad errante. Otra versión, procedente de la crónica inglesa “Flores Historiarum” de Roger de Wendover, publicado en 1228, cuenta que un arzobispo armenio que visitaba Inglaterra relató que se había encontrado con Cartaphilus, en realidad José de Arimatea. Una leyenda algo posterior dice que Cartaphilus no era soldado romano, sino un criado del gobernador que acabó como ermitaño haciendo penitencia por su enorme pecado en Armenia. En todos los casos, el condenado a la inmortalidad rejuvenece cada vez que llega a la edad de cien años y así hasta la segunda venida de Cristo, como le fue prometido.

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En 1603 circuló un folleto anónimo que hizo muy popular la leyenda del Judío Errante y en el que se relataba que cincuenta años antes, en 1547 en Hamburgo, el clérigo luterano Paulus von Eitzen, afirmó que había conocido al Judío Errante en persona y que el propio Ahasverus, que así decía llamarse, le contó su historia y su maldición. Las ediciones del folleto se multiplicaron y se extendieron desde Alemania a Suecia, Dinamarca, Países Bajos y Francia.

El escritor alemán Stefan Heym utiliza la historia del consiliario de Schleswig y su encuentro con Ahasver para narrar su propia versión del Judío Errante, que convierte en parábola del Orden que ha de ser superado por la Justicia. Existe una explicación, que él mismo autor expone en una de las cartas al responsable del Instituto de Ateísmo Científico de Berlín, de por qué resurge con ímpetu la leyenda del Judío Errante en plena Reforma: Lutero destruyó el monopolio del tráfico financiero de la Iglesia católica y sus grandes bancas, los Fugger y los Welser; los puritanos protestantes se quedaron sin banqueros y no tuvieron más remedio que acudir a los judíos, a quienes sí se les permitía el préstamo sin riesgo de condenación eterna. Ahasver aparece desde entonces, no sólo como el vagabundo inmortal, sino también como el prestamista y el usurero y también el inventor de las cartas de crédito porque allá donde va llega como un mendigo e inmediatamente, gracias a sus contactos y a sus cartas, consigue grandes riquezas.

Pero Heym crea con Ahasver otro personaje, cuyo origen no está en la primera venida de Jesucristo, sino en el propio Génesis, en la rebelión de Lucifer y sus seguidores frente a la osadía de la creación del hombre, al que todos en la tierra y en el cielo deberían adorar. De unas motas de polvo, de agua, de aire y de fuego, Dios creó al hombre en la palma de su mano. Pero Lucifer no estaba dispuesto a servir a un ser que no era ni fuego ni espíritu como él, un ser que se convertirá en una “alimaña y se multiplicará como los piojos y hará de la tierra un lodazal maloliente” y será “burla y oprobio” de la imagen de su creador.

En la rebelión y en la caída le acompaña Ahasver, el Amado, pero no por las mismas razones. Se rebela contra el orden del Creador porque le domina “un gran pensamiento, un sueño” y Dios le castiga porque no puede consentir que su ley sea un escarnio a sus ojos, que no le alabe, que su orden no sea orden para él y que pretenda poner “lo de arriba abajo y lo de abajo arriba”.

Le condena a vagar eternamente y esta sentencia se repite con el propio Jesucristo, a quien Ahasver pretende convencer de que no tiene que ser el cordero, ni cumplir la profecía de la mansedumbre. Cuando Reb Joshua ayunaba en el desierto le mostró los reinos del mundo y cómo en todos y cada uno de ellos imperaba la injusticia, cómo los débiles eran aplastados por los fuertes, cómo los campesinos se uncían ellos mismos el arado. Ante semejante estado de cosas, Ahasver le insta a que se haga cargo de todo ello y disponga lo de abajo arriba pues “son llegados los tiempos de establecer el verdadero Reino de Dios”, pero Reb Joshua le contesta: “Mi Reino no es de este mundo”.

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Y cuando, camino del calvario, Ahasver le ve torturado y exhausto dirigirse al sacrificio le dice: “Te quitarás de encima esa cruz y te erguirás, libre de la carga y reunirás en torno a ti al pueblo de Israel y serás su caudillo, como está escrito porque tuyo es el combate y tuya la victoria”. Reb Joshua le pide que envaine la espada y que le deje descansar a la sombra del pórtico de su casa, pero Ahasver le empuja y le advierte de que a Dios no le importa que muera en la cruz, que ha hecho a los hombres como son y que no va a cambiarlos “tu pobre muerte”. Es entonces, cuando Jesucristo le condena a permanecer en la tierra hasta que vuelva para juzgar a los vivos y a los muertos.

Ahasver no cree que el cordero transforme el mundo. “Te prenderán y te escarnecerán como a falso rey”, le avisa cuando predica que los mansos poseerán la tierra y que quienes tienen hambre y sed de justicia se verán hartos. El ángel caído se rebela contra Reb Joshua porque no es quien espera, no es el que impondrá la ley de la justicia en el mundo. Tras su muerte en la cruz sigue reinando la maldad: todos son enemigos de todos, se construyen campos de concentración donde los hombres mueren a millares por falta de alimento y cámaras de gas donde fallecen asfixiados y armas que aniquilan a los enemigos, se tortura hasta la muerte y se mata en masa. No hay más que echar una ojeada al terrible siglo XX. “Y todo ello sucede en nombre del amor y para el bien de los pueblos”.

Nunca la espada se convirtió en reja de arado. Y el hombre “se apodera de las fuerzas del universo y crea gigantescos hongos de humo y llamas, en los que todo ser viviente se convierte en ceniza y en una sombra sobre la pared”. Los hechos dan la razón a Lucifer: de una mota de polvo no sale nada bueno y la humanidad es una vara torcida. Todos los parches son inútiles y sólo prolongan la agonía del género humano que finalmente habrá de sucumbir. Propone a Ahasver que se una con él en la destrucción del viejo mundo y que con su espíritu se cree un reino “sin ese pequeño Dios de un pequeño pueblo del desierto, un Dios que sólo puede vivir si todos los seres se le someten”.

Pero Ahasver, el ángel caído que quiere mudar el mundo porque cree que el mundo es mudable y también los hombres que lo pueblan, no puede aceptar el destino de exterminio que Leuchtentrager, el que lleva la luz, quiere para los hombres. Es un redentor, un Prometeo, castigado por Dios. Y convence a Reb Joshua para que vuelva, pero esta vez a juzgar, no a padecer: para asaltar los cielos y el orden de lo sagrado.

Lecturas

Jorge Luis Borges, El inmortal (El Aleph), Seix Barral, 1983

Ahasver, Stefan Heym, Alfaguara, 1981

Ovidio en el Ponto, la amargura del exilio

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Un poema y un error llevaron a Ovidio a los confines del Imperio Romano. En la cincuentena, inmerso en una vida placentera y alcanzado el éxito como poeta del amor y las metamorfosis, tuvo que abandonar la ciudad por orden expresa y fulminante del emperador Octaviano y cambiar su residencia, vecina a la colina del Capitolio, y su villa en las cercanías de Roma por una existencia inclemente en la localidad de Tomos, una antigua colonia griega convertida en plaza fuerte, habitada por los primitivos getas, un pueblo tracio que había vivido durante siglos en el delta del Danubio, y por algunos griegos barbarizados.

En las elegías que componen ‘Tristes’ y en las epístolas de las ‘Pónticas’ pide a sus familiares y amigos que intercedan ante Augusto para que le permita volver. Para acentuar los tintes sombríos de su existencia habla de Tomos, actual puerto rumano de Constanza, a orillas del Mar Negro, como de un lugar árido, hostil e inseguro, situado en los últimos confines del mundo, “cubierto por un eterno manto de nieve” y rodeado de salvajes enemigos, sármatas y getas, que lanzan mientras cabalgan en torno a los muros dardos envenenados con la hiel de las víboras, de forma que las casas lucen erizadas de flechas y “los cerrojos de las puertas apenas resisten el empuje de las armas”. Pero sobre todo es el frío de inviernos que se suceden sin tregua y el mar helado lo que le hace lamentar una y otra vez su cruel destino.

