Islas literarias: mitos, aventuras y distopías

Brandan

La isla es un lugar privilegiado para situar paraísos, utopías, reinos inaccesibles, misterios, tesoros y todo tipo de aventuras. Su cualidad de espacio cerrado y, en muchos casos, inaccesible, permite infinitos juegos de la imaginación. A veces es escenario, otras excusa, pero también puede convertirse en otro personaje más, como la Esperanza de Tournier, madre y luego esposa.

La literatura de las islas, a la que podemos añadir los lugares cerrados, temporal o permanentemente, podría considerarse un subgénero transversal que refleja de manera muy evidente las cuestiones, los conflictos y los deseos de las sociedades y épocas en las que se construye. En el Medievo leemos sobre islas fantásticas y milagrosas, como las que encontró el monje irlandés San Brandán en su viaje en busca de la ‘Tierra Prometida de los Santos’ y cuya leyenda, que se remonta al siglo VI, se redacta cinco siglos más tarde en la crónica Navigatio sancti Brandani.

Y, aunque en estos tiempos se creyera que el Paraíso terrenal se hallaba en Mesopotamia, entre los dos grandes ríos, o en la cumbre de una altísima montaña que rozaría con la luna, lo que explicaría su salvación durante el Diluvio Universal, también se situó en una isla circular en los confines del mundo habitado, como muestra el mapa de Hereford, del siglo XIV. Asimismo, el Paraíso se localizó a cuarenta leguas de la isla de Taprobane, desde la que se podían escuchar sus fuentes, según contaron los pobladores de la isla, hoy Ceilán, al fraile Juan de Marignolli, cuando en 1338 se dirigía a la corte de China enviado por el Papa, asunto que recogió en sus Crónicas de Bohemia

Cuando Portugal emprendió sus grandes viajes marítimos alrededor de África y descubrió las Azores, Enrique el Navegante (1394-1460) envió una expedición en busca de la isla de Antilia, donde dice la leyenda que se refugiaron siete obispos cristianos que lograron escapar de los musulmanes cuando invadieron la península ibérica. Colón también creía en su existencia y la tuvo en consideración como punto de parada en su viaje a las Indias, pero nadie la encontró. Según el marino Eustache de la Fosse, la isla estaba protegida por un conjuro lanzado por uno de los obispos que predijo que la isla no se volvería a encontrar hasta que hubiera sido restablecida la fe católica.

Exploradores y aventureros

Con la llegada de españoles y portugueses a América se multiplicaron los relatos de los exploradores. Como ya ocurriera con Marco Polo con su Libro de las Maravillas del Mundo (1298), su compatriota Antonio Pigafetta narró las aventuras que corrieron los miembros de la expedición de Magallanes, que en 1522 completó la primera vuelta al globo, en la Relazione del primo viaggio intorno al mondo, que fue publicada en Venecia en 1536.

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Pigafetta fue uno de los 18 supervivientes de una tripulación inicial de 265 y su testimonio acerca de las penurias que tuvieron que sobrellevar, como la ingesta de cuero hervido, ratas y serrín porque no había otra comida en el barco, y los peligros a los que hicieron frente, como la batalla en una isla filipina donde Magallanes perdió la vida, es sobrecogedor. En su diario, que inició el mismo día de su partida, consigna numerosos datos sobre los lugares que visita y también nos cuenta, entre otras historias, cómo en 1521, habiendo llegado a la isla de Borneo la expedición española dirigida ya por Elcano, fueron recibidos por el sultán de Brunei.

Las expediciones continuaron a lo largo de los siglos siguientes. La búsqueda de una tierra al sur, cuya existencia estaba inserta en la tradición pitagórica al concebir un continente asimétrico al mundo conocido, inevitable para equilibrar el planeta e impedir que volcara, no tendría su final feliz hasta que Cook descubriera la gran isla de Australia, ya en el siglo XVIII.

La búsqueda de las islas Salomón, que el explorador español Mendaña encontró y perdió en el segundo viaje, y la mítica Tierra Austral alimentaron la fantasía de muchos autores, que crearon islas fantasmas que desaparecían de pronto en la niebla o surgían en otros lugares y en las que vivían seres inventados como los que pueblan la isla de los Cinocéfalos, en los Viajes de Enrique Wanton, pseudónimo de Zaccaria Seriman (1708-1784). A finales del siglo anterior, Gabriel de Foigny describió en Les aventures de Jacques Sadeur, una isla ubicada en la terra incognita australis, en la que sus habitantes hermafroditas procreaban por el muslo, aunque este relato se relaciona más con una utopía de radical igualdad fisiológica entre sexos, que con descubrimientos y aventuras.