Estrabón. en su ‘Geografía’, señala que en tiempos homéricos lo que hoy llamamos Mar Negro, se denominaba “Axenos”, que significa inhóspito, debido a las tormentas de invierno y a la ferocidad de las tribus escitas que vivían en el litoral y que se complacían en el sacrificio de los extranjeros que llegaban a sus costas. Después, cuando los jonios fundaron sus colonias alrededor de este mar, se le llamó “Euxinos”, es decir, bueno con los extranjeros, hospitalario.

El poeta ruso Pushkin desmiente que el lugar sea tan terrible como Ovidio lo describió y asegura que brilla aquí largo tiempo un azulado cielo / y breve es el imperio de la invernal borrasca”. Pero la autocompasión no le permite al poeta romano escribir nada que pueda parecer un alivio a su situación de desterrado. En una de las epístolas Ovidio se hace eco del reproche de uno de sus amigos, Bruto, que le advierte de que un censor tilda sus cartas de monótonas y fastidiosas por ocuparse todas del mismo asunto y con idéntico tono lastimero. En ellas no deja de rogar a sus amigos que intercedan ante Augusto para que se acuerde de él y, al menos, elija otro destino de destierro menos aborrecible.

Nunca volvió a Italia a pesar de sus súplicas. Ni siquiera Tiberio, el sucesor de Octaviano, se prestó a escucharle. Falleció nueve años después de su llegada al Ponto, en el año 17. En una de sus epístolas expresó el temor de morir en Tomos y que sus restos fueran sepultados en su suelo y que, después de muerto, sus despojos yacieran oprimidos en la tierra de Escitia. Pedía que se impidiera que los cascos de los caballos tracios profanaran sus cenizas mal inhumadas, “como suelen quedar las de un desterrado”, y que la sombra de un sármata fuera a espantar a sus manes.

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No regresó del lugar que consideraba tan tenebroso y tuvo que conformarse con recorrer con los “ojos del pensamiento” las plazas, los palacios, los teatros revestidos de mármol, los pórticos y el campo de Marte, los jardines y los estanques y las aguas de Euripo. Y eso a pesar de que todos sus escritos del exilio ensalzan la divinidad y la clemencia de Augusto y en ningún momento ponen en duda la justicia de su decisión. Incluso en los poemas que escribe en el idioma de los getas, entonó “las alabanzas de César” cuyo “numen divino ayudó la novedad de mi empresa”.

Tampoco le había servido de nada la redacción de los ‘Fastos’, una obra que recuperaba ritos y creencias de la primitiva religión romana, tan del gusto de Octaviano, junto con el canto a la vida rural y a las antiguas y sencillas costumbres. Ovidio no era Virgilio, con quien Augusto tenía en común su mala salud de hierro y su aspecto enclenque y desvalido, ni tampoco Horacio, y la moderación y la vida pastoril no figuraban en la lista de temas predilectos.

Ovidio prefería la literatura amatoria, las elegías a una enamorada, en su caso llamada Corina, a la que dirigía sus cuitas de amor de la misma manera que Tíbulo a Delia, Propercio a Cintia y Cátulo a Lesbia. Después vino ‘El arte de amar’, en el que da consejos a hombres y mujeres para conquistar el objeto de su amor, elogia la vida alegre y las astucias de las cortesanas y considera el adulterio como un acicate más para el cortejo.

Fue un error de libro. El emperador Augusto, llevado por su puritanismo, no exento de hipocresía, había convertido una ofensa privada como el adulterio en un delito castigado con el destierro. Una de sus víctimas fue su propia hija Julia, a la que había obligado a casarse en tres ocasiones por razones de Estado: primero con un apuesto y limitado Marcelo; luego con su mano derecha, Marco Agripa, que casi le triplicaba la edad y, por último, con su hijastro y futuro emperador Tiberio. Tal vez a Julia le fascinaran las fiestas desenfrenadas o tal vez su actitud fuera una respuesta a la educación rígida que recibió y a las imposiciones matrimoniales. El caso es que se esgrimió que se citaba en secreto con sus numerosos amantes en el mismo Foro donde su padre había propuesto sus leyes “morales” que obligaban a denunciar a la adúltera si no se quería cometer un crimen de connivencia. Fue el propio Augusto quien denunció a Julia en el Senado, maldijo su memoria e hizo que destruyeran todas sus estatuas. En el año 2 a.n.e. fue confinada en la minúscula isla de Pandataria, al oeste de Nápoles.

Alrededor de la fecha en que fue condenada Julia, Ovidio publicó ‘El arte de amar’, excusa que se utilizaría para justificar su destierro diez años después. Es seguro que esta obra al emperador no le hizo gracia alguna y ya entonces pudo adoptar una predisposición hostil hacia el poeta, que, en su destierro, dijo que le perdieron un “carmen” y un “error”. El poema podría ser aquel pero el error, al que también denomina “culpa, crimen, estupidez e imprudencia”, es el que despierta más especulaciones porque nunca reveló en qué consistía.

Se ha argumentado que Ovidio pertenecía a una secta neopitagórica de carácter republicano y también que formó parte de una conspiración con los descendientes de Octaviano, pero no es una hipótesis que pueda tomarse en serio. Coincide su orden de destierro con el de la nieta del emperador, Julia la Menor, en el mismo año a la isla de Trimera y por las mismas razones que llevaron a su madre a Pandataria. La mayoría de los estudiosos cree que, de alguna manera, Ovidio fue testigo o tal vez cómplice del adulterio de la nieta, hecho que causó un gran escándalo social, o quizá fue un nuevo poema desconocido para nosotros y que desveló esa trama.

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En sus escritos en Tomos, dice el poeta que ha sido acusado de “ser maestro de un adulterio obsceno”, que su culpa es grave pero que no se le debe acusar más que de insensato y temerario. “Yo no vine a las tierras del Ponto acusado de homicida ni mis manos confeccionaron ningún letal veneno ni sufrí el castigo del que pone su sello en apócrifas escrituras ni cometí viles acciones que la ley prohibiese y, no obstante, tengo que confesar mi delito, más grave que todos estos. No me preguntes cuál; escribí un Arte insensato y eso impide que mi manos se consideren inocentes; no pretendas inquirir si he pecado en otro terreno y que toda mi culpa recaiga sobre el Arte de amar”. Estos versos pertenecen a una misiva dirigida al rey tracio Cotys, poeta en lengua griega, al que pide protección, pero no parece muy sincera su confesión ya que habían pasado más de diez años desde la publicación de ‘El arte de amar’. Aunque pudiera ser que Augusto se la hubiera guardado desde entonces.

Lo que sí parece clara es la antipatía del emperador hacia el poeta. En ‘El arte de amar’, Ovidio reta al emperador: “¡Que otros añoren la sencillez de las antiguas costumbres!”. Y seguidamente se muestra encantado de vivir en unos tiempos tan amables. Augusto le ordena, diez años después, abandonar Roma y al destierro añade la crueldad del destino: un lugar que, en la tradición grecolatina, era ejemplo de salvajismo, irracionalidad y de todo lo que consideraban ajeno a la civilización.

Ovidio recuerda en la Elegía IX de ‘Tristes’ que en Tomos, Medea despedazó a su hermano y expuso en una roca las manos lívidas del joven y su cabeza chorreando sangre para que su padre, Aetes, lo pudiera identificar y se retrasara en su persecución mientras recogía uno a uno los miembros esparcidos del hijo para darles sepultura. Fue en Tomos, que en griego significa “recorte, amputación”, una guarnición romana en una tierra de niebla y pesadilla, donde la princesa de Colcos traicionó a su padre y mató a su hermano, porque, según relata el poeta romano en Las metamorfosis’, nada más ver a Jasón se enamoró perdidamente de él y abandonó a un “padre despiadado” y “un país bárbaro” a cambio de una promesa de matrimonio.

Más que un acto de censura parece un represalia personal: tras el destierro, Augusto hizo desaparecer de las bibliotecas públicas no sólo ‘El arte de amar’, sino también ‘Los fastos’ y ‘Las metamorfosis’, pero no las prohibió ni las destruyó. Después, el tiempo obraría en favor de Ovidio, convirtiéndolo en uno de los poetas latinos que mayor influencia tuvo en autores posteriores.

Y ya he dado término a una obra que ni la ira de Júpiter, ni el fuego, ni el hierro ni el tiempo devorador podrán destruir. Ese día que, sin embargo, no tiene poder más que sobre mi cuerpo, pondrá fin cuando quiera al incierto espacio de mi existencia; pero yo volaré, eterno, por encima de las altas estrellas con al parte mejor de mí y mi nombre persistirá imborrable. Y allá por donde el poder de Roma se extienda sobre las tierras sometidas, los labios del pueblo me leerán, y por todos los siglos, si algo de verdad hay en las predicciones de los poetas, gracias a la fama yo viviré” (‘Las metamorfosis’, traducción de Ely Leonetti Jungl).

· Un espía chino, un diplomático francés y una confusión de sexos

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Mientras leía el caso de la impostura y confusión de identidades acerca de Martin Guerre, un acaudalado campesino francés del siglo XVI que abandonó a su familia y que ocho años después fue sustituido -en el reconocimiento de sus vecinos, en el afecto de sus allegados e incluso en el lecho de su esposa- por un hombre que se le parecía extraordinariamente, me vino a la memoria una historia que, si bien no es similar, sí tiene relación con una suplantación y con las versiones o recreaciones que la literatura o el cine hacen de relatos verídicos.

Se trata esta vez de cómo un espía chino enamoró a un diplomático francés y le tuvo convencido durante años de que era una mujer e incluso de que ambos habían concebido un hijo. El caso se hizo público en 1986 como resultado de un juicio por espionaje en París a los dos protagonistas de esta singular historia: Shi Pei Pu y Bernard Boursicot. Ambos se conocieron en 1964, cuando Bernard, con veinte años, empezó a trabajar como contable en la recién inaugurada Embajada francesa en China. Shi Pei Pu tenía veintiséis años, interpretaba papeles femeninos en la ópera de Pekín y enseñaba mandarín a las esposas de los diplomáticos. Le hizo creer que era una mujer pero que se veía obligada a llevar una vida de hombre para complacer a su padre, que siempre quiso un hijo varón.

Iniciaron un romance y, un año después, Shi le confesó que estaba embarazada. Boursicot tuvo que volver a París, pero regresó cuatro años después, aunque no pudo conocer al supuesto hijo de ambos porque fue enviado por su madre a una región remota con la intención -alegó ella- de protegerlo. En los siguientes años continuó la relación entre ambos, aunque el funcionario francés se trasladó a diversos puestos diplomáticos en Asia. Las autoridades chinas descubrieron el romance y le chantajearon para que les pasara documentos secretos, primero desde Pekín y luego, en 1977, desde Ulan Bator.

En 1979 Boursicot regresó a Francia y en 1982 consiguió traerse a Shi y a su supuesto hijo de dieciséis años, Shi Du Du. Interrogado por el servicio de contraespionaje francés, Boursicot confesó haberle pasado a Shi al menos cincuenta documentos clasificados, obligado por las autoridades chinas y con el fin de protegerla a ella y al hijo de ambos. Su papel como espía no fue brillante: las fotocopias de los documentos que pasaba a los chinos carecían de valor (facturas de comestibles, en especial quesos, y contratos de pequeñas obras) de forma que en 1979, su contacto chino le dijo que dejara de espiar porque no le resultaba de ninguna utilidad.

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Shi Pei Pu y el juicio

En el juicio, Boursicot fue informado de que la persona con la que había mantenido una relación de casi veinte años era en realidad un hombre “con todos sus atributos”. Se negó a creerlo hasta que le permitieron ver el cuerpo de Shi que, según la teoría de algunos investigadores del tema tenía la capacidad de retraer dichos atributos de forma que visualmente pareciesen genitales femeninos e incluso fueran susceptibles de penetración superficial. Convencido ya el francés de que no era una mujer, Shi le juró que el hijo era suyo porque había recogido su esperma para una inseminación artificial. Cuando los médicos le demostraron que eso era imposible y que el bebé fue comprado, Boursicot intentó suicidarse en la cárcel cortándose la garganta con una cuchilla.

Fue por su supuesto e imposible hijo por quien Boursicot se desvivió y se convirtió en espía, inconsistente pero espía, y por quien llegó a creer todo lo que su amante chino le contó: que había tenido que enviarlo lejos para protegerlo o que las costumbres de su país le impedían dejar ver su cuerpo totalmente desnudo. Boursicot había tenido relaciones con hombres y, aunque debió tener pocas con mujeres, en absoluto le repelían. No se trataba de un autoengaño acerca de su sexualidad ni la pretensión de borrar o sublimar su comportamiento en este asunto, sino de un deseo: el de enamorar a una mujer y tener un hijo con ella.

Por eso, cuando se convence de que ese adolescente no puede ser su hijo de ninguna manera, intenta suicidarse. Había sido capaz de crear un mundo irreal y convertir a un profesor de mandarín en una cantante de ópera absolutamente femenina y el descubrimiento de la triste realidad debió ser tan difícil de soportar que le empujó a dejar de vivir.

Los dos procesados fueron sentenciados a seis años de cárcel por espionaje, aunque se les perdonó un año después y cada uno siguió su camino: Shi Pei se quedó en París como cantante y Boursicot continuó su relación con Thierry, un hombre con el que vivía desde hacía algún tiempo. En cuanto al falso hijo, Shi Du Du, fundó su propia familia y no volvió a contactar con su falso padre, recluido en un geriátrico, hasta la muerte de Shi en 2009.

Esta curiosa historia que dejó perplejos a muchos franceses por la inocencia y credulidad del protagonista fue llevada al cine en 1993 por David Cronenberg con el título de “M. Butterfly”. El director modificó determinados aspectos del caso para hacer más explicables o más literarios ciertos comportamientos.

Y es en esta ficción de un hecho que realmente ocurrió lo que me pareció que tenía relación con el juicio al impostor de Martin Guerre. Toda ficción cuenta algo que pudo haber sido pero que no fue, incluso cuando no se basa en ningún caso real. Al utilizar hechos que sí ocurrieron, el relato literario (o cinematográfico) nos pone de relieve que funciona de la misma manera que el basado en la imaginación del autor: se recrea lo que ha pasado o quizá no, lo que podría haber sido de otro modo o lo que pudo ocurrir y quedó sólo como posibilidad.

Tan plausible es que la mujer de Martin Guerre fuera cómplice del suplantador de su marido como que tuviera un grave problema de conciencia, explotado por Janet Lewis al escribir sobre Bertrande como si conociera todos sus pensamientos, como si fuera la propia Bertande. Es un producto de la imaginación de Lewis, su versión sobre una mujer que, por ella misma o por sus parientes, fue empujada a denunciar al hombre que amaba y conducirle a la horca. O tal vez no fuera este el caso. No importa. La ficción nos da la posibilidad de que todo sea otra cosa y sin embargo siga siendo la misma.

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Es posible que Boursicot deseara enamorarse de una mujer y tener un hijo con ella pero su comportamiento pudo deberse o no a otras motivaciones. Cronenberg explora, en su relato cinematográfico de ficción sobre el espía chino y su amante francés, las ambigüedades de la identidad, las contradicciones del deseo, la invención de una fantasía y el exotismo de la cultura oriental. Boursicot pasa a llamarse Gallimard y es un diplomático de alto rango que se enamora perdidamente de Song Liling, diva de la ópera de Pekín y espía al servicio de su país. Jeremy Irons presta su impecable aspecto físico para construir un Gallimard elegante y torturado y John Lone interpreta un doble papel de hombre y mujer absolutamente creíble.

Liling acepta convertirse en la fantasía de Gallimard, que llega a definirse a sí mismo como “un hombre que amaba a una mujer creada por un hombre”. Nada que ver con la explicación que el auténtico Boursicot adujo para justificarse: “Nuestros amores eran clandestinos. Nos veíamos en lo oscuro, deprisa y corriendo”.

Todo pudo haber sido y si fue de una manera o de otra, la ficción nos da la oportunidad de reflexionar sobre ello, de recrearlo o de verlo con otros ojos. En estas posibilidades se basa la misma existencia de la ficción y su justificación. Como alguna vez dijo Javier Marías, leemos o vemos una película porque necesitamos “conocer lo posible además de lo cierto, las conjeturas y las hipótesis y los fracasos además de los hechos, lo descartado y lo que pudo ser además de lo que fue”.

Notas

– David Cronenberg, ‘M.Butterfly’, película de 1992, basada en el caso Boursicot.

– Janet Lewis, “La mujer de Martin Guerre”, vigésimo noveno volumen del Reino de Redonda, editado por Javier Marías en 2015.