Los viajes a lo largo y ancho de los mares, las aventuras y desventuras de los exploradores y los naufragios en islas desiertas serán el argumento de muchas novelas, algunas juveniles, desde la misma aparición de Robinson Crusoe, que constituye el relato de una isla de las maravillas, copia perfecta de una colonia británica en el mundo recién descubierto, y en la que se suceden las aventuras con caníbales, piratas y españoles.

Daniel Defoe sitúa a su náufrago en una isla del Atlántico, y no en el archipiélago Más a Tierra, donde fue abandonado el marino Selkirk, en quien se inspiró. Toda la zona caribeña estuvo infestada de piratas, individuos que darán mucho que hablar como asesinos sin piedad y también como símbolos de la libertad y el desorden.

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En La isla del tesoro (1871) Stevenson nos cuenta la historia del pirata John Silver, que formó parte de la tripulación del fallecido capitán Flint, el más despiadado y sanguinario de todos los bucaneros que alguna vez existieron. Silver vuelve al lugar donde se enterró un gran tesoro, la isla Norman, para recuperarlo. Todavía resuena el golpe de su pata de palo sobre la cubierta de la Hispaniola.

De 1857 data otra novela de islas y de aventuras, esta vez con naufragio incluido. La isla del coral, de Robert M. Ballantyne, se sitúa en los Mares del Sur y ha pasado a ser un clásico juvenil. Su comienzo aún resuena en mis oídos de tantas veces como lo leí y que constituye la primera declaración de intenciones de un aventurero:Correr mundo fue siempre y es todavía mi pasión dominante, la alegría de mi corazón, la verdadera luz de mi existencia”.

Las islas utópicas y la ciencia ficción

Mientras los navegantes descubren nuevos mundos para Occidente, se produce la gran revolución renacentista que muestra otra forma de pensar, menos rígida y más crítica con las condiciones de vida del común de los mortales. Para remediarlas inventa mundos inexistentes pero posibles.

Sobre islas se fundaron los tres relatos clásicos acerca de estados ideales: La Ciudad del Sol de Tomasso Campanella, la Utopía de Thomas More y la Nueva Atlántida de Francis Bacon. Las dos primeras dibujan una sociedad igualitaria y justa, aunque no lleguen a la categoría de paraíso, y tendrán repercusiones en la teoría política; la tercera, publicada cien años más tarde, añade un elemento -la pasión por el conocimiento y la tecnología- que dará origen a las distopías recurrentes del género de la ciencia ficción.

Julio Verne y G.H. Wells, auténticos precursores, representan esas vertientes científico-tecnológicas esbozadas por Bacon, pero de forma muy distinta, en las dos novelas que ambos sitúan en islas imaginadas. Verne es un optimista, creyente en el progreso y en la ingeniería. Los cinco náufragos de La isla misteriosa (1874) llegan en globo a un islote rocoso, sin nada en las manos ni en los bolsillos, pero gracias a que uno de ellos es un ‘ingeniero’ o, lo que es lo mismo, un héroe de la técnica y de la ciencia aplicada, forjan acero, componen nigtroglicerina, fabrican abono químico, funden vidrio y cultivan trigo a partir de un grano encontrado en el dobladillo de una chaqueta.

Casi medio siglo después aparece Wells y la ciencia ya no es la panacea ni el escritor tan inocente. El conocimiento y la tecnología, que tradicionalmente se consideraron tentaciones demoníacas por lo que tienen de desafíos al mismísimo Dios, pueden generar efectos adversos, como en La isla del Dr. Moreau (1896), en la que un científico loco se propone acelerar el proceso evolutivo señalado por Darwin mediante operaciones de cirugía que convierten animales en hombres.

A partir de aquí, no sólo la ciencia ficción es distópica, sino la literatura en general. El espacio cerrado de una isla se convierte en lugar no sólo de experimentos diabólicos, sino también de comportamientos llevados al límite. Y este elemento claustrofóbico, a veces con tiempos y espacios yuxtapuestos que convierten la vivencia de los personajes en una pesadilla repetida hasta el infinito, como ocurre en La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares, se acentúa en la literatura posterior a la Segunda Guerra Mundial.

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La isla del coral de Ballantyne, donde tres jóvenes náufragos lograr sobrevivir aplicando los principios morales de la sociedad británica de la época, es decir, victoriana, no volverá a repetirse. En ella se inspiró William Golding, pero para contradecirla, al escribir en 1952 El señor de las moscas, relato sobre las experiencias de una treintena de chicos británicos de entre seis y doce años cuyo avión se estrella en una isla del Pacífico.

No hay ningún adulto con ellos y, al principio, intentan cuidar unos de otros para lo que crean normas de supervivencia pero lo que consiguen es un nuevo orden que se convertirá en un infierno. Los náufragos en esta ocasión dejan aflorar la crueldad y la tendencia violenta hacia la destrucción de los más débiles, en una situación de desorden y miedo. Hacía apenas siete años que se había dejado atrás una terrible guerra mundial, con millones de muertos en los frentes, bombardeos en las ciudades, Auschwitz, Hiroshima, la existencia del mal ilimitado, todo consecuencia de un conflicto terrible en el que Golding había participado y que se refleja en el comportamiento de unos niños que también son víctimas y verdugos, pese a su supuesta inocencia.

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“La invención de Morel”, de A. Bioy Casares

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Un italiano que vendía alfombras en Calcuta le dio la idea de venirse a la isla, único lugar en el mundo donde podría ocultarse un perseguido por la justicia. Alguien muy rico hizo construir en los años veinte algunas edificaciones para uso personal; luego la isla quedó abandonada y corren rumores de que se adueñó de ella una maldición o una enfermedad.

En un diario, el fugitivo sin nombre relata lo que cree ver y oír. El lugar está sucio, abandonado, pero las construcciones se mantienen en pie. En el edificio llamado Museo, donde viven los ‘veraneantes’, hay una piscina con sapos, escuerzos y porquería y un acuario repleto de peces muertos. Los árboles están secos y en el sótano de uno de los edificios funcionan enormes máquinas cuyo sentido se ignora.

Y comienzan lo que a un extraño le parecerían alucinaciones: personas que vienen y van sin reparar en la presencia del fugitivo o bailan en medio de una tempestad de agua y viento o en la colina, rodeados de víboras; mantienen conversaciones que se repiten todas las tardes; se pueden ver dos soles y dos lunas en el mismo firmamento… Todo tiene una explicación racional, cuenta Borges en el prólogo, en el que no nos desvela nada en absoluto de la trama. Yo no seré tan discreta: tiene que ver con la inmortalidad, con el “alma” desalmada y los estados de conciencia.

Jorge Luis Borges, enemigo acérrimo de la ‘novela psicológica’ por su tendencia a demostrar que nada es imposible – “suicidas por felicidad, asesinos por benevolencia, personas que se adoran hasta el punto de separarse para siempre, delatores por fervor o por humildad”- realiza un alegato a favor de la ‘novela de peripecias’ o ‘de aventuras’ que no pretende ser realista, sino totalmente artificial y de argumento riguroso y ordenado. En ella hay asuntos mayores y argumentos admirables. Pone como ejemplos ‘El hombre invisible’, de H. G. Wells, que podríamos incluir en el apartado de ciencia ficción; ‘El proceso’, de Kafka, de argumento filosófico y distópico; ‘Otra vuelta de tuerca’, la novela de fantasmas de Henry James, y ‘El viajero sobre la tierra’, de Julien Green y de género inclasificable, entre lo gótico y lo onírico.

La novela de Bioy Casares, sigue diciendo la reseña borgiana, es una obra de “imaginación razonada” y “perfecta” que resuelve los prodigios y las alucinaciones de forma fantástica, pero no sobrenatural.

borges-bioy casaresEl diálogo de Bioy con Borges

Temas que comparten, enciclopedias consultadas, cuentos leídos entre los dos, frases de otros relatos, aparecen a lo largo de la novela de Bioy. Uno de los guiños más llamativos es el que hace referencia a la frase que Borges endosa a su amigo acerca de su aborrecimiento a los espejos y a la cópula porque “multiplican el número de seres humanos”. En La invención de Morel, el protagonista, además de escribir un diario llamado Defensa de sobrevivientes, está redactando un ensayo en el que propugna soluciones a la superpoblación y lleva por título Elogio a Malthus. Si los hombres se reprodujeran y, sobre todo, si tantos como son se inmortalizaran según el método de Morel, no habría sitio para todos y los paraísos serían destruidos.

Pero años después, Bioy Casares, en sus memorias, tras agradecer a Borges que le situara en un cuento tan prodigioso como el de Tlön, asegura que nunca tuvo nada contra los espejos, ni siquiera contra la cópula, y que a los primeros siempre los vio como ventanas “que se abren sobre aventuras fantásticas, felices por lo nítidas” y que la reproducción artificial de un hombre con la nitidez con la que el espejo reproduce las imágenes, fue el tema esencial de La invención de Morel.

También hay otras referencias a lecturas compartidas y autores estimados de Bioy y Borges. Cuando empieza a sospechar de la certeza de lo que ve en la isla, al fugitivo se le ocurre que podría estar soñando o viajando como Dante o Swedenborg. Para Borges, la Divina Comedia ocupa un lugar primordial entre sus obras preferidas y sobre ella escribió varios ensayos y de Manuel Swedenborg, el teólogo que visitó el cielo y el infierno y luego regresó para contarlo, escogió, junto a Bioy y Silvina Ocampo, uno de sus cuentos, Un teólogo en la muerte, para incluirlo en su antología ya clásica de literatura fantástica.