– Daniel Vigne, “El regreso de Martin Guerre”, película de 1982. Como en la novela de Lewis, el impostor es mucho mejor persona que quien se marchó.

-La voz de Javier Marías procede del discurso que pronunció el 2 de agosto de 1995 en Caracas, bajo el título “Lo que no sucede y sucede”, al recibir el Premio Internacional Rómulo Gallegos.

· El doble regreso de Martin Guerre

Martin Guerre

Cuando Ulises volvió a Ítaca tras diez años de guerra y otros diez de errancia, sólo Argos, su viejo perro, adivinó que era él. A Penélope tuvo que convencerla y superar la trampa que le tendió cuando ordenó que se sacara el lecho conyugal del dormitorio. Él lo había construido alrededor del tronco de un gigantesco olivo, lo que hacía imposible cumplir su mandato. Al recordárselo, ella se dio cuenta inmediatamente de que el hombre que estaba ante ella era el auténtico Ulises, el que había marchado a Troya veinte años antes.

A Bertrande de Rols, el supuesto impostor que se hizo pasar por su esposo después de ocho años de abandono también le dio múltiples pruebas, pero ella no le creyó y le llevó a juicio. Al principio lo acogió no sólo en su cama sino también en su corazón. Había vuelto cambiado de las guerras de España: ya no era un joven petulante, arisco y convencido de que debía ejercer la autoridad sin contemplaciones ni sentimentalismos y exigir obediencia a criados y a sus propios hijos y esposa cuando se convirtiera en el cap d’hostal, al morir su padre. Hacía ocho años que una discusión y una denuncia por robo de su progenitor, le hicieron abandonar la casa, a su mujer y a su hijo pequeño.

Ella le esperó pacientemente. Murieron los padres de él, las hermanas se casaron, Bertrande se quedó sola en la granja y, cuando ya creía que Martin no iba a regresar jamás, volvió y resultó ser una persona dulce, agradable, buen conversador, buen amante y mejor padre. Ella no dudó de él al principio, pero según pasaba el tiempo se le hacía más y más difícil entender su gran cambio. Y entonces se obsesionó con que era un impostor y, lo que es aún peor, que su alma sería condenada por toda la eternidad a las llamas del infierno porque había cometido y estaba cometiendo adulterio: ése no era su marido.

Y aunque todo el mundo la tomó por loca, excepto el tío Pierre, quien había sido jefe de la casa durante los últimos años de la ausencia de Martin, ella siguió insistiendo y llevó el caso a juicio, a pesar del disgusto de las hermanas y de los criados, la oposición del cura y la incomprensión de su hijo que había hecho un héroe de su padre recobrado. Una primera vista se celebró en Rieux y la segunda y definitiva en Toulouse. Ya estaba el caso juzgado y el acusado reconocido como Martin Guerre cuando de pronto se presentó el auténtico. La autora deja para el final la aparición dramática del esposo que, lejos de mostrarse cariñoso y respetuoso con su esposa, la acusa de traición y adulterio, el pecado al que tanto temía ella.

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La historia es real y ocurrió en Artigue, un pequeño pueblo del sur de Francia que todos los inviernos quedaba aislado por las nieves. Martin Guerre desapareció en 1548, el falso apareció ocho años después y fue condenado a muerte tras un complicado juicio en 1560. Del auténtico Martin Guerre y de su esposa y familia no se supo más.

La versión que ofrece Janet Lewis sobre esta historia nos muestra que perseguir la verdad no siempre es lo más acertado y que una educación rígida que tiene como objetivo inculcar el sentimiento de culpa no es lo más saludable. El relato va encadenando los estados de ánimo de la propia Bertrande: al principio prima el sentimiento de humillación y abandono que le produce la marcha de su esposo, luego la angustia al comprobar que pasan las primaveras y no regresa, el rencor por el sufrimiento que provoca en ella su ausencia, la agonía de la incertidumbre y la ansiedad ante viajeros desconocidos que pudieran dar noticias de él.

Y de repente reaparece como en un sueño y ella siente que el corazón se le desboca y cree que es Martin, que se le parece, pero no del todo. Pasan los meses y ella aún no puede creer que se merezca esa felicidad, que el orgulloso y abrupto esposo que se marchó se haya convertido en un marido cariñoso, vital y enamorado. Las pruebas de que era él son innumerables, desde los detalles del pasado que ambos recuerdan a las señales físicas que muestra -dos dientes rotos, los lunares- pero, sobre todo, el reconocimiento de que es él por parte de los parientes y los criados.

Pero a fuerza de pensar que no se lo merece, que va a ser castigada, Bertrande se labra su propia desgracia y de haber podido disfrutar el resto de su vida con un hombre dulce y atento, que la quería y del que estaba enamorada, el impostor llamado Arnaud du Thil, pasó a ser la esposa despreciada y condenada por Martin Guerre, un hombre que la había abandonado sin ningún cargo de conciencia y que no tenía el más mínimo apego a su persona ni a su familia.

Janet Lewis, la autora, se basa en los comentarios de Étienne Pasquier, célebre jurista contemporáneo a los hechos, que a su vez recoge el testimonio del relator del proceso, Jean de Coras, para escribir esta corta recreación en un libro que se publicó en 1941.

Michel de Montaigne asistió al juicio y lo mencionó años después en sus ‘Ensayos’, mediante preguntas sin respuestas, para mostrar las dificultades de desentrañar la verdad, que huye y cojea, como el supuestamente auténtico Guerre, que perdió una pierna en la batalla de San Quintín. Se pregunta cómo Arnaud du Thil, un hombre enamorado de una mujer a la que nunca vio, pudo adoptar la identidad del marido con el consentimiento de parientes y vecinos, por qué lo aceptó ella y por que le denunció después, por qué se marchó Martin Guerre y por qué volvió y, sobre todo ¿quién era el auténtico impostor?

Janet Lewis, La mujer de Martin Guerre, Reino de Redonda, 2016

Nota biográfica

Janet Lewis (1899-1998) fue una novelista y poeta estadounidense. Escribió ‘La mujer de Martin Guerre’ (1941), ‘El juicio de Sören Qvist’ (1949) y ‘El fantasma de Monsieur Scarrow’ (1959), las tres novelas que integran la serie ‘Casos de pruebas circunstanciales’.

* La “verdad” de García Márquez y “la desdicha del hacer” de Abel Posse

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No quedan testimonios de lo que pensaron o sintieron los habitantes de las Antillas cuando vieron aparecer las carabelas y los hombres que en ellas viajaban, tan distintos, tan vestidos, tan extraños, pero podemos imaginar su asombro ante seres que parecían de otro mundo, hoy diríamos que de otro planeta, que desembarcaban de unas enormes naves nodrizas y que, al llegar a tierra, hincando en ella una rodilla y un estandarte, pronunciaban un incomprensible parlamento de posesión.

Cristóbal Colón cuenta en su Diario del Primer Viaje que los indios con los que tuvieron los primeros encuentros eran amistosos, hermosos de cuerpo y generosos en extremo pues, aunque parecían muy pobres, entregaban todas sus posesiones a cambio de cualquier cosa que los marineros les ofrecieran, desde cuentecillas de vidrio a cascabeles e incluso platos rotos.

Si las tornas hubieran sido otras y si los nativos de estas islas hubieran podido expresar sus impresiones, sus palabras no habrían sido muy diferentes de las utilizadas por García Márquez en el capítulo de ‘El otoño del patriarca’ que muestra el primer encuentro entre españoles e indígenas y pone en solfa conceptos aparentemente enemigos como civilización y barbarie.

El patriarca recuerda un histórico viernes de octubre en que salió del cuarto al amanecer y se encontró con que “todo el mundo en la casa presidencial tenía puesto un bonete colorado”, desde las concubinas a los ordeñadores, los centinelas, los paralíticos y los leprosos. Tan extraño resultaba que intentó averiguar qué había pasado hasta que por fin encontró a uno que le contó “la verdad”: que habían llegado “unos forasteros que parloteaban en lengua ladina pues no decían el mar sino la mar y llamaban papagayos a las guacamayas, almadías a los cayucos y azagayas a los arpones, y que habiendo visto que salíamos a recibirlos nadando entorno de sus naves se encarapitaron en los palos de la arboladura y se gritaban unos a otros que mirad qué bien hechos, de muy fermosos cuerpos y muy buenas caras”, que es lo que escribió textualmente Cristóbal Colón en el Diario de su primer viaje, cuando desembarcó en Guanahaní.