Cuando Morel defiende su método para preservar la vida de sus amigos y la suya propia en la isla, alegando que hay vidas “como las de los mandarines chinos que dependen de botones que seres desconocidos pueden apretar”, hace una clara referencia a la fábula de El mandarín, relatada por el escritor portugués Eça de Queiroz en 1880 y de la que Borges reseñó que pertenecía al género fantástico. En ella, un hombre gris que vive en un tugurio lisboeta tiene la posibilidad de cambiar su vida por la de un rico mandarín en China pero previamente deberá matarlo mágicamente. La forma es fantástica, pero el argumento es moral y nos hace regresar a La invención de Morel, donde también hay un precio que pagar por la inmortalidad.

El sueño de Morel era crear un paraíso de inmortalidad en la isla abandonada, en la que una semana entera de la vida de varias personas se repitiera inevitablemente durante una eternidad. Es una parodia del eterno retorno, un pensamiento transformador que le llegó a Nietzsche a través de antiguas filosofías y religiones, aunque él hablara del “inmortal instante en que yo engendré el eterno retorno”: la idea del tiempo que gira en sí mismo y que repite sin cesar su contenido limitado.

Acerca de este pensamiento, Borges escribió La doctrina de los ciclos y El tiempo circular. Recoge la formulación que parte de la premisa de que existe un número finito, aunque desmesurado, de átomos que componen el mundo, lo que obliga necesariamente a considerar un número de permutaciones posibles, lo que lleva a su vez ineludiblemente a la repetición del universo en un tiempo infinito. “De nuevo nacerás de un vientre, de nuevo crecerá tu esqueleto, de nuevo arribará esta misma página a tus manos iguales, de nuevo cursarás todas las horas hasta la de tu muerte increíble”. Es un pensamiento que estremece, propio de locos o de profetas.

La perfección del artificio engendra monstruos (Jacques Derrida)

El nombre de Morel, cuya historia publica Bioy Casares en 1940, remite a otro científico isleño, el doctor Moreau, que en la imaginación de Wells en 1896, crea un mundo de manipulación biológica, ajeno a cualquier ética. Especuló sobre la naturaleza animal de los hombres y la humanidad en los animales, mientras que Bioy reflexiona sobre la realidad y sus simulacros, sobre la máquina que crea duplicados sin densidad, fantasmas y, en definitiva, monstruos.

En el diario, el narrador escribe: “Sentí repudio, casi asco, por esa gente y su incansable actividad repetida ( ) Estar en una isla habitada por fantasmas artificiales era la más insoportable de las pesadillas; estar enamorado de una de esas imágenes era peor que estar enamorado de un fantasma”.

Porque no menos monstruosa que los demás es Faustine, el holograma del que se enamora el fugitivo. Esa afección le llevará a crear una nueva ‘película’ para poder estar junto a ella por toda la eternidad. Pero, mientras dure esa supuesta eternidad, sólo podrá contemplarla y pensar los propios pensamientos que ya pensó, no compartirán el mismo universo y su conciencia, incapaz de reconocer, permanecerá invariable, muerta. “Congregados los sentidos, surge el alma”, dice el propio texto. Pero ese alma es una repetición de sí misma sin cambio ni evolución.

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La conciencia es una especie de yo controlador que mantiene el cuerpo y la mente en orden. Es aquello que simula desaparecer cuando uno se duerme y reaparece a la mañana siguiente, cuando abrimos los ojos. Incluso el sueño la ha cambiado, pero lo más importante es que funciona basándose en las experiencias de las que guarda memoria. Esto me lleva a una de mis películas favoritas, Atrapado en el tiempo, en la que el protagonista, interpretado por Bill Murray, vive el mismo día cada vez que se despierta. Todo se repite exactamente igual que la víspera, pero con el añadido de que el sujeto lo recuerda todo y se ve incapacitado para romper ese círculo de pesadilla.

El mismo narrador de La invención de Morel comprende que la vida de los ‘veraneantes’ no es una vida auténtica, porque no deja de ser una reproducción, que se trata de un experimento inconcluso y que habría que averiguar si verdaderamente esas imágenes tan reales sienten o piensan. Y mantiene la esperanza de que en el futuro, estos problemas quedarán solucionados. En ello confía y así se despide.

“Viernes o los limbos del Pacífico”, de Michel Tournier

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El intenso oleaje empuja al navío que lucha por sobrevivir dejándose llevar a un lado y a otro sin oponer resistencia alguna a los caprichos de un mar agitado e incluso violento. En la cabina, ajeno a la tempestad, el capitán del Virginia, Pieter Van Deyssel, muestra su futuro a Robinson a través del Tarot. La primera carta representa al demiurgo, uno de los tres arcanos mayores, lo que significa que hay en él un organizador que lucha contra un universo desordenado, pero -añade el holandés- no hay que olvidar que el demiurgo es también un bufón y su orden es ilusorio.