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Sigue contando el relator de “la verdad” que nosotros no entendíamos por qué carajo nos hacían tanta burla mi general si estábamos tan naturales como nuestras madres nos parieron y en cambio ellos estaban vestidos como la sota de bastos a pesar del calor” y “gritaban que no entendíamos en lengua de cristianos cuando eran ellos los que no entendían lo que gritábamos” nosotros y después vinieron en sus cayucos y “nos cambiaban todo lo que teníamos por estos bonetes colorados y estas sartas de pepitas de vidrio que nos colgábamos en el pescuezo por hacerles gracia” y “como vimos que eran buenos servidores y de buen ingenio nos los fuimos llevando hacia la playa sin que se dieran cuenta, pero la vaina fue que entre el cámbieme esto por aquello y le cambio esto por esto otro se formó un cambalache de la puta madre y al cabo del rato todo el mundo estaba cambalachando sus loros, su tabaco, sus bolas de chocolate, sus huevos de iguana, cuanto Dios crió, pues de todo tomaban y daban de aquello que tenían de buena voluntad, y hasta querían cambiar a uno de nosotros por un jubón de terciopelo para mostrarnos en las Europas, imagínese usted mi general, qué despelote”.

García Márquez consigue, en esta simulación que aparenta una sencilla broma, poner en entredicho que la versión de Colón sea la única posible y revelar una verdad profunda: que el juicio que hacemos del desconocido puede que no sea acertado, que seguro que no lo es; que nuestra lengua no es más “cristiana”, más civilizada, que la del otro y que posiblemente nuestras costumbres sean menos pertinentes que las suyas, más acordes con su entorno. Andar encorazado y encasquetado por lugares tan cálidos debió ser una penitencia para los que llegaron con sus bonetes rojos y sus ristras de cascabeles para cambiarlos por oro.

No son más bárbaros porque anden vestidos o desnudos o porque utilicen una u otra lengua; son bárbaros aquellos que marcan una ruptura entre sí mismos y los demás hombres y niegan la plena humanidad de los otros. Colón lo hace y García Márquez lo denuncia, cuando dice que querían “mostrar a uno de nosotros en las Europas”. Colón ordena detener a seis “mancebos”, como relata en su Diario, para llevarlos a España y que allí los vean los Reyes; se lo piensa mejor y manda añadir al paquete siete mujeres y tres niños “porque mejor se comportan los hombres habiendo mujeres de su tierra que sin ellas”. Que no existiera ningún grado de parentesco entre los secuestrados, a los que evidentemente Colón no aprecia como hombres iguales a él, lo atestigua el que por la noche “vino a bordo el marido de una de estas mujeres y padre de tres hijos y dijo que yo le dejase venir con ellos”.

Trilogía americana, de Abel Posse

El 12 de octubre de 1492 “fue descubierta Europa y los europeos por los animales y hombres de los reinos selváticos y desde entonces fueron de desilusión en desilusión ante el paso de estos seres blanquísimos, más fuertes por astucia que por don”.

Es la voz de Abel Posse en su trilogía sobre la Conquista: los indios veían en los conquistadores una “peligrosa congregación de expulsados del Paraíso, de la Unidad primordial de la que ningún hombre o animal tiene porqué alejarse”, que organizaba su delirante visión del tiempo “bajo el nombre Historia, una especie de metafísica pista de carreras”. Padecían y hacían padecer porque sus dioses les habían enseñado la negación de la vida hasta el punto de convertirles en seres incapaces de comprender el equilibrio y el orden natural de las cosas.

Para los nativos, el Descubrimiento supuso entrar en contacto con “la trágica naturaleza de los tristes conquistadores”. Los “blanquiñosos”, apelativo poco caritativo que utilizan los conquistados en ‘Daimon’, eran valientes hasta la inconsciencia, pero carecían de alegría, eran unos “desdichados del hacer” y sólo respetaban la eficacia.

Daimon

Abel Posse en ‘Los perros del Paraíso’ y en ‘Daimon’ aplica las categorías hegelianas del ser y el estar: el hombre del ser es el blanco, el europeo, el colonizador, que vive sin raíces y está obsesionado con el actuar, con el calcular, con el hacer, frente al indígena, que se limita a “estar” y a contemplar la magnificencia del mundo. Alguien, alguna vez, en sus tierras de constructividad y de desdicha, les había dicho a los hombres blancos que no era posible ser sin hacer. “Esta barbaridad o filosofía, cuyos sombríos detalles los jefes indios no podían todavía comprender, se ponía de manifiesto en cada acto de los invasores”.

Inclinados a sembrar la muerte preventiva y general, todo lo convertían en un valle de lágrimas. “Pronto los despreciaron los jaguares y las confederaciones de monos” y al final casi todos los animales, excepto los eternos traidores: “los zopilotes y otros interesados comedores de carroña”.

El hombre blanco es incapaz de vivir de forma tranquila según los ciclos naturales. Ni siquiera el mismo Álvar Núñez Cabeza de Vaca es capaz de hacerlo después de haber convivido con los indios casi ocho años; cuando consigue llegar a Nueva España ya está pensando en volver como gobernador. Al Colón de ‘Los perros del paraíso’ las fuerzas vivas del Estado y de la Iglesia le impiden conservar su Edén y Lope de Aguirre, en ‘Daimon’, no puede olvidar que es voluntad de poder en estado puro, de dominio y de “ser”, incompatible con una existencia apacible.

En los tres protagonistas de la trilogía posseana se produce un intento de cambio de estado, un abrirse al mundo natural y a las experiencias que van más allá de la conciencia. El Cristóbal Colón de Abel Posse no precisaba de incentivos externos, ni peyote ni ayahuasca, porque estaba dotado con una “capacidad interna de secreción de delirio perfecta” con la que conseguía eludir el embrutecimiento racionalista europeo. Encontró el Paraíso en las Indias, pero lo devolvieron a España, con cadenas, por eso mismo.

Álvar Núñez Cabeza de Vaca en ‘El caminante al atardecer’ tiene al cacique Dulján como guía. Es quien le enseña que “en el hombre está el pájaro y la serpiente y el águila y el pez” y el español aprende a correr venados y a guiarse por los vientos y las estrellas. Conoció a hombres que hablan con las plantas y los animales y que, mediante un éxtasis de alcoholes sagrados y de humo, pierden los sentidos naturales y realizan grandes vuelos, visitan el país de los muertos e incluso se acercan a las regiones del dios misterioso.

Y por último, Lope de Aguirre, en su regreso con los marañones del reino de los muertos encuentra en Huaman al amauta que le lleva al Tawantinsuyu, donde se une la tierra y el cielo, el cuerpo y el espíritu, la noche y el día. Bebió té de coca, polvo de vilca y ayahuasca y consiguió entrar en un mundo colorido y vibrante, llegó a Lo Abierto y por fin cayó en el estar, de forma que tuvo que morir para poder olvidar el ser y despreciar el dominio del mundo que tan mala vida le dio.

Lecturas

– Gabriel García Márquez, El otoño del patriarca, Plaza y Janés, 1975

– Cristóbal Colón, El primer viaje a las Indias (Relación compendiada por Fray Bartolomé de las Casas)

– Abel Posse, Daimon, 1981

– Abel Posse, Los perros del paraíso. 1983

– Abel Posse, El largo atardecer del caminante en el atardecer, 1992

* La Ciudad de los Césares, mito de náufragos y desaparecidos — Historias emergentes

Ni las Amazonas ni las Ciudades de Cíbola ni Santiago Matamoros eran leyendas propias del nuevo continente, en el que se buscó de todo, desde la Fuente de la Juventud al Paraíso Terrenal, pero pronto surgieron mitos autóctonos como la leyenda de El Dorado o la Ciudad de los Césares. Conocida también como Ciudad Encantada […]

a través de La Ciudad de los Césares, mito de náufragos y desaparecidos — Historias emergentes

* El espejismo de las Siete Ciudades de Cíbola

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Las riquezas que encontraron los conquistadores de México hizo pensar a muchos que podrían existir otros reinos tan fabulosos o incluso más. Corrió la noticia de que el oro utilizado por los aztecas en sus monumentos provenía de regiones situadas más al norte, donde se ubicaba su tierra de origen, la mítica isla de Aztlán.