La segunda carta representa a Marte: ha conseguido una victoria aparente sobre la naturaleza y ha impuesto un orden a su imagen. “Sois piadoso, avaro y puro”, le dice el capitán a Robinson, y vuestro reino será parecido a un armario de manteles inmaculados perfumados con lavanda. Los gemidos del casco asaltado por las olas no le inquietan, pero sí al joven que, intranquilo, no consigue prestar atención a las palabras que profetizan su futuro.

El holandés da libre curso a su inspiración adivinatoria, mientras fuera prosigue el estrépito de la tempestad. Hace su aparición el arcano quinto, lo que significa que Venus, la carta anterior, se ha metamorfoseado en arquero y, por lo tanto, en su hermano gemelo. La última carta augura que Júpiter, el dios del cielo, bajará a socorrer a Robinson para ofrecerle otra oportunidad y le entregará las llaves de la Ciudad solar. Van Deyssel guarda con mucho cuidado la pipa de porcelana en la que ha estado fumando mientras escrutaba las cartas y le da un último consejo: “Guárdese de la pureza, es el vitriolo del alma”.

Es en ese momento cuando el fanal, describiendo un giro mortal golpea la cabeza del capitán; el barco, incapaz de resistir el embate de las olas, comienza a dar vueltas sobre sí mismo y los marineros, en su desesperación, intentan lanzar un bote para salvar sus vidas. “Una muralla de agua oscura se abalanza sobre el puente de un extremo al otro, barriéndolo y llevándose todo con ella, cuerpos y enseres”. La siguiente imagen será la del capítulo primero: Robinson despertando sobre la arena de una playa desierta.

Este fastuoso comienzo del capítulo cero, en el que la tempestad se mezcla con el juego adivinatorio del capitán, cuenta en pocas páginas todo lo que va a ocurrir en la vida de Robinson Crusoe a partir de su naufragio en una isla desierta. El capitán Van Deyssel vaticina, pero también promete, y todo se cumplirá como señalaron las cartas.

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Durante tres días desde la playa, Robinson observa el casco del velero, repleto de bienes y alimentos que va a necesitar, pero no hace nada, imbuido del temor supersticioso de que la recogida de la herencia suponga ya una forma de instalarse en la isla, una aceptación de su destino. Y pasa horas mirando el horizonte del mar por si divisa la embarcación que puede rescatarlo. De tanto observar llega a imaginar que la isla es simplemente el párpado y las pestañas de un ojo inmenso, azul y húmedo que escruta las profundidades del cielo; el miedo a perder la razón le había rozado y nunca más le abandonaría.

La aventura de Robinson es sobre todo la lucha contra la soledad. El aislamiento de la sociedad de los hombres es corrosiva, destruye poco a poco: los primeros días, el náufrago aún conserva en su cabeza el sonido de las conversaciones de la tripulación, pero poco a poco se van difuminando y las voces de esos infortunados van desapareciendo en la noche mientras la memoria se siente incapaz de recobrarlas.

Se inicia lo que el propio Robinson denomina “deshumanización”: las costumbres, respuestas, reflejos, preocupaciones, sueños y reflexiones se van formando y transformando por los contactos perpetuos entre semejantes, pero, “privada de savia, esta delicada eflorescencia se marchita y se disgrega”. El único punto de vista que existe en la isla es el suyo y el náufrago solitario teme incluso llegar a perder el uso de la palabra porque el lenguaje depende fundamentalmente de un universo poblado que posee numerosos puntos de vista que se miden entre sí continuamente.

Lo que no tiene a la vista no existe, porque carece de información acerca de ello por parte de sus iguales. Las tinieblas se acercan cada vez más y le envuelven. La soledad mina incluso el fundamento mismo de la existencia de las cosas, escribe en su diario, y “cada vez me asaltan más dudas sobre la veracidad del testimonio de mis sentidos”. La soledad carece de herramientas para luchar contra la alucinación, el espejismo o la ilusión óptica porque sólo “nuestro hermano, nuestro vecino, nuestro amigo o nuestro enemigo” puede advertirnos de la diferencia entre un hecho real y otro que no lo es.

Robinson consigue superar la primera alucinación, la de los primeros días en los que toma conciencia de su destino solitario. Pero no puede evitar caer en la desesperación, cuando tras finalizar el transporte de todo lo útil que guarda el Virgina construye una barca que no le sirve para nada. Se sume en el más absoluto abandono y recurre a la “souille”, una ciénaga, una charca infecta de cieno húmedo y caliente, en la que se sumerge dejando fuera de ella la nariz, los ojos y la boca, mientras las emanaciones deletéreas de las aguas estancadas le oscurecen la razón. Liberado de sus ataduras terrestres, se deja llevar por el delirio embrutecedor de chispas de recuerdos que llegaban del pasado.