A la conquista de Tenochitlán, sucedió la del Perú, en la década de 1530, lo que encendió aún más el entusiasmo por nuevos descubrimientos de remotos territorios que pudieran albergar idéntica o mayor fortuna. Entonces resurge la leyenda medieval de las siete ciudades de oro fundadas por los siete obispos portugueses que salieron huyendo de la península cuando fue tomada por los árabes en el siglo VIII.

La leyenda se refería a una isla en el Atlántico, Antilla, pero como en la travesía de Colón no se halló, el mito se trasladó al Nuevo Mundo. Al principio, las siete ciudades de oro se buscaron en la Florida pero los nativos a los que se preguntaba, las iban situando más y más al norte, posiblemente para quitarse a los buscadores de encima. Con el tiempo pasaron a llamarse las ciudades de Cíbola porque en las llanuras donde podrían encontrarse pastaban infinidad de cíbolos, que era el nombre español para designar a los bisontes.

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En 1537 regresan por Nueva España Cabeza de Vaca, Maldonado, Dorantes y Estebanico, perdidos durante ocho años por el desierto entre Texas y Arizona. Contaron sus experiencias y sus penurias pero lo único que interesaba a sus oyentes eran esas supuestas ciudades riquísimas de las grandes llanuras con las que por fuerza debieron encontrarse.

Ese mismo año un fraile llamado Juan de Olmedo se entendió con el virrey Antonio de Mendoza para salir en busca de aquel riquísimo reino, cuando apenas habían retornado los náufragos de Cabeza de Vaca, lo que les permitió contar con Estebanico como guía. La expedición llegó hasta la frontera de lo que es hoy Arizona, sin encontrar nada más que algún poblado perdido, aunque sí rumores de grandes ciudades al norte.

Regresaron sin nada, pero un misionero franciscano que acababa de llegar a Nueva España desde Perú, fray Marcos de Niza, retomó la idea y tras hablar con el virrey, organizó otra expedición al norte. Salieron en 1539 fray Marcos, Estebanico y varios cientos de indígenas, que atravesaron el desierto de Sonora y bordearon el golfo de California. Llegaron a un pueblo, Vacapa, donde nadie había visto nunca a un español y Estebanico marchó de avanzadilla con unos cuantos indios: encontró aldeas y nuevos indios que le dieron noticias sobre Cíbola y las ricas ciudades del norte, compuestas por edificios de varias plantas cuyos muros tenían turquesas incrustadas. Pero Estebanico no volvió: se había acercado demasiado a Cíbola y sus guardianes nativos lo habían matado.

Eso fue lo que los supervivientes que le acompañaban contaron a fray Marcos, que no quiso volver sin nada y decidió acercarse a la ciudad prohibida. Pudo contemplarla a lo lejos y decir, después, que Cíbola era más grande incluso que Tenochitlán y más rica y sofisticada. Y añadió que los jefes indígenas que le acompañaban le revelaron que era la más pequeña de las Siete Ciudades, situadas aún más al norte, y que más allá existía un reino aún mayor, llamado Totonteac.

Fray Marcos volvió a Nueva España con estas nuevas historias y el virrey ordenó una nueva expedición a cuyo mando puso a Francisco Vázquez de Coronado. En febrero de 1540 salieron 340 españoles y novecientos esclavos y criados, doscientos caballos, rebaños de ganado, cañones y municiones. Para mayor seguridad se envió una expedición paralela a finales de primavera: dos barcos bajo el mando de Fernando de Alarcón bordearían la costa este de México con suministros de repuesto.

Cuando la expedición terrestre llegó a Culiacán, Vázquez de Coronado decidió dividirla y dejar atrás a los lentos -los indígenas y los españoles que iban a pie, además del ganado y carretas con pertrechos- y se llevó la mayor parte de la caballería. En julio llegaron a las inmediaciones de Cíbola, que no era más que un poblacho. Pero decidieron, ya que estaban, conquistar aquella aldea y otros seis pueblos de los indios zuñi en las llanuras de lo que hoy es Nuevo México. Consiguieron algunas turquesas, pieles de bisonte, algo de comida y poco más.

Vázquez envió a su segundo, Tristán de Luna y Arellanos, hacia el este, y nada encontró; mandó hacia el norte a García López de Cárdenas, que al menos se llevó el ser el primer europeo en ver el Gran Cañón del Colorado, pero de ciudades de oro, nada; y por último encargó a otra partida dirigirse al noroeste, bajo el mando de Melchor Díaz, para que se reuniera con la flota de Alarcón y recogiera los suministros que tanta falta les hacían, pero los barcos ya se habían marchado y nunca más se supo de ellos. Ninguna de las misiones consiguió nada, tampoco la enviada al este con el capitán Hernández de Alvarado.

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En la primavera de 1540 un indio pawnee le dijo a Vázquez de Coronado que existía un poco más al norte una maravillosa ciudad llamada Quivira, cuyas casas eran de piedra y los tejados de oro. El guía, que llevaba por nombre Xabel, era un nativo de tez oscura al que apodaron ‘el Turco’ y les dio su palabra de que el señor de esas tierras “duerme la siesta debajo de un gran árbol del que cuelga gran número de cascabeles de oro”.

Hacia Quivira partieron treinta expedicionarios con su jefe a la cabeza. Se adentraron en las llanuras ilimitadas de Texas y Kansas para descubrir que las casas estaban techadas, pero no con oro sino con paja y que el fabuloso reino no era más que un conjunto de míseras aldeas de los wichitas. Xabel, que finalmente confesó que la historia de Quivira era una conspiración de los indios para inducir a la tropa a dirigirse a las llanuras con la esperanza de que murieran de hambre, fue ejecutado.

En 1542, regresó Vázquez de Coronado a Nueva España, donde el virrey Antonio de Mendoza no le recibió con mucha alegría: no había encontrado ni un mísero cascabel de oro y había perdido a la mayoría de hombres que con él partieron. El mito de las Siete Ciudades fue desvaneciéndose y, aunque en posteriores expediciones los españoles aún preguntaban a los indios por esos reinos afortunados no constituyeron ya el objetivo de las partidas, dirigidas más a explorar e instalar colonias en el territorio ante la llegada de los rivales franceses.

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Desierto de Sonora, en Arizona

El mismo año de la expedición fallida de fray Marcos de Niza, se preparó una impresionante: la de Hernando de Soto, un veterano de la conquista y en ese momento gobernador de Cuba. Desde la isla partieron más de seiscientos hombres, doscientos caballos, armas de fuego y armaduras, manadas de cerdos y jaurías de perros de presa, instalados en nueve barcos. Sesenta años después, el Inca Garcilaso de la Vega contó que la expedición estaba tan abastecida de todo que más bien parecía una ciudad navegando por el mar.

Ya en tierra, se movieron sin rumbo durante mas de tres años, impulsados por la “demoníaca energía de su capitán”, Hernando de Soto, que no tenía en el horizonte las ciudades de Cíbola, pero sí tesoros aún más fabulosos que los de Hernán Cortés. Nada encontró más que disensiones entre los suyos, la pérdida de la mitad de sus hombres y su propia vida. Cayó enfermo de fiebres y murió en la primavera de 1542. Sus restos reposan desde entonces en el fondo del Misisipi, adonde fueron arrojados para que no cayeran en manos de los nativos. De tan lujosa aventura sólo consiguieron salir con vida trescientos expedicionarios, con las manos vacías.

“Naufragios”, la crónica de un fracaso heroico

Naufragios

Álvar Núñez Cabeza de Vaca puso a su crónica el título de Naufragios. Sufrió dos en la expedición a La Florida, aunque perderse en esos mares era de lo más corriente: además del desconocimiento de las costas, vientos e islas del Mar Caribe y del Golfo de México por parte de los pilotos, los huracanes y las tormentas fueron la causa principal de que se hundieran barcos con tanta frecuencia que se estima en más de quinientas las naves que hoy en día podrían formar parte del cementerio marino que anima a tantos cazadores de tesoros.

La primera edición de los Naufragios fue publicada en Zamora en 1542. En 1555 fue editada una segunda que, a diferencia de la primera, está dividida en capítulos y añade la historia del segundo viaje de Cabeza de Vaca al continente americano (a Argentina, Brasil y Paraguay) que es conocida como los Comentarios. Es una crónica personal apasionante y razonablemente verídica de sus experiencias con los indios de los poblados con los que tuvo contacto y de sus costumbres, redactada años después de que Álvar Núñez recorriera gran parte del territorio que hoy pertenece al sur de los Estados Unidos, desde la salida desde Sanlúcar de Barrameda en junio de 1527 hasta su llegada a Nueva España diez años después.

Álvar Núñez Cabeza de Vaca no idealiza a los indios con los que se encuentra, pero reconoce su capacidad de adaptación al medio y relata, sin alharacas ni críticas, sus ritos y costumbres. La mayoría de ellos son muy primitivos, cazadores-recolectores que no conocen la cerámica y muchos, ni siquiera la agricultura o el vestido, de manera que para cocer los alimentos utilizan calabazas que llenan de agua y a las que arrojan piedras calentadas en el fuego.

Incluso llega a poner por escrito lo que eran prejuicios de la época sobre los indios: son mentirosos y borrachos, dice, aunque alegres y fuertes y no conocen el cansancio cuando persiguen venados. Algunos le ayudan y le salvan la vida, como los que le asistieron tras su naufragio, pero otros los esclavizan, a él y a sus compañeros, aunque en toda su caminata tendrá en cuenta el bien que les hicieron cuando naufragaron en la isla del Malhado el 6 de noviembre de 1528, sin ropas, sin nada y con hambre y frío.

Los indios – escribe en los Naufragios– de ver el desastre en que estábamos con tanta desventura y miseria, se sentaron entre nosotros, y con el gran dolor y lástima que hubieron de vernos, comenzaron todos a llorar recio y tan de verdad que lejos de allí se podía oír y esto les duró de media hora”. Después a los supervivientes los repartieron entre las tribus y las familias.

Resulta un poco extraño que en solo dos páginas, Cabeza de Vaca resuelva sus primeros seis años de convivencia con una tribu seminómada, entre las islas y la montaña. Señala en su crónica que, tras ese tiempo y harto de los malos tratos, decidió huir con sus compañeros, “por el mucho trabajo que me daban y el mal tratamiento que me hacían” y justifica la tardanza en que los españoles no se ponían de acuerdo en cuanto al momento de marcharse.

Los cuatro –Andrés Dorantes de Carranza, Alonso del Castillo Maldonado, el esclavo negro del primero llamado Estebanico, y Álvar Núñez Cabeza de Vaca- inician un peregrinaje por una ruta que da vueltas sobre sí misma en múltiples ocasiones ya lo largo de la cual van practicando ‘sanaciones’, que no brujerías, en nombre del Señor a los enfermos que se les presentan, aunque parte del ritual consiste en soplarles, como le enseñaron a hacer los “físicos” a Álvar Núñez en la tribu en la que permaneció durante los primeros años.

Esta insistencia en que sana en nombre de Dios deja claro su deseo de evitar cualquier sospecha sobre su conducta por parte de la temible Inquisición, pero también es posible que estuviera convencido de que poseía determinados poderes transmitidos por Jesucristo. En sus Naufragios utiliza la palabra “Dios” en múltiples ocasiones, especialmente cuando describe estas curaciones prodigiosas, que repiten un proceso relacionado con el bautismo y por el que intenta llevar a los indígenas a la creencia y a la fe.

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Su fama de curanderos les precedía y en todos los poblados que visitaban eran agasajados, después del inevitable rito chamánico de sanación. Cuando llegó a Nueva España, con la barba crecida y el cabello por la cintura, descalzo y acompañado por Dorantes, Castillo, Estebanico y casi mil indígenas, no sólo parecía un hombre santo, sino que se comportaba como si lo fuese. Algunos historiadores le reprochan que se comportara como el Mesías y afirman que sus seguidores no eran peregrinos, sino maleantes que llevaban a los cuatro de un lado a otro con el único objeto de saquear a los vecinos; que todo formaba parte de una cultura compleja de intercambio de bienes y guerras rituales que Cabeza de Vaca nunca llegó a entender, como tampoco comprendió que su carisma se debía más a la cultura indígena que a sus propios méritos.

No deja de ser una conjetura que, en parte, puede ser acertada. Pero cuando se leen los Naufragios lo que aparece es una crónica del fracaso, un itinerario de hambre, frío y penurias. La mayor parte de las veces los cuatro supervivientes no tenían nada que llevarse a la boca y hacían lo que podían para conseguir algún alimento. Si permanecían un tiempo con una tribu o emprendían la marcha, era en función de su propia subsistencia. Y lo peor es que todas eran pobrísimas. Cuenta de un “banquete” que les ofreció una tribu y que consistía en una especie de bayas, tan amargas, que solamente mezcladas con tierra podían comerse porque así se endulzaban. Además de tierra, comían madera y estiércol de venado.

Todos somos hijos de nuestra época y la versión que Abel Posse crea en El largo atardecer del caminante se corresponde con el cambio de perspectiva acerca de los “salvajes”, que surge con Rousseau y se acentúa en siglos posteriores. Para el pensamiento moderno, el indio nativo no colonizado es un ser prístino, inocente, sabio en su ecosistema, y en algunas ocasiones, imbuido de misticismo. Tal vez las historias que narra sobre la apacible vida de Cabeza de Vaca en la primera tribu o sus experiencias alucinatorias no sean totalmente auténticas; tal vez exagera cuando dice que nuestro héroe denunció en el interior de su alma la desgracia que supuso para los “conquistados” la llegada de los españoles y de su cultura demoníaca de culpa y muerte, pero también es cierto que sus Naufragios contribuyeron a cambiar la imagen que los españoles tenían de los indios.

Su largo viaje por esas tierras es la historia de un fracaso según los parámetros de un Hernán Cortés o un Francisco Pizarro. Cabeza de Vaca no podía llevar riquezas a España, ni indígenas, ni territorios y así lo reconoce en la dedicatoria de su crónica al emperador Carlos V, pero podía ofrecer informaciones sobre las regiones desconocidas por los españoles y quizá hacerse indispensable para diseminar la fe cristiana entre los paganos. Es en este deseo, el de justificar y poner en valor sus ocho años de penuria y esfuerzos, donde puede descubrirse cierta exageración o incluso alguna mentira. También, como he dicho antes, el intento de no llamar la atención de la Inquisición.

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Álvar Núñez quiso defender a los indios de los malos tratos, de la esclavitud, de la muerte y la violación; nunca pensó que fueran modelo ni ejemplo, al menos aquellos con los que se encontró, pero siempre les quiso proteger de la codicia del hombre blanco. Cuando los cuatro supervivientes de la expedición de Narváez se van acercando a las tierras ya conquistadas de Nueva España, observa que los indios son cada vez menos, que muchos han huido a los montes cercanos para no ser esclavizados y maltratados, de forma que los campos están desatendidos. “Estas gente todas, para ser atraídas a ser cristianos y a obediencia de la imperial majestad, han de ser llevados con buen tratamiento, y este es camino muy cierto y otro no”.

Por azar, la primera partida con la que se encuentran los cuatro antiguos náufragos está formada por buscadores de esclavos, bajo el mando del capitán Diego de Alcaraz, que se le queja de que llevaba muchos días “sin haber podido tomar indios” y sin comida. Dorantes y Castillo trajeron más de seiscientas personas de aquel pueblo que los cristianos habían hecho subir al monte. Incluso les llevaron maíz, pero los de Alcaraz quisieron esclavizarlos de nuevo.

A los indígenas que les habían acompañado, no conseguían convencerlos de que ellos, los cuatro supervivientes, y los esclavistas eran iguales, de la misma nación e idéntica religión y decían “que nosotros veníamos de donde salía el sol y ellos donde se pone y que nosotros sanábamos a los enfermos y ellos mataban a los que estaban sanos y que nosotros veníamos desnudos y descalzos y ellos vestidos y en caballos y con lanzas, y que nosotros no teníamos codicia de ninguna cosa y con nada nos quedábamos y los otros no tenían otro fin que robar todo cuanto hallaban y nunca daban nada a nadie”.