Toma conciencia de esta regresión a un estado más amorfo que animal y, a partir de ese momento, todas las acciones que emprende y todos sus pensamientos irán dirigidos a sobrevivir a la soledad y no dejarse abatir por la depresión, el desvarío o la disolución. Consigue salir de este marasmo y abandonar la tentación de la “souille” mediante un esfuerzo cotidiano para el cumplimiento de un proyecto: trasponer a su isla, cuyo nombre será a partir de ahora Esperanza y no Desolación, la civilización, la administración de una especie de colonia.

Y se embarca en una actividad frenética: siembra, construye corrales para las cabras, cosecha, ahuma el pescado, construye silos y una vivienda. Todo para relegar su “vicio”, ese dejarse llevar, abandonarse en el revolcadero de los cerdos salvajes, contra el que lucha imponiendo en la isla un orden moral frente al orden natural, que concibe como el caos, el desorden absoluto.

Para conseguir lo que no es más que una imitación de la civilización perdida, lleva a cabo una ingente tarea: además de producir, mide y cataloga especies, árboles, vegetación, recursos… Y construye una rudimentaria clepsidra con el único objeto de reinar sobre el tiempo. El capitán Van Deyssel se lo había vaticinado: un armario ordenado y perfumado con saquitos de lavanda.

Pero también le prometió la llegada de Viernes. Posiblemente él hubiera deseado como compañía otro inglés, pero quien llega es un araucano, un indio del sur de Chile. Viernes no entiende la finalidad de tantas normas y de tanta acumulación pero obedece, aunque Robinson cree que en su actitud hay algo mecánico y demasiado perfecto; sospecha que está poseído por un demonio que se manifiesta en su risa demasiado ruidosa.

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La Ciudad Solar

La destrucción de todos sus bienes y todos sus recursos, por una acción involuntaria de Viernes, consigue salvar a los dos habitantes de Esperanza. Viernes podrá dedicarse a su pasión eólica y Robinson emprende inequívocamente el camino de convertirse en un “caballero solar”. En su diario señala que el sol “ha tocado con su luz esta gruesa larva blanca y blanda escondida en las tinieblas subterráneas y se ha convertido en una mariposa de cuerpo metálico y alas con polvo de oro; un ser de sol, duro e inalterable, pero débil cuando los rayos del sol no la alimentan”.

Esperanza es un limbo, suspendido entre el cielo y el infierno, a la espera de las revelaciones que se le harán a Robinson y que convierten el lugar en tres estadios diferentes: la isla negada, con la caída en la alucinación; la isla administrada y la isla solar o salvaje. Tournier reconoce, en ‘El viento paráclito’, que los tres estados de la evolución de Robinson corresponden a los tres géneros de conocimiento descritos por Spinoza en la Ética: el primero, por los sentidos, es el de las pasiones; el segundo es el de las relaciones o razonamiento y el tercero es el de las esencias o sabiduría y beatitud.

Estas tres etapas responden a un esquema clásico que se encuentra en muchas doctrinas filosóficas o religiosas. Incluso en la vida cotidiana y a un nivel más trivial podemos encontrar estos tres caminos: los placeres pasivos y degradantes; el trabajo y la ambición social y la pura contemplación artística o religiosa. Robinson se salvará por este último.

Pero aún no hemos llegado al final: un barco inglés repostará en la isla, veintiocho años después del naufragio de Robinson, que oculta que haya vivido tanto tiempo en soledad para no pasar por impostor o por un fenómeno de feria. Se enfrentará a la sociedad que abandonó y deberá decidir su futuro. También se cumplirá la última profecía del capitán holandés del Virginia: la carta en que aparece Júpiter o Jueves y que será su salvación.

Michel Tournier (8)
Michel Tournier

Nota biográfica

Michel Tournier (1924-2016), licenciado en filosofía por la Sorbona con una tesis sobre Platón y de profunda formación germánica, publicó Viernes o los limbos del Pacífico, su primera novela, en 1967. Fue alumno de Lévi-Strauss y mientras estudiaba en el Museo del Hombre pensó que el mito de Robinson debía ser reeditado teniendo en cuenta la etnografía y el psicoanálisis.

El libro se convirtió en la Biblia de un grupo de hippies canadienses y en Estados Unidos se le acusó de hacer un elogio del poder negro, aunque años después, en una biografía intelectual – El viento paráclito- escribió que le hubiera gustado que fuera un homenaje a los inmigrantes de tez oscura llegados a Francia, sin voz y absolutamente imprescindibles.