Lecturas

– Álvar Núñez Cabeza de Vaca, Naufragios

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/naufragios–0/html/

– Abel Posse, El largo atardecer del caminante, 1992

https://skandza.wordpress.com/2018/01/01/alvar-nunez-cabeza-de-vaca-el-caminante-en-el-atardecer/

Felipe Fernández-Armesto, Nuestra América (Una historia hispana de Estados Unidos), Galaxia Gutenberg, 2014

– Álvar Núñez Cabeza de Vaca, el caminante en el atardecer

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Lo llamaron místico, excéntrico e incluso loco, cuando en realidad fue un justo entre ladrones y asesinos. Fue el único que en ocho años de caminar entre indios no mató a ninguno ni esclavizó ni se hizo rico ni rebautizó ríos, sierras o mares, ni agregó los territorios que recorrió con sus pies desnudos a la ya inflada Corona de España. “Sólo la fe cura, sólo la bondad conquista”, repitió Álvar Núñez Cabeza de Vaca, en sus Naufragios, crónica personal de lo que le ocurrió en esos años.

Hizo la caminata más grande de la historia, unos ocho mil kilómetros a través de lugares desconocidos, a pie, desnudo, sin cruces ni evangelios. Desde la Florida recorrió los actuales estados de Alabama, Misisipi, Louisiana, Nuevo México y parte de Arizona y llegó a lo que era frontera española por Sonora y Chihuahua, donde se detuvo, quizá para visitar a los indios tarahumaras. En su recorrido se relacionó con las grandes tribus de los semínolas, los calusas y los indios pueblo.

Regresó triunfalmente a España, donde fue premiado por el emperador Carlos con el cargo de Adelantado y Gobernador del Río de la Plata. Fue mala suerte: militares, religiosos y colonos habían convertido la guarnición del Paraguay en un extenso burdel en el que las mujeres se vendían y se compraban, la poligamia convenía por igual a clérigos, colonos y soldados y los nativos habían sido reducidos a la esclavitud. Lo prohibió todo pero fue devuelto a España encadenado y acusado de los crímenes que cometieron los otros. En 1545 se le condena al exilio en Orán y doce años más tarde Felipe II le indulta. Poco le quedaba ya por vivir.

La cárcel y los litigios acabaron con su patrimonio. Nació rico hacia 1488, en Jerez, en una casa con más tradición y orgullo que dineros y murió en Sevilla a finales de 1558, pobre y en soledad. Es en estos últimos meses de su vida cuando su falso biógrafo argentino, Abel Posse, se hace con él y le obliga a escribir lo que pudo o debió ocurrir durante los años en que vivió entre los indios. El resultado fue un libro editado en 1990 bajo un título muy apropiado: El largo atardecer del caminante.

Abel Posse

Posse pone en su pluma lo que quizá Cabeza de Vaca hubiera querido escribir: una crónica que contara la verdad de lo que ocurrió entre los indios, de las ciudades-montaña de barro y estiércol, de la comunión del hombre con la tierra, de brebajes que a uno le hacen renacer, del éxtasis provocado por los alcoholes sagrados o la inhalación de humo, de grandes vuelos y visitas al país de los muertos y a las regiones donde habita el dios misterioso, del fin de los días, de indios que no tienen apego a la vida corriente porque su realidad está mucho más allá.

Bajo el mando de Pánfilo de Narváez, seiscientos hombres y cinco navíos partieron en junio de 1527 del puerto de Sanlúcar de Barrameda, apenas transcurrido un mes del saco de Roma, protagonizado por el Emperador Carlos V. “No podíamos saber que ya partíamos maldecidos por la voluntad de Dios”, se atreve a confesar Alvar Núñez en su falsa o secreta crónica. Él era segundo en autoridad como representante de la Corona y su primer naufragio ocurrió cuando fue a recoger sustentos y pertrechos para el fabuloso viaje a La Florida. Se perdieron dos naves, sesenta hombres y la mayoría de las provisiones recogidas.

Donde más lejos llegaron en barco fue a la bahía de Tampa, en Florida: desde allí partieron a pie y a caballo hacia la provincia Apalache, hostigados por los indios, hambrientos y muertos de frío. Ante la imposibilidad de seguir adelante, los supervivientes construyeron cinco barcos de remos con los que descendieron un río, el Misisipi, hasta llegar al mar. En la desembocadura, la barcaza de Alvar Núñez naufragó de verdad en la madrugada del 6 de noviembre de 1528.

Tras una noche de huracanes y tempestades, acabó en tierra, desnudo. Su armadura, de factura florentina, de conquistador rico, quedó en el fondo de las aguas. “Perdí vestiduras e investiduras -le hace escribir Posse- pues el mar se había tragado la espada y la cruz”. Sólo quedaron unos quince o veinte de aquellos seiscientos, repartidos a lo largo de la playa, marismas, islotes y bancos de arena. Llamaron a la isla la del Malhado, único nombramiento que harían en todos los años que anduvieron por esas regiones.

Los indios los encontraron y fue entonces cuando se produjo en Cabeza de Vaca el comienzo de un cambio porque pudo entender a los indios y apreciar sus conocimientos y sus artes primitivas, pero eficaces, que les permitieron sobrevivir. Tampoco habrían podido sin su compasión: al verles en la playa, náufragos y desnudos, “nos rodearon, se arrodillaron y comenzaron a llorar a gritos para reclamar la atención de sus dioses en favor nuestro. Era un ritual de compasión, de conmiseración, tan sentido y desgarrador que Dorantes supuso que eran verdaderos cristianos”.

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Fue adoptado por una familia de chorrucos, que vivían en el interior, y con ellos pasó seis años. Abel Posse le crea una esposa, Amaría, y dos hijos, Amadís y Nube, así como una profesión, la de mercader, por la que pudo relacionarse con otras tribus y conocer el destino de los supervivientes españoles. Comerciante fue y lo demás bien podría haber sido así. Pero llega un momento en que debe marcharse porque las relaciones con los jefes guerreros de la tribu no es buena y lo hace con tres de sus compañeros de naufragio, los únicos que han sobrevivido y han querido partir con él. Y, sin armas, sin Biblia, y desnudos, cruzan los cuatro grandes ríos que riegan lo que hoy se conoce como estados de Louisiana, Texas, Arizona y Nuevo México.

Dorantes y Palacios creían en edificios de oro y Estebanico, el negro, en el riesgo y la aventura. Llegaron a Ahacus, que sería la primera de las Siete Ciudades. Iban preguntando a todos los indios con los que se encontraban y ellos, al igual que los dioses, “no necesitaban más que nuestra propia ambición para castigarnos”. No encontraron ninguna ciudad de oro, aunque a su llegada a México algunos dijeran que sí y otros lo insinuasen.

Posse sitúa a Alvar Núñez, a él solo, ante Ahacus, supuesta ciudad a la que fue conducido por unos guías. Y lo que describe es una visión: una ciudad-montaña resplandeciente gracias a un centenar de hogueras que la iluminan desde la base. Tamboriles y flautas señalan la presencia de los chamanes y los brujos procedentes de las Cuatro Regiones del Mundo, que danzan en la oscuridad. Una ciudad efímera de una sola noche, que desaparece al amanecer.

Su última experiencia mística será en Sierra Madre con los tarahumaras, a los que menciona escasamente en sus Naufragios. Eran hombres silenciosos y extraños, nos cuenta Alvar-Posse; desprecian la palabra “como un equívoco de los hombres del llano” y huyen de todo “bienestar y apego por la vida”. También tienen serias reservas frente a la reproducción de los humanos y son hombres anteriores a los de este Sol enfermo. Cabeza de Vaca asiste al rito del Ciguri, una raíz que machacada produce náuseas y visiones, y por el que le fue dado regresar a su infancia, a sus recuerdos, y también visitar las avenidas de las ciudades secretas, por lo que concluyó que Marata o Totonteac bien podría ser aquellas a las que sólo se accede por la iluminación del Ciguri.

Cuando llegó a México relató sus aventuras pero no todas e insinuó que tenía ciertos conocimientos que reservaba para el rey. Muchos creyeron que el secreto que Alvar Núñez guardó celosamente no tuvo que ver con las ciudades de oro ni con las visiones alucinatorias, sino con el mismo Descubrimiento. “No hemos descubierto nada en las Indias -le hace escribir Posse- lo que hemos descubierto es España”, una España enferma que lleva “un dios miserable que siembra muerte en nombre de la vida” y que repite la maldad donde quiera que vaya, un demonio que nos precede y que se identifica con nuestra cultura, con la que hemos robado a los indios para siempre “la paz del alma”.