Recibió el Gran Prix du Roman de la Academia Francesa y fue eterno candidato al Nobel de Literatura.

Lectura insólita de Robinson Crusoe

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Las lecturas juveniles dejan una huella que dura toda la vida y a veces no resulta conveniente releer de adulto aquello que nos entusiasmó de adolescentes. Manuel Vázquez Montalbán se lamentó de no poder volver a leer Robinson Crusoe como la primera vez, cuando descubrió la fascinante aventura de un náufrago que vive años en una isla desierta, se enfrenta a los caníbales y salva a Viernes.

La edad nos hace críticos y el mito de hombre libre que fascinó a Vázquez Montalbán y a otros muchos que leyeron de jóvenes las aventuras de Robinson Crusoe, con el tiempo deja de ser lo esencial y se convierte en una parábola moral e ideológica sobre el valor del individuo abandonado en la naturaleza y acogido por la Providencia y cuyos proyectos y forma de vida reflejan la idea que del mundo tenía la burguesía.

Carlos Marx analizó las intenciones morales y políticas del Robinson de Crusoe y de todos los náufragos que le siguieron: en su Contribución a la crítica de la economía política asegura que las “robinsonadas” no elogian el retorno a una vida primitiva, sino que “anticipan más bien la sociedad burguesa que se preparaba en el siglo XVI y que en el siglo XVIII marchaba a pasos agigantados hacia su madurez. En esta sociedad de libre competencia, el individuo aparece como desprendido de los lazos de la naturaleza, que en épocas anteriores de la historia hacen de él una parte integrante de un conglomerado humano determinado, delimitado”.

El mundo había sido hasta entonces un espacio de sufrimiento y expiación y lo siguió siendo con el auge del pensamiento burgués, para el que matarse a trabajar no era una locura suicida, sino una manera de acercarse a Dios. Se trata de un cristianismo tergiversado, impropio de la doctrina de quien puso como ejemplo de vida plena la de los lirios de los campos, que ni trabajan ni hilan, o la de los pájaros que trinan sin preocupaciones porque el Padre ya se ocupa de todas sus criaturas.

Las ideas utilitaristas de Defoe pertenecen a la ética calvinista, que ve en el éxito económico y social la señal que marca a los elegidos por Dios. En varios ensayos, Max Weber define el espíritu del capitalismo como una serie de hábitos e ideas que favorecen un comportamiento calculador destinado a incrementar el rendimiento y, por tanto, el éxito económico, lo que a su vez hace visible al resto de la sociedad y asegura al propio protagonista, que será uno de los salvados. El enriquecimiento es un fin en sí mismo y todo se reinvierte para mayor gloria de la marca; con el tiempo, el fervor religioso disminuyó, pero quedó la idea asociada de cálculo económico y trabajo incesante.

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Robinson Crusoe está poseído por el espíritu de una actividad frenética, trabaja sin descanso un día tras otro, dando muestras de una tenacidad inquebrantable y un excepcional pragmatismo: hace balance de lo que tiene y de lo que puede conseguir, calcula los costos, gasta prudentemente, guarda la primera cosecha para poder sembrarla de nuevo, de manera que al cabo de los años llegan a desbordarse los silos, cuyo contenido no puede consumir ni vender. Cumple el sueño burgués de hacerse con una segunda residencia y, en resumidas cuentas, posee almacenes repletos de bienes consumibles que superan ampliamente sus necesidades. Todo le sobra porque tampoco es un consumidor compulsivo, ni mucho menos, ya que caería en aquello que no debe hacerse, es decir, iría contra la ética calvinista del gasto, que ha de ser mínimo.

Robinson representa, en esta misma línea interpretativa, la vanguardia de la colonización occidental, encarna la ambigüedad del progreso, el peso de la civilización y la fuerza destructiva del capitalismo.

Crusoe, en esta lectura “marxista” y “weberiana” no es un hombre libre ni un defensor de la naturaleza y mucho menos representa el ideal del salvaje no contaminado por la civilización como lo ve Rousseau. Tampoco defiende una utopía, sino todo lo contrario; como señala Pietro Citati, Crusoe recomienda infatigablemente y de forma elocuente las bondades de lo que existe en la tierra y consigue hacer de la isla un emporio económico solo con su esfuerzo y con lo que tiene a mano (y lo que, milagrosamente, ha recibido en herencia del barco que aún seguía a flote cuando naufragó).

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Citati recoge esta visión “capitalista”, pero subraya la importancia de los orígenes y defiende que en la isla Robinson recibirá la gracia divina después de haber sido impulsado por el mal. El futuro náufrago es desde muy joven un individuo dominado por una profunda insatisfacción acerca del lugar en el que ha sido colocado; un instinto de autodestrucción y de huida le empuja una y otra vez a embarcarse y correr aventuras, más bien desventuras, desastres y naufragios, que no le frenan más que en un primer momento de reflexión. Regresa al mar una y otra vez hasta que, en el último viaje, cuyo objetivo es comerciar con esclavos y ahorrarse la tarifa impuesta a tamaña empresa, su barco se enfrenta a una tempestad y queda varado en la misma isla durante casi treinta años.

Señala Citati que ni siquiera Defoe sabe cómo definir esta pasión por el cambio y el viaje, si como una tentación del Mal o como impulso del propio Dios, misterioso y ambiguo, que aparece en este siglo XVIII, no como sacerdote ni guerrero, sino como un burgués que ama el centro y desprecia los extremos, que “vive en la tierra para afirmar el orden y la armonía de la Providencia divina”. Dios le impulsa a viajar para que naufrague y para que su destino en la isla sin nombre consista en reconocer el rostro de la divinidad, providencial y burgués. Así, el Supremo le convierte en ejemplo de su Providencia.

Y Robinson se lo agradece, dándole lo que debe: lee la Biblia, le agradece sus dones y le tiene siempre presente. De forma distante porque no es un místico ni experimenta arrebatos de pasión, como buen burgués. El Dios al que reza en la isla ya no es el genio tenebroso que le insta a huir de todas partes como un Caín maldito, sino la medida del tiempo y el orden meticuloso de las tareas cotidianas. Ha olvidado la soberbia y la desmesura para adoptar una vida laboriosa y mediocre, aunque allá afuera sigue batiendo el mar, “que revela el rostro oscuro de Dios y que se confunde con el del Adversario”.

El éxito de Robinson Crusoe

A pesar de que su autor, Daniel Defoe, murió en la más triste bancarrota después de haber ejercido cientos de oficios -entre ellos el de espía e incluso el de espía doble- la publicación de las aventuras de su héroe obtuvo un considerable éxito. Dice Claudio Magris que fue el primer bestseller de la literatura mundial y cita, para corroborarlo, las 196 ediciones desde 1719 a 1898 y sus 110 traducciones (incluso al gaélico y al turco). Además, le sucedieron innumerables imitaciones y adaptaciones, que en Alemania superaron las doscientas, las llamadas Robinsonades.

He elegido el título, ‘Lectura insólita de Robinson’ y no el que tenía destinado, ‘Las múltiples lecturas de Robinson’, porque el primero me venía de mi pasado lector una y otra vez. Hace alusión al libro de Raúl Guerra Garrido, ‘Lectura insólita de El Capital’, publicado en 1976, y que fue el primero que trató el terrorismo en la sociedad vasca. En el relato, un industrial secuestrado por ETA emplea sus largas horas de cautiverio y soledad con el único libro que le dan sus captores, el clásico de Marx y, al mismo tiempo, reflexiona sobre su vida anterior y llega a la conclusión de que todos sus esfuerzos y privaciones no han tenido ningún sentido. Como una especie de Robinson al revés, es en la soledad y la inactividad cuando se da cuenta de que la ética del trabajo constante es una mentira y una pérdida de tiempo.

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No obstante, con ‘lectura insólita’ no me refería solo a la situación del lector en el momento de emplear su tiempo en ella, sino a las diferentes, y a veces pintorescas, interpretaciones que ha suscitado Robinson Crusoe. Como decía en un comentario anterior sobre ‘El Quijote de Menard’, no ya cada tiempo y lugar, sino cada individuo hace una versión propia del libro desde el momento en que, al leerlo, lo interioriza. Hay tantos Quijotes y tantos Robinsones como lectores.

En el caso de Robinson se han dado muchas lecturas insólitas desde que se publicó: dependiendo de la época, se ha interpretado de forma diferente y se ha imitado hasta casi el infinito. El mito vuelve una y otra vez, tomando la forma del edulcorado ‘Robinson suizo’ (1812) o siendo reelaborado de forma magnífica por autores como de Coetzee en ‘Defoe’, o Tournier en ‘Viernes o los limbos del Pacífico’.

Robinson como el buen salvaje, como el colonialista paternal, el calvinista diligente, el burgués ordenado y temeroso de Dios, el viajero impenitente, el creador de personajes imaginarios para poblar su isla solitaria o como el defensor de los débiles, el aventurero o el hombre libre. Las lecturas pueden ser infinitas e insólitas.

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Libros citados

-Daniel Defoe, Aventuras de Robinson Crusoe, 1719

-Carlos Marx, Contribución a la crítica de la economía política, 1859

-Max Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, 1905

-Pietro Citati, El mal absoluto, Mondadori, 2006

-Claudio Magris, Utopía y desencanto, Anagrama, 1